Capítulo 13

Gage

Clavé la mirada en la pistola de Marsh, mientras mi cuerpo bombeaba adrenalina a chorro. No había ninguna posibilidad de arrebatársela antes de que apretara el gatillo. Ninguna. De allí tenía que salir usando la astucia.

—¿Tienes algo que decirme? —repitió Marsh.

«Así están las cosas, gilipollas», pensé. «Como le cabrees, estás muerto.» Por supuesto mis hermanos Reapers lo despellejarían vivo —la venganza es algo que se estila bastante en nuestro mundo—, pero dado que para entonces yo estaría en la tumba, la perspectiva no suponía un gran consuelo.

Era hora de lanzar los dados.

—Sí, tengo algo que decirte —repuse, con una amplia sonrisa—. Estoy considerando la posibilidad de cortar con tu hermana. No deja de follar por ahí con otros tíos y ya empiezo a cansarme.

Marsh me miró fijamente durante largos segundos, con una expresión salvaje en los ojos, y de pronto rompió a reír como un auténtico maníaco. Yo mantenía todos los músculos en tensión, listo para saltar, pero él ya bajaba la pistola.

—Joder, Romero, estás como una puta cabra —me dijo, sacudiendo la cabeza—. Normalmente los chicos se cagan en los pantalones cuando les hago esto.

«Sí, bueno, yo soy un Reaper, no uno de tus pobres desechos sociales.»

—No tengo nada que ocultar, Marsh —dije, mostrándole las palmas de las manos—. Si quieres dispararme, no tengo nada con qué impedírtelo.

—Siéntate —me ordenó Marsh, señalando una silla con un movimiento de cabeza. Lo hice y me apoyé en el respaldo con actitud relajada, como si me encontrara de lo más a gusto en aquella situación.

—Tenemos que encargarnos de un traidor —me dijo—. Ya te he hablado de él. Se le conoce como Hands.

Alcé una ceja.

—¿Traidor? —dije—. ¿Y qué ha hecho?

—Ha pasado información a los federales —respondió, inclinándose hacia mí— y tal vez también a los Reapers. Lleva a cabo un doble juego y nos ha vendido.

—Entiendo lo de los federales —repuse—, pero ¿qué tienen que ver los Reapers con todo esto?

Hice la pregunta con cautela, porque lo que había dicho Marsh no tenía el menor sentido. Hands estaba muerto y en la vida había sido un espía de los Reapers.

La lógica de la metanfetamina.

—Nada —contestó Marsh estrechando la mirada—. Ellos creen que son los dueños del estado de Washington, pero este es mi territorio. Si el viejo presidente les lamía el culo, yo no estoy dispuesto. Los Reapers han enviado a ese cabrón de Hands para espiarnos. Tengo que averiguar dónde está. ¿Puedo confiar en ti? Las cosas pueden empezar a ponerse feas.

Asentí con la cabeza y me recliné en mi asiento.

—Aquí estoy, ¿no? —respondí.

Marsh sonrió.

—Sí, supongo que sí —comentó—. Solo recuerda que, si la cagas, Hands no será el único hijo de puta que acabe bajo tierra.

Encantador.

—Sal ahí fuera y no pierdas de vista a nadie —añadió—. Tengo que seguir buscando a los espías. Nadie va a irse de aquí, nadie va a hacer llamadas, nada, ¿me entiendes?

Oh, sí, claro que te había entendido, maldito chiflado.

—Eso está hecho, jefe —respondí.

***

Las cosas empeoraron aún más durante la mañana.

Por mi parte no dejaba de vigilar a Marsh, a cada minuto más nervioso, y maquinaba formas de neutralizarlo. Parecía al borde del estallido y todo indicaba que la situación podía descontrolarse en cualquier momento. Yo confiaba en que, si llegaba el caso, podría escabullirme rápidamente por la puerta trasera, pero por alguna extraña razón no me hacía a la idea de dejar atrás a los demás. No podía dejar de pensar en Sadie, sentada sola en la oscuridad, ni en Rome, preocupado de salvar su empleo.

Debería preocuparse de salvar su vida.

No tenían ni puta idea de dónde se habían metido y, sin entender muy bien por qué, no me resultaba fácil la idea de verlos morir en aquel momento. Si la cosa se ponía de verdad fea, haría lo que fuera necesario para parar a Marsh.

Soy un estúpido, lo sé.

Talia y el resto de las chicas a las que había enviado a por comida regresaron hacia las once y, por cierto, con las manos vacías. Debían de haber olvidado por completo el encargo. En todo caso, Talia estaba llena de energía, ya que acudió corriendo, saltó y se encaramó sobre mí, rodeándome la cintura con las piernas.

—Deberíamos… —empezó.

—¡Escuchadme! —le cortó Marsh en seco—. Anoche nos enteramos de que Hands, que estuvo quedándose por aquí durante un tiempo, es un espía y un soplón. Ha desaparecido, pero he podido enterarme de que estará en la exhibición de automóviles de esta noche en Ellensburg. Nos vamos para allá en diez minutos. Las zorras irán con Talia en el camión. Coop, mueve el culo y ven aquí. Tenemos que hablar.

Me acerqué al lunático, mientras los Nighthawks comenzaban a recoger sus cosas.

—¿Qué hay? —le dije.

—¿Dónde está tu primo? —preguntó—. Ya sabes, el rubito que estaba contigo cuando llegaste a la ciudad. ¿Cómo se llamaba?

Painter.

—Levi —respondí—. Está muy liado estos días. Ha tenido que volverse a casa porque había una tonelada de mierdas que resolver.

—Llámale y dile que se reúna con nosotros en Ellensburg —me indicó.

No había pensado que Marsh pudiera sorprenderme a estas alturas, pero reconozco que con esto lo consiguió.

—¿Por qué? —me atreví a preguntar.

—Necesito más apoyo —fue su respuesta— y hay traidores en el club. No puedo fiarme de ninguno de estos cabrones, ni de ti tampoco, por cierto. Os estoy vigilando a todos. Venga, llama a tu chico y dile lo que tiene que hacer. ¡Jakes! Ven por aquí.

Marsh hizo una seña con la mano a otro motero, indicando claramente que había terminado conmigo. Regresé al bar, donde un tipo enorme sacó la caja donde habían guardado los teléfonos confiscados, para que yo pudiera hacer mi llamada. Saqué mi aparato y me dirigí a la parcela trasera, para que nadie pudiera oírme.

Pic contestó al primer toque.

—Tenemos problema serios —le dije.

—Cuéntame —respondió él.

—Marsh ha dicho a todos que preparen sus motos —le dije—. Está paranoico perdido y quiere que mi primo, Levi, venga a apoyar. Hemos estado aquí atrapados toda la noche como un jodido grupo de rehenes. Nos quitó los teléfonos y todo. Me han devuelto el mío solo para llamar a Levi, pero tengo uno desechable escondido en la moto, por si me lo quitan otra vez. Ah, por cierto, a ver qué te parece esto: cree que Hands no solo era un soplón de los federales, sino también un espía de los Reapers, y que lo vamos a encontrar en Ellensburg.

Silencio.

—No me dejes a la espera, jefe —le urgí—. Necesitamos un plan, pero ya.

—Perdona, estaba pensando —respondió él—. Supongo que no exageras un pelo en lo de que se le ha ido la pelota, porque nada de esto tiene el menor sentido. Bueno, tenemos la suerte de que acabamos de celebrar la «misa», así que estamos todos aquí, en el arsenal. La cuestión es que Painter lleva solo un par de horas fuera de la cárcel y la puede cagar bien si le pillan violando la libertad condicional. Podríamos ir a Ellensburg y hacer un despliegue de fuerza, como si nos hubiéramos apuntado a ver la exhibición. Si nos necesitaras, estaríamos allí, y si no, no se jodería tu tapadera.

Reflexioné sobre lo que acababa de oír. Marsh era como un bidón de nitroglicerina con patas y, llegado este punto, cualquier cosa podía hacerlo estallar. Que Dios nos ayudara si por casualidad sufría un pinchazo en el camino. Incluso si Painter aparecía por allí, no habría garantía de nada. La clave era sobrevivir al viaje: una vez en Ellensburg, los Reapers podrían intervenir si era necesario.

—No hace falta que venga Painter —dije por fin—. Si Marsh pretende volarme la cabeza, lo hará de camino. Por lo que sé, está mintiendo acerca de Hands y todo esto es una emboscada. Me ha dejado claro que no se fía de mí ni un pelo. De ninguno de los que estamos aquí, en realidad. Ha perdido el sentido de la realidad.

—¿Hasta qué punto crees que estás en peligro? —preguntó Picnic—. No necesitamos más información si el resultado es que lo pagues con la vida. Podemos poner fin a todo esto ahora.

Cavilé sobre lo que acababa de decirme, tratando de mantener la objetividad —no es lo más sencillo del mundo cuando se está hablando de tu propia vida, claro…

—A Marsh le cuesta un mundo hilar sus pensamientos —respondí—. Creo que ahora mismo está actuando por puro impulso, sin calcular nada. Lo que está claro es que yo no soy su blanco principal.

—De acuerdo, entonces —dijo Picnic—, esto es lo que vamos a hacer. En primer lugar, dado que es tu culo el que está en primera línea, llama en cuanto veas que la situación empeora. Voy a reunir de nuevo a todos los hermanos y a preparar un plan. Si tengo que llamarte, fingiré que soy Levi hasta que me digas que puedes hablar con seguridad.

—Gracias —respondí—. Venid discretamente. Es posible que tengamos suerte y que se tranquilice.

—Sí y también es posible que aparezca una princesa encantada, te dé un beso mágico, te despiertes y te des cuenta de que todo esto era un sueño —replicó Picnic.

—Ahora mismo tengo el dedo hacia arriba junto a la pantalla del teléfono, con todo mi cariño para ti —le dije, reprimiendo una sonrisa.

—Eso no me sorprende —repuso él—. Cuídate, hermano, y recuerda que somos tu familia. Haremos todo lo que haga falta, ¿me has entendido?

—Esperemos no llegar a ese punto —concluí, antes de colgar.

***

Las siguientes cuatro horas fueron las más largas de mi vida.

Marsh me miró con atención a mi regreso. Cavilaba para sus adentros, nervioso como siempre. ¿Acaso manejaba un plan más grande de lo que parecía y del que yo no tenía ni idea? En cuanto a Talia, estaba como alelada por la emoción del viaje, aunque le fastidiaba bastante que fuéramos separados.

—No entiendo por qué no puedo ir contigo en la moto —gimió y yo me encogí de hombros.

—Pregúntale a tu hermano —le respondí—. Yo solo sigo órdenes.

—Si cazas al traidor, te dará el parche de los Nighthawks y serás miembro de nuestro club —dijo ella— y tu primo también, si viene para apoyarnos. ¿Pudiste hablar con él?

La pregunta me alarmó y me detuve tan en seco que Talia chocó conmigo. Habría sido hasta divertido si yo no notara un desagradable hormigueo en mis tripas.

—¿Marsh te ha hablado de eso? —le pregunté y Talia sonrió y me colocó el dedo en los labios, como para hacerme callar.

—Yo lo sé todo, nene —respondió—, hasta que me llamaste zorra, pero no te preocupes. A él le pareció divertido y a mí también. Me gusta follar contigo y estás muy bueno, pero que no se te suba a la cabeza. Si mi hermano tiene que escoger entre nosotros, la cosa no acabará bien para ti.

Dicho esto, se puso de puntillas y me besó lentamente en la boca.

—Conduce con precaución —me despidió y la vi alejarse contoneándose hacia una furgoneta Dodge Ram con la parte posterior descubierta, donde las chicas ya formaban una piña sacudida por las risas. Sadie, ya tranquila, se encontraba entre ellas. No pude distinguir ninguna marca de golpes en su rostro, pero era posible que se los hubiera tapado con ocho capas de maquillaje o algo así. Se hacía difícil creer que fuera la misma criatura indefensa que había encontrado llorando detrás del edificio la noche anterior. Vaya tía más rara y qué rollo más jodido el suyo. Claro que, siendo amiga de Talia, ¿cómo iba a ser de otra manera?

Unos minutos más tarde, los motores arrancaron y Marsh y los demás miembros del club partieron en formación, dejándonos atrás a los aspirantes y a los seguidores del club, Rome y yo incluidos, para que nos tragáramos el humo de sus máquinas. A las muchas cosas que echaba de menos en mi club se añadió ahora el tener una posición decente en la manada.

No solo teníamos que tragarnos el humo de los tubos de escape de las motos, sino que, a la media hora de salir, nos vimos envueltos por una espesa nube del humo de los incendios, en la que flotaban cenizas arrastradas por el viento, como copos de nieve. Las llamas eran visibles en la distancia y, a los lados de la ruta, encontrábamos zonas cubiertas de vegetación ennegrecida.

Las llamas habían pasado por allí hacía poco tiempo.

No era tranquilizador, precisamente.