Capítulo 9
Tinker
Llevé la escopeta al piso de arriba, con el pulso aún acelerado. Nunca en mi vida había visto a mi padre apuntar con un arma a una persona. ¿Cuántas locuras más podían ocurrir aquel día? Sentía deseos de sentarme en el sofá y echarme a llorar o tal vez estrellar algo contra el suelo. Por desgracia, no tenía tiempo para perder los nervios.
Lo primero de todo, tenía que comprobar que todas las armas que había en la casa se encontraban guardadas bajo llave.
A continuación era necesario seguir a Cooper y asegurarme de que no le dijera a nadie lo que había ocurrido. No estaba segura de qué debía hacer para controlar a mi padre, pero tampoco iba a permitir que entrara alguien más en nuestra casa a imponernos condiciones. Eran asuntos de familia y no estaba dispuesta a suministrar nueva munición a las malas lenguas de la ciudad.
¿Y si Cooper denunciaba a mi padre?
Tal vez podía alegar defensa propia o algo así. Quiero decir, existía una razón por la que mi padre había ido a buscar la escopeta —Cooper me había atacado, al menos técnicamente—. Sin embargo, en el momento en que apuntó la escopeta, ya no había peligro, puesto que Cooper ya me había soltado. Quién sabe lo que diría un juez, sobre todo si oía testificar a mi padre.
Mi padre era un hombre orgulloso y no iba a hacerle cambiar a estas alturas.
Así que lo que había que hacer era:
1) Guardar las armas.
2) Hablar con Cooper.
3) Recoger a Randi y largarme a Seattle con ella y con mi padre.
4) De alguna manera evitar que Talia me asesinara a mi regreso.
Podía lograrlo. El equipo Garrett campeón y toda esa mierda…
—Papá, ¿puedes empezar a hacer el equipaje? —le pregunté—. Nos vamos a Seattle.
Mi padre me había seguido al piso de arriba y señalaba con el dedo la escopeta que llevaba yo en la mano.
—¿Qué hace eso fuera de su funda? —preguntó, sacudiendo la cabeza—. Tu madre me va a poner verde si te ve con un arma en la mano, Tinker Bell, lo sabes muy bien.
—Iba a llevarla a su sitio —repliqué rápidamente—. Nos pidió que guardáramos bajo llave todas las armas mientras ella estaba fuera, ¿te acuerdas?
Me miró confuso durante un instante y después asintió con la cabeza.
—Eso es propio de ella —comentó.
—¿Hay más en la casa? —le pregunté—. ¿Tal vez en tu habitación?
—Sí, tengo una en la mesilla de noche —respondió—. Voy por ella.
—Voy contigo —repliqué.
Veinte minutos más tarde, todas las armas estaban bajo control. No teníamos una tonelada de ellas, pero mi padre había cazado toda la vida —y nos había abastecido así de prácticamente toda la carne que consumíamos, de hecho— así que tenía varios rifles además de la escopeta, sin mencionar la pistola que guardaba en su mesilla de noche. Todas estaban ahora bien guardadas en el armario de mi padre, que yo había cerrado por precaución con un viejo candado de bicicleta. Me había colgado al cuello la única llave del mismo, hasta que encontrara un sitio mejor para ella, tal vez una caja fuerte.
Exhausta y consciente de que todavía me quedaban mil cosas por hacer antes de poder marcharnos de la ciudad, me encaminé a la planta baja y me quedé de piedra al encontrarme a Cooper en mitad del salón. Estaba apoyado en el respaldo del sofá, con los brazos cruzados y mirada decidida. Uf. Al menos había resultado fácil encontrarle.
—Entonces… —empecé, sin saber muy bien qué demonios debía decir.
—¿Entonces? —preguntó él, arqueando una ceja—. ¿Eso es lo único que se te ocurre?
Por desgracia, lo era.
—Esto es un poco incómodo —dije con voz débil—. Hum, tal vez deberíamos hablar sobre lo ocurrido.
—¿Tú crees? —preguntó él, señalando con la barbilla hacia la escalera—. Tu padre ha pasado de estar ausente a ser un peligro andante. Eso es un problema, Tinker.
—¿Vas a llamar a la policía? —pregunté, a punto de vomitar. Cooper alzó una ceja.
—¿Te parezco la clase de hombre que sale corriendo a buscar a la policía? —inquirió él a su vez y me pregunté para mis adentros si no se trataba de una pregunta trampa. Quiero decir, su aspecto era de motero delincuente de mucho cuidado, pero ¿quién soy yo para estereotipar a nadie? Era mi padre quien apuntaba con la escopeta…
Al pensar en todo aquello, se me encogió el estómago. Por la mañana había recibido la visita de una loca con machete en mi lugar de trabajo y esto no era lo más jodido que me tenía reservado el día. De pronto sentí que la cabeza me daba vueltas y pensé que iba a caerme al suelo.
—Respira —me dijo Cooper y se acercó, me agarró por el brazo y me hizo sentar en el sofá. A continuación me obligó a inclinarme y a colocar la cabeza entre las rodillas, lo cual me hizo sentir mejor.
—No puedo creer lo que acaba de ocurrir —gemí—. Esto es mucho peor de lo que nunca hubiera imaginado.
Me preguntaba si una persona podría partirse en dos por un exceso de… ¿qué era lo que me afectaba? ¿Dolor? ¿Estrés? Bueno, pues por un exceso, y punto. Cooper me frotaba la espalda, algo que no debería permitir, pero la verdad era que me hacía bien apoyarme en alguien, aunque solo fuera por unos minutos. Luchaba por intentar entender lo que había pasado. ¿Desde cuándo mi padre apuntaba con armas a la gente?
—¿Qué dice su médico? —preguntó Cooper, con una voz que yo sentía como un cálido murmullo todo a lo largo de mi espina dorsal. Mierda, era preciso que me levantara y me alejara de él en el acto, antes de cometer alguna nueva estupidez, como por ejemplo reclinarme sobre su hombro y dejarle llevar durante un rato el peso que me agobiaba.
«Sí, claro, porque tener un hombre al lado soluciona todos los problemas, ¿verdad?», intervino mi cerebro. «¿Y cómo ha funcionado eso en el caso de Brandon?»
Por lo visto no era demasiado buena en eso de aprender de los propios errores, ya que, lejos de levantarme, continué a su lado y le respondí.
—No acude al médico —reconocí—, al menos desde la muerte de mi madre.
—¿Y por qué cojones no? —inquirió Cooper.
—Porque es un viejo cabrón testarudo —respondí, obligándome a incorporarme y a mirar a Cooper a los ojos—. Porque no parecía que estuviera tan mal y porque cada vez que hablábamos de ello, se negaba en redondo y porque, supongo, yo misma me negaba a aceptarlo. Es un problema gordo, ¿verdad?
—Sí —contestó él, con ojos llenos de compasión. Joder, no necesitaba su puta compasión, necesitaba su…
Hum, no. No íbamos a volver por esa senda.
—Tengo un poder médico firmado, que me permitiría tomar decisiones por él —expliqué—. Tanto él como mi madre me lo otorgaron hace unos años, al hacer testamento. Siempre supe que tendría que obligarle si alguna vez necesitaba ayuda —esa es la clase de hombre que es—, pero hasta ahora me he acojonado a la hora de hacerlo.
—Bueno, pues así son las cosas, ¿no? —replicó Cooper—. Él te cuidó durante muchos años y ahora eres tú la que cuida de él. No será siempre fácil, pero puedes hacerlo. Lo primero de todo es organizarle una cita con el médico, pero la verdad es que no creo que debas dejarle solo a partir de ahora.
—Joder, joder, ¡joder! —exclamé, exasperada—. Y ahora nos vamos a Seattle. Menos mal que Randi viene con nosotros. Tal vez es lo mejor, porque nuestro médico de aquí es más viejo que mi padre. Creo que la única razón de que siga manteniendo la consulta es que no hay nadie para reemplazarle. Voy a empezar a hacer llamadas por teléfono.
—Eh —me dijo Cooper—, ven aquí.
Abrió los brazos y dudé durante unos segundos. Sabía exactamente lo que tenía que hacer, mantenerme a distancia de él, de su novia la apuñaladora y de cualquier otro equipaje que pudiera mantener escondido en su «apartamento alquilado ilegalmente». Sin embargo, estaba cansada —realmente cansada—, así que colapsé literalmente sobre él. Fue entonces cuando me di cuenta de que tenía las mejillas húmedas —había roto a llorar sin siquiera darme cuenta.
Cooper me apretó contra su cuerpo y ahí ya abrí a tope el grifo de las lágrimas.
Lloré por mi padre, por mi madre, por mi bebé y porque las cosas nunca jamás iban a ser como deberían. Lloré porque una loca me había amenazado con un cuchillo y porque toda la ciudad pensaba que yo era una puta. Finalmente, lloré porque el único hombre que me había gustado en años era posiblemente un delincuente —y definitivamente un gilipollas—, excepto en aquel momento, en el que estaba siendo de lo más tierno. Había algo increíblemente injusto en toda aquella situación.
Después de lo que me pareció una eternidad, mis lágrimas se secaron y me descubrí a mí misma apoyada en el hombro de Cooper, preguntándome cómo iba a hacerme cargo de todo, y al mismo tiempo mantener mi negocio en marcha, y además… ¡Basta! Ya me había venido abajo una vez y era suficiente. El hecho de que fueran demasiados a la vez para una sola persona no convertía mis problemas en insalvables. Encontraría la manera.
Siempre la encontraba, porque los Garrett somos fuertes.
Mi padre me había enseñado aquello, cuando él era el que se ocupaba de mí. Ahora era mi turno, como había dicho Cooper. Notaba los latidos de su corazón en la mejilla, que mantenía apoyada contra su pecho. Entonces él me pasó los dedos por el pelo, suavemente, y me sentí más tranquila. No hay nada como un buen llanto, supongo.
—¿Esto significa que hemos firmado una tregua? —preguntó.
—Por supuesto —respondí. Supongo que si tu padre apunta a alguien con una escopeta, se hace más difícil justificar un cabreo.
—Solo dime una cosa —pidió él—. ¿Te vas a Seattle porque necesitas usar tu equipo de cocina o estás huyendo de algo? Puedo protegerte, nena. Te lo prometo.
La imagen de Talia apareció en mi mente, con la extraña expresión que bailaba en su rostro en el momento en que me apuntó con su gran cuchillo. Hablaba muy en serio, sin ninguna duda.
Cooper era su hombre.
Daba igual lo tierno que fuera conmigo en aquellos momentos, porque su lealtad estaba dividida. Al final del día, un hombre se queda con la mujer que le chupa la polla. Esa es la realidad.
—Necesito mi equipo —respondí, recordándome que no era mentira— y no solo eso. Tengo que hablar con Brandon y encontrar a algún especialista que pueda ver a mi padre.
Cooper se puso rígido.
—¿Brandon? —inquirió, lentamente—. ¿Quieres decir que tienes que hablar con él para finalizar los trámites de vuestro divorcio?
—Tinker, no tengo champú —dijo de pronto mi padre desde atrás. Me separé bruscamente de Cooper, presa de un súbito ataque de extraña culpabilidad…
—Aparte de eso, estoy listo para salir —continuó—. Hombre, hola, Cooper. Qué bueno verte por aquí.
Uf. No se acordaba para nada de haberle amenazado con la escopeta.
Para nada.
Mal asunto.
—Hola, Tom —repuso Cooper—. Estábamos revisando algunas cosas del edificio antes de su viaje.
—Soy viejo, pero no estúpido —replicó mi padre, riendo, y sentí como si un cuchillo me hurgara las entrañas, ya que él había sido siempre el hombre fuerte, el que arreglaba las cosas cuando iban mal.
Qué jodido era todo aquello.
—Parece que nos ha pillado —respondió Cooper, con tono desenfadado—. Ya me iba, de todos modos. Tinker, ¿necesitáis ayuda para cargar algo?
—No, no, está bien —respondí—. Mándame un mensaje si surge algo. Papá, tenemos que pasar a recoger a Randi y he quedado con ella en un rato, así que ve a meter tus cosas en el todoterreno de Carrie, ¿vale? Me lo ha prestado para el viaje.
—Por supuesto, nena —respondió él, con una cariñosa sonrisa—. Será divertido hacer un viaje juntos, como cuando eras pequeña. Sé que estarás ocupada, pero igual tenemos tiempo de subir al Space Needle para ver todo Seattle desde ahí.
—Sería genial, papá —comenté, con un suspiro—. Te quiero. Espero que sepas cuánto.
—Yo también a ti, nena —me respondió, con una mirada extraña—. Siempre.
***
Gage
Supongo que no soy el único que tiene una vida complicada. Había reanudado mi trabajo en la azotea, pero mi mente galopaba lejos de allí. La situación con el padre de Tinker no era buena, pero allí pasaba algo más, eso seguro.
Talia. Tenía que ser ella.
Sopesé la posibilidad de llamar a Picnic para contarle la situación, pero decidí que antes necesitaba saber más.
Tinker y su padre se marcharon hacia las cuatro de la tarde. Marsh me mandó un mensaje a las cinco para decirme si podía ir a verle a la sede del club aquella noche. Al parecer tenía asuntos que tratar conmigo, lo cual era buena señal. Cuanto antes aclarase toda la mierda en torno a los Nighthawks, antes podría poner fin a aquella puta farsa con Talia.
Después de darme una rápida ducha, conduje hasta el centro para comprar algo de comer en el Jack’s Roadhouse. Pensaba pillarme una hamburguesa y ponerme al tanto de los últimos rumores antes de dirigirme al club de los Nighthawks. Eso era lo mejor —y lo peor— de una ciudad como aquella. Todo el mundo metía la nariz en los asuntos de sus vecinos.
Acababa de dejar atrás la vieja biblioteca cuando un Mustang de color cereza pasó a toda velocidad en dirección contraria a la mía. Un segundo después oí un fuerte chirrido de neumáticos que derrapaban en el asfalto y observé cómo el Mustang giraba en redondo y venía directo hacia mí. ¿Qué cojones…? Al volante se encontraba una mujer, que no paraba de hacerme señales con los faros y de tocar la bocina, con la obvia intención de hacerme parar. Entonces la distinguí: era Carrie, la mejor amiga de Tinker. Entonces habían intercambiado sus vehículos —un buen trato, claro.
Detuve la moto, me bajé y me dirigí al automóvil, que había frenado detrás de mí. ¿Qué demonios pasaba? Dios, si solo habían pasado dos horas: demasiado poco tiempo para que algo más se hubiera jodido…
Carrie abrió de golpe la puerta del Mustang y corrió a mi encuentro, la viva imagen de la furia. Dado que era una cabeza más baja que yo y cerca de cuarenta kilos más ligera, su aspecto era más bien el de un duendecillo enfurecido que el de una verdadera amenaza, pero la rabia en su mirada… esa sí era de tamaño XL. Sin cortarse un pelo, invadió mi espacio con decisión y me plantó el dedo índice en el pecho.
—¡Tú! —rugió—. Desde luego tienes las pelotas bien puestas, pedazo de gilipollas.
La miré, preguntándome si tendría la menor idea de lo fácil que me resultaría apartarla de un papirotazo.
—Difícil discutir eso —repuse, con despreocupación—, pero vas a tener que precisar un poco. ¿Qué es lo que he hecho esta vez?
—Tu novia amenazó a Tinker con un puto cuchillo esta mañana —dijo, echando llamas por los ojos—. Le dijo que la rajaría si no se mantenía alejada de ti y, no contenta con eso, le arruinó toda la producción de chocolatinas de una semana. Ahora Tinker tiene que ir a Seattle a reponer los pedidos antes de perder a sus clientes. No sé qué clase de juego enfermizo te traes con Talia Jackson y no me importa, pero Tinker es mi amiga y voy a hacer todo lo que haga falta para protegerla, ¿está claro?
Dios. Ya suponía que Tinker no me estaba diciendo toda la verdad, pero aquello era mucho más fuerte de lo que había imaginado. La furia salvaje de antes volvió a poseerme, redoblada, porque Talia había cruzado una puta línea roja y no había posible vuelta atrás. Algo muy oscuro se debió haber reflejado en mi expresión, ya que Carrie dio un paso atrás.
—¿Cuándo ocurrió? —inquirí, con tono acerado—. Cuéntamelo. Todo.
Los ojos de Carrie brillaron con… ¿sorpresa? Como si pensara que yo iba a defender a Talia. A la mierda con todo. Se iba a acabar hoy mismo.
—Tinker estaba sola en la tienda esta mañana —explicó Carrie—, empaquetando los pedidos que tenía que enviar a Seattle. Talia apareció y la acorraló en la cocina. Allí la amenazó con un cuchillo y le destrozó casi todo el producto. Ahora tiene pedidos que no puede servir, lo que significa que tendrá que trabajar día y noche para poder ponerse al día. Para ello necesita la cocina que tiene en su casa de Seattle, lo cual significa quedarse bajo el mismo techo que el gilipollas de su exmarido, que seguramente intentará hacerla volver con él. Ya una vez casi perdí a mi mejor amiga por culpa de ese cabronazo y no pienso permitir que suceda de nuevo. No sé qué pasó la otra noche y me importa una mierda, pero todo esto es por tu culpa, así que ya puedes ponerte las pilas para arreglarlo, ¿está claro?
Pues sí, lo había dejado muy claro. Tan claro que mi visión se cerró en un túnel de furia concentrada.
Carrie retrocedió de nuevo y durante un instante el miedo cruzó su rostro, pero en seguida se endureció de nuevo. Era obvio que daba igual lo que yo pudiera asustarla: no iba a quedarse mirando mientras hacían daño a su amiga.
La amiga de Tinker era de las buenas.
—¿Dónde está tu hombre? —le pregunté y ella miró rápidamente hacia otro lado.
—Él no tiene nada que ver con esto —respondió.
—¿En serio? —repuse—. Por lo que vi la otra noche, no es el tipo de hombre que deja a su mujer a cargo de este tipo de asunto. No le has dicho nada, ¿verdad?
Carrie me miró fijamente y sacudió la cabeza.
—Darren es un hombre de verdad —replicó. La implicación de que yo no lo era resultaba evidente. No era el tipo de comentario que yo aceptaría en circunstancias normales, pero dada la situación, no podía discutir con ella. Había jugado a ser la mascota de una desequilibrada y la había cagado. El hecho de que fuera por el club no cambiaba el resultado: una mujer inocente había resultado herida.
Una mujer que, daba la puta casualidad, me gustaba un poquito demasiado.
—Entonces te da miedo comentárselo a él —dije—. Miedo de que venga a por mí con una escopeta.
Algo bastante frecuente en aquella ciudad.
Carrie sostuvo mi mirada, sin decir una palabra. Si no hubiera estado tan jodido, habría sonreído: Darren era el tipo de tío que me gustaba, aunque debía ser un poquito más vigilante con su mujer, en mi opinión. Carrie podía ser dinamita, pero enfrentarse conmigo a solas había sido una estupidez.
Una estupidez casi tan gorda como la de Tinker al negarse a comentarme lo ocurrido con Talia.
—La próxima vez, sé sincera con tu hombre —le dije.
—De mis peleas ya me encargo yo —replicó ella.
—Está bien, pero pelea con las armas que tienes —le respondí—. Eres afortunada. Darren es un hombre fuerte, así que no tengas miedo de pedirle ayuda. En un enfrentamiento físico, tú y yo no estamos en un plano de igualdad y no deberías haber venido sola a buscarme. Sin embargo, en este caso estoy de acuerdo contigo. Tinker no se merece esto. Voy a ponerle fin.
Carrie asintió con la cabeza y se volvió hacia el Mustang, pero a mitad de camino se detuvo y me miró.
—Eres físicamente más fuerte que yo —reconoció, con ojos de acero— y eres amigo de una pandilla de matones. No tengo ninguna duda de que podríais herir a mi marido y tal vez matarle. Sin embargo, tal vez haya una cosa que te convenga recordar. Cuando un motorista se enfrenta a alguien que viaja en un todoterreno, el del todoterreno gana siempre. Yo tengo uno y a veces hay accidentes de tráfico. No dudes ni por un segundo que te atropellaré como a un perro rabioso si tu novia se atreve a herir a Tinker.
Dicho esto, subió al brillante deportivo, cerró la puerta de golpe y salió disparada, haciendo chirriar de nuevo los neumáticos contra el pavimento. La observé alejarse durante unos instantes y a continuación saqué mi teléfono móvil para llamar a mi presidente.
—Eh, Pic —saludé—, las cosas se están desarrollando con rapidez.
Cómo deseaba tener algo a mano para golpear…
—¿Qué has jodido ahora? —preguntó Picnic.
—Gracias por el voto de confianza —respondí—. Échame un cable, por favor, Picnic.
—De acuerdo, di lo que hay y le buscaremos solución —respondió él.
—Pensaba que había puesto firme a Talia anoche, pero fue a por Tinker esta mañana —le informé—. Tinker está aterrorizada y se ha marchado a Seattle con su padre, para una semana. Ah, por cierto, hablando de su padre, esta tarde me apuntó con una escopeta. Fue muy divertido.
Silencio.
—¿Puedes repetirme eso último? —dijo por fin Picnic.
—El padre de Tinker está perdiendo la cabeza —expliqué—. Literalmente. Me vio discutir con ella, sacó la escopeta y nos apuntó, totalmente confuso. Fue un momento especial.
—¿Por qué discutías con ella? —preguntó Picnic—. Creía que habíamos quedado en esperar y observar.
—Porque va a ver a su marido en Seattle —respondí—. ¿Has podido averiguar algo sobre él?
—No eres hombre que haga las cosas a medias, ¿eh? —me preguntó él a su vez.
—No le veo la gracia —gruñí.
Picnic rompió a reír, lo cual me dejó sorprendido. Lo conocía prácticamente de toda la vida y normalmente podía prever sus reacciones, pero esta vez no estaba tan seguro. Sin embargo, sabía una cosa. Proteger a Tinker se había convertido en una prioridad muy alta para él. Sobre cómo y cuándo había ocurrido no tenía ni idea, pero era un hecho.
—Parece que vas en serio con esa mujer —comentó.
—Sí, jefe, voy en serio, sea lo que sea lo que eso significa —confirmé—. Y también estoy cabreado y jodido. Dios, Pic, no tienes idea de la mierda que estoy tragando aquí. Los Nighthawks son una puta broma, me estoy follando a una zorra que cree que es la dueña de mi polla y la mujer que deseo se caga de miedo en cuanto me ve. No estamos haciendo ningún progreso, jefe. Quiero que se cancele la operación. Hay más de una forma de conseguir información. Deberíamos traer aquí a los hermanos, llevarnos a Marsh al arsenal y obtener respuesta a nuestras preguntas.
—De acuerdo, cálmate —dijo Picnic—. Ya te he oído. La situación está cambiando, obviamente, y tenemos que ajustar nuestros planes.
Sus palabras me pillaron por sorpresa. No sabía qué era lo que esperaba de él, tal vez que se cabreara conmigo por no estar suficientemente centrado en la misión, pero aquello era ridículo. Las había visto de todos los colores junto a aquel hombre y sabía muy bien que los Reapers morirían por mí si era necesario, hasta el último de ellos.
—Entonces… ¿cómo quieres hacerlo? —pregunté lentamente.
—En primer lugar, neutraliza a Talia —dijo—. Haz todo lo que sea necesario, ¿entendido? Se supone que tú eres su hombre y ella va por ahí follándose a quien le viene en gana. Hazle saber que donde las dan las toman y que ya tienes bastante de su mierda. No vas a permitir que te joda la vida…
—Quiere que me instale en uno de los remolques que tienen junto al club —le informé—. ¿Puedes creerlo?
—Sí, claro, hazlo y te levantarás con la garganta cortada —respondió Picnic—. Recuérdale a Talia que ella es tu zorra, no al revés, y que tiene que hacer lo que le digas. Esto incluye dejar a tu casera en paz. Dile que si toca a Tinker, lo pagará. Si se joden las cosas con Marsh, vamos para allá y cerramos anticipadamente el club de los Nighthawks. Basta con una llamada, hermano. Estamos a tu lado.
—Bueno saberlo —dije.
—Eso sí, no te relajes todavía —me advirtió—. Como te he dicho, basta con una llamada, pero han pasado muchas cosas desde que te fuiste. Cosas que repercuten en tu operación. Este viernes las secciones de Bellingham y Portland van a lanzar una operación de dos semanas en Cali. Tenemos problemas serios con el cártel, lo que significa que no habrá demasiado apoyo por ese lado. Si las cosas se salen de madre en tu zona, tendremos que pedir a los Devil’s Jacks que salgan de Portland.
De puta madre. Los Jacks eran nuestros aliados, pero no teníamos la mejor relación del mundo.
—¿Y qué hay de los Silver Bastards? —pregunté.
—Por ellos vendrían, pero también están de mierda hasta el cuello —respondió Picnic—. Problemas con los sindicatos mineros. No están pasando por una buena época.
—Entendido —dije y era cierto.
Picnic dejaba la decisión en mis manos: acudirían si les llamaba, pero ello requeriría pedir muchos favores y de los gordos, lo que nos dejaría en desventaja en nuestra relación con los Jacks. Dado que dos años antes habíamos sostenido con ellos una guerra a muerte, no era algo como para hacer a la ligera.
—Intentaré aguantar un poco más sin que la situación se descontrole por aquí —le aseguré, frustrado pero resignado—. No me gusta, pero lo haré. Eso sí, si Tinker resulta herida, rompemos la baraja. Si esto supone un problema, mejor me sacas de aquí, porque es innegociable.
Pic guardó silencio durante varios segundos y después soltó una risilla burlona.
—No hay problema, hermano, diviértete —respondió—. En la parte positiva, tengo cierta información sobre su marido. Es una basura.
—No sé por qué, pero ya me lo figuraba —comenté y él rio de nuevo.
—De hecho, es una basura muy asquerosa —continuó Picnic—. Si le pones dinero en la mano, tu caso ya no lo trata igual. Nosotros intentamos sobornarle hace unos años, después de tener problemas con uno de los clubes de apoyo, pero el caso es que también tiene aspiraciones políticas. En el momento en que conseguimos llegar hasta él, el caso había subido demasiado arriba.
—¿Habéis averiguado algo sobre su familia? —pregunté.
—Todos son muy conocidos en Seattle —respondió él—. Viejas fortunas, al parecer.
—¿Y por qué un tipo de una familia así necesita aceptar sobornos? —quise saber.
—No tengo ni idea —contestó Picnic, por primera vez muy serio—. Tal vez se haya quedado sin dinero. Vamos a seguir investigando. Tú concéntrate en vigilar tu culo y recuerda que estamos a tu lado. Una llamada es suficiente.
—Gracias —le dije.
—Cuídate, hermano —me respondió él y colgó. Deslicé el teléfono en mi bolsillo, me subí a la moto y arranqué.
Había llegado la hora de poner a Talia en su sitio.
***
Quince minutos más tarde llegué al remolque en el que vivía Talia y dejé la moto junto a un automóvil que había visto aparcado junto al edificio de Tinker. Era de la madre de Sadie.
Genial. Ahora tendría que vérmelas también con la pandillita de Talia.
Claro que aquello tendría su lado bueno. Sadie tenía que aprender una lección sobre el respeto debido a mi privacidad. Subí los escalones de dos en dos, llamé a la puerta a puñetazos y, sin esperar, la abrí con tanto ímpetu que rebotó contra la pared.
—Todo el mundo menos Talia fuera de aquí —ordené, seco.
Cuatro pares de ojos vidriosos me miraron al unísono, parpadeantes. Las chicas estaban pintándose las uñas y el olor de la laca era tan fuerte que me sorprendió que no hubieran perdido el sentido. Vaya puta ridiculez. Talia me ofreció una sonrisa empalagosa.
—Vaya, parece que alguien necesita meterla en caliente —anunció con una risilla—. Las chicas pueden quedarse, nene. Mi habitación es muy discreta.
Nene. Odiaba que me llamara así. No solo la palabra, sino su forma de decirla, con su tonillo de niña pequeña. Me hacía sentir como un puto pedófilo.
—He dicho que todas a la puta calle —repetí con voz más potente y eché mano al mango de mi cuchillo. Las chicas se levantaron perdiendo el culo y salieron a escape. Veinte segundos después solo quedábamos allí Talia y yo. Cerré la puerta tras ellas y avancé hacia Talia lenta y amenazadoramente.
—¿Tienes algún problema? —me dijo, con los brazos en jarras—. ¿Quién cojones te crees para entrar aquí así?
—Soy el dueño de tu puto culo —le respondí— y normalmente soy muy fácil de llevar. Me dan igual tus jueguecitos, porque me gusta cómo me la chupas, pero esta mañana la has jodido y eso que te advertí que te mantuvieras al margen de mis asuntos. Aterrorizaste a mi casera, como una patética zorra insegura y celosa, y ahora tengo que preocuparme por si pierdo mi alojamiento y mi trabajo. ¿Has considerado por un minuto si tu puta raja importa más que mi apartamento?
Talia abrió la boca y la cerró inmediatamente, mientras yo veía los pensamientos que pasaban por detrás de sus ojos —joder, era transparente como el agua la muchacha— y percibí claramente el momento en que tomó la decisión de probar su pequeño juego de poder.
—Pídeme perdón o hemos terminado —me advirtió—. No pienso tragarme toda esta mierda.
—La única que ha tragado mierda hoy es Tinker Garrett —repliqué, haciendo crujir mis nudillos—. Escucha lo que voy a decirte, porque no pienso repetirlo. Tinker Garrett no significa nada para mí. Ya hemos hablado de esto. Ahora, prométeme que la vas a dejar en paz o el que se larga soy yo y punto. La vida es demasiado corta.
Talia entrecerró los ojos, con expresión iracunda, y durante un instante pensé que iba a darme una patada en las pelotas, lo cual habría supuesto un alivio, de cierta manera. Sin embargo, lo que ocurrió fue que su fachada de dureza se vino abajo de golpe y sus ojos comenzaron a enrojecerse.
—Llorar no va a cambiar nada —le previne.
—La dejaré en paz —dijo por fin—, pero solo porque te creo cuando dices que no estás por ella. De Tinker Garrett no me fío. Es una loba de cuidado. Acuérdate del video…
Oh, ya lo creo que me acordaba. Vívidamente.
—¿Y a mí que me importa un puto video? —repuse—. No lo captas, Talia. Tú eres joven, estás buenísima y me chupas la polla como una diosa. Si quieres que esto funcione, estoy contigo, pero no voy a tragar con que te folles a todo lo que se mueve y luego vengas a darme por el culo si me he puesto un poco bruto cuando tú estabas por ahí.
—¿Entonces lo que quieres es una relación exclusiva? —preguntó Talia, con tono esperanzado.
Dios, era hora de sacrificarse por el equipo.
—No si vas a dedicarte a joderme las veinticuatro horas —le previne— y no si me la lías en mi trabajo. Si te acercas de nuevo a Tinker Garrett o me vienes con mierdas manipuladoras como la de la otra noche, se acabó.
—Bueno, pero si no hay nada de eso, es lo que quieres, ¿no? —me volvió a decir.
Ignoraba la realidad. No le importaba nada el daño que había hecho. «¿Te suena a alguien que conoces?» me pregunté y no me atreví a responderme…
Adelante, tú puedes con esto. Hazlo por tus hermanos. Ellos han arriesgado sus vidas por ti. Ahora trágate esta mierda y haz lo que tienes que hacer.
—Sí —respondí por fin, dibujando lentamente una sonrisa en mi cara. Era un gesto sexi y lo sabía, ya que no me fallaba nunca con las mujeres, y Talia no fue la excepción. ¡Qué predecible! Lamiéndose los labios, se cubrió uno de los senos con la mano y me susurró:
—¿Por qué no vienes aquí y te enseño exactamente como me siento?
—No puedo —respondí, intentando poner tono de que lo lamentaba realmente—. Tu hermano me está esperando en el club. Me ha dicho que quiere hablar conmigo.
Talia sonrió, muy animada.
—Voy contigo —dijo—. Espera que cojo el bolso.
Quería protestar, pero me parecía que ya había estirado la cuerda suficientemente. Todo lo que tenía que hacer era manejar la situación durante unas pocas semanas más y sería libre.
—Te espero fuera —le dije.