Capítulo 11

Gage

Tinker me envió el número de Darren a la mañana siguiente, indicándome que le llamara —y no a ella— si algo iba mal en el edificio. Toda aquella puñetera situación me tenía jodido, pero supongo que era mejor así. Hasta que no terminara con Talia no había mucho que discutir. Lo de Tinker lo arreglaría después, porque Picnic tenía razón en una cosa: no podía permitirme una distracción durante el viaje a Canadá. Si las cosas se iban a la mierda, podía acabar en la cárcel o un par de metros bajo tierra.

Extrañamente, el viaje en sí era anticlimático.

Quiero decir, se suponía que era fácil, pero Marsh no era exactamente el tipo al que le comprarías un automóvil de segunda mano. Llegué a Bellingham sin novedad y paré a comprarme un sándwich en un área de descanso, donde dos miembros de la sección local de los Reapers revisaron el camión. Casi todo lo que encontraron coincidía con el albarán de envío —chatarra y piezas metálicas para reciclaje—, pero había un añadido que no constaba por ninguna parte: cuatro kilillos de cocaína. Si por entonces me quedaban ilusiones de que Marsh tuviera algo de profesional del crimen, su idea de enviar aquella cantidad con un perfecto desconocido como yo terminó de liquidarlas. Ya sabía lo que valía su promesa de que «todo era legal».

Un punto menos para él.

La droga estaba bien escondida, eso tenía que reconocerlo, y los papeles y todo lo demás, impecables, así que crucé la frontera con total tranquilidad. Eso sí, aquel envío equivalía a un nuevo clavo en el ataúd de Marsh. Si quería mover mercancía a través del territorio de los Reapers, se suponía que tenía que abonarnos nuestra parte y eso no estaba ocurriendo.

Dos puntos menos.

Descargué el camión en Vancouver, cumpliendo así mi parte al pie de la letra. Solo transporte, nada de preguntas. Acto seguido, emprendí la ruta hacia Penticton, donde recogí nada menos que un cargamento de maquinaria para procesar fruta. Yo mismo lo revisé todo bien antes de cruzar la frontera de vuelta a los Estados Unidos, por si las trampas. Si la gente de Marsh había metido contrabando en el camión, desde luego yo no fui capaz de encontrarlo.

En fin, al menos había entablado contacto no con uno, sino con dos de sus grupos de asociados en Canadá. Ya era un progreso.

Lo único ahora era averiguar cuál era la conexión de las frutas de Penticton con todo aquello, ya que era una importante pieza del puzle que aún nos faltaba. A menos que Marsh hubiera entrado en el negocio de la fruta procesada, lo cual no tenía excesivo sentido, se mirara como se mirase.

Regresé al edificio de apartamentos de Hallies Falls el jueves por la tarde, cansado y hambriento, a lo cual se añadió la frustración de comprobar que Tinker no parecía haber regresado de Seattle —las persianas de la casa estaban echadas y no había ni rastro de su vehículo—. El hecho de que estuviera deseando verla, como si fuera un adolescente agilipollado, aún me frustraba más, por razones obvias. La situación con los Nighthawks era como estar sentado en un bidón lleno de nitroglicerina y con Talia era aún peor.

Solo Dios sabía el renovado infierno que aún nos esperaba.

***

Sábado por la tarde

Tinker

—Hay mucho humo en el aire —comentó mi padre desde el asiento del copiloto, con el ceño fruncido. Había conseguido terminar la producción de dulces el jueves, hacer los envíos el viernes y, en medio de todo ello, había encontrado tiempo para ver a mi abogado y buscar un médico para mi padre. Teníamos cita con uno de los mejores especialistas de Seattle para dentro de unas cuantas semanas. Había visto a mi padre más confuso que nunca durante aquellos días y Randi había hecho un gran trabajo evitando que se metiera en líos, pero el viaje había resultado muy estresante para todos.

—Incendios —comenté—. Ha sido un verano muy seco. Con un poco de suerte, cambiará pronto el tiempo y tendremos lluvias.

—Necesito ir al baño —avisó Randi desde el asiento trasero, inclinándose hacia nosotros, y la observé por el espejo retrovisor. Mi asistente, de diecinueve años de edad, tenía el pelo aplastado contra la cara y la máscara de ojos se le había corrido por la mejilla. Nada más salir de Seattle se había quedado dormida como un tronco, apoyada en la ventanilla.

—¿Dónde estamos? —preguntó.

—Estamos entrando en Wenatchee —le respondí— y vamos a parar a echar gasolina. Oye, mira en mi bolso, que tengo toallitas de desmaquillar para que te limpies, porque pareces un mapache.

Randi asintió, soñolienta, y la oí rebuscar en el bolso que me había traído para el viaje. Se había portado como una campeona durante aquella semana —al final habían sido cinco días, más de lo que le había dicho en un principio—. Entre el tiempo que había pasado cuidando a mi padre y ayudándome en la cocina, se había ganado un buen premio. Habría estado bien jodida sin ella.

—¿Qué es todo ese humo? —preguntó.

—Incendios —le respondió mi padre, que parecía estar dándose cuenta ahora de que habíamos salido de la ciudad. Con suerte estaría más consciente una vez que hubiéramos regresado a nuestra casa.

—Buuf —dijo Randi—, espero que el fuego no llegue a ninguna ciudad.

Quedaban pocos metros para el desvío a una estación de servicio, así que puse el intermitente para girar a la derecha. Segundos después, aparcábamos junto a los surtidores.

—Pásame la cartera, por favor —le dije a Randi. Lo hizo y saqué mi tarjeta de crédito. Mi padre se quedó en su asiento mientras Randi se dirigía a la tienda, lo mismo que había sucedido en cada parada para repostar. Yo echaba la gasolina, aparcaba el vehículo y después acompañaba a mi padre a la tienda o al servicio. Lo habitual era que, para entonces, Randi ya hubiera terminado y entonces podía echar un ojo a mi padre mientras yo pasaba al baño. Hasta entonces el sistema había funcionado.

«¿Cuánto tiempo más vas a dejar que continúe esto?», resonaba la voz de Brandon en mi cerebro. «Pero si es prácticamente un vegetal.» La noche previa a nuestra partida había vuelto a la carga con nuevos argumentos, ahora que mi abogado estaba apretándole las tuercas.

Sacudí la cabeza, como si quisiera espantar aquellos pensamientos. ¿Por qué demonios tenía que permitir que los sinsentidos de Brandon me contaminasen? Él no tenía ni idea de lo que mi padre podía hacer cuando se encontraba en el jardín de su casa. Se recuperaría en cuanto llegáramos al edificio de apartamentos.

Y aunque no lo hiciera, no era ningún vegetal.

No. Mi en breve exmarido iba a tener que joderse y darle a mi abogado los datos financieros que le reclamábamos para poder dividir nuestros bienes, porque el proceso de divorcio ya llevaba mucho retraso. Desde fuera alguien podría sospechar que Brandon ocultaba algo, pero yo sabía que tal hipótesis era una locura. La familia de Brandon nadaba en dinero, así que, ¿por qué iba a tener tanto interés en los insignificantes ahorros que guardaban nuestras cuentas compartidas? Perdida en estos pensamientos, introduje el extremo del conducto de gasolina en el depósito del todoterreno y apreté la palanca. Mientras el combustible fluía hacia el interior, me apoyé en el vehículo y dejé pasear la vista por encima de las colinas cercanas, hacia el cielo que ya presentaba un tono mortecino, aunque solo eran las tres de la tarde.

—Hay una burrada de humo —comentó mi padre cuando volví a entrar en el todoterreno—. Igual que el pasado verano, cuando ardió Omak. Mal asunto.

—Espero que el fuego se mantenga alejado —respondí—. Vamos adentro. ¿Quieres algo de beber?

—Sí, no me vendría mal un trago de agua e ir al baño —me dijo él—. Estoy deseando llegar a casa. Te quiero, preciosa mía, y siempre te apoyaré, pero ese marido tuyo me hace sentir incómodo.

—Papá, ¿es que ya te has olvidado? —respondí—. Me estoy divorciando de Brandon y espero que todo el papeleo acabe lo antes posible. Con un poco de suerte, no tendrás que verle nunca más.

El rostro de mi padre pareció transformarse por completo, al ser iluminado por una amplia sonrisa. Acto seguido me abrazó y me estrujó con fuerza mientras yo reía. ¡Qué extraña es la vida!

—Gracias a Dios —me dijo—. No me gusta la forma que tiene de hablarte y no te pienses que he olvidado lo que hizo. Estoy viejo y he perdido memoria, pero un padre nunca olvida al hombre que dejó morir sola a su nieta.

Ay.

—Prefiero no hablar de eso —le recordé, aunque una parte de mí se alegraba de que no fuera yo la única que la recordaba. Él la había querido también, desde el mismo instante en que le anuncié que estaba embarazada. Fuera lo que fuese lo que ocurría dentro de su cabeza, no le estaba borrando el amor por su familia y yo lo necesitaba. Él era todo lo que tenía.

—No te preocupes —añadí—. Brandon y yo hemos terminado definitivamente y tienes toda la razón en lo de su forma de hablarme. Nunca más me dejaré convencer por sus mentiras, te lo prometo.

***

Encontramos a Randi en la tienda de la gasolinera, pendiente de la televisión que colgaba de una esquina de detrás del mostrador. Imágenes de enormes árboles en llamas llenaban por completo la pantalla. En la tienda solo había un cliente, además del único empleado, ambos con los ojos pegados a las noticias.

—Como pueden ver, el incendio se está extendiendo rápidamente —decía una reportera con voz incongruentemente alegre—. Fuentes oficiales nos confirman que el fuego no ha salido del parque nacional y no existe amenaza para las zonas habitadas. A pesar de ello, advierten a los residentes y a los viajeros por la región de que extremen las precauciones. La calidad del aire es extremadamente baja en algunas zonas, debido al humo, lo cual supone un riesgo importante para la salud, especialmente para los asmáticos y personas que sufren otras enfermedades pulmonares. Además, el Departamento de Transportes del Estado de Washington informa de numerosos cortes de carreteras por baja visibilidad.

La pantalla cambió y mostró un mapa con varias rutas señaladas.

—Como pueden ver, la I-90 está cerrada entre Vantage y Ritzville —continuó la voz de la reportera—. Al tiempo nos comentan que, aunque la autopista 97 permanece abierta a la altura de Chelan, la visibilidad está empeorando y las autoridades no descartan cortarla en breve.

—¿No es por ahí por donde vamos a pasar? —preguntó Randi, con los ojos muy abiertos y yo asentí, preocupada.

—Pues sí —respondí—. Será mejor que vayamos saliendo, no sea que nos quedemos pillados en la carretera. Da un poco de miedo, ¿no?

—Sí —dijo Randi.

***

A pesar de las advertencias de la reportera, llegamos sin novedad a Hallies Falls.

Dejé a Randi en casa de su madre y me dirigí a nuestro edificio de apartamentos. Al aparcar vi el camión de Cooper en la calle. Debía de haber completado su trabajo.

«Pues muy bien», pensé.

Dejé el todoterreno en la calle, junto a mi casa, en lugar de meterlo en el aparcamiento, para que fuera más cómodo descargar el maletero. Aunque estaba muerta de cansancio, no pude evitar fijarme en lo espectacular que era el atardecer —supongo que el fuego y el humo también tenían su parte buena—. Saqué el teléfono móvil y capturé una imagen de los brillantes tonos rojos y rosados que llenaban el cielo a través del valle. Entonces oí pasos detrás de mí.

—Los incendios son una mierda, pero el humo produce atardeceres que no están nada mal, ¿verdad? —dijo la voz de Cooper, grave y áspera. Un estremecimiento me recorrió de la cabeza a los pies, pero me dominé y recuperé implacablemente el control, ya que nada había cambiado. Él seguía todavía con la zorra chiflada de su novia.

—Es bonito —confirmé, sin darme la vuelta para mirarle. Él se acercó y sentí el calor de su cuerpo detrás de mí. «Apóyate contra él. Sabes que lo deseas», me dijo una voz interior. En lugar de escucharla, di un paso hacia delante para poner cierta distancia entre nosotros, antes de darme la vuelta.

Error.

Creía haberme convencido a mí misma de que no era tan sexi, de que en realidad me lo había figurado. Quiero decir, en teoría Brandon también era sexi, pero no me costaba nada controlarme con él —de hecho, todo ese rollo metrosexual y blandito que tanto triunfa murió para mí el día en que Brandon estuvo demasiado ocupado como para venir a verme al hospital cuando más lo necesitaba.

Cooper era el extremo opuesto.

Evidentemente no se había afeitado en los últimos cinco días y la habitual sombra que le cubría el rostro empezaba a ser barba en toda regla. Al combinar esto con su cabello oscuro, ligeramente rizado y recogido en una corta coleta, con aquellos hombros poderosos que la gastada camiseta apenas contenía y con sus botas de cuero… ñam, ñam. El resultado era delicioso.

Demasiado delicioso.

—He oído que han cerrado unas cuantas carreteras por el humo —dijo, estudiando mi rostro atentamente—. ¿Tuvisteis problema en el viaje de vuelta?

—No, todo fue bien —respondí—, pero estoy cansada. Ha sido una semana muy larga.

«Ojalá me dejara en paz», pensé.

—Ella no volverá a meterse contigo —dijo Cooper, sin rodeos—. Siento mucho lo que ha pasado. Le he puesto las cosas claras y no aparecerá más por aquí. Si vuelve a darte algún problema, me lo dices y me encargaré de ello.

Algo se endureció en su rostro al decir esto, algo que daba miedo. Noté un escalofrío y me froté los brazos, arriba y abajo. Cooper frunció el ceño.

—Deberías entrar en casa —me dijo.

—Tengo que terminar de descargar el todoterreno —respondí.

—Deja que te ayude —dijo él y, en aquel momento, vi que Sadie salía del apartamento donde vivía con su familia. Nos miramos a los ojos y vi cómo ella sacaba su teléfono móvil. Mierda, como si necesitara más dramas todavía.

—No —le respondí firmemente—. Creo que es mejor que mantengamos la distancia, visto lo visto.

—Trabajo para ti —repuso él—. Va a ser complicado si no podemos ni hablarnos.

Tenía razón. Sí. Y también estaba demasiado cerca de mí, sobre todo con Sadie vigilando cada movimiento. «Acaba con esto», me dije. «Eres una mujer adulta, así que di lo que hay que decir.»

—Lo que pasó en tu apartamento no estuvo bien —dije, sosteniendo su mirada— y tampoco lo que ocurrió después con tu novia. Ya tengo bastantes problemas en mi vida. No necesito ninguno más.

—Lo sé —admitió él, con ojos sombríos—, pero es más complicado de lo que imaginas.

Noté que la respiración se me cortaba y una repentina ola de calor me subió desde el estómago hasta el pecho.

—¿Sigues viendo a Talia? —le pregunté y, ahora sí, él desvió la mirada y se frotó la barbilla, con el ceño fruncido.

—No suena nada complicado —le indiqué, endureciendo la voz—. Trabajas aquí, pero eso no incluye descargar mi vehículo ni tampoco socializar. Si hay alguna cuestión relacionada con el edificio, puedo enviarte un mensaje de texto. Si tenemos que ver algo juntos, mi padre puede venir con nosotros. He perdido una semana entera de trabajo por cenar con un hombre con el que no tengo nada que hacer. Mira, ya tengo suficiente estrés en mi vida.

Los ojos de Cooper llamearon y abrió la boca como si fuera a decir algo. «Dime que has roto con ella», me susurré para mis adentros. Sin embargo, guardó silencio y volvió a desviar la mirada.

—Tienes razón —dijo por fin—. Te dejaré tranquila.

—Gracias —le respondí, preguntándome por qué me dolía tanto. Lo cierto es que no podía decir que conociera a Cooper de nada. Probablemente nunca llegaría a conocerlo y era lo mejor. Se juntaba con la gente equivocada. Nuestras vidas eran totalmente diferentes. Nunca habría nada entre nosotros, aunque él fuera libre.

«En su momento pensaste que Brandon y tú erais el mismo tipo de gente, susurró mi corazón». «¿Qué tal resultó luego?»

«No muy bien.»

Me separé de él y volví a mirar al atardecer que llameaba al fondo del valle, deseando no haberle conocido nunca. Cooper se quedó largo rato detrás de mí y después oí el ruido de sus pasos mientras se alejaba.

***

La semana siguiente fue tensa.

Había tomado la decisión de no abrir la tienda de mi madre, porque no veía ningún motivo para ello. Casi nunca vendía nada allí, en realidad, y detestaba la idea de que alguien como Talia pudiera entrar e ir a por mí. Aquellas podrían haber sido malas noticias para mi asistente, Randi, pero se había encargado tan bien de mi padre durante el viaje a Seattle que le pregunté si no deseaba ser su cuidadora hasta que encontráramos la forma definitiva de arreglar la situación.

—Me encantaría —respondió ella con entusiasmo—. Me gusta estar con el señor Garrett. Nunca conocí a mi abuelo y mi padre se fue cuando yo todavía era una niña. Él me trata como si yo fuera su nieta, ¿sabes? Eso me gusta.

Sus palabras me cortaron como un cuchillo, pero lo entendí. Mi padre siempre había querido ser abuelo. Nunca olvidaré el día en que les anuncié, a él y a mi madre, que estaba embarazada. Estaban los dos en éxtasis. Perder a la pequeña Tricia nos destrozó a todos y, si tener a Randi cerca le hacía feliz, solo por eso ya merecería la pena.

En cuanto a Cooper, tengo que decir que se mantenía a distancia.

Era lo que quería y le agradecía que lo hiciera, lo cual no significa que no pensara en él por las noches o que no le mirara mientras trabajaba. Yo notaba que sus ojos ardían cuando me miraba, pero Talia seguía acudiendo regularmente a su apartamento. Alguna vez lo había visto en su moto por la ciudad, en compañía de algunos de los Nighthawks. Eran ruidosos, agresivos y esperaban que todo el mundo se mantuviera fuera de su camino.

Recuerdo que de niña me parecían intimidantes, pero no terroríficos. Por entonces contaban con el respeto de la comunidad. Al volver a Hallies Falls tras la muerte de mi madre, percibí que la dinámica había cambiado, pero no presté demasiada atención. Sin embargo, ahora no podía evitar fijarme y lo que veía era una ciudad atemorizada.

***

Dos semanas más tarde

MARGARITA: Voy a casa este fin de semana, a ver a la familia. Es el cumpleaños de mi madre. Tenemos que salir el viernes por la noche o me volveré loca.

CARRIE: ¡Me apunto! Ya sabes lo que odio salir por ahí, ja, ja. ;) ¿Tinker también viene?

YO: Joder, sí. Hace siglos que no salgo. Así puedo contaros toda la última mierda con Brandon.

CARRIE: Dios, es un auténtico comepollas. No te vas a creer lo que ha hecho, Margee.

MARGARITA: ¿Qué?

YO: Uf. No solo se hace el tonto con lo del divorcio, sino que está en plan súper raro. Creo que está obsesionado con el hombre que tengo trabajando en el edificio.

MARGARITA: ¿Cómo?

CARRIE: Tinker tiene un tío que le cuida el edificio y que está cañón. Brandon está celoso. Cree que se acuestan juntos.

MARGARITA: ¡Ooooooh! ¿Y es verdad?

YO: NO.

CARRIE: NO, NO, NO. Está como un queso, pero tiene una novia psicópata. Hablamos este fin de semana. ¡¡¡Me alegro mucho de que vengáis a casa!!!

MARGARITA: ¡Nos vemos pronto! Xx


—¡Esta es mi canción! —gritó Carrie, agarrándome por la mano y arrastrándome a la pista de baile. Margarita estaba justo detrás de nosotras. El Jack’s Roadhouse no era exactamente una disco de moda ni nada de ese estilo, pero era lo más parecido a una vida nocturna que teníamos en Hallies Falls. La cerveza era barata, la música sonaba con fuerza y nadie comprobaba a fondo los documentos de identidad, aunque no es que me hubiera importado que me tomasen por una menor. Durante los fines de semana echaban las mesas a un lado del local y formaban así una pista de baile. Normalmente había pinchadiscos, pero hoy habían traído a un grupo para que tocara en directo.

—Oh, Dios mío, ¿no es ese Joel Riley? —me gritó al oído Carrie durante la primera canción, agarrándome los hombros para dirigir mi visión. Parpadeé hacia el pequeño escenario, donde dos guitarristas y un baterista aporreaban con mucha energía sus instrumentos. Uno de ellos era Joel Riley, fijo.

—¡Guau! —exclamé—, está aún más bueno que en el instituto.

Era verdad.

Joel iba un curso por delante de nosotras y yo había estado muy enamorada de él durante dos años. Margarita también había bebido los vientos por él, aunque ella se había caído de la nube el día en que él la invitó al baile de fin de curso. Más en concreto, se cayó después de la fiesta, cuando Joel se bebió una botella entera de tequila y acabó echando hasta los hígados en su flamante automóvil.

A pesar de todo, el chico seguía teniendo buen aspecto. Demasiado bueno.

—¡Joel! —llamó Margarita, dando saltos y agitando las manos, como una posesa. Joel miró hacia nosotras y nos dedicó una amplia sonrisa. Entonces Carrie chilló y trató de adelantarse y, al hacerlo, chocó conmigo y me hizo perder el equilibrio. En aquel momento noté cómo unas manos grandes y fuertes me agarraban por la cintura y me colocaban de nuevo sana y salva de pie.

Cooper.

Mientras la gente de alrededor nos empujaba para que nos apretáramos más, él clavó en mí una mirada sombría y anhelante. Mi cuerpo lo reconoció y reaccionó al instante, aprovechando que mi sentido común se encontraba bajo la anestesia del vodka que llevaba ingerido. Cooper me envolvió entre sus brazos, me estrechó contra su cuerpo y sentí todos los músculos de las piernas en tensión. ¿Cuál sería mi sensación si aquel poderoso cuerpo se apoderara del mío, si entrara en él profundamente? Él se inclinó para susurrarme algo al oído con su voz áspera y sexi. Ni siquiera entendí lo que me decía, pues estaba distraída imaginando qué sentiría si él me mordiera el lóbulo de la oreja y lo chupara hacia el interior de su boca.

Cooper me apretó aún más. Entonces alguien chocó contra nosotros y él aprovechó para sacarme de la pista de baile y arrastrarme hasta un rincón oscuro junto al escenario, justo debajo de uno de los grandes altavoces.

—¿Estás bien? —me preguntó y yo asentí con los ojos clavados en su boca. Para ser un tipo de aspecto tan amenazador, tenía unos labios preciosos. Parecían muy suaves, pero los había notado duros y fuertes la vez que me besó. Duros, fuertes y ansiosos, justo como serían si me follara contra la pared del local. Me incliné hacia delante sin pensar, como hipnotizada. La mano de Cooper comenzó a trepar por mi espalda y…

—¿Tinker Garrett?

Miré y me encontré cara a cara con Joel, que se había situado junto a nosotros y sonreía de oreja a oreja, como un chiflado. Al parecer la banda había dejado de tocar en algún momento, pero no me había dado ni cuenta. Estaba demasiado ocupada… ¡Joder, por poco no había besado a Cooper!

Me aparté de él con brusquedad y me volví hacia Joel, agradecida de que la luz fuera lo suficientemente débil como para que no pudiera ver cómo me sonrojaba. Gracias a Dios que nos había interrumpido antes de cometer una enorme estupidez.

—Eh, hace años que no te veo —saludé, con tono alegre—. Me encanta tu música.

—Gracias —respondió él—. Oí que habías vuelto a la ciudad. ¿Quién es tu amigo?

—Cooper Romero —respondí—. Cooper, este es Joel Riley. Fuimos juntos al instituto.

—Encantado —gruñó Cooper y me pasó uno de sus brazotes sobre los hombros. Joel arqueó las cejas, sonrió y alzó las manos en gesto de rendición.

—Paz, hermano —dijo—. No pretendo robarte a tu chica. Es solo que no la veía desde el instituto.

—No soy su chica —dije, enérgica, y aparté el brazo de Cooper de mis hombros. Joel nos miró con la sorpresa pintada en el rostro.

—¡Cooper! —exclamó de pronto la voz de Talia—. ¿Qué estás haciendo?

La chiflada «novia oficial» de Cooper se interpuso entre nosotros de un empellón y lo agarró por el brazo, con gesto posesivo. Dios, ¿cómo era posible que algo tan sencillo como una noche de baile pudiera complicarse tan rápidamente?

—Nada —respondió él, mirándonos alternativamente, a mí y a Joel, quien dio un paso hacia mí.

—¿Quieres una cerveza, Tinker? —me preguntó mi excompañero de instituto, ignorando al robusto e irascible motero que había a mi lado. La mandíbula de Cooper se contrajo en el momento en que me volví hacia Joel con mi mejor sonrisa.

—Pues claro —le respondí—. Tienes que contarme qué ha sido de tu vida.

—Marsh quiere hablar contigo —le dijo Talia a Cooper y aproveché el momento para agarrar a Joel por el brazo y arrastrarlo hacia la barra del bar. Fuera cual fuese el drama que le tocaba ahora a Cooper en su agitada vida, no quería tener absolutamente nada que ver con él.

—Una dinámica interesante —comentó Joel mientras nos sentábamos en unas banquetas apartadas, al fondo de la barra. Yo miré hacia el techo, con cara de «no puedo más».

—Es lo que podría decirse —confirmé.

—Bueno y… ¿ese Cooper tiene algún papel? —preguntó él.

—Para nada —respondí—. Ninguno en absoluto.

Joel me hizo un gesto con la cabeza, como invitándome a hablar, y alzó una ceja. Me encogí de hombros y sonreí.

—De acuerdo, es algo más complicado —admití—, pero yo ya no tengo tiempo ni paciencia para estas cosas. Ya no estamos en el instituto y paso totalmente de relaciones tormentosas. Pero bueno, ¿tú qué tal? ¿Qué es de tu vida?

—Pues nada, me divorcié hace ahora como tres años —me informó—. Kaci y yo nos casamos un par de años después de salir del instituto y las cosas nos fueron bien durante mucho tiempo, hasta que empezaron a torcerse. No me arrepiento de nada, la verdad. Tenemos dos hijos maravillosos, que no cambiaría por nada, pero hubo un momento en que los dos nos dimos cuenta de que lo nuestro se había acabado y de que cada uno tenía que seguir su propio camino. Ella vive en Wenatchee ahora y compartimos la custodia de los niños. ¿Y tú?

Siempre la preguntita incómoda…

—Estoy divorciándome y no tengo hijos —le dije—. Actualmente vivo con mi padre y madre murió a principios de año. Uf, puesto así todo junto, parezco una auténtica perdedora.

Joel sonrió y puedo jurar que el chico no estaba nada mal, con su alborotado pelo castaño con reflejos rubios del sol y sus ojos azules. Estaba bien hecho, además. No tan robusto como Cooper, claro, pero daba muy buenas vibraciones.

—No tienes pinta de ser ninguna perdedora —comentó y yo crucé las piernas, consciente de que observaba mi top de corte largo y mi ajustada falda de tubo. Entonces me sentí un poco cortada, porque parecía un truco muy fácil lo de cruzar las piernas para atraer la atención sobre ellas.

«Bueno, ¿qué demonios? Tengo unas piernas increíbles…»

—¿Y a qué te dedicas? —le pregunté.

—Soy profesor de música en el instituto —respondió, con una amplia sonrisa—. Los conciertos de los fines de semana me ayudan a mantener la cordura. ¿Y tú?

—Hago chocolates gourmet —respondí—. Empecé como cocinera privada, pero después empecé a elaborar mis propios dulces y la cosa despegó. Ahora tengo clientes por toda la región.

—¿Y lo haces todo desde Hallies Falls? —preguntó Joel.

—Pues sí —le respondí y alargué la mano para tomar la bebida que el camarero acababa de ponerme delante.

—¿Tú has pedido eso? —preguntó Joel, con el ceño fruncido.

—Pues no —respondí.

—Ni yo tampoco he pedido lo mío —dijo él, observando la cerveza que tenía delante. Miré hacia el otro lado de la barra y vi a Margarita y a Carrie, que me hacían señales frenéticas con las manos. Suspiré.

—Para que lo sepas —le dije a Joel—, no salgo casi nunca por ahí y esas dos están casadas. Les encanta vivir la vida loca a través de mí, lo que significa que están intentado emborracharme y que me enrolle con alguien. Por favor, ignóralas.

Joel abrió mucho los ojos y rompió a reír.

—¡Joder! —exclamó—. No te andas con rodeos, ¿verdad?

Bebí delicadamente de mi copa y me encogí de hombros.

—Tenemos treinta y muchos, Joel —repuse—. Ya no estamos en el instituto y la comunicación directa tiene muchas ventajas. Eso sí, te digo que solo porque ellas quieran que me acueste con alguien no quiere decir que ese sea mi objetivo de la noche. Mi plan es tomarme unas cuantas copas, bailar un poco y a casita sola al final.

Joel rio de nuevo.

—Pues nada, yo siempre estoy receptivo a acostarme con alguien —dijo—, pero ya que voy a pasarme la mayor parte de la noche tocando con el grupo, tal vez podamos tomarnos alguna entre canción y canción y nos vamos poniendo al día.

—Me parece genial —aprobé.