Capítulo 14
Durante el viaje me las arreglé para mantener el contacto con Picnic, enviándole mensajes de texto cada vez que parábamos a repostar. Marsh me permitió quedarme con mi teléfono, porque le expliqué que le había dejado un mensaje a Levi y estaba esperando su respuesta —obviamente no le había gustado la idea, pero había conseguido convencerle—. Mientras devorábamos kilómetros, mi mente no dejaba de darle vueltas a la situación. Ese era uno de los mejores puntos de viajar en moto, que me permitía pensar con mayor claridad. Las cosas no tenían en general buen aspecto, pero había algunos signos positivos también.
Para empezar, Marsh no me había matado todavía.
Y para seguir, Painter se había declarado dispuesto a reunirse conmigo en Ellensburg. Aquello significaba que había decidido violar la condicional —un riesgo de pelotas—. El plan era que viniese detrás del pelotón principal de los Reapers y que nos reuniéramos, él y yo, aparte. Así, fuera lo que fuese lo que viniera después, no me enfrentaría a ello yo solo.
El humo era tan espeso en algunos tramos que me pregunté si no tendrían que cortar la autopista, pero finalmente llegamos a la ciudad alrededor de las cuatro y media de la tarde. Nos llevó un cierto tiempo encontrar un aparcamiento para las motos, porque las calles estaban atestadas de automóviles antiguos tuneados. Con tantos testigos por allí, me sentía mucho más seguro. Aquí era imposible que Marsh decidiera acabar conmigo, a menos que hubiera decidido morir bajo las balas de la policía —había un despliegue considerable para controlar el evento.
Aparcamos las motos junto a la avenida principal y dejamos a un aspirante para que las vigilara. Un poco más abajo, en la misma calle, se alzaba el viejo edificio de un banco, uno de esos de ladrillo, con el año de la construcción grabado en la esquina y arcos en todas las puertas. Marsh nos condujo al interior y me quedé de piedra.
Un bar de policías.
No es que estuviera lleno de uniformados, pero había fotos enmarcadas de oficiales en las paredes y también artículos de prensa y cosas así. Imaginé que la gran mayoría de los agentes locales habrían sido movilizados para la exhibición, pero había allí tres hombres que nos miraron al entrar y que no tenían pinta de civiles.
«Hay que joderse», pensé. No tenía ni idea de qué era lo que pretendía Marsh, pero estaba claro que era un jodido imbécil. ¿De todos los lugares posibles del planeta íbamos a reunirnos con sus socios allí? No tenía ningún sentido, a menos que fuera una trampa. No estábamos en Hallies Falls y sabía de sobra que el Departamento de Policía de Ellensburg no comía de la mano de los Nighthawks.
Fuera cual fuese el plan de Marsh, le caerían encima en menos que canta un gallo.
Los dueños del bar habían montado una terraza fuera, en una de las calles laterales, y Marsh decidió instalarse allí. Al poco rato ya teníamos delante una bandeja llena de vasitos de whisky y Marsh vació tres seguidos, sin dejar de reír y de intentar meter mano a cualquier chica que fuera lo suficientemente imprudente como para acercarse demasiado. Miré a mi alrededor y vi a tres policías uniformados al otro lado de la valla. En aquel momento, los tres hombres de dentro que parecían policías de paisano salieron a la terraza y se sentaron no lejos de nosotros.
Uf, aquello era una puta ratonera.
Me di la vuelta y desbloqueé mi teléfono móvil para mandar un rápido mensaje a Picnic.
YO: Estamos en un bar del centro, el Banner Bank. Hay una terraza en una calle lateral, cortada al tráfico. Marsh y los demás están borrachos y a él ya le están dando los temblores. Hay seis policías mirándonos. Temo que pierda el control.
PICNIC: Estamos al otro lado de la calle. Lo mejor es no intervenir a menos que sea necesario. ¿Qué te parece?
YO: Aguantad por el momento. ¿Painter está ya por ahí?
PICNIC: Venía detrás de nosotros. Debería llegar pronto.
YO: OK.
Borré los mensajes y me dirigí a la barra exterior para pedirme una jarra de cerveza. Mientras esperaba, observé el otro lado de la calle y, efectivamente, allí estaban algunos de mis hermanos del club, Picnic, Horse, Bam Bam y Ruger. Caminaban junto a una fila de motos chopper muy adornadas, mirándolas y charlando con aire despreocupado.
—¡Eh, Cooper! —dijo de pronto Sadie detrás de mí y me volví. Tal y como había imaginado, una espesa capa de maquillaje cubría su rostro, bastante hinchado, y tenía la mirada perdida en el infinito —el efecto de los calmantes, seguramente. A pesar del camuflaje, se notaba que le habían puesto un ojo morado, quizá los dos. Sin embargo, allí estaba, sonriente y como si nada hubiera pasado. «Joder, a ver si pasa pronto este puto día de locos», pensé.
—¡He oído que viene tu primo! —me dijo, toda contenta—. Me lo pasé genial con él la última vez que estuvo en la ciudad.
—Sí, me comentó que venía —confirmé—. Pronto debería estar aquí. Seguro que se alegrará de verte.
No era muy probable, teniendo en cuenta que la última vez que la había visto, ella se había pasado la noche vomitándole encima. En aquel momento me di cuenta de que uno de los policías se inclinaba para hablar en voz baja por la radio acoplada a su hombro.
—¿Bailas? —me dijo Sadie.
—No me va mucho lo de bailar —me excusé, mientras agarraba la gruesa jarra de cerveza que me habían servido—. ¿Puedes llevar unos vasos?
Talia me salió al paso, me agarró por la mano que tenía libre y me arrastró a una mesa libre. Casi me tiró al suelo la jarra de cerveza, pero no se cortó un pelo, me empujó a una silla y se me subió encima, a horcajadas.
—Estoy más caliente que una mona —me susurró al oído, por si la situación no era ya lo suficientemente ridícula.
—¡Levi! —gritó de pronto Sadie, muy animada, y al volverme vi que Painter caminaba hacia nosotros. Parecía cansado y su rubio cabello estaba todo revuelto por el viaje en moto. Miré a mi alrededor, a los policías que nos vigilaban, rezando para que a ninguno de ellos se le ocurriera pararle por alguna razón. Al mínimo desliz, volvería a dar con su trasero en prisión.
—Hombre, me alegro de verte —dijo, abriendo los brazos para recibir a Sadie, que corrió como loca a su encuentro. Ella trató de besarle en la boca, pero Painter le hizo hábilmente «la cobra» y el beso fue a parar a su mejilla.
—Bueno, Coop me ha dicho que estaría por aquí y me propuso venir a veros —anunció.
—¿Dónde has estado? —preguntó Sadie—. Desapareciste después de aquella noche.
—He estado en la cárcel —admitió, lo cual me hizo dar un respingo—. Violé los términos de la condicional y volvieron a encerrarme para darme una lección.
Había debido de concluir que lo más fácil era decir la verdad y desde luego a Marsh no le molestaría. Tampoco fue el caso de Sadie, que se refrotó contra su pecho, con los ojos muy abiertos.
—Guau, qué peligroso —comentó.
Pobrecillo. Había dejado atrás a su chica nada más verse con ella y se arriesgaba a volver a la cárcel por mí. Tenía que echarle un cable.
—¡Levi! —saludé, apartando a Talia de mi lado, y lo abracé para poder susurrarle al oído—. Esto está muy feo. Tenemos que contener a Marsh o va a hacer saltar todo por los aires.
Painter asintió, se apartó de mí y saludó a Marsh con un movimiento de cabeza.
—Qué bueno verte de nuevo —le dijo—. Parece que lo estáis pasando bien.
Marsh le sonrió, pero había algo desagradable en su mirada. Talia se deslizó hacia él y se acurrucó a su lado, como una gatita.
—¿De verdad has estado en la cárcel? —le preguntó, lamiendo el borde de un vaso con aire tímido.
—Pues sí —confirmó Painter—. Salí esta mañana. Me metieron por violar la condicional.
—¿Y de qué estabas acusado? —insistió ella.
—Tenencia ilícita de armas —respondió él.
Marsh frunció el ceño.
—¿Cuánto te cayó? —inquirió.
—Tres años —fue la respuesta.
—Eso es mucho tiempo para un cargo por tenencia de armas —replicó, con voz de desconfianza. Uno de los moteros se levantó y se situó detrás de Painter y de nuevo volví a observar a los policías de paisano que nos vigilaban.
—Es complicado —explicó Painter—. Digamos que podía haber sido mucho peor. Ya era reincidente.
En aquel momento llegó una camarera y nos miró con precaución.
—¿Queréis algo más? —preguntó.
—Lo queríamos hace media hora —respondió Talia mirándola con furia—. ¿Dónde pelotas estabas?
—Siento no haber venido antes —se disculpó la chica—. Tenemos mucha gente y estamos un poco desbordados. Seguro que puedo…
—Tienes que traernos una ronda gratis —dijo Talia, levantándose con aire amenazador—. Es tu culpa y no la nuestra.
Painter y yo nos miramos. Estábamos en un bar lleno de polis, había más en la calle y ahora Talia había decidido armar bronca con una camarera.
«Pégale un tiro», joder, pensé. «Ningún jurado te condenaría.»
—Nena, vamos a bailar —dije, en lugar de ello—. Quiero sentir tu cuerpo contra el mío.
—Estoy ocupada —replicó ella, sin dejar de mirar a la camarera—. ¿Vas a traernos las bebidas o no?
La pobre muchacha asintió con la cabeza, aterrorizada.
—Sí, sí, ahora vuelvo —dijo, antes de retirarse.
—¿Lo ves? —dijo Talia, triunfante—. Todo depende de cómo les hables. Ahora ya podemos ir a bailar.
Dicho esto, me agarró por la mano y me arrastró hasta la pequeña pista de baile. Con el rabillo del ojo vi a un tipo bastante corpulento, con una camiseta del bar, que se dirigía a los policías y señalaba hacia nuestro grupo.
Estaba claro: aquello no iba a acabar bien.
Painter se inclinó hacia Marsh, en apariencia para sugerirle que nos largáramos de allí. Vi cómo el presidente de los Nighthawks le replicaba algo con mala cara y varios de los moteros avanzaron hacia ellos. Entonces tuve uno de aquellos momentos de lucidez absoluta.
Mi hermano Painter había arriesgado el culo para protegerme y, a menos que consiguiera realizar un milagro en los siguientes diez segundos, no tardaría en volver a la cárcel. Había allí demasiados testigos.
Y el resultado fue que no tuve ni siquiera ese plazo.
Marsh se levantó de pronto y le asestó a Painter un puñetazo en el estómago. De inmediato, sus hombres se lanzaron a la refriega, como una jauría de de perros rabiosos. Painter se desplomó en el momento en que yo me abalanzaba contra el grupo y no era el único, ya que el portero del bar y los policías también acudieron a intervenir. Marsh entonces decidió que un cuchillo contribuiría a animar aún más la situación.
¿Estaba intentando que lo arrestaran?
Agarré a Painter por los brazos, decidido a sacarlo del bar cuanto antes, mientras Marsh se lanzaba contra los policías de paisano. De pronto, un chorro de sangre nos salpicó y un cuerpo chocó contra mí, derribándome.
Era uno de los policías.
«La madre que me parió.»
Miré horrorizado cómo la sangre escapaba a borbotones del cuello del agente, al ritmo de los latidos de su corazón. Aquel inconsciente había acuchillado a un policía. En un bar de policías. En aquel momento apareció Rome, apartó de un empujón a dos hombres que le doblaban en tamaño y aplicó un pañuelo o algo así a la herida del policía.
—¡Llama a una ambulancia! —gritó Rome al portero del bar, mientras Painter se levantaba trabajosamente junto a mí. En aquel momento, Talia apareció por detrás y le estrelló a mi «primo» una jarra de cerveza en la cabeza. Sadie y algunas otras chicas avanzaron para sujetarla, gritándole que corriera, y Painter volvió a desplomarse. Yo lo agarré de nuevo y lo arrastré hacia fuera, mientras a nuestro alrededor se acumulaba un enjambre de policías uniformados.
Todo parecía suceder a cámara lenta.
La camarera se había escondido detrás de una mesa y permanecía allí acurrucada, con la cabeza entre las rodillas. Rome daba órdenes con calma y trataba de salvar la vida del policía herido, cuya sangre le empapaba las manos y la cara. Talia y compañía, mientras tanto, habían encontrado un hueco en la valla que bordeaba la terraza e iban escabulléndose por allí, una tras otra.
Estábamos rodeados por agentes de policía uniformados y volví de golpe a la realidad. Uno de ellos gritaba que nos tumbáramos en el suelo y colocáramos las manos detrás de la cabeza. Para mí era jodido, ya que estaba sosteniendo todo el peso de Painter.
Por eso seguramente decidieron inmovilizarme con la descarga de una pistola eléctrica.
Un final de puta madre para un día de putísima madre.
***
—Buenas noticias, al menos para ti —dijo el abogado. Dobie Coales era uno de los defensores legales de los Reapers desde hacía casi diez años, pero él y yo además éramos amigos del colegio. Era un tipo grandote, con aire bonachón y hasta un poco bobo, lo cual nos había venido de maravilla en más de una ocasión, ya que el hombre en realidad era brillante y más listo que el hambre. No podía imaginar a nadie mejor para estar a mi lado en los momentos jodidos.
Había pasado una noche estupenda en la prisión del condado de Kittitas, que era siempre un lugar muy divertido. Ahora era domingo por la tarde y Coales estaba sentado frente a mí, con una carpeta llena de papeles entre los que yo esperaba sinceramente que hubiera una estrategia para salvar mi culo.
Coales era bueno en lo suyo. Muy bueno.
Si había una salida a aquel lío, él la encontraría, aunque ya imaginaba que mi coartada con los Nighthawks había volado en pedazos. No habíamos conseguido toda la información que necesitábamos de Marsh, pero todo aquello ya me importaba menos que una mierda. Lo único que había hecho durante la pasada noche era pensar en Tinker.
En concreto, en qué información le llegaría sobre lo que había ocurrido el día anterior.
No era exactamente la forma en que habría deseado introducirla a lo que era la vida en el club.
—¿Eso significa que el hombre al que Marsh apuñaló está vivo? —quise saber. Aquella había sido mi principal preocupación. Si había matado a un policía y yo era considerado uno de sus cómplices, ni siquiera el club en pleno podría salvarme el culo.
—Sobrevivirá —dijo Coales—. No sé exactamente cómo han sido sus heridas, pero parece que no es nada irreparable.
—Allí no tenía muy buen aspecto —comenté y Coales se encogió de hombros.
—Ha pasado una mala noche, pero permanece estable, por lo que me han dicho —comentó—. Su vida no corre peligro, eso es lo que importa.
—¿Y qué hay de Painter? —pregunté—. Mierda, seguramente volverá a la cárcel, ¿verdad?
Coales puso cara de póker.
—Probablemente —admitió—, aunque haremos todo lo posible para evitarlo. Las cosas no han ido muy bien con lo de su condicional mientras estabas en Hallies Falls. El juez de vigilancia que se la concedió ya no está ahí. Se enfrenta a varios cargos de corrupción.
Dobie dijo aquello con tono candoroso, como si no fuera él el que había pagado aquellos sobornos.
—No me gustaría estar en su pellejo —comenté—. ¿Hay algo de lo que tengamos que preocuparnos por ese lado?
«Como que pueda testificar contra ti por haberle metido en todo el lío», pensé.
—Aparte de nuestra pérdida de influencia, no creo —dijo Dobie—. Llevará tiempo reconstruirla, eso sí, y Painter no tiene tiempo. Es una pena. Su chica está hecha polvo.
—Uf, eso sí que es jodido —comenté.
Debería haberle dicho a Marsh que se fuera a tomar por culo cuando me mandó llamar a Levi.
—Estoy de acuerdo —repuso el abogado—, pero lo cierto es que no puedes hacer nada para ayudarle, así que concentrémonos en tu situación. Tenemos algunos amigos en la oficina del fiscal de aquí y he hablado con uno de ellos esta mañana. Dado que no llevabas ningún distintivo de los Nighthawks y que no iniciaste nada, se inclinan a considerarte un observador que se vio arrastrado a la pelea, más que un provocador.
—¿Cuánto ha costado eso? —quise saber.
—Menos de lo que costaría la defensa en un juicio formal —respondió Dobie, sonriente—. Siempre miro por el dinero de mis clientes. La buena noticia es que saldrás en libertad bajo fianza esta tarde, aunque el fiscal no tomará una decisión sobre ti hasta que no haya una investigación completa del caso.
—Me alegra mucho saber que nuestros servidores públicos son tan metódicos —comenté.
—Siempre lo son —replicó él, con una media sonrisa—. Como profesional, mi opinión es que Marsh Jackson es un perfecto descerebrado. No solo atacó a un agente de policía fuera de servicio, sino que iba tan puesto de anfetaminas como para acusarle de distribuir. Creo que una acusación de asesinato en grado de tentativa se quedaría corta y lo más probable es que al resto de los del club los empaqueten como cómplices. Nosotros vamos a encargarnos de presentarte como una víctima colateral de estos terribles traficantes de drogas. Las bandas como los Nighthawk Raiders son un azote para la sociedad.
—¿Practicas delante del espejo para poder soltar toda esa mierda con cara seria? —gruñí.
Coales sonrió de nuevo, irónico.
—No sé de qué me estás hablando —respondió—. Recuerda que lo único que necesitamos es una historia lo suficientemente plausible como para que no sospechen que hemos pagado a los fiscales. Reconozco que es una situación delicada, teniendo en cuenta que un policía resultó herido, pero mi impresión es buena. Dicen que ese chico, Rome, le salvó seguramente la vida al policía. Es enfermero, ¿lo sabías?
—¿En serio? —pregunté, alzando una ceja y Coales me sonrió.
—Pues sí —confirmó— y es tan popular entre la comunidad médica que ya se están moviendo ellos para salvarle el culo, aparte de nuestra influencia. Por el momento a ti te asocian con él mucho más que con Jackson. El fiscal ya tiene a sus malos de la película, moteros con parches que trafican con droga. Si agita esa carta delante del público, nadie se acordará de ti. Tienen peces más gordos que pescar.
—¿Y Painter? —pregunté.
Coales se puso más serio.
—Van a llevarlo de vuelta al condado de Kootenai —dijo—. Habrá una audiencia y esperamos que lo manden a California para que cumpla el resto de su sentencia. Ahora mismo no podemos hacer mucho por él.
Me apoyé en el respaldo de la silla y miré al techo, meditando y sopesando la situación.
—Dijiste que su chica, Melanie, está embarazada, ¿no? —pregunté después de unos segundos.
—Sí, no me acordaba de su nombre, pero creo que ayer se lo anunció —respondió Coales—. La dejó para venir aquí y ahora va a ir a la cárcel. Al menos solo son dos años lo que le queda para cumplir su condena.
—Sí, estoy seguro de que será un gran consuelo —comenté con amargura—. Qué putada, joder. No llevaba allí ni cinco minutos cuando estalló todo.
Coales se encogió de hombros.
—Es lo que hay —comentó—. Ruger y Horse te estarán esperando ahí fuera con tu moto, cuando salgas. Ninguno de los Nighthawks va a salir bajo fianza por el momento. Joder a un policía es una manera segura de encontrarse en un limbo legal: lo retrasan todo y te ponen todas las pegas que pueden. Vamos a sondear a los agentes de fianzas, para ver si por ahí podemos complicarles un poco más la situación. Creo que Picnic quiere aprovechar la situación para limpiar la casa en Hallies Falls y están esperando a que les informes de todo. Intenta que no vuelvan a arrestarte, ¿de acuerdo?
—Gracias —le dije—. Tengo una cosa que pedirte, si puede ser.
—¿De qué se trata? —preguntó él.
—¿Dijiste que faltan un par de horas para que me suelten? —inquirí a mi vez.
—Sí —confirmó él—. Tenemos aún algo de papeleo con lo de la fianza y hay polis cabreados. Soy optimista, pero quedan obstáculos que saltar.
—¿Crees que podrías conseguir que me metan en la misma habitación con Marsh Jackson durante un rato antes de irme? —le pregunté.
Coales alzó una ceja.
—Tal vez —dijo—, pero piénsatelo bien, porque ya estás con un pie en la calle. ¿Para qué arriesgarte?
—Porque le debo una —respondí— y el club me debe una a mí, así que… ¿puedes conseguirlo?
—Es mucho más sencillo conseguir que mis clientes salgan en libertad bajo fianza cuando no montan peleas en prisión —objetó él—. Es algo que hay que considerar.
—Él intentó asesinar a un policía —repliqué—. No hay ni una persona en esta comisaría que no esté deseando sacudirle hasta en el paladar. Déjame hacerles el trabajo sucio y todos saldremos ganando.
Fue Coales ahora el que se reclinó en su silla y me observó fijamente durante un minuto.
—Como asesor legal tuyo, tengo el deber de advertirte que es una mala idea —me dijo.
—Tomo nota —repuse.
—En ese caso, veré lo que puedo hacer —concluyó.
***
Me encerraron en una celda al final del pasillo, de tal manera que el vigilante pudiera alegar no haber oído nada. Llevaba su apellido, Graves, bordado en el uniforme y parecía nervioso pero decidido.
—Espera aquí —me indicó en voz muy baja—. Dos agentes lo traerán y te daremos diez minutos. Después comunicaré que los agentes han cometido un error y los enviaré a buscarte. En lo que a nosotros respecta, se equivocaron de celda y no se dieron cuenta de que estabas ahí. No se te ocurra cargártelo o dejarle señales en la cara. Si alguien pregunta, actuaste en defensa propia.
Asentí, preguntándome cuánto le habría pagado Coales, aunque no descartaba que lo hiciera gratis —los agentes de la ley también forman una hermandad—. Pasé unos cuantos minutos caminando de un lado al otro de mi celda y estirando el cuello a ver si alcanzaba a ver algo a través de los barrotes. Finalmente oí pasos en el pasillo, de más de una persona, y unos segundos después se abrió la puerta e hicieron entrar a Marsh Jackson, que trastabilló con las manos y los tobillos encadenados. Era un detalle, pero me fastidió un poco que me concedieran tal ventaja.
—Hola, Marsh —le saludé. Estaba hecho una mierda y no solo porque se le hubiera pasado el efecto de las drogas —tenía la nariz hinchada, moratones bajo los ojos y un corte en una mano. Aparte de esto, no presentaba más lesiones, lo cual me sorprendió un tanto. Me había dado la impresión de que estaba decidido a luchar a muerte y, puesto hasta las cejas de anfetas como estaba, no parecía un elemento sencillo de reducir. Por otro lado, es la policía la que cuenta con pistolas eléctricas en su arsenal…
—Cooper —gruñó él, en respuesta—. ¿Has hablado con alguien más? Me han mantenido en confinamiento solitario toda la noche. Los Nighthawks ya deberían haber mandado a un abogado. Más les vale tener una buena excusa.
Se notaba que había tenido tiempo de que se le pasara el subidón, pero no de recuperarse.
—Sí, ya que lo dices —respondí—, va a haber un problema con eso.
Marsh estrechó la mirada.
—¿Qué cojones…? —dijo—. ¿Has hablado con Talia? Ella lo arreglará todo, solo tienes que decirle lo que tiene que hacer.
—No —le respondí, apretándome los nudillos—, pero tenemos otro asunto pendiente, más importante.
—Nada es más importante, gilip… —comenzó, pero se cortó en seco cuando me lancé contra él y le aprisioné el cuello contra la pared, cortándole la respiración. Permanecí así unos cuantos segundos, para asegurarme de que me prestaba atención.
—Ahora te toca escuchar —le dije, en voz baja—. La has cagado. Has robado a los Reapers y eso no nos gusta. Ni un poquito.
—¿Qué? —rugió Marsh con ojos chispeantes de rabia. No estaba seguro de que hubiera entendido del todo la situación, pero empezaba a intuirla y no le gustaba ni un pelo.
—Mi nombre es Gage y soy miembro de los Reapers —le informé—. Llevamos cierto tiempo vigilándote y voy a decirte lo que va a pasar a continuación. Primero te voy a sacudir un poco. Me gustaría hacerlo mucho más, pero entonces se jodería el segundo paso, que consiste en que yo me voy de aquí tranquilamente y tú te quedas y te pudres en este agujero. Para acabar, me uniré a mis hermanos y retomaremos el control de nuestra ciudad. Una buena historia, ¿no te parece? Sobre todo me gusta el final feliz.
Marsh hizo sonar las cadenas que lo apresaban, mirándome fijamente.
—Mirad al Reaper valentón, que pega a un hombre que no puede defenderse —dijo—. Muy bonito.
Dicho esto me escupió a la cara y yo le sonreí.
—¿Y Sadie pudo defenderse? —inquirí—. ¿O crees que eso estuvo igualado?
Dicho esto, le metí un rodillazo en la entrepierna. Marsh gritó de dolor y le dejé desplomarse, disfrutando de la visión de verlo rodar por el suelo. Me eché a un lado, me limpié el escupitajo con la mano y le di una patada en los riñones, haciendo que su cuerpo se arqueara en la otra dirección. Me habían dicho que no le provocara lesiones graves y, dado que no llevaba puestas mis botas, podía garantizar que cumpliría con dicha exigencia.
O no.
En cualquier caso ya estaría lejos de allí antes de que pudieran darse cuenta y Coales podría sobornar a los vigilantes para que mantuvieran la boca cerrada —me encanta el sistema legal americano—. Me apoyé en la pared y me relajé, aunque continuaba alerta por si se recuperaba. Al cabo de unos cuantos minutos, Marsh se volvió hacia mí, con ojos ardientes de odio en estado puro.
Lógico. El sentimiento era mutuo.
—Pagaréis por esto —dijo, con sangre en los labios—. Tú, los Nighthawks, todos los putos Reapers y sus familias, todos… hasta las putas camareras a las que les des una propina están en mi lista.
Ante aquello, rompí a reír.
—Buena suerte con eso, Jackson —le dije.
Los siguientes minutos los pasó mirándome fijamente, como si solo con los ojos pudiera prenderme fuego. Tristemente para él, no salí envuelto en llamas, así que imagino que necesitaba practicar ese particular superpoder un poco más. Finalmente la puerta de la celda se abrió y apareció Graves con otros dos policías, los mismos que habían traído a Marsh. Graves sonrió al ver a Marsh en el suelo.
—Me atacó —dije, con aire inocente.
—Parece defensa propia —confirmó Graves—. Vamos a acompañarle a un lugar más seguro mientras espera su decisión. Sentimos mucho el error.
***
Media hora después salí al aparcamiento de la comisaría y, a pesar de haber pasado la noche en un calabozo, hacía mucho tiempo que no me sentía tan maravillosamente bien. Ya bastaba de putas mentiras y de comer mierda.
Horse y Ruger estaban esperándome, tal y como había prometido Coales. Horse era un tipo enorme y, al abrazarme, por poco no me rompió una costilla.
—Te he echado de menos, hermano —me dijo, con voz seria por una vez—. Estábamos preocupados por ti. Vamos a limpiar la casa esta noche. Pic quiere hablar y vamos a llamar a los Nighthawks que no están encerrados aquí. Quiere información sobre cada uno, para saber si alguno puede salvarse.
Dicho esto, caminamos hacia mi moto.
Joder, qué buen aspecto tenía.
Así es como debía estar. Los hermanos le habían devuelto todos los distintivos, incluida la bocina que me había regalado mi padre antes de morir. Ruger me entregó un chaleco de cuero cuidadosamente doblado: mis colores, mi nombre bordado en la pechera y, a la espalda, las palabras Reapers MC. Me lo puse, aspirando el fuerte olor a cuero y, por primera vez desde mi llegada a Hallies Falls, sentí que las cosas estaban en su sitio.
—Tienes un cuchillo en el maletero y he metido algunas otras herramientas para ti por ahí —indicó Ruger en voz baja.
—Cómo echaba de menos llevar esto —dije, agarrando los bordes de mi chaleco—. Ya tenía ganas de ser yo mismo. Tengo un par de cosas de las que ocuparme.
—Sí, te están esperando —dijo Horse—. Vamos a celebrar la «misa» en el hotel para que nos cuentes todo, y después vamos a Hallies Falls, a tomar el control del club. Tenemos ventaja porque la mayoría de los Nighthawks están en la cárcel y solo quedan unos pocos que puedan luchar.
—No creo ni que haya lucha —les dije—. Marsh se llevó a toda su gente a la exhibición de Ellensburg. El club está muy dividido y los que se quedaron ya estaban preparándose para largarse. Hasta ahora todo podía pasar, pero al quitar a Marsh de la foto, las reglas han cambiado totalmente.
—Por eso mismo deberíamos darnos prisa —apuntó Horse—. Al jefe no le gusta nada esperar.
—Antes tengo que ver a alguien —anuncié—. Alguien importante.
—¿Más que el presidente de tu club? —inquirió Ruger, pero yo ya me había subido a la moto, que arrancó con un rugido. Tinker Garrett me estaba esperando y, por primera vez, no iba a ocultarle quién era. Solo de pensarlo, tenía la polla más dura que el tubo de escape…
***
Tinker
—Ayer pasó algo gordo en Ellensburg —dijo Carrie por teléfono, con voz jadeante. Yo estaba sentada en el porche de mi casa, disfrutando de mi copa de vino de los domingos por la tarde. Nada de «regalitos para la vista» aquel fin de semana, lo cual sin duda era buena cosa. No había visto a Cooper en varios días y, aunque echaba de menos no poder contemplar su cuerpo sudoroso mientras trabajaba en mi edificio, sabía que era mejor así.
Y aún mejor era no haber visto ni rastro de Talia ni de su machete.
—Ya sabes que Cooper sale con los moteros del club, ¿verdad? —continuó Carrie—. Bueno, pues se han metido en una pelea de las gordas y han destrozado un bar. La policía se los llevó, no solo a los del club, sino a todos lo que iban con ellos, y Cooper estaba en medio del lío.
—¿Cómo dices? —salté y sentí que se me encogía el estómago. Cooper era un tipo corpulento y duro, sin duda, pero nunca se me había pasado por la cabeza que fuera violento. Quiero decir, tenía fuerza, pero siempre mostraba tan buen carácter…
—Que la policía ha detenido a Cooper —repitió Carrie lentamente.
—Bueno, cualquiera puede verse envuelto en una pelea de bar —le disculpé—. Solo porque se lo hayan llevado no quiere decir…
—Había droga —continuó Carrie, con voz casi de lástima—. Mucha droga. Metanfetamina, aparentemente. Varios de ellos la llevaban.
—¿Metanfetamina? —susurré.
—Sí —confirmó ella—. No dicen lo que va a ser de ellos, pero no tiene buena pinta. Un policía salió herido, aunque no dicen si de gravedad. Esto puede significar el fin del club aquí, en Hallies Falls. Me pregunto si Cooper guardará drogas en su apartamento. Deberías entrar a registrarlo. Si es un traficante, tienes que echarlo de ahí. No puedes fiarte de un tío solo porque está bueno y corta el césped sin camiseta.
Me senté en el columpio, porque me sentía mareada.
—Gracias por la información —le dije, tratando de hacerme a la idea de lo que acababa de oír.
—Lo siento —replicó ella—, pero es por tu bien. Si es un tío peligroso, es mejor que lo sepas cuanto antes y lo pongas de patitas en la calle. Ese club no ha hecho más que empeorar día a día.
—No puedo desahuciar a un inquilino porque lo hayan arrestado —objeté—. Es ilegal.
—Es un contrato mensual, ¿no? —dijo ella—. Dale un preaviso y adiós. Ya tienes bastantes problemas.
Hum… tal vez era verdad y debería echarlo. Me había causado un montón de quebraderos de cabeza y últimamente había estado evitando encontrarme con él. Dios. Sin embargo, la idea de que se marchara me dolía, me dolía más de lo que debería. No quería pensar en ello.
—Carrie, tengo que irme —le dije a mi amiga y al poco me despedí de ella. Seguramente fui un poco brusca, pero éramos amigas desde la cuna, así que sabría perdonarme. Me recliné en el columpio y contemplé el porche vacío y el también vacío jardín, preguntándome para mis adentros por qué me importaban tanto las noticias sobre Cooper.
«Pues porque en el fondo aún lo deseas, por supuesto.»
«Imbécil.»
Alcancé mi botella de vino, llené de nuevo mi copa y reflexioné sobre las palabras de Carrie. Cooper había sido arrestado por participar en una pelea y tal vez por posesión de drogas. Mi amiga tenía razón. Tenía que librarme de él. Era una cuestión de sentido común. Era hora de ponerme la ropa de mujer adulta y aceptar la realidad.
«Ponerme ropa…»
No como en el maldito momento en que me cazaron en la cama con el boy, y tal y como me había visto toda la ciudad en el maldito video: en pelota picada. Incluso los que no habían visto el video se sentían con derecho a juzgarme, porque creían saber lo que había pasado en aquella habitación. No lo sabían. Entonces… ¿cómo sabía yo lo que había pasado realmente en Ellensburg?
«No lo sabes.»
Cooper era inocente hasta que se demostrara lo contrario. La cosa no tenía buena pinta, pero hasta que se supiera toda la verdad, le debía el beneficio de la duda.
Bebí un trago de mi copa y vi cómo alguien pasaba rápidamente por el jardín en dirección al edificio, con los brazos cruzados con fuerza alrededor del pecho. Sadie Baxter. Mierda. Había algo extraño en ella. No tenía buen aspecto.
—¡Eh, Sadie! —la llamé. La muchacha dio un respingo, se detuvo y me miró.
Me quedé boquiabierta.
Tenía ambos ojos rodeados por círculos de un color morado muy oscuro y un buen corte en la mejilla. Era evidente que la habían pegado y ella había tratado de disimularlo con maquillaje, que llevaba ahora untado por toda la cara y mezclado con mugre. Dejé mi copa en el suelo, me levanté y me acerqué a ella. Temblaba como un cervatillo herido y sentí lástima. Quería preguntarle qué le había ocurrido y sentí el impulso de envolverla en plástico de burbujas para que nada pudiera herirla y esconderla en el sótano de mi casa…
En lugar de ello, respiré hondo para tranquilizarme y sonreí.
—Oye, ¿te acuerdas de aquella vez que me quedé a cuidarte y que construimos un fuerte con almohadones y mantas? —le pregunté.
—Sí —respondió ella en voz muy baja y sin atreverse a mirarme a los ojos.
—¿Te acuerdas de por qué lo hicimos? —volví a inquirir.
Sadie apretó los labios y pestañeó rápidamente.
—Porque me asustaban los monstruos —respondió con voz ronca—. Hicimos un castillo y luego tú usaste la poción contra monstruos para matarlos a todos.
—Eso es —aprobé.
—¿Y qué era eso, en realidad? —preguntó ella entonces—. La poción, quiero decir.
—Aqua Net, un espray para el pelo —contesté—. Tu madre quería matarme por haberlo rociado por todas partes, pero funcionó, ¿verdad?
Sadie sonrió tristemente y se colocó un mechón de cabello oscuro tras la oreja.
—Supongo que sí —respondió—. Estábamos seguras en ese fuerte. Me encantaba cuando me leías cuentos allí.
Tuve que contenerme para no reaccionar, porque al hacer el gesto de apartarse el pelo, había dejado al descubierto otro corte en el cuello. Tenía pinta de necesitar puntos de sutura, pero no quería asustarla aún más.
—Sadie, creo que te has encontrado con otro monstruo —le dije, con los ojos húmedos—. Quiero que sepas que mi casa está llena de almohadones y de mantas. Podemos hacernos un gran castillo, si quieres.
La chica sonrió de nuevo con tristeza y sacudió la cabeza.
—El espray contra monstruos no es real, Tinker —dijo—. Ahora tengo que irme.
Dicho esto, se dio la vuelta y comenzó a alejarse.
—¡Sadie! —la llamé. Ella se detuvo y se giró hacia mí.
—Déjame llevarte al hospital —le dije.
—Estoy bien —replicó ella—. No necesito que te preocupes por mí. Ya no soy una niña.
—De acuerdo —respondí, sin poder dejar de pensar en ella como en una niña. Había sido realmente preciosa de pequeña…
—Solo dime una cosa —insistí—. ¿Han sido los del club de moteros los que te han hecho eso?
Sadie me dio la espalda y se marchó sin decir nada más.
Pero yo ya tenía mi respuesta.
***
Gage
—¿En serio dices que vas a ver a esa mujer antes de ir a por los Nighthawks? —preguntó Ruger, arqueando una ceja. Habíamos parado en una gasolinera, más o menos a mitad camino de Hallies Falls.
—Pues sí —le dije mientras metía mi tarjeta de pago en el surtidor de gasolina—. Creía que ya lo habíamos hablado.
—Es verdad, pero no te había creído —replicó él.
—¿Por qué no? —le dije.
—Bueno, para empezar nunca te he visto follarte dos veces a una tía —contestó Ruger.
—Eso no es cierto —intervino Horse—. Acuérdate de aquella bailarina en Las Vegas. Pasó con ella un fin de semana entero.
—¿Llegaste a saber su verdadero nombre? —me preguntó Ruger.
—No —le dije.
—Entonces no cuenta —declaró Ruger—. ¿Qué pasa con esa zorra, Tinker? ¿Tiene una raja mágica?
—No es tu puto asunto —le espeté y Horse me miró fijamente.
—No se la ha follado aún —anunció este último.
—No estamos hablando de eso —objeté.
—Joder, tienes razón —dijo Ruger, asintiendo—. Ahora lo pillo. A veces deseas a una en concreto con todas tus fuerzas y no puedes tenerla. Se te mete en la cabeza y no quiere salir. Sin embargo, hay asuntos del club que nos esperan. Hay que conocer las prioridades, hermano.
—¿Qué sería más importante para ti, encargarte de los Nighthawks o proteger a tu chica, a Sophie? —le pregunté.
—Es una pregunta jodida —admitió Ruger—. Desde luego si Soph tiene un problema, que nadie me espere para una excursión como esa.
—Bueno, pues, ¿qué pasa si Tinker es para mí lo que Sophie es para ti? —le planteé.
Mis dos hermanos Reapers se quedaron mirándome sin habla. Aproveché para disfrutar el momento de silencio, pues sabía que no duraría demasiado con Horse presente. El muy cabrón no sabía mantener la boca cerrada.
—¿Te estás quedando con nosotros? —dijo por fin.
—No —respondí—. Bueno, llevo poco tiempo con ella, es verdad, y además he estado liado por obligación con esa zorra chiflada de Talia, pero hay algo. Siento que es real y no voy a retirarme hasta que no sepa qué es.
Crucé los brazos sobre el pecho y me preparé para la tormenta. Imaginaba que me llovería por dos frentes, por un lado la fidelidad al club, porque el club es siempre lo primero, y por otro la obligada tortura de la burla por convertirme en un calzonazos, domado por fin por una mujer.
Sin embargo, para mi sorpresa, Horse se encogió de hombros.
—Yo con Marie lo supe —declaró—. Quiero decir, no sabía que iba a ser mi propiedad, pero sí que era diferente a las demás. La quería y no solo para follar. Nunca te he visto así con una mujer, pero si crees que Tinker es la adecuada, serías un gilipollas integral si no le dieras una oportunidad.
—Estoy de acuerdo, pero usa el cerebro también —intervino Ruger—. Creo que deberías llamar a Picnic antes que nada. Está esperando a que vayas directo al hotel.
—¿Eso es todo? —dije, desconfiado ante aquella inesperada comprensión.
—¿Qué más quieres? —preguntó Horse—. Si necesitas poemas de amor, escríbetelos tú mismo.
—Me lo estáis poniendo demasiado fácil —admití.
—Eres demasiado patético ahora mismo como para que nos ensañemos contigo —dijo Ruger—. Además, si estás como estaba yo cuando lo de Sophie, vas a resultar totalmente inútil hasta que no te aclares. Bueno, ahora llama al jefe. Si hay un cambio de planes, tiene que saberlo.
Asentí con la cabeza y terminé de llenar mi depósito. Acto seguido, saqué el teléfono móvil y me retiré tras la gasolinera, para hablar tranquilamente con Picnic.
—Voy a ir a ver a Tinker lo primero en cuanto lleguemos a la ciudad —le dije—. Tengo cosas importantes que decirle.
—Está bien, has estado ahí aguantando durante semanas como un campeón —me respondió mi jefe, razonable—. ¿Estás seguro de que no puedes aguantar una noche más? Tenemos a BB vigilando la casa, por si las cosas van mal. Ella estará segura, pero la situación sigue tensa por aquí. Tenemos que resolver esto antes de que Marsh salga bajo fianza.
—Tengo que hablar con ella —insistí—. Llevo en Hallies Falls suficiente tiempo como para saber cómo funcionan las cosas por allí. Tinker habrá oído ya diez historias diferentes sobre por qué me han metido en la cárcel, cada una peor que la anterior. No es solo que me apetezca verla. Necesito arreglar los platos rotos con ella.
—¿Cuánto tiempo crees que vas a necesitar? —me preguntó Pic—. No te lo digo porque no te entienda y créeme que, como hermano tuyo, quiero que resuelvas tus asuntos. Sin embargo, no olvides todo lo que has pasado para que podamos caerles encima a esos cabrones. El momento es ahora. No tires por la borda todo lo que has logrado justo antes de rematar la jugada.
—No me eches la charla sobre mis obligaciones —repliqué—. Has estado muchos días de fiesta y metiéndola en caliente, mientras yo me comía la mierda de Marsh Jackson. Me lo debes.
Picnic guardó silencio durante varios segundos. Seguramente le había irritado, pero no lamentaba mis palabras. Si no podía hablarle claro a mi hermano, entonces no era mi hermano.
—Alguien está un poco demasiado cabreado —comentó por fin.
—Alguien ha pasado la noche en un calabozo mientras su mujer comía mierda —repliqué.
—Está bien, haz lo que tengas que hacer —cedió por fin.
—¿Eso es todo? —pregunté por segunda vez en diez minutos. Algo extraño ocurría. Algo muy extraño. Mis hermanos estaban siendo amabilísimos conmigo y esa no era la forma habitual de tratarnos entre nosotros.
—Sí, es todo —gruñó Pic—. Es obvio que has tomado tu decisión y no voy a ponerte una pistola en la cabeza. Si lo hiciera, seguramente apretaría el gatillo y las manchas de sangre salen muy mal del cuero. Lo único, no te tires demasiado tiempo con ella, ¿vale? Una hora o así, ¿de acuerdo? En serio te necesitamos, Gage. Tenemos que ir a por ellos esta noche y no podemos hacerlo a ciegas. Has hecho un gran sacrificio y lo respeto, igual que todos, pero esta noche es crucial.
«Te lo agradezco de cojones», pensé.
—No estaré más tiempo del que necesite —le aseguré—, pero cuanta más gente hable con ella, más duro será, y ya iba a serlo en las mejores circunstancias.
—Bueno, eso es cierto —concedió Picnic—. Aparte, tengo una pregunta para ti. ¿Te has duchado?
—¿Tú que crees? —respondí.
—Ya, así que seguramente hueles que apestas —comentó él—. ¿Alguna contusión? ¿Estás tranquilo y relajado?
—Sí, me dieron una entrada para el spa y un regalo de despedida al salir —repuse—. Estoy tan relajado que no sé cómo me mantengo despierto. ¿Adónde pretendes llegar con todo esto, jefe?
—No la asustes —me dijo, con tono serio—. Sé que quieres arreglar las cosas con ella, pero, a veces, si vas demasiado rápido, las empeoras. Tenlo en mente, hermano.
—Con el debido respeto, que te jodan —fue mi respuesta.
—Bueno, hazlo a tu manera —dijo él—. Buena suerte.
Colgué la llamada —que le fueran dando— y me reuní con Ruger y con Horse.
—Cuando lleguemos a Hallies Falls, id directamente al hotel —les indiqué—. Yo llegaré una hora después. Pic está al corriente.
—De acuerdo —dijo Horse—. ¿Quieres que te acompañe? Aún hay Nighthawks en la calle y no hemos decidido qué hacer con ellos por el momento.
—Sé cuidar de mí mismo —repliqué—. De todos modos BB seguirá vigilando la casa de Tinker, al menos hasta que sepamos dónde está Talia. ¿Tenéis alguna idea de qué ha sido de ella?
—No arrestaron a ninguna de las chicas —respondió Ruger, encogiéndose de hombros—. Todas se largaron después de la pelea y nadie las ha vuelto a ver.
—Mayor motivo para echarle el guante, antes de que pueda volver a montar el lío —dije.