75 Meses antes de su asesinato, que tuvo lugar el 21 de noviembre de 2001, Ernest Lluch había publicado ese mismo año con Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón una obra colectiva titulada Derechos históricos y constitucionalismo útil. El exministro de Sanidad con Felipe González planteaba que era preciso adaptar la Constitución para la búsqueda de una salida política al terrorismo, respetando los derechos individuales y colectivos. Lluch se había pronunciado abiertamente por la negociación con ETA para la búsqueda de una solución dialogada al conflicto. Esta postura, durante la tregua, había sido agriamente censurada por los sectores más radicales del abertzalismo radical. Lluch había contestado: «Dejadles, porque por lo menos han pasado de utilizar las armas, a utilizar los insultos». Estaba equivocado, porque poco después sería vilmente asesinado en Barcelona. Una manifestación de repulsa de un millón de personas recorrió las calles de la Ciudad Condal. Nunca entendimos por qué ETA, que acababa de romper la tregua de 1998 porque el gobierno de José María Aznar se negaba a negociar ninguna condición política, asesinó a quien defendía justamente lo contrario. Pero no es fácil saber qué pasa por la cabeza de criminales que se creen con licencia para matar porque para ellos los supuestos derechos colectivos del pueblo vasco están por encima del derecho a la vida y a la libertad.