5. Caronte.
El barco resultó ser una antigua goleta de dos mástiles, con las impolutas velas extendidas vibrando con el viento.
El grupo se quedó disfrutando unos instantes de la belleza del buque. En la popa, con metálicas letras doradas habían escrito su nombre: «CARONTE».
Rafael y Silvia se habían rezagado para aclarar las cosas. Tenían mucho de lo que hablar y era mejor que lo arreglasen cuanto antes. Ernesto guardaba el revólver para evitar cualquier posible peligro.
Un hombre se asomó desde la barandilla de la goleta.
—¡Eh! Ciao, ¿essi sono quelli che vanno alla La Vacca?
Era un hombre entrado en años, de pelo y barba cana. Tenía la piel curtida por los años pasados bajo el sol y la ruda vida en la mar. Vestía un uniforme blanco de marino, incluida una gorra de capitán.
—¡Giovanni! —gritó—. La pasarela.
Un chico joven, no tendría los 18 años, apareció desde el interior de la goleta y colocó hábilmente una estrecha tabla de madera desde el buque hasta el muelle.
—Ciao —les saludó—. Si prega di salire.
—¿Qué dice? —preguntó Hugo.
—Que podemos subir —dijo Javi. Presionaba una camiseta doblada contra su frente para detener la hemorragia. Les había explicado como Rafael había aparecido de golpe frente a él, Víctor y Silvia y sin más le había golpeado con la culata del revólver.
—¿Sabes italiano? —le preguntó Marta.
Javi se palmeó su prominente panza.
—Me encanta la buena comida e Italia es famosa precisamente por sus manjares —se relamió—. Pasta, pizzas, mmm.
Todos rieron, incluso Arturo.
Uno a uno fueron subiendo por la estrecha pasarela.
—Benvenuto, sono il capitano Salvatore —dijo el capitán—. Caronte è un vaso eccellente. Spero che ti piace il viaggio.
Miraron a Javi.
—Nos da la bienvenida, es el capitán. Se llama Salvatore y espera que disfrutemos del viaje.
—Es un barco precioso —dijo Marta.
Los niños tiraban de ella deseando ir a explorar el buque.
—¡Niños, estaos quietos! —les reprendió.
—Grazie —dijo Javi estrechando la mano del capitán—. Si dispone di una bella barca.
El capitán sonrió.
—Pronti a partire?
—Pregunta si estamos listos para partir —tradujo Javi.
—Aún no ha vuelto Silvia —dijo Ernesto señalando hacia el muelle. A lo lejos se la veía hablando todavía con Rafael—. Tenemos que esperarla.
—Il nostro amico non è ancora arrivato —explicó Javi al capitán, que se ajustó pensativo la gorra asintiendo con la cabeza.
—Ya vienen —anunció Víctor.
Miraron hacía donde señalaba. Silvia y Rafael caminaban hacia ellos. Rafael pasaba el brazo alrededor de los hombros de la mujer. Ambos sonreían.
—¡Chicos! —dijo Silvia cuando llegó al barco—. Este es Rafael Conde, mi marido.
Le saludaron intercambiando efusivos apretones de manos, mientras Silvia iba presentándolos uno a uno. Rafael se disculpó con cada uno por lo que había pasado.
—Ya puedes devolverme mi revólver —dijo cuándo estrechaba la mano de Ernesto.
—¿Seguro?
—Tranquilo, no voy a disparar a nadie.
—Rafael es policía —explicó Silvia.
Ernesto le devolvió el revólver. Rafael lo examinó abriendo el tambor y a continuación lo guardó en la cartuchera que llevaba en el sobaco, oculta por la chaqueta.
—Gracias —dijo—. Si no es por ti no sé qué habría pasado.
—Me alegro de que al final no hayamos tenido que lamentar ninguna desgracia —dijo Ernesto—. Veo que lo habéis arreglado.
Rafael abrazó a Silvia apretándola contra él.
—Sí, me lo ha explicado todo y ahora comprendo porque se marchó. Todo fue culpa mía.
—No tienes por qué contárnoslo —se apresuró a decir Ernesto. Siempre se sentía incómodo cuando compartían intimidades con él.
—No importa —dijo Rafael sonriendo—. Asumo mi culpa y compartirlo con los amigos de mi mujer es una prueba de ello.
Silvia le besó en la mejilla.
—Estoy trabajando en un caso —explicó Rafael—. Parecía un caso sencillo, fácil de resolver, pero poco a poco fue volviéndose más complicado. Y peligroso. Descubrimos una trama criminal en la que estaban involucradas dos de las más grandes familias de la mafia española. Drogas, proxenetismo e incluso cosas peores. No puedo ahondar más en los detalles pues hay vidas que correrían peligro si lo hiciera. La cuestión es que Silvia me pidió que lo dejara. Vamos a tener un hijo y le daba miedo de lo que pudiera pasar. Por eso se fue, decidió alejarse de mí hasta que todo hubiera terminado. Por el niño, no porque no me quisiera.
—¿Y por eso casi la mata? —exclamó Arturo—. Nos podría haber matado a todos.
—Lo siento —dijo Rafael—. Se me fue la pinza, lo reconozco. Pero no podía comprender porque se había ido. Estábamos muy bien juntos y de pronto un día llego a casa y no está. Ni una nota, ni una prueba de que esté bien. Imaginaos mi reacción. Al principio pensé que la mafia la había raptado. Casi estropeo toda la investigación cuando me dispuse a rescatarla. Por suerte un compañero la vio en el aeropuerto cuando embarcó con destino a Italia, así que cogí el primer vuelo que encontré y aquí estoy.
—Rafael se viene con nosotros —anunció Silvia exuberante de alegría.
—No volveré a dejarte sola —Rafael la beso en la boca.
—Scusa, scusa —dijo el capitán. Señalaba unas enormes nubes negras que se acercaban por el horizonte—. Una tempesta è in arrivo. Andiamo?
—Se acerca una tormenta —tradujo Javi. A continuación, le dijo al capitán: —. Siamo pronti, ogni volta.
—¡Giovanni! —gritó el capitán—. Ormeggi sciolti. Ce ne Andiamo!
El muchacho corrió de un lado al otro del buque, soltando las amarras y ajustando poleas y cuerdas aquí y allá. El capitán se colocó tras el enorme timón de madera. Poco a poco la goleta comenzó a moverse.
—¡Ernesto! —gritó una voz desde el muelle.
Una mujer corría torpemente hacia ellos. Arrastraba una enorme maleta con ruedas.
Ernesto sintió fallarle las fuerzas al verla.
—¿Quién es esa? —preguntó Hugo.
—Ernesto, ¿estás bien? —preguntó Marta—. Te has puesto pálido.
—¿La conoces? —preguntó Víctor.
—Es Rebeca —murmuró Ernesto—. Es…, era mi novia.
El Caronte se alejó del puerto encaminando su ruta hacia Isola la Vacca, dónde se celebraba la reunión de antiguos alumnos por la que habían ido hasta allí.
Desde el muelle, Rebeca les observó alejarse despacio, perdiéndose poco a poco en el horizonte.