7
Permanezco bajo el chorro del agua durante un largo rato, con la mirada fija en las baldosas. Tras estar en remojo hasta hartarme en la bañera y después de la ducha para acabar de librarme de los restos del vómito de Eddie, tengo la piel arrugada. Me miro las manos y suspiro. Tengo las puntas de los dedos opacas y llenas de arrugas; parecen manos de vieja.
Me inclino para coger la toalla y me seco antes de recogerme el pelo en un moño. Me pongo el albornoz y cojo el cepillo de dientes. Mientras me los cepillo, me miro a los ojos. Tengo la mirada perdida y cada vez que pestañeo veo a Josh. ¿Cómo pudo un momento tan maravilloso transformarse con tanta rapidez en algo tan horrible? Escupo, me aclaro la boca y apoyo las manos en el borde del mármol, con la barbilla agachada mientras inspiro hondo. Si algo he aprendido hoy es que Josh y yo vivimos en mundos distintos. Nos separa un universo entero, un enorme agujero negro de resentimiento. No me entiende y yo me equivoqué pensando que lo haría. Fui una idiota por creer, aunque fuera por un momento, que podría tener lo mejor de ambos mundos. Quiero darme la satisfacción de demostrar a todos mis detractores que estaban equivocados y quiero la inyección de vida que solo Josh puede darme. Pero en mi vida solo hay sitio para uno de esos mundos. Tengo que desprenderme del otro y no hay duda sobre cuál es el adecuado. Josh tiene razón, solo puedo ser una de las dos reinas.
Aún lo oigo diciéndome que no estoy aquí por vocación y sus dudas me duelen más que las del resto de la gente.
Exhausta, sin energía, me dirijo al dormitorio, dispuesta a desplomarme en la cama y dormir todo lo que mi mente me permita. Tal vez mañana haya recuperado las fuerzas y la capacidad de pensar. Tal vez este dolor en el corazón se haya apagado hasta convertirse en algo soportable. Me tapo hasta la barbilla, protegiéndome del mundo exterior, y me vuelvo de lado.
Cuando acabo de cerrar los ojos, llaman a la puerta y aparece Kim armada con su teléfono y con el traje gris que le sirve de armadura.
—¿Qué pasa, Kim? —le pregunto sin tan siquiera levantar la cabeza de la almohada.
—¿Está enferma? —pregunta, sorprendida de encontrarme en la cama. Todavía no es ni la hora del té—. ¿Quiere que llame al doctor Goodridge?
—No, solo estoy cansada.
—Vaya, pues me temo que el deber la llama.
Mira a su alrededor y ve la ropa en el suelo. Cuando levanta una mano, una doncella entra en la habitación y la recoge.
—Ya he tenido bastante deber por hoy —replico, sin fuerzas—. ¿Podríais dejarme en paz?
¿Qué más puede quedar por hacer? Estoy segura de que me he ocupado de todos los protocolos reales habidos y por haber durante esta semana. El día de hoy ha sido particularmente exigente, ya no puedo dar más de mí.
Kim entra en mi vestidor y reaparece poco después con uno de mis vestidos, uno azul, muy formal, con un ribete negro.
—Me temo que no va a haber paz en su futuro inmediato. —Ladea ligeramente la cabeza en señal de compasión por los tiempos duros que me han tocado vivir—. Su alteza real la princesa Helen ha solicitado audiencia.
Las palabras de Kim hacen que me incorpore despacio.
—¿Para qué? —pregunto, aunque sé que Kim no tendrá la respuesta.
No he sido capaz de mirar a Helen a la cara en las pocas ocasiones que la he visto y me consta que a ella le ha pasado lo mismo.
Con los labios fruncidos, Kim me deja el vestido colgado del respaldo de una silla.
—Ha dicho que era muy importante.
Seguro que sí. Menuda coincidencia que, una semana después de que el mundo se haya enterado de que soy la nueva reina, mi cuñada —que lleva en su vientre al hijo ilegítimo de mi difunto hermano— se presente aquí, reclamando verme. Tal vez lo que debería sorprenderme es que no haya venido antes. No debería recibirla. A nadie se le da audiencia instantánea con la reina. Debería mandarla de vuelta a su casa, pero, por desgracia, siento curiosidad por saber qué quiere decirme.
—Muy bien. —Me levanto de la cama—. ¿Está Jenny?
Kim inclina la cabeza y se retira de espaldas.
—Le diré que suba.
—Gracias, Kim.
Podría arreglarme sola, pero, la verdad, no tengo energía ni para eso. Además, me da la sensación de que necesito conservar las pocas fuerzas que me quedan para enfrentarme a Helen.
Bajo la escalera con Kim a mi lado, que va asesorándome sobre un montón de cosas. El personal cruza el vestíbulo de Kellington en todas direcciones; parece que hay más gente de lo normal. Al fijarme, distingo varias caras nuevas.
—¿Qué hace Sid aquí? —pregunto al ver al jefe de personal de Claringdon dando instrucciones a diestro y siniestro.
—Creo que está haciendo una pequeña reestructuración. —Kim vuelve a mirar su móvil—. ¿Por dónde iba? Ah, sí. La visita oficial a España se ha pospuesto. He colgado el programa de actividades del mes que viene en su despacho de Claringdon.
—¿Y por qué no lo has puesto en mi despacho de Kellington?
—Porque ahora su despacho oficial es el de Claringdon.
—Ese es el despacho de mi padre.
Y nunca lograré verlo de otra manera.
—Como soberana, y como muchos antes que usted, ahora es el suyo, señora. Pero hasta que la logística de su lugar de trabajo se estabilice, he dejado una copia aquí, en Kellington.
¿Y por qué no ha empezado por ahí?
—Este seguirá siendo mi despacho.
Me detengo al pie de la escalera y miro a mi alrededor, abrumada. Esta es una de las razones por las que me negué a mudarme a Claringdon. Aquello es como un circo, no un hogar, pero me temo que con la reestructuración esto se va a convertir también en un espectáculo.
—Parecen pollos sin cabeza —murmuro, al ver a Felix pasar frente a mí con el móvil pegado a la oreja y dos caras nuevas pegadas a sus talones, sin duda a causa de la reestructuración.
No necesito preguntarle a Kim por qué el jefe de comunicación de Kellington está tan alterado. Cuando llegamos con Eddie inconsciente, Damon tuvo que presentarse en su despacho para dar todos los detalles de su misión de rescate, probablemente incluyendo a todas las personas que se encontraran en un radio de varios kilómetros a la redonda del club de caballeros al que mi hermano se ha aficionado a ir.
—¿Dónde está Helen?
—En el salón, señora. La acompañaré a su despacho dentro de un minuto.
—Bien.
Atravieso el caos, decidida a quitarme de encima cuanto antes este encuentro que tan poco me apetece tener. Cuando llego a la puerta de mi oficina, me echo el pelo hacia atrás y me aliso el vestido antes de entrar.
—Pero, bueno, ¡¿será posible?! —exclamo, al ver la monstruosidad que ordené que retiraran del despacho de mi padre.
No se trataba de que le buscaran otro sitio, se trataba de que la tiraran al fuego. ¿Estará sir Don intentando tocarme las narices?
—¡Felix! —grito al verlo pasar por delante de la puerta.
Él se detiene en seco y asoma la cabeza.
—¿Sí, señora?
—Soy consciente de que esto se escapa de tus responsabilidades, pero, por favor, que alguien se ocupe de hacer desaparecer esta cosa.
Señalo el enorme retrato sin mirarlo. Felix tampoco es capaz de disimular la expresión de horror. Bien, me encanta que a él también le parezca espantoso.
—¿Lo quemamos?
—Me has leído la mente. —Rodeo el escritorio y me siento—. ¿Cómo va el control de daños?
—El nuevo patio de juegos de su alteza real el príncipe Edward es impenetrable. Si alguien habla más de la cuenta, se quedará sin trabajo, así que nadie va a hablar.
—Y supongo que eso es bueno, ¿no?
—Sin duda, majestad. Si nos enteramos fue solo por los contactos de Damon. Yo ni siquiera sabía que ese club existía y me gusta pensar que no hay demasiadas cosas en este mundo que se me escapan.
—Estoy de acuerdo —coincido, y lo miro con curiosidad.
¿Estará tratando de decirme algo sin decirlo? No llegué a hacer pública mi relación con Josh antes de la muerte de mi padre, pero el solo hecho de que él estuviera a mi lado cuando regresé a Claringdon fue significativo, aunque ninguno de los consejeros del rey haya vuelto a sacar el tema, al menos estando yo presente. Me consta que, entre bambalinas, se han tomado medidas para limitar las consecuencias del escándalo. Y lo sé porque Josh me habló de la advertencia que recibió. Qué mala suerte para ellos que Josh no les hiciera caso. ¿O tal vez fue mala suerte para mí? ¿Lo sabe Felix? ¿Es eso lo que me está diciendo? ¿Sabe dónde he estado antes de volver a casa? Mi cerebro se encoge al recordar lo sucedido en la suite del hotel Café Royal. La felicidad absoluta… seguida por una pelea terrible.
—¿Señora? —Felix me devuelve al presente—. ¿Algo más?
—No, es todo.
Bajo la vista y me encuentro cara a cara con una montaña de tarjetas ornamentadas con el escudo real y una pluma al lado. Al otro, unos cuantos comunicados de prensa esperan mi aprobación.
Los firmo con desgana y los deposito en la bandeja para que Kim los recoja. Más espejismos, más humo para ocultarlo todo. Tomo el programa que detalla mis actividades para el mes que viene, una lista inacabable de compromisos y apariciones reales. Solo con leerla, ya me empieza a doler la cabeza.
—¿Y cuándo voy a tener tiempo para recuperarme? —me pregunto, leyendo las fechas de los compromisos.
Se suceden sin descanso, empezando por la cena de Estado en la Casa Blanca la semana que viene, en la que soy la invitada de honor. Permaneceré allí veinticuatro horas antes de regresar a Inglaterra para mi primera reunión oficial con el primer ministro. Se me escapa un bostezo. Y luego, la semana siguiente, tendré que ir a Portsmouth a la botadura de un nuevo buque de guerra al que han puesto mi nombre. Voy descendiendo con la mirada por la lista y mis ánimos descienden al mismo ritmo. Esta es la vida que me espera de ahora en adelante. Si quiero demostrarle a mi padre y a todos los demás de qué pasta estoy hecha, voy a tener que superar todas estas pruebas y muchas más. Durante el resto de mi vida. Porque, si no lo hago, reinará la anarquía y algunas vidas quedarán destrozadas. Suelto el papel y me dejo caer hacia atrás en la silla. Me siento abrumada, indefensa. No es la mejor actitud para enfrentarme a mi cuñada, una mujer de armas tomar.
Cuando llaman a la puerta, levanto la mirada, pero tardo unos segundos en darles la bienvenida. Antes enderezo la espalda y me coloco la máscara en su lugar. ¿Cuántas veces voy a tener que hacer esto mismo a partir de ahora? Inspiro hondo y me preparo para enfrentarme a mi enemiga.
—Adelante —digo, juntando las manos y apoyándolas en el escritorio.
Kim entra y se queda junto a la puerta abierta.
—Su alteza real la princesa Helen, majestad.
Esta mujer tiene un título real, ¿no es gracioso? Aunque yo también ostento uno y eso me resulta más gracioso todavía. No logro entender lo que pretendía al tratar de engañarnos a todos en su propio beneficio. Yo aquí, en una lucha interna entre aceptar mi estatus o escapar de esta locura y ella, en cambio, tan desesperada por formar parte de esto que se hizo embarazar por otro hombre para asegurarse el puesto.
Hace su aparición, tan impecable y bien arreglada como siempre, sin un solo pelo fuera de su sitio. Va vestida de negro para demostrar su constante estado de luto. Inclina la cabeza ante mí, pero lo mínimo y sin ganas. Y no se dirige a mí ni por mi nombre ni por el título. Menuda insolente. Aunque al menos espera a que la invite para sentarse.
—Por favor —le digo, señalando la silla.
Ella se sienta ante mí, tranquilamente y en silencio. Trato de adivinar qué pretende, pero no tengo ni idea.
—¿Querías verme?
—Sí, quería clarificar mi posición dentro de la familia. —Alza la barbilla en un gesto que quiere mostrar aplomo, pero no lo consigue.
Yo enderezo todavía más la espalda sin apartar la mirada de la suya. Hemos iniciado un duelo de miradas, algo que no suelo hacer, pero con Helen no puedo resistirme. Cada palabra que me ha dirigido esta mujer a lo largo de su vida ha estado cargada de desprecio y, por lo que veo, las cosas no han cambiado.
—Diría que la reina madre ya clarificó tu posición.
—Lo único que me dijo fue que mi secreto estaba a salvo. Tú estabas allí, si no recuerdo mal —me dice estoica, sin emoción y tuteándome.
Estoy a punto de llamarle la atención, pero de momento lo dejo pasar. Ya habrá tiempo.
—Recuerdas bien. —Cojo el vaso con agua que hay a un lado y me bebo la mitad porque estoy seca—. Deduzco que has venido para establecer qué privilegios vas a mantener.
Debería arrebatárselos todos, pero dudo que nadie aprobara la medida.
—Sí, a cambio de mi silencio.
—¿Tu silencio? —Casi me atraganto—. ¿Te refieres a no contar que traicionaste al heredero?
—Hice lo que tenía que hacer para mantener la estabilidad de la monarquía. El rey me dejó claro que mi obligación era proporcionar un heredero.
Sí, ese era mi padre, siempre imponiendo su voluntad en nombre de la corona.
—Creo que se refería a tenerlo con su hijo, Helen.
Ella aprieta los dientes.
—¿Crees que no lo intentamos? Durante años esperé todos los meses unas noticias que nunca llegaban. Fue imposible, estaba desesperada. ¿Qué habrías hecho tú?
—No estamos hablando de mí.
—Oh, mejor así. Porque si empezáramos a pasar revista a tus inmoralidades, no acabaríamos. ¿Y ahora eres la reina? Menuda burla para la monarquía. —Resopla, burlona, y sacude una mano en el aire.
La mujer calmada y serena que ha entrado en el despacho ha desaparecido y me temo que voy camino de acabar tan desquiciada como ella.
—¿Y eso de que Eddie está afectado por sus misiones militares? ¿Desde cuándo? Sé que hay algo más, algo que nadie cuenta, y tiene que ser muy grave para apartar a Eddie del trono para que lo ocupes tú.
Me echo hacia delante bruscamente, inclinándome sobre el escritorio.
—¡Ya basta! —exclamo, furiosa, pero no sorprendida de que Helen haya empezado a lanzar golpes por debajo de la cintura—. Los asuntos de esta familia ya no te conciernen. Edward está teniendo dificultades para adaptarse a la vida fuera de las Fuerzas Armadas y todos debemos ayudarlo —lo digo porque tengo que decir algo.
Helen no es tonta y sabe que han inventado esta mentira para tapar un escándalo mayúsculo. Ya lo sé, pero nada de esto es ya asunto suyo. Me abruma la fuerza de mis emociones, la necesidad de proteger a Eddie no solo de Helen sino del mundo entero.
—Sé que has disfrutado mucho atacándome durante todos estos años, pero hasta aquí has llegado, Helen. Soy tu reina y como tal me vas a tratar de ahora en adelante. —Nunca pensé que disfrutaría pronunciando estas palabras, pero al parecer le estoy cogiendo el gusto.
Helen se echa hacia atrás en la silla, obviamente sorprendida.
—¿Quién es el padre? —le pregunto, y su sorpresa se transforma en incomodidad.
—Eso ya no te importa…, no le importa.
—Claro que me importa. ¿Tengo que prepararme para ver salir en la prensa a hombres afirmando ser los padres de tu hijo?
—Dejémoslo en que él tiene más que perder que yo.
Ladeo la cabeza, pero ella permanece en silencio. No piensa decírmelo. ¿Me importa? No. El que fuera lo bastante idiota para caer en la trampa de Helen, probablemente algún hombre de negocios importante, se merece sufrir un poco. Aunque tal vez no sepa que el hijo que Helen espera es suyo.
—Aun así, te pido que si alguna vez hay riesgo de que alguien vaya a la prensa con la historia, me avises inmediatamente. Y a cambio de este silencio del que me hablas, a cambio de tu cooperación —sigo diciendo—, puedes conservar el título de duquesa de Oxfordshire, pero tu hijo no tendrá ninguno. Se te concederá una asignación económica, la que yo como reina considere adecuada, basándome en la opinión de mis consejeros más cercanos. Te alojarás en el palacio auxiliar en la antigua casa del portero, en la finca de Holmestead Estate, y si vuelves a casarte, abandonarás el lugar. Todo esto se te retirará en caso de que decidas compartir tu secreto, aunque, te advierto, alteza, que si eso pasa, la que recibirá las críticas serás tú. Fuiste tú la que abusó de la confianza de mi hermano. Tienes suerte de que te dé algo.
Sigue muy sorprendida, pero está tratando de disimularlo. No pensaba que yo fuera capaz de asumir la autoridad y, francamente, yo tampoco, pero empiezo a darme cuenta de la gravedad de las mentiras que han envuelto mi vida hasta este momento.
—¿Desde cuándo la familia se ha vuelto tan importante para ti? —me pregunta con los dientes apretados, olvidándose una vez más de hablarme con el debido respeto.
—Cuando entendí que dependían de mí para que protegieran su nombre y dignidad. —La respuesta me sale sin pensar, como si fuera un instinto que no sabía que poseía—. ¿Tienes algo más que decir?
Inspira muy hondo, lo que me dice que sí, que tiene muchas más cosas que decir, pero conozco a Helen: esa mujer sabe lo que le conviene. Y enemistarse conmigo no es algo que le convenga; sabe que le quitaría el título y los privilegios sin dudar. Helen no es una persona impulsiva; quiere seguridad y reconocimiento público, así que, rindiéndose, se aclara la garganta.
—No, señora.
—En ese caso, hemos terminado. —Apoyándome en el escritorio me pongo en pie para reforzar mis palabras, sin dejar de taladrar a mi cuñada con mi mirada furibunda—. Adiós.
Helen se levanta despacio; parece estar en shock. Se vuelve para marcharse y no puedo evitar clavarle la puntilla para afearle su falta de modales.
—Te recuerdo que debes dirigirte a mí con el debido respeto, Helen. Y eso incluye despedirte y darme las gracias por mi tiempo. Ahora.
Ella traga saliva y, probablemente, también el orgullo.
—Gracias por su tiempo, majestad.
—Puedes retirarte.
Lo más seguro es que se esté preguntando qué me ha pasado. Mentiras, eso es lo que me ha pasado. Montañas de mentiras que ni ella ni el resto del mundo conocerán jamás. Pero esas mentiras marcarán mi vida de ahora en adelante.
Cuando la puerta se cierra, me siento y respiro porque yo estoy casi tan sorprendida como ella. No sabía que era capaz de mostrar esta actitud fuerte y poderosa. La cuestión es: ¿estos estallidos de autoridad forman parte de mi herencia familiar para hacerme cargo del trono o son actos de venganza contra personas que han tratado de enterrarme en vida durante todos estos años? ¿Estoy actuando movida por la amargura y el resentimiento? Echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos, agotada, preguntándome justamente eso.
«¿Quién eres, Adeline?» Y la verdad es que no lo sé.
«Mía». La voz de Josh se abre camino en mi mente confundida. «Eres mía».
En cambio, no oigo ninguna voz que me diga que debería ser la reina.