13
Después de un rato escuchando nuestras trabajosas respiraciones, finalmente recupero las fuerzas para pronunciar dos palabras:
—¿Estás vivo?
—Sí —responde, besándome la espalda—. Ha sido una última copa acojonante, cariño.
—Creo que no puedo andar.
—Yo tampoco.
—Y la tiara me duele una barbaridad —añado, encogiéndome cuando ladeo la cabeza y se me clava detrás de las orejas.
No me voy a quitar el dolor de cabeza en una semana.
Josh se levanta y hago una mueca cuando nuestra ropa, empapada en sudor, se despega. Coge unas cuantas servilletas del bar y me limpia los muslos.
—Ven aquí.
Me ayuda a darme la vuelta, sonríe y me recoloca el pelo, que debo de tener hecho un desastre.
—¿Estoy muy horrorosa? —le pregunto, abrochándole el pantalón.
—No podrías estar horrorosa ni queriendo.
Me quita la tiara, liberando algunos mechones que habían quedado enredados en la banda de platino y diamantes.
—Uf, qué bien… —Flexiono el cuello, sintiendo un alivio instantáneo—. Nunca la había llevado puesta durante tanto tiempo.
Josh la deja sobre el taburete, me da media vuelta y me apoya las manos en los hombros. Oh, sí, me va a insuflar un poco de vida. Me relajo bajo sus manos hábiles, que me masajean la zona donde el cuello se une con los hombros, y gimo, demostrando mi agradecimiento.
—Cualquiera pensaría que he vuelto a clavártela hasta el fondo.
Yo sonrío en la oscuridad, balanceándome sobre los tacones.
—Creo que esto es mejor.
Él me rodea el cuello con las manos y finge estrangularme durante un segundo, sin apretar. Yo me río y se las aparto para que siga masajeándome con sus dedos mágicos.
—Un poco más —le ruego.
Él retoma el masaje y yo vuelvo a gemir con la boca cerrada.
—¿Ha valido la pena la espera, mujer misteriosa?
—Sin duda.
Aunque sé que entre nosotros el sexo siempre será explosivo, incluso sin largas esperas de por medio. No necesitamos peleas ni reconciliaciones. Lo nuestro siempre es así. Eléctrico. Absorbente. Lo es todo.
Lo malo es que siempre habrá largos períodos de tiempo en los que tendremos que estar separados. Siempre habrá una desesperación extra además de la desesperación habitual. Nunca podré abalanzarme sobre él de manera espontánea para que haga que me olvide de todo. Siempre tendremos que planearlo todo meticulosamente y con ayuda de alguien para minimizar los riesgos. Odio pensar en tener que soportar más semanas como la que acaba de pasar, con el corazón roto por culpa de su silencio. O cuando él esté en la otra punta del mundo, absorbido por el torbellino de su trabajo. O cuando vuelva a perder la fe en nosotros. El no tener un «nosotros» consistente. No soy libre para verlo cuando desee. No puedo tomarme un día de fiesta en el trabajo ni vaciar la agenda para estar con él.
Triste una vez más, trago saliva cuando él me abraza con fuerza y pega su rostro al mío.
—Si pudiera pedir un deseo —murmura—, pediría que estuvieras en la cama a mi lado. Desnuda, igual que yo. Acurrucados, hablaríamos sobre todo y nada. Te llevaría el desayuno y nos ducharíamos juntos. Te haría el amor cada vez que me apeteciera y disfrutaría de cada segundo.
Me resisto a dejar que sus palabras me destrocen por dentro. No debo darle vueltas al hecho de que eso que describe es un lujo que probablemente nunca nos podremos permitir. En su lugar, me dejo llevar por un arrebato y decido que sí podemos.
—Hagámoslo —digo, y me libro de su abrazo y me doy la vuelta para mirarlo a la cara.
Su expresión de duda me parece encantadora.
—Como diría una mujer a la que adoro… —Me sujeta por los hombros y se agacha un poco para que quedemos cara a cara—. ¿Cómo se supone que vamos a hacer eso?
Pierdo las fuerzas y él debe sostenerme. Normalmente Josh no dejaría que algo tan trivial como una docena de empleados reales y miembros de seguridad se interpusieran entre nosotros. Él era el que se reía en la cara de los desafíos. Esa es una de las cosas que me enamoró de él.
—¿Y dónde está el hombre al que adoro?
Tarda un segundo en planteárselo. Mira hacia la puerta y vuelve a clavar los ojos en mí.
—Estoy aquí, nena.
Me acaricia el brazo hasta llegar a la mano, enlaza los dedos con los míos y tira de mí en dirección a la salida.
—¿Cuánta gente hay en la suite?
—Damon y sus hombres, que hacen turnos durante la noche.
—¿Y el resto de tu ejército?
—Tienen sus propias habitaciones en la misma planta.
—¿Y a qué hora te despiertan?
—Tengo una reunión con Kim a las ocho, para desayunar juntas, así que supongo que Olive me despertará a las seis y media.
Josh abre la puerta y se asoma por la rendija. Silba para llamar la atención de Damon, que, unos instantes después, está con nosotros en el bar. Su mirada salta de Josh a mí y yo la aparto, con timidez, mientras trato de arreglarme el pelo.
—No pierda el tiempo con el pelo, señora —me aconseja con ironía—, pero tal vez podría limpiarse el pintalabios de la cara. —Volviéndose hacia Josh, lo señala con la barbilla mientras yo me paso la mano por el rostro, que me arde—. Tú también.
Miro a Josh con la cabeza despejada por primera vez desde que me tumbó sobre el taburete y compruebo que tiene la cara llena de marcas rojas.
—Ups —comento, y frunzo los labios para contener la risa.
—¿Puedes llevarnos a la suite de Adeline? —pregunta Josh, mientras se frota las mejillas rasposas con el dorso de la mano.
—No —responde Damon con contundencia antes de darse la vuelta para irse.
—Por favor, Damon —le ruego—. Te prometo que nadie se enterará.
Se detiene y se vuelve hacia mí.
—¿Cómo? Todos duermen en habitaciones cercanas a la suya. Sus damas la despertarán en cuanto salga el sol.
—Sacaremos a Josh de allí antes de que lleguen. Nadie se enterará de nada.
—Excepto yo.
Pongo morritos y pestañeo.
—Te prometo que nunca más volveré a pedirte que arriesgues el cuello por mí.
Es mentira y sé que él lo sabe.
—Sí que lo hará. —Damon suspira y se vuelve hacia Josh—. A las seis en punto te quiero fuera de la habitación. Estaré esperando para acompañarte antes de que lleguen las damas de su majestad.
Josh se cuadra ante él.
—Sí, señor.
—Me cago en la puta… —refunfuña Damon, dirigiéndose a la puerta.
Tras comprobar que no hay nadie, nos indica que nos acerquemos.
—Iremos por separado. Josh en el ascensor. Su majestad y yo por la escalera.
—Lo que tú digas. —Acepto sus condiciones sin dudar—. Un momento, ¿dónde está tu equipo de seguridad? —le pregunto a Josh.
Si alguien lo ve, se liará una buena. Por no hablar de que sería añadir leña al fuego que ya ha empezado a arder en los periódicos on line. Ya nos han visto bailando. Si luego descubren que hemos estado en el mismo hotel, sumarán dos y dos.
—Bates —Damon lo llama en voz baja, y dos segundos más tarde ya somos cuatro.
—Eso es eficiencia. —Le dirijo una sonrisa radiante al guardaespaldas de Josh—. ¿Cómo estás, Bates?
—Muy bien, señora.
No parece ni medio contento de verme, pero no me lo tomo a pecho. Josh y yo debemos de causarles un montón de dolores de cabeza tanto a Damon como a él.
—A la suite presidencial —le indica Damon a su viejo amigo—. Quedaos en el ascensor hasta que lleguemos arriba.
—De acuerdo. —Bates suspira, y le indica a Josh que lo siga con un movimiento de la cabeza. Luego le pregunta a Damon—: ¿Blackjack y whisky?
—Sí al blackjack; al whisky, no.
—Vamos, Damon —le insisto yo—. Ya que te obligo a pasar otra noche en vela, me sentiría mucho mejor si supiera que estás a gusto.
Damon no me hace ni caso y se limita a observar a Bates, que se marcha con Josh. Cuando entran en el ascensor, inspecciona rápidamente los rincones y me llama para que me acerque a la escalera.
—Vamos, rapidito.
—Voy tan deprisa como puedo —le aseguro, pero los músculos se me han despertado y me empieza a doler todo.
Al enfrentarme al primer tramo de escalera, gruño. Una cosa es bajar, pero subir es distinto.
—Cuando llegue arriba estaré tan cansada que ni siquiera seré capaz de hablar —protesto, levantándome la falda y empezando el ascenso—. ¿Por qué Josh puede ir en ascensor y yo no? No me parece justo. ¿Por qué no esperamos a que…? ¡Oh!
De repente, el suelo desaparece bajo mis pies y me encuentro subida en su hombro.
—¡Damon! ¿Qué diantres estás haciendo?
—Diría que estoy llevando a la reina de Inglaterra al hombro para que conserve sus energías y pueda utilizarlas con su amante secreto americano, señora.
¿Qué puedo decir a eso?
—Con que me llevaras a caballito habría sido suficiente —protesto, sin parar de apartarme el pelo de la cara—. Esto es un poco escandaloso, ¿no crees?
—Creo que han pasado cosas más escandalosas en el bar del hotel, Adeline —me suelta, cansado, y yo me pongo roja como un tomate.
—No sé de qué me estás hablando —replico, indignada, y hago una mueca al oírme—. Hemos estado charlando mientras nos tomábamos una copa de champán.
—Por supuesto, señora. Todo muy civilizado, estoy seguro.
—Así es. —Zanjo esta incómoda conversación.
Ay, madre mía. En estas situaciones es cuando no me hace tanta gracia que Damon me conozca tan bien. Nadie consigue hacer que me ruborice como él. Teniendo en cuenta que Damon ya no es un jovenzuelo, me lleva con facilidad, como si yo fuera una chaqueta. Cuando salimos de la escalera, se abre la puerta del ascensor y salen Josh y Bates. Los dos se me quedan mirando, mientras recorro boca abajo el pasillo, aún al hombro de Damon.
—¿Pretendía escaparse? —pregunta Josh en voz baja, a nuestra espalda.
Yo levanto la cabeza y le sonrío.
—Es que me duelen los pies. Ha sido un día muy largo, lleno de hombres que se han empeñado en hacerme dar vueltas por la pista de baile.
Josh pone los ojos en blanco de un modo teatral.
—No te creas que me hace mucha gracia que otro hombre te lleve al hombro.
—Damon no cuenta.
—¿Se podrían callar los dos? —protesta Damon.
Y yo hago el gesto de cerrarme la boca con una cremallera, lo que provoca una sonrisa en Josh y que Bates se ría.
—Los de seguridad están en el salón —prosigue Damon—. Los haré pasar al comedor para despejar la zona. Cuando ustedes dos hayan entrado en el dormitorio los dejaré salir y les diré que se marchen. —Mira a Bates—. Nos quedaremos los dos solos esta noche.
—Por mí, no hay problema.
—Esperen aquí. —Damon desaparece en la habitación, y un momento más tarde vuelve a salir—. Adelante.
Estoy a punto de hacer un sprint, pero, una vez más, el suelo desaparece bajo mis pies.
—¡Josh! —grito, lo que me hace ganarme una mirada asesina de Damon.
Me cubro la boca con la mano mientras Josh cruza la suite a la carrera conmigo dando botes sobre su hombro.
La puerta se cierra y volvemos a estar solos.
—Quítate el vestido —me ordena, en cuanto me deja en el suelo, y empieza a quitarse la corbata a toda prisa—. Quítatelo todo.
Se desnuda tan rápido que, cuando acaba, yo aún no he encontrado la cremallera del vestido.
—Impresionante —le digo, asombrada.
Y si ya antes me costaba encontrar la cremallera, ahora que estoy distraída contemplando su cuerpo desnudo me resulta del todo imposible.
—Y tú también —añado.
—¿Por qué sigues vestida?
—Porque no logro encontrar la dichosa cremallera. —Me retuerzo y me llevo los brazos a la espalda, pero no lo consigo—. Normalmente me ayuda Olive.
—Hoy tendrás que conformarte conmigo.
Me hace dar media vuelta.
—¡Qué vida tan dura! —Suspiro mientras Josh da con la cremallera sin esfuerzo y me la baja con tanto ímpetu que me hace retroceder varios pasos—. Tranquilo, tigre —bromeo—. ¡Oh! —Me agarra por la cintura, desde atrás, y me levanta del suelo—. ¡Josh!
Sin hacer caso de mi sorpresa, me lleva a la cama y me lanza sobre ella. En segundos, sus dedos hábiles me han librado de la ropa interior. Al fin estoy desnuda y sus ojos me devoran con tanta intensidad que noto como si me agujerearan.
—Hoy es un gran día —dice, y se deja caer, hundiendo la cara entre mis tetas, e inhala profundamente.
Yo me río mientras me mete mano, me succiona y me las llena de lametones, primero una y después la otra, sin dejar de gemir de felicidad. Lo agarro del pelo y hundo los dedos en él, acariciándole los mechones oscuros y relajándome en la cama, tan blanda. Esto es felicidad.
—Ni se te ocurra dormirte —me advierte, alzándose sobre mí hasta que tenemos los ojos a la misma altura.
—¿Te he agotado?
—No, es que estoy muy relajada.
Me siento feliz, en paz.
Su sonrisa es preciosa; franca y preciosa.
—Yo también.
Dobla los codos y desciende lentamente, alternando la mirada entre mis ojos y mis labios. Y justo cuando inspiro, preparándome para recibir su beso, se aparta de nuevo y me observa con tanta concentración que también me provoca un gran placer. Nunca me había observado así, con fuego en la mirada. Nadie se ha tomado tanto tiempo para contemplarme como si quisiera devorarme y mantenerme prisionera. Y nadie se ha tomado tantas molestias ni corrido tantos riesgos para estar conmigo.
Cuando vuelve a descender hacia mí, lo agarro por la nuca y hago fuerza, para que no se le ocurra volver a alejarse. Pero esta vez no lo hace y pronto me encuentro absorbida por la intensidad del beso. Profundo pero delicado; intenso pero silencioso. Lo abrazo por los hombros y rodamos por la cama hasta que él queda debajo de mí y el ángulo del beso cambia. Giramos de nuevo hacia el centro de la cama. La simple sensación de estar en una cama, desnudos, pudiendo besarnos y estar juntos… sin más lo es todo para mí. ¿No es lo mínimo que se merece una pareja? Cualquiera debería tener derecho a expresar su amor por otra persona; no debería tener que esconderlo.
Nos besamos y acariciamos durante una eternidad. Mis manos se mueven, las suyas también, pero básicamente nos besamos. Tengo los labios hinchados y doloridos, pero no cambiaría este momento por nada del mundo. Qué maravilla no tener que estar pendientes de la hora ni mirando por encima del hombro. Ha sido una noche tan hermosa que me gustaría que no terminase nunca. En cuanto me quede dormida llegará la mañana y todo habrá terminado. Josh seguirá su camino y yo el mío.
Es Josh el que decide poner fin a esta maratón de besos y achuchones separándose de mí y dirigiéndome una sonrisilla antes de tumbarse de espaldas y atraerme hacia su costado. Yo me acurruco, con una pierna sobre su muslo y suspiro de satisfacción. Contemplo mi dedo, que traza líneas sobre su pecho mientras él juguetea con mi pelo.
—¿Sabe tu padre que estoy aquí? —le pregunto en voz baja.
—¿Tú qué crees?
—No lo sé —reconozco—. La mirada que me ha dirigido esta noche…, no sabría decir si era de desaprobación, de compasión o tenía un poco de cada.
—Un poco de cada.
Responde tan decidido que empiezo a preguntarme qué le habrá contado sobre nosotros. Josh debe de percibir mi curiosidad porque sigue hablando antes de que pueda preguntarle:
—Sabe que tuvimos un lío.
—¿Un lío? —No sé por qué me molesta que lo diga así, pero me molesta—. ¿Es eso lo que soy para ti? ¿Un lío?
Josh me da un codazo de advertencia.
—Era un lío cuando papá nos vio en las caballerizas aquella vez.
Al recordar aquel precioso día se me pasa la indignación de golpe. Creo que ahí fue cuando me di cuenta de la magnitud del problema en el que estaba metida. Y no me refiero a que alguien pudiera descubrirnos, sino a los sentimientos que me despertaba ese americano tan escandalosamente sexy.
—¿Y ahora?
—Ahora eres mi lío.
Oigo en su voz que está sonriendo.
—¿Ah, sí? ¿Lo soy?
Me gusta ser el lío de Josh.
—Ya lo sabes.
Lo miro con una sonrisa de satisfacción y él me da un golpecito en la punta de la nariz.
—¿Y qué piensa ahora tu padre de nosotros?
—Que somos un cóctel peligroso.
Hago una mueca, dolida, aunque sé que tiene razón.
—¿Y por qué?
Quiero conocer el punto de vista del senador Jameson.
—Mi padre es muy consciente de las consecuencias. Tiene miedo por mí, teme lo que tu gente pueda llegar a hacer para mantenerme lejos de ti. En sus propias palabras, te dejarán a ti lo mejor posible, a costa de dejarme mal a mí.
Me muerdo el labio y apoyo la mejilla en el pecho de Josh para seguir trazando líneas en su piel.
—Ya te lo advertí —murmuro, desanimándome rápidamente—. Es una de las mil razones por las que nadie debe enterarse de lo nuestro. Por eso lo que has hecho esta noche en la Casa Blanca ha sido tan insensato. ¿Por qué lo has hecho?
Noto que se tensa. Si levantara la cabeza, seguro que vería brillar destellos ambarinos en sus ojos.
—Lo he hecho porque quería bailar con la mujer que amo.
—Pues ahora has despertado la curiosidad de la prensa, cuando deberíamos ser más discretos que nunca.
—Pues mátame. —Suspira, y mi dedo se detiene en seco—. No hay otra manera de mantenerme alejado de ti.
Está esforzándose por contenerse, así que decido no llevarle la contraria de momento, pero sé que pueden hacer muchas cosas.
—No quiero discutir —susurro, mirándolo con los sentimientos a flor de piel—. Sobre todo teniendo en cuenta que te vas mañana y no sé cuándo volveré a verte.
—Joder —dice Josh entre dientes, llevándose las manos al pelo y revolviéndoselo.
Cierra los ojos un instante, para calmarse, y se incorpora. Apoya la espalda en el cabecero y me mueve hasta que quedo sentada sobre su regazo. Dobla las rodillas para que pueda apoyar la espalda en ellas. Apretándome las manos, me implora con la mirada mientras dice:
—Soy un capullo. Todo esto es tan frustrante, Adeline…
—Lo sé.
No soy capaz de decir nada más. Él ya lo sabía. Cuando empezamos, o cuando me ha arrinconado en la Casa Blanca, ya lo sabía.
—¿Sigues queriendo estar aquí? —le pregunto.
No es una trampa. Lo entendería si me dijera que no, que al fin se ha dado cuenta de que esto es imposible, pero ¿qué puedo hacer? No puedo hacer nada, absolutamente nada, lo que convierte en impotente a una persona que en teoría es de las más poderosas del mundo.
Me mira enfadado.
—¿De verdad tienes que preguntarme eso? Pues sí, Adeline. Sigo queriendo estar aquí, contigo. Y espero que juntos seamos capaces de encontrar una solución.
Yo también rezo por encontrarla.
—Sabes que no puedo prometerte nada, Josh. Soy prisionera de la historia de mi familia; de sus mentiras.
—Pues no me prometas nada, pero dime al menos que podremos hablarlo. No me elimines de tu futuro todavía. —Me sujeta por la nuca y me acerca a él hasta que nuestras narices se rozan—. Después de la discusión de la semana pasada en mi hotel, le estuve dando muchas vueltas a lo nuestro. Me pregunté si sería capaz de ser el mayor secreto del mundo. Si podría ser feliz teniéndote, pero sin poder compartir el amor que siento por ti. Y llegué a la conclusión de que sí. Puedo hacerlo, porque mi vida sin ti dejaría de ser vida. Se convertiría en una sentencia. Pero créeme, Adeline. Si existe alguna manera de que estemos juntos, la encontraré.
Si. Una palabra tan pequeña y tan amenazadora al mismo tiempo. Tras una semana espantosa, creyendo que él había renunciado a lo nuestro, saber que sigue tan decidido llena de paz mi alma maltrecha y agotada. Es un alivio.
—Te creo —le digo, porque es lo que necesita oír—. Y yo tampoco pararé nunca de buscar una solución.
Me dejo caer sobre su pecho y disfruto tanto de su determinación como de los fuertes brazos que me rodean.
Podríamos dar vueltas y vueltas al tema, pero nada cambiaría. Me he pasado las últimas semanas pensando en ello sin parar, buscando desesperadamente respuestas a mis problemas, respuestas que no choquen con mi integridad. Sé que le estoy pidiendo a Josh que se conforme siendo mi secreto. Le estoy pidiendo que acepte unas condiciones difíciles de asumir en una relación. Y si lo nuestro no tiene solución, ¿es justo dejar a Josh en las sombras toda la vida? ¿Seré capaz de mantenerlo ahí por egoísmo, sabiendo que eso lo matará poco a poco? Trago saliva, resistiéndome a responder a mis propias preguntas, y lo abrazo con más fuerza. Sé que debería dejarlo ir, porque retenerlo a mi lado es muy egoísta, pero no puedo evitarlo.
—Eh, ¿qué pasa? —me pregunta al notar mi fuerte abrazo.
Yo niego con la cabeza, hundida en su pecho, luchando contra las lágrimas que amenazan con escaparse.
—Es que te quiero tanto…
Él suspira, y baja las piernas al suelo. Se levanta conmigo enroscada alrededor de su cintura. Al parecer ha llegado a la obvia conclusión de que no quiero separarme de él.
—¿Qué hay de ducharnos? —me sugiere y se lo agradezco.
Necesito algo que me distraiga.
Me lleva hasta el baño y me deja en el suelo. Deja correr el agua y la habitación se llena rápidamente de vapor. Mientras se acerca a mí, con los ojos entornados y cargados de sensualidad, contengo el aliento y me preparo.
—Ahora mismo —me advierte, atrayéndome hacia él— voy a hacerte el amor en la ducha.
Mucho mejor así. Se acabó el malgastar tiempo en esta absurda melancolía. Separo los labios para soltar el aire que se me ha acumulado en los pulmones y Josh aprovecha la oportunidad para meterme la lengua en la boca. Cuando estoy a punto de agarrarlo por los hombros, un zumbido que llega desde el dormitorio nos distrae. Yo gruño sin romper el beso y lo agarro con fuerza para decirle que no quiero que se vaya.
—Mierda, el móvil. —Me aparta y se dirige hacia allí, disculpándose con la mirada al ver mi cara de infelicidad—. Tengo que responder. Seguro que es mi publicista. Se asustará si no respondo. No te muevas.
Pensar en Tammy hace que me ponga nerviosa.
—Espera. ¿Tammy sabe que estás aquí?
—¿Tú qué crees?
Sé que a la publicista de Josh no le hace mucha gracia nuestra relación. Me di cuenta la vez que nos vimos.
—¿Yo también soy tu secreto?
Pues eso me hace sentir mucho mejor. Los dos somos el secreto del otro.
—No, lo que pasa es que aún no he podido comentarle que volvemos a estar juntos.
—Vaya.
Mi teoría y mi ligero bienestar se van por el desagüe. No me puedo ni imaginar lo que Tammy le dirá a Josh cuando se entere. Menuda mentira, claro que me lo imagino. Seguro que habrá una advertencia de por medio…, tal vez incluso la amenaza de dejar de ser su publicista. Porque es innegable que para ella supongo el peor de los problemas posibles. La onda expansiva de nuestra relación se va extendiendo sin parar.
Josh hace una mueca.
—Debí llamarla antes de que las cosas estallaran en internet. Métete en la ducha. No tardaré.
Se va y yo obedezco a regañadientes. Me meto bajo el chorro, me mojo el pelo y me lavo la cara. Qué gusto. Mi cuerpo agradece la caricia del agua caliente, pero me siento muy sola. Mato el tiempo quitándome el maquillaje. Cuando ya no puedo desmaquillarme más, a menos que me lleve la piel por el camino, limpio la condensación del agua en el cristal para ver la puerta.
—¿Josh? —lo llamo, pero no me responde.
Cierro el grifo y me envuelvo en una toalla para salir a buscarlo. Lo veo sentado en el borde de la cama, con el móvil en la mano y la vista fija en la pantalla. Está tan tenso que se me disparan todas las alarmas y, aunque no le veo la cara, noto que tiene los dientes muy apretados. Por no hablar de que las llamaradas ambarinas de sus ojos casi se reflejan en la pantalla del teléfono.
—¿Va todo bien? —le pregunto, sin salir del baño.
Tengo miedo de acercarme demasiado por si me quemo con la furia que emana todo él. ¿Qué le pasa?
Cuando alza la cara lentamente, mis temores se confirman. Su expresión es asesina, pero lo que me da miedo no es él, sino lo que sea que haya provocado esa reacción en Josh. No me atrevo a preguntárselo y permanezco en la puerta del baño, moviéndome nerviosa.
—No, Adeline. No va todo bien.
Se levanta y, solo con esas palabras, ya sé que la fuente de su enfado tiene que ver conmigo. Como si estuviera tratando de calmarse respirando, abre mucho las ventanas de la nariz. Avanza hacia mí, desnudo, y yo me cubro un poco más con la toalla, buscando protección.
—Esto —susurra, levantando el móvil— está jodidamente mal.
Con los ojos muy abiertos, miro la página web que aparece en la pantalla. En la foto principal salgo yo y…
—¿Haydon?
Trato de ubicar la foto. Estamos en el palacio y me está dando algo.
—¡Dios mío! —susurro, quitándole el teléfono a Josh.
Es el anillo que me regaló. Desplazo la imagen para leer el pie que la acompaña, pero no hay ninguno; lo que hay es otra foto. En esta se ve cómo me pone el anillo en el dedo. Cierro los ojos y cuento hasta diez, mientras me pregunto por qué Josh está tan furioso. ¿Será porque se ha filtrado ahora, añadiendo combustible a las especulaciones sobre nuestra supuesta relación?
—Tú ya sabías que me lo había regalado —le recuerdo, mirándolo a los ojos—. Estabas allí. Yo no tengo la culpa de que se hayan filtrado esas fotos.
Aunque pienso enterarme de quién lo ha hecho.
Josh no se relaja, todo lo contrario. Cuando habla, tiene los dientes tan apretados que parece que vaya a partírsele la mandíbula.
—Me importa una mierda el maldito anillo. Ni siquiera te lo pone en el dedo correcto. Lee el puto artículo.
No me atrevo, así que permanezco quieta, mirando a Josh. Necesita calmarse.
—Oh, ¿no quieres leerlo?
Me arrebata el móvil, haciendo que me aparte un poco, por su brusquedad. Él está tan furioso que no se da ni cuenta. Está totalmente cegado por la rabia y yo cada vez me siento más frustrada. Y enfadada. ¿Por qué demonios se pone así por algo que pasó delante de sus narices? ¿Se ha olvidado ya de que me escapé a Escocia cuando mi padre trató de obligarme a casarme con Haydon?
—No, no quiero leerlo. Seguro que dicen un montón de tonterías y probablemente me pondré de los nervios.
—Sería lógico. Es un puto asco, además de que dice un montón de tonterías. Escucha. —Se ríe sardónicamente antes de continuar—. «La familia de Haydon Sampson y la familia de la reina y sus consejeros más cercanos han organizado una cena».
—¿Cómo? —pregunto, confundida.
—Pues sí. Al parecer, todo está preparado para cerrar vuestra unión.
Josh, como el macho alfa que es, debe de odiar la sensación de que su vida escape a su control. Yo estoy acostumbrada, pero él está a punto de estallar.
—«La reina aceptó en persona la invitación de Haydon Sampson para concretar los detalles de su unión». —Hace descender el artículo, temblando de furia—. «Una fuente anónima ha confirmado la satisfacción de la reina por la rapidez con que están avanzando las cosas con el hombre con quien lleva años prometida».
Estoy tan asombrada que no me salen las palabras. Josh sigue tan rabioso que me temo que el móvil acabará hecho añicos en su mano en cualquier momento.
—«Una coronación y una boda. Pero ¿cuál vendrá primero?» —lee Josh en un tono cargado de sarcasmo.
Me está empezando a doler la cabeza. ¿Cómo ha podido pasar esto? ¿Quién ha escrito esas mentiras?
Josh lanza al suelo el teléfono, que rebota contra la alfombra entre nuestros pies descalzos.
—¡Esto es insoportable, joder! Tendría que salir ahora mismo a buscar al cabrón que ha escrito estas mentiras y meterle el puño por la boca hasta la garganta.
Dios mío, tal como está ahora lo veo capaz de hacer algo así.
—Yo no he aceptado ninguna invitación a cenar con… —Dejo la frase inacabada cuando me viene a la mente un recuerdo que me horroriza—. ¡Oh, no! Dios mío, no —murmuro, más para mí que para Josh.
—Lo sé, es desquiciante, joder.
Me lo quedo mirando en silencio, mientras mi mente grita.
Él se acerca.
—Un momento. ¿No habrá algo de verdad en eso?
Me muerdo el labio, nerviosa.
Él se queda boquiabierto.
—Adeline, dime que es todo mentira.
—Acepté ir a cenar con los Sampson, en plural. —Trago saliva y odio ver que la cara de Josh se contrae en una mueca asqueada—. Sabina acababa de perder a su esposo y David a su padre y a uno de sus mejores amigos. Yo solo pretendía consolar…
—¡Qué coño…!
Compone una mueca animal cuando oye que menciono al padre de Haydon. Y no lo culpo. Ese hombre es una lapa. Su desesperación por tener algún tipo de estatus e importancia es nauseabunda. Estoy segura de que está detrás de esto. Él, sir Don y el resto de los desgraciados despreciables y anticuados que solo piensan en lo que es mejor para la monarquía, sin importarles lo que es mejor para su reina. Me apuesto algo a que sir Don fue directo a llamar a David después del baile. Estoy segura de que confabularon para contrarrestar el efecto que tendrían las fotos en las que salimos Josh y yo bailando. Este es su contraataque. Su manera de recuperar el control y apartar la atención de donde no quieren que esté. Es su manera de tratar de forzar la situación, de forzarme a hacer algo que me niego a hacer.
—¡¿Por qué aceptaste, joder?! —brama, enfurecido.
Pero no es el único. Me está contagiando su energía y me estoy enfureciendo yo también. Si Josh no me hubiera exhibido por la pista de baile, esto no habría pasado. Es tan culpa suya como mía, y tiene las santas narices de pegarme la bronca. Veo que los músculos de su cara se relajan un poco mientras me observa. Siente curiosidad. Se está preguntando en qué pienso; por qué de pronto yo también tengo pinta de querer asesinar a alguien. Pues nada, se lo aclaro encantada.
—¿Por qué demonios estás tan furioso? —le pregunto, apretando los dientes.
—¿Por qué? —Me mira con incredulidad—. La prensa está contándole a todo el puto mundo que mi novia está a punto de casarse. —Alza los brazos al cielo—. ¡Y no precisamente conmigo!
—¡Pues te aguantas! —le suelto, empujándolo para abrirme paso, sin tener ni idea de adónde voy, ya que no tengo el lujo de poder escapar—. Porque esto lo has provocado tú.
—¿Yo? —pregunta a mi espalda, y suena francamente asombrado por mi acusación—. ¿Y cómo coño lo he hecho?
Me vuelvo en redondo, sosteniéndome la toalla con las manos, que me tiemblan por el enfado.
—Si no me hubieras hecho bailar contigo, sir Don no nos habría visto juntos, no existirían esas malditas fotos y la prensa no podría especular. Y esos malditos bastardos que se creen que pueden seguir manipulando mi vida no habrían contraatacado filtrando anónimamente esas fotos. ¿Te parece poco?
—Y una mierda —replica él, casi riéndose, como si lo que acabo de decir fuera ridículo.
Pero no lo es. Si no fuera por él, no estaríamos como estamos.
—Fuiste tú la que aceptaste cenar con ese capullo —me echa en cara Josh.
—No es verdad. Yo acepté cenar con Sabina, con David…
—Eres mía, Adeline. Si quiero bailar contigo, ¡bailo contigo, joder!
Por el amor de Dios, ¿por qué no para de decir tacos? Están a punto de sangrarme los oídos.
—Entonces ¿lo admites?
—¿El qué? —pregunta con desdén.
—Que lo de esta noche ha sido una muestra de tu absurdo ego masculino. Podrías haberte meado en mi pierna, ya de paso, capullo posesivo.
No pienso disculparme por mi vocabulario. Me está poniendo histérica.
—¿Eso te ha parecido posesivo?
Se acerca a mí y yo retrocedo, aferrándome a la toalla.
—No, cariño, eso no ha sido posesivo —continúa.
Me agarra y me empuja sin violencia pero con decisión contra la pared.
—Deja que te demuestre lo que es ser posesivo.
Sus labios se empotran en los míos con tanta fuerza que la cabeza me choca contra la pared.
—Esto es ser posesivo —gruñe, y se apodera de mi boca con violencia, barriéndola con la lengua.
Hay una parte de mí, tozuda y razonable, que me pide que lo aparte y le dé una bofetada por su comportamiento. Pero hay otra que pierde la razón y la voluntad siempre que Josh está cerca. E incluso hay una tercera, la rebelde, que disfruta con el combustible que Josh lanza en mi hoguera.
Dominada por la rabia, cuya causa he olvidado momentáneamente, suelto la toalla y lo agarro del pelo con furia, devolviéndole el beso con la misma brutalidad que él ha empleado.
—Oh, ella también está enfadada, ¿eh? —jadea, mordiéndome el labio inferior tan fuerte que estoy segura de que me ha hecho sangre.
Apoya la frente en la mía y empuja, fulminándome con la mirada. Yo no me quedo atrás. Está furioso, sin duda, pero yo también.
Decidida, empujo con la misma determinación que él, aunque mi fuerza sea menor. Se me está empezando a dormir la frente, y me viene a la cabeza la imagen de dos ciervos haciendo chocar las cornamentas.
—Sí, estoy enfadada, joder —digo jadeando porque me empieza a faltar el aire.
Si es por culpa del deseo o de la furia, no lo sé.
—Me pones tanto cuando sueltas tacos… —Su sonrisa es perversa—. ¿Lista para un poco de sexo furioso?
—Sí.
Me agarra el muslo y lo alza hacia su cintura.
—Bien, porque yo necesito librarme de esta rabia antes de que haga algo de lo que pueda arrepentirme.
—¿Como qué?
—Estropearlo todo.
Me levanta del suelo y une nuestras bocas en un beso feroz mientras se dirige a la cama. Caemos sobre el colchón de cualquier manera y Josh encuentra su sitio entre mis piernas demasiado rápido para que pueda prepararme para su invasión.
Se clava en mí tan duro como es físicamente posible y grita, con la cara contorsionada por el enfado que aún es el dueño de sus actos. Yo contengo un grito, porque no quiero darle la satisfacción de oírme chillar. Me está mirando como si me odiara. Me alegro porque, en estos momentos, yo también lo odio. Lo odio por ser descuidado, temerario, y por resultarme tan desquiciadamente sexy cuando se enfada. Y lo odio por ser el centro de mi universo.
El fuego que arde en mis ojos es tan intenso como el suyo. Le llevo las manos a la espalda y se la araño de arriba abajo. Él se tensa y arquea la espalda, soltando un silbido con los dientes apretados. Pero no me pide que pare. Al contrario, me está provocando con la mirada para que vuelva a hacerlo. A mí siempre me ha gustado complacer; por eso llevo de nuevo las manos hasta sus hombros y le araño la espalda de arriba abajo una vez más. Él contraataca retirándose de mi interior y volviendo a clavarse con un gruñido animal.
—Otra vez —me ordena, ansioso por recibir el dolor que le estoy infligiendo—. El dolor es lo único que va a atravesar esta barrera de rabia, Adeline. Hazlo otra vez.
Le clavo las uñas en los hombros y las hago descender lentamente por su piel. Él echa la cabeza hacia atrás con un gruñido gutural y se clava en mí con tanta fuerza que me hace gritar y levantarme de la cama.
—¡Otra vez! —repite.
Apoyado en un solo brazo, me sujeta por el pelo mojado y se lo enrosca en el puño, provocándome.
—¡Hazlo, joder!
Yo grito y hago lo que me ordena, arañándole la espalda. Cada arañazo instiga una embestida. Pronto los dos estamos cubiertos de sudor. La furia y la pasión han convertido el sexo en algo peligroso. Estoy dolorida. Cada una de sus embestidas se clava tan hondo que molesta. También me duele la cabeza, por los estirones de pelo. Me duele todo, por todas partes, pero el dolor es mucho más tolerable que la rabia. Es mucho menos arriesgado y dañino.
Desconecto de la realidad, con la mirada perdida en Josh, que se clava en mí una vez y otra y otra. Su mandíbula sigue muy tensa, pero ya no de furia sino de placer y de dolor. Sé que se está preparando para el clímax cuando me suelta el pelo y vuelve a apoyarse en los dos brazos. Aparto las uñas de su espalda, que a estas alturas debe de parecer ya un mapa de carreteras rojas e hinchadas, y le planto las manos en el torso. Sus bíceps sobresalen a lado y lado de mi cara. El ruido de nuestros cuerpos al chocar resuena en la habitación. Me arden las venas, me duelen los abdominales y la presión entre mis muslos no para de aumentar. Me aferro a ella y me mantengo al borde del abismo, esperando la señal que me indique que él no puede más. La señal me llega cuando Josh contiene el aliento hasta que se pone rojo, y las caderas le empiezan a temblar en cada embestida. Me dejo llevar, obligándome a mantener los ojos abiertos. Se me distorsiona la visión, Josh corcovea y grita y yo entro en caída libre, a oscuras. La presión que se arremolina y gira dentro de mí es el mejor antídoto para todo lo que me estaba envenenando: la rabia, la frustración, el dolor. Todo desaparece y solo existe Josh, solo nosotros, solo el presente.
Lo agarro por la nuca y tiro de él, encontrando sus labios con facilidad. Gime en mi boca mientras nos besamos, sumidos en nuestros respectivos orgasmos. Y seguimos besándonos sin parar hasta que suspiramos.
Se me desploma encima, y su erección, que sigue hundida profundamente en mí, da una sacudida. Tiene los ojos cerrados porque las sensaciones son demasiado intensas. Los dos tenemos la lengua torpe. Su cuerpo empapado se desliza por el mío como si fuera una pista de hielo.
Me besa desde la mejilla hasta el oído y, una vez ahí, se queda sin fuerza para desandar el camino y entierra la cara en el hueco de mi hombro. Respiramos a toda velocidad, al ritmo de los latidos desbocados de nuestros corazones. Oigo el pulso en mis oídos y noto latir la vena del cuello de Josh. No me quedan energías, pero tampoco me queda enfado.
Rindiéndome al peso de mis párpados, cierro los ojos y lo abrazo con brazos y piernas.
—Te van a obligar a casarte con él —logra decir entre jadeos—. Y no puedo hacer nada para evitarlo sin hacerte daño.
Clavo la vista en el techo. No soporto oír la impotencia en su voz, normalmente tan segura.
—No hace falta que los detengas. —Lo abrazo con fuerza, para imprimir más empuje a mis palabras—. Lo haré yo.
Ya no tienen poder sobre mí.
Ahora yo soy la reina de Inglaterra.
Y no me inclino ante nadie.