18
—Majestad. —La voz suena lejana, como si me llegara desde kilómetros de distancia—. Majestad. —Trato de no hacer caso del sonido, suave pero molesto, y sigo soñando—. Majestad. —Como vuelva a oír mi título, es muy posible que me ponga a gritar—. Majestad.
—¡¿Qué?! —salto, abriendo los ojos.
Olive está al lado de la cama, mirándome sorprendida por mi tono. Pestañeo varias veces, porque la luz entra con fuerza por las ventanas. Confundida, me siento y me apoyo en el cabecero de la cama. Estoy vestida y Olive está despierta y despejada. Veo una bandeja con café junto a la ventana.
—¿He dormido un día entero? —le pregunto, somnolienta, frotándome los ojos.
—Kim no dejó que la despertaran anoche, señora —responde Olive mientras me sirve el café.
La idea de que Kim mantuviera a distancia a sir Don y a quien quisiera despertarme me divierte y hace que le esté muy agradecida.
—Me imagino que eso significa que hoy estará usted el doble de atareada.
—Seguro que sí. —Suspiro y aparto las sábanas.
Me levanto y voy hasta donde se encuentra Olive, que me alarga la taza de café.
—¿Han llegado todos ya? —pregunto.
—Sí, señora.
—Bien. —Me siento junto a la ventana y contemplo los jardines—. Llama a mi madre, Olive —le pido, pensativa. Necesito saber cómo está—. Dile que venga a desayunar conmigo.
Sir Don y David Sampson pueden esperar. Si van a tenerme ocupada todo el día, necesito cargarme de energía. Y también necesito que mi madre me dé buenos consejos.
—¿Y sir Don?
Miro a Olive.
—Dile a Kim que le diga que estaré lista a partir de las diez. —Me encantaría verle la cara cuando se lo diga—. Y avisa a Eddie; me gustaría desayunar con él también.
Olive titubea y ladeo la cabeza, empezando a preocuparme.
—Me temo que el príncipe Edward no regresó a Kellington anoche, señora.
—¿Y dónde demonios está?
—Me temo que no lo sé, señora. Oí que Damon les decía a algunos miembros de su equipo que fueran a buscarlo a un local, pero no oí el nombre.
Suspiro. No hace falta que me lo diga. Ay, Eddie.
—Gracias, Olive.
Mientras ella se marcha a cumplir mis instrucciones, me relajo en la silla, tratando de no ahogarme en las aguas que ascienden rápidamente. Eddie, sir Don, David Sampson, todo son problemas que amenazan con hundirme y arrastrarme al fondo. No quiero tantos problemas. Tengo la cabeza llena de arañas, que no dejan de tejer sus redes. Necesito poner mis ideas en orden y calmarme antes de reunirme con sir Don y David.
Todavía me duelen los pies, pero me pongo los tacones más altos que Jenny encuentra, a juego con un conjunto color crema de Victoria Beckham, con mangas caídas, que me llega por debajo de las rodillas. Sin chaqueta encima; sin medias, sin collar de perlas.
—¿Pendientes? —pregunto mientras me rocía la melena con espray de brillo.
—Tengo justo lo que necesita —comenta Kim, que entra en la suite en ese momento.
Me mira de arriba abajo, obteniendo información de mi estado de ánimo gracias a mi ropa. Fantástico.
—Está preciosa. Lástima que vaya a reunirse con dos que no van a saber apreciarlo.
Me da una cajita.
—¿Qué es esto?
—Una cosa que alguien me ha dado para que se la dé.
Mira de reojo a Jenny, cautelosa.
—¿Qué?
—Son muy bonitos. —Se da la vuelta y se dirige a la puerta—. Acompañaré a los caballeros a su despacho después de que haya desayunado con su alteza real la reina madre.
—Gracias —le digo, mirando el estuche.
—Vamos —me anima Jenny—. Ábralo.
La miro, pensativa, mientras jugueteo con la cajita que tengo en las manos.
—¿Te importaría…? —le pregunto con delicadeza, porque prefiero abrirlo a solas.
Sé que parece una tontería, pero siento a Josh a través de la cajita. Por supuesto, Jenny no cuestiona mi petición, aunque se retira mirándome con curiosidad. Ella no estaba presente cuando lo pillaron tratando de escabullirse de mi suite. Me fío de ella, probablemente más que de Kim, pero la precaución y el miedo hacen que trate de mantener el número de personas que saben lo nuestro lo más bajo posible.
Con una mano en el pomo, se detiene y susurra:
—Ya lo sé.
Me quedo de piedra.
—¿Qué es lo que sabes?
Mira hacia atrás antes de cerrar la puerta y venir hacia mí a toda velocidad.
—Disculpe mi atrevimiento, señora, pero sé lo suyo con Josh Jameson.
Se muerde el labio y se me queda mirando mientras yo asimilo lo que acabo de oír.
—¿Cómo? —susurro, sin molestarme en negarlo.
Su cuerpo entero parece deshincharse como un globo pinchado, como si acabara de quitarse un gran peso de encima.
—Cuando volvimos al hotel, después de la velada en la Casa Blanca, no podía dormir por culpa del jet-lag. No quería molestar a Olive dando vueltas en la cama, porque compartimos habitación, así que salí a pasear. Vi que Damon la acompañaba a su habitación. Y Josh Jameson los seguía. —Frunce los labios con fuerza, como si se estuviera aguantando las ganas de decir más cosas.
—Ajá, ya veo.
Me aclaro la garganta, imaginándome la reacción de Jenny al presenciar la escena. Tengo que hablar con Damon. Parece estar perdiendo facultades últimamente, y ahora lo necesito más atento que nunca.
—Lo siento. Ya no podía más. No se lo contaré a nadie; lo juro, señora.
—Creo que eso se sobrentiende, ¿no?
—Por supuesto.
Baja la vista hacia el estuche, que sigue en mis manos, y vuelve a levantarla. Sé lo que está pensando antes de que hable.
—¿Es algo serio?
¿Seria la relación o sus posibles consecuencias? La respuesta debería ser un sí a ambas cosas, pero sé que me está preguntando por la relación. Me siento en el borde de la cama y suelto el aire con fuerza. Hace años que conozco a Jenny y durante este tiempo se ha convertido en una buena amiga. Sé que puedo confiar en ella.
—Bueno, si consideras serio enamorarse de alguien…
Jenny está a punto de soltar un grito, emocionada, pero se contiene al ver mi cara de preocupación. Es muy triste que una mujer tenga que preocuparse porque ama a un hombre, especialmente cuando ambos son solteros. Es triste y frustrante.
—No hace falta que respondas —le digo.
Ella no conoce ni la mitad de las razones por las que no puedo plantearme un futuro con Josh. Aun así, debe de ver que me desanimo, porque se sienta a mi lado y me da un codazo.
—Ábralo.
Sonriendo, deshago el bonito lazo rosa y lo desenvuelvo. Es un estuche negro.
—Estoy un poco nerviosa —admito, sin apartar los ojos de él.
—¿Tan nerviosa como cuando Haydon Sampson le dio su regalo de cumpleaños?
Me echo a reír.
—No, nada que ver.
Levanto el pequeño cierre dorado y abro el estuche mientras inspiro hondo.
—Oh, Dios mío —susurro, entornando los ojos ante el brillo que se abre paso en la oscuridad.
Un par de pendientes preciosos reposan en una almohadilla de terciopelo. El mensaje de Josh me llega en cuanto me doy cuenta de que los diamantes forman una M y una R entrelazadas.
—¿A que son preciosos? —le pregunto a Jenny, sacándolos del estuche y examinándolos de cerca.
Son asombrosos, y no solo porque los diamantes están perfectamente tallados. Es su significado lo que los convierte en algo maravilloso.
—Sí, pero ¿qué significan las letras? ¿Una M y una R?
—Mi reina —susurro con un nudo en la garganta—. Significan mi reina.
—Oh, Dios mío. —Jenny se lleva una mano al pecho y la miro con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Por qué llora? —me pregunta, sin entender nada.
—Porque Josh me hace muy feliz y no puedo decírselo a nadie. —Me seco las lágrimas con brusquedad, enfadada conmigo misma por permitir que un regalo me afecte de esta manera—. Lo siento.
—No lo sienta —dice Jenny, que sonríe y me quita los pendientes de las manos temblorosas para que no se me caigan—. Permítame. —Me aparta el pelo por encima del hombro y me los pone. Cuando acaba, se aparta para ver el resultado—. Preciosos.
Yo asiento y me llevo las manos a las orejas para palparlos. No pienso quitármelos nunca. Nunca.
—¿Cómo tengo la cara?
—Con manchas rojas.
Jenny me aplica un poco más de maquillaje. Menuda ironía. Siento que me está poniendo las pinturas de guerra y es de lo más adecuado, porque sé que me espera una batalla en un futuro cercano. Lo que no tengo tan claro es qué estoy defendiendo.
—Lista.
Me aliso el vestido, enderezo la espalda y voy a reunirme con mi madre en el comedor. Mientras recorro el descansillo que lleva a la escalera, pasando frente a miembros del personal que se inclinan y saludan a mi paso, siento un impulso irrefrenable. Saco el móvil, me apoyo en la barandilla, me aparto la melena de la cara y frunzo los labios formando un beso. Hago la foto y se la envío a Josh acompañada de un texto:
Me encantan. Igual que tú. Tu reina. Un beso.
Al levantar la vista del teléfono, veo la cara asombrada de algunos de los criados.
—Sí, la reina acaba de hacerse un selfi, ¿qué pasa?
Cuando asienten, mostrando su aprobación, me echo a reír y les deseo que tengan un buen día.
Al entrar en el comedor, me encuentro a Kim comprobando que los cubiertos y todo lo demás está perfectamente colocado.
—¿No está mi madre? —le pregunto.
Ella señala a mi espalda. Me doy la vuelta y la veo entrar.
—Madre.
Me acerco a ella, fijándome en que tiene muy mal color. En vez de besarla formalmente en la mejilla, le doy un abrazo, algo poco habitual en mí. Aunque primero se muestra sorprendida, luego me devuelve el abrazo. Se ha adelgazado; lo noto.
—Cariño, estás radiante.
Me gustaría devolverle el cumplido, pero no puedo. Me alarma la poca cantidad de carne que le cubre los huesos. Me aparto y le dirijo una sonrisa que ella me devuelve a su vez, mientras acerca una mano a mi mejilla. Al retirarme el pelo, se fija en los pendientes. Trato de no tensarme mientras acaricia uno con los dedos.
—Bonitos —se limita a decir, antes de mirarme a los ojos—. ¿Comemos algo?
Sin palabras, la miro mientras se dirige a la mesa y se sienta. Josh estaba en el laberinto cuando me enteré de lo suyo con Davenport. Vale que mi madre no sabe que los pendientes me los ha regalado Josh, igual que tampoco sabe lo que significan las letras, pero me resulta curioso que no haya vuelto a preguntarme por él desde aquel día.
Mientras sigo tratando de averiguar si realmente cree que Josh y yo ya no estamos juntos, la observo coger una tostada y untarle una delgada capa de mermelada por encima. Me siento mientras un criado nos sirve el café y se retira unos metros para aguardar instrucciones. Con una inclinación de la cabeza, le indico que puede marcharse. Él se apresura a cumplir mi orden y cierra la puerta. Durante un rato permanecemos en silencio, solo roto por el discreto ruido que hace mi madre al mordisquear una esquina de la tostada. Bajo la vista hacia la mesa, observo la larga hilera de sillas desocupadas y luego las intrincadas molduras que decoran el techo. Este enorme y precioso comedor es solo una de las docenas de estancias de Kellington. Docenas de habitaciones preciosas en un palacio precioso; un precioso edificio que esconde cosas muy feas.
—¿Fue bien el viaje? —me pregunta mi madre, devolviéndome al presente.
Deja la tostada a medio comer en el plato y se sacude las migas de las manos.
—Sí.
No tengo ni gota de hambre, pero cojo una tostada y le unto mantequilla, simplemente por tener las manos ocupadas.
—El presidente es un hombre encantador —añado.
—Y bailaste con él.
¿Le parece mal? Forzando una sonrisa, dejo la tostada en el plato, sin probar.
—Creo que todo salió muy bien.
—Desde luego. Y me han dicho que no fue el único hombre con el que bailaste. —Se ríe un poco mientras levanta la taza de té con delicadeza—. Dicen que estás en plena forma.
¿Dicen? ¿Quién se lo dice?
—Supongo que te refieres a Josh Jameson.
—¿Te sigues viendo con él?
Guardo silencio, por cautela. Qué terrible es el mundo cuando una no puede contarle sus secretos a su propia madre. Y yo le oculto muchos. Debería poder confiar en ella, pero no es así. Está presa del dolor y desesperada por mantenernos apartados del ridículo. Y la entiendo, porque yo también siento la obligación de defenderla a ella y a Eddie.
—No, no nos estamos viendo, madre.
No sé si me cree o no. Coge la tostada y vuelve a mordisquear las esquinas.
—¿Cómo está Edward? —le pregunto.
—Muy bien —me responde al instante, y yo frunzo el ceño, asombrada.
No es eso lo que tengo entendido. ¿Se habrá molestado en comprobarlo? No puedo preguntárselo, porque sigue hablando:
—Espero que hayas pensado en el tema de la residencia.
Bajo la taza y la dejo con cuidado en el plato.
—¿Perdón?
—Claringdon. Es allí donde deberías residir.
—Ya lo he hablado con sir Don, madre.
—Pero creo que sir Don no te dejó lo bastante claro lo importante que es que residas en Claringdon. Allí hay más personal, más espacio.
—Soy una reina pequeña —replico, sarcástica—. ¿Cuánto espacio puedo necesitar?
—Más del que Kellington puede ofrecerte. No voy a pedirte muchas cosas, Adeline, pero como reina de Inglaterra debes residir en la residencia oficial de los reyes. Estás rompiendo una tradición centenaria.
Inspiro hondo y contengo el aire. ¿Estamos hablando de tradición o de reglas? Creo que ya he roto más tradiciones y reglas desde que empecé mi corto reinado que todos los monarcas que me han precedido juntos.
—Como quieras —me rindo, más fácilmente de lo que debería.
Al menos en Claringdon tendré más rincones donde esconderme.
—Pero mi personal se viene conmigo —añado.
—No se trata de lo que yo quiera, Adeline —replica en voz baja—, se trata de tu lugar en la historia. —Deja la servilleta en la mesa y se levanta—. Si me disculpas, me esperan en las caballerizas.
—¿Ya te vas?
—Eso me temo, cariño.
Sin decir una palabra más, sale del comedor, y llego a la conclusión de que mi madre solo ha venido para convencerme de que me mude a Claringdon. Probablemente porque alguien la convenció a ella de que debía hacerme entrar en razón. ¿La considerarán la voz de la razón? ¿La usarán constantemente para manipularme?
Echándome hacia atrás en la silla, doy unos golpecitos con la cucharilla en la servilleta. ¿Se ha convertido mi madre en uno de ellos? ¿Qué tontería estoy diciendo? Mi madre siempre ha sido uno de ellos. ¿Cuándo me ha apoyado, poniéndome por delante de todo lo demás? Nunca. Su prioridad siempre ha sido el estatus, así que ¿por qué iba a venir a desayunar conmigo simplemente por el placer de mi compañía? Sé que me quiere, pero su devoción por el trono es mayor que el cariño que siente por mí. La monarquía siempre estará por delante de sus hijos.
Miro el móvil cuando oigo un aviso y sonrío. Es mi chico americano; mi secreto. Probablemente el peor guardado de la historia.
Me alegro de que te gusten.
Y me alegro aún más de gustarte.
Los encargué después de azotarte el culo en el bosque.
Me habría encantado dártelos en persona.
Aquí es de noche aún. Te llamaré luego, nena. Un beso.
—Menuda rapidez —dice Kim, entrando en el comedor cargada con la prensa de la mañana.
No puedo evitar sentir un escalofrío; la deja en la mesa y me dirige una mirada inquisitiva.
—Al parecer, voy a mudarme a Claringdon —la informo.
—Ah, sí. Me suena que ese tema aparece en la agenda de hoy. —Lo dice con tanta despreocupación que me hace desconfiar y ladeo la cabeza—. Se acordó que su deseo de permanecer en Kellington era perjudicial para la monarquía.
Resoplo por dentro.
—¿De todas las cosas que podrían considerar perjudiciales para la monarquía, han decidido centrarse en mi residencia?
—Los pendientes le quedan preciosos, por cierto.
Las palabras de Kim hacen que me lleve los dedos a las orejas. Pensativa, jugueteo con ellos.
—A mi madre también le han gustado. Creo que sospecha algo.
—Es normal. Él estaba a su lado el día que perdimos al rey, Adeline. Sería absurdo pensar que puede engañarlos diciendo que ya no están juntos, sobre todo después de la rumba que bailaron en la Casa Blanca.
Me echo a reír mientras le sirvo un café.
—No fue una rumba, Kim.
—Ya lo sé, pero, por la energía sexual que transmitían, podría haberlo sido.
La mano me tiembla al dejar la cafetera en la mesa. La miro y veo que tiene los labios fruncidos. Maldigo la falta de control de Josh.
—En cualquier caso, tengo que hacer todo lo que pueda para convencerlos.
Josh se convertirá en el enemigo público número uno si lo descubren y no quiero ni pensar en lo que harían para hundir su reputación. No puedo permitir que acaben con su carrera por mi culpa.
—Tengo la sensación de que mi madre se ha aliado con ellos.
Me viene una idea espantosa a la cabeza. ¿Y si la están amenazando? ¿Y si están usando sus errores para manipularla? Que no me quieran en el trono es lo de menos; eso es un detalle que no pueden controlar, pero, al paso que vamos, pronto me convertiré en su títere. Ya he aceptado mudarme a Claringdon, ¿qué será lo próximo?
La determinación empieza a hacerme hervir la sangre.
Kim se levanta de la mesa.
—¿Lista?
—¿Tú qué dirías al verme?
—Bueno, su vestido me dice que sí, pero el cuerpo que hay dentro no parece tan convencido. Le sugiero que recupere a la Adeline descarada antes de que lleguemos a su despacho si no quiere que se la coman con patatas, majestad. Vamos.
Tiene razón. Las arañas están tratando de apoderarse de mi cabeza una vez más; necesito librarme de ellas. Inspiro hondo, me levanto y suelto el aire lentamente.
—Va a ser un día muy largo, me temo.
Estoy perdida. La idea de tener que soportar un día de mi nueva vida me resulta agotadora. Y aún me queda el resto de la vida por delante.
Kim responde con una sonrisa. Juntas nos dirigimos a mi despacho. Durante el trayecto, mi mente no deja de plantearse posibles escenarios sobre los temas que trataremos. Control. Necesito mantener el control.
—Oh, gracias a Dios que se libraron de él —comento al entrar en mi oficina y ver que se han llevado el espantoso retrato—. Espero que lo destrozaran con un hacha.
Kim se ríe mientras me acomodo en mi asiento. Cuando veo que la correspondencia que cubre la mesa por completo, abro los ojos como platos.
—No se preocupe —me tranquiliza, colocando más sillas alrededor del escritorio—. Lo he revisado todo esta mañana; no hay nada urgente.
—Gracias, Kim.
Abro el cajón y meto dentro todas las cartas, barriéndolas con el antebrazo, para despejar la mesa.
—Es un modo de ocuparse de ella —comenta Kim secamente antes de sentarse y cruzar las manos sobre el regazo—. Mierda, estoy nerviosa.
Frunzo el ceño al verla tan tensa.
—¿Por qué?
Ella se sobresalta.
—No quería decirlo en voz alta. Ay, acabo de decir mierda delante de la reina.
Me echo a reír y las telarañas de mi mente desaparecen como si el recuerdo de las palabrotas de Josh les hubiera prendido fuego. Le habría dicho a Kim que no se preocupara, que ya estoy acostumbrada porque Josh suele decir tantas que a veces me sangran los oídos, pero en ese momento alguien llama a la puerta y la abre, y las telarañas regresan de golpe.
—Majestad. —Sir Don se detiene al otro lado del escritorio y David Sampson se coloca a su lado.
—Sir Don. David. —Los saludo con una inclinación de la cabeza y les indico que se sienten con un gesto de la mano.
—Majestad. —David me dirige una sonrisa que podría pasar por afectuosa si no lo conociera mejor—. Está preciosa esta mañana.
Noto que Kim se revuelve mientras yo lo observo, muy seria, sin agradecerle el cumplido. Que se entere de que con su encanto fingido no tiene nada que hacer conmigo.
Espero a que Felix se siente. Parece tan incómodo como Kim.
—Espero que estén todos bien.
Apoyo los antebrazos en el escritorio, echada hacia delante en la silla, alerta. Todo el mundo responde con un asentimiento de la cabeza antes de que sir Don se aclare la garganta, disponiéndose a repasar la lista de temas sobre los que debemos decidir. Estoy segura de que todos me sacarán de quicio.
—Tengo algunas preguntas del ministro de Patrimonio Público, señora.
Claro, el primer tema tenía que estar relacionado con la coronación, pero a mí lo único que me importa es elegir la decoración y las flores. El ministro de Patrimonio Público tendrá que esperar para conseguir la información que necesita para crear el espectáculo que todo el mundo está esperando.
—Me ha preguntado si…
—Creo que la reunión de hoy voy a dirigirla yo, sir Don.
El despacho se queda en silencio y la atmósfera se enrarece al instante. Sir Don deja las carpetas sobre la mesa y se echa hacia atrás en la silla, asintiendo despacio. Me levanto, tal vez para quedar más alta que ellos o tal vez para que vean lo poco monárquico que es mi vestido. Probablemente un poco de cada. Debo hacerme con el control y mantenerlo. Me dirijo a la ventana y me quedo mirando el jardín unos momentos, dejando que se pregunten de qué quiero hablarles. No es que tenga dudas y me consta que sir Don también sabe de qué va la cosa. Solo quiero hacerlos esperar un poco.
Me vuelvo poco a poco y apoyo las manos en el respaldo de la silla. Sir Don lleva años bajo las órdenes de mi padre. ¿Creerá que puede manipularme fácilmente por el hecho de ser una mujer?
—Acerca de cierto reportaje que se publicó en la prensa sobre mi relación con Haydon Sampson… —Silencio. Nadie admite nada; no esperaba otra cosa—. Era engañoso e impreciso y el mundo debería saberlo. —Miro a Kim—. Redacta una declaración al respecto.
Ella abre mucho los ojos y David parece estar a punto de saltar en la silla, igual que sir Don. Kim y Felix, en cambio, se han quedado inmóviles, totalmente sorprendidos.
Aclarándose la garganta, sir Don se echa hacia delante.
—Discúlpeme, señora, pero…
—Discúlpeme, sir Don, pero soy su reina, así que más le vale bajarse del burro. —Lo reto a desafiarme con la mirada hasta que veo con satisfacción que se encoge en su sitio. Bien. Tiene que enterarse de que si me ataca con fuego, responderé con fuego. Y mi fuego será más caliente y más descontrolado que el suyo. No me preocupa corregir las ideas equivocadas que pueda tener la gente. Pronto se dará cuenta de que si filtra información falsa, yo me encargaré de ofrecerle a la prensa los hechos reales—. Ahora que este tema ha quedado claro, hablemos de cómo vamos a tratar el asunto de su alteza el príncipe Edward.
—Me temo que ha vuelto a desaparecer, señora —me dice Felix, cosa que ya sabía.
—Necesita ayuda —digo.
No voy a permitir que lo sigan a todas partes para tapar sus errores, porque sé que no lo harán para protegerlo a él; lo harán para proteger a la monarquía.
—¿Ayuda? —repite David, claramente interesado.
—Rehabilitación. Diría que es bastante obvio.
—Imposible —interviene sir Don, al que se le escapa la risa por la nariz. David directamente se ríe sin molestarse en disimular—. Aseguran discreción, pero siempre hay alguien dispuesto a filtrar la identidad de los pacientes. No sé cómo lo hacen, pero no podemos arriesgarnos.
—Ah, sir Don —ronroneo con una sonrisa gatuna—, no sea tan modesto. Sé que es un experto en filtrar información para que llegue al público, no lo niegue.
Silencio. Bien.
—Entonces —prosigo—, ¿está proponiendo que dejemos que se destruya sin hacer nada para evitarlo? —Estoy convencida de que preferirían encerrarlo en la Torre de Londres antes que ayudarlo de verdad—. Pues no pienso consentirlo. —Vuelvo a dirigirme a Kim—. Quiero que Edward reciba ayuda.
—Buscaré información, señora.
Kim sigue tomando nota de todo.
Y llegamos al último punto de mi agenda.
—Voy a tomarme unos días de vacaciones en Evernmore.
—Imposible —replica sir Don, y esta vez se ríe abiertamente.
Enderezo la espalda.
—¿Por qué?
Desliza una hoja de papel sobre el escritorio antes de volver a echarse hacia atrás en la silla y apoyarse en los reposabrazos.
—Esta es la agenda para las próximas semanas, señora. Dos de las citas son eventos anuales a los que la monarquía nunca ha faltado desde su fundación.
Bajo la vista y el corazón se me cae a los pies.
—Royal Ascot —susurro—. Cómo no.
—Estoy seguro de que su majestad está deseando ver sus colores desfilando por primera vez —interviene David.
—Por no mencionar su visita anual a la Royal Opera House para la inauguración del Royal Ballet —añade sir Don—. Creo que la actuación de este año ha levantado mucha expectación en el mundo de la danza clásica.
—Y tiene una reunión con el arzobispo de Canterbury en Westminster —sigue diciendo David—. Hay que acabar de concretar el orden de la ceremonia.
La espalda se me encorva otra vez al darme cuenta de que no voy a ir a ninguna parte durante las próximas semanas y de que, probablemente, no encontraré ningún hueco en la agenda para escaparme con Josh.
—Supongo que se refiere a la ceremonia de coronación.
—Exacto. —David está tan entusiasmado que me entran ganas de vomitar—. Se ha fijado ya la fecha.
«¿Ah, sí?»
—¿Para cuándo?
—Agosto.
—Pero si faltan menos de dos meses —suelto, sintiéndome cada vez más pequeña—. ¿A nadie se le ha ocurrido consultármelo?
Qué engañada vivo. Es evidente que mi opinión no cuenta para nada en ese tipo de decisiones. La fecha la deciden estos idiotas junto con el gobierno, y que yo esté disponible o no es lo de menos. Por supuesto que estaré disponible. ¿Qué más tengo que hacer aparte de llevar una corona en la cabeza y parecer importante?
—El mundo está esperando, señora. —David me dirige una sonrisa radiante—. Será una ceremonia maravillosa.
—Claro.
Me siento despacio, dando por perdido el control que estaba luchando por conseguir. Estos paladines de las normas me han derribado del caballo.
—Lo que nos lleva al siguiente punto del orden del día —dice sir Don, que se levanta, lo que me hace sentir aún más insegura.
—¿De qué se trata?
—En nuestra calidad de consejeros y defensores, creemos que su majestad haría bien en encontrar un marido.
—¡Eso, eso! —exclama David.
Y yo lo fulmino con la mirada, porque las fuerzas me están abandonando y el pánico se está apoderando de mí. ¿Defensores? Será de la corona, porque míos no. Ni hablar. Me da igual cómo lo planteen, me niego a rendirme ante ellos. Ya he renunciado a demasiadas cosas. He dado mi brazo a torcer en algunas, pero en esto me niego. Nunca lo aceptaré.
Me levanto, apoyo las manos en la mesa y me inclino hacia delante.
—Primero, ya hemos hablado de este tema. Pero, por si acaso se les ha olvidado, les recuerdo que acabo de pedirle a Kim que redacte un comunicado corrigiendo la información engañosa que salió a la luz sobre el lugar que Haydon Sampson ocupa en mi vida. Así que el tema de buscarme marido está descartado. Segundo, enterré a mi padre y a mi hermano hace unas semanas. Me parece una falta de respeto, tanto hacia ellos como hacia mi madre, seguir hablando de este asunto. Creo que no hace falta que insista en que demuestra muy poca sensibilidad hacia el dolor de mi familia y del pueblo sugerir que… —La aparición de Olive, que entra sin llamar, me interrumpe, y sir Don y David le lanzan miradas reprobatorias—. ¿Qué ocurre, Olive?
Sus ojos me hablan ya antes de abrir la boca.
—Alguien quiere verla, señora.
Frunzo el ceño mientras me aparto de la mesa y me incorporo. Parece nerviosa. Qué raro. No entra dentro de sus funciones avisarme de las visitas. Lo que no voy a hacer es preguntarle quién es delante de ellos.
—¿En serio? —David alza las manos al cielo, exasperado—. ¿Nadie le ha explicado a esta boba que no se molesta a la reina cuando tiene audiencia?
La pobre Olive se encoge y estoy tentada de coger el pisapapeles de cristal, regalo del rey de Noruega, y tirárselo a David a la cabeza. No hacerlo me cuesta la vida misma, pero me obligo a mantener la calma. Rodeo el escritorio y agarro a Olive por el codo.
—Disculpad —digo.
Kim se dispone a acompañarme, pero niego sutilmente con la cabeza y ella entiende lo que le estoy diciendo con la mirada. Necesito que se quede y sea mis oídos mientras estoy fuera. También necesito que alguien vigile a sir Don y David, para que no se les ocurra venir a cotillear.
Mientras cierro la puerta a mi espalda, estoy a punto de dar un brinco cuando Olive grita:
—¡Lo siento, señora! Es que ha venido el mayor Davenport y no lo han dejado entrar, y he pensado que debería saberlo.
Miro hacia el pasillo.
—Bien hecho, Olive.
—Le froto el brazo para calmarla y me dirijo al teléfono que me queda más cerca, sin contar el de mi despacho. Encuentro uno en la mesita auxiliar en forma de media luna que hay al final del pasillo y marco la única extensión que conozco, la central. Cuando alguien responde, le doy una orden:
—Ponme con la verja, por favor.
Se hace el silencio al otro lado, como si el operador se preguntara si está hablando con quien cree que está hablando.
—Rápido —añado.
—Sí, majestad. Por supuesto, majestad. Ahora mismo, majestad.
—Aquí la verja principal —dice una voz baja y ronca al cabo de unos segundos.
—Hola —saludo tranquilamente, y miro a Olive, que acaba de llegar a mi lado—. Me informan de que tengo una visita.
—¿Majestad?
—Sí. Sobre esa visita. Se trata de alguien a quien tengo muchas ganas de ver, así que sería una imprudencia muy grande que no lo dejaran pasar. ¿Está claro?
—Sí, señora.
—Muy bien. Que pase. —Cuelgo y le digo a Olive—: Por favor, asegúrate de que el mayor llega hasta mí sin más obstáculos. —Miro por encima del hombro, hacia mi despacho—. Lo esperaré en la oficina de Felix.
—Sí, señora.
Olive sale disparada y yo vuelvo al despacho sin entretenerme. Aunque Kim está con ellos, sé que sir Don y David saldrán a buscarme si tardo demasiado.
Asomo la cabeza por la puerta.
—Lo siento mucho. —Sonrío—. Lady Matilda se ha adelantado. Y ahora tengo que ir un momento al baño. No tardo nada.
Cierro la puerta y me escapo al despacho de Felix. Una vez allí, doy vueltas alrededor del escritorio. Estoy nerviosa. Hace más de una semana que fui a hablar con él. Había dado ya por hecho que había rechazado mi propuesta. ¿Es posible que venga a aceptarla?
Cuando alguien llama suavemente, me vuelvo de golpe y digo, con la voz muy aguda:
—Adelante.
—El mayor Davenport, señora —anuncia Olive, y lo hace pasar.
Y, aunque nunca lo habría creído posible, me alegro de verlo. Vuelve a ir elegantemente vestido, como siempre, y lleva el pelo y el bigote impecables una vez más. Se detiene con las manos unidas a la espalda.
—Majestad, gracias por recibirme sin haberla avisado con antelación.
—De nada. —Trato de aparentar serenidad—. Pero ¿por qué no me ha llamado por teléfono, mayor?
—Lo he hecho, más de una vez, pero siempre me han dicho que no podía hablar.
—¿Ah, sí? —Me estoy empezando a enfadar. Serán cabrones. ¿Quién demonios toma este tipo de decisiones? Me acerco a una de las butacas de la esquina—. ¿Quiere sentarse?
—Gracias.
Se acerca y se sienta frente a mí. Nos acomodamos en silencio. Él me dirige una sonrisa discreta, que yo le devuelvo.
—¿Qué puedo hacer por usted, mayor?
—Sí, por supuesto. —Se aclara la garganta y alza la barbilla—. Echando la vista atrás, creo que me precipité al declinar su oferta.
De golpe, un rayo de luz ilumina mi mundo.
—¿Significa eso que la acepta, mayor? —Trato de que no se me note la ilusión que me hacen sus palabras.
—Si su majestad me admite.
No puedo seguir conteniendo la sonrisa.
—¿Me aconsejará sobre lo que más me conviene?
—Será mi prioridad. Creo que ya tiene bastantes consejeros que defienden lo que es mejor para la monarquía.
—Y tanto. —Me quedo contemplando al mayor unos instantes, en silencio. Luego añado—: ¿Puedo preguntarle qué le ha hecho cambiar de opinión?
—El aburrimiento —responde, como si nada.
Y me lo creo. El mayor Davenport ha sido como una pieza más del mobiliario del palacio desde que tengo uso de razón. Debe de haber estado volviéndose loco en su casa.
—Pero, por encima de todo —prosigue—, creo que será una novedad y un honor serle de utilidad a alguien.
Aparta la mirada cuando me ve tragar saliva. Me arrepiento de todas las veces que maldije su existencia, y me pregunto si mi madre tendrá algo que ver con ese súbito cambio de opinión. Tras tantos años de amarla a distancia, ¿lo habrá pasado mal durante estos días en que han estado separados? Decido que todo esto puede esperar. Ahora mismo hay asuntos más urgentes que me aguardan en el despacho.
—Me alegro de que nos hayamos puesto de acuerdo.
Me levanto, sacudiéndome el vestido. Noto que parte de mi fuerza y determinación han regresado. Creo que he encontrado a otro aliado. Nunca me habría imaginado algo así, y aunque estoy sorprendida, también me siento más confiada. Más… yo misma.
—¿Podría empezar su servicio ahora mismo? —Sonrío cuando él me dirige una mirada confundida—. Sir Don y David Sampson están esperándome en mi despacho. —Y me muero de ganas de ver sus caras cuando me vean aparecer con el mayor Davenport—. ¿Vamos?
—Sí, vamos. —Se levanta e inspira hondo—. Detrás de usted, señora.
Le dirijo una sonrisa traviesa y abro camino hacia mi despacho, caminando con confianza.
—Caballeros —anuncio, cuando se vuelven hacia mí—, y dama —añado, sonriendo a Kim—, me hace muy feliz anunciarles que el mayor Davenport regresa a su puesto al servicio de la corona.
—Buenos días. —El mayor saluda con asentimientos de la cabeza a todos los que lo están mirando con la boca abierta.
—Por favor, únase a nosotros —lo invito, y me siento. De pronto, me veo capaz de todo—. Y bien, ¿por dónde íbamos?
Miro a David y a sir Don. Ambos lo están mirando, pasmados, mientras el mayor se sienta. Carraspeo para recuperar su atención y ladeo la cabeza, invitándolos a seguir con la reunión.
Sir Don baja la vista hacia sus carpetas, pasándose una mano por el pelo cano.
—Matrimonio —dice—. Debe casarse.
—No pienso casarme.
—¿Dónde se ha visto eso? —salta David—. Desde el siglo diecisiete que no hay una reina sin marido.
—Ya sabe lo que se dice, David —comento, echándome hacia atrás en la silla—. Hay que estar a la moda, sin dejar de ser uno mismo.
Oh, su cara. Qué maravilla. Ojalá pudiera hacerle una foto y enmarcarla.
—No la tomarán en serio hasta que haya formado una unidad familiar estable. —Sir Don está cada vez más enfadado.
—¿Habla del pueblo o de usted?
—De todo el mundo.
Contengo las ganas de reír. Menudo idiota arrogante. ¿Cree que por el hecho de estar casada voy a ser mejor reina? Pues es posible, pero no si me caso con el tipo de hombre que él tiene en mente. Para mí solo existe un tipo de hombre: americano. Sexy. Actor. Josh me inyecta pasión, determinación.
—¿Siguiente punto? —pregunto con desdén.
—Majestad, con el debido respeto, yo…
—¿Sabe qué pasa, sir Don? —le dirijo una mirada intimidante—. Que no hago más que oír esas palabras: con el debido respeto. —Me levanto de la silla, abro un cajón, saco el paquete de cigarrillos que escondo en él y enciendo uno, resueltamente—. Y tengo la sensación —continúo— de que considera que no me debe demasiado respeto, ya que no recibo ninguno de su parte.
Doy una calada y suelto el aire lentamente mientras su cara se contrae en una mueca de asco. ¡Pues que se vaya a paseo! Lleva décadas rodeado por el pútrido humo de los puros de mi padre, ¿y ahora le molesta un cigarrillo?
—Majestad —sir Don suspira, al límite de su paciencia.
—Creo que su majestad ha terminado —interviene Davenport, lo que le hace que sir Don lo mire con desprecio.
—Ella está al servicio del país.
—Y yo estoy al servicio de la reina —replica Davenport, muy serio, sin expresión.
Nunca lo había visto tan serio, pero esta vez me hace sonreír. Y no puedo evitar preguntarme si no estará aquí un poco por venganza. David Sampson y sir Don han sido testigos de cómo mi padre lo ha pisoteado durante años. Sir Don conocía la aventura del mayor y mi madre. David no se enteró hasta hace poco, porque Sabina se lo ocultó, pero sé que siempre lo trató con el mismo desdén que mi padre y que sir Don. Simplemente porque es un imbécil.
A sir Don no le hace ninguna gracia la intervención del mayor.
—Yo solo estaba…
—Diciéndome lo que tengo que hacer. —Acabo la frase por él—. Sir Don, creo que es hora de que tratemos esta cuestión de una vez por todas; tal vez después usted y yo podamos llevarnos mejor. Reconozco sus conocimientos y aprecio su sabiduría; sé que necesitaré sus consejos en muchas ocasiones. —No en vano, es descendiente del lord chambelán más solvente que ha estado nunca al servicio de la monarquía. Es lógico que quiera mantener su estatus, pero ya basta. Miro un instante a David, para que sepa que todo lo que digo también va por él—. Sin embargo —prosigo—, no quiero sus consejos en lo que se refiere al tema del matrimonio: ni sobre la fecha ni sobre la persona con la que elija casarme.
—No poder elegir a la persona son gajes del oficio, señora —replica sir Don.
—Tal vez hasta ahora, pero, como reina, voy a cambiar eso, y no hay más que decir. —La habitación queda en silencio. Mi expresión decidida les dice que no hace falta que se molesten en replicar—. Y, ahora, si no les importa, tengo que hacer las maletas. —Les dirijo mi sonrisa más dulce—. Parece ser que me cambio de casa esta semana.
Todo el mundo se apresura a salir, incluida Kim, que está sonriendo de oreja a oreja.
—Girl power —murmura, y me echo a reír mientras apago el cigarrillo—. Mayor —lo llamo cuando está a punto de marcharse—. ¿Tiene un minuto?
Él espera a que acaben de salir todos y cierra la puerta.
—¿Sí, señora?
—Gracias —respondo con sentimiento—, gracias por apoyarme.
—Se las ha apañado perfectamente sola.
No es verdad. Antes de que él llegara, estaba a punto de tirar la toalla. Si he recuperado la seguridad, ha sido gracias a su aparición.
—Aun así…
—Sabe que no se rendirán tan fácilmente, ¿verdad? —me interrumpe, con una mirada que es al mismo tiempo de advertencia y compasiva.
No sé cuál de las dos emociones es la que domina, pero, en todo caso, las dos son preocupantes.
—Lo sé. —Suspiro, cojo una pluma Parker y la hago rodar entre los dedos—. Seguro que harán que mi madre venga mañana a apelar a mi lado razonable.
Me parece ridículo que negarme a casarme con un hombre al que no amo sea considerado poco razonable, pero este es mi mundo; siempre lo ha sido, y, ahora, más que nunca.
Al mencionar el nombre de mi madre, Davenport se tensa. Y, por cierto, hablando de mi madre…
—¿Dónde está Cathy? —le pregunto.
—En una guardería para perros. ¿Algo más, señora?
Niego con la cabeza y, mientras lo observo retirarse, tengo más claro que nunca que una de las razones por las que Davenport está aquí es por mi madre. La echa de menos. No soy la única a la que quieren mantener lejos de su amor verdadero.