26

Nunca me había sentido realmente perdida. Pensaba que sí, pero durante la semana pasada me di cuenta de que estaba equivocada. Nunca había sentido nada parecido a esto. Nunca me había cuestionado mi valía ni había dudado de mí misma. Aunque tuviera que enfrentarme a la ira y a la decepción de mi padre, siempre había tenido claro quién era yo. No era feliz, eso es verdad, pero estaba satisfecha conmigo misma, así que el resto me daba igual.

Pero ahora soy solo una boba que ha cometido un error terrible y que ha estado a punto de cometer otro todavía mayor; uno que habría cambiado el curso de la historia. Ahora soy una mujer que ha demostrado por qué no es adecuada para el cargo que ocupa. Soy una idiota y, lo que es peor, todos a mi alrededor lo saben.

Nadie ha mencionado su nombre. Mi madre no se ha referido a la ausencia de anuncio oficial. No sabe por qué Josh ya no está en mi vida porque no me lo ha preguntado. Me muero de ganas de que mi madre me abrace, y no recuerdo cuándo fue la última vez que lo necesité tanto. Damon me trata como si fuera de cristal, y lo mismo hacen Kim y Jenny. Olive está más inquieta de lo normal; de hecho, todo el mundo lo está. Todo el mundo está alerta, a la expectativa, menos Eddie. No ha venido a verme; ni siquiera me ha llamado para ver cómo me encuentro.

Durante estos días, me he dado cuenta también de que estoy hecha de pasta real. Delante de la gente me muestro fría y correcta; nadie nota mi agonía. Pero cuando me quedo a solas, sigo hecha pedazos. No puedo dejar de pensar en lo idiota que he sido. A veces me culpo de lo sucedido —«Claro, cómo no iba a buscarlo en otro sitio si yo nunca estaba disponible para darle lo que necesitaba»—, pero un instante más tarde lanzo lo primero que encuentro contra la pared, imaginándome que es la cabeza de Josh, y le grito de todo y más por haberme traicionado.

No volveré a confiar en nadie. No volveré a amar. Amar es aceptar que algún día te romperán el corazón; es asumir que ya no eres el dueño de tus sentimientos, amar es exponerse ante alguien por completo, sin barreras. No pienso volver a hacerlo.

Lo único que me consuela de todo este desastre es que no se publicó ninguna foto mía en la prensa. Lo que no es de extrañar ya que mi dichoso teléfono apareció días más tarde debajo de un sofá en el salón Burdeos. He perdido todos los contactos, las fotos y los mensajes, ya que Damon los borró, pero tenía innumerables llamadas perdidas de un número. Su número. Había tratado de llamarme a la mañana siguiente de dejarlo en su cama con otra mujer. Me dio una rabia inmensa y le pedí a Damon que bloquearan el número de Josh.

El móvil de Damon, en cambio, no ha aparecido. Estoy empezando a pensar que Matilda tiene razón; que fue una señal. Estaba escrito que debía perder el teléfono para, así, tener que ir a su hotel y descubrir que es un cabrón mentiroso y traidor antes de que fuera demasiado tarde.

Me siento en el borde de la cama, con las manos en el regazo, tratando de darme fuerzas para afrontar la velada. Es un cóctel en honor a… mí. Una especie de evento previo a la coronación, al parecer. No me opuse. Aparte de las demás lecciones que he aprendido estos días, he descubierto también que es mucho más fácil ser su marioneta. Asentir, escuchar y opinar algo de vez en cuando, sabiendo que tu opinión será absolutamente ignorada. De momento no he expresado ningún parecer y, por lo tanto, nadie ha tenido que ignorarme. Ni siquiera sir Don y David Sampson. Me negué a recibir a David en audiencia, y lo mismo con sir Don. No fui capaz de mirarlos a la cara después de haber visto a Josh… Me obligo a no regodearme en ello. El caso es que me negué a recibirlos. No habría podido sostenerles la mirada sabiendo que tenían razón, aunque fuera en parte, y aunque hubieran enfocado mal el tema. Estaba demasiado dolorida, no podía dejar que me vieran así.

Se les devolvió su cargo. No lo pedí, pero tampoco me opuse cuando Davenport me dijo que era lo más aconsejable. Mi respeto por el mayor no ha dejado de crecer desde que descubrí su secreto, pero ese día creció todavía más. Podría haber dejado a sir Don y a David en el paro; al fin y al cabo, sé que los odia tanto como yo, pero supo dejar de lado sus agravios y poner mis intereses por delante. Ahora mismo, mi único objetivo es ser reina; ser una buena reina. Sir Don y David no sirven para nada más, pero pueden ayudarme a conseguir ese objetivo. Ni siquiera el orgullo se interpuso en su regreso; probablemente porque ya no siento nada, ni orgullo, ni vergüenza, nada. Y, para ser justos, desde que han vuelto han dejado de lado la arrogancia. Saben que Josh ya no forma parte de mi vida. Aunque no saben el porqué, y tampoco tengo intención de compartirlo con nadie; no creo que les importe, lo único que les interesa es que ya no está en la ecuación.

A quien sí recibí fue a Sabina. Ella fue la única que me dio el abrazo que tanto necesitaba. Me dejó llorar, sin juzgarme, sin burlarse de mí, sin darme consejos. Al poder volcar en ella mis emociones, al fin logré reunir las fuerzas necesarias para enfrentarme a sir Don y a David unos días después. Nadie sacó el tema de Josh; fue como si nunca hubiera sucedido. Ya debería estar acostumbrada, pero no es así. Ojalá encontrara algo que me hiciera olvidar que ocurrió, pero sé que es un lujo que no está a mi alcance.

Me levanto y me acerco al espejo. Apenas reconozco a la mujer que me devuelve la mirada. El vestido color rosa rubor es bonito y delicado y llevo los labios pintados también de rosa pálido. La melena me forma unas ondas alrededor de una tiara reluciente. No es esa tiara. Esa no la usaré nunca más.

Olive aparece en la puerta con una sonrisa triste. No sabe lo que ha pasado. Solo sabe que Josh ya no está en mi vida, aunque nunca sabrá el auténtico motivo.

—Es la hora, señora.

Es la hora; hora de ponerme la máscara. Pero esta máscara es distinta de la que he llevado hasta ahora. Esta máscara oculta dolor y un corazón roto.

Me agarro la cola del vestido y salgo de mis habitaciones. Mientras cruzo el palacio, evito mirarme en los espejos. Me doy cuenta de cómo camino, como si no me costara nada, como si flotara. Es como camina mi madre, de un modo casi robótico, como si hubiera perfeccionado el arte de moverse sin sentir nada, como si las piernas funcionaran sin pensar. Es elegante, pero no es asertivo; no muestra confianza. Al fin entiendo cómo lo hace. Ha aprendido a mantener el corazón a distancia. Se arrancó el corazón roto y astillado y lo lanzó muy lejos. Yo fui producto de ese corazón roto y sospecho que mi madre es incapaz de verme sin recordar el rencor de mi padre, igual que ver a Davenport le recordaba lo que había perdido. Se volvió etérea, indiferente, una mujer de hielo.

Y ahora me toca a mí. Es mi turno de deslizarme sobre el dolor.

Saludo a Damon con la cabeza cuando llego a las puertas cerradas. Luego saludo a Davenport y a Kim, que me recuerdan a quién voy a encontrarme.

—Primero al primer ministro, señora —dice Kim, mientras Jenny me empolva las mejillas—. Luego al ministro de Asuntos Exteriores y al ministro de Hacienda. Luego al arzobispo de Canterbury y al primer ministro australiano. —Sigue leyendo la lista de nombres de gente importante mientras yo mantengo la vista clavada en las puertas que hay ante mí—. ¿Algo más? —me pregunta. La miro como si no entendiera la pregunta y ella suspira—. Solo sonría, señora.

Como por arte de magia, mi cara obedece las instrucciones y sonrío.

—Por favor, asegúrate de que tengo una copa en la mano durante toda la noche —digo a quien sea que me esté escuchando. Es Olive la que se da por aludida—. Bien, pues vamos —me digo, me coloco bien la cola del vestido y enderezo los hombros.

Es la señal que Davenport esperaba para abrir las puertas.

Lo primero que capto son las notas de un cuarteto de cuerda y luego un mar de caras sonrientes que se vuelven hacia mí a medida que la música se apaga.

—Su majestad la reina Adeline de Inglaterra.

El título resuena por el salón de baile como un eco que me atormenta. Permanezco inmóvil en el umbral, con la mente en blanco.

—Señora —susurra Kim, haciéndome reaccionar.

Doy unos pasos y saludo a la primera persona que me aguarda, el hombre que gobierna el país.

—Primer ministro —lo saludo, levantando la mano.

A lo largo de la hora siguiente, no retengo ni una de las muchas palabras que me dicen. Veo bocas que se mueven, asiento con la cabeza y sonrío. No soy capaz de más. Y, a decir verdad, ¿no es eso todo lo que se espera de mí?


Necesito dos copas de champán para poder llegar hasta el final de la interminable hilera de gente. Tal vez con un par de botellas más seré capaz de aguantar hasta el final de la noche. Aunque no hay muchas cosas que me hagan disfrutar, me resulta fascinante observar el esfuerzo que tienen que hacer mi madre y Davenport para dejar de mirarse. Mi madre está preciosa con su vestido azul marino y unos zafiros adornándole las orejas y el cuello. El vestido sigue siendo discreto, pero hay algo en su modo de lucirlo que marca la diferencia. Por primera vez en una semana, sonrío de verdad. Ojalá mi madre sea capaz de soltarse un poco y abrazar el potencial para ser feliz que lleva dentro. Aunque mucho me temo que no se permitirá hacerlo. Lleva el decoro y las normas de comportamiento grabadas a fuego en su interior.

—Estás preciosa esta noche, madre —le digo cuando se acerca a mí, salvándome así de la cantinela insoportable de mi tía Victoria.

La verdad es que no la estaba escuchando, pero seguro que estaba diciendo algo desagradable sobre algo o sobre alguien.

—Eres muy amable, querida.

Nos rozamos las mejillas y luego saluda a Victoria con una leve inclinación de la cabeza.

—Edward no ha venido —comento.

No es que me sorprenda, pero me duele un poco. Lleva ignorándome toda la semana, pero esperaba verlo esta noche. Un poco más de decepción y dolor que añadir a la cuenta.

—Ese chico necesita que lo metan en vereda antes de que avergüence a la familia —murmura Victoria, sin levantar la cara de la copa.

—Ese chico es un hombre —suelto, y me llega un sonido despectivo a modo de respuesta, pero al menos se calla un rato la boca.

Cuando pienso que la noche no puede resultar más tediosa, veo que David Sampson se acerca y estoy a punto de salir huyendo. Parece demasiado feliz. Lleva toda la semana contento como unas castañuelas.

—Majestad. —David me saluda con una reverencia exagerada.

Este hombre es un auténtico lameculos.

—Buenas noches, David. —Le dirijo una sonrisa forzada y le indico a Olive con un gesto que me traiga una tercera copa—. No he visto a Sabina. —Justo cuando lo estoy diciendo, la veo aparecer. Está impresionante con un vestido de tafetán color ciruela—. Mira, aquí viene. —Su rostro, amable como siempre, me despierta una sonrisa sincera—. Estás preciosa, Sabina.

—Oh. —Se echa a reír, acariciándose el vestido—. Hacía mucho tiempo que no me vestía para una ocasión así.

—Deliciosa velada. —David, que mueve los hombros al ritmo de la música del cuarteto de cuerda, saluda a alguien alzando su copa—. Si me disculpan, he de saludar a mucha gente.

—Y yo tengo que ir al baño —añade mi madre, antes de desaparecer.

«¿Al baño? Seguro». Busco a Davenport, pero no lo veo por ninguna parte.

—Adeline, espero que no te moleste que te lo diga, pero me alegro mucho de que hayas readmitido a David.

Le aprieto la mano.

—Me alegra ver que habéis arreglado vuestras diferencias.

—Sí, es un alivio, la verdad. —Se lleva la mano al pecho—. La familia es tan importante…

Y los secretos de la mía casi arruinaron su relación con su hijo.

—Así es.

Al notar una mano en la espalda, doy un brinco. Haydon acaba de rodearme y se planta ante nosotras con una sonrisa encantadora.

—Abuela.

Besa a Sabina antes de dirigirse a mí. Normalmente estaría muy mal visto saludar a alguien antes que a un miembro de la realeza, pero al tratarse de Haydon y Sabina, no me ofendo. Al contrario, me resulta entrañable. Su relación siempre me ha parecido envidiable.

—Majestad. —Haydon me toma la mano antes de que se la ofrezca y la besa—. Creo que nunca te había visto tan hermosa.

—O tan poco yo —no puedo evitar comentar, haciéndolos reír—. Gracias a los dos por venir.

—Un placer —contesta Sabina, que se levanta las faldas y se aleja, dejándonos a Haydon y a mí oportunamente a solas.

—Muy sutil, tu abuela —bromeo mientras Haydon coge la copa que trae Olive y me la pone en la mano.

—Ya sabes que te adora.

Haydon se hace también con una copa para él, y yo aprovecho para observarlo de arriba abajo.

—¿Traje nuevo?

—Me dijeron que era una ocasión especial. Francamente, no sé qué tiene de especial.

Me echo a reír, y el sonido de mi risa, tras numerosos días sin oírla, me sorprende tanto que me detengo en seco.

—Yo tampoco.

—Adeline. —Haydon se pone serio, lo que me hace retroceder. Él sonríe—. Siento mucho que hayas tenido que pasar por… lo que has tenido que pasar.

—Haydon, por favor, no —le ruego.

El oasis de normalidad ha sido cortísimo.

—Lo siento. Solo quiero que sepas que estoy aquí si me necesitas.

Tras todo lo que ha ocurrido, Haydon se muestra tan amable como siempre. No me lo merezco, por haber sido tan idiota. Por suerte, él no conoce el alcance de mi idiotez. Josh ya no está; eso es todo lo que la gente sabe.

—Gracias.

—Y sabes que te querré siempre, pase lo que pase.

Contengo el aliento.

—Lo sé —admito.

Para su desgracia, nunca se va a rendir; da igual cuántas veces lo rechace.

—Por eso quiero volver a intentarlo.

De repente se encoge ante mis ojos. Pienso que voy a entrar en shock, a ponerme a gritar o algo, pero no hago nada. Me quedo inmóvil, como una estatua.

Se saca un estuche del bolsillo.

Mis ojos se clavan en él.

La música se detiene.

Se hace el silencio.

Mi corazón también se ha parado.

—Adeline Catherine Luisa Lockhart —sigue hablando—. Te serviré hasta el día en que me muera. Ya sea como tu esposo o como un simple criado, mi lealtad nunca flaqueará. —Me ofrece el estuche, no muy convencido—. ¿Quieres casarte conmigo?

No pienso. No reflexiono. No miro a mi alrededor, a los cientos de personas que nos están observando. No me pasa por la cabeza que Haydon sabe que estoy enamorada de otro hombre. O lo estaba.

—Sí —respondo, y miro a Haydon, que tiene los ojos muy abiertos.

—¿Sí? —Se levanta despacio, como si necesitara acercarse a mi boca para asegurarse de que me ha oído bien.

—Sí.

Es la única respuesta posible. Por desgracia, le he dicho adiós a mi final feliz. Al menos, puedo concederle el suyo a Haydon. Eso me dará algún tipo de objetivo en la vida. Es otra cuerda de la marioneta, pero esta vez soy yo quien tira de ella. Sé que puede parecer absurdo, pero me ayuda a no sentirme tan indefensa. No soporto pasarme las veinticuatro horas del día apartando a los lobos. Ya no tengo fuerzas.

Mis heridas son demasiado profundas.

Haydon me mira y me encojo de hombros. Él ya sabe que mi corazón no es suyo; siempre le he dejado muy claros mis sentimientos. Esto es solo un matrimonio de conveniencia, como todos los matrimonios en la historia de la monarquía. He caído en las garras de la institución y, por primera vez en mi vida, me da igual. Me arrebataron la felicidad de cuajo hace una semana. Sé que no voy a ser feliz con Haydon, pero podré sentirme cómoda a su lado. ¿Y quién sabe? Tal vez llegue a amarlo algún día.

La sala rompe en aplausos y eso hace que Haydon salga de su aparente letargo. Saca el anillo del estuche, un zafiro enorme rodeado de diamantes y, cuando le ofrezco la mano, él me lo coloca en el dedo, con las manos temblorosas. Por primera vez en los treinta años que hace que nos conocemos, me besa. En los labios. Es un pico discreto, pero no deja de ser un beso. No lo siento. No siento nada. En cuanto me suelta, los músculos de mi rostro se activan de forma automática para dirigir una sonrisa a la multitud.

Estoy a merced de Haydon.

Soy insensible.

He aprendido a dominar el arte de la conformidad.

Estoy atrapada en un túnel infinito de felicitaciones.

Soy poco más que un robot que sonríe a las caras que aparecen ante él mientras Haydon me conduce por la sala, exhibiendo su trofeo. De vez en cuando, alarga el brazo hacia mí, como diciendo «¿Has visto lo que he conseguido?». Me imagino a periodistas trabajando en las redacciones de todo el mundo para hacer llegar la noticia a la gente. Me imagino fotos de este momento, la feliz pareja recién prometida. Me imagino caminando sin ilusión hacia el altar de la catedral de la abadía de Westminster para entregar mi amor eterno a un hombre.

El hombre inadecuado.

Me veo en la suite de Josh, junto a su cama, contemplando algo que ha cambiado mi vida, mi alma y mi fe. Para siempre. Veo traición y mentiras, más engaños para controlarme.

El dolor me recorre el cuerpo entero, sin piedad.

Dejo que se apodere de mí, sin resistirme.

Al pestañear, salgo de la nebulosa de confusión que se había apoderado de mí y veo a mi madre en el otro extremo del salón. Está quieta, observando cómo me llevan por toda la estancia, como en procesión. No sonríe, solo observa, callada e indiferente, porque ella ya ha pasado por lo mismo.

—La feliz pareja —enuncia David Sampson, abriéndose camino hacia nosotros.

Cuando llega, nos rodea con un brazo. Esto es una locura, que se está contagiando a todos los invitados. Todos son víctimas del engaño, todos caen en esta enorme telaraña como estúpidas moscas.

¿Cómo pueden ser tan ingenuos? ¿Cómo pueden creerse que este circo es real?

Sabina se acerca con una sonrisa discreta. Tiene que estar tan sorprendida por mi respuesta como yo.

—Mi querida niña. —Me abraza, apartándome de su hijo y su nieto, y dándome apoyo con su cuerpo menudo—. ¿Estás bien? —me pregunta al oído.

—He hecho lo correcto, ¿no?

—Probablemente. —Deja de abrazarme, pero me mantiene sujeta con los brazos estirados—. Pero recuerda una cosa, Adeline. Haydon te adora con cada fibra de su ser. Toda mujer se merece que la amen así.

¿Y no se merecería él una devoción igual por mi parte? En fin, el matrimonio es solo otra obligación más que viene con el cargo. Algo que debe hacerse por el bien común. Por el bien de todos, excepto el mío. Todo lo que pase a partir de este momento ya no importa. A partir de ahora, ya no solo estoy en una jaula. Estoy en una jaula, encadenada y amordazada. Todo lo que juré que nunca permitiría.


Cuando dan las doce, mi devoto prometido me saca del salón de baile. A nuestro paso, todos nos dirigen caras sonrientes. Miro a Haydon, que está eufórico. Nunca lo había visto tan feliz. Mientras mis pies avanzan con la ayuda de mi futuro esposo, busco en mi interior la sonrisa que debería estar mostrando, pero no la encuentro.

Mi mirada se cruza con la de Damon al salir del salón. Su cara está más estoica que nunca. ¿Para qué molestarme en engañar a mi querido guardaespaldas? Es absurdo intentar hacerle creer que estoy tan feliz como los invitados que dejamos atrás, pero lo hago y planto la sonrisa en mis labios con un esfuerzo enorme. Su rostro inescrutable no se altera.

Nos dirigimos a mis habitaciones en silencio. Por no oír, no oigo ni los latidos de mi corazón. Pero algo se abre camino en la nebulosa. Siento algo que no logro definir. Solo cuando veo las puertas de mi apartamento le pongo nombre.

Tensión.

Nervios.

Dios mío, ¿esperará Haydon que lo invite a entrar? ¿Querrá consumar nuestra unión? ¿Será esta nuestra primera vez? El estómago se me contrae bruscamente y siento náuseas. En medio de toda esta locura, no había pensado en lo que implicaba aceptar su proposición. No había pensado en mis deberes como esposa, solo en los de reina.

Al llegar a las puertas, me fijo en que va con las manos en los bolsillos de los pantalones. Tiene la mirada baja y los labios fruncidos. Está pensando. Creo que está pensando lo mismo que yo, pero a diferencia de mí, que estoy aterrada, él está ilusionado.

—Gracias por acompañarme —le suelto a toda prisa, ansiosa por poner fin a este momento.

Me sería imposible acostarme con Haydon esta noche. Probablemente nunca sea capaz.

—De nada.

Estamos parados ante la puerta. La tensión y la incomodidad aumentan rápidamente.

—Te veo mañana. Supongo. —No puedo ser más clara.

Cuando veo que se le hunden los hombros, siento una pizca de culpabilidad. Claro que lo veré mañana. Voy a casarme con él, ¿no? Se instalará en mis habitaciones. Compartirá mi espacio privado. ¿También mi cama?

—Buenas noches —me despido, con la mano en el pomo.

—Adeline.

Él me agarra por el brazo y no puedo evitar tensarme desde los pies hasta la tiara. Incapaz de disimular la prevención que siento, lo miro a los ojos. Y él se acerca despacio a mis labios. Mi mente me grita que me aparte, que lo detenga, pero el shock me paraliza. Cierro los ojos, tratando de huir de lo que está a punto de suceder, y en cuanto se hace la oscuridad, aparece Josh. Su cara, su olor, su tacto. Pero entonces se impone otro olor, uno que no reconozco. Una brisa cálida se cierne sobre mis labios y abro los ojos. Vuelvo la cabeza justo a tiempo y los labios de Haydon impactan en mi mejilla.

—Gracias por una noche encantadora —le digo, antes de entrar en mis habitaciones y cerrar la puerta con rapidez.

Cuando apoyo la espalda en la madera, las rodillas dejan de sostenerme y caigo al suelo, en medio de mis desdichas. Me quito la tiara y la apoyo en el muslo. Al hacerlo, veo el anillo. Esto es un error. No puedo más. Me quito el anillo y lo dejo en el suelo. Echo la cabeza hacia atrás y me quedo contemplando la araña de cristal. No soy capaz de llorar; no me quedan lágrimas. Estoy hueca por dentro, y me muero lentamente.

He superado un día insoportable. Ya solo me quedan infinitos más por delante.