2
Entorno los ojos cuando alguien abre bruscamente las cortinas y deja pasar la luz a mi dormitorio. Aún medio dormida, frunzo el ceño y me pregunto a qué demonios juega Olive. Me apoyo en los codos y la busco por la habitación. Encuentro una silueta borrosa cerca de la ventana, pero, cuando se me aclara la vista, me doy cuenta de que no se trata de Olive; es una mujer de aspecto severo que he visto alguna vez en mis visitas al palacio de Claringdon. Se llama Gert, y pertenece a la vieja escuela.
—Son las diez, alteza —dice, y deja una bandeja en el tocador y se pone a sacudir los cojines del diván.
—¿Qué está haciendo aquí?
La sigo con la vista mientras recorre la estancia, alisando y ahuecando todo lo que encuentra a su paso.
—¿Dónde está Olive?
—Creo que la han reubicado en otro palacio, señora.
—¡¿Qué?! —El enfado me ha despertado de golpe—. ¿Qué quiere decir con que la han reubicado? ¿Cómo van a reubicar a mis empleados sin consultármelo?
Una idea espantosa se abre camino en mi mente. Salto de la cama aterrorizada, sin hacer caso de la mirada asombrada de Gert mientras cruzo la habitación cubierta solo con mi camisón de encaje. Si han reubicado a Olive, ¿qué ha pasado con Damon? ¿Y con Jenny, Kim o Felix?
Abro la puerta, salgo de la suite y recorro el enorme descansillo hasta llegar a la balaustrada. Me inclino sobre la barandilla buscándolo.
—¡¿Damon?! —grito, lo que hace que varios miembros del personal salgan de las habitaciones, preguntándose a qué se debe la conmoción—. ¿Has visto a Damon? —le pregunto a una doncella con aspecto receloso y las manos llenas de ropa de cama limpia.
—No, señora. No lo he visto.
—Mierda.
Bajo la escalera como una loca, sin que me preocupe ir medio desnuda.
—¡Damon!
Llego a la puerta principal y la abro buscando su coche, pero no lo veo. Mi pánico aumenta sin parar.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —pregunta Dolly, saliendo de la cocina con una batidora en la mano—. ¡Dios mío! —Se tambalea al detenerse de repente y me mira sorprendida—. ¿Alteza?
—¿Dónde está Damon?
No tengo tiempo de tranquilizar a todo el mundo. Estoy demasiado preocupada. Si han despedido a Damon, alguien va a pagar por ello.
—Ha ido a recoger a su majestad el rey.
Durante un instante, me quedo perpleja. Luego recuerdo quién es el rey, bueno, al menos en apariencia.
—¿Y dónde está Edward?
Felix aparece y envía a Dolly de vuelta a la cocina con un gesto antes de volverse hacia mí. Se me acerca para que nadie oiga lo que me va a decir.
—Creo que su majestad tuvo una reunión privada en la suite de un hotel de Mayfair anoche.
Ay, Dios mío, pero ¿qué ha hecho? El equipo de comunicación debe de estar que echa humo. Y justo mientras pienso esto, Felix recibe una llamada y responde estresado.
—Hazlo —susurra—. Hazlo con todas las cámaras que encuentres.
Luego apaga el teléfono, enfadado, y se va a toda prisa. Yo me apoyo en la puerta, maldiciendo mentalmente a Eddie. Su vida está a punto de descarrilar, pero cuando el mundo entero cree que uno es el rey, no es algo que se deba hacer…, al menos en público.
Oigo el sonido de unos neumáticos sobre la grava y veo que Damon entra por la verja. Bajo la escalera a la carrera, me acerco a la puerta trasera del coche y la abro.
—¡Dios mío! —exclamo, cuando Eddie se cae a mis pies.
La peste a alcohol me golpea la nariz cuando se da la vuelta en el suelo, riendo.
—¡Hermanita! —grazna, agarrándose al coche—. O debería llamarte majes…
De repente, se retuerce y empieza a vomitar. Doy un salto hacia atrás y me libro del vómito por los pelos. Dirijo a Damon una mirada de desesperación mientras él se levanta. Su rostro es un mapa de arrugas a causa del enfado.
—Si sigue así, se va a matar —murmura.
Mi hermano, el guapo, encantador y adorado príncipe, está irreconocible.
—Tenemos que llevarlo a su habitación —digo, y me agacho y le aparto el pelo rubio de los ojos.
Está fatal. Parpadea y mueve una mano en un gesto descoordinado hasta que encuentra mi cara.
—Aún te quiero —dice, arrastrando las letras.
Sus palabras, que sé que son sinceras, están a punto de hacerme llorar.
—Ya lo sé, idiota. —Miro a Damon—. Hay que limpiarlo.
Damon pone los ojos en blanco, levanta a Eddie del suelo y se lo carga al hombro para entrar en palacio.
—¿Por qué vas en camisón? —me pregunta mientras subimos la escalera.
Yo le tomo la mano que le cuelga junto a la espalda de Damon. Tiene los ojos en blanco y murmura incoherencias.
—Pensaba que… —Dejo la frase inacabada y niego con la cabeza—. Da igual.
Con la ayuda de unos cuantos criados, metemos a Eddie en la cama y les pido a todos que salgan para ocuparme yo de desnudarlo. Su dignidad ya ha sufrido bastante. Una doncella trae un recipiente con agua templada y un paño y se retira, dejándome a solas con él.
—¿Qué voy a hacer contigo, Edward?
Me peleo con su chaqueta para sacarle los brazos de las mangas antes de ir a por los pantalones.
—Esta no es la conducta que se espera de un príncipe —digo, y me echo a reír, porque vaya una que fue a hablar.
Y, ahora que lo pienso, mi hermano ya no necesita comportarse como un príncipe. Yo, en cambio, sí que debo comportarme como una princesa.
O como una reina.
Le desabrocho los botones de la camisa uno por uno hasta que el pecho de Eddie queda al descubierto. Su torso, por lo general bien definido por su carrera en el ejército, ha perdido masa muscular. Durante estas últimas semanas ha adelgazado. Ni ha comido ni ha entrenado, no ha hecho otra cosa que beber y beber.
—Te ayudaré, Eddie. —Me agacho y le doy un beso en su descuidada mejilla—. No dejaré que te pierdas en este camino oscuro.
Le acaricio la mejilla sin hacer caso de la peste a vómito y suspiro. Se ha quedado absolutamente frito.
Consigo quitarle la camisa y lo dejo vestido solo con los bóxers y los calcetines. Escurro el paño y le retiro el vómito de la cara. Me tomo mi tiempo para asegurarme de que queda bien limpio hasta que pueda meterse en la ducha. Le doy un beso en la frente y lo tapo. Luego recojo la ropa del suelo y la saco de la habitación sosteniéndola a distancia y con la nariz arrugada.
—Que lo lleven a la tintorería —le digo a una de las doncellas que esperan en la puerta—. Y por favor, dejad que el prín… que el rey descanse.
Regreso a mis habitaciones, donde Gert sigue perdiendo el tiempo. No suelo juzgar a las personas, pero la verdad es que Gert no me gusta. Debe de tener más de sesenta años y ya solo por cómo me mira sé que pertenece a la sección del servicio que está anticuada y que no aprueba mi conducta.
—Vaya, aún estás aquí. —Inspiro por la nariz mientras me dirijo a la mesita de noche—. Necesito intimidad.
Cojo mi reserva de cigarrillos y enciendo uno, sin hacer caso de la mala cara de Gert. Que le den.
—Puedes retirarte.
Cojo una cucharita y remuevo el café mientras suelto el aire lentamente, casi provocándola. A Gert no le hace ninguna gracia y se marcha con la cara desfigurada por el enfado.
—Y, por favor, llama siempre antes de entrar.
—Mis disculpas, señora. Recibí una orden directa del palacio de Claringdon para que la despertara.
—¿Quién dio la orden?
—El consejero en jefe del rey difunto, señora.
—¿Sir Don?
Cuando ella asiente, noto que la sangre me arde en las venas.
—Tiene que estar en Claringdon a las doce, alteza.
—Eso es todo.
La despido con brusquedad y, al sentarme en la silla del tocador, veo mi reflejo en el espejo. No me extraña que todo el mundo me mirara como si fuera un monstruo mientras corría como una loca por palacio buscando a Damon, porque estoy hecha un monstruo. Me doy unos golpecitos en las mejillas, suspirando. Le doy otra calada al cigarrillo y suelto el humo hacia el espejo. Humo y espejos, muy adecuado.
Siento que aguanto a base de maquillaje y analgésicos, aunque estoy convencida de que Eddie se encuentra peor que yo. Mientras nos detenemos ante la puerta de Claringdon, lo miro, como si necesitara confirmar el mal aspecto que tiene. Estoy segura de que sigue borracho.
—¿Qué? —me pregunta, sin tan siquiera mirarme.
—Tienes un aspecto francamente espantoso. —Soy sincera y tampoco le estoy diciendo nada que no sepa—. Y lo que has hecho ha sido una tontería. —Acabo la frase, y salgo del coche cuando Damon me abre la puerta.
Mi jefe de seguridad niega ligeramente con la cabeza, como recordándome que cualquier cosa que le diga a mi hermano caerá en saco roto. Sé que tiene razón, pero me da igual.
—¿En qué momento de la vida te convertiste en una santurrona? —murmura Eddie, reuniéndose conmigo al pie de la escalera.
Sir Don y Sid están esperándonos en lo alto, junto a la puerta. No es la primera vez desde el accidente que echo de menos que sea Davenport el que me reciba con su habitual pose estirada y estoica. Nos han dicho que ha presentado su dimisión, pero yo sospecho que alguien ha debido de escribir esa carta por él. Probablemente sir Don.
—Me preocupo por ti —le replico a Eddie.
Parece estar en modo autodestructivo y si sigue así la explosión no tardará mucho en producirse.
—No lo hagas. En teoría ya no soy miembro de la realeza, así que a nadie debería importarle cómo vivo mi vida.
Se me está acabando la paciencia. Me vuelvo hacia él para que se dé cuenta.
—Sigues siendo mi hermano —susurro, enfadada—, y sigues siendo el hijo de una princesa española, así que te equivocas por partida doble.
Me alejo bruscamente y dejo que mi descarriado hermano le dé vueltas a mis palabras en su mente aturdida.
—Sir Don, Sid. —Los saludo con una inclinación de la cabeza al pasar. Me quito los guantes y se los entrego a…—. ¿Olive? —digo al verla.
Ella me dirige una sonrisa tímida mientras se ocupa de mi abrigo y mis complementos con su eficiencia habitual, aunque me quedo el bolso.
—¿Ahora estás aquí?
—Sí, señora. —Asiente con educación y se aleja antes de que pueda seguir haciéndole preguntas.
Me vuelvo hacia sir Don y le dirijo una mirada de desconfianza. Él, por supuesto, me está mirando sin expresión. Estoy segura de que ha sido él quien ha ordenado el traslado de Olive. De pronto me parece que la vigilancia de Davenport de todos estos años no ha sido nada comparado con lo que se avecina.
—¿Por qué estamos aquí? —le pregunto, alzando la barbilla en un gesto algo forzado.
—Por aquí, alteza —dice, y me señala la gran escalinata con el brazo.
Solo hay una razón para tomar ese camino: que vayamos al despacho de mi padre. Me tenso, porque la idea de entrar de nuevo en esa estancia me abruma. No he vuelto a estar entre esas cuatro paredes desde que me fui a Evernmore.
Echo a andar y miro por encima del hombro. Eddie camina arrastrando los pies, como un niño rebelde que se dirige a la oficina del director.
—¿Eso que suena es tu teléfono? —me pregunta Eddie, mientras sir Don empieza a subir la escalera detrás de nosotros.
Gracias al comentario de mi hermano me doy cuenta de que mi móvil está vibrando y rebusco en el bolso hasta encontrarlo. Las piernas me fallan cuando me doy cuenta de quién llama.
—No me digas que es mister Hollywood —susurra Eddie.
Lo fulmino con la mirada y dejo que el teléfono suene. Cuando la llamada se corta me llega un mensaje. El pulso se me acelera mientras lo leo.
Aviso recibido. Que guarde el secreto y mantenga las distancias.
Vuelvo a meter el móvil en el bolso y trato de no pensar en quién le ha enviado una advertencia, pero cuando me doy la vuelta y cruzo una mirada con sir Don, no me resulta fácil. ¿Habrá sido él? Me pregunto si Josh hará caso del aviso porque, ahora más que nunca, sé de lo que es capaz esta institución. Sospecho que, aunque mi padre no estuviera al corriente de mi relación con él, su equipo sí que lo estaba. No me extrañaría nada que la habitación destrozada hubiera sido otra advertencia. Lo que no entiendo es por qué no le dijeron nada al rey. ¿Porque era amigo del senador Jameson? ¿Porque pensaron que podrían resolver el asunto sin molestarlo, sabiendo que, aunque mi padre me hubiera pedido que dejara de ver a Josh, yo no le habría hecho caso?
Entramos en el despacho vacío de mi padre y sir Don se marcha, cerrando la puerta a su espalda. Eddie se dirige inmediatamente al globo terráqueo antiguo, donde mi padre escondía el alcohol, pero yo me quedo junto a la puerta, con pocas ganas de avanzar.
Hay algo en la habitación que no me cuadra y no tardo en averiguar de qué se trata: el habitual olor a humo ya no es tan fuerte; de hecho, casi ha desaparecido. Nunca habría dicho que lo echaría de menos.
Eddie recorre el despacho mientras da vueltas al whisky en la copa. Parece estar absorbiendo todos los detalles. Cuando llega junto a la chimenea, alza la vista hacia el retrato del rey. Se bebe el whisky de un trago y luego alza la copa hacia él, haciendo un brindis en tono burlón.
—Descansa en paz, papá.
No le llamo la atención por su falta de respeto porque no serviría de nada. Además, en ese momento se abre la puerta y sir Don vuelve a entrar, esta vez acompañado por mi madre y David Sampson.
—¿Madre?
Ella no me responde. Se limita a cruzar el despacho con elegancia y a sentarse sin hacer ruido en un rincón.
Sir Don nos indica que tomemos asiento y todos lo hacemos menos Eddie, que permanece de pie junto a la chimenea. Luego aguarda a que nos acomodemos antes de dirigirse a los que allí estamos reunidos.
—Nosotros somos los únicos que estamos al corriente de la situación.
Eddie contiene la risa y trata de disimular metiendo la nariz en la copa.
—No, de hecho falta papi. —Y no está hablando del rey, por supuesto—. ¿Lo han amenazado para que no vuelva a acercarse por aquí?
Tras haber leído el mensaje de Josh, estoy casi segura de que sí, de que lo han amenazado.
—¿Qué hacemos aquí? —Voy al grano, porque la atmósfera es irrespirable—. Es evidente que ya tenéis un plan para engañar a la gente y evitar el escándalo del origen ilegítimo de Eddie, así que oigámoslo.
Sir Don se levanta y se alisa la chaqueta.
—Creo que su alteza real el príncipe Edward ha cedido el trono a su hermana debido a su estado de salud.
Me atraganto con la saliva.
—¿Qué?
—Eso digo yo —interviene Eddie—. ¿Qué demonios le pasa a mi salud?
—Como todos sabemos, el príncipe Edward luchó con valentía por su país, pero, por desgracia, ahora está sufriendo las consecuencias de ese compromiso con la patria.
—Me estáis tomando el pelo, ¿no? —replica Eddie, enfadado—. ¿Voy a tener que fingir estrés postraumático para que nadie sepa que soy un bastardo? —Se vuelve hacia mi madre—. ¿A ti te parece bien?
Ella permanece en silencio; una vez más adopta el papel de Suiza, como siempre que hay un conflicto.
—Obviamente —sigue diciendo sir Don, sin hacer caso de las protestas de Eddie ni de mi cara de estupor—, dadas las circunstancias del embarazo de la princesa Helen…
—¿Te refieres al hecho de que se acostó con otro hombre para quedarse embarazada y así asegurar el futuro de la monarquía y, de paso, el trono para su familia? —especifico.
—Exactamente. —Sir Don asiente y no parece perturbado en absoluto por mi sarcástico recordatorio de las malas artes de mi cuñada—. Ni que decir tiene que la posibilidad de coronar a un rey no nacido es impensable, ni siquiera con un regente que reine en su lugar hasta que cumpla la mayoría de edad. El siguiente en la línea de sucesión es Edward…
—Pero está luchando contra sus demonios y, por lo tanto, el trono cae sobre mí.
—Así es.
Sir Don se sienta y yo me echo a reír, porque todo esto es tan típico de mi familia que me río por no llorar.
—¿Y qué pasaría si contáramos la verdad para variar? —sugiero—. ¿Por qué no le decimos la verdad al mundo y así no tenemos que cargar con más engaños y mentiras?
Sorprendo a mi madre mirándome con los ojos muy abiertos y la expresión preocupada antes de que recupere su estoicismo habitual.
—La destrozarían, alteza —responde sir Don con sinceridad—. La monarquía sería el hazmerreír del mundo entero. Y eso no evitaría que usted fuera reina. Ser la reina de Inglaterra es una tarea muy dura, y lo único que puede aligerar el peso de la corona es el amor del pueblo. Si destroza sus ilusiones dejándoles ver que la monarquía no es tan perfecta como creen, me temo que su trabajo será bastante tedioso… o algo mucho peor. El país no apoyaría su reinado y necesita su apoyo, señora. Necesita su amor.
Su franqueza me deja sin palabras. Busco a mi madre con la mirada y ella no discute los razonamientos de sir Don. Ni ella ni nadie. ¿Así son las cosas, pues? ¿Reinaré el país basándome en secretos y mentiras para que mi pueblo me quiera?
Sir Don me acerca un trozo de papel y lo miro sin leerlo.
—¿Qué es esto?
—Esto, señora, es la declaración mediante la cual su alteza real el príncipe Edward renuncia al trono.
¿Qué? Me vuelvo hacia Eddie, que está apretando con fuerza los dientes mientras fulmina con la mirada a sir Don.
—Requiere de su aprobación, señora.
Miro de nuevo a sir Don, ladeando la cabeza.
—Me imagino que esto no lo ha redactado el príncipe Edward.
—Apruébalo —susurra Eddie, y se acaba el whisky antes de dejar la copa en la mesa con un golpe seco y coger un bolígrafo.
Me quita la renuncia de la mano y la firma con brusquedad, acabando con un punto con el que casi atraviesa el papel.
—Majestad —me dice, dándome el bolígrafo.
Se me forma un nudo en el estómago y le dirijo una mirada apenada que él no ve, porque tiene un velo de rabia y rencor ante los ojos.
—Eddie…
—Firma, Adeline —dice mi hermano.
Luego regresa al globo terráqueo, se vuelve a llenar el vaso con whisky y se lo bebe de un trago. Suspiro, abatida, y escribo algo parecido a mi firma junto a la de él.
—Y ahora… —Sir Don guarda la renuncia y se aclara la garganta—: Ya solo falta ocuparnos de una cosa.
Sus palabras van seguidas del sonido de los dos cierres de un maletín al abrirse. David saca un estuche negro y lo abre.
—¿Eso es una aguja? —pregunto, y me inclino hacia delante en la silla para ver mejor.
—Efectivamente, señora.
Eddie, que vuelve a estar junto a la chimenea, se echa a reír.
—Tienes suerte. A mí me la clavaron en cuanto tu padre estiró la pata.
—Edward. —Mi madre suspira, abatida.
—Los resultados fueron rápidos y concluyentes —continúa mi hermano mientras se sirve dos dedos más de whisky—. Soy un bastardo. —Se da la vuelta y me sonríe—. No te preocupes, no duele. —Da un trago rápido—. No demasiado.
—¿Y esto a qué viene? —le pregunto a sir Don—. ¿Creéis que yo también puedo ser ilegítima?
Busco a mi madre con la mirada y veo que niega con la cabeza; no sé si por desesperación o si es su manera de decirme que no lo soy.
Sir Don permanece inmutable.
—Discúlpeme, señora, pero dadas las circunstancias tenemos que asegurarnos de que la corona va a parar a la cabeza adecuada.
Aunque, atónita, hay una pequeña parte de mí que espera que el análisis demuestre que soy como Eddie, bastarda, para poder librarme de mi destino. Pero luego hay otra parte, la orgullosa y la que está asqueada por la situación, que quiere demostrarles a estos idiotas que soy la hija del rey. Podría negarme. Podría mandarlos a todos a la mierda, pero no lo hago. Que me hagan el jodido análisis. Me subo la manga del jersey con rabia y apoyo el brazo en la mesa de un golpe.
—De acuerdo, pero que David no se acerque con la aguja.
—No, claro —dice sir Don, que se dirige a la puerta.
—Me imagino que se mueren de ganas de que yo también sea ilegítima —no puedo evitar comentar, con una media sonrisa irónica.
—Por supuesto que no, señora.
Sir Don abre la puerta y aparece el doctor Goodridge. Me alivia un poco ver a un profesional de la medicina, pero el doctor Goodridge es un anciano y le tiemblan las manos de mala manera.
Señora. No se me escapa que ninguno de ellos utiliza el tratamiento que me corresponde como reina, el de majestad. Por eso sé que les cuesta aceptar que voy a ser su futura reina. Ninguno de ellos quiere inclinarse ante la princesa rebelde y temeraria. ¿Por qué si no este numerito del análisis? Creen que voy a ser una reina desastrosa y una ridícula parte de mí quiere demostrarles que se equivocan. Son muy idiotas, porque si yo no soy reina, la corona irá a parar a la hermana de mi padre, la tía Victoria, y con una corona en la cabeza esa mujer sería insoportable. Por no hablar de su marido, Phillip. ¡Dios mío! Cómo disfrutaría ese hombre… Nos lo restregaría por la cara todos los días. Quiero decir más cosas, pero me doy cuenta de que con el doctor Goodridge presente, no puedo hacerlo.
El anciano doctor se acerca. Juro que cada vez que lo veo tiene la joroba más acentuada. Me da unas palmaditas en la parte interna del codo y busca una vena.
—Será un pinchacito, señora.
Hago una mueca al notar el pinchazo; cierro los ojos y respiro hondo hasta que acaba. Segundos más tarde, me pone una tirita. Me bajo la manga, me siento y observo al vampiro que acaba de chuparme la sangre mientras recoge el equipo.
—Lo llevaré al laboratorio inmediatamente.
El doctor Goodridge cierra la maleta y se marcha lentamente, porque sus viejas piernas no dan para más. Se despide de sir Don con una inclinación de la cabeza cuando este le abre la puerta y vuelve a cerrarla tras él. Estoy segura de que sir Don le ha ordenado que obtenga los resultados cuanto antes y se los entregue a él en persona.
—Y ahora ¿qué? —pregunto—. ¿Tengo que esperar para conocer cuál será mi destino?
—Tu destino está sellado, Adeline —anuncia mi madre, dirigiéndose no solo a mí, sino al resto de los presentes en la habitación—. Te lo aseguro —añade, desafiando a quien se atreva a poner en duda sus palabras.
La miro a los ojos y sé que dice la verdad. Y mi corazón se hunde un poco más en el pozo de la desesperación.
—Si ya nadie me necesita… —Eddie se dispone a marcharse, pero se detiene en la puerta—. Muy buena historia, por cierto —le dice a sir Don—. Brillante, en serio. Creo que se me va a dar estupendamente representar el papel de soldado retirado deprimido y borracho.
Sale del despacho seguido de los otros dos hombres. Mi madre y yo nos quedamos solas.
—No quiero hacerlo, madre —le digo en voz baja, sin disimular lo destrozada que estoy.
—Tienes que hacerlo, Adeline.
—¿Por qué? ¿Por qué tengo que hacerlo?
—Porque no hay nadie más. Eres el único miembro de mi familia directa que puede reinar y me niego a permitir que lances tu legado por la borda. El legado por el que tu padre tanto trabajó, igual que su padre y su abuelo antes que él. No voy a permitir que renuncies al legado de esos hombres soltando la corona a los pies de la hermana de su padre, de ese buitre.
Me echo hacia atrás, asombrada, porque nunca había oído a mi madre hablar con tanta pasión y determinación.
—¿A quién le importa quién se siente en el trono?
Ella se levanta y se sacude la falda.
—A mí, Adeline. No llevo cuarenta años aguantando todo lo que he aguantado para ahora ver cómo el pueblo de Inglaterra despedaza a mis hijos. No dejé España para esto. ¿No te das cuenta? Las mentiras, el humo y los espejos son para protegeros a ti y a Edward.
Se acerca, me acaricia suavemente la mejilla y me dirige una sonrisa cariñosa.
—Ponte la corona. Sé reina. Es lo único que tienes que hacer.
Se marcha y me quedo sola, con sus palabras resonando en la cabeza, azuzando la culpabilidad y la desesperanza. Aunque en realidad no estoy sola; me acompaña mi corazón roto, porque no es verdad que ser reina es lo único que tengo que hacer. Antes voy a tener que renunciar a mi alma y a mi corazón.