32
—¿Cómo te las apañas para no perderte? —me pregunta Josh mientras recorremos las estancias del palacio, de camino a mi despacho.
En vez de ir directos, hemos tomado un desvío largo. Sonrío ante su expresión de asombro. Tiene la cara levantada hacia el techo para asimilar la magnificencia que alcanza todos los rincones de todas las habitaciones. Está adorable con el pelo húmedo, la camisa por fuera y la pajarita colgando a lado y lado del cuello. Informal en medio de tanto lujo y adorable sin dejar de ser un tipo duro. Es perfecto.
—Son muchos años de exploración.
Pasamos ante un lacayo que se detiene y se cuadra, inclinando la cabeza en señal de respeto.
—Buenos días —lo saludo alegremente.
—Buenos días, señora. —Curioso, nos sigue con la mirada mientras nos acercamos al salón del trono, donde dos criados flanquean las puertas.
Me doy cuenta de que tienen que hacer un esfuerzo enorme para no fijarse en Josh.
—¿Por qué no os tomáis un descanso? —les digo, cuando uno de los dos abre las puertas—: Estoy segura de que Dolly estará encantada de prepararos un brunch.
Ellos cruzan una mirada divertida.
—¿Señora?
—Vamos, vamos, un, dos —los animo.
Ellos pillan la indirecta y se marchan. Cierro las puertas y nos quedamos a solas, Josh y yo.
Con las manos en los bolsillos del pantalón, él se dirige lentamente al centro de la sala y da una vuelta en redondo, mirando a su alrededor.
—Dios… —susurra, contemplando la fastuosa decoración dorada y carmesí que rezuma realeza—. Ese candelabro podría ser un poco más grande, ¿no crees?
—Sí, es ostentoso, ya lo sé.
—¿Quién es el afortunado al que le toca limpiar ese monstruo?
—Alguien que haya demostrado que no es un manazas.
Se vuelve hacia los tronos, situados en el otro extremo del salón, y me mira por encima del hombro. Su sonrisilla pícara me dice lo que está pasando por esa preciosa cabeza suya. Poniendo los ojos en blanco, paso por su lado y avanzo por la alfombra hasta llegar a los escalones que conducen a los dos asientos de terciopelo. Me vuelvo hacia Josh y sonrío, ladeando la cabeza. Él me dirige una sonrisa sexy mientras se acerca lentamente a mí y se detiene al pie de los escalones.
Sin dejar de sonreír, apoya una rodilla en el suelo e inclina la cabeza.
—Majestad, estoy aquí para serviros. —Cuando alza la vista, su sonrisa es más amplia y descarada—. O para haceros un trabajito, lo que prefiráis.
Me echo a reír y desciendo un par de escalones para ponerme a su nivel. Levanto una espada imaginaria y finjo apoyarla en su hombro.
—Joshua Jameson, ¿aceptas el título de novio de la reina Adeline de Inglaterra? —Frunzo los labios para que no se me escape la risa.
—¿Qué se supone que debo decir ahora? —susurra, como si el salón del trono estuviera lleno de invitados y esto fuera una ceremonia oficial.
—Dices que sí —respondo, susurrando también.
—Oh. —Se aclara la garganta—. Pues claro que sí, joder.
Para contener la sonrisa, tendrían que coserme la boca.
—Joshua Jameson, tus pares han decidido que eres apto para el honorable puesto, y dado que has mostrado tu voluntad de aceptar este honor… —Hago una pausa, sin dejar de sonreír, y él alza una ceja.
—¿Honor?
—Sí.
—Vale, sigue.
La risa casi no me deja hablar, pero lo intento.
—¿Juras por todo lo que consideras sagrado…?
—Lo único sagrado para mí eres tú. —Me lanza un beso—. Que conste.
—Déjame acabar —lo reprendo, aunque me encanta oírlo. Cuando él asiente, sigo hablando—: ¿Juras por todo lo que consideras sagrado, cierto y santo, que me honrarás y que defenderás a tu reina y a su reino?
—Su reino me importa una soberana mierda.
—¡Josh! —lo riño entre risas, y me caigo de culo en la escalera—. Esto es serio.
—Un poco pomposo todo, ¿no?
Cambia el peso de rodilla y se acomoda mientras yo me levanto, recoloco la espada imaginaria en su hombro y me aclaro la garganta.
—Es la versión abreviada.
—En ese caso, ni se te ocurra nombrarme caballero de verdad.
—Vale, pero ¿lo harás o no?
—¿El qué?
—Honrarme y protegerme.
—Ah, sí, claro. Y follarte hasta dejarte bizca todos los días de nuestra vida.
—Qué emoción.
Él me guiña el ojo.
—Habiendo jurado estos votos solemnes —prosigo—, yo, la reina Adeline de Inglaterra, por derecho de armas, te nombro caballero, por el honor. —Le doy un golpecito en el hombro y cambio la espada de lado—. Por el deber. —Repito los movimientos y a él se le escapa la risa al ver lo mucho que me cuesta mantenerme seria—. Y por la caballerosidad. Levántate, Príncipe Encantador.
—No.
Niega con la cabeza.
Frunzo el ceño sin dejar de sonreír.
—Debes hacerlo.
—No.
Me tira de una mano para que me siente en el escalón ante él.
—¿Qué haces?
Él se encoge de hombros.
—¿No crees que debería permanecer de rodillas si quiero pedirte que te cases conmigo?
Me quedo sin aire tan deprisa que estoy segura de que estaría dando vueltas por el salón como un globo pinchado si no estuviera sentada. Lo miro a los ojos con la lengua seca, incapaz de hablar.
—No tengo anillo. —Me toma las manos y las aprieta con fuerza—. No lo llevo encima. —Me las suelta, sube un escalón de rodillas y me atrapa la cara entre las manos—. Pero tengo el corazón repleto de amor por ti, mi reina.
Apoyo las manos en las suyas y las mantengo así mientras él me besa las comisuras de los labios.
—Te amaré, te honraré, besaré el jodido suelo que pises durante el resto de mi vida.
Se me escapa un gemido y se me llenan los ojos de lágrimas.
—Pero nunca te obedeceré.
—No quiero que lo hagas —logro decir entre sollozos.
—Y solo te inclinarás ante mí.
—Lo haré.
Me besa, empujándome hasta que quedo tumbada en los escalones, tomando posesión de la reina en el salón del trono.
—¿Eso es un sí?
—Sí.
Me echo a reír y lo abrazo. Siento una felicidad que no había sentido hasta ahora y sé que es un sentimiento que nunca me abandonará. Ni siquiera la inevitable reacción de mis consejeros podrá enturbiarla. La reina rebelde pasará a la historia. No sé si eso será bueno o malo, pero, ahora mismo, no podría importarme menos porque en estos momentos el amor lo puede todo. Puede incluso con la monarquía británica y sus costumbres obsoletas. Me casaré con el hombre al que amo, el hombre que es la esencia que me corre por las venas, y no hay sentido del deber que pueda detenerme.
—Espero que estés listo para esto —murmuro con la boca pegada a la suya, disfrutando de su sabor.
—Llevo listo desde que subí a un helicóptero para ir a rescatarte, Adeline. Para mí tu estatus sigue siendo el mismo: tú eres y siempre has sido mía, así de sencillo.
Sus apasionadas palabras me provocan más lágrimas. Me siento tremendamente afortunada. Qué suerte haber encontrado a un hombre que me quiera sin importarle las consecuencias, y además, un hombre al que amo con todas mis fuerzas.
—Me haces tan feliz…
El amor de Josh actúa como una fuerza protectora invisible, que me defiende de cualquier cosa que pueda dañarme. Él es el único que tiene ese poder. Y, justo por eso, es el único que puede hacerme daño. Todo lo demás me resbala.
—Bien.
Me ayuda a levantarme y me llena la cara de besos antes de secarme las lágrimas con los pulgares.
—¿Estás bien?
«¿Bien?» Estoy mejor que bien, estoy caminando sobre las nubes. Cuando asiento con la cabeza, él me agarra la mano con fuerza y me lleva hacia la salida.
—Pues vámonos. No puedo mirar esos tronos sin pensar en que estás mucho mejor sentada en mi cara.
Cuando se me escapa la risa, él me dirige una sonrisa traviesa.
—Eres terrible.
—¿Por dónde se va a tu despacho? —me pregunta cuando llegamos a un cruce de pasillos.
Trato de adelantarlo, pero él me tira de la mano.
—No, estoy harto de que me lleves por todas partes. ¿Por dónde se va?
Señalo el camino y él vuelve a tirar de mí. Sonrío y dejo que me guíe. Es el hombre con el que voy a casarme, mi chico americano.
Cuando llegamos al descansillo de la galería, señala unas puertas y asiento con la cabeza. Josh me invita a pasar y luego se dirige directamente a la imponente silla de brazos que hay del otro lado del escritorio. La silla del soberano. La silla en la que solo se asientan posaderas reales. A juzgar por su sonrisa traviesa, creo que ya lo sabe. Sin titubear y soltando un suspiro de lo más teatral, se deja caer en ella y se estira, apoyando los pies encima de la mesa.
—¿Que me corten la cabeza? —me sugiere, cruzando los brazos en la nuca.
—¿Cuál de ellas? —le sigo la broma y hago lo que ningún rey o reina ha hecho antes: sentarme en el otro lado del escritorio—. ¿Estás cómodo?
—Oh, sí. —Mira a su alrededor con los labios fruncidos—. ¿Te imaginas las conversaciones que deben de haber tenido lugar entre estas paredes?
Me echo a reír.
—Me hago una idea.
Cojo la caja de cintas que Kim me ha dejado. Esas conversaciones definen la historia y pronto será mi turno de tener otra, probablemente una de las más trascendentales que hayan tenido lugar aquí dentro. En cuanto se haga público el comunicado y llegue la gente con la que tengo que hablar, será el momento.
Pero, por ahora, saco las cintas y leo las etiquetas que anuncian lo que me voy a encontrar cuando reúna el valor para verlas: El décimo cumpleaños de John. El bautizo de Eddie. Los veinticinco años de mi abuelo en el trono… Inspiro hondo y vuelvo a dejarlas en la caja.
—¿Qué pasa? —me pregunta Josh, bajando los pies al suelo y apoyando los codos en la mesa.
Me encojo de hombros, fingiendo despreocupación, pero a él no lo engaño.
—No me apetece demasiado tener que contemplar décadas de la historia de mi familia.
—Pues no lo hagas.
—La idea resulta tentadora, pero nuestra relación con los medios se basa en un toma y daca. Yo les doy algo que me siento cómoda compartiendo y a cambio ellos no se toman libertades.
—¿Y qué les vamos a dar?
Me toma la mano y me acaricia el dedo donde pronto me pondrá un anillo. Es una buena pregunta y, aunque estoy totalmente entregada a la causa, reconozco que vamos a tener que andarnos con pies de plomo.
—Davenport sigue en su despacho redactando el comunicado. En cuanto lo tenga listo, lo hablaremos con el equipo de Relaciones Públicas.
Ambos nos volvemos hacia la puerta cuando alguien llama. No siento la necesidad de echar a Josh de mi silla. Todos van a tener que acostumbrarse a su presencia, da igual dónde decida sentarse.
—Adelante.
Le suelto la mano y me echo hacia atrás en la silla.
Kim entra y alza las cejas cuando ve que Josh y yo nos hemos intercambiado los asientos.
—Se ha olvidado esto en sus habitaciones.
Deja la carpeta sobre el escritorio.
—Gracias, Kim.
—Y tiene visita.
Mi corazón da un vuelco.
—Oh.
Por favor, que no sean ni sir Don ni David Sampson. Necesito que el comunicado se apruebe y se envíe a los medios antes de que puedan impedirlo.
Kim ladea la cabeza y yo la imito.
—Su alteza el príncipe Edward, señora.
—¿Eddie está aquí? —Me pongo en pie de un salto—. ¿Está sobrio?
—Eso creo.
Esas sencillas palabras me hacen muy feliz.
—Por favor, hazlo pasar.
Me pongo a caminar arriba y abajo, nerviosa por la llegada de mi hermano. ¿A qué se deberá su visita? ¿Se mostrará hostil? ¿Sarcástico? ¿Amargado? ¿Habrá visto a Davenport o a nuestra madre por los pasillos?
—Siéntate, Adeline —me dice Josh, en voz baja, deteniendo mi escalada de incertidumbre—. Seguro que todo irá bien.
Me siento.
—Estoy nerviosa.
—Normal. Tal vez te pida permiso para casarse con la estrella del porno con la que se lo ha relacionado últimamente.
—Ay, compórtate.
Tamborileo los dedos sobre el regazo, inquieta. Madre mía. ¿Y si esa es la causa de su visita? Yo acabo de aceptar la proposición de Josh, que, aunque no tiene nada que ver con esa mujer, para mucha gente es tan poco adecuado como ella.
—Y, que yo sepa, es modelo. No, no es verdad. Mi hermano solo se está rebelando —me digo más a mí misma que a Josh.
—¿Igual que tú?
—Yo no me estoy rebelando. Estoy haciendo que la monarquía entre en el siglo veintiuno, aunque sea a rastras.
—Entonces ¿vas a otorgarle un título a este plebeyo americano? —me pregunta, alzando una ceja con arrogancia—, porque creo que el de príncipe encantador me pega.
—Incorregible, como siempre.
—En realidad, no. Lo retiro. Prefiero el de rey.
—¿Rey de los arrogantes?
—No, tu rey —responde tan tranquilo.
Y no le llevo la contraria porque tiene razón.
Aunque declararlo oficialmente «Mi rey» sería pedirle demasiado a la institución. Un shock detrás de otro.
—¿Qué tal si de momento lo dejamos como una broma entre nosotros?
—Para mí no es ninguna broma. Eh, no pretenderás que a partir de ahora hable con una patata en la boca, ¿no?
—¡Por supuesto que no! —Madre mía, ¿cómo voy a privarlo de ese rudo acento sureño? Ni pensarlo—. Me encanta tu manera de hablar. —Me gusta todo de él, y nunca trataré de cambiarlo. Y si alguien lo intenta, se las verá conmigo—. Me quedo con el lote original, sin adulterar, muchas gracias.
—Me siento honrado.
—Y así debe ser.
Nos sonreímos, pero la sonrisa se me borra de golpe de la cara cuando llaman a la puerta.
—Maldita sea… —murmuro, levantándome y alisándome la falda tubo que he combinado con una blusa—. ¿Estoy bien?
—Adeline, cálmate.
Sí, claro. Para él es muy fácil.
—Adelante —digo.
Kim entra primero, pero ni la veo, porque mis ojos buscan a mi hermano, que la sigue.
—Oh, Eddie.
Se me cae el alma a los pies. Casi no lo reconozco. El príncipe playboy de mirada brillante se ha convertido en el príncipe de la oscuridad, con pozos negros en lugar de ojos.
—Su alteza real el príncipe Edward —anuncia Kim.
Eddie cierra los ojos, como si oír su título le resultara doloroso. La verdad es que también me duele a mí. No muestra intención de entrar; se queda parado en el umbral, como si estuviera asustado. Así que soy yo la que, siguiendo mi instinto, me acerco y abrazo su cuerpo debilitado con toda la fuerza que pienso que puede resistir. Cuando él no me rechaza, doy gracias a Dios.
Como si me necesitara para sostenerse en pie, se cuelga de mí, como un niño pequeño perdido, tratando de superar los golpes de la vida.
—No quiero seguir sintiéndome así, Addy —me dice con la voz rota, ocultando la cara en mi cuello—. Tanta amargura, tanto dolor, no puedo soportarlo más.
Destrozada por sus palabras, cierro los ojos y las lágrimas caen por mis mejillas. Mi querido Eddie, tan roto y asustado.
—Yo te curaré —le aseguro—. Te lo prometo; te curaré.
Cueste lo que cueste, volveré a ver el brillo en sus ojos, recuperaré al hombre que se ha perdido durante esta tórrida etapa de nuestra vida.
Lo oigo sollozar antes de apartarse de mí y aclararse la garganta. Me seco las lágrimas y luego le seco las suyas. Lo agarro del brazo y lo hago entrar en el despacho para que Kim pueda cerrar de una vez la puerta.
—¡Joder! —exclama al ver a Josh sentado a mi mesa—. Mister Hollywood. —Me mira con curiosidad—. ¿Qué está pasando aquí?
—Te lo contaré en otro momento —le aseguro—, pero ahora siéntate.
—Yo le haría caso —comenta Josh, dirigiéndole a Eddie una sonrisa solidaria—. Se ha levantado de lo más mandona.
—¿Qué haces aquí? —Eddie se sienta y nos mira a los dos—. Lo último que me dijeron fue que mi hermana se había prometido con Hay…
Carraspeo, impidiendo que acabe de pronunciar el nombre que puede hacer que Josh pierda la cabeza. Siento como se pone en guardia y se le calienta la sangre.
—Un episodio de locura transitoria por su parte —contesta, haciendo que Eddie levante las manos en señal de rendición.
—Eh, todos tenemos un mal día. —Contiene la risa y se echa hacia atrás en la silla—. De hecho, por eso estoy aquí.
—¿Perdón?
—Te vi anoche en la inauguración del Royal Ballet. Con Hay… —Esta vez él mismo se interrumpe y le dirige una mirada de disculpa a Josh—. Con él. Sonreías, pero te vi tremendamente infeliz. He venido para pedirte que no te cases con él.
Siento ganas de llorar de felicidad. Sabía que Eddie se daría cuenta de mi lucha interior. Me habría gustado que hubiera tratado de hacerme cambiar de opinión antes, pero, aunque llega un poco tarde, me alegro mucho de que lo haya hecho.
—No lo haré.
—Te aseguro que no lo hará —insiste Josh.
—Bueno, ya me lo he imaginado, en cuanto te he visto aquí. Eres la viva imagen de la satisfacción sexual. —Eddie aparta la vista de mi sexualmente satisfecho novio y me mira a mí, que lucho por no ruborizarme—. Y bien, ¿qué pasó?
—No preguntes.
—Se puso un poco agresivo con tu hermana. —Josh vuelve a vibrar de rabia.
—¿Qué demonios…? —Eddie se echa hacia atrás, sorprendido—. ¿Te pegó?
—No. —Hago un gesto con la mano, quitándole importancia a la situación, lo que hace que Josh se enfurezca aún más—. Se puso un poco brusco.
—Voy a matarlo —declara Eddie.
—Ponte a la cola —replica Josh, que se levanta y empieza a andar por la habitación, como si quisiera quemar así la furia.
Madre mía, tengo que distraer su atención rápidamente antes de que Josh y mi hermano se vayan de cacería. Ahora lo importante no soy yo; lo importante es Eddie. Aunque reconozco que verlo así, en plan protector, después de tantos días, me hace muy feliz.
—¿Cómo…?
—Entonces ¿vuelves a salir con mister Hollywood? —Está claro que Eddie no quiere cambiar de tema.
—¿Puedes dejar de llamarlo así? —refunfuño, enfadada—. Y sí, estamos juntos.
Cuando Eddie se echa a reír, lo fulmino con la mirada.
—Dios santo. ¿Lo saben?
—Oficialmente no. Pero lo sabrán en cuanto se publique el comunicado oficial.
—Joder, Adeline. Van a tirarse de los pelos.
—Soy consciente de las repercusiones, Edward.
Llevo meses lidiando con ellos. Eddie lo sabría si no se hubiera pasado todo este tiempo ahogando las penas entre alcohol y mujeres.
—Edward. —Se ríe mi hermano, y me señala con el pulgar—. Solo me llama así cuando está a la defensiva.
—No estoy a la defensiva —salto, indignada—. Es solo que…
—Va a casarse conmigo. —Josh le suelta la noticia como una bomba, y estoy segura de que el cerebro de Eddie estalla.
Se convulsiona de arriba abajo en la silla, moviendo más su cuerpo agotado en esa sacudida de lo que se ha movido desde que ha entrado.
—Repite eso.
Cierro los ojos para dejar de ver la cara asombrada de Eddie e inspiro hondo para armarme de paciencia.
—Gracias, Josh —le digo, agotada—. Muchas gracias.
Le dirijo una mirada asesina, pero él no parece arrepentido en absoluto. Se encoge de hombros como si no pasara nada y sigue recorriendo la habitación.
—¿Cuándo ha ocurrido todo esto? —pregunta Eddie, mirándonos ahora a uno, ahora al otro—. Joder, he elegido un buen día para venir.
—Maldita sea, Eddie. ¿Quieres parar?
Me levanto y me uno a Josh en su caminata, pero yo no camino por rabia, sino por nervios, ya que mi querido hermano acaba de recordarme la enormidad de lo que estoy a punto de hacer. No es la primera vez que me enfrento a las normas, pero es que esta vez parece tan… definitiva… Es como si estuviera al borde de un precipicio. Y sé que ya no hay vuelta atrás; nadie nos va a parar. Hemos sorteado todos los obstáculos que nos han puesto en el camino y hemos salido ilesos, solo con unos cuantos arañazos. Y no estoy hablando de la espalda de Josh.
—En todo caso… —Niego con la cabeza para librarme de las malas vibraciones—. ¿Qué voy a hacer contigo, hermanito?
Él se ríe por la nariz y a Josh se le escapa la risa al oírlo, lo que hace que los dos se ganen una de mis miradas indignadas.
—Bueno —responde Eddie—, ahora ya no estoy tan preocupado por provocar un escándalo. De eso ya os estáis encargando vosotros, espectacularmente bien, por cierto.
—Eh, tío. —Josh vuelve a sentarse en mi silla, coge una pluma y la lanza a la cabeza de Eddie—. No seas capullo.
La pluma rebota en la cabeza de mi hermano, que está demasiado agotado para esquivarla.
—No es nada personal, mister Hollywood. Solo digo las cosas como son.
Se me ha acabado la paciencia, así que suelto la palabra y espero a que mi hermano explote:
—Rehabilitación.
Eddie se queda inmóvil en la silla y Josh se encoge un poco. Así está mejor. Me gustan los hombres que saben cuál es su lugar. Me felicito por dentro y me siento al lado de mi hermano.
—Y ahora que por fin tengo vuestra atención…
—No hacía falta que te la ganaras a puñaladas —refunfuña Eddie, revolviéndose incómodo, con el ceño fruncido.
Yo frunzo los labios y me encojo de hombros. Recuerdo la última vez que sugerí que fuera a rehabilitación mientras cenábamos en Kellington. Esa noche, Eddie salió corriendo; al menos hoy sigue aquí.
—¿Qué opinas?
—Opino que la noticia de que el príncipe está en rehabilitación provocaría un escándalo.
Entiendo que no quiera que nadie se entere y sé que no es porque sea príncipe —y es príncipe, diga lo que diga la historia familiar—, sino porque es un hombre orgulloso.
—Nadie se enterará, Eddie —le digo—. Además, pronto se hará público que la reina va a casarse con un actor americano y plebeyo. Eso eclipsará todo lo demás.
—Ya basta, me abrumas con tantos halagos —refunfuña Josh, que coge otra pluma y hace el gesto de lanzarla en mi dirección, pero no la lanza.
Sonriendo, tomo la mano de Eddie.
—No puedes seguir así.
—Ya lo sé, Addy. —Se frota la frente con las yemas de los dedos—. Lo sé. —Suspira y, con los ojos cerrados, inclina la cabeza hacia atrás—. Pero es que la bebida es lo único que me hace olvidar el desastre que es mi familia.
—¿Cuándo fue la última vez que bebiste?
—El jueves.
—¡Han pasado tres días! —exclamo, animada por sus palabras.
Tres días es un buen comienzo.
—Tres días de infierno. Tres días de verte en las noticias y notar que no sabías qué estabas haciendo con tu vida. Me di cuenta de que te sentías igual que yo: perdida.
La alegría se ve ensombrecida por una sensación horrible de infelicidad al recordar las semanas que he pasado.
—Pero he decidido encontrarme, Eddie —le aseguro, mirando a Josh—. No debemos permitir que nuestro desafortunado linaje dicte nuestro destino, ni siquiera por el trono.
El hecho de que Eddie no sea el hijo biológico de mi padre no tiene importancia. Ha sido criado como un príncipe y, en mi opinión, se ha ganado el derecho a decidir su destino. No debe permitir que nadie le imponga cómo debe ser.
—Si quieres apartarte de este montón de mentiras, no te detendré. Encontraré la manera de que puedas hacerlo. —Y trataré también de no sentir una inmensa envidia. Creo que es lo que yo haría si estuviera en su lugar—. Pero, decidas lo que decidas, por favor recuerda que debes hacerlo por ti; no dejes que la amargura y el dolor decidan en tu nombre.
—No sé si es correcto que la jefa del Estado hable de manera tan altruista. —Me acaricia cariñosamente la mejilla—. A pesar de lo que tú y otros pensáis, princesita, este país va a estar orgulloso de su reina. Eres auténtica y preciosa, un tesoro de los de verdad.
—¡Oh, ya vale! —Le aparto la mano de la cara antes de que se la llene con absurdas lágrimas—. Dudo mucho que el consejo comparta tu opinión.
Me aclaro la garganta, me levanto y me aliso la ropa, inspirando hondo para controlar la emoción.
—Y ahora creo que… —empiezo a decir.
La puerta se abre bruscamente y me vuelvo en redondo para ver quién ha tenido la audacia de entrar sin que lo anuncien.
—He tratado de detenerlo, señora —se excusa Sid, apoyándose en el marco, exhausto.
Haydon contempla la escena y sentado muy cómodo en mi silla ve a Josh, cuya expresión se vuelve rápidamente hostil.
«¡Oh, no!»
Eddie se pone en pie con una agilidad asombrosa dado el estado en el que se encuentra.
—Qué poca vergüenza —le echa en cara mi hermano, con los dientes apretados.
—Y que lo digas, joder. —Josh también se levanta, aunque más despacio y con una actitud mucho más amenazadora.
Ignorándolos a los dos, Haydon se acerca a mí y me toma la mano. Tiene la nariz hecha un desastre y un ojo morado.
«Ay, Damon».
—Adeline, por favor, ayer no era yo. No sé qué me pasó.
—¿No me digas? —replico con sarcasmo, y me suelto de su mano—. Será mejor que te vayas.
—Por favor, hazte a un lado, Addy —me pide Eddie con educación, apretando los puños.
—No, Edward. De verdad que no hace falta…
—Muévete, Adeline. —No hay nada de educado en las palabras ni en el tono de Josh—. Ahora.
—Dios santo. —Sid suspira mientras los lobos acorralan a su presa—. Voy a buscar a Damon, señora. —Sale disparado, dejándome sola ante el inevitable choque.
—Haydon, por favor, vete.
—Tengo que hablar contigo —me ruega, volviendo a tomarme la mano—. Puedo arreglarlo, dame una oportunidad.
—Aparta las manos de mi mujer —gruñe Josh, en un tono tan salvaje como sus palabras.
—Aparta las manos de su mujer —lo apoya Eddie, enseñándole los dientes a Haydon.
—¿Queréis callaros los dos? —salto, librándome otra vez del agarre de Haydon—. Soy perfectamente capaz de resolver esto sola. —Señalo la puerta y dirijo una mirada decidida a mis dos protectores—. Marchaos los dos.
—Ni hablar. —Josh contiene la risa—. Ni de coña.
Haydon hace una mueca.
—¿Vas a sacrificar una vida a mi lado para estar con este mono salvaje? Es ridículo.
«Ay, madre».
Josh salta por encima del escritorio, se lanza sobre un sorprendido Haydon y lo derriba. El salto hace que todo lo que había sobre la mesa se caiga al suelo. Me echo atrás de un brinco cuando la carpeta con las fotos familiares va a parar a mis pies.
—Capullo de mierda —gruñe Josh, clavando a Haydon contra la alfombra.
Echa un brazo hacia atrás y le da un puñetazo. El ruido sordo del golpe al conectar con su mandíbula hace que Eddie y yo nos encojamos.
«Dios santo».
—¡Josh! —grito, y trato de separarlos, pero Eddie lo impide, sujetándome—. Detenlos, por el amor de Dios.
—Creo que será mejor dejar que arreglen sus diferencias —me rebate Eddie.
¿Está sonriendo? ¿Mientras esos dos ruedan por el suelo, peleándose como animales?
—Josh le va a dar una paliza, pero alguien tenía que hacerlo.
—Eres de gran ayuda —le echo en cara, y me sobresalto cuando otro puñetazo alcanza su objetivo.
Con un ojo cerrado, me vuelvo hacia la pelea. Haydon está totalmente superado por Josh. No puedo mirar. Ya no siento ninguna simpatía por Haydon, pero no me gusta ver cómo le dan una paliza. Creo que Damon ya le dio su merecido ayer.
Mientras estoy pensando en él, aparece en la puerta.
—Gracias a Dios —susurro, al ver que mi jefe de seguridad se dirige directamente a la pelea, arranca a Josh de encima de Haydon y lo mantiene a una distancia prudencial.
—¡Eres un animal! —grita Haydon, poniéndose de pie con esfuerzo—. Sois perfectos el uno para el otro.
—¡Capullo! —Josh lucha por liberarse para seguir partiéndole la cara a Haydon, pero pronto se da cuenta de que Damon lo supera en fuerza, y se calma, aunque sus siguientes palabras provocan el mismo dolor que un puñetazo—: Pues menos mal que soy yo quien va a casarse con ella, ¿no crees?
«Oh, mierda».
—¿Qué? —pregunta Haydon, divertido.
—¿Qué? —Damon se atraganta, y me mira con los ojos muy abiertos.
—¿Qué? —pregunta alguien a mi espalda.
Encogiéndome, me vuelvo y veo a sir Don y a Sampson en el umbral. Pierdo las fuerzas. No era así como debían salir las cosas. Kim aparece a su espalda, sin aliento. Niega con la cabeza, disculpándose por no haber podido detenerlos, ni haber llegado a tiempo de avisarme. No la culpo. Todo está fuera de control.
—Ya lo han oído —suelta Josh, secamente, antes de librarse de Damon y de recolocarse la chaqueta, respirando con esfuerzo—. Va a casarse conmigo.
—Sí, creo que ya te han oído. —Me dirijo a mi silla y me siento—. Damon, por favor, acompaña al señor Sampson a la puerta.
Damon va a por Haydon y deja que me ocupe de su encantador padre.
—Sir Don, David, por favor, tomen asiento.
Miro a Josh, dejándole claro que no me ha gustado lo que ha hecho.
Él resopla.
—No me arrepiento de nada.
—No esperaba otra cosa.
—¿Qué está pasando aquí? —pregunta sir Don, mirando a Josh como si fuera un extraterrestre.
—¡Va a casarse con él! —grita Haydon mientras lo sacan a rastras de mi despacho—. ¡Va a casarse con un maldito americano! ¡Padre, tienes que hacer algo!
—Creo que tu padre ya ha hecho más de la cuenta —replico, apretando los dientes.
¿Así que Haydon no le fue con el cuento anoche? Me sorprende. Aunque tal vez no debería. Supongo que pensó que podría arreglar las cosas antes de que estos dos cerdos descubrieran que había echado por tierra su duro trabajo.
—¿Qué demonios está pasando aquí? —pregunta David, sin molestarse en ir a auxiliar a su hijo, demasiado preocupado por enterarse de lo que se está perdiendo.
—¿Qué está pasando? —repito, pensativa—. Creo que será mejor esperar al mayor Davenport y al equipo de Relaciones Públicas antes de contarles los detalles.
Me echo hacia atrás en la silla y le indico a Josh con un movimiento de la cabeza que se siente en el sofá, junto a la chimenea. Él me obedece, no muy convencido, y se acomoda tras ajustarse el pantalón. ¿Tendrá una erección? Bajo la vista un instante y no necesito más para darme cuenta de que sí, efectivamente, la tiene. Él asiente en silencio y yo pestañeo antes de devolver mi atención a sir Don y David Sampson, conteniendo una risita nerviosa. Jolines, ¿mi vida va a ser siempre así a partir de ahora? ¿Voy a tener que esforzarme en mantener la autoridad y la compostura y, al mismo tiempo, controlarme para no lanzarme sobre él?
Lo miro con el rabillo del ojo. Está sonriendo. Carraspeo, negando con la cabeza, y doy gracias al cielo cuando veo entrar a mi equipo de Relaciones Públicas, seguido por un Davenport de aspecto serio. Cuando me mira e inclina la cabeza, sé que ha acabado de redactar el comunicado. Bien. Mientras Eddie se sienta junto a Josh en el sofá, yo jugueteo con las cosas que Kim, amablemente, ha recogido del suelo y ha vuelto a dejar en el escritorio.
—¿De qué estábamos hablando? —Aparto la caja roja a un lado—. Ah, sí, David me preguntaba qué demonios estaba pasando. —Le dirijo la sonrisa más empalagosa que logro esbozar—. Supongo que no se refería a sus intentos maliciosos de ponerme en contra del señor Jameson, ¿verdad? —Ladeo la cabeza. Tanto él como sir Don permanecen impasibles, mirándome. Ya, bueno, no esperaba que lo admitieran—. Pues, aparte de ese malentendido que el señor Jameson y yo ya hemos resuelto, vamos a casarnos.
—Qué absurdo. —Sir Don vuelve a despreciar mis palabras—. ¿Un malentendido? El señor Jameson ha demostrado muchas veces que es un mujeriego. La lujuria la ciega, majestad.
Veo que Josh se revuelve en el sofá, a punto de estallar otra vez.
—No, lo que estuvo a punto de cegarme fue su intento de destruirlo.
—¡Bobadas! El comportamiento del señor Jameson no tuvo nada que ver conmigo. Le ha lavado el cerebro.
—Sir Don, su opinión no me importa ni poco ni mucho. Lo importante ahora es que dudo que quiera seguir trabajando para una monarquía que ya no puede controlar, ¿me equivoco?
—Le he dicho en miles de ocasiones que un acto tan insensato causará disturbios en el país.
—¿Se refiere a los secretos que todos guardamos?
—Efectivamente.
—Su familia y usted han sido protectores del reino durante décadas, sir Don. —Me echo hacia delante y le sonrío dulcemente—. ¿Quiere seguir protegiéndolo?
—No puedo involucrarme en algo tan absurdo como esto. Es atroz.
No me extraña que no pueda. Regresó a mi servicio tras involucrar a Josh con una prostituta, tras ponerme en su contra. Regresó para controlarme.
—Pues no lo haga. —Acaba de ahorrarme la desagradable tarea de tener que despedirlo de nuevo—. Acepto su renuncia. —Me vuelvo hacia el padre de Haydon y ladeo la cabeza—. Está muy callado, David.
—El shock suele tener ese efecto en las personas —admite, pestañeando.
—Sí, supongo que tiene razón. —Al fin y al cabo, pensaba que se había salido con la suya. Qué pena, me sabe mal decepcionarlo. O no—. Escúcheme bien. Hoy haré pública mi relación con Joshua Jameson.
Los dos hombres se sobresaltan, probablemente irritados por tener tan poco tiempo de reacción.
—Aunque es algo que ya no debe preocuparlos, pues ninguno de los dos volverá a aconsejarme. Aun así, no sufran. El equipo de Relaciones Públicas lo coordinará todo perfectamente y lo tratarán con mucha corrección. Y cuando llegue el momento, haremos público nuestro compromiso.
Josh se sienta en el borde del sofá.
—Adeline, un mom…
Lo hago callar con una mirada. Una mirada que le advierte que no se atreva a cuestionar mi autoridad delante de estos dos hombres. Con el resto de la gente, me da igual, pero ¿delante de estos dos? Nunca. Ya me ocuparé de Josh luego si hace falta. Además, ¿qué pretendía que hiciera? ¿Anunciar que cancelo mi compromiso con un hombre, que mantengo una relación con otro y, ya puestos, que me he comprometido con él? ¿Todo a la vez? A la gente le daría un síncope. Bastante los vamos a escandalizar sin anunciar el nuevo compromiso.
—Tú y yo hablaremos luego, en privado.
¡Ay, madre mía! Sus ojos me dicen que me va a dejar el culo caliente cuando nos quedemos a solas. ¿Es malo que se me caliente otra cosa solo de pensarlo? Me concentro para volver a enfrentarme a mis adversarios.
Sir Don estaba esperando a tener mi atención para hablar.
—¿Y cómo va a explicarle al mundo que ha roto su relación con el señor Sampson?
—¿Usted qué cree, sir Don? Diré la verdad, por una vez en la vida. Diré que he intentado respetar las tradiciones, pero que al final he tenido que seguir el dictado de mi corazón.
No sé cómo va a reaccionar la gente. Tal vez me feliciten por mi valentía o me critiquen por ser egoísta. Sea como sea, estoy lista para asumirlo.
—¡Menuda ridiculez! —exclama sir Don en tono de burla.
—No, sir Don. Lo ridículo es que haya fallado en su deber de proteger al monarca. No lanzarlo a los leones para que lo destrocen por su insolencia y deslealtad. ¿Pretendía desafiarme? Idiota. Yo soy la reina de Inglaterra y usted no es más que un criado. Ahora ya ni eso, no es nada. Puede salir de palacio como lo que es, una rata traidora, y vivir el resto de sus días sabiendo que me falló. —Inspiro hondo para calmarme—. Recojan sus cosas y váyanse antes de que los haga arrestar por traición.
David Sampson se vuelve en silencio hacia Josh y, aunque no dice nada, sus ojos hablan por sí solos. Se está preguntando cómo lo ha hecho, cómo ha conseguido convencerme de que todo fue una trampa. Cómo logró hablar conmigo, cómo logró que confiara en él. Creo en él sin necesidad de pruebas. Mi corazón cree en él, igual que mi fe.
—¡Su padre estaría avergonzado!
—Mi padre ya no está aquí, sir Don. Está en mi despacho, el despacho de la reina. Su superior… y ahora también su pesadilla. —Me levanto para hacerles saber que se les ha agotado el tiempo—. No quiero volver a ver sus caras traicioneras en mi vida. Les retiro sus títulos y revoco todos sus privilegios. Fuera de aquí. —Los observo mientras se levantan y se vuelven lentamente—. Y para que lo sepan —les digo en voz baja y calmada—, el señor Jameson se alojará en palacio en adelante. —Sonrío cuando me miran por encima del hombro—. Está bajo la protección real. Creo que es lo más prudente. Ahí fuera el mundo es una auténtica jungla, llena de peligros.
Ninguno de los dos me responde. Parecen no dar crédito a lo que está pasando.
Cuando Damon regresa de haber sacado la basura, le hago una señal para que acompañe a sir Don y a Sampson hasta que se marchen.
Kim sale con el equipo de Relaciones Públicas, y cuando cierra la puerta, me froto las manos, como si acabara de quitarme de encima un asunto muy turbio.
—Bueno, no ha ido tan mal, ¿no? —Busco a Josh, que sigue en el sofá.
Me está dirigiendo una mirada ardiente. Niega con la cabeza y aparta la vista, volviendo a ajustarse discretamente el pantalón mientras suelta el aire despacio.
Me muerdo el labio, divertida por su reacción. Lo dejo para que se calme y miro hacia el resto de los presentes. Eddie está contemplando a Davenport, pero no con odio; su expresión es imperturbable. Nerviosa, miro al mayor…, que también es el padre biológico de Eddie. Creo que esta es la primera vez que están juntos desde que estalló el escándalo. Él también está mirando a mi hermano, y su rostro, generalmente impávido, se ha suavizado.
—¿Tiene el comunicado? —le pregunto a Davenport.
Él se vuelve hacia mí poco a poco y me pregunta:
—¿Va a casarse?
Me encojo un poco, porque me había olvidado de que él tampoco estaba al corriente de la noticia. Me doy cuenta de que no me ha cuestionado delante de sir Don y David. Es lógico. No ha querido desconcentrarme en esos momentos y no le interesaba que los demás vieran que no estaba informado.
—Me ha tomado por sorpresa. —Negando con la cabeza ligeramente, se levanta para irse. Es muy discreto y supongo que no quiere estar de más—. Voy a imprimir el comunicado para que lo firme.
—De acuerdo. Gracias, mayor.
Eddie se levanta del sofá.
—Davenport —lo llama, inseguro, haciendo que el mayor se detenga junto a la puerta, aunque no se da la vuelta—. ¿Me preguntaba si podríamos hablar?
Con las manos en los bolsillos de los vaqueros, Eddie, igual que yo, espera conteniendo el aliento a que Davenport responda.
—Me gustaría, sí. Estaré en mi despacho.
Eddie lo sigue y sonrío, llena de esperanza. Ojalá logren entenderse.
Por fin Josh y yo nos quedamos a solas. Todo empieza a encajar. Josh está aquí, yo estoy aquí, el anuncio es inminente. Sé que no puede pasar nada más, pero mi estómago se niega a calmarse y se retuerce, receloso. Cojo el teléfono y le escribo un mensaje a Damon, pidiéndole que me avise en cuanto sir Don y David se hayan marchado de palacio. Él me confirma que así lo hará y añade que Haydon ya está fuera, escoltado por uno de sus hombres.
Necesito distraerme. Olvidarme del comunicado y la explosión que va a provocar.
—¿Miramos fotos? —le propongo a Josh para pasar el rato.
—Deja de preocuparte —me ordena.
—No puedo evitarlo. Después de todo lo que ha pasado, creo que no está de más ser prudente.
—Tienes que relajarte.
—Decirlo es fácil, pero hacerlo no tanto.
—¿Ah, no? —Él ladea la cabeza y yo lo imito, curiosa—. Yo creo que sí. Levántate y apoya las manos en el borde de la mesa.
—¿Qué?
—Te lo mereces, por cortarme las pelotas delante de tus secuaces. Ya verás como te olvidas de todo. —Se levanta—. Hazlo.
Con el corazón desbocado, me levanto y apoyo las manos en el borde del escritorio. Sin dudas, sin preguntas. Josh sabe cómo tratarme y me encanta cómo lo hace. Mantener mi autoridad durante tanto rato ha sido un trabajo duro. Me vendría bien una siesta. O…
Echo las piernas hacia atrás y miro por encima del hombro, dirigiéndole una mirada seductora mientras él se acerca a la puerta y la cierra con llave. Tengo la sensación de que tarda años en regresar a mi lado. Haciéndose el pensativo, coge una regla del escritorio, la examina y se golpea con ella la palma de la mano.
—Perfecta —declara, y camina para colocarse a mi espalda.
Cierro los ojos y contengo el aliento mientras él me levanta la falda hasta la cintura.
—Te pones tan jodidamente sexy cuando estás al mando… —dice, acariciándome una nalga con la mano.
¡Zas!
El azote me toma por sorpresa; la madera hace más daño que la mano.
—Joder.
Me desplazo hacia delante, con el culo ardiendo, como si unas llamas se extendieran por mis nalgas como lo haría una grieta por un cristal roto. Jadeo, tratando de recuperar la posición, porque sé que no ha acabado. Entro en una especie de trance. Respiro más despacio y sonrío cuando el dolor se transforma en un latido delicioso entre las piernas.
—Otra vez —le exijo, y gruño cuando él me azota sin piedad.
Más dolor, seguido de más placer. Tiemblo de arriba abajo y el clítoris me vibra sin control. Si me roza, me correré.
Josh se acerca y se inclina, pegando su torso a mi espalda, rodeándome la cintura con un brazo y colándose entre mis muslos. Inspira entre dientes mientras desliza los dedos dentro de mis bragas y alcanza mi humedad. Cuando separa los dedos, echo el culo hacia atrás, buscando la fricción de su entrepierna.
—Sí, Dios, sí —jadeo, haciendo rodar las caderas.
—¿Te gusta, majestad? ¿Te gusta que te folle con los dedos?
Me acaricia con firmeza, deslizándose fácilmente en mi interior hasta que mi pulso es incontrolable.
—Oh, sí. Dios. —Aprieto los puños y los apoyo en la mesa—. Más deprisa.
Noto su sonrisa instantes antes de que me muerda el hombro. Un momento después, echo la cabeza hacia atrás, con los ojos en blanco.
—Mierda —murmuro, rindiéndome al placer, esperando las convulsiones que están a punto de apoderarse de mí. Cuando lo hacen, el cuerpo se me tensa y la intensidad me hace temblar—. Para —le ruego, porque la presión es excesiva—. Por favor, para.
—No pienso parar nunca, Adeline.
Hunde los dedos en mi interior una vez más, todo lo hondo que puede y mis músculos se contraen a su alrededor, posesivos, diciéndole sin palabras que en realidad no quiero que pare. Jadeo y pestañeo, viendo estrellas ante los ojos, y sigo cabalgando las oleadas de placer del orgasmo hasta que él retira los dedos lentamente.
Josh se aparta, me da la vuelta, hace que me eche sobre el escritorio y se tumba a su vez sobre mí. Mientras respiro en su cara, él no para de sonreír.
—¿Te sientes mejor, mi reina?
—Mucho mejor.
Y es verdad. La tensión de los hombros ha desaparecido y aunque sigo teniendo la mente confusa, ahora es por un motivo mucho más agradable.
—Gracias, amable señor.
—Siempre a su servicio.
Me besa la cara congestionada, sin dejarse ni un rinconcito. Luego me ayuda a levantarme y me coloca bien la falda.
—No sé si me gusta más tu cara justo antes del orgasmo o justo después. —Me retira el pelo y me besa en los labios—. ¿Y esas fotos?
Miro la caja que contiene las cintas y el entusiasmo del momento se ve empañado por la realidad.
—Sí, supongo que tengo que quitármelo de encima.
—Vamos. —Josh coge la caja y yo la carpeta de fotos—. Tengo ganas de ver si eras tan mona de pequeña como ahora.
—Yo no soy mona —protesto, mientras él me rodea los hombros con el otro brazo y nos dirigimos hacia la puerta.
Al abrirla, vemos a Kim, cargando con algo.
—¿Qué es eso?
—Un reproductor de vídeo.
Se lo deja a Josh encima de la caja de cintas.
—¿Qué tal se te da la tecnología obsoleta? —le pregunta.
Él mira el aparato con escepticismo.
—Lo intentaré.
—Gracias, Kim —le digo, y ella se aleja a toda prisa—. Lo instalaremos en el salón Wendsley.
—¿Cuántos salones hay en este antro? —me pregunta mientras recorremos el descansillo y empezamos a bajar la escalera.
—Unos cuantos.
—¿Cientos?
Entro en el salón Wendsley y le sujeto la puerta a Josh. Deja la caja junto al televisor, y mira la parte de atrás del aparato, rascándose la cabeza mientras busca la manera de conectarlo al reproductor de vídeo.
Mientras tanto, me arrodillo junto a la mesita baja y saco las cintas para colocarlas por orden cronológico.
—Mi bautizo —murmuro, leyendo las letras medio borradas en la pegatina de la cinta— y mi primer cumpleaños.
La levanto para enseñársela a Josh y me río al ver que tiene la cara pegada al televisor y el brazo estirado por detrás.
—Empezaremos con esta. ¿Funciona?
Me acerco gateando al reproductor, para ver si se enciende alguna luz.
—Dame un momento —murmura Josh, peleándose con los cables—. Joder, ¿de dónde habrá sacado este trasto? —Vuelve la cabeza para mirar dónde pone las manos, maldiciendo sin parar—. Ya. ¿Se enciende?
—Espera. —Cojo el mando a distancia, enciendo el televisor y miro si se activa alguna luz en el reproductor—. ¡Sí! —Meto la cinta en la ranura y me encojo cuando empieza a hacer ruidos de mecanismos que giran—. ¿Es normal que haga este ruido?
—¿Quién sabe?
Josh se sienta a mi lado, en el suelo, mientras esperamos a que se encienda la pantalla.
—¡Dios! —Se echa a reír cuando de repente sale la cara regordeta de un bebé—. ¿Eres tú?
—No —protesto, indignada, rezando para no serlo, aunque los elaborados faldones del vestido de bautizo en el que el bebé va envuelto como si fuera un regalo me hacen pensar lo contrario. Ay, madre, parece que vaya vestida de novia—. Mierda, pero si soy yo.
Lanzo una mirada asesina a Josh, que se retuerce de risa en el suelo, y hago que la cinta avance rápido cuando la grabación muestra un primer plano de mis gordezuelas mejillas.
—Ahí. —Dejo que de nuevo se reproduzca a ritmo normal y veo que mi madre me pasa a los brazos de…—. ¡Oh, Dios mío! Mira, es Sabina.
—Estoy ocupado mirando a tu madre —dice Josh, haciendo que me siente entre sus piernas.
Hago una mueca cuando rozo la alfombra con mi culo dolorido.
—Joder, eres tú.
Sonrío porque tiene razón. Lleva el pelo igual de largo que yo ahora, aunque el peinado es más voluminoso, probablemente se le sujeta gracias a un bote entero de laca.
—Mira, es Eddie.
Señalo la pantalla cuando mi hermano, un niño de pocos años, trata de escalar por el cuerpo de nuestra madre. Ella se agacha, coge al pequeño en brazos y deja que le llene la cara de besos.
—¿Y ese es John? —pregunta Josh, haciendo que desvíe la mirada hacia el otro extremo de la pantalla.
—Sí. —Parece que no le hace ninguna gracia que yo sea el centro de atención—. Madre mía, ya era un estirado de niño. —La tristeza se apodera de mí—. Pero supongo que es normal. Nació para ser rey.
Josh me abraza, consolándome en silencio. Con un nudo en la garganta, vuelvo a adelantar las imágenes en las que se me ve pasando de brazo en brazo.
—Ese es mi abuelo —comento, volviendo a reproducir la cinta en modo normal para que Josh lo vea.
El padre de mi padre me tiene en brazos, y se me ve diminuta en sus enormes manos reales.
—El tipo esculpido en piedra del laberinto.
—En la vida real también era bastante de piedra.
Mi abuelo me deja en brazos de Sabina con su malhumorado rostro de siempre, pero de pronto, cuando Sabina dice algo, sonríe. La sonrisa no va dirigida a su nieta, no. Va dirigida a Sabina. Rebobino y subo el volumen, preguntándome qué debió de decir la abuela de Haydon para provocar semejante sonrisa en un hombre tan despiadado.
—¿Qué pasa?
—¿Oyes lo que dice Sabina?
Me echo hacia delante y escucho atentamente, pero el ruido ambiental hace que sea imposible entenderlo.
—No.
—Yo tampoco. —Encogiéndome de hombros, me echo hacia atrás y vuelvo a adelantar la imagen—. Menudo honor para Sabina. El rey nunca sonreía ante nadie.
La pantalla se pone negra cuando la cinta se acaba.
—¿Cuál viene ahora? —digo, y cuando la encuentro, se la muestro con una sonrisa—. Mi segundo cumpleaños.
—¿Crees que se te habrán deshinchado los mofletes?
Sé que debería ignorarlo, pero su sonrisa burlona es demasiado adorable. Pongo los ojos en blanco mientras cambio la cinta y regreso a su lado.
—Espero verte a ti algún día de bebé.
Su sonrisa desaparece de golpe y me reprendo por haber sacado el tema de su infancia infeliz.
—Lo siento —digo.
—Anda, calla. —Vuelve a acomodarme entre sus piernas y me abraza con fuerza—. Ojalá tuviera imágenes mías de bebé, porque estoy seguro de que era más mono que tú.
Le doy un codazo juguetón, y él se ríe y me muerde la oreja.
—Sin pruebas, no podemos decidir.
Le doy al play y al momento desearía no haberlo hecho.
—¡Aaarggg!
—Joder, ¿qué te ha pasado en el pelo?
Le doy al botón de avance rápido y miro las escenas con los ojos entornados para no verme demasiado.
—Es evidente que mi madre me odiaba —murmuro—. Santo cielo, ¡si parezco un chico!
Cuando veo que la escena salta a los jardines de Claringdon, vuelvo a reproducirlo a velocidad normal. Ahí estoy otra vez, caminando como un pato alrededor de las piernas de la niñera.
—No me puedo creer que no haya visto antes estas imágenes. He visto fotos, pero nunca los vídeos. ¡Mira! Ahí está Davenport.
—Tan feliz como siempre. —Josh se ríe, pero yo no.
El viejo tiquismiquis parecía igual de estirado hace treinta años, pero ahora sé la causa. Está mirando a Eddie, y el corazón se me rompe un poco mientras mi hermano da vueltas en su bicicleta con ruedines. Me imagino las ganas que debía de tener de ir hacia él, de ser él quien le enseñara a montar, y siento una gran tristeza, que aumenta aún más cuando Eddie se cae y rompe a llorar. Veo que Davenport se tensa, luchando contra su instinto de ir a socorrer a su hijo.
—Joder —murmura Josh, que sin duda está pensando lo mismo que yo.
Debería mostrarle estas imágenes a Eddie. ¿Querrá verlas?
Niego con la cabeza, abrumada por las escenas que se desarrollan ante mí. Son de un tiempo que ya pasó, pero aún hacen daño; muestran verdades que han sido enmascaradas por mentiras durante décadas.
—Es todo muy obvio, ¿no crees?
—Sí —dice Josh, que me planta un beso casto en la mejilla, mientras me pregunto si esta es la razón por la que estas cintas no han salido a la luz durante treinta años.
Sin duda.
Sigo observando, arrobada, a un Davenport más joven que lucha contra su instinto y contempla a mi madre, que se acerca a Eddie y le sacude la ropa. Se ve a mi padre al fondo de la imagen, hablando con mi abuelo, sin hacer caso del hijo que llora.
—Si te resulta demasiado doloroso, paramos. —Josh trata de quitarme el mando a distancia, pero se lo impido.
—No.
Ver todas las mentiras de mi familia tan claramente expuestas ante mis ojos es la prueba que necesitaba de que estoy haciendo lo correcto. Mi madre parece ida, perdida en la vida, mientras consuela a su hijo y nadie a su alrededor se da cuenta de lo mal que lo está pasando. Cuando coge a Eddie en brazos, su mirada se cruza con la de Davenport. Durante unos segundos, ambos se quedan inmóviles, contemplándose, pero mi madre se aleja enseguida y deja a Eddie con la niñera. Un poco más allá, yo camino sobre la hierba. Esta vez soy yo la que se cae al ir tras una pelota con mis piernas demasiado cortas. Me veo al fondo de la imagen, ya que la cámara sigue fija en Eddie, que no para de llorar. Hago una mueca de dolor al ver que me caigo de bruces, porque mis bracitos no tienen fuerza para frenar la caída.
—¡Ay! —dice Josh, cuando mi yo del pasado empieza a llorar desesperadamente.
Me quedo de piedra cuando veo que es Davenport quien va a ayudarme. Me levanta del suelo y me abraza con fuerza hasta que dejo de llorar. Luego se agacha, me sienta en su rodilla y me examina las manos. Mientras me limpia las palmas, me habla con cariño. Se me hunden un poco los hombros. Pobre hombre. Las ganas que debía de tener de consolar así a Eddie… Me deja en el suelo para que vuelva a jugar y ocupa de nuevo su lugar en las afueras de la familia.
—Me sabe tan mal por él… —susurro—. Siempre le he echado en cara que se inmiscuyera en mi vida y ahora me siento fatal.
Siempre había creído que me odiaba, pero no es verdad. Podría haberme odiado, dado que nací fruto de una venganza despreciable, pero no me odió.
—No podías saberlo.
Incapaz de seguir contemplando esa escena, vuelvo a adelantar las imágenes y me salto el trozo en que mi madre me ayuda a abrir los regalos y soplo las velas de mi pastel de cumpleaños. Cuando mi padre vuelve a aparecer en pantalla, dejo de apretar el avance rápido y hago una mueca al ver que está con David Sampson. No ha cambiado nada. Su cara ya era igual de abofeteable entonces. Están charlando, totalmente ajenos a la fiesta. Igual que mi abuelo, que está al fondo, con Sabina.
Me fijo en ellos, y veo que Sabina sacude los brazos, como si estuviera frustrada por algo. Mi abuelo la lleva un poco aparte y mira a su alrededor. ¿Qué busca? ¿Oídos indiscretos? Están muy apartados de la escena principal, pero yo solo tengo ojos para ellos. ¿Están discutiendo?
A Josh le suena el teléfono y se aleja para hablar con alguien, no sé con quién, pero yo sigo con la vista clavada en las pequeñas figuras de mi abuelo y Sabina. Es evidente que están discutiendo, y más aún cuando mi abuelo se aleja de ella forzándose a aparentar calma. Se acerca a mi padre y a David Sampson. Mira primero a mi padre y luego a David, le apoya una mano en el hombro y se lo aprieta. No soy la única a la que le extraña la actitud de mi abuelo, ya que tanto mi padre como David lo miran con el ceño fruncido.
Detengo la cinta. La imagen congelada es inquietante. Sin decir nada, cuenta mil historias, desvela mil secretos. Dejo que Josh siga hablando y me centro en las fotos, buscando… algo. Las miro, pero no me fijo en lo que aparece en el centro, sino en lo que hay al fondo: gente sorprendida sin que se diera cuenta.
Hay muchísimas. En todas, mi madre se ve ausente y Davenport, impasible. Me detengo al encontrar una en la que mi padre me tiene en brazos. A su lado, David Sampson tiene en brazos a Haydon. Mi abuelo sale en el margen de la foto. Está con Sabina. Le apoya una mano en el brazo y ella apoya la suya en la de él. Paso a la siguiente foto. Retrata la misma escena, pero en esta aparece otra persona, alguien que observa al rey y a Sabina con una expresión inconfundible de enfado: el doctor Goodridge. Sigo mirando y encuentro una foto en blanco y negro de mi padre y el doctor Goodridge. Suelto las demás fotos y observo al doctor, que rodea a mi abuelo con un brazo. Ambos están ante un helicóptero, sonriendo.
«No».
Sigo buscando y encuentro una foto de Sabina, el doctor Goodridge y mi abuelo. Sabina está en medio de los dos. Ambos la abrazan. El doctor Goodridge la mira con cariño, pero ella no se da cuenta porque solo tiene ojos para mi abuelo.
«Dios mío».
—¿Adeline? —La voz de Josh me hace levantar la vista de las fotos. Al verme la cara, se sobresalta—. Parece que hayas visto un fantasma.
—No te falta razón —murmuro, y suelto las imágenes como si fueran venenosas.
—¿Qué…? —Maldice cuando vuelve a sonarle el teléfono—. Bates, te llamo lue… —Se interrumpe y añade—: Mándamela. —Cuelga y abre los mensajes—. Bates ha encontrado la imagen de alguien hablando con un miembro del personal del Ritz, en la entrada del servicio.
Miro a Josh mientras abre la foto con el ceño fruncido.
—Eh, este tío me suena —dice.
—¿Tiene sobrepeso? —le pregunto.
—Sí. —Frunce el ceño un poco más.
—¿Lleva un traje de tweed dos tallas más pequeñas de lo que le tocaría? ¿Tiene el pelo cano?
Josh baja el teléfono lentamente.
—Sí.
—¿Está algo jorobado del lado derecho? ¿Lleva un maletín negro?
—Me cago en todo, Adeline. ¿De qué va esto?
—¿He acertado?
—¡Sí!
Me pongo en pie de un salto, cojo las fotos y me acerco a la puerta.
—¡Kim! —grito, saliendo al pasillo y esperando a que aparezca.
Se acerca enseguida, alarmada por mis gritos.
—Dile a Davenport que no haga público aún el comunicado. —Cruzo el vestíbulo y subo la escalera a toda prisa—. Que venga a mi despacho.
—¡¿Qué está pasando?! —grita Josh a mi espalda, persiguiéndome—. ¿Por qué no hacemos público el comunicado?
—Porque puede que haya que cambiarlo.
—No, Adeline. —Me adelanta y se planta ante la puerta, impidiéndome el paso—. No más esperas. Llegamos a un acuerdo.
—No estoy hablando de esperar —le aseguro, y me abro paso a la fuerza.
Alzo la vista hacia el retrato de mi padre, que sigue colgado sobre la chimenea, pero aparto la mirada enseguida.
—¿Me puedes contar lo que pasa de una maldita vez?
Yo camino frente a la ventana, de un lado a otro.
—No me puedo creer que haya sido tan idiota.
—¡Adeline! —grita Josh, al límite de su paciencia—. Dime qué pa…
—¿Majestad? —Davenport se detiene en el umbral.
Lo que ve es a un Josh furioso y a mí, muy alterada.
—Necesito hablar con el doctor Goodridge.
—¿Está enferma?
—Sí —respondo.
Me siento y me froto el vientre. La verdad es que ganas de vomitar no me faltan.
—¿Se han ido ya sir Don y David Sampson?
—No, siguen recogiendo sus cosas.
—Bien, quiero hablar con ellos también. Y, por favor, haga venir a Sabina y a Haydon Sampson.
Davenport se apresura a cumplir mis órdenes. Josh se acerca a mí y hace girar la silla por los reposabrazos hasta que quedamos frente a frente. Se inclina y me mira sin disimular su frustración.
—¿Qué coño está pasando?
—Todo es mentira —respondo, respirando entrecortadamente—. Todo en mi vida es una mentira.
Frunce el ceño.
—¿Qué has visto en esas fotos?
—La verdad. —Respiro hondo, con la mente a punto de estallar—. Por primera vez en mi vida, creo que he visto toda la verdad.