3
Positivo. No es que dudara del resultado, ya que vi la verdad en los ojos de mi madre, pero una pequeña parte de mí no perdía la esperanza. Durante un momento, al darme cuenta de lo que pretendían con el maletín, sentí que alguien me lanzaba un salvavidas, que tenía una posibilidad de salvarme, una posibilidad de escapar de esta pesadilla. Pero no, no pudo ser. Soy, efectivamente, hija del rey. La heredera del trono. Y, ahora, reina de Inglaterra.
Me he pasado la noche dando vueltas en la cama, ideando planes muy elaborados para escabullirme de mis responsabilidades, pero, cosa rara en mí, las palabras de mi madre han calado en mi mente, y han calado bien hondo. La opinión pública se cebaría con Eddie, y conmigo, y con mi padre y mi hermano mayor, y con mi madre, por supuesto. La crucificarían. No puedo permitirlo. Mi conciencia no me perdonaría que los dejara a todos en la estacada por mi necesidad egoísta de huir de aquí. Mi destino está escrito; mi castigo, elegido. Es la hora del sacrificio.
Y como si mi sacrificio me hubiera oído, el teléfono suena y veo su nombre en la pantalla. Tal como estoy en este momento, hundida, sin esperanza, sé que no debo responder a la llamada. No debo dejar que Josh sea testigo de mi debilidad. No tengo nada claro que no me rompa al oír su voz y no le ruegue que venga a rescatarme de mi prisión.
Cojo el móvil, me tumbo en la cama y me quedo mirando la pantalla mientras sigue sonando. Y entonces, deja de sonar. Siento alivio, solo durante unos segundos; luego vuelve a sonar. Lo silencio y lo dejo sobre la almohada antes de levantarme y de buscar la seguridad que me da el baño. Cierro la puerta y apoyo en ella la espalda. Me miro en el espejo que tengo delante. No parezco una reina; parezco una joven perdida y solitaria cuyo pelo necesita un buen cepillado y cuya piel no puede estar más gris y apagada. La verdad, tengo un aspecto inaceptable. Empiezo a arreglarme. Necesito estar preparada para lo que venga, sea lo que sea. ¿Qué traerá el día?
Cuando acabo, estoy perfectamente maquillada, tal vez un poco en exceso, pero es necesario para tapar el cansancio. Me he alisado el pelo y me he puesto un vestido negro ceñido, con falda de tubo, y unos zapatos rojos de tacón alto, marca de la casa.
—¡Oh! —exclama Jenny cuando me ve salir del baño. Va cargada con todos sus bártulos de belleza—. ¿Llego tarde?
—No, he sido yo la que se ha adelantado.
Cojo el bolso, el teléfono y salgo de la suite.
—Hoy he preferido arreglarme sola.
Jenny se afana en seguirme, lo que no es fácil con todo lo que lleva encima.
—Debería haberme avisado. Habría venido antes.
—No hacía falta —le aseguro mientras me dirijo a la escalera para bajar al vestíbulo.
Sé que los dinosaurios que ayer me leyeron mis derechos esperarán que hoy me presente ante ellos vestida con un traje de dos piezas y un collar de perlas, como si fuera una fotocopia de mi madre, ya que ahora soy extraoficialmente la reina. Pero ni hablar, por encima de mi real cadáver. No pienso darles ese gusto, ni hoy ni cuando anuncien al país que ahora soy su reina.
Mientras bajo la escalera, echo un vistazo al móvil y frunzo los labios al ver que tengo un mensaje de Josh.
«No lo abras. No lo abras. Te prohíbo que lo abras, Adeline».
Pero sin hacer caso de mi mantra mental, mi dedo pulgar adquiere vida propia y abre el mensaje. Me detengo en seco al pie de la escalera al ver la foto que me ha enviado y un gemido se escapa de mis labios sin poder evitarlo.
—¿Qué ocurre, alteza? —me pregunta Jenny, preocupada.
—Una hamburguesa grasienta —murmuro mientras se me llenan los ojos de lágrimas.
No le falta ni la banderita americana. Las palabras de Josh resuenan en mi cabeza: «Toda mujer necesita comerse una bien grande de vez en cuando. Cuanto más grande y más mala para la salud mejor, alteza». Trago saliva y veo que ha escrito tres palabras al pie de la foto:
Incluso la reina.
Su mensaje me llega alto y claro: no piensa rendirse. Ha recibido las advertencias, pero no va a hacerles caso. Cierro el mensaje y me llevo el teléfono al pecho. Mordisqueándome el labio inferior, reflexiono. Tiene que parar, tiene que alejarse de mí.
—¿Señora? —Damon sale de la cocina, se acerca, y me examina de arriba abajo—. ¿Nos esperan en alguna parte?
No lo he avisado porque no tengo ningún plan. La verdad es que no tengo ni idea de adónde ir.
—No lo sé —admito, dejando que vea lo perdida que estoy.
Él suspira, despide a Jenny y me acompaña al coche.
—¿Quizá a los establos?
—Sí, es una idea fantástica.
Siento ganas de besarlo por haber tenido una idea tan buena. Distraerme es justo lo que necesito. Y qué mejor manera que dando un paseo a caballo y disfrutando del aire fresco de la campiña. Stan y Hierbabuena deben de llevar semanas pensando que me he olvidado de ellos.
—Aunque no va vestida precisamente para montar —comenta Damon al tiempo que me abre la puerta.
Suena su teléfono y lo busca en el bolsillo interior de la chaqueta mientras yo bajo la vista y miro cómo voy vestida.
—¡Ups! —Me echo a reír—. Si casi no puedo ni caminar con este vestido…, como para montar con él.
Le lanzo el bolso al pecho mientras él responde a la llamada.
—Me cambio en dos minutos.
Salgo corriendo escalera arriba, mucho más animada que hace un momento.
—Alteza —me llama Damon.
Y me detengo a medio camino.
—Sí, ¿qué pasa?
Me muestra el móvil, muy serio.
—La han convocado.
El alma se me cae a los pies.
—¿Quién? ¿Para qué?
—Creo que ha llegado la hora —se limita a decir, e inspira hondo, expandiendo el pecho en un suspiro que podría servir para los dos.
De hecho espero que lo haga porque acabo de perder la capacidad de respirar.
—La hora —murmuro.
El comunicado oficial que firmé a regañadientes se publicó ayer. El país está en shock, pero siente compasión por el príncipe caído. Me agarro de la barandilla para no caerme y mi mirada barre el suelo de lado a lado, sin saber dónde detenerse. Ha llegado la hora de cumplir con mi deber. Es hora de que el mundo lo sepa. Por supuesto, todo el mundo lo supuso desde el momento en que se anunció que Eddie había renunciado a la corona, pero ahora se hará oficial. Será real.
—En ese caso, será mejor que nos pongamos en marcha.
«Un pie delante del otro».
«La espalda recta».
Me miro los zapatos de tacón rojos y una parte malvada que vive en mí sonríe. Les va a horrorizar mi atuendo. Bien. Que se horroricen. Bajo la escalera con la espalda muy recta y entro en el coche. Durante todo el trayecto, Damon se limita a decir una sola frase, mirándome a través del espejo retrovisor y dirigiéndome una sonrisa ladeada.
—Creo que es la reina más hermosa que he visto nunca, majestad.
Me echo a reír.
—¿Tienes miedo de que te despida?
Damon se encoge de hombros y sigue sonriendo, con la vista en la carretera.
—Me echaría demasiado de menos, señora.
Sonrío yo también e inspiro hondo mientras nos acercamos a la verja. Tiene razón. Está de mi lado, ahora más que nunca.
La Cámara Privada está a rebosar de gente. Todos ancianos, todos en silencio. Debe de haber unas doscientas personas, todas con los ojos puestos en mí. Son el Consejo de Ascenso. La escena, que hasta ese momento solo era algo que mi madre me había contado, se presenta ante mis ojos, real. Y es tan intimidante como mi madre me había dicho, aunque ella me lo contaba con cierto cariño. De pie frente a toda esta gente, mi mente busca refugio en un tiempo más fácil. Un tiempo en el que yo era aún una niña pequeña.
Mi madre entró en mi habitación y le ordenó a la niñera que se marchara. Recuerdo que en vez de su ropa habitual, seria, iba en camisón, con una bata larga encima. Me tomó en brazos, me llevó a la cama y me acostó.
—Cuéntame un cuento, mamá —le pedí, acurrucándome en la almohada.
Esos momentos no eran nada frecuentes. Quería que se quedara conmigo el máximo de tiempo posible.
—¿Un cuento?
—Sí, uno con final feliz.
Ella se echó a reír, lo que hizo que le aparecieran patas de gallo. Parecía haber envejecido en los últimos años y yo me daba cuenta a pesar de ser una niña.
—Vale, déjame pensar.
Se apoyó un dedo en la barbilla y se quedó pensativa, con la mirada perdida.
—Ah, ya lo tengo.
—¿De qué trata?
—Del Consejo de Ascenso.
Fruncí el ceño.
—¿Qué es eso?
—El Consejo de Ascenso se reúne muy pocas veces. Lo forman los cientos de miembros del consejo privado del rey y otras personas importantes. Sabes lo que es el consejo privado, ¿no?
—Sí, los que ayudan a papá a hacer bien su trabajo.
—Exacto. Sin embargo, cuando un nuevo soberano asciende al trono se convoca al Consejo de Ascenso. Y un día se reunieron para recibir a tu padre.
—Porque el abuelo había muerto y papá era el nuevo rey.
—Exactamente, princesita. —Me pellizcó la barbilla, sonriéndome con cariño—. Para darle la bienvenida. Fue intimidante pero emocionante al mismo tiempo. Fue un acontecimiento feliz, el nacimiento de una nueva era, aunque la alegría estuvo empañada por la pérdida de tu abuelo. Allí estaba el príncipe, un hombre en lo mejor de la vida, y ese hombre era el rey de todos, el rey de la nación. Por la gracia de Dios, juró que reinaría el país con todo su corazón junto a su reina, sus dos príncipes y la preciosa princesa.
—¡Esa soy yo! —exclamé, haciéndola reír—. Yo soy la princesa.
—Sí, eres tú.
Se acercó más a mí y dejó que me acurrucara contra ella.
—El rey juró cumplir sus obligaciones con orgullo y convicción, guiar con el ejemplo y amar a su pueblo —me contó—. Sería el orgullo de su difunto padre y de su familia. Sería el orgullo de su princesita. Ser rey es un trabajo de gran importancia y privilegio, igual que el de ser padre.
—¿Y yo, madre? ¿Seré rey algún día?
Ella sonrió.
—No, cariño. Tú nunca serás rey. —Se inclinó sobre mí y me dio un beso en la frente—. Pero tal vez algún día serás reina.
Parpadeo varias veces, sorprendida por el flashback que acabo de tener. ¿Sabría mi madre que eso podría pasar? ¿Quizá se lo temía? Por primera vez en la vida me doy cuenta de la pasión que puso mi madre en esas palabras y también de lo que pretendía al contarme esa historia. Me estaba advirtiendo. Y asimismo intentaba dejar a mi padre en buen lugar. Me pregunto si detrás de la mano dura con la que me ha tratado mi padre se escondían las acciones de un rey o de un padre que quería lo mejor para su hija. O que quería prepararla. A medida que yo crecía, su amor parecía brillar menos y su autoridad se fue endureciendo. Algo lo cambió y no puedo evitar preguntarme si sería la infidelidad de mi madre. ¿Sería esa la razón por la que era tan duro y tan frío conmigo? Pero a Eddie no lo trataba con el mismo desprecio. A él no pretendía amedrentarlo.
Tal vez porque sabía que Eddie nunca llegaría a reinar.
«No tienes solución, Adeline. ¡Eres una deshonra para la familia real!»
Me dijo que era una deshonra para la familia. ¿Estará revolviéndose en la tumba ahora mismo porque voy a sentarme en el trono? ¿Pensará que soy una fracasada? ¿Será esto su peor pesadilla convertida en realidad? Probablemente.
Enderezo los hombros y la barbilla y miro a mi alrededor. Todo el mundo sigue mirándome. Tardo unos instantes en darme cuenta de que están esperando a que hable. Se me queda la mente en blanco y en lo único que puedo pensar es en lo viejos que parecen todos los presentes. Menos yo. Yo debo de tener la mitad de los años del miembro más joven del consejo privado, un bebé a sus ojos. Y aquí estoy, con mi falda de tubo y mis tacones rojos. Su reina. Apuesto a que por dentro están gritando su desaprobación.
Me aclaro la garganta y busco las palabras adecuadas; cualquier palabra que pueda dar la impresión de que sé lo que estoy haciendo cuando lo cierto es que no tengo ni la menor idea. ¿Qué digo?
—Mi padre fue un buen hombre —empiezo, poniéndome la máscara que suelo utilizar cuando hablo en público.
No tengo nada en lo que apoyarme para dar el discurso, solo puedo seguir el dictado de mi corazón. De repente me entran unas ganas enormes de demostrar que mi padre estaba equivocado, de demostrarle que soy capaz de hacer esto; de demostrárselo a todos.
—Su muerte fue prematura y nos tomó a todos por sorpresa. Ahora sus deberes y responsabilidades como soberano han recaído en mí.
Miro a mi alrededor buscando en las expresiones de los que me escuchan alguna señal de cómo lo estoy haciendo, pero solo encuentro rostros inexpresivos. Creo que son robots.
—Mi padre trabajó sin descanso para contribuir a la felicidad y el bienestar de su país. Adoraba a su pueblo y si soy capaz de reflejar aunque sea una pizca de su devoción durante mi reinado, habré servido bien a mi país; habré hecho que se sienta orgulloso de mí. —«Habré demostrado que se equivocaba conmigo, igual que vosotros»—. Quiero daros las gracias por anticipado por los consejos y la guía que me proporcionaréis en los años venideros. Reinaré con el corazón fuerte y la mente serena. Me apoyaré en la lealtad del consejo y del pueblo. Y rezaré para que Dios me guíe por el buen camino en esta nueva e inesperada etapa de mi vida. —Asiento para señalar que he terminado y contengo el aliento, tratando de procesar mentalmente lo que he dicho.
Me pregunto si mi padre estaría orgulloso de mí, si estaría sorprendido. ¿Se habría reído de mí?
Veo cabezas que se agachan en el silencio que se alarga. Mi mirada va a parar a la mesa que hay en el centro de la sala, donde hay preparados varios papeles y una pluma antigua cuidadosamente colocada al lado. Es la hora de los juramentos sagrados y el resto del protocolo ceremonial. El corazón se me acelera cuando me invitan a acercarme a la mesa. Durante la media hora siguiente mi vida se convierte en un torbellino de promesas, compromisos, votos y firma de papeles históricos. Con la mano temblorosa, dejo que me guíen a lo largo del estricto protocolo que demanda la constitución.
Cuando suelto la pluma, me fijo en una de las líneas que hay escritas:
«Reina Adeline I, por la gracia de Dios, reina de este reino y de todos los demás reinos y territorios…».
Reina Adeline. Yo. Dejo de respirar por unos momentos.
—¿Majestad?
Alzo el rostro y, con la vista borrosa, veo al Rey de Armas, que me sonríe con amabilidad.
—¿Sí?
—Solicito humildemente que se haga pública su majestuosa declaración.
—La proclamación de ascenso —murmuro, y él asiente.
Se trata del papel que firmarán todos los presentes antes de ser leído en el balcón del palacio de Claringdon, como manda la tradición desde hace siglos.
Entonces todo el mundo lo sabrá.
Respiro hondo y asiento antes de salir de la habitación. Al fijarme en mis pies, veo que mis zapatos rojos han sido la única nota de color en esa sala llena de pomposidad. Y en la que yo era la más importante de todas esas pomposas personas.
—Me estoy meando —susurro, y me echo a reír, porque una reina no debería hablar así.
Cuando entro en el lavabo, lo primero que hago no es mear sino mirarme en el espejo. Tengo la necesidad de asimilar lo sucedido.
—Majestad —pronuncio una y otra vez, con la esperanza de que, en algún momento, empiece a sonarme bien, empiece a creerme que esa soy yo.
Una hora más tarde, lo único que he conseguido es tener la vejiga a punto de reventar. Suspiro hondo, voy al váter, me lavo las manos y voy en busca de Damon. Los establos son mi única posibilidad de escape.
Cuando llego a lo alto de la escalera, me detengo y vuelvo la vista hacia la cámara privada. Y oigo al Rey de Armas pronunciando en voz alta y clara la proclamación de ascenso desde el balcón. Repitiendo el discurso que he pronunciado sin preparar a la gente que se ha congregado a sus pies, siguiendo una tradición centenaria. Ya está. No hay vuelta atrás.
Se apodera de mí una gran tristeza y no puedo hacer nada por evitarlo. Cuando salta un aviso en mi teléfono, miro la pantalla aunque ya sé quién será. Sé que él lo habrá estado viendo todo, igual que el resto del mundo. Su mensaje es un sencillo: «Felicidades». Nada más. Me arden los ojos mientras bajo la escalera. Cuando oigo unos pasos, levanto la vista del móvil y me quedo de piedra al ver la larga hilera de personal de servicio del palacio que me espera, con la cabeza ligeramente inclinada en señal de respeto.
Todos quieren dar la bienvenida a la nueva reina.
Todos excepto Damon, que me aguarda junto a la puerta porque sabe lo que estoy sintiendo.
Paso ante todos tan rápidamente y con tanta elegancia como puedo. Cuando al fin llego al exterior, inspiro todo el aire fresco que puedo de una sola vez.
—Dios santo.
Suelto el aire, aliviada, y acepto la mano de Damon cuando él me la ofrece.
—Gracias —digo.
—Majestad —replica él, mientras me ayuda a entrar en el coche.
Veo que hay dos vehículos delante y otros dos detrás, y pronto me doy cuenta de por qué. Una enorme masa de público y prensa se ha reunido en la plaza que hay frente a palacio. Y todos están…
—¿Están aclamándome?
Me esfuerzo en escuchar lo que dicen.
—Eso parece, señora.
Los ojos sonrientes de Damon se encuentran con los míos en el retrovisor. Echa una mano hacia atrás y me da su teléfono.
—¿Qué es esto? —pregunto.
Miro la pantalla y me llevo una mano a la boca, sorprendida. «Larga vida a la reina», reza un titular al que acompaña una foto oficial mía. «Por fin una soberana con sangre en las venas», reza otro. «La reina más hermosa de la historia», leo en un tercero, al que acompañan varias fotos mías en distintos eventos, siempre elegantemente vestida con modelos de alta costura. La última es una imagen del funeral de mi padre. Estoy mirando al cielo y una lágrima me cae por la mejilla. Sé que esas muestras públicas de emoción no están bien vistas por el protocolo real. Sin embargo, el pie de foto dice: «Empática, ferviente y real. Una reina de la que el país puede sentirse orgulloso».
Trago saliva y dejo caer el móvil de Damon en mi regazo mientras miro por la ventanilla. El coche avanza muy despacio entre la multitud. Varios coches de policía se han unido a la procesión. El sonido abrumador de las masas coreando mi nombre debería hacerme sentir orgullosa.
Me pregunto por qué no es así.
Damon me llevó a Kellington, donde tuve que pasar por la misma situación embarazosa. Todo el personal me esperaba en el vestíbulo para saludarme por primera vez en calidad de su soberana. Estaba muy agobiada, así que me cambié de ropa rápidamente y me escapé.
Al llegar a las caballerizas, veo que Sabina está hablando con el doctor Goodridge. Damon me abre la puerta y me dirijo hacia ellos, recordando lo incómoda que fue la última conversación que mantuve con ella.
—Cuídese, Sabina —le está diciendo el doctor Goodridge, que, al verme, inclina la cabeza—. Majestad, enhorabuena.
—Las noticias vuelan —murmuro, devolviéndole el saludo.
—Majestad —dice Sabina, haciendo una reverencia.
Yo me apresuro a levantarla.
—Sabina, de verdad, no nos andemos con tonterías —la riño con delicadeza, porque me hace sentir muy incómoda que me trate así—. Me conoces desde que era un bebé.
Ella sonríe al ver que le ofrezco el brazo para que se agarre a mí.
—Debe acostumbrarse, señora. Muchas personas se postrarán a sus pies, y no podrá reñirlos a todos.
Nos dirigimos hacia el establo norte tranquilamente.
—Supongo que puedo hacer lo que quiera. Al fin y al cabo, soy la reina.
Le dirijo una sonrisa irónica y ella me devuelve una muy similar.
—Las dos sabemos que eso no es así.
—¿Estás bien, Sabina? —le pregunto, y ella sonríe, mirando al doctor Goodridge, que está subiendo en su Jaguar.
—Estoy bien. Me ha dado unas pastillas para ayudarme a dormir, eso es todo.
—Tienes que cuidarte —le digo.
Desde la muerte de Colin, ha empezado a ocuparse de las caballerizas ella sola y está claro que si necesita pastillas para dormir es porque el estrés le está pasando factura.
—Te lo advierto —añado con una sonrisa descarada.
Ella se vuelve hacia mí, me toma las manos y me mira muy seria.
—Y yo me veo en la obligación de informarla de una cosa, majestad.
—Ay, Sabina, por favor, para ya con las formalidades.
—Es como debe ser; tiene que acostumbrarse.
Pongo los ojos en blanco y ella se lo toma como la señal para seguir adelante con su advertencia.
—David —dice, y me da un momento para que procese el nombre de su hijo.
Me cuesta no poner cara de asco. Sabina es una mujer encantadora y Haydon, aunque vive un poco engañado, es bastante majo también. ¿Qué debió de pasarle a su padre para que tenga ese carácter tan desagradable? Si piensa que puede seguir adelante con su ambicioso plan de casarme con su hijo, lo lleva muy claro. No pienso morderme la lengua sobre este asunto. Él estaba presente cuando declaré mi amor por Josh delante de mi padre. Lo sabe y, sin embargo, estoy segura de que actuará como si no supiera nada, igual que sir Don y que mi madre.
—Sabina —empiezo a decir, pero algo me llama la atención.
No puede ser. Es…
—¿David? —susurro, y suelto las manos de Sabina.
¿Cómo es posible? ¿Me ha seguido hasta aquí? Mientras se quita la gorra, se me acerca con una sonrisa en la cara que parece sincera.
—Majestad —me saluda, con su habitual inclinación de la cabeza ejecutada a la perfección—. Un placer volver a verla.
No sé por qué lo hago, ya que tanta formalidad me está causando urticaria, pero le ofrezco la mano y tengo el placer de ver titubear a David Sampson antes de tomarla.
—Es un placer para mí también, David —replico mientras me toma la mano y solo la retiro cuando siento que ya lo he humillado bastante.
—¿Cómo está? —me pregunta.
—Tan bien como una puede estar, dadas las circunstancias. Hace unos días enterré a mi padre y hoy soy reina de Inglaterra.
—Efectivamente. Fue un oficio muy bonito, digno de un rey.
El rostro de David se ensombrece; parece sinceramente entristecido. Su reacción me toma por sorpresa.
—Echaré mucho de menos a mi amigo —añade.
—Como todos —replico en voz baja, tratando de calcular su grado de sinceridad.
Cuando Sabina lo toma del brazo y se lo acaricia con ternura, la culpabilidad vuelve a cernirse sobre mí.
—Es una tragedia, Adeline —susurra.
Sabina carraspea y David me mira a los ojos. Ya sé que es muy inmaduro por mi parte, pero no le muestro la misma indulgencia que a su madre. Ladeando la cabeza, espero. No puedo obviar que las acciones de este hombre contribuyeron en gran medida a hacerme muy infeliz, y eso es algo que no voy a poder olvidar de un día para otro.
David corrige su metedura de pata.
—Señora —dice, dirigiéndome otra sonrisa que parece sincera—. Tenemos que cenar juntos un día.
—Me parece bien. —Haydon aparece a mi espalda.
Me vuelvo hacia él. Vaya, parece que a todo el mundo le ha apetecido visitar los establos esta mañana.
—Adeline —murmura, tomando mi mano y besando el dorso.
No soy capaz de corregir sus errores, ni el tratamiento informal ni lo de cogerme la mano antes de que yo se la ofrezca.
—Estás sublime.
—Gracias, Haydon. —Aparto la mano y señalo hacia el establo—. Tengo que irme. Si me disculpáis.
—¿Qué hay de la cena? —insiste David, sin disimular sus ansias.
—Sería estupendo. —Logro sonreír, aunque me cuesta—. Por favor, ponte en contacto con Kim y ella se encargará de buscar un día en la agenda.
Me vuelvo para marcharme, porque el peso del poder ya me resulta excesivo. Sé que no debería, pero estoy molesta, porque David finge no saber que he mantenido una relación con un hombre que no me conviene. Finge que no estaba en el despacho del rey en Evernmore mientras yo le abría mi corazón. Finge que no es culpa mía que el rey —su amigo— esté muerto. Y sé que lo hace porque ahora su hijo está prometido a la reina y no a una princesa.
—Humo y espejos —murmuro.
Durante las siguientes horas, ensillo a Hierbabuena, lo ejercito, lo desensillo y limpio sus aperos. Luego me ocupo un rato de Stan y salgo con él a recorrer los campos.
Me pierdo en las sensaciones que me provoca el viento en la cara, aunque sé que Damon no está lejos. Desde el incidente de Eddie, me vigila con más celo que antes, sin importarle que la investigación esté cerrada. Trato de librarme de los pensamientos negativos y de encontrar esperanza en medio de la confusión, pero no puedo.
Pongo a Stan al paso y suspiro. Me inclino sobre su cuello y se lo froto mientras él sigue avanzando.
—¿Qué opinas de esta locura, chico?
Frunzo el ceño al notar que su piel se arruga bajo mis dedos. Lo pellizco, le retuerzo un poco la piel y la suelto. La piel tarda demasiado en volver a su estado original.
—¿Tienes sed, chico? —le pregunto, tirando de las riendas para que se detenga.
Desmonto y le examino la boca.
—Sí, tienes sed —confirmo, después de comprobar que la encía tarda demasiado tiempo en recuperar su saludable color rosado habitual cuando la presiono.
Levanto la cara al ver que Damon se ha detenido a poca distancia.
—¿Va todo bien, señora? —me pregunta desde la ventanilla del Land Rover.
—Me temo que está deshidratado —le respondo—. Hay un arroyo al otro lado de esos árboles. Voy a llevarlo allí para ver si quiere beber.
Damon hace ademán de salir del coche, pero levanto una mano para impedírselo.
—Seguimos estando en terreno real, Damon —le digo, cansada—. No necesito escolta.
—El príncipe Edward también estaba en terreno real —replica.
Yo ladeo la cabeza con impaciencia. Está exagerando.
—Y la investigación se cerró satisfactoriamente, ¿no?
—De acuerdo. —Damon se rinde y saca el paquete de tabaco del bolsillo interior—. ¿Le importa si fumo?
Niego con la cabeza, abatida, y me adentro entre los árboles en busca del arroyo.
—¿Desde cuándo me importa que fumes, Damon?
—Pero es que ahora es la reina, señora.
—No me lo recuerdes —murmuro, abriéndome camino entre la maleza—. Vamos, Stan, tiene que estar por aquí. Me gustaría saber qué demonios está pasando en los establos para que te encuentres en este estado. Es intolerable. Es muy raro que Sabina permita que pasen estas cosas.
Las ramas caídas crujen bajo mis pasos, resonando en el bosquecillo. Ya sé que han ocurrido muchas cosas últimamente, supongo que es normal que no tenga la cabeza en su sitio.
Abrazo a Stan por el cuello y pego mi cara a la suya.
—Pero no podemos tolerar que te tengan descuidado, ¿a que no, chico?
De repente se me pegan los pies al suelo y el corazón se me cae dentro de las botas de montar.
—Pero ¡¿qué coño…?! —exclamo, pestañeando para asegurarme de que no me engañan los ojos.
—Para ser la reina de Inglaterra tienes una boca de lo más vulgar.
Josh alza las cejas en una mueca de desaprobación bastante convincente mientras baja del caballo.
Me riño mentalmente y pido perdón a todos los reyes y las reinas que me han precedido en el trono.
—Me has asustado.
Me vuelvo y me alejo antes de que me vea obligada a mirarlo a la cara. No quiero tener que enfrentarme a lo que he perdido, a lo que no puedo tener.
Luego me acuerdo…
Miro a Stan, aprieto los dientes y me dirijo de nuevo hacia el arroyo. Hacia Josh. Ay, Dios mío. ¿Ha existido alguna vez un hombre tan bien hecho?
—Esto es propiedad privada. —Me pongo a la defensiva porque no sé qué otra cosa hacer—. Solo puedes entrar con el permiso del rey y, como ahora está muerto y yo soy la reina, me consta que no te he dado permiso. Por favor, vete.
—Vaya. —Josh frunce los labios e inclina ligeramente la cabeza.
Sé que no lo hace por respeto o por vergüenza. Por supuesto que no. Estoy segura de que lo hace porque sabe que está irresistiblemente adorable cuando se pone así. Los vaqueros gastados y la camisa de leñador le quedan perfectos.
—¿No tengo privilegios por ser uno de tus exrollos?
¿Exrollos? Sus palabras me duelen y no logro disimularlo.
—No tiene gracia, Josh.
—Estoy de acuerdo, Adeline. —Su mueca sarcástica ha desaparecido—. Esto es lo menos gracioso que me ha pasado en mi jodida vida.
¿A él? ¿Que le ha pasado a él?
—¿Por qué has venido? —Debería darme de bofetadas por hacer una pregunta tan idiota.
—Porque sabía que cuando acabaras de pronunciar todos los juramentos que te pusieran por delante, te escaparías y buscarías un poco de paz en medio de esta locura. Por eso.
—¿Y? —Resoplo, apartando la mirada.
Odio que me conozca tan bien, aunque al mismo tiempo es una de las cosas que más me gustan de él. ¡Y odio que me guste! En mi mundo es peligroso que algo te guste, ya que significa que sientes apego, y que sufrirás cuando te lo arrebaten.
Mi testarudez hace saltar a Josh, que da una patada a las hojas a falta de algo mejor que golpear.
—¡Y mírame, joder! —brama, lo que me hace dar un paso atrás, por precaución—. ¿Crees que voy a permitir que me eches de tu lado como si lo que había entre nosotros nunca hubiera sucedido?
Guardo silencio y no le pregunto qué otra cosa podría hacer, porque tengo miedo de su respuesta. Así que, en vez de eso, suelto una tontería.
—Pulgares hacia abajo —murmuro, aunque sé que Damon no puede oírme.
—No. Nunca. Ni se te ocurra mostrarme los pulgares hacia abajo, Adeline.
—¡Es majestad! —grito con tanta rabia que me tambaleo—. Tienes que tratarme con el respeto que exige mi posición.
—¡Tu posición debería ser de espaldas conmigo encima! —Él no se queda atrás a la hora de gritar—. ¡Y deberías llamarme mi rey, joder! ¿Cómo te suena eso, su jodida majestad?
—Eres un maleducado. Quiero que salgas de mi tierra.
—Y tú eres una mentirosa. Quiero que dejes de mentir.
—No estoy mintiendo.
—Sí lo haces. Me mientes a mí, te mientes a ti, mientes a todo el mundo.
Josh avanza con brusquedad y yo retrocedo sin mirar y tropiezo con una rama. Me caigo de culo sobre un montón de hojas secas, pero no me quejo porque no me hago daño. No siento nada que no sea Josh, pero maldigo con ganas, dándole la razón cuando dice que tengo la boca muy sucia.
—¡Maldita sea! —suelto, y con las manos apoyadas en el suelo embarrado y las rodillas dobladas, alzo la vista hacia el hombre que se cierne sobre mí—. Todo es culpa tuya.
—Lo acepto. Me hago responsable de todo.
—¿De todo? ¿Por ejemplo qué?
—De tu caída, de mis sentimientos.
Me ofrece la mano, pero yo no la acepto, me levanto sola y me sacudo las hojas.
—De tus sentimientos —añade en voz baja.
Mi mano se detiene a media sacudida.
—Yo no tengo sentimientos —replico, molesta, ignorando mis irrefrenables… sentimientos.
El calor, la desaparición de mis preocupaciones, la sensación embriagadora de deseo. Él. Yo. El potente cóctel de la química que creamos entre los dos solo por estar uno en presencia del otro. El bosque que nos rodea está impregnado de química. El ambiente es muy denso. Pasados unos momentos levanto la vista y lo miro a los ojos. Dos torbellinos de deseo color ámbar brillan como locos. El corazón se me desboca. Se pasa la lengua por los labios y sigo la trayectoria de su lengua de una punta a la otra.
—Para —susurro, pero no sé a quién se lo digo. ¿A él? ¿A mí?
Me llevo las manos a la cabeza y me aprieto las sienes con los dedos, tratando de grabarme en el cerebro todas las razones por las que esto no puede pasar. Busco las palabras de mi padre, pero las que me vienen a la mente son otras: «La destrozarán. Destrozarán a Eddie. La memoria de su padre y de su hermano quedará embarrada…».
Pero ¿y yo? Me he enamorado locamente de un hombre y ahora me piden que me olvide de él. ¿Podré hacerlo? ¿Debería hacerlo?
Me doy la vuelta y echo a correr. No estoy en condiciones de actuar con sensatez; la he perdido. Y ni siquiera estoy segura de que lograra usar la sensatez si la encontrara. Por eso recurro a mis piernas para que me lleven muy lejos de allí.
—Nada de pulgares hacia abajo —gruñe él, agarrándome por la muñeca y haciendo que me detenga en seco.
Me da la vuelta para que lo mire a los ojos. Me agarra la cara con brutalidad y me besa. Es un golpe bajo, y lo que es peor es que los dos sabemos que funcionará. Mi universo parece alinearse, los polos positivo y negativo dejan de repelerse y nuestros labios se fusionan unidos por una fuerza invisible pero muy poderosa. Y cuando noto que su lengua penetra en mi boca, una serie de explosiones hacen que mi alma entre en erupción. Lo agarro por el pelo para acercarlo más a mí. El beso es desordenado, loco, pero inmaculado y me relaja por completo. Dejo que me guíe andando de espaldas, que me dé la vuelta y me empotre contra el tronco de un árbol. No me importa nada notar que la corteza me rasca en la frente. El recuerdo de lo que compartimos me ha dejado fuera de combate. Con su boca húmeda pegada a mi mejilla, me clava las caderas en el culo y me abraza con fuerza, con posesión, como si fuera mi dueño. Y no me importa. Él es la única persona en el mundo que no me importa que me controle.
—Tal vez ahora me apetezca agenciarme a una reina.
Me baja los pantalones de montar lentamente. Podría parecer que su lentitud se debe a que me está dando tiempo para que me niegue a continuar, pero no es así; solo está alargando mi agonía. Lo deseo con todas mis fuerzas y él lo sabe. Deseo que me azote el culo y que me recorra el cuerpo con la boca.
Alzo los brazos por encima de la cabeza, los apoyo en el tronco y descanso la cabeza en ellos para disminuir el riesgo de arañármela cuando me azote.
Zas.
Como siempre que Josh me zurra, no grito de dolor, sino que gimo, transportada a otro mundo, un mundo donde yo no soy yo, sino que soy simplemente suya. Y entonces me mete los dedos entre los muslos y me masajea con delicadeza. Mi carne está húmeda, lista para él.
—Algunas cosas no cambian —susurra, mordiéndome la mejilla mientras me acaricia el clítoris formando círculos, pellizcándolo entre los dedos, e introduciéndomelos profundamente—. Gracias a Dios. Dime que me has echado de menos, Adeline.
—Te he echado de menos —obedezco sus instrucciones, aunque el placer que estoy sintiendo hace que mis palabras se parezcan más a un susurro que a una declaración firme.
El pulso se me acelera y el deseo que siento por él se multiplica. Echo la cabeza hacia atrás, las rodillas se me doblan y cuando alcanzo el pináculo del placer, siento que todas las cosas malas de este mundo abandonan mi cuerpo por la boca y me relajo por primera vez en semanas. Cómo necesitaba esto; cómo lo necesitaba a él…
Josh me concede unos segundos para que recobre el aliento, me sube los pantalones y me da la vuelta. Me aparta la melena de la cara sudada, me toma las mejillas en sus manos, apoya la frente en la mía y me dirige una mirada profunda. Lo que brilla en sus ojos no puede confundirse con nada; es adoración.
—Estoy enamorado de la reina de Inglaterra, majestad. Tiene que ayudarme a encontrar la manera de que pueda estar con ella.
Sus palabras están a punto de hacerme llorar. El labio inferior me tiembla, pero no puedo permitírmelo. No debo.
—Es imposible.
—¿Quién lo dice?
—Todo el mundo.
—Pues yo no. Para mí nada ha cambiado.
—Pero para mí ha cambiado todo —replico—. Lo nuestro es como un tren que está a punto de descarrilar.
—Mi tren ya ha chocado y está hecho pedazos desde que te dejé en palacio, Adeline. Nada puede ser peor que eso.
—Créeme, Josh. —Le aparto las manos de mi cara—. Sí que puede.
Mira al cielo y su nuez sube y baja cada vez que traga saliva. Está tratando de calmarse, y me duele en el alma verlo así, tanto como verme a mí así.
—Ni siquiera rompiste conmigo —susurra—. Te quedaste mirando cómo se me llevaban. Y desde ese día, he tenido que verte por televisión. No has respondido a mis llamadas ni a mis mensajes. —Baja la vista para mirarme a los ojos y me sujeta por el cuello, masajeándolo—. Quería estar a tu lado estos días. He estado esperando a que cayera la bomba con la noticia de tu sucesión y por fin ha llegado el momento. Pero yo sé leer lo que hay en tus ojos, Adeline. Los demás no lo ven, pero yo sí. La culpa y la responsabilidad no deberían mandar sobre tu corazón.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Quieres que eche a mi madre a los leones? ¿A mis hermanos, a mi padre, a toda mi familia? ¿Solo por satisfacer mis necesidades egoístas?
—No, para satisfacer las mías —replica él, brusco.
Me encojo ante su franqueza.
—Lo siento. —Suspira—. No quería decir eso. Es solo que… —Gruñe—. No te precipites. No renuncies aún a lo nuestro.
Sonrío, porque su determinación me parece admirable, aunque también un poco frustrante.
—¿No tuviste bastante con la advertencia que te hicieron, Josh? Destrozaron tu habitación de hotel, y eso fue cuando solo era princesa. Ahora te destrozarán a ti.
—Se pueden meter sus advertencias por el culo —me suelta, y da un paso atrás, arañando el barro con las botas—. Tiene que haber una fisura en alguna parte; un vacío legal en esas estúpidas leyes a las que tenéis que someteros las familias reales. Lo encontraré.
No hay ninguna fisura, y si la hubiera, la cerrarían rápidamente.
—Es imposible.
—No, no permitiré que creas eso.
No le contesto porque sé que no servirá de nada. Parte de mí desea que tenga razón, que exista esa fisura, aunque sé que no existe. No podemos estar juntos.
—Josh…
Mirando un punto a mi espalda, frunce el ceño.
—¿Qué le pasa a Stan?
¡Ay, Dios! Voy corriendo a verlo y lo encuentro algo letárgico.
—Creo que está deshidratado. Lo he traído aquí para que beba.
—Deja que le eche un vistazo. —Josh le sujeta la cabeza y lo examina—. Tiene los ojos secos.
Coge las riendas y lo baja al arroyo. Doy gracias al cielo cuando veo que empieza a beber con ganas.
—Tiene mucha sed. Será mejor que lo examinen.
—Sí, me encargaré de que lo hagan —le prometo, acariciándole el cuello y aguardando pacientemente a que acabe.
Madre mía, a este paso, va a dejar el arroyo seco.
—Tengo que irme antes de que Damon empiece a preocuparse.
La solemnidad que veo en el rostro de Josh encaja perfectamente con mi estado de ánimo. Abatida, guío a Stan hacia el camino de herradura.
—Adeline.
Lo miro por encima del hombro cuando me llama. Sin decir nada, se acerca y me da un beso suave en los labios.
—Este no será el último beso que te dé —promete.
Yo inspiro hondo, soñadora, sin hacer caso de la voz en mi cabeza que le está llevando la contraria, porque deseo desesperadamente que este no sea nuestro último beso.
—Mañana me marcho a Sudáfrica. Estaré fuera una semana. Volveré a Londres lo antes posible. Te llamaré… y tú me responderás —me dice.
Yo asiento, poco convencida.
—Adiós.
—De momento —añade él, y me acaricia la nariz antes de dar un paso atrás para dejarme pasar—. Te quiero, Adeline.
Trago saliva porque sus palabras me hacen sentir muy desdichada y eso es un crimen. Esas palabras no deberían hacer que una mujer se sintiera tan desesperanzada; deberían llenarla de vida. Pero, claro, yo no soy una mujer corriente. Avanzo despacio, para no perder el equilibrio. Me toco la nariz para notar lo que queda del calor de la caricia de Josh. Ojalá no tuviera que separarme de él. Ojalá la prensa, el MI5 y el gobierno no reaccionaran si Josh se me llevara a un país lejano y me escondiera allí para siempre.
Cuando salgo del bosque, busco la máscara que cada vez me cuesta más encontrar y me la coloco antes de reunirme con Damon.
—La he oído gritar —me dice secamente mientras pongo un pie en uno de los estribos de Stan y monto en él.
Una vez que estoy acomodada en la silla, me vuelvo hacia él.
—¿Y por qué no has venido a ver qué me pasaba?
Lanza al suelo la colilla del que probablemente es el segundo o tercer cigarrillo que se fuma desde que me he ido, y se sienta al volante del Land Rover.
—Me ha parecido que no necesitaba mi ayuda, majestad. Que se estaba ocupando del tema perfectamente sola.
—Así es. Solo era…
—¿O tal vez la estaba ayudando el americano?
Su sonrisa se merecería una bofetada. Abro la boca, sorprendida.
—No sé de qué me estás hablando, Damon.
—Eso ya lo he oído antes.
—Anda, conduce —le ordeno, irritada, lo que hace que su sonrisa se ensanche aún más—. Vamos.
—Sí, señora.
Pone el coche en marcha y hace sonar la bocina, mientras señala algo al otro lado del prado. Me muero de vergüenza cuando veo a Josh alejarse al trote.
Hago una mueca y cierro los ojos.
—Solo llevo unas horas siendo reina y ya he demostrado lo débil que soy. Soy una monarca lamentable.
—El amor no cambia porque el mundo lo haga, señora —replica él, con delicadeza.
Su afirmación, tan profunda y cierta, hace que vuelvan a llenárseme los ojos de lágrimas.