27

Ya no soporto leer las revistas ni los periódicos. No son las fotos ni las muestras de euforia lo que me molesta, sino ver lo falsa que es mi sonrisa en todas las imágenes. No entiendo cómo la gente no se da cuenta del horror que esconde esa sonrisa. Ha pasado una semana y la noticia de mi compromiso sigue copando los titulares. Ha pasado una semana y sigo evitando el contacto íntimo con mi prometido. Y ha pasado una semana y él sigue fingiendo que todo va bien. Es muy molesto; tanto como la estúpida cara sonriente de David Sampson. Y el hecho de que sir Don me trate con amabilidad. Otra de las cosas que me tocan mucho las narices es que mi hermano siga sin contactar conmigo. Necesito su apoyo más que nunca; siento que es la única persona que podría entenderme, pero no responde a mis llamadas.

—Damon. —Dejo el café en la mesa y aparto los periódicos que me han facilitado tan amablemente—. Por favor, ve a buscar al príncipe Edward y dile que quiero verlo.

—Creo que está durmiendo ahora mismo, señora.

Lo miro, leyendo entre líneas. Mi hermano ha seguido frecuentando ese sórdido club de caballeros.

—Gracias. —Suspiro, y él se marcha sin decir nada más.

¿Qué voy a hacer? Eddie no puede seguir ignorándome eternamente.

Cuando Kim entra, alzo una ceja al ver que ha cambiado su habitual traje gris por uno de color negro, que hace que su pelo rojo parezca aún más rojo.

—¿Una ocasión especial? —le pregunto, cortando mi bollo por la mitad.

—Yo diría que ir a comprar su vestido de boda es una ocasión especial.

Se acerca a una silla y se sienta cuando yo le doy permiso con una inclinación de la cabeza.

Por supuesto, me había olvidado.

—¿Por qué dices comprar? ¿Vamos a salir de palacio para ir de tiendas?

Unto con mantequilla una de las mitades del bollo.

Kim sabe que es una pregunta retórica.

—No. Los vestidos han llegado esta mañana. Están ya en su suite.

—Maravilloso. —Me meto el bollo en la boca y mastico, ladeando la cabeza cuando Kim suspira—. ¿Qué pasa? —le pregunto con la boca llena.

Muy poco adecuado para una reina, lo sé.

Kim se inclina hacia mí y me dice en voz baja:

—La gente empieza a darse cuenta de su falta de entusiasmo.

Suelto el bollo, me limpio las comisuras de los labios con la servilleta y me levanto.

—Francamente, Kim —pongo la silla en su sitio y me quedo apoyada en el respaldo—, me importa una mierda. —Me doy la vuelta y echo a andar, dejándola con la boca abierta—. Vamos a probarnos vestidos —digo, pasando de todo.

Me planto la sonrisa en la cara y vuelvo a mi apartamento real, con Kim pisándome los talones.

Que la gente empieza a darse cuenta de mi falta de entusiasmo, dice. Casi me echo a reír. ¿Qué esperaban, que bailara de euforia por los pasillos? ¿Que me desmayara de felicidad cuando me comunicaran que la boda vendría antes de la coronación? Porque, según parece, tener un esposo al lado me convertirá en una reina más auténtica. Y, claro, eso significa que voy a casarme dentro de cuatro semanas. El conde mariscal va de culo; ha tenido que ponerse las pilas para organizarlo todo a la vez. Estoy segura de que me odia.

—¿Ha decidido ya el título que va a otorgarle a Haydon? —me pregunta Kim cuando entramos en la suite—. Sir Don necesita anunciarlo.

—No.

—Vale. ¿Podría decidirlo, por favor?

La miro, exhausta.

—¿Príncipe Haydon de la vagina de Adeline?

—Tanta amargura le echa años encima. —Kim suspira al ver que me sobresalto—. Y ya que estamos contando verdades, creo que se está dejando demasiado. —Con la pluma estilográfica me señala el pelo húmedo que me he recogido en un moño alto—. ¿Quiere pasar a la historia como una reina amargada y desaliñada?

—Vaya. —Me echo a reír—. ¿Te has levantado con el culo torcido esta mañana?

—Yo podría decir lo mismo, pero, en su caso, lleva levantándose con el culo torcido toda la semana. Vamos, Adeline. Cuénteme qué ha pasado, por favor.

Vuelvo a encerrarme en mi caparazón, apartando la mirada, y Kim suspira. Sabe que no voy a hablar de ello, así que acaba rindiéndose.

—Ahora vuelvo —me dice.

—Gracias —murmuro, y me dejo caer pesadamente en el sofá del salón.

Al mirar hacia el dormitorio, veo a través de las puertas abiertas un colgador portátil de ropa. Los vestidos están protegidos en unas fundas blancas y hay muchos zapatos en la parte inferior. Me pregunto si habrá algún vestido negro, porque creo que debería ir de negro; siento que estoy de luto.

Kim regresa, acompañada por un ejército de gente, y me entrega una carpeta gruesa.

—La colección.

Cojo la carpeta —que más bien parece un álbum de boda, con la cubierta de cuero blanco y unas letras plateadas— y la dejo en mi regazo.

Una dama alta se acerca con una cinta de medir colgada del cuello.

—Majestad, permítame decirle que es para mí un gran honor ayudarla a elegir su vestido de boda.

Me esfuerzo en devolverle una sonrisa y dejo el catálogo a mi lado, en el sofá, cuando Kim se acerca para hacer las presentaciones.

—Madam Beaumont lleva treinta años vistiendo a damas de la alta sociedad, señora.

—Muy bien. —Me levanto y entro en el dormitorio.

—Ya que no quiso que le diseñara un vestido para la ocasión, señora, ni mostró ninguna preferencia de estilo, me he tomado la libertad de traer mi nueva colección completa. Usted será la primera en verla. —Madam Beaumont pasa por mi lado y se acerca al colgador. Va señalando los vestidos a medida que habla, pero no veo nada porque todos están cubiertos por las fundas—. Estoy segura de que encontrará alguno de su agrado. Por supuesto, podemos hacer las modificaciones que hagan falta. —Da una palmada y una chica se acerca, cargada de cosas—. Déjalo todo aquí, Frances, junto al espejo, para que su majestad pueda verse en todo su esplendor.

¿Mi esplendor? Miro hacia el espejo y me veo reflejada. Frunzo el ceño y me llevo una mano al pelo. Kim tiene razón, estoy hecha un adefesio.

—Empecemos, pues —declaro, y me dirijo al baño.

—Su albornoz, señora —dice Olive, que entra en el baño, seguida de Jenny.

Cuando cierran la puerta, me quedo en ropa interior y me pongo el albornoz que me ofrece Olive. Ni ella ni Jenny dicen nada. Ninguna se atreve a mostrar alegría.

—¿Quiere que le seque el pelo? —me pregunta Jenny, insegura—. ¿La maquillo un poco?

—Voy a probarme vestidos. —Me ato el nudo del albornoz—. No hay que complicar las cosas más de la cuenta.

Ella retrocede y le dirige a Olive una mirada de preocupación. Las dos andan con pies de plomo a mi alrededor. Son las dos personas más sensibles a mis cambios de humor, junto con Damon. Las únicas que parecen afectadas por mi melancolía. El resto actúa como si Josh nunca hubiera existido. La razón por la que ya no está en mi vida es algo que solo Damon sabrá. Suspiro y dejo caer la cabeza sobre el pecho.

—Siento haber estado de tan mal humor estas dos semanas.

Por supuesto, Olive se apresura a tranquilizarme.

—Oh, no hace falta…

—Sí, Olive. Hace mucha falta. —La cojo de un brazo y hago lo mismo con Jenny—. No es culpa vuestra que sea tan infeliz.

Sé que las dos se mueren de ganas de saber qué pasó entre Josh y yo, pero sienten demasiado respeto para preguntármelo. No como Kim. Sin entrar en detalles, les doy una explicación esperando que entiendan mejor mi abatimiento.

—Me dejé cegar por la posibilidad y la esperanza, pero ahora me doy cuenta de que fui una estúpida. Somos de mundos muy distintos y nunca habría funcionado. Estoy triste por haber sido tan idiota.

—No creo que haya sido idiota, señora —dice Olive, tan dulce e inocente como siempre—. Y si lo ha sido, ha sido por amor.

—Bien dicho —corrobora Jenny con una sonrisa—. Pero ¿solo por eso tiene que casarse con Haydon Sampson? —Su cambio de expresión me dice que se arrepiente de lo que acaba de decir y que le gustaría poder retirarlo.

Supongo que sería mejor para todos, pero no la culpo. Jenny es así, dice lo que piensa.

—Si fuera una mujer normal, no, pero, por desgracia, no soy una mujer normal. —Las suelto y enderezo los hombros.

Sé mejor que nadie que cayeron sobre mí como hienas en un momento de debilidad. Me sorprendieron con la guardia baja, cuando me sentía más sola, perdida y desgraciada, y me arrinconaron.

—Y ahora ya no puedo cambiar de idea, ¿verdad? —prosigo—. Así que vamos a quitarnos esto de encima.

Ellas asienten y yo las imito. Al abrir la puerta veo que ha llegado Matilda. La saludo con un gesto de la cabeza, tratando de transmitirle que todo va bien, pero sé que no me cree.

—¿Y mi madre?

Miro alrededor, pero no la veo. ¿No debería estar en la primera prueba de vestidos de novia de su hija?

Kim la llama por teléfono.

—Llegará enseguida.

—Claro. —Suspiro, porque sé dónde está—. Creo que tenía una reunión con Davenport —le digo, mientras subo al pequeño podio que han instalado en la habitación.

Últimamente tiene muchas reuniones con Davenport. Que, entre otras cosas, le sirven para evitarme.

Con cuidado, sacan el vestido de la bolsa protectora y tengo que hacer un gran esfuerzo para no fruncir el ceño al ver algo tan alejado de mi estilo. Demasiados volantes, demasiada tela. Si me pongo eso, parecerá que han vuelto los años ochenta.

—Este es uno de mis favoritos y creo que le quedará perfecto —me asegura madam Beaumont.

Trato de disimular la expresión de incredulidad mientras me ayuda a entrar en los metros y metros de vestido. Me retuerzo como un gusano y tiro de la tela con más fuerza de la debida, pero madam Beaumont no me lo echa en cara.

—Oh, majestad —canturrea, y retrocede cubriéndose la boca con las manos—. Le queda sublime.

Me vuelvo hacia el espejo. Las mangas, largas y abullonadas, hacen que parezca que tengo los brazos de un levantador de pesas. Las hileras de volantes parecen diseñadas para ocultar todas las curvas posibles. El escote, muy discreto, va adornado con cuentas, y el talle, con un diseño muy barroco, es de encaje. La verdad, es espantoso. Me queda horrible.

—Servirá —declaro, bajando del podio.

Me vuelvo hacia Olive para que me ayude a quitármelo, sin hacer caso de las miradas de sorpresa.

—¿No va a probarse ninguno más? —Kim me hace la pregunta que está en boca de todos pero solo ella se ha atrevido a formular.

—Como ha dicho madam Beaumont, es sublime.

Librándome del vestido, me dirijo al baño. Kim me sigue.

—Adeline, es horroroso —susurra.

Me detengo en la puerta y me doy la vuelta. Mi secretaria mira por encima del hombro para asegurarse de que nadie la ha oído. Cuando se vuelve hacia mí, yo no me molesto en susurrar.

—Mi vida es horrorosa, Kim. Al menos así irá a juego con el vestido, ¿no crees? Asfixiante, conformista, que tapa todos mis pecados. Yo diría que es perfecto.

Kim cierra los ojos un momento; no necesita más para convencerse de que no voy a cambiar de opinión, porque me conoce demasiado.

—Le recuerdo que mañana tiene su primer acto oficial como prometida del señor Sampson… El Royal Ballet —murmura.

—Qué ilusión.

Más sonrisas falsas, más evitar sus besos. Y lo que es peor, en público. Sé que Haydon no va a parar hasta conseguir que los fotógrafos capten una foto suya besando a la futura novia. Qué engañado vive.

—Jenny vendrá a ayudarla a prepararse. ¿Se ha probado el vestido que envió Elie Saab? —Cuando frunzo los labios, Kim suspira y añade—: Avisaré a la modista por si hubiera que hacer algún arreglo en el último minuto.

—Gracias.

Cierro la puerta del baño y miro a mi alrededor. Me encuentro con mi reflejo. Es el de una extraña, una mujer a la que no reconozco, una mujer horrible. Sin darme cuenta de lo que estoy haciendo, cojo todo lo que tengo a mi alcance y lo lanzo contra el espejo.

Roto.

Hecho añicos.