5

El edificio blanco es bonito, pero demasiado sencillo. Aunque hace años que conozco al mayor Davenport, nunca me había preguntado dónde vivía. Y ahora que estoy mirando la fachada de su casa, esta no me pega nada con la imagen que tengo de él. La casa es bonita, acogedora, todo lo contrario al mayor. Miro el camino empedrado de la calle —calle que ahora mismo está cortada por varios coches, todos de nuestra comitiva—. A mi lado, Damon está inquieto, lo observa todo. Entiendo que lo esté pasando mal mientras yo contemplo la casa, inmóvil, pero es que necesitaba armarme de valor.

—Bien. Vamos allá —digo.

Recorro el caminito que cruza el diminuto jardín delantero, tomo el llamador dorado y golpeo con él la puerta antes de dar un paso atrás y enderezar los hombros. Pasan unos segundos que se me hacen eternos y echo un vistazo a la ventana que hay a mi derecha, pero las cortinas no me dejan ver nada.

—Creo que no está en casa —digo, alzando la vista hacia la primera planta.

—Entonces deberíamos irnos antes de que llame la atención.

—Relájate, Damon. —Suspiro, mientras miro a un lado y a otro—. Esto está desierto.

Oigo algo al otro lado de la puerta, unos cuantos murmullos de una voz seria y malhumorada que reconozco.

—Quieta —ordena Davenport, mientras abre y sujeta a un perro con la otra mano.

Retrocedo, sorprendida, y el mayor Davenport hace lo mismo.

—¿Majestad?

Sus años de servicio hacen que imite a Damon y examine la calle de lado a lado.

Sonrío, algo nerviosa.

—Buenas tardes, Davenport.

La perra se resiste y trata de escapar. Finalmente lo logra y corre directa hacia mí.

—Dios mío —digo, y doy un paso atrás y noto la mano de Damon en la parte baja de la espalda justo en el momento en que la perra se lanza sobre mí.

Me apoya las patas en los muslos mientras mueve la cola con tanta rapidez que se ve borrosa.

¡Cathy! —grita Davenport, que va tras ella, la sujeta y vuelve a meterla en la casa—. Me estás avergonzando.

Me quedo pasmada, pero no porque una perra acabe de abalanzarse sobre mí.

¿Cathy? —le pregunto.

Davenport se queda inmóvil en la puerta. ¿Le ha puesto a su perra el nombre de mi madre? El mayor endereza la espalda y se vuelve hacia mí. Tras echar un vistazo a mi equipo de seguridad, dice:

—Será mejor que pase antes de que todo Londres se entere de que está aquí y la casa se llene de reporteros. —Me aguanta la puerta abierta—. Aunque no cabrán todos.

Mejor. No tengo ganas de que todos oigan lo que tengo que decir. Miro a Damon y asiento con la cabeza antes de entrar en la diminuta casa de Davenport.

—Gracias.

—El salón está a la derecha.

Davenport cierra la puerta y me sigue. Entro en una salita encantadora, donde dos sofás de cuero, clásicos, ocupan prácticamente todo el espacio.

—¿Le apetece una taza de té?

—Me encantaría —contesto, y me siento en el borde de uno de los sofás y apoyo las manos en el regazo, mientras Davenport sale de la habitación.

Pronto oigo el sonido de las tazas chocando y de los armarios abriéndose y cerrándose. Pocos minutos más tarde, regresa con una bandeja. Mientras lo miro servirme el té, me pregunto qué decirle para empezar la conversación. Es curioso, pero se ve mucho menos intimidante cuando no va vestido con el uniforme oficial de los pies a la cabeza. Los pantalones que lleva son bastante formales, pero el jersey no tanto.

—Gracias. —Sonrío cuando me tiende una taza en su platito—. ¿Cómo está, mayor?

Me parece un modo de empezar bastante socorrido.

—Muy bien, señora.

Nada más. No dice nada más y sé que lo dice por costumbre, no porque sea verdad. Lo cierto es que hoy se le ve viejo, cansado. Lleva el pelo impecable, igual que el bigote, pero…

Busco en mi mente otro modo de poner la conversación en marcha para evitar un nuevo silencio incómodo.

—No sabía que tuviera una perrita.

Busco con la mirada el animal peludo, que, pasada la novedad, se ha tumbado en su cesta al lado del fuego. El mayor llevaba unos horarios que no eran humanos, lo que no es la situación ideal para tener un perro.

—¿Quién se ocupaba de ella mientras trabajaba?

—Hace poco que la tengo —responde mientras remueve el azúcar—. Algo de compañía ahora que estoy jubilado no me vendrá mal.

Frunzo los labios y aprieto el asa de la taza de porcelana. La tiene desde hace poco y le ha puesto Cathy de nombre.

—Claro.

Doy un sorbito y el silencio incómodo que trataba de evitar se instala a sus anchas. Hasta que Davenport lo rompe.

—Disculpe, señora, pero ¿por qué está aquí?

Suspiro y dejo el platito en la mesa de madera, frente a mí.

—Ha rechazado mi oferta de devolverle su puesto.

—Correcto —replica secamente.

—Pero ¿por qué?

—Ya estoy viejo. Llega un momento en la vida de todo hombre en que debe asumir la derrota.

Se me rompe el corazón, porque algo me dice que no se está refiriendo al trabajo sino a mi madre.

—No ha asumido ninguna derrota. Lo obligaron a irse; no tenía otra opción.

El mayor Davenport me mira con las cejas alzadas desde detrás de la taza.

—¿Y a usted todo esto por qué le importa?

Ah, no. Por ahí no paso.

—Mayor, ya puede dejar de ser tan brusco —replico con firmeza—. Sé que es todo fachada. Además, creo que no hace falta que le recuerde con quién está siendo brusco.

Recupero el té, aunque solo sea por tener las manos ocupadas con algo y no retorcer los dedos nerviosamente en el regazo. Lo he sorprendido, igual que a mí me sorprende su sonrisa irónica.

—Le he ofrecido un trabajo; me gustaría que lo aceptara.

Davenport se echa hacia atrás en la silla y cruza una pierna por encima de la otra mientras me mira con su característica actitud seria, de superioridad. Si me llegan a decir que me alegraría de verlo recuperar esa pose, no me lo habría creído.

—Majestad —dice en voz baja, apoyando las manos en los brazos de la silla—, con todos los respetos, no puede obligarme a volver a mi puesto.

Le dirijo una mirada desafiante y me duelen las muelas de tanto apretar las mandíbulas.

—Y, entonces, ¿qué demonios puedo hacer como reina? Porque, de momento, no veo ninguna ventaja, todo son desventajas.

Su sonrisa se hace más amplia y admito que, aunque estoy alterada, es algo digno de ver.

—Detecto debilidad —me dice—. Nunca muestre debilidad o vulnerabilidad, señora, o la despellejarán viva. Esta es su primera lección. Reine con asertividad y con el corazón, pero no confunda su título con algo más que el mayor de los privilegios. No puede tener opinión. Una opinión la deja abierta a la crítica y no se puede permitir que la critiquen. Cuando esté en público analizarán cada uno de sus gestos, cada sonrisa, cada ceño fruncido. ¿Le ha gustado? ¿Lo ha odiado? ¿Está expresando una opinión? No importa si no está de acuerdo con su gabinete. No puede evitar que hagan lo que vayan a hacer. Solo puede advertir y aconsejar. No puede ordenarles que hagan nada. Los mejores gobernantes son los que escuchan. Escuchan, observan y se guardan su opinión. La familia real es una institución, señora. Una amada por el pueblo y envidiada por el resto del planeta. Su trabajo consiste básicamente en preservar el estatus de la monarquía, en ser un tesoro nacional. Ya hace mucho tiempo que el soberano no tiene auténtico poder. —No aparta la mirada en ningún momento, y estoy segura de que está disfrutando al ver que me ha dejado sin palabras—. Y esta ha sido la segunda lección. La segunda de… —sacude una mano en el aire—… muchas. A su padre le costó asimilar el concepto de monarquía parlamentaria, pero se esforzó mucho para que el pueblo lo amara. No le resultó fácil resolver los conflictos que le suponía ser esposo y padre por un lado y rey por otro. No sabía cómo conjugar las tres facetas.

Permanezco en silencio, deseando que siga hablando, pero su expresión me dice que cree que ha hablado demasiado.

—Y por eso mi madre fue a parar a sus brazos —susurro.

—Él aún no era rey cuando su madre y yo nos enamoramos. Era un príncipe al que estaban preparando para que reinara. Cuando se casó con su madre tenía diecinueve años, y ella dieciocho. Unos niños. John nació ese mismo año, el hijo que su padre tanto deseaba porque cimentaba el futuro. Su madre sintió que había cumplido con su obligación. Su padre echaba canitas al aire durante sus viajes por todo el mundo y rumores de esas aventuras llegaron hasta Inglaterra. Yo fui secretario personal de su abuelo antes de serlo de su padre, como bien sabe, y ver a la preciosa princesa española recluirse en su caparazón cada día un poco más me resultaba muy triste. —Davenport se queda mirando por la ventana, pensativo—. Me la encontré un atardecer en la biblioteca; estaba leyendo historia británica y puliendo el idioma. Quería ser la mejor reina posible para su padre. —Me mira a los ojos y se aclara la garganta—. Dejaré que usted le ponga el final a ese encuentro.

—¿Amor? —le pregunto, relajada por primera vez desde que he llegado.

No esperaba esta confesión tan íntima, y la agradezco mucho aunque la haga en ese tono distante. Davenport suspira y aparta la mirada, como si no pudiera creerse que esté hablando de estos temas y menos conmigo, pero sin poder parar.

—Se sintió deseada y, créame, ella era todo lo que yo quería.

Así que sabe lo que es desear algo con toda el alma y no poder conseguirlo. No sé por qué eso me consuela un poco.

—Su padre volvió de una de sus misiones en el ochenta y tres. Puse fin a lo mío con Catherine. Si nuestro secreto hubiera salido a la luz las consecuencias habrían sido devastadoras. Su madre habría sido marginada, la habrían tratado como a una apestada. El caso es que ella me odió por dejarla y, en un momento de debilidad por mi parte, me rendí a sus ruegos. Y nos descubrieron. Encontraron las cartas que nos habíamos enviado. Edward nació dos años más tarde y su padre supo que el niño no llevaba su sangre. Pero no quiso dar pie a un escándalo. Necesitaba una esposa e hijos si quería seguir siendo el heredero; necesitaba una familia estable. Su abuelo era un gran defensor de las tradiciones. Así que guardó silencio y me mantuvo siempre cerca. Usted, majestad, fue la guinda en el pastel de su venganza.

Me lo quedo mirando, asombrada.

—¿Me está diciendo que yo fui tan solo un peón para burlarse de usted?

«¿Que en realidad nunca me quiso?»

—Cuando su abuelo falleció y su padre subió al trono, no me despidió ni me permitió dimitir. Me dijo que, si lo hacía, no recibiría ninguna pensión y se aseguraría de que no encontrara trabajo en ninguna otra parte. Su padre era un hombre cruel e implacable, Adeline.

—No está bien hablar mal de los muertos —salto, más por sentido del deber que por otra razón.

Estoy muy sorprendida por todo lo que estoy oyendo.

—Mis disculpas. —Davenport agacha la cabeza, avergonzado.

Me parece muy injusto. Todas las cosas buenas que he tratado de pensar de mi padre desaparecen de un plumazo. Yo solo fui una herramienta para él. Una manera de darle en las narices a Davenport y de mostrarle al resto del mundo que todo era perfecto en la perfecta familia del perfecto heredero. Más humo; más espejos.

—¿Cómo demonios han podido mi madre y usted estar juntos todos estos años de esa manera? Si realmente se querían, cómo han podido mantenerse a distancia y… —Me detengo en seco cuando la evidencia se abre camino en mi mente—. No lo han hecho.

Él se echa a reír, pero es una risa cargada de sarcasmo.

—Adeline, su padre me tenía siempre pegado a sus talones, prácticamente día y noche. Y cuando no estaba conmigo, estaba con su madre. Sabía dónde se encontraba ella en cada momento.

Mi madre tenía razón; mi padre era un hombre muy cruel. Quería verlos sufrir.

—¿Y por qué no estaba en Evernmore con mi padre el día que yo me escapé?

—Por el shock que me provocó el accidente de Edward. Me afectó mucho.

Me encojo al oírlo.

—Esto es demasiado.

Me levanto, abrumada por el alcance de esta red de mentiras que forma los andamios de mi vida. Estoy a punto de marcharme cuando pienso en algo. Y aunque creo que sé la respuesta, lo pregunto igualmente.

—¿Ha hablado con Edward?

—No creo que él quiera hablar conmigo, señora.

—¿Lo ha intentado?

—No, he preferido dejar la pelota en su tejado.

—¿Y con mi madre?

—No tengo por costumbre molestar a una mujer que está de luto, majestad. Sé cuál es mi lugar; no hace falta que me advierta.

—No le estoy advirtiendo, mayor.

Me dirijo a la puerta y él me sigue.

—¿Por qué iba a ofrecerle recuperar su trabajo si quisiera mantenerlo alejado de mi madre? —Lo miro por encima del hombro y capto la sorpresa en su rostro antes de volverme—. Me gustaría que reconsiderara mi propuesta; creo que aún tiene mucho que ofrecer a la monarquía.

—Es muy amable, señora, pero ahora tengo otras responsabilidades.

Frunzo el ceño, doy media vuelta y veo que está sonriéndole a la perra.

—Oh.

Cathy corretea alrededor de mis piernas antes de sentarse a los pies de su amo.

—Puede traerla.

—¿Perdón?

—Tráigasela a trabajar con usted. —No espero a su negativa—. Lo veré mañana a las nueve en punto.

Salgo a la calle y me dirijo a la puerta que Damon mantiene abierta, dejando atrás a un Davenport que me imagino boquiabierto.

—¿Cómo ha ido? —me pregunta mi jefe de seguridad mientras me siento.

—Ha sido… revelador.

Es la palabra que mejor se ajusta a la charla que acabamos de mantener. Siempre pensé que mi padre era un tirano, pero no lo tenía también por un hombre cruel. Ahora sé que lo era. ¿Con razón? No, aunque la traición de mi madre lo hubiera convertido en un hombre amargado, esa no era razón suficiente para tratarme a mí con tanta dureza. ¿O era simplemente su manera de educar a una hija? ¿Querría lo mejor para mí o no soportaba que mi presencia le recordara que había nacido fruto del resentimiento? Cuanto más lo pienso, más me convenzo de lo segundo. Y eso responde a una pregunta que me había hecho muchas veces. Si mi padre ya tenía a sus dos herederos de rigor, ¿para qué un tercer hijo? Ahora lo sé. No me quería. Solo nací para atormentar a otro hombre.

Me encojo y me froto la frente porque me está empezando a doler la cabeza. Una vez más, me pregunto si estoy capacitada para hacer este trabajo, incluso sin el inconveniente añadido de los problemas con mi padre.

—¿Volvemos a Kellington, señora? —me pregunta Damon, siguiendo a los demás coches de la comitiva.

¿A Kellington? ¿Qué me espera allí? ¿Sir Don con más tonterías oficiales que harán que me estalle la cabeza? ¿Kim con una lista interminable de comunicados de prensa que requieren mi aprobación? ¿Montañas de invitaciones para que las acepte o las rechace?

—¿Podrías conducir sin rumbo? —le digo, porque siento que quedarme en este coche es el único modo que tengo de escapar de este mundo absurdo.

Bueno, en realidad hay otra manera, pero no puedo recurrir a ella, y eso todavía me hace sentir peor.

Aunque obviamente no le gusta mi petición, Damon habla por el pinganillo para avisar a los demás del cambio de planes. Sonrío cuando se pone un poco borde con alguien.

—A su majestad le apetece dar un paseo en coche y eso es lo que vamos a hacer.

Y eso hacemos. Durante una hora damos vueltas por Londres y la caravana despierta la curiosidad de los peatones y los conductores por igual. Aunque estoy muy decaída, sonrío al ver que la gente se para y se queda mirando el coche, preguntándose quién debe de necesitar tantos escoltas. Alguno pensará que solo la reina, pero luego lo descartará, porque ¿qué iba a hacer la reina dando vueltas sin rumbo por la ciudad? Qué idea tan absurda. Casi tanto como la idea de que sea, de hecho, la reina.

Perdida en mi melancolía, me sorprendo cuando nos detenemos porque no hay ningún semáforo en rojo ni embotellamiento que nos impida continuar nuestro viaje a ninguna parte.

—¿Por qué paras, Damon?

Él se vuelve hacia mí y me mira.

—Creo que necesita que le levanten un poco la moral.

Le dirijo una sonrisa irónica.

—¿Hay una nevera con champán por aquí? O, mejor aún, ¿una botella de Belvedere?

—No, pero hay un americano.

Lo miro como si se hubiera vuelto loco.

—¿Qué? —susurro, con el corazón desbocado—. ¿Está aquí? —Miro por la ventanilla.

—Usted no es la única experta en entrar y salir de sitios sin que nadie se entere. —Señala con la cabeza la otra ventanilla.

Ahogo una exclamación y me abalanzo hacia la otra ventanilla. El edificio de ladrillos de arenisca no me suena de nada. Estamos en una pequeña calle lateral.

—¿Dónde estamos?

—En la entrada del personal del Café Royal.

El corazón me da un doble salto en el pecho. Josh. Sé que no debería hacerlo. No debería prorrogar mi tiempo en el paraíso, porque sé que eso aumentará el dolor de la despedida, pero no puedo negarme. Me ahogarían los nervios. Ay, me entran ganas de besar a Damon.

Y también de salir corriendo del coche para estar con Josh cuanto antes, pero sé que debo tener paciencia porque hacerme entrar en el hotel sin que nadie me vea no ha de ser fácil. Damon dedica unos minutos a hablar por el pinganillo y a mirar a lado y lado de la tranquila calle. Pronto pierdo la paciencia. Me revuelvo en el asiento, con la respiración alborotada.

—Ponme una bolsa en la cabeza y ya está —sugiero, lo que hace que Damon niegue con la cabeza, exasperado, mientras los ocupantes de uno de los coches bajan del vehículo y entran en el hotel.

—¿Adónde van?

—A preparar el terreno. —Damon se vuelve hacia mí y me mira muy serio—. Haga lo que le diga, sin preguntas.

Asiento, dispuesta a lo que sea necesario.

—Y nada de quedarse a dormir.

Vuelvo a asentir. Solo quiero verlo, y haría lo que fuera por conseguirlo.

—Gracias, Damon.

—Logrará que me despidan.

—Yo no te he pedido que me traigas —le hago notar—. Además, ya han intentado cambiarte de destino, pero lo impedí.

Y esta es una de las razones por las que lo hice. Nadie más correría estos riesgos por mí. Nadie más me conoce lo suficiente para saber lo que necesito en cada momento. De hecho, nadie más se preocupa realmente por mis necesidades, emocionales o físicas; solo Damon. Y sabe que lo necesito. Desesperadamente.

—Me quedo más tranquilo. —Damon me sonríe con ironía—. Los hombres están despejando el terreno hasta la suite de Jameson, así que en principio no habrá encuentros incómodos con clientes o empleados del hotel.

—¿Y si hay alguno?

—No lo habrá.

Abre la portezuela, baja del coche y se abotona la chaqueta mientras rodea el vehículo por delante. Cuando uno de sus hombres le hace una señal, me abre la puerta, después de mirar rápidamente a derecha e izquierda.

—Todo recto —me indica, ocupando su posición habitual: justo detrás de mí con una mano en la parte baja de mi espalda—. Los hombres están situados en varios puntos de la ruta. Si aparto la mano de su espalda, quiero que se detenga. Cuando la vuelva a apoyar, podemos continuar.

—De acuerdo.

Avanzamos por el pasillo y cruzamos la primera puerta, pero, en cuanto se cierra, Damon aparta la mano de mi espalda. Me detengo y lo miro. Él se lleva la mano a la oreja y no para de vigilar a su alrededor.

—¿Todo bien? —pregunto, pero no me responde.

Vuelvo a notar su mano y sigo caminando, aunque el estómago no para de darme saltos. ¿Nervios? ¿Excitación? ¿Miedo? Cada vez que nos encontramos con alguno de los miembros de seguridad, este se une a la procesión. Alguno de ellos se adelanta un poco, para asegurarse. Cuando llegamos al montacargas, me detengo y sonrío.

—Qué emocionante —murmuro, haciendo que alguno de los hombres tenga que contener la risa.

Damon, en cambio, me ignora.

—Al ascensor —me ordena cuando la puerta se abre.

Rápidamente me coloco en una esquina.

—Está en la suite real —comento, mirando los botones.

—Lo sé.

Damon aprieta un botón y se coloca delante de mí, protegiéndome.

—Si las puertas se abren antes de que lleguemos allí, permanezca quieta y callada a mi espalda, ¿entendido?

—Entendido —le confirmo.

Y me vuelvo para mirarme en el espejo. Me echo el pelo por encima del hombro y me doy unas palmaditas en las mejillas.

—Está bien —me dice Damon, sin expresión, con las manos enlazadas ante él.

Yo lo miro de reojo mientras me doy un toque de pintalabios.

—¿Solo bien? Ayer me dijiste que era la reina más hermosa de la historia.

Más risas contenidas de sus hombres que, al parecer, no le hacen ninguna gracia a Damon, que contesta:

—Es evidente que no ha dormido bien esta noche.

Finjo estar muy indignada resoplando y clavándole un dedo en la espalda.

—Debí dejar que te cambiaran de destino.

—Compórtese, majestad. Sabe que disfruta demasiado con nuestras aventurillas.

—Ja, ja, qué gracioso.

El ascensor se detiene dando un brinco y mi corazón salta con él. Voy a ver a Josh, y aunque sé que solo voy a empeorar las cosas, encariñándome aún más de algo por lo que no puedo sentir apego, no puedo evitar que una corriente de excitación me recorra las venas. Él es la única luz en mi mundo, que cada vez es más oscuro. Es lo único que me aporta paz.

Las puertas se deslizan a los lados y dos hombres bajan y examinan el pasillo antes de hacerle una señal a Damon. Cuando salgo del ascensor, veo que los hombres se han colocado a intervalos regulares. Me escoltan rápidamente y cuando llegamos frente a la puerta de Josh, el latido de mi corazón enloquece. Damon llama con firmeza y oigo movimiento al otro lado.

Contengo la respiración, preparándome para el momento. Y suelto el aire, decepcionada, cuando la persona que abre la puerta resulta no ser Josh. Lo que es totalmente lógico y esperable. Miro detrás de Bates, pero tampoco lo veo.

—Majestad —me saluda Bates, a quien parece hacerle mucha gracia mi cambio de estatus.

—Hola —lo saludo y entro en la habitación, con el apoyo de la mano de Damon.

Miro alrededor de la grandiosa suite mientras Damon saluda a sus antiguos compañeros.

—¿Dónde está Josh?

—La entrevista con Hello se ha alargado un poco, señora. —Bates señala una puerta cerrada—. No creo que tarden mucho.

—¿Hay periodistas ahí dentro? —le pregunto, señalando en su misma dirección.

—No se preocupe, está a salvo.

Bates me guiña el ojo, lo que me parece del todo fuera de lugar. Me lo quedo mirando fijamente, pero en ese momento el pomo de la puerta empieza a girar.

—¡Joder! —suelta Bates, que se queda mirando la puerta con los ojos muy abiertos.

Damon se une a sus insultos mientras se coloca delante de mí de un salto. Cuando la puerta se abre, ya no veo nada porque se ha formado una pared de hombres delante de mí.

—A salvo, ¿eh? —digo entre dientes, y estoy a punto de pinchar a Bates en la espalda con el dedo.

—¡Ay, hola! —saluda la voz cantarina de una mujer, que parece un poco sorprendida—. ¿Podrían indicarme dónde está el baño?

Bates señala hacia la izquierda en silencio y oigo el ruido de los tacones de la mujer mientras se aleja.

—Gracias —dice, con desconfianza.

El muro de hombres que me ocultan se desplaza, obligándome a desplazarme con ellos para no ser descubierta.

—¿Les falta mucho? —le pregunta Bates.

—Solo nos queda sacar unas fotos y ya estaremos. Bueno, y tal vez vuelva a insistir para que me desvele la identidad de la mujer misteriosa.

Me tenso y Bates suelta una risita nerviosa.

—No se moleste.

—Oh, vamos. Pues dímelo tú.

Damon pasa de estar alerta a superalerta.

—No —responde, adelantándose a su amigo.

La mujer se echa a reír.

—Madre mía, cualquiera diría que está saliendo con alguien de la realeza.

Frunzo los labios y todos los hombres que están ante mí se revuelven, incómodos, nerviosos. Cuando una puerta se cierra, me rodean entre todos y me conducen hasta el otro extremo de la suite. Finalmente me encuentro en un dormitorio digno de un rey.

—No salga de esta habitación —me advierte Damon, meneando un dedo ante mi cara antes de dejarme encerrada dentro.

—¿Y adónde quieres que vaya? —le digo a la puerta cerrada.

Suelto el bolso y enderezo la espalda. Cuando miro a mi alrededor no puedo evitar sonreír. La suite real. Qué romanticón se me ha puesto. Me quito los tacones y recorro la estancia despacio, admirando la decoración, los muebles, que son impresionantes, y los elaborados espejos de pared. Todo digno de un palacio. ¿Y lo ha hecho por mí?

A mí me daría igual estar en medio de un campo embarrado. Si Josh está a mi lado, estoy en el cielo. Cuando entro en el baño, la opulencia se mantiene. Aunque hay muchos detalles que admirar, lo que me llama la atención es la bañera. Miro por encima del hombro hacia la puerta mientras me muerdo el labio inferior. Podría darme un baño relajante mientras lo espero. Al fin y al cabo, no tengo nada mejor que hacer. Con una sonrisa pícara en el rostro, me acerco a la bañera y pongo el tapón. Echo una buena dosis de jabón para que haga espuma y abro el grifo. Dejo que la bañera se llene y vuelvo al dormitorio a buscar el móvil. Me fijo en que en la mesita de noche hay un montón de revistas y una botella de champán puesta a enfriar en una cubitera, junto a dos copas. Parece que me estuviera esperando y me pregunto si todo esto ha sido iniciativa de Josh o si ha sido idea de Damon. Me encojo de hombros porque en realidad me da igual. Cojo las revistas, la botella y una copa y regreso al baño con una sonrisa de satisfacción. Dejo el botín a mano y me desnudo antes de recogerme el pelo en un moño alto.

Cuando la bañera está llena, me deslizo dentro y suelto un gruñido de satisfacción. Y permanezco allí, con los ojos cerrados, disfrutando de la tranquilidad, con la mente tan ligera como el cuerpo.

Felicidad.

Total.

Y absoluta.

—Perfecto. —Suspiro.

Me sirvo una copa y cojo la primera revista del montón. No me extraña ver que no se menciona mi promoción de princesa a reina, ya que el anuncio es muy reciente, pero lo que sí hay es una amplia sección dedicada a la reciente pérdida familiar. Se hace referencia también a la renuncia de Eddie y a que pronto se anunciará el nuevo soberano. La foto de cubierta es un primer plano de mi hermano y mío caminando tras el ataúd de mi padre. La imagen me resulta demasiado turbadora, así que trago saliva y paso la página rápidamente. En la primera hay más fotografías del funeral, y en la siguiente y en la otra. Me pican los ojos y siento un peso en el corazón. No era esto lo que quería cuando he abierto la revista. Mi intención era olvidarme de todo lo que he perdido durante un momento. Olvidarme de… todo.

Paso más páginas hasta que encuentro algo que no está relacionado conmigo. Bueno, eso no es del todo cierto. Sonrío. Josh está relacionado conmigo, pero el mundo no lo sabe. Y pensar que su cara está impresa al lado de una página en la que salgo yo… ¡Menuda ironía!

Contemplo el anuncio.

Eau de Parfum —murmuro, ladeando la cabeza, feliz con el cambio de lectura.

Aunque no hay mucho que leer. Así que me dedico a admirarlo, vestido con un inmaculado y precioso traje de tres piezas, y el pelo alborotado en contraste con la elegancia del modelo. Es tan Josh… Es perfecto para mí, pienso, sonriendo aún más. En el anuncio él también sonríe, pero su sonrisa es discreta, tímida, y un poco cómplice. Al contemplarla uno no puede evitar preguntarse en qué estará pensando. Tal vez en mí, en nuestro secreto. ¿De cuándo es la foto? Me olvido del resto de las revistas y me limito a beber y admirar, beber y admirar. Y así podría haber seguido, tan a gusto, si no hubiera sonado mi teléfono y me hubiera expulsado de mi utopía. Lo cojo y abro el mensaje de Matilda. Es una foto de ella con una taza en la mano, que según dice acaba de comprar. Cuando leo el texto que hay escrito en la taza, se me escapa la risa: MOLA SER REINA.

En vez de responder por escrito, la llamo y me hundo más en la bañera.

—Muy graciosa —le digo cuando responde.

—Menudas semanitas —susurra mi prima—. Sé que no te gustan las muestras de compasión, así que he preferido hacerte reír.

—Gracias, Matilda.

A pesar de sus buenas intenciones, sigo sintiéndome abatida. Tengo tantas razones para estar triste y descorazonada que pierdo tiempo tratando de identificar qué desgracia necesita un trozo más grande de mi corazón. Por eso prefiero centrarme en mi fuente actual de alegría: Josh. Pero ¿cuánto va a durar esta locura con fecha de caducidad? De hecho, ya nos hemos pasado de la fecha. Estamos viviendo en tiempo de descuento, por llamarlo de alguna manera. Vuelvo a suspirar.

—¿Cómo estás?

—No tan solicitada como tú, pero la revista OK! ha publicado unas fotos mías con Santiago.

—¿La revista OK!?

Suelto el ejemplar que tengo en mano y rebusco entre el montón hasta que doy con ella.

—¡Vale, la tengo!

Dejo la copa y hojeo la revista hasta que encuentro las fotos de Matilda.

—¡Anda! —exclamo, contemplando las fotos de mi prima saliendo de una función privada con su argentino.

Hay varias imágenes: en una, él sujeta la puerta para que ella salga; en otra cruzan la calle con decisión y luego llegan al coche que los espera.

—Estás preciosa —comento, entusiasmada—. ¿De cuándo son las fotos?

—De nuestra primera cita. Me moría de ganas de contártelo, pero cuando pasó lo de John y… —Deja la frase a medias.

Yo compongo una mueca, sintiendo la incomodidad de Matilda.

—Digamos que no ha habido un buen momento desde entonces —añade.

Me siento un poco mal por mi prima. Seguro que estaba desesperada por contármelo, pero el mundo se puso patas arriba, no solo para mí sino para todos.

—¿Te lo pasaste bien? —le pregunto, tratando de cambiar de tema.

—Maravillosamente. —No suena muy convencida—. Por Dios, Adeline. ¿Cómo ha podido ocurrir todo esto? ¿Tú sabías que Eddie lo estaba pasando tan mal?

—No.

Recupero la copa y bebo para olvidar las penas. Era inevitable que la conversación fuera a parar a esa cuestión. ¿Cómo no? Pero debo recordar que Matilda no sabe nada del escándalo, de las mentiras y los secretos. Se ha tragado la historia que le han contado como el resto del mundo. Nunca sabrá que el bebé de Helen no era de mi hermano, ni que mi madre tuvo una aventura con el secretario personal del rey, ni que Eddie es hijo ilegítimo. Ni que su sufrimiento no se debe al servicio que ha prestado a la patria, sino a que su mundo no es como siempre pensó que era. En este momento me doy cuenta de que la historia de Eddie resulta muy fácil de creer porque su comportamiento actual es fácilmente achacable a un síndrome de estrés postraumático.

—Son tiempos difíciles, prima. Me duele el corazón, pero tengo la sensación de que no me conceden tiempo para estar de duelo. No me dan tiempo para acostumbrarme a lo que ha pasado ni a cómo he llegado hasta aquí. —Trago saliva, decidida a no mostrar mis emociones—. Esta semana me han vuelto loca con tanto protocolo. Lo que tengo que hacer, lo que no; las responsabilidades, las expectativas. Nada que no supiera, pero, caramba, es como si me hubieran cargado una montaña sobre los hombros. Tengo ganas de gritar. —No tendría ni que contárselo, Matilda ya lo sabe—. Una parte de mí quiere salir corriendo, pero otra quiere coger el toro por los cuernos. Quiero demostrarle a mi padre y sus secuaces que se equivocaban conmigo, que no soy una deshonra para la monarquía.

—No eres una deshonra para nadie. Deja de decir eso. Oh, Adeline, ojalá pudiera darte un abrazo —dice Matilda, porque seguramente no sabe qué más decir.

Todo lo que está pasando es horroroso, pero ¿qué se puede hacer? Mientras el mundo celebra mi ascenso al trono, yo lloro por la pérdida de mi vida anterior.

—¿Dónde estás, por cierto? —me pregunta.

Detengo la copa en el aire y miro a mi alrededor.

—En un rollo oficial en Claringdon. —Frunzo los labios y trato de sonar convincente—. ¿Sabías que apadrino más de mil organizaciones benéficas? —sigo hablando para despistarla.

—¿Adeliiine? —Matilda alarga mi nombre, y yo me hundo en el agua caliente—. ¿Dónde estás?

Cierro los ojos con fuerza.

—En la bañera de Josh Jameson.

No puedo mentir. Ya hay demasiadas mentiras en mi vida. Necesito poder hablar con alguien y no tengo a nadie más. Solo a Josh y a Damon. Josh es parte implicada y Damon haría cualquier cosa por mí. Necesito alguien neutral.

—¡Dios mío! —exclama Matilda.

—Ya lo sé.

—¿Estás loca?

—Sí.

—¡Adeline!

—Necesitaba un respiro, me estaba ahogando —replico con poca convicción—. Necesitaba alejarme de esta locura en la que se ha convertido mi vida. Solo él logra calmarme, Matilda. Es mi refugio.

—Santo cielo, te van a…

—¿Enviar a Coventry? —le pregunto—. ¿Destronar? Soy la reina, por el amor de Dios.

—Tú lo has dicho —protesta Matilda, casi gritando—. Y la reina debe casarse con alguien adecuado a su rango, no mantener sórdidas aventuras con actores de Hollywood.

—¿Y quién ha dicho que Josh no es adecuado para mí? —refunfuño mientras vuelvo a llenar la copa de champán.

—Miles de años de historia real lo dicen. Cualquier político, lord o consejero al que le preguntes te lo dirá. Y probablemente cualquier ciudadano de a pie, Adeline. Tienes que casarte con un hombre al que debes seleccionar cuidadosamente para tener con él príncipes y princesitas perfectos.

Contengo la risa.

—Pensaba que querías ayudarme.

—Sabes que no te lo permitirán. Te obligarán a casarte con alguien adecuado.

—Pues no me casaré con nadie.

Ella se echa a reír.

—¿Como la reina Isabel I?

—Exacto. Una mujer fuerte, independiente, que no necesitó a un hombre a su lado para gobernar el país.

—Entonces ¿tú también serás una reina virgen?

Se me escapa la risa por la nariz.

—Todos sabemos que Isabel I no era virgen. Y, al igual que ella, yo no permitiré que me obliguen a casarme.

—Entonces, al igual que ella, morirás sin hijos y ese será el final de la dinastía Lockhart. La dinastía de tu familia morirá contigo, Adeline.

Siento una punzada desagradable en el pecho.

—¿Desde cuándo te has convertido en una defensora de la corona? —refunfuño, molesta—. Si tanto te gusta, puedes quedártela. Estoy segura de que tu madre estará encantada. ¿Cómo está la muy arpía, por cierto?

Matilda se echa a reír.

—No está demasiado contenta con nuestra nueva reina.

Pongo los ojos en blanco.

—¿Quién se lo iba a imaginar? ¿Voy a tener que desterrarla por traición a la corona? —bromeo.

—Sí, y ya puestos, destierra a mi padre también, ¿vale? Estoy harta de oírlos decir que no estás capacitada para el puesto.

Los padres de Matilda probablemente tengan razón. No estoy capacitada, pero ¿cómo se atreven a decirlo en público? Supongo que el que habla es mi ego, o mi orgullo, pero el caso es que la hermana de mi padre y su esposo acaban de darme más motivos para demostrar a todo el mundo que se equivoca.

—Pero que les den a mis padres. —Se ríe—. El pueblo está encantado.

¿Estarían igual de encantados si se enteraran de lo mío con Josh Jameson? ¿Me seguirían queriendo?

—La verdad es que es un consuelo en estos días tan duros —reconozco.

—¿Tendré que hacerte una reverencia cuando te vea?

Sonrío.

—Aunque te dijera que no, lo harías para fastidiarme.

—¡Cómo lo sabes! Y ya que soy tu pariente favorita, ¿podría pedirte algo?

—¿El qué?

—Mi propio chófer, para empezar.

—Puedes quedarte con el chófer del duque y la duquesa de Sussex.

—No puedes quitarle el chófer a mis padres para dármelo a mí. —Matilda se echa a reír—. Nunca me lo perdonarían.

—Está bien, de acuerdo… —Me rindo, renunciando a la agradable imagen mental que acababa de formarme de Victoria descubriendo que había alterado su asignación y reubicado a su personal en favor de su hija—. Pero nos ocuparemos de eso pronto.

Levanto la vista cuando la puerta del baño se abre. De repente tengo la sensación de que el agua empieza a hervir.

—Tengo que colgar —susurro, con un hilo de voz y los ojos muy abiertos—. Hablamos mañana. Acaba de entrar alguien.

—¿Quién será? —replica ella, riéndose.

Cuelgo y dejo el teléfono en el borde de la bañera. Por un instante me parece que el rostro de Josh muestra preocupación, pero enseguida me dedica una sonrisa lenta, llena de admiración.

—Hay una reina en mi bañera.

Coge mi teléfono y lo deja en el mueble antes de empezar a desabrocharse los botones de la camisa uno por uno, dejando a la vista un torso que suele ser el protagonista de muchos de mis sueños.

—Y, joder, qué bien le sienta —añade, antes de que la camisa vaya a parar al suelo y empiece a librarse de los vaqueros.

—¿Por qué has tardado tanto? —pregunto, luego dejo la copa en el borde de la bañera, tomo un poco de espuma con una mano y la soplo en su dirección con el poco aire que me queda en los pulmones.

—¿Por qué he tardado tanto? —murmura él, bajándose la cremallera despacio antes de quitarse los pantalones.

Inspiro hondo y suelto el aire lentamente. Dios sabe que esos muslos también forman parte de esos sueños. Ay, madre, esas caderas. Las ondulaciones de su torso. Y esa uve, que empieza en la cintura, perfectamente definida. Y a la que, por cierto, mis piernas van a estar rodeando muy pronto.

—Deja que te cuente por qué he tardado tanto.

Se me acerca lentamente, vestido solo con los bóxers. Apoya las manos en el borde de la bañera y dobla los codos, inclinándose sobre mí hasta que veo las motas de color ámbar en sus ojos azules.

—Porque una periodista muy chismosa, como el resto de la prensa, quería saber quién se escondía debajo de mi capucha el día del Dorchester.

—Vaya —susurro, dejando caer la mirada hacia sus labios.

Esos labios. Unos labios fantásticos, hechos para besarme, a mí.

—¿Todavía siguen con eso? —logro decir.

—Son como lobos.

—¿Y has alimentado a los lobos?

Al notar las ganas que tengo de besarlo, se echa un poco hacia delante y presiona su boca brevemente contra la mía.

—Sabes que me habría encantado hacerlo. —Se aparta un poco para mirarme a los ojos—. Pero te quiero demasiado para añadir más leña al fuego de tus problemas.

Su voz y su mirada están tan cargadas de emoción sincera que me fundo en el agua caliente. Me quiere. Esto no es una fantasía mía; es real, y sería una idiota si no me lo creyera.

—¿Y tú? ¿Me amas, majestad? —me pregunta.

Sí. Yo también estoy loca y estúpidamente enamorada de él. Sin embargo, solo puedo asentir con la cabeza aunque mi amor crece a cada segundo que pasamos juntos. O separados. Estoy metida en un buen apuro.

—Amarte es la parte fácil —le respondo en voz baja—. Es todo lo demás lo que…

Él me apoya un dedo en los labios para hacerme callar.

—No, ahora no.

Me da otro beso antes de incorporarse. Mis ojos lo siguen y no pierden detalle cuando se quita los bóxers y se libra de ellos de una patada.

«Madre mía…»

—Levántate —me ordena.

Me ofrece una mano y me ayuda a ponerme de pie. El agua jabonosa resbala por mi cuerpo.

—Eres espectacular —dice.

—Igual que tú.

—No, tú mucho más.

Alarga una mano y me roza ligeramente la punta del pecho. Sonríe cuando me encorvo sin poderlo evitar y contengo el aliento.

—¿Crees que puedes escapar de mí? —me pregunta mientras va ascendiendo por mi torso hasta que me alcanza el cuello y apoya en él la mano plana—. Bum, bum, bum.

Me toma la mano y la apoya en su pecho, para que note sus latidos. De pronto, el mundo al que no quiero pertenecer me queda muy lejos. ¿Cómo voy a renunciar a esta sensación de libertad? ¿Cómo voy a renunciar a Josh? ¿Cómo voy a renunciar a lo nuestro?

—Date la vuelta para que pueda ver ese culito real que es solo mío.

Me doy la vuelta despacio y cuando dejo de verlo, ya no siento su poder relajante. Pero por suerte sigo notando su tacto. Cuando me acaricia la espalda húmeda, borra la ansiedad con su gesto. Mi cuerpo se ondula, tengo la piel en llamas. Lo está haciendo otra vez, está prolongando mi agonía, llevándome al límite, demostrándome una vez más lo que ambos sabemos.

—Inclínate y apoya las manos en el borde —me ordena.

Luego me apoya una mano con firmeza en la espalda, indicándome cómo quiere que me coloque. Cuando estoy en posición, lista para él, me deja esperando unos cuantos segundos más, torturándome. Solo se oye el sonido de nuestras trabajosas respiraciones. Cierro los ojos y trato de calmar mi deseo, pero me arde cada centímetro de la piel que queda bajo la mano con la que me recorre la espalda. Cuando se detiene, a la altura de mi trasero, entro en trance, anticipando su azote. Deseando que llegue. Rezando para que llegue, porque sé que de esa manera me perderé aún más en ese mundo en el que solo existe Josh; en el que Josh es todo lo que veo, oigo y siento. La piel me cosquillea.

—Esta no será la última vez que azote este culo —dice, y a continuación alza la mano y la deja caer con fuerza sobre mi nalga.

La película de agua hace que el escozor sea más intenso y el sonido resuene con más fuerza en las baldosas. Abro los ojos y suelto un gruñido gutural mientras se me tensan las nalgas.

—Eso espero —confieso.

Ojalá pudiera disfrutar de sus azotes cada día de mi descorazonadora vida.

—Arriba.

Me ayuda a incorporarme y a darme la vuelta y se mete en el agua. Nuestros torsos entran en contacto. Mis pechos mojados y resbaladizos se deslizan sobre su pecho y ambos contenemos el aliento. Mete la mano entre mi pelo y me quita la goma que aguanta el recogido, haciendo que me caiga sobre los hombros. Lo miro a los ojos, esos ojos increíbles, y veo que me observa con desesperación.

—Quiero que recuerdes algo —susurra, examinándome la cara—. Para el mundo eres la reina de Inglaterra.

Me sujeta las mejillas con sus grandes manos y me acerca a él. Yo me agarro de sus muñecas con fuerza, preparándome para oír algo que ya sé que va a sumergirme todavía más en este pozo de locura.

—Pero para mí lo eres todo.

Si en algún momento de mi vida había sentido dolor, queda reducido a nada al lado de lo que Josh me está haciendo sentir en este momento. Porque aunque sus palabras son hermosas, me causan una pena profunda y siento como si cayera de espaldas al recordar quién soy y quién es él. Porque puedo serlo todo para él, pero no ser nada al mismo tiempo.

—Para —me ordena, frotándome la mejilla con la suya para secarme las lágrimas que no me había dado cuenta de que me estaban cayendo—. Ahora estamos solos, tú y yo, y nada ni nadie puede detenernos.

—Pero… ¿y luego? —pregunto, y lo agarro por la nuca, como si tuviera miedo de que alguien fuera a entrar en el baño y nos separara.

—Luego no existe. Solo existe el ahora.

Me coge de la mano y la retira de su cuello. Sujetándome por los antebrazos, me aparta lo suficiente para mirarme a los ojos.

—Tú y yo solo vamos a vivir en el presente, porque no tenemos otra opción.

Parece que supiera que eso es lo que necesito oír, como si al fin hubiese aceptado lo inevitable. Asiento con la cabeza.

—Bien —dice.

Me abraza y de nuevo funde nuestras bocas en un beso. Y así, como si nada, vuelvo a estar jugando a nuestro juego favorito, devorándolo apasionadamente.

—Y, ahora, lo que voy a hacer es follarte duro. Voy a hacer que grites.

Se sienta en la bañera y me arrastra con él, sumergiéndonos en el agua. Se echa hacia atrás, me coloca sobre su regazo y yo me lanzo sobre su boca, perdiéndome en el beso. Cuando él busca entre mis piernas, me levanto un poco para facilitarle el acceso. Le suelto los hombros y me apoyo en el borde de la bañera. Gimo cuando me guía para que me clave en él. Me llena de una sola embestida y yo permanezco inmóvil, luchando por respirar sin romper el beso. Es un beso sereno, que fluye. Los gruñidos suaves pero consistentes de Josh rebosan pasión. Me da tiempo a que me acostumbre a su invasión antes de sujetarme por las caderas, clavándome los dedos en las concavidades.

—¿Estás bien? —me pregunta, mordisqueándome el labio inferior antes de soltarlo.

¿Bien? Estoy mucho mejor que bien. Ahora mismo, estoy en la otra punta del mundo, lejos del estatus, el poder y el privilegio que me aprisionan. Ahora mismo mi estatus es suyo, mi poder es el amor y mi único privilegio el de estar junto a él. Ahora mismo, con la mente aturdida por la fuerza de las emociones —a la cabeza de las cuales está el amor—, pienso que ojalá Josh le hubiera contado lo nuestro a la periodista. Ahora mismo, estoy tentada de ordenarle que la llame y lo haga. Sé que es imposible, pero Josh logra que lo imposible parezca posible.

En vez de responderle, enderezo la espalda y hago rodar las caderas para que entre más profundamente en mí.

—Oh, ella está en la gloria, te lo aseguro. —Su voz profunda retumba en lo hondo de su garganta mientras me ayuda a encontrar el ritmo.

No tardo mucho: solo una embestida, dos gruñidos y un millón de estallidos de mi corazón.

Sin dejar de mirarlo a los ojos, llevo las manos a sus hombros y empujo al mismo tiempo que él, logrando una profundidad increíble. El placer es indescriptible; la intensidad, de otro planeta. Juntos compartimos algo que hace que nuestros mundos se salgan de sus ejes y, ahora mismo, eso es lo único que cuenta. Nosotros. Nada más, solo nosotros.

Josh me dirige una sonrisa lenta, cargada de satisfacción y complicidad, y yo se la devuelvo mientras él me acaricia la espalda mojada. Me echo hacia delante para besarlo, pero él me tira hacia atrás.

—Quieta ahí —me ordena, alzando las caderas en una leve embestida, seguida de un giro lento y completo, que me hace soltar el aire.

Baja la mirada hacia mis pechos. Agarra uno y lo masajea sin delicadeza.

—Quiero besarte —protesto.

—Ya, bueno, y yo quiero quedarme aquí mientras el mundo sigue girando, y saber que la reina de Inglaterra me está montando en mi bañera. —Echa la cabeza hacia atrás, con una sonrisa ladeada en la cara y un brillo en los ojos de pura felicidad—. Porque no se me ocurre nada que pueda ser mejor que esto.

—¿Ah, sí?

—Te lo aseguro. Pero, ahora, concéntrate, mujer. Tienes un hombre al que complacer.

El muy canalla me guiña un ojo con descaro. ¿Qué debe hacer una en estos casos? Pues me incorporo un poco y me dejo caer con fuerza sobre su regazo, borrándole de golpe la sonrisa de ese rostro tan hermoso que no es ni humano. El agua salpica por todas partes y Josh maldice, volviendo a sujetarme por las caderas.

—¿Quieres jugar sucio? —jadea, clavándome los dedos hasta casi hacerme daño.

¿Mi respuesta? Repetición de la jugada.

—¡Joder! —maldice de nuevo.

Josh deja caer la cabeza hacia atrás. Levanto un brazo y deslizo la mano mojada por su pelo, humedeciéndoselo. Tiene los ojos como platos, los labios entreabiertos y respira entrecortadamente.

—No me provoques, majestad. —En su voz grave asoma ese acento sureño que se cuela siempre que baja la guardia, un acento que me enloquece.

Ladeo la cabeza, curiosa. Lo agarro por el cuello y levanto el culo hasta que él queda rozando mi entrada. La punta de su erección palpita contra mi sexo. Y él espera. Y espera. Y espera. Temblando, mientras yo me hundo y me retiro, bajando solo hasta la mitad cada vez, provocándolo y volviéndolo loco. Y cuando se ha acostumbrado un poco a mi nueva táctica y empieza a relajarse, lo sorprendo de nuevo clavándome hasta el fondo. Aprieto los dientes luchando contra el dolor cuando me golpea el vientre.

—¡Adeline! —brama, agarrándome las tetas y apretando fuerte.

Yo me aferro a su cuello y sigo bombeando y haciendo rodar las caderas. Está sudando.

—Cuando acabe contigo, te dolerá la garganta de tanto gritar. Igual que el resto del cuerpo. —Desliza un dedo entre los dos, añadiendo sensaciones—. Sobre todo aquí.

Mi sonrisa podría considerarse provocativa. Porque lo es.

—Ya sé que me va a doler después de verte.

Ya sea el culo, el coño o el corazón. O los tres.

—Pero ese dolor —añado— sirve para recordarme que hemos estado juntos, así que date prisa y hazme gritar.

Un instante más tarde estoy tumbada de espaldas y no soy muy consciente de cómo he llegado hasta aquí. Él se alza sobre mí, con un brazo apoyado en el borde de la bañera. Compruebo extrañada que no hemos salpicado nada.

—¿Dónde está el agua?

—Saqué el tapón hace un rato, nena. ¿No te has dado cuenta?

—No.

Lo único que queda son restos de espuma en la cerámica y dos cuerpos muy resbaladizos.

—No me he dado cuenta —admito.

No me doy cuenta de casi nada cuando Josh ocupa mis pensamientos. Por ejemplo, no me doy cuenta de que soy la reina de Inglaterra.

Me levanta el muslo y se rodea la cadera con él. Penetra en mí con un movimiento certero pero brusco, que me hace deslizarme por la bañera hacia el borde.

—Agárrate —susurra, y yo me aferro a sus hombros—, y respira.

No me da ni un instante para cumplir su orden, y el aire se me queda trabado en la garganta cuando empieza a embestirme violenta y repetidamente. Me quedo ronca casi al instante y Josh no puede disimular una sonrisa de placer. Lo único que mantiene un poco a raya su brutalidad es la bañera resbaladiza. Tiene que concentrarse a fondo para conseguir la máxima profundidad, la máxima satisfacción y el máximo ruido. Sus embestidas me desorientan, de tanto énfasis que les pone. Me escurro. Trato de aferrarme a su espalda y de apoderarme de su boca para ocultar en ella mis gritos, pero él lo impide.

—No —me dice, manteniendo la posición para verme la cara cuando pierda el control.

Sujeta mi pierna pegada a su cintura y no deja de penetrarme, manteniéndome a su merced, bajo su control, por la pura fuerza de sus golpes.

Justo como a mí me gusta.

Justo como a él le gusta.

Le agarro el pelo y tiro de él, apretando los dientes mientras escalo y escalo, cada vez más cerca de la cima.

—¡Oh, Dios! —grito, echando la cabeza hacia atrás, sin darme cuenta de que me golpeo con la bañera.

Estoy a punto de romperme en mil pedazos y mi cuerpo vibra descontroladamente.

—Me corro, nena —jadea, y sube el listón, gritando cada vez que se clava en mí.

Con cada embestida, varios de nuestros miembros chocan contra la bañera, en una escena frenética y desesperada. La sangre me sube a la cabeza y me cuesta mantener los ojos abiertos. El rostro de Josh está sudado y contraído en una mueca de concentración. Sus ojos lanzan destellos ambarinos y cuando gruñe y hace girar esas peligrosas caderas, corriéndose con gran escándalo, mi mundo parece romperse por la mitad. Y mi cuerpo, que no pesa nada, desaparece dando vueltas por la grieta que se abre entre esas dos partes.

Mi orgasmo se abre camino al fin, y me arqueo mientras grito. Le clavo las uñas en los hombros para no caer. Y el orgasmo dura, y dura y dura, sacudiéndome como una hoja en un vendaval.

—Santo Dios del cielo —susurra Josh, perdiendo el agarre y desplomándose sobre mí.

Jadea con la cara hundida en mi cuello mientras mis paredes internas se contraen de manera espasmódica, aferrándolo salvajemente. Estoy sin aliento, satisfecha y hecha polvo.

Me importa muy poco que la bañera sea dura e incómoda, pero Josh maniobra, colocándose debajo y soltando el aire a trompicones cuando me rindo sobre su pecho como una muñeca de trapo. Lo rodeo con los brazos inertes y me relajo, con los ojos cerrados y los corazones latiendo al unísono.

Soy suya.

Es lo único que soy.

Suya.