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—Oye, tienes que hablar con tu padre —dice Theo mientras me lanza un batido verde de la nevera antes de salir para clase. Al final resulta que le he cogido el gusto a estos batidos, aunque no a prepararlos ni como estilo de vida, la verdad. A diferencia de Theo, yo todavía necesito comida de verdad. Razón por la cual este no es mi desayuno, sino mi aperitivo.

—¿Por qué?

Estamos solos los dos en la inmensa cocina, los únicos en toda la casa. Rachel y mi padre se fueron hace horas. Ella va a clase de pilates antes de ir a trabajar, y a mi padre le toca el turno de primera hora de la mañana. Pronto se examinará y homologará su título de Chicago.

—Porque es tu padre.

—¿Y?

—¿Cuántos años tienes?

—¿Y eso me lo dice Míster Rabietas Espectaculares? ¿En serio?

Resulta que Theo manchó de salsa de soja la silla del comedor cuando lanzó el tenedor por los aires. No importa: la están tapizando otra vez en estos momentos.

—Eso solo fue una vez, bonita. No me adapto muy bien a los cambios.

—¿Y por qué te preocupa tanto lo que ocurra entre mi padre y yo?

Tomo un sorbo de batido y me lo imagino limpiándome el tracto intestinal, como si fuera un cepillo eléctrico superexfoliante. Uy, sí, beber acelgas licuadas me ha vuelto muy sofisticada.

—Traéis energía negativa a esta casa. Y nosotros ya tenemos bastante energía chunga.

—Anda ya...

—No sabes lo que va a pasar mañana. Cuánto tiempo durarán. En la vida solo te tocan dos, un padre y una madre. Y nosotros dos ya nos hemos quedado solo con uno. Es mejor portarse bien con ellos mientras se pueda.

Theo coge una cuchara de madera y empieza a golpear la encimera como si tocara la batería. Sabe marcar el ritmo. Me pregunto si hay algo que no sepa hacer.

—Vale, lo que tú digas.

—En serio. Empiezas a hablar como uno de nosotros, los niños mimados de Wood Valley.

—Vale.

Naturalmente, Theo tiene razón. Igual que Scar tenía razón. Tengo que ser mejor, más fuerte, más valiente. Una ninja... Bueno, no exactamente, porque necesitamos hablar, no luchar.

—Vale ¿qué?

—Vale, hablaré con él.

—Bien. Me alegro de que hayamos tenido esta charla.

Me da un golpecito por debajo de la mandíbula, como si estuviéramos en la década de los cincuenta y yo fuera su hijo y acabase de apuntarme un home-run en un partido de la liga infantil de béisbol.

—Eres un ser humano ridículo, ¿lo sabías? —le digo.

—Me han llamado cosas peores.

 

Yo:

Vale. Hablemos. Buena jugada lo de movilizar a Theo.

 

Papá:

No he movilizado a Theo, pero me alegro de que quieras hablar. Esto ha sido una TORTURA. TE ECHO DE MENOS.

 

Yo:

Ahora eres tú el que se está poniendo un poco melodramático.

 

Papá:

He leído un libro sobre educación y la relación entre padres e hijos, esperando que me sirviera de ayuda. Era una mierda de libro.

 

Yo:

¿Qué decía?

 

Papá:

Que te diera espacio.

 

Yo:

Mmm... Seguramente no tenía en cuenta el tamaño de la casa.

 

Papá:

¿Cuándo podemos hablar? ¿Dónde?

 

Y la cosa ha llegado a estos extremos: mi padre y yo tenemos que concertar una cita en nuestras apretadas agendas para hacer las paces. Me acuerdo de lo normales que eran las cosas entre nosotros. No solo normales, sino naturales. Antes, ya sabéis, antes, mi madre preparaba la cena todas las noches —algo sencillo— y los tres nos sentábamos a la mesa y charlábamos. Jugábamos a un juego en que cada uno de nosotros le contaba a los otros algo que había pasado desde la noche anterior, y recuerdo que yo me dedicaba a ir recopilando anécdotas a lo largo del día, como que el señor Goodman me había preguntado en Química y yo no me había sabido la respuesta, que el Ladrón de Smoothies había vuelto a actuar en Smoothie King y le había robado el batido a algún niño, que Scar y yo íbamos a hacer juntas un proyecto de ciencias y queríamos hacer un volcán porque a veces tenía su gracia hacer lo mismo que todo el mundo. Me acuerdo de que me dedicaba a analizar el día minuciosamente, como escogiendo el filtro para una foto, y elegía la historia que quería presentarle a mis padres como si fuera un regalo. Algo muy parecido a lo de Alguien y nuestras tres cosas, ahora que lo pienso.

¿Qué querría saber mi madre sobre las últimas veinticuatro horas? A lo mejor le habría contado lo del batido de acelgas. O lo del mensaje de Alguien de esta mañana, contando el número de minutos que faltan para nuestra cita. O lo mejor de todo, cuando Ethan dijo eso de: «Creo que deberías decirle que no», que no he dejado de repetir en bucle en mi cabeza. Seis palabras perfectas.

Aunque, quién sabe, tal vez no se lo hubiera contado. Tal vez me habría quedado con esa pepita de información para mí sola.

 

Yo:

No sé. ¿Luego?

 

Papá:

Vale.

 

—Jessie, ¿te importa quedarte un minuto? —me pregunta la señora Pollack después de la clase, y se me hace un nudo en el estómago. ¿Qué habré hecho esta vez? Según Crystal, Gem está en casa con gastroenteritis y está «vomitando sin parar, hashtag celosa», así que el día ha transcurrido sin novedad, lo cual es un alivio, porque llevo un vestido de algodón a rayas que estoy segura de que habría sido un objeto de burla perfecto. Es un poco más femenino de lo que suelo llevar normalmente, pero es que hace un calor insoportable.

Así que me quedo sentada en mi silla mientras el resto de la clase desfila hacia la salida. Ethan me mira con curiosidad y me encojo de hombros, y entonces me sonríe y me susurra «Buena suerte» al salir, y me dan ganas de guardarme su sonrisa y sus palabras en el bolsillo, para llevarlas conmigo a todas horas como un talismán. Mi propia sonrisa bobalicona se me queda pegada a la cara hasta mucho rato después de que se haya ido. Culpa de Ethan.

—Solo quería hablarte de lo de la semana pasada. Te debo una disculpa —dice la señora Pollack, y esta vez no se sienta a horcajadas en su silla. Se queda detrás de la mesa, como una profesora normal. Ha aparcado el tono de buen rollo y la actitud de coleguita, cosa que no era el problema, en realidad. Culparme a mí era el problema—. Me he pasado todo el fin de semana pensando en nuestra conversación y me he dado cuenta de que no la supe enfocar nada bien.

La miro fijamente, intentando encontrar algo que decir. ¿«Gracias»? ¿«No pasa nada»? ¿«Tranquila»?

—No pasa nada. No es culpa suya que Gem sea una hija de puta —digo, e inmediatamente levanto la cabeza de golpe, horrorizada. No era mi intención decir esa segunda parte en voz alta. La señora Pollack sonríe, y es un alivio, porque no sabría cómo explicarle a Ethan que nos han puesto un cero en nuestro trabajo de La tierra baldía porque soy una bocazas. Hasta la semana anterior, la señora Pollack era mi profesora favorita, y no solo porque le agradeciese que no me hubiese hecho levantarme delante de toda la clase en mi primer día en Wood Valley.

—Cuando iba al instituto, no era de las chicas más populares. Bueno, en realidad, eso es mentira —me cuenta, encogiéndose de hombros—. Fui una víctima del bullying. Aquello era una tortura diaria para mí. Y cuando vi lo que pasó con Gem, no sabía qué decir. Yo solo quería ayudar.

Parece al borde de las lágrimas. A lo mejor nadie llega a superar la etapa del instituto. Ahora es una mujer guapa con una melena brillante, una Gem adulta. Cuesta creer que tuviese otro aspecto alguna vez.

—Yo solo... solo quería pedirte perdón. He estado observándote, y tú sabes ya perfectamente quién eres. La mayoría de las chicas de tu edad todavía no se sienten a gusto en su piel, pero tú sí, y eso es seguramente lo que te hace tan amenazadora para Gem —prosigue, y me pregunto de qué narices está hablando. Yo no sé nada de la vida—. El caso es que la etapa del instituto es... lo peor. Lo peor del mundo.

—Tiene gracia que se haya hecho profesora de instituto entonces —señalo, y se echa a reír otra vez.

—Eso es algo de lo que debería hablar con mi psicólogo. Cosa que me recuerda que podrías hablar con el servicio de orientación psicológica del centro. Tenemos a un psiquiatra en plantilla. Y también especialistas en coaching personal.

—¿En serio?

—Sí, ya lo sé. Increíble, ¿no? Son maneras de justificar las cuotas de matrícula y las mensualidades. En fin, si no hablas con ellos, puedes venir a hablar conmigo cuando quieras. Las alumnas como tú son la razón por la que decidí dedicarme a la enseñanza.

—Gracias.

—Por cierto, tengo muchas ganas de ver el trabajo sobre La tierra baldía que estáis haciendo Ethan y tú. Sois dos de mis alumnos más brillantes. Tengo «grandes esperanzas».

Dickens es nuestro próximo autor en el programa de la asignatura. Un juego de palabras literario. No me extraña que la señora Pollack fuese una marginada en el instituto.

—Pero nosotros no pretendemos alcanzar cumbres borrascosas... —le digo, bromeando, y cuando paso por su lado, levanta la mano y no puedo evitarlo (¡empollonas del mundo, uníos!, ¡repelentes al poder!), le choco los cinco al salir.

 

 

Más tarde, en ¡Abrapalabra!, donde no hay un solo cliente, estoy sentada detrás del mostrador, escribiendo a Alguien. Hasta ahora he conseguido evitar a Liam desde que volví de Chicago, y es todo un alivio que hoy no trabaje. Si de verdad tiene planeado pedirme para salir, no sé cómo voy a decirle que no.

 

Yo:

¿Estás seguro de que deberíamos quedar?

 

Alguien:

sí, creo que sí. por qué? piensas echarte atrás?

 

Yo:

No. Es que... podrías ser cualquiera. Para ti es distinto. Tú ya sabes quién va a aparecer.

 

Alguien:

vale, te prometo que no soy un asesino en serie ni nada por el estilo.

 

Yo:

Los asesinos en serie no suelen confesar que lo son. Es más, ¿no sería eso lo primero que haría un asesino en serie? Decir: «No soy un asesino en serie. No, no lo soy».

 

Alguien:

es verdad. no te fíes de mi palabra. quedemos en algún lugar público. no llevaré mi furgoneta blanca ni caramelos.

 

Yo:

¿Y dónde quedamos, Dexter Morgan? ¿En Casa de las Crepes? ¿En serio?

 

Alguien:

sí. me encanta ese sitio. tienen crepes con forma de caritas sonrientes. tengo una cosa a las 15.00, ¿quedamos a las 15.45?

 

Yo:

Vale. ¿Cómo sabré quién eres?

 

Alguien:

yo sé quién eres, ¿recuerdas?

 

Yo:

¿Y?

 

Alguien:

que iré y me presentaré yo mismo, señorita Holmes.

 

Yo:

Un hombre valiente.

 

Alguien:

o una mujer.

 

Yo:

!!!

 

Alguien:

es broma.

 

Suena el timbre de la entrada y levanto la cabeza automáticamente. Ya lo hago como un reflejo pavloviano.

«Por favor, que no sea Liam», pienso.

Por suerte, no lo es. Por desgracia, es mi padre.

—Así que es aquí donde trabajas —dice, mirando alrededor y acariciando con los dedos los lomos de los libros, igual que hago yo. No es un lector voraz como mi madre, pero sabe apreciar la magia de la literatura. Cuando era pequeña, me leía a todas horas. Fue él quien me introdujo en el mundo de Narnia—. No podría imaginar un sitio más perfecto. Me alegro mucho por ti.

—A mí me gusta —respondo, y me pregunto si vamos a seguir con este juego todo el rato, haciendo como que no nos hemos peleado y no hemos pasado catorce días sin dirigirnos la palabra.

—Es mejor que preparar smoothies, espero, ¿no?

Mi padre lleva su placa identificativa de plástico, con su nombre escrito debajo de las palabras: ¿EN QUÉ PUEDO AYUDARLE? La forma como la lleva colgada, de un clip metálico, hace que me entre un arranque de ternura por él, como si hubiese llegado con restos de leche en el bigote.

—Sí. Solo que en Smoothie King está Scar. La echo de menos.

Mi padre asiente con la cabeza. Ni siquiera hemos hablado de mi viaje a Chicago. No me ha preguntado nada. Bueno, eso no es del todo verdad: me envió un mensaje de texto y yo pasé de él, y todavía no le he dado las gracias. Tal vez Theo tiene razón: sin darme cuenta, cada día me parezco más a la típica niña malcriada de Wood Valley. Me pregunto si la madre de Scar lo llamó luego para informarle de cómo había ido todo. No creo que me oyera vomitar ni que supiera que estábamos bebiendo en el sótano. Las pocas veces que la vi, me dio unos abrazos muy fuertes y me dijo: «He echado de menos a mi otra hija», cosa que es muy tierna, así que no importa si es cierto del todo o no.

—Ya lo sé. —Mira alrededor rápidamente y comprueba que estamos solos. Mueve la cabeza como diciendo: «Entonces podemos hablar»—. Yo echo de menos todo.

«Todo» significa mi madre. Es curioso que no podamos decir esas palabras en voz alta. Pero no podemos. Hay cosas que cuesta más decir que otras, no importa lo mucho más ciertas que sean.

—¿Te puedes creer que estemos a treinta y dos grados en noviembre? Eso no es normal —comenta, y se sienta en el suelo, de espaldas a la estantería de LIBROS PARA HACERSE RICO EN UN PISPÁS, flexionando las rodillas—. Nunca habría creído que llegaría a echar de menos el frío, y la verdad es que no es que lo eche de menos, pero este clima es... inquietante. Y aquí la pizza es una mierda. La pizza no debería ser sin gluten. No tiene sentido.

—Hay que acostumbrarse a muchas cosas —digo. ¿Debería darle más cuerda? ¿Debería hacer que empiece la fiesta y decirle: «Papá, nos vinimos a vivir aquí sin pedirme mi opinión siquiera. Me soltaste en un instituto nuevo, en una vida nueva, dijiste: “¡Taaaachán!” y luego me echaste a los lobos»?

Me quedo callada. Que sea él quien dé el primer paso.

—Oye, ya sé que ha sido duro. Y estaba tan ocupado intentando adaptarme yo, para conseguir que esto funcionase para nosotros dos, que no cumplí con mi deber de padre. Pensé que sería más fácil. No sé. Todo. Era un ingenuo. O estaba desesperado. Sí, eso es. No era un ingenuo, estaba desesperado.

Suelta su discurso dirigiéndose a la estantería que tiene delante, la dedicada al público infantil. Por cierto, siempre me ha parecido muy raro y al mismo tiempo muy típico de Los Ángeles sacar dinero a través de los niños. Mi padre está mirando la cubierta de un libro ilustrado sobre unos lápices de colores que se ponen de huelga, los colores primarios enfadados porque se sienten explotados por su dueño.

Me encojo de hombros. Ojalá pudiésemos mantener esta conversación sobre el papel o, mejor aún, mediante una pantalla, enviándonos mensajes de ida y vuelta como hago con Alguien. Sería mucho más fácil. Yo diría exactamente lo que quiero decir, y si las palabras no me salieran como yo quiero, podría corregirlas hasta que dijeran justo lo que yo quisiera.

—¿Quieres volver a Chicago? Si eso es lo que quieres, podemos hacerlo. No querría que te fueses a vivir a casa de Scar. Alquilaríamos una casa y podrías terminar el instituto allí, y luego yo volvería a mudarme aquí cuando te fueras a la universidad. Si a ti te parece bien, por supuesto. Rachel y yo nos apañaríamos. Tú eres lo más importante en el mundo para mí. Si no eres feliz, yo tampoco soy feliz. Ya sé que no es eso lo que parecía estos últimos meses, pero es verdad.

Pienso en la semana anterior, en Scar y Adam y su nueva vida sin mí. Pienso en que todos hemos seguido adelante —hemos salido adelante— y que, en cierto modo, volver a Chicago sería como volver atrás. Mi madre ya no está allí, y supongo que los recuerdos, a pesar de lo mucho que uno pueda aferrarse a ellos, son portátiles. Sí, claro, en Chicago nadie se metería conmigo ni me haría bullying, lo cual es una gran ventaja, pero Gem no me da tanto miedo como para querer salir huyendo del estado.

Pienso en la vida que he construido aquí. En Alguien y en Ethan, o tal vez Alguien/Ethan, en Dri y en Agnes, incluso en Theo. En Liam también, supongo. Pienso que mi nueva profesora de literatura ha dicho que soy una de sus alumnas más brillantes, lo cual es todo un halago, teniendo en cuenta que voy a una escuela que envía a cinco de sus estudiantes a Harvard todos los años. Pienso que puede que Wood Valley esté lleno de niñatos ricos, pero también tiene una biblioteca preciosa, y tengo la suerte de trabajar en una librería, y estoy leyendo poesía de nivel universitario con un chico capaz de recitármela de memoria. Curiosamente, gracias a Rachel, Los Ángeles ha resultado ser el paraíso para una empollona repelente como yo.

Pienso en la sonrisa de Ethan, en que quiero verla todos los días. No, no quiero volver a Chicago.

—Mmm... No. Quiero decir, pienso en Chicago a todas horas, y hubo un tiempo en que lo único que quería era ir allí, pero no es por eso por lo que estoy enfadada. Además, ya ni siquiera la sentiría como mi casa de todos modos. Es solo que..., ya sabes...

Los ojos se me llenan de lágrimas y miro la caja registradora. La tecla del nueve se hace cada vez más borrosa. Odio no saber cómo decir lo que quiero decir.

—Sabes que puedes hablar conmigo de lo que sea, ¿verdad? No quiero que te sientas sola nunca.

Y ya está, él lo ha dicho por mí, así que ahora ya puedo soltarlo en voz alta.

—Papá, es como si me hubieses dejado huérfana. Como si os hubiese perdido a los dos, y también a Scar. Dejaste que me las arreglara yo sola.

Y supe arreglármelas.

O al menos en lo básico. Tal vez Scar tiene razón: soy más dura y más fuerte de lo que yo misma creo.

—Papá, ¿te imaginas lo increíblemente sola que me he sentido? No ahora. Ahora estoy bien. Pero no hace tanto me sentía como si no tuviera a nadie en el mundo. Y tú salías todas las noches con Rachel o estabas encerrado con tu ordenador. No es que odie a Rachel ni nada de eso. A ver, es que ni siquiera la conozco. Supongo... Dale las gracias por mi billete de avión, por favor. —Hago una pausa y respiro hondo. Por supuesto, debería darle las gracias yo misma, y lo haré—. Es que... Me vine a vivir a esta casa y me metí en esa habitación tan rara, con esos cuadros gigantes en la pared que parecen hechos por un crío de primero de primaria. ¿De qué rollo van esos cuadros? Total, el caso es que no son los cuadros o ni siquiera el jabón con esas letras tan extrañas, que hace que me huelan bien las manos, de verdad, no es un olor familiar, pero huele bien, pero es que... no es mío, ¿entiendes? Y yo no... Ha sido una mierda, papá. En serio, ha sido todo una mierda... —digo. No, las lágrimas no han desaparecido. Han vuelto y me ruedan por las mejillas, y estoy en el trabajo y solo espero que no suene el timbre de la puerta precisamente ahora. Creo que le he dicho más cosas a mi padre en estos treinta segundos que en los últimos tres meses. A veces, cuando empiezo, cuando por fin encuentro las palabras, no puedo detener el torrente.

—Oh, cariño...

Se levanta y creo que quiere darme un abrazo, así que lo detengo con un gesto con la mano. No quiero llorar sobre su hombro. No en este momento. No estoy preparada todavía.

—Lo siento mucho —confiesa.

—No quiero una disculpa. No quiero nada. Estoy enfadada contigo y tengo derecho a estarlo. Se me pasará pronto. Eres mi padre y claro que se me pasará pronto... Lo entiendo. Nuestro mundo estalló en mil pedazos y a ti no te quedaba nada, no podías darme nada. Yo le hice más o menos lo mismo a Scar. Y ojalá fuese más fuerte o mejor o no sé y no necesitase nada de ti. Pero no lo soy. Y te necesito. Habría estado bien haber podido hacer esto los dos juntos, pero no ha sido así. Y ya está hecho. Ahora estamos aquí y estamos consiguiendo que la cosa salga bien. Pero ha sido una auténtica mierda.

—Creo que «una auténtica mierda» es quedarse muy corto. Ha sido «una putada monumental», más bien —señala él, esbozando una media sonrisa, y no puedo evitarlo: le devuelvo la sonrisa. Mi padre no soporta las palabrotas; si esto hubiese sido hace dos años, es imposible que hubiese utilizado la palabra «putada»—. Vale, puedes seguir enfadada conmigo, me parece justo. Pero no puedes dejar de hablarme otra vez. No lo soporto. Echo de menos contarte todos los días algo que me haya pasado. He estado anotando cosas para poder decírtelas cuando volvieses a hablarme. Y necesitamos empezar a pasar tiempo juntos.

—Pero ¡qué dices! Nooo, que tengo dieciséis años... No puedo salir con mi padre. —Sonrío al decirlo. Le echo de menos, seguramente más aún de lo que él me echa de menos a mí—. Eso no es nada guay, pero nada de nada.

—Deja que te dé un consejo de padre, si no te importa: lo guay está sobrevalorado.

—Y eso lo dice alguien con una placa identificativa de plástico.

Touché.

—La quieres, ¿verdad? —pregunto, sin venir a cuento, aunque en el fondo, sí viene a cuento.

—¿A Rachel? Sí, sí que la quiero. Bueno, es verdad que me precipité un poco y ahora estamos solucionando algunos detalles, pero sí, la quiero. Aunque eso no significa... —Le sonrío, frenándolo. No le hace falta terminar esa frase. Ya no soy una niña. Sé que lo que siente por ella no tiene nada que ver conmigo. Ni con mi madre, dicho sea de paso.

Sé que el amor no es finito.

Y también sé lo siguiente: me iré de casa para ir a la universidad dentro de menos de dos años. Una parte de mí se sentirá aliviada de saber que no estará solo.

—Lo entiendo.

Mi padre vuelve a mirar alrededor, inhalando el olor a papel.

—A tu madre le habría encantado esta librería. Incluso ese nombre tan tonto, aunque no creo que le gustasen los signos de exclamación.

—Lo sé.

—Te quiero, pequeñaja.

—Lo sé.

Me suena el móvil. Mensaje de Scarlett.

 

Scarlett:

Noticia bomba. Lo hemos hecho.

 

Yo:

¿En serio? ¿Hasta... el final?

 

Scarlett:

Sí.

 

Yo:

¿Y?

 

Scarlett:

Yo pondría un siete a los dos, puede que un ocho, que no está nada mal para ser la primera vez. Me ha dolido un poco. Y lo del condón ha sido un poco rollo, más complicado que con el plátano, y también daba todo un poco de vergüenza, ¿sabes? Pero bueno. Bien. Creo que volveremos a hacerlo enseguida.

 

Yo:

¿DÓNDE ESTÁS?

 

Scarlett:

En el baño. Tenía que decírtelo inmediatamente, y tenía que ir a mear, así que estoy en modo multitarea.

 

Yo:

Entonces ¡¡¿¿ADAM TODAVÍA ESTÁ EN TU CAMA??!!

 

Scarlett:

Sííí.imagen

 

Yo:

¿Me acabas de mandar un emoji?

 

Scarlett:

¿Qué puedo decir? Estoy supercolada. Empiezo con la píldora la semana que viene para estar totalmente protegida.

 

Yo:

¡Me alegro mucho por ti, so marrana!

 

Scarlett:

Te quiero.

 

Yo:

Yo también te quiero. Bsss. Felicita a Adam de mi parte.

 

—¿A qué viene esa sonrisa? —pregunta mi padre, porque por lo visto estoy mirando mi móvil con cara de boba. «¡Scar ha perdido la virginidad!» Me dan ganas de gritarlo a los cuatro vientos porque estoy superfeliz por ella, pero no, no voy a hacerlo.

—No es nada. Es solo una cosa muy graciosa que ha escrito Scar.

—Su madre dice que tiene novio —dice mi padre, y me echo a reír, imaginando a la señora Schwartz y a mi padre cotilleando sobre Scar y Adam.

—Sí.

—¿De verdad está saliendo con Adam Kravitz? Siempre me había parecido muy poca cosa.

—Ha estado yendo al gimnasio.

—Me alegro por ellos.

—Son felices.

—¿Algún chico en tu vida?

—Papá... —digo, sonrojándome. Me doy cuenta de que, aunque quisiera hablarle de Ethan, de Alguien, de toda la historia, sería todo demasiado confuso y complicado.

—Vale, vale. ¿Te acuerdas de que cuando eras pequeña siempre te preguntábamos cómo era posible que te hicieses tan mayor tan rápido y tú decías: «¡He cricido!»?

Mi padre se mira las manos, que no sujetan un móvil como las mías, no tienen nada para calmar la energía nerviosa. Mis padres siempre estaban hablando de mi infancia y siempre empezaban sus historias diciendo: «¿Te acuerdas?» y luego me contaban algo que hacía cuando era pequeña y se miraban y se sonreían el uno al otro, como si aquello no tuviera nada que ver conmigo, como diciendo, orgullosos: «Mira lo que hemos hecho».

Niego con la cabeza. No me acuerdo.

—Bueno, cariño. Has cricido mucho. Siento no haber estado allí, pero estoy muy orgulloso de ti. Y tu madre también lo estaría. Lo sabes, ¿verdad?

¿Lo sé? Sé que no estaría no orgullosa, que no es lo mismo que estar orgullosa. No sé muy bien si estoy lista para pensar en ella de esa manera, si alguna vez podré acostumbrarme a hablar de ella siempre en condicional irreal.

—Sí —respondo, sobre todo por sus manos vacías, por su placa de plástico y por la expresión de su cara. Podría ser que, en realidad, la adaptación a nuestra nueva vida haya sido más dura para él que para mí—. Por supuesto que lo sé.

 

Alguien:

qué había bajo la campana de cristal esta noche?

 

Yo:

Un pescado que estaba buenísimo y ese cuscús tan grande típico de no sé qué país. ¿Cómo se llama?

 

Alguien:

Israel.

 

Yo:

Ja, ya lo sé. Solo quería hacerte usar la tecla de mayúsculas. Te voy a comprar una camiseta que diga: NINGÚN NOMBRE PROPIO SIN MAYÚSCULA NUNCA MÁS.

 

Alguien:

y el rarito soy yo.

 

Cuando subo a mi habitación, Rachel está esperándome, sentada en mi silla de escritorio, mirando otra vez la foto de mi madre.

—Era muy guapa —dice a modo de saludo. Parece triste esta noche, apagada. Sujeta una enorme copa de vino tinto entre las manos. Una vez más, el volumen de su voz no es tan alto.

—Sí —contesto, pero no estoy preparada para hablar de mi madre con Rachel. No estoy segura de que llegue a ser lo bastante fuerte algún día para hacerlo—. Anda, has quitado los cuadros de las paredes.

Miro alrededor. Los cuadros de escuela de primaria —que supongo que en realidad deben de ser obra de algún pintor famoso que debería conocer— están apilados en la esquina, y ahora todas las paredes son blancas, con algunos clavos sueltos que parecen signos de puntuación.

—Lo siento. Ni siquiera me había fijado en ellos. Mi marido... mmm, el padre de Theo, se encargó de decorar la casa y fue él quien los escogió. Seguramente no son la mejor opción para el dormitorio de una adolescente. —Toma un sorbo de su copa y se frota los brazos, cubiertos por un precioso tejido de cachemir—. Deberías colgar tus propias cosas en las paredes. Pósteres o lo que sea. Hacer tuya la habitación.

—Gracias por mi billete a casa. A Chicago, quiero decir —puntualizo—. Fue muy amable por tu parte.

Rachel hace un movimiento con las manos, como quitándole importancia al asunto. Bueno, tal vez no es importante para ella, pero sí para mí.

—Y te compraremos una cama nueva. ¿Una de metro cincuenta tal vez? No me he dado cuenta hasta esta noche de lo ridícula que es esta cama. Ah, y les he dicho a los profesores particulares de Theo que darás clase con ellos también. No sé cómo no se me ocurrió antes. Siento no haberlo pensado hasta ahora.

Agacha la cabeza y veo que está al borde de las lágrimas. ¿Qué le pasa? No estoy segura de estar preparada para esto.

—Gracias. La cama es más cómoda de lo que parece... Oye..., ¿estás bien?

No puedo dejarla así, llorando, sin preguntarle nada. Eso estaría mal.

—Días buenos. Días malos... Ya sabes cómo es esto. Que haya encontrado a tu padre, que es un hombre maravilloso..., de verdad, el mejor... no significa que todo esto no sea duro o complicado o que no eche de menos... —Toma aire profundamente, la clase de inspiración que empieza en el estómago, la que solo se aprende en una clase de yoga en California—. Y sé que Theo le echa de menos, y que yo no soy suficiente para él... No lo soy, simplemente. Así que a veces es muy duro. Perdona otra vez por todas mis meteduras de pata. No debería estar aquí.

—No pasa nada —digo, aunque no tengo ni idea de cómo manejar esta situación. Esta es una casa llena de dolor, de energía chunga, como dijo Theo, pero también es una casa para empezar de cero. A lo mejor tenemos que encender unas velas. O mejor aún, empezar a colgar cosas en todas las paredes blancas—. Mira, escucha, esta casa es muy bonita, pero tal vez deberías poner tú algunas fotos también. De tu marido..., quiero decir, de tu otro marido, el padre de Theo, y de Theo cuando era niño. Para que pueda recordar.

Rachel me mira y se limpia las lágrimas con la manga, y yo intento no apretar mucho los dientes, porque lleva rímel en las pestañas y su suéter debe de ser de los que solo se lavan en seco.

—Es una muy buena idea —dice, y me mira directamente a los ojos. Casi sonríe—. Esto es un poco difícil, ¿verdad? Tú y yo...

—Supongo.

—Me he esforzado mucho por no pasarme de la raya esforzándome en que todo salga bien contigo, pero entonces me preocupa no estar esforzándome lo suficiente, ¿sabes lo que quiero decir? —Se pone de pie y se encamina hacia la puerta. Se vuelve a mirarme una vez más—. Sí. Lo conseguiremos.