18

 

 

Yo:

Tres cosas: (1) No lo digo para darte asco, pero tengo los dedos de los pies superlargos. Dan un poco de grima. (2) Escribo unos poemas penosos cuando siento lástima por mí misma. (3) Odio los dibujos animados, hasta los de los canales de animación para adultos.

 

Alguien:

(1) mi día favorito de la semana es el miércoles. admiro su innegable centralismo. (2) te apuesto mil pavos a que en verdad tus dedos de los pies son muy monos. (3) hace un par de años pasé una fase en la que me pintaba las uñas de negro. sí: me creía SUPERGUAY.

 

Yo:

¿Vas a ir a la fiesta esta noche?

 

Alguien:

no lo hagas.

 

Yo:

¿Que no haga el qué?

 

Alguien:

no intentes descubrir quién soy. por favor, no lo hagas.

 

Yo:

No lo entiendo.

 

Alguien:

confía en mí, ¿vale?

 

* * *

 

Yo:

¡QUE TE LO PASES GENIAL EN LA FIESTA ESTA NOCHE! Estás guapísima.

 

Scarlett:

Gracias. Una de mis mejores selfis, aunque esté mal que lo diga.

 

Yo:

No hagas nada que no haría yo. Pensándolo bien..., lo retiro. PÁSATELO BIEN.

 

Scarlett:

Uy, justo lo que pretendo...

 

Scarlett:

¿Te has fijado en la elipsis que acabo de hacer? Porque ha sido totalmente intencionada.

 

Yo:

Me he fijado en la elipsis.

 

Scarlett:

Bien. Era solo para asegurarme.

 

 

Agnes me maquilla al menos con quince brochas distintas. Cuando termina, me recoge el pelo por detrás de los hombros y hace que me mire al espejo.

Voilà! —dice, como si acabásemos de rodar una escena de cambio de look total en uno de esos programas matinales de la tele. Me miro en el espejo y sonrío a la cara que me devuelve mi reflejo, pestañeando.

—¡Guau! —exclama Dri, y se pone a dar palmadas de entusiasmo—. Estás es-pec-ta-cu-lar.

—Gracias, cielo —respondo. Nos juntamos para hacernos una selfi en grupo, ya que estamos tan increíblemente guapas, y una vez que damos el visto bueno a la foto, después de solo tres intentos, Agnes la sube a Instagram y nos etiqueta.

Dri ha aceptado ser ella la que conduzca esta noche, porque beber alcohol agrava su síndrome del intestino irritable. Estoy descubriendo que tiene mogollón de lo que ella misma llama trastornos de empollona: SII, asma, síndrome del túnel carpiano, miopía. Nos apiñamos todas en el coche de su madre y encendemos la radio. Me siento como una adolescente normal de camino a una fiesta normal un sábado por la noche normal. Parece que, al menos por un ratito, me he quitado mi mochila top secret de la tristeza y me la he dejado en casa.

 

 

Gem vive en una mansión. En una colina. Detrás de una puerta de hierro forjado. Oculta entre setos de tres metros de altura. Tenemos que hacer una excursión para rodear la casa y llegar al jardín de la parte de atrás, donde hay gente tumbada en sofás tapizados alrededor de la infinity pool. Han instalado una barra de bar muy completita en una barbacoa de obra, e incluso han montado un escenario de verdad sobre el césped con un sistema de sonido de nivel profesional. Me siento aliviada al pensar que seguramente ni Gem ni Crystal se darán cuenta siquiera de que estoy aquí.

—¿Algo de beber? —pregunta Agnes, y sin esperar a que le responda, me coge de la muñeca, yo agarro la de Dri y las tres nos encaminamos al bar, que está lleno de botellas, producto seguramente del saqueo a los bares de todos los padres.

—Me vas a presentar a Liam, ¿verdad? —me pregunta Dri.

—Pues claro —digo—. A ver, que yo tampoco lo conozco tanto, pero si lo veo...

Unos minutos después, todas con una bebida en la mano, todas servidas por Agnes y de un rojo potente, empezamos nuestra ronda por la fiesta. Me alegro de haber dejado que mis nuevas amigas me escogieran la ropa. Llevo el vestido negro corto de la fiesta de principio de curso del año pasado con las joyas y las sandalias de tira de Dri como complementos.

Alguien me tapa los ojos y contengo el impulso de gritar.

—Adivina quién soy.

—Hola —saludo, apartando aquellas manos, y al volverme veo a... Liam. ¿Esperaba que fuese Ethan? Vale, puede que un poco sí. Liam me da un beso en la mejilla, cosa que me parece rara, porque en la librería nunca nos damos un beso al saludarnos.

»Hola —repito, saludándolo dos veces.

«“Hola-hola.” ¿En serio, Jessie? ¿Eso es lo mejor que se te ocurre?»

—Hola —responde, con la voz espesa, arrastrando las sílabas. Salta a la vista que está borracho, aunque no sé si mucho o poco. No se tambalea, pero apoya las manos en mis hombros. Tiene lo que Scarlett y yo llamaríamos «dedos de pene». Dri los llamaría varoniles—. Me alegro mucho de que hayas venido. Empezaremos enseguida.

—Genial —digo, y veo a Dri plantada a mi lado—. Liam, ¿conoces a mi amiga Dri? Es la bomba. Y además, los dos tenéis el mismo gusto para la música.

—Eh, ¿qué hay? —dice, quitándose un sombrero imaginario ante ella. Pues sí, lleva un pedo monumental. Liam no es de los que se quitan el sombrero. Dri se queda paralizada, porque Liam Sandler está hablando con ella, y aunque sé que debe de haber fantaseado con este momento muchas, muchísimas veces, es algo muy distinto cuando la fantasía se hace realidad. Agnes le da un codazo para sacarla de su conmoción.

—Hola —dice Dri—. Omático es, mmm... Tú, bueno, quiero decir, vosotros sois muy, pero que muy..., sí, mmm... buenos.

—Nos gusta que nuestro público disfrute —contesta él en tono algo arrogante. Tal vez no sea tan distinto de los demás chicos de cuarto, después de todo. De pronto, se oye un silbido a lo lejos—. Esa es mi señal, señoritas. ¿Nos vemos luego, Jess?

Liam se va hacia el escenario, y cuando ya no puede oírnos, Dri me sujeta de las manos.

—¿Esto ha ocurrido de verdad? Ay, madre; ay, madre; ay, madre...

—Va muy borracho —observo.

—¿En serio, Sherlock? —bromea Agnes, lanzándome una mirada muy elocuente por encima de la cabeza de Dri, aunque no estoy segura de qué es lo que intenta decirme.

—Vamos más cerca del escenario, anda.

Dri se pone al frente y las tres volvemos a cogernos de la mano y zigzagueamos entre la multitud para conseguir un buen sitio.

—¿Qué pasa? —le pregunto a Agnes, con un susurro.

—Nada —contesta, pero es el típico «nada» que significa algo.

 

 

Llegamos hasta las filas delanteras y entonces veo al grupo al completo, ahí, encima del escenario, lo que significa que también veo a Ethan, y se me hace un nudo en el estómago. Lleva una guitarra eléctrica de color azul colgada en diagonal sobre el pecho, con el pelo más alborotado todavía que de costumbre, y parece una estrella del rock de verdad, a pesar del logo de Batman estampado en la parte delantera de la camiseta. Como si hubiese nacido para estar allí arriba, para oír a chicas patéticas como yo gritar su nombre con desesperación. Nos miramos a los ojos un segundo, luego otro, y otro más..., pero desvío la mirada porque: uffffff... Total, que ya no tengo frío.

Quiero volver a mirarlo. No quiero otra cosa en este mundo más que volver a mirarlo y que él me mire a mí otra vez, pero sé que ahora tiene cosas más importantes que hacer, como tocar la guitarra y comerse a otras chicas con los ojos, y no puedo soportarlo.

—¿A que son increíbles? —dice Dri, a pesar de que ni siquiera han empezado todavía a tocar.

—Parecen un grupo de verdad —respondo, lo cual es peor que quedarse corta: no es que parezcan un grupo de verdad, es que parecen auténticos dioses del rock—. Quiero decir, que no parecen el típico patético grupo de instituto.

—¿Verdad que no? Todos creíamos que se separarían el año pasado, después de la muerte de Xander, pero entonces Liam se incorporó al grupo y ocupó su lugar... —Dri se calla porque ha empezado la música y ya no tengo oportunidad de preguntar nada más. ¿Quién es Xander? ¿Es el chico del que Theo me habló, el que murió de una sobredosis de heroína? ¿Estoy totalmente equivocada con Liam y con Ethan? ¿No será que viven como auténticas estrellas del rock, pinchándose con jeringuillas y rodeados de chicas semidesnudas que les hacen mamadas en el autobús que usan para ir de gira? ¿Por eso está Ethan siempre tan cansado? ¿Demasiada fiesta?

Omático empieza fuerte, y todo el público se sabe la letra y comienza a bailar levantando los brazos en el aire. Liam suda y se desgañita: «Lo hicimos, quisimos, tú huyes, y luego volvemos a empezar. Y vuelta a empezar. Lo hicimos, quisimos, tú huyes, y luego volvemos a empezar».

Una letra muy simple, quizá, pero antes de percatarme, yo también estoy bailando, como en trance. Tal vez sea el alcohol —sin el tal vez, pues claro que es el alcohol—, pero me sorprendo a mí misma con la mirada clavada en Ethan. No me importa si se da cuenta o si piensa que soy una grupi que está muy loca: él está ahí subido a un escenario pidiendo a gritos que lo miren. Por un segundo, percibo sus ojos en los míos —lo juro— y empiezo a temblar, pero entonces vuelve a mirar al público y creo que han sido imaginaciones mías.

 

 

—Somos Omático, y volveremos —dice Liam, y se baja del escenario de un salto entre gritos ensordecedores. Me vuelvo hacia Dri y la sujeto por los hombros.

—Tenías toda la razón —digo—. ¡Está como un tren!

—¿Verdad? ¿Verdad?

—Tú también no, por favor... —se lamenta Agnes, poniendo cara de exasperación, aunque ella también ha estado bailando como una posesa a nuestro lado.

—No hablo de Liam —replico—, hablo de...

—¿Qué dices de Liam? —interviene Liam, y ahí aparece otra vez, plantándose a mi lado, resplandeciente de euforia y sudor. Menos mal que no me ha dado tiempo a terminar la frase. Solo me faltaba vivir la humillación de que Ethan se entere vía Liam de que estoy coladita por él.

—Nada. Que habéis estado sensacionales, en serio —digo, y le doy un golpecito a Dri para que participe en la conversación, pero antes de que pueda decir una palabra, aparece Gem de improviso y prácticamente se arroja a los brazos de su novio y se le enrosca alrededor del torso. Lo besa y todos le vemos la lengua.

—¡Vaya! ¿A qué ha venido eso?

Liam la deja en el suelo despacio. Ya no parece borracho. A lo mejor lo ha quemado todo actuando.

—Cariño, ¡es que habéis estado geniales! —suelta Gem, entrelazando su brazo con el de él, como si necesitáramos otra demostración más de que es su novia. Vale, ya lo hemos pillado. Te echa unos polvos alucinantes.

—Gracias. Oye, ¿conoces a Jessie? ¿Te acuerdas de que ya te hablé de ella? Trabaja en ¡Abrapalabra! —dice Liam.

Gem se vuelve hacia mí y me sonríe; su sonrisa parece tan sincera que lo primero que pienso, con un asco insoportable, es que estoy segura de que algún día será famosa. Esta chica es una gran actriz. Ahora entiendo por qué a Liam le gusta Gem: no la conoce de verdad. Me pregunto lo que diría si supiera que se ríe de mí todos los días, sistemáticamente.

—Eres nueva, ¿verdad? ¿No vamos juntas a literatura o algo así? —pregunta. Pura inocencia. Me encojo de hombros, incapaz de obligarme a mí misma a responder. Agnes me coloca otra copa en la mano y, aunque la verdad es que no la necesito, me la bebo toda de golpe.

—Liam, me gusta mucho el estribillo nuevo que has añadido a «Before I Go». Queda superbién —dice Dri, y me gusta tanto que haya intervenido que me dan ganas de llorar.

—¿Tú crees? A Ethan le parece demasiado brusco —comenta él.

—Qué va, necesitas romper el ritmo justo en ese momento. Demasiada tensión.

—Eso es justo lo que dije yo.

—Li, cielo, tenemos que irnos. Crystal nos llama —dice Gem, y empieza a tirar de él como si fuera un perro de pedigrí olisqueando algo asqueroso.

—Enseguida voy —contesta Liam.

—Vamos, que quiero que me prepares tu vodka con Red Bull especial. —Gem lo dice como una invitación, como si estuviera pidiéndole que la lamiera toda, no que le preparara una copa. ¿Cómo lo consigue? ¿Hablar así, insinuándose? ¿Es un truco que yo nunca aprenderé a hacer o una habilidad innata, un premio más de la lotería genética que le ha tocado en suerte?

—Preparo unos cócteles cojonudos. Nos vemos luego, ¿vale? —dice Liam, y nos dedica una sonrisa impresionante, tan inmensa que ahora Dri ya puede tachar «ver a Liam Sandler sonreírme» de su lista de deseos.

 

Alguien:

estás muy guapa.

 

Yo:

¿Estás aquí? ¿Dónde estás?

 

No hago ningún comentario sobre su piropo porque mentir es muy fácil. Tal vez Agnes tenga razón: escribir es distinto de decir las cosas cara a cara. Mi madre me decía que era guapa, pero a mí siempre me parecía que lo decía en general, desde la perspectiva de alguien cuyo propio cuerpo la había traicionado, y quizá también como una especie de mensaje de servicio público, como una forma de reforzarme una autoestima más bien débil. La madre de Scarlett, por el contrario, solía decir que su hija estaría guapísima con cinco kilos menos, lo cual era cruel, por supuesto, pero también muy concreto, como si su madre pensara que Scarlett merecía una opinión sincera.

Miro alrededor. Hay un chico alto y bastante guapo en la esquina, con gafas y una camiseta, que está mirando su móvil. Tardo unos segundos en reconocerlo. Fue la primera persona que vi en Wood Valley: el chico de la camiseta gris que había subido al Kilimanjaro. El que había pasado el verano escalando montañas y construyendo escuelas en Tanzania. Dudo que sea Alguien —me imagino a Alguien como a un chico más bien hogareño, no alguien capaz de pasar los veranos escalando montañas—, pero vale la pena investigar un poco más a fondo.

—¿Quién es ese de ahí? —le pregunto a Dri, señalando al chico de la esquina.

—Caleb. Agnes fue a la fiesta de fin de curso con él el año pasado como amigos. Es majete. ¿Por?

—Estoy intentando descubrir quién es Alguien —respondo. Dri se sube entonces a una de las tumbonas para ver mejor. Intento hacer que se baje. No quiero que Alguien la vea escaneando al público para ver si lo encuentra, sea quien sea Alguien, y esté donde esté. Dri tiene muchas cualidades, pero la sutileza no es una de ellas.

—Calculo que tres cuartos de los chicos que hay en esta fiesta están escribiendo mensajes en este momento —me informa—. Pero podría ser Caleb, sí. Es un poco rarito. Le pegaría hacer algo así.

—Alguien no es rarito —digo.

—Ya. Porque pasarte el día escribiéndole mensajitos anónimos a la gente no es raro, para nada.

 

Alguien:

buen intento. se me da muy bien esconderme a plena luz del día. soy un as en esto del camuflaje.

 

Yo:

Genial. ¿Lo estás pasando bien?

 

Alguien:

me aburro un poco, por eso te estoy escribiendo.

 

Yo:

Pues podrías hablar conmigo, ¿sabes? EN PERSONA!!!

 

Alguien:

algún día. hoy no.

 

Yo:

En Chicago no hacíamos fiestas como esta. Con un grupo de rock de verdad y todo.

 

Alguien:

te han gustado los Omático?

 

Yo:

Me han parecido bestiales.

 

Alguien:

ah. pues que sepas que antes eran mucho mejores.

 

Yo:

Me parece que estoy borracha.

 

Alguien:

yo también.

 

Yo:

Pues conozcámonos en persona. Vamos... ¿Qué es lo peor que puede pasar? Ni siquiera tienes que hablar conmigo...

 

Alguien:

¿qué quieres decir con eso?

 

Yo:

No sé. Ya te he advertido que voy borracha.

 

Alguien:

la vieja excusa de «estaba borracha».

 

Yo:

No es una excusa. Es una explicación.

 

Alguien:

me encanta que siempre seas tan precisa con las palabras.

 

Yo:

Es que no lo entiendo. ¿Para qué?

 

Alguien:

??

 

Yo:

Que para qué tanta conversación. ¿Es que te da vergüenza que te vean conmigo? ¿Te preocupa que no me gustes? No lo entiendo.

 

Alguien:

nada de lo anterior. es que me gusta mucho esto de los mensajes. funciona. ahora estoy demasiado borracho para explicártelo.

 

Yo:

La vieja excusa de «estaba borracho».

 

Alguien:

te prometo que nos conoceremos... pronto.

 

Yo:

Siempre dices eso.

 

Alguien:

sabes qué creo a veces?

 

Yo:

¿Qué?

 

Alguien:

sabes ese mechón de pelo que siempre se te cae en los ojos, eso que no llega a ser un flequillo? quiero poder ponértelo por detrás de la oreja. quiero poder hacer eso. quiero conocerte cuando me sienta lo bastante cómodo contigo para poder hacer eso.

 

Yo:

Mira que eres raro...

 

Alguien:

no eres la primera persona que me lo dice.

 

Yo:

¿Soy la primera persona que te dice que eso me gusta mucho de ti?

 

Vuelvo a mirar a Caleb y trato de imaginarme las palabras de Alguien saliendo de la boca de ese chico, trato de imaginármelo haciendo un gesto tan romántico como colocarme el pelo por detrás de la oreja, que exige cierto grado de intimidad. No, la imagen no funciona. En vez de eso, me imagino a Caleb como futuro presidente de una fraternidad cualquiera, anunciando a grito pelado que piensa ponerse ciego a base de cervezas. Lo más probable es que Alguien no sea el chico de la camiseta gris que subió al Kilimanjaro. Pero, entonces ¿quién demonios es?

 

 

—Estoy borracha —les digo a mis dos nuevas amigas.

—Ya, eso ya nos lo has dicho —contesta Dri—. Como un millón de veces.

—Uy, lo siento. Parece que soy la típica borracha que le gusta que los demás sepan que lo está.

—Pues me alegro —dice Agnes, con su brusquedad habitual—. Yo también estoy un poco borracha. Aunque no estoy tan penosa como tú.

—Yo no estoy penosa —digo. Miro hacia abajo. ¿Estoy penosa?

 

 

Todo parece estar en su sitio, salvo mi mente, que no deja de dar vueltas dentro de mi cabeza. Ya me había emborrachado otras veces, aunque normalmente con Scarlett, solas las dos. Supongo que mi umbral de tolerancia son dos Agnes Especiales.

—Las dos estáis penosas —afirma Dri, y nos abraza por detrás de la nuca, cosa que agradezco, porque eso me ayuda a no perder el equilibrio.

—¿Creéis que se puede estar colada por dos personas a la vez? —pregunto. Es una de esas preguntas embarazosas que nunca se me ocurriría hacer estando sobria. Tal vez no debería volver a beber nunca más.

—Claaaaaaaaaaro. Para mí, lo normal es que me gusten cinco tíos a la vez —responde Agnes—. Me gusta la variación. Así tengo más opciones.

—¿Y quién te gusta? Alguien, obviamente, pero ¿quién más? Por favor, por favor, no digas Liam.

Estoy a punto de decírselo en voz alta, de pronunciar el nombre de Ethan y conseguir al fin toda la exclusiva, porque sé que Dri no es de las que se guarda información. Me contaría toda su vida: cómo era en sexto de primaria, si tiene novia, si es un idiota... Tal vez hasta me ayudaría y podríamos acercarnos un poco más a él para poder saludarlo. Hasta ahora, nuestro único contacto ha sido cuando pasó por mi lado después de la actuación y me soltó un «eh» que no era ni borde ni simpático, ni una invitación para hablar un poco más; en realidad, era la misma expresión vacía y cerrada que le dedica a todo el mundo. Creía que eso lo habíamos superado. Supongo que estaba equivocada.

Justo cuando la palabra está a punto de salir de mi boca —«Ethan», una palabra muy bonita, ¿no?—, Gem aparece abalanzándose sobre mí.

—Quiero que te mantengas lejos de mi novio, mal bicho —me suelta en pleno careto, una expresión que nunca había tenido ocasión de utilizar hasta ahora.

—Mmm... —contesto.

Ojalá pudiese retroceder en el tiempo y no haberme bebido esas dos copas, porque me está costando mucho entender lo que pasa. ¿Por qué me está gritando Gem? Me he acostumbrado a sus rebotes pasivo-agresivos y a las pullas que me suelta entre dientes, que normalmente puedo fingir que no oigo. Pero no puedo hacerme la sorda si me grita directamente a la cara. ¿Y me ha llamado «mal bicho»? ¿En serio?

—¿Qué?

Me dan ganas de limpiarme su aliento, un pegote de cebolla y alcohol. Me dan ganas de estar lejos de allí, arropada dentro de una cama tal vez. California es agotadora.

—Que te mantengas bien lejos de Liam, ¿entendido? —repite Gem, y se aparta el pelo de la cara con un gesto brusco, como si estuviera en una peli de chicas malas, muy malas, y se va. Lo retiro. No es tan buena actriz. Está sobreactuada.

Miro alrededor para ver si alguien más ha visto lo que ha pasado, pero solo estamos Dri, Agnes y yo en el jardín inmenso.

—Vaya, ¿acaba de pasar lo que creo que acaba de pasar? —pregunta Agnes, y le entra la risa floja.

—No tiene gracia —digo, aunque me gustaría que la tuviera—. Pero ¿qué le ha dado a esa...?

—Gem está de los nervios desde que detuvieron a su padre el año pasado. Salió en todos los periódicos —explica Agnes—. A ver, que antes no era ningún angelito, pero desde entonces se ha vuelto una bruja. He oído que el padre podría ir a la cárcel.

—¿Por qué lo detuvieron? —pregunto, aunque la verdad es que me importa poco. La odio. Ningún melodrama lacrimógeno de Wood Valley va a arrancarme una pizca de compasión por ella.

—Su padre se fue con una prostituta —dice Dri—. Y también hay algún problema de fraude fiscal.

—¿En serio?

—Da igual —concluye Agnes.

—Pero ¿una cosa? —empieza Dri, y detecto el tono suplicante de su voz—. Antes ¿estabas a punto de decir que te gusta Liam?

—No, claro que no —respondo, pero no sé si me cree.

 

Yo:

Voy un poco borracha.

 

Scarlett:

Yo también.

 

Yo:

¿Lo pasas bien?

 

Scarlett:

ESTO ES LA BOMBA!

 

Yo:

Sí, yo también.

 

A pesar de la borrachera, sé perfectamente que estoy mintiendo. Me tiemblan las manos. Me castañetean los dientes. Quiero irme a casa. No, mi casa ya no existe. Bajo el nivel de mis expectativas. Quiero irme a la cama.

 

 

Solo veo a Ethan una vez más antes de irnos de la fiesta, cuando vamos camino de la puerta. Está acostado en una de las tumbonas, solo. Estoy segura de que está durmiendo. «Bien —pienso—. Lo necesita.» Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no apartarle el pelo de la frente.