15
—Es solo es sexo. No entiendo por qué todo el mundo le da tanta importancia —dice Agnes, y rueda de espaldas sobre la cama de Dri hasta que la cabeza le cuelga del borde y el flequillo le cae hacia atrás. Tiene una frente amplia. Al final resulta que el flequillo tiene más que ver con un tema táctico que con el look hípster. Es viernes por la noche, y en vez de quedarme en casa con Harry Potter, estoy aquí comiendo patatas chips de una bolsa tamaño gigante, hojeando el anuario de Wood Valley y charlando con Dri y Agnes, como si lo hiciera todos los fines de semana. Y no estoy nada incómoda ni cortada. Cuando empiezo a ponerme un poco nerviosa por si Agnes no me quiere aquí, me acuerdo de que fue Dri quien me invitó, y hasta añadió «Anda ya, pringada» cuando le dije que tenía que quedarme en casa a estudiar. He decidido interpretar su uso de «pringada» en el sentido cariñoso de la palabra.
—¿Desde cuándo eres una experta? —pregunta Dri, y le tira un cojín a Agnes—. Me da igual lo que digas: técnicamente, sigues siendo virgen.
—¡No es verdad! Técnicamente no soy virgen para nada —dice Agnes con falsa indignación. Parecen un matrimonio mayor que ya se han peleado por lo mismo otras veces y a ninguno de los dos les importa quién gane la discusión. La gracia está en discutir.
—¿Técnicamente? ¿Y eso qué significa? —pregunto, mirando a Agnes—. Por favor, no me digas que eres una de esas taradas que cuentan... mmm... ya sabes. El sexo oral.
—Claro que no. Pero una vez hubo un poquito de penetración —contesta con una risa tonta—. Pero cuenta. Claro que cuenta.
Yo también me pongo a reír, aunque no acabo de pillarlo.
—Pero ¿qué pasó...?
—Agnes vivió una penetración a medias. Le metieron medio pajarito.
—«Medio pajarito», ¡eso es para partirse! —exclama Agnes, y al cabo de unos segundos nos reímos tanto que las lágrimas nos ruedan por las mejillas.
—En serio, no tengo ni idea de qué significa eso. Tendréis que contarme toda la historia —digo.
—Vale, te cuento cómo fue la cosa, porque la historia trae cola —dice Agnes.
—Nunca mejor dicho —señalo.
—Touché. Bueno, pues el verano pasado, en el campamento de teatro... Y sí, ya lo sé, qué típico todo y tal, pero al menos no fue en el baile de fin de curso. Total, que estamos este chico (Stills) y yo enrollándonos ahí, al lado de mi litera, en el suelo, y pienso: «Vale, vamos a hacerlo». Yo ya estaba harta de todo el rollo de la virginidad, así que sacamos un condón, porque, claro, la seguridad es lo primero y bla, bla, bla, y empezamos a..., ya sabes, a hacerlo... Solo la puntita y eso, y entonces, de repente, se acojona totalmente. Al parecer, él es mucho (y cito textualmente) de seguir «al hermano Jesucristo» y quiere esperar al matrimonio.
—No puede ser —digo—. ¿De verdad dijo «el hermano Jesucristo»?
—Sí. Humillante, lo mires como lo mires. Y así fue como perdí la virginidad. Porque cuenta, ¿a que sí? —me pregunta, y decido que a lo mejor me he precipitado juzgándola. Es divertida y supersincera, y está dispuesta a reírse de sí misma. Ahora entiendo por qué ella y Dri son tan buenas amigas.
—Yo voto sí —digo, porque eso es muchísimo más cerca de lo que ha estado mi vagina de cualquier pene.
—Pero Dri también tiene razón. Me dejó totalmente a medias. ¿Y tú? —me pregunta Agnes con tanta naturalidad que parece que me esté preguntando cuál es mi asignatura favorita.
—Todavía no. Bueno, no es que esté esperando al matrimonio ni nada de eso, pero no, no se me ha presentado ninguna oportunidad de verdad —digo, cosa que es cierta. Lo que no digo: que no me importaría que fuera con alguien que me gustase y me pareciese atractivo y que la cosa fuese recíproca. Supongo que no perderé la virginidad hasta llegar a la universidad porque, por lo visto, es ahí donde suelen ocurrir esas cosas para las chicas como yo.
—Yo tampoco —dice Dri—. Y volviendo a lo que decía al principio, no estoy diciendo que el sexo sea algo del otro mundo, pero, vamos, que tampoco es que no sea nada...
—Pues mira, mi hermana estudia en la UCLA, ¿vale? —dice Agnes—, y allí es como una especie de ninfómana, ¿vale? Bueno, pues dice que acostarse con todos esos tíos es su forma de ser dueña de su propia sexualidad. —En ese momento, se incorpora en la cama y nos mira a Dri y a mí, con el flequillo en su sitio—. Hasta lleva un registro en Evernote con los nombres de todos los tíos con los que se ha ido a la cama.
—Desde luego, su compromiso con la causa es digno de admiración —dice Dri—. Follar por el feminismo.
Nos reímos otra vez y pienso en Scar, en que aquí se sentiría como en casa. Sigo hojeando el anuario escolar, buscando a medias a Alguien entre sus páginas.
—Oye, ¿puedo haceros una pregunta? —digo.
—Pues claro —contestan las dos al unísono. Scarlett y yo también lo hacíamos. Los llamábamos nuestros momentos cósmicos mentales.
—¿Conocéis a alguien de nuestra clase a quien se le haya muerto una hermana?
Ya sé que no debería intentar descubrir quién es Alguien, que averiguarlo podría destrozar lo mejor que me ha pasado en la vida, pero no puedo evitarlo. Tengo ese pedacito de información y pienso sacarle partido.
—No me suena. ¿Por? —pregunta Dri.
—Es que hay un chico... —digo, y me pregunto cómo explicar la historia sin que parezca demasiado raro. Cómo explicar nuestros mensajitos constantes, a pesar de su anonimato, y que siento como si empezara a conocerme de verdad, a verme, a pesar de que no nos conocemos siquiera.
—Hay un montón de buenas historias que empiezan con «Es que hay un chico...» —dice Agnes riéndose.
—Cállate —le ordena Dri—. Deja hablar a la chica.
Y eso es lo que hago. Me siento en un lugar seguro, y no a pesar de las bromas de Agnes, sino tal vez precisamente por ellas. Estas son dos personas que van camino de convertirse en amigas de verdad para mí, si es que no lo son ya. No les cuento los detalles concretos: nuestro nuevo juego de decir tres cosas ni que fue él quien me dijo que me hiciese amiga de Dri, para empezar. Lo primero, como mínimo, es algo nuestro y solo nuestro. Sin embargo, sí les confieso que me gusta, sea lo que sea lo que eso signifique, pues solo lo conozco de chatear con él por internet.
—Está clarísimo que quieres su medio pajarito —dice Agnes.
—Soñar es gratis —contesto.
Luego, cuando vuelvo a casa de Rachel, me encuentro a Theo plantado en la puerta del dormitorio de nuestros padres, evidentemente espiándolos.
—Dime que no los estás espiando mientras están... ya sabes... haciéndolo. Por favor, por favor, dime que no es eso lo que está pasando aquí —le pido.
—Puaj. Qué asco... ¡No! Y no hagas ruido. Se están peleando —dice, y me arrastra hacia él, con la oreja pegada a la puerta, para que yo también pueda oírlos. Resulta que al final no hace falta, porque no tardan en ponerse a discutir a grito pelado, tan fuerte que estoy segura de que los vecinos han apagado el reality que estaban viendo en la tele para escucharlos a ellos—. Creo que están rompiendo o algo, y así esta larga pesadilla nacional acabará por fin.
—¿«Larga pesadilla nacional»? ¿Hablas en serio? —pregunto.
—Pero ¿qué cojones dices, Rachel? ¡Solo es una puta cena! —exclama mi padre, y es en ese momento cuando sé que aquello va en serio. Mi padre casi nunca suelta tacos, sino que opta por hablar con eufemismos de palabrotas que solo usan las niñas de diez años, las distinguidas damas de edad y Dri: «Cierra la puerta, jolines. Te lo he dicho mil veces, ¡ostras!»—. Tengo que estudiar.
—Es una cena de trabajo muy importante, y no es irrazonable por mi parte querer que mi marido me acompañe. Estamos casados, ¿recuerdas? Esto es importante para mí —replica Rachel, y me encantaría poder verla a través de la puerta. ¿Están de pie o sentados? ¿Rachel es de las que tiran cosas, de las que hacen añicos los accesorios de miles de dólares que decoran la casa? Aunque, ahora que lo pienso, ¿quién necesita una jirafa blanca de porcelana de dos metros de altura?—. Olvídalo. Tal vez sea mejor que no vengas.
—¿Qué se supone que quiere decir eso?
—Nada. No significa nada.
Ay, el enfoque pasivo-agresivo. Dice cosas sin decirlas. Agnes la odiaría.
—Tú y yo sabemos que esto no tiene nada que ver con que necesites estudiar. Me dijiste que podías aprobar ese examen con los ojos cerrados.
—Vale, lo admito. Quería una noche para mí. Una noche en que no me juzguen todos tus amigos. ¿Crees que no veo cómo me miran? ¿Cómo me miras tú cuando estás con ellos? Hasta dejo que me lleves de compras para vestirme de acuerdo con mi papel, pero ¡vamos! Ya basta. —Noto que se me encienden las mejillas. Está claro que me siento fuera de mi elemento en Wood Valley, pero no se me había pasado por la cabeza que a él le estuviese costando adaptarse a la vida en Los Ángeles, que toda esta historia de encajar en un lugar no acabe en el instituto.
—Nadie te juzga —dice Rachel, y su voz se vuelve melosa, conciliadora—. Todos te adoran.
—Vale, mátame por no querer ver una película indie sobre un leproso bengalí que toca el arpa con los pies. Y hay que tener valor para cambiarme la bebida que le pido al camarero, como hiciste la otra noche, como si fuera un niño. Me apetecía una cerveza con el filete, y no una copa de cabernet que cuesta un ojo de la cara. Perdona si eso ofende tu sensibilidad de clase alta. A mí todas esas chorradas no me importan nada.
—Solo intentaba evitar que hicieras el ridículo —se justifica Rachel, y empieza a temblarle la voz. Está al borde de las lágrimas, pero no me inspira ninguna lástima—. En esa clase de restaurante no se pide cerveza. Es algo que no se hace, y ya está. Solo intentaba avisarte de que...
—No necesito ningún aviso. Soy un hombre adulto, y que prefiera las hamburguesas y la cerveza en vez de un puto pescado ecológico de agua dulce no me convierte en un bárbaro. Ya sabías con quién te casabas. Nunca he fingido ser otra persona. Además, creía que aquí estaba bien visto ser distinto. ¿No es por eso por lo que me compraste esas ridículas zapatillas de deporte? Es como si estuvieras educando a una mascota.
—Una cosa es tener gustos sencillos y otra muy distinta ser un inculto integral. En serio, no te haría daño leer algún libro de vez en cuando —suelta Rachel. Resulta que estaba equivocada: no va a llorar. Está cogiendo fuerzas. Tomando impulso.
—¿En serio? ¿Ahora insultas mi inteligencia? Yo nunca te he visto a ti leer un libro. Lo único que tienes en la mesilla de noche es el Vogue. De hecho, aquí la única que lee es Jessie. Ella es la única persona normal de esta casa.
—¿Que Jessie es la única persona normal de esta casa? ¡Despierta, Bill! No tiene amigos. Ni uno solo. Yo estaba entusiasmada con enviarla a Wood Valley, pero ¿no estás preocupado por ella? Se supone que las adolescentes tienen que salir y divertirse.
Vaya, así que al final voy a ser yo la que va a acabar llorando. Pues claro, así es como va todo últimamente. Me dan ganas de gritar, directamente a la puerta: «¡Sí que tengo amigos! Hago lo que puedo. No necesito ayuda». No es culpa mía que muriera mi madre, que nos hayamos mudado aquí. He tenido que empezar desde cero en todos los sentidos. Mi padre la eligió a ella y, lo que es aún más inexplicable, ella eligió a mi padre, y yo no elegí a ninguno de los dos. Sí, claro, mi padre es un simple farmacéutico de Chicago, pero es listo, maldita sea. Brillante, incluso. Así que ¿qué más da si le encantan Greenpeace y las pelis de acción? A mi madre le gustaba la poesía, y aunque a él nunca le gustó, conseguían que la cosa funcionase. Ella le dejaba ser él mismo.
Mi vida es un sándwich de mierda, con guarnición de hamburguesas vegetales de semen. Me he quedado sin fuerzas. Veo borroso por culpa de las lágrimas y deslizo la espalda por la pared hacia el suelo. Theo me mira.
—Dice un montón de gilipolleces cuando se enfada. No le hagas caso —murmura—. Solo le gusta salirse con la suya.
—Mira quién fue a hablar de hijos... —La voz de mi padre—. Mi hija es maravillosa, así que no te atrevas a hablar mal de ella. ¿Te has fijado en el tuyo últimamente? La forma en que Theo gesticula y se mueve, como un... —Por suerte se calla. «Papá, por favor, no lo digas...»
—¿Como un qué? —pregunta Rachel—. Mi hijo es gay. ¿Y qué problema hay con eso? —Ahora es ella la que está pinchando. Parece que quiere pelea. Por un momento, pienso que sería preferible oírles echando un polvo. Esto es todavía más íntimo, más crudo. Peor aún que presenciar las lágrimas de ella la otra noche. No quiero ver tan de cerca estas cosas de mayores. Está todo tan jodido...
De pronto, me pregunto si es esto lo que pasa cuando dos personas se conocen por internet. Una conexión sin contexto. Es mucho más fácil causar una primera impresión positiva porque se puede manipular. Pero se conocieron en un grupo de apoyo para el duelo, no es un sitio al que la gente normal suele acudir para ligar. Cuesta imaginar a alguien como Rachel recurriendo a internet para buscar ayuda para aliviar su dolor. Siempre tan dueña de sí misma... Lo contrario de débil.
Aunque no soy en absoluto fan de mi madrastra, empiezo a entender por qué mi padre se sintió atraído por ella. A pesar de que le repartieran las malas cartas de la viudedad, Rachel ha triunfado en la vida. Es una mujer de éxito, razonablemente atractiva y rica. Pero ¿por qué se casó ella con mi padre? No es feo, dentro del segmento de hombres de mediana edad, supongo, y es muy bueno —mi madre siempre decía que era la mujer más afortunada del mundo por haberlo encontrado y haber construido su vida sobre unos cimientos tan estables—, pero me imagino que habrá un millón de hombres como él en Los Ángeles que vienen acompañados de menos complicaciones y más dinero propio. ¿Por qué tuvo que escoger a mi padre precisamente?
Cuando mis padres discutían, yo me encerraba en mi habitación y me ponía los cascos. No los escuchaba, sobre todo porque sabía que la pelea duraría varios días —dos o tres como mínimo—, cuando los dos me utilizaban como intermediaria para hablar entre ellos, uno de los inconvenientes de ser hija única: «Jessie, dile a tu padre que mañana tiene que recogerte del cole»; «Jessie, dile a tu madre que nos hemos quedado sin leche». No se peleaban a menudo, pero cuando lo hacían, eran peleas explosivas y desagradables.
«Todo pasa, Jessie. No lo olvides nunca. Lo que hoy parece importante, mañana será insignificante», dijo una vez mi madre justo después de una pelea con mi padre. No me acuerdo de por qué discutían —por dinero tal vez—, pero sí recuerdo que se acabó de repente, cuatro días después de que empezaran a discutir, cuando los dos se miraron a los ojos y comenzaron a ablandarse. Pienso en eso muchas veces, no solo en cómo se acabó esa pelea, sino en lo que dijo mi madre. Porque estoy segura de que se equivocaba. No todo pasa.
—Quiero que quede clara una cosa. —Mi padre habla ahora en voz baja y gutural. Está tranquilo, casi demasiado, que es justo lo que hace cuando está enfadado de verdad. Se vuelve frío—. No soy ningún paleto homófobo e ignorante, así que deja de hablarme así.
—¡Bill!
—Olvídalo. Me voy a dar una vuelta. Necesito aire y alejarme de ti un rato —dice, así que Theo y yo nos escabullimos rápidamente pasillo abajo. Es evidente que mi padre es consciente de que han estado gritando, pero es mejor que no sepa que hemos sido espectadores en primera fila.
—Muy bien. ¡Vete! —grita Rachel—. ¡Y no vuelvas!
Ahora estoy en la habitación de Theo. Solo he estado aquí una vez, cuando le dije lo de mi nuevo trabajo, así que aprovecho la ocasión para echar un vistazo. No tiene nada en las paredes, ni una foto enmarcada en su mesa. No hay mucho que ver. Es un minimalista, como su madre.
—¿Crees que van a divorciarse? —pregunta, y me sorprende que me dé un vuelco el corazón. No porque me guste especialmente vivir aquí, sino porque no tenemos nada a lo que volver. Nuestra casa ya no es nuestra. Nuestras vidas en Chicago tampoco. Y si tuviéramos que quedarnos en Los Ángeles y mudarnos a algún apartamento triste y cutre, mi padre no podría permitirse el lujo de enviarme a estudiar a Wood Valley. Tendría que volver a empezar en algún otro sitio. Tendría que despedirme de la tontería que me ha dado con Ethan, de mi amistad con Dri y Agnes, de mi lo que sea con Alguien. Rachel le ha dicho a mi padre que no vuelva... ¿Espera que me vaya yo también? ¿Nos ha echado de su casa?
—No lo sé.
—Eso facilitaría las cosas —señala.
—Para ti tal vez sí. Pero yo no tengo ningún otro sitio adonde ir.
—Eso no es problema mío.
—No, no lo es —digo, y me levanto para irme. Ya estoy harta de esta gente.
—Lo siento, no lo decía en serio. Ahí dentro, hace un momento, ¿tu padre iba a llamarme...? No, no importa.
—No lo habría hecho. Él no es así.
—Ya, bueno. ¿Te apetece un porro?
Busca el papel de liar.
—No, gracias. Y te lo digo de verdad, no te habría llamado nada malo.
—Yo no estoy tan seguro.
—Conozco a mi padre. Iba a decir «extravagante»..., y tienes que reconocer que un poco sí lo eres, ¿no? —digo, preguntándome si no me habré pasado de la raya. Miro a Theo a los ojos, para que vea que no es mi intención hacerle daño, sino ser sincera.
—Supe que era gay desde muy pequeño, desde que estaba en el parvulario por lo menos, así que pensé que no tenía por qué esconderlo, ¿sabes? Que tenía que darle a la gente lo que quiere. —Empieza a rebuscar en sus cajones—. Todo el mundo tiene derecho a disfrutar de mi maravillosa persona.
—Pues menuda suerte la nuestra... —digo sonriendo. Empiezo a ver a Theo con otros ojos. Vive la vida con un entusiasmo desbordante, un antídoto contra toda la tontería adolescente y lacónica de Wood Valley. También esconde una capa de bondad, y es auténtico a su manera, en toda su extravagancia.
—Oye, ¿con quién estás escribiéndote mensajitos a todas horas? —pregunta, y una vez más se me pasa por la cabeza que quizá Alguien sea él. A lo mejor quería ayudarme sin tener que afrontar nuestra incómoda nueva situación familiar. A lo mejor lo he malinterpretado todo; a lo mejor el coqueteo de Alguien en realidad solo era el entusiasmo de Theo. Espero que no.
—No es asunto tuyo —contesto, cosa que no parece molestarle lo más mínimo.
—Como no fumas, ¿no quieres algo de comida antiestrés? Tengo una barrita de emergencia de chocolate Godiva en alguna parte —dice, y encuentra lo que está buscando: una chocolatina gigante.
—A eso sí me apunto.
—¿Tú crees que tu padre habrá firmado un acuerdo prematrimonial? —pregunta Theo, y vuelvo a odiarlo con todas mis fuerzas.