26
No puedo comer. Estoy demasiado nerviosa. Dentro de nada voy a ver a Caleb, nuestra primera cita, aunque no es una cita de verdad y no estoy segura de que sea la primera vez de nada siquiera, porque nos pasamos el día comunicándonos. Anoche estuvimos chateando hasta tan tarde que me dormí con el portátil en el regazo y me he despertado esta mañana con el tintineo de sus palabras en mi pantalla. «Tres cosas —me decía—: (1) buenos días. (2) llevo las marcas del teclado en la cara. me quedé dormido en la “sdfgh”. (3) te vas dentro de 24 horas, y voy a echarte de menos.»
—No me creo que Caleb sea Alguien —comenta Agnes, cuando rechazo sus patatas fritas por quinta vez porque tengo miedo de vomitar si me las como—. Sí, ya sé que Dri tiene razón, que es un poco rarito y tal, pero no sé... No es muy... tímido, ¿sabes? Me parece que es el tío más directo que he conocido en mi vida.
—Pero si en cuanto le dije a Alguien dónde trabajaba, ¡zas!, Caleb apareció allí inmediatamente. Lo vi escribir mensajes con el móvil en la fiesta de Gem justo en el momento exacto en que nos estábamos escribiendo. Y cada vez que hablo con él, se pone a mover el móvil de esa forma tan rara, como diciendo «Te escribo luego», y un segundo después, eso es justo lo que hace. Y repite lo que he dicho. Tiene que ser él —digo.
—Seguro que es él —dice Dri—. Y estoy muy impresionada de que hayas dado tú el primer paso. Hay que tener ovarios. —No nos está mirando. Está mirando a Liam, sentado en la otra punta de la cafetería, lejos de Gem—. ¿Creéis que han cortado?
—No tengo ni idea —contesto, encogiéndome de hombros—. Pero ni lo sé ni me importa.
—Puede incluso que hayas acabado con Gemiam.
—¿Gemiam?
—Gem y Liam. Gemiam.
La miro con cara de incredulidad.
—Quiero hablar de Jessaleb. Sinceramente, me parece que me habría enterado si la hermana de Caleb hubiese muerto —dice Agnes, y siento un nudo en el estómago.
—Decías que nunca hablaba de ella. —Dri está en modo multitarea: habla con nosotras y mira el show de Liam a la vez. Me preocuparía que se le notara demasiado si no fuera porque él no se está enterando de nada. Solo espero que Gem no se dé cuenta—. Y había rumores.
—Sí, ya lo sé, decían que se autolesionaba a tope y que tenía un trastorno de la alimentación en plan bestia, así que quién sabe, pero creía que sus padres la habían mandado a algún hospital psiquiátrico de la Costa Este, y no que se había, ya sabéis, quitado de en medio... —dice Agnes. Habla en tono completamente despreocupado, como si hablara del personaje de una novela y no de la vida de alguien de carne y hueso. De si una persona real, del mundo real, está viva o muerta. Nunca dejará de asombrarme lo crueles que somos todos, lo fácil que nos resulta quitar importancia a los problemas de los demás: «Se autolesionaba a tope. Un trastorno de la alimentación en plan bestia». Que seamos capaces de hablar de algo así con toda la tranquilidad del mundo.
Ojalá no hubiese mencionado nunca a su hermana. Ahora siento como si hubiese traicionado a Caleb, como si hubiese revelado secretos que no me correspondía a mí revelar. Me alegro de no haber dicho nunca nada de su madre.
—¿Y si lo decía metafóricamente? Como si sintiese que su hermana había muerto —sugiere Dri, pero niego con la cabeza. Caleb fue muy claro—. O a lo mejor solo lo dijo para conectar mejor contigo, por lo de tu madre, ¿sabes?
Cojo la patata frita que me ofrece Agnes y la mordisqueo despacio, con parsimonia. Se lo preguntaré luego a Caleb, si tengo valor. Nunca he deseado que alguien estuviese muerto, desde luego, pero sería de muy mal gusto que se lo hubiera inventado. No, estoy segura de que ha perdido a alguien que significaba mucho para él. Somos un grupo muy selecto, el club de las familias con muertos, y creo que sé distinguir a quién se le ha muerto alguien de verdad. Cuenta los días desde..., bueno desde ese día, igual que yo.
Nadie puede inventarse algo como contar los días.
En clase de literatura, Gem se sienta sin mirarme. Yo solo le veo la espalda recta, la cola de caballo meciéndose con ese aire de desaprobación y el lateral de su ceja arqueada. La suya es una belleza tan clásica, tan decidida por unanimidad, que casi es imposible no mirarla embobada. Me odio a mí misma por desearlo, pero me encantaría parecerme a ella, tener a todo el mundo bajo mi hechizo, sin abrir la boca siquiera. Tener un cuerpo como el suyo, compuesto por partes delgadas y proporcionadas, colocadas y ordenadas según los sueños y las fantasías de todos los hombres.
Me pregunto si Ethan también la estará mirando. Si puede evitarlo.
Si, por las noches, piensa en Gem como yo pienso en él.
Intento no hacerlo. Pensar en él, quiero decir. He probado el truco de dar el cambiazo, de poner la cara de Caleb donde aparece la de Ethan, pero no funciona. Puede que pase las noches chateando con Caleb, pero mis sueños los paso con Ethan. En ellos, él está despierto, sus manos ansiosas, sus ojos buceando en los míos. En ellos, no me da miedo el sexo, ni la intimidad, ni nada de nada. En ellos, no me siento fea ni comparo mi cuerpo con el de Gem. Me siento guapa, fuerte y valiente.
Por la mañana, me despierto agitada y me siento triste cuando la sensación queda borrada de un plumazo por la realidad del día; cuando me lavo la cara y al mirarme al espejo me veo los granos, las rojeces, las mejillas redondas de niña pequeña.
—¿Señorita Holmes? —dice la señora Pollack, y me pregunto cuánto tiempo hace que me está llamando.
—Mmm... ¿sí?
—¿Quiere hacer el favor de responder a la pregunta?
De pronto me acuerdo de que ha estado paseándose por la clase. Me ha avisado con antelación de sobra, ya sabía lo que iba a venir, pero aun así me he quedado ensimismada en mis pensamientos, desconectada de todo. Miro a la señora Pollack. Es atractiva, seguramente se parecía mucho a Gem cuando estaba en el instituto. Seguro que no ha tenido un grano en su vida.
—Lo siento, yo... —La clase entera me mira, Gem y Crystal sueltan una risita burlona a dúo y la cara se me pone roja como un tomate, mientras una perla de sudor amenaza con resbalarme por la sien derecha. Me la limpio de un manotazo, tratando de aplacar los latidos desbocados de mi corazón. Cuando vivía en Chicago, literatura era la asignatura que se me daba mejor—. Es que no estaba prestando...
—La escena con Raskólnikov en su casa con su madre y su hermana. Cuando es capaz de comportarse con normalidad, como si no pasara nada, a pesar de que se está volviendo loco —interviene Ethan, y aunque no tengo ni idea de qué está hablando, su comentario satisface a la señora Pollack, que se desplaza hasta el frente de la clase para escribir algo en la pizarra.
—Exacto —responde, dirigiéndome una última mirada, cosa que me pilla por sorpresa, porque no es una mirada cruel. Ni siquiera es una mirada de lástima. Es otra cosa, completamente distinta. Empatía.
—Gracias —le digo a Ethan después de clase, una vez a salvo en el pasillo—. Me has salvado.
—Ha sido un placer, Tuberculácea.
—Espero no fastidiarte la nota de nuestro trabajo por mi culpa. —Estoy toqueteando mi bolsa, que me pesa demasiado en el hombro—. Sobre todo después de obligarte prácticamente a que hicieras el trabajo conmigo.
—No me preocupa nada.
Sonríe, así que me obligo a mirarlo directamente a los ojos, a zambullirme en el azul. No, no son los ojos de un asesino en serie, como pensé al principio. Es más complejo que eso. Oigo la advertencia de Theo en mi cabeza y busco indicios, como las pupilas dilatadas, pero su tamaño me parece normal.
—Bien —respondo. No en plan listilla. No en plan flirteo. No en plan nada. Tal vez dentro de una hora se me ocurrirá algo más ingenioso. Algo divertido y frívolo para despedirme.
Pero ahora mismo: nada.
Ethan se rasca la cabeza, como intentando despertar a su pelo. Vuelve a sonreír.
—Que tengas un buen viaje mañana.
—Gracias.
—No te olvides de nosotros —me advierte, y antes de que pueda hilvanar una pregunta, como qué ha querido decir con eso de «nosotros» (¿que no me olvide de Wood Valley?, ¿de Los Ángeles?, ¿de él y de mí?), Ethan desaparece, sale por la puerta y se dirige hacia su coche.
Espero a Caleb cerca de la entrada del instituto, junto a las escaleras, de pie, sin hacer nada. Dijo que quedáramos a las tres y ya son las tres y cuarto, y hago como si no me preocupase que pueda darme plantón. Examino la pantalla de mi móvil como si estuviera muy concentrada en ella, como si mi vida dependiera de este mensaje que estoy escribiendo, aunque en realidad no estoy escribiéndole a nadie, porque la persona a la que escribo normalmente en situaciones como esta es Caleb. Así que me dedico a deslizar el pulgar una y otra vez por la pantalla, pensando: «Por favor, no me dejes plantada. No me dejes plantada. No me dejes plantada». No sé cuánto tiempo se supone que tengo que estar esperando ni en qué momento me quedará totalmente claro que soy idiota.
Gem pasa por delante de mí, porque naturalmente, si tiene que haber alguien que sea testigo de mi humillación, tiene que ser ella. Por un momento, se me encoge el estómago al pensar que Alguien pueda ser Gem, que todo esto no ha sido más que una broma inmensa a mi costa, pero entonces me calmo y descarto la idea. No, Gem tiene cosas mejores que hacer que ponerse a enviarme mensajitos a altas horas de la noche como parte de no sé qué broma pesada. Mi amistad con Alguien es real, aunque Caleb no esté preparado todavía para enfrentarse a mí cara a cara.
—Ojalá te volvieras al lugar de donde viniste —dice Gem mientras baja los escalones de dos en dos, arrojando las palabras por encima de su hombro como dardos envenenados.
—Sí, yo también pienso lo mismo.
Lo digo bajito para que no me oiga.
—¿Tú también piensas el qué? —pregunta Caleb, y aparece a mi lado, y no puedo evitar sonreír de oreja a oreja. No me ha dejado plantada. Está aquí, con las llaves del coche colgadas de sus dedos alargados, listo para irnos. Nos tomaremos un café y hablaremos por fin, y será todo igual de fácil que con mis ágiles y veloces pulgares. Por extraño que parezca, confío en él.
«Tres cosas —empiezo a escribir en mi cabeza—: (1) Tú me comprendes. (2) Háblame del Kilimanjaro. (3) ¿Tuviste miedo estando allí arriba?»
—Nada —digo—. Solo estaba hablando sola.
—¿Y te pasa a menudo?
—Alguna que otra vez.
Caleb es tan alto que tengo que levantar la cabeza para hablar con él y arquear el cuello en un ángulo muy desafortunado. Tal vez después me haré una selfi para ver cómo me ve él desde allí arriba, el plano completo e inclinado de mi cara. Toda barbilla y cejas. No puede ser una buena perspectiva de mi cara... No soy ninguna Barbie para su muñeco humano de Ken.
—Oye, lo del café... —empieza, y el sentimiento de decepción me golpea de lleno, antes incluso de que pronuncie las palabras. Esto es lo que pasa por tener ovarios. Qué ridículo más grande, mostrarme así de optimista y abierta, dar por sentado que íbamos a poder tomar un simple café. Me siento como si todo el tiempo alguien me levantara en el aire y luego me soltara, como un peluche en una de esas máquinas recreativas antiguas con una pinza mecánica. Nunca seré la elegida, sobre todo por alguien con un físico tan imponente como el suyo—. Creo que no deberíamos hacerlo.
—¿Tomarnos un café? Vale.
Me dan ganas de volver a coger el móvil. De chatear con Alguien. De escribir lo que me cuesta tanto decir en voz alta: «¿Por qué no? ¿Porque no soy lo bastante buena para ti en persona?».
Pienso en los granos que tengo en la barbilla, que me tapé con maquillaje en el baño hace solo media hora. Pienso en mis brazos, fofos y blancos, no bronceados y tonificados como los de Gem. En mis cejas, en que da lo mismo el rato que me pase delante del espejo cuando me las depilo, porque siempre me quedan ligeramente disparejas. En mi ropa, casi tan sosa como la de Caleb, solo que, en el caso de las chicas, el objetivo no es que sea sosa, supongo. En la anchura de mi nariz, cosa que no me había molestado hasta ahora; en la laca de uñas, toda descascarillada; hasta en los lóbulos de mis orejas, demasiado alargados, como fruta colgando. Y por supuesto, en mis tetas, eternamente decepcionantes; no sé cómo, pero siempre se las arreglan para parecer pequeñas y caídas: un par de embudos estúpidos, planos y deprimentes.
Caleb no verá mi decepción. Imito su aire despreocupado a la perfección. Me encojo de hombros, como si eso no fuera ningún problema. Aguanto el tipo y la sonrisa. Me comporto como si no notase el nudo tenso y duro que siento en los intestinos, como si alguien me hubiese metido la mano en las entrañas y me los hubiese atado con un lazo horrible. Sonrío para enmascarar el dolor, un dolor real, literal y visceral.
—Ya sabes, por Liam —dice Caleb, y ahora se ha puesto en plan ininteligible y no entiendo una sola palabra. Es como si me hablara en otro idioma, uno demasiado agresivo y con demasiados signos de puntuación, feo simplemente por los sonidos de sus letras duras y crueles.
—¿Liam? Vamos a ver... Espera, ¿qué dices?
—Es que creo que se haría una idea equivocada. Y es mi mejor amigo, así que ya sabes —concluye. Pero no sé, no. ¿Qué tiene que ver Liam con que me vaya a tomar un café con Caleb?
—Pues no sé... Vaya, que no lo entiendo. ¿Qué idea equivocada? ¿Qué tiene que ver Liam con esto?
Una vez más, tengo el cerebro aturullado. A lo mejor resulta que al final Caleb va a tener razón: más vale que nos limitemos a las palabritas en una pantalla, donde es mucho más fácil exteriorizarlas. Donde quedan claras, negro sobre blanco, y se pueden guardar para poder recuperarlas luego, en caso de equívocos y malinterpretaciones.
—Sabes que ha cortado con Gem, ¿verdad? Por ti.
Su tono es completamente natural y despreocupado, como si fuese información básica y de dominio público en Wood Valley. Y también como si no tuviera mucho que ver con él.
—Mmm..., no. No sabía que habían cortado, y si es así, yo no he tenido nada que ver. —Trago saliva antes de hablar otra vez y darme cuenta de que parece que esté a la defensiva, aunque no sé por qué—. Bueno, esa tía es un pedazo de bruja, y a lo mejor Liam se ha dado cuenta de que lo es por cómo... Puede que, en cierto modo, indirectamente, supongo que yo podría haber tenido algo que ver en que hayan cortado... Pero espera, ¿qué?
Estoy desbarrando porque estoy nerviosa.
Me callo y dejo que mi cerebro me dé alcance. Caleb no está diciendo lo que creo que está diciendo, ¿verdad? No. Es imposible que Liam haya cortado con Gem porque yo le gusto, ¿verdad?
No, eso es imposible.
Ay, Dios... Toco el papel que llevo en el bolsillo. Mi billete de avión a Chicago. Falta mucho para mañana, demasiado. Necesito irme lejos, muy lejos de este sitio. Pienso en Dri enterándose de esto de algún modo, a través de esa red tan extraña que existe en Wood Valley y que no tengo ni idea de cómo funciona, y pensando que he traicionado nuestra amistad. Sabe que a mí no me interesa para nada Liam, ¿verdad?
Nada de esto tiene ningún sentido. Gem es la clase de chica que hace que los hombres —y no solo los chicos— se vuelvan a mirarla dos veces. En ningún universo —ni en este ni en uno paralelo—, alguien rompería con ella por mí. A no ser... ¿Y si resulta, por alguna casualidad, que Liam es Alguien? ¿Y si nuestra conexión intelectual es tan potente que supera esa brecha insalvable que hay entre Gem y yo?
No. Liam es hijo único. No tiene ninguna hermana muerta, ni real ni inventada. Y la verdad es que no se puede decir que conectemos mucho cuando hablamos en persona. Al menos, a mí no me lo parece.
Es verdad que Liam me dijo el otro día en la librería que era «fácil» hablar conmigo y que yo sí «sabía escuchar». En aquel momento me parecieron palabras inocuas, la clase de cosas que se suelen decir a alguien un poco tímido. La verdad es que no es que sepa escuchar. Simplemente se me da bien dejar que hablen los demás.
No, Caleb tiene que estar confundido.
—Vale, lo que sea. Pero yo no quiero tener nada que ver con todo esto —dice, y echa a andar, alejándose.
—Espera —digo, con ganas de hacerle un millón de preguntas, pero pensando que será mejor que se las haga por el chat. Será más directo y efectivo.
—¿Qué?
Caleb se vuelve para mirarme. Está agitando ese estúpido móvil otra vez, como si con ese simple gesto debiera darme por satisfecha: la promesa de un mensaje futuro.
—Nada —contesto—. Estaba hablando sola otra vez.
Alguien: |
¿ansiosa por subir al avión? |
Yo: |
ME MUERO POR LARGARME DE AQUÍ. |
Alguien: |
¿tan mal te ha ido el día? |
Yo: |
Es que... Mira, ¿sabes qué? Da igual. |
Alguien: |
¿hay algo que pueda hacer yo? |
Yo: |
No, la verdad es que no. |
Así que me equivocaba. No es más fácil escribir las palabras, enviarlas en un mensaje: «Hoy has herido mis sentimientos. No me gusta Liam. Tengo los dedos cansados ya de esto. Solo era un simple café».
O esto: «¿Cómo puede ser que te guste tanto en palabras y pases tanto de mí cuando me tienes en persona?».
O puede que incluso esto, solo para estar segura al cien por cien: «Eres Caleb, ¿verdad?».
Me tumbo en la cama. No debería sorprenderme tanto que Alguien no quiera quedar conmigo en la vida real. Antes incluso de que dejara de hablarle, mi propio padre apenas tenía ganas de hablar conmigo.
La autocompasión asoma las orejas, despacio, sigilosa y hambrienta, como un monstruo bajo mi cama. Trato de no pensar en mi madre, un recurso tan cómodo en estos momentos, como desencadenante oportuno y fácil. Una forma de justificar sentir lástima por mí misma: la pringada de la madre muerta. Un atajo tan denigrante para ella como para mí.
Dri: |
¡MUY FUERTE, TÍA! ¡MUY FUERTE! |
Yo: |
¿? |
Dri: |
¡Tenía razón! Gemiam SE ACABÓ. |
Yo: |
Guau. Qué bien. |
Dri: |
No es por nada, pero esta ocasión merece un poco más de entusiasmo. Y no te lo pierdas: HA SIDO ÉL EL QUE LA HA DEJADO. |
Yo: |
Vaya. Supongo que por fin ha visto cómo es de verdad. |
Todavía no ha oído la segunda parte. A lo mejor Caleb se ha equivocado. A lo mejor yo no tengo nada que ver con nada. A lo mejor he malinterpretado lo que me ha dicho. Eso sí que tendría mucho más sentido. En cualquier caso, no voy a ser yo la que le vaya a Dri con este chisme ridículo, sobre todo porque espero con toda mi alma que no sea cierto.
Hace apenas dos meses, cuando estaba almorzando sola en aquel banco, la idea de que un chico de último curso, cualquier chico de último curso, me pidiera para salir habría sido no solo inconcebible sino emocionante. Más que halagadora: el objeto de mis fantasías de chica repelente. Al fin y al cabo, es el cantante del grupo de música más guay del instituto. Sin embargo, ahora Liam podría joderlo todo: mi amistad con Dri, mi trabajo, puede que hasta mi relación con Ethan, que siempre se pone un poco raro cada vez que Liam sale en la conversación. Y, por supuesto, está Caleb, que ahora ha encontrado una excusa muy oportuna para mantener nuestra relación exclusivamente en el chat.
Esta nueva Jessie, la Jessie de California, vive en un terreno inestable. Necesito a Dri y a Alguien e incluso a ¡Abrapalabra! A Dri le preocupa ser invisible. Lo que a mí me preocupa es mi amigo anónimo: porque sin esas tres cosas que añaden sentido a mi vida aquí, tal vez incluso desaparezca sin más.
Dri: |
OYE, ¿QUÉ TAL EL CAFÉ? Perdona que haya tardado tanto en preguntarte. Estaba alucinando con lo de Liam y Gem. |
Yo: |
Nada. Ha cancelado la cita. |
Dri: |
Lo siento mucho. ¿Estás bien? |
Yo: |
Las cosas son como son. |
Dri: |
Eso es muy zen por tu parte. |
Yo: |
Soy una con el universo y el universo es uno conmigo. |
Dri: |
Que le den. |
Yo: |
Eso también. |