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Antes de la muerte de mi madre, Scarlett y yo solíamos hablar del concepto del día perfecto. Lo que tendría que pasar —desde el momento en que nos despertáramos hasta el momento en que nos fuéramos a dormir— para que ese día fuera mejor que todos los anteriores. No fantaseábamos con grandes cosas, al menos yo. Básicamente, me concentraba en la ausencia de determinadas cosas: yo quería un día en el que no me diese un golpe en el dedo gordo del pie ni me manchase la camisa ni me sintiese tímida, torpe o fea. Un día en que no perdiese el autobús ni me olvidase una muda para ir al gimnasio. Que cuando me mirase en el espejo después de almorzar, no tuviese restos de comida en los dientes ni cosas raras en la nariz.

No, claro, no era solo eso. También lo aderezaba con un primer beso, aunque no habría sabido decir con quién —un chico sin rostro ni nombre que, en mis fantasías, me hacía sentir cómoda, admirada y también guapa—. A lo mejor me imaginaba comiéndome las tortitas de mi madre para desayunar antes de ir a clase; siempre me las preparaba con la forma de mis iniciales, incluso mucho después de que me hiciese demasiado mayor para esa clase de cosas, porque resulta que una nunca es demasiado mayor para esa clase de cosas. Y tomando su lasaña de verduras en la cena. Me encantaba su lasaña de verduras.

Nada del otro mundo.

El mejor día para mí también podía ser el día de pizza en la escuela. En nuestro instituto tenían una pizza increíblemente rica.

Un día perfecto no tenía por qué incluir un viaje de ensueño ni tirarse en paracaídas ni ir abrazada a alguien con chaqueta de cuero encima de una moto, aunque todo eso y más sí aparecía en la lista de Scarlett, por supuesto.

Pero a mí siempre me han gustado las cosas sencillas.

Ahora, en la cara oscura de todo, no consigo imaginarme cómo podría ser un día perfecto. Ahora, sin mi madre, ¿cómo narices iba a ser ese día?

Pienso en cómo era todo antes, antes antes antes, y todos aquellos me parecen días perfectos. Qué más da golpearse el dedo gordo del pie o llevar un moco colgando de la nariz. Tenía una madre, y no vale insertar madre genérica en este espacio, sino mi madre, a quien quería como pocas personas pueden llegar a querer a una madre. A ver, ya sé que, en cierto grado, todo el mundo quiere a su madre por todo el rollo ese de que es tu madre, pero yo no quería a mi madre solo porque fuese mi madre. Quería a mi madre porque era genial, interesante y cariñosa, y porque me escuchaba y seguía haciéndome tortitas con la forma de mis iniciales, porque de alguna manera, aunque yo no lo entendía, ella siempre había sabido que yo nunca sería demasiado mayor para esa clase de cosas. Quería a mi madre porque me leyó en voz alta la serie entera de Harry Potter, y cuando terminamos, ella también quería volver a empezar desde el principio.

Si he aprendido algo en estos últimos dos años, es que la memoria es caprichosa. Cuando leo Harry Potter, ya no oigo la voz de mi madre, pero me la imagino a mi lado, y cuando incluso eso falla, imagino el peso de alguien apretándose contra mí, un brazo rozándome el brazo, y finjo que con eso tengo bastante.

Quería a mi madre porque era mía. Y yo era suya.

Y todo eso de pertenecer a alguien y de que ese alguien también te pertenezca a ti no volverá a pasarme nunca.

Los días perfectos son para gente con sueños pequeños, perfectamente posibles. O tal vez para la mayoría de nosotros, los días perfectos solo ocurren con la perspectiva del tiempo; solo son perfectos ahora, porque contienen algo irremediable e irrecuperablemente perdido.