11

 

 

Ethan:

Tú. Yo. La tierra baldía. Biblioteca. Viernes 15.30. ¿Te va bien?

 

Yo:

Vale.

 

Ethan:

Guay del Paraguay.

 

¿Cómo es posible que una expresión tan hortera y desfasada como «guay del Paraguay» suene aceptable cuando la dice él? Y ahora, ¿escribo algo más para alargar la conversación? Se me da mejor escribir que hablar en persona. A lo mejor esta es mi oportunidad de mostrarle cómo soy en realidad y que deje de ver a la friki y la pringada en la que me transformo cuando estoy con gente que me pone nerviosa. ¿Aún tendré este pedazo de chichón el viernes?

Esto no tiene ningún sentido. Que tampoco es para tanto. Solo estamos haciendo un trabajo juntos.

Tú no le gustas, y desde luego, él a ti tampoco.

No seas tan exagerada, Jessie.

Madura un poco.

 

Scarlett:

El insti es una mierda sin ti. Hoy he tenido que sentarme con Deena y oír todo el rollo sobre sus competiciones de gimnasia. ¿Qué tal la cabeza?

 

Yo:

Hinchada. Morada. Te hice caso y llevo una gorra. Ha sido objeto de burlas y de halagos, las dos cosas.

 

Scarlett:

Si yo estuviera ahí, les daría a esas dos una buena paliza.

 

Yo:

No merece la pena ensuciarte las manos.

 

Scarlett:

¿Estás bien? Me preocupas.

 

Yo:

Pues no lo hagas. Bien. Soy amiga de Dri.

 

Scarlett:

Pero que no te caiga ella mejor que yo, ¿eh?

 

Yo:

Nunca.

 

Scarlett:

¿Y cómo está el señor Holmes?

 

Yo:

Ni idea. Siempre está con la madrastra. Prefiero no saberlo.

 

Scarlett:

Adam Kravitz quiere invitarme a la fiesta de principio de curso.

 

Yo:

¿¿QUÉÉÉ?? Pues has tardado lo tuyo en decírmelo. ¿Y?

 

Scarlett:

Ya veremos.

 

Yo:

¿Cómo te lo ha pedido?

 

Scarlett:

Por whatsapp. Pero un whatsapp muy tierno. Ya lo conoces. Le da mucho corte.

 

Yo:

Seguro que ahora besa mejor.

 

Scarlett:

Ya te lo diré. A lo mejor. Solo me lo ha pedido pq tú no estás.

 

Yo:

No es verdad.

Scarlett:

Seguro que nos pasamos todo el rato hablando de cuánto te echa de menos.

 

Yo:

Qué va. Pero que la fuerza te acompañe.

 

Scarlett:

Mira que eres friki.

 

Yo:

¿Verdad que si utilizase la expresión «guay del Paraguay» parecería aún más friki de lo que soy?

 

Scarlett:

Madre mía. En serio, a no ser que quieras que te hagan bullying para los restos, NUNCA DIGAS «GUAY DEL PARAGUAY».

 

Yo:

Ya, eso mismo pensaba yo.

 

* * *

 

Alguien:

bonita gorra.

 

Yo:

Gracias. Pero todo esto me da un poco de yuyu, la verdad: tú sabes qué ropa llevaba hoy y yo todavía no sé quién eres...

 

Alguien:

vaqueros, camiseta, zapatillas de deporte. lo mismo de ayer y de mañana. no te has perdido nada.

 

Yo:

No se trata de eso.

 

Alguien:

qué te ha pasado en la cabeza? tengo que pegarme con alguien por ti?

 

Yo:

¿Sabes qué? Es la segunda vez hoy que alguien se ofrece a defender mi honor. Eso podría hacer que cualquier chica se sienta especial, pero no. La culpable ha sido la funda de una guitarra.

 

Alguien:

AY, QUÉ DAÑO!!

 

Yo:

No ha sido mi mejor momento. No suelo ser tan torpe. Era como romperse la crisma en una comedia romántica, ni cómica ni romántica. Y odio tanta aliteración.

 

Alguien:

perdona el retraso en contestar. estaba buscando «aliteración» en el diccionario. no me lo tengas en cuenta.

 

Yo:

Ja, ja. No soy una repelente, ¿eh? Es que me gustan las palabras.

 

Alguien:

a mí también. quién más se ha ofrecido a defender tu honor? tengo que pegarle una paliza?

 

Yo:

imagen No. Mi mejor amiga de Chicago. Scarlett.

 

Alguien:

me cae bien.

 

Yo:

¿Quedaría muy raro si te digo que yo también creo que haríais buenas migas?

 

Alguien:

no.

 

Yo:

¿Qué tal te ha ido el día?

 

Alguien:

bien. solo algunos problemillas en casa.

 

Yo:

¿Quieres hablar de eso? Mejor dicho, ¿quieres escribir de eso?

 

Alguien:

no, mejor no. es mi madre. está... pasando una mala racha.

 

Yo:

Ya. Sé lo que es eso.

 

Alguien:

pasar una mala racha o tener una madre que la esté pasando?

 

Yo:

Pues las dos cosas.

 

Yo:

Bueno, más o menos.

 

Yo:

Es complicado.

 

Alguien:

sí, ya te entiendo. todo es complicado de cojones.

 

Yo:

Oye, ¿cuál es tu palabra favorita?

 

Alguien:

por qué.

 

Yo:

Pues porque me parece que es algo que debería saber sobre ti.

 

Alguien:

no, quiero decir que mi palabra favorita es por qué.

 

Yo:

Es una buena palabra. Por qué.

 

Alguien:

verdad?? sí. una palabra y una pregunta, todo a la vez. y la tuya?

 

Yo:

Tortita.

 

Alguien:

ah. un desayuno delicioso.

 

Yo:

y además rima con «tontita».

 

Alguien:

un día deberíamos comer tortitas juntos.

 

Yo:

vale, tontito.

 

 

Al día siguiente, a la hora del almuerzo, me siento con Dri y su amiga Agnes, que seguramente es su Scarlett. Todavía soy demasiado nueva para saber en qué categoría de la jerarquía del instituto encaja esta mesa. Aquí parece que no sirve ninguna de mis viejas reglas. En Chicago, los atletas, que quedaban los sábados por la noche en el aparcamiento de la bolera a sentarse en los maleteros abiertos y beber cajas enteras de cerveza barata y arrojar las latas al contenedor, eran los más populares, mientras que los frikis de teatro, que llevaban pírsines en los sitios más inverosímiles y una triste mecha de pelo del color del algodón de azúcar, eran..., pues eso, los frikis. Theo y Agnes ni siquiera habrían cumplido los requisitos mínimos. Aquí es todo lo contrario: teatro es una asignatura evaluable y también una actividad extraescolar, y las dos se consideran guays.

En Chicago, yo no era ni de los atletas ni de los frikis de teatro. Yo pertenecía a esa franja media que todo centro educativo necesita para funcionar de forma eficiente: las abejas obreras. Nos matriculábamos en las clases de nivel avanzado, dirigíamos las gacetas, el anuario y el consejo de estudiantes. No éramos populares, para nada, pero al menos éramos indispensables. (En mi antiguo instituto, era importante distinguir a las abejas obreras de los empollones puros y duros: los empollones eran aún más despreciables que los frikis de teatro, pero estaban demasiado ocupados aprendiendo a programar y alimentando toda clase de fantasías puntocom para que les importase.)

La verdad es que no me importa a qué grupo pertenecen Dri y Agnes, porque estar con ellas es mil veces mejor que sentarme sola en el banco de fuera. Cualquier cosa es subir de nivel.

—Yo creo que si vas a publicar ese tipo de mierda en Instagram, más vale que sepas lo que haces —dice Agnes. No tengo ni idea de qué están hablando ella y Dri, solo que las dos parecen muy firmes en su postura. Agnes es una chica muy menuda con una media melena teñida de rojo, gafas de montura de plástico parecidas a las de Dri y una nariz que parece como si alguien le hubiese dado un pellizco muy fuerte y se le hubiese quedado así para siempre. No es guapa, ni siquiera es mona, pero sí resultona. El resultado de coger algo de tamaño real y volver a fabricarlo en miniatura.

Vale, ahora voy a confesar una cosa. Algo que no le he contado nunca a nadie, ni siquiera a Scar. Cada vez que conozco a alguien, siempre me hago la inevitable pregunta maliciosa que nos hacemos todas las chicas: ¿es más guapa que yo? La verdad es que muchas veces la respuesta es sí, cosa que hace que el mero hecho de plantearme la pregunta ya sea un poco menos ofensivo. Ya sé que no soy horrorosa (mis facciones entran dentro de la normalidad: no tengo nada exageradamente grande, ni nada demasiado pequeño), pero desde luego soy distinta de las chicas de por aquí.

Imagino —o espero— que algún día alguien me mirará y descubrirá —que me verá, vaya— no como una colega, una compañera de clase o una simple pieza del mobiliario, sino como alguien capaz de gustar, puede que incluso de ser amada. Aun así, ya me he hecho a la idea de que el instituto no va a ser mi elemento. Lo de ser estudiosa no se encuentra en el top ten de las cosas que los chicos del insti buscan en una chica. Estoy segura de que tener unas buenas tetas, en cambio, sí ocupa las primeras posiciones de la lista.

Por si os interesa: en un día bueno, uso una copa B.

Seguramente Agnes es una A, pero lo compensa siendo una chica encantadora. Bueno, eso hasta que abre la boca.

—¿Tú qué dices, Jessie? ¿A que tengo razón?

No las estaba escuchando. Estaba mirando a los otros alumnos de la cafetería, a todos esos extraños, pensando en lo íntimo que era el acto de estar allí todos juntos metiéndonos comida en la boca. Preguntándome si aquel sitio empezaría a resultarme familiar algún día. Y sí, también estaba mirando a Ethan, a Ethan Marks, a través del ventanal, sentado a solas cerca del CuquiCoffee, con otro libro en las manos, aunque no veo el título.

—Si vas a decirme algo publicándolo en internet, más vale que estés preparada para decírmelo a la cara.

—Sí, supongo —digo, una respuesta ambigua donde las haya. La ambigüedad me ha salvado de más de una de esas ocasiones en las que estoy ensimismada en mi mundo. Seguro que no estoy de acuerdo con Agnes, aunque solo sea porque parece la clase de chica que hace las manifestaciones más absurdas. («El señor Greene es un cabrón. Me ha acusado de plagio solo porque he copiado un par de frases de un blog. Eso se llama collage, so idiota.» O: «Solo los quiero y no puedo llevan Doctor Martens». O: «Jessie, estarías guapísima con un poco de maquillaje».)

—Agnes, hay gente tímida y vergonzosa. No ha dicho nada malo, solo ha dicho que heriste sus sentimientos, cosa que hiciste. Hay personas a las que les resulta más fácil escribir que decirte lo que sea a la cara —argumenta Dri. Me mira para que respalde su opinión, y yo me pregunto si mi existencia no será un problema para su amistad con Agnes. Scar y yo siempre comíamos solas a la hora del almuerzo. No teníamos ningún interés por hablar con nadie más. Para ser sincera, no estoy segura de cómo me habría sentado que hubiese invitado a otra chica a comer con nosotras. Dri no solo me ha invitado, sino que estaba entusiasmada de hacerlo.

—Evidentemente, no conozco toda la historia, pero yo también soy así, desde luego. Me siento mucho más cómoda escribiendo que diciendo las cosas en voz alta. Ojalá pudiese vivir toda mi vida sobre el papel.

Me planteo contarles lo de Alguien. Me gustaría explicarles lo cómoda que me siento «hablando» con él, lo fácilmente que fluyen las palabras, nada que ver con las veces que tengo que hablar en voz alta. Tampoco me importaría que me ayudasen a descubrir quién es, aunque, pensándolo bien, igual no quiero saberlo. Tal vez Alguien tiene razón: su anonimato es lo que nos mantiene conectados. Me costaría mucho más escribir a alguien a quien sé que voy a ver al día siguiente. Y me pregunto si también funcionará al revés: aunque él sepa quién soy, tal vez el hecho de no tener que hablar conmigo cara a cara también facilita que la conversación sea más fluida para él.

Por supuesto, Agnes no tiene razón —las palabras no son menos valientes si se dejan por escrito que si se pronuncian en voz alta—; estoy a punto de decírselo, con voz rotunda y con convicción, cuando oigo que alguien grita mi nombre desde la otra punta de la cafetería:

—¡Jessie!

Al principio, pienso que están llamando a otra Jessie, teniendo en cuenta que no tengo amigos en este instituto, pero la voz es tan insistente, e incluso vagamente familiar, que levanto la cabeza para ver quién es. Pelo desgreñado y una sonrisa.

—Hola, Jessie —saluda Liam, que ya ha llegado a nuestra mesa, corriendo, otra vez con Earl colgada del hombro. Se retira el flequillo de los ojos—. ¿Qué tal tienes el chichón?

—Ya casi ha desaparecido, pero si vuelves a acercarme esa guitarra, voy a tener que pedir una orden de alejamiento —digo, una frase que suena a coqueteo incluso para mis propios oídos. Me pongo roja como un tomate. Yo no sé coquetear. Siempre me siento como una impostora. Y ni siquiera quiero coquetear con Liam. Es casi como mi jefe.

—Ja, ja. Oye, sigue en pie lo de esta tarde para que te explique cómo funciona todo, ¿verdad? Calcula que estaremos allí hasta la hora de cierre, ¿vale?

—Perfecto. Gracias otra vez por el trabajo. Te lo agradezco mucho.

—De nada. Es lo mínimo que podía hacer después de lisiarte.

Sonríe y acto seguido hace ese extraño gesto de darme un golpe en el brazo —que, dicho sea de paso, la verdad es que duele—, y sale disparado, con Earl rebotando en su hombro tras él.

—Cierra la puerta.

Dri me coge de la mano retorciéndomela.

—¿De qué conoces a Liam Sandler? —pregunta. Las cejas prácticamente le tocan el nacimiento del pelo—. No me lo puedo creer. El mismísimo Liam Sandler en persona...

—Tranquilízate, que no es Ryan Gosling. —Agnes mira a Dri con cara de exasperación—. Nunca entenderé qué es lo que le ves.

Dri la ignora, esperando mi respuesta.

—He conseguido trabajo en la librería de su madre, básicamente porque me dio un golpe en la cabeza con la funda de su guitarra. Vergonzoso, pero cierto.

—¿Y? —exclama Dri—. ¿Y qué?

—Y eso.

—Y eso como...

—¿Qué te dijo? ¿Qué le dijiste? ¿Puedes presentármelo? ¿Has oído tocar a su grupo? ¡Dios mío! ¡Es increíble! Orgasmático.

—Puaj —digo—. A ver, que no está mal, pero ¿en serio?

—No, es el nombre de su grupo: Orgasmático.

—¿De verdad?

—Sí. Y está buenísimo. Tienes que verlo cuando canta, en el escenario. Llevo colada por él desde... yo qué sé, desde siempre. Nunca me ha dirigido la palabra. Ni una sola vez. Hasta ahora.

—Bueno, técnicamente, ahora tampoco te ha dicho nada —le informa Agnes.

—Ha hablado estando cerca de mí, algo que ya es mucho, comparado con los dos últimos años. Con eso me conformo —confiesa Dri, y me aprieta la mano con más fuerza. Eso también duele.

—¡Ayyy!

—Tiene novia —anuncia Agnes, y no entiendo a qué viene esa manía de fastidiar a Dri de esa manera con sus comentarios. Si Pete McManning, el chico de cuarto con el que Scar estuvo obsesionada todo primero, hubiese hablado estando cerca de ella algún día, me habría puesto a dar saltitos de entusiasmo con ella yo también, a pesar de que nunca llegué a entender qué veía en él. No soporto los bigotes, por finos que sean, aunque sea por la causa hípster.

—Eso da igual. Paso de Gem.

—¿Sale con Gem? —pregunto, y me doy cuenta de lo mucho que me falta todavía para ponerme al día. No sé nada de este instituto. Olvidaos del código de honor, debería haber un libro con las crónicas de todas estas cosas. Así que Liam sale con Gem. Vaya. Si hubiese pensado en ello, seguro que habría supuesto que Liam podía tener una novia, pero nunca lo hubiera emparejado con Gem. Y no porque sea guapa, a él le pega tener una novia guapa, sino porque es una víbora. No me lo esperaba de él.

—Ya. Es lo único que no me gusta de él —dice Dri.

—Dri está totalmente obsesionada con él. Literalmente. Hasta empezó a tocar el ukulele para ver si él se fijaba en ella. Fracaso total.

—Pasaba por una fase cursi. Pero da igual —me explica Dri, y me da un abrazo—. ¡Aaaah! Ahora eres mi persona favorita en el mundo entero.

Sonrío. Hago como si no viera la mirada asesina de Agnes.

 

Alguien:

qué tal su día, señorita Holmes?

 

Yo:

No está mal. ¿Y el tuyo?

 

Alguien:

bien. he estado haciendo los deberes en formato lista numerada, porque ya sabes cómo es esto, cualquier cosa con tal de hacerlos más interesantes.

 

Yo:

¿De verdad crees que la universidad será mejor? ¿Seguro?

 

Alguien:

eso espero. aunque también acabo de leer un artículo sobre un chico que perdió un huevo por culpa de una novatada en una fraternidad.

 

Yo:

¿En serio? Pero ¿qué le pasa a la gente?

 

Alguien:

te imaginas a alguien tan desesperado por caer bien a los demás que es capaz de dar uno de sus testículos?

 

Yo:

No me imagino ni teniendo testículos ni dando uno de ellos.

 

Alguien:

porque no me dejas utilizar emojis, pero aquí uno de esos de «I imagen huevos» sería muy apropiado.

 

Yo:

¿Sabes a qué le pondría yo un emoji de «I imagen»? A la Nutella. Y a los pantalones de pijama. Y a un libro megachulo. No en ese orden necesariamente, pero juntos.

 

Alguien:

megachulo??? 2012 acaba de enviar un mensaje de texto y quiere recuperar su terminología retro. por cierto, tú te comes la Nutella directamente del bote con una cuchara?

 

Yo:

Antes sí. Ahora comparto la cocina con Los Otros, así que no puedo. Yo quería ponerle una etiqueta con mi nombre, pero mi padre me dijo que eso sería un poco maleducado.

 

Alguien:

Los Otros?

 

Yo:

Madrastra y hermanastro. ¿Tú tienes Otros?

 

Alguien:

no. mi estructura parental sigue intacta. bueno, al menos legalmente. apenas se miran el uno al otro últimamente.

 

Yo:

¿Por qué?

 

Alguien:

es complicado.

 

Yo:

¿Tú crees que algún día iremos más allá del «es complicado»?

 

Alguien:

no tengo la menor duda, señorita Holmes.