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Volando de nuevo. Esta vez es Chicago la que se desdibuja, la que se hace cada vez más y más pequeña, hasta que ya no veo la ciudad, mi antiguo hogar desaparece, y ahora solo quedan unas franjas enormes de verde y marrón, una colcha de retales de tierra. Llevo otra vez en el regazo el libro para preparar los exámenes preuniversitarios, abierto pero intacto, y miro por la ventanilla, intentando decidir en qué dirección preferiría viajar: hacia el este, de nuevo con Scar, que tiene su propia vida y menos espacio para mí, o hacia el oeste, de vuelta a la casa de Rachel y a mi padre ausente, donde me esperan cosas que me dan miedo. Como enfrentarme a Liam, y, si no se echa atrás, a Alguien. Respecto a mi padre, llevo toda la semana haciendo caso omiso de sus llamadas y sus mensajes. Nuestro silencio empieza a hacer ya mucho ruido, y mi enfurruñamiento ha pasado a ser algo tangible, duro y maligno.
Espero a que se apague la señal del cinturón de seguridad para sacar el sobre que me dio Scar justo antes de embarcar. «Un regalo de despedida», me dijo. Le doy vueltas en la mano, nerviosa antes de abrirlo. Espero que dentro haya palabras sabias, la clase de consejos clarividentes que ella siempre ha sabido darme generosamente. Cuando murió mi madre, Scar y yo nos sentamos en mi cama, y antes de empezar con su tarea a tiempo completo de distraerme de mi dolor —que desempeñó de forma admirable y con tanta habilidad que ni siquiera me di cuenta de lo mucho que debió de emplearse a fondo para conseguirlo—, dijo lo único que tenía sentido en aquel momento, tal vez lo único que ha tenido sentido desde entonces: «Para que lo sepas, entiendo que lo que ha ocurrido es una mala pasada, pero creo que vamos a tener que seguir viviendo como si nada».
Porque fue una mala pasada y siempre lo será. Seguiremos adelante; yo seguiré adelante y haré de tripas corazón —soportaré todo el dolor insoportable y lacerante—, pero siempre será una faena que mi madre no esté aquí. Que no asista a mi ceremonia de graduación; que no pueda darme la típica charla sobre chicos y que yo no pueda seguirle el juego y hacerme la escandalizada y decirle: «Vamos, mamá...»; que no esté a mi lado cuando abra mis cartas de admisión (o de rechazo) en la universidad; que no esté para ver en qué persona me he convertido cuando sea mayor, ese gran misterio de quién soy y quién se supone que debo llegar a ser. Saldré al mundo desconocido y cruel yo sola.
Abro el sobre y del interior cae resbalando una nueva pegatina para el portátil, de tamaño más grande que las otras que me hizo. Es una imagen en blanco y negro. Un ninja con una espada de samurái, con los ojos muy abiertos, astutos y feroces. Lleva pegada una notita: «Quería que te vieses a ti misma como te veo yo: como una luchadora. Fuerte y sigilosa. Una tía guay. Completa y totalmente digna hija de tu madre. Te quiero, Scar».
Me aprieto la pegatina contra el pecho y decido que a partir de ahora ese va a ser mi lema, el camino hacia delante. Dejaré de tener miedo a todo. A que me hagan daño y me rechacen. A la ambivalencia de mi padre respecto a mí. A herir los sentimientos de Dri. A enfrentarme a Liam y también a Gem. A conocer a Alguien en persona, cara a cara. A salir adelante, día tras día, desnuda y desprotegida, bajo el sol brillante.