13
Ethan, Ethan Marks ya está en la biblioteca cuando llego yo. Lleva su camiseta de Batman, por supuesto, y está mirando por la ventana, fascinado, aunque no tengo ni idea de por qué. Lo único que veo es otro cielo azul despejado, vacío. Se masajea la mandíbula con la mano derecha, como si tuviera agujetas de tanto no hablar. No me importaría tocarle la textura rugosa de las mejillas, notar la dureza de su mandíbula contra la mía.
¿Acabo de decir yo eso? Lo retiro. Sí, claro, está bueno, pero también es un poco gilipollas, y es una pérdida de tiempo estar colada por un tío por el que el resto de las chicas del instituto van locas. No tengo ni la menor oportunidad.
Saquemos un diez en literatura y pasemos página. Tengo muchas cosas que hacer: trabajar, estudiar, aprobar los finales preuniversitarios... Por fin empiezo a sentir que tengo las cosas bajo control, por primera vez desde que nos mudamos. Tengo un trabajo y, por tanto, dinero. Tengo a Dri, que se está convirtiendo a pasos agigantados en una amiga de verdad, y también tengo a Alguien, con quien chateo a lo largo del día. Alguien y yo básicamente «hablamos» de tonterías, pero tiene su gracia llevarlo en el bolsillo a todas horas.
—Hola —digo, antes de sentarme encima de mis piernas flexionadas. Con naturalidad, en plan relajado, como si no me sintiera para nada incómoda ni nerviosa. Resulta que no soy tan mala actriz. Casi me lo creo hasta yo. Sin embargo, cuando bajo la vista y veo un pelo negro que me sale del tobillo, me pongo de los nervios y tengo que hacer uso de todas mis fuerzas para reprimirme y no tirar con fuerza del dobladillo de los vaqueros hacia abajo. «Tranquilízate, Jessie. No te está mirando los tobillos. Los movimientos bruscos hacen que parezcas nerviosa.»
—Hola, Jessie. —Ha vuelto aquella sonrisa, y su cara se ilumina un segundo antes de apagarse de nuevo—. ¿Preparada?
—Sí. —Me pregunto si seré capaz algún día de contestar con algo más que con monosílabos cuando hablo con este chico. Scarlett se pone a hablar por los codos cuando está nerviosa (la adrenalina le agudiza el ingenio, no se vuelve lenta como yo), pero mi cerebro se aturulla. Es como si hubiese salido de mí misma.
Ethan huele a lavanda y a miel. Un olor fresco también, lo contrario del espray para el cuerpo que usan todos los chicos en Chicago, esa horrible burbuja de aroma químico que perdura en el ambiente hasta mucho después de que se hayan ido. ¿Será detergente para la ropa o colonia? ¿Se lava la camiseta todas las noches? Lo más probable es que tenga a su propia Gloria para que lo haga. O a lo mejor tiene una de Batman para cada día de la semana. Y sí, ya me he dado cuenta de que parezco Dri con su obsesión por Liam, recopilando información para procesarla después.
Tengo que parar. Ahora mismo. Tengo un número limitado de neuronas, será mejor que me las guarde para mis exámenes finales.
—¿Lees poesía? —me pregunta. Bueno, en realidad se lo pregunta a la ventana. Ethan está mirando al Más Allá otra vez. Tiene la cabeza en otra parte. No como me pasa a mí a casi todas horas, que estoy absorta buceando en mi interior; él está completamente ausente. Sé muy bien lo que es eso. Está ahí, pero no está. Yo me he sentido así alguna vez: estoy físicamente presente, en estado material y, sin embargo, más tarde, cuando recuerdo el momento, me doy cuenta de que hay franjas enteras del día que me han sido robadas. Un cuerpo sin alma. Un poco como mi madre, ahora que lo pienso: está ahí, en alguna parte —físicamente localizable, enterrada bajo tierra—, pero no está. Una marcada ausencia en todos los sentidos que importan.
—Pse —digo. Otro monosílabo. Otra vez. Menos mal que no me escucha—. Quiero decir, sí, me gusta la poesía, y leí La tierra baldía hace ya tiempo, pero no lo entendí bien, ¿sabes? Es como un revoltijo de voces distintas.
—Sí, es verdad. Yo busqué información en Google y, por lo visto, todo alude a otras cosas. Es casi como lenguaje en código —afirma, y me mira. Ya ha vuelto en sí. ¿Se meterá algo? ¿Porros? ¿Coca? ¿Pastillas? ¿Es esa la clase de nebulosa a la que nos enfrentamos? Pero entonces se restriega la cara y me doy cuenta de que solo es cansancio puro y duro. Este chico está cansado. ¿Por qué no duerme? ¿Qué pasa por las noches, cuando cierra los ojos?
«Para ya, Jessie.»
Me obligo a centrarme.
—Vale, empecemos por el primer verso: «Abril es el mes más cruel: engendra». ¿Qué narices significa eso? Ya sé que es poético y guay y todo eso, sobre todo lo de engendrar, pero ¿por qué abril? ¿Por qué es más cruel que cualquier otro mes? —pregunto.
—No lo sé. Pero yo odio abril —confiesa Ethan, y se calla. Me mira fijamente con los ojos entrecerrados, casi enfadado. No era su intención decir eso. Ha sido un lapsus. Pero ¿por qué? No lo entiendo. ¿Qué narices significa que odies abril? Yo odiaba enero en Chicago porque hacía un frío demencial, pero aquí no estamos hablando del clima. Le quita hierro al asunto—. ¿Te gusta caminar? ¿Por qué no hacemos esto mientras caminamos?
Ethan no espera a que le responda, sino que recoge sus libros y el portátil y lo sigo afuera.
—Creía que aquí en Los Ángeles la gente no iba andando a ningún sitio —digo en cuanto oigo cerrarse a mi espalda la puerta de la escuela. Siempre siento alivio al oír ese sonido, otro día completo al que he sobrevivido. Ethan se pone las gafas de sol, unas Ray-Ban, y ahora aún es más difícil saber interpretar sus reacciones porque no le veo los ojos.
—Yo pienso mejor cuando camino. Me despierta. ¿Quieres saber qué más he descubierto en Google?
Asiento con la cabeza, una estupidez, teniendo en cuenta que no está mirándome.
—Sí.
—Eliot no empezó el poema así, originalmente. Ezra Pound le dijo que cortara..., no sé..., cuarenta y tres versos o algo así. O sea que todo el rollo de abril tenía que venir más tarde. Y en aquella época, cabe suponer que tuvo que cortar y pegar literalmente, con tijeras y todo eso.
Cierro los ojos un segundo y me imagino a T. S. Eliot, aunque no tengo ni idea de qué aspecto tenía, pero me imagino a un señor mayor, de raza blanca, con un monóculo, unas tijeras recias y una barra de pegamento.
—No me imagino escribir sin ordenador —confieso—. Cuando utilizo papel, me parece tan... lento todo. Mi cerebro trabaja más rápido que mis manos.
—Sí, a mí me pasa lo mismo. Bueno, cuéntame algo más que no sepa de ti.
Ladea la cabeza y esta vez me mira. Doy gracias de que lleve puestas las gafas de sol, esa capa de protección adicional. Su mirada es demasiado intensa. Esa es sin duda una de las muchas razones por las que las chicas acuden como moscas a su sillón, esos momentos fugaces de conexión con Ethan, que él reparte en pequeñas dosis, como pequeños regalos. A lo mejor su avaricia es intencionada; si diera más nadie lo dejaría nunca en paz.
—No sé —digo—. No hay mucho que decir.
—Me cuesta creerlo.
—Vale, hay un montón de cosas que decir, pero no tantas que quieras oír.
«Diciembre, ese es el mes más cruel —me digo—. El cumpleaños de una madre muerta y la alegría navideña. Abril también. El mes de las cosas que se acaban. Y me gusta tu camiseta de Batman y tus ojos estremecedores y quiero saber por qué no duermes lo suficiente. Por la noche, cuando cierro los ojos, veo últimos momentos, adioses imposibles. Pero ya no sueño. ¿Tú sueñas? Yo lo echo de menos.»
—¿Y tú? —le pregunto.
—«Lilas de la tierra muerta, mezcla / memoria y deseo, despierta / raíces dormidas con lluvia primaveral. / El invierno nos cobijó en su abrigo, cubriendo / de nieve desganada la tierra, alimentando / una pequeña vida con tubérculos secos.»
—¿Te has aprendido La tierra baldía de memoria? —pregunto—. ¿En serio?
—Casi todo, sí. Cuando no puedo dormir, leo poesía. Me gusta memorizar los poemas.
—¿De verdad?
—Vale, ahora me estoy poniendo rojo. No me mires así, anda —dice, pero soy yo la que se ha ruborizado. Lo he estado mirando..., bueno, sí, admirada. El chico lee poesía. Por gusto.
Me voy a desmayar.
—Ya sé que no es muy normal.
Sonríe, y yo también; yo también sonrío. Mucho.
—No, qué va. Es genial.
Reprimo el impulso de tocarle el hombro. ¿Quién narices es este chico? Ya soy oficialmente Dri. Quiero todos los detalles.
—¿Tubérculos secos?
—Ya, ¿verdad? Porque a ver, ¿qué narices son los tubérculos secos?
Más tarde, estoy tumbada en la cama, con los pies apoyados en el borde curvado. Me pongo a chatear con Alguien.
Alguien: |
hoy estás muy callada. CÓMO TE HA IDO EL DÍA?? VAMOS!! |
Yo: |
Vaya, vaya. Pero si sabe usar las mayúsculas. Día = no del todo mal. ¿Y el tuyo? |
Alguien: |
pues bien, sí. |
Yo: |
Dime tres cosas que no sepa de ti. Bueno, aparte de cómo te llamas y todo lo demás, claro. |
Anda. Parece que mi tarde con Ethan me ha envalentonado. Me ha hecho más temeraria. Cuando nos despedimos, junto a mi coche, se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros, se balanceó sobre los talones y me dijo: «Hasta otra». Hasta otra. Dos palabras que suenan bien juntas. Las dos seguidas. Poéticas.
Alguien: |
vale. (1) sé hacer unos bocatas de queso fundido que están de rechupete. |
Yo: |
¿De rechupete? |
Alguien: |
sí, están tan buenos que justifican el uso de la expresión «de rechupete». (2) en sexto pasé por una fase Justin Timberlake que llamé JT. me ponía en plan: «eh, tío, qué tal, está JT en la radio». sí. era muy pesado. no fue mi mejor año. |
Yo: |
Lo confieso: yo todavía estoy pasando una fase Justin Timberlake. ¿Y 3? |
Alguien: |
no sé. a lo mejor me lo guardo para mí. |
Yo: |
Vamos, todo te lo guardas para ti. |
Alguien: |
dime tú tres cosas y entonces a lo mejor... |
Yo: |
(1) Tengo una teoría un poco rara sobre el universo en la que, en el fondo, no creo, pero me gusta darle vueltas de todos modos: somos pequeños e insignificantes, como hormigas, para otras especies más numerosas y complejas, y según mi teoría, eso explicaría más o menos todas las cosas raras y azarosas que pasan aquí en la Tierra, como los huracanes o el cáncer. Qué fuerte... No me puedo creer que te haya dicho eso. Nunca se lo había dicho a nadie. Ni siquiera a Scarlett. #quévergüenzamásgrande. |
Alguien: |
pues sí que es un poco rara tu teoría, sí, pero también me parece una teoría brillante. #impresionado |
Yo: |
¿A que sí? |
Alguien: |
busca en internet la paradoja de Fermi. vas a alucinar. y 2...? |
Yo: |
(2) me cuesta mucho recordar las tablas de multiplicar. Bueno, sé hacer cálculos y todo eso, ningún problema, pero las mates básicas se me dan fatal. |
Yo: |
Acabo de buscar Fermi en internet. ¿Cómo eres capaz de acordarte de una cosa así de repente, sin más? |
Alguien: |
no sé. yo soy así. 3... |
Yo: |
Tú solo me has dicho 2. |
Alguien: |
(3) me gustas. |
Yo: |
(3) Tú también me gustas. |
Mierda. Lo he vuelto a hacer. Le he dado a Enviar sin pensar. ¿Quién me gusta? ¿Quién es esa persona? No es mentira. Me gustan sus palabras. Me paso el día ansiosa por escribirle, por saber lo que piensa sobre las cosas. Pero eso de ir y decir «Me gustas», así, sin saber quién es, me parece una gilipollez, directamente; es evidente que no estamos en igualdad de condiciones: él sí sabe quién soy yo, seguramente sabe incluso dónde vivo. Estoy pidiendo a gritos una paliza cósmica. ¿Puedo retirar lo que he dicho? ¿Y cómo lo hago? ¿Y si hago como si nada y disfruto por un momento de que un chico se interese por mí? Y sí, ya sé que puedo parecer un poco ilusa, pero espero de verdad que Alguien sea un chico del Wood Valley y no una broma de mal gusto o alguna cosa rara en la que no haya pensado, como un poli que intenta atrapar a un pederasta en internet o algo así. Le gusto. Yo. Salvo quizá en sexto, cuando Leo Springer me pasó una notita que decía «¡¡¡Salgamos juntos!!!» y fue mi novio unas veintidós horas más o menos, porque pasé por alto la cantidad excesiva de signos de exclamación, pero no la cantidad excesiva de sudor en sus manos —cosa que luego me hizo sentir mal cuando supe que tenía un problema glandular grave—, no recuerdo ninguna otra vez en la que un chico me haya dicho algo parecido a «Me gustas». A la mierda. Voy a regodearme un rato.
No. Esto es demasiado raro. No me voy a regodear.
Estoy muerta de miedo.
Yo: |
Esto es muy raro. Ni siquiera sé QUIÉN ERES. Vamos a rebobinar, ¿vale? |
Alguien: |
¿a rebobinar desde «me gustas»? vale, no estoy seguro de qué significa eso. |
Alguien: |
«me gustas» en mi mundo significa que me pareces buena tía y todo eso. tranquila, que no te estoy pidiendo matrimonio. |
Yo: |
Cállate. Es que... Vale, olvídalo. |
Alguien: |
es que... qué? |
Yo: |
Que da igual. En serio, olvídalo. |
Alguien: |
vamos. dímelo. |
Yo: |
Pues que es raro que tú sepas quién soy yo y yo no sepa quién eres tú. Es injusto. |
Alguien: |
la vida es injusta. |
Yo: |
Vale. Lo que tú digas. Tengo que irme. |
Dejo el teléfono un segundo. Estoy enfadada. Desilusionada. O sea que no le gusto, solo piensa que soy buena tía y todo eso. No es que yo estuviera diciendo que piensa que soy lo mejor que le ha pasado en la vida. Es solo que... Era agradable gustarle a alguien, sea lo que sea eso.
Alguien: |
espera, oye. vuelve. lo siento. |
Yo: |
¿Y? |
Alguien: |
es que me gusta hablar contigo por aquí. así. lo decía en serio. me gustas de verdad. en la vida real, me pones nervioso, no sé... sería distinto si habláramos de verdad, cara a cara. y esto funciona, verdad? |
Yo: |
Sí. Pero... |
Alguien: |
te diré tres cosas más: (1) me gustan la música, los libros y los videojuegos más que las personas. las personas me hacen sentir incómodo. (2) cuando era pequeño dormía con una mantita, a la que llamaba... espera... mantita, y vale, lo confieso, aún duermo con ella. (3) hace un año era una persona completamente distinta. |
Yo: |
¿Por qué? ¿Quién eras? |
Alguien: |
feliz. o más feliz. más como todos. un poco más normal, si es que eso es ser algo. |
Yo: |
Y entonces... |
Una larga pausa. Espero.
Alguien: |
murió mi hermana. de repente. una larga historia. y ahora. bueno, ya sabes lo que es. |
Yo: |
Sí. |
Alguien: |
tu madre murió, verdad? puedo preguntártelo? |
Yo: |
¿Cómo lo sabes? |
Alguien: |
Theo. bueno, él no me lo dijo, pero alguien me dijo que eres su hermanastra, así que yo hice la deducción lógica. te ha molestado que te lo pregunte? es que parece que he perdido la noción de lo que se le puede decir a la gente y lo que no. |
Yo: |
No pasa nada. Por preguntar, quiero decir. El caso es que... bueno, no estoy bien. No sé. Es... |
Alguien: |
ya, lo es. |
Yo: |
Exacto. |
Alguien: |
cuánto tiempo hace? |
Yo: |
765 días, cinco horas y veintidós minutos. ¿Y tú? |
Alguien: |
196 días, una hora y tres minutos. |
Yo: |
¿Tú también los cuentas? |
Alguien: |
yo también los cuento. |
Pienso en la hermana de Alguien. No sé por qué, pero me imagino a una chica de doce años, con coletas, enferma. Pero, claro, todo eso está en mi imaginación. Tengo demasiadas preguntas: ¿cuántos años tenía?, ¿cómo murió? Aunque el caso es que ella ya no está. Eso es lo que importa. Una vez más, el «cómo» y el «cuántos» no son más que simples detalles.
En otro momento. Ahora no. Se lo preguntaré en otro momento.
Alguien: |
total, que ayer vi un arcoíris, y este maldito cacharro estaba sin batería de tanto chatear contigo, y era casi como si no hubiese habido ningún arcoíris porque no le saqué una foto. por favor, dime que tú también lo viste. |
Alguien: |
porque a veces pienso que me estoy volviendo loco. quiero saber con total seguridad que ocurrió de verdad. conoces esa sensación? |
Hago una pausa. Ayer, de camino al trabajo, llovió poco más de treinta segundos —la primera vez que vi llover desde que me mudé aquí— y luego las nubes se despejaron, y sí, Alguien tiene razón. Salió parte de un arcoíris que ocupaba la mitad del cielo, tan parecido a un arcoíris de verdad que me sentí un poco tonta, como si viviera en unos dibujos animados. Y me da vergüenza admitirlo, pero por un segundo pensé que era un mensaje de mi madre o que, de algún modo, era, inexplicablemente, ella misma. Le saqué una foto, pero no me molesté en subirla a Instagram. No quería que pareciera que quería ponerme en plan místico, porque no lo soy. Para nada. ¿Debería enviársela a Alguien?
Yo: |
Yo también lo vi. |
Encuentro la foto en mi móvil. Ni siquiera le hace falta filtro, porque, a diferencia de absolutamente todo lo demás, ese arcoíris es perfecto tal como es. Le doy a Enviar.
* * *
Mensaje entrante de Liam Sandler:
Liam: |
¿Podrías trabajar mañana después de clase? Tengo que ensayar con el grupo. |
Yo: |
Sí, ningún problema. |
Liam: |
Me has salvado la vida. |
* * *
Yo: |
¿Te has dado cuenta de cuántas de las expresiones que se usan a diario hablan de la muerte? Por ejemplo, ahora mismo, alguien acaba de decirme que le he salvado la vida. |
Alguien: |
sí. desde que, ya sabes... está en todas partes. está de muerte. mi madre me va a matar. me he muerto y estoy en el cielo. pero ¿sabes qué es lo peor? en cuanto alguien lo dice, me mira como pidiéndome perdón. como si fuera a ofenderme o a cabrearme o algo así. bueno ¿y a quién le has salvado la vida? |
Yo: |
Nada, que he dicho que sí a hacer horas extras en el trabajo. |
Alguien: |
todo un detalle por tu parte. |
Yo: |
No lo hago por amor al arte. Haría lo que fuera con tal de ganar algo más de pasta. |
Alguien: |
mmm... lo que fuera? |
* * *
Mensaje entrante de Ethan Marks:
Ethan: |
Del diccionario online: Tubérculo: «Excrecencia feculenta en cualquier parte de una planta; particularmente, en la parte subterránea del tallo, como la patata; capaz de producir una nueva planta». |
Un mensaje de Ethan. A las ocho de la tarde de un jueves. Lo que significa que estaba pensando en mí, porque no le mandas un mensaje a alguien sin pensar antes en ese alguien, ¿verdad? O a lo mejor estaba pensando en La tierra baldía, que no es exactamente lo mismo que pensar en mí, pero se le parece. Ahora el poema y yo estamos en el mismo plano. Eso ya me sirve. Es el típico análisis que haces de las cosas cuando estás coladita por alguien.
Aunque ese no es mi caso.
Yo: |
Ah. Tiene sentido, entonces. Toda esa parte del poema que habla de alimentar una nueva vida. |
Ethan: |
Pero ¿por qué están secos? |
Yo: |
No tengo ni idea. |
Ethan: |
Me gusta la palabra «tubérculo». Es un buen insulto. |
Yo: |
¿? Un ejemplo, por favor. |
Ethan: |
Gem y Crystal. Dos tubérculos totales. |
Aunque sé que Ethan oyó a Gem ponerse borde conmigo aquella primera vez —por supuesto, él fue el motivo de aquel traumático «¿Se puede saber qué miras?», aquello fue el desencadenante de la manía tan brutal que me tiene—, no sabía que también oye todas las gilipolleces que murmura entre dientes contra mí en las clases de literatura. Genial. Una cosa es que alguien se burle de ti sistemáticamente y otra muy distinta es saber que un chico guapo es testigo diario de ello.
Esta mañana el objetivo han sido las pegatinas que decoran la tapa de mi portátil. Scarlett me las regaló para mi cumpleaños el curso pasado y son muy chulas. Son, de hecho, los tatuajes que me haría si fuese la clase de persona que tiene lo que hay que tener para hacerse un tatuaje, cosa que decididamente no soy. Más bien soy la clase de persona que se ha pasado horas hablando de dichos tatuajes teóricos, a pesar del miedo que les tengo a las agujas y a los compromisos a largo plazo. De ahí, las pegatinas temporales e indoloras: dos personajes coreanos que Scarlett jura y perjura que dicen «Mejor amiga», la frase «Sé sincera contigo misma» en letra gótica y, por último, una serpiente, que no estaba en mi lista, pero que Scarlett añadió porque pensaba que debería ser más víbora, aunque solo sea en teoría. El comentario de calidad de Gem: «Seguro que ahí dice “pringada” en japonés».
Yo: |
Unos tubérculos secos totales. Y gracias. |
Ethan: |
¿Por qué? |
Yo: |
No sé. Por defenderme, supongo. |
Ethan: |
No lo he hecho. |
Yo: |
Pues vale. |
Ethan: |
No, es que no pareces la clase de chica que necesita que la defiendan. |
* * *
A Dri le ha gustado una foto en la que aparecéis tú y ella en Instagram.
Hago clic. Dri y yo en la mesa del almuerzo, Agnes fuera del encuadre. ¿Estaba recortada? No me acuerdo. Tal vez. Puede ser. Eso creo. No debería alegrarme, pero me alegro.
* * *
Scarlett: |
Ya sé que no me lo has preguntado, pero ya tengo vestido para la fiesta. AMARILLO FLUORESCENTE. |
Yo: |
Llamarás la atención, eso seguro. |
Scarlett: |
A mí no me hace falta un vestido para llamar la atención, bonita. |
Yo: |
¿Cómo está Adam? ¿De los nervios? |
Scarlett: |
Eso creo. Le están saliendo unos granos gigantes. No son simples espinillas, son cabezas blancas llenas de pus. Tengo que contenerme para no petárselos. |
Yo: |
Qué asco. |
Scarlett: |
Lástima que eso no cuente como servicios a la comunidad en el expediente académico. |
Lo confieso: saco una foto de la pantalla. Cuatro conversaciones a la vez. Cuatro personas distintas tienen algo que decirme. Vale, una era por trabajo, otra por unos deberes de literatura, otra es Scarlett, que no cuenta, y la otra es una conversación con alguien que ni siquiera sé quién es, pero, aun así, pienso contarlas todas. La prueba de que a lo mejor empiezo a tener algo parecido a una vida otra vez.