4

 

 

La tierra baldía, de T. S. Eliot. ¿Alguien lo ha leído? —pregunta la señora Pollack, mi nueva profesora de literatura. Nadie levanta la mano, incluida yo, aunque lo leí hace un par de años, en lo que ahora me parece como si fuera una vida anterior. Mi madre dejaba libros de poesía desperdigados por casa, como si formaran parte de alguna caza del tesoro, enrevesadas pistas diseminadas por todas partes que conducían a vete a saber qué. Cuando estaba aburrida, cogía libros de su mesilla de noche o de la pila que tenía junto a la bañera y los abría por una página al azar. Quería leer lo que hubiese subrayado o las notas ilegibles que hubiese garabateado en los márgenes. Muchas veces me preguntaba por qué una línea en concreto estaba señalada con amarillo desvaído.

Nunca se lo pregunté. ¿Por qué no se lo pregunté? Una de las peores cosas que tiene la muerte de alguien es recordar todas esas veces en que no le hiciste las preguntas necesarias, todas esas veces en que diste por sentado, como un idiota, que tendrías todo el tiempo del mundo para hacerlo. Y también: cómo todo ese tiempo no parece que sea mucho tiempo en absoluto. Lo que queda se te antoja algo fabricado de forma artificial. Los fantasmas sobreexpuestos de los recuerdos.

En La tierra baldía, mi madre había subrayado la primera frase y la había señalado con dos entusiastas asteriscos: «Abril es el mes más cruel».

¿Por qué abril es el mes más cruel? No estoy segura. Últimamente, a mí todos me parecen igual de crueles a su manera. Ahora estamos en septiembre: toca afilar los lápices. Un nuevo año y un año que no es nuevo en absoluto. Demasiado pronto y demasiado tarde para buenos propósitos y para empezar de cero.

Los libros de mi madre están empaquetados en cajas de cartón, enmoheciéndose en un trastero de alquiler en Chicago, el olor a papel transformado en olor a polvo y humedad. No me permito pensar en eso ni en el hecho de que toda la materia acaba desintegrándose. En que todos esos subrayados fueron una pérdida de tiempo.

—Es un poema de cuatrocientos treinta y cuatro versos. O sea que equivale a... ¿cuatrocientos treinta y cuatro tuits?

La profesora arranca una carcajada de la clase. Es joven —veintitantos quizá— y atractiva: mallas con estampado de leopardo, sandalias de cuña de cuero y top de seda que deja al descubierto sus hombros recubiertos de pecas. Viste mejor que yo. Es una de esas profesoras a la que todos los alumnos han decidido tácitamente dar su apoyo, puede que admirar incluso, puesto que su vida no parece tan lejos de la nuestra. Es una figura reconocible.

Mi primer día, me presentó al resto de la clase, pero no me hizo poner de pie y decir algo sobre mí, como habían hecho el resto de los profesores. Fue muy considerado por su parte ahorrarme esa humillación.

—Así que, chicos, que sepáis que La tierra baldía es un poema difícil. Muy, muy difícil. Vamos, como de nivel universitario de difícil, pero yo creo que estáis preparados. ¿Estáis preparados?

Se oyen algunos síes no muy convencidos. Yo no digo nada. No hace ninguna falta que exhiba mi vena empollona todavía.

—No, no. Podéis hacerlo mucho mejor. ¿Estáis preparados para este poema? —Entonces recibe unos gritos exaltados y entusiastas, lo cual no deja de impresionarme. Creía que aquí la gente solo se emocionaba con la ropa, las revistas de cotilleos y los viajes caros con los que adornar sus solicitudes de ingreso en la universidad. A lo mejor me había precipitado un poco juzgándolos a todos—. Muy bien, ahora os explicaré cómo lo vamos a hacer. Vais a trabajar en parejas y a lo largo de los dos próximos meses, una vez a la semana, abordaréis juntos este poema.

Oh, no, no, no, no. ¿Sabéis qué es lo único peor que ser la nueva en el instituto? Ser la nueva que tiene que buscar un compañero para trabajar en pareja. Mierda.

Paseo la mirada por la clase. Theo y Ashby están sentados delante, y está claro que Theo no va a ayudar a su hermanastra. Las dos rubias que se burlaron de mí antes se sientan a mi derecha. Resulta que se llaman Crystal (la rubia) y Gem (la más rubia), lo cual sería para partirse de risa si no fueran un par de cabronas. Miro a mi izquierda. La chica que tengo a mi lado lleva unas gafas negras grandes preciosas y muy modernas y unos vaqueros rotos; parece la clase de persona que habría sido amiga mía en Chicago. Pero antes de que se me ocurra una manera de preguntarle si quiere ser mi compañera, ya se ha vuelto hacia la persona que tiene al lado y han hecho todo el proceso de «Juntas, ¿vale?» sin ni siquiera intercambiar una palabra.

De pronto, toda la clase ya tiene pareja. Miro alrededor intentando no parecer muy desesperada, aunque hay un brillo suplicante en mi mirada. ¿Tendré que levantar la mano y decirle a la profe que no tengo pareja? «Por favor, Dios, no...» Pero justo cuando flexiono el brazo, lista para levantarlo en señal de derrota, alguien me da unos golpecitos en el hombro con un bolígrafo desde atrás. Lanzo un suspiro de alivio y me vuelvo. No me importa quién sea. A caballo regalado...

No puede ser.

Es Batman.

Se me hace un nudo en el estómago. Me hace una señal con la cabeza, como cuando Theo saluda a otro tío, pero esta vez no hay duda: es evidente que me está pidiendo que sea su compañera. Sus ojos azules son muy penetrantes, casi violentamente, como si no solo me estuviera mirando, sino también buceando en mi interior. Midiendo algo. Viendo si merece la pena malgastar su tiempo conmigo. Yo pestañeo, bajo la mirada, le devuelvo la misma señal con la cabeza y le dedico una levísima sonrisa a modo de agradecimiento. Me vuelvo a mirar delante de nuevo y tengo que usar toda mi fuerza de voluntad para no ponerme las manos en las mejillas para mitigar el acaloramiento.

Me paso el resto de la clase preguntándome por qué me habrá escogido Batman. ¿Tal vez parezco lista? Y si lo parezco, ¿significa eso que también tengo pinta de repelente? Repaso mentalmente mi vestuario: camisa de cuadros, vaqueros de Gap con el dobladillo arremangado, mis viejas Vans hechas polvo. Mi uniforme de Chicago, solo que sin la gruesa parka. No hay nada revelador en mi forma de vestir, sobre todo ahora que ya no llevo el coletero. Mi intuición me dice que, por la razón que sea, Batman simplemente ha decidido hacer una buena obra. Seguro que le he dado pena, ahí escaneando la clase con gesto ansioso en busca de una cara dispuesta a ser mi compañera, y encima después de que fuera testigo de cómo Gem se metía conmigo y de que yo misma hiciera el ridículo el primer día de clase. Hasta Ken Abernathy, quien según Alguien tiene un problema de gases, ha encontrado compañero inmediatamente.

Cuando suena el timbre, todos recogemos los portátiles —cómo no, soy la única que no tiene un ordenador ultrafino de última generación— y Batman se para delante de mi mesa y vuelve a mirarme con esos ojazos. ¿Son imaginaciones mías o veo un brillo de psicópata en ellos? No puede ser una mala persona. Escogerme a mí ha sido, de hecho, todo un detalle. Yo no recuerdo haberme tomado la molestia de hacerme amiga de ningún chico nuevo cuando vivía en Chicago. Guapo y bueno. Qué peligro...

Me doy cuenta justo a tiempo de que tengo que dejar de mirarlo como si tuviera monos en la cara y le hablo:

—Bueno, entonces ¿quieres que nos demos los números de teléfono o algo? —pregunto, odiando la entonación nerviosa de mi voz, que hace que me parezca demasiado a las chicas que revolotean a su alrededor a la hora del almuerzo. Pero lo que ocurre en realidad es que hacía ya varias semanas que no hablaba con nadie. Solo con Scarlett, y la mayoría de veces por whatsapp. Mi padre ha estado tan ocupado buscando un nuevo trabajo y pasando tiempo con su nueva esposa que apenas nos hemos visto. Además, de todos modos, ahora mismo no es mi persona favorita, ni mucho menos. No me gusta esta nueva versión de él, siempre distraído y casado con una extraña, obligándome a llevar una vida irreconocible sin tener ni voz ni voto al respecto.

Y eso es todo. La suma total de personas que quedan en mi mundo.

—No. Ya haré yo el trabajo y pondré los nombres de los dos.

El colega no espera a que le diga que estoy de acuerdo. Se limita a asentir con la cabeza de nuevo, como si le hubiese dicho que sí. Como si me hubiese preguntado y yo le hubiese contestado a una pregunta.

Vale. O sea que a lo mejor no es tan buena persona después de todo...

—Pero...

Pero ¿qué? «¿Que me moría de ganas de ser tu compañera? ¿Que me gustan tus ojazos de asesino en serie?» O peor aún: «¿Por favor?». El caso es que no acabo la frase, sino que bajo la vista hacia mi bandolera de piel, que me parecía muy chula hasta que llegué aquí y me di cuenta de que todos llevan una marca francesa muy sofisticada que sale en todas las canciones de rap.

—No te preocupes. Sacarás un diez.

Y acto seguido Batman se va tan rápido que parece como si todo hubiese sido producto de mi imaginación. La versión perversa de un superhéroe. Y me quedo sola recogiendo mis cosas, preguntándome cuándo volverá a hablarme alguien más.

 

Yo:

Las cosas irán mejor en algún momento, ¿no? Al final, todo irá mejor.

 

Scarlett:

Siento no ser de las que rebajan sus conversaciones con emojis, pero ahora mismo te mereces totalmente una carita sonriente. Sí, todo irá mejor.

 

Yo:

¡Ja! Es que... Da igual. Siento pasarme el día lloriqueando.

 

Scarlett:

Para eso estoy aquí. Oye, el e-mail ese que me reenviaste... Yo digo que te ha salido UN ADMIRADOR SECRETO.

 

Yo:

Has leído demasiadas novelas. Es una trampa. Y NO ME GRITES.

 

Scarlett:

Que no. No estoy diciendo que sea un vampiro. He dicho que tienes un admirador secreto. Segurísimo.

 

Yo:

¿Te apuestas algo a que no?

 

Scarlett:

A estas alturas ya deberías saber que siempre tengo razón. Es el único poder mágico que tengo.

 

Yo:

¿Y cuál es el mío?

 

Scarlett:

No se han encontrado resultados.

 

Yo:

Qué simpática. Muchas gracias.

 

Scarlett:

Era una bromaaa. Eres muy fuerte. Ese es tu superpoder.

 

Yo:

Tengo los brazos supertonificados de comer con ansiedad TODAS las galletas del mundo. De la mano a la boca, sin parar. Series de 323 repeticiones. Ejercicio duro, muy duro.

 

Scarlett:

Ahora en serio un segundo, J, ¿vale? Que seas fuerte no significa que no debas pedir ayuda a veces. No lo olvides. Yo estoy aquí SIEMPRE, pero a lo mejor te conviene aceptar ese ofrecimiento de alguien local.

 

Yo:

Ya. Bueno. Ufff. Gracias, doctora. ¡Te echo de menos!

 

Scarlett:

¡Yo también te echo de menos! Vete a escribirle a Alguien ahora mismo. ESPERA. ESPERA. Espera, dime la verdad: ¿hay alguien en tu insti con la cara muy, muy pálida?

 

Para: Alguien (alguien@gmail.com) imagen

De: Jessie A. Holmes (jesster567@gmail.com)

Asunto: Llamando a mi guía espiritual

Está bien, me rindo. Tienes razón. Este sitio es una zona de guerra, y no me vendría nada mal un poco de ayuda. Así que voy a ir en contra de mi propio instinto y a esperar en poder confiar en ti. ¿Sigue en pie lo de las preguntas? (Y si al final resulta que eres Deena, tú ganas. Me lo había tragado totalmente.)

 

Para: Jessie A. Holmes (jesster567@gmail.com) imagen

De: Alguien (alguien@gmail.com)

Asunto: a su servicio, madame

ahora has conseguido que me pique la curiosidad con esa tal Deena. te la tiene jurada o algo? mi oferta sigue en pie.

 

Para: Alguien (alguien@gmail.com) imagen

De: Jessie A. Holmes (jesster567@gmail.com)

Asunto: Prácticamente te estoy haciendo una reverencia

La historia de Deena no es especialmente interesante. La típica chorrada de chicas de instituto. Lo cual me recuerda: ¿dijiste que había una lista de gente de la que podía hacerme amiga? No quiero que parezca que estoy desesperada, pero no me vendrían mal algunos consejos en ese sentido.

 

¿qué es eso del día de la Comunidad del WV y qué les ocurrirá a los dedos de mis pies si los enseño?

 

y estas tarjetas tan raras del almuerzo, ¿vienen precargadas con $$ o qué?

 

Para: Jessie A. Holmes (jesster567@gmail.com) imagen

De: Alguien (alguien@gmail.com)

Asunto: dedos chop suey

empieza con Adrianna Sanchez. es muy tímida, así que no será ella la que dé el primer paso, pero es muy maja, lista y secretamente divertida cuando la conoces un poco más. No sé por qué, pero yo diría que podríais hacer buenas migas las dos.

 

es el día de los servicios comunitarios y colaboramos con la asociación Habitat for Humanity. sueltan a unos hámsteres, de ahí lo de llevar zapato cerrado. tus Vans te servirán. son muy chulas, por cierto.

 

no, no van precargadas. las máquinas de la cafetería solo aceptan billetes de diez, de veinte y tarjetas de crédito.

 

 

Vaya. A lo mejor Alguien me conoce mejor de lo que creía. Adrianna Sanchez es la chica de las gafas grandes que se sienta a mi lado en clase de literatura. La que me recuerda a mis amigas de Chicago. Me sonrojo al leer su cumplido sobre mis Vans. Soy una tonta.

 

 

Para: Alguien (alguien@gmail.com) imagen

De: Jessie A. Holmes (jesster567@gmail.com)

Asunto: El uno por ciento

¿Tarjetas de crédito? ¿En serio? ¿Aquí todo el mundo es rico o qué?

 

Para: Jessie A. Holmes (jesster567@gmail.com) imagen

De: Alguien (alguien@gmail.com)

Asunto: te llevo a dar una vuelta en mi G4

lo dices de coña, ¿no? tenemos un par de chicos con becas, pero este sitio cuesta un ojo de la cara y todo el mundo vive en un casoplón, como estoy seguro de que ya sabes. es lo que es.

 

 

Razón número 4.657 de por qué yo no encajo aquí. Mi padre no es ningún magnate de la industria del marketing cinematográfico —sea lo que sea eso—, sino que es farmacéutico. En Chicago no éramos pobres, ni mucho menos. Éramos lo que yo creía que era ser normal, pero ni mis amigas ni yo teníamos nuestras propias tarjetas de crédito. Yo hacía mis compras en Target o Goodwill con el dinero que tenía ahorrado y no nos comprábamos ni un café con leche de cinco dólares sin hacer primero los lamentables cálculos y descubrir que costaba casi una hora de paga en los trabajos que hacíamos al salir de clase.

Mis padres nunca habían mostrado demasiado interés por el dinero, la ropa o cualquiera de las tonterías de diseño que aquí son el pan nuestro de cada día. Nunca fui de las que pedían cosas de marca; ese nunca fue mi estilo, y si lo hubiese sido, estoy segura de que mi madre me habría soltado un buen sermón al respecto. No solo porque no podíamos permitirnos derrochar el dinero más que en algún que otro capricho ocasional, sino porque consideraba que las marcas comerciales y los accesorios meramente decorativos eran un despilfarro. Cosas tontas para gente tonta. A ella le interesaba mucho más emplear el dinero que mi padre y ella conseguían ahorrar para viajar a sitios interesantes o donarlo a buenas causas. «Las experiencias son preferibles a las cosas», solía decir siempre, y luego hablaba de algún estudio científico-social sobre el que había leído que demostraba definitivamente que el dinero no da la felicidad. Ojalá pudiese decir que yo siempre estaba de acuerdo con ella —recuerdo una pelea que tuvimos por culpa de un vestido que costaba doscientos dólares para el baile de octavo—, pero ahora me siento orgullosa de cómo me educaron, aunque eso signifique sentirme aún más extraña en la tierra extraña de esta escuela.

De pronto, la gratitud que sentía hacia Batman se convierte en furia. ¿Cómo se atreve a secuestrar mi nota del trabajo? A diferencia del resto de los alumnos de este instituto, yo espero conseguir una beca para ir a la universidad. No puedo confiar así, sin más, en su promesa de obtener la nota máxima. Además, ¿y si la señora Pollack descubre que no hemos trabajado juntos en realidad? Cuando me matriculé, tuve que firmar una declaración de compromiso. Técnicamente, dejar que él haga el trabajo solo podría considerarse hacer trampas y podría suponer una mancha en mi expediente.

Mañana tendré que armarme de valor para hablar con Batman y decirle que tendremos que trabajar juntos o que, de lo contrario, tendré que pedirle a la señora Pollack que me busque una nueva pareja. Odio tener que dedicar cinco horas al día a hacer deberes y encima tener que encontrar tiempo para un trabajo a tiempo parcial. Odio que Scarlett no esté aquí conmigo. Odio a Theo, que acaba de llegar a casa y que, aunque me ha visto sentada en el salón, ni siquiera ha tenido la cortesía de decir: «Hola. ¿Cómo te ha ido el día?». Odio incluso a mi padre —después de la muerte de mi madre, decidí que era mejor quererlo que sentir lástima por él—, por haberme traído aquí, por hacer que tenga que espabilarme yo sola. Además no hay manera de coincidir con él.

Mi madre se enfadaba cada vez que me oía pronunciar la palabra «odio». Decía que era una palabra propia de desagradecidos, que la gente utiliza sin pensar, y desde luego estaría furiosa conmigo por haberla empleado referida a mi padre; pero claro, una vez más, resulta que ella está muerta y que él se ha vuelto a casar con otra mujer. Estoy segura de que ahora ya no vale ninguna de las viejas reglas.

 

 

Para: Alguien (alguien@gmail.com) imagen

De: Jessie A. Holmes (jesster567@gmail.com)

Asunto: Y ahora una pequeña observación (y me quedo muy corta)

Eh, Guía Espiritual, no te lo tomes a mal, ni pienses que soy una desagradecida ni nada de eso, pero solo quería decirte una cosa: TU INSTITUTO ES UNA MIERDA.

 

Para: Jessie A. Holmes (jesster567@gmail.com) imagen

De: Alguien (alguien@gmail.com)

Asunto: menuda noticia. dime algo que no sepa

eh, que a mí no tienes que convencerme. y deja ya de gritar, anda, que me das dolor de cabeza.