24
Así que ha llegado el momento: es el día de la Comunidad de Wood Valley. Hago caso de Alguien y me pongo mis Vans, sobre todo porque no tengo nada que se parezca a unas botas de trabajo y hace demasiado calor para mis botas de invierno, que son cómodas y tan feas que sin duda Gem lloraría de gusto al ver cómo yo misma me convierto en un blanco tan fácil. Llevo la vieja camiseta de mi madre de la Universidad de Illinois, la que se ha lavado tantas veces que las letras se están destiñendo, y unos vaqueros rotos, y me he recogido el pelo en una cola de caballo. No voy nada elegante, pero imagino que un día dedicado al trabajo físico/servicios a la comunidad no requiere ir vestido de etiqueta, ni siquiera en Wood Valley. Me pongo un poco de corrector en el puente de la nariz para tapar el morado. He aprendido la lección: nada de rímel.
Hoy el instituto está cerrado; en lugar de ir a clase como siempre, se supone que tenemos que presentarnos en la sede de la ONG Habitat for Humanity. Por una vez Theo ha querido que vayamos juntos en el coche porque tenía miedo de perderse y que lo secuestraran, aunque este barrio no parece muy distinto del barrio donde me crié. Pero, por lo visto, aquí necesitan desesperadamente a doscientos niños ricos que nunca en su vida se han acercado a un taladro eléctrico.
Se supone que tenemos que construir el armazón de una casa. No se puede decir que quien ha tenido la idea haya estado muy brillante.
Gem está aquí. Porque está en todas partes, ella y Crystal, y yo no puedo hacer nada con su omnipresencia. Lleva un top escotadísimo y debajo un sujetador deportivo, que es una de esas cosas que no deberían existir, pero por las que el uno por ciento de la población está dispuesto a pagar cantidades inmensas de dinero igualmente. En el top lleva estampadas las palabras —y no es broma—: VIDA + PERRA.
Y aunque es un sitio muy grande —en este solar se va a construir una casa entera—, por algún motivo Gem se ve atraída hacia aquello que odia y va y me encuentra a mí. Pasa rozando por mi lado, tan cerca que no debería sorprenderme cuando noto que su hombro impacta contra el mío. Y a pesar de eso, me sorprendo. El dolor es intenso y profundo, e imagino que a ella le ha dolido tanto como a mí.
Puede que incluso más, teniendo en cuenta lo huesuda que es.
—¿Se puede saber qué haces? —suelta, escandalosamente indignada. Theo y yo acabamos de llegar, así que aún no he tenido tiempo de encontrar a mis amigas, para rodearme al menos de mi equipo de chicas completamente inútil. Aunque Dri y Agnes no puedan hacer nada, me siento mejor con ellas cerca.
¿Qué quiere Gem de mí? ¿Que le monte una escena? ¿Que le dé un puñetazo? ¿Verme llorar?
¿O estoy dándole justo lo que quiere quedándome aquí como un pasmarote y mirándola boquiabierta? No me salen las palabras, ni siquiera esas fáciles que le gusta tirarme a la cara.
—No me lo puedo creer —dice Theo, y al principio creo que me lo está diciendo a mí y me siento tan sola que me dan ganas de echarme a llorar en ese mismo instante. Para darles por fin lo que quieren—. Como vuelvas a tocar a Jessie, te juro que te hago pedazos.
Está dirigiéndose a Gem de forma amenazadora al tiempo que la señala con el dedo. Aun vestido con su propia versión de atuendo para el día de los servicios a la comunidad —camisa de franela de leñador, vaqueros de marca y unas Timberland inmaculadas y con los cordones desatados a propósito—, no parece hablar en broma. Ella se lo queda mirando fijamente y le veo el chicle dentro de la boca mientras sigue masticándolo.
—Parpadea una vez para que sepa que has entendido lo que acabo de decirte —dice mi hermanastro.
—Paso de tu rollo —contesta Gem, justo cuando Liam se acerca a nosotros, alegre y despreocupado, interceptándole el paso.
—Hola, chicos. Feliz día de la Comunidad de Wood Valley.
Nos sonríe a todos, a mí, como si lo de ayer no hubiese pasado. Y como si todo esto fuera la mar de divertido, pasar la mañana fuera entre «amigos». Ya lleva un martillo en la mano, listo para ponerse manos a la obra. Casi estoy oyendo la voz de su madre alabando su actitud «decidida». Sobre el escenario, parece una estrella de rock. Ahora mismo parece un boy scout con una colección de granos en la barbilla. No soy especialmente fan de ninguno de los dos looks, pero... ¿dónde está Dri? Ella sí disfrutaría de lo lindo.
—Liam, a ver si mantienes a raya a tu chica, ¿vale? —le pide Theo, y se va, porque él ya ha hecho su trabajo, imagino, y aunque le agradezco el apoyo, siento que me muero de vergüenza. Y me quedo ahí plantada, como una idiota.
—¿De qué habla? —le pregunta Liam a Gem, pero entonces me doy cuenta de que está mirándome a mí en realidad.
—No es nada —contesto, y veo a Caleb al otro lado del césped, con su móvil. A la mierda. Pensaba mandarle un mensaje a Alguien (porque eso siempre me anima), pero ya que estoy aquí, mejor hablar con él. Estoy demasiado hecha polvo para toda esa tontería del anonimato. También se me ocurre que en ese momento tal vez Caleb sea la única persona de este lugar que sabe lo que está haciendo. Al fin y al cabo, él construyó una escuela—. Hasta luego, Liam.
Atravieso el césped y me parece oír vagamente a Gem y a Liam empezar a discutir.
—Hola, ¿qué tal? —saludo, una vez delante de Caleb. En lugar de su uniforme habitual, lleva una sudadera de la USC y unos vaqueros manchados de pintura, una gorra de béisbol que le tapa casi toda la cara, como si quisiera disimular su buena presencia. Sigue siendo el muñeco de Ken, solo que en la versión albañil—. Tú siempre con el móvil.
Le sonrío, es lo más parecido a coquetear que sé hacer, que es otra forma de hablar con segundas, supongo. Espero que no se fije en mis morados.
—Sí —dice—. Por suerte, Liam lo encontró en la fiesta. No sé cómo habría sobrevivido sin él.
—Ufff, menudo susto... —digo, pasándome la mano por la frente exageradamente. Parezco imbécil.
—Sobre lo de tomar un café juntos un día... —comenta.
—Como te dije, no tenemos por qué hacerlo. Yo solo... —Me dan ganas de decirle: «Me gusta hablar contigo todos los días. Me encanta esperar que me cuentes tres cosas íntimas. Pienso en ti. Mucho. Hagamos esto realidad».
Pero naturalmente no se lo digo. Por la razón que sea, él prefiere mantener levantado el muro virtual.
—No, me gustaría mucho, en serio. Será divertido enseñarle a una novata cómo funcionan las cosas aquí. ¿Qué te parece el jueves después de clase?
—Vale.
—Ah, pues guay —dice, despidiéndose de mí otra vez con el móvil, esa señal tan rara para indicar que ya chatearemos luego.
Me sienta un poco mal que se despida de mí así —está claro que no le apetece quedarse hablando conmigo—, pero al cabo de un minuto tengo un mensaje en el móvil.
Alguien: |
salvando el mundo con un millón de clavos. |
Yo: |
Esta noche me iré a dormir con la seguridad de haber hecho ya mi buena obra del año. |
Alguien: |
tu sarcasmo es enternecedor. |
Yo: |
¿De verdad? |
Alguien: |
sí, sí que lo es. |
Dri me abraza como si no nos hubiésemos visto hace menos de veinticuatro horas y como si no me hubiese enviado diez mensajes anoche para asegurarse de que estaba bien. Es evidente que siente remordimientos por no haberme ayudado ayer, pero ¿qué podría haber hecho? Fui yo la que se dejó poner la zancadilla.
—Me encanta el día de la Comunidad. Preferiría mil veces hacer esto en lugar de ir a clase todos los días —admite entrecerrando los ojos para mirar a Liam, que está subido a una escalera, ya sin camisa, exhibiendo una impresionante seudotableta de abdominales y un buen puñado de lunares en el cuerpo—. No está nada mal la vista.
—Sí, ya lo sé. Es monotemática, la pobre —dice Agnes con una expresión de disculpa—. Me he enterado de todo el drama con Gem de ayer. Lo siento mucho. ¿Quieres que le patee el culo?
—Sería un espectáculo muy divertido, pero no, gracias. —Pienso en toda la gente que me ha ofrecido pegarse con alguien por mí desde que me vine a vivir aquí y me siento agradecida. Aunque sería preferible no tener la necesidad de que alguien me defendiese, la verdad es que es bonito saber que hay gente cubriéndote las espaldas—. De hecho, hoy Theo ha sido mi caballero de brillante armadura.
—¿En serio? ¿Theo? —pregunta Dri.
—Pues sí. Yo estoy tan alucinada como tú.
—Vaya, vaya... La familia es lo primero —dice Agnes.
—Puede que sí. —Miro a Theo, que ha encontrado a Ashby (ya no lleva el pelo rosa, ahora lo lleva de un blanco albino chillón); están riéndose en la orilla del perímetro de la obra, con un desinterés total por participar en el programa del día. De hecho, estoy casi segura de que se está liando un pedazo de porro.
El almuerzo es un bufet libre con comida abundante ofrecida en bandejas de aluminio sobre quemadores encendidos. Nada de horteradas de bolsas con el almuerzo. Es casi como si Gloria estuviese aquí, tal vez la contribución de Rachel al día de la Comunidad de Wood Valley. Pero no, resulta que el padre de Gem es el artífice de todo. Incluso hay una tarjeta en una mesa que dice: ¡GRACIAS A LA FAMILIA CARTER POR ESTE FESTÍN DE COMIDA ECOLÓGICA!
Mierda. Me pregunto si eso significa que no puedo comer nada.
—Tranqui. No dejes que ella te corte el rollo —dice Ethan, y la impresión es mayúscula, tanto por el susto por no haberme dado cuenta de que lo tenía detrás como por el hecho de que me haya leído el pensamiento.
—Ya sé que es una tontería, pero aun así...
—No. No es ninguna tontería, pero si está todo tan bueno como el año pasado, te prometo que no querrás perdértelo. Ni siquiera por una cuestión de orgullo.
—No es por orgullo. Es porque no quiero darle otro motivo para que se me eche encima.
—¿En serio? Te creía mucho más dura —comenta, y coge dos platos para llenarlos de comida. Me da uno.
—¿Qué te hace pensar que soy una chica dura? —pregunto.
Se encoge de hombros y me hace una seña para que lo siga, así que naturalmente eso es justo lo que hago. Me he dado cuenta de que Ethan tiene la habilidad de llegar a un sitio y hacerlo suyo, e incluso ya ha conseguido hacerlo aquí, a pesar de que solo vamos a pasar un día en este solar. Se sienta en el suelo, detrás de la pared a medio construir de la futura cocina y a la sombra de un árbol cargado de pomelos. Estamos alejados del resto de nuestra clase, y aunque no estamos muy escondidos, a nadie se le ocurriría mirar en esa dirección.
—Oye, una cosa. Perdona por lo de ayer —se disculpa.
—¿Por qué? Si tú no hiciste nada... —contesto. Lo imito y me pongo a comer yo también. Tiene razón: la comida está riquísima. Hamburguesas con un queso que no es amarillo ni está procesado y que es muy probable que tenga un nombre francés que soy incapaz de pronunciar. Y la hamburguesa se parece a una hamburguesa solo en la forma. Ternera de Kobe, según la bandera minúscula que lleva plantada en el centro, como si esa denominación fuese un pequeño paso para un hombre, pero un gran salto para la humanidad.
«Vida + perra», y una mierda.
«Es el mundo de Gem —pienso, no por primera vez—. El resto de nosotros tenemos la suerte de vivir en él.»
—Precisamente por eso. Me quedé sentado sin hacer nada, oyendo a esas chicas decir gilipolleces y haciendo como que no las oía, porque era todo tan estúpido que no me parecía que valiese la pena. Pero no sé... Debería haber dicho algo. Y ojalá la hubiese visto ponerte la zancadilla.
—No tienes ninguna obligación de protegerme —digo, llevándome la mano al morado instintivamente.
—Es igual. Debería haberlo hecho. ¿Te duele? —pregunta, y levanta la mano como para tocarme la cara, pero lo piensa mejor y vuelve a dejarla donde estaba.
—Sí, un poco.
—Tú mereces... No sé... —Ethan se encoge de hombros, y por un momento me parece verlo sonrojarse. Oigo las voces de Agnes y Dri en mi cabeza: «Está algo dañado. Nunca ha salido con nadie del instituto»—. No te mereces eso.
—¿Sabes qué me merezco? Un diez en el trabajo de literatura —digo, y Gem puede irse a la mierda, porque Ethan y yo brindamos con nuestras hamburguesas gourmet.
—Gracias —le digo a Theo más tarde, en el camino de vuelta a casa, mientras pasamos por calles de casitas pequeñas y minisupermercados con carteles en coreano, túneles de lavado de coches y un amplio surtido de franquicias de comida rápida. Un millón de hamburguesas de ternera que no es de Kobe de entre las que escoger.
—No hay de qué.
—Bueno, pues te lo agradezco. No tenías por qué hacerlo.
Finjo estar sumamente concentrada mientras doblo a la izquierda en un cruce peliagudo, pero en el fondo toda esta situación me da vergüenza. Ese «gracias» es casi como un «lo siento», aunque no estoy del todo segura de por qué. Últimamente tengo la sensación de que mi existencia es una carga para los demás.
—Gem me llamó «maricón» una vez —me confiesa, en voz tan baja al principio que no estoy segura de haberlo oído bien.
—¿En serio?
—Sí. Fue hace un millón de años y era la primera vez que oía esa palabra, así que me fui a casa y lo hablé con mi padre. De hecho, le dije algo así como: «Papá, ¿qué es un maricón?».
Mira por la ventanilla, con la mano apoyada en el cristal, como si fuera un niño atrapado en un viaje por carretera muy largo, desesperado por establecer contacto humano con los otros pasajeros que circulan por la autopista.
No hay nada más solitario que una mano en el cristal. Tal vez porque es muy raro que encuentre otra mano al otro lado.
—¿Qué te dijo tu padre?
Siento curiosidad por el padre de Theo, por saber cuál es el tipo de Rachel en cuestión de hombres. Me lo imagino más grandullón que mi padre y también más guapo, vestido con camisas con jugadores de polo en miniatura y pantalones de algodón fino planchados por Gloria. No hay ninguna foto suya en la casa, porque sería un poco raro, pero entonces caigo en la cuenta de que no hay muchas fotos, así, en general. Como si Theo hubiese llegado a la edad semiadulta en su forma y su tamaño actual, no hay nada que demuestre que fuese un bebé con hoyuelos en un pasado remoto.
Las paredes de mi antigua casa estaban repletas de fotos de mi familia. Todas mis fotos del colegio estaban enmarcadas y colgadas por orden cronológico, incluso en las que salía con los ojos rojos o con una coleta desgreñada, o en esa fase tan horrenda y humillante en la que aparecía con aparatos en los dientes y todavía con la grasilla infantil. Mi propia cronología personal en las escaleras al piso de arriba.
¿Quién sabe? A lo mejor Rachel piensa que las fotos de familia, como el color, se dan de tortas con su decoración.
—Mi padre estuvo genial, la verdad. Dijo que no es una buena palabra, que hay palabras mejores para los chicos a los que les gustan otros chicos, y dijo que no pasaba nada si algún día yo también decidía que me gustaban los chicos y que no pasaba nada si decidía lo contrario. Que él me quería igual, fuera como fuese... —A Theo se le quiebra la voz. Yo no le miro, mantengo la mirada fija en la carretera. Espero a que continúe—. Tuve mucha suerte. Vaya, que no me hizo falta tener que confesárselo a mis padres, ellos lo supieron desde siempre, y siempre les pareció bien. Ni siquiera bien, mejor que bien. No era algo que tuviesen que juzgar, en absoluto. Simplemente, yo era así. Como tener el pelo castaño.
—Por lo que dices, tu padre tenía que ser muy guay.
Theo asiente.
—¿Has pensado alguna vez que ojalá hubiese sido al contrario? —me pregunta.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir desear que hubiese sido tu padre en vez de tu madre.
—Si te soy sincera, todos los días.
—A mi madre le rompería el corazón, literalmente, si me oyera decir esto, pero es que él me entendía, ¿sabes? Él lo entendía todo. Absolutamente todo.
—Mi padre sabe que los intercambiaría si pudiera, creo. A lo mejor por eso es por lo que ya no quiere pasar tiempo conmigo. Porque me lo ve en la cara.
En el preciso instante en que pronuncio esas palabras, me doy cuenta de que eso no es cierto del todo. Simplemente creo que Rachel le parece más interesante.
Mi madre se puso enferma justo en el momento en que se suponía que yo tenía que dejar de querer pasar tiempo con mis padres —cuando su atención supuestamente se tenía que convertir en presión y agobio para mi yo adolescente—, y sin embargo eso nunca sucedió. No es solo que quisiera a mi madre, es que me caía muy bien. Y a pesar de que ella solo estaba obligada genéticamente a quererme, estoy segura de que yo a ella también le caía bien.
—A lo mejor le recuerdas a tu madre y está intentando superarlo y pasar página —dice Theo. Es muy tierno verlo defender a mi padre.
—Puede ser —contesto, pero no creo que eso sea del todo cierto tampoco. Mi madre y yo no nos parecíamos en nada, ni en forma de ser ni físicamente. Ella era valiente y un poco bocazas, en eso se parecía más a Scarlett que a mí. Y solía bromear diciendo que nunca habría creído que yo era hija suya (éramos físicamente opuestas en todos los sentidos) de no haberme visto salir de ella con sus propios ojos.
A mi padre no le recuerdo a mi madre, eso lo sé, pero por primera vez me pregunto si no nos cambiaría a nosotras también —a mí por mi madre—, si pudiera hacerlo.
—Ethan y tú sois amigos, ¿verdad? —pregunta Theo, aparentemente sin venir a cuento, aunque me alegro de cambiar de tema, la verdad. No quiero pensar en mis padres. En el poco control que tenemos sobre nuestras propias vidas.
—Sí, supongo. Más o menos. No sé.
—Os he visto almorzando juntos.
—Estamos haciendo un trabajo juntos para clase. El rollo de La tierra baldía.
—Ah, vale. Porque no es por ponerme en plan hermano mayor contigo...
—Sobre todo porque estoy segura de que yo soy mayor que tú —contesto.
—Lo que tú digas. El caso es que ten cuidado con él. No es mi intención echarle mierda encima ni nada de eso, pero tengo la sensación de que es... un tío problemático.
—¿En plan Taylor Swift? ¿O lo dices en serio?
«Dañado» fue la palabra que usó Dri, un adjetivo que me recuerda a un iPhone defectuoso.
—No sé. Tal vez solo sean rumores, pero creo que podría estar metido en alguna mierda de las gordas. Como su hermano.
—¿Qué quieres decir? ¿Estás hablando de drogas?
El hermano de Ethan debe de ser mayor y se habrá ido ya de casa. Nunca me ha hablado de él. Es curioso que, como no tengo hermanos ni tampoco tíos carnales (mis padres eran hijos únicos los dos), siempre me olvido de los hermanos de los demás. Simplemente, me parece algo antinatural que una familia se componga de más de tres miembros y tenga otra forma distinta de un triángulo; aunque ahora que lo pienso, la mía es ahora bidimensional: una línea.
—Sí.
—No creo que Ethan ande metiéndose droga.
Naturalmente, no tengo ninguna base para defenderlo. No sé lo que hace ni adónde va. Solo esta semana, ya van tres veces que lo he visto yéndose del instituto antes del almuerzo y volviendo justo a tiempo para clase de literatura. Vuelve aturdido y como ensimismado, aunque siempre parece aturdido y ensimismado. Pero encima del escenario parecía un completo desconocido, alguien perfectamente capaz de pasarse los días y las noches metiéndose un chute de algo.
—Ojalá tengas razón. Aunque siempre parece un poco pasado de vueltas, y su familia está tan jodida... Ni te lo imaginas.
—Estoy muy cansada de la curva de aprendizaje de Wood Valley —digo, preguntándome lo distinto que sería todo (lo distinta que sería yo) si hubiese crecido allí con aquellas personas, si hubiese conocido a sus familias y sus historias y todas sus fases chungas tan bien como me sé las mías. Es muy poco práctico eso de tener que estar poniéndose al día continuamente.
—Solo te digo que vayas con cuidado, eso es todo —concluye Theo.
Pienso en los ojos de Ethan —en las bolsas de púrpura brillante que los rodean, las pestañas hinchadas, el centro azul intenso— y me pregunto si seré capaz de ir con cuidado. Porque pienso en esos ojos, bien abiertos y mirándome, cerrados y dormidos en la fiesta de Gem; pienso en sus manos preparándome un plato de comida, casi tocándome la cara magullada, y lo único que pienso es cuánto me gustaría besar todo eso: sus ojos, y sus manos también.
Todo él.
Todas sus partes defectuosas. Todo él.