Capítulo 9

—CÓMO no voy a conocer a Juan Cruz, acá lo conocemos todos, es el héroe de Mar Calmo. En la entrada del Palacio Municipal hay una foto de él, ¿no la vio recién?, dice: “Nuestro héroe”, está abajo de la galería de ex intendentes; yo estoy varias veces, ¿sabe?, de joven y de viejo, un orgullo, del 79 al 83 comisionado, y después intendente de la democracia reelecto desde 1991, pero si no la vio capaz la taparon las plantas que mi secretaria pone ahí para que el pasillo no sea tan gris; en la escuela hay otra foto igual y esa sí está bien a la vista, arriba de la puerta principal, nuestro querido Juan Cruz, un verdadero héroe nacido y criado en Mar Calmo.

—Sabe, doña Ana, qué me llama la atención en el diario de Juan Cruz, que estando en el medio del mar extrañara tanto el mar. ¿Hay un poco más de mate cocido?, debe hacer veinte años que no tomo y está riquísimo.

—Ahora le traigo, señorita Figueroa, es que a Juan Cruz le gustaba su mar, el que Pancho le había enseñado, usted tendría que venir a Mar Calmo, capaz puede empezar por ahí a buscar, uno nunca sabe, de afuera las cosas se ven distintas y quizás a mí se me pasó algo, además me encantaría que viniera a mi casa.

—¿¡Qué mierda pasó, Arrechea!? ¿¡Por qué no me avisaste!? ¡Quedamos en que yo lo arreglaba!

—No pude hacer nada, Diva, si no somos nosotros son otros y un juicio. El director me mandó dos veces a la mierda por bancarte. Tomate tu café, calmate y escuchame.

—Acá tiene otra taza calentita, señorita Figueroa.

Ese domingo, señora, me desperté casi al mediodía y aunque le parezca una exageración, encontré a doña Ana aún sentada junto a mi cama, en la misma silla en que la había dejado cuando la noche anterior la fiebre me había sumergido en un sueño de pesadillas. Me dio gusto verla ahí, con las manos sobre la falda, una sensación de continuidad que me hizo sentir agradecida y al mismo tiempo incómoda; son los años de soledad, señora, que cuando uno está acompañado provocan un sentimiento parecido a la culpa. Capaz aquí en Madrid no sea para tanto, pero de donde yo vengo la falta de amigos o de familia es la forma más común de destierro, en la Argentina nadie confía en las personas sin familia o sin amigos, es una de las grandes vergüenzas nacionales, algo deben haber hecho para estar solos y, le digo la verdad, señora, si uno indaga en los pasados, no hay solitarios inocentes en la Argentina; cuando más quedan al descubierto son los fines de semana, sobre todo los domingos al mediodía, las calles se vacían y solo caminan medio cabizbajos los que no tienen a dónde ir ni con quién estar. Yo nunca salgo de mi departamento los domingos, soy de las solitarias que se atrincheran a que pase el tiempo, hasta que todo vuelva a funcionar para disimularme en la marea de los lunes. ¿Que por qué soy tan dura conmigo, mujer, me pregunta usted, señora? Créame que no lo soy, póngale que hablo desde la objetividad del periodismo, si quiere. Como sea, ese domingo abrí los ojos y encontré a doña Ana sentada junto a mi cama. El cuarto estaba oscurecido así que no me di cuenta de que dormía como duermen muchos ancianos en los bancos de las plazas, con la cabeza hacia adelante, inmóviles, respirando tan brevemente y en silencio que asuntan.

—De chica me encantaba el mate cocido, más que el café con leche o cualquier otra cosa.

—¿En serio, señorita? Acá en la Capital, mate cocido...

—En la Capital no, en mi ciudad, pero fue hace mil años, doña Ana, no importa. ¿Queda muy lejos Mar Calmo? ¿Se puede ir y volver en el día?

—Supongo que sí, señorita Figueroa, son cuatro o cinco horas en micro. Pero mejor dormir allá una noche, mi casa es calentita, por la ventana se ve el mar y con viento sur parece que se le mete adentro de la casa. Eso le gustaba a Juan Cruz, tanto que muchas veces pasaba la noche ahí, tirado en el sillón, en vez de dormir en la cama que le hizo Pancho.

...cuando le digo al Tucumano que a veces el mar en casa se me mete al cuarto me dice que ni loco viene a visitarme, que ya tiene bastante mar para toda su vida, Patricio sí que se viene, ya quedamos que este verano pasa unos días así lo llevo a pescar, no entiende mucho de pesca pero dice que le encanta, que algunas veces fue al río con la lancha de un amigo del padre y se divirtió sacando palometas y dorados, me dio gracia eso de divertirse pescando, la diversión está abajo de la lancha Patito, le dije, arriba es trabajo, pero bueno cada uno se divierte como quiere, igual creo que el Tucumano va a terminar viniendo este verano, ojalá porque el negrito es simpático cuando no anda lanzando cosas de la boca, yo trato de convencerlo con que el mar de allá es distinto, que hay días que es como navegar en el campo, ni una ola, agua calentita, y que cuando se viene la sudestada podés rajar a la costa, te parás en la ventana y mirás las olas de espuma que te pegan ahí nomás de la casa y eso no se puede ver en otro lado, pero por ahora le hablás de mar y vomita, así que lo busco por el lado del asado, el cordero y los bailes, por ese lado pica el Tucumano, igual nosotros vamos a andar ocupados este verano ¿no?, a puro pañal más que a asaditos, pero no importa, que se vengan igual... ah, el pibito dice que no lo dejemos afuera, me hace reír, es un nene, y pobre del hermano que le anda atrás todo el día para que no meta la pata...

—¿Le hago traer más café? Una periodista como usted no viene todos los días a Mar Calmo, sabe, acá hay movileros, todos buscamangos, garroneros, ¿me entiende?, que viven de lo que paga la comuna y me ponen el grabador, ¿señor intendente, tiene algo para decir?, eso no es periodismo en democracia, a mí me sirve, pero no es periodismo como el suyo, que investiga, aunque todo el mundo se equivoque, ¿no?, ¿más café o mate?

—Están todos en la joda para cagarte y cagarnos, Diva, todos menos el pelado ese de Ibarguren, lo tienen agarrado con algo, creé en mi olfato, no es mal tipo, está todo armado y a ese lo obligaron a presionarnos...

—¿¡Entonces, por qué no me bancan, Arrechea, en vez de soltarme la mano!?

—El director está muy caliente, Diva. Dijo que vos nos pusiste en jaque mate. ¡Ojo! Yo estoy igual de caliente, pero te banco, aunque francamente... El dire, no. Dijo: ¡hundidos!

Me quedé mirando a doña Ana desde la cama, aunque no estoy segura por qué. En realidad, señora, al principio me dio un poco de impresión y no quise ni moverme, capaz por la idea de que no estuviera respirando, pero después descubrí que su pecho se movía, sí, así, como se mueve el pecho de los ancianos dormidos, son pajarillos, tiene razón usted, digo, descubrí que respiraba pero igual me quedé observándola, era una mujer mucho más pequeña que como la había visto siempre y más débil, la vi mucho más débil incluso que el primer día que la conocí, cuando se desmayó de cansancio en el diario, pequeña, empequeñecida por los años y aún con voluntad de buscar a alguien, de no vivir sola, de hacerse responsable, pensé y otra vez se me aceleró la culpa por mí misma, señora, ¿alguna vez le pasó?, tratar de olvidarse de usted, que no, mujer, que gracias a la Virgen no, tiene suerte, yo no puedo evitarlo, una vez que empieza tengo que huir de alguna manera y estaba a punto de hacerlo, salir de la cama, ducharme, ponerme a leer, o algo, cuando doña Ana lloró dormida, digo mal, no lloró, más bien fue un gemido dentro de un ahogo de angustia de esos que sobrevienen después de haber llorado, cuando ya no quedan más lágrimas; había silencio en el cuarto y fue como si esa pena quedara flotando entre las olas del aire oscurecido que nos rodeaban; después murmuró algo incomprensible, una conversación soñada que por alguna razón imaginé de despedida, aunque pudo haber sido cualquier cosa, por supuesto. Como sea, ese domingo fue la primera vez que pensé en doña Ana como alguien que había sufrido mucho; hasta ese momento, para mí doña Ana había sido una racionalización, como un estereotipo: esa mujer sola detrás de la ilusión de recuperar un hijo bajo la forma de un nieto, era apenas alguien con una necesidad de compañía por la que estaba dispuesta a hacer sacrificios y a insistir, pero nunca la había imaginado de carne y hueso, sufriendo, llorando, gritando de pena, a moco tendido, quebrada sobre la cama de Juan Cruz, sin comer, rodeada de gente que no le servía para nada, una sombra que casi se hunde de tristeza, como me contó ella misma después. Fue aquel gemido ahogado que se le escapó dormida el que me dio la dimensión del sufrimiento de doña Ana, señora, o, mejor dicho, la dimensión de doña Ana, porque ese pajarillo frágil, como usted la llamó, había sobrevivido a un naufragio infinitamente más difícil que cualquier otro que yo hubiera conocido, imagínese un segundo, señora, que todo lo que usted tiene, la razón de su vida, aquello por lo que se levanta y acuesta, aquello que le costó veinte años conseguir, desaparece de pronto y cada día el lugar donde usted perdió todo le golpea su ventana, como un recuerdo embravecido. ¿Sabe una cosa? Mar Calmo mira al sur, justo al sur, está en una pancita que hace la costa argentina, de modo que doña Ana vive exactamente de cara al horizonte por donde su hijo desapareció y, sin embargo, salió a flote, sí, tiene razón, un pajarillo muy fuerte, tiene razón, señora.

—Además, señorita, ¿no anda necesitando descansar un poco de tanto trabajo? Ya le dije que tengo buen ojo y usted no tiene la mejor cara; nos vamos juntas. Yo le muestro el pueblo y usted averigua, mira un poco por ahí, no sé, descansa.

—Tengo que trabajar, doña Ana.

—El próximo fin de semana, si quiere. El domingo a la noche estamos de vuelta. Algo debe haber en el pueblo que nos sirva, señorita Figueroa, y estoy segura de que usted lo va a descubrir.

—¿Como qué, doña Ana? ¿Qué es lo que cree que yo puedo ver que usted en veinte años no pudo? Lo dice muy convencida pero es difícil, créame, las cosas no suelen ser tan complicadas.

—Algo, algo, algo.

—Es mucho más lógico pensar que si en veinte años nadie de Mar Calmo le dijo nada es porque nadie supo nada. Pongámosle que la novia de Juan Cruz existió, que estuvo embarazada, era una nena, se la pudo haber dado a sus padres o, ¿por qué no?, abortado para olvidarse de todo y arrancar de nuevo. Pero usted está convencida de que no fue así, de que su nieto existe en este mundo y la respeto y hasta creo en su intuición, pero también está convencida de que hay algo para ver en Mar Calmo y eso no lo entiendo y me intriga.

—Café y ¿algo para comer? Vamos, pida, soy el intendente, puedo conseguirle lo que quiera. Belén hace las mejores tortas fritas de Mar Calmo, si le interesan, ¡qué digo de Mar Calmo! Del mundo, ¿no, Belén? O por lo menos son las que a mí más me gustan. Me conoce bien, el punto exacto de fritura, trabaja en la Municipalidad desde que éramos jóvenes, bueno, yo joven y ella casi una nena, la puse yo en Maestranza. Vení, Belén. Te presento a Celina Figueroa, de El Federal, es una de las periodistas más respetadas del país, así que haceme quedar bien. Me decía que vino a nuestro pueblo por una nota sobre Juan Cruz, nuestro querido héroe.

—Más bien una nota sobre los desaparecidos en el Crucero Belgrano.

—Pero Juan Cruz apareció.

—Eso es lo importante de él para mi historia. Él apareció después de tantos años.

—No hay mucho para decir. Un gran pibe. Fíjese que yo ya era el intendente cuando se fue a hacer la colimba a Puerto Belgrano, cuando no volvió y cuando lo encontraron congelado, veinticinco años después. Tengo derecho a hablar. Estoy muy unido a ese pibe, sabe. Su madre da pena, ¿no le parece?, sola, desvariando, pero no quiere que nadie la ayude. ¿No le parece que da pena, con tanto desvarío?

—Estoy segura, señorita Figueroa, que si viene a Mar Calmo va a entender lo que le digo. Y si no ve nada nuevo no ve nada nuevo. Pasa un fin de semana descansando de Buenos Aires y empezamos a buscar por otro lado.

—Yo me mando a hablar con el director y no me frenes, Arrechea... ¡hundidos...! Todavía no empecé con ese Ibarguren, creeme...

—Hacé lo que quieras, pero te va a decir lo mismo y me parece lo mejor hacerle caso sin chistar. Después de todo, caíste en una cama y jodiste al diario, Diva. Podría ser peor.