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ALCÁNTARA

SABBAT 24 DE ELUL, 4842

20 DE AGOSTO, 1082 / 22 DE RABÍ II, 475

Lo primero que le vino a la conciencia, incluso un rato antes de estar completamente despierta, fue el dolor en el hombro. Un dolor terrible, acompañado de violentos latidos, que hacía estremecer su cuerpo y estallar brillantes relámpagos ante sus ojos. Se sentía como si estuviera bajo el agua, emergiendo del fondo de un profundo pozo. Veía encima de ella la abertura del pozo, un agujero redondo y brillante que se acercaba con infinita lentitud, a pesar de que ella se impulsaba con brazos y piernas, empleando todas sus energías para salir del agua. Sentía que le faltaba el aire. Tenía los pulmones a punto de reventar. Y, al mismo tiempo, sentía que el dolor se hacía tanto más insoportable cuanto más se acercaba a la abertura del pozo. Estaba al límite de sus fuerzas y de su capacidad de resistencia, cuando su cabeza atravesó por fin la superficie del agua; llenó de aire sus pulmones y, durante un maravilloso instante, el alivio producido por esa bocanada liberadora fue mayor que los atormentadores latidos de su hombro. Pero el dolor no tardó en imponerse de nuevo, y lo hizo con tal violencia que la llevó al borde de un nuevo desmayo.

Karima mantuvo los ojos cerrados, sin percibir nada excepto el trueno de dolor, que rompía contra su hombro como una ola infinita y rebotaba sobre su frente como un eco lacerante. En algún momento empezaron a llegarle otros sonidos, además del rumor de la ola de dolor, y pudo distinguir voces, dos voces masculinas, muy cercanas. Dos hombres que hablaban entre si. Intentó reconocer las voces y comprender las palabras que decían. Creyó reconocer la voz de Lope, pero no estaba segura. Un pensamiento agradable atravesó su cabeza, pero volvió a desvanecerse bajo un aluvión de vagos recuerdos. Prestó atención a las voces, que se estaban alejando y, finalmente, terminaron por callar. Escuchó los latidos de dolor.

Sentía que estaba tumbada sobre su costado derecho, y que le dolía el brazo de ese lado. Intentó darse la vuelta para liberar el brazo, pero hasta el más mínimo movimiento agudizaba el dolor hasta lo insoportable. Pasó un largo rato hasta que aquel dolor demencial cedió lo suficiente como para permitirle pensar. Para su propia sorpresa, de pronto se dio cuenta de que estaba viva. Sentía dolor. Estaba viva.

Aún oía el castañetear de cascos a su espalda, acercándose con inquietante rapidez a pesar de que ella corría tanto como se lo permitían sus piernas. Aún tenía en los oídos ese ruido, ese trepidar de cascos que se hacía más y más intenso. Luego, la certeza de que no podría escapar de aquel hombre y su caballo negro, la certeza paralizadora de que todo había llegado a su fin. Y allí estaba también ese dolor infernal, que le atravesó el pecho como un puñal ardiente, y por un bravísimo instante, antes de caer en la negra noche, un relámpago de luz, la clara certeza de que aquello era la muerte.

¿Por qué no estaba muerta? ¿Qué había ocurrido para que siguiera con vida? Se esforzó en escuchar atentamente. Por algún motivo, no se atrevía a abrir los ojos. ¿Por qué tenía miedo? ¿Qué era lo que temía? De pronto volvió a oír una voz, y esta vez estaba completamente segura de que era la voz de Lope. No comprendía lo que decía, pero reconocía la voz, y por un segundo, mientras escuchaba con expectante atención, no sintió dolor alguno. Oyó que la otra voz respondía algo; luego ya sólo oyó un ruido incomprensible, y un momento después volvió el silencio.

Cuando volvieron los dolores, le pareció que habían cedido un tanto. Aún tenía los ojos cerrados, pero empezaba a considerar la idea de que Lope estaría frente a sus ojos cuando los abriera.

¿Por qué se había asustado tanto al ver inesperadamente su rostro aquel día, el día del entierro de su padre? La brillante luz del mediodía, la pared blanca, que la había cegado, el sabor de la sangre en la boca. ¿Por qué había huido en tal rapto de pánico?

¿Por qué lo había reconocido tan de repente, entre una docena de jinetes, en esa polvorienta calle de pueblo, cerca de Mérida? Estaba a treinta o cuarenta pasos de ella, con el rostro cubierto de polvo y semioculto por la faja de la cabeza, pero, aún así, ella lo había reconocido. Recordaba sus sentimientos contradictorios cuando decidió no decírselo a Zacarías. Recordaba la secreta alegría de su corazón cuando, de pronto, Lope se detuvo y cabalgó hacia Zacarías. Recordaba la mirada inquieta de Lope antes de descubrirla bajo el alero de aquella taberna.

Pensó que sólo necesitaba abrir los ojos para verlo.

Pensó también en Zacarías, y se sintió avergonzada de que su primer pensamiento no hubiese sido para él. No había llegado a ver si Zacarías había sido derribado de su caballo, ni siquiera había llegado a ver si lo había alcanzado la espada. Sólo había oído aquel terrible sonido arrancado a su garganta, un siseo prolongado y jadeante saliendo entre sus dientes apretados. Sólo había visto al hombre que, de repente, había arremetido contra ella, aquel rostro enmarcado por una barba y una langa melena negra, aquella boca abierta a más no poder en un grito sordo. Karima recordaba que su mula se había encabritado, arrojándola al suelo. Recordaba el tableteo de cascos a su espalda. No había vuelto a ver a Zacarías. ¿Habría sobrevivido milagrosamente a aquella masacre, como ella? ¿Acaso yacía a su lado? ¿Dónde estaba?

Volvió a escuchar las voces. Oyó que se acercaban. Le pareció oir palabras árabes. ¿Por qué hablaban en árabe? Lope no sabía árabe. Ya no escuchaba su voz. ¿Acaso se había engañado? ¿No había sido su voz la que oyera hacía un instante?

Abrió los ojos.

Vio ante ella a dos hombres, que la estaban observando. Sólo conocía a uno de ellos, Lu’lu, el criado negro del conde de Guarda, que se había preocupado muy amablemente por ella durante todo el viaje, porque una vez su padre le había curado una fractura mal entablillada. Quiso decir algo, pero no le salió sonido alguno; tenía la boca tan seca que le parecía llena de polvo. De pronto sintió una sed abrasadora.

El hombre al que no conocía se inclinó sobre ella.

—¿Hace mucho que estáis consciente? —preguntó.

Ella quiso responder, pero no consiguió decir nada.

—Basta con que me hagáis una seña —dijo rápidamente el hombre—. Soy médico, podéis estar tranquila. —Era un hombre bajo y enjuto, de unos cincuenta años, y tenía una expresión preocupada en el rostro, como si él mismo padeciera una dolorosa enfermedad—. Os daré algo de beber —dijo—. Tenéis que intentar beber tanto como podáis, aunque os produzca dolor. —Empezó a darle cucharadas de un caldo que le calentó agradablemente la garganta.

Karima sintió en su boca el gusto salado y el sabor del vino en el que había sido cocido el caldo, y bebió con avidez, a pesar de que tenía que pagar cada trago con un punzante dolor. El médico seguía hablándole, en voz baja. Le describía por dónde pasaba la herida. Ella escuchaba su voz como a través de una cortina.

—¿Os duele al respirar?

Karima negó con la cabeza.

—Entonces parece que tampoco están dañados los pulmones —dijo el médico. Ella lo escuchaba sin llegar a entender del todo sus palabras. Estaba demasiado absorta en la dolorosa tarea de tragar.

—Os trasladaremos a la ciudad tan pronto como lo permita vuestro estado —continuó el médico—. Vuestros hermanos de fe están dispuestos a acogeros. El nasí de la comunidad os visitará mañana.

Los dolores eran tan fuertes que anulaban toda sensación de sed y todo sabor. Cerró los ojos, extenuada, para reunir nuevas fuerzas. Cuando volvió a abrirlos, vio frente a ella la cara de Lu’lu. El criado la estaba mirando con ojos de preocupación, e intentó esbozar una sonrisa al ver que ella le devolvía la mirada.

—¿Dónde están los demás? —preguntó Karima. Su voz no era más que un soplo.

Lu’lu balanceó la cabeza con una precipitación casi suplicante.

—No debéis hablar, señora —dijo en un susurro—. El médico ha dicho que no debéis hablar. Debéis estar tranquila, señora. Tratad de dormir. El médico ha dicho que nada os ayudará más que el sueño.

Karima miró a su alrededor. No veía al médico por ninguna parte. ¿Se había quedado dormida? Con el esfuerzo de comer había perdido nuevamente la conciencia. Ahora se sentía fortalecida por lo que había comido. Se sentía mejor que antes.

—¿Dónde están los demás? —volvió a preguntar, intentando fijar los ojos en Lu’lu. Vio que el criado agachaba la cabeza; vio reflejada en su rostro la lucha que se desarrollaba en su interior, e intuyó cuál sería la respuesta. Pero quería oírla, quería oírla sin ambigüedades.

—Dímelo —casi suplicó—. Dímelo.

—No sobrevivió nadie, excepto vos —dijo Lu’lu con voz apenas audible y la mirada fija en el suelo.

Karima repitió la frase con labios mudos, como si tuviera que pronunciarla ella misma para comprender completamente su significado.

—No penséis en ello, señora —dijo Lu’lu, con una profunda sensación de infelicidad. Tenía los ojos cargados de lágrimas—. Pensad en que vos aún estáis con vida. Dios ha posado su mano sobre vos —dijo balanceando el cuerpo de un lado a otro, en un mudo reproche contra sí mismo—. Oh, no debería habéroslo dicho —se lamentó.

No sobrevivió nadie, pensó Karima, y por un momento la mera idea le pareció tan irreal como aquel terrible instante en el puente, cuando los lanceros de la nueva escolta desenvainaron repentinamente sus espadas y arremetieron sobre los tres hombres armados que iban a la cabeza del grupo y sobre las mujeres. En un primer momento ella no se había sobresaltado, ni había sentido temor alguno. Simplemente no había dado crédito a lo que veían sus ojos. Recordaba que todo el ataque se había realizado bajo un silencio fantasmagórico. Ni chillidos de espanto ni alaridos de dolor ni fragor de batalla, sólo gritos sofocados pidiendo auxilio y vacilantes gemidos. Una de las criadas que cabalgaba detrás de la litera había gritado llamando a su madre, sollozando como un pequeño animal. Zacarías también había esperado en silenciosa inmovilidad el golpe mortal, sin defenderse, como una oveja en el matadero. Tan sólo aquel sonido gris y siseante que le había sido arrancado de la garganta.

Así pues, también Zacarías.

Volvió a cerrar los ojos, y examinó su interior. ¿Sentía dolor por la muerte de Zacarías? ¿Sentía tristeza? De pronto se sentía avergonzada de haber recibido con tanta indiferencia la noticia de su muerte. Zacarías jamás le había dado motivo para quejarse. Siempre la había tratado con un gran respeto, con una discreción y una reserva casi exageradas. ¿Habría sido ella una mejor esposa si él no hubiese sido tan solícito, tan irritantemente comprensivo, tan complaciente? Zacarías jamás le había reprochado que su matrimonio no diera hijos; jamás había hecho valer sus derechos cuando ella se le negaba, ni siquiera en las noches de sabbat. Nunca se había quejado de que ella le hiciera disculparse por cosas que no había hecho, y de las que ni tan sólo estaba enterado. Zacarías había esperado pacientemente ganarse su afecto, había tejido pacientemente alrededor de ella, durante diez largos años. Y ahora que había muerto, a Karima sólo le remordía la conciencia. No sentía tristeza, como sí la había sentido cuando murió su padre. Tampoco sentía dolor por haberlo perdido. ¿Por qué no sentía nada?

Sintió que un cansancio paralizador se apoderaba de ella. Los latidos regulares que le golpeaban el hombro cayeron en un letargo. Sin darse cuenta, atravesó el umbral tras el cual todos los pensamientos y reproches se desvanecen en una compasiva niebla.

Cuando volvió a despertar y abrió los ojos, Lope estaba sentado al lado de su cama. Se asustó tanto como se había asustado el día del entierro de su padre y como en aquel pueblucho cercano a Mérida. Hasta los latidos de dolor de su hombro parecieron cesar por un instante. Se sintió aliviada al ver que Lope tenía los ojos cerrados. ¿Por qué se asustaba tanto cada vez que lo veía? ¿Por qué no podía estar frente a él con la misma serenidad con que trataba a cualquier otra persona?

Lope respiraba a un ritmo regular, como dormido. En su rostro había una expresión tensa. Tenía las cejas contraídas, costras negras le colgaban de las arrugas de los ojos, y una capa de polvo cubría su pelo. Karima se grabó en la memoria los rasgos de ese rostro. Durante el viaje, siempre se había mantenido lejos de él. No había intercambiado ni una sola palabra con él, y sus miradas sólo se habían encontrado dos veces. Ahora tenía tiempo para contemplarlo. Algunas cosas le resultaban familiares: el cabello liso, que le caía sobre la frente; las cejas rectas; los pómulos salidos. Otras eran nuevas, o al menos distintas de como ella las recordaba: tenía dos duras líneas alrededor de la boca, acentuadas aún más por el polvo, y una gruesa cicatriz entre la oreja izquierda y el rabillo del ojo. Había envejecido; debía de tener treinta y tres años, pues era ocho años mayor que ella.

Se quedó contemplándolo hasta que Lope abrió los ojos.

Karima no apartó la mirada. Lope asintió, sin hacer ni una mueca.

—El médico ha dicho que podía haceros un par de preguntas —dijo Lope con voz extrañamente ronca.

Ella asintió. Observó cómo preparaba la siguiente frase.

—Intentaré hacer mis preguntas de modo que podáis responder sólo con un si o un no.

Ella volvió a asentir.

—¿Cuándo llegó la tropa que relevó a la escolta de Sevilla? —continuó Lope—. ¿Inmediatamente después de que partieron? ¿Una hora después? ¿Dos horas? —No esperó apenas a que ella respondiera. Sabía que el relevo tenía que haberse realizado pronto, pues de lo contrario la banda se habría arriesgado a que los moros volvieran a toparse con la tropa del conde—. El infanzón de Guarda que dirigía el grupo, ¿conocía a los nuevos hombres? —siguió preguntando, y al ver que ella no había comprendido bien la pregunta, se apresuró en reformularla—: ¿Saludó el infanzón a los hombres como a viejos conocidos o eran extraños?

—No lo sé. No me fijé —contestó Karima en voz baja, sin entonación—. Sólo sé que más tarde el infanzón estuvo conversando con uno de los cabecillas de la escolta nueva, y también con un segundo hombre. Cabalgaron juntos.

—¿Había más cabecillas?

Karima asintió.

—Había tres que llevaban la voz cantante.

—¿Escuchasteis algún nombre?

Karima negó con la cabeza.

—¿Podéis decir de dónde eran, por su modo de hablar? ¿Eran castellanos? ¿Gallegos? ¿Franceses?

—No sé distinguirlos —dijo Karima—. Uno tenía un acento muy marcado. Y el más alto de todos, un hombre enorme y sin barba, hablaba con un acento que yo apenas podía entender. —Su voz era ahora tan débil que Lope tuvo que acercarse para oírla. Karima sintió el olor de su peto de cuero, empapado en sudor. Lope la miró fugazmente, sintiéndose incómodo.

—Pero ¿todos hablaban español? —preguntó.

Ella asintió, contenta de poder darle una respuesta clara.

—¿Y qué aspecto tenían los dos hombres que hablaban con el infanzón? —preguntó Lope.

Karima intentó describir a los hombres. Uno era alto, de barba cana, facciones duras y piel apergaminada. Al otro todavía lo recordaba claramente. Era el hombre que había dado muerte a Zacarías y la había perseguido con su caballo negro. Un hombre recio, ancho de hombros, con el rostro casi cubierto por una barba negra y descuidada.

Lope intentó imaginar al hombre. Había muchos hombres de barba negra y descuidada; sólo en Guarda había al menos media docena de hombres que se ajustaban a esa descripción. Preguntó a Karima por los otros, y ella se esforzó en describirlos, pero sentía que las fuerzas iban abandonándola poco a poco y, aunque hacía todo lo posible por satisfacer a Lope, cada vez le resultaba más difícil ordenar sus pensamientos y convertirlos en palabras.

—¿Cuántos hombres eran? —preguntó Lope—. ¿Cómo era de grande el grupo?

Karima cerró los ojos para recuperarse, y comprendió de repente que Lope pensaba salir en busca de aquellos hombres, que sólo había venido a su lecho de enferma para interrogarla. Intentó recordar a los hombres, intentó contarlos mentalmente, pero cuando llegaba a la mitad ya había olvidado por cuál había comenzado a contar.

—No lo sé exactamente —dijo desesperada—. Intentaré recordar, anotaré todo lo que me venga a la mente.

Abrió ligeramente los ojos y vio a través del velo de sus pestañas a Lope, sentado junto a ella, examinándola con expresión inmutable. Y luego vio a Lu’lu detrás de Lope. No lo había visto antes. Volvió a cerrar los ojos y oyó la voz de Lu’lu:

—Señor, el médico ha dicho que no debe hablar mucho. Se fatiga demasiado, ¿no lo veis?

Lope no contestó, pero Karima sentía que seguía a su lado. Esperó sumida en un inquietante presentimiento, como si esperara una sentencia. Escuchó que Lope contenía la respiración.

—Encontraré a esos hombres —susurró Lope, con la boca casi rozando la oreja de Karima—. Los encontraré, regresaré aquí y os llevaré a Zaragoza, si lo deseáis. Lu’lu se quedará aquí y cuidará de vos.

Ella oyó cada una de sus palabras. No advirtió que su voz sonaba tan indiferente como la voz de un desconocido, le bastaba con esa frase, que le decía que él volvería.

Luego escuchó que Lope hablaba en voz baja con Lu’lu y, un momento después, cerraba la puerta al salir. Ella se quedó tranquila, y recordó el día del entierro de su padre, en el que había llegado a casa con aquella herida sangrante en la frente y, con un martilleante dolor de cabeza, había cogido su diario para leer las anotaciones hechas en sus anteriores encuentros con Lope. Desde entonces sabía por qué Lope no había vuelto a dejarse ver. Sabía quién había arreglado aquel paseo en bote por el Guadalquivir y aquel encuentro en el río, que aún le desgarraba el corazón cada vez que lo recordaba. La hermosa muchacha al lado de Lope. La mujer de la litera. El dolor inesperadamente violento que había sentido al reconocerla.

¿Por qué, después de tantos años, seguía aquel desorden en su corazón? ¿Por qué todo aquello? ¿Por qué era la única que había sobrevivido? ¿Por qué?

Lope emprendió la persecución llevando un caballo de reemplazo. Galopó al ritmo más intenso que eran capaces de soportar los caballos en un trayecto largo. Quería llegar antes del anochecer al menos al primer lugar en que había acampado la banda. Contaba con que, si el cielo estaba despejado, podría seguir el rastro en la segunda mitad de la noche, cuando saliera la luna.

Al llegar a la bifurcación que había descubierto esa mañana, Lope siguió el rastro en dirección noreste. Luego giró una vez más, cruzó el río Alagón y continuó hacia el oeste. Siguió el rastro a marcha forzada, sin pausa, y poco antes de la puesta de sol llegó a la gran carretera de Salamanca. Allí el rastro había desaparecido bajo innumerables huellas de cascos, pisadas y ruedas de carros. Lope ya sólo podía suponer que debía seguir hacia el norte.

No habían encontrado ningún campamento. Por lo visto, la banda había cabalgado toda la noche y había continuado durante el día, sin descanso. Llevaban una ventaja insalvable si no se disponía de una pista que pudiera seguirse. Lope estaba seguro de que no hacía falta buscar a la banda en Guarda. Estaba seguro de que los encontraría en las ciudades de la frontera. Debía de tratarse de un grupo abigarrado, reunido sólo para realizar ese ataque. Algún vasallo desleal del conde de Guarda debía de haber pregonado en las salvajes ciudades de la frontera la noticia de que el hijo del conde venía de camino a casa con una novia mora y una considerable dote. Probablemente se le habían unido hidalgos que en ese momento no tenían un señor a quien servir, y agradecían cualquier botín que se presentara. Algo así tenía que haber ocurrido. Lope no sabía si el ataque había sido preparado con mucha antelación, ni tampoco por qué la banda había derramado tanta sangre. Pero algún día encontraría una respuesta. Algún día encontraría a aquellos hombres.

Ahora sólo le quedaba un modo de acercárseles. Karima tenía que venir con él. Ella conocía cada detalle, lo había visto todo. Cuando cogiera al primero, podría continuar la busca él solo, hasta coger al segundo, y al tercero. Sólo necesitaba algo por dónde empezar.

La mañana siguiente emprendió el camino de regreso, y al atardecer del segundo día llegó a Alcántara. Karima ya había sido trasladada a la ciudad, y Lu’lu había ido con ella. Lope le envió un mensaje y volvió a instalarse en la taberna del suburbio.

Tres días después, la noche de luna nueva, se encontró con Lu’lu, sacó de sus alforjas el látigo, cuyo manejo le había enseñado su antiguo maestro, el capitán, y bajó al puente con el criado negro. Llevaron consigo una larga liana y una cuerda fuerte. Esperaron en la orilla opuesta hasta pasada la medianoche. Entonces regresaron por el puente, hasta estar justo encima del arco central. Debajo de ese arco colgaba la espada.

Lope se ató la cuerda alrededor del pecho y aseguró el otro extremo a la liana, que sujetó Lu’lu. Luego se deslizó por encima del pretil del puente. Era una noche oscura, en el cielo sólo brillaban las estrellas, pero había suficiente luz para lo que Lope se proponía hacen. Vio la espada frente a él, negra sobre el cielo oscuro de la noche.

La gente de la ciudad contaba una leyenda sobre esa espada. La leyenda decía que, muchos siglos atrás, Rodrigo, el rey godo de Toledo, había llegado huyendo a Alcántara. Los moros, que habían venido por mar, lo habían vencido en una violenta batalla en la costa, al sur. Su propia gente lo había traicionado; una flecha lo había herido de gravedad y había conseguido escapar con un puñado de hombres fieles. Al llegar a Alcántara, Rodrigo murió. Su cadáver fue llevado a Viseu y enterrado allí. Pero su espada fue colgada del arco más alto del puente, a una altura inalcanzable desde el río. Allí había sobrevivido a los tiempos.

Lope apuntó con el látigo y tomó impulso, de modo que el extremo de plomo del látigo se enroscó en la espada. Lope había previsto que la oxidada cadena de la que colgaba la espada se rompiera, pero tras cinco intentos en vano lo que cedió fue el gancho que sujetaba la cadena al muro. La espada quedó libre.

La espada era de acero. Podía doblarse hasta tocar la empuñadura con la punta, y la espada recuperaba su forma original en un instante, como un junco. Los filos estaban oxidados y ásperos, pero Lope estaba convencido de que un buen herrero podría devolverle el brillo. Era la espada de un rey, y sería la espada de su venganza.

Esa misma noche, Lope hizo trece nudos en el extremo de su látigo y juró solemnemente no dejar con vida ni a uno solo de los hombres que habían estado en el puente. Ni a uno solo.