EL HENGE
2000 a. C.
Aún faltaban unas horas para que amaneciera.
En el centro del gran templo de Stonehenge, los seis sacerdotes aguardaban con impaciencia recibir órdenes: llevaban bastante tiempo sin escuchar la voz del sumo sacerdote.
A un observador que no estuviera al tanto de los entresijos de Stonehenge, la escena le habría parecido muy extraña. Los sacerdotes, cada uno de los cuales aguardaba respetuosamente en su lugar correspondiente, vestían una sencilla túnica confeccionada con lana de cordero sin teñir, calzaban recias botas de cuero para defenderse del frío y llevaban la cabeza rapada, a excepción de un mechón en forma de «V» cuya punta quedaba entre los ojos. Cada sacerdote sostenía dos o tres largas estacas con la punta afilada.
Aparte de los sacerdotes, en el henge había sólo otra persona: en la entrada, ligado con recias sogas de cuero y mudo debido al terror que lo embargaba, yacía un joven delincuente que al amanecer sería sacrificado al dios del Sol.
Dluc, el sumo sacerdote, parecía no prestar atención a ninguno de ellos. Su alta y flaca figura envuelta en largos ropajes grises permanecía inmóvil como una piedra. En la mano derecha sostenía su báculo ceremonial cuya parte superior, tallada en bronce y decorada con oro, presentaba la elegante figura de un cisne, el símbolo del dios del Sol. En la mano izquierda sujetaba un gran ovillo de cordel de lino. Su rostro enjuto y rasurado aparecía impasible: sus ojos estaban fijos en un punto lejano del horizonte.
El sumo sacerdote tenía sobrados motivos para sentirse preocupado. Desde hacía algún tiempo todo indicaba que —a menos que lograran aplacar a los dioses— el antiguo territorio de Sarum y sus recintos sagrados estaban condenados a ser destruidos. Pero ¿qué podía hacer él para impedirlo? ¿Y de cuánto tiempo disponía?
—Si Krona cayera enfermo… —murmuró el sumo sacerdote para sí. Era una idea aterradora, y Dluc trató en vano de apartarla de su pensamiento.
Imperceptiblemente, la presión de sus dedos alrededor del báculo se intensificó.
Pero había otros deberes que cumplir y mucho trabajo que llevar a cabo aquella noche. Dejando a un lado sus dolorosos pensamientos, el sumo sacerdote señaló con su báculo cuatro puntos del círculo y emitió una escueta orden:
—Colocad los marcadores.
Los sacerdotes se dirigieron apresuradamente hacia los lugares que había indicado su superior y clavaron una estaca en el suelo. Aquella noche, como todas las noches, los sacerdotes astrónomos de Stonehenge se hallaban ocupados midiendo el firmamento.
En el frío cielo otoñal brillaba la media Luna. La noche estaba tachonada de estrellas. El rocío que cubría las desnudas colinas, que se alzaban majestuosas en torno al monumento, hacía que éstas resplandecieran a la luz de la Luna.
Sobre cada colina de la región sagrada aparecían unos túmulos cretáceos —unos alargados, otros circulares—, pálidas formas que relucían, incluso a muchos kilómetros de distancia, como buques fantasma varados en aquel inmenso e inmóvil mar. Pues en Sarum los muertos velaban sobre los vivos, y eran honrados por ello.
El terreno sagrado se extendía a lo largo de muchos kilómetros a través del ondulante paisaje; contenía no sólo los túmulos funerarios, sino unos pequeños templos de madera en terraplenes vallados. Durante siglos esa zona elevada había sido contemplada con reverencia. Ningún lugar en la isla era más venerado, y los peregrinos viajaban durante muchas jornadas a través de los caminos que surcaban las colinas cretáceas para visitar esa sagrada meseta.
En el centro, sobre una ladera suavemente ondulada, se alzaba el henge mágico.
Era descomunal: un terraplén circular, de unos cien metros de diámetro y rodeado por una zanja profunda, circundaba el sanctasanctórum. Eso no era frecuente, pues por lo general la zanja de los henges de la isla se hallaba dentro del terraplén, no fuera. «Pero nosotros somos diferentes», declaraban ufanos sus sacerdotes. Desde el lado nordeste, una amplia avenida entre muros de tierra formaba un recto camino ceremonial que conducía a lo largo de seiscientos metros hasta el recinto sagrado, cuya entrada estaba flanqueada por un par de gigantescas piedras de arenisca gris. Aquel acceso estaba reservado a los sacerdotes y las víctimas destinadas al sacrificio. Dentro había dos pequeños túmulos utilizados para las observaciones astronómicas, un círculo exterior formado por cincuenta y seis marcadores que el actual sumo sacerdote había restaurado, y un círculo interior doble —que aún no había sido completado— compuesto por menhires, las piedras sagradas de arenisca gris azulada.
El henge tenía ochocientos años de antigüedad y poseía un gran significado místico. No sólo era el lugar donde los sacerdotes realizaban sus sacrificios rituales al dios del Sol y a la diosa lunar, sino que tenía importantes propiedades astronómicas, fundamentales para la organización de todas las actividades en el inmenso territorio de Sarum regido por Krona.
Y aunque existían unos henges más grandes, como el enorme complejo del noroeste conocido como Avebury, feudo de otro cabecilla que gobernaba a un pueblo menos importante, Dluc les repetía siempre a sus sacerdotes: «Las proporciones de nuestro henge son mejores; y nosotros somos unos astrónomos superiores».
Ciertamente, el henge era perfecto: el día del solsticio de verano, el Sol se alzaba por el horizonte exactamente frente a la entrada y su primer rayo escarlata se proyectaba a lo largo de toda la avenida bañando con su luz las dos piedras grises de la puerta y el centro del círculo. Durante el solsticio invernal, el Sol se ponía exactamente en el sentido contrario, de forma que sus últimos rayos emitían su postrer resplandor sobre los menhires de arenisca gris azulada y a lo largo del gran camino ceremonial. En el henge, los sacerdotes utilizaban marcadores de madera para seguir la trayectoria del Sol en el cielo, llevaban la cuenta de los días y ordenaban el calendario; calculaban las fechas de los solsticios y equinoccios, determinaban la época idónea para sembrar y cosechar, y también para efectuar sus ritos sagrados. El henge constituía un gigantesco reloj de Sol que indicaba los días del año.
Tal como sabía Dluc, el dios del Sol presidía sobre el henge y sobre la totalidad de Sarum. Su permanente presencia yacía sobre las colinas, las mesetas y los valles. Por la mañana y por la tarde, cuando sus poderosos rayos incidían en los cerros que rodeaban el lugar donde confluían los cinco ríos y arrojaban unas sombras inmensas sobre el valle, cada hombre sabía que el Sol le observaba. Al mediodía, su luz inclemente caía sobre el suelo gredoso que resplandecía cegador. El Sol proporcionaba el día y la noche, el verano y el invierno, la primavera y el otoño: el Sol daba…, y arrebataba: el Sol era absoluto.
Mientras los sacerdotes trajinaban de un lado a otro, Dluc se fue desplazando lentamente de una afilada estaca a otra y, al tiempo que desenrollaba su ovillo, formaba con el cordel de lino líneas de observación cuya corrección se detenía a comprobar. Durante esa tarea, realizada en la quietud del templo, su naturaleza intelectual y ascética conseguía liberarse de los problemas que aquejaban a la región. Con los serviciales sacerdotes y las silenciosas piedras azules como única compañía, Dluc llevaba a cabo sus abstrusas medidas y cálculos y su solitario esfuerzo por solventar el mayor de todos los misterios del firmamento.
Su concentración fue interrumpida por la aparición de dos ágiles corredores que transportaban entre ambos una litera vacía. Atravesaron el sagrado recinto con asombrosa velocidad; sus pies desnudos y encallecidos golpeaban rítmicamente el suelo y dejaban huellas en la tierra cubierta de rocío.
Cuando llegaron al henge, se dirigieron rápidamente a la entrada del sanctasanctórum y se postraron de rodillas. Uno de los jóvenes sacerdotes señaló su presencia al sumo sacerdote. Dluc arrugó el ceño.
—¿Qué significa esta interrupción?
—Es Krona, sumo sacerdote —respondieron sin alzar la vista, pues el que un siervo mirara al sumo sacerdote constituía una ofensa—. Desea que vayas a hablar con él.
—¿Antes del amanecer? —replicó Dluc irritado. De golpe se le ocurrió una idea que le alarmó—. ¿Está enfermo?
Los dos hombres dudaron unos instantes.
—No lo sabemos —respondió el mayor de ellos—, pero está furioso.
Su compañero asintió con vehemencia. Dluc reprimió un suspiro.
—Iré con vosotros.
Después de dar instrucciones a los sacerdotes para que sacrificaran al joven reo que yacía junto a sus pies en cuanto amaneciera, Dluc se instaló en la litera.
Los mensajeros lo transportaron cuidadosa pero velozmente a través de doce kilómetros de terreno elevado hasta llegar a la confluencia de los cinco ríos. Aquel lugar era el centro de Sarum y la residencia de Krona, el gran cabecilla.
Reivindicando su descendencia del legendario Krona el Guerrero, cuyo largo túmulo construido sobre el terreno elevado seguía siendo venerado, no menos de ochenta generaciones de la familia habían gobernado Sarum. La lista de esos jefes era recitada ceremoniosamente por los sacerdotes en la ceremonia de nombramiento del nuevo dirigente; éste, a fin de resaltar la continuidad de su mandato, asumía el nombre del gran Krona, y el cargo de sumo sacerdote era también ocupado por otro miembro de la familia. Dluc era hermanastro del líder.
Cuando llegó Dluc, la Luna aún brillaba en el firmamento, bañando el lugar en un suave resplandor. El espectáculo era impresionante. Las cimas de los cerros que en forma de herradura rodeaban la cuenca habían sido desbrozadas y sobre ellas se alzaba una hilera de empalizadas, custodiadas por los guardias de Krona. Cuando el visitante que se aproximaba por la orilla del río alzaba la vista, aquella escena constituía un inquietante recordatorio de que en Sarum el cabecilla detentaba un poder absoluto. En el centro de la herradura, sobre la cima de la colina que guardaba la entrada del valle, estaba situada su vivienda: una enorme construcción de madera pintada de blanco y rodeada por un muro exterior rojo, se erguía por encima de las copas de los árboles. Dentro del muro, además de los aposentos de Krona, había una serie de patios y cobertizos.
El valle ubicado a los pies de la colina contaba con un pequeño establecimiento comercial a través del cual pasaban todas las mercancías que eran transportadas por los cinco ríos o hasta el puerto del sur, de modo que el comercio, como todas las actividades que se llevaban a cabo en Sarum, estaba regulado por el cabecilla.
Al contemplar esta escena, Dluc esbozó una media sonrisa que suavizó su severo y enjuto rostro.
—Sarum la afortunada —murmuró para sí, recordando tiempos mejores.
Los cinco ríos habían constituido siempre el centro del poder de Sarum; pero ahora la autoridad de Krona se extendía en todas las direcciones. Hacia el sur, el líder controlaba el río hasta el puerto; hacia el norte, todos los recintos sagrados y sus alrededores; hacia el este y el oeste, una zona de treinta kilómetros de largo. Ningún territorio de la isla era más próspero ni estaba mejor emplazado. Los mercaderes del norte traían magníficas hachas de piedra pulida; del este provenía una cerámica espléndida; los hábiles artesanos de Irlanda aportaban objetos de oro exquisitamente trabajado; ámbar, azabache, perlas y toda suerte de maravillas pasaban a través del puerto procedentes de tierras lejanas. Las gentes eran ricas: las ovejas de lana color pardo pastaban en los prados de las colinas, que tardaban una jornada en recorrer. Campos de trigo, lino y cebada cubrían las laderas; los valles estaban repletos de ganado vacuno y porcino. En los bosques, los tramperos hallaban pieles que vendían río abajo, y Krona cazaba ciervos y jabalíes.
En el territorio, que jamás había sido conquistado, vivían casi tres mil almas. Y los habitantes de la isla llevaban generaciones comentando:
—No existe un cabecilla más grande que Krona; ninguna familia es más noble que la suya, que gobierna sobre Sarum la afortunada.
Sarum la afortunada. ¿Estaba todavía bendecida por los dioses? ¿La miraban éstos con complacencia? Tales preguntas ocupaban ahora la mente de Dluc mientras era transportado al interior de la casa construida sobre la colina.
En el patio situado frente a los aposentos del cabecilla ardían tres antorchas, colocadas sobre trípodes. En los muros de la vivienda, así como sobre la techumbre de paja y sobre la puerta, colgaba multitud de astas, cuernos y cabezas de jabalíes, los trofeos conquistados por Krona durante sus numerosas expediciones de caza seguidas de suntuosas fiestas que hasta hacía poco habían sido célebres en toda la isla.
El alto sacerdote traspuso el umbral con paso decidido, sin titubeos.
En el interior ardían unos cirios. Un tembloroso sirviente se hallaba de pie junto a la entrada. En cuanto vio aparecer a Dluc, se postró de rodillas.
—¿Dónde está Krona? —preguntó el sacerdote.
—En el aposento interior.
Dluc se dirigió allí.
El aposento interior consistía en una pequeña alcoba separada del resto de la habitación por una gruesa cortina; allí era donde dormía Krona. Dluc apartó la cortina.
Una única vela iluminaba la habitación, y Dluc se detuvo unos momentos para que sus ojos se adaptaran a la penumbra.
Arrodillada en el suelo, con el tronco inclinado y temblando de miedo, había una joven que Dluc reconoció como la hija del labriego que él había enviado a Krona hacía un mes, la última de una larga serie de nuevas esposas que el líder había tomado recientemente. Era una muchacha rolliza de quince años, con una boca amplia y sensual, unos pechos suaves y juveniles y unas caderas anchas, aptas para parir muchos hijos. Dluc se irritó al verla en aquella postura, pues pocos días atrás el cabecilla se había mostrado complacido con ella.
Entonces Dluc vio a Krona.
Durante los últimos meses, mientras seguía pendiente la cuestión que amenazaba la pervivencia de Sarum, el cabecilla había experimentado un cambio radical. Sus ojos de mirada imperiosa aparecían hundidos, su figura corpulenta y viril había enflaquecido y su espalda comenzaba a encorvarse bajo la pesada carga de sus responsabilidades. Su poblada y larga barba negra se había vuelto canosa. Pero pese a sus cuitas, nada había alterado el noble porte del cabecilla de Sarum.
Krona estaba de pie en un rincón de la habitación, delante del amplio diván cubierto con pieles sobre el que solía dormir. Permanecía semioculto entre las sombras. Junto a Krona, sentada en el suelo, el sacerdote vio la silueta de Ina, su esposa principal; había vivido con Krona desde que éste era poco más que un niño, y aunque empezaba a hacerse vieja, Dluc sabía que el cabecilla la quería mucho. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, el sacerdote observó que algo perturbaba él ánimo de Krona. Tenía los hombros encogidos, como si se sintiera abrumado por la indignación y la tristeza; su rostro aparecía demacrado. Su nariz, decididamente aguileña, parecía curvarse hacia abajo como un inmenso pico; y sus ojos hundidos reflejaban una desesperación que Dluc jamás había advertido en ellos. Con su actitud inmóvil parecía una gigantesca y siniestra ave de presa.
—Aquí me tienes —dijo Dluc quedamente.
Durante unos momentos Krona no dijo nada. Cuando por fin habló, su voz era poco más que un ronco murmullo.
—Ella me ha arrebatado la virilidad —dijo señalando a la muchacha arrodillada en el suelo.
Dluc la miró.
—Llévatela —continuó el cabecilla—. Sacrifícala al dios del Sol, sumo sacerdote, para que yo vuelva a ser un hombre.
Dluc reflexionó. Los sacrificios humanos que se llevaban a cabo en el templo estaban regidos por unas normas estrictas. Sólo mataban a los reos, o a las personas elegidas por los sacerdotes con motivo de las festividades más importantes de la región. El sumo sacerdote no estaba dispuesto a sacrificar a una joven, aunque se lo pidiera el mismo Krona.
El sacerdote meneó la cabeza en sentido negativo.
—¿Es que no lo comprendes? —le espetó Krona desde el rincón—. Ella me ha arrebatado mi virilidad. No puedo hacer nada.
—Tengo muchos remedios para la impotencia. Un brebaje te restituirá tu virilidad —repuso Dluc con calma.
—Nada de brebajes —dijo Krona en tono cansino.
Ina se acercó al cabecilla. Ella misma, su fiel compañera durante muchos años, era quien se ocupaba de examinar concienzudamente a todas las nuevas esposas, de enseñarles la forma de complacer a Krona, así como de cuidarlas y aconsejarlas. Ina acarició delicadamente la pierna del cabecilla, tratando de calmarlo. Luego, lenta y pausadamente, con su cabello entrecano cayéndole sobre la cara, se inclinó hacia delante y, extendiendo las manos, cogió el rostro de su marido y lo besó suavemente en los labios.
Dluc observó la escena, admirado por enésima vez del amor de esta mujer dócil y solícita hacia el gran hombre.
Ina apartó la cabeza lentamente, alzó los ojos y contempló el demacrado rostro de Krona al tiempo que esbozaba una esperanzada sonrisa; luego acarició afectuosamente la pierna de su marido y asumió de nuevo su lugar a los pies del cabecilla. Mirando a Dluc con los ojos llenos de tristeza, meneó la cabeza.
—Nada de brebajes —repitió el cabecilla—. Ofrece la muchacha a los dioses, o la casa de Krona no tendrá herederos.
Dluc emitió un suspiro. Pues éste era el problema que amenazaba con destruir a Sarum.
La noticia de la llegada de un barco mercante procedente de un país lejano hizo que un nutrido grupo capitaneado por Krona descendiera por el río hasta el puerto. También Dluc emprendió con entusiasmo esa excursión, porque el puerto, protegido por una colina y sobrevolado por garzas y pelícanos, siempre le proporcionaba placer, y porque además le gustaba interrogar a los marineros sobre las maravillas que habían contemplado durante sus singladuras.
La travesía empezó bien. El nutrido grupo viajaba a bordo de diez grandes canoas hechas con pieles pintadas de alegres colores. Krona, que ocupaba la primera junto con sus dos hijos, tenía un magnífico aspecto con su vestimenta escarlata. En aquel caluroso día de pleno estío, las aguas del río habían alcanzado su nivel más bajo, y por doquier se percibía un intenso olor a hierba, cañas y barro.
Mediada la tarde penetraron en las plácidas aguas del fondeadero y divisaron enseguida el barco mercante, amarrado junto al puesto comercial en el extremo sur de la bahía.
Era un barco imponente. Los mercaderes que llegaban costeando o a través del mar desde la parte sur del continente navegaban en curraghs, unas barcas construidas con pieles tensadas sobre la armazón de madera, similares a las canoas fluviales excepto que eran más anchas y sus quillas más profundas. Esas barcas eran impulsadas a remo por los marinos mercaderes aunque en ocasiones, cuando soplaba un viento favorable, izaban una pequeña vela para facilitar la tarea de los remeros. Pero el nuevo barco doblaba en tamaño a cualquier curragh que Dluc había visto; no sólo su armazón, sino también sus cuadernas eran de madera, y las tablas estaban perfectamente ensambladas y pegadas con brea. En el centro se alzaba un grueso mástil, y una gran vela cuadrada de cuero aparecía enrollada en una verga. En la popa de esa asombrosa embarcación habían instalado un gran timón que servía tanto para gobernar el barco como para estabilizarlo, de forma que aunque los marineros disponían de remos, el capitán, al utilizar la vela y el timón conjuntamente, podía hacer que el barco avanzara aunque no soplara viento en popa. En la isla no existía ningún artesano capaz de construir un barco semejante.
Sus tripulantes eran unos individuos de baja estatura, fornidos, con la cabeza redonda y los pómulos marcados, la piel aceitunada y una barba corta y rizada que parecía haber sido untada con grasa, pues relucía bajo el Sol. Hablaban en una lengua extraña, pero habían traído a un mercader del continente que les hacía de intérprete.
Transportaban un cargamento muy impresionante: grandes barricas de vino, que los isleños jamás habían probado; rollos de lienzo incrustado con cuentas y piedras preciosas; ámbar, que los isleños sabían trabajar; perlas de gran tamaño; y unas joyas magníficas.
—¿Qué andáis buscando? —preguntó Krona.
—Pieles —respondieron—, y perros de caza. En el continente hemos visto unos mastines procedentes de esta isla; son los mejores del mundo.
El caudillo y sus hijos se mostraron entusiasmados con las mercancías que les ofrecieron. El vino les pareció más ligero y dulce que la cerveza oscura de la isla, pero menos dulce y potente que el hidromiel que elaboraban los campesinos de Sarum con la miel que recolectaban en el bosque. Un sinfín de artículos fueron trocados por otros. Por último Krona eligió, para cada uno de sus dos hijos, un pequeño puñal de bronce decorado con oro —más hermoso que los objetos de metal que fabricaban los artesanos irlandeses— y engarzado con las gemas más espléndidas que jamás habían visto.
Por cada uno de esos puñales, los mercaderes pidieron seis parejas de mastines; y cuando Dluc protestó por lo elevado del precio, Krona echó la cabeza hacia atrás y lanzó una carcajada.
—¿Te parece un regalo excesivo para los hijos de un gran dirigente? —preguntó—. Tengo otros mastines.
El recuerdo de aquel soleado día estaba grabado en la memoria del sacerdote: Krona paseándose con su majestuoso porte entre los mercaderes, con la cabeza alta, los ojos relucientes y su áspera risa que resonaba sobre las aguas del puerto. Sus dos vástagos, el mayor de dieciséis años y el pequeño de catorce, ambos hijos de la fiel Ina, caminaban a su lado.
Al igual que sus progenitores, ambos eran altos y proporcionados, con unas facciones nobles y unos ojos negros e incisivos. El más joven lucía una barba incipiente. Los dos eran avezados cazadores: jamás temblaban ante un jabalí ni ante el raro y poderoso uro. Dluc los recordaba con nitidez vestidos con unas capas cortas y verdes, ajustándose los espléndidos puñales en sus cinturones y mirando sonrientes a su padre. El sumo sacerdote sentía un gran afecto hacia aquel par de apuestos jóvenes.
—Los hijos de Krona gobernarán cuando yo muera —dijo el jefe—. Deben lucir adornos dignos de un caudillo.
Pero mientras Krona y sus hijos trataban con los mercaderes, Dluc formuló a los marineros otras preguntas.
—¿De dónde venís?
—De un inmenso y lejano mar, en el sur, que se extiende desde el este al oeste y cuya travesía exige varios meses —respondieron.
Dluc asintió con la cabeza. Otros mercaderes le habían hablado de aquel mar. Pero por entonces el esporádico comercio entre Gran Bretaña y el Mediterráneo solía llevarse a cabo a través de intermediarios que controlaban el tráfico comercial en los grandes ríos del suroeste de Europa y también en la costa septentrional de Francia. Era raro que unos mercaderes, aunque acudieran para adquirir nuevos artículos mediante el sistema de trueque, emprendieran una travesía tan larga alrededor de la costa atlántica de Europa hasta la isla emplazada en el norte.
Esos marinos intrigaban al sacerdote astrónomo, pues sabía que habían realizado su larga singladura guiándose por las estrellas y anhelaba obtener de ellos tanta información como pudiera. Los marinos no le defraudaron.
El capitán le contó muchas cosas. Éste, un hombre grueso con una cabeza redonda y calva, y unos ojillos de mirada inteligente rodeados por profundas arrugas, comenzó a hablar de forma tan atropellada que el intérprete apenas podía traducir sus palabras.
—No sólo hace más calor en nuestras tierras —dijo—, sino que el Sol luce más alto en el cielo, tanto que se sitúa casi sobre nuestras cabezas. En cierta ocasión —continuó—, emprendí una travesía de muchos meses hasta el sur de nuestras tierras. Y allí vi cosas aún más extrañas; pues sobre el horizonte aparecían las constelaciones de otras estrellas: unas estrellas que jamás había visto. —El capitán meneó la redonda cabeza—. ¿Cómo se explica eso?
Dluc había oído esas historias otras veces y decidió que debían de ser ciertas. «Sin duda existen estrellas —pensó— situadas en un punto tan alejado del sur que su ángulo sobre el horizonte resulta demasiado bajo para divisarlas con claridad. A fin de cuentas, ¿acaso no pierde uno de vista tierras lejanas, incluso ubicadas al otro lado del mar, por la misma razón? Por otra parte, dado que cuando el Sol alcanza su cénit se halla al sur de Sarum, ello debe de significar que en alguna región situada en esa dirección, el astro, al describir su órbita diaria, lanza verticalmente sus rayos sobre la Tierra».
Cuando Dluc se enteró de que el barco mercante había pasado cerca de aquel lugar, preguntó, devorado por la curiosidad:
—¿Está muy lejos ese lugar en el sur donde el Sol alcanza su cénit en el cielo?
—Es difícil de precisar. Es una travesía de cuatro meses, o quizá seis.
Dluc se quedó pensativo.
—¿Y el Sol había alcanzado su cénit?
—Casi.
Seis meses de travesía. La distancia era muy inexacta, pero al menos era una indicación de su magnitud. Y mientras reflexionaba sobre el tema una sonrisa iluminó el severo rostro del sacerdote. Pues si lograra conocer la distancia por tierra desde la isla hasta el punto en el que el Sol alcanzaba su cénit, y puesto que sabía, con meticulosa precisión, el ángulo del Sol en su punto más alto, le pareció que con sus estacas y cordeles, mediante el simple método de triangulación, podría calcular la distancia que separaba al Sol de la Tierra, un dato importantísimo que no aparecía consignado en lugar alguno en las sagradas oraciones de los sacerdotes.
En la mente del inteligente sacerdote se agolpaban muchas otras conjeturas de carácter parecido. Si el ángulo del Sol cambiaba —tal como él suponía—, ¿existía alguna región hacia el norte donde el Sol se hallara tan bajo en el horizonte que fuera casi invisible? ¿O estaría ese lugar fuera del extremo del mundo?
¿Y dónde estaba el extremo del mundo? ¿Lo había visto el capitán del barco mercante?
—No. Pero conozco a un hombre que sí lo ha visto.
—¿Dónde se encuentra ese lugar?
—No quiso revelármelo.
—Seguramente mentía —replicó Dluc con tristeza.
No obstante, tenía la impresión de que los dioses favorecían a Sarum. Tanto el poderoso caudillo como sus robustos hijos y él mismo se sentían satisfechos con el producto de la jornada; y aquella noche, junto a las aguas del puerto, compartieron un festín con los mercaderes.
La mañana siguiente a la fiesta, los marinos decidieron partir, pues se proponían navegar hacia el oeste a lo largo de la costa, donde podían hallar estaño, y luego dirigirse a Irlanda en busca de oro antes de poner de nuevo rumbo al sur.
Dluc jamás olvidaría aquel día. Amaneció apacible y soleado; al alba sacrificó una oveja junto al agua para que los marinos tuvieran una buena travesía; y a media mañana, cuando comenzó a soplar una fuerte brisa del sureste arrastrando consigo pequeñas aglomeraciones de nubes que se concentraban en el horizonte, los marinos partieron.
Con ayuda de los remos, se apartaron del malecón y empezaron a cruzar lentamente las aguas del puerto; en aquel momento se oyeron unas exclamaciones de regocijo procedentes de los botes de los isleños: tres de ellos zarparon súbitamente de la ribera y siguieron a toda velocidad a los visitantes para acompañarlos alrededor del promontorio. Los dos hijos de Krona formaban parte del grupo y al pasar junto al barco mercante saludaron alegremente con la mano.
—¡Adiós! ¡Nos vamos al sur con los mercaderes! —exclamaron mientras seguían remando con furia y sus compañeros de Sarum les animaban con sus risas y gritos desde la orilla.
Krona, el sacerdote y sus ayudantes treparon por la colina para observar cómo los barcos abandonaban las aguas del puerto y se adentraban en alta mar.
El cielo se estaba oscureciendo; pero entre las rendijas abiertas entre las nubes se filtraban potentes rayos de Sol que dibujaban manchas de luz sobre el agua. Cuando las embarcaciones rodearon la punta oriental del promontorio y atravesaron el estrecho canal hacia el mar abierto, el viento comenzó a arreciar, rizando las crestas de las olas y levantando una capa de espuma. Las barcas pusieron rumbo al oeste, pero, aunque el agua estaba agitada, consiguieron mantener la estabilidad. Era una escena estimulante: el recio barco mercante deslizándose con firmeza hacia alta mar seguido por tres canoas pintadas de alegres colores, que cabeceaban y se balanceaban entre las embravecidas olas. Lentamente, las naves pasaron ante Krona y sus acompañantes, mientras seguían alejándose de la costa.
—Se alejan demasiado —murmuró Krona. Las canoas se hallaban ya a tres kilómetros de distancia, o quizá más. Parecían muy pequeñas, y a veces desaparecían por completo detrás de una elevada ola.
Entonces Dluc divisó la tormenta. Al principio no era más que una inofensiva nube de color pardo, algo más oscura y espesa que las otras, que asomaba por oriente; pero luego —y con asombrosa rapidez— empezó a aumentar de tamaño: debajo de la nube aparecieron gigantescos nubarrones suspendidos sobre el horizonte; éstos no eran pardos, sino negros y amenazadores. Al cabo de unos minutos la tormenta se alzó por el este como una enorme y siniestra ave; primero apareció la cabeza, luego las inmensas alas moviéndose violentamente sobre el agua.
Al primer indicio de tempestad, Dluc había tocado a Krona en el brazo y señalado el horizonte; y al columbrar los nubarrones el caudillo había fruncido el ceño.
—Si no regresan de inmediato —dijo—, les atrapará la tormenta.
Mientras Dluc contemplaba cómo se aproximaba el temporal, en vez de un ave los nubarrones se le antojaron una gigantesca flor negra que se abría hacia ellos. El sacerdote observó horrorizado que las canoas seguían avanzando hacia el oeste en pos del barco de madera, sin percatarse de la tormenta que se había formado tras ellas; pues en el cielo lucía aún el Sol.
Los hombres apostados sobre la colina lanzaron gritos de advertencia a los tripulantes de las canoas, pero éstos se encontraban demasiado lejos de la ribera para oírles. Por fin los mercaderes desplegaron toda la vela y con el viento en popa huyeron a gran velocidad hacia el oeste; sólo entonces los de las canoas advirtieron la tormenta que se avecinaba, de modo que dieron media vuelta y pusieron proa al este hacia el promontorio. Pero avanzaban muy lentamente.
—Dirigíos a la playa, estúpidos —masculló el cabecilla.
Era la solución más sensata. La playa era arenosa, y las olas les habrían impulsado hacia ella. Pero las canoas continuaron empecinadamente hacia el promontorio, donde las corrientes eran muy traicioneras y el viento azotaba las olas convirtiéndolas en espuma.
—¡Están locos! —gritó Krona.
Cuando la tormenta les alcanzó, el mundo entero pareció sumergirse en las tinieblas. El mar se encabritó como un animal herido e inmensas olas empezaron a batir la costa. El viento arrojaba espuma sobre la cima de la colina, rociando los rostros de Krona y sus hombres y obligándoles a volverse. Al cabo de unos minutos Dluc ya no vio las canoas. Supuso que éstas se dirigían hacia la playa. Pero ¿podrían mantenerse a flote en un mar tan embravecido?
Al ver a sus dos hijos atrapados en aquella espantosa tormenta, incluso el gran Krona se echó a temblar.
—Sálvanos, hermano —suplicó al sacerdote—. Habla con los dioses.
En voz alta, Dluc pronunció las oraciones rituales dirigidas al dios del Sol. Sacó un puñado de oro en polvo de una bolsita que llevaba en el cinturón y lo arrojó sobre el agua. Pero el vendaval le tiró a la cara sus oraciones y el polvo de oro.
Curiosamente, la tormenta sólo se abatió sobre el mar. Frente a las colinas rugía el encrespado mar y caía una lluvia cegadora; pero detrás de éstas, en el puerto, la superficie del agua aparecía sólo levemente rizada por olitas no mayores que la mano de un hombre. Era un espectáculo muy extraño.
Las canoas no alcanzaron la orilla. Aquel aciago día, mientras el recio barco mercante continuaba navegando hacia el oeste, Krona perdió a sus dos hijos. Sus cadáveres fueron hallados, varios días más tarde, flotando frente a la playa. Dluc les dio sepultura en Sarum.
Por primera vez en su historia, Sarum se quedó sin heredero. Krona no tenía hermanos: los únicos miembros de la familia que aún vivían eran él mismo y el sumo sacerdote Dluc, que había hecho votos de no conocer jamás mujer.
La paz de que Sarum había gozado durante generaciones obedecía al hecho de que la familia era poderosa y todos sabían que estaba bendecida por los dioses. Ningún otro jefe de la isla, por mucho que envidiara la prosperidad de Sarum, se hubiera atrevido a atacar a los guardianes de ese lugar sagrado. Pero sin un descendiente de Krona que siguiera gobernando con mano firme, la situación podía cambiar y hundir al territorio en el caos.
A partir de aquel día, una nube de tristeza se abatió sobre Krona y sobre el lugar donde confluían los cinco ríos. En toda la isla se comentaba:
—Los dioses han vuelto la espalda a Sarum la afortunada: hasta el dios del Sol ha dejado de amar a los guardianes de Stonehenge.
El mes siguiente, cuando se produjo un eclipse solar, Krona se volvió hacia el sumo sacerdote y dijo:
—Creo que estamos condenados.
El cambio físico de Krona se inició a partir de ese día. Su pelo negro como el azabache empezó a encanecer, su alta y majestuosa figura a encorvarse; sus penetrantes ojos habían perdido su fulgor y el cabecilla pasaba muchos días solo en su casa, mandando llamar de vez en cuando a Dluc para preguntarle:
—¿Crees que los dioses nos han maldecido a mí y a nuestra familia?
Dluc no tenía una respuesta precisa a esa pregunta.
—Está claro que los dioses nos han castigado —decía—, pero debemos averiguar qué es lo que quieren que hagamos.
—Averígualo rápidamente —replicaba Krona—. Si muero y la casa de Krona llega a su fin…
No era necesario añadir más. Cada día Dluc realizaba sacrificios y rezaba a los dioses del templo, pero sin resultado. Tanto él como el cabecilla sabían perfectamente cuál era la necesidad más imperiosa: Krona debía tener nuevos herederos.
Habían transcurrido muchos años desde que la fiel Ina diera a su marido dos espléndidos varones. Dluc observó que la pérdida de sus hijos había abatido a la mujer.
Siempre silenciosa, siempre digna. Cuando sus dos hijos se presentaban orgullosos ante sus padres después de triunfar en una cacería, ella sonreía en señal de aprobación, aunque rara vez decía una palabra; pero si los jóvenes fracasaban, era a Ina a quien acudían procurando evitar a Krona, y su madre, pese a que lo sentía tanto como ellos, era lo suficientemente inteligente para no demostrarlo. Ina desempeñaba siempre el mismo y discreto papel, y constituía el centro de la familia. Pero si bien el cabecilla y ella habían dejado atrás los primeros tiempos de su pasión, Krona aún se volvía a ella con afecto y decía: «Acércate, madre de mis hijos».
Ahora sus hijos habían muerto. ¿Qué era lo que quedaba? Ina había soportado su lacerante dolor, como de costumbre, en silencio. Y, cosa extraña, aunque sabía que el amor que Krona sentía por ella estaba ligado al amor por sus hijos, la pérdida de éstos había despertado en Ina una renovada pasión, no para restituir su familia, pues sabía que esto era imposible, sino para consolar con su amor al hombre herido y abatido que veía ante ella.
Ina lo había intentado. Pero había fracasado.
—No puedo darle más hijos —dijo a Dluc; y fue ella misma quien instó a Krona:
—Debes tomar otras esposas, unas mujeres más jóvenes que yo que puedan darte hijos. Deja que el sacerdote las elija para ti.
Así pues, a principios de aquel invierno, comenzó la búsqueda de nuevas esposas para Krona.
Poco después del equinoccio de otoño, Dluc ofreció un sacrificio a los dioses: cincuenta y seis bueyes, cincuenta y seis carneros y cincuenta y seis ovejas. Posteriormente, llevó a Krona dos muchachas de excelente familia.
El cabecilla se acostó con ellas muchas veces.
Llegó la primavera, y luego el verano; las lluvias torrenciales habían echado a perder la cosecha; ninguna de las muchachas se había quedado encinta; y las gentes de Sarum estaban descontentas.
—Ni siquiera ese sacrificio ha logrado conjurar la maldición —dijeron.
En el fondo, el sumo sacerdote sabía que tenían razón. Lo sabía incluso en el momento de realizar los sacrificios. La matanza de los animales no había servido de nada; fuera lo que fuese lo que pretendían los dioses, el sacrificio no les había aplacado.
Krona se sentía deprimido.
—No eres viejo —le recordó Dluc, aunque le apenaba contemplar a aquel hombre de pelo canoso abatido por la desesperación, cuando pocos meses atrás había sido un magnífico cabecilla orgulloso de su virilidad—. Buscaremos otras jóvenes.
Unos días después del solsticio de verano el sacerdote llevó otra muchacha a Krona. El dirigente, que se había mostrado escasamente atraído por las otras jóvenes, sonrió al admirar su cuerpo sensual, rollizo y juvenil. El sacerdote la había elegido porque durante la última y nefasta cosecha los cultivos del padre de ésta, por alguna misteriosa razón, habían sido excelentes, y puesto que los dioses habían favorecido al padre de la muchacha, Dluc confiaba en haber encontrado por fin una esposa que complaciera a Krona.
Dluc contempló ahora a esa misma muchacha, que seguía postrada en el suelo, mientras el cabecilla miraba al sacerdote con unos ojos llenos de desesperación e Ina meneaba la cabeza con tristeza.
—Muy bien —dijo Dluc al cabo de unos momentos—. Haré lo que deseas.
El sacerdote no creía que el hecho de sacrificar a la joven sirviera de algo, pero era necesario intentar todos los remedios. Lo hizo al amanecer del día siguiente, muy en contra de su voluntad; y aquella misma tarde, Krona le comunicó que había recobrado su virilidad.
—Envíame a otras jóvenes —pidió al sacerdote.
Pero esta vez Dluc no le obedeció. Pues las señales de los dioses indicaban —y su propia intuición se lo decía— que las causas de los problemas que les aquejaban estaban muy enraizadas y que él no conseguiría solventarlos llevando a cabo un sacrificio y enviando otra joven al cabecilla.
—Nuestros sacrificios no bastan —dijo el sacerdote—. Debemos hacer algo más.
—¿Qué? —preguntó Krona.
Dluc sacudió la cabeza.
—No lo sé. Pero debemos averiguarlo. Leeremos los augurios.
Este proceso, en virtud del cual los sacerdotes formulaban directamente a los dioses unas preguntas y recibían respuestas, era largo y a Dluc no le gustaba utilizarlo, no porque presintiera que los dioses no fueran a contestar, sino debido a la extraordinaria dificultad de interpretar sus respuestas, contra la cual su mente precisa y matemática se rebelaba en secreto. Durante varios días los sacerdotes recorrían el bosque para capturar unos pájaros que mantenían en jaulas, alimentándolos con grano mezclado con otras sustancias —hierbas y especias, oro en polvo, diminutos fragmentos de piedra y tierra coloreada—, todo lo cual dejaba un pequeño residuo en la tripa de los animales que los sacerdotes examinaban posteriormente.
Una mañana, después de que hubieran capturado más de cien pájaros, les hubieran dado de comer y hubieran trasladado sus jaulas al henge, Dluc, asistido por un círculo de sacerdotes, comenzó la delicada tarea de leer los signos.
Con cuidado, utilizando un pequeño cuchillo de bronce, rajó el pecho del pájaro y luego, mediante unos palos largos y afilados, extrajo los intestinos para examinarlos, cortando aquí y allá para tratar de interpretar los deseos de los dioses.
Las preguntas eran sencillas, y antes de abrir cada pájaro, Dluc preguntaba:
—Dinos, gran dios del Sol, ¿tendrá Krona un heredero?
Tras tomar nota del sexo y el estado de las entrañas de diez pájaros, el sacerdote no tardó en obtener una respuesta afirmativa a esta pregunta. Dluc emitió un suspiro de satisfacción.
Pero las respuestas a las siguientes preguntas eran menos simples. ¿Qué debían hacer para aplacar a los dioses? Dluc extrajo nada menos que tres tipos distintos de intestinos, que indicaron tres requisitos diferentes, cada uno de los cuales suscitó exclamaciones de asombro entre los sacerdotes. En varias ocasiones, mientras éstos examinaban los intestinos de las aves, Dluc ordenó:
—Traed más pájaros.
Examinaron treinta y tres aves antes de que Dluc dijera:
—¿Entonces estamos todos de acuerdo?
Y sus sacerdotes, mirándose entre sí con aprensión, movieron la cabeza afirmativamente.
Pero fue la última pregunta: «¿Cómo sabremos quién es la esposa destinada a Krona?», la que obtuvo la respuesta más singular y enigmática, pues en todos los pájaros —y examinaron a veintiséis—, hallaron pequeños restos de polvo de oro en la parte superior del intestino: un fenómeno muy raro que se repitió una y otra vez. Por fin, cuando los sacerdotes lograron descifrar el mensaje que transmitían las entrañas de las aves, se sintieron tan perplejos como al principio.
Aquella misma noche Dluc comunicó a Krona la noticia.
—Tendrás un heredero —le aseguró el sacerdote—. Pero en primer lugar los dioses desean que construyas un nuevo henge. —Éste era el significado de los fragmentos de piedra que habían hallado en numerosas aves—. Deberá ser más grande que todos los templos que se hayan construido hasta la fecha.
Krona asintió con la cabeza.
—Si esto es lo que desean los dioses, hágase su voluntad.
—Los dioses piden que entregues a tu hijo primogénito para que sea sacrificado. Posteriormente, tendrás un hijo que te sucederá a tu muerte. Debes jurar que te someterás al poder del Sol, pues así te lo exigen.
Era un mensaje terrible. Krona protestó débilmente:
—Me estoy haciendo viejo. ¿Habrá tiempo?
—Los dioses te concederán tiempo —le aseguró Dluc—. Tu hijo será un gran jefe.
El cabecilla suspiró.
—¿Y quién será mi esposa?
Dluc arrugó el ceño. Ésta era la parte del mensaje que le había dejado más perplejo.
—Su cabeza será coronada con oro —respondió. Krona lo miró desconcertado.
—¿Qué significa eso? —inquirió.
—No estoy seguro —confesó el sumo sacerdote—. Quizá signifique que es la hija de un gran dirigente.
—Búscala inmediatamente —ordenó Krona en tono áspero.
Otra de las condiciones expuestas por los dioses en los augurios había hecho que los sacerdotes se miraran con aprensión: la fecha en la que el nuevo henge debía ser completado. El henge debe estar terminado el día en que el Sol contempla la faz de la Luna llena a lo largo de la avenida.
Según los sacerdotes astrónomos que conocían los misterios de Stonehenge, esta críptica frase únicamente podía encerrar un significado.
Pues su henge era un instrumento complejo y maravilloso. No sólo la sombra del Sol sobre los marcadores indicaba los días del año, sino que allí se producían numerosos portentos.
—Durante el solsticio de verano —explicaron los sacerdotes mayores a los novicios—, en determinados años, el Sol no sólo se alza a lo largo de la avenida, sino que la diosa de la Luna se coloca frente a él. Y durante el solsticio de invierno, las posiciones se invierten; de modo que mientras el Sol se pone por el suroeste, la Luna se alza sobre la avenida.
El Sol y la Luna, lo masculino y lo femenino, el verano y el invierno; todas estas oposiciones perfectas se contenían en el gran círculo. Existían muchas otras sutiles coincidencias y ángulos entre las trayectorias solar y lunar.
—Y éstas no se registran de forma tan perfecta en otros henges situados a lo lejos, en el norte —declararon los sacerdotes—, lo cual demuestra que nuestro henge goza de un favor especial de los dioses.
Pero había otros secretos aún más importantes. Poco después de que el henge fuera construido, sus astrónomos hicieron otro descubrimiento: la Luna en su órbita alrededor de la Tierra no sigue una sola trayectoria, sino que oscila en un sutil ciclo propio que se repite cada diecinueve años.
—En la entrada —dijeron a los novicios—, los antiguos sacerdotes instalaron los marcadores de forma que registraran las salidas y puestas de la diosa lunar a lo largo del horizonte. Pues en cada solsticio de invierno la Luna se pone en un punto ligeramente distinto del punto del que ha salido, algo que uno jamás percibiría de un año a otro a menos que marcara el lugar, pero es así. Y oscila de lado a lado, hacia delante y hacia atrás sobre el horizonte, cada diecinueve años. Es lo que denominamos el ciclo sagrado de la Luna.
»Esta observación llevó cien años —continuó el sacerdote, advirtiendo a los novicios el enorme grado de precisión y dedicación que les exigían también a ellos.
Pero eso no era todo. Porque aunque el año solar no se divide con exactitud en varios meses lunares de veintinueve días, el propio Dluc había constatado, a través de unos minuciosos cálculos, que cada diecinueve años se producía una coincidencia entre los años solares y lunares, un descubrimiento generalmente atribuido a Metón el Griego, unos dos milenios más tarde.
—Uno de los secretos más grandes que contienen nuestras oraciones sagradas —explicaron los sacerdotes a los novicios— es que la diosa de la Luna sólo muestra la misma cara, el mismo día, una vez cada diecinueve años.
Y éste era el significado del augurio. Pues Dluc y sus sacerdotes, gracias a sus rigurosos cálculos, sabían que pronto iba a producirse un raro y trascendente hecho en el firmamento. Al término del actual ciclo lunar de diecinueve años, que se hallaba medio completado, no sólo el Sol saldría durante el solsticio estival frente a la Luna y exactamente en el centro de la avenida, sino que en aquel preciso día habría Luna llena.
Era una portentosa coincidencia astronómica, una oposición más perfecta que cualquiera de las observadas durante muchas generaciones: y ello se produciría al término de aquel ciclo lunar, dentro de diez años.
—¿Cómo puede realizarse una tarea tan gigantesca en un espacio tan breve de tiempo? —preguntó un joven sacerdote.
—Por voluntad de los dioses —repuso Dluc con frialdad.
Durante varios días, Dluc pergeñó el plano del nuevo templo, en cuyo diseño incorporó todos sus conocimientos sobre los misterios de los dioses, el complicado esquema de sus movimientos en el cielo, los números mágicos que los sacerdotes habían obtenido a partir de los movimientos del Sol y de la Luna y la sucesión de los días. Incorporó todos esos datos al plano, hasta que por fin se sintió satisfecho y murmuró para sí:
—El templo será en verdad un himno a los dioses, una maravilla en piedra.
Lo era. El henge que Dluc diseñó era mucho más alto que cualquier otro templo en la isla. Las piedras de arenisca azul medían entre dos y dos metros y medio de altura, y eran sagradas, pero el sumo sacerdote decidió sustituirlas por gigantescos bloques de arenisca silícea procedente de las tierras bajas que distaban unos treinta kilómetros, los cuales triplicarían en altura a las otras piedras. En el centro instalaría cinco inmensos arcos formados cada uno por dos menhires cubiertos por uno horizontal a modo de dintel, y dispuestos en un semicírculo alrededor del altar. Estos arcos constituirían cinco trilitos que presidirían los sacrificios. A su alrededor, en lugar de las piedras de arenisca azul, erigirían un inmenso círculo formado por treinta descomunales bloques de arenisca silícea, unidos entre sí por una línea ininterrumpida de dinteles que dibujarían un redondel. Era un diseño sofisticado y audaz, al que Dluc dio vueltas muchos días, haciendo unos bocetos de las diversas partes con tiza sobre trozos de corteza de árbol.
Cuando hubo completado su tarea, llamó a los sacerdotes y declaró:
—El proyecto está listo. Ahora necesitamos un constructor que se encargue de las obras. ¿A quién debemos nombrar?
Tras discutir el asunto, los sacerdotes acordaron:
—Nooma construirá el nuevo Stonehenge.
Nooma el albañil era un hombrecillo de apariencia curiosa. Unos días más tarde los sacerdotes lo observaron con cierto desdén mientras, revestido con su mandil de cuero, se dirigía hacia el henge con su andar bamboleante, moviendo su desmesurada y canosa cabeza en sentido afirmativo como para subrayar sus pensamientos mientras avanzaba.
Sus antepasados, todos ellos alfareros, habían sido altos; pero la providencia había decretado que Nooma, además de una cabeza gigantesca y noble como una estatua, poseyera un cuerpo menudo y rechoncho y unas piernas torcidas. En consecuencia su cabeza solemne y redonda y de rostro juvenil descansaba sobre sus hombros como un huevo inmenso y absurdo. Tenía las manos exageradamente pequeñas, con los dedos cortos y los pulgares semejantes a muñones. Tímido, reservado y todavía soltero, Nooma era un hombre de pocas palabras, sin embargo, cuando se sentía entusiasmado por algo referente a su trabajo se echaba a temblar y rompía a hablar con inusitada elocuencia al tiempo que gesticulaba con exaltación. Pero por lo general sus apacibles ojos mostraban una expresión seria y confiada, lo cual hacía que mucha gente tratara de aprovecharse de él.
Con todo, el aspecto absurdo de Nooma podía llevar a engaño, ya que provenía de una familia de excelentes artesanos —en su mayoría alfareros y carpinteros— y había heredado todas sus aptitudes. Sus dedos cortos y rechonchos, que no parecían adecuados para realizar trabajos delicados, eran capaces de obrar milagros.
Aunque sólo tenía veinticinco años, Nooma había trabajado en toda la isla desde que era un niño y todos decían que era el mejor albañil que existía.
A Nooma le complació que los sacerdotes le hubieran elegido para construir el nuevo templo: no sólo constituía un gran honor que le hinchaba de orgullo el pecho, sino que representaba un desafío a su destreza como artesano. Nooma se apresuró hacia el recinto sagrado con impaciencia e ilusión.
Pero cuando oyó las instrucciones de los sacerdotes, y cuando comprendió la magnitud del proyecto y el breve plazo de que disponía para terminarlo, abrió los ojos como platos. Pese a que aquel día de otoño soplaba una brisa fresca, Nooma sintió que la ancha frente se le cubría de sudor.
—¿Unas piedras tan gigantescas? ¿Terminarlo dentro de diez años? —exclamó con incredulidad.
Los sacerdotes hicieron caso omiso de sus protestas, y el albañil se echó a temblar de miedo. ¿Cómo iba a construir un templo tan descomunal en un plazo tan breve? ¡Necesitaría una legión de albañiles a sus órdenes! Pero al observar los impávidos semblantes de los sacerdotes de Dluc, no le cupo ninguna duda sobre la suerte que le aguardaba si fracasaba en la empresa.
—Me entregarán al dios del Sol —se dijo—. Me sacrificarán al amanecer.
Cuando le mostraron los bocetos que había realizado el sumo sacerdote, y Nooma se agachó para estudiarlos, en su amplio rostro se dibujó una expresión de estupor aún mayor.
—Jamás se ha llevado a cabo nada semejante —murmuró mientras contemplaba los gigantescos arcos. Luego, señalando uno de los bocetos con el dedo, inquirió—: ¿Cómo voy a hacer eso?
Pues los dibujos de Dluc indicaban con claridad que cada uno de los inmensos dinteles de piedra que formaban el anillo de menhires debía estar levemente curvado a fin de formar un círculo perfecto. ¿Cómo iba a transformar esas piedras tan gigantescas —que en total sumaban treinta— en unos bloques idénticos y tallados con semejante precisión?
—Debes hallar el medio de conseguirlo —respondieron los sacerdotes.
Nooma sacudió la cabeza lentamente.
«No cabe duda de que me conducirán al ara del sacrificio», pensó con tristeza.
Pero no podía hacer nada al respecto. No podía negarse a la petición de los sacerdotes. De algún modo, tenía que hallar la forma de construir ese inmenso henge.
—Necesitaré cincuenta albañiles que trabajen a mis órdenes —dijo Nooma—. En cuanto a peones… —Trató de calcular la cantidad de obreros que precisaría para acarrear esas piedras tan descomunales. Cada menhir pesaba de treinta y cinco a cincuenta toneladas, y tendrían que transportarlos a lo largo de treinta y cinco kilómetros por la accidentada altiplanicie—. ¡Serán precisos quinientos hombres por lo menos, y numerosos bueyes! —exclamó Nooma.
Pero los sacerdotes no se dejaron impresionar por esas insólitas exigencias.
—Dispondrás de tantos hombres y bueyes como necesites —informaron a Nooma.
Éste reflexionó. La tarea de organizar, alimentar y hospedar semejante fuerza, ocuparía mucho tiempo. Él no podía encargarse de ella y supervisar al mismo tiempo las obras.
—Necesitaré a alguien que me ayude a organizar a los hombres —dijo.
—Elige a quien quieras.
Tras pensar unos instantes el hombrecillo respondió:
—Me gustaría que me ayudara Tark, el hombre del río.
Era una buena elección. Ninguno de los individuos que moraban junto a los cinco ríos era tan listo como Tark, una persona conocida y respetada. En Sarum los ribereños formaban una extensa tribu, distinta de la de los agricultores, y la mayoría de ellos descendía de los hábiles pescadores y cazadores que habían habitado en aquel lugar hacía unos milenios. No era infrecuente ver en las márgenes de cualquiera de los cinco ríos donde esas gentes realizaban sus quehaceres de tramperos, pescadores y comerciantes, unos rostros duros y crueles y unos dedos de los pies asombrosamente largos, semejantes a los de Tep el cazador. Los habitantes de Sarum solían llamarles ratas de agua.
Tark pertenecía a esta tribu, pero era más gallardo que la mayoría de sus compañeros. Aunque poseía los largos dedos de los pies característicos de las ratas de agua, era un hombre alto y bien parecido, con unas facciones recias y marcadas, una larga cabellera negra peinada hacia atrás y una barba negra siempre meticulosamente recortada y con las puntas chamuscadas. Sus ojos, oscuros como el azabache, podían aparecer duros a la hora de hacer negocios, pero en otras ocasiones resultaban dulces y luminosos, especialmente cuando cantaba con su bella y melodiosa voz de bajo; y era en parte por ese motivo que, como todo el mundo sabía desde el establecimiento comercial hasta el puerto, entre las mujeres Tark gozaba de gran popularidad. Tark era un experto comerciante, dueño de seis barcos y con varios hombres a sus órdenes. Estaba en todas partes, a veces incluso surcaba el mar en busca de esclavos o unos determinados artículos que sabía complacerían a Krona o a los sacerdotes. Ante todo, Tark se mostraba muy astuto en sus tratos con los sacerdotes, procurando serles útil pero al mismo tiempo afanándose en que cada transacción redundara en su propio beneficio. A Tark le caía simpático el pequeño albañil, al que encontraba un tanto absurdo, pero admiraba sus habilidades y mantenía una buena amistad con él, cediéndole a menudo artículos que había adquirido durante sus travesías y que a su juicio el albañil no era lo bastante avispado para conseguir por sí mismo.
Nooma estaba seguro de que Tark sabría organizar la cuestión de la manutención y alojamiento de sus hombres, y no se equivocaba.
—Dispones de un mes para prepararlo todo —advirtieron los sacerdotes al albañil—. Las obras deben comenzar en la próxima Luna nueva.
Durante los días sucesivos, Nooma vio satisfechas con creces sus peticiones. Los sacerdotes fueron de casa en casa reclutando a hombres jóvenes para trabajar en la construcción del nuevo templo, de modo que, antes de que concluyeran las obras, más de un tercio de la población masculina adulta había participado en alguna fase de las mismas. Bajo la dirección de Tark, construyeron cobertizos para guardar el grano junto al lugar del cual extraían los menhires, y dieron comienzo a la tarea de talar árboles, que utilizarían a modo de rodillos para trasladar sobre ellos las gigantescas piedras.
Pese al ingente trabajo que se le venía encima, Nooma sintió renacer su confianza. Animado por Tark, que estaba encantado de tener la oportunidad de ser útil a los sacerdotes, inició su gigantesca labor con renovado optimismo y antes de que concluyera el mes Nooma confió al ribereño:
—Quizá lo consigamos.
Durante los preparativos, Nooma analizó los problemas técnicos que presentaban las piedras: cómo manipularlas y, ante todo, de qué manera iban a ensamblar esos gigantescos bloques para atenerse con precisión al diseño.
Fue ahí donde Nooma demostró un talento práctico que justificó de sobras la decisión de los sacerdotes de asignarle esa tarea. Pues cuando llegó el momento de informar a los sacerdotes a fines de mes, el pequeño albañil apenas pudo reprimir su entusiasmo, y les esbozó su plan gesticulando con sus cortos y rollizos dedos.
—Debemos tallar las piedras para darles su forma definitiva antes de moverlas —declaró.
Los sacerdotes se mostraron sorprendidos. Habían supuesto que los peones trasladarían los toscos bloques hasta el henge antes de darles forma. Pero Nooma meneó la cabeza en sentido negativo.
—En primer lugar —según explicó—, es absurdo mover las piedras antes de cortarlas, pues serán más pesadas. Y segundo, si cortamos y preparamos los bloques en el henge, organizaremos un lío tremendo: tendremos que retirar del lugar millares de fragmentos de piedra.
—¿Entonces te propones cortar todas las piedras del templo en un lugar situado a una jornada de distancia, acarrearlas hasta el recinto sagrado y ensamblarlas allí? —preguntó asombrado uno de los sacerdotes.
Nooma asintió con la cabeza.
—¿Por qué no?
Luego les mostró sus bocetos.
A fin de construir unos dinteles de idéntica curvatura, Nooma se proponía fabricar un tajo de madera sobre el cual cortaría cada piedra, y para colocarlas en su lugar correspondiente había concebido una ingeniosa solución.
—Como veréis —dijo—, en la parte superior de cada menhir construiremos dos espigas, y en la parte inferior de cada dintel formaremos dos huecos en los cuales encajarán las espigas.
Nooma los señaló a los sacerdotes.
—Las piedras encajarán unas en otras como si fueran de madera —les explicó—. Posteriormente —continuó—, construiré unas junturas machihembradas en los extremos de los dinteles para unirlos unos con otros.
—Confío en que esa unión sea sólida —observó el sacerdote que había hablado con anterioridad.
—¿Sólida? —exclamó el apacible albañil—. ¡Cada piedra estará unida a la siguiente como marido y mujer! ¡El templo será indestructible! —agregó rojo de excitación.
A partir de ese momento los sacerdotes comprendieron que el nuevo templo de Stonehenge sería una obra maestra; y aquella noche, cuando le comunicaron a Dluc los proyectos del albañil, el sumo sacerdote se mostró muy complacido.
Pero los problemas a los que se enfrentaba el sumo sacerdote no eran tan fáciles de solventar, pues a medida que transcurrían los meses el asunto de Krona y su heredero seguía sin arreglarse. Sólo su fe en el dios del Sol impedía que Dluc se desesperara; a menudo tenía la impresión de debatirse entre tinieblas. En ocasiones le parecía que los dioses se habían propuesto confundirles. Era preciso hallar una esposa para Krona, pero ¿dónde? Los augurios decían que ésta llevaría una corona de oro, pero ¿qué significaba eso? Quizá sólo significaba que sería la hija de un cabecilla, pues esas jóvenes acostumbraban lucir una diadema de oro en el pelo cuando se desposaban; pero esta explicación no satisfacía a Dluc, quien estaba convencido de que el augurio significaba otra cosa. Y aunque enviaron mensajeros a todos los cabecillas de la isla, no lograron hallar una esposa adecuada para Krona.
Fue entonces cuando uno de los sacerdotes más ancianos sugirió:
—Dicen que la tierra de Irlanda es dorada debido a su hermosas gemas. Tal vez la joven provenga de allí.
Y puesto que la búsqueda en la isla resultó infructuosa, decidieron enviar a un sacerdote a aquella lejana región occidental para tratar de encontrar allí una esposa para el dirigente. Pero era un viaje largo y arduo y Dluc no sabía a quién confiar esa misión. Por fin un sacerdote llamado Omnic, un joven alto y de porte majestuoso en cuyos ojos ardía el fuego del valor y la entrega, se levantó y dijo:
—Envíame a mí, sumo sacerdote. No me ocurrirá nada malo, pues sé que este viaje es voluntad del dios del Sol.
De modo que Dluc sacrificó dos carneros, Krona entregó varios valiosos regalos al joven sacerdote y tres días más tarde éste zarpó del puerto a bordo de un pequeño curragh, acompañado tan sólo por tres hombres.
Permaneció ausente dos años.
Durante ese tiempo, mientras Nooma y sus peones se afanaban en cortar y preparar diez de los grandes menhires, Krona se mostró más animado: la tristeza desapareció de su rostro, hizo varias visitas a la obra para observar los progresos de la misma e incluso comenzó a cazar de nuevo. Asimismo, reanudó su vida conyugal con Ina. Dluc se preguntaba a veces qué debía de sentir ésta al compartir nuevamente el lecho de Krona sabiendo que dentro de un tiempo llegaría otra esposa para ocupar su lugar. Al principio el sumo sacerdote notó en ella un aire de satisfacción; las arrugas de su rostro, todavía bello, parecían haberse borrado; pero a medida que transcurrían los meses y Krona se mostraba cada vez más ilusionado ante la llegada de una nueva esposa, el sacerdote observó que en torno a la boca de Ina aparecían arrugas de irritación, y al cabo de un tiempo, no sólo su rostro, sino todo su cuerpo asumió un aire de resignación.
En cierta ocasión, cuando Dluc preguntó a Ina qué impresión le causaba la salud del cabecilla, ésta sonrió con tristeza y contestó:
—Krona está bien. Pero confío en que su nueva esposa no tarde en llegar.
En efecto, la impaciencia de Krona aumentaba día a día. Cuando hablaba con Dluc sobre el futuro, sus ojos expresaban preocupación y a veces agarraba al sumo sacerdote del brazo y decía:
—Sacrifica otro carnero al dios del Sol, de forma que Omnic regrese pronto con mi nueva esposa.
Dluc hacía lo que le pedía Krona, recordándole insistentemente:
—No desesperes. Estamos construyendo un nuevo templo. Si obedecemos a los dioses, cumplirán su promesa.
Pero Krona tenía miedo.
—Diles a los albañiles que se apresuren —rogaba a Dluc—. El tiempo apremia y me estoy haciendo viejo.
Fueron unos años llenos de inquietud. Al sumo sacerdote le parecieron un largo período de tinieblas e incertidumbre, iluminados en algunas ocasiones por un rayo de esperanza: al igual que en las tierras altas durante la primavera y el otoño los días nublados se alternaban con los soleados.
El trabajo proseguía sin interrupción en la cantera de la que extraían los gigantescos bloques, y sólo se suspendía cuando el mal tiempo impedía toda actividad.
Era un lugar extraño. Estaba emplazado en una zona desierta de las tierras bajas, y, en rigor, no se trataba de una cantera. Pues las descomunales piedras con las que iban a construir el nuevo templo no estaban enterradas, sino que se hallaban en la superficie —centenares de rocas bajas y alargadas, que sólo sobresalían del suelo unos pocos metros—, de modo que visto desde lejos el terreno parecía estar cubierto por un rebaño de gigantescas e inmóviles ovejas grises.
Nooma jamás había estado tan atareado: el hombrecillo trajinaba constantemente de acá para allá cubierto con un grueso mandil de cuero y el pelo lleno de polvo; pero exhalaba un aire de sosegada autoridad y sus hombres nunca cuestionaban sus órdenes cuando les enseñaba cómo tallar y dar forma a las enormes piedras.
La disciplina era estricta. Los hombres que trabajaban en la cantera o talaban árboles en los cerros se alojaban durante meses en campamentos. Con motivo de las grandes festividades anuales, en los solsticios de verano y de invierno y los equinoccios de primavera y otoño, los sacerdotes ordenaban a Tark que llevara al campamento esclavas, que eran cedidas como recompensa a los obreros más diligentes durante dos días, al cabo de los cuales los hombres reemprendían su tarea. En tales ocasiones, Tark siempre daba a Nooma la oportunidad de elegir a las esclavas que más le gustaran.
Los sacerdotes prohibían a los trabajadores solteros del henge que tomaran esposa; pero el segundo año, en recompensa por sus servicios, comunicaron a Nooma que podía hacerlo.
Eso planteó un problema al albañil.
—No tengo tiempo para buscarme una esposa —masculló mientras observaba la bulliciosa escena que se desarrollaba a su alrededor. No obstante la idea le atraía. Así pues, una mañana de primavera se dirigió hacia el establecimiento comercial para consultar con su amigo Tark.
—Necesito una mujer —dijo.
Tark sonrió. Era sabido que sus propios apetitos sexuales eran prodigiosos. Además de su esposa mantenía a varias esclavas y en más de una ocasión había dicho a Nooma que él mismo, a espaldas de los sacerdotes, podía procurarle una joven esclava.
Pero cuando Nooma le explicó que lo que necesitaba era una esposa, el comerciante que vivía junto al río se puso serio. Tras escuchar atentamente a su amigo respondió:
—Vuelve dentro de tres días. Haré indagaciones.
Tark cumplió su palabra. Cuando Nooma regresó, aquél había hablado con varias familias que habitaban junto a los cinco ríos y que tenían hijas núbiles, y había comprobado que esas gentes estaban más que dispuestas a entregar una hija suya al hábil constructor del nuevo henge, el cual gozaba del favor de los sacerdotes.
Tark enumeró las cualidades de cada una de las jóvenes.
—Pero la mejor es Katesh, la hija de Pendak el alfarero, que vive junto al río occidental —dijo—. Su padre está deseoso de complacer a los sacerdotes y te dará a su hija a cambio de cinco pieles; y por una joven así, el precio normal de matrimonio sería de veinte pieles.
—¿Tan guapa es? —preguntó el albañil.
—Una belleza. La he visto con mis propios ojos —le aseguró el hombre del río—. Ojos negros, piel suave y un cuerpo… —Tark hizo un gesto obsceno y soltó una risotada—. Te envidio.
Dos días más tarde, cuando Nooma vio a la muchacha, tuvo que reconocer que la descripción de su amigo se ajustaba a la verdad.
La joven tenía trece años, y lo primero que Nooma observó fueron sus ojos negros, grandes y lustrosos, y su pálida y cremosa piel. Era un poco más alta que el albañil. Su negra cabellera le llegaba a la cintura; y aunque la chica permaneció en silencio cuando su padre la obligó a salir de la choza y a quedarse junto a las piezas de alfarería, su joven y apetecible cuerpo exhalaba un aire provocativo que estimuló de inmediato el deseo del albañil.
Mientras Nooma conversaba con el padre se dio cuenta de que Katesh lo observaba atentamente, y aunque ésta procuró que sus miradas no se cruzaran, el albañil sabía que le estaba examinando de los pies a la cabeza y se preguntó si a la joven le agradaba lo que veía.
El albañil se decidió inmediatamente.
—La acepto —comunicó al alfarero, que se mostró encantado.
Al cabo de unos días, Nooma, acompañado de Tark, se dirigió río arriba a la casa del alfarero, pagó las cinco pieles y éste le entregó a su hija. Mientras regresaban remando lentamente hacia la confluencia de los cinco ríos, Tark tarareaba una canción y el albañil sonreía casi de forma bobalicona felicitándose de su buena fortuna.
Éste condujo a la muchacha a la pequeña choza que había acondicionado en el valle septentrional, y ella le preparó en silencio la acostumbrada comida a base de tortas de trigo y carne. Pero en cuanto hubo terminado de comer, el albañil se levantó y alzó a la joven en sus cortos pero musculosos brazos. Nooma emitió una exclamación de gozo cuando Katesh se quitó el holgado vestido de lana que llevaban todas las mujeres y le mostró su hermoso y fragante cuerpo y sus senos juveniles y bien moldeados. Sólo entonces alzó ella la vista y clavó sus grandes ojos negros en los de Nooma, que leyó en ellos cautela e incertidumbre, a la par que una inconfundible expresión de desafío. El albañil supuso que su joven esposa se preguntaba si aquel hombrecillo sería capaz de satisfacerla.
Los meses sucesivos fueron una época de alegría e ilusión para el pequeño albañil, que cada noche acariciaba el joven cuerpo de su mujer. En lugar de demorarse en el henge, como solía hacer antes, Nooma procuraba regresar a casa antes del anochecer. Los peones se reían al ver su achaparrada figura de piernas torcidas dirigirse apresuradamente hacia su hogar, donde le esperaba su flamante esposa.
La providencia no había sido bondadosa con Katesh. Era una joven alegre y bonita que, en circunstancias normales, habría podido elegir marido entre los numerosos agricultores de la comarca. Pero tuvo la mala suerte de que su padre no deseara otra cosa que complacer a los sacerdotes. Cuando Katesh se enteró de que el albañil la había pedido por esposa se disgustó mucho.
—¡Ya he oído hablar de él! —exclamó—. Dicen que es pequeño y feo, con una cabeza descomunal.
—Es el mejor albañil de la isla —le dijo su padre—, y es muy popular entre los sacerdotes.
—Pero ¿y si no me gusta? —protestó Katesh.
—Tendrás suerte si te acepta por esposa —repuso su padre.
Cuando Katesh se encontró con Nooma por primera vez, sus peores temores se vieron confirmados. Aunque el albañil notó que ella le examinaba discretamente, no podía imaginar los tristes pensamientos que pasaban por la mente de la muchacha.
«Es feo —pensó ella—, pero si no tengo más remedio lo soportaré. Es más bajo que yo, lo cual no es tan terrible. Pero es… —Katesh no quería pensar en ello—. Es absurdo —tuvo que reconocer al fin—. ¿Cómo voy a amarlo?».
Aquella noche, al pensar en el joven —indefinido pero apuesto— que siempre había soñado para marido, y al comprender que el resto de su vida tendría que pasarla con el diligente albañil dotado de una enorme y solemne cabeza, unas piernas torcidas y unas manos ridículamente pequeñas, Katesh lloró amargamente.
Durante dos días, Katesh imploró a su padre que no la obligara a casarse con Nooma, pero su padre volvió el rostro como si no quisiera oírla, y su madre se limitó a menear la cabeza con tristeza.
—Debes obedecer a tu padre —dijo a Katesh—. Él sabrá elegir al marido que más te convenga.
Cuando el albañil vino a buscarla y pagó a su padre el precio irrisorio que éste había estipulado, la joven se escondió en la casa sin dejar de llorar hasta que sus padres la obligaron a salir. Entonces su madre le dio un consejo —en realidad era una orden— que la joven seguiría el resto de su vida:
—Ten presente, Katesh, que tienes trece años, ya eres una mujer. Debes convencer a tu marido de que le amas. Y debes obedecerle siempre, pues es tu deber. Si no haces esas dos cosas sufrirás.
Durante los años sucesivos, Katesh se esforzaría por obedecer a su madre. Pero aquel soleado día, mientras el bote la conducía hacia su nuevo hogar y ella contemplaba los elevados cerros y los inmensos espacios de Sarum que se extendían bajo el cielo azul, tuvo la impresión de que el resto de su vida sería un largo y terrible sacrificio.
Recordó las palabras de su madre.
Noche tras noche, mientras el pequeño albañil le hacía vigorosamente el amor, creyendo haberla impresionado con su fuerza y su pasión, Katesh trató de fingir que ella también se sentía transportada; y dado que el albañil estaba lleno de orgullo y excitación, no se le ocurrió que su joven esposa no gozaba con sus apasionadas caricias, sus insistentes acometidas y sus gruñidos de placer.
De hecho, la certeza de que ella excitaba a su marido procuró a Katesh un cierto gozo y satisfacción; pero se alegraba de pasar la mayor parte de los días sola y no esperaba con ilusión las noches en que el albañil regresaba a casa.
Nooma la llevó varias veces a visitar el henge, donde habían comenzado a retirar las piedras azules sagradas para sustituirlas por los nuevos menhires. Cada vez que acudía allí, Katesh observaba las sonrisitas que esbozaban los peones e imaginaba los chistes procaces que debían de hacer en voz baja mientras el albañil de piernas torcidas le mostraba las obras; y cada vez Katesh maldecía en silencio a los dioses por haberle dado un marido al que no podía amar.
Fue por aquel entonces cuando el albañil hizo un asombroso hallazgo. A fin de asegurarse de haber interpretado correctamente los deseos de los sacerdotes, Nooma construyó una maqueta en madera del nuevo henge. Era una obra de arte, sus medidas habían sido reproducidas a escala y no le faltaba el menor detalle. Cuando los sacerdotes la vieron, asintieron en señal de aprobación: ése era exactamente el templo que deseaban. Pero aunque los sacerdotes se sentían satisfechos, Nooma no lo estaba. Había algo en la maqueta del templo —algo que no sabía identificar— que le disgustaba. El albañil la estudió durante varios días hasta comprender el motivo de su desagrado.
Entonces Nooma puso en práctica una idea que hizo que Katesh se preguntara si su marido había perdido la razón, pero que deleitó a los niños que vivían en las granjas vecinas. Cada noche, antes de acostarse, a la luz de una vela, Nooma confeccionaba unos diminutos y curiosos arcos de madera, incluso unos pequeños menhires de escasos centímetros de altura, cada uno de los cuales tenía una forma distinta; luego, al amanecer, el albañil colocaba estas pequeñas estructuras en el suelo y se tendía junto a ellas para observarlas mientras la luz se reflejaba en las mismas.
—Mirad, Nooma está jugando a ese juego tan extraño —decían los niños. Acto seguido se arrojaban sobre él, le alborotaban el pelo y derribaban los pequeños menhires y arcos hasta que el lugar parecía un campo de batalla.
—Esos arcos ni siquiera son rectos —comentó Katesh.
Pero el pequeño albañil se limitaba a quitarse de encima a los niños, y después de enderezar de nuevo sus modelos reanudaba su intensa observación.
Cuando, después de casi un mes de este extraño comportamiento, Nooma se sintió satisfecho, cogió el modelo original del templo junto con varios de los curiosos arcos que había construido, y se los mostró a los sacerdotes.
—El nuevo templo está mal diseñado —les informó sin rodeos—. Tiene un aspecto raro. —Nooma depositó en el suelo, ante los asombrados sacerdotes, los modelos que había construido y les explicó—: Fijaos, la luz se refleja en las piedras verticales en los puntos donde éstas se unen con los dinteles. Aunque los menhires son rectos, parecen acercarse unos a otros en su parte superior. El edificio da la impresión de ser inestable. —Entonces el albañil les mostró los pequeños arcos que había construido—. Como veis he afinado las piedras verticales en su parte superior, creando un efecto más ligero. Las columnas parecen más rectas, aunque no lo son. —A fin de reforzar su argumento, Nooma enseñó a los sacerdotes un boceto—. Así es como debemos construir el templo.
Y cuando los sacerdotes examinaron el dibujo, comprendieron que el albañil tenía razón.
Lo que Nooma había corregido mediante la técnica denominada éntasis, bien conocida por los griegos, era el efecto óptico por el cual el perfil recto de una columna se ve cóncavo. De modo que incluso hoy en día las piedras verticales de Stonehenge tienen la parte superior más afinada, una sofisticación inédita en cualquier otro edificio prehistórico en el norte de Europa.
En la primavera del año siguiente Katesh informó a Nooma de que estaba encinta. Una sonrisa de gozo iluminó el rostro del albañil.
—¿Cuándo nacerá el niño? —inquirió afanosamente.
—A principios del invierno —repuso ella—. Hacia la festividad del Día del Invierno. —Katesh se alegraba de hacer feliz a su achaparrado esposo.
—Será un varón —afirmó él—. Un magnífico albañil.
Y con el corazón henchido de gozo, Nooma entregó una oveja a los sacerdotes para que la sacrificaran, a fin de asegurarse de que los dioses bendecirían a su primogénito.
Durante los meses sucesivos, Nooma llevó a cabo sus tareas con renovada alegría; por las noches permanecía sentado durante horas en su choza, contemplando con orgullo y admiración el abultado abdomen de su joven esposa.
Mientras transcurría el otoño y el invierno se iba acercando, Nooma se sentía cada día más ilusionado ante el próximo nacimiento de su hijo y su optimismo contrastaba con el espíritu que reinaba en Sarum.
Pues no habían recibido noticias de Omnic.
A medida que pasaban los meses, Krona no cesaba de preguntar con creciente nerviosismo:
—¿Dónde está mi nueva esposa?
Aunque el sumo sacerdote le aseguraba que los dioses se la enviarían, que tuviera paciencia, él mismo comenzaba a sentirse preocupado.
—Puede que Omnic haya perecido ahogado. Quizá deberíamos buscar otros mensajeros —sugirió Krona sombríamente.
Y Dluc tuvo que reconocer que el jefe tenía razón. Una nube de depresión pareció instalarse sobre Sarum.
—Si el Día del Invierno no hay aún señal de tu esposa —dijo Dluc—, enviaremos a otros sacerdotes. Antes de mediados de invierno tendrás una nueva esposa.
A fines del otoño, para no dejarse vencer por el desaliento y para infundir ánimos a los trabajadores del henge, el sumo sacerdote decidió visitar el lugar donde construían el nuevo templo e inspeccionar los trabajos de Nooma.
Dluc se presentó acompañado por los demás sacerdotes una tarde en que soplaba un fuerte viento. Unos rayos de luz grisácea se filtraban por entre las densas nubes, proyectando una desapacible claridad sobre el desierto paisaje. El frío viento del nordeste que barría las nubes sobre el páramo hacía que el polvo de las piedras se introdujera en los ojos de los peones y los sacerdotes.
Nooma, vestido con un grueso mandil de cuero y con su pelo entrecano lleno de polvo, se postró ante el sumo sacerdote y, a instancias de éste, les mostró las obras.
Era extraordinario lo que había conseguido. Tres gigantescos menhires se hallaban dispuestos para ser colocados en su lugar, y varios otros estaban casi terminados. Tras abrirse paso entre los grupos de obreros, los sacerdotes y el albañil se detuvieron ante una piedra descomunal que los peones se disponían a tallar. Esta yacía en el suelo, medía dos metros de diámetro y era tan larga como diez hombres.
Nooma le dio unas palmaditas al menhir.
—Convertiré esta piedra en uno de los menhires más altos —afirmó señalando al grupo de hombres que se ajetreaban junto a la parte central de la piedra—. La cortaremos por aquí —explicó al sumo sacerdote, indicando una profunda estría en forma de «V» que había tallado en la piedra. Debajo de ella, en aquel mismo punto, los obreros habían excavado en el suelo un hoyo que acababan de llenar con ramas.
El acto de cortar la piedra constituía una operación extraordinaria, y Dluc contempló la escena fascinado. En primer lugar los hombres prendieron fuego a las ramas y se afanaron en alimentarlo, agregando más hojas y ramas secas al hoyo utilizando unos largos palos. Al poco rato la piedra se calentó tanto que era imposible tocarla, pero Nooma ordenó a los hombres que continuaran. Al cabo de unos momentos, la piedra comenzó a resplandecer, y aun así el albañil no se declaró satisfecho. Por fin, cuando la piedra comenzó a exhalar un intenso calor que encendía el rostro de los peones, Nooma les ordenó: «¡Arrojad agua!», y los trabajadores se precipitaron con unos cubos de cuero llenos de agua que vertieron sobre la «V» esculpida en la piedra, de la que brotó una densa nube de vapor.
—¡Más agua! ¡Arrojad más cubos de agua! —gritó Nooma. Los peones vertieron más agua sobre la piedra, apartándose de un salto para no quemarse. La operación se prolongó durante unos tensos minutos, tras lo cual se oyó un sonoro «crac» que fue acogido con aclamaciones de alegría.
Cuando el vapor se disipó, todos pudieron contemplar una fisura que atravesaba la ardiente roca a partir de la incisión hecha por Nooma. No existía piedra, por grande que fuera, que el albañil no pudiera partir mediante este método.
Luego, Nooma mostró a los sacerdotes el resto de las obras. Los menhires se hallaban en diversas fases de preparación y Nooma supervisaba personalmente todos los trabajos. Ante todo vigilaba de cerca el pulido de las piedras, que sus peones realizaban golpeándolas con cantos rodados a fin de ir eliminando poco a poco capas de la superficie.
—Como veis —explicó Nooma a los sacerdotes—, los peones golpean siempre las piedras en sentido descendente, desde la cima hacia la base, de forma que presenten una superficie uniforme.
Cuando el sumo sacerdote examinó uno de los menhires, comprobó que estaba cubierto de diminutas estrías dispuestas en el mismo sentido, que le daban un acabado pulido, de modo que cuando las piedras estuvieran colocadas en su lugar la luz incidiría siempre sobre bordes verticales, realzando el airoso efecto del templo megalítico.
En verdad, según pensó el sumo sacerdote, Nooma era un maestro en su oficio.
En el preciso momento en que Dluc admiraba la obra del albañil, vieron a un mensajero que corría hacia ellos a través del valle.
—¡Sumo sacerdote! —gritó—. Debes regresar inmediatamente a Sarum. Krona se ha puesto enfermo.
Estaba más que enfermo: parecía estar agonizando. El sumo sacerdote averiguó que Krona había sido presa de una fiebre el mismo día en que él partió para la cantera, pero el cabecilla no le había dado importancia. Para cuando avisaron a los sacerdotes, el estado de Krona había empeorado rápidamente y no confiaban en poder salvarlo.
Al entrar en casa de Krona, Dluc lo vio postrado en un lecho de paja; la fiebre había bajado un poco y yacía muy quieto, temblando de vez en cuando. Su piel había adquirido un tono grisáceo; tenía los ojos vidriosos, clavados en el techo, y no pareció percatarse de la presencia del sacerdote. Dluc había visto a varios hombres en ese estado; pero ninguno de ellos había logrado sobrevivir.
En el suelo, junto a él, como una sombra, estaba sentada la venerable Ina. Había envejecido repentinamente, como solían hacer las mujeres de la isla: tenía la espalda encorvada, y su cabello, completamente blanco, comenzaba a escasear. Permanecía en silencio y Dluc notó que había estado llorando.
Dluc murmuró unas palabras al cabecilla, pero éste no le oyó.
—Va a morir —dijo Ina, inclinándose hacia delante para enjugarle la frente.
—Los dioses desean que viva —respondió el sacerdote con firmeza. Ina no contestó.
¿Acaso la fe de Dluc era tan fuerte? Él sabía que había pronunciado esas palabras animosas para convencerse a sí mismo. Conocía todos los secretos de la medicina, y no ignoraba que existían dolencias del espíritu que ninguna pócima podía curar.
No obstante, Dluc preparó un brebaje de hierbabuena, una hierba aromática y sumamente eficaz, y humedeció con el líquido la frente y los labios del cabecilla, mientras les rezaba a los dioses. La noche transcurrió sin novedad.
Por espacio de dos días Krona estuvo entre la vida y la muerte. Fueron unos días terribles para el sumo sacerdote. ¿Era posible que los dioses hubieran vuelto la espalda a Sarum? ¿Acaso el nuevo templo no era tal como ellos habían ordenado? Dluc ya no sabía qué pensar.
La noticia de la enfermedad de Krona se había propagado a lo largo de los cinco ríos. En todos los valles, las gentes de Sarum llevaban a cabo sus quehaceres en silencio; ¿qué ocurriría si moría Krona? Nadie lo sabía. Durante esos días, todo Sarum parecía vivir atenazado por la angustia.
De pronto, en medio de las tinieblas, apareció un rayo de sol.
Omnic regresó, trayendo consigo a una joven esposa para Krona.
Subieron por el río en un amplio curragh —que doblaba en tamaño la barca en la que había zarpado Omnic—, pintado de blanco. El avispado Omnic, recordando lo que decían los augurios por todos conocido, había adornado la cabeza de la muchacha no sólo con una diadema de oro, sino con una delicada redecilla dorada que le colgaba por la espalda, y la había hecho situarse de pie en la proa del curragh para que todos los ribereños la vieran con claridad. Omnic había hecho una buena elección: la chica era alta, con los pechos firmes y esbelta. Y, aunque no podía afirmarse que fuera hermosa, pues tenía la nariz larga, unos ojos grises de mirada solemne y la tez picada de viruelas, era la hija de un caudillo irlandés que la había entregado a Omnic a cambio de una cuantiosa suma, y tanto la madre como la abuela de la muchacha habían parido doce hijos sanos y robustos.
Omnic no había descuidado ningún detalle. No sólo había enseñado a la joven, durante el largo viaje de regreso, el dialecto que se hablaba en el área de Sarum, sino que le había explicado minuciosamente cada aspecto del nuevo papel que habría de asumir. La muchacha apenas hizo comentarios, pero el sacerdote supuso que le había comprendido perfectamente.
La noticia de la llegada de ambos alcanzó la colina de Sarum mucho antes de que desembarcaran, de modo que Dluc aguardaba en la ribera para recibirlos. Cuando la muchacha se apeó de la barca, él la condujo hasta la casa de Krona sintiéndose eufórico; no porque la joven fuera bella —que no lo era—, sino porque parecía comprender su destino. Ya fuera gracias a su intuición o a las explicaciones que Omnic le había dado, el caso es que la chica se hizo cargo de la situación de inmediato. Al penetrar en la casa se dirigió directamente al lecho donde yacía Krona y, sin hacer el menor caso de Ina, habló al cabecilla con firmeza expresándose en su extraño acento.
—Soy Raka, tu esposa. Es preciso que te cures, pues debes tener más hijos.
Desde que era niño, ninguna ocasión complacía más a Krona que la festividad del Día del Invierno. De todos los festejos que se celebraban en Sarum, éste era el más antiguo, y aunque los sacerdotes fijaban la fecha según el calendario solar —recaía treinta y nueve días después del equinoccio de otoño— se decía que provenía de un tiempo más remoto incluso que el propio henge. Desde épocas inmemoriales todos los agricultores llevaban a cabo en su casa el rito tradicional la víspera del Día del Invierno, antes de sacrificar los animales que no deseaban albergar durante los meses invernales. Los campesinos afirmaban que en el Día del Invierno hasta el dios del Sol dormía y que los espíritus salían de sus tumbas para deambular entre los vivos. El rito del Día del Invierno era especialmente importante, porque era entonces cuando los campesinos pedían a los dioses que hicieran más fértiles los campos.
En presencia de esa extraña mujer procedente de las islas occidentales, el cabecilla sintió renacer poco a poco su optimismo. La palidez de su rostro se desvaneció; sus ojos adquirieron un nuevo brillo y, sobre todo, una pequeña esperanza, como un calor interior, comenzó a avivarse dentro de su cuerpo.
—Había perdido la fe en los dioses —confió Krona al sumo sacerdote al tercer día de su recuperación—. Era como si, después de haber perdido a mis hijos…, Krona hubiera comenzado a morir.
Dluc asintió con la cabeza.
—Cuando Krona muera, Sarum morirá también —declaró el sacerdote—. Pero no ahora.
—Aún estoy débil —repuso el cabecilla—. Pero me siento revivir.
En efecto, su recuperación fue asombrosa. Raka e Ina permanecían constantemente junto a él. La joven apenas hablaba. Daba la impresión de vivir inmersa en sí misma. Pero todos los días miraba a Krona a los ojos y le decía: «Pronto estarás bien», con una voz que parecía más una afirmación que una esperanza. Y Krona seguía extrayendo fuerzas y consuelo del aliento que le proporcionaba la joven.
—Ella sabe que me curaré —dijo al sacerdote—. Es la esposa que me envían los dioses. Estoy seguro de ello.
Al quinto día Dluc observó:
—Ha llegado el momento de fijar la fecha de la boda.
A lo que Krona respondió:
—Deseo que sea la víspera del Día del Invierno, dentro de tres días. Es la fecha de mejor augurio del calendario.
La ceremonia se celebró al anochecer, en la sala principal de la casa de Krona. Encendieron todas las velas, y asistieron veinte de las familias más importantes de Sarum.
—Que la pareja se adelante —dijo Dluc, y Krona avanzó acompañado por Raka. Hacía meses que el cabecilla no presentaba un aspecto tan joven y robusto, y el sacerdote se alegró de comprobar que el gran hombre a quien amaba y respetaba volvía a ser el mismo de antes. Luego, siguiendo la antigua tradición del Día del Invierno, Dluc dijo en voz alta:
—Que entre la doncella del trigo.
La anciana Ina y sus sirvientas avanzaron portando una curiosa y maravillosa figura cuya visión hizo que Krona experimentara una intensa emoción. De dos codos de longitud, hecha con tallos de trigo trenzados hábilmente para formar una figura femenina dotada de voluminosos pechos y con las piernas separadas, la doncella del trigo era la imagen de la fertilidad. Las mujeres la depositaron respetuosamente sobre una banqueta en el centro de la habitación. A continuación Dluc dijo:
—Sol, bendice a esta doncella y haz que sea fértil.
Y todos los presentes exclamaron:
—¡Es fértil!
Una vez que hubieron pronunciado esas palabras, Ina y sus sirvientas bailaron lentamente alrededor de la doncella del trigo trazando tres círculos, al final de cada uno de los cuales se detenían para hacer una reverencia.
Dluc llevó a cabo la próxima parte de la ceremonia pensando en Krona. Tomó un grueso palo de roble, ennegrecido por el paso del tiempo, y lo colocó entre las piernas abiertas de la muñeca.
—Hemos arado y plantado —dijeron los hombres—. ¡Concédenos una buena cosecha!
Por segunda vez, Ina y sus sirvientas giraron tres vez en torno a la figura, batiendo palmas y haciendo unos gestos provocativos para indicar a la doncella del trigo que debía engendrar hijos.
La ceremonia había concluido; la figura yacería allí, con el palo entre las piernas, hasta el anochecer del día siguiente. Entonces Dluc condujo a Krona y a la joven hacia delante.
—Oh Sol, el más grande de todos los dioses —exclamó—, creador de vida: bendice a este hombre y a esta mujer y haz que ella también engendre hijos.
Todos los presentes rompieron a aplaudir. Luego el sumo sacerdote colocó una diadema de oro sobre la cabeza de la joven.
—Raka —dijo el sacerdote en tono solemne—, has sido elegida por los dioses.
Krona, el gran caudillo, miró la muñeca hecha de trigo, aquel símbolo maravilloso de preñez extraído de los campos que le recordaba vivamente su infancia; miró con afecto a su vieja y leal esposa y contempló asombrado a la extraña muchacha que estaba junto a él; y al realizar el antiguo rito del día más mágico del año —cuando incluso el implacable dios del Sol dormía—, sintió una felicidad y una emoción que hacía muchos años que no experimentaba. El cabecilla se sintió inundado por un intenso calor, como si aquel día su espíritu hubiera vuelto a nacer.
Esta vez tanto Krona como el sumo sacerdote estaban convencidos de que los problemas de Sarum habían llegado a su fin.
Al cabo de unos días, en la modesta choza situada en el valle septentrional, se produjo un pequeño acontecimiento que procuró al albañil una alegría mayor que la provocada por la noticia de que Krona había hallado por fin una nueva esposa.
Había nacido su hijo: un espléndido varoncito con una cabeza grande y redonda, unos ojos enormes y serios y unas manitas rechonchas con los pulgares extremadamente cortos; cuando Nooma sostuvo a su hijo en brazos y lo examinó detenidamente, sonrió satisfecho.
—Algún día serás un magnífico albañil —dijo riendo de gozo—. Fíjate en sus manos —añadió entregando el niño a Katesh y acariciando con afecto el pelo de su esposa—. Pronto tendremos una partida de pequeños albañiles —dijo con entusiasmo. Katesh sonrió débilmente.
Cuando volvió a ser Luna llena, antes de que llegaran las primeras heladas, celebraron una fiesta en la pequeña choza del valle. El albañil colocó unas esteras de junco en el suelo ante la fachada, mientras que Katesh preparaba la comida, cuyo elemento principal era el manjar más apreciado en el valle: un lechón asado lentamente al espetón. Sirvieron tortas, suculentas bayas y —lo más importante aparte del lechón— grandes frascas que contenían la cerveza negra que elaboraban en la región y el espeso, dulce y potente hidromiel, fermentado a partir de la miel que recogían en los panales de los bosques circundantes.
El albañil invitó a la fiesta a sus mejores peones, a la familia de Katesh, a su amigo Tark y a uno de los sacerdotes, sin el cual la celebración no habría tenido sentido; pues era privilegio de los sacerdotes imponer un nombre al niño.
Antes de la puesta de Sol, sacaron al niño y lo mostraron al sacerdote.
Éste era un joven de aspecto serio. Al igual que todos sus congéneres vestía una gruesa túnica de lana parda sin teñir y llevaba la cabeza rapada excepto un mechón de cabellos en forma de «V», con la punta entre los ojos. El joven sacerdote permaneció un rato en silencio, observando por encima de la enorme y solemne cabeza del niño el rostro no menos solemne del albañil. De golpe su severa expresión dio paso a una alegre sonrisa.
—El hijo es idéntico al padre. Lo llamaremos Noo-ma-ti —dijo el sacerdote.
Se trataba de un ingenioso juego de palabras, pues el nombre significaba a la vez «como Nooma» y «hombre de piedra». Todos los asistentes aplaudieron regocijados la oportuna elección del nombre, y la fiesta dio comienzo.
Después de que todos hubieran bebido el aromático y potente hidromiel y Nooma sintiera todo su cuerpo invadido por un grato calor, Tark inició los cantos, coreados por el resto de los presentes. El hombre del río entonó la primera melodía con su voz profunda y melodiosa, y todos le corearon. Salmodiaron a continuación las viejas canciones de caza propias de la región, y otras de un carácter más procaz. Pero mientras que los hombres deambulaban de un lado a otro dando traspiés y cantando de forma desafinada, Tark permanecía quieto y erguido; su atezado y enjuto rostro se asemejaba a un espléndido instrumento de madera del que brotaran melodiosas tonadas. Al cabo de un rato dijo:
—Ahora cantaremos una nana dedicada al niño.
Mientras los hombres y las mujeres le escuchaban en silencio, Tark entonó una canción rítmica y pausada que parecía elevarse formando volutas en el aire y dispersarse como el humo de leña que exhalaban las brasas; era una extraña y vieja canción que versaba sobre un bosque, repleto de animales y aves, que yacía bajo el mar. Su letra era conmovedora; y mientras cantaba, los negros ojos de Tark, que parecían fijos en el horizonte, observaban los rostros alegres congregados en torno al fuego.
Aquella noche, cuando los invitados se hubieron retirado, Katesh dijo:
—Tu amigo Tark canta muy bien.
Y el pequeño albañil asintió con satisfacción antes de sumirse en un agradable sueño.
Tres días más tarde, Nooma empezó a trasladar el primer menhir terminado hacia el henge.
El albañil había elegido esa época del año porque las primeras heladas habían endurecido el suelo, impidiendo que los peones se hundieran en la tierra bajo el peso descomunal de los menhires.
—Podemos trasladar los bloques hasta mitad de camino del henge antes de que comience a nevar —dijo Nooma—. Quizá logremos transportarlos también a través de la nieve.
Por orden suya, cada menhir fue ligado a una armazón de madera. Los obreros habían talado centenares de árboles y apilado los troncos en varios puntos a lo largo del trayecto, a fin de utilizarlos como rodillos sobre los cuales transportar las armazones. Nooma había elegido atinadamente la ruta, procurando que pasara en la medida de lo posible a través de las tierras altas, por ser el camino más practicable. El albañil inició su tarea con quinientos hombres y un centenar de parejas de bueyes.
Los peones trabajaron con eficacia, pero Nooma no tardó en comprobar que los bueyes apenas resultaban útiles.
—La obstinación de esas bestias es aún mayor que la obstinación de los hombres —comentó uno de los sacerdotes a Nooma. Y no le faltaba razón.
Los hombres podían guiar con relativa facilidad a una yunta de bueyes, e incluso a dos o tres. Pero para arrastrar cada una de las enormes piedras eran precisas como mínimo veinte o treinta yuntas y aunque los bueyes poseían una fuerza tremenda, sus movimientos eran espasmódicos y nada coordinados.
—¡Es imposible dominarlos! —exclamó el albañil desesperado. Reunió más partidas de trabajadores para sustituir a las bestias, y decidió utilizar a los bueyes tan sólo en las cuestas más empinadas, para ayudar a las disciplinadas cuadrillas que tiraban de las correas de cuero mientras cantaban rítmicamente.
Cuando llegaron las nieves, Nooma trató de trasladar un menhir sobre un enorme trineo, pero el peso de la piedra era tan grande que el vehículo se hundió en la nieve y resultó imposible moverlo. Así pues, tuvieron que suspender el traslado de los menhires hasta la primavera.
Poco después del equinoccio primaveral recibieron en Sarum la noticia que esperaban desde hacía mucho. Raka estaba encinta.
Era una joven muy extraña. Durante todo aquel tiempo apenas despegó los labios, jamás se quejó ni pidió nada; no tenía amigos ni enemigos; permanecía siempre junto a Krona; y prescindía olímpicamente de las otras mujeres que había en la casa, inclusive Ina. No las ofendía; pero era como si no existieran. Esa conducta levantó algunas quejas, y la anciana Ina, aunque no dijo una palabra de protesta, andaba siempre con aire taciturno. Pero ahora que la muchacha había quedado preñada, nadie podía criticarla, pues la suerte de Sarum residía en sus entrañas.
Dluc se preguntó en un par de ocasiones si Raka se sentiría feliz. Era imposible adivinarlo. Y a decir verdad, apenas tenía importancia. Había sido traída a Sarum con un fin; no cabía la menor duda sobre su destino, y la joven cumplía su cometido a la perfección.
Ante todo, a Krona se le veía feliz. Al cabecilla le parecía que Raka le comunicaba nuevas fuerzas, y cada día, al contemplar el abultado vientre de su esposa, exclamaba:
—¡Los dioses te han enviado para salvarnos!
Al término de la primavera, todo indicaba que aquel año gozarían de un verano espléndido: los días cálidos y apacibles se sucedían sin interrupción y sobre las amplias laderas que se alzaban sobre los cinco ríos, las apretadas espigas de trigo anunciaban una excelente cosecha. Por fin, Sarum se hallaba en paz con los dioses y Krona se sentía lleno de esperanza.
Un mes antes del solsticio de verano Nooma comenzó a erigir el primero de los descomunales trilitos de piedra grisácea del nuevo Stonehenge.
Él también se sentía satisfecho. Al fin y al cabo, su esposa le había dado un hijo, y las obras del monumento megalítico avanzaban con rapidez. Al igual que todas las gentes de Sarum, Nooma rebosaba de optimismo al saber que Raka estaba encinta y que los dioses sonreían nuevamente sobre los valles y los cerros.
Cierto que, desde el nacimiento de su hijo, Katesh se mostraba a veces irritable y malhumorada, pero Nooma lo achacaba a causas triviales y su vida conyugal continuó plácidamente. La joven era una buena esposa: cocinaba de maravilla y le confeccionaba chalecos de cuero exquisitamente ribeteados de piel. Cuidaba de su esposo con esmero, y si a veces su respuesta al ardor de éste era más bien tibia, al albañil le seguía atrayendo tanto el espléndido y joven cuerpo de su mujer que no daba importancia a ese detalle. Cuando al regresar a casa la encontraba ante la choza sentada en el suelo junto al fuego con su hijito en brazos y lo acogía con una sonrisa, Nooma la alzaba en sus brazos y la conducía dentro como en los primeros tiempos de su matrimonio.
Nooma se ausentaba con frecuencia, pues a veces tenía que acampar durante meses en el lugar donde erigían el nuevo templo megalítico. Katesh se quedaba sola en casa, ocupándose del pequeño terreno que poseían en la ladera y conversando con las otras mujeres que vivían en aquella zona del valle. Muchos hombres permanecían ausentes durante largos períodos a causa de las obras del henge, y Katesh no protestaba nunca.
Era ciertamente una excelente esposa.
En ocasiones, cuando Nooma llevaba un tiempo ausente, consultaba a su amigo Tark y le preguntaba:
—¿Qué puedo regalar a Katesh cuando yo regrese a casa para complacerla?
Tark le decía que aguardara y luego, después de una de sus visitas al puerto, le entregaba un hermoso adorno o un collar de relucientes cuentas que él había adquirido a los mercaderes procedentes de allende los mares.
—Éstos son los objetos que les gustan a las mujeres —afirmaba.
Cuando Nooma ofrecía esos regalos a Katesh, ésta se sonrojaba de gozo y el pequeño albañil sonreía satisfecho al comprobar que había complacido a su esposa.
Hacia fines de la primavera, una tarde en que regresaba al valle, Nooma hizo un pequeño descubrimiento que le deleitó. Junto al camino que descendía desde el cerro había observado con frecuencia una mata de espino cuyas raíces asomaban a través del suelo, por lo que procuraba esquivarlas y no tropezar en ellas. Aquel día a Nooma se le enganchó el pie en una de las raíces y por poco se cae. Al volverse para contemplar la raíz, vio un canto rodado que yacía junto a ella. El albañil se detuvo para examinarlo. Ante su asombro, comprobó que la piedra gris, no mayor que su puño, había sido tallada —tosca pero inconfundiblemente— para darle la hechura de una mujer rechoncha y de generosas formas. Mientras sostenía la curiosa figurilla, Nooma se sintió poderosamente atraído por ella. Apreció el amor con que el tallista había reproducido las amplias y firmes curvas de la rolliza mujer, y lo bien que había captado la esencia de su infinita fecundidad.
—El hombre que confeccionó esta figurilla sin duda amaba a su mujer —murmuró Nooma. Luego la guardó en la bolsa de cuero que llevaba colgada del cinturón y se la llevó a casa.
En un rincón de su choza Nooma tenía un montón de objetos parecidos: puntas de flecha de sílex, puntas de lanzas y piedras de singular configuración que había hallado y que estudiaba con deleite preguntándose qué fuerzas internas y secretas de la roca habían causado esas extrañas formas. El albañil depositó sobre ese montón la figurilla que Hwll el cazador había esculpido a semejanza de Akun, su mujer, hacía miles de años.
Durante los largos y cálidos días veraniegos Nooma comenzó a levantar los primeros arcos del nuevo Stonehenge.
La erección de los gigantescos menhires constituyó una operación muy delicada. Para empezar, arrastraron el primero de ellos hasta un hoyo que habían excavado, haciendo que la base de la piedra asomara cosa de un metro sobre el borde de la concavidad. Luego los sujetaron con unas sogas y doscientos hombres fueron alzándolo centímetro a centímetro hasta colocarlo de pie; un grupo tiraba de las sogas sobre una elevada armazón de madera mientras otro grupo apuntalaba la piedra que levantaban con palos para evitar que se desplomara. Después de haber introducido el menhir en el hoyo —la base del trilito de mayor tamaño está enterrada a dos metros de profundidad— varios peones se encargaban de rellenar la cavidad con tierra.
A la hora de colocar los dinteles —cada uno de los cuales pesaba varias toneladas y había que alzarlo seis metros en el aire— los obreros al principio no supieron cómo proceder.
Nooma les procuró de inmediato la respuesta.
—Es sencillo —explicó—. Sólo tenéis que construir un andamio de madera bajo el dintel y alzarlo. —El pequeño albañil les mostró cómo hacerlo utilizando un canto rodado y unas ramas—. Levantaremos el extremo del menhir por medio de unas palancas y debajo de él colocaremos una barra de madera. Con el otro extremo procederemos de igual forma. Luego sobre las barras colocaremos otras dos en sentido transversal, para formar un cuadrado. Después alzaremos de nuevo la piedra sobre las barras atravesadas, del mismo modo que antes. Repetiremos esta operación una y otra vez, asegurando el andamio debajo del monolito con sogas a medida que avancemos. —Los ágiles dedos de Nooma manipulaban las ramas con tal precisión que los peones vieron alzarse la piedra ante sus ojos—. Cuando el andamio se encuentre a la misma altura que la punta de ambos menhires, colocaremos el dintel sobre éstos.
Todo salió a la perfección. Siguiendo las instrucciones de Nooma, los peones construyeron el andamio y alzaron los dinteles lentamente. Con motivo de la festividad del solsticio, instalaron dos de los trilitos más elevados en el centro del henge.
Éstos constituían un espectáculo impresionante: cuando las gentes contemplaron los trilitos durante los festejos, se quedaron atónitas.
—El nuevo templo será el más grande que jamás se ha erigido —dijeron todos; y estaban en lo cierto.
La cosecha fue la mejor que recordaban los lugareños; hacía años que Dluc no veía en el rostro de Krona una sonrisa tan radiante, pues la gestación de Raka progresaba con normalidad y su vientre se hacía más voluminoso.
—El dios del Sol nos sonríe —dijo Krona al sacerdote, quien movió la cabeza en señal afirmativa.
Transcurrió el verano y llegaron los primeros días de otoño, antes de que se produjera la catástrofe.
Era una noche templada de principios de otoño; la Luna se hallaba en el decimotercer año de su ciclo y faltaban tan sólo seis años para que completaran el nuevo templo. Dluc y Krona conversaban tranquilamente en la casa del cabecilla, mientras el sumo sacerdote aguardaba con impaciencia el momento de visitar el henge, cuando de pronto desde la otra habitación sonó un grito que hizo que ambos interrumpieran bruscamente su plática.
El parto de Raka se había adelantado. En cuanto Dluc la vio comprendió que algo andaba mal.
El resto de la noche permaneció grabado en su memoria como una sucesión de imágenes borrosas: Krona, trastornado, lo maldecía a él, mientras que el propio Dluc dirigía desesperadas plegarias a los dioses, a pesar de su terrible convicción de que éstas eran inútiles; Ina, fuerte y silenciosa como de costumbre, sostenía en sus brazos a la pobre muchacha; y por fin el cabecilla, demudado, abandonó la estancia como un autómata. Pero lo que el sacerdote recordaba con mayor nitidez era la sangre. Todo estaba empapado en sangre, como si hubieran llevado a cabo un sacrificio: el lecho, el suelo, hasta los muros. La joven estaba muerta, al igual que el niño, fallecido antes de salir del cuerpo de su madre; la criatura yacía en el suelo, era un pequeño montón de carne grisácea, cubierto de sangre. Constituía la muerte de todas las esperanzas del pueblo de Sarum.
Entonces, mientras Ina, meneando la cabeza con tristeza, recogía del suelo el pequeño cadáver, sus sirvientes comenzaron a gemir y a sollozar al tiempo que esparcían hierbas sobre el cuerpo de Raka. Dluc también se había echado a llorar.
Recordaba la sangre; y también recordaba el rostro de Krona, cuando al cabo de un rato fue a reunirse con él.
El cabecilla estaba sentado a solas en un cobertizo donde sólo ardían dos velas, pero a su luz el sacerdote logró distinguir el semblante de Krona. Lo que vio le pareció terrible, porque aquel rostro no mostraba ira, ni siquiera desesperación, sino que aparecía totalmente inexpresivo.
Cuando Dluc se acercó a él Krona lo miró como si no le viera, y antes de pronunciar una palabra, el sacerdote comprendió que el gran cabecilla había perdido la razón.
Otros acontecimientos, aunque insignificantes, se habían producido aquel estío en el valle.
Un soleado día de principios de verano, Katesh se hallaba en la ribera más abajo de su choza cuando, por las cosas del azar, Tark el ribereño condujo a Nooma el albañil río abajo desde el henge a su hogar.
El agua, en su calmoso fluir, producía alrededor de los largos juncos verdes unas olitas y remolinos que, al ser iluminados por el Sol, hacían que la corriente pareciera cabrillear de gozo mientras Katesh contemplaba el río con su hijo en brazos.
La joven se sentía feliz aquel día. Cuando cerró los ojos y dejó que el cálido sol le acariciara el rostro, y luego contempló a su rollizo bebé que hacía gorgoritos junto a su pecho, sintió una paz que no había experimentado desde hacía muchos meses.
Katesh, siguiendo el consejo de su madre, había apartado de su mente cualquier pensamiento que no fuera el deseo de hacer feliz a su marido; y en cierto modo se había visto recompensada.
Katesh quería mucho a su hijo; en cuanto a su esposo, aunque las otras mujeres sonreían a veces al verlo aparecer, siempre se apresuraban a decir:
—Eres muy afortunada, Katesh, pues tu marido es el mejor albañil que hay en Sarum.
Katesh divisó la canoa a lo lejos; Nooma estaba de espaldas a ella; Tark empuñaba el remo.
Al ver la achaparrada figura de su marido, sus anchos y vigorosos hombros inclinados hacia delante para comentarle algo al hombre del río, y al compararlo con la alta y enjuta figura de Tark, que escuchaba atentamente mientras conducía la canoa aguas abajo, Katesh no pudo por menos de fijarse en el gran contraste que ofrecían ambos personajes. Durante un instante —no más largo que uno de los destellos del sol sobre la superficie del río— la joven tuvo la impresión de que la pequeña silueta de Nooma era la de un extraño, mientras que la de Tark era…, Katesh no habría sabido decir qué. Pero observó fascinada cómo los largos brazos del ribereño manejaban el remo con destreza.
Cuando la canoa alcanzó la orilla, el albañil saltó a tierra emitiendo una exclamación de alegría, y después de abrazar a su esposa cogió a su hijo en brazos y se lo mostró a Tark.
—He aquí a un joven y excelente albañil en ciernes —dijo, y luego los condujo a todos por el sendero de la colina hacia su choza.
Era la primera vez que Katesh se encontraba junto al hombre del río. De vez en cuando lo había visto pasar a bordo de una de sus canoas, y le había visto impartir órdenes en el establecimiento comercial. Su marido solía hablar de él con afecto y admiración, y Katesh había averiguado a través de las mujeres que Tark tenía fama de conquistador, lo cual no la había sorprendido. Pero se había sentido intrigada.
Sin embargo, en esos momentos comprobó que su presencia la turbaba.
Nooma había entrado en la casa en busca de algo, dejándola sola con él bajo el fuerte sol que caía sobre el valle. Katesh, como una buena esposa, ofreció al hombre del río unas tortas y algo de beber y se sentó modestamente en el suelo mientras él comía; sólo alzó la vista para mirarle cuando él le dirigió las palabras de elogio que requería la costumbre. Con todo, la muchacha se sintió enrojecer.
Tark observó a la esposa del albañil. Era poco más que una niña, y a él no le costó mucho adivinar lo que le pasaba por la mente. El hombre del río sonrió amablemente y se fijó de nuevo en los ojos oscuros y la piel cremosa de la muchacha, cuya belleza él había ensalzado ante Nooma al recomendársela como esposa.
Ante todo, Tark sintió lástima de ella.
«Hice a esta pobre chica un flaco favor cuando le hablé al albañil de ella», pensó. ¿Habría conocido ella la pasión con ese individuo achaparrado que en esos momentos trajinaba en su casa en busca de alguna piedra que deseaba mostrarle? Tark lo dudaba. Sí, sentía lástima de ella, pero no podía hacer nada al respecto.
En aquel preciso momento, Nooma reapareció sosteniendo la piedra con aire triunfal.
—Mira —dijo entregando a Tark la figurilla de la mujer del antiguo cazador—; ¿no es extraordinaria?
Después de examinar la figurilla y de acariciarla con sus largos dedos sintiendo las firmes y voluptuosas curvas de la encarnación de la feminidad, Tark tuvo que reconocer que el albañil tenía razón.
—El que la talló amaba a su mujer, al igual que yo amo a la mía —dijo Nooma sonriendo y rodeando la cintura de Katesh con un brazo.
Ésta y Tark se miraron a los ojos; Katesh bajó apresuradamente la vista. No había pretendido mirar así al hombre del río. Y durante todo el rato que Tark permaneció con ellos, Katesh mantuvo la mirada fija en el suelo.
¿Qué tenía ese hombre alto y espigado que la hacía temer ruborizarse si volvía a mirarlo? ¿Era quizás el recuerdo de su voz profunda y melodiosa y de su mirada perdida en el infinito cuando estuvo cantando la noche en que al bebé se le impuso el nombre de Noo-ma-ti? ¿O sería que Katesh había notado su atractivo al verlo remar aguas abajo? ¿Sería el hecho de saber que el hombre que se encontraba junto a ella en esos momentos había adivinado sus pensamientos, los cuales ella misma apenas había tratado de analizar?
Katesh se sintió aliviada cuando Tark se marchó.
—¡Es un tipo magnífico! —exclamó Nooma con entusiasmo mientras Tark se dirigía hacia su canoa.
—Es demasiado alto —repuso ella.
—La mayoría de las mujeres se sienten atraídas por él —observó Nooma riendo.
—Yo prefiero a mi esposo —dijo Katesh, abrazándolo.
¿Solía bajar Katesh, a partir de aquel día, con más frecuencia a la ribera? Ella lo hubiera negado.
Hubo de transcurrir casi un mes para que Tark desembarcara una tarde en la orilla a fin de charlar un rato con ella. Llevaba la canoa cargada de artículos que transportaba desde el puerto hasta el henge, y ella preguntó educadamente:
—¿Se los has comprado a los mercaderes de allende los mares?
Tark asintió con la cabeza.
—Traen objetos de muchos países —contestó.
Luego explicó a la joven la procedencia de cada artículo: los ricos tejidos del lejano sur, los cuchillos de bronce del norte, los cinturones exquisitamente decorados confeccionados por los hábiles artesanos del este.
Katesh se sintió impresionada ante esa información y por el hecho de que Tark hablara de esos remotos lugares con tal desenvoltura y familiaridad. Su timidez comenzó a disiparse.
—¿Has visitado esos lugares? —inquirió ella.
—Algunos, pero no todos —respondió él. Luego se sentó en la ribera junto a ella y le relató las travesías que había emprendido a través de los mares a fin de adquirir mercaderías para la venta, le habló de los mercaderes que había conocido y las historias que éstos le habían referido.
Nadie le había contado nunca esas cosas a Katesh; la joven se sintió fascinada; y cuando Tark se despidió de ella para proseguir su camino, ella lo observó con aire abstraído hasta verlo desaparecer en un recodo del río.
A partir de aquel día, Tark se detenía a menudo junto a la ribera para cambiar unas palabras con Katesh; y transcurrido cierto tiempo, Katesh no pudo por menos de comparar los movimientos gráciles y enérgicos y la vida itinerante del hombre del río con los gestos cortos y bruscos de su marido, que se limitaba a trajinar como una abeja de la cantera al henge y a la inversa. Durante aquellos días estivales, Katesh se sentaba junto al río con Noo-ma-ti y observaba los elegantes cisnes: y cuando uno de ellos estiraba el largo cuello y, batiendo las alas, remontaba el vuelo airosamente desde la superficie del agua, Katesh pensaba en el hombre del río que surcaba tranquilamente los mares.
Una tarde de mediados de verano Katesh y Noo-ma-ti se hallaban junto a la orilla. Katesh había comido unas tortas y había alimentado al bebé, que yacía en su regazo con los ojos cerrados. Katesh sintió sueño y, acostando al niño junto a ella, se tendió en el suelo y lo rodeó con un brazo. El olor de las cañas era agradable; el agua emitía suaves murmullos mientras fluía a sus pies. Katesh volvió perezosamente la cara hacia el sol, que asomaba sobre los árboles, y cerró los ojos.
Al cabo de unos minutos se despertó sobresaltada. El sol lucía aún en lo alto, pero se había desplazado un poco. Y el bebé había desaparecido.
Katesh miró a diestra y siniestra sin ver rastro de Noo-ma-ti. La joven se apresuró a inspeccionar la ribera: el niño no podía haber ido muy lejos.
Temiéndose lo peor Katesh echó a correr por la orilla, mientras escrutaba con angustia la corriente. El corazón le latía con violencia y, al no distinguir nada, una helada lucidez mental le hizo pensar: «El niño se ha ahogado y no lo hallaré jamás».
Sin apartar la vista del agua, la joven regresó por la orilla hacia el punto de partida. Las algas, con sus largos y cimbreantes tallos, podían fácilmente arrastrar a un niño hasta el fondo del río y ocultarlo allí. Katesh sintió que el corazón se le desbocaba todavía más mientras se dirigía hacia el lugar donde ambos se habían quedado dormidos.
Entonces lo vio.
El bebé se encontraba a tan sólo unos metros de aquel punto; sin duda se había alejado gateando, atraído por un pequeño matorral que lo había ocultado a la vista de Katesh cuando ésta pasó corriendo por su lado en su búsqueda desesperada. Pero en esos momentos el pequeño Noo-ma-ti estaba sentado peligrosamente muy al borde de la ribera, y mientras ella lo observaba, el niño se inclinó hacia delante con lentitud, casi se diría con deliberación, y cayó al río. En aquel punto el agua formaba un remolino e inmediatamente, antes de que Katesh pudiera moverse, la corriente empezó a arrastrar al niño, que flotaba plácidamente boca abajo, hacia el centro del río.
Katesh emitió un grito. Pero en aquellos parajes no había nadie. Luego se arrojó al agua.
Mientras nadaba frenéticamente hacia el centro del río, las algas la atraparon.
Eran suaves pero insistentes. Se enredaron alrededor de sus piernas, impidiéndole avanzar, como si quisieran abrazarla. A Katesh le pareció que vivía uno de esos sueños en los que su cuerpo, ajeno a su voluntad, se movía con una extraña lentitud. El niño flotaba casi a su altura pero fuera de su alcance, y ella comprendió que no podría agarrarle cuando pasara. Gritó desesperadamente.
La canoa de Tark dobló el recodo del río con asombrosa velocidad. Al oír gritar a Katesh, los largos brazos de Tark habían empuñado el remo con fuerza y agilidad, de modo que la embarcación se deslizaba rápidamente sobre el agua. Tark comprendió de inmediato la situación; y cuando el pequeño pasó flotando junto a su madre sin que ella pudiera agarrarlo, Tark acudió a rescatarlo. Impulsó con energía la canoa hasta llegar a la altura del bebé y cuando lo tuvo a su alcance, el hombre del río se inclinó y lo sacó del agua. Acto seguido lo llevó a la orilla, y en cuanto hubo logrado que el niño expulsara el agua que había tragado y comprobó que estaba vivo, Tark fue a rescatar a la madre. Al ver que ésta se esforzaba inútilmente por librarse de las algas que le aprisionaban las piernas, Tark se lanzó al agua y se dirigió nadando hacia ella con firmes brazadas; al cabo de unos segundos, rodeó a Katesh con sus vigorosos brazos, la sacó del agua y la depositó en la ribera.
Cuando Tark salió del agua, Katesh se fijó durante un instante en su largo y tostado cuerpo, en el vello oscuro que cubría sus brazos y en las gotas de agua que le caían de la barba mientras él la observaba sonriendo. Luego ella se lanzó corriendo a abrazar a su hijito.
Se dirigieron juntos hacia la choza, y mientras ella entraba para envolver al niño en un chal de lana, Tark encendió una hoguera delante de la casa y se sentó a la vera del fuego para secarse. Cuando Katesh reapareció, él la obligó a sentarse a su lado y a comer un poco. La joven no cesaba de temblar a causa de la conmoción sufrida. Tark la observó con calma, mientras su justillo de cuero exhalaba vapor; y cuando ella trató de darle las gracias, el hombre del río la miró sonriendo y emitió una suave carcajada.
—El río es peligroso, Katesh, al igual que una mujer. Nunca sabes cómo se comportará. De modo que ándate con cuidado.
Tark se pasó la mano por el largo cabello negro y se alisó la barba. Katesh notó que no apartaba sus negros ojos de ella.
Una vez que se hubo secado, Tark se puso en pie para marcharse. Katesh también se levantó. Cuando la joven le tendió la mano para darle las gracias, él la estrechó suavemente y la retuvo unos momentos entre las suyas. Ella lo miró a los ojos.
Por primera vez en su vida Katesh sintió una especie de descarga eléctrica que le recorrió el cuerpo, una emoción más violenta y más urgente que cualquier otra que hubiera experimentado hasta la fecha. Sin poderlo remediar, la joven se estremeció.
Tark no dijo nada, pero adivinó sus sentimientos, de modo que se acercó a ella. Katesh alzó el rostro, con los labios entreabiertos, y vio que él inclinaba la cabeza como si se dispusiera a besarla.
De pronto, ante el asombro de Katesh, Tark fijó la vista en un punto situado detrás de ella y, sin soltarle la mano, dijo en tono afable:
—Llegas en el momento preciso, Nooma. ¡Tu hijo ha estado nadando en el río!
Katesh vio entonces a su marido que se aproximaba por el sendero. Poco después, cuando Tark se despidió de ellos y se fue, Nooma se volvió hacia Katesh y dijo:
—Puede que Tark no te caiga bien, pero ha salvado la vida de nuestro hijo. Es un buen hombre.
Katesh estaba tan asustada por las emociones que Tark despertaba en ella que trató de desterrarlo de su pensamiento.
La mayor parte de las veces lo consiguió. Dejó de bajar al río para no encontrarse con él, y aunque el hombre del río pasaba con frecuencia por allí no trató de verla.
El verano pasó. Dos meses después del solsticio, los sacerdotes dieron orden de que comenzara la cosecha.
Aquel año la recolección se completó rápidamente en el valle septentrional, así que durante los últimos días Katesh fue a ayudar a la familia de un granjero vecino a recoger el trigo. Nooma se hallaba ausente.
El trabajo era duro pero Katesh disfrutó con él. Ella y la esposa del granjero se turnaban para sentarse a la sombra junto a Noo-ma-ti y a los hijos del granjero, quienes eran demasiado jóvenes para trabajar con los adultos en los campos.
Finalmente, cuando hubieron recogido la última espiga de los campos, las mujeres se dirigieron a la casa para preparar la comida a fin de celebrar la conclusión del trabajo. El sol comenzó a ponerse y los hombres se acercaron al fuego; entonces oyeron un grito de alegría procedente de la ribera, y al cabo de unos momentos apareció el granjero, que sonreía jubiloso.
—¡Mirad a quién he encontrado! Iba a pasar de largo con su canoa —exclamó—. Pero esta noche cantará para nosotros. —Detrás del granjero apareció Tark.
A su pesar, Katesh alzó la vista y lo miró. No había hablado con él desde el incidente ocurrido junto al río, y al verlo de nuevo los temblores que le habían sobrevenido en aquella ocasión —y que posteriormente achacó tan sólo al susto que había experimentado— volvieron a acometerla con más violencia que antes. Por fortuna, en la sombra, y con los ojos de todo el mundo fijos en el hombre del río, nadie se percató de ello.
Cuando aparecieron las estrellas en el firmamento y los granjeros de sentaron en torno a la fogata, Tark comenzó a cantar. Los hombres le pidieron todo tipo de canciones: algunas procaces, otras que narraban proezas de caza. Al cabo de un rato Tark dijo suavemente:
—Ahora cantaré una nana.
Era una canción maravillosa que a él le encantaba entonar: una melodía conmovedora, melancólica pero al mismo tiempo placentera. Las palabras, pensó Katesh, eran muy extrañas. La canción era más que una nana, pues refería la historia de un bosque muy antiguo, lleno de árboles, animales y aves, al cual un día los dioses, cansados de la barahúnda que reinaba en él, decidieron sumir en un sueño; de modo que enviaron un gigantesco mar para que lo cubriera como una manta. Pero aunque el bosque permaneció dormido bajo el mar, de vez en cuando se oían entre las olas los sonidos de los animales que vivían bajo las aguas.
Duérmete, niño:
las aguas cubren el bosque.
Duerme, bonito mío:
los pájaros se hallan bajo el mar.
¿Qué tenía aquella melancólica canción para afectar tan profundamente a Katesh? Las conmovedoras palabras evocaban unos sentimientos, unas pasiones que ella sólo había entrevisto en sueños, sin saber definirlos.
—Sí —murmuró ella—, es muy hermosa.
Duérmete, niño,
y sueña con el bosque.
Duerme, bonito mío,
escucha la voz de los pájaros entre las olas;
deja que las aves te canten una nana.
Duérmete, niño, duerme sobre las olas.
Aunque el rostro de Tark era fuerte, y su cuerpo, según intuía Katesh, duro y musculoso, sus ojos perdidos en el horizonte y su voz eran muy suaves. Katesh se mecía de un lado a otro mientras escuchaba la canción, preguntándose qué significaba ese extraño y maravilloso sentimiento que experimentaba.
Aquella noche, cogiendo en brazos al pequeño Noo-ma-ti, que estaba profundamente dormido, se alejó del círculo y regresó a la pequeña choza; después de acostar al niño en su cuna, se sentó fuera, gozando de la templada noche y contemplando las estrellas.
La canción no dejaba de darle vueltas en la cabeza, al igual que la imagen de Tark.
Al cabo de un rato, Katesh creyó oír el suave chapoteo de un remo y el murmullo de la canoa de Tark deslizándose por el río y trató de divisarlo en la oscuridad, pero no vio nada.
De golpe vio su alta y esbelta figura: Tark se acercaba sigilosamente por el sendero, moviéndose como un gato.
Cuando lo vio a unos pocos pasos, Katesh se olvidó de su marido, de su hijo, de todo mientras se levantaba instintivamente para ir a su encuentro.
—¿Sabías que vendría? —preguntó él suavemente en la oscuridad.
Con los labios entreabiertos y los ojos entornados, Katesh cayó en los vigorosos brazos de Tark y emitió una exclamación de gozo y se apretó contra él.
—La nana estaba dedicada a ti —murmuró el hombre del río.
Katesh sintió que Tark le quitaba el chal que le cubría los hombros. Luego él la besó en la boca. Instintivamente, ambos entraron juntos en la choza.
Nooma el albañil había permanecido un mes acampado junto a la cantera, pero por fin, un cálido día de fines del verano, emprendió el regreso hacia Sarum a través del terreno elevado.
Había sido una jornada de mucho trabajo y era ya tarde cuando el pequeño y fornido albañil se dispuso a regresar a casa junto a su esposa. En el camino se detuvo dos veces para descansar y en cierto momento, al anochecer, oyó el aullido de un lobo, pero no hizo caso.
La noche cayó mucho antes de que Nooma alcanzara el cerro que se alzaba sobre el valle; a través de las nubes asomaban unas pocas estrellas. La Luna aún no había salido. Una ligera capa de rocío cubría la tierra. En el terreno elevado, sólo frecuentado por el ganado, se notaba un ligero olor acre a excrementos de ovejas; pero cuando Nooma empezó a descender del cerro percibió otro olor, más grato: el aroma a humo de leña que flotaba en el aire sobre la choza. Aunque el albañil estaba cansado después de la larga caminata, su corazón empezó a latir con más fuerza al pensar en su esposa que le aguardaba. Con renovada energía, bajó por el sendero gritando el nombre de su mujer: «¡Katesh!», de forma que su eco se extendió por el valle. De inmediato, varios perros de unas granjas vecinas se pusieron a ladrar y Nooma sonrió.
—¡Katesh! —gritó de nuevo—. ¡Ha regresado Nooma! —Riéndose debido al jaleo que había organizado, el pequeño albañil bajó apresuradamente por el sendero.
Desde un recodo del camino se veía la choza. Se hallaba a unos cien metros de distancia y Nooma divisó su silueta con toda claridad. Frente a ella ardía una pequeña fogata. El terreno que se extendía a su alrededor había sido desbrozado, pero a la derecha de la choza había una pequeña arboleda. En el valle, más abajo, ladraba un perro insistentemente; pero aparte de eso todo estaba en silencio.
—¡Katesh! —gritó de nuevo el albañil.
En aquel momento vio algo que le sorprendió; una figura, Nooma estaba casi seguro de ello, salió sigilosamente de la choza, pasó delante del fuego y se dirigió apresuradamente hacia los árboles. Nooma se detuvo, escrutó las sombras y pestañeó. Sin duda estaba confundido. Pero juraría haber visto una figura alta que le resultaba familiar, no sólo debido a su hechura, sino a ese modo de andar con pasos largos y ágiles que era característico de Tark, el hombre del río.
El corazón de Nooma latía con violencia. Echó a correr por el sendero y entró en la choza jadeando.
Katesh se acababa de arrojar en brazos de Tark cuando oyó de pronto la voz de su marido, y al instante el encanto de aquel momento se rompió.
—Vete —murmuró la joven, desesperada—. ¡Márchate!
¿Qué había hecho? Profundamente arrepentida, Katesh trató de recobrar la compostura. ¿Cómo era posible que hubiera estado a punto de traicionar a su esposo?
Cuando Nooma asomó su orondo rostro por la puerta, Katesh se levantó para recibirlo con una sonrisa mientras el albañil miraba en derredor indignado y receloso.
—¿Quién estaba aquí? —inquirió.
—Nadie —mintió Katesh, rogando para que su marido la creyera.
—Me pareció ver a alguien —insistió Nooma.
Ella meneó la cabeza negativamente.
Pero Nooma dio media vuelta y se dirigió al bosque.
Dluc el sumo sacerdote no tenía duda de que Krona había enloquecido debido al dolor. El sacerdote no podía reprochárselo. Ni, cuando recordaba la habitación llena de sangre, se sentía capacitado para consolarlo. Sólo confiaba en que Krona recuperara algún día la razón. Pues era evidente que en esos momentos estaba loco.
No obstante, aquel fatídico día, mientras Raka yacía muerta, las primeras palabras de Krona habían sorprendido al sumo sacerdote.
—La diosa de la Luna protege a los cazadores, ¿no es así?
Dluc miró a Krona desconcertado. Hasta los niños sabían que el Sol determinaba las épocas de la siembra y la cosecha y que la diosa de la Luna protegía a los cazadores, como siempre había hecho. Durante unos instantes el sacerdote no supo qué responder.
—¡Eres un sacerdote! —exclamó Krona—. ¡Contesta!
—Sí, protege a los cazadores —repuso Dluc.
—Y también protege las casas de los muertos, ¿verdad?
—Por supuesto. —La tumba de los antepasados situadas en las tierras altas se hallaban también bajo la protección especial de la diosa de la Luna.
Krona asintió lentamente con la cabeza y luego indicó los muros de la habitación.
—Ésta —dijo con amargura— es la casa de los muertos.
El sacerdote guardó silencio. ¿Qué podía decir?
—Los sacerdotes —prosiguió Krona— iniciáis siempre vuestras oraciones diciendo: «Oh Sol, tú que das la vida». —Súbitamente el cabecilla golpeó la palma de su mano izquierda con el puño derecho y gritó—: ¡Pero a Krona el Sol sólo le da muerte!
Dluc trató de interrumpirle, pero el otro no le hizo caso. Miró al sacerdote con los ojos llenos de ira y se puso a bramar como un poseso:
—¡A Krona le ha dado la muerte! Pues bien, ¡lo acepto! No volveremos a adorar al Sol en nuestro templo. Adoraremos tan sólo a la Luna. ¡Sarum ya no se llamará La Afortunada, sino el Lugar de la Muerte!
El sacerdote protestó ante esta blasfemia, pero Krona no le oyó.
—No ofreceremos más sacrificios al dios del Sol —gritó el cabecilla—. El Sol ha muerto en Sarum. Cada mes ofrecerás un sacrificio a la diosa de la Luna, y sólo a ella. Y tu nuevo templo estará dedicado a ella.
Tras estas palabras Krona calló durante un rato. Dluc, pensando que tal vez su desesperación le había hecho perder la razón, se levantó para marcharse. Pero Krona le detuvo inquiriendo bruscamente:
—¿Dónde está Omnic?
—En la casa de los sacerdotes.
—Él trajo a la muchacha de Irlanda. Dijo que ella me daría hijos. —Krona hizo una pausa y Dluc se preguntó qué estaría rumiando. Cuando el cabecilla prosiguió, su voz parecía casi un gemido—. Mintió, es un traidor.
—Estás loco —dijo Dluc.
Krona no le hizo caso.
—Omnic debe morir —declaró.
Esto era peor que la locura: era un sacrilegio.
—Es un sacerdote —protestó Dluc—. Su cuerpo es sagrado.
Pero vio que Krona tenía la mirada perdida en el infinito y que ni siquiera le oía. El sumo sacerdote abandonó la estancia.
Dluc no podía creer que Krona, por loco que estuviera, se atreviera a lastimar a uno de los sacerdotes de Stonehenge; pero como no quería arriesgarse, esa misma noche mandó que condujeran al leal sacerdote siguiendo el río hacia el oeste, a un bosque emplazado a una jornada de viaje de Sarum, donde podía ocultarse. Fue una medida sabia, pues al día siguiente los hombres de Krona se presentaron en el henge en busca de Omnic, y al comprobar que había desaparecido comunicaron a Krona que probablemente se hallaba oculto en algún lugar. De inmediato, Krona mandó llamar al sumo sacerdote inmediatamente.
—¡Has ocultado a Omnic! —gritó.
Dluc no dijo nada. Vio que Krona apenas había cambiado desde la víspera, excepto que ahora lo observaba con suspicacia y temor, lo cual entristeció al sacerdote.
—¿De modo que tú también me has abandonado? —masculló Krona.
—No —contestó Dluc—. Pero no abandonaré a los dioses. Krona meneó la cabeza.
—Ellos me han abandonado a mí. Tráeme a Omnic.
—No.
El cabecilla empezó a blasfemar, pero Dluc se marchó y al día siguiente envió al joven y honesto sacerdote a un templo ubicado en las montañas de Gales, donde estaría a salvo.
Durante los cinco años siguientes hubo épocas en que Dluc se preguntó si Krona trataría de matarlo también a él.
Pues en Sarum se había iniciado un reinado de terror. Las tinieblas del espíritu de Krona cubrían todo el territorio como una terrible maldición. La noticia de aquel estado de cosas se propagó rápidamente a través de la isla y más allá de ésta, y al poco tiempo, ni siquiera los barcos mercantes se aventuraban río arriba desde el puerto.
—Sarum es el lugar de los muertos —decían.
Y ésa era efectivamente la impresión que daba.
Un mes después de la tragedia de Raka, murió la vieja Ina, y a partir de entonces nadie fue capaz de modificar el talante de Krona. El cabecilla se mostraba callado y taciturno; su espíritu se apagó y se recluyó en su casa. Durante meses permaneció invisible para todos salvo para sus sirvientes más cercanos. Pero en su reclusión resultaba aún más temible.
No sólo su ira y su pasión por la diosa lunar se convirtieron en una obsesión, sino que sospechaba de todo el mundo. Las gentes de Sarum estaban aterrorizadas.
Sus sirvientes estaban por doquier. Los trabajadores del campo, los comerciantes del puerto, los campesinos que le debían tributos —incluso los sacerdotes en el templo— eran vigilados por sus hombres. Sus espías no cesaban de indagar y le presentaban sus informes a diario.
Durante esos años era frecuente oír que un labriego le advirtiera a su mujer:
—Ten cuidado con lo que dices: Krona lo oye todo.
Durante esta época, Krona prohibió que se celebraran las fiestas dedicadas al dios del Sol: las grandes festividades de los solsticios y equinoccios cesaron. En su lugar, todos los meses, cuando había Luna llena, practicaban unos ritos seguidos por bailes y festejos. Cuando Dluc protestó por esta alteración del orden natural, Krona le gritó furioso:
—¡Si no rindes homenaje a la diosa de la Luna, suspenderé los trabajos del templo!
Pero a pesar de esas amenazas, Dluc no perdió la calma.
—Tened paciencia —recomendó a sus sacerdotes—. La construcción del templo debe continuar. Estos tiempos terribles pasarán y la voluntad de los dioses se manifestará claramente.
Asimismo, el sumo sacerdote ordenó que siguieran practicando en secreto las ceremonias para honrar al dios del Sol, al que rezaba con frecuencia:
—Dame fuerza, oh Sol, en estos tiempos de tinieblas; guía mi mano.
Pero lo más repulsivo eran los sacrificios.
En su afán de tener un heredero, Krona dejó de pedir ayuda a los sacerdotes e ideó su propio sistema, que según él afirmaba le había sido dictado por la diosa de la Luna.
Una vez cada tres meses, sus sirvientes iban de granja en granja en busca de muchachas en flor. Cuando hallaban una que les parecía adecuada, la raptaban y la llevaban ante Krona. Al principio los campesinos confiaban en que eso constituyera un honor que aportara riqueza a la familia. Las jóvenes eran obligadas a permanecer junto a Krona día y noche, atendiendo todos sus caprichos. Dluc las veía cuando acudía a la casa del cabecilla: unas jóvenes atemorizadas, encerradas como animales junto al viejo tirano; y cuando éste se ausentaba, las muchachas eran vigiladas por sus sirvientes. Krona las retenía en su casa por espacio de tres meses. Al cabo de ese tiempo, sus sirvientes observaban muy de cerca a la joven, y si seguía menstruando Krona la ofrecía al templo y ordenaba a los sacerdotes que la sacrificaran a la diosa de la Luna. Tres meses era el plazo máximo que Krona les daba para quedarse preñadas.
La primera vez Dluc se negó a realizar aquel rito monstruoso. Krona se enfureció.
—¡Dásela a la diosa de la Luna! —gritó—. Aunque el Sol no acepte mis sacrificios, ella sí los acepta.
Cuando el sacerdote trató de disuadirlo, Krona juró matarla con sus propias manos. Luego le amenazó:
—Si no llevas a cabo el sacrificio que te pido, suspenderé los trabajos del templo.
Al cabo de un rato el dirigente se calmó, tendió la mano y agarró a Dluc del brazo.
—Sarum debe tener un heredero —le recordó en tono perentorio—. El tiempo apremia.
Dluc meneó la cabeza, pues no tenía una solución que proponer.
Pero en último término el sumo sacerdote siempre hacía lo que Krona le pedía. Se decía que era preferible que él mismo sacrificara a las muchachas a que las asesinara Krona, ya que las personas sacrificadas eran recibidas de inmediato por los dioses y habitaban con los espíritus en los recintos sagrados.
Cada tres meses una muchacha era inmolada en el altar, mientras el templo se iba erigiendo lentamente y los sirvientes de Krona salían en busca de una nueva víctima para el lecho del cabecilla. Los campesinos decidieron ocultar a sus hijas para salvarlas de una suerte tan atroz, pero sus esfuerzos fueron vanos. Los sirvientes de Krona eran muy astutos, sus espías estaban por doquier; nada ni nadie podía escapárseles. Con frecuencia llegaban de noche a casa de un campesino, arrancaban a la joven del lecho y asesinaban a sus padres con sus mortíferas hachas de sílex si éstos se atrevían a protestar.
Por lo que hacía a Krona, a Dluc le producía la impresión de un ave rapaz. Físicamente no se había deteriorado; es más, aparte del hecho de que tenía el pelo cano presentaba un aspecto excelente. Pero sus bárbaras costumbres habían hecho que su corazón se endureciera hasta el extremo de que, en cierto modo, había dejado de ser un hombre. Se deshacía de las jóvenes que no servían para sus fines con la misma indiferencia que si fueran animales destinados al holocausto.
Cuando apareció la Luna roja de la cosecha, nadie en Sarum lo celebró como solían hacer antes.
—Krona ha cubierto la Luna de sangre —dijeron.
Ninguna de las muchachas con quienes se acostó Krona quedó preñada. Los sacerdotes sacrificaron a diecinueve jóvenes.
Krona sabía, puesto que nada se le ocultaba, que los sacerdotes seguían llevando a cabo ritos secretos en honor del dios del Sol. En numerosas ocasiones mandó llamar al sumo sacerdote para increparle:
—¡Has hecho que la diosa de la Luna se enoje! —Y cada vez que una muchacha no conseguía quedarse encinta, el cabecilla gritaba—: ¡Tú tienes la culpa!
A veces se ponía tan furioso que Dluc llegó a temer por su propia vida, pero pese a su indignación Krona no se atrevía a acabar con el sumo sacerdote. Éste estaba convencido de que, no obstante su locura, en el fondo el líder seguía temiendo al dios solar.
Las obras del nuevo Stonehenge continuaron. Pero se había operado un cambio radical. Los hombres ya no entonaban himnos mientras arrastraban las gigantescas piedras a través de los cerros, sino que permanecían silenciosos y taciturnos. Incluso los peones de Nooma debían ser vigilados estrechamente.
—Sarum está maldita —decían—. ¿De qué sirve construir un nuevo templo?
A veces los sacerdotes tenían que azotar con látigos a los obreros para obligarles a acercarse al recinto sagrado.
El fiel Nooma, con su rostro de expresión serena y sus manos pequeñas y rechonchas siempre ocupadas, dirigía a los hombres y les obligaba a trabajar. Pero pese a la belleza del nuevo edificio, que ya empezaba a ser visible, la tarea era dura y penosa, y en ocasiones, cuando Dluc se quedaba solo por las noches en el henge, alzaba la vista al cielo y exclamaba:
—¡Enviadme una señal, dioses del Sol y de la Luna, una señal que indique que estamos cumpliendo vuestra voluntad!
Habían transcurrido casi cinco años desde que Krona perdiera la razón cuando Dluc sacrificó a la decimonovena de sus desdichadas víctimas. Era poco más que una niña, una criatura con el cabello y los ojos negros y una linda boquita roja. Cuando los secuaces de Krona se la llevaron de la choza de sus padres a la casa de la colina donde habitaba Krona, el terror de la adolescente habría ablandado el corazón de cualquiera. Durante los tres meses asignados a la muchacha para que diera un heredero Dluc la había visto con Krona dos veces y había observado los patéticos esfuerzos de la joven por complacer al cabecilla, unos esfuerzos que éste aceptaba con una frialdad sobrecogedora. Dluc había oído decir que una mujer atemorizada era más propensa a quedarse preñada; pero en el caso de las mujeres de Krona, el viejo dicho no se cumplía. Cuando Dluc le cortó el cuello la joven le miró con los ojos llenos de espanto, como preguntando: «¿Por qué?».
Pero el sumo sacerdote no tenía una respuesta a esa pregunta.
Al volver la vista atrás, Katesh no habría podido decir cuándo había comenzado exactamente su atormentado amor. ¿El primer día en que Tark les había llevado a ella y a su marido en su canoa hasta el nuevo hogar en el valle? Ella recordaba que mientras remaba Tark tarareaba una canción. ¿La había mirado?
Pero no, no había sido entonces.
¿Fue quizás una de las veces en que ella contempló su alta y musculosa figura junto a la del pequeño albañil mientras ambos comentaban las obras del templo? ¿O cierto día en que Tark echó la hermosa cabeza hacia atrás y emitió una carcajada, permitiéndole a Katesh admirar su boca alzada hacia el sol? ¿Había sido una de esas ocasiones?
Katesh creía que no.
Debió de ser el día del bautizo de Noo-ma-ti, cuando Tark cantó con aquella voz aterciopelada que parecía acariciar a las personas sentadas en círculo alrededor del fuego. En aquella ocasión, mientras Nooma se adormecía con la cabeza apoyada en el hombro de su mujer, ella había mirado a Tark a los ojos, tan límpidos y comprensivos.
Sin embargo Katesh no creía que hubiera sucedido entonces, ni cuando Tark había rescatado a su hijo del río.
No, había sucedido después de la cosecha, cuando, aunque apenas se habían mirado durante toda la velada, Katesh sabía que él iría a reunirse con ella.
Y a partir de entonces, una vez iniciado el proceso de su pasión, para ella no existió nada en el mundo tan hermoso como su tormento.
Aquella primera noche Nooma había tenido ciertas sospechas. Pero no había encontrado huellas de Tark en el bosque, ni de su canoa en el río, y dedujo que debía de haberse confundido.
Durante los meses sucesivos, mientras Sarum se sumía en la profunda tristeza generada por la muerte de Raka, Katesh se esforzó en complacer a su esposo y procuró rehuir a Tark. Varias veces acudió con Nooma al henge para admirar las obras del templo.
Era realmente un espectáculo impresionante. Habían erigido una cuarta parte de los trilitos, y el albañil se movía con presteza y agilidad entre el polvo, dirigiendo los trabajos.
—Mi marido es un gran hombre —le decía Katesh a Nooma en una de esas ocasiones, caminando dócilmente tras él para que los peones vieran que el albañil era respetado por su esposa.
Transcurrió el invierno, y la primavera. Katesh se ocupaba de su marido y de su hijo e incluso creyó durante un tiempo que había logrado olvidar a Tark.
El verano siguiente, cuando Krona había mandado sacrificar a su cuarta víctima, Nooma fue a la cantera y permaneció allí dos meses.
Al ver a Tark subir por el sendero, Katesh pensó en ocultarse; pero en vez de ello hizo acopio de todo su valor, fue a su encuentro y lo saludó cortésmente.
—Traigo un mensaje de Nooma. Permanecerá acampado en la cantera durante otro mes. Tiene mucho trabajo.
Katesh movió la cabeza en sentido afirmativo. Teniendo en cuenta los arrebatos de ira de Krona y la preocupación de los sacerdotes, Nooma se esmeraba en que nadie pudiera criticar su labor en el henge.
—Te lo agradezco, Tark —dijo Katesh educadamente. Y, tal como exigía la costumbre, le ofreció comida y bebida.
Intuyendo los pensamientos de la joven, Tark se sentó a cierta distancia de ella y le habló de temas generales, sobre el templo, las actividades en el puerto y los rumores que circulaban acerca de Krona y sus esposas.
Con gran habilidad, consiguió interesar a Katesh en la conversación de forma que ésta olvidó poco a poco su reserva. La joven llevaba mucho tiempo sola y le asedió a preguntas: ¿qué decían los mercaderes sobre Sarum? ¿Estaban satisfechos los sacerdotes con las obras del templo?
Conversaron un buen rato, y las respuestas de Tark a sus preguntas fascinaron a Katesh; las sombras comenzaban a alargarse cuando Tark se despidió de ella.
Al cabo de dos días Tark apareció de nuevo. Esta vez Katesh se mostró menos reservada.
Dos días más tarde, poco después de haber anochecido, la joven oyó el chapoteo de un remo en el agua, y supo que Tark iba a reunirse con ella.
Pero también en aquella ocasión, después de que ambos se besaran apasionadamente y entraran en la casa, ella se mostró reticente. Ante sus ojos se alzó la figura del albañil que la observaba con expresión de reproche. Si cometía aquel delito, Katesh sabía que heriría profundamente a su esposo. ¿Y qué terrible castigo le enviarían los dioses?
Katesh se echó a temblar y volvió el rostro, sin atreverse a mirar a Tark. Pero habiendo llegado tan lejos, la joven comprendió que deseaba a aquel hombre con un dolor casi insoportable y por fin, tras dejar caer su ropa al suelo, se volvió desnuda hacia él y exclamó con voz entrecortada:
—Calma mi dolor.
La pasión de Katesh ardió durante todo aquel verano y también durante el otoño, cuando Nooma volvió a ausentarse para supervisar el traslado de los menhires.
La joven llegó a conocer íntimamente cada recoveco del cuerpo de su amante y a pensar en él de un modo obsesivo.
A veces, el temor que le infundían los dioses, y su marido si llegaba a enterarse, hacía que se echara a temblar. Pero luego el recuerdo de las caricias de Tark, la forma de su nuca cuando se reía, echando hacia atrás la cabeza, su tierna mirada y la dulzura de su voz, borraban todo lo demás. Katesh ansiaba tener un hijo suyo, fugarse con él a un lugar al otro lado del mar; pero sabía que eso era imposible. Sólo podía vivir su secreta y peligrosa pasión durante los sombríos días y noches en que Krona sembraba el terror en Sarum con su locura.
Y efectivamente Katesh corría un gran peligro.
—Los espías de Krona están en todas partes —decía ella a Tark—. Si nos ven y se lo dicen a los sacerdotes…
—Soy precavido —le aseguraba Tark—. No nos sorprenderán juntos.
Pues según las leyes de Sarum, si un marido podía probar ante los sacerdotes que su esposa se había acostado con otro hombre, ésta era sacrificada a los dioses, mientras que el amante debía pagar al marido traicionado una elevada suma en concepto de indemnización.
Cuando Katesh pensaba en esto, sacudía la cabeza aterrorizada y se lamentaba:
—¿Por qué no me habrán dado los dioses otro marido?
Tark era completamente distinto del pequeño albañil. A veces se inclinaba hacia atrás estirándose como un gato, y la luz de la vela arrancaba reflejos al sedoso vello negro que le crecía en el pecho, y ella se montaba sobre él emitiendo una exclamación de gozo mientras él sonreía lentamente. Entonces Katesh le pedía que se quedara quieto mientras ella se movía rítmicamente y arqueaba la espalda hacia atrás sobre el cuerpo tenso de su amante. Pero lo que más le gustaba a Katesh era simplemente estrecharlo entre sus brazos, observando de vez en cuando sus ojos entornados y somnolientos, y mecer su cabeza contra su pecho, como si fuera un niño.
A diferencia de Nooma, Tark era un excelente amante que le hacía el amor lenta y pausadamente, la acariciaba con delicadeza, intuyendo y estimulando sus deseos y haciendo que alcanzara una y otra vez el orgasmo.
Cuando el albañil regresaba a casa, Katesh procuraba mostrarse contenta de verlo. Se sometía a sus requerimientos amorosos y procuraba satisfacerlo al igual que antes.
En ocasiones Katesh se sentía abrumada por los remordimientos y se juraba una y otra vez que no volvería a acostarse con Tark. Pero cuando Nooma partía de nuevo hacia la cantera y ella se reunía con su amante, su voluntad se quebraba una vez más.
A principios de invierno Katesh se dio cuenta aterrorizada de que posiblemente estaba encinta.
Nooma había permanecido ausente un mes. Los dioses la castigarían con toda certeza.
—¡Mi marido lo descubrirá todo! —exclamó Katesh. Lloró amargamente por el dolor que le causaría al honesto albañil, quien, a su modo torpe e ingenuo, no le había demostrado más que afecto.
—Me entregará a los sacerdotes —se lamentó Katesh. Sabía que merecía esa suerte, pero era terrible pensar que moriría de una forma tan atroz.
Entonces Tark le explicó lo que debía hacer.
Al día siguiente, Nooma se quedó muy sorprendido cuando su amigo atravesó el cerro hasta el lugar donde las cuadrillas de peones estaban acarreando las piedras; y más sorprendido aún cuando Tark lo llevó aparte y dijo:
—Deja que supervise yo a los peones. Las obras del templo no se llevan a cabo como es debido. Ve allí y encárgate de dirigirlas personalmente o los sacerdotes empezarán a quejarse.
Agradecido por el consejo de su amigo, Nooma partió de inmediato, y al llegar al henge, aunque no detectó graves fallos que pudieran suscitar la indignación de los sacerdotes, sí observó algunos errores cometidos por los albañiles, y los subsanó en el acto.
—Ese Tark es aún más perfeccionista que yo —comentó sonriendo.
Nooma se alegró de haber regresado. Pues cuando llegó a su casa comprobó que en Katesh se había operado un cambio extraordinario.
El pequeño albañil no estaba preparado para el recibimiento que ésta le dispensó. Tan pronto como Nooma llegó a su casa Katesh se apresuró a prepararle la comida, como hacía siempre, y le dejó a él jugando con su hijo junto a la hoguera que ardía ante la puerta de la choza. Pero mientras comía, el albañil notó que su mujer le miraba de una forma insólita; y aquella noche, cuando se acostaron, ella le hizo el amor con una pasión que jamás le había demostrado anteriormente.
La noche siguiente ocurrió lo mismo. Y la otra. Se diría que su mujer se había enamorado súbita y violentamente de él; y el pequeño albañil, aunque estaba desconcertado, se frotaba las manos de gozo. Cuando refería a Katesh los prodigiosos trabajos que realizaban en el henge, o en la cantera, o los problemas que había tenido que solventar con sus albañiles y peones, en lugar de mover la cabeza con aire distraído, como solía hacer, su mujer lo miraba llena de admiración y le pedía que le relatara más cosas.
—Mi marido es el mejor albañil de la isla —decía sonriendo—. Todo Sarum lo afirma.
Y al albañil le enorgullecía que su joven esposa apreciara sus cualidades.
Durante aquel invierno, Nooma experimentó un placer y una dicha mayores aún que durante su primer año de matrimonio. Katesh se desvivía por complacerle; y por las noches sus gemidos y gritos de pasión excitaban a Nooma hasta extremos inimaginables. En primavera, Nooma constató con alegría que sus esperanzas se habían cumplido y que Katesh se hallaba de nuevo encinta. Cuando palpaba el vientre de su mujer con sus pequeñas pero recias manos y la besaba, Katesh sonreía beatíficamente y musitaba:
—Creo que tendremos muchos más hijos.
A principios de verano, Nooma regaló una oveja a los sacerdotes para propiciar el nacimiento de su segundo hijo.
Mientras todo Sarum padecía bajo la locura de Krona y mientras las muchachas seguían siendo sacrificadas, Nooma proseguía tranquilamente con su tarea sintiendo una dicha que al parecer nada podía alterar.
Su mayor alegría en aquella época consistía en llevar a su primogénito al henge. El niño era una réplica exacta de su padre e incluso los sacerdotes sonreían divertidos al ver a las dos figuras con las piernas torcidas (una la versión diminuta de la otra), paseándose por el lugar e inspeccionando las obras. Noo-ma-ti tenía las manos pequeñas y ágiles de su padre y le encantaba esculpir figurillas con la arcilla que éste le daba.
—Será un magnífico artesano —comentaba Nooma a los sacerdotes con orgullo—. Mejor que yo.
El albañil mostraba al niño los grandes menhires que él había creado, y los acariciaba con afecto al explicarle a su hijo las propiedades de la piedra gris.
—Pronto aprenderás a trabajar la piedra —decía a Noo-ma-ti—, y a amar el henge.
Con el transcurso de los años, el henge había comenzado a ejercer una gran fascinación sobre el albañil. Normalmente no le habrían permitido penetrar en el círculo de tierra, pero sus trabajos como constructor del templo le llevaban hasta los recintos más sagrados, de modo que no tardó en habituarse al lugar y a las costumbres de los sacerdotes. A Nooma le cautivaba el amplio terraplén que circundaba el recinto, el silencioso sanctasanctórum que había en su interior y la gran avenida que señalaba como una flecha el amanecer en el horizonte. Al término de la jornada, cuando se ponía el Sol y los albañiles y peones dejaban sus herramientas para irse a casa, Nooma se quedaba allí un rato, y los sacerdotes toleraban su presencia mientras realizaban sus quehaceres nocturnos. El henge, según pensaba Nooma, poseía una extraña y conmovedora cualidad que él percibía cuando se hallaba en su interior y la luz comenzaba a declinar en el firmamento. ¿Se debía quizás al amplio círculo de tierra cretácea? ¿O a los gigantescos menhires y trilitos que constituían el templo ya casi terminado? Nooma no habría podido asegurarlo; sólo sabía que le afectaba profundamente.
El albañil se sentía también fascinado por las actividades de los sacerdotes, aunque sólo comprendía el significado de algunas de ellas. Todos los días, al alba, tomaban buena nota de la posición del Sol; llevaban a cabo unos cálculos precisos utilizando los cincuenta y seis marcadores de madera dispuestos en círculo justo dentro del muro exterior. A diario Nooma observaba a los sacerdotes mientras tomaban nota de la pequeña diferencia en la posición del Sol con respecto al día anterior y la añadían a sus cálculos; y al cabo de un tiempo Nooma se dio cuenta de que él también era capaz de calcular los días y los meses con precisión.
Pero otras actividades de los sacerdotes le dejaban perplejo. Al anochecer, pequeños grupos de sacerdotes se desplazaban por el terraplén que circundaba el henge portando palos y unas largas cuerdas hechas de lino. Con esos objetos llevaban a cabo complicados cálculos relativos a las estrellas, comprobaban los movimientos de la Luna y los planetas, y paseaban sigilosamente por el lugar hasta que aparecían los primeros signos del amanecer, realizando entonces unos esquemas aún más complejos con sus palos y sus cuerdas hasta que a menudo todo el suelo quedaba cubierto con extrañas construcciones, y Nooma regresaba junto a Katesh meneando la cabeza desconcertado y diciendo:
—Los sacerdotes hacen unas cosas muy extrañas.
A medida que transcurría el verano y Katesh engordaba debido a su gestación, la emoción de Nooma iba en aumento.
—Será otro varón —decía—. Será otro buen albañil. Estoy seguro de ello.
Al oír esto Katesh se reía.
—Creo que será una niña —contestaba.
—Es posible —reconocía él, pero de inmediato sonreía alegremente y agregaba—: Se parecerá a ti.
Un día, cuando Nooma tocó el vientre de su mujer y notó que la criatura daba patadas, observó:
—Creo que es más grande de lo que era Noo-ma-ti cuando nació. ¿Cuándo calculas que parirás?
Katesh se encogió de hombros.
—Nacerá a su debido tiempo. Creo que dentro de dos meses. —Sigo creyendo que es más grande que el chico— insistió el albañil.
Pero al cabo de un rato, cuando llegó al henge, comprendió que su mujer había cometido un pequeño error. Al mirar las cincuenta y seis estacas que representaban el calendario, se dio cuenta de que la posición del Sol sólo había avanzado seis meses desde su regreso a casa. El niño no nacería hasta dentro de tres meses. Nooma sonrió ante la confusión de su esposa con respecto a las fechas.
—Katesh tendrá que aguardar un poco más de lo que creía —se dijo sonriendo; pero en aquel momento se acercó a él un peón para comentarle un problema y Nooma se olvidó del asunto.
Durante aquellos terribles años, sólo por las noches el sumo sacerdote hallaba la paz de espíritu.
De noche subía solo hasta el recinto sagrado, pasaba ante las pálidas casas de tierra cretácea de los muertos y penetraba en el gran círculo del henge. Allí, y sólo allí, bajo la inmensa negrura del firmamento nocturno lograba recobrar la calma en el silencio. Y pese a la locura de Krona y al dolor de Sarum, fue durante esos años cuando Dluc realizó algunas de sus observaciones más precisas referentes a los cuerpos celestes.
Las estrellas eran sus compañeras. Cada noche el sacerdote alzaba la vista y contemplaba las constelaciones que brillaban sobre el henge: el carnero, el ciervo, el uro y la constelación que le gustaba más, el majestuoso cisne que llenaba el cielo septentrional; éstos eran sus fieles amigos, al igual que la vía láctea que se extendía a través de la panoplia de estrellas como un resplandeciente sendero cretáceo que conducía hasta el horizonte. Al margen de la locura que reinaba en el valle, las estrellas seguían emitiendo una luz pura y constante, y al contemplarlas Dluc recuperaba su fe en los dioses inmutables.
El sacerdote hallaba consuelo en las matemáticas secretas de los cielos. Fue él quien restituyó los cincuenta y seis marcadores a su lugar de honor dentro de los muros del sanctasanctórum: pues ¿no habían descubierto los sacerdotes de antaño, durante sus infinitas tabulaciones, las propiedades místicas de aquel número sagrado? ¿No era cierto que entre tres años solares y tres años lunares compuestos de trece meses lunares se producía un intervalo de cincuenta y seis días? ¿Y no era menos cierto que entre cinco años solares y cinco años lunares (si el año lunar se consideraba compuesto por doce lunaciones) se produciría un intervalo idéntico de cincuenta y seis días? ¡Por supuesto! Dluc estaba convencido de que por medio de esos cálculos secretos los dioses revelaban sus armonías a los sacerdotes que los veneraban y estudiaban sus movimientos con reverencia.
Durante ese período Dluc tomó nota de los movimientos de las cinco estrellas errantes. A lo largo de innumerables generaciones los astrónomos habían registrado la aparición y desaparición de estas estrellas errantes a través del cielo y habían llegado a la conclusión de que debían de ser los hijos y las hijas del Sol y de la Luna. Pero nunca habían logrado averiguar el esquema exacto de sus movimientos y los números mágicos que los gobernaban. Noche tras noche se veía la espigada y enjuta figura de Dluc que iba colocando silenciosamente los marcadores en el suelo, uniéndolos con pedazos de bramante en su afán de descubrir esos secretos. Con frecuencia había tantos marcadores diseminados por el henge que por la mañana los sacerdotes más jóvenes murmuraban:
—Fíjate, la araña Dluc ha estado tejiendo de nuevo su tela.
Dluc creía haber conseguido establecer el esquema de dos de esas estrellas errantes, que añadió a los rezos sagrados que pronunciaban los sacerdotes. Pero las otras tres seguían desconcertándole.
Cada noche, después de hacer sus observaciones, esperaba a que amaneciera y entonces, mientras el sol despuntaba sobre el horizonte en toda su gloria, el sumo sacerdote exclamaba:
—¡Gran dios del Sol, Dluc no te ha abandonado! Éste sigue siendo tu templo.
Pero existía un enigma más insondable que los otros que Dluc estaba empeñado en descifrar; y cuando Nooma veía a los sacerdotes salir, noche tras noche, éstos se afanaban en esclarecer ese misterio, una labor a la que el sumo sacerdote había consagrado toda su vida.
Todos los meses, al repasar los resultados de los trabajos que había encargado a sus ayudantes, Dluc se paseaba irritado de un lado a otro mascullando:
—¿Por qué fallan todos nuestros intentos? ¿Por qué nos ocultan los dioses su mayor secreto?
—Los sacerdotes han tratado durante muchas generaciones de solventar este problema —contestaban sus compañeros.
Pero esta respuesta no consolaba a Dluc.
Lo que el sumo sacerdote ansiaba averiguar era el esquema en el que se basaba la más importante y espectacular de todas las alineaciones del cielo: el eclipse solar. A fin de cuentas, los astrónomos habían conseguido establecer todos los movimientos del Sol y cuando menos algunos de los movimientos de la Luna. ¿Por qué resultaba tan difícil averiguar este aspecto de sus movimientos relativos?
Pues a pesar de sus meticulosos cálculos, Dluc no sabía que la Tierra fuera redonda ni podía conocer la organización básica del sistema solar, sin lo cual esa predicción era, matemáticamente, casi imposible. Pero puesto que él no sabía esto, y puesto que era un perfeccionista, el sumo sacerdote continuaba, noche tras noche, enviando a sus sacerdotes a cumplir su ingrata tarea.
—Ésta es la labor más importante de mi vida —murmuraba. En efecto, el descubrimiento del secreto de este fenómeno celeste, en el que la diosa de la Luna se atrevía a tapar el rostro del dios del Sol, le era más preciado incluso que la construcción del nuevo Stonehenge.
El abultado vientre de Katesh sólo había inducido a Nooma a suponer que la criatura era más grande de lo normal. Pero el albañil se llevó una sorpresa cuando Katesh dio a luz a una niña un mes antes de lo previsto.
Katesh estaba encantada con su hija; Nooma nunca había visto a su esposa tan feliz. Cuando se acercó a ella, Katesh le mostró llena de orgullo a la criatura para que él la examinara.
—Es una niña —dijo ella emitiendo una débil carcajada—. La próxima vez tendrás otro albañil.
Nooma cogió al bebé en sus brazos.
Pero de pronto arrugó el ceño.
La niña no era prematura. Eso era evidente. Y al examinarla más de cerca Nooma observó otras cosas: tenía la cabeza alargada y estrecha, muy distinta de la suya propia; y desde el mismo instante de su nacimiento el albañil comprobó que la niña tenía los dedos de las manos y de los pies más largos de lo normal. Como los de Tark.
Nooma miró a Katesh en silencio; pero ella se sentía tan dichosa con su hija que no notó nada raro y le sonrió.
Nooma le entregó de nuevo a la recién nacida; luego, después de cambiar unas palabras con las mujeres que la habían ayudado, salió de la casa.
Hacía calor. Lentamente y con aire pensativo, el albañil subió por el sendero que conducía a la cima del cerro y una vez allí, mientras contemplaba el paisaje que se divisaba desde lo alto, reflexionó sobre lo que debía hacer.
No le cabía la menor duda: él no era el padre de la niña. Había sido concebida mientras él se encontraba en la cantera, y tampoco le cabía ninguna duda de que el padre era Tark. El albañil recordó con amargura la repentina pasión que Katesh le había demostrado a su regreso de la cantera: ahora comprendía el motivo, pues ella debió de haber adivinado que estaba preñada. En silencio y enfurecido, el pequeño albañil echó a caminar a través del cerro, y al pensar que su esposa y su amigo se habían burlado de él, crispó los puños de rabia.
Al cabo de unas horas regresó de nuevo al valle, sin haber llegado a ninguna conclusión.
Aquella noche cenó solo; luego, cuando aparecieron las estrellas en el firmamento, se sentó ante la puerta de la choza y repasó de nuevo las alternativas que tenía.
Nooma sabía que según la costumbre de Sarum podía acusar a su esposa ante los sacerdotes, y que si éstos la hallaban culpable la ejecutarían y Tark tendría que pagarle una indemnización. Ése era el castigo por semejante delito, y durante un rato Nooma le estuvo dando vueltas al asunto.
Pero Nooma había amado mucho a Katesh, y no podía permitir que corriera esa suerte tan atroz.
Ni siquiera deseaba castigarla; todos conocían la suerte de un marido engañado: en lugar de admirarlo como el mejor albañil de la región, la gente se reiría del pequeño artesano de piernas torcidas cuya esposa le había traicionado. ¿Por qué iba Nooma a someterse a las burlas de todo el mundo? No, lo mejor sería demostrar a su esposa una indiferencia absoluta; Katesh había herido su orgullo y el amor que sentía por ella había muerto.
Pero mientras el albañil meditaba sobre lo ocurrido, la alta y burlona figura de Tark, su amigo, aparecía constantemente ante sus ojos.
Nooma permaneció sentado durante varias horas concibiendo en silencio un plan y asintiendo de vez en cuando con la cabeza; si las gentes de Sarum hubieran podido ver en aquellos momentos al pequeño albañil, se habrían llevado una sorpresa, pues sus ojos aparecían duros como el pedernal.
Por fin, habiendo tomado ya una decisión, Nooma se levantó lentamente. Dentro de la choza ardían aún unas velas y Katesh, un tanto pálida, yacía dormida junto a la niña. Nooma miró a su esposa, pero apartó rápidamente la vista, disgustado. Luego miró a la niña, que también dormía. La expresión del afable rostro del albañil se suavizó al tocar con uno de sus rechonchos dedos la cara regordeta de la pequeña.
—Tú no tienes por qué sufrir —murmuró—. No has hecho ningún daño.
Luego Nooma se acercó al lugar donde yacía Noo-ma-ti y sonrió. El niño sin duda era hijo suyo; ése era su único consuelo.
Pero al cabo de unos minutos, cuando se hubo acostado en su jergón, la expresión de Nooma se endureció de nuevo al pensar en Tark y masculló:
—¡Me vengaré de ti!
Era una apacible noche estival, sin Luna. El círculo blanco de Stonehenge emplazado sobre la ondulante colina parecía contemplar el firmamento negro y plateado como un gigantesco ojo que todo lo veía.
A solas en el henge, Dluc el sumo sacerdote se concentró en las estrellas, borrando de su mente el recuerdo de la decimonovena víctima de Krona que había sacrificado aquella mañana; tratando de olvidar durante unas pocas horas que sólo faltaba un año para completar los trabajos del templo.
Aquella noche Dluc quería estar solo, y puesto que no había Luna, no podía realizar ningún cálculo relativo a la predicción del eclipse. Dluc suspiró, dejando que los músculos de su largo cuerpo se relajaran, y observó el rutilante firmamento.
De golpe lo vio.
Se encontraba en la parte oeste de la gran constelación del cisne; una estrella pequeña pero muy brillante que él jamás había visto con anterioridad; y al contemplarla fijamente vio que detrás de ella, formando una amplia «V», se extendía una reluciente nube de luz. Dluc comprendió de inmediato que se trataba de uno de los más curiosos cuerpos celestes que existían, esas estrellas errantes que la gente denominaba estrellas con cabellera y que aparecían tan sólo una o dos veces en la vida. Desde hacía siglos los astrónomos habían dejado constancia de cada una de ellas en los dichos sagrados, y puesto que no existía un esquema en sus movimientos, sabían con certeza que eran unas señales especiales que les enviaban los dioses. Dluc contempló con atención el nuevo astro y observó su rasgo más llamativo: la cabellera que arrastraba este mensajero de los dioses no era plateada, según afirmaban las leyendas, sino dorada.
—La cabeza de esta estrella está coronada de oro —dijo Dluc en voz alta. Al hacerlo, se dio cuenta del importante significado que encerraba aquella afirmación. ¿Era posible que hubiera llegado, por fin, el momento de la salvación de Sarum? Sin duda tal era el significado del portento que había aparecido en el cielo; pero después de tantos desengaños el sacerdote apenas se atrevía a dar crédito a lo que contemplaban sus ojos.
Dluc no dejó de observar fijamente la estrella durante toda la noche: ésta se movía lentamente a medida que aumentaba de tamaño.
La noche siguiente, todos los habitantes de Sarum pudieron verla. Los sacerdotes se congregaron en el henge para observar juntos la estrella de dorada cabellera y tomaron buena nota de sus movimientos. El fulgor de la estrella seguía intensificándose y antes del amanecer se había desplazado a mitad de camino de la constelación del cisne. El segundo día, incluso después de romper el alba, aún era posible verla brillar en el firmamento.
Fue entonces cuando el sumo sacerdote demostró a un tiempo su fe y su valor.
Delante de todos los sacerdotes declaró con firmeza:
—Los dioses no han abandonado Sarum ni a sus leales sacerdotes. Éste es el signo que aguardábamos. —Luego añadió—: Traedme un carnero para que pueda sacrificarlo ahora mismo al más grande de todos los dioses, el Sol. Y comunicad a todas las gentes de Sarum que el Sol volverá a ser venerado hoy en el templo.
Poco después de que despuntara el día, llegaron al henge unos mensajeros enviados por Krona para inquirir sobre el significado del portento que había aparecido en el cielo. El sumo sacerdote afirmó, convencido de lo que decía:
—Informad a Krona de que la cabeza de la estrella aparecía coronada de oro. Esta vez nuestra salvación es inminente: la esposa que le dará un heredero no tardará en llegar y debe prepararse para recibirla.
—¿Dónde está esa esposa? —preguntaron los sacerdotes—. ¿Dónde vamos a hallarla?
—La estrella penetró en la constelación del cisne —repuso Dluc—, y el cisne es la forma que asume el dios del Sol cuando vuela sobre el agua. Creo que debemos buscarla sobre el agua.
Desde que había descubierto la traición de Katesh, Nooma el albañil pasaba poco tiempo en su casa. Ello se debía en parte al enorme trabajo que entrañaba supervisar la preparación de los menhires, y en parte a su propio deseo.
Nooma no dijo nada a Katesh; ni tampoco permitió que cambiara el comportamiento de él hacia Tark, con quien seguía trabajando.
No obstante, el carácter del albañil experimentó un ligero cambio. Si antes solía mostrarse o bien silencioso o bien eufórico, ahora se comportaba con brusquedad, impartiendo a los albañiles órdenes en tono seco y enviando a los peones a sus tareas con poco más que un breve gesto de cabeza. Pero teniendo en cuenta que sobre sus espaldas recaía una responsabilidad tan grande, y puesto que nadie ponía en duda sus aptitudes y conocimientos, el paulatino cambio operado en Nooma no chocó a quienes le rodeaban, porque con el transcurso de los años habían llegado a considerarlo con respeto e incluso veneración.
En ocasiones Nooma se dirigía río abajo hasta el puerto, cuando se enteraba de que había arribado un nuevo barco mercante, pues solían transportar esclavas a bordo. Si veía a una muchacha que le atraía el albañil la compraba y la llevaba a la choza que ocupaba junto a la cantera. Todos estaban enterados de ello, pero si la noticia de las actividades de su marido llegó a oídos de Katesh, ésta jamás dijo una palabra a Nooma al respecto.
Nooma emprendió uno de esos viajes poco después de que en Sarum avistaran al cometa.
Llegó al puerto a media tarde y tan pronto como penetró en el largo y plácido tramo de aguas protegidas, vio el barco mercante que acababa de llegar, anclado junto al malecón situado al abrigo de la colina.
Era un barco recio, de madera, con una doble hilera de remos que había realizado una larga travesía desde un puerto en la costa atlántica de Europa, sorteando los peligrosos litorales antes de arribar a la isla.
El pequeño malecón estaba abarrotado de gente. La noticia de la llegada del barco se había propagado con rapidez; los campesinos de todo el territorio habían descendido apresuradamente por los cinco ríos hasta el puerto en su afán de echar un vistazo al barco e inspeccionar su cargamento.
Los marineros constituían un interesante espectáculo: eran unos individuos de pequeña estatura, morenos y fornidos, con la piel bronceada de la gente del sur, pero fue su capitán quién atrajo la atención de Nooma. Era un hombre aproximadamente de su edad, con la cabeza redonda y calva y una barba negra, corta y cuadrada, formada por un centenar de rizos apretados y brillantes. Tenía unos ojos castaños de mirada afable, la nariz respingona, una sonrisa cautivadora que mostraba una hermosa hilera de dientes blanquísimos, y una voz suave y acariciadora que parecía brotar de su garganta como un chorro de miel: los marineros le llamaban «lengua melosa». En los dedos lucía una docena de sortijas de oro, que él hacía chocar entre sí continuamente al chascar los dedos.
Mientras la multitud observaba fascinada la escena, el capitán exhibió las mercancías. Se trataba de objetos ornamentales cubiertos de pedrería que relucían bajo el sol: grandes collares de cuentas, ánforas de vino, tejidos de maravillosos colores. Luego, el capitán chascó los dedos y ordenó a los marineros que sostuvieran en alto la piel más extraña que Nooma jamás había visto. Parecía un gigantesco lince, pero mucho mayor y dotado de una cabeza imponente, unos dientes gigantescos y unas garras tan enormes que Nooma se estremeció al verlas. Lo más extraño era el color del animal, a listas negras y ocres.
—Este animal sería capaz de destrozar a un buey —murmuró Nooma a su vecino, preguntándose que clase de bestia sería y de dónde procedería.
Pero cosas más extrañas que una piel de tigre originaria de lejanas tierras orientales habían cruzado el Mediterráneo y llegado hasta los puertos marítimos del norte.
Entonces vino el premio especial del barco mercante, que el capitán había reservado para el final. Utilizando visajes y movimientos para resaltar sus palabras, y acompañándolas por sentidas exclamaciones de admiración que parecían surgir de su barriga, el capitán comunicó a los curiosos mediante esa mezcla de gestos y vocablos, que se disponían a contemplar algo que nunca habían visto: un regalo especial de los dioses, un prodigio humano. Se trataba de una joven, según dijo, pero no sólo de una joven, sino de la criatura más bella del mundo, una auténtica princesa que había corrido la trágica suerte de ser vendida como esclava. Por si fuera poco, era virgen. Y tenía quince años. Ésta era la jerga habitual de cualquier mercader competente que se dedicaba a la trata de esclavos, pero el comerciante de piel olivácea lo hizo tan bien que la multitud apenas pudo dominar su impaciencia. Cuando el capitán consideró que había llegado el momento, chascó de nuevo los dedos y los marineros hicieron avanzar a una figura cubierta de pies a cabeza con un tupido velo. Con un gesto teatral, el capitán le quitó el velo y la multitud lanzó un grito de admiración.
En la cubierta del pequeño barco se alzaba una muchacha, totalmente desnuda, distinta de cualquier ser humano que hasta la fecha habían contemplado las gentes del valle. Sus ojos, que la joven mantenía fijos en un punto situado sobre las cabezas de la multitud, eran azules. Y su pelo, que brillaba bajo el sol, era dorado.
Era la primera vez que en la isla veían a una mujer rubia.
Los espectadores se quedaron tan impresionados que durante unos minutos guardaron silencio, mientras el astuto mercader los observaba lleno de satisfacción.
Nooma permaneció inmóvil, contemplando boquiabierto a la muchacha. Le pareció que su extraordinaria belleza era muy superior a la de todas las demás mujeres, lo mismo que el henge era superior a todos los otros templos. El albañil observó su cuerpo perfectamente formado, su tez pálida y delicada, sus maravillosos y tersos pechos. Pero lo que le fascinó sobre todo fueron sus ojos azules de mirada lejana y su abundante cabellera dorada. Nooma pensó que la joven no pertenecía a la raza de los hombres sino a la estirpe de los dioses. Apenas podía creer que aquella maravillosa criatura fuera una mujer de carne y hueso.
El cabello era auténtico, según les aseguró el mercader. Para demostrar que no mentía, arrancó a la joven varios pelos de la cabeza, y uno de su cuerpo, y los distribuyó entre la multitud para que los examinaran. La chica, según observó Nooma, hizo una mueca de dolor, pero no emitió el menor sonido de protesta, y sus ojos no abandonaron en ningún momento el horizonte en el que estaban fijos.
La joven había sido capturada el año anterior; pertenecía a una de las numerosas tribus anónimas que habitaban en los vastos territorios que se extendían entre el Mediterráneo oriental y la remota Asia. Había sido trasladada al oeste y vendida al capitán de un barco mercante que navegaba por los grandes ríos del suroeste europeo. Por último, el astuto mercader la había visto cuando se disponía a zarpar hacia la isla septentrional y, comprendiendo de inmediato el valor que la joven tendría para los isleños de cabello oscuro, había pagado un buen precio por ella.
La muchacha supuso para Nooma una revelación. De golpe el pequeño albañil sintió unas emociones, unas pasiones que jamás había experimentado con anterioridad. Deslumbrado por su belleza, le parecía que la muchacha había borrado incluso el transcurrir del tiempo; se sintió rejuvenecido y notó cómo la sangre fluía aceleradamente por sus venas. En aquellos instantes Nooma se olvidó de su edad, de su ingrata esposa y de su humilde existencia. Anheló poseer a esa maravillosa mujer, a la que deseaba más que a ninguna otra cosa en el mundo.
Cuando el mercader inició la subasta, Nooma olvidó su timidez y comenzó a gritar mientras brincaba y gesticulaba como un loco:
—¡Cinco pieles! ¡Cinco pieles!
La multitud se echó a reír. Era una oferta ridícula por una rareza como ésa, cuyo precio estaba muy por encima de lo que Nooma el albañil podía pagar; sólo los campesinos más ricos podían pensar en comprarla. Pero Nooma estaba tan obsesionado con la joven esclava que no se daba cuenta de nada más.
—¡Veinte pieles! —gritó, aunque tal cantidad constituía para él una fortuna.
Las gentes siguieron burlándose de él.
De pronto, la subasta se interrumpió ante una señal de uno de los sacerdotes. Éste avanzó con calma entre la multitud, que se apartó para abrirle paso, e informó escuetamente al mercader que la joven estaba reservada para el templo. El mercader inclinó la cabeza en señal de respeto y los marineros cubrieron de nuevo a la muchacha.
La multitud emitió un suspiro de resignación cuando los sacerdotes se llevaron con premura a la joven. Sin duda estaba destinada a ser sacrificada, probablemente cuando inauguraran el nuevo templo. Nooma abrió la boca para protestar contra una suerte tan terrible, pero comprendió que era inútil y guardó silencio. El poder de los sacerdotes era incuestionable. Al cabo de unos momentos el albañil se notó las mejillas húmedas.
Cuando los sacerdotes condujeron a la muchacha en presencia del sumo sacerdote y le explicaron dónde la habían hallado, Dluc la contempló atónito. Al quitarle el velo que la cubría, el sol arrancó reflejos a su cabellera dorada. Dluc asintió lentamente con la cabeza.
—Sin duda es la joven que aguardábamos —murmuró—. Pues tiene la cabeza coronada de oro. —Luego Dluc se cercioró de que la larga y suave cabellera dorada era auténtica.
—¿De dónde vienes? —preguntó a la muchacha.
Ésta hablaba una lengua que ellos desconocían; pero por medio del lenguaje gestual la joven les informó que provenía de oriente, de un lugar donde había montañas coronadas de nieve. Según les explicó, era la hija de un caudillo que había muerto en una batalla. Ésta era la historia que contaban la mayoría de las esclavas confiando en suscitar la compasión del comprador, pero Dluc se dijo que podía ser cierta. De todos modos, sabía perfectamente lo que debía hacer.
Al cabo de unas horas Dluc subió la colina hasta casa de Krona y declaró sin titubeos:
—Es la muchacha que anunciaban los augurios. La maldición que pesa sobre Sarum ha cesado. Ella te dará herederos.
Krona miró a la joven. Luego le tocó el cabello con sus largas manos, le arrancó varios pelos y los examinó detenidamente.
—¿Crees realmente que es ella? —preguntó.
—Estoy seguro —contestó Dluc.
—Tal vez sí —murmuró Krona—, y tal vez no. —Y sin dejar de mirarla con una expresión de sorpresa casi infantil, el cabecilla sonrió por primera vez en varios meses.
—¿Cómo se llama? —inquirió.
Dluc reflexionó unos momentos.
—Menona —respondió, un nombre que significaba La Prometida. Al día siguiente, Dluc casó a Krona y a la joven.
Pero antes de hacerlo advirtió con firmeza al cabecilla:
—Debes sacrificar un carnero al Sol y reconocer que es el más grande de todos los dioses.
Krona inclinó la cabeza y dijo:
—Hazlo inmediatamente.
Cuando el sumo sacerdote oyó esas palabras, comprendió que el reinado de terror había concluido.
Aquella noche, Dluc acudió solo al henge; alzó repetidamente la vista al cielo y murmuró:
—¡Jamás volveré a dudar de ti, poderoso rey del Sol!
Al amanecer sacrificó el carnero.
Al cabo de muy poco tiempo, el cabecilla apareció asombrosamente rejuvenecido. Salía con frecuencia de su casa para pasear por la colina e inspeccionar sus campos; y empezó a recibir de nuevo a los mercaderes que visitaban el valle. La red de espías pasó al olvido y los labriegos volvieron a acudir a él sin temor, como hacían antes, para que impartiera justicia y pedirle consejo.
La muchacha era una maravilla. Cuando Dluc le explicó por gestos que los dioses la habían enviado a ese gran caudillo y que debía darle hijos, ella asintió con calma para manifestar su conformidad. Parecía satisfecha de su suerte, pues la casa de Krona era infinitamente más agradable que el barco mercante o la perspectiva de vivir como una esclava. Dluc llegó también a la conclusión, tras observarla de cerca, que la joven era la hija de un dirigente. Tenía las manos suaves, no como las de una mujer corriente, y una vez que se hubo instalado en casa de Krona, se comportó con una dignidad propia de la hija de un gerifalte.
De lo que no cabía ninguna duda era de que los dioses la habían enviado. Aunque la muchacha no hablaba la lengua de los isleños, siempre comprendía los deseos de Krona y daba gusto ver la sonrisa beatífica del viejo cabecilla cada vez que la veía aparecer.
En cuanto a ser su compañera en la cama…, cuando el sumo sacerdote preguntó a Krona si todo iba bien en ese terreno, el anciano sonrió como un adolescente.
Dluc creyó llegado el momento de llamar a Omnic, quien seguía oculto en la montaña, y aquel otoño, con motivo de la fiesta del equinoccio, las ceremonias en honor del dios del Sol se reanudaron con su esplendor habitual, y Krona encabezó el desfile cuando los habitantes de Sarum acudieron de nuevo a venerarlo en el sagrado henge.
Pero para Nooma el albañil el verano no trajo un mayor optimismo sino un nuevo temor, que se cernía sobre el horizonte como una nube y al poco tiempo pareció cubrir todo el firmamento.
Las obras del henge avanzaban con lentitud.
Los culpables eran los obreros encargados de dar forma a las piedras; durante los dos últimos años Nooma había tenido que librar una batalla para conseguir que éstos trabajaran con rapidez. En primer lugar, un par de ellos cayeron enfermos y tuvieron que ser reemplazados. Luego los sustitutos debieron ser adiestrados para evitar que cometieran errores. Dado que Nooma se veía obligado a repartir su tiempo entre la cantera y el henge, le resultaba difícil supervisarlo todo, y en ocasiones sabía que sus hombres se sentían desanimados.
El resultado de esa situación fue que durante un período de cinco años no llegaron las suficientes piedras al henge.
Nooma estuvo todo aquel verano apremiando a sus hombres, pues todas las piedras debían estar completadas y dispuestas para su traslado al henge antes del equinoccio, pero a medida que se acercaba esa fecha, el albañil comprendió que la operación no estaría terminada.
La gran inauguración del henge debía tener lugar el verano siguiente. Si el suelo en primavera estaba blando debido a las lluvias, como solía ocurrir, sería demasiado tarde para transportar más piedras al henge. Sólo cabía una solución.
—Tenemos que transportar todas las piedras ahora —dijo el albañil—. Terminaremos de pulirlas en el henge.
Cuando Nooma explicó sus dificultades a los sacerdotes, éstos se enojaron. El deseo de los dioses y la suerte de Sarum no podían verse comprometidos porque el pequeño albañil fuera incapaz de completar su labor en la fecha prevista. Cuando los sacerdotes informaron a Dluc al respecto, el sumo sacerdote arrugó el ceño y su rostro asumió una expresión amenazadora.
—En caso necesario, todos los hombres de Sarum trabajarán en el henge —ordenó Dluc—. No consentiré que se produzca ningún retraso.
Y aquel mismo día se emitió una orden declarando que el sacerdote no casaría a ningún hombre que contase más de quince veranos si éste se negaba a trabajar acarreando las piedras.
Tres días después del equinoccio, casi un millar de hombres se había reunido en el lugar donde se hallaban los menhires, y el encargado de supervisarlos era Tark, el comerciante que vivía junto al río.
Tark sentía lástima del pequeño albañil. El hecho de haberle robado a su esposa no había hecho menguar el respeto que sentía hacia el artesano, de modo que trató de ayudarlo en la medida de sus posibilidades. Se ocupó de todo, de buscar provisiones, de preparar más tiendas de campaña para alojar a los hombres que acarreaban las gigantescas piedras sobre los cerros, y de animar a los trabajadores.
Nooma se percató de ello. Pero lo que le intranquilizaba por encima de todo era que los sacerdotes no le perdían de vista: mientras él llevaba a cabo los últimos preparativos, lo observaban con dureza y frialdad, haciendo que se estremeciera interiormente.
Era preciso trasladar diez menhires, lo cual requería dos viajes. Una tras otra las piedras fueron sujetas a sus armazones, y el quinto día después del equinoccio, la enorme caravana emprendió el camino a través de los cerros, levantando una constante y densa nube de polvo.
Cuatro días antes de celebrarse el Día del Invierno los cinco menhires llegaron al henge. El trayecto nunca se había realizado con tanta rapidez, y los obreros, agotados por el ritmo de trabajo, regresaron a buscar las cinco piedras restantes para emprender el viaje por segunda vez. Esta vez la tarea de arrastrar la monumental carga a través de los cerros se realizó más lentamente, pese a las palabras de aliento con que Nooma y Tark azuzaban a sus hombres y a los frecuentes latigazos que les propinaban los sacerdotes.
El desastre se produjo en forma de una ventisca, una violenta tormenta de nieve que duró tres días y que por lo precoz no era frecuente en aquella época del año. La nieve cayó incesantemente durante setenta y dos horas, mientras el áspero viento del nordeste formaba con ella enormes y helados montones. Los hombres se refugiaron hacinados en chozas y tiendas de campaña construidas a toda prisa con pieles de venado. De súbito la temperatura se tornó glacial. Al tercer día, un centenar de hombres presentaba síntomas de congelación.
Nooma observaba despavorido la borrasca. Ante sus ojos, los rodillos de madera, los armazones y por último las descomunales piedras comenzaron a desaparecer bajo el albo manto. La nieve se acumulaba con rapidez aún mayor sobre dos menhires colocados en una pendiente, de modo que el segundo día, él y Tark tuvieron que abandonar su tienda de campaña para colocar estacas alrededor de cada piedra a fin de indicar el lugar donde yacía. Pasadas doce horas, sólo era visible la parte superior de las estacas.
Al tercer día la ventisca cesó.
Cuando Nooma contempló el paisaje que se divisaba desde el cerro, sintió que el corazón se le encogía. A lo largo de varios kilómetros el suelo aparecía cubierto de una gruesa capa de nieve. Los barrancos y las quebradas habían desaparecido por completo. El cielo estaba despejado, pero hacía un frío intenso y nada indicaba que la nieve fuera a derretirse. Quizá permaneciera allí todo el invierno. En cualquier caso, aunque la nieve se fundiera, el suelo quedaría tan empapado que no podrían mover las piedras hasta el final de la primavera. Nooma realizó unos cálculos apresurados. En tal caso, ¿podrían completar el templo en la fecha prevista? Nooma no creía que fuera posible.
Más tarde aquella mañana, un grupo formado por tres sacerdotes enviados por Dluc, llegó caminando torpe y lentamente sobre la espesa nieve.
Sin apenas dirigirles la palabra a los albañiles, los sacerdotes examinaron las piedras y contemplaron los nevados cerros.
—¿Cuándo podréis trasladarlas? —preguntaron por fin.
Nooma miró el suelo cubierto de nieve y repuso con amargura:
—No lo sé.
—Busca el medio de conseguirlo —le ordenaron los sacerdotes, y partieron de nuevo a través de la nieve.
El albañil se puso a reflexionar. Ahora sabía con toda seguridad la suerte que le aguardaba si fracasaba en su empresa.
Entretanto, los obreros comenzaban a impacientarse. Tenían frío; muchos estaban enfermos; un peón que se había alejado de las tiendas de campaña había muerto sepultado bajo la nieve. Anhelaban irse a casa. Nooma se paseaba nervioso de un lado a otro sin saber qué hacer. Por fin trató de mover una de las piedras utilizando un gigantesco trineo. Sabía que fracasaría; y así fue. Tark se desplazaba entre los hombres tratando de animarlos; pero él tampoco tuvo éxito.
Por la tarde, Nooma decidió permitir que los trabajadores regresaran a sus casas; pero los sacerdotes que les acompañaban se opusieron.
—El sumo sacerdote desea que concluyas tu tarea —dijeron—. Debes permanecer aquí hasta que lo consigas.
Cuando tres hombres trataron de huir, los sacerdotes los capturaron y después de azotarlos despiadadamente los dejaron desangrarse postrados en la nieve. A partir de entonces no hubo más intentos de fuga.
Durante otros dos días fríos y angustiosos, Nooma y su millar de hombres aguardaron, acampados en las precarias tiendas; las únicas perspectivas que veía Nooma eran un milagro por parte de los dioses o el fracaso de todos sus proyectos y su muerte a manos de los sacerdotes.
Cuando a Dluc se le hubo pasado el primer arrebato de furia ante la incompetencia del albañil y el retraso de las obras, y se repuso del susto que le causó la inesperada ventisca, comprendió lo que debía hacer.
En el henge, mandó retirar la densa capa de nieve que cubría la piedra del ara y sacrificó seis carneros al dios del Sol, mientras los sacerdotes le observaban arrodillados en la nieve.
—Gran Sol —exclamó Dluc—, tu siervo Dluc ha depositado su fe en ti. Aguardamos que nos manifiestes tus deseos.
Y tratando de acallar sus propias dudas, informó a los sacerdotes:
—El templo se construirá. Es la voluntad de los dioses. El dios del Sol nos ayudará.
El dios del Sol oyó sus súplicas.
Pues el tercer día comenzó a soplar un viento templado procedente del suroeste y acompañado de una lluvia torrencial que cayó durante todo el día sin interrupción, haciendo que la nieve empezara a fundirse. Pero aquella noche, mientras la lluvia seguía empapando los cerros, el viento cambió, el cielo apareció despejado y se produjo una intensa helada. La temperatura descendió varios grados, y a la mañana siguiente cuando Nooma se asomó a la puerta de su tienda contempló una escena insólita.
Jamás había visto nada parecido. A lo largo de muchos kilómetros, hasta el horizonte, sobre las ondulantes colinas y bajo un cielo límpido y azul se extendía una reluciente capa de hielo. Los rayos del sol incidían sobre ella, deslumbrando al albañil. Nooma golpeó el suelo con los pies. Estaba duro como el hierro. Sacó un canto rodado de su bolsa y lo arrojó. La piedra botó y se deslizó a lo largo de varios metros.
Nooma sonrió.
—Creo —murmuró— que ya podremos trasladar las piedras.
Estaba en lo cierto. Acto seguido, con ayuda de sus hombres, comenzó a construir unos gigantescos trineos para transportar los menhires, tal como había intentado hacer anteriormente sin éxito; pero esta vez lo consiguió. Cuando los trabajadores tiraron de las largas correas de cuero, los vehículos, cargados con las descomunales piedras, se deslizaron con facilidad sobre la dura capa de hielo.
No obstante existían otros problemas que solventar. Para descender por los largos ventisqueros, dos o tres grupos reducidos de hombres tiraban de los trineos, mientras que los demás sostenían por detrás las piedras a fin de impedir que se precipitaran por la cuesta. Pero corrían el peligro de que los trineos se deslizaran incontroladamente sobre el hielo, cosa que ocurrió en dos ocasiones. El trineo se precipitó con ímpetu colina abajo, arrastrando a lo largo de varios y angustiosos metros a los peones que lo retenían, hasta que éstos soltaron las correas y el trineo cargado con la pesada piedra cayó sobre los que encabezaban la comitiva, aplastándolos. Veinte hombres murieron en esos dos accidentes, y muchos más resultaron heridos; pero los menhires atravesaron el terreno helado.
El hielo se mantuvo durante más de un mes y a mediados del solsticio de invierno todos los menhires se hallaban en el henge.
Pero aunque el peligro había pasado, persistía la nube que se cernía sobre Nooma; pues cuando éste contemplaba las diez gigantescas piedras aún por desbastar, los hoyos que todavía no habían excavado y los hoscos semblantes de los sacerdotes, se preguntaba:
—¿Conseguiré completar el henge en la fecha prevista?
Krona, por el contrario, se sentía pletórico de renovada confianza en sí mismo. Justamente el mismo día en que el gran manto de hielo cubrió el terreno elevado, los dioses cumplieron su promesa y Menona le comunicó que estaba encinta.
De nuevo, Dluc sacrificó un cordero a los dioses que habían salvado a Sarum. Incluso Nooma el albañil, pese a los problemas que le acuciaban, sonrió satisfecho cuando se enteró de la noticia.
Los meses que mediaron entre aquel frío invierno y el verano fueron muy ajetreados en Sarum; pero a medida que transcurrían los días, tanto los sacerdotes como la población comenzaron a sentirse más optimistas.
Nooma trabajó febrilmente junto con sus peones. Armados de un mazo, los obreros cincelaban con ahínco el resto de los monolitos. Cada día retiraban docenas de cestos llenos de fragmentos de piedras, que depositaban en unos hoyos excavados a poca distancia del recinto sagrado. Tuvieron que utilizar más cuadrillas de peones a fin de alzar los descomunales menhires que debían completar el círculo.
Nooma sabía que debía estar alerta para evitar que sus hombres cometieran un error en esa última y comprometida fase de las obras.
Aunque Nooma y Tark se encontraban casi a diario, éste no observó cambio alguno en la actitud del albañil hacia él.
Poco después del nacimiento de la niña, a quien llamaron Pia, Tark fue a visitar a Katesh.
—¿Lo sabe él? —preguntó.
Katesh meneó la cabeza en sentido negativo.
—No lo creo.
—¿Se muestra enojado contigo? Ella se encogió de hombros.
—Pasa mucho tiempo en el henge. No me ha dicho nada al respecto.
Tark reflexionó unos instantes.
—A mí tampoco me ha dado muestras de estar enterado —observó, maravillándose de la simpleza del albañil.
Durante los meses siguientes Nooma apenas vio a su esposa, y Tark lo avistó varias veces en compañía de unas esclavas; pero no le concedió importancia, pues supuso que el albañil buscaba la variedad.
Tark siguió visitando a Katesh, pero ella se mostraba reservada con él.
—Lo que hubo entre nosotros se ha terminado —le dijo—. Me he olvidado de ello.
Tark intuyó que la joven mentía y vio el esfuerzo que ello le costaba. Pese a que su marido la tenía abandonada, Katesh estaba decidida a serle fiel.
—Los dioses me han castigado —dijo Katesh sencillamente—. Lo tenía merecido.
Nooma prestaba poca atención a su mujer los pocos ratos que él pasaba en casa; sin embargo, constató con asombro que le encantaba ver jugar a Noo-ma-ti con la pequeña Pia, y a menudo los cogía a ambos en brazos y los paseaba por la choza con aire triunfal mientras los niños chillaban encantados. Aunque Pia no era hija suya, a Nooma le complacía el hecho de que la pequeña lo adorara y a menudo se le quedara mirando fascinada con sus grandes ojos redondos.
Dluc acudía con frecuencia a visitar las obras y cerciorarse de que el nuevo Stonehenge se completaría en la fecha prevista. También Krona abandonaba de vez en cuando su reclusión para inspeccionar el templo.
Discurría la primavera y la gestación de Menona avanzaba con normalidad.
Aunque aguardaban con ilusión el nacimiento del hijo de Krona, ni el sumo sacerdote ni el cabecilla habían olvidado que, según las instrucciones impartidas por los augurios, el primogénito debía ser entregado a los dioses.
—Los augurios deben ser obedecidos en todos los detalles —recordaba Dluc a sus sacerdotes.
Pero Krona no se mostraba alarmado ante esa circunstancia.
—Me siento de nuevo como un muchacho —confesaba al sacerdote—. Creo que tendré muchos hijos antes de morirme.
Como para confirmar su buen ánimo, Krona salió en varias ocasiones de caza, lo cual complació a todos los habitantes de Sarum.
Bajo la atenta vigilancia de Nooma, los obreros terminaron por fin de pulir la última piedra. A fines de la primavera, todos los menhires se hallaban colocados en su lugar. Sólo faltaba preparar los cinco dinteles y colocarlos sobre los monolitos. Los sacerdotes anunciaron que tan pronto como concluyeran las obras, celebrarían una gran fiesta en honor de todos los trabajadores.
Todo estaba dispuesto para la solemne e impresionante inauguración del templo megalítico. Peregrinos procedentes de toda la isla habían emprendido ya el camino hacia el recinto sagrado. Según los dichos de los sacerdotes, con motivo de la inauguración de un nuevo templo no sólo debían sacrificar un gran número de animales, sino realizar también un importante sacrificio humano.
—El gran sacrificio es necesario —advirtió Dluc a sus congéneres—, para demostrar a los dioses que los veneramos. Realizaremos diecinueve sacrificios: uno por cada ciclo lunar.
Luego les aconsejó que eligieran a las futuras víctimas tras madura reflexión.
Faltaba menos de un mes para que se produjera el solsticio de verano y Nooma el albañil veía acercarse el momento en que el templo quedaría terminado, cumpliéndose así todos sus planes.
—Antes de un mes —se dijo Nooma—, todas las obras estarán acabadas.
Las dos tareas que faltaban por llevar a cabo eran bien sencillas. Sólo había que tallar en la parte inferior de cada dintel los dos huecos en los que encajarían las espigas de las piedras verticales, e izar el dintel mediante el andamio. A Nooma le gustaba esta operación, debido a su sencilla eficacia y precisión. La construcción del armazón tampoco presentaba dificultad alguna, y una vez asegurado con cuerdas resultaba muy resistente. La única maniobra delicada era la de levantar sobre el andamio el pesado dintel, colocarlo en las piedras verticales y encajarlo sobre las mismas. Nooma se sentía orgulloso de la habilidad con que se llevaba a cabo esta operación, que siempre supervisaba personalmente.
Una tarde de fines de primavera, después de que sus hombres hubieran abandonado el henge, Nooma se quedó allí un rato, como solía hacer, para observar cómo los sacerdotes iniciaban su vigilia nocturna bajo las estrellas. Hacía una noche espléndida, aunque la Luna aún no había salido, y los pocos sacerdotes que se encontraban allí no repararon en su presencia. En silencio, el diligente albañil examinó los trabajos que habían realizado sus hombres, encaramándose incluso al andamio para verificar todos los detalles minuciosamente, ajustando una cuerda aquí y allá para cerciorarse de que todo estaba exactamente como él deseaba.
Cuando hubo terminado, Nooma observó el silencioso templo de piedra gris que le rodeaba, y al verlo casi perfecto pronunció en voz alta una plegaria dirigida al dios del Sol.
—Gran Sol, permite que la labor de tu siervo Nooma, que ha trabajado con ahínco, llegue a completarse.
Luego regresó a su casa satisfecho.
A la mañana siguiente Nooma había quedado en reunirse con Tark en el henge para hablar sobre los preparativos de la gran fiesta que pronto iba a celebrarse. Más de mil personas participarían en el festín que se serviría en una extensa pradera del valle junto al río, a unos dos kilómetros del henge, y había que organizarlo todo.
Cuando los dos hombres se hallaban conversando animadamente a un lado del henge, los trabajadores comunicaron a Nooma que se disponían a alzar un dintel para colocarlo sobre los menhires. Sin dejar de vigilar a los peones ni de charlar con Tark, que caminaba a su lado, Nooma se dirigió hacia los menhires y ocupó su acostumbrado lugar, directamente debajo del dintel, a fin de supervisar la delicada tarea. Tark observó con admiración la pericia con que los obreros deslizaban despacio la descomunal piedra hasta el borde del armazón y se disponían a colocarla encima de los dos monolitos. Estaba tan absorto, que al principio no oyó lo que le decía el albañil.
Pero al volverse hacia él para prestarle atención, Tark se quedó asombrado. El rostro por lo general solemne del pequeño y estrafalario albañil aparecía contraído en una mueca de rabia y odio como Tark jamás había contemplado.
—¡Te acostaste con mi esposa! ¡La dejaste preñada! ¿Crees que voy a perdonarte?
Tark se sobresaltó: nunca habría creído que Nooma estuviera al corriente de su traición. Sin embargo, tanto el semblante crispado del albañil, cuyos ojos expresaban una ira reconcentrada, como sus palabras acusadoras le sacaron de su error. El hombre del río sintió pánico y empalideció.
Porque en aquel momento comprendió que Nooma había decidido matarlo.
Nadie se explicó más tarde cómo fue posible que un lado del armazón se desplomara de pronto aquella mañana.
Tark seguía de pie debajo del artefacto y acababa de abrir la boca para decir algo, pero apenas tuvo tiempo de alzar la vista cuando el dintel de cuatro toneladas de peso que los peones estaban desplazando hacia el borde del andamio se ladeó, cayó, chocó contra un menhir y fue a estrellarse sobre la cabeza del hombre del río, matándolo en el acto.
Nadie había notado nada raro en el armazón. Hasta el momento del accidente, todos los ojos habían estado fijos en el precario equilibrio del dintel. Dos de los peones encaramados en el andamio se habían caído también; uno se partió la clavícula y el otro una pierna. Pero Nooma, a pesar de encontrarse a un paso de Tark, había conseguido arrojarse a un lado y escapar milagrosamente sólo con una pocas contusiones.
Dos días más tarde los peones lograron colocar el dintel en lo alto de los menhires.
Los sacerdotes no hicieron ningún comentario sobre el accidente. Nooma confiaba en que no hubieran adivinado la verdad.
Cuando Nooma describió lo ocurrido a Katesh, la joven se sintió palidecer. Los labios le temblaban y durante unos instantes se tambaleó y tuvo que agarrarse a algo para no caerse. Luego permaneció en silencio, con la vista fija en el suelo.
—Los dioses no han querido que yo muriera también —dijo Nooma.
Katesh no parecía oírle. Pero al observar que trataba de reprimir las lágrimas, el pequeño albañil se alegró en su fuero interno.
Inesperadamente, Katesh levantó hacia él sus grandes ojos negros. No trató de ocultar su secreto; dejó que su marido viera el dolor que reflejaba su mirada. Por primera vez desde que estaban juntos, ambos se miraron cara a cara con absoluta franqueza; y Katesh percibió un matiz de triunfo en la expresión de Nooma. En aquel momento supo con toda certeza lo que el albañil había hecho.
Y Nooma, en su triunfo, vio en los ojos de su esposa el alma desnuda de una mujer que había perdido a su amante, y durante unos momentos en cierto modo se sintió avergonzado. Pero luego advirtió un cambio en la expresión de Katesh, que pasó del dolor al odio y al desprecio. Fue sólo un instante, pues ella bajó enseguida la vista; pero en ese momento álgido el matrimonio de Nooma y Katesh alcanzó, por primera y única vez, una sinceridad absoluta, y al mismo tiempo terminó.
A partir de ahí, Katesh realizó sus tareas domésticas en silencio. Dio de comer a su marido e hizo todo lo que una esposa debía hacer: pero era como si Nooma se hubiera convertido en un extraño para ella. Ninguno de los dos habló más de lo estrictamente necesario, ni hizo el menor intento de aproximarse al otro.
Aunque Nooma había supuesto que nada podía torcerse en las obras del henge, estaba equivocado. Tres días después de la muerte de Tark, cuando el albañil examinó el último dintel que faltaba por colocar, observó en él algo extraño. El hueco practicado en la parte inferior estaba mal colocado. Nooma se quedó atónito. El orificio se hallaba situado cerca del centro, a unos dos palmos del lugar correspondiente. Éste era un asunto grave: no sólo tendrían que practicar un nuevo orificio, sino que el dintel no era perfecto, como debían serlo todas las piedras del templo sagrado. De haber tenido tiempo, Nooma habría mandado que lo reemplazaran por otro. Pero faltaban unos pocos días para el solsticio. Era imposible hacer nada.
—¿Cómo ha sucedido eso? —inquirió Nooma, furioso.
Al parecer, alguien había hecho sin querer un arañazo en la piedra y uno de los peones jóvenes, al verlo, había deducido que esa marca indicaba el lugar donde debían horadar el dintel. Antes de que alguien pudiera remediarlo, el peón practicó el orificio. Fue un error estúpido. Pero Nooma tenía la culpa de que sucediera.
El agujero sería visible desde debajo del trilito. Aunque quisiera, Nooma no podría ocultarlo a los sacerdotes. Cabizbajo, no tuvo más remedio que informar de lo ocurrido.
—No tengo tiempo de preparar una nueva piedra —confesó con amargura.
El sacerdote que examinó el dintel lo miró con una frialdad que hizo que el albañil se echara a temblar.
—El error debe ser invisible —dijo el sacerdote—. Y la piedra debe ser colocada en su lugar.
Nooma preparó un taco de arcilla y taponó con él el orificio. Sobre el taco colocó un disco de piedra gris que confeccionó con esquirlas de piedra molidas; una vez terminado, su trabajo resultaba tan impecable que nadie salvo él mismo habría podido detectar el remiendo. Aún así, el dintel no era perfecto: el henge contenía un leve defecto. De modo que al pensar que la noticia no tardaría en llegar a oídos del sumo sacerdote, Nooma se echó a temblar. Ni los sacerdotes, ni los dioses, le perdonarían esa torpeza.
—Me sacrificarán al dios del Sol —murmuró acongojado—. Así es como terminaré.
No obstante, el dintel fue colocado en su lugar, y cinco días antes del importante solsticio, el nuevo Stonehenge se dio por acabado.
En el ánimo de Nooma se entremezclaban el orgullo y el terror, de modo que durante la fiesta de los trabajadores celebrada la noche siguiente junto al río el albañil bebió hasta caer dormido.
Pero a la mañana siguiente, el sombrío pensamiento le atormentaba sin tregua: «He matado a un hombre; por mi culpa hay una imperfección en el templo sagrado. A los sacerdotes no se les oculta nada: me destruirán».
Casi había amanecido. La Luna seguía brillando en el cielo.
Cuando Dluc el sumo sacerdote inspeccionó el nuevo templo experimentó una profunda emoción.
—Está terminado —murmuró.
Dluc pensó que no sólo se había completado el templo y un ciclo del Sol y de la Luna, sino que aquel redondel perfecto hecho de monolitos era el símbolo de que la odisea del pueblo de Sarum había terminado: se había cerrado el círculo. El Sol y la Luna, el día y la noche, el invierno y el verano, la primavera y el otoño, todo se hallaba presente en el henge. Y la existencia de Sarum y su destino estaban representados en las piedras que evocaban la incesante procesión de los días y la armonía del cielo.
Desde hacía años, Krona el cabecilla solía salir a cazar el jabalí cinco días antes del solsticio.
Antes del alba, Dluc ordenó que prepararan su silla de manos y dio a los corredores las órdenes pertinentes.
Según la costumbre, antes de la cacería el sumo sacerdote llevaba a cabo un rito solicitando a la diosa de la Luna que bendijera a los cazadores, de modo que, poco después del amanecer, Dluc llegó al amplio claro situado junto a la entrada del valle oriental, donde iban a reunirse los participantes en la montería.
¡Ah, qué espectáculo tan hermoso! Cuando Dluc los vio, se sintió rejuvenecer. Había cincuenta cazadores vestidos con recios justillos de cuero y armados con arcos, aljabas llenas de flechas y unas lanzas cortas y pesadas idóneas para la caza del puerco; reunidos en grupos, charlaban y reían animadamente. Krona, como siempre, ocupaba el centro del cotarro: alto e imponente, con su larga barba completamente blanca, lucía el elegante tocado adornado con largas plumas verdes que solía utilizar cuando iba de caza. Sus broncas carcajadas resonaban en el claro mientras bromeaba con los cazadores. Junto a él descansaba en el suelo la litera de madera de pino que, acarreada por cuatro expertos corredores, le transportaría a través del terreno mientras los otros cazadores caminaban o corrían junto a él. El cabecilla vestía una capa corta de color verde y llevaba un magnífico cuchillo de caza de sílex en el cinto. Éste era el auténtico Krona, y su hermano el sacerdote se alegró al verle de nuevo en todo su esplendor.
Los hombres se sentían felices de cazar de nuevo con su líder. El viejo Muña, el jefe de los cazadores, de pelo entrecano y rostro rubicundo, con su rechoncha figura embutida en un jubón negro y escarlata, no cesaba de ir de acá para allá. En la cabeza lucía unas pequeñas astas, el distintivo de su cargo, y en la mano sostenía un cuerno de caza decorado con bronce y oro. Dirigía con eficacia y buen humor a los hombres que se ocupaban de los mastines, ocho parejas de lustrosos perros de caza, muy veloces y capaces de seguir el rastro de una presa durante toda la jornada, los cuales jadeaban excitados emitiendo unas nubes de vapor en el frío aire matutino. Muña iba acompañado de su nieto, un chico de diez años que miraba a su alrededor lleno de asombro y curiosidad. Era su primera cacería.
—Krona ha prometido que si conseguimos cazar hoy algún jabalí él mismo manchará de sangre al chico —dijo el anciano sonriendo.
Al oír eso, el cabecilla se volvió.
Al observar el vivaracho rostro del muchacho Krona recordó que, cuando él tenía su edad, la primera vez que acompañó a su padre en una cacería, éste, siguiendo una antigua costumbre, alzó una porción del animal al que acababan de dar muerte y tiznó con sangre la mejilla de su hijo. Krona no se lavó la cara durante un mes, pues esa marca constituía la primera señal de que se había convertido en un hombre.
—Sí, yo mismo te mancharé de sangre —dijo Krona echándose a reír.
Luego impuso silencio, y el sumo sacerdote pronunció las sencillas y antiguas palabras del rito de caza:
—Oh, diosa de la Luna, que proteges a los cazadores, y a quien pertenecen los espíritus de todos los animales muertos, bendícenos y procúranos una buena jornada de caza.
Muña emitió un breve trompetazo con su cuerno, Krona tomó asiento en su silla de mano y los cazadores echaron a andar a través del bosque hacia el valle oriental.
Ésa era la imagen de Krona que al sumo sacerdote le agradaría recordar más adelante: una figura gallarda, un gran cabecilla que cazaba en los bosques de Sarum.
Lo trajeron de regreso al valle aquella misma noche.
Aunque los cazadores de Sarum opinaban que su método para cazar jabalíes era el mejor, éste presentaba varias desventajas. Si el jabalí lograba engañar a los cazadores, podía matar fácilmente a uno de ellos; y si lograban acorralarlo, tal como pretendían, el jefe de la montería siempre estaba expuesto a ser embestido por el animal. Pero a Krona le gustaba ese método. El procedimiento era el siguiente: una vez que los mastines habían localizado al jabalí, por lo general en un bosque, los cazadores se dispersaban formando un círculo para luego aproximarse lentamente al animal. A medida que estrechaban el cerco, los hombres situados detrás del jabalí avanzaban a través del bosque, haciendo tanto ruido como podían y obligando al animal a abandonar su escondite para dirigirse hacia el centro del círculo, donde el jefe, acompañado por los mejores cazadores, lo estaba esperando. Este método de caza había tenido éxito en numerosas ocasiones y resultaba muy emocionante. Sin embargo, los encargados de acorralarlo corrían un peligro enorme si la fiera se volvía de pronto contra ellos y los embestía con sus afilados colmillos, y siempre existía el riesgo de que un día el jabalí atravesara las filas de los cazadores de Krona y atacara al propio cabecilla.
Éste estaba vivo cuando aquella noche trajeron su cuerpo al valle.
La cacería se había desarrollado según lo previsto: el jabalí, acorralado, se había precipitado a través del claro, hasta el lugar donde lo aguardaba Krona, resguardado tras los cazadores. Pero entonces había ocurrido el desastre. Ya fuera porque estaban desentrenados o porque el animal era más astuto que la mayoría, éste había irrumpido a través de la línea de cazadores y había atacado a Krona sin darle opción a defenderse. El cabecilla tenía unas heridas terribles en el vientre, donde el animal le había hundido los colmillos produciéndole graves desgarros. Krona había perdido mucha sangre y presentaba un color ceniciento. Cuando Dluc lo vio, pensó que moriría aquella misma noche.
El sumo sacerdote hizo lo que pudo por su amigo de la infancia, pues así era como consideraba a Krona: para él no era el gran caudillo de Sarum, ni el monstruo que había sacrificado a diecinueve jóvenes durante los siniestros días de su locura. Era su amigo, que estaba herido y sufría atroces dolores. Dluc le vendó las heridas; le ayudó a beber un poco de caldo que él había preparado con unas hierbas, y junto con Menona lo estuvo cuidando durante toda la noche.
Krona agonizaba. Dluc lo sabía. Sus heridas eran profundas y se habían infectado; ninguna medicina podía salvarlo, ni tampoco las oraciones del sumo sacerdote.
Y entonces comenzó la última, y la más dura, de todas las pruebas que los dioses habían enviado a Sarum.
Pues nadie había olvidado la promesa hecha cuando se iniciaron las obras del nuevo Stonehenge. El primogénito de Krona debía ser ofrecido en sacrificio a los dioses; y a cambio, según habían afirmado los augurios, el cabecilla tendría un segundo hijo, que sería su heredero.
El sumo sacerdote reflexionó: los augurios se habían manifestado con toda claridad, ¿y acaso no se había cumplido todo cuanto habían pronosticado? Aun así, era evidente que el cabecilla no podría engendrar más hijos. Si Dluc cumplía su promesa a los dioses, el linaje de Krona se extinguiría, el nuevo templo habría sido construido en vano, y a cambio de su fe los dioses enviarían a Sarum la muerte y las tinieblas como castigo. ¿Pero por qué?
Dluc no sabía qué hacer ni qué decir. Por fin, cuando Menona los dejó solos a los dos, Krona dijo:
—No puedes sacrificar al niño.
Sus palabras no eran más que un murmullo, pero éstas se clavaron en el corazón del sacerdote, que guardó silencio, sin atreverse a mirar a su amigo.
—El niño es todo cuanto tenemos —prosiguió Krona suavemente. Era cierto. Pero Dluc no respondió. El cabecilla se incorporó con gran esfuerzo sobre un codo y lo miró fijamente.
—Prométeme que no sacrificarás al niño a los dioses —musitó.
Dluc sintió ganas de echarse a llorar. Pero era el sumo sacerdote, y sabía lo que debía hacer. ¿Acaso no había jurado al dios del Sol: «No volveré a dudar de tu poder»?
—Es preciso obedecer a los dioses —repuso.
—¡Salva a mi hijo, sacerdote! —exclamó el cabecilla con voz angustiada antes de dejarse caer sobre el lecho.
Dluc pensó en las diecinueve jóvenes que Krona había sacrificado sin piedad; ahora los dioses habían decretado que él también debía padecer. Pero ¿qué significaba todo? Dluc lo ignoraba, aunque sabía lo que debía decir.
—No podemos cuestionar a los dioses —replicó.
¿Creía realmente que los dioses cumplirían su promesa en aquel momento? ¿Se fiaba él mismo, el sumo sacerdote, de ellos?
Durante unos instantes Dluc creyó que Krona montaría en cólera, pero luego advirtió que el cabecilla ya no tenía fuerzas. En lugar de perder los estribos, Krona hizo algo que a Dluc le resultó aún más difícil de soportar: trató de razonar con él.
Con paciencia y amabilidad, como un amigo, Krona explicó al sacerdote los motivos por los que no debía cometer aquel acto terrible.
—Mi primogénito ya fue ofrecido a los dioses cuando mis hijos murieron ahogados —dijo—. Los sacerdotes habéis interpretado equivocadamente los augurios.
Para convencerle, Krona siguió utilizando toda suerte de argumentos; le dijo que no podía destruir a Sarum, le advirtió que el valle caería en el caos si él moría sin dejar un heredero. Sus razonamientos eran perfectos. Pero inútiles.
—Es preciso obedecer a los dioses —repitió Dluc—. Debemos confiar en ellos, y no nos abandonarán.
Krona meneó la cabeza.
El día iba transcurriendo y ni el sumo sacerdote ni Krona estaban dispuestos a ceder. Con una increíble fuerza de voluntad, el cabecilla se aferraba a la vida, a veces razonaba con el sacerdote, otras lo cubría de invectivas. En cierto momento incluso amenazó con matarlo. No obstante, sabía que era impotente; pues en esta cuestión nadie, ni siquiera sus sirvientes, se atreverían a poner en tela de juicio la voluntad del sumo sacerdote.
Mientras ambos hombres seguían discutiendo con aspereza, a Menona le acometieron los dolores de parto, sin duda provocados por la impresión que le causaron las terribles heridas de Krona. El nacimiento se adelantaba casi un mes. Trasladaron a la joven a una pequeña estancia situada en la parte trasera de la casa, donde la atendieron dos mujeres expertas en estas lides.
Krona estaba desesperado. Cuando el sol se puso y los sirvientes encendieron las velas, su alegato se hizo más vehemente y febril, y por último, con un grito tan lleno de angustia que a Dluc le pareció el preludio de la muerte, exclamó:
—¡Me muero, sacerdote! ¡Salva a mi hijo!
Dluc rompió a llorar. Apartó la cara porque no se atrevía a mirar a Krona. Temblaba. Pero se mantuvo firme. Por fin, avanzada la noche, oyó el lloro del recién nacido y salió apresuradamente de la habitación.
Entonces, al final de la prueba que para él sería la última, Dluc comprendió la belleza, la perfecta simetría de los designios de los dioses. Pues el espectáculo que contempló era tan maravilloso que el sacerdote lloró de alegría.
Las mujeres sostenían en brazos no un niño sino los dos hijos que la joven de cabellos dorados había dado a Sarum: un varón y una niña. Aunque prematuros, ambos estaban sanos. Menona sonreía débilmente.
—Entregadme al primogénito —ordenó el sacerdote con expresión severa; y, como supuso que harían, las mujeres le entregaron a la niña—. Hemos prometido ofrecer el primogénito a los dioses —dijo—. Y ahora Sarum tiene un heredero.
Era la víspera del solsticio.
Antes de que pudiera celebrarse la fiesta de la inauguración del templo, el pueblo de Sarum debía sufrir aún otra penosa experiencia.
Nooma y su familia se levantaron al amanecer, y, mirándose unos a otros con aprensión, se sentaron a la puerta de su choza en el valle.
Como todos sabían en Sarum, en esa fecha seleccionarían a las diecinueve víctimas que serían sacrificadas; y las gentes se echaron a temblar cuando los sacerdotes, en pequeños grupos y con aire solemne, fueron de granja en granja, desde el valle hasta el puerto, señalando con un cuchillo ceremonial de bronce a sus víctimas y llevándoselas consigo. Era imposible adivinar a quiénes elegirían. A veces se trataba de un malhechor, o de alguien que había tenido la osadía de ofenderles; pero otras escogían a un honrado trabajador, o a la hija de un rico campesino. Nadie, independientemente de su sexo, edad o familia, era inmune. Pues los sacerdotes eran demasiado astutos para permitir que ninguna persona tuviera la seguridad de escapar a la ley absoluta del dios del Sol y de sus sacerdotes.
Mientras Nooma y su familia aguardaban a la puerta de su choza, el albañil sintió pánico. Había varias cosas que le inquietaban. Una de ellas era el dintel defectuoso, el error que él jamás debió permitir que ocurriera. ¿Le perdonarían su torpeza los sacerdotes? Seguramente no. Otra era el asesinato de Tark. ¿Habían adivinado los sacerdotes quién era el culpable? El albañil se enjugó la frente al comprobar que la tenía cubierta de sudor. Por supuesto que lo sabían. Era absurdo pensar por un momento siquiera que existía algo que pudiera ocultárseles a los sacerdotes.
—Creo que vendrán a por mí —murmuró en voz alta.
Katesh miró sorprendida al pequeño albañil.
—¿Por haber construido el templo? —preguntó encogiéndose de hombros—. No lo creo.
Nooma no dijo nada. No compartía la certeza de su esposa. Se preguntó si a Katesh le disgustaría que lo eligieran a él. Probablemente no. Luego, temeroso, miró a sus hijos. Los designios de los sacerdotes eran inescrutables. ¿Y si, para castigarlo, elegían a uno de sus hijos? Nooma estaba convencido de que entre las víctimas habría algún niño. De golpe comprendió el dolor que sentiría si se llevaban a la pequeña Pia, que le observaba con sus grandes ojos llenos de cariño y confianza.
En cuanto a Noo-ma-ti…
—Que me lleven sólo a mí, no al niño —rogó el albañil en silencio a los dioses.
Las horas transcurrieron lentamente y en silencio. El sol comenzó a declinar.
—No vendrán a nuestra casa —afirmó Katesh.
Y el albañil empezó a creer que su mujer acaso tuviera razón.
Pero sí se presentaron. Dos sacerdotes, uno joven y el otro anciano, se aproximaban lentamente hacia la choza por el sendero, sobre el que se alargaban las sombras de los árboles cercanos. Cuando llegaron a casa del albañil, éste y su familia se levantaron temblando; el sacerdote más joven sacó un cuchillo delgado y afilado y se lo entregó en silencio a su compañero, que señaló con él a la víctima destinada al sacrificio.
Al ver que aquel anciano sacerdote apuntaba a su hijo, Nooma gritó:
—¡No! ¡Llevadme a mí con vosotros! ¡He asesinado a un hombre! ¡He profanado el templo! ¡Debo morir! —Y se arrojó a los pies de los sacerdotes.
Pero el más joven meneó la cabeza en sentido negativo. Perplejo, Nooma se volvió y comprobó que se había equivocado: el cuchillo no señalaba a Noo-ma-ti, sino a Katesh, que de pie detrás del niño contemplaba al joven sacerdote con incredulidad.
—Es el deseo de los dioses —declaró éste.
Entonces Nooma comprendió que los sacerdotes lo veían todo y que su ley, aunque cruel, contenía una justicia implacable.
Las ceremonias dieron comienzo al anochecer.
Cuatro mil personas se habían congregado en las laderas que rodeaban el henge. En el lugar de honor, que Krona debía haber ocupado, se hallaban dos hombre elegidos por los sacerdotes; uno de ellos ostentaba el peto repujado en oro del cabecilla, mientras que el otro sostenía el mazo ceremonial decorado con un motivo en zigzag de ámbar y oro.
Cuando el sol descendía sobre el horizonte, los sacerdotes se aproximaron en un largo cortejo, seguidos por los hombres encargados de conducir a las víctimas al lugar del sacrificio. Avanzaron lentamente hacia la entrada de la avenida, donde aguardaron a que se pusiera el sol. Todos los sacerdotes, excepto Dluc, vestían de blanco, y los rayos del ocaso arrancaban reflejos púrpura a sus ropajes.
En ese día tan señalado, el sumo sacerdote iba ataviado con una magnífica túnica roja y blanca, recamada con piedras preciosas. Su afilado rostro estaba pintado de blanco. En la cabeza lucía un elevado tocado de bronce decorado con un disco dorado que relucía bajo el sol, y empuñaba un largo cayado rematado con la efigie de un espléndido cisne. Más alto que los hombres que le rodeaban, Dluc presentaba una imponente figura.
Llegó el crepúsculo con sus sombras, y la multitud se dispuso a pasar la noche más corta del año en silenciosa vigilia. Poco después salió la Luna lentamente.
Nooma el albañil contempló el extenso henge, la obra a la que había consagrado su vida entera. En el centro se alzaba el círculo perfecto de grises monolitos que, bañado por el resplandor blanco y purísimo de la Luna, proyectaba sombras gigantescas que se iban modificando a medida que transcurría la noche. Entre las piedras el albañil distinguió el sanctasanctórum, el semicírculo de trilitos, y la terrorífica tabla del altar destinada a los sacrificios. Nooma se preguntó si de todo cuanto le había sucedido en la vida existía algo más importante que ese descomunal e imponente templo de piedra. Ciertamente, el poder de los sacerdotes era terrible, se dijo, y con un brazo rodeó los hombros de su hijo y con el otro atrajo hacia sí a la pequeña Pia; sabía que ambos niños debían criarse a la sombra del henge.
La noche discurrió muy despacio.
En cuanto las primeras luces del alba iluminaron el horizonte por el este, los sacerdotes entonaron un canto lento y monótono; luego empezaron a atravesar con paso majestuoso los seiscientos metros de avenida que los separaban del círculo de piedras. A la tenue claridad del alba, Nooma trató de distinguir a las víctimas del sacrificio, pero le fue imposible. Instintivamente, abrazó a sus hijos con fuerza.
—Vuestra madre tiene suerte —les dijo—. Será ofrecida como un regalo especial a los dioses.
Pia lo miró con sus grandes ojos, sin comprender el significado de sus palabras; pero Noo-ma-ti, que entendía a medias lo que ocurría a su alrededor, se echó a llorar.
Por su parte, el albañil no experimentó emoción alguna. La ley de los sacerdotes y de su henge, en aquellos momentos, era demasiado terrible para permitir que la gente se entregara a sus emociones. Nooma se apoyó sobre un pie y luego sobre el otro.
Por el este, sobre el horizonte, el cielo se tornó más claro.
Y en el centro del henge, inmóvil y silenciosa como una piedra, la enjuta figura de Dluc, el sumo sacerdote, aguardaba junto al altar.
Poco antes de que el cortejo echara a andar por la avenida, había aparecido un mensajero que notificó la muerte de Krona. Dentro de poco éste yacería en una inmensa tumba blanca situada en un lugar elevado, para que su espíritu descansara en paz. El sumo sacerdote se alegró de que el cabecilla hubiera hallado solaz. Era justo que, en esa hora de renovación, Krona hubiera pasado al otro mundo para morar junto a los espíritus.
Y mientras el nuevo henge aguardaba a que el dios del Sol mostrara su rostro, el sumo sacerdote comprendió por fin la importancia de todo cuanto había acaecido desde la muerte de los hijos de Krona.
¿Cómo comenzaban los dichos sagrados de los sacerdotes? ¿Cuáles eran las primeras palabras que solían pronunciar? Antes de la larga historia de Sarum, antes de la gran inundación que había cortado el paso hacia oriente y transformado la región en una isla, antes de la catalogación de los movimientos de los cuerpos celestes, que a los novicios les llevaba dos años estudiar, antes del recitado y la explicación de los números místicos, ¿cuáles eran las importantes palabras que habían precedido todo eso?
El Sol gobierna los cielos.
El Sol nos da; el Sol nos arrebata.
Nada de cuanto existe
existe por azar.
Ése era el significado del nuevo henge; el significado de las piedras, de las diecinueve jóvenes que Krona había inmolado, de los diecinueve años del ciclo sagrado de la Luna y de la perfecta oposición de ésta con el Sol que Dluc se disponía a presenciar. Ése era el motivo de que el henge fuera perfecto, de que formara un círculo impecable, indestructible. Ése era el motivo de que hubiera nacido un nuevo heredero a partir del sufrimiento de Krona y su pueblo. ¿Cómo había osado Dluc albergar la menor duda?
Nada acontece por azar. Los designios de los dioses quizá sean inescrutables, pero son absolutos, perfectos en su terrible simetría y orden; e inmutables como las estrellas. Eso fue lo que Dluc comprendió en aquellos momentos con extraordinaria nitidez.
Y en cuanto a los hombres sobre la Tierra, sólo existía un camino: la obediencia. Tal era el mensaje de la maldición que había caído sobre Sarum, de la muerte del cabecilla y de sus hijos. Ése era el mensaje de los sacrificios.
Los hombres construyen para honrar a los dioses. Y los hombres pueden tratar de medir el firmamento. Pero eso es todo. No pueden rebelarse: deben obedecer.
No tardaría en salir el Sol. Sobre la túnica del sumo sacerdote se habían formado unas gotas de rocío.
Pronto llegaría el gran momento.
Cuando comenzó a clarear, todos vieron que la Luna llena se había desplazado hacia un punto justo encima del horizonte de poniente, exactamente frente a la avenida. Hacia el levante, el cielo se teñía de un azul profundo y luminoso, y en el horizonte apareció una claridad temblorosa, primero en forma de una sutil línea plateada que después adquirió un color escarlata y más tarde se tiñó de azafrán. Los cánticos de los sacerdotes se hicieron más retumbantes. La multitud aguardaba, tensa. El horizonte empezó a resplandecer y por el oriente el cielo se tornó morado, turquesa y celeste; en el lado opuesto del firmamento, la Luna aparecía suspendida sobre los cerros.
Entonces apareció el borde del dios del Sol, el primer destello de sus ardientes rayos incidió como una flecha sobre la avenida hasta alcanzar el corazón del henge. En aquel mismo instante, los cánticos cesaron, y el terrible silencio que siguió fue roto tan sólo por el ruido sordo que produjo el cuerpo de la primera víctima al ser arrojado sobre el altar de piedra.
Dluc levantó la vista hacia el Sol. Lentamente, alzó a la primogénita de Krona con ambas manos por encima de su cabeza, y mostrándola al dios, exclamó:
Oh Sol, el más grande de todos los dioses,
oh, gran diosa Luna,
vuestros siervos os obedecen.
En el nuevo Stonehenge, el dios del Sol apareció sobre su reino; su gigantesca esfera dorada, palpitante de luz, se elevó sobre el horizonte en el cielo turquesa. Y durante unos largos y silenciosos minutos, el disco plateado de la Luna se mantuvo frente a él, en una oposición perfecta sobre el anillo perfecto del henge, antes de desaparecer más tarde debajo del horizonte. El dios del Sol y la diosa de la Luna habían mostrado sus rostros al pueblo de Sarum.
Cuando las víctimas fueron colocadas en rápida sucesión sobre la piedra del altar, Nooma se esforzó en distinguirlas. La séptima era Katesh. El albañil vio su pálido cuerpo sostenido por dos sacerdotes, la vio caer sobre el ara y arquear la espalda horrorizada cuando el sacerdote levantó el cuchillo ensangrentado, cuya hoja brilló unos instantes bajo el sol, y descendió sobre ella.
Dluc el sumo sacerdote jamás averiguó la forma de predecir un eclipse de sol.