EL CAMPANARIO
1985: 10 de abril
La multitud se había congregado dentro del recinto catedralicio.
No ocurría con frecuencia que la ciudad de Salisbury recibiera una visita real, y aquélla iba a tener unas consecuencias muy importantes para la catedral.
Lady Forest-Wilson se alisó la falda. Los otros tres miembros del grupo se habían adelantado hacia el recinto, mientras ella aguardaba en el andén de la estación.
Se preguntó si habría acertado al ponerse el traje de mezclilla. Era una mujer elegante, pero al hacerse mayor temía presentar un aspecto de matrona. Sacó el espejito del bolso, se echó un rápido vistazo y volvió a guardarlo. Seguía siendo una mujer atractiva. Tenía el pelo canoso, por supuesto, pero le gustaba la forma en que el peluquero se lo había peinado dándole mayor volumen. ¿No se la veía un tanto cuadrada y severa? No; se tranquilizó al pensar que poseía una espléndida osamenta.
Era difícil no estar nerviosa después de cuarenta años.
Su nerviosismo había comenzado por la mañana. Su hija Jennifer lo había notado inmediatamente; pero su yerno no había reparado en ello. Alan Porteus nunca se percataba de nada que no fuera una cifra en la cuenta de resultados.
—Conozco a varios contables y no son tan aburridos como él —había confiado lady Forest-Wilson el día anterior a sir Kersey Godfrey—. Jamás he comprendido por qué Jennifer se casó con él.
Kersey sí había captado el estado de ánimo de ella. A su estimado amigo Kersey no le pasaba nada por alto. Al principio no hizo ningún comentario, sino que siguió leyendo el periódico mientras terminaba de desayunar. Pero cuando Jennifer se hubo marchado, el distinguido huésped de pelo gris le preguntó a lady Forest-Wilson con una sonrisa socarrona:
—¿Está casado?
—¿Quién?
—El americano con quien vas a encontrarte hoy.
—En su carta menciona a una esposa.
—Qué bien.
Kersey reanudó la lectura del periódico. Ella le observó durante unos momentos.
—Kersey.
—¿Sí?
—Eres un puñetero.
Kersey se había alojado en la casa de Avonsford durante tres semanas. Había sido un experimento. A la muerte de Archibald, hacía diez años, ella había tenido que aprender a vivir sola, aunque Jennifer iba a visitarla de vez en cuando, y después de esa época de aislamiento lady Forest-Wilson no sabía cómo le sentaría la presencia de otro hombre en la casa. Pero, por fortuna, había sido una experiencia muy agradable. Jennifer, como es lógico, le había hecho la inevitable pregunta.
—¿Dormís juntos?
—Eso no te incumbe.
—La gente cree que sí.
—Querida, me importa un comino. La gente siempre hace cábalas sobre los demás.
En cuanto a la siguiente pregunta, si pensaba casarse con él, ella había respondido con franqueza.
—¿Te molestaría?
—En absoluto.
—En tal caso, si él me lo pide, creo que le diré que sí, siempre y cuando acceda a que pasemos cuatro meses al año aquí, en Avonsford.
La mansión que sir Kersey Godfrey poseía en Melbourne era infinitamente más grande e imponente. La propiedad estaba situada a una hora en avión de Melbourne y contenía una fabulosa colección de pinturas. Ella había visitado la casa y había quedado impresionada: tres generaciones de hombres de negocios habían construido con paciencia y buen gusto un imperio, y Kersey, el nieto, se había hecho merecedor de un título nobiliario. Él la había llevado a visitar también la pequeña granja de ovejas que había pertenecido a su familia durante el siglo anterior.
—Yo respeto sus raíces y él respeta las mías —había dicho ella.
Su vida como esposa de Archibald Forest-Wilson había transcurrido en Avonsford; y también la familia de ella provenía de Sarum. Ella no soportaba la idea de perder contacto con su ciudad natal, y confiaba en que Kersey Godfrey accediera a su petición. Estaba jubilado. Podía instalarse donde le apeteciera.
Ella sonrió. El pensar en Kersey la relajaba, lo cual era una buena señal.
En cuanto al americano…
El corazón le dio un vuelco. El tren estaba a punto de entrar en la estación.
El americano se dirigió hacia ella. Qué moreno estaba. A los ojos de una mujer mayor, su piel tostada y arrugada resultaba aún más atractiva que la del joven piloto que ella había conocido años atrás. Seguía teniendo unos ojos azules preciosos. Al tenderle la mano, ella observó que conservaba la misma sonrisa que la había cautivado al conocerlo.
—Te he reconocido enseguida —dijo él. Luego añadió—: Te presento a mi hija menor, Maggie.
Era una muchacha de dieciocho años, rubia y de ojos azules, tan alta como su padre. Estrechó la mano de Patricia con firmeza. Acarreaba una bolsa de viaje.
—Dijiste que hoy era un buen día para venir a visitarte —comentó Adam Shockley.
—Es un día muy especial. Acompañadme al coche. Debo darme prisa en aparcarlo.
Se dirigieron al pequeño aparcamiento cerca del puente de Crane Street, en el lado oeste del río, a poca distancia del recinto.
Luego ella los condujo al otro lado del puente.
Patricia trató de convencerse de que no estaba nerviosa, pero cuando llegaron a la calle Mayor se dio cuenta de que en su aturdimiento se había dejado el bolso en el coche. Trató de serenarse. Se lo debía a Kersey Godfrey. Sin duda.
Después de tantos años había sido toda una sorpresa recibir la noticia de que él iba a venir a Inglaterra. Después de la guerra se habían escrito durante un año, hasta que ella se casó. A partir de entonces se limitaron a enviarse una tarjeta por Navidad. Por supuesto, ella sabía que él ocupaba el cargo de presidente de una empresa constructora en Pennsylvania, y que tenía cinco hijos. Maggie, la menor, según le explicó él en su carta, se había empeñado en visitar Inglaterra.
—Practico pentathlon —informó la joven a Patricia.
—Es más fuerte que todos sus hermanos y hermanas —comentó Adam con una carcajada—. Es como un chico.
—No del todo —le corrigió Maggie con cierta ironía.
Patricia le dirigió a la muchacha una sonrisa alentadora.
Cuando se disponían a pasar bajo el antiguo arco que desde la calle Mayor daba acceso al recinto de la catedral, Maggie se volvió de pronto hacia Patricia.
—Deduzco que eras la novia de mi padre —dijo en voz tan alta que el policía que estaba junto a ellos se volvió.
Patricia se sonrojó.
Adam se echó a reír.
—Te pido disculpas. Esta Maggie es tremenda —dijo. Luego añadió para cambiar de tema—: Háblanos de la visita del príncipe. Me comentaste que estaba relacionada con la catedral.
—Así es. —Patricia alzó la vista y contempló el imponente edificio con afecto—. El problema es que, si no se toman medidas urgentes, el campanario se derrumbará.
Era cierto. El transcurso de los siglos, y en particular el siglo XX con su creciente contaminación, había deteriorado la piedra de Chilmark hasta el extremo de que la fachada oeste y el elevado campanario se veían muy maltrechos.
Lo más preocupante era el estado del campanario; la delicada piedra estaba tan gastada en algunos lugares que apenas era más gruesa que el largo del dedo de un hombre.
¿Era posible que, al cabo de siete siglos y medio, el majestuoso campanario estuviera a punto de derrumbarse, que el temor de los constructores medievales se cumpliera, y que la estructura cediera y toda la catedral se viniera abajo?
Incluso Maggie se mostró impresionada.
—¿Te refieres a que puede derrumbarse toda la catedral?
—Eso me temo. Si no la reparamos de inmediato.
—¿Y la visita real está relacionada con ese problema?
—Sí. Necesitamos seis millones y medio de libras, y no los tenemos. Todos los ingresos que obtienen el deán y el capítulo se destinan al mantenimiento del edificio. El príncipe de Gales viene para ayudarnos a poner en marcha una campaña para recaudar fondos.
—Es mucho dinero —dijo Adam—, pero imagino que conseguiréis reunirlo sin demasiados problemas.
—Calculo que en la diócesis de Sarum recaudaremos un millón de libras, quizá más. A partir de ahí, la cosa será difícil.
—Pero ¡vuestra catedral es una de las maravillas del mundo!
—Sí. Pero no es fácil recaudar seis millones de libras en Inglaterra.
Shockley se echó a reír. Comparada con lo que gastaban algunas grandes fundaciones americanas, esa suma no parecía tan elevada.
—¿Estás segura de que podemos entrar sin correr peligro? —preguntó Maggie, temerosa.
—Naturalmente. Todo está controlado. No somos estúpidos —replicó Patricia un tanto bruscamente.
Pero fue otro comentario lo que le hizo fruncir el entrecejo. Al entrar en la iglesia oyó a Adam decir a su hija en voz baja:
—Ya te lo dije. Todo este lugar es como un museo.
Lo había dicho en sentido positivo, Patricia estaba convencida de ello. Cualquier visitante que contemplara por primera vez la antigua ciudad de Salisbury, y en particular el recinto de la catedral, tendría la sensación de haber retrocedido a una época remota.
Pero había algo en ese comentario que la turbó. Patricia se quedó pensativa, tratando de descifrar en qué consistía.
Se instalaron los tres en unos excelentes asientos, situados en el centro de la nave; junto a ellos estaba Kersey Godfrey, que había llegado un poco antes. Patricia conocía a muchas de las personas que estaban presentes. En la fila frente a ellos estaba sentado Osbert Mason.
Años atrás todos se habían llevado una sorpresa cuando John Mason, quien por fin se había casado cinco años después de terminar la guerra, tuvo un hijo mucho más bajo que él. Era cierto que la plácida bibliotecaria londinense que se convirtió en su esposa era una mujer de baja estatura, pero de todos modos… En cierto sentido, había sido un triste asunto. Pobre John. Estaba empeñado en que su único varón le sustituyera en su bufete de procurador. Pero el joven Osbert no había mostrado ningún deseo de ser abogado; es más, sus padres se las habían visto y deseado para que terminara la escuela. No es que el chico fuera estúpido, pero le gustaban los trabajos manuales.
Se había hecho carpintero y había montado un lucrativo taller de ebanistería en las afueras de Avonsford. A sus treinta y cinco años era un profesional de prestigio. «Me alegro por él», pensó Patricia, aunque lógicamente su padre se había llevado un disgusto. Y una sorpresa, pues John no sabía que en su familia hubiera habido algún artesano.
Osbert Mason se volvió y saludó a Patricia con una inclinación de su enorme y pelada cabeza.
Con una puntualidad asombrosa, cuando la multitud alzó la vista y las cámaras de televisión siguieron su trayectoria, el helicóptero escarlata y azul aterrizó en Salisbury aquella templada tarde primaveral, y al cabo de unos momentos el príncipe de Gales entró en la catedral, donde iba a leer la epístola. La campaña para recaudar fondos había comenzado.
Las obras de restauración serían ingentes. Lo primero consistiría en insertar, dentro del cono del gran chapitel, una armazón octogonal que aliviara el peso de la torre en sus puntos más débiles mientras reparaban la estructura de piedra. Era una tarea delicada. A continuación repararían la deteriorada fachada occidental. Los operarios utilizarían piedra de Chilmark, al igual que habían hecho los constructores hacía siete siglos.
Los talleres estaban instalados en el mismo lugar que antes: la oficina del capataz de la obra ocupaba el antiguo cobertizo de los albañiles; había un taller de vidriería, una lampistería y una carpintería. Los métodos de trabajo tampoco habían variado sustancialmente; sólo se había perfeccionado la energía que movía y calentaba los aparatos de aserrar, tornear y secar.
Al mirar a su alrededor y escuchar los acordes del gran órgano Willis, Patricia Forest-Wilson experimentó una sensación de continuidad que la complació.
Un museo, había dicho Adam. En tal caso, pensó Patricia irritada, ella también debía de ser una pieza de museo. Observó los rostros de los dos hombres que estaban sentados junto a ella, ambos más bronceados que el resto de los asistentes, uno probablemente debido al sol del Caribe y el otro al verano australiano. Dos hombres atractivos, pensó ella con satisfacción. Archibald también había sido un hombre apuesto. A ella le gustaba pensar que siempre se había rodeado de lo mejor. En cuanto a ser una pieza de museo…, ni mucho menos.
Adam se inclinó hacia ella. Patricia observó que Kersey no le quitaba ojo de encima.
—Hay más claridad de lo que yo recordaba —murmuró Adam.
Ella asintió.
Recientemente habían emprendido varias obras en la catedral. Algunas —como la restauración de la biblioteca, donde para alojar los valiosos libros medievales habían instalado unas estanterías nuevas, fabricadas con los vetustos plátanos del recinto— resultaban invisibles para el visitante ocasional, aunque no por ello eran menos importantes. Pero no había más que echar una ojeada alrededor del interior de la catedral para descubrir señales de renovación. Los esmerados trabajos de restauración hechos en los muros y sobre las antiguas tumbas habían puesto al descubierto fragmentos de la pintura medieval que antiguamente había conferido colorido a la iglesia. Todas las capillas contaban desde hacía poco con tapices y cojines espléndidamente bordados, confeccionados por manos locales; y el nuevo grupo de bordadoras de Sarum era conocido en toda Inglaterra por las casullas y capas consistoriales que salían de su taller, así como por unos paños para los altares que llamaban poderosamente la atención. En el día de autos, incluso las flores de la catedral habían sido dispuestas por manos profesionales. A Patricia le pareció que el lugar estaba animado por un espíritu renovado y más vigoroso.
Pero el mayor prodigio se hallaba en el extremo oriental, donde cinco años atrás habían instalado una nueva y gigantesca vidriera. La cristalera, denominada «Los prisioneros de conciencia», era obra de los célebres vidrieros franceses Gabriel Loire y su hijo Jacques, quienes tenían un taller en las afueras de Chartres, otra ciudad catedralicia. Era estupendo, pensó Patricia, que hubieran restituido los antiguos vidrios de colores.
Entonces comprendió en qué se había equivocado Adam Shockley.
Aquello no era un museo: no lo eran ni el recinto ni la bulliciosa población, ni la gran mansión de Wilton ni la catedral medieval con su elevado campanario. Todo estaba tan vivo como el día en que había sido construido. Pues en Sarum eran capaces de recrear antiguas formas, de reproducir colores medievales y rescatar diseños del pasado. Quizás eso ocurriría lenta y casi imperceptiblemente, pero el arte y la artesanía de antaño acabarían apareciendo porque sus raíces eran profundas. Inglaterra había quedado destruida por dos terribles guerras; pero tanto allí como en otros lugares, la antigua cultura europea haría brotar de nuevo sus vigorosas flores.
Patricia sonrió. Ese pensamiento la complacía.
Después de la ceremonia, mientras las autoridades llevaban al príncipe a tomar el té en el antiguo palacio del obispo, que a la sazón era la escuela de la catedral, Patricia condujo a sus amigos hacia el coche.
Shockley y su hija debían regresar a Londres aquella tarde y ella les había prometido mostrarles Stonehenge.
Mientras abandonaban el recinto, Patricia se situó junto a Kersey Godfrey y le tomó del brazo y sonriendo alegremente le acarició la mano.
—¿Nos acompañas a Stonehenge? —murmuró.
—Si no molesto.
Ella le apretó el brazo.
—Sabes que no.
Atravesaron el puente y se dirigieron al pequeño aparcamiento. —Stonehenge está a veinte minutos en coche— dijo Patricia—. Kersey y yo os llevaremos.
Cuando se aproximaron al vehículo Patricia se detuvo y exclamó:
—No puedo creerlo.
El joven John Wilson había tenido suerte aquel día. Era su decimotercer cumpleaños.
Desde el recinto había observado la llegada del helicóptero real. Luego, cuando las autoridades hubieron saludado al príncipe y todos entraron en la catedral, él se marchó. Al cabo de veinte minutos pasó caminando junto al aparcamiento situado cerca de Crane Bridge.
El lugar estaba desierto. John echó a andar entre los coches.
En una esquina vio aparcado un enorme Volvo granate.
Sobre el asiento del pasajero yacía un elegante bolso femenino. La portezuela estaba cerrada. Pero cerca del coche había un montón de ladrillos.
El joven echó un vistazo a su alrededor: no había un alma, ni siquiera un guardia vigilando el aparcamiento. Todo el mundo había acudido al recinto para ver al príncipe de Gales. John actuó con rapidez.
En Sarum hay un lugar delicioso —en una pequeña isla antes de llegar al puente de Crane Street— consistente en una pradera flanqueada por dos arroyos, junto al suave recodo que el Avon describe a lo largo del lado occidental del recinto.
En la orilla opuesta, los jardines del señorial recinto se extienden hasta el agua. En el lado occidental, los prados, amplios y apacibles, se prolongan hacia Wilton.
En el río se mecen unas hierbas altas y verdes; el lugar está habitado por pollas de agua, patos y cisnes. La ribera de la isla está cuajada de árboles. Es un rincón silencioso, intemporal, donde, entre los murmullos de la corriente, uno puede medir el silencio aún mayor y más solemne de la cercana catedral.
Por esos parajes era por donde merodeaba John Wilson.
Tras haberse apoderado del dinero, arrojó al río el bolso y el resto de su contenido, que se hundieron frente a los jardines de la canonjía norte.
Era un suculento botín: cien libras. En su rostro menudo y estrecho se dibujó una sonrisa.
Dentro de un rato tomaría el autobús que le llevaría a casa.
John Wilson no sabía nada de museos, y poco sobre la catedral. Acerca del Viejo Sarum y el terreno elevado sólo sabía que, incluso en primavera, era un lugar desolado, frío y ventoso.
Pero, de haber pensado en ello, el joven Wilson habría llegado a la conclusión de que allí, en la región donde confluían los cinco ríos, la vida continuaba como de costumbre.