BONEY

1803

Era de noche; no había luna. En el poco profundo ancladero situado a los pies de la pequeña pero antigua población de Christchurch ningún sonido rompía el frío silencio de la noche de octubre, a excepción del leve murmullo de la brisa.

El puerto estaba desierto.

Tierra adentro, las llanuras pantanosas se extendían a lo largo de varios kilómetros antes de dar paso al terreno de grava, turba y arena del desierto páramo que conducía hacia la inmensa región de New Forest. No se veía una sola luz.

¿Qué había cambiado en aquella desierta región junto al mar? Muy poco. Los reyes medievales ya no cazaban en los grandes bosques que desde la costa llegaban hasta Clarendon y más lejos. Pero los ciervos aún habitaban en ellos. Los hombres que vivían en diminutas casitas de techo de paja, en unas aldeas casi despobladas, conservaban el derecho a recoger leña, continuaban llevando una existencia apacible y solitaria. Cortadores de tojo, carboneros, gentes humildes que en ocasiones pasaban varios meses sin ver a un extraño, seguían ocupando sus modestas viviendas en los inmensos páramos que se extendían al este y al oeste del pequeño puerto. La pequeña población de Christchurch con su iglesia normanda de torre cuadrada y su pequeño castillo, ahora en ruinas, continuaba en pie en el lugar donde los ríos Stour y Avon se unían y adentraban en el puerto, y sus gentes utilizaban a veces el nombre sajón de Twyneham para describir el lugar.

Una cosa sí había cambiado. Las aguas pardas y turbulentas del Canal de la Mancha habían ido devorando paulatinamente, año tras año, siglo tras siglo, la arenosa costa, al igual que, hacía miles de años, habían derribado la antigua barrera de tierra cretácea. A la sazón habían anegado buena parte del promontorio. El extremo sur de los viejos muros de tierra que antaño protegían el campamento celta habían comenzado a desmoronarse sobre una playa de arena y guijarros. La pequeña colina que se alzaba en el centro del promontorio había sufrido el ataque implacable del mar y el clima. Contemplada desde el mar, daba la impresión de que la colina hubiera sido sajada de punta a punta con un cuchillo.

Pero el largo promontorio con su banco de arena seguía allí, protegiendo las quietas aguas del puerto con sus bajíos de lodo, donde permanecían amarrados los botes pesqueros, donde anidaban los cisnes y las garzas picoteaban en busca de una presa o volaban sobre las aguas.

Una cosa sí había cambiado: el lugar había adquirido un nuevo nombre. Pues a un anticuario se le había ocurrido la idea de que el viejo fortín celta era en realidad donde acampaba nada menos que el legendario cabecilla sajón Hengist, uno de los primeros de su raza que colonizó la isla. Era una historia espuria, aunque popular, y el nuevo y evocador nombre de Hengistbury Head no tardó en adjudicarse al lugar, de forma que todo el mundo llegó a creer que procedía realmente de los albores de la historia.

El puerto estaba desierto. Detrás de él se percibía el murmullo del mar. El mar estaba también desierto, al menos en eso confiaban los ribereños.

Pues en la otra orilla del Canal de la Mancha, en los puertos del norte de Francia, estaban preparando una gigantesca flota de buques de transporte. Una noche serena, cuando el mar se hallara en calma —tan pronto como los busques de transporte estuvieran organizados y pudieran defenderse contra las escuadras navales británicas— se adentrarían en el Canal y atacarían la costa inglesa. Los habitantes de Christchurch se echaban a temblar ante esa perspectiva. Y no era para menos.

Pues el ejército de Napoleón Bonaparte, en la costa francesa, era invencible; tan sólo se oponía a él un pequeño contingente de soldados regulares británicos y la milicia local, escasamente adiestrada, algunos de cuyos hombres sólo portaban picas.

Ésta era la pesadilla de Inglaterra, provocada por la Revolución Francesa.

Por supuesto, muchos hombres —tanto whigs como radicales, personajes como el brillante Charles James Fox— propugnaban la nueva era de libertad, igualdad y fraternidad que según ellos se había iniciado en Francia. Cuando estalló la Revolución, hombres jóvenes e idealistas como el poeta Wordsworth estaban seguros de contemplar un nuevo y esperanzador amanecer. Pero eso ocurrió antes del horror de la guillotina, de la matanza del rey y la reina y de las asombrosas conquistas del joven Bonaparte. Pocos en Inglaterra alababan ya la Revolución. Italia había caído en manos de los franceses; Egipto casi había sido anexionado. De no haber sido por Nelson, quien había destruido la flota y las provisiones de los franceses, el extraordinario conquistador que imitaba a César y a Alejandro habría marchado a través de Asia hasta alcanzar la India.

Lo que era aún más grave, cuando Bonaparte conquistó la provincia de los Países Bajos perteneciente a la Casa de Habsburgo, ocurrió lo que Inglaterra tanto temía: toda la orilla opuesta del Canal de la Mancha cayó en manos enemigas. Las potencias de Europa habían luchado hasta agotar sus fuerzas; existía una precaria paz que no tardaría en romperse. Y el hombre que había permanecido firme como una roca capeando el temporal, William Pitt el Joven, hijo del famoso Chatham y acaso el ministro más admirable que había conocido la isla, incluso Pitt se había marchado, dimitiendo de su cargo porque el rey Jorge se negaba a conceder el voto a los irlandeses católicos.

La breve paz había concluido. ¿Quién podía adivinar lo que haría Bonaparte y su poderoso ejército? Inglaterra sólo contaba con su armada para protegerla, y se hallaba sola.

Un sonido: un leve chapoteo seguido por el suave crujido de un remo sobre madera, casi indistinguible del rumor del agua que lamía la embarrada orilla del puerto. Un sonido, pero ni una sola luz.

El joven Peter Wilson aguardaba impaciente en la ribera frente a los carros.

Los lugres comenzaron a llegar.

Eran siete; unos barcos largos y ligeros, arbolados y aparejados, provistos también de remos, con sólo varios metros de cubierta en la proa y la popa, mientras que la cala estaba destapada, para poder desembarcar rápidamente su valioso cargamento. Estaban tripulados por hombres fuertes, y gracias a su ligereza y capacidad de maniobra, podían escapar de la mayoría de guardacostas que trataban de capturarlos.

—Aquí llegan los barcos con el alijo —susurró Peter. Pues Peter Wilson era un contrabandista.

Colgarle precisamente a él el sambenito de contrabandista habría sido absurdo. Casi la totalidad de sus conocidos en Christchurch o la región circundante —desde los caballeros, como los acaudalados Wilson que vivían en la mansión cerca de la ciudad, hasta el campesino más humilde— estaba envuelta en el comercio del contrabando. Peter Wilson pertenecía a una familia de diez hijos. Todos eran contrabandistas. También lo eran sus primos, una vasta red de marinos y navegantes fluviales, algunos de ellos descendientes de los hijos ilegítimos que tuvo el capitán Jack Wilson antes de casarse con Nellie Godfrey. Otros matuteros venían de quién sabe qué antiguas procedencias. Algunos, como Peter, tenían el rostro largo y estrecho, pero los había de todos los colores y formas. Infestaban los ríos, los puertos y las aldeas emplazadas en los páramos de la región. Slippery Wilson, el padre de Peter, había hecho fortuna. Pero era un personaje insignificante comparado con el gran y legendario Isaac Gulliver, el contrabandista por excelencia de toda la región meridional de Sarum. Gulliver se había encargado de organizar el cargamento de esa expedición. Lo había pagado y obtendría por él unos buenos beneficios. El alijo recorrería aquella noche los caminos custodiados por sus hombres, se detendría en posadas de su propiedad y proseguiría hacia el oeste a través de los brezales, antes de ascender por Cranborne Chase y bajar hasta Sarum.

Peter siempre participaba en la operación de descarga cuando los lugres atracaban en Hengistbury Head. Conocía el promontorio palmo a palmo y era capaz de conducir un carro lleno de ron y brandy a través del mismo con los ojos vendados.

El cargamento de esa noche consistía principalmente en brandy, ron y ginebra, además de un poco de tabaco. Cuando los lugres se aproximaron, docenas de hombres saltaron a tierra y comenzaron a descargar la mercancía. Terminaron su labor en un cuarto de hora. Luego veinte carros, en cada uno de los cuales viajaba un hombre armado, avanzaron lentamente por el promontorio, pasaron junto a los muros de tierra y se dirigieron hacia el oeste. No era probable que los guardacostas les importunaran, pues se guardaban muy mucho de intervenir en operaciones que se desarrollaran en tierra; durante años los contrabandistas habían viajado a la luz del día, pero en tiempos de guerra se imponía la discreción.

De hecho, el contrabando era un tema que desesperaba al gobierno por motivos ajenos al propio contrabando o al delicioso negocio tangencial de llevar parejas que se habían fugado de su casa a casarse en la isla de Jersey. Pues los contrabandistas exportaban oro, del que Inglaterra andaba muy escasa, para pagar los alijos que llegaban de Francia: cada semana, por medio de este sistema, salía de la isla la fantástica suma de más de mil guineas. Y los marineros contrabandistas no dudaban en vender información a los franceses sobre las defensas navales y costeras de Inglaterra.

Pero Peter Wilson no sabía una palabra de eso. Al día siguiente, percibiría en Sarum una suculenta cantidad de dinero. Entonces compraría un anillo de boda. Ya que Peter Wilson iba a casarse dentro de una semana, el día en que cumplía diecinueve años. Peter sonrió satisfecho mientras transportaban la mercancía a través del territorio de los matuteros, llamados allí «moonrakers».

Nadie sabía cuándo habían comenzado a denominarse así los hombres de Wiltshire; fue el negocio del contrabando lo que les había dado ese apodo.

Una noche, un grupo de contrabandistas de Wiltshire, al oír que se aproximaban los guardacostas, echaron su cargamento en una charca. Más tarde, pensando que ya nadie los vigilaba, empezaron a sacar los barriles utilizando unos palos y unos rastrillos. Pero en ésas aparecieron los guardacostas, que les preguntaron qué estaban haciendo. Entonces uno de los hombres, señalando el reflejo de la luna llena sobre el agua, explicó:

—¿Veis ese queso? Tratamos de acercarlo a la orilla.

Y con eso empezó a remover el agua lentamente con el rastrillo. Los guardacostas se marcharon diciéndose que esos hombres de Wiltshire eran un tanto torpes y lentos. Y torpes y lentos se habían mostrado siempre los hombres de Wiltshire cuando les convenía, sobre todo si se trataba de engañar a funcionarios del gobierno.

A Peter Wilson le gustaba transportar la carga a través del territorio de los «moonrakers».

«Mañana mismo compraré el anillo», pensó.

El doctor Thaddeus Barnikel se detuvo delante de la puerta. ¿Podía entrar?

Por supuesto que podía. Debía hacerlo. El dueño de la casa le había pedido que acudiera urgentemente.

El doctor contempló la puerta con aire angustiado. Temía revelar su turbación, sonrojarse, no conseguir dominar el temblor de sus manos.

Le habían llamado para que atendiera un asunto muy delicado. Le habían rogado discreción. A fin de cuentas, era médico. Thaddeus Barnikel no se decidía a entrar.

El día era templado. La neblina matutina había dado paso hacía unas horas a un agradable sol de otoño. En el recinto las hojas amarillas caían de los árboles, arrancadas por la suave brisa del norte. Se deslizaban susurrando por el sendero y se arrastraban junto al césped de la escuela de los niños del coro para amontonarse al fin en el costado del pequeño pabellón de piedra contiguo a la puerta sur que conducía hasta el viejo puente.

El recoleto recinto de Salisbury, con su catedral alzándose como un imponente y vetusto árbol, sus amplios prados y sus hileras de hermosas casas, tenían a ojos del doctor Thaddeus Barnikel una melancolía muy especial en los días próximos a la festividad de San Miguel, cuando las hojas comenzaban a desprenderse de los árboles. Pero quizás esa sensación se debiera a su estado anímico. Las aves veraniegas que rondaban las antiguas y elegantes mansiones —las golondrinas, los vencejos y la pequeña bandada de estorninos posados en los árboles— hacía tiempo que habían alzado el vuelo emitiendo sus estridentes gritos, dejando el recinto a las aves que lo ocupaban durante todo el año: unos pocos gorriones y tordos, unas cornejas que con aire sombrío exploraban el césped junto a los plátanos, los grajos instalados en las ramas de los olmos, con su severo aspecto de canónigos, y por último un par de cernícalos que anidaban en la torre de la catedral y de vez en cuando volaban en círculos sobre el campanario para indicar que eran los auténticos propietarios del venerable edificio.

Sólo se había desprendido la mitad de las hojas, y el sol ponía de relieve los colores cálidos y sutiles de las vetustas superficies del recinto. No sólo el verde del musgo que crecía entre las grietas, no sólo castaños y dorados de las hojas, o el gris verdoso de la piedra de Chilmark, o el color plomo del tejado de la catedral o las delicadas tonalidades del ladrillo rojo, las tejas escarlata y las fachadas estucadas de las casas; no, la gloria del recinto catedralicio eran los líquenes. Se hallaban en todas partes, sobre las grandes superficies de piedra y los toscos muros del camposanto: verdes, amarillos, rojos teja, ocres, azules cremosos, color siena: los líquenes crecían por doquier, alegrando cada rincón con sus sutiles tonos.

Thaddeus Barnikel sabía por qué le habían llamado.

¿Acaso no había acudido ella a verlo en su consulta, hacía apenas tres meses, para rogarle que hablara con el joven?

Él había hecho lo que le había pedido.

La entrevista había sido larga. Él le había expuesto la situación con toda claridad. Le había advertido, apremiado, incluso suplicado. Pero había sido inútil. En primer lugar el joven se había hecho el remolón, luego se había reído de él y por último le había dicho, en tono afable, que no metiera las narices en asuntos que no le incumbían.

—¿Es que no ve el peligro?

—Francamente, no, doctor.

—Pero ¿y su esposa? —le había preguntado—. ¿No comprende que esto le causa un gran dolor y angustia?

—¿Ha venido ella a verle? —había inquirido el joven observándole con atención.

—De haber venido a verme, lo habría hecho movida por la preocupación que siente por usted —había respondido Thaddeus.

—Doctor —le había espetado el joven con evidente irritación—, le aseguro que no tiene nada que temer ni de qué preocuparse.

¿Qué más podía hacer él?

La casa ante la cual se hallaba el doctor Barnikel era un hermoso edificio de ladrillos y piedra situado en la parte norte del recinto.

Pertenecía al canónigo Porteus, que vivía allí con su esposa Frances. Barnikel no tenía miedo. Y menos aún del joven. No, si dudaba en entrar era porque sabía que ella también estaría allí.

Barnikel permaneció plantado ante la puerta más de un minuto.

En ésas, la figura menuda de Peter Wilson salió por la puerta de los proveedores, situada en la parte posterior de la casa, y se alejó apresuradamente.

Barnikel sonrió. El desaliñado aspecto del joven decía bien a las claras que había ido a entregar al ama de llaves una mercancía de contrabando.

—A fin de cuentas —murmuró Barnikel—, incluso los clérigos beben brandy.

Eso le sacó de su ensimismamiento, y entró en la casa.

Diez años atrás el doctor Thaddeus Barnikel había dejado una aldea emplazada al norte de Oxford para instalarse en Sarum.

Tenía treinta y cinco años, era un médico excelente y respetado y se había labrado una sólida reputación en la ciudad. Vivía en una modesta pero acogedora casa pintada de blanco en Saint Ann Street.

Era un hombre bondadoso. Nadie en Sarum le había oído decir una palabra cruel ni le había visto montar en cólera; la última vez que se había enfurecido había sido hacía veinte años, al ver a un hombre apalear con tal saña a su perro que Barnikel temió que lo dejara lisiado. En aquellos momentos se había transformado, ante su propio asombro, en un ser dominado por una furia incontenible. Al cabo de un minuto, cuando el amo del perro se levantó del suelo, comprobó que el perro ya no le pertenecía sino que se alejaba en brazos de un joven quinceañero gordito, rubicundo pero de carácter decidido. El ataque del chico había sido tan repentino y devastador que el individuo no había querido ponerse a discutir con él, sino que se había alejado como quien dice con el rabo entre las piernas.

Thaddeus se había quedado con el perro, llamado Spot, que había vivido diez años.

En la actualidad era un hombre bien plantado, de complexión atlética, algo más alto que la media, con el pelo ralo y, pese al hecho de que era un médico respetado, cierta propensión a sonrojarse en presencia de las mujeres. Curiosamente, seguía soltero.

—Un nombre singular, Barnikel —le había comentado en cierta ocasión el obispo Douglas—. ¿Cuál es su origen?

—Danés, según creo —había respondido él. Conocía la leyenda del guerrero danés que había gritado: «¡Bair-ni-kel!», pero sonrió pues la consideraba tan sólo un simpático mito.

Ella se encontraba allí.

Estaba sentada junto a Frances Porteus en el cuarto de estar, bordando, y al entrar él alzó la mirada.

—Me temo que mi esposo aún no ha regresado, doctor Barnikel —dijo Frances Porteus con educación—. Pero no tardará en llegar. Siéntese, haga el favor.

Barnikel hizo una leve reverencia.

El doctor se esforzó en mantener la vista fija en la mujer mayor.

Hacía un tiempo, no mucho, Frances Shockley había sido una mujer joven y alegre. Muchos en Salisbury lo recordaban. Pero eso había sido antes de que se casara con el señor Porteus.

—Debes casarte, sin duda —le había dicho su padre—. Pero no lograrás que cambie, eso te lo garantizo. Sólo le ruego a Dios que él no haga que cambies tú.

Cuando Barnikel llegó a Sarum ella llevaba cuatro años casada; y cada vez que se encontraban él advertía en sus ojos una profunda tristeza, como si su alegría natural se hubiera disipado. Al cabo de diez años, esa expresión se había desvanecido también y él no sabía si alegrarse o compadecerse de ella. Porque Frances Porteus, aunque no tenía hijos, se había convertido en una severa y respetable matrona.

—Confío en que Porteus no te trate con dureza —había dicho a su hija el viejo Jonathan Shockley poco antes de morir.

—Oh, no —había respondido ella—. Jamás. Pero —había añadido permitiendo que se escapara un suspiro de sus labios—, es muy correcto y… taciturno.

Frances estaba sentada muy erguida, bordando.

Pero fue su compañera quien atrajo la atención de Barnikel. No pudo evitar observarla fijamente.

Agnes Bracewell no era una belleza. Era una joven de pelo oscuro, de temperamento sosegado y agradable, ligeramente pecosa, con la frente demasiado ancha, y en cuyas mejillas se formaban unos hoyuelos cuando sonreía. Tenía los dientes superiores levemente inclinados hacia adentro, aunque eso no le restaba atractivo. Sus muñecas estaban cubiertas por un vello levemente más espeso de lo habitual. Su padre había sido comandante de un regimiento de excelente reputación; ella era su hija predilecta y jamás hacía nada que le disgustara. Agnes había cumplido veinticinco años. Para bordar se ponía gafas.

La joven había llegado a Sarum tres años antes; y para el pobre Barnikel eso había representado una tragedia.

Pues Agnes había llegado como esposa del joven Ralph Shockley.

El joven Ralph Shockley, tenía la misma edad que Barnikel, y llevaba más de una década ejerciendo de maestro, pero tenía un talante tan juvenil, unos arrebatos de entusiasmo y unas salidas tan ingenuas, que Thaddeus seguía considerándolo un tanto inmaduro. Agnes se había sentido atraída por sus rasgos atractivos y juveniles y su contagioso sentido del humor. En ocasiones esas cualidades fastidiaban a Thaddeus, pero, dada la situación, eso era lógico.

Cuando Ralph y Agnes decidieron reformar su casita en New Street, Frances y Porteus les invitaron a pasar un mes en su casa situada en el recinto, hasta que hubieran concluido las obras. Paradójicamente, fue Ralph quien insistió en que debían aceptar la invitación.

Sabiendo lo que sabía, cuando Barnikel se enteró de la noticia tuvo un mal presentimiento; y estaba seguro de que ése era el motivo de que Porteus quisiera verle. Barnikel observó a las dos mujeres. ¿Conocían acaso el motivo de su visita? Era imposible adivinarlo.

Barnikel conversó educadamente con Frances y Agnes.

Era consciente del tic tac del reloj del abuelo instalado en el vestíbulo, del rayo de sol vespertino que se filtraba por una esquina de la habitación, de las diminutas partículas de polvo que giraban en un remolino iluminadas por el sol; era consciente del oscuro y solemne retrato del canónigo Porteus que le observaba con gesto adusto desde la pared frente a él. Era consciente del sonido de las agujas que utilizaban las mujeres, del ligero chasquido casi imperceptible que producían al clavarse en sus bordados, y del movimiento acompasado del pecho de Agnes Shockley cuando ésta respiraba. La joven no tenía nada de extraordinario. «Claro que yo tampoco», pensó Barnikel.

¿Entonces por qué, cada vez que la veía, sentía el deseo irreprimible de protegerla? ¿Por qué, cuando conversaban, se producía de golpe entre ellos ese maravilloso silencio que indica una compenetración perfecta entre dos seres, un silencio durante el cual Barnikel ansiaba tomarla en sus brazos y besarla?

Ojalá Agnes, pensaba a menudo Barnikel, no hubiera conocido a ese joven encantador, egocéntrico e inmaduro. «Yo sabría cómo tratarla», se decía Barnikel.

Él la veía a menudo en la pequeña y afable comunidad a la que pertenecían. Y la pasión, que él trataba denodadamente de ocultar, no hacía sino intensificarse día a día.

«Soy constante —se dijo Barnikel sonriendo con amargura—. Y no tengo esperanza».

No podía hacer nada al respecto.

Transcurrieron diez lentos minutos. Por fin llegó el canónigo. —Ah, doctor— dijo saludándolo con una ceremoniosa reverencia—. Le agradezco que haya venido. Pasemos a mi estudio.

Barnikel se levantó.

—No deseo ser grosero. —Porteus le miró con sus ojos negros y penetrantes—. Debo mostrarme caritativo. —La última palabra sonó como el tañido fúnebre de una campana.

Nicodemus Porteus constituía un pilar de la comunidad, recto y estrecho. Tenía el pelo ralo, canoso en las sienes, corto en la coronilla y ahuecado en unos rizos a los lados. Era una lástima que unos quince años antes los caballeros hubieran dejado de usar pelucas o de empolvarse el pelo; pues la cabeza alargada y estrecha de Porteus estaba hecha para lucir peluca, y su cabello habría ganado mucho empolvado. Pero desde la Revolución Francesa estas dos modas habían periclitado dejando a Porteus, por así decir, abandonado a su suerte. Presentaba un aspecto tan deprimente como un árbol en invierno. Sus medias negras de seda y su calzón negro se adherían a las piernas más flacas que existían en el recinto catedralicio de Salisbury; sobre su levita negra, abotonada hasta el cuello, asomaban los dos extremos blancos y almidonados de su corbata clerical.

Porteus era un hombre prudente. Poco después de que él y Frances se casaran, el deán y el capítulo les ofrecieron una acogedora vivienda situada en el recinto. Porteus había dedicado toda una mañana de primavera a inspeccionar minuciosamente su ubicación a fin de comprobar si, en caso de que se derrumbara el campanario de la catedral, existía la posibilidad de que cayera sobre su casa.

—Nos salvamos por ciento cincuenta metros —informó a Frances, y aceptó instalarse en la morada.

Era un hombre diligente. Fue él quien descubrió —él mismo utilizó el verbo «descubrir»— que el apellido Porters, que llevaba su padre, el pañero, debía de ser una corrupción del antiguo nombre de Porteus; era tan diligente que hizo ese descubrimiento a los diecinueve años, siendo un oscuro estudiante en la Universidad de Oxford. Así pues, y en deferencia a la antigüedad, se cambió el nombre de inmediato; y de paso puso una mayor distancia entre la fábrica de paño, que, lamentablemente, era un negocio de clase media, y el caballero en que estaba decidido a convertirse. Sintió una alegría inmensa al comprobar, a través de los archivos que se conservaban en la biblioteca de la catedral, que antiguamente había existido un canónigo Portehors en Salisbury.

—Otra variante de Porteus —exclamó.

—Al igual que los Poore —solía afirmar—, es posible que la familia Porteus posea… —el canónigo hacía una pausa para subrayar sus palabras— vínculos antiguos con Sarum. —De hecho, al cabo de una década de afirmarlo, él mismo había llegado a creerlo.

El hecho, sepultado en el pasado, de que su afirmación era cierta, de que descendía realmente de la antigua familia Porteus que había huido de Salisbury para escapar de la peste, era algo que Nicodemus Porteus nunca llegó a averiguar.

Nicodemus era observador. Cuando llegó a Sarum, con dinero pero sin amigos, no tardó en percatarse de que el obispo sentía un gran afecto por Frances Shockley, que la joven no tenía dinero, lo que no era óbice para que todo el mundo la considerara una señora, y que, si él la tomaba por esposa y se ocupaba de su hermano menor, el obispo, aunque no sentía simpatía hacia él, apoyaría su causa para complacer a Frances. Y después de planificar minuciosamente su estrategia, Porteus logró mostrarse tan encantador con Frances que la joven consintió en casarse con él.

Ningún hombre, en los años moralmente laxos del siglo XVIII, cumplió sus deberes con más diligencia que Nicodemus Porteus, ningún hombre se comportó con mayor corrección hacia su esposa y la familia de ésta, ningún hombre demostró ser más digno, cuando comenzó el siglo XIX, de ser nombrado canónigo de la catedral.

La aspiración del canónigo Porteus era llegar a ser deán. Pues de todos los cargos de Sarum, éste era el más codiciado. Los tiempos en que las enormes propiedades del Medioevo rendían cuantiosos beneficios a las diócesis habían pasado. De hecho, la diócesis de Salisbury era relativamente pobre. Pero por un capricho de la historia, ciertos cargos seguían comportando una gran riqueza mientras que otros no daban para vivir bien, y el cargo de deán de Salisbury suponía la fantástica renta de unas dos mil libras anuales. Incluso la cuantiosa renta de su fortuna personal le reportaba sólo una fracción de esa suma.

—Con eso —recordó Porteus a Frances con aire solemne—, un hombre podría vivir como un caballero de categoría.

En calidad de deán podría frecuentar los círculos de lord Pembroke, lord Radnor o cuando menos lord Forest, cuya amistad Porteus había cultivado asiduamente. La dignidad del cargo, junto con la renta, remataría sus ambiciones sociales. Cada noche, cuando Porteus se arrodillaba junto al lecho con su esposa y rezaba en voz alta por los pobres, los marinos, los enfermos y la diócesis, siempre pronunciaba en silencio esta súplica que brotaba del fondo de su corazón y que se alzaba, pura y resplandeciente, en el cielo nocturno sobre Sarum:

—Señor, haced que un día ocupe el cargo de deán.

No era de extrañar que el canónigo Porteus estuviera preocupado por su cuñado, Ralph Shockley.

—Confieso —dijo en ese momento a Barnikel—, le confieso, doctor, que en ocasiones me disgusta. Pero —añadió con aire grave— mi deber como cristiano es soportar esa carga. No señor —continuó—, lo que me preocupa es su carácter díscolo, su falta de juicio, lo que a mi entender podría indicar… —su expresión se hizo aún más grave— un desequilibrio psíquico. Temo por él, doctor. Y temo más aún por su esposa y sus dos hijos. —Porteus apoyó su pálida mano sobre un voluminoso devocionario que yacía en su escritorio, como si así pudiera asimilar algo de la sabiduría y paciencia del pesado tomo—. He sido generoso con él, y supongo que él lo sabe.

Barnikel inclinó la cabeza. Era impensable que Porteus se mostrara generoso con alguien sin que esa persona se percatara de ello.

—Pero me temo que no hace caso de mis consejos.

—Comprendo.

—Me gustaría que cenara hoy con nosotros, doctor, y le observara, para poder formarse una opinión al respecto. Y, puesto que Ralph se niega a escucharme, hable usted con él, dígale lo que le parezca oportuno.

Barnikel no deseaba hacer ninguna de esas cosas; pero no le resultaba fácil negarse.

—¿Cuáles son exactamente esos síntomas preocupantes que ha observado usted en el joven? —preguntó picado por la curiosidad.

—Ah —el canónigo alzó sus largos brazos en un gesto de desesperación—, usted mismo podrá comprobarlo de inmediato, pues me parece que acaba de llegar.

Al principio uno tenía la impresión —siempre que uno desconociera la naturaleza sensible del canónigo— de que todo iba bien.

Ralph Shockley entró en la casa alegremente. Su cabello rubio y enmarañado le caía sobre la frente; iba vestido como correspondía a un caballero, con los ajustados calzones de color pálido de la época, una levita y una corbata, pero los calzones mostraban un pequeño desgarrón en la rodilla, su levita estaba cubierta de polvo y su corbata, suponiendo que al salir de casa la llevara anudada, había adquirido vida propia. El joven sin embargo parecía no haber reparado en esas calamidades. Porteus sí se fijó, como era lógico, pero saludó a Ralph con una afabilidad que resultó un tanto forzada.

Ralph subió a ver a sus dos hijos, permaneció arriba un cuarto de hora pese a que le llamaron repetidas veces para que bajara a cenar, y luego reapareció tan tranquilo. No se había peinado ni cambiado de ropa.

Cuando entraron en el comedor, Agnes se acercó disimuladamente al doctor Barnikel y murmuró: —Confío en que mantenga la paz entre ellos—. ¿Tan mal están las cosas?

—La situación empeora cada mes. Temo que un día estalle. Es como un polvorín. —Agnes le tocó el brazo ligeramente—. Le suplico que nos ayude, doctor —murmuró mirándole a los ojos con expresión implorante.

Barnikel habría estado dispuesto a enfrentarse él sólito a los ejércitos de Bonaparte si ella se lo hubiera pedido.

El caso de Ralph Shockley era bien sencillo. Poco antes de que cumpliera veinte años la Revolución Francesa se había extendido por toda Europa; como muchos otros jóvenes, se había sentido arrastrado por unos ideales que anunciaban el amanecer de un nuevo mundo. Barnikel recordó años más tarde la excitada cháchara del joven, que no se recataba de expresar sus opiniones reformistas, en favor de la abolición de los municipios corruptos, o en pro de la tolerancia religiosa. Aunque al canónigo Porteus esas ideas le parecieran inaceptables, no eran tan descabelladas.

Pero Ralph Shockley había cometido un error de juicio. Cansado del exagerado conservadurismo de su cuñado, había sucumbido a la tentación de fastidiarle manifestando sus opiniones reformistas, atormentándolo hasta que el canónigo palidecía. Era un juego infantil, como si hiciera rebotar una pelota contra un peñasco.

Y constituía un error más grave de lo que Ralph pudiera imaginar.

Por fin éste apareció. Se mostró encantado de ver a Barnikel y le saludó afectuosamente.

Cuando se sentaron a la mesa, apenas se notaba cierta tensión en el ambiente. Ralph empezó a hablar de inmediato, como era habitual en él.

En cuanto abrió la boca Barnikel barruntó que la cosa acabaría mal.

—He ido a ver a nuestro primo Mason —dijo Ralph.

El pobre Porteus dio un respingo.

Lo malo no era que Daniel Mason, al igual que su padre Benjamin, fuera un wesleyano: en todo caso eso siempre era preferible a ser miembro de una de las sectas tan poco respetables como los baptistas o los cuáqueros; el problema era que Daniel Mason era un comerciante y que el hermano de su esposa insistía —por lo demás incorrectamente— en referirse a él como su primo.

—No está emparentado contigo —observó Porteus con frialdad.

—Mi hermano Adam se casó con Mary Mason —replicó Ralph—. Pero aunque no sea mi primo, me complace pensar que lo es.

Porteus contuvo su irritación.

—Daniel Mason asegura que el comercio pañero va viento en popa —continuó Ralph muy animado—. Es cosa de las guerras de Bonaparte, ¿comprende, doctor? Gracias a los conflictos en el extranjero, nuestros pañeros se han hecho dueños de los mercados del mundo. —La industria pañera en Salisbury, aunque muy debilitada en comparación con la pujanza que tenía en otros tiempos, se había remontado temporalmente gracias al declive de sus competidores en Europa—. Incluso he pensado en abandonar mi profesión de maestro y convertirme en un pañero, ¿qué te parece, hermana?

Frances murmuró unas palabras que nadie captó. Porteus se encerró en un profundo mutismo.

Ralph fijó la vista en el plato, sobre el que reposaba una trucha.

—Qué pescado tan pequeño —se quejó.

—Es lo que había en el mercado —replicó Porteus bruscamente.

—Un pescado excelente —terció Barnikel con tono jovial. Frances lo miró con expresión de gratitud.

—Doctor Barnikel, ¿ha visto usted la última caricatura del señor Gillray? —preguntó Agnes. ¡Cómo podía no haberla visto! Los sobresalientes dibujos satíricos de Gillray se vendían en todo el país. Barnikel se apresuró a comentar uno particularmente cruel en el que Gillray se mofaba de los whigs.

El giro dado a la conversación animó la tertulia e incluso Porteus suavizó el gesto. Él y Agnes se lanzaron a comentar con entusiasmo los poemas de Walter Scott y su excelente revista, la Quarterly Review, las baladas líricas de Wordsworth y The Ancient Mariner, de Coleridge; Porteus ensalzó unas hermosas láminas de Ackerman de varias iglesias, y el nuevo y magnífico diccionario de muebles compilado por Sheraton, el extraordinario ebanista. Barnikel sonrió al observar la habilidad con que Agnes mantenía la conversación por esos gratos derroteros; incluso Frances parecía más animada.

Sin embargo el fuego de la discordia fue avivándose lentamente, y pese al irritante talante de Ralph, no fue él sino Porteus quien lo encendió. Frances sin pretenderlo ofreció el pretexto a su marido al comentar que había recibido carta de la familia de su difunto hermano en América.

Porteus inclinó la cabeza y sonrió.

—Confío en que estén bien.

Aunque no aprobaba los vínculos que les unían a la familia Mason, en lo referente a los Shockley de América el canónigo Porteus hacía una excepción.

Ello se debía a dos razones. En primer lugar, eran parientes de su esposa y por tanto, por más que él lamentara la desleal secesión de las colonias americanas, tenía el deber de tratar a los Shockley de Pennsylvania con cortesía. En segundo, estaban tan lejos que no era probable que le importunaran. De modo que siempre se refería a ellos con una amabilidad que en ocasiones le llevaba incluso a llamarlos por sus nombres.

—El hijo mayor está en un internado.

—Lo celebro —respondió Porteus educadamente, y aprovechó la conyuntura para dirigir una mirada cargada de significado a Barnikel, al tiempo que observaba con frialdad—: Mi joven cuñado cree que los americanos son más afortunados que los ingleses.

Barnikel notó que Frances y Agnes se ponían nerviosas; pero Ralph se limitó sonreír con despreocupación.

—No puedo decir que esté seguro de eso —contestó—, aunque por supuesto no han suprimido el decreto de habeas corpus. —Ralph miró a Porteus con calma—. Claro que no tienen un primer ministro como William Pitt —añadió con tono irónico.

Barnikel no pudo por menos de sonreír ante esa ocurrencia. Durante la última década, cuando el temor de que se produjera una sedición en Inglaterra alcanzó su cénit a raíz de la Revolución Francesa, el gran William Pitt hijo había suprimido el antiguo decreto de habeas corpus, y numerosos editores, autores y predicadores habían sido encarcelados sin un juicio previo. Asimismo, se habían implantado otras medidas: mantener correspondencia con Francia era considerado una traición; las reuniones de más de cincuenta personas sin autorización eran ilegales; y en 1799, la Combination Act prohibió a los trabajadores formar un sindicato o asociación para reivindicar sus derechos laborables.

Pese al hecho de que era el canónigo quien había provocado la discusión, Barnikel observó que los dedos de éste se agarraban con tal fuerza a la mesa que los nudillos se le veían blancos. No toleraba la menor crítica del gran patriota Pitt.

El doctor decidió quitar hierro a la situación.

—Lo que dice usted es cierto. Pero estará de acuerdo en que eran unas medidas temporales, originadas por el temor a los franceses, y seguramente necesarias.

Ralph sonrió.

—Estoy de acuerdo en que algunas eran necesarias, sin duda. Pero no creo que sea justo suspender las libertades de los ciudadanos, ni siquiera en esas circunstancias.

—Quizá. —El doctor miró en derredor suyo con ánimo tranquilizador—. En cualquier caso todos confiamos en que haya paz —agregó como si deseara zanjar el asunto.

Pero Porteus no compartía ese deseo.

—Me temo que a Ralph no le cae bien el señor Pitt —comentó con frialdad.

Pero el joven no mordió el anzuelo.

—Por el contrario —respondió sonriendo—, aplaudo muchas de sus iniciativas. De todos es sabido que apoya el fin de la esclavitud y los plenos derechos civiles para los católicos. Es más —añadió sonriendo—, reconozco que si Inglaterra pone fin a la esclavitud, habrá superado a América en materia de libertades.

Era cierto que Pitt había dimitido cuando el rey se negó a permitir que los católicos votaran y ocuparan cargos públicos, y que Wilberforce, el predicador que propugnaba sin cesar la abolición de la esclavitud, era gran amigo del estadista y contaba con el apoyo de éste. Pero Ralph sabía también que en aquellas dos únicas cuestiones el canónigo Porteus estaría siempre en desacuerdo con su héroe.

¿Por qué, se preguntó Barnikel, se empeñaba el joven en provocar de esa forma a su quisquilloso cuñado?

«Después de convivir un mes con él confieso que yo también me sentiría tentado de provocarle», pensó. Luego observó a Agnes, quien miraba a su marido implorándole en silencio, y se dijo: «Pero no cedería a la tentación».

Se produjo un tenso silencio. El canónigo había hecho venir al doctor para que fuera testigo de la rebeldía de Ralph. Hasta el momento sólo había conseguido que éste le dejara en ridículo. En cuanto a Ralph, Barnikel observó que, en lugar de contentarse con su pequeña victoria, se disponía a enzarzarse en otra disputa verbal.

Después del pescado comieron rosbif. Barnikel trató de llevar la conversación por otros derroteros. Comentó asuntos locales, el extraordinario duelo que según le habían contado se había producido en Oxford, su reciente visita a la costa de Brighton, donde el príncipe de Gales se estaba construyendo un suntuoso pabellón.

—Es un manirroto —observó Porteus con tristeza.

—Desde luego, debería ver el pabellón que ha mandado construir —dijo Barnikel—. Parece el palacio de un marajá indio.

—¿Cree usted, doctor —preguntó Frances, haciendo caso omiso de la mirada de desaprobación que le dirigió el canónigo—, que el príncipe de Gales mantiene allí un harén?

—Sin duda, señora —respondió Barnikel emitiendo una carcajada.

Pero los intentos de ambos por mantener la conversación en unos cauces inocuos fracasaron, pues el canónigo estaba dispuesto a atacar nuevamente.

Tras mirar con expresión sombría al doctor, a su esposa y a Agnes, declaró con calma:

—Todos lamentaremos el día en que su padre muera. El rey Jorge III es nuestra última esperanza.

Lo dijo como de pasada, pero era una frase calculada para sulfurar al otro. Barnikel vio que Ralph Shockley enrojecía de ira y Agnes le murmuró:

—Así empiezan siempre.

—¿Nuestra esperanza de qué?

—De estabilidad, señor mío.

Agnes dirigió a Barnikel una mirada de súplica. La sonrisa de Ralph se había borrado de su rostro.

—¿Te refieres a una ausencia de cambio? —preguntó éste con frialdad.

—Justamente. Estoy en contra de la tolerancia religiosa porque socava los cimientos de la Iglesia anglicana.

—¿Y la reforma del Parlamento? ¿Te parece bien que el Antiguo Sarum presente dos miembros al Parlamento según el capricho de su propietario, mientras que algunas grandes instituciones en las ciudades del norte no tienen ningún representante?

—El modo en que los miembros del Parlamento cumplan con su deber ante el rey es mucho más importante que quién los envía allí —contestó Porteus.

—¿Y te parece bien que los pobres obreros se mueran de hambre y sigan viviendo en Inglaterra como siervos feudales, y que vendan a hombres como esclavos en el extranjero? —preguntó Ralph indignado.

Porteus no respondió. Se había propuesto que Ralph mordiera el anzuelo y lo había conseguido, pero un músculo se contraía espasmódicamente en su pálida mejilla.

Ralph estaba congestionado de ira. Se encogió de hombros y miró a Barnikel. Al comprobar que éste permanecía impasible, se volvió de nuevo hacia Porteus.

—Estoy en contra del despotismo —dijo furioso—. Y a favor de los derechos del ser humano y de Charles James Fox. Quizá convendría que estallara una revolución en Inglaterra —añadió para rematar su discurso.

Se produjo un silencio estremecedor.

Incluso Agnes, a pesar de saber que Ralph no creía realmente lo que acababa de decir, se sintió escandalizada.

—¿Cómo puedes decir eso, cuando el mismo Bonaparte se halla al otro lado del Canal? —protestó Agnes.

—Lo digo porque veo con toda claridad que Inglaterra también es una tiranía —contestó Ralph con aspereza—, donde el voto está reservado a unos pocos, donde la libertad religiosa no existe, donde los pobres no tienen derechos. Puede que la Revolución Francesa haya degenerado en despotismo, pero el concepto original era justo: libertad, igualdad, fraternidad. Ésos son los principios en los que yo creo.

Porteus se volvió para mirar a Barnikel con una expresión que decía: «Ya se lo advertí». Pero la mano le temblaba de indignación.

Agnes lo miró con expresión implorante, rogándole que impusiera paz.

—Permita que le contradiga, Ralph —dijo Barnikel—. Confío, Porteus, en que le parezcan justos mis razonamientos.

Durante unos instantes Barnikel se detuvo. ¿En qué estaba pensando? ¿Con cuál de los dos hombres estaba de acuerdo?

Cuando habló, lo hizo con absoluto convencimiento.

—Los franceses destituyeron a un rey despótico. Pero en Inglaterra los derechos de que gozamos, por imperfectos que sean, no fueron arrebatados a un tirano, pues derivan de nuestra antigua historia: del derecho consuetudinario sajón, de la Carta Magna, de las leyes promulgadas por nuestros parlamentos, de los principios de la nueva monarquía establecidos en 1688.

»¿Acaso somos tan sabios, acaso tenemos el derecho de tirar por la borda nuestros privilegios ancestrales en aras de una utopía que ha fracasado en la práctica? Yo digo que no. La mayoría de los ingleses dice que no. Nuestra monarquía, nuestra iglesia, son unas instituciones antiguas y nobles. Constituyen… —Barnikel no encontraba la palabra justa— constituyen un organismo —prosiguió—, al igual que el cuerpo humano. Ésta, señor, es la nación inglesa. Si rechazamos eso en aras de una libertad supuestamente perfecta, podemos perderlo todo. La continuidad, los derechos y privilegios heredados, señor, son los elementos que componen una nación. Romper con ellos es abrir el camino a una tiranía.

Ése era el argumento esgrimido por el gran Edmund Burke en sus célebres Reflexiones sobre la Revolución Francesa. Era la expresión perfecta de lo que la mayoría de los ingleses inteligentes consideraba aceptable. Era, aunque Barnikel lo ignoraba, la expresión del concepto del viejo mundo —derivado de la aldea feudal, de los gremios medievales, de los tribunales y consejos locales— de que la libertad es principalmente un asunto colectivo, a diferencia del concepto del nuevo mundo que insistía en que la libertad es ante todo una cuestión individual. Era la declaración del compromiso político inglés.

Barnikel se sonrojó. Los discursos no se le daban bien.

—Bravo, doctor. —Los ojos de Agnes relucían de admiración.

Barnikel se sonrojó aún más.

Incluso Porteus, cuya indignación le impedía articular palabra, hizo una seca inclinación de cabeza para indicar que aprobaba lo que el doctor acababa de decir.

Pero sus palabras no habían causado el menor efecto en Ralph.

—¡Bobadas! —exclamó el joven—. Tom Paine respondió a esto con sus Derechos del hombre. Cada generación crea su propio gobierno. Y si usted cree en los derechos naturales del hombre y en la razón, el único gobierno legítimo es una democracia en la que cada hombre tiene un voto. Si sus tradiciones no le ofrecen esto, arrójelas por la ventana.

Barnikel trató de interrumpirle, pero Ralph continuó furioso:

—En cuanto a su monarquía, sus derechos heredados, sus municipios corrompidos, su Iglesia establecida, ¿qué tienen que ver con la democracia? Es preciso acabar con ellos.

Era la voz de la incipiente revolución. Era una locura. Barnikel sepultó el rostro entre las manos.

—Eso es traición —dijo Porteus, o más bien musitó, dado que tenía los músculos de la garganta agarrotados debido a la ira—. Hablas contra el rey y contra la Iglesia.

—Tu iglesia —replicó Ralph—. La cual te permite cobrar una buena renta de cinco o seis beneficios, si no me equivoco.

Aunque existían ciertas restricciones sobre la distancia máxima que debía mediar entre las parroquias regentadas por un solo clérigo, ello no impedía que Porteus tuviera a su cargo tres, en cada una de las cuales había instalado a un pobre cura y de las que obtenía una modesta renta. Esta última puya dolió a Porteus más que las anteriores.

—Un dinero del que tú te beneficiaste cuando costeé tus estudios en Oxford —bramó.

—Y debido al cual te crees con derecho a imponerme tus opiniones —contestó el otro.

Eso era el colmo. Porteus se levantó. Su cuerpo alto y delgado temblaba tan violentamente que los cubiertos sobre la mesa vibraron.

—¡Víbora! —gritó—. ¡No eres sino una víbora en el seno de esta familia! ¡Ingrato! ¡Traidor! ¡Sal de esta casa! ¡Inmediatamente!

Sólo Barnikel, en aquellos momentos, intuyó el peligro que corría Ralph Shockley.

Era de noche en la pequeña población de Christchurch. La iglesia del priorato, con sus arcos normandos y su torre cuadrada, estaba a oscuras; el pequeño castillo en ruinas junto al priorato estaba oscuro; el Avon que pasaba ante ambos en su discurrir hacia el puerto protegido por el promontorio también estaba oscuro; los cisnes blancos reposaban en la ribera, ocultos en las sombras. En las casas había luces encendidas, pero la mayoría de los postigos estaban cerrados, así que la claridad de las lámparas o las velas era poco más que un pequeño destello. Sin embargo, en la esquina de la calle una luz ardía en su peana de hierro, iluminando los adoquines.

De pronto se abrió la puerta de la posada dejando escapar un haz de luz y un rumor de voces, y Peter Wilson echó a andar calle abajo, trastabillando, hacia su casa. La puerta de la posada se cerró tras él, guardando la luz y los sonidos de la posada y devolviendo la intimidad a las silenciosas sombras que se extendían en la calle.

Peter Wilson estaba un poco borracho, pero se sentía satisfecho, pues el día anterior le habían pagado una buena suma de dinero. Había adquirido el anillo. Palpó su bolsillo para cerciorarse de que seguía allí y dobló la esquina.

De golpe se sintió inmerso en la oscuridad. Las sombras le rodeaban por todas partes, pero una de ellas se convirtió en una gigantesca figura de carne y hueso, que le tapó la boca con su manaza.

Sin pensárselo dos veces, Peter le mordió la mano.

—Maldito seas —murmuró su agresor.

Acto seguido Peter sintió que un objeto duro le golpeaba en la sien.

Peter cayó al suelo; el cielo aparecía teñido de rojo. La cabeza le dolía. Unos dedos le ataron las manos. Peter no había perdido el conocimiento, sólo estaba aturdido. Entonces comprendió lo sucedido.

—Una patrulla de reclutamiento —farfulló.

—Así es, señor —dijo una voz junto a su oreja con tono de guasa— Cierra el pico mientras agarramos a otro o te sacudiremos de nuevo. —Tras lo cual Peter sintió otro golpe sobre la anterior contusión que ya se estaba hinchando.

—Pero si voy a casarme la semana que viene —protestó en voz alta para que le oyeran todos.

Se alzó un coro de risotadas.

—Silencio, imbéciles —dijo un guardia marina.

—Vas a casarte con la armada real, marinero —le susurró la misma voz.

—Chisst. Aquí viene otro.

Peter tenía las manos atadas y no podía moverse.

Ralph se alojó en casa del doctor Barnikel mientras esperaba que amainara la tormenta.

Agnes y los niños se quedaron con Frances Porteus. Ralph no perdió el optimismo.

—Ya se le pasará a ese viejo idiota —dijo a Barnikel mientras cenaban.

Pero el doctor no estaba tan seguro.

—Le aconsejo que se disculpe ante él, cuanto antes mejor —dijo.

Ralph se echó a reír, pero rechazó el consejo.

—¿No cree que él también me debe una disculpa?

—Quizá. Pero usted le provocó.

Ralph siguió cumpliendo con sus deberes en la escuela. Su disputa con Porteus no le parecía un asunto grave.

Al día siguiente, cuando Agnes fue a verle y le rogó que se doblegara ante Porteus, Ralph le espetó furioso:

—¿Acaso estás en contra mía?

—No. Pero soy tu esposa y tienes dos hijos. El canónigo Porteus es un hombre muy influyente.

—Y yo tengo mis principios —replicó Ralph de malhumor—, aunque mi esposa no los tenga.

—Dentro de una semana podremos mudarnos a nuestra casa —dijo Ralph a Barnikel—. Hasta entonces ya nos las arreglaremos. Luego que se vaya al infierno Porteus —añadió.

Pero dos días después de la disputa, Agnes abordó al doctor en la calle y le rogó:

—Procure convencer a mi marido para que le pida disculpas al canónigo Porteus. Si no lo hace, temo que todos pagaremos las consecuencias.

—¿Sabe usted lo que el canónigo se propone hacer? —inquirió el doctor.

Agnes meneó la cabeza con tristeza.

—No. Conmigo se porta correctamente, desde luego. Sin embargo… le temo —respondió Agnes.

Al día siguiente Ralph recibió una nota pidiéndole que se presentara en casa de lord Forest.

Forest apenas había cambiado desde el día en que Adam Shockley le había conocido. Era un anciano, pero se mantenía erguido. Sus modales eran perfectos, y no perdía detalle de cuanto acontecía a su alrededor.

Ahora poseía una segunda mansión, en las afueras de Manchester, aparte de la mansión situada en el norte de Wiltshire y la casa de Salisbury. Pero aún pasaba tres meses al año en Sarum.

Ralph se dijo que lord Forest era un personaje intemporal. Hasta el día de su muerte seguiría siendo lo que siempre había sido: un perfecto cortesano, un hábil político y un avispado inversor.

Ralph se preguntó qué quería de él lord Forest.

Un mayordomo le condujo a una salita que daba al jardín de detrás de la casa, y que Forest utilizaba como estudio. Lord Forest se hallaba de pie ante el hogar, un anciano de pelo canoso, muy delgado, erguido como en sus mejores tiempos.

Junto a él se encontraba el canónigo Porteus.

Forest saludó a Ralph con amabilidad e indicó a los dos hombres que se sentaran mientras él permanecía de pie.

—Como sabe, su familia y la nuestra han mantenido tratos desde hace mucho tiempo —dijo Forest sin andarse por las ramas—. Por lo que le consta que mis preguntas no están formuladas con mala fe —añadió dirigiendo a Porteus una mirada cargada de significado. De hecho, Forest nunca había perdonado a Adam Shockley por haber rechazado su oferta; pero no tenía nada contra el joven que se hallaba ahora ante él—. Como sin duda sabe también, soy uno de los miembros de la junta de su escuela.

Ralph lo había olvidado. Era una pequeña escuela privada, una de las muchas que se habían construido en Salisbury en los últimos años, mientras que la escuela de niños del coro de la iglesia había declinado un tanto. El que tuviera técnicamente una junta rectora era un hecho que tanto la escuela como los miembros de la junta —entre los que se contaban Forest y el viejo obispo— prácticamente habían olvidado. Cinco años antes, Ralph habría podido adquirir la escuela si Porteus hubiera accedido a prestarle el dinero; pero aunque Frances se había mostrado favorable a la idea, el canónigo se había negado en redondo. «Todavía posee cierta inestabilidad de carácter —había explicado—, lo cual me hace temer que no está preparado para afrontar semejante responsabilidad».

Ralph miró a Forest preguntándose adónde quería ir a parar.

—Tengo entendido que sostiene unas ideas radicales —continuó lord Forest.

—Defiendo la reforma de los municipios corrompidos. Y apoyo al señor Fox. ¿Se refiere a eso? Forest se inclinó amablemente.

—Me enorgullece conocer bien al señor Fox —repuso con elegancia mientras el canónigo Porteus le miraba atónito—. Lo cual no significa que esté de acuerdo con él. —Forest observó a Ralph con aire pensativo—. ¿De modo que sostiene usted unas ideas republicanas?

—Eso es cosa mía —le espetó Ralph.

—En efecto. Dejémoslo así —contestó Forest con afabilidad. Porteus arrugó el entrecejo. Ralph miró a ambos personajes y preguntó:

—¿Eso es todo?

—Casi. —Forest fijó la vista en el techo durante unos instantes—. Atravesamos tiempos difíciles, señor Shockley —continuó—. La posibilidad de una invasión francesa siempre está presente. En estas circunstancias, un hombre, sean cuales fueren sus opiniones, debe ser prudente. —Forest se detuvo—. ¿Me promete que, sean cuales sean sus opiniones privadas sobre estos asuntos, no tratará de expresarlas en la escuela ante sus alumnos? Estoy seguro de que me comprende.

Por supuesto que le comprendía, pensó Ralph. Jamás había pretendido, que él recordara, hacer que sus alumnos compartieran sus propios puntos de vista.

Pero al ver a Porteus sentado frente a él con una sonrisa satisfecha, al darse cuenta de que su propio cuñado había promovido esa entrevista con el fin de humillarle, Ralph se enfureció.

—¿Se refiere a que, si me preguntan lo que pienso, debo mentir? —inquirió Ralph con frialdad.

Porteus estalló.

—¡Significa, señor mío, que debes guardar tus sediciosas opiniones para ti! ¡Que no tratarás de contaminar con tu infamia la mente de tus pupilos!

—Basta, Porteus —dijo lord Forest con cortesía pero con firmeza.

Ralph estaba pálido de ira. Ése era el tipo de tiranía que odiaba.

—No estoy obligado a prometer nada —repuso furioso.

—¡Ja! —De labios de Porteus brotó una exclamación entre triunfal e indignada.

—¿Está seguro, señor Shockley, de que no prefiere recapacitar sobre este asunto? —preguntó Forest.

—No tengo nada que recapacitar.

Forest emitió un suspiro.

—Muy bien. Debo decirle, señor Shockley, que a mi entender sería una imprudencia que continuara desempeñando su cargo en estos momentos. Son temas delicados, como sin duda comprende. Debemos proceder con cautela. Hablaré con la junta rectora, pero considérese destituido de su cargo.

Ralph miró a Forest horrorizado. No había comprendido que las cosas podían llegar hasta ese punto. ¿Tenía Forest el poder de hacer semejante cosa? Ralph trató de recordar quiénes eran, aparte del viejo obispo, los otros directores. Pero entonces pensó en las inmensas propiedades de Forest y en sus influencias y comprendió que había cometido una torpeza. Por supuesto que Forest podía destituirlo de su cargo. Sin duda Porteus se había informado bien al respecto.

—Pero… mi esposa y mis hijos… —protestó Ralph.

—Ah —terció Porteus—, conque ahora te acuerdas de ellos. —Acto seguido se volvió hacia Forest y agregó—: Naturalmente, me encargaré de que no les falte nada.

—Esto es todo, caballeros —dijo Forest. Con ello les ordenaba que se retiraran.

Fue Thaddeus Barnikel quien logró averiguar qué había ocurrido exactamente. La situación era mucho más grave de lo que había imaginado.

—Porteus ya ha advertido a los padres de varios alumnos; y al obispo —dijo a Ralph—. Incluso sin la intervención de Forest, se habrían alzado numerosas voces exigiendo tu destitución. Porteus no hace las cosas a medias.

—¿Y si me disculpara ante él? ¿Y si me retractara? —preguntó Ralph desesperado.

—Me temo que es demasiado tarde. Está decidido. Porteus tiene la mente cerrada a todo gesto de misericordia —Barnikel juntó las manos para subrayar sus palabras— como una trampa mortal. —El doctor hizo una mueca—. Debo decirte que en estos momentos nadie te dará trabajo en Sarum.

Hacia el mediodía Forest mandó llamar de nuevo a Shockley. La entrevista se celebró en la misma estancia que la reunión anterior.

—Tengo entendido que el canónigo Porteus ha puesto a todo Sarum en contra de usted. No sabía que estaba dispuesto a llegar hasta este extremo —confesó lord Forest.

Ralph asintió con tristeza.

—Tenga paciencia, los ánimos se calmarán —dijo Forest—. Entretanto, debe pensar en conseguir trabajo fuera de Sarum.

—Eso parece.

—Mis nietos necesitan un tutor y creo que es usted el hombre idóneo. Percibirá el mismo sueldo que ganaba aquí, pero creo que es preferible que su esposa permanezca en Salisbury.

Era una buena oferta. Tan buena como Ralph podía esperar en aquellos momentos.

—¿No teme que yo les convierta en revolucionarios? —preguntó Ralph con amargura.

Forest se permitió esbozar una breve sonrisa.

—No hay peligro de eso.

—Acepto su oferta. Pero que quede claro que deseo regresar a Sarum en cuanto sea posible.

—De acuerdo. —Forest lo miró con aire pensativo—. Pero teniendo en cuenta el clima político que reina en la actualidad, no se engañe, señor Shockley, eso llevará un tiempo.

Ralph agachó la cabeza.

—Me temo, lord Forest, que me he portado como un necio —confesó el joven.

La separación entre Ralph Shockley y su esposa fue muy triste.

Ralph contempló ante sí a una mujer que no había querido tomar parte en su pelea. Pero lo peor era que sabía que su esposa había tenido razón, y que él, por su torpeza, le había fallado. Su sentido de culpabilidad le hacía mostrarse irritable.

Y Agnes contempló a un joven inmaduro. ¿Cómo era posible que la amara y al mismo tiempo estuviera dispuesto a causarles un dolor tan grande a ella y a los niños en aras de un momento de orgullo? Agnes se sentía rechazada.

«Va a dejarme —pensó la pobre mujer. Era evidente que él no la quería—. Sólo me cabe esperar que madure y entre en razón, aunque no me ame». Si él se comportaba de forma irresponsable, ella debía mostrar firmeza de carácter.

—Te esperaremos aquí en Sarum —dijo Agnes en voz alta—. Confío en que regreses pronto.

—¿Vendréis a verme?

Agnes negó con la cabeza.

—No. Te esperaremos aquí.

Ralph comprendió la intención de su esposa: asumir una postura moral superior.

—Quizá tengáis que esperar mucho tiempo —le espetó él.

—Confío en que no. —Agnes bajó la vista. El tono de él la había herido y, durante unos momentos, temió prorrumpir en llanto. Pero no debía llorar. Una despedida con lágrimas en los ojos, un momento de debilidad, y él achacaría la culpa de todas sus desgracias a Porteus.

Agnes conservó la compostura y le miró a los ojos.

—Te esperaremos aquí —repitió.

Luego dio media vuelta y se marchó.

Ralph no volvió a hablar con Porteus, pero fue a ver a su hermana Frances.

—No conseguí detenerle —le explicó ella con tristeza—. Traté de disuadirle, discutí con él durante toda una noche.

Ralph la miró apesadumbrado. Durante unos instantes creyó ver en los ojos de su hermana la luz que reflejaban antes de que se casara. Pero desapareció inmediatamente.

—Ruego a Dios, querido hermano —dijo Frances con expresión seria—, que en el futuro guardes tus opiniones para ti, en bien tuyo y de todos nosotros.

Ralph no respondió.

Después de despedirse de Frances, mantuvo una última conversación con Barnikel.

—Mi esposa se sentirá muy sola, doctor —dijo—. Es posible que yo permanezca ausente durante dos años. Necesitará un amigo. ¿Puedo confiar en que usted velará por ella?

Thaddeus Barnikel tragó saliva pero estrechó la mano de Ralph.

—Desde luego.

En 1804 se produjeron unos hechos muy importantes, unos hechos trascendentales para Gran Bretaña.

En enero Napoleón cambió sus planes y decidió que la flota de navíos de transporte armados que preparaba no sería lo suficientemente poderosa, y que necesitaba que le escoltara la armada francesa como refuerzo.

Era una escuadra formidable, pues además de la armada francesa la componían los barcos españoles, aliados de Francia: en total sumaban más buques que la flota inglesa.

—Primero Bonaparte tendrá que combatir contra nuestra armada y derrotarnos —explicó Forest a Porteus—. Ése es su objetivo presente. Luego trasladará su ejército a nuestras costas, y la batalla será tremenda.

—Pero nuestro ejército es reducido.

—Cierto.

—De modo que todo depende de la batalla naval.

—Así es.

Entre febrero y abril, el rey Jorge III padeció otro ataque de locura.

Luego, en mayo, la torpe gestión del primer ministro Addington, un hombre de buena fe pero incompetente, fracasó y —«gracias a Dios», según declaró Porteus— William Pitt asumió de nuevo el poder. Paradójicamente, en esa misma fecha, el 18 de mayo, Napoleón Bonaparte, en un gesto que daba al traste con la pretendida democracia de la Revolución Francesa, se coronó a sí mismo emperador.

Ningún hombre en la historia de Inglaterra, ni siquiera Churchill en el siglo XX, llegó a asumir durante su mandato la postura heroica de William Pitt hijo. Su esquelética figura, con su larga nariz cuya punta se curvaba hacia arriba y sus extrañas angulosidades (su ausencia casi total de trasero hizo que los caricaturistas de la época le apodaran «the bottomless Pitt[3]») estaba animada por una pasión tan concentrada, una energía nerviosa tan aguda, un celo y una abnegación tan increíble por la causa de su país en aquellos conflictivos años de crisis, que no era que la Cámara de los Comunes estuviera dominada por él, sino llena de temor reverencial ante aquel extraordinario personaje.

—Creo que ese hombre vive de su pasión y del aire —comentó Barnikel al canónigo Porteus. Había oído decir que la vida personal de Pitt estaba jalonada de desengaños; pero era imposible adivinar si su pasión política era un medio de canalizar sus frustraciones, o si la hubiera sentido igual de haber sido feliz. En cualquier caso de lo que no cabía duda era de su grandeza, su firmeza de propósito en plantar cara a Napoleón.

—Posee la fuerza de los profetas —afirmó Porteus—, porque sirve a una causa noble. Es un hombre puro. —Y estaba claro que el canónigo pensaba que él pertenecía a esa misma especie.

El plan mediante el cual Pitt salvó a su país de la destrucción entre 1804 y 1806 tenía dos vertientes. El primer objetivo era formar una alianza con las remisas potencias europeas a fin de obligar a Napoleón a retirar su ejército de la costa septentrional de Francia. El segundo era bloquear a la armada francesa en el puerto para impedir que zarpara y destruyera a la armada inglesa.

Al principio la alianza parecía una empresa casi imposible. Los europeos no deseaban luchar de nuevo contra Napoleón, ya que éste había demostrado que en el campo de batalla era invencible. De modo que siempre y cuando Francia permaneciera dentro de sus fronteras naturales del continente, las otras potencias no moverían un dedo.

Pero por fortuna existía una esperanza. El zar Alejandro de Rusia deseaba expandir su área de influencia hacia el norte, en el Báltico, y hacia el sur hasta Constantinopla. Pitt halló en él a un aliado contra la amenaza francesa. Pero necesitaba más aliados. Austria se negó; Prusia, cínicamente, se mostró dispuesta a vender al mejor postor sus servicios y el derecho de atravesar su territorio.

Napoleón tenía a noventa mil hombres apostados en Boulogne, y doscientos buques de transporte. Al igual que el emperador Claudio, mil ochocientos años antes, parecía disponerse a arrasar con todo lo que hallara a su paso en la isla septentrional.

Pero entonces, como en tantas otras ocasiones en su meteórica carrera, Napoleón cometió un error de cálculo. No sólo parceló Alemania con tanta naturalidad como si cortara una tarta en porciones, sino que en la primavera de 1805 se hizo coronar rey de Italia. Eso era demasiado. El mensaje era claro.

—Pretende devorarnos a todos.

La poderosa Austria se unió a la alianza de Pitt y el escenario estuvo preparado para un conflicto de gigantescas proporciones.

1805:15 de septiembre

La misión de la pequeña fragata Euryalus rara vez aparece consignada en los libros de historia. Sin embargo, ningún barco de la armada británica desempeñó un papel más importante a la hora de salvar a Inglaterra durante el fatídico otoño de 1805.

—Nosotros éramos los perros guardianes de Nelson —recordaría más tarde la tripulación con orgullo—. Éramos el ojo y el brazo que le faltaban.

Peter Wilson, que se había visto obligado a servir en la armada real en lugar de ejercer el lucrativo y seguro oficio de contrabandista en Christchurch, se consideraba afortunado de que la patrulla de reclutamiento le hubiera conducido precisamente a esa fragata.

El sistema de leva de enganche era muy provechoso. Sus patrullas se hallaban por doquier en las aguas del Canal en torno al Solent. Uno de sus lugares favoritos era junto al extremo occidental de la isla de Wight, a veinte kilómetros de Christchurch, desde donde los jefes de reclutamiento enviaban patrullas a bordo de cada barco que arribaba al puerto de Southampton para llevarse a algunos de sus hombres. Pero también merodeaban por las poblaciones costeras.

La noche en que lo atraparon, Peter fue embarcado en un buque anclado en la bahía. Le quitaron toda la ropa, y el médico de a bordo, después de un examen rutinario, declaró que gozaba de buena salud. Luego le condujeron a la bodega.

Peter sabía lo que le esperaba. En el techo de la bodega del barco había una reja y a través de ella Peter distinguió las vagas siluetas de cuatro marineros que montaban guardia armados con unos mosquetes. A su alrededor, en aquel reducido espacio, había otros treinta hombres, algunos de los cuales habían llegado el día anterior. La bodega estaba tan atestada que los prisioneros apenas podían moverse. El hedor era insoportable. Peter todavía llevaba en el bolsillo el anillo de boda, pero no pasaría mucho tiempo antes de que alguien tratara de arrebatárselo. El joven lo extrajo del bolsillo con disimulo y se lo puso en el meñique. Le venía pequeño, pero tras muchos esfuerzos logró colocárselo. «Ahora —pensó—, tendrán que cortarme el dedo para robarme el anillo». ¿Qué ocurriría a continuación? Probablemente les llevarían a reunirse con el resto de los reclutas. Éstos eran de todo tipo: avezados marineros trasladados casi legalmente de los barcos mercantes en los que navegaban, reclutas bisoños como él mismo y «hombres del Lord Mayor», quienes se habían incorporado a la marina para escapar de la justicia por diversos delitos. Luego los asignarían a distintos barcos. Con suerte irían a servir bajo las órdenes de un capitán bondadoso. En caso contrario… Un capitán cruel les impondría castigos terribles si cometían la menor ofensa; Peter había oído decir que a algunos hombres les propinaban setecientos latigazos, o peor aún, eran arrastrados bajo la quilla sujetos de un cabo de forma que si no se ahogaban, los percebes adheridos al casco les arrancaban la carne.

Mientras pensaba en esos horrores, y en el hecho de que había perdido su casa y a su novia, oyó una voz a través de la reja.

—A éstos los dejaremos en el puerto de Buckler’s Hard, donde acaba de arribar un nuevo barco.

Peter conocía Buckler’s Hard. Era una pequeña ensenada situada a pocos kilómetros de Christchurch, donde los brezales y el extremo meridional de New Forest se extendían hasta el mar. Junto a la costa había unos astilleros.

Y fue allí donde, gracias sean dadas a Dios, Peter se incorporó al Euryalus.

El Euryalus era una pequeña embarcación: una fragata provista de treinta y seis cañones y tres palos, un barco ligero y veloz, diseñado por sir William Ruse, supervisor de la armada real, construido en 1803.

Su capitán era el honorable Henry Blackwood. Desde el momento en que Peter Wilson subió a bordo, comprendió que la suerte le había sido propicia.

Como se trataba de una pequeña fragata, el Euryalus no tenía el carácter impersonal de los gigantescos barcos de setenta y cuatro o noventa y ocho cañones. Y puesto que era de construcción reciente, no arrastraba una tradición de crueldad como otros barcos más antiguos. Su capitán era un hombre amable e intrépido.

—Has tenido suerte —le dijo un marino—. Tanta como si te hubiera tocado servir a las órdenes del propio Nelson.

Peter no tardó en aprender el oficio de marino. Poseía unas dotes naturales, y aparte de algún que otro palo propinado por el contramaestre —más bien un recordatorio de su autoridad que un castigo—, salió indemne de la experiencia. El joven aprendió la humilde tarea de limpiar la cubierta y el duro trabajo de reparar las velas, con el que se desollaba las manos, pero le encantaba trepar por los palos sintiendo la brisa marina sobre su rostro mientras aguardaba la orden de largar vela.

Debido a que poseía una vista excelente, y le gustaba encaramarse a los mástiles, a menudo desempeñaba la función de vigía.

Hubo otra circunstancia que le convirtió en una especie de mascota entre la tripulación del barco. El primer día que se colocó en fila junto a los demás reclutas y el capitán le preguntó su nombre, él respondió:

—Wilson, señor. —Tras lo cual añadió, sin saber muy bien por qué, como no fuera porque añoraba su hogar—: De Christchurch.

Sus compañeros rompieron a reír.

—¡Maldita sea! ¡Otro! —exclamó el capitán.

Y así fue como Peter averiguó que en el barco había un joven marinero, Roben Wilson, hijo de sir Wykeham Wilson, cuya finca se encontraba en las afueras de Christchurch. Peter observó al chico con curiosidad; era más joven que él, pero como es lógico tenía el grado de oficial.

Peter sólo había visto a sir Wykeham en un par de ocasiones, y no conocía a su hijo. Era un muchacho alto y moreno, de buena planta, que parecía llevarse bien con otros jóvenes oficiales y con los marineros. No obstante, Peter supuso que el joven caballero jamás le dirigiría la palabra, salvo para darle una orden. Pero se equivocaba. Aquella misma tarde, el chico se acercó a él y comentó con una amable sonrisa:

—Los Wilson de Christchurch debemos permanecer unidos.

A partir de aquel día, cada vez que el joven oficial se hallaba de guardia y Peter encaramado al palo cumpliendo su deber de vigía, el otro le gritaba:

—¿Qué ves, Wilson de Christchurch?

Esta ingenua broma hacía que a Peter le pareciera menos amargo su exilio del hogar.

En el barco reinaba un ambiente jovial. Aunque el capitán Blackwood nunca se dirigía a él personalmente, Peter admiraba su bondad y su pericia como capitán.

—Los marineros del Euryalus comemos bien —decían los hombres.

Pero en cierta ocasión, cuando llevaban ya algún tiempo en alta mar y las provisiones comenzaban a escasear, un viejo marino dijo a Peter:

—Fíjate en lo que te digo, joven Wilson: Blackwood se ocupa de que sus oficiales no se alimenten mejor que nosotros cuando la comida escasea. Pocos capitanes se molestarían en hacerlo.

Peter se sentía a menudo solo, pero no perdía la esperanza. Cada día al levantarse, y cuando se acostaba, acariciaba el anillo de boda que lucía en el meñique y murmuraba:

—Cuando regrese ella estará esperándome. —Este pensamiento le daba ánimos.

La fragata siempre tenía alguna misión que cumplir. Primero estuvieron patrullando frente a las costas de Irlanda; luego bajo el almirante Keith, vigilaron el puerto de Boulogne.

—No se te ocurra quedarte dormido cuando estés de vigía en el palo —le dijo un día Roben Wilson con expresión seria—. Si Boney saca a su ejército de allí, ni tú ni yo volveremos a ver Christchurch bajo un gobierno inglés.

Pero fue en el verano de 1805 cuando los acontecimientos se precipitaron.

La descomunal flota francesa al mando de Villeneuve estaba preparada para atacar, pero primero tenía que derrotar a los británicos. Villeneuve se había hecho a la mar, rumbo a las Indias Occidentales. Nelson había zarpado tras él. Entonces Villeneuve había emprendido la retirada. Ambos jugaban al gato y al ratón. Nelson zarpó hacia Gibraltar; Villeneuve puso rumbo al norte, hacia el Canal, pero otra fuerza británica se le enfrentó en una batalla que se saldó en tablas y le obligó a dar media vuelta. Nelson regresó a Inglaterra. ¿Hacia dónde partiría ahora Villeneuve?

La crisis estaba a punto de estallar. A su vuelta a Inglaterra, mientras esperaba órdenes, Nelson estaba convencido de que el plan de los franceses consistía en que Villeneuve se hiciera a la mar, reuniera a la flota francesa y atacara el sur del Mediterráneo para inmovilizar a las fuerzas aliadas en Italia, mientras Napoleón arrasaba el centro de Europa. No andaba errado. A fines del verano de 1805 éste era el plan de Napoleón. Pero primero Villeneuve tenía que zarpar. ¿Hacia dónde se dirigiría el almirante Frances? ¿Qué se proponía?

El 14 de agosto Villeneuve arribó a Cádiz, donde el almirante Collingwood y sus tropas montaban guardia.

—Ahí no puede aprovisionar sus barcos. No hay suministros —observó Roben Wilson—. Tendrá que hacerse a la mar. Mantén los ojos bien abiertos, Wilson de Christchurch.

Pero el Euryalus tenía una misión más importante que la de vigilar.

—Debe poner rumbo a Portsmouth —ordenaron al capitán Blackwood—. Para comunicar que Villeneuve está aquí. Apresúrese.

La pequeña fragata Euryalus, en el primer papel importante que le tocó desempeñar en la historia, zarpó, a la velocidad del rayo, para ir en busca del almirante Nelson.

Llegó a la isla de Wight el 1 de septiembre. A la mañana siguiente Blackwood se reunió con Nelson en Merton. Luego se dirigió al almirantazgo.

Muchos libros de historia insisten en que el almirante Nelson salvó a Inglaterra de una invasión inminente durante los acontecimientos del otoño de 1805. Pero no fue así. El 9 de agosto, poco antes de que el Euryalus emprendiera la travesía de regreso a Inglaterra, se produjo otro acontecimiento de gran importancia. Austria declaró la guerra a Francia.

La respuesta de Napoleón no se hizo esperar. Se propuso combatir contra las fuerzas de la alianza en tierra y salir victorioso. Pero para conseguirlo debía retirar al inmenso ejército que amenazaba a Inglaterra desde Boulogne. Cosa que hizo, como de costumbre, con asombrosa rapidez. El día en que el Euryalus pasó frente a la isla de Wight, Boulogne estaba casi desierto.

Pero no era esto lo que preocupaba a Nelson, que había asumido el mando de toda la flota.

Si lograba infligir una derrota definitiva a la flota francesa, impediría que Napoleón invadiera Inglaterra no sólo ese año, sino cualquier año. Ésta era —ni más ni menos— su aspiración, su misión.

El 15 de septiembre de 1805, el Victory, el buque insignia de Nelson, zarpó de Spithead. Le acompañaba la pequeña escuadra de fragatas del capitán Blackwood: Euryalus, Phoebe, Naiad, Sirius, la goleta Pickle y el guardacostas Entreprenente. Llegaron a las costas de Cádiz para reunirse con el resto de la flota el 28 de septiembre, el día en que Nelson cumplía cuarenta y siete años.

Esperaron durante tres semanas. Todo ese tiempo el Euryalus mantuvo la vigilancia.

De noche y de día, mientras Nelson y su flota de veintisiete gigantescos barcos de guerra aguardaban pacientemente en el horizonte, la pequeña fragata permaneció anclada a poca distancia de la bocana del puerto. Detrás de ella las fragatas hermanas formaban una línea intermitente, con objeto de que los mensajes del Euryalus pudieran ser trasmitidos a la flota que aguardaba.

—¿Qué ves, Wilson de Christchurch? —Esa persistente pregunta permanecería grabada en la mente de Peter toda la vida.

—Nada, señor.

Nelson ordenó a varios de sus barcos que se retiraran, confiando en que así el enemigo se vería tentado de acercarse. Pero eso no ocurrió.

De pronto un buen día, al cabo de tres semanas, Peter Wilson distinguió un lejano mástil junto a la entrada del puerto. Seguido de otro. Y otro.

—¡Se están moviendo! —gritó antes de percatarse de su error—. Barco a la vista.

Al cabo de unos minutos, no sólo Roben Wilson sino el mismo capitán Blackwood y todos los oficiales que se hallaban en cubierta enfocaron sus telescopios hacia la bocana del puerto.

—¿Se dirigen hacia aquí, señor? —oyó Peter que preguntaba Roben Wilson.

—Creo que todavía no —respondió Blackwood con inusitada calma. Luego el capitán alzó la vista y, rompiendo todas las normas, exclamó—: ¡Buen trabajo, Wilson de Christchurch!

Blackwood estaba en lo cierto. Durante otros tres días, la flota de Villeneuve permaneció junto a la entrada del puerto. Cada día daba la impresión de que se disponían a atacar, pero a última hora se retiraban.

Pese al temor que le infundía la terrible batalla que iba a desencadenarse, Peter Wilson suplicaba todos los días:

—Te lo imploro, Señor, que vengan pronto.

Entonces, el 20 de octubre, aparecieron: treinta y cuatro gigantescos barcos dirigiéndose majestuosamente mar adentro, cada uno de ellos capaz, con sus numerosos cañones, de destruir la pequeña fragata de un solo cañonazo. Peter los contó a medida que aparecían: treinta y cuatro. Al contemplar esa impresionante flota, se preguntó: «¿Hay algún ejército capaz de resistirse a ellos?».

La descomunal flota puso rumbo al sur, hacia Gibraltar, más allá del cabo Trafalgar. Y la pequeña fragata Euryalus la siguió a escasa distancia, mientras que Nelson y la flota principal permanecían junto al horizonte. Mientras navegaban, el joven Peter Wilson sonrió y murmuró para sí:

—Somos los perros guardianes de Nelson.

No perdieron de vista a la flota en todo el día y toda la noche. El enemigo no cesaba de moverse. Cada vez que los barcos de Villeneuve cambiaban de rumbo, el Euryalus emitía una señal de advertencia. Cada hora encendía una luz azul para demostrar a la flota inglesa que vigilaba al enemigo. Y cada señal del Euryalus era transmitida de fragata a fragata, y por la cadena de barcos de guerra hasta el propio Victory.

Los tripulantes del Euryalus cumplieron admirablemente su misión. No perdieron ni un instante de vista a la flota francesa.

Entonces Nelson salió al encuentro del enemigo, y cayó sobre ellos.

Hizo lo que llevaba meses planeando hacer: dividió su fuerza en dos; él mismo se encargó de dirigir la columna de barlovento, y la de sotavento la encabezó Collingwood a bordo del Roy al Sovereign. Luego, tras acordar reunirse hacia el centro de la inmensa línea en forma de media luna que componía los buques franceses, iniciaron su avance.

El trabajo del Euryalus había sido impecable. Cuando a las seis de la mañana Nelson puso sus bajeles en orden de batalla, ordenó a la pequeña fragata que se situara junto al Victory y pidió al capitán Blackwood que subiera a bordo para felicitarle.

—Pillaremos al enemigo por sorpresa —declaró—. No imaginan lo que me propongo hacer.

Cuando se inició el avance, la fragata Euryalus navegó orgullosa junto a Nelson.

—Sólo tiene un ojo y un brazo —dijo un viejo marino a Peter—, pero ya verás lo que él hace con el ojo y el brazo que le quedan.

A las ocho Villeneuve modificó su rumbo, pero ya no podría soslayar la batalla con Nelson.

Los ingleses iniciaron la acometida. A las once y cuarenta minutos el buque insignia emitió la célebre señal:

—Inglaterra confía en que cada hombre cumpla con su deber.

—Y así será —observó el oficial Roben Wilson—. Me atrevo a decir que destruiremos a los franceses. —Acto seguido pronunció en voz baja una oración.

En cuanto al marinero Peter Wilson, no rezó ninguna oración, pero acarició nervioso el anillo de boda y musitó:

—Protégeme en esta hora.

La batalla comenzó al mediodía.

Las grandes batallas navales de los veleros de altos mástiles se disputaban con maniobras lentas y pesadas, al menos hasta que emprendían el último ataque. Éste duró una hora. Había una leve marejada en el Atlántico, soplaba una leve brisa del oeste-noroeste, el día era despejado, y mientras la inmensa media luna que formaba la flota francesa se extendía ante ellos, Peter Wilson, situado entre los marinos veteranos, contemplaba fascinado la escena. Ahí estaba Collingwood, que seguía un curso casi paralelo al de ellos, encabezando los poderosos barcos de guerra británicos: Mars, Bellerophon, capitaneado por John Cook, Achules, Revenge y otros. Delante de todos se alzaba el descomunal Bucentaure, el buque insignia de Villeneuve; junto a él, Neptune, Heros, San Leandro.

—Mira —dijo uno de los marineros señalando la formación francesa—. ¿Lo reconoces?

—¡Por Júpiter! —gritó otro— ¡Si es uno de los nuestros! —Y mostró a Peter a lo lejos el buque inglés Swiftsure, el cual había sido capturado por el enemigo hacía unos años, y que ahora pertenecía a la flota francesa.

—Tenemos otro igual que él —comentó riendo.

Pues una de las curiosidades de la batalla de Trafalgar fue que en la columna del almirante Collingwood bajo el mando del capitán William Rutherfurd navegaba un nuevo barco británico llamado también Swiftsure, de modo que dos barcos británicos de idéntico nombre iban a dispararse mutuamente desde bandos opuestos.

Las dos colisiones de las columnas británicas con las francesas —primero Collingwood, luego Nelson— fueron infinitamente más impresionantes de lo que Peter Wilson había imaginado. Cuando vio al Royal Sovereign atravesar la línea contraria en cabeza y avanzar minuto a minuto con desesperante lentitud entre los barcos enemigos que le lanzaban una andanada tras otra, el joven Peter dudó de que algunas de las embarcaciones lograra sobrevivir. Incluso desde lejos, daba la impresión de que el cielo iba a estallar debido al estruendo de los poderosos cañones.

—Y entonces —diría más tarde— fue cuando nosotros penetramos en la boca del infierno.

Nelson sacó el máximo provecho de la situación. Primero se dirigió hacia la vanguardia. Luego, de improviso, dio media vuelta y se dirigió hacia el centro, hacia el propio Villeneuve. Fue un gesto audaz. Y mientras la pequeña fragata navegaba sobre las encrespadas olas junto al Victory, Peter Wilson creyó que había llegado el fin del mundo.

Pues al atravesar la línea como lo hizo, Nelson se expuso al fuego del enemigo, al cual no pudo responder hasta al cabo de media hora. Mientras retumbaban los cañonazos, a Peter se le antojó que se hallaba en medio de un furioso temporal; los proyectiles volaban silbando sobre el agua y se empotraban en los barcos por todos los costados, destrozando las velas y los aparejos, haciendo estallar una lluvia de chispas y fragmentos de madera. Daba la impresión de que la lucha no acabaría nunca. Por fin lograron atravesar la línea enemiga: el Victory y el Temeraire se enzarzaron en una pelea mortal con el Bucentaure y el Redoutable; la armada inglesa dominaba la situación en los combates a corta distancia.

La batalla duró toda la tarde. Alcanzó su punto álgido entre la una y las dos, a medida que más barcos ingleses conseguían atravesar la línea enemiga. A la una y cuarenta y cinco minutos, el buque insignia Bucentaure se hundió. Otros tres barcos fueron capturados. En la columna de Collingwood las cosas fueron aún mejor. A las tres y media, había capturado once barcos, y otros más seguían yéndose a pique. Entre los barcos capturados aquel día se encontraba el Swiftsure original.

A primeras horas de la tarde supieron que Nelson había sido alcanzado. Vieron las señales que el Victory emitía a Collingwood, que se encontraba a bordo del Royal Sovereign. Pero en el fragor de la batalla había tantas cosas que hacer que Peter Wilson apenas tuvo tiempo de pensar en ello. Pues poco después el Euryalus desempeñó otro importante papel en la batalla, cuando Collingwood ordenó a la fragata que se colocara al costado de su buque. Había asumido el mando, pero salvo el precario palo mayor, el enemigo había derribado todos los mástiles del Royal Sovereign. Así, el Euryalus, navegando junto al maltrecho barco, fue el que emitió desde sus mástiles las señales al resto de la flota durante la segunda mitad de la batalla de Trafalgar.

Su hora gloriosa se produjo hacia el término de la batalla, cuando Collingwood transfirió su bandera a la fragata y, aunque un cañonazo había destruido los aparejos del palo mayor y el mastelero del Euryalus, el intrépido barquito remolcó al poderoso Royal Sovereign a buen puerto.

¿Cuándo supo Peter Wilson que Nelson había muerto? En sus recuerdos la trágica noticia había empañado toda la jornada, como si alguien hubiera colocado un filtro oscuro sobre el ardiente firmamento. Pero de hecho no fue así. A última hora de la tarde, mientras Peter se hallaba en cubierta agitando las banderas para transmitir señales, vio a Robert Wilson contemplar el Victory y luego volverse, con lágrimas en los ojos, y decir:

—Ha muerto, Wilson de Christchurch. Ha muerto.

La victoria de Trafalgar destruyó la flota francesa para siempre. Ésta ya no volvió a emprender más que algún que otro ataque puntual y de escasa envergadura contra un buque mercante. La amenaza de invasión había desaparecido.

Pero no la amenaza de Bonaparte en Europa.

Dos días antes de Trafalgar, Bonaparte había forzado a los austríacos a emprender la retirada en Ulm. Y en diciembre, en la extraordinaria batalla de Austerlitz, había avanzado hasta el centro del imponente ejército conjunto que se enfrentaba a él y había aplastado a los austríacos y a los rusos de un solo golpe. Las fuerzas británicas en Alemania se habían replegado apresuradamente. La gran alianza de Pitt había fracasado de un modo estrepitoso. En lugar de derrotar al tirano, la coalición se había venido abajo y Napoleón se había apoderado de grandes territorios del maltrecho imperio austríaco.

Hundido por la noticia en enero de 1806, William Pitt hijo había muerto.

Napoleón seguía campando por sus respetos.

Pero nada de eso le importaba a Peter Wilson. Pues en 1806, obtuvo permiso para regresar a casa.

Cuando su familia averiguó que había participado en la batalla de Trafalgar, todos le trataron como a un héroe. Peter se paseó satisfecho por Christchurch y sus amigos le invitaron a beber. Todo era muy agradable.

Su novia, convencida de que no volvería a verle, se había casado.

Peter se encogió de hombros y sonrió.

—Cuando vuelva a enamorarme, ya tendré el anillo —declaró. Tres semanas más tarde, envió un barril de brandy a la casa del canónigo Porteus.

Todo había regresado a la normalidad.

Aunque Ralp Schockley vivió cómodamente en la mansión de los Forest situada en el norte, y nunca corrió ningún peligro físico, le costó más que a Peter Wilson soportar el alejamiento del hogar familiar. Sin embargo, esa experiencia le cambió; pues si la adopción de las teorías revolucionarias le había convertido en un hombre agresivo y contumaz, la experiencia del sufrimiento, como ocurre con frecuencia, le aportó cierto sosiego.

El problema no residía ni en las condiciones de su vida ni en sus alumnos. Los jóvenes Forest tenían diez y ocho años, respectivamente: ambos eran morenos y delgados y tenían la cara pálida y alargada. Hacían lo que él les ordenaba, eran buenos estudiantes y no le causaban quebraderos de cabeza. Su abuelo pasaba temporadas en cada una de sus mansiones; los padres de los niños vivían en Londres, pero aunque casi siempre estaban solos con su tutor en la inmensa casa del norte, los chicos parecían sentirse satisfechos. Shockley no tardó en darse cuenta de que eran unos niños muy independientes. «Toman lo que necesitan de mí, pensó. Son educados. Y eso es todo».

Aún había algo más. A medida que Shockley iba tratando a los padres y al abuelo Forest durante las visitas periódicas que hacían a la mansión del norte, y según iba conociendo a sus invitados en tales ocasiones, la situación se le hacía más comprensible.

Le trataban bien; como tutor, era casi uno más de la familia, pero aunque los buenos modales de los Forest, inclusive de los niños, hacían que a veces se comportaran con él con una delicadeza que a Porteus jamás se le habría ocurrido, en el fondo Shockley sabía que les tenía sin cuidado lo que pensara o sintiera. En la mullida vida de esos aristócratas no existía lugar para un antagonismo personal hacia un hombre perteneciente a la clase media como él mismo; en cierto sentido, esa circunstancia facilitaba el trato con ellos. Pero en ocasiones Shockley creía observar en sus ojos una insensibilidad que sólo podía ser fruto de la vida egoísta y apartada que llevaban y que habían heredado de varias generaciones de antepasados. «Son duros, esos aristócratas», murmuró.

La casa, en comparación con las importantes mansiones de la época, no era enorme, pero ocupaba más de una hectárea de terreno y contenía cincuenta habitaciones además de la zona de servicio, consistente en un laberinto de habitaciones instaladas en la buhardilla a las que se accedía por una escalera trasera y en las que Ralph nunca ponía los pies. La casa estaba rodeada por un hermoso parque, y se accedía a ella por una avenida bordeada de árboles de dos kilómetros de longitud. El arco de piedra que señalaba el principio de esa avenida era tan amplio y elevado que parecía enmarcar una buena parte del firmamento.

No era la familia ni la casa lo que preocupaba a Ralph: era lo que contemplaba fuera de las puertas del parque.

La primera revelación se produjo tres meses después de que Ralph llegara a la casa, cuando el viejo lord Forest fue a pasar unas semanas con sus nietos. Durante ese período Shockley oyó al administrador comentar que lord Forest iba a ir a Manchester a inspeccionar parte de su hacienda y Ralph preguntó si podía acompañarle. Forest no puso objeción alguna. Así, una fría mañana de febrero, Ralph partió con ellos a través de la campiña de Lancashire hacia la pujante ciudad de Manchester.

La campiña era muy hermosa: unas ondulantes colinas cubiertas de robles que se extendían hasta los amplios valles tachonados de granjas rodeadas por fértiles campos. Las nuevas empresas industriales de las ciudades y las minas carboníferas comenzaban a aportar una gran riqueza a la región, pero aún no habían estropeado el paisaje ni lanzaban hacia el cielo aquellas grandes nubes de contaminación que habían de ensombrecer buena parte del norte de Inglaterra. Mientras circulaban a través de la campiña, Shockley pensó que las casitas y granjas parecían más prosperas que las a menudo ruinosas aldeas que él había visto en los desolados pastos que rodeaban Sarum.

—La gente aquí vive bien —observó Forest—. A diferencia del sur, el norte se hace cada día más rico.

Por fin llegaron a las afueras de Manchester. La periferia de la ciudad tenía el aspecto de un campamento militar. Por doquier se alzaban nuevos edificios: un almacén aquí, una fábrica allá. Sobre una colina cercana, Ralph vio dos hileras de casas adosadas de ladrillo, de construcción sólida, que indicaban una prosperidad un tanto uniformada. Con tanta actividad, tal multitud de carros, materiales y herramientas de construcción, daba la impresión de que toda la superficie de esa parte del país estaba siendo arañada por un gigantesco rastrillo para poder plantar allí un nuevo y tosco mundo.

Al cabo de un rato llegaron a la fábrica textil.

Era un edificio alargado de ladrillo, de tres plantas, con grandes ventanas rectangulares y amplias puertas situadas a cada pocos metros. Incluso antes de abrir la portezuela del coche, Ralph percibió el sonido de las máquinas en el interior.

Pero no había imaginado ni remotamente lo que iba a contemplar, y que jamás olvidaría.

La industria algodonera de Inglaterra debía su extraordinaria pujanza a dos máquinas y a dos minerales. Al igual que la fabricación de paño de lana, el algodón requiere dos procesos: hilar la fibra y tejerla. La primera máquina que se inventó fue la de hilar. Desde mucho antes de que los Shockley abrieran su batán enfurtidor, en el proceso de hilado sólo se habían producido dos grandes innovaciones. La primera consistía en una rueca elemental sobre la que se devanaba el hilo; la segunda innovación, ocurrida el siglo anterior, era la «jenny», una versión perfeccionada de la rueca, la cual estaba provista de múltiples husos. Pero esta versión mejorada de la antigua rueca comenzaba a desaparecer. Pues, como es lógico, el principio fundamental de la «jenny» se había ampliado y corregido. Accionada por un sistema mecánico, la primitiva rueca, convertida en una máquina monstruosa, movía más de un centenar de husos. El sonido familiar de la hilandera en su casita había desaparecido para siempre de las zonas rurales de Inglaterra, dejando tras de sí sólo un apelativo aplicado curiosamente a las mujeres solteras[4]. Ésta era la primera parte de la historia.

La razón del triunfo de Manchester residía en el invento de la «jenny», una máquina de hilar. Al principio, el hilo que ésta hilaba, al no ser manipulado con el esmero de la vieja rueca, no era muy resistente. Resultaba bastante eficaz para la trama, pero no para la urdimbre, el conjunto vertical de hilos que soporta la tensión del telar. Entonces apareció la máquina de hilar semimecánica de Arkwright, una versión mejorada de la hilandera anterior que, mediante unos cilindros que giraban a distintas velocidades, era capaz de estirar y torcer un hilo que salía algo basto pero que era lo suficientemente fuerte y resistente para la trama y la urdimbre. A fin de producir un algodón que rivalizara con el mejor tejido importado de la India, se requería otra innovación: una máquina capaz de producir una fibra al mismo tiempo fina y resistente. Ésta apareció en la década de 1780, una combinación de la «jenny» y la máquina de hilar de Arkwright. Su inventor fue Samuel Crompton. Y, comoquiera que se trataba de una combinación de interesantes inventos, se denominó la Mula.

Era muy superior a todo cuanto se había inventado antes.

—La Mula y el telar mecánico lo cambiarán todo —aseguró Forest a Ralph.

Esto era lo que Shockley iba a contemplar.

Pues el segundo invento que había proporcionado el triunfo al norte era el telar mecánico. Durante siglos el asunto de tejer se había llevado a cabo a mano. Cuando Shockley y Moody, dos siglos y medio antes, decidieron organizar sus telares en una fábrica algo primitiva, ésta consistía tan sólo en una serie de hombres que, sentados por parejas ante un telar, se iban pasando la lanzadera para tejer la trama a través de la urdimbre. Pero Edmund Cartwright había inventado un telar mecánico accionado por vapor.

—De modo —comentó lord Forest— que prácticamente ya no necesitamos tejedores para fabricar tejido de algodón.

¿Y los dos minerales que estaban a punto de transformar el mundo? El hierro y el carbón, que juntos producían máquinas accionadas por vapor.

Eso fue lo que contempló Ralph Shockley al penetrar en la fábrica textil.

Pero no fueron las gigantescas máquinas, las interminables hileras de hilo que giraban y chasqueaban al igual que soldados durante un desfile militar; no fue el monótono sonido de la descomunal máquina de vapor que, desde otra zona, movía los telares; ni el hecho de que, al contemplar por primera vez el funcionamiento de una de esas imponentes fábricas del norte Ralph comprendiera de inmediato lo que ello significaba: que las viejas costumbres de Wessex practicadas por sus antepasados habían desaparecido para siempre; no fue siquiera el siniestro rumor mecánico y la deshumanización del lugar lo que le provocó náuseas.

Fue el hecho de que la mitad de las máquinas estaban accionadas por niños andrajosos.

Forest le miró.

—Los niños son más baratos —comentó con calma—. Les tratamos mejor que en otras fábricas. No permito que les azoten.

Y por una vez Ralph Shockley tuvo la sensatez de guardar silencio. Al contemplar el gigantesco y pulsante monstruo comprendió, por primera vez, que él era personalmente impotente.

«Tan impotente —recordaría más tarde con tristeza— como esos niños».

El doctor Thaddeus Barnikel no se hacía ilusiones.

—Transcurrirán muchos meses antes de que Porteus le permita regresar —dijo a Agnes—. Y será Porteus quien lo decida todo.

El canónigo no hacía sino reflejar el talante de la ciudad en aquel entonces, a un tiempo belicoso y conservador. Mucho antes de su triunfo definitivo, el consejo había concedido a Nelson la llave de la ciudad. En un insólito gesto de generosidad, la ciudad se había ofrecido incluso a equipar a seiscientos voluntarios para la guerra. Algunos de los Voluntarios de Wiltshire habían sido adiestrados en los claustros de la catedral. Los habían puesto perdidos, y uno de los soldados había dibujado en los muros unos retratos de sus compañeros. Pero nadie protestaba por lo que se hiciera en aras de la guerra. Algunos habitantes del recinto lucían incluso la escarapela blanca de la causa realista de los Borbones. Para deleite del canónigo, incluso habían preparado una serie de peticiones locales contra la emancipación de los católicos. Todas las causas patrocinadas por Porteus triunfaban.

—Si Porteus les dice que Ralph es un traidor, es mejor que éste no aparezca por aquí —concluyó el doctor.

En Sarum sólo se pensaba en la guerra. Porteus, frío y fanático, podía mostrarse inflexible.

Durante los meses que siguieron a la partida de Ralph, Barnikel vio a Agnes a menudo. Ésta se había mudado a su casita en New Street; pero casi todas las tardes, cuando el canónigo Porteus salía, la joven visitaba a Frances en su casa, adonde Barnikel acudía, dos veces a la semana, y éste acompañaba a Agnes hasta su morada, despidiéndose de ella ante la puerta. A los niños les colmaba de regalos. A veces, Agnes y él daban un paseo, solos o en compañía de Frances, pero siempre en un lugar público, generalmente en el recinto de la catedral.

En varias ocasiones Barnikel le preguntó a Frances si Porteus daba muestras de ceder.

—Me temo que no, doctor —respondió ella secamente.

Era imposible adivinar qué opinaba Frances al respecto. La primera insinuación se produjo a principios de 1805, cuando un día, evitando mirarle a los ojos, Frances comentó:

—Mi esposo es como el señor Pitt, doctor. Le anima una gran pasión, pero por su país.

—Su hermano también es un hombre apasionado —repuso él.

Pero ella meneó la cabeza negativamente.

—Ralph es un hombre de entusiasmos repentinos, pero enseguida pasan. Eso no es pasión. No conoce lo que significa la pasión.

Barnikel se preguntó qué otra cosa le había enseñado a Frances su extraña vida con Porteus tras las puertas cerradas de su casa; se preguntó si con esas palabras la señora insinuaba que comprendía los sentimientos de él.

Pues la pasión de Thaddeus Barnikel por Agnes, al igual que un fuego de carbón, apenas daba muestras externas, pero ardía con el calor constante y feroz de un horno.

«Lo cierto —se confesó Barnikel— es que esa mujer constituye toda mi vida».

Ralph escribía con frecuencia, por lo general a Agnes, y en un par de ocasiones a Mason.

Relató a Mason su visita a la fábrica de algodón y recibió una deprimente carta en respuesta.

Las terribles máquinas que describes apenas han hecho su aparición en Wiltshire y, gracias a Dios, existen escasas probabilidades de que las veamos en Salisbury.

Nuestra industria pañera sigue muy débil. El mes pasado tuvieron que cerrar las puertas otros dos pobres tejedores. Es triste asistir al declive de la industria pañera de Sarum.

Ralph escribía a Agnes unas cartas llenas de ternura, asegurándole que no tardaría en regresar.

Aparte de sus funciones de tutor, Ralph hacía muchas otras cosas. El horror que había presenciado en la fábrica de algodón le hizo regresar a la ciudad en múltiples ocasiones. Los días que libraba se dirigía a ella a caballo. No tardó en averiguar que lo que le había dicho lord Forest era cierto: existían unas fábricas infinitamente más siniestras que la suya.

Pero lo peor de todo eran las minas, de las que extraían el precioso carbón que servía de combustible para las grandes máquinas. «Son el mismo infierno», escribió Ralph a Agnes. A Mason le dijo:

He visto minas, de 300 metros de profundidad, iluminadas por velas, que consideran seguras hasta que los gases apagan la llama de las velas. Es decir, seguras hasta que se produce una explosión bajo tierra. El otro día vi cómo sacaban unos cadáveres con tanta indiferencia como si se tratara de ratas devoradas por los perros en sus madrigueras.

Los vivos son peores que los muertos. En algunas minas siguen empleando a niños para abrir y cerrar las puertas de ventilación subterráneas; y he visto a niñas, portando unos arneses como si fueran mulas, acarreando cestos de carbón arriba y abajo por las escaleras durante diez horas al día.

Ayer, en uno de estos siniestros lugares, vi una figura que confundí con un perrillo negro que salía del pozo de una mina. Al acercarme comprobé que aquella criatura cubierta de porquería, aunque se arrastraba a cuatro patas y podía haber sido un animal, no era un perro sino un niño, obligado por sus padres a trabajar en la mina. El niño, aunque parezca increíble, tenía cuatro años.

En Sarum conocemos la pobreza, pero, gracias a Dios, no conocemos estas miserias.

Esta situación persistió en Inglaterra durante un tiempo. Pero a su esposa, por delicadeza, Ralph se abstuvo de describirle esos horrores, refiriéndose al tema en términos generales.

En este lugar hay cosas que se me antojan un auténtico crimen contra la libertad y la dignidad humana. Una situación infinitamente peor que la esclavitud. Hasta Porteus me daría la razón, pero supongo que es inútil tratar de comunicarme en estos momentos con él.

Agnes, que ignoraba, como la mayoría de gentes bienpensantes en Sarum, la situación a la que aludía Ralph, supuso que se refería a sus relaciones con los Forest, y meneando la cabeza con tristeza se preguntó si alguna vez su esposo se convertiría en un hombre adulto y responsable. De modo que cuando Frances le preguntó tímidamente: «¿Crees que ese alejamiento servirá para que Ralph siente la cabeza?», Agnes sólo pudo responder: «Eso espero», aunque sin mucha convicción.

La resistencia del canónigo Porteus a que Ralph regresara asombró a todo el mundo. Era increíble.

—Y lo peor de todo —confesó Barnikel cuando hacía un año que Ralph se había marchado— es que al menor conflicto en la escuela o en el recinto, su posición se hará insostenible. Debe regresar con la bendición de Porteus o permanecer en el norte.

Barnikel supuso que el triunfo de Trafalgar, que la ciudad celebró con gran alegría, modificaría el talante de la gente. Pero la tragedia de Ulm y Austerlitz y la muerte de Pitt agriaron aún más el carácter del canónigo y los ciudadanos de Sarum se volvieron más conservadores si cabe.

A fines del verano de 1806, Ralph llegó a otra conclusión. Escribió a Agnes:

Ya que parece que el rencor del canónigo Porteus me ha cerrado definitivamente las puertas de Sarum, he pedido a lord Forest que me ayude a encontrar un trabajo en otro lugar, a ser posible en Londres, donde hay muchas escuelas y donde podré reunirme con mi esposa. Forest se ha comprometido, a condición de que siga ocupándome de los dos chicos hasta el verano próximo, a buscarme en septiembre un buen empleo con un salario generoso.

La carta llegó el día en que Thaddeus Barnikel iba a acompañar a Agnes a una función al aire libre.

El deporte consistente en esgrima de bastón era similar a la esgrima tradicional, pero las armas utilizadas eran palos en lugar de floretes, por lo que lo peor que podía ocurrirle a un participante era salir con un par de hematomas. A diferencia de los feroces combates de boxeo sin guantes que se celebraban de vez en cuando en el prado, la esgrima de bastón era un espectáculo, según Barnikel, apto para que lo presenciaran las mujeres. Las apuestas eran elevadas y los torneos ofrecían un gran interés. Más tarde, cuando regresaban a través de la ciudad, Agnes contó a Thaddeus que había recibido carta de Ralph y que éste le había propuesto que abandonara Sarum.

—¿Para ir a Londres? —balbució Barnikel perplejo. Durante unos momentos no pudo articular palabra.

Fue entonces cuando Barnikel comprendió que Agnes se había convertido en una parte importante de su vida. «Aunque jamás nos hemos tocado —pensó con tristeza—, es como si estuviéramos casados».

—Lamentaría mucho que se fuera —dijo Barnikel, y siguieron caminando en silencio.

Por fin llegaron a la puerta de la casa de Agnes en New Street. En aquellos momentos la calle estaba desierta. Ella se detuvo.

—Me temo que en Londres mi esposo causará, a él y a su familia, tantos problemas como en Sarum —dijo sonriendo con dulzura. Era la primera vez en dos años que decía una palabra en contra de Ralph. Barnikel agachó la cabeza—. Además —prosiguió Agnes—, no deseo abandonar Sarum…, ni a mis buenos amigos.

De pronto, antes de despedirse de él y entrar en la casa, le tocó ligeramente en el brazo.

Barnikel se quedó inmóvil durante unos minutos. Pero con esa leve muestra de afecto Agnes le había dado a entender que, aunque ninguno de ellos volviera a mencionar el asunto, ella le amaba. Fue un momento glorioso que vino a coronar la pasión que Thaddeus Barnikel sentía por Agnes. Thaddeus entró en el recinto y contempló cómo los suaves rayos del crepúsculo caían sobre la catedral.

Al cabo de unos días Ralph se llevó una sorpresa al recibir una carta de Agnes en la que le comunicaba que no deseaba marcharse de Sarum.

En los años 1806 y 1807 se produjeron dos acontecimientos que devolvieron a Ralph Shockley el optimismo.

El primero fue que, tras la trágica muerte de Pitt, y en un intento de que todas las tendencias del país se unieran para respaldar al gobierno, Charles James Fox, el héroe radical de Ralph, fue nombrado primer ministro. Fox murió al cabo de un año, pero durante su mandato logró que el Parlamento promulgara la más noble de las leyes, preparada por Wilberforce y otros hombres de buena voluntad, que prohibía la participación de los británicos en el comercio de esclavos.

—Inglaterra ha vuelto la espalda a la esclavitud. Esperemos que dentro de poco cese también el terrible tráfico de niños —dijo Ralph esperanzado.

Era de prever que ese cambio de talante en el ministerio propiciara un cambio en el espíritu de las gentes y en Sarum. Pero no fue así.

—Es Bonaparte, y sus continuas amenazas, quien impide que se produzca un cambio en Inglaterra —declaró Ralph.

Pero aún no había resuelto una cuestión fundamental: ¿cómo iba a arreglárselas para regresar a Sarum?

En el año 1807 de la era cristiana, el viejo obispo de Salisbury murió por fin. El canónigo Porteus se mostró aprensivo.

—Cuando fallece un obispo —confesó a Frances—, uno siempre teme que se produzca un cambio.

En julio el nuevo obispo fue entronizado. Era un hombre de rostro bondadoso, inteligente y dinámico llamado John Fisher, que estaba destinado a ser uno de los mejores obispos de Sarum. La señora de Porteus, Agnes y el doctor Barnikel ocuparon unos excelentes asientos para presenciar la espléndida ceremonia en la catedral.

Más tarde, en casa de los Porteus, creyendo que estaban solos, y abrumado por el amor que sentía hacia la mujer que se hallaba sentada en silencio en el sofá junto a él, el doctor Thaddeus Barnikel cometió una imprudencia.

Porteus se encontraba en su estudio; Frances se había ausentado unos momentos de la habitación. Barnikel se volvió hacia Agnes, quien esbozó una sonrisa tan dulce, tan natural, que él no pudo por menos de pensar: «Lo cierto es que esta mujer es mía». Y en un arrebato de amor, se permitió tomarle la mano y besarla. Ella no se lo impidió: ¿cómo iba a hacerlo después de la devoción que él le había demostrado durante tantos años? Estaban sentados de espaldas a la puerta, por lo que no se percataron de que Frances había entrado en la habitación y les observaba en silencio.

Frances salió y cerró la puerta. No podía censurarles. Pero en el acto comprendió lo que debía hacer.

—Conviene que Ralph regrese cuanto antes —murmuró.

Al día siguiente, Frances fue a hablar con el nuevo obispo. Permaneció con él una hora, y cuando salió del palacio episcopal saltaba a la vista que en su rostro afloraba una sonrisa o, mejor dicho, que mostraba una expresión de alegría como no había manifestado desde que era niña.

Aquella noche se produjo una extraordinaria entrevista en el estudio del canónigo Porteus.

Frances estaba de pie en la puerta. A Porteus le chocó su aspecto: su semblante parecía más relajado, más lleno que de costumbre. Le recordó a la jovencita rebelde con la que él había contraído matrimonio hacía muchos años.

Porteus frunció el entrecejo.

—Ha llegado el momento, canónigo, de que mi hermano regrese a casa.

¿A qué venía esto?

—Prefiero, señora mía, no hablar de ese asunto.

—Insisto.

Porteus emitió un suspiro de resignación. Tras quitarse las gafas explicó a su esposa, sosegadamente pero con implacable lógica, el motivo de que, en aquellos momentos, fuera imposible que Ralph regresara. La situación política; el buen nombre de la familia; el nuevo obispo.

—No querrás obligarme a hacer algo que… pueda dañar mi reputación justamente cuando acaban de nombrar a un nuevo obispo. Un obispo —añadió Porteus horrorizado ante esa posibilidad— que quizá decida hacer cambios.

—Sin embargo, insisto.

Frances estaba apoyada en el quicio de la puerta, en una postura que al canónigo se le antojó poco apropiada para una dama. Por si fuera poco, Porteus creyó observar una expresión entre divertida y maliciosa en sus ojos.

—He ido a ver al obispo —dijo Frances con calma.

El canónigo se levantó de un salto.

—¿Que has hablado con él?

Frances asintió.

—¿Sin mi permiso? ¿Sin consultarme?

—Sí.

Porteus volvió a ponerse las gafas y miró a su esposa. ¿Era posible?

—No debes preocuparte por lo que piense el obispo —continuó Frances—. Está de acuerdo conmigo. Opina que Ralph debe regresar.

—Pero yo, señora mía —replicó él con aspereza—, opino lo contrario.

—Espero que recapacites. Porque de no ser así, me marcharé de esta casa y pediré a mi cuñada que me acoja en la suya.

Porteus no daba crédito a lo que oía. Pero estaba claro que su esposa hablaba en serio.

—Pero… mi posición…

—Tu posición, canónigo, mejorará con el regreso de mi hermano. Incluso diré —añadió Frances secamente— que eres un hombre compasivo y generoso. Es posible que eso nos proporcione otra prebenda.

Él la miró con recelo.

—Me choca este cambio en tu conducta.

Frances comprendió a lo que se refería su esposo.

—Si te muestras benevolente con Ralph, me comportaré siempre tal como tú deseas, como he hecho hasta ahora —dijo.

—Debo meditar sobre el asunto.

—Gracias —contestó ella.

Frances cerró la puerta en silencio tras ella. De pronto se sintió muy cansada y se preguntó si Ralph merecía aquel esfuerzo.

Una semana más tarde se celebró otra pequeña entrevista en la sala de estar del señor Porteus.

Entre Agnes y el doctor Barnikel. En dicha ocasión fue ella quien le tomó la mano.

—Me he percatado, doctor, de que siente usted cariño hacia mí.

Él no se sonrojó, sino que agachó la cabeza en silencio.

—Y antes de que mi esposo regrese —continuó Agnes con dulzura—, deseo que sepa usted que, en otras circunstancias —agregó sonriendo con afecto—, es decir, de no estar yo casada, habría correspondido a su cariño.

—Es un honor que no merezco —respondió él con voz ronca.

—Gracias, doctor, por la forma en que me ha tratado siempre, no sólo con amabilidad sino con mucho decoro.

Cuando Barnikel se disponía a responder se abrió la puerta de golpe.

—Ah —dijo Agnes sonriendo—, aquí están los niños.

1830

Fue Agnes quien propuso el trato, y Ralph lo cumplió.

—Puedes pensar lo que quieras sobre la necesidad de reforma; pero no estoy dispuesta a volver a pasar por una angustia parecida, ni quiero que lo hagan tus hijos. Debes prometerme tener paciencia.

A su regreso del exilio, Ralph prometió hacer lo que ella le pedía.

—Pero jamás pensé —comentó con amargura— que en Inglaterra no se produciría una reforma hasta al cabo de veinte años.

La primera parte del siglo diecinueve fue una época extraña y triste. Posteriormente, la gente se complacería en recordarla por las grandes victorias de Wellington sobre los franceses, por el espectacular derroche de la Regencia y el reinado de Jorge IV; por sus poetas: Wordsworth, Coleridge, Keats, Shelley y el extraño y melancólico Byron; por sus novelistas: Jane Austen y Walter Scott. Pero éstos eran meros rayos de luz en un mundo sombrío.

Ralph lo había prometido. Reanudó su trabajo en la escuela y, poco a poco, a medida que transcurrían los meses, se fue instaurando entre su cuñado y él una amistad seca pero cortés. Incluso en ocasiones se permitían manifestar su disconformidad con las opiniones del otro.

Pues, como de costumbre, ambos sostenían opiniones contrarias sobre prácticamente todo.

Desde la batalla de Trafalgar, la derrota de Napoleón había tardado una década en producirse. Al principio todo indicaba que Europa iba a ser gobernada por otro César.

—Ha hecho un pacto con el zar de Rusia —dijo Barnikel—: él gobernará toda Europa y el zar gobernará todo Oriente, inclusive la India. Supongo que estarás de acuerdo conmigo en que es un tirano.

—Reconozco que Inglaterra debe oponerse a él —contestó Ralph—. Pero no es menos cierto que Napoleón ha llevado libertades civiles y religiosas a los países conquistados, muchos de los cuales han estado siempre sometidos a monarcas déspotas.

Con todo, Ralph nunca se permitía expresar esas opiniones ante Porteus.

Durante años Inglaterra había permanecido aislada: sólo su armada la había salvado. Luego, lentamente, la corriente cambió cuando Arthur Wellesley obtuvo el título de Wellington al expulsar a los franceses de Portugal y España, y Napoleón cometió el error fatal de invadir Rusia. Cuando por fin fue derrotado, los ciudadanos de Sarum lucieron escarapelas blancas en sus sombreros para celebrar el regreso de los Borbones a Francia. Y cuando Ralph se negó a festejarlo, Porteus se limitó a propinarle un leve tirón de orejas.

—Ya has visto cómo la Revolución y Napoleón trastocaron la situación en Europa —le recordó—. Te consta que ese aventurero corso ha causado la muerte de más de un millón y cuarto de personas. ¿Acaso no comprendes que, aunque los viejos regímenes fueran imperfectos —una confesión insólita por parte de Porteus— los monarcas legítimos europeos al menos preservaban el orden en el mundo?

—Reconozco que toda Europa lo cree —repuso Ralph—. Y que eso puede bastar para mantener la paz.

En cierto modo, Ralph sabía que era cierto. Durante más de una generación, la causa de la «legitimidad» —inventada por el sutil cerebro de Talleyrand, el gran estadista Frances— fue algo más que una reaccionaria pasión por los regímenes de las viejas monarquías. La legitimidad significaba orden; significaba que los aventureros advenedizos no podían trastocar el mundo; significaba un regreso a la paz y la prosperidad. Los monarcas europeos, satisfechos de haberse librado de Napoleón, que tan gravemente les había humillado y que había destruido a sus pueblos, decidieron pactar unas alianzas generales para preservar una paz permanente en Europa, y el zar, llevado de su celo religioso, incluso trató de formar una Alianza Sagrada entregada a los principios cristianos.

Pero con el transcurso de los años, la causa legitimista de las monarquías condujo a otros resultados menos gratos: el renacer de la Inquisición en España, el intento por parte de los Borbones de devolver todo el comercio con Sudamérica al viejo monopolio español, y la supresión de todos los disidentes para impedir que se convirtieran en revolucionarios. Eran unos tiempos siniestros y represivos.

En Inglaterra, ni siquiera Porteus podía pretender que la monarquía les proporcionaba muchas alegrías. Mientras Wellington seguía esforzándose en neutralizar a los franceses en la Península Ibérica, Jorge III había enloquecido definitivamente y su manirroto hijo se había convertido en regente. La Regencia y el reinado de Jorge IV se vieron empañados no sólo por los hábitos dispendiosos del monarca, sino por sus disputas conyugales y posterior separación de su esposa, la reina Carolina. Cuando, con motivo de la coronación del soberano ante una numerosa y satisfecha multitud, Carolina trató de irrumpir sin éxito en la Abadía de Westminster, incluso Porteus reconoció ante Ralph:

—No es de extrañar que los republicanos se animen al comprobar que nuestra monarquía permite que se produzcan esas escenas.

—Casi me atrevería a afirmar que Jorge IV está tan loco como su padre —comentó Barnikel—. Sus fantasías y vanidades son más imponentes que el palacio que se ha construido en Brighton. Aunque jamás ha puesto el pie al otro lado del Canal, está tan convencido de que luchó contra Bonaparte que dijo a Wellington, ¡nada menos!, que había dirigido un ataque en Waterloo.

Durante la segunda década del siglo se abrió una lamentable brecha entre los miembros de la familia Shockley.

—Lo cierto es que Napoleón ha roto nuestra amistad con nuestros primos —dijo Ralph en un rasgo de generosidad, pues podía haber culpado de ello a Porteus.

Durante los largos años del aislamiento de Gran Bretaña, Napoleón trató de aplastarla imponiendo un bloqueo comercial. Gracias a su armada, la isla logró a su vez bloquear el comercio de Napoleón; y ese extraordinario sistema persistió durante años mientras ambas partes trataban de impedirse mutuamente comerciar con otros países al tiempo que, oficiosamente, los ingleses seguían exportando al continente suficiente paño para vestir a los ejércitos de Napoleón, contra el cual luchaban.

La armada británica detenía y registraba todos los buques mercantes, inclusive los norteamericanos.

—No quieren reconocerlo, pero pretenden invadir Canadá —observó Mason—, y seguirán protestando contra nuestros barcos de inspección para provocarnos.

No sabemos si era cierto o no, pero no deja de ser una ironía el que aquella guerra, en la que Estados Unidos atacó sin éxito Canadá y los barcos británicos dispararon contra Washington, se inició después de que las partes contendientes alcanzaran un acuerdo pero antes de que la noticia atravesara el Atlántico.

Al estallar las hostilidades los Porteus recibieron una carta de sus indignados primos Shockley, que exigían saber qué pretendía Inglaterra con esa acción.

—No creo —observó el canónigo Porteus— que debamos responder.

Y así fue como la correspondencia entre Frances Shockley y sus primos cesó.

—Creo que me corresponde a mí escribirles —dijo Ralph a Agnes.

Pero la pereza se lo impidió. Deseaba escribirles, y estuvo a punto de hacerlo una docena de veces. Pero transcurrieron los meses, y los años. La pequeña guerra se aproximó a su fin. Y Ralph aún no había escrito a sus primos en América.

En 1832, cuando Inglaterra trataba de impedir que los Borbones se apoderaran del comercio con Sudamérica, entre Gran Bretaña y Estados Unidos se instauró un clima de cordialidad, que llevó a la célebre doctrina del presidente Monroe, en virtud de la cual Estados Unidos no toleraría ninguna injerencia europea en su esfera meridional de influencia.

—Monroe es nuestro mejor aliado —declaró Ralph; para celebrarlo, tomó papel y pluma y escribió a sus primos.

No recibió respuesta.

Pero más que la situación en el extranjero, por peligrosa que fuera, lo que preocupaba a Ralph era la tragedia que se estaba produciendo en Inglaterra.

Pues fueron los pobres de Inglaterra quienes más padecieron durante aquellos años siniestros, y en ninguna región rural era la situación tan apremiante como en Sarum.

—He prometido no pelearme con Porteus —dijo Ralph a Agnes—. Pero lo cierto es que aunque quisiera, no sé para qué serviría.

El problema venía de antiguo. Las Leyes de los Pobres y el sistema de subsidios conocido como Speenhamland no mejoraban la situación. Este sistema, iniciado por los jueces de Speenhamland en Berkshire, consistía en complementar los sueldos de los trabajadores más pobres con fondos de la parroquia, lo que hacía que algunos granjeros pagaran aún menos a sus peones. Total, un claro ejemplo de buenas intenciones e ignorancia sobre economía.

En 1815, cuando Napoleón fue desterrado a Santa Elena, los pobres de Sarum tuvieron pocos motivos para estar alegres, pues la paz trajo la peor situación agrícola que había conocido el país desde hacía varias generaciones. La guerra había dejado al gobierno seriamente endeudado. Durante años el gobierno se había negado a saldar sus deudas con oro, y seguía imprimiendo más papel moneda. La inflación era terrorífica; el precio del pan, a diferencia de los salarios, había subido.

Un obrero que después de la Guerra de Independencia Americana se hubiera podido comprar catorce hogazas de pan con su sueldo, en 1815 sólo podía adquirir nueve; pero las nuevas tasas aumentaban sin cesar y la gente humilde tenía que pagarlas.

—El gobierno ha tomado dinero prestado de los ricos, y los pobres deben pagar impuestos para que los ricos perciban sus intereses —señaló Ralph. De hecho, entre un tercio y la mitad de los ingresos del gobierno iba destinado a liquidar los intereses.

Pero, al concluir la guerra, el regreso de los soldados unido al fin de los suculentos contratos de guerra del gobierno provocó un elevado índice de desempleo y una grave depresión. Los precios del grano cayeron. Pero eso no ayudó a los pobres. Pues los terratenientes que ocupaban escaños en el Parlamento promulgaron la Ley del Trigo. Sus cláusulas eran bien simples: en una época en que la Europa continental disponía de inmensos excedentes, nadie en Inglaterra podía importar grano hasta que éste alcanzara el precio de ochenta chelines el cuarto de kilo. Los terratenientes estaban bien protegidos.

—Es una infamia —protestó Ralph—. Con eso han conseguido que los pobres se mueran de hambre.

—Es peor que una infamia —le explicó Mason—. Es una estupidez. Los terratenientes y los agricultores no pueden vender trigo a ese precio, de modo que tampoco se benefician de la situación. Todo el mundo sale perdiendo. Los únicos que se benefician son los comerciantes de trigo, quienes hacen acopio de grano para conseguir que los precios se disparen, y en cuanto esté permitido importarán trigo a bajo precio para revenderlo con unos buenos beneficios.

—Entonces ¿por qué los terratenientes tories se empeñan en apoyar la Ley del Trigo?

—Muy sencillo —repuso el comerciante—. Por una combinación de prejuicios y estupidez. Quieren controlarlo todo, como hacían antes de la guerra. No quieren escuchar a comerciantes como nosotros, que podríamos explicarles las ventajas del libre comercio.

En varias ocasiones, cuando Shockley iba a visitar a Mason y a su familia, éste había tratado de convencerle de las ventajas del libre mercado y la reducción de los aranceles, pues Mason creía a pies juntillas en las doctrinas de Adam Smith.

—Escribió su libro cuando América se declaró independiente —se quejó Mason—, pero nuestros ministros aún no han comprendido el mensaje.

Ralph no estaba de acuerdo. Las doctrinas de Adam Smith no le convencían, porque describían un mundo duro y cruel, por muy libre que fuera.

—Pero ciertamente la Ley del Trigo debe desaparecer —reconoció Ralph con sinceridad.

No desapareció. Los agricultores pobres se morían de hambre. Los artesanos, en particular los tejedores, se quedaban sin trabajo debido a las nuevas máquinas. Una paz terrible y cruel se había apoderado del país tras los largos años de guerra. Y los ministros reaccionarios, tan confundidos por la nueva era industrial como los pobres, rechazaban toda reforma. Cuando los parados organizaban manifestaciones de protesta, cuando los llamados «luditas» trataron de destrozar las máquinas que según ellos les quitaban la posibilidad de ganarse el sustento, fueron aplastados.

Ciertamente, en el transcurso de la década de 1820, se produjeron unas tímidas reformas. Robert Peel, un prometedor parlamentario, inició, a pesar de ser tory, una modesta mejora al promover la creación de la primera fuerza de policía en Londres y la supresión de un centenar de delitos de la lista con pena de muerte. Asimismo, el comercio mejoró, y algunos de los aranceles que tanto disgustaban a Mason desaparecieron.

Pero en Sarum, a Ralph Shockley le parecía que nada había cambiado.

De las muchas voces que se alzaron en Inglaterra exigiendo una reforma —voces más poderosas que la de Ralph—, ninguna tenía más peso que la de ese gran periodista y cronista de la pobreza, William Cobbett. Su semanario, The Political Register, constituía la Biblia para Ralph, que, aunque se las ingenió para que Porteus no lo averiguara jamás, solía comprar ejemplares adicionales de la revista y los dejaba subrepticiamente en lugares estratégicos para que los leyeran los pobres trabajadores y peones del campo. Para que el maestro de escuela era un método sencillo de reivindicar el cambio. Pero en ocasiones se dejaba llevar por la indignación que le provocaba la pobreza y un día, en casa de Porteus y en su cara, gritó:

—¡Las bestias de carga reciben un trato más digno que nuestros peones!

A lo cual, por una vez, Porteus se abstuvo de replicar. Ralph no estaba seguro de si su silencio se debía al desprecio o a la vergüenza.

Durante aquellos años, permaneció grabado en su mente el recuerdo de un día y dos encuentros.

Era una mañana nublada de fines de primavera y Ralph salió a pasear por los cerros. Había ovejas por doquier: no las ovejas de cuernos largos —éstas habían desaparecido— sino las nuevas, una raza más rentable proveniente de las colinas del sur. Unos animales provistos de largo y espeso vellón; se decía que con la comida que consumían dos de los otros podías alimentar a tres de ellos. En los lugares donde no pacían las ovejas, había campos de trigo recién plantado.

A Ralph le gustaba el ondulante y desolado paisaje; llevaba una hora caminando sin encontrar un alma. Entonces vio al chico.

Al principio era apenas más que una mota, una minúscula figura sola en medio de un inmenso sembrado.

Ralph se dirigió lentamente hacia él. El chico no se movió. Ralph observó los pájaros que volaban sobre los surcos y bajaban a inspeccionarlos describiendo círculos y curvas antes de remontar el vuelo.

Cuando llegó al borde del campo y se detuvo, el chico echó a andar en su dirección. Era un chiquillo apuesto, con una espesa y rizada cabellera castaña y una nariz larga y ligeramente ganchuda. No aparentaba más de diez años; su paso ágil le hizo pensar a Ralph en su propio hijo cuando tenía esa edad, aunque al aproximarse se percató de que el chico estaba muy flaco.

—¿Estás solo? —preguntó con tono jovial.

—Usted es la primera persona que he visto en todo el día, señor —afirmó el chiquillo.

—¿Qué haces aquí?

El chico señaló con el brazo el inmenso sembrado.

—Ahuyento a las aves.

—¿A qué hora has llegado?

—Poco después del amanecer.

—¿Has comido?

—No, señor.

—¿Quién te ha enviado aquí?

—Mi padre, señor.

—¿A qué se dedica?

—Trabaja en la granja.

—¿Es suya?

—No. Del señor Jones.

—¿Dónde está esa granja?

—En Avonsford.

Ralph asintió. Seguramente se trataba de un campo situado en las afueras de la población.

—¿De modo que eres un espantapájaros de carne y hueso? —inquirió con una sonrisa.

—Así es.

—¿Cómo te llamas, espantapájaros?

—Godfrey, señor. Daniel Godfrey.

—Daniel Godfrey: el espantapájaros humano.

Era ésa una costumbre muy frecuente. Ralph se preguntó cuántos días durante aquella primavera Daniel Godfrey se plantaría en medio de un campo y agitaría los brazos para ahuyentar a las aves.

Ralph emprendió el camino de regreso con expresión pensativa. Pasó ante el fuerte deshabitado del Viejo Sarum antes de descender al valle. Era a los pies del Viejo Sarum, junto al viejo árbol, donde los tres electores que quedaban se reunían para votar a sus representantes ante el Parlamento, pero Ralph sólo vio a una segunda y solitaria figura.

Pero esta vez sabía quién era su interlocutor, y se dirigió con paso resuelto hacia él.

Ralph Shockley había llegado a apreciar muchas cualidades en el obispo Fisher durante los dieciocho años que éste ejerció su ministerio en Sarum. Una de sus virtudes era el esmero con que atendía su diócesis. Fue Fisher quien restauró el antiguo cargo de deán rural, responsable de supervisar y ayudar a los clérigos de las parroquias situadas en la periferia de las poblaciones para evitar que permanecieran aisladas. El hecho de que Fisher no ofreciera a Porteus un cargo superior era también, en opinión de Ralph, una muestra de su inteligencia. Otro punto a favor del obispo era que pertenecía a una familia amable y distinguida. Su sobrino John Fisher, archidiácono de Berkshire, se había instalado en la espléndida mansión de Leadenhall, situada en el recinto catedralicio, mientras que su tío residía tan contento en el palacio episcopal.

En esos momentos un amigo íntimo del archidiácono Fisher se encontraba frente a Ralph, con un cuaderno de dibujo en las manos y los ojos fijos en la desierta colina que se alzaba ante ellos.

John Constable había realizado muchas visitas a Sarum; se había alojado en Leadenhall en varias ocasiones y mantuvo correspondencia con Fisher durante casi veinte años. Sus pinturas de la catedral con su imponente campanario, vista desde el Viejo Sarum o Harnham, alcanzarían fama mundial. Pero ese mismo día Constable se iba a topar con su crítico más acerbo.

Pensando todavía en el desdichado Daniel Godfrey, Ralph Shockley se acercó al gran artista, y valiéndose de la amistad superficial que les unía interrumpió su trabajo.

La escena que Constable acababa de esbozar era una vista del viejo fuerte, rodeado por las amplias laderas donde pastaban las ovejas.

Tras echar una ojeada al dibujo, Ralph soltó sin andarse con rodeos:

—No estoy conforme, señor Constable. Critico sus paisajes porque son demasiado bucólicos. Embellece nuestro Sarum, hace que nuestra campiña parezca un remanso de paz.

A continuación le explicó su encuentro con el pobre espantapájaros humano, y le recordó las penosas circunstancias en que vivían los peones del campo en Sarum.

—¿Por qué no muestra esas cosas en sus pinturas? —preguntó Ralph. Constable no respondió.

Pero Ralph, que de pronto se había sonrojado como cuando era joven, no había terminado de expresar su parecer y, señalando el Viejo Sarum, le espetó:

—Ahí tiene usted el municipio más corrupto de Inglaterra, un montón de ruinas casi desiertas con dos representantes en el Parlamento. ¿Va a pintar también esa iniquidad como una escena alegre y amable? —Dicho esto Ralph le recordó la necesidad de imponer una reforma.

Constable permitió que Ralph se desahogara durante un buen rato, y después le miró con sus ojos bondadosos. Ralph observó que el pintor parecía cansado y tenso.

—Esas cosas también me conciernen, señor Shockley —respondió el artista con paciencia—, pero sólo soy un pintor.

—Pero observad —declararía Ralph años más tarde con orgullo ante sus hijos— que los últimos paisajes de Sarum que Constable pintó muestran un aire melancólico y sombrío. Creo que eso se debe a mí.

Aquel día Ralph regresó al sosiego del recinto catedralicio sin encontrarse con ninguna otra persona.

—¡Qué paz reinaba en ese lugar! —solía decir al recordar aquella jornada—. Y después, cuando entré en la catedral, contemplé allí otra maravilla.

La inmensa vidriera del lado oeste había sido restaurada hacía poco, utilizando antiguos cristales de colores que habían logrado rescatar de otras iglesias. La vidriera relucía suavemente a la luz crepuscular, y al recordar el ardor con que el canónigo Porteus había defendido la causa de aquel espléndido elemento decorativo, Ralph comentaba sonriendo:

—Al menos en eso estábamos de acuerdo.

»En aquellos momentos me pareció contemplar todo Sarum —proseguía Ralph—, tal como lo había visto siempre: lo bueno y lo malo, la belleza de nuestra catedral y la miseria de nuestra campiña. Por eso recordaré siempre ese día.

En 1830 se produjo un hecho trágico en Sarum.

Los ciudadanos estaban horrorizados, pero a Ralph Shockley no le asombró en absoluto.

En noviembre de 1830 las gentes del campo se sublevaron.

Los alzamientos no representaban ninguna novedad. Los luditas se habían amotinado en varias ocasiones y habían destruido las máquinas en el norte. En Sarum habían estallado pequeñas revueltas, cuando los obreros de la industria pañera habían exigido un aumento de salario o se habían opuesto a la instalación de la nueva maquinaria.

—Algunos salen con la cabeza partida, pero logran dar a conocer sus opiniones —había comentado Mason a Ralph.

Pero la sublevación de 1830 tenía un carácter diferente.

Las últimas cosechas habían sido paupérrimas. Por otra parte, los granjeros, al igual que los pañeros, habían introducido máquinas nuevas. La sublevación no fue unánime, sino que consistió en decenas de grupitos de manifestantes que, según oyó decir Ralph, se dedicaban a quemar almiares y destrozar la maquinaria en Hampshire y Wiltshire.

—Es el comienzo de una revolución —profetizó el canónigo Porteus con tono sombrío.

—Es el comienzo de una reforma agrícola —replicó Ralph. Pero no era ni lo uno ni lo otro.

La sublevación de Salisbury fue una de las más graves que estallaron en el país.

El 23 de noviembre de 1830, una gigantesca multitud atravesó el cerro situado en el nordeste de la ciudad, conocido como Bishopsdown. Al encontrarse una trilladora la destrozaron.

—Son miles de peones, y van armados —aseguró a Ralph un joven clérigo que se apresuraba por la calle Mayor hacia el recinto de la catedral—. La caballería voluntaria ya ha salido. Han venido a matarnos.

Ralph no le creyó y, tras ordenar a su hijo que llevara a Agnes a casa de los Porteus, se dirigió al otro extremo de la población. Atravesó el mercado, dobló hacia el este, pasó frente a las manzanas del Caballo Negro y Swayne y llegó a la explanada conocida como Greencroft, situada en el límite oriental de la ciudad. Entonces los vio, en las cimas de los cerros.

Formaban una multitud impresionante: no eran miles de peones, pero sí varios centenares, armados con palos, barras de hierro y piezas de las máquinas que habían destruido. Estaban furiosos y desesperados. Ralph los observó con calma mientras bajaban por las laderas hacia la ciudad.

Ralph vio de pie en la esquina a un joven tejedor con quien había compartido en varias ocasiones el Register de Cobbett.

—La gente del recinto dice que han venido a matarnos.

El tejedor meneó la cabeza.

—Van a atacar la fundición de Fige —contestó—. Descargan su furia contra las máquinas, no contra las personas.

De golpe se oyeron unas aclamaciones cuando el señor Wadham Wyndham, ese prohombre de Salisbury, se dirigió a caballo hacia la multitud al frente de una pequeña fuerza de guardias especiales. Los guardias se mostraban aprensivos, pero no así Wyndham.

Entonces Ralph reparó en otro detalle. A pocos metros detrás de Wyndham y los guardias aparecía un nutrido contingente de terratenientes voluntarios a caballo.

El trámite era sencillo, y Wyndham lo siguió correctamente. En primer lugar habló a los sublevados, conminándoles a que se dispersaran. Pero éstos siguieron avanzando. Luego Wyndham ordenó a los guardias que leyeran el Riot Act. Pero los amotinados no hicieron caso; casi habían alcanzado Greencroft.

No había más remedio. Wyndham ordenó a la caballería que cargara contra la multitud.

La pelea no duró mucho rato. Los caballeros estaban adiestrados y armados; los peones, no. Al cabo de pocos minutos la caballería obligó a la multitud a retirarse hacia el cementerio de Saint Edmund. Algunos peones lograron escapar; otros no. Ralph contempló el tumulto con tristeza.

—Han capturado a veintidós —explicó a su familia por la noche—. El canónigo Porteus puede dormir tranquilo.

En otros lugares se produjeron hechos parecidos.

El 27 de diciembre de 1830 dio comienzo un juicio especial presidido por lord Vaughan y los jueces Alderson y Parke. Trescientos treinta y dos prisioneros que habían participado en las sublevaciones fueron juzgados. Ralph Shockley asistió al juicio. Fue un espectáculo siniestro que le dejó profundamente deprimido. Algunos presos eran poco más que niños. La mayoría, dedujo Ralph, se habían incorporado a los tumultos simplemente porque habían visto pasar a los sublevados y no tenían nada mejor que hacer. Las sentencias no sorprendieron a nadie.

En vida de Ralph Shockley se produjo uno de los descubrimientos más útiles para la administración de justicia en Gran Bretaña: el hallazgo del continente de Australia.

—Al enviar a los presos allí —le recordó el canónigo Porteus—, permanecen aislados y lejos de la humanidad, al igual que Napoleón en la isla de Santa Elena. Fugarse es imposible. Por consiguiente —agregó en un rasgo de generosidad—, no es necesario encarcelarlos en unas celdas.

Veintiocho prisioneros fueron deportados de por vida; ciento ochenta y tres fueron enviados a la cárcel o desterrados para cumplir condena durante unos años en Australia.

Mientras Ralph Shockley observaba cómo se llevaban de la sala a un grupo de prisioneros, creyó reconocer un rostro. Ralph arrugó el entrecejo, tratando de identificarlo. Entonces lo recordó: era el niño, Daniel Godfrey, el espantapájaros humano, que a la sazón era un joven. Lo habían condenado a ser deportado.

Así, aunque ninguno de los dos lo supiera, un descendiente de los Shockley sajones vio cómo el último descendiente de la línea masculina de la noble familia normanda de los Godefroi abandonaba Sarum, donde habían llegado hacía siete siglos.

Pero había comenzado una nueva era; al menos eso creía Ralph Shockley.

Pues en 1830, no sólo había ocupado el trono un nuevo monarca, Guillermo IV, el rey marino, sino que, lo que era aún más importante, después de haber sido obligado por el gran irlandés Daniel O’Connell a conceder el voto y plenas libertades a todos los católicos ingleses, el último primer ministro reaccionario, el duque de Wellington, había sido destituido del cargo. Tras veinte años de languidecer políticamente, los whigs, grandes defensores de la reforma, habían vuelto por sus fueros.

—Lord Grey ha sido nombrado primer ministro —exclamó Ralph—, y su programa se basa en la reforma.

La Ley de Reforma de 1831 constituyó en Inglaterra el paso más decisivo hacia la democracia desde el parlamento presidido por Simón de Montfort, hacía casi seiscientos años. No fue algo intencionado, como tampoco lo había sido el parlamento de Montfort. Los aristócratas whigs que habían apoyado esa ley no tenían la menor intención de promover un concepto tan peligroso como el voto universal. Con ella sólo pretendían eliminar los municipios corruptos, conceder una representación a las nuevas comunidades y dar el voto —aunque no el voto secreto— a los acaudalados propietarios de feudos francos.

En el curso de los debates alguien propuso la inconcebible idea de conceder el voto a todos los propietarios de viviendas, con independencia del valor de su propiedad. Incluso hubo una votación al respecto. La propuesta recibió un solo voto a favor.

—Pero —como dijo Porteus no sin razón— si concedemos el voto a la clase media, la clase obrera reivindicará también su derecho al voto. Debemos oponernos a ello con todas nuestras fuerzas.

Y así fue. Durante un año la Ley de Reforma pasó reiteradas veces de la Cámara de los Comunes a la Cámara de los Lores. El gobierno dimitió y convocó unas elecciones improvisadas, que ganó por amplio margen.

«¡La Ley de Reforma y nada más que la Ley de Reforma!», era la consigna.

Cada vez que Ralph Shockley salía de la ciudad y contemplaba el antiguo fuerte del Viejo Sarum, donde durante muchos años un puñado de electores comprados habían celebrado bajo un vetusto olmo la grotesca charada de unas elecciones, exclamaba: «No tardarás en desaparecer, Viejo Sarum».

—Y entonces —dijo eufórico a su esposa— se producirán reformas en las fábricas, en el trabajo de menores e incluso en la educación. Doy gracias a Dios por poder presenciar estos cambios.

Agnes fue la primera en observar la alteración operada en el canónigo Porteus.

Al principio no le dio importancia. «Todos nos hacemos viejos», se dijo Agnes. Incluso Ralph, aunque a veces mostrara el entusiasmo de un joven ante cosas como la Ley de Reforma, había cumplido los sesenta. Frances, con el paso de los años, se había vuelto más seria y reservada, y su acto de rebeldía contra su esposo no sólo no había vuelto a repetirse, sino que, según sospechaba Agnes, incluso había sido olvidado. Si en ciertos momentos, durante la promulgación de la Ley de Reforma que marcaba la destrucción de todo cuanto él defendía, el canónigo se mostraba insólitamente silencioso, a Agnes le parecía del todo natural.

—Tú has ganado tu causa y él es viejo —dijo Agnes a Ralph—. No le provoques sacando el tema a colación.

Durante buena parte del año, Ralph apenas vio al canónigo Porteus.

—Desde que se celebraron las elecciones —bromeaba Ralph—, el pobre Porteus apenas ha salido de su casa.

El 26 de junio de 1832 repicaron las campanas de Salisbury y se encendieron todas las luces de la ciudad para celebrar la promulgación de la Ley de Reforma.

A la mañana siguiente Ralph Shockley condujo a su familia con expresión triunfal hasta los terraplenes del Viejo Sarum.

—Ha dejado de ser una infamia para convertirse de nuevo en un montón de interesantes ruinas —afirmó satisfecho.

Al principio, nadie le concedió importancia.

Hacía tiempo que le veían por la calle, y si se detenía para contemplar algo, pocas personas se atrevían a interrumpir las reflexiones del viejo canónigo. Quizá les chocara que no luciera su sombrero negro de ala ancha, como era habitual en él. Sin duda se proponía regresar pronto a su casa.

Porteus se detuvo en la esquina del prado que rodeaba la escuela de los niños del coro, frente a la entrada del recinto. Parecía contemplar algo más allá del prado, a la izquierda de Mompesson House.

Varios transeúntes saludaron con una cortés inclinación de la cabeza al venerable anciano y, al comprobar que éste ni siquiera reparaba en ellos, dirigieron la vista hacia el otro lado del prado, tratando de averiguar qué le tenía tan absorto. Pero pensando que era una grosería plantarse junto al canónigo sin que éste les hubiera invitado a hacerlo, al cabo de unos instantes se alejaron. Un carro de la población tuvo que dar un rodeo para no atropellar al canónigo y el carretero maldijo en silencio a los clérigos y a los aristócratas que no se dignaban apartarse para dejarle pasar.

Porteus seguía allí cuando Ralph Shockley y su familia salieron de su casa en New Street para dirigirse hacia el Viejo Sarum. Cuando regresaron el canónigo no se había movido.

Hacia el mediodía aparecieron unos niños. Sin dejarse amedrentar por aquella figura con anticuadas medias de seda negras, que permanecía inmóvil como un árbol petrificado, se pusieron a jugar en torno a Porteus. Uno de los niños reparó, a primeras horas de la tarde, en algo que le llamó la atención, algo que, cuando se lo indicó a sus compañeros, hizo que éstos prorrumpieran en carcajadas.

A los pies del inmóvil canónigo se había formado un pequeño charco.

Por fortuna, el doctor Barnikel pasó en aquellos momentos por allí y, al percatarse de lo ocurrido, condujo al pobre Porteus a casa.

—Me temo —comentó Barnikel a Agnes aquella noche— que su estado psíquico es irreversible.

El canónigo no volvió a articular palabra.

Sin duda fue una bendición que el 1 de octubre —el día en que llevaron a Porteus a la antigua Manor House en Fisherton Anger, donde el señor William Finch regentaba un espacioso y confortable asilo privado para alienados— el canónico sufriera un segundo ataque, esta vez mortal.

—Lo único que lamento —confesó Frances—, es que viviera lo suficiente para asistir a estas reformas.

Pero el deber de Frances hacia su difunto esposo no acababa allí. Se había propuesto proteger a toda costa su memoria.

Frances no podía negar que hacia el fin de su vida Porteus había padecido un trastorno psíquico; muchas personas se habían percatado de ello. Pero al cabo de un año de su muerte se produjo en Salisbury un pequeño cambio que proporcionó a Frances su gran oportunidad: instalaron en las calles unas farolas de gas.

En agosto de 1834 Ralph Shockley se quedó estupefacto al oír decir a su hermana, con absoluta seriedad:

—Mi pobre marido conservó la cordura hasta la fecha en que instalaron esas farolas de gas.

—Pero si murió un año antes.

Frances pasó por alto el comentario.

—Este gas es peligroso —insistió—. Trastornó a mi marido y le mató. Opino que deberían suprimirlo.

—Deja que lo crea —rogó Agnes a Ralph cuando éste le relató lo ocurrido.

—Ese gas nunca ha perjudicado a nadie —rezongó Ralph, irritado por la estupidez de su hermana.

Pero, para demostrar que estaba equivocado, la semana siguiente, Frances se desmayó un día junto a una de las farolas en el momento en que la encendían.

—Es ese humo nocivo —declaró luego Frances—. Ha hecho que me desmayara. Cuando pienso en lo que le hizo a mi pobre marido…

A partir de aquel día, Frances adoptó la costumbre de desmayarse junto a las farolas de gas varias veces al año.

En 1834 el doctor Thaddeus Barnikel, un hombre querido por todos y un soltero recalcitrante, murió de repente. En su testamento dejó buena parte de su fortuna a Agnes Shockley.

Ralph no se asombró.

—Siempre supe que estaba enamorado de ti —dijo sonriendo—, incluso antes de marcharme.

—Fue un buen amigo —repuso Agnes.

—Por eso le pedí que cuidara de ti —añadió Ralph—. Para asegurarme de que jamás…

Agnes le miró perpleja.

—¿No crees que fue una temeridad por tu parte?

—No. No tratándose de él —contestó Ralph—. Y de ti, por supuesto —añadió tras unos instantes de vacilación.