EL CAMPAMENTO
1944: Mayo
La poderosa ofensiva del Día-D estaba a punto de iniciarse. Como era lógico nadie, ni siquiera el comandante supremo, conocía la fecha exacta. Pero, Dios mediante, sería muy pronto. El último acto de la guerra en Europa estaba a punto de representarse.
Durante el mes de mayo de 1944, si un avión de reconocimiento alemán hubiera tenido acceso a la costa meridional de Inglaterra para sobrevolarla durante un par de horas, habría podido dirigirse a un punto situado unos kilómetros al oeste de la isla de Wight, a la colina y al pequeño puerto de Christchurch, y seguir desde allí el curso apacible del Avon hacia el norte.
De haberlo hecho, sus atentos tripulantes habrían constatado varios datos de interés.
En primer lugar habrían observado numerosas bases aéreas. Habrían distinguido Hurn, en Christchurch, Ibsley, al norte de la pequeña población de Ringwood, unos veinte kilómetros tierra adentro, y, a mano derecha, Stoney Cross, en New Forest; u otras bases camufladas, donde una minuciosa inspección habría revelado un número asombroso de Lightnings P-38 y Thunderbolts P-47 que habría hecho que el avión alemán regresara precipitadamente a través del Canal para transmitir la noticia.
Pero lo más probable era que el avión de reconocimiento hubiera continuado hacia el norte, volando sobre Fordingbridge y Downton para seguir Avon arriba, hasta llegar a la llanura de Salisbury, donde confluían los cinco ríos, formando un dibujo parecido a los cinco dedos de la mano de un hombre.
Había sido un objetivo lógico, pues ese punto en el mapa era conocido por todos los miembros de la Luftwaffe. A fin de cuentas, constituía un hito natural. El perfil de los cinco ríos, incluso visto a la luz de las estrellas a miles de pies de altura, era inconfundible. Durante sus devastadores ataques los bombarderos procedentes del este se dirigían hacia Sarum y, utilizando los ríos a modo de brújula, se separaban para destruir el puerto de Bristol o las desdichadas poblaciones de Birmingham y Coventry, en la región central.
Aunque los ciudadanos de Salisbury lo ignoraban, la ciudad había estado a punto de convertirse en blanco de las bombas. Pues cuando los alemanes trazaron el llamado plan Baedeker, consistente en una serie de ataques sobre las catedrales inglesas, la catedral de Salisbury figuraba en el tercer puesto de la lista, después de las de Coventry y Canterbury. Los ataques aéreos fueron suspendidos después de la destrucción de la catedral de Coventry, y las gentes de Sarum jamás supieron que habían escapado con vida de milagro.
Existían otros motivos para dirigirse a Sarum. El terreno elevado junto a la llanura de Salisbury había constituido durante cuarenta años una zona de adiestramiento militar. Había allí varios campamentos militares, a la vista de cualquiera. Un observador sagaz se habría percatado de que habían ensanchado ligeramente muchas de las carreteras rurales que rodeaban la antigua ciudad catedralicia y habían rellenado las cunetas; y las carreteras que discurrían en torno a la colina del Viejo Sarum mostraban unas marcas blancas, todo lo cual indicaba el paso de tanques.
Tras inspeccionar Sarum, el avión habría virado hacia el nordeste siguiendo el valle del Bourne, donde habría observado los emplazamientos de más bases aéreas.
Pero sólo si hubiera podido descender casi hasta aterrizar, el avión habría descubierto el auténtico secreto que ocultaba esa zona.
Pues a medida que se aproximaba el gran día, en Sarum se iba reuniendo una de las mayores concentraciones de tropas y armamento de Gran Bretaña.
En toda la llanura, desde el norte del viejo Sarum, se hallaban camuflados multitud de camiones, tanques, vehículos destinados al transporte de armamento y soldados, jeeps, tanques y más tanques, aparcados en numerosas hileras en las laderas, en las lindes del bosque, a los pies de los altos setos. Alrededor de la antigua y pacífica ciudad se desplazaban tropas inglesas, australianas, canadienses y americanas. En la imponente mansión de lord Pembroke, en Wilton, habían instalado el cuartel general del puesto de mando en el sur.
Sarum, por primera vez en su historia, se había convertido en uno de los mayores campamentos militares de Europa.
—El lugar está tan rebosante de armamento —solían decir—, que es un milagro que no se hunda.
El teniente Adam Shockley, piloto, escuadrón 492, del grupo 48 de caza-bombarderos, había tomado el autobús de Ibsley a Salisbury a media mañana.
Era agradable disponer de un día de descanso. Su escuadrón había llegado a fines de marzo y los pilotos habían realizado un adiestramiento intensivo como bombarderos. Luego, junto con los otros dos escuadrones apostados en Ibsley, habían realizado casi a diario incursiones sobre el norte de Francia en sus P-47, atacando puestos de radar, campos de aviación y puentes. Los ataques continuaban de forma intensa. Adam sabía que faltaba poco para que se produjera la invasión.
No sabía nada de la ciudad de Salisbury, con su catedral, su campanario de piedra gris, su mercado y sus curiosas cercas de tierra, salvo lo que había visto desde el aire.
El autobús circulaba lentamente. Adam pensó que hubiera sido preferible pedir a alguien que le llevara a la ciudad en coche. Costaba creer que esa carretera, tan estrecha que apenas podían cruzarse dos coches, tuviera la calificación de vía principal. La pequeña población de Fordingbridge situada junto al río, poco más que una aldea, era muy pintoresca. Atravesaron Downton y al cabo de un rato llegaron a una hondonada. A su derecha Adam vio el muro de lo que dedujo que sería una importante propiedad. Sonrió. Estaba acostumbrado a ver tapias de piedra alrededor de las antiguas mansiones de su ciudad natal, Filadelfia, «pero esos muros ingleses los han erigido como barreras», pensó el joven. A la derecha vio un letrero que indicaba el camino a Britford.
Entonces divisó el campanario. Al cabo de un minuto Adam contemplaba el extenso valle más allá del cual estaba la antigua ciudad.
Era un lugar de aspecto apacible. Adam se preguntó qué hallaría allí. Seguramente no gran cosa.
El brigadier Archibald Forest-Wilson se repantigó en el asiento posterior del pequeño Morris que aquella mañana servía para transportar a los oficiales, y con los ojos entornados contempló la nuca de la bonita joven que conducía. Había tanto ajetreo en la llanura aquel día y los vehículos estaban tan solicitados que la joven y elegante voluntaria del S.T.E. (Servicio de Transporte del Ejército) había decidido utilizar su propio coche, una costumbre que venía practicándose desde el inicio de la guerra.
El grupo de chóferes del S.T.E. era bastante numeroso, pero en varias ocasiones la joven le había conducido en su coche de un campamento a otro en la llanura de Salisbury, y Archibald había reparado con satisfacción en su pelo rubio y sus preciosos ojos azules.
Habían salido del campamento de artilleros en Larkhill, y después de atravesar las escarpadas tierras altas, en aquellos momentos descendían por la larga avenida, semejante a un túnel, que conducía a Wilton.
Archibald sonrió ante la perspectiva que se abría ante él.
El club de oficiales en Wilton era un lugar muy especial. A pesar del racionamiento, siempre era posible conseguir allí una botella de whisky y un filete. «A nadie salvo a un idiota se le ocurriría preguntar a ese tipo cómo se las arregla», se dijo el joven sonriendo de gozo al pensar en el habitante de la localidad que regentaba tan admirable establecimiento.
El Día-D no tardaría en llegar. Él no tomaría parte en la ofensiva, puesto que le habían asignado un trabajo administrativo. Archibald no sabía si alegrarse o lamentarlo. Había llevado su carrera con habilidad; era un experto en ver por dónde soplaba el viento. Tras una temporada con los granaderos, había cumplido diversos destinos militares, inclusive un año en el departamento de inteligencia del Ministerio de la Guerra. Tenía mucho éxito entre las esposas de los oficiales; según algunos, demasiado éxito. Eso había perjudicado la relación con su esposa, una joven distinguida y un tanto superficial que se había casado con él muy joven, le había abandonado y al poco tiempo había fallecido. Archibald se preguntó si le ascenderían a general. Probablemente no. Tal vez sí, en el caso de que continuara en el ejército cuando la guerra hubiera terminado; pero él no estaba seguro de lo que quería hacer. Le habían hecho varias propuestas interesantes en el mundo de los negocios, o quizás optara por presentarse como candidato al Parlamento. ¿Por qué no? Podía permitírselo. Tenía un excelente historial militar. Era una persona seria y responsable, según decían.
Archibald Forest-Wilson era un hombre muy afortunado, pero insatisfecho. Alto, moreno, con el rostro alargado y taciturno, un bigotito que ocupaba únicamente la parte central de su labio superior, unos ojos negros de pesados párpados enmarcados por unas cejas también negras cuyos extremos se curvaban hacia arriba… su semblante recordaba el de un halcón. Con los hombres era duro; con las damas, extraordinariamente gentil; una combinación fascinante, en especial para las mujeres.
Era un excelente cazador. Pero su pasión era la pesca. Manejaba con gran pericia la mosca artificial; daba gusto verle lanzar el anzuelo. Sin embargo, lo que más satisfacción le procuraba era la mosca «mojada»: la arrastraba sutil y seductoramente bajo la superficie, tentando a los peces, notando cómo se resistían y adivinando sus intenciones por el tirón y la presión que sentía debajo del agua. Existía algo muy profundo, incluso primitivo, en Forest-Wilson que le hacía amar por encima de todo ese sistema de pesca.
Archibald observó con aire pensativo los rizos dorados en la nuca de su guapa conductora y admiró el contorno de su cabeza.
Pensó en su propio padre y lo maldijo. Ciertamente, había tenido la sensatez de casarse con la segunda hija, y coheredera, del último lord Forest. Tras perder buena parte de su fortuna, los Wilson habían vendido en el siglo pasado su casa cerca de Christchurch, pero el matrimonio de su padre lo había convertido en un hombre rico, de modo que había comprado una finca junto a Winchester. Pero cuando se le presentó la oportunidad de adquirir un título de manos de Lloyd George, el precio le había parecido muy alto y había puesto objeciones. «El muy idiota», pensó su hijo mientras el vehículo entraba traqueteando en Wilton. Seguramente su padre habría podido adquirir el viejo título de los Forest; pero en la actualidad sólo disponían de la mansión, lo cual no era suficiente. Pues Archibald Forest-Wilson era un hombre ambicioso. La guerra terminaría pronto; convenía que él se casara de nuevo y tuviera un heredero. Y de paso consiguiera —¿por qué no?— ese título.
Archibald observó de nuevo a su conductora: era una chica agradable, una de su clase social. Había conversado con ella en varias ocasiones. ¿Qué edad debía de tener? ¿Veinticinco, veintiséis años? Él tenía cuarenta y tres. Un poco viejo. Pero la edad tenía también sus ventajas.
El pequeño Morris pasó frente a la verja de Wilton House y se detuvo junto a Kingsbury. Archibald se apeó del vehículo con indolencia.
—¿Va a tomarse el resto del día libre, Patricia?
—Sí, señor.
Archibald sonrió.
—Lamento no poder invitarla a almorzar —dijo con tono jovial—, pero el general me está esperando. Quizás otro día, si está libre…, suponiendo que no ocurra nada dramático.
—Aceptaré encantada.
La joven sonrió educadamente, como correspondía cuando hablaba con un brigadier. Pero él se había fijado en cada detalle: buenas piernas, una figura atractiva, bonitos pechos, ni grandes ni pequeños, y unos ojos extraordinarios. Su pelo corto y rubio y el impecable uniforme del S.T.E. realzaban su atractivo. ¿No le había preguntado él en cierta ocasión si era aficionada a la caza? Sí, y ella había respondido afirmativamente.
Personalmente, era un deporte que le aburría, pero le atraían las mujeres aficionadas a la caza.
—Bien —dijo Archibald sosteniendo su bastón bajo el brazo—, debo irme.
Patricia Shockley. Una joven simpática, y quizás interesante.
A la una y media Patricia Shockley se hallaba sentada frente al corpulento John Mason en el pequeño restaurante cerca de la entrada al recinto, llamado House of Steps, o casa de los peldaños. Era un edificio medieval, con recias vigas y una insólita cantidad de pequeños peldaños y escaleras entre sus numerosas habitaciones y niveles. El restaurante era uno de los mejores del lugar.
Pero Patricia Shockley no se sentía a gusto.
¿Qué podía decir?
—¿Es porque no voy vestido de uniforme?
Mason tenía la frente y la calva cubiertos de sudor. ¿Transpiraría tanto si no se empeñara en llevar, incluso a principios de verano, esa gruesa espiguilla marrón y esos zapatones marrones, tan bien lustrados que refulgían, y que exigían la compañía de esos gruesos calcetines marrones? Patricia se preguntó si llevaría también camiseta y calzoncillos de lana. Imaginaba que sí.
Ella tenía treinta y cinco años. Él debía de tener cincuenta. O más. A veces se ponía tan pesado que a Patricia le entraban ganas de gritar.
¿Debía decirle que era porque no iba vestido de uniforme? ¿Debía confesarle la verdad? ¿O aducir otro pretexto? En estos casos lo mejor era decir la verdad, pensó Patricia.
—No estoy enamorada de ti, John. Lo lamento.
—Supuse que…
—¿Por que dejé que me besaras? No.
—Comprendo. Yo no tuve la culpa.
Por supuesto que no. John Mason no tenía nunca la culpa de nada. No era culpa suya que su deteriorado pulmón le impidiera ingresar en el ejército, aunque ese hecho le atormentaba y le hacía sentirse culpable. «Gracias a Dios, las mujeres no se dedican a entregar plumas blancas en esta guerra», pensó Patricia. Lo cierto era que John Mason había contribuido al esfuerzo bélico con mayor eficacia que diez hombres juntos. Su profesión era la de abogado, pero sólo había desempeñado sus tareas legales lo justo para subsistir, y el resto del tiempo lo había dedicado al servicio de la defensa bélica. En los primeros días, fue uno de los pocos en tomarse en serio la amenaza de gas asfixiante y había ayudado a organizar muchos equipos de refuerzo: grupos voluntarios de primeros auxilios, la brigada de bomberos voluntarios; los encargados de vigilar que se cumpliesen las medidas antiaéreas; el transporte de heridos para el hospital de la señora Roper y el sistema de invitar a los soldados americanos a comer en los hogares de Salisbury. No había nada en lo que él no hubiera colaborado. Era un excelente organizador.
Pero Patricia Shockley se dijo que ella no tenía la culpa si se había compadecido de él y había salido con él en algunas ocasiones, permitiéndole una noche que la besara y devolviéndole el beso. En todo caso, ella había obrado de buena fe.
¿Habría llegado más lejos si Mason no se hubiera tomado el asunto en serio y le hubiera pedido que se casara con él? No, seguramente no.
—Quizá más adelante tú…
—No. —Ella debía mostrarse firme—. Te ruego que me olvides.
Él la miró apenado.
—Lo procuraré.
La joven se negaba a sentirse culpable. Hasta ahí podían llegar las cosas.
Era absurdo, pensó John Mason con tristeza, imaginar que esa hermosa joven con el cabello dorado, vestida con ese uniforme que realzaba su bonita figura, pudiera interesarse por un hombre como él. Pero detrás de la desenvoltura y el aplomo de la muchacha, él había intuido un carácter vulnerable, un tanto infantil, que requería protección. A Mason le habría gustado protegerla.
El camarero les sirvió el café. Gracias a Dios, pensó Jane, el café no estaba racionado.
Estaba a punto de decir: «La semana que viene podemos almorzar juntos un día», pero se abstuvo y cambió la frase.
—Creo que es mejor que no nos veamos durante un tiempo, John.
—Está bien —repuso él.
—No, no está bien. —Ella se levantó—. Debo irme.
Salió corriendo del restaurante.
John Mason se quedó pensativo. Lo había dicho ella misma: «No está bien». ¿Significaba eso que estaba disgustada? Era evidente. Y si estaba disgustada, eso quería decir que sentía algo hacia él. Le tenía cariño. Mason bebió un sorbo de café con aire taciturno. No estaba dispuesto a abandonar toda esperanza.
Las gentes de Sarum habían procurado que los soldados americanos se sintieran a gusto allí, pero con frecuencia se sentían desconcertadas. Dos años de familiaridad habían limado muchas asperezas por ambas partes, pero persistían algunos malentendidos.
El creciente respeto mutuo en lo relativo a sus papeles en el conflicto bélico había contribuido a facilitar la convivencia. En 1942, los americanos que llegaban a Gran Bretaña mostraban cierto desprecio hacia los aliados por no haber conseguido ganar la guerra. Al mismo tiempo, el primer grupo que llegó a Sarum en el verano de 1942 provenía de los campos de adiestramiento en Florida, y los soldados se enfrentaban al estío inglés vestidos de algodón y sin un capote. Aquel verano había sido excepcionalmente frío y lluvioso en Inglaterra, por consiguiente, un gran número de recién llegados, que no se habían molestado en disimular su arrogancia, se hallaban ingresados en hospitales aquejados de gripe y neumonía. En resumen, no había sido un buen comienzo.
La campaña africana vino a cambiar la situación. El desprecio desapareció; al igual que la arrogancia.
—Nuestros chicos eran como un racimo de plátanos —explicó un soldado a Patricia con tono jovial—: algunos eran verdes, otros amarillos y otros estaban podridos.
Por lo demás, tenían un nuevo héroe que compartían con sus aliados: el general británico Alexander.
Los ciudadanos de Salisbury, por su parte, aprendieron a conocer mejor a los americanos, cuyo ejército estaba organizado de forma distinta. A diferencia de los ingleses, que por ser inferiores en número debían tratar de convertir a cada soldado en un combatiente, en el ejército estadounidense existían dos categorías muy distintas: los grupos que por falta de aptitudes guerreras habían sido destinados a trabajos de apoyo —contables, empleados administrativos y demás—, y las tropas de combate, cuyos miembros, aunque parecían querer apoyarse en cualquier objeto que se sostuviera de pie con una indolencia sorprendente, poseían una dureza y resistencia admirables. Las gentes de Sarum, mediante la simple observación, no tardaron en advertir esos hechos y aprendieron a distinguir ambos grupos.
—Nuestros mejores hombres parecen resortes a punto de saltar —comentó Patricia en una ocasión a Forest-Wilson—; pero los del ejército americano parecen de goma.
—Y como la goma son indestructibles —le aseguró él.
Pese al respeto que sentían hacia los combatientes, a los ciudadanos de Sarum les irritaba oírles llamar «casuchas» a sus modestas viviendas escalonadas en terraplén; y aunque confraternizaban con los soldados, las muchachas de la ciudad, las enfermeras inglesas y las mujeres que servían en puestos militares cercanos, pronto se dieron cuenta de que tanto ellas mismas como sus ropas de racionamiento resultaban poco atractivas a los ojos de los visitantes. Cuando la primera enfermera americana llegó al hospital luciendo unas medias de nailon, un lujo inconcebible para las inglesas, se produjo un auténtico alboroto.
Por supuesto, existía el problema del dinero. Cuanto más bajo fuera el rango militar, más marcada era la diferencia económica entre ingleses y americanos. Los generales y oficiales de rango superior que Patricia conducía en su pequeño Morris por la llanura eran tan ricos como sus homólogos americanos. Un coronel era algo más pobre, pero no mucho. Un comandante británico sin embargo, percibía un sueldo equivalente a dos tercios del sueldo de un comandante americano; un capitán cobraba la mitad; un subteniente americano ganaba más del doble que su colega inglés. Pero en los rangos inferiores, la diferencia era extraordinaria. El soldado raso del ejército estadounidense ganaba, en moneda inglesa, la astronómica suma de tres libras, ocho chelines y nueve peniques a la semana. Cinco veces más que un soldado raso inglés.
Los habitantes de Sarum quedaron estupefactos ante el apabullante poder adquisitivo de los americanos. Por primera vez se dieron cuenta de que su isla, situada en el corazón del poderoso imperio británico, era pobre.
Los continuos malentendidos entre las gentes de la localidad y los visitantes podían achacarse principalmente a dos cosas: la actitud, y la comida.
El problema se debía en parte a que los soldados americanos, muertos de añoranza, no cesaban de ensalzar las virtudes de su patria. Algo de culpa tenían también las autoridades estadounidenses, quienes para paliar la añoranza de sus hombres, les enviaban enormes partidas de unos alimentos que los anfitriones ingleses no podían conseguir; además los militares americanos tenían prohibido beber leche inglesa por considerarla peligrosa. Y por si fuera poco los habitantes de Sarum se sentían escandalizados ante la costumbre, muy americana, de desperdiciar los alimentos y otros muchos artículos. Los yanquis dejaban comida en el plato, malgastaban papel, cuerdas, desechaban objetos que habían utilizado una sola vez, basándose en el principio, incomprensible para los isleños, de que las reservas eran inagotables.
Pero los otros también tenían su cuota de culpa, por una razón muy simple: las gentes de Sarum creían que su país era el mejor. ¿Acaso no seguía siendo parte del imperio británico?
Sin embargo, tanto los visitantes —para quienes lo siguiente representaba una novedad— como las gentes de la localidad estaban de acuerdo en una cosa: las virtudes de esa exquisitez tan británica que es el pescado frito con patatas fritas, servido en un cucurucho de periódico británico. El consumo de pescado y patatas fritas por parte de los soldados americanos impresionó incluso a los nativos.
En Sarum, el lugar más importante de reunión y puesto de información general para los soldados americanos era el Club de la Cruz Roja, ubicado en la calle Mayor. Aparte de la cantina y las salas de recreo habituales, el club proporcionaba un servicio indispensable: tras el mostrador de recepción unos voluntarios se encargaban del envío de flores a América. Era el único sitio en Sarum donde los soldados y oficiales americanos podían escoger ramos de flores que serían entregados en sus casas.
Fue ahí donde acudió Patricia Shockley cuando dejó a John Mason. Necesitaba que alguien la tranquilizara, y su amiga Elizabeth, una joven casada muy juiciosa, que trabajaba aquella tarde en el mostrador de recepción, siempre le daba buenos consejos.
—¿Crees que he obrado bien?
—Desde luego. No podías hacer otra cosa.
—Menos mal. ¿Crees que a partir de ahora me dejará tranquila?
—No. Es muy persistente.
—Maldita sea.
El joven oficial americano que acababa de entrar en el club se dirigió hacia las jóvenes. Caminaba con paso ágil y atlético; tenía los ojos azules y una mirada penetrante.
—Debo irme —dijo Patricia. Pero se entretuvo unos instantes.
—Deseo enviar unas flores —dijo el joven oficial dirigiéndose a Elizabeth.
—¿A América?
—Así es. A Filadelfia.
—¿Desea enviar rosas rojas con el tallo largo?
—Exactamente. ¿Cómo lo ha adivinado?
Elizabeth sonrió.
—No he conocido a ningún americano que nos pidiera que enviáramos otro tipo de flores. Excepto uno, que mandó a su madre una flor de Pascua en Navidad, pero calculo que acabaría mal. ¿No prefiere unos claveles, tulipanes, gladiolos…?
—Rosas rojas —contestó el oficial riéndose.
—¿Son para su novia?
—No tengo novia. Son para mi madre. Es su cumpleaños.
—Pues enviaremos unas rosas rojas a Filadelfia. —Elizabeth se inclinó hacia delante y preguntó en falso tono confidencial—: Díganos, teniente, ¿por qué los americanos envían siempre rosas rojas a casa?
—Porque es lo que nuestras madres y novias quieren que les enviemos.
—Ah —repuso Elizabeth—. ¿Y no le gustaría sorprender a su madre?
—No.
—¿Y su nombre?
—Shockley. Adam. Para la señora de Charles Shockley.
Las dos jóvenes no tardaron mucho en averiguar todo lo relativo al teniente, inclusive el hecho de que era la primera vez que visitaba Salisbury.
Sí, su familia era oriunda de Inglaterra, aunque él no sabía exactamente de qué lugar provenían. Sí, el nombre Adam era muy común en su familia. Patricia trató de hacer memoria. En el árbol genealógico que su padre conservaba con cariño en su estudio figuraba un Adam Shockley. Según tenía entendido, ese tal Adam había emigrado a Pennsylvania.
—Es posible que estemos emparentados —dijo Patricia—. No existen muchos Shockley.
—¿Y qué se puede hacer en Salisbury? —inquirió el teniente.
—Si dispone de un par de horas, le mostraré el lugar —respondió Patricia.
—¿Está segura…?
—Será un placer. No estoy de servicio —contestó ella. Además, sería un alivio olvidarse durante un rato de John Mason.
Patricia le mostró la catedral y el recinto, con sus casas antiguas y austeras y los grandes plátanos que proyectaban su sombra sobre el prado de la escuela. Le mostró el río con sus largas hierbas verdes y sus cisnes. Le mostró Poultry Cross y el mercado. Adam estaba asombrado ante cuanto veía.
—¿Es posible que esa casa fuera construida hace seis siglos y medio? —preguntó señalando una casita blanca con listones de madera en la fachada situada en New Street.
—Sí. Es curioso, ¿verdad? —repuso ella sonriendo—. Y ésta es la ciudad nueva. La vieja está allí —añadió indicando el Viejo Sarum.
—Es increíble —comentó él.
Pasearon por el mercado. Era día de feria, pero había pocos puestos abiertos y el lugar tenía un aire un tanto desguarnecido. Adam se mostró intrigado al comprobar la cantidad de platos y tazas de cerámica que vendían sueltos.
—No hay dos iguales —comentó—. ¿No fabrican juegos completos? —preguntó.
—Estamos en guerra —respondió Patricia—. A la gente no le importa comprar tazas y platos desparejos.
Adam asintió. Había sido una estupidez por su parte no tener presente la terrible escasez que padecían en Inglaterra.
—¿Qué es lo que echa más de menos?
—Las medias de nailon —contestó Patricia sin vacilar.
Tomaron el té en el Bay Tree, donde trataron de nuevo de averiguar si les unía algún parentesco. No lo consiguieron, pero conversaron animadamente sobre sus respectivas familias. El padre de Adam era un conocido abogado, según averiguó Patricia, que vivía en el Main Line de Filadelfia, un amplio y confortable suburbio. Ella le contó algunos pormenores de su familia: le habló sobre la espaciosa casa que ocupaban, con sus dos establos, en New Forest, a pocos kilómetros de Christchurch; le dijo que su padre era un coronel jubilado.
—Que organiza todo cuanto se mueve en un radio de diez kilómetros —explicó a Adam—. Mi hermano sirve en la marina.
»Cuando esto haya terminado debes venir a vernos, primo Adam —añadió ella sonriendo.
Era una muchacha encantadora. Todo le parecía divertido. Adam deseaba pedirle que saliera con él, pero no sabía cómo solían hacerlo en aquella antigua e imponente ciudad. Sólo había un medio de averiguarlo, de modo que se lo preguntó sin rodeos.
—Acepto encantada. ¿Cuándo quieres que salgamos?
—Esta noche tengo un vuelo. Pero mañana estoy libre.
—Entonces nos veremos mañana. Pero deja que sea yo quien elija el restaurante. Conozco el territorio.
Cuando, al término de aquel extraordinario y frenético período anterior a junio de 1944, él se preguntó en qué momento había comprendido con total certeza que iba a tener una relación amorosa con Patricia, dedujo que fue en el preciso instante en que ella abrió la puerta de aquella sombría mansión victoriana que compartía con una docena de voluntarias del S.T.E. en Milford Hill.
Él había pensado en ella continuamente, salvo en los momentos de tensión, la noche anterior, antes de lanzar dos bombas de 1.000 libras sobre un objetivo que había abierto fuego contra él. Aquella noche, durante el vuelo de regreso a casa, la imagen de su pelo dorado y sus ojos risueños le había guiado como un faro.
Eran tiempos de mucha emoción para quienes pilotaban los P-47 desde las bases de Ibsley y Thruxton, o los P-38 desde Stony Cross y New Forest.
Cuando no estaban descansando y aburridos en la base, se hallaban inmersos en el vertiginoso juego de volar sobre el norte de Francia, cara a cara con la muerte, atacando al enemigo y preparándose para la Operación Overlord.
¿Era posible que Patricia Shockley hubiera aparecido en su vida durante aquel período, cuando todos vivían en el filo de la navaja?
Ella sabía lo que aquello significaba tan bien como él. Unos pocos momentos fugaces de pasión, atrapados al vuelo, sabiendo que cada instante podía ser el último.
Adam Shockley no había cesado de pensar en Patricia durante todo el día, preguntándose si ella estaría pensando en él. Le había comprado un regalo, con la esperanza de que ella no se hubiera olvidado de él.
Cuando Patricia abrió la puerta y sonrió con timidez, Adam comprendió que ella le correspondía.
—Te he traído un regalo —dijo.
Dos pares de medias de nailon.
—¡Gracias! ¡Eres estupendo!
No cenaron en la ciudad, sino en las afueras, al otro lado de los prados, en un lugar frecuentado por quienes conocían bien la zona: el Old Mill en Harnham.
—¡Pero si es un molino antiguo! —exclamó entusiasmado el piloto mientras subían por la precaria escalera de roble con sus amplios peldaños. El comedor, situado en el piso superior, contenía unos asientos al pie de las ventanas, buhardillas y un piano de cola.
—Era un molino de harina, y antes probablemente un batán enfurtidor —dijo Patricia. Y le explicó el significado del término—: Quién iba a decir que esta apacible ciudad había sido una de las poblaciones pañeras más importantes de Inglaterra, ¿verdad?
—¿Qué más? —inquirió él sonriendo.
—Constable pintó desde aquí algunos de sus mejores cuadros, los de la catedral.
—Cada objeto en este lugar tiene una importancia histórica —comentó él.
—Así es.
Fue una cena excelente, la mejor que él había tomado en Sarum. Pidió una botella de vino tinto que resultó más que aceptable. Después de cenar caminaron, bañados por el resplandor dorado de la luna, a través de los campos de regadío presididos por la silenciosa y grisácea mole de la catedral.
Al llegar al pequeño puente de madera tendido sobre el río, ella dejó que él la besara.
Al cabo de un rato la joven preguntó:
—¿Qué planes tienes?
Adam sonrió.
—Es curioso que me lo preguntes. Voy a pasar la noche en el White Hart.
—¿De veras?
—Sí. Les pedí que me dieran la mejor habitación de que dispusieron, por si llegaba mi esposa.
—Ya. Que se llama Shockley, claro está.
—En efecto.
—Llévame allí, Shockley —dijo Patricia tomándole del brazo.
Media hora más tarde, al contemplar a la hermosa mujer que se había dado la vuelta en la cama y se había encaramado sobre él, mirándole con aire triunfal, Adam comentó no sin cierto asombro:
—Al parecer has asumido el control de la situación, Shockley.
—No —murmuró ella alegremente—. Es que tengo hambre.
Habían dado las nueve cuando John Mason se presentó en la casa de Milford Hill para hablar con ella.
La joven que le abrió la puerta fue en busca de Patricia. Mason oyó unas voces en el interior de la casa.
—Ha salido con un piloto americano —dijo una voz desde la habitación de Patricia—. Hace casi dos horas.
Mason sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Al parecer ha salido —dijo la joven con tacto.
Mason dio media vuelta y se alejó. Era una noche templada. Él se preguntó cuánto tardaría Patricia en volver. Si no regresaba muy tarde, quizá lograra hablar con ella.
Al llegar abajo, John Mason se detuvo junto a la colina y aguardó.
A las diez decidió marcharse, pero como sin duda ella no tardaría en regresar era absurdo no esperar unos minutos más. A las diez y media pasó un soldado americano borracho, el cual se plantó junto a la casa de las voluntarias del S.T.E. Tras unos instantes de indecisión, Mason se acercó a él y le pidió que se fuera.
—¿Por qué? —replicó el soldado.
—Soy abogado y si no se marcha avisaré a la policía militar.
El soldado soltó una blasfemia, pero los policías militares, que las gentes de la localidad llamaban «pelotas de nieve» debido a las gorras blancas que llevaban, solían mostrarse bastante duros, y el abogado inglés era más corpulento que él. De modo que decidió largarse. John Mason se sintió más animado.
A las doce, Mason comprendió que estaba perdiendo el tiempo.
Poco después de la una, regresó a casa cariacontecido.
La relación entre Adam Shockley y Patricia Shockley se fue consolidando mediante una serie de encuentros, generalmente por la tarde, durante el mes de mayo.
No era fácil organizarlos. En una ocasión se encontraron en Fordingbridge; en otra en Downton; pues ambos lugares estaban situados entre la base militar y Salisbury. Pero una soleada tarde, Adam se dirigió a Salisbury en autobús y Patricia lo condujo en el coche hasta el Viejo Sarum y el terreno elevado.
—Quiero mostrarte el resto de Sarum —dijo ella.
—Pero ¿y si queremos…?
—Descuida, ya encontraremos algún sitio —le interrumpió ella.
Y después de haber visitado las ruinas del Viejo Sarum y de haber contemplado la vista de la llanura, con su inmenso cargamento de vehículos camuflados, subieron en coche por el pequeño valle del Avon y ella aparcó el Morris en Avonsford.
—Ven —dijo ella—, nos vamos de picnic.
Patricia le entregó la cesta que había preparado y tras alcanzar la manta que llevaba en el coche, treparon por un camino que conducía a lo alto del cerro.
—¡Mira! —exclamó la joven en son de triunfo cuando divisaron el hermoso paisaje que se extendía a sus pies—. Descubrí este lugar el pasado otoño. ¿Verdad que es divino?
No lejos de donde se encontraban se alzaba un pequeño montículo coronado por unos árboles.
—¿Qué es eso? —preguntó él señalando la elevación. Y como ella lo ignoraba, echaron a andar a través de un campo en barbecho. De pronto se elevó ante ellos una gigantesca nube de mariposas azules.
Al llegar a la cima del montículo hallaron un círculo de árboles, en su mayoría tejos, con un claro umbroso en el centro.
—Qué lugar tan extraño —observó él.
—Está desierto —repuso ella. La hierba estaba seca y cálida, bañada por el sol del mediodía.
Riendo de gozo, Patricia extendió la manta en el suelo, se tumbó sobre ella y se desabrochó la chaqueta.
—¿Te apetece un picnic? —preguntó.
Adam Shockley jamás había conocido una dicha más intensa que la que le embargaba durante aquellos breves encuentros con Patricia. Los demás pilotos de la base no tardaron en descubrir su idilio y empezaron a tomarle el pelo sobre los curiosos mensajes que una voz femenina dejaba para él a través del teléfono, crípticos pero sugestivos, como uno que decía simplemente: «Downton, dos y media».
—¿Quién es ella? —le preguntaron, y en vista de que él no soltaba prenda sus colegas pusieron a la misteriosa joven el apodo de «Downton, dos y media».
Patricia tenía también un aspecto radiante, aunque esos períodos de dicha estaban intercalados con otros de angustia cada vez que él partía en una misión y ella tardaba varios días en recibir noticias suyas. Muchas noches no lograba conciliar el sueño y permanecía llorando sobre su almohada hasta el amanecer.
Un día Forest-Wilson le pidió con tono lánguido y amable que cenara con él, pero ella se negó. Él no dijo nada, pero por la mirada entre divertida y comprensiva que le dirigió la joven sospechó que había adivinado el motivo de su negativa. Él no volvió a hablar del asunto.
Al cabo de unos días, Forest-Wilson observó que Patricia lucía unas medias de nailon. «Se trata de un americano», dedujo.
Los enamorados evitaban mencionar lo que harían a partir del Día-D. Era un tema tabú. Lo importante era el presente, esas breves semanas que trataban de saborear al máximo. Un día, cuando Adam comentó la posibilidad de que se reunieran dentro de unos meses, ella le cortó en seco.
—No pensemos en esto. Trae mala suerte.
Pero él pensaba a menudo que cuando la guerra terminara no le importaría que Patricia Shockley fuera a verle a Filadelfia, y se quedara allí para siempre.
Sin embargo, algunas veces ella le desconcertaba.
A ambos les gustaba conversar y durante sus breves encuentros hablaban de todo tipo de cosas. Era uno de los aspectos de su relación que más le gustaban a Adam. Pero Patricia sostenía unas opiniones tan contundentes e insólitas sobre ciertas cuestiones que al principio él se quedaba a veces perplejo e incluso turbado.
La primera vez que notó algo extraño fue en un comercio en Fordingbridge, donde la anciana dependienta la llamó señorita con una deferencia que él sospechó que no tenía nada que ver con el hecho de que Patricia llevara uniforme.
—¿Es una costumbre de la clase trabajadora inglesa? —preguntó él con tono jovial. Pero en lugar de responder en el mismo tono, ella le espetó irritada:
—Eso me temo. Pero la guerra pondrá fin a muchas cosas.
Adam supuso que Patricia hablaba en sentido general.
—¿Estás molesta?
Patricia señaló las cuatro iniciales de metal que ostentaba en el hombro de su uniforme.
—¿Ves estas iniciales: F.A.N.Y.? Significan Servicio de Enfermeras de Primeros Auxilios. Nos llaman las fanys. Formamos parte del S.T.E. y conducimos en coche a los oficiales.
—¿Adónde quieres ir a parar?
—¿Cómo crees que nos seleccionan?
—Supongo que por vuestra pericia como conductoras.
—Te equivocas. Por nuestro acento, por la forma en que nos expresamos. Y… por influencia. Dicho de otro modo, por nuestra clase social. Los oficiales prefieren que seamos distinguidas.
Él se encogió de hombros. No era la primera vez que oía hablar de ese tipo de cosas.
Patricia sonrió.
—Supongo que la mayoría de chicas de clase obrera no saben conducir, de modo que estoy exagerando. Pero eso tiene que cambiar —afirmó con vehemencia—. Soy una rebelde —añadió.
A él no le importaba que fuera rebelde. Pero se preguntó en qué consistía su rebeldía.
Cuando volvieron a encontrarse ella dijo algo que a él le chocó aún más. Al ver a un soldado americano que compraba una gran cantidad de productos alimentarios en el mercado Patricia meneó la cabeza con aire de reproche.
—Es espantoso que tengan tanto dinero —comentó como quien afirma un hecho incontestable.
—Es decir que eso os provoca envidia a los ingleses.
Ella le miró atónita.
—Por supuesto que no. Me refiero a que es malo para ellos, los soldados. ¿Por qué iba a darnos envidia?
Aunque el razonamiento de Patricia le había dejado perplejo, él no quiso darle más vueltas al tema.
Ambos gozaron de un rato de perfecta dicha en la colina que se alzaba sobre Avonsford: hicieron el amor, se zamparon los bocadillos que ella había preparado y volvieron a hacer el amor. Después, mientras se hallaban sentados al borde del pequeño círculo de árboles contemplando los distantes cerros, él quiso conocer el punto de vista de Patricia sobre otros temas. Era difícil hallar a una chica más perfecta con quien pasar el resto de la vida. Pero, reconoció él sonriendo, convenía averiguar algo más sobre sus extrañas ideas.
—Según dices, después de la guerra todo va a cambiar. ¿A qué te refieres en concreto?
Ella se apoyó en un árbol y clavó la mirada en el horizonte.
—¿De veras quieres que te lo cuente? ¿Ahora?
—Sí.
—Muy bien —dijo Patricia emitiendo un suspiro. Arrancó una brizna de hierba y se puso a juguetear con ella, enrollándosela alrededor del dedo—. Nadie está de acuerdo conmigo. Si preguntas a las otras chicas conductoras, o a las personas que viven en Sarum, qué ocurrirá cuando la guerra haya terminado, todos responderán lo mismo: «La situación volverá a la normalidad». ¿Sabes lo que significa la normalidad?
—Trabajar, supongo.
—No. Dedicarse al ocio. Tener sirvientes domésticos. Mano de obra barata. Y explotar a los trabajadores. Lo de siempre.
—¿Y tú crees que eso cambiará?
—Sí. Todo el sistema de clases. La guerra va a cambiar eso. Las personas comunes y corrientes están hartas de acatar las órdenes de sus superiores en los servicios de guerra, pero también se han acostumbrado a ser algo más que criados en las casas de la gente adinerada. Exigirán un cambio.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Ni lo uno ni lo otro. Pero el viejo sistema de clases se derrumbará, y opino que eso es bueno.
—Bienvenida a América —dijo él sonriendo.
—No, nosotros no queremos un sistema como el vuestro.
—¿Por qué? —preguntó él intrigado.
—Es demasiado capitalista.
Adam recordó la escena en el mercado, cuando Patricia se había enojado al ver al soldado americano haciendo gala de su poder adquisitivo.
—A ver si lo entiendo. Quieres que la gente sea libre, pero no rica, ¿es eso?
Ella se echó a reír.
—Pretendes dejarme en ridículo, pero en cierto sentido, sí, eso es lo que deseo.
—¡Santo cielo! ¿Eres socialista?
Tras reflexionar unos instantes, ella respondió:
—No, al menos no al modo de los rusos, ni de los fascistas, que empezaron afirmando que eran socialistas. Pero el capitalismo… —Patricia se detuvo para buscar las palabras adecuadas— es injusto. Y fomenta la codicia.
—¿El dinero es malo?
—¡Qué pregunta! ¡Me extraña que la hagas estando tan cerca de la catedral de Salisbury! —le respondió ella dándole un golpecito en el brazo con la brizna de hierba—. Claro que es malo. El dinero es la causa de todos los males.
—Lo malo es lo que hace la gente con el dinero —replicó, pero ella meneó la cabeza—. En cualquier caso —continuó él, pisando terreno seguro—, puede que el partido laborista esté de acuerdo contigo, pero no creo que los conservadores opinen como tú, ni la mayoría de los ingleses que he conocido aquí. Son capitalistas.
—Estás muy equivocado —contestó ella—. El auténtico conservador tiene unas opiniones feudales, quiere que todo siga igual pero cuida de sus empleados, se siente responsable de ellos. Y no cree que sea buena cosa fomentar en ellos el afán de hacerse ricos.
—Él lo es, pero sabe administrar su dinero, ¿no es así?
—Más o menos. Digamos que muchos piensan que Dios organizó el sistema de clases.
—Y los socialistas, el partido laborista, quieren que sea el estado quien organice a todos. Pero no quieren que los pobres progresen demasiado. De modo que lo que proponen es repartir el dinero de los ricos e impedir que la gente triunfe en la vida.
—Existen otras formas de triunfar aparte de acumular dinero.
—Desde luego —repuso Adam. De golpe se le ocurrió una idea—. De modo que los de izquierdas y los de derechas de este país (la vieja guardia de los conservadores y los laboristas) sostienen el mismo criterio, una especie de paternalismo religioso. Y los capitalistas son los malos.
—No había pensado en ello. Sí. Supongo que tienes razón.
—Yo tampoco había pensado en ello hasta hablar contigo —confesó Adam—. Francamente, no vine aquí para luchar por la aristocracia feudal ni por los socialistas —agregó irritado—. Creía que ésta era la cuna de la democracia y de las libertades individuales.
—Lo es. Y del derecho consuetudinario. Fuimos los primeros en abolir la esclavitud —añadió Patricia emitiendo una carcajada—. Pero no hay que anteponer el individuo a todo lo demás. No es justo.
—La vida no es justa, señora.
—Todavía no.
—¿Por qué te opones a que todo el mundo tenga oportunidad de ganar tanto dinero como quiera?
Ella lo miró perpleja.
—Porque si un hombre gana dinero, es porque se lo ha arrebatado a otro.
Era una actitud fundamental de la vida europea con la que Adam Shockley no se había topado hasta ese momento.
—Pero uno genera más dinero —dijo.
—Es posible —contestó Patricia—. Pero durante unos cuantos miles de años —añadió señalando con la mano el paisaje—, este lugar ha sido explotado.
—Ése es un punto de vista pesimista —replicó él—. El optimismo siempre triunfa.
Patricia hizo una mueca. A Adam no se le había ocurrido que esa idea la disgustaría.
—Suponiendo que la vida sea un juego —admitió la joven—. Pero quizá Dios nos haya puesto en este mundo para que suframos.
—¿Eso crees?
—Sí.
Ambos guardaron silencio durante unos minutos. Adam se sentía profundamente turbado por lo que ella había dicho. No cesaba de pensar en las implicaciones.
—Lo que más me llama la atención —dijo él por fin—, es que todas tus convicciones se refieren al pasado. La gente o bien desea conservarlo o bien quiere destruirlo.
—Así es. Existe un legado de injusticia y de explotación del ser humano. Eso debe cambiar.
—Perfecto. ¿Y luego qué? ¿Qué nos reserva el futuro?
—¿El futuro? Espero que no sea tan cruel como el pasado. Pensiones, hospitales gratuitos, escuelas gratuitas.
—¿Socialismo? ¿El partido laborista?
—No necesariamente. Yo abogo por la reforma, la aplique quien la aplique.
—Yo no creo que te interese el futuro.
Tras reflexionar unos momentos, Patricia respondió:
—En un lugar como éste, repleto de historia, es difícil no anteponer el pasado.
Quizá fuera éste el secreto de Sarum, pensó Adam. Quizá Patricia se sentiría más feliz allí que en Estados Unidos. Pero no era el momento de pensar en ello. Ambos habían decidido gozar del instante presente.
Aunque ella jamás se lo confesó, Patricia Shockley tenía una deuda de gratitud con el brigadier Forest-Wilson.
Durante la última semana de mayo Forest-Wilson se ofreció a llevar en coche a Salisbury al general de las fuerzas aéreas estadounidenses destacado en el cuartel general del sur.
Una de las ventajas que presentaba el sistema de selección de las fanys, al menos teóricamente, era que todas ellas eran, por definición, discretas y de fiar. La seguridad en Sarum era un asunto principal. En las semanas anteriores a la operación Overlord, cuando un militar que realizaba una tarea delicada caía enfermo, era aislado de sus compañeros. Pero Patricia había observado en varias ocasiones que desde el asiento trasero del coche a veces los oficiales hacían unos comentarios que ella oía y que tal vez se referían a asuntos secretos.
Aquel día el general y Forest-Wilson, conducidos por Patricia, se dirigían a Odstock, un lugar desolado situado sobre una pequeña colina al suroeste de la ciudad, donde una serie de edificios bajos y de barracones prefabricados constituían un pequeño hospital británico que tenía al lado a un hospital americano.
Mientras circulaban por la carretera, Patricia captó unos fragmentos de conversación. Y lo que oyó la dejó espantada.
—Desde luego, si sus hombres pudieran sacar… —quien hablaba era Forest-Wilson—. Sería de gran ayuda…, muy eficaz… El problema es que está fortificado.
—No es imposible —repuso el americano.
Ambos hombres bajaron la voz y Patricia no logró entender lo que decían.
—Sería un sacrificio enorme —dijo luego Forest-Wilson—. No creo que ninguno saliera con vida.
—Pero si lo consiguiéramos… ¿Pasado mañana?
—Perfecto. ¿Qué tropas utilizarían?
—Hombres de Ibsley o de Thruxton. Déjelo de mi cuenta.
Pasado mañana. Una hora más tarde Patricia hizo una llamada telefónica.
—Cariño —dijo procurando conservar la calma—, ¿puedes conseguir un permiso, me refiero a una noche?
—Es posible. Me deben un par.
—Nos veremos en Downton. Pasado mañana. ¿Lo procurarás? Me harías muy feliz.
—Lo intentaré.
—Pide el permiso ahora mismo.
—De acuerdo —respondió Adam perplejo—. ¿Por qué precisamente pasado mañana?
—Es mi cumpleaños.
—Creí que era en octubre.
—No.
«Al menos, —pensó Patricia después de colgar—, este año no cae en octubre».
Adam le telefoneó al día siguiente.
—Lo he conseguido, pero ¿estás segura de que tú no estarás de servicio?
—Sí —mintió ella.
—Es que me gustaría presentarme como voluntario para realizar cierta misión. Puede ser interesante.
—Estaré allí. Te lo prometo. A las cuatro.
—De acuerdo. Pero si no logras escaparte…
Y dale. Adam parecía más interesado en su maldita misión que en ella.
—Si no apareces a las cinco —dijo él—, pediré a alguien que me lleve en coche a la base.
—Allí estaré —le prometió Patricia.
Patricia lo había planeado con todo detalle.
Su último servicio era un trayecto a Wilton, a las tres, en un vehículo militar. Luego otra chica la sustituiría. Había obtenido un permiso de veinticuatro horas.
A primera hora de la mañana dejó su pequeño Morris estacionado en Wilton. Eso le daba cuarenta minutos para llegar a Downton. Había llenado el depósito de gasolina. Llevaba tiempo acumulando celosamente sus cupones. Lo tenía todo previsto.
Llegó a Wilton a las cuatro y media.
La reunión en Larkhill se había prolongado. Patricia se dirigió apresuradamente hacia el Morris aparcado en Kingsbury Square y giró la llave en el contacto.
El motor tosió un poco, pero ella no le dio importancia. Al cabo de unos momentos condujo el coche fuera de Kingsbury Square.
Tomó por Harnham para evitar pasar por Salisbury y al cabo de unos minutos enfiló la carretera que discurría junto al Avon hacia el sur. Pasó por Britford; a su izquierda vio la propiedad de lord Radnor, situada en el antiguo bosque de Clarendon.
Poco después, al subir por una pequeña cuesta, el coche se detuvo.
Patricia se apartó en el arcén. Eran las cinco menos cuarto. Trató de poner el coche en marcha. Pero no lo consiguió. Las cinco menos diez.
Desesperada, miró a su alrededor para ver si distinguía algún coche o un autobús, pero la carretera estaba desierta. No había un alma. Patricia reparó en unas flores de cerezo que yacían en el suelo, agitadas por la brisa. Los minutos transcurrían.
Por fin apareció un coche que circulaba lentamente en sentido opuesto. Lo conducía John Mason. Patricia agitó los brazos frenéticamente para indicarle que se detuviera.
—Tienes que llevarme a Downton.
—Acabo de estar allí.
—Ya lo sé. Te lo ruego, John. Date prisa.
Mason la miró preocupado.
—¿Tan urgente es?
Ella respondió subiéndose al coche de él.
Mason apoyó las manos en el volante. Luego suspiró.
—Me imagino a qué viene esto, pero no creía que fuera tan urgente.
—Lo es, te lo aseguro. Apresúrate, por favor.
De mala gana, Mason dio la vuelta en la carretera. No dejaba de ser irónico que él la acompañara a reunirse con su amante. Sin duda, ése era el motivo de tanta prisa.
Al cabo de cinco minutos llegaron a Downton. Tras despedirse de él con un apresurado beso, Patricia entró corriendo en la hostería con el techo de paja.
Posteriormente, cada vez que Patricia recordaba ese episodio se alegraba de haber llegado a la hora convenida. Aquella noche ella y Adam hicieron el amor con una pasión y un frenesí desbordantes, y más tarde ella lloró sobre la almohada.
Adam se extrañó; sólo ella sabía que lloraba de alivio.
Cuando concluyó la noche del 5 de junio de 1944 y amaneció el día 6 de junio, la gente de Sarum se hallaba despierta.
Sobre la ciudad pasó, hora tras hora, el mayor número de aviones de combate que el mundo había visto. Los aviones estaban iluminados; el potente sonido de los motores hacía que la ciudad resonara y temblara. La nube negra que cruzaba el cielo parecía ser infinita; los aviones, muchos de los cuales arrastraban unos planeadores, pasaron sobre el valle del Avon y el campanario de la catedral.
Adam Shockley y los escuadrones de Ibsley tenían la misión de dar escolta a los barcos y de proteger la playa.
Aquel amanecer Adam sintió una extraña sensación de euforia al incorporarse al nutrido grupo de aviones que participaba en la operación. Mientras volaba sobre las plácidas aguas del río, se sonrió al imaginar la apacible ciudad y el alto campanario gris que había dejado a muchos kilómetros tras de sí. Pensó en Patricia. Durante unos momentos recordó la conversación que había mantenido con ella, su apasionada crítica de lo que la joven consideraba las injusticias del mundo. Ése era el problema de Patricia, se dijo Adam, quizás el problema de todos los ingleses. Querían ser los buenos de la película. Pero cuando esta guerra terminara él trataría de quitarle esa manía.
Cuando sobrevolaban las quietas aguas del puerto de Christchurch, con su estrecho promontorio, en dirección al Canal, Adam Shockley llegó a una conclusión definitiva sobre Patricia y Sarum: estaban encerrados en el pasado, pero eran dignos de ser defendidos. Luego borró a ambos de su mente mientras se dirigían hacia Francia.
Aquella mañana, Patricia Shockley recogió al brigadier Forest-Wilson a la entrada de Wilton House.
—Al campamento de Bulford, por favor.
En el cielo de Salisbury seguían pasando aviones, y a Patricia le resultaba imposible no pensar en Adam. ¿Dónde estaría en esos momentos? ¿Sobre Francia, sobre el Canal de la Mancha?
Mientras conducía el coche la joven se sentía llena de angustia.
Cuando llegaron a Bulford consiguió telefonear a Ibsley. ¡Adam había regresado! Quedaron en reunirse al cabo de un par de días. Patricia volvió a montarse en el vehículo militar tratando de aparentar serenidad, y creía haberlo conseguido cuando, unos minutos más tarde, el brigadier apareció de nuevo y le pidió que lo llevara de regreso a Wilton.
Forest-Wilson, sentado en el asiento posterior, observó la nuca de Patricia con aire pensativo. Al acercarse al coche le había bastado echar una ojeada a la joven para saber lo que ella sentía. La ofensiva se había producido hacía pocas horas y Patricia estaba radiante. «Se trata de un piloto —dedujo él—, y ha regresado sano y salvo». El brigadier sonrió. Las bases aéreas americanas iban a ser trasladadas a Francia dentro de poco.
Para las personas que se enamoraban en tiempos de guerra era difícil calibrar si su relación era realmente seria; ¿cómo iban a saberlo en tales circunstancias? El brigadier se dijo que quizá la aventura sentimental de Patricia y el piloto fuera duradera, pero sólo había una forma de averiguarlo.
Dentro de un mes volvería a invitar a cenar a Patricia.
A fin de cuentas, era un excelente pescador.
El vehículo militar avanzó por la carretera que discurría sobre las onduladas colinas de la llanura de Salisbury, de pronto desprovista, una vez más, de su acostumbrado tráfico.