1289

Ya antes del año 1289 de la era cristiana, la nueva torre dominaba la ciudad. Parecía alzarse de una mesa dispuesta en el cielo.

Esa impresión era correcta. En el punto de intersección de la nave y los cruceros, donde los pilares de mármol se elevaban hacia el techo como las cuatro patas de una mesa, los albañiles habían comenzado a construir un segundo edificio, una inmensa torre cuadrada de piedra gris que se alzaba casi treinta metros sobre el tejado. Se componía de dos gigantescos bloques, y sus muros estaban adornados por unos elegantes arcos de ojiva. Aquella imponente presencia en el cielo podía divisarse desde los cinco ríos; y cuando la torre estuviera terminada instalarían sobre la misma otra elevada estructura, un esbelto campanario. Por consiguiente Osmund el Albañil le comentó a su hijo:

—Construirán una catedral tal alta que alcanzará las nubes.

Era un proyecto grandioso, y ninguna persona que se acercara a la ciudad podía dejar de contemplar con admiración la impresionante torre de piedra gris.

Pero una cálida mañana de septiembre de 1289, lo que contempló un reducido grupo de hombres que penetraban en la ciudad a través del puente de Fisherton no fue la torre, pues sus ojos estaban clavados en una figura que yacía junto a la carretera.

Fue Peter Shockley, el fornido y viejo burgués, quien se apeó lentamente de su carro, se acercó al individuo postrado en el suelo y lo identificó.

—¿Está vivo? —preguntó Jocelin de Godefroi observándolo con tristeza desde su carro.

Shockley asintió con la cabeza.

—Sí, pero apenas respira.

La leve brisa del río agitó el polvo que se había depositado sobre la ropa del hombre tendido en el suelo.

El puente era un lugar agradable y concurrido. Debajo de sus estrechos arcos, el río discurría apacible y potente arrastrando largas y verdes algas. Más arriba, en el lado de la ciudad, los molinos del obispo trituraban el grano utilizado para elaborar el pan de la nueva ciudad; más abajo, el río era brevemente interrumpido por una estrecha franja de tierra antes de curvarse en torno al recinto de la catedral; en ese punto, los pobres peregrinos que se dirigían al este y los vagabundos locales, en su afán de rehuir el modesto peaje del puente, trataban de vadear el río. La corriente era más fuerte de lo que parecía y una de las diversiones favoritas de los niños de la ciudad consistía en reunirse en el puente, donde su presencia era tolerada, para contemplar cómo los peregrinos perdían la mitad de sus pertenencias en el agua. El vado estaba atestado de patos y pollas de agua. Los cisnes habían construido su nido muy cerca de él. Al oeste del puente se veían unas pocas casitas construidas junto a la carretera que conducía a Wilton.

El individuo tendido junto a la carretera iba vestido de negro. Tenía los pies desnudos y sucios; llevaba la capucha, que Peter Shockley había alzado un poco, enfundada sobre el rostro de forma que sólo asomaba la punta de su barba gris y alborotada; sobre el pecho lucía la señal de la tabula, que indicaba que era un judío, a las órdenes del rey; la insignia era de color amarillo vivo y mucho mayor de lo que había sido en décadas anteriores. Las moscas revoloteaban alrededor de su cabeza y estaba medio inconsciente.

La ruina de Aaron de Wilton se había gestado durante cuarenta años, pero el proceso había concluido y representaba un triunfo de los temerosos de Dios sobre los infieles. Mediante una larga serie de edictos, Eduardo I, ese ilustrado monarca, había continuado las esporádicas persecuciones de su piadoso padre Enrique hasta su conclusión lógica. La comunidad judía se había visto obligada a pagar onerosos impuestos, sus miembros tenían prohibido ejercer como prestamistas, y también comerciar salvo bajo unas condiciones inaceptables; y cuando hacía unos años prácticamente todo comerciante judío en activo había sido arrojado a la cárcel hasta que pagara otra exorbitante tasa, Aaron de Wilton se había quedado completamente arruinado.

Era demasiado viejo para buscar fortuna en otra parte. No tenía familia. Junto con los pocos que quedaban en la pequeña comunidad judía de Wilton, Aaron había logrado en ocasiones ganarse miserablemente el sustento mediante pequeñas ventas de lana; recientemente se había visto reducido a mendigar. Aquella mañana, al amanecer, había llegado caminando desde Wilton y se había desplomado junto al puente a causa de la fatiga, y durante varias horas nadie se había molestado en socorrerlo.

En el pequeño grupo que contemplaba a Aaron de Wilton había representantes de tres generaciones. Frágil pero todavía capaz de sostenerse sobre su silla de montar, Jocelin de Godefroi había vivido más años de los que él mismo había esperado vivir, y había logrado conservar las dos propiedades en el valle para su nieto. Y Roger de Godefroi era todo cuanto su abuelo había deseado que fuera: a sus veintisiete años era un espléndido representante de la estirpe de caballeros, al igual que su padre, y el favorito en las lizas. Aquel verano, cuando Jocelin observó que tenía las yemas de los dedos azuladas, el saber que su nieto no tardaría en heredar le había hecho sonreír. Las propiedades estaban en excelente estado de conservación, y ni siquiera la sequía del verano anterior, cuando muchas ovejas habían contraído escabro, ni la mala cosecha de grano de aquel verano, habían conseguido mermar seriamente la prosperidad que él había creado. Incluso había realizado unas modestas obras en el feudo, añadiendo un ala a la mansión y rodeando la propiedad con una tapia. La vieja generación había cumplido dignamente su tarea.

Entre estas dos generaciones estaba Peter Shockley; su figura alta y corpulenta exhalaba autoridad; sólo las tensiones de su negocio, en constante expansión, le habían impedido representar al municipio como burgués en varios parlamentos del reinado de Eduardo. Desde su matrimonio con Alicia, el comerciante sólo había conocido la felicidad. Aunque su esposa tenía el pelo entrecano, su tez pecosa seguía siendo prodigiosamente tersa, y en su rostro aparecían sólo unas pequeñas arrugas de satisfacción.

—He cumplido sesenta años, pero ella hace que me sienta como un hombre de treinta —solía declarar Shockley con orgullo.

Dos jóvenes de cabello rubio le acompañaban en el carro: su hijo Christopher y su hija Mary.

Los cinco miraron al judío, pero con distintos sentimientos. Jocelin recordaba al cortés aristócrata con quien él y el viejo Edward Shockley habían hecho negocios en su juventud. Peter recordaba al prestamista de mediana edad a quien había pretendido defender en el parlamento de Montfort. El joven Roger de Godefroi veía a un infiel a quien los de su estirpe despreciaban, y los dos jóvenes Shockley veían sólo a un mendigo al que no conocían, pero de cuya desgracia era él mismo culpable por negar empecinadamente al Dios verdadero.

De modo que los pequeños Shockley lanzaron una exclamación de horror al oír a Jocelin de Godefroi decir a su nieto:

—Recógelo del suelo y colócalo en el carro. Lo llevaremos a Avonsford.

Roger arrugó el ceño y dudó unos instantes. ¿Era necesario que tocara a aquel repulsivo individuo? Pero una mirada de su abuelo bastó; el joven inclinó la cabeza respetuosamente y se apresuró a obedecer. Peter Shockley le echó una mano.

Lo cogieron con cuidado en brazos, todavía consciente, y lo depositaron en la parte trasera del carro. Los jóvenes Shockley se sentaron un poco más adelante para evitar que les rozara.

Una vez realizada la tarea, Roger se permitió dirigir una mirada interrogante al anciano Jocelin.

—¿Es esto prudente?

Su abuelo era un respetado caballero del condado, que había ejercido de forense local y de agente encargado de confiscar bienes mostrencos, y cuyo deber era apoyar al rey en todo; y dado que era bien conocido que la política del rey consistía en acosar a la comunidad judía cuanto fuera posible, lo más indicado era dejar al viejo donde lo habían hallado. Pero el caballero meneó la cabeza.

—A Avonsford —ordenó secamente—. Allí podrá recuperarse o morir.

Y el pequeño cortejo, aunque a regañadientes, se puso de nuevo en marcha.

Ninguno de ellos se percató, al instalar al anciano en el carro, que el sello con el que Aaron rubricaba sus documentos se había caído de entre los pliegues de su túnica y yacía en la polvorienta carretera.

Fue John, el hijo de William atte Brigge, quien lo vio media hora más tarde. Se agachó para recogerlo y lo guardó en el talego que llevaba colgado del cinturón.

Aún no sabía qué hacer con él, pero sin duda podría utilizarlo para algún fin.

El carro avanzó traqueteando por la carretera de Salisbury y por fin penetró en el patio de la mansión de Avonsford. Mientras transportaban a Aaron al piso de arriba, Mary Shockley no dijo palabra. Pero en cuanto el grupo salió de Avonsford y comenzó a descender por el valle hacia la ciudad, soltó:

—¿Cómo se le ha ocurrido al caballero recoger a ese viejo judío? ¿Y por qué teníamos que transportarlo nosotros?

—Aaron ayudó a mi padre a fundar el batán enfurtidor —recordó Peter a la niña.

—En ese caso deberíamos sentirnos avergonzados —replicó Mary enojada—. Es un usurero.

Peter se encogió de hombros.

—Yo habría arrojado a ese viejo judío al río —añadió Mary en tono desafiante; a lo que su hermano Christopher sonrió. Pues los arrebatos de Mary eran de sobra conocidos.

Era una espléndida muchacha de veinte años tan alta como su hermano y probablemente más fuerte. Con su hermoso y atlético cuerpo y su largo pelo rubio era la viva imagen de sus antepasados sajones, salvo en un aspecto. Pues había heredado los rasgos de su madre: una leve franja de pecas sobre la frente y sus extraordinarios ojos violeta. A diferencia de su madre, los ojos de Mary nunca variaban: siempre eran de un violeta deslumbrante. De niña se comportaba como un chico, capaz de correr más rápidamente y de derrotar a todos los otros niños; y ahora, aunque era una joven muy hermosa, su padre no tenía más remedio que confesar: «Es una belleza, pero sigue comportándose como un hombre, y es más terca que una mula». Incluso Alicia, pese a su carácter fuerte, había renunciado hacía tiempo a convencer a su hija de que se vistiera y comportara con el decoro propio de una joven.

—Si conseguimos hallar un marido para ella, tendrá que aceptarla tal como es —decía su madre con tristeza.

Y cuando el anciano Jocelin, burlándose de su apuesto nieto por no haberse casado todavía, comentó que la hija del comerciante, a pesar de no ser noble, era una muchacha muy guapa, Roger, el héroe de la justa, protestó:

—Pero, abuelo, si es capaz de partirme en dos con sus propias manos.

Al menos el carácter de la chica facilitaba el reparto de la herencia.

—Ella heredará la granja, como es lógico —había dicho Peter—. Y Christopher dirigirá el negocio.

Ambos jóvenes se mostraron de acuerdo con esa decisión; pues Christopher empezaba ya a mostrar una gran habilidad para los negocios, mientras que Mary sólo se sentía feliz cuando dirigía a los peones de la granja o trabajaba junto con ellos en las faenas del campo.

Pero no obstante su aspecto de marimacho, Mary poseía un inesperado entusiasmo: tenía una fe ciega en todo lo religioso. A menudo conducía su carro desde la granja hasta la abadía de Wilton con regalos de productos del campo. Y aunque la abadesa era uno de los principales terratenientes de Sarum, y la comunidad era tan conocida por sus relajadas costumbres y sus dispendios que dos años antes el deán de Salisbury se había visto obligado a amenazar a algunos de sus miembros más veteranos con excomulgarlos si no saldaban sus deudas, Mary siempre se refería a las ocupantes del convento, para regocijo de su padre, como «las pobres monjitas».

Para Mary, los deseos de las monjas y la palabra de los sacerdotes eran ley. Cuando las monjas se lamentaban de las deudas que los perversos prestamistas les habían hecho contraer, o el vicario de la pequeña iglesia junto a la granja hablaba con dureza sobre la maldad de los judíos y su usura, Mary comprendía que debían de tener razón.

Y mientras el carro bajaba por el valle, la joven descargó un puñetazo sobre el costado del mismo y prometió a su padre:

—Ningún judío volverá a montarse en mi carro. Ni aunque me lo pidiera el mismo rey.

Aquella mañana, en los alrededores de la catedral, se había producido una penosa escena. Cuando Osmund el Albañil se encaró con su hijo, profirió una exclamación de incredulidad ante la vejación que su vástago le anunciaba.

—¿Pretendes decirme que no podré trabajar más en mi catedral?

Edward Mason miró a su padre turbado y asintió con la cabeza.

—Es lo que ha decidido la guilda de los albañiles —confesó.

Era duro aceptarlo. Durante unos momentos Osmund no pudo articular palabra.

—¿Pero por qué? —preguntó.

Desde que dieran por concluidos la sala capitular y el claustro, Osmund el Albañil se había sentido en paz. Sus maravillosas tallas le habían merecido el respeto de todos.

Cada vez que los albañiles se acercaban a la gran mesa redonda de la sala capitular donde les pagaban sus jornales, contemplaban las magníficas tallas en los muros, y reconocían que nadie había realizado una obra tan perfecta. Incluso el incidente con Cristina, que hacía tiempo había contraído matrimonio con el hijo de William atte Brigge, había sido olvidado. Y cuando se iniciaron las obras de la torre, Osmund se alegró de tener un nuevo proyecto.

La construcción de la torre implicaba la creación de un nuevo mundo. En primer lugar los carpinteros construyeron una gigantesca plataforma de madera sobre el punto de intersección central de la nave y los cruceros. Al igual que la superficie de una mesa de madera, apoyada sobre los cuatro pilares centrales, esta plataforma separaba la base de la torre de los espacios vacíos más abajo. Una vez hecho esto, retiraron el viejo tejado, dejando la plataforma cuadrada abierta al firmamento, y fue en ese nuevo y aislado mundo situado a treinta metros sobre el suelo donde los albañiles comenzaron a erigir los cuatro muros de la torre. Aunque no tan gruesos como los muros principales de la iglesia, eran muy recios y al igual que ellos estaban rellenos con una mezcla de cal, mortero y ripio. En cada esquina de la gran torre instalaron una escalera de caracol.

A Osmund le gustaba trabajar en la torre, y mientras sus muros se alzaban lentamente solía situarse a la sombra de los mismos y contemplar maravillado la solemne mole, y el rectángulo de cielo en lo alto. A la sazón trabajaban en la torre menos albañiles, pero era una tarea para manos expertas, y Osmund supervisó la instalación de unos florones de piedra en las molduras de las grandes ventanas ojivales.

Sin embargo, una cosa le preocupaba. La torre no disponía de contrafuertes, de soportes exteriores que sostuvieran sus muros de piedra y ripio.

—A medida que los muros se eleven, se desmoronarán —se quejó Osmund a los canónigos.

Sus temores estaban justificados; se trazaron esmerados planos, y el albañil sólo se sintió satisfecho cuando un ingeniero le mostró lo que iban a hacer.

—Envolveremos toda la torre con unas tiras de hierro sujetas con grandes pernos que atravesarán el muro —le explicó el hombre.

—Pero esas tiras tendrán que ser muy gruesas —objetó el albañil—. La tensión podría ser enorme.

—Lo serán —prometió el ingeniero—. Durarán quinientos años.

Eso fue exactamente lo que hicieron; a medida que se alzaban lentamente los muros de la gigantesca torre, la piedra gris de Chilmark fue envuelta con unas inmensas tiras de hierro.

A Osmund le encantaba el mundo aislado de la torre, casi silencioso salvo por el martilleo de los albañiles, los ocasionales crujidos de los cabrestantes que alzaban las piedras y el murmullo del viento. Y se sentía satisfecho: sus dos hijas estaban casadas; él era respetado en su trabajo. La única causa de preocupación en los últimos años había sido el hecho de que su único hijo se uniera al rey Eduardo en sus guerras en Gales, cuando esa montañosa región fue sometida por primera vez desde la época romana y los ingleses adquirieron de los galeses no sólo un hermoso principado sino también el arte de utilizar el nuevo arco largo. Y Edward Mason, con sus dedos cortos y fuertes, descubrió que estaba dotado para ser un excelente arquero, y regresó de las guerras con honores y un talego repleto de las medallas de plata del rey. Pero las dotes de su hijo como arquero no complacieron a Osmund en absoluto.

—Eres un albañil —recordó a su hijo.

Y aunque Edward en sus ratos de ocio solía practicar el tiro con arco en los blancos situados en las afueras de la ciudad, Osmund nunca fue a verle. Cuando llegó el momento de admitir a su hijo en la asociación de los maestros albañiles, Osmund lo hizo de mala gana.

El maestro albañil había cumplido cincuenta y nueve años; tanto él como su esposa seguían gozando de excelente salud; el albañil conservaba incluso todos sus dientes excepto tres. Ciertamente, le enojaba que a veces, cuando estaba trabajando, de cerca no veía los detalles de sus tallas, pero con los años había aprendido a tentar su trabajo con la mano y ese pequeño defecto no le preocupaba. Por otro lado había constatado que de lejos veía mejor que antes.

Pero de un tiempo a esta parte Osmund había experimentado un cambio.

Al principio culpó de ello a su esposa. Aunque el delgado cuerpo de su mujer comenzaba a mostrar el paso del tiempo, Osmund seguía sosteniendo con ella unas relaciones carnales que no por ser algo mecánicas dejaban de suscitar a veces el agradecimiento de su esposa. Pero últimamente Osmund había notado que su propio cuerpo no respondía como antes. Al principio trató de convencerse de que se debía a que su esposa ya no le atraía, pero con el transcurso de los meses tuvo que reconocer que esa explicación no bastaba. Osmund empezó a mirar a las chicas jóvenes, en ocasiones de forma lasciva, pero en otras esperando despertar sus propias apetencias sexuales. Pero, según comprobó, su cuerpo le estaba fallando. Osmund empezó a mostrarse quisquilloso. Contestaba con aspereza a su esposa sin motivo y miraba descaradamente a las jóvenes en presencia de ella, para insinuar que éstas despertaban sus deseos carnales aunque ella no lo hiciera.

En el trabajo solía pasearse sin que nadie se lo pidiera entre los otros albañiles, inspeccionando su trabajo y corrigiéndoles con malos modos. Y aunque todos sus colegas reconocían que no existía un tallista mejor que Osmund, sus críticas les molestaban. A menudo Osmund criticaba también a su hijo, censurándole públicamente por su supuesta negligencia o por no terminar bien un trabajo, y Edward lo soportaba con paciencia. Pero con frecuencia Osmund humillaba a otros maestros albañiles, diciendo secamente: «Esta línea es débil», o meneando la cabeza en silencio mientras observaba su trabajo. En varias ocasiones Edward le había advertido en privado que su conducta ofendía a sus colegas, pero su padre no le había hecho caso.

Por fin, cuando esas inspecciones se convirtieron en una fastidiosa costumbre, el gremio de los albañiles decidió tomar cartas en el asunto. Las obras de la torre precisaban tan sólo unos pocos trabajadores y los inoportunos comentarios de Osmund se habían convertido en un engorro.

—Hay muchos hombres jóvenes que saben tallar —dijeron a Edward—. Ha llegado el momento de que tu padre deje que otros trabajen en la catedral.

Era una medida muy drástica, pero Edward comprendió que si los socios del gremio lo habían decidido así era inútil tratar de disuadirles.

—Dejad que yo hable con él —les rogó.

Edward comunicó a su padre la decisión del gremio. Sabía que tenían razón. Pero al observar cómo el fornido albañil temblaba primero de indignación y luego encorvaba abatido los hombros, sintió no haberse rebelado ante aquella determinación.

Se produjo una larga pausa antes de que Osmund hablara de nuevo.

—¿Qué voy a hacer? —inquirió.

Era terrible percibir, al cabo de tantos años, aquella nota de desesperación en la voz de su padre.

—Hay mucho trabajo en la ciudad.

Era cierto; seguían construyendo casas para el clero; el palacio episcopal estaba sometido a constantes reformas, a pesar de que el obispo De la Corner, un funcionario real, rara vez se encontraba en Sarum.

Pero a Osmund todo eso le traía sin cuidado. La víspera había completado las tallas de unas cabecitas de perros que iban a instalar en la fachada de la torre. Se sentía satisfecho de ellas. El albañil meneó la cabeza, confundido. ¡Había tantas tallas que deseaba hacer!

—Pero si siempre he trabajado en la catedral —protestó. Era su hogar, su vida.

Se produjo otra tensa pausa antes de que Edward respondiera:

—Es una decisión del gremio. Lo lamento.

No había nada más que añadir. Y al cabo de un rato, durante el cual ni uno ni otro dijeron palabra, Edward dio media vuelta y echó a andar hacia la catedral.

Osmund observó a su hijo mientras se alejaba.

¿Era posible que él, el maestro albañil, hubiera sido rechazado? No podía creerlo. Pero poco a poco, mientras permanecía ahí plantado mirando cómo se alejaba su hijo, comprendió que era cierto. Y la enormidad de la situación le cayó encima como un pesado fardo.

Era una humillación peor que la que le había infligido Cristina; al menos en aquella ocasión él mismo había provocado su desgracia. Pero la sensación de que últimamente estaba perdiendo facultades y ahora ese rechazo por parte del gremio de los albañiles constituían unos golpes durísimos que Osmund no creía merecer. De pronto se sintió débil e impotente.

Edward dio la vuelta a la esquina del edificio sin mirar atrás.

El albañil encorvó la espalda y agachó la cabeza.

—Mi vida ha terminado —murmuró. De golpe se había convertido en un anciano.

Pero inopinadamente, mientras contemplaba la catedral que tanto amaba y en la que Edward acababa de penetrar, su orondo semblante se contrajo en una expresión de odio feroz y rabia.

Osmund sintió que los odiaba a todos: a su esposa, a los albañiles, incluso a su hijo.

—Haz lo que quieras —masculló con amargura—. No sabes tallar la piedra, pero aún eres joven. —Y tras proferir una maldición se volvió de espaldas a la catedral.

Pues por primera vez en su vida Osmund descubría el pecado capital de la envidia.

Poco después de la fiesta de Eduardo el Confesor, en el mes de octubre de 1289, el rey Eduardo I de Inglaterra partió de Windsor y se dirigió a caballo hacia Sarum acompañado por su séquito.

Todos se sentían muy animados, pues sabían que se estaban fraguando unos planes muy importantes que podían incidir decisivamente en la historia de la isla. El rey estaba de excelente humor.

En efecto, en 1289 el rey Eduardo tenía sobrados motivos para estar de buen humor.

Su reino estaba en paz y seguía prosperando; la población crecía, la agricultura gozaba de un momento de gran pujanza. Sus importantes exportaciones de lana —a excepción de unos pocos años de disputas con Flandes durante la década anterior— se habían ido extendiendo hasta alcanzar las populosas ciudades de Francia, Alemania, Italia y los Países Bajos. Cinco años antes, el monarca había ampliado su territorio tras lograr someter a los rebeldes cabecillas celtas de Gales, y había fortificado esa montañosa región con grandes castillos como Caernarvon, que él sabía construir como pocos. Su hijo había sido aceptado por los beligerantes galeses como el primer príncipe de Gales y por primera vez desde los tiempos romanos ese principado se había unido de nuevo a Inglaterra.

A partir de entonces, Eduardo había pasado tres ajetreados años en la última de sus posesiones continentales, la rica provincia de Gascuña cuyos vinos de Burdeos tanto complacían a los ingleses, y cuyos asuntos había organizado con la destreza que le caracterizaba.

Pero a la sazón el rey había vuelto a centrar su atención en Inglaterra.

Dos importantes asuntos de estado reclamaban su atención. El primero era una urgente y exhaustiva reforma de la administración real y feudal. Las corruptelas estaban a la orden del día. Dos meses después de su regreso, el enérgico rey había encargado a unos funcionarios elegidos por él mismo, recién llegados de Gascuña, que investigaran los abusos, y esa pesquisa tenía temblando a la mitad de los sheriffs y jueces de Inglaterra.

El segundo asunto de estado era aún más importante: se trataba nada menos que de unir Inglaterra y la beligerante y vecina Escocia en un solo reino.

La oportunidad se había presentado por azar, cuando el rey Alejandro de Escocia había muerto a causa de una caída de caballo a la edad de cuarenta y cuatro años, dejando como heredera de su reino a la hija de su hija y el rey de Noruega, una niña llamada Margarita. Era conocida como la Doncella de Noruega, y los regentes que gobernaban Escocia habían decidido que ésta regresara del país escandinavo para instalarse en su futuro reino; de paso, habían comenzado a buscarle marido.

Era una oportunidad de oro, y Eduardo no la desaprovechó. Si la Doncella contraía matrimonio con su hijo, los dos reinos se unirían, y esa espectacular maniobra diplomática vendría a coronar los demás triunfos de su reinado. Eduardo comenzó a negociar desde Gascuña con los escoceses. Las negociaciones tuvieron éxito, y en ese momento, mientras el monarca se dirigía a caballo hacia la ciudad catedralicia, cuatro delegados escoceses se hallaban de camino a Salisbury para reunirse allí con los oficiales reales.

El rey tenía un aspecto espléndido: era alto, ancho de espaldas y tenía los brazos largos —lo cual hacía de él un formidable rival en la justa—, pero al mismo tiempo poseía la mente de un letrado, y esa insólita combinación le convirtió en uno de los monarcas más extraordinarios de su época. Aunque en ocasiones Eduardo mostraba las inclinaciones soñadoras y religiosas de su padre —le encantaba el ritual religioso y había prometido al Papa emprender una cruzada—, ese implacable administrador y soldado había aprendido también muchas lecciones de Montfort, una de las cuales consistía en utilizar los nuevos parlamentos para dominar a los magnates y recaudar impuestos.

Su magnífica melena y su barba eran completamente blancas, pero el efecto realzaba su apostura. Sus ojos no perdían detalle, aunque Eduardo había heredado de su padre un párpado caído que en ocasiones daba la errónea impresión de que el rey estaba medio dormido.

Eduardo se sentía francamente eufórico. Mientras sus oficiales negociaban con los escoceses, él cazaría en el bosque de Clarendon y visitaría la catedral.

Osmund sabía que dentro de poco el rey Eduardo y su séquito atravesarían la gran puerta occidental.

Era una soleada mañana de octubre, pero dentro de la catedral todas las velas estaban encendidas, iluminando las pinturas, los ornamentos de oro y plata y los magníficos tapices bordados de seda. En el extremo de la nave, junto al coro, un grupo de caballeros y oficiales —entre los que se encontraban el viejo Jocelin de Godefroi, ataviado con una larga y espléndida capa azul, y su nieto— aguardaba para saludar al monarca; algo más adelante se hallaban el alcalde y los burgueses. Osmund distinguió entre ellos la fornida figura de Peter Shockley. El resto de la nave estaba llena de personas humildes como él. Todos tenían los ojos fijos en la puerta occidental, por la que dentro de unos minutos aparecería el rey acompañado por el sheriff de Wiltshire y el deán de la catedral. Un murmullo de emoción se extendió entre los presentes.

Osmund se encontraba algo apartado del resto de la multitud. De un mes a esta parte era otro hombre. Aquella figura achaparrada de enorme cabeza y semblante rubicundo que había sido el maestro albañil era una mera sombra de sí mismo. Andaba siempre cabizbajo, como si le pesara la cabeza, con la espalda encorvada y las mejillas pálidas y demacradas; el lamentable aspecto que ofrecía se veía realzado por su negativa a afeitarse, de modo que en la barbilla lucía cuatro pelos grises que no llegaban a constituir una barba. En lugar de caminar con paso orgulloso como antes, andaba arrastrando los pies. En menos de un mes había conseguido transformarse en un anciano. Desde su expulsión de la catedral, Osmund no sólo se había alejado del mundo de los albañiles, a los cuales evitaba escrupulosamente, sino también de su esposa. Sólo parecía cobrar vida en presencia de Edward, pues cada vez que veía acercarse a su hijo, Osmund inclinaba el torso hacia delante como un animal dispuesto a saltar sobre su presa y su rostro se crispaba en una mueca de furia.

—He aquí un maestro constructor —decía con desprecio—, un constructor de torres que no sabe tallar.

Habían ofrecido a Osmund otros trabajos, pero él los había rechazado.

—Soy demasiado viejo. No veo bien —explicaba con amargura, y cuando uno de los canónigos protestó contra esa afirmación, Osmund se alejó con aire decaído y arrastrando los pies.

Sin embargo muchos le habían visto en la ciudad, caminando por la ribera opuesta a la iglesia catedralicia mientras contemplaba con mirada ausente los cisnes; pero un observador atento habría notado que los ojos del albañil se posaban constantemente y con tristeza en la descomunal mole gris de la catedral que se alzaba frente a él.

Ese día fue a la catedral sólo porque se había presentado un mensajero del deán con la orden de que acudiera.

—El rey ha admirado las tallas de la sala capitular y desea conocer al albañil que las ha realizado. Debes asistir a la ceremonia.

Así pues, rezongando pero en el fondo satisfecho, Osmund se dirigió a la catedral. No obstante, había insistido en ocupar un lugar separado de la multitud, a varios metros de su hijo y su esposa, en su empecinada soledad.

Osmund echó un vistazo a su alrededor. Era un espectáculo espléndido y no pudo reprimir una sonrisa de satisfacción al contemplarlo. Si el rey dirigía su atención hacia él en lugar de fijarse en los albañiles menos hábiles que se habían atrevido a expulsarlo, mejor que mejor. Imperceptiblemente, Osmund empezó a enderezarse.

El público volvió la cabeza. Dentro de unos momentos aparecería el rey.

De pronto el albañil arrugó el entrecejo. Miró a un lado y a otro para ver si alguien había reparado en ello, pero al parecer nadie lo había advertido. Osmund meneó la cabeza, perplejo.

¿Por qué tenía la impresión de que algo no encajaba?

Osmund escudriñó el interior de la catedral, tratando de descifrar qué había llamado su atención y escrutando los espacios en penumbra. Todo parecía normal. Pero estaba preocupado.

Entonces lo oyó: un murmullo casi imperceptible parecía provenir de un punto frente a él en el suelo, pero no consiguió localizarlo con exactitud. El albañil aguzó el oído; era un mero susurro entre la multitud; ¿podía tratarse de los pasos del séquito del rey fuera de la catedral, o de los clérigos que se movían en el coro ataviados con sus pesados hábitos? Osmund no lo creía así.

Vio alzarse junto a la mampara del coro una ligera nube de incienso; aspiró su dulce aroma.

A pesar de su avanzada edad, todos sus sentidos cobraron vida de pronto. Bajo sus pies Osmund creyó detectar un sutil e insidioso temblor de las losas del suelo; los demás no repararon en ello porque estaban pendientes de la llegada del rey.

Osmund aguzó de nuevo el oído. Era más que un murmullo; era un débil crujido y provenía claramente de las mismas piedras de la catedral.

Algo andaba mal.

Osmund observó los grandes arcos ante él. ¿Sería cosa de su imaginación o presentaban un aspecto ligeramente distinto?

Transcurrió un minuto. Osmund volvió a percibir el sonido, pero esta vez más nítidamente: un rechinar, un crujido seguido por un tenue chasquido que provenía de lo alto. Varias cabezas se volvieron.

Entonces Osmund lo vio. Era casi imperceptible, pero a la vez inconfundible. Los pilares centrales de la catedral, las cuatro esbeltas patas sobre las que descansaba la gigantesca torre, se estaban combando.

Osmund los contempló horrorizado. Era como si una enorme fuerza se afanara en doblarlos como unos arcos, y la fibra de la piedra tratara desesperadamente de resistir. Se oyó otro leve crujido. Osmund abrió la boca para gritar.

Pero en aquel momento un clamor se alzó en el exterior del edificio, y antes de que el albañil tuviera tiempo de reaccionar las voces del coro sofocaron todos los demás sonidos cuando el rey Eduardo y su séquito, cubiertos con unas capas bordadas con gemas que relucían bajo el sol, traspusieron la puerta occidental.

Todos volvieron los ojos hacia el monarca, excepto Osmund, quien siguió contemplando aterrorizado los pilares mientras un temblor, inadvertido por la multitud que llenaba el recinto, sacudía la estructura de la catedral.

—Madre de Dios —murmuró Osmund—, no permitas que se derrumbe ahora.

El movimiento que había detectado Osmund formaba parte de un complejo problema cuyos orígenes residían en lo más profundo de la estructura de la gran catedral.

Incluso sin la torre, la presión externa procedente de la gigantesca bóveda provocaba una enorme tensión sobre los pilares que la sostenían. Algunos de los arcos del coro oriental aparecían levemente torcidos, inclinándose hacia el altar como una gigantesca concertina de piedra, y en el punto de intersección central la parte superior de los pilares centrales se había combado hacia dentro; ese efecto apenas visible suponía una tremenda tensión sobre el entramado de piedra. Tales problemas no eran desconocidos en otras catedrales, y cuando el asentamiento de la estructura parecía suponer un peligro, era necesario utilizar otros medios de soporte, como contrafuertes o arcos de refuerzo. De hecho, ya habían añadido al edificio principal de la catedral varios pequeños contrafuertes, aunque éstos no eran muy eficaces. Pero nadie había resuelto la tensión adicional que suponía añadir miles de toneladas de piedra a la gran mole al edificar la nueva torre sobre la intersección central. «El mármol de Purbeck la sostendrá», habían afirmado confiados los albañiles.

Si estaban en lo cierto, verían el mármol resistir hasta límites insospechados mientras las elevadas columnas, combadas ya hacia dentro, comenzaban a torcerse también en el centro debido a la tremenda carga que soportaban.

Si estaban equivocados…, Osmund sostuvo el aliento mientras el rey avanzaba por el pasillo de la nave central.

Una vez que hubo concluido la ceremonia, y mientras el grupo de sacerdotes y dignatarios locales formaban un respetuoso círculo en el extremo oriental de la nave, varios albañiles avanzaron para ser recibidos por el rey con una afable inclinación de la cabeza. El último de éstos fue Osmund. Alguien depositó en su mano un talego lleno de monedas y oyó decir al propio Eduardo:

—Tus tallas de la sala capitular son magníficas, Osmund Mason.

El albañil hizo una profunda reverencia. Pero cuando el rey comentó: «Pronto no existirá otra catedral más imponente en toda Inglaterra», Osmund meneó la cabeza tan violentamente que todo el círculo se volvió para mirarlo.

Éste señaló los elevados pilares y exclamó:

—La torre es demasiado pesada. Fijaos en cómo se comban los pilares. —Y cuando todos volvieron los ojos hacia el lugar que señalaba Osmund, éste agregó—: Hoy por poco se desploma el edificio.

Se produjo un gran silencio mientras el grupo alzaba la vista para observar la inconfundible curva que presentaban los pilares. Entonces el albañil oyó decir a uno de los canónigos en tono cortés pero despectivo:

—Es un viejo albañil, señor, y no le hemos permitido que siga trabajando en la iglesia. El mármol sostendrá la torre.

Al cabo de unos momentos Osmund fue obligado a retirarse, de modo que no oyó el resto de la conversación, pero percibió unas carcajadas.

El albañil se llevó una sorpresa cuando, al salir de la catedral, uno de los cortesanos del rey se acercó a él y le ordenó:

—Ve a Clarendon mañana por la mañana. El rey desea que confecciones unas tallas de madera para sus apartamentos privados.

Al abrir la boca para responder con su habitual negativa, el cortesano le interrumpió bruscamente.

—Son órdenes del rey. Preséntate al amanecer, antes de que el soberano salga a cazar. —Acto seguido el hombre añadió sonriendo—: El rey valora tu trabajo, Mason, aunque hayas enojado a los canónigos de la catedral.

A Osmund no le quedó más remedio que obedecer.

La mañana siguiente a la ceremonia celebrada en la catedral, otras dos personas recorrieron a pie los tres kilómetros que separaban la puerta oriental de la ciudad del palacio real de Clarendon. Nadie les había mandado llamar.

John, conocido como el hijo de Will, no guardaba externamente un gran parecido con su padre William atte Brigge, pues aunque resultaba obvio, si se analizaban por separado, que había heredado los rasgos de William, el joven había conseguido crear un conjunto que nada tenía que ver con la apariencia paterna. Si William solía andar encorvado, él andaba erguido; caminaba con una calculada serenidad que borraba el torpe caminar de sus antepasados. Su estrecho rostro mostraba una expresión viva y animada en lugar de cruel, y mientras que los ojos de William tenían una mirada astuta, los suyos reflejaban una gran inteligencia. Sus delgados labios nunca esbozaban una mueca de desprecio, sino que tenían la costumbre de formar una cautivadora sonrisa. John había continuado el modesto negocio pañero de la familia en Wilton, y ya antes de morir el viejo William había adquirido fama de honesto. Pese a esas diferencias, seguía siendo conocido como el hijo de William, pues la gente solía referirse a él como John Will’s son, o Wilson.

John Wilson no tenía enemigos; en la ciudad había incluso algunos hombres quienes, por motivos de negocios, decían que era amigo suyo.

Pero su tesoro más valioso era su esposa.

Cristina, a sus treinta y siete años, era extraordinaria. Era como si el tiempo se hubiera detenido para ella a los veinticinco años, y algunas mujeres en Sarum con fama de hermosas tenían que reconocer que Cristina Wilson era un caso aparte. Cristina había dado a su marido cinco hijos, pero estaba delgada como una jovencita. Las líneas normales de la edad se limitaban a unas atractivas arruguitas de satisfacción en torno a sus ojos. Tenía el pelo rubio como cuando era una niña, y se movía con franco pero modesto reconocimiento de su belleza. Cristina había constituido una ayuda prodigiosa para su marido en sus negocios.

No es que hablara mucho. No es que coqueteara con los comerciantes con quienes trataba su marido —pues en una pequeña comunidad eso podía ser peligroso—, pero su presencia, su sonrisa si los precios que ofrecían aquéllos eran aceptables, hacían que todos se afanaran en complacerla. De hecho, cuando un cliente caía bajo el hechizo temporal de Cristina, John Wilson se había sentido tentado en más de una ocasión de cerrar un trato descaradamente favorable a él mismo, pero ella siempre le disuadía.

—Más tarde se enfurecerán con nosotros y me odiarán —advertía a su marido—. Necesitamos amigos, John; somos gente insignificante.

Sarum había olvidado hacía mucho tiempo la humillación que Cristina había infligido al albañil; sólo su marido conocía la mente maliciosa y la intensa sensualidad de la mujer, y se guardaba mucho de divulgar ese conocimiento.

A la sazón, el semblante de John Wilson expresaba a la vez ansiedad e impaciencia: iba a ser el día más importante de su vida.

El sol apenas se había asomado sobre los árboles cuando llegaron al palacio de Clarendon. En realidad se trataba de un pabellón de caza, una desperdigada colección de edificios de dos plantas que se habían ido ampliando durante los reinados de varios reyes sin seguir un plano muy definido, y a los que se habían agregado aposentos para huéspedes, y más perreras para los mastines a medida que eran necesarios. La mayoría de los edificios eran de madera; los tejados de las partes principales eran de tejas y los del resto, de madera, por lo que los últimos requerían continuas reparaciones.

Cuando llegaron a la entrada al recinto del palacio y preguntaron dónde se encontraban los apartamentos del rey, el guardia les miró con recelo; pero suponiendo que eran o bien unos trabajadores —como el pequeño albañil al que había franqueado la entrada hacía un rato— o que pertenecían a una de las compañías de juglares que acudían cada vez que el monarca se hallaba en Clarendon, les indicó secamente un grupo de edificios en la parte central. Al cabo de unos momentos Wilson y su esposa llegaron a un pequeño patio alrededor del cual estaban dispuestos los aposentos reales.

Dichos aposentos eran parecidos a los demás, salvo que en sus muros colgaban docenas de cornamentas de anteriores expediciones de caza, y esos trofeos relucían bajo el sol matutino. Una docena de cazadores aguardaba junto al edificio, así como varias parejas de espléndidos mastines que jadeaban de impaciencia y cuyo aliento brotaba de sus fauces como vaho. Los cazadores bromeaban entre sí, anticipándose al buen humor del rey, y no prestaron atención a los recién llegados.

La puerta de los apartamentos reales estaba abierta y a través de ella Wilson vio una habitación brillantemente decorada. El suelo estaba recubierto de las losas de colores que los monjes de Wiltshire habían convertido en su especialidad. En la pared del fondo vio unos alegres cuadros de reyes precedentes, dispuestos en una orla verde que recorría la habitación. Y en el centro de ésta, Wilson distinguió también el borde de una magnífica alfombra, un nuevo elemento decorativo que la adorada consorte de Eduardo había traído a su corte desde su nativa España. Wilson jamás había visto un lujo semejante, y consciente de la inminente llegada del rey miró nervioso a su esposa; ella sonrió para tranquilizarlo.

—¿Estás preparado?

Él movió la cabeza afirmativamente, pero las manos le temblaban.

—Todo está en juego, John —le recordó su esposa.

Y antes de que el comerciante tuviera tiempo de recapacitar sobre la monstruosidad que iba a cometer, apareció la figura canosa del rey Eduardo, seguido por un grupo de cortesanos.

Aquella mañana el soberano se encontraba de excelente humor; de lo contrario no se habría detenido cuando un cortesano señaló al comerciante de Wilton y a su bella esposa, informándole de que deseaban hacerle una petición.

Desde que Eduardo estableció la investigación para sanear su administración, la corte se había visto inundada de quejas y peticiones que sus eficientes secretarios se apresuraban a remitir a los jueces que investigaban el asunto o a los tribunales de los condados. Pero al igual que aquel otro jurista, su bisabuelo Enrique II, Eduardo tenía la costumbre de oír los casos personalmente; de modo que ahora, mientras los cazadores aguardaban, saludó a Wilson con una breve inclinación de cabeza y plantándose ante él con sus largas piernas separadas y los brazos cruzados sobre el pecho, se dispuso a escuchar su petición.

—Sé breve —ordenó Eduardo al comerciante.

John Wilson tenía un talante agradable, un aire de sencillez y franqueza que le había costado varios años perfeccionar. Expuso su caso con brevedad y una sinceridad tan aplastante que Eduardo, pese a ser un excelente psicólogo, le creyó.

—La granja me pertenece —explicó Wilson, y pasó a detallar con calma que, quince años atrás, antes de que las recientes leyes prohibieran a los judíos realizar esas transacciones, Aaron de Wilton había prestado una vez más a los Shockley dinero sobre la fianza de la granja Shockley. Como éstos no se lo devolvieron, el judío se apoderó de la granja, pero no pudo conservarla (a los judíos no se les permitía tener tierras y por tanto se veían obligados a vender inmediatamente la escritura)—. Yo compré la tierra —declaró Wilson—, y Aaron se quedó con el dinero. Pero dejó que Shockley la ocupara y no he conseguido tomar posesión de la misma. De modo que me he quedado sin el dinero y sin la granja. —Wilson se encogió de hombros, como si fuera habitual que un hombre honesto fuera víctima de esas estafas—. Por otra parte —continuó—, puesto que recientemente se promulgaron unas leyes prohibiendo esas transacciones con los judíos, no consigo que nadie se interese en el caso. Pero ese dinero era cuanto yo poseía, y lo gané honradamente. —Era una historia plausible, aunque no contenía una sola palabra de verdad.

El rey asintió con la cabeza. Los judíos le disgustaban, y hacía una década había prohibido la mayoría de sus actividades, pero había cerrado los arcones donde se conservaban los documentos quirografarios. En la confusión que rodeó la liquidación de los asuntos de los judíos, el monarca sabía que era posible que se hubiera producido un error administrativo, desposeyendo a ese hombre honesto y a su bella y rubia esposa de una propiedad que habían adquirido de buena fe.

—Pero este asunto debió exponerse ante los jueces del tribunal de hacienda o el tribunal del condado —dijo, y Wilson notó que, como siempre había oído decir, el monarca ceceaba.

—No puedo obtener justicia allí —contestó Wilson con firmeza.

—¿Por qué? —inquirió el rey. Esos abusos de justicia era justamente lo que él estaba resuelto a eliminar.

En aquellos momentos John Wilson, que siempre había estado convencido de que los Shockley habían arrebatado la granja a su familia, y que los Shockley y los Godefroi eran sus enemigos naturales, pronunció su siguiente y descomunal mentira.

—A causa de Godefroi —dijo lisa y llanamente—. Me odia y tiene negocios con Shockley y el judío. Tiene mucha influencia en los tribunales, de modo que impedirá que se haga justicia conmigo.

Por primera vez Eduardo lo miró con incredulidad. Conocía bien al viejo Godefroi; por su cargo de forense, éste se había ocupado con frecuencia de asuntos relativos a propiedades de personas difuntas; como agente encargado de confiscar bienes mostrencos que revertían al rey, tenía el deber de defender los intereses del monarca cuando morían sus arrendatarios. Ambos cargos le procuraban una gran influencia en los tribunales locales y la ocasión de cometer abusos, pero de entre todos los que podían ser acusados de corrupción en las investigaciones emprendidas al respecto, el caballero de Avonsford era el último de quien el rey habría sospechado. Eduardo observó a Wilson con frialdad.

—Jocelin de Godefroi es nuestro leal servidor —afirmó secamente.

Pero Wilson no se inmutó.

—Él y Shockley dirigen juntos el batán enfurtidor —repuso—, y actualmente Godefroi tiene alojado en su mansión de Avonsford al judío, quien lleva un mes allí.

El rostro de Eduardo se ensombreció. Aunque el hecho de alojar a un judío no constituía una ofensa legal, ciertamente era contrario al espíritu de la ley, tendente a aislar a los judíos de los cristianos en todos los aspectos. El rey se volvió hacia el grupo de hombres que le rodeaba.

—¿Es eso cierto?

Uno de los cortesanos asintió con la cabeza.

—Eso he oído decir, sire. El judío es muy viejo.

Eduardo torció el gesto.

—Ese hombre siempre me ha sido leal —insistió.

Era el momento para el que John Wilson se había preparado minuciosamente.

—No tan leal, sire —terció—. En tiempos de Montfort estaba del lado de los enemigos de vuestra majestad.

Esta vez el rey lo miró con rabia.

—Era el hijo quien estaba con Montfort, y murió en el campo de batalla, no el padre.

Pero el comerciante, sin dejarse amedrentar, meneó la cabeza.

—Jocelin dio a su hijo su bendición cuando el joven partió para luchar en Lewes —dijo—. Y Shockley estaba con él. Ocurrió frente al batán enfurtidor. Lo vi con mis propios ojos.

Wilson había esperado veinticinco años para utilizar esa información contra Godefroi y Shockley, desde el día en que había presenciado la escena junto a su padre.

A continuación se produjo un silencio terrible.

Aunque su intuición decía a Eduardo que ese hombre no era de fiar, su larga experiencia le advertía de que la acusación podía ser cierta. Quizá debería haber castigado a los Godefroi como a todos los rebeldes; el rey maldijo en su fuero interno al rencoroso comerciante de Wilton que le había arruinado el día.

Fue entonces cuando el viejo Osmund —quien permanecía en silencio detrás del grupo de cortesanos después de que le hubieran dado las instrucciones relativas a su trabajo— se granjeó mediante un espléndido gesto de coraje la enemistad de los Wilson y toda su familia durante varias generaciones.

John Wilson no había visto salir al viejo albañil de los apartamentos reales. Y en su inquina hacia los Godefroi y los Shockley, incluso había olvidado que veinticinco años atrás Osmund había estado presente en la reunión frente al batán enfurtidor. Pero aunque lo hubiera recordado, dado que ésta era una de las pocas partes verídicas de su historia, jamás habría sospechado lo que ocurrió a continuación.

Osmund se abrió camino entre el círculo de cortesanos, avanzó resueltamente y volviéndose hacia el rey anunció:

—Yo también estuve presente, majestad, cuando Hugh de Godefroi se fue a luchar, y su padre le maldijo frente al batán enfurtidor y le prohibió que partiera.

Era mentira. Pero sesenta años de lealtad al caballero de Avonsford hicieron que las palabras brotaran con facilidad de sus labios. John Wilson lo miró estupefacto.

—¡Mientes! —exclamó.

Pero en el rostro de Eduardo se dibujó una sonrisa de alivio. De los dos hombres, se inclinaba a creer al viejo albañil. Además, deseaba creerle.

—No digas otra palabra contra Godefroi —advirtió a Wilson—. ¿Qué pruebas tienes acerca de esa granja?

Durante unos instantes John Wilson fue presa de un violento temblor de ira y no pudo articular palabra. Cristina le tocó el brazo y miró implorante al rey. Pero, tras recobrar lentamente su compostura, Wilson extrajo un documento sellado y se lo entregó al rey para que lo examinara. Tras hacer eso, y dirigir una mirada furibunda al albañil, los músculos de su rostro se relajaron y aguardó sonriente y confiado. Eso zanjaría el asunto.

Pero estaba muy equivocado.

Porque el documento que apoyaba su monstruoso invento de fraude y venganza, la prueba que en su opinión constituía su obra maestra, constituyó su error más grave. De hecho, era una patética torpeza que ningún hombre inteligente habría cometido. Pero John Wilson, aunque listo y con dotes de persuasión, era analfabeto.

Eduardo leyó el documento lentamente y mientras lo hacía su mueca de disgusto comenzó a disiparse. Al observar su reacción, John y Cristina se miraron satisfechos; era evidente que el rey se sentía impresionado. Pero cuando éste empezó a sonreír, la satisfacción de la pareja dio paso a la incertidumbre, y cuando al cabo de unos momentos el monarca soltó una sonora carcajada, ambos se miraron confundidos. Por fin, sin pronunciar una palabra, el rey entregó el documento a uno de sus cortesanos, quien al leerlo se echó también a reír.

Pues el fraudulento documento por el que John Wilson había pagado a un pobre sacerdote —uno de los muchos vicarios desempleados que deambulaban por Sarum— para que lo escribiera, era tan lamentable que resultaba ridículo. El documento en virtud del cual la granja Shockley pasaba a manos de Aaron y posteriormente a Wilson estaba redactado en una grotesca mezcla de francés, un pésimo latín e inglés que ningún clérigo ni comerciante instruido habría redactado jamás. Las cláusulas de cesión estaban plagadas de errores, no estaba debidamente sellado ni rubricado por ningún testigo; era imposible que hubiera pasado por las manos del culto judío, ni siquiera como un documento de cesión ilícito. Sólo había un detalle auténtico, y éste era el sello del judío que Wilson había recogido del puente de Fisherton el mes anterior.

Eduardo dejó de reír y volviéndose hacia Wilson bramó:

—Tu documento es un fraude, bribón. Eres un estafador. ¡Irás a la cárcel!

—Pero si ostenta el sello del judío —protestó Wilson alarmado—. Tiene que ser auténtico.

—¡Imbécil! ¿Acaso no sabes que un sello no prueba nada?

Wilson miró desconcertado al rey. Era el sello lo que le había proporcionado la idea. Estaba convencido de que con ello conseguiría su propósito, pues siempre había oído decir que un documento sellado constituía una prueba irrefutable. El hecho de que días atrás el tribunal del rey, al juzgar un caso de fraude semejante a éste, hubiera dictaminado con acierto que un sello, que podía perderse o ser robado fácilmente, ya no constituía una prueba de autenticidad era algo que tanto Wilson como el desgraciado sacerdote que había empleado ignoraban. El comerciante comprendió que estaba atrapado. Desesperado, se volvió hacia Cristina y su mujer se apresuró a dedicar al rey su sonrisa más radiante y cautivadora. Pero Eduardo no le hizo el menor caso.

—¿Cómo te atreves a hacer perder el tiempo al rey y formular unas acusaciones contra sus leales sirvientes? —rugió Eduardo—. Serás debidamente castigado por ello. Llamad a la guardia.

Al cabo de unos momentos John Wilson se encontró rodeado por unos hombres armados.

—Encerradlo hasta que yo regrese —ordenó el soberano. Luego señaló a Cristina y añadió—: Y a ella también.

El humor del monarca no mejoró hasta que hubo pasado varias horas cazando: no sólo porque el comerciante le había hecho perder el tiempo, sino porque, pese a la ferviente defensa de Osmund, no conseguía librarse de la sospecha de que una parte de las acusaciones de Wilson podía ser cierta. ¿Debía investigar el asunto para averiguar la verdad? Pero ¿con qué fin, para descubrir una vieja traición? Eduardo decidió olvidar el asunto y darlo por zanjado. No deseaba saber la verdad.

—Godefroi es amigo mío —masculló. Sin embargo la semilla de la desconfianza había empezado a germinar en su mente.

La suerte de John Wilson y de su esposa se decidió por unas circunstancias ajenas por completo a la granja Shockley.

Fue un joven e inteligente cortesano que había participado en las negociaciones con los escoceses quien resolvió la cuestión. Aquella mañana había observado con atención a la pareja. Posteriormente, mientras el rey Eduardo estaba cenando, se presentó ante él y le hizo una discreta sugerencia que hizo que al cabo de un rato John y Cristina fueran conducidos en presencia del monarca.

Habían pasado una jornada incómoda y angustiosa. El cobertizo en el que les habían encerrado tenía goteras; anteriormente había sido utilizado como perrera y olía que apestaba. Al atardecer la temperatura había refrescado y por la noche no habían dejado de tiritar. No les habían dado nada de comer. Ahora, súbitamente, se hallaban pestañeando a la intensa luz de los suntuosos aposentos del rey, frente a Eduardo y sus compañeros, y escuchando la insólita proposición que el joven cortesano les expuso fríamente.

Su lógica era impecable. Las negociaciones con los escoceses habían ido bien, pero durante la última semana el resultado de las mismas se había demorado innecesariamente debido a unos detalles insignificantes. La causa del retraso, según había averiguado el joven cortesano, era el secretario de uno de los delegados, el cual se oponía al acuerdo y había influido negativamente en su jefe.

—La única forma de tenerlo contento es hacer que se divierta —explicó el joven al rey—. Así lograremos que acceda, aunque no esté de acuerdo. Si no se divierte, se empeña en inventar obstáculos absurdos.

—¿Y cómo podemos divertirle?

—Con mujeres, majestad. Tiene un apetito insaciable. Ya le hemos proporcionado tres mozas de la localidad, pero ha terminado aburriéndose de ellas. —El joven sonrió—. Pero ¿os habéis fijado en la mujer del comerciante? Es extraordinaria.

Eduardo miró al joven con una mezcla de admiración por su astucia y desprecio por sus métodos. Su devoción a su consorte española era conocida por todos. Incluso llevaba consigo a la reina cuando emprendía una campaña militar.

—¿Queréis enviarla a ese escocés, como pago para dejar al matrimonio en libertad? —preguntó el rey meneando la cabeza en un gesto de desaprobación—. Me niego a ello.

—No, sire, no será necesario —respondió el cortesano—. Lo harán voluntariamente. —Y el joven pasó a esbozar brevemente su plan—. ¿Cuento con vuestra autorización?

Eduardo hizo una mueca de desagrado.

—Supongo que sí.

Después de que John Wilson oyera al joven proponerle alegremente el trato, el comerciante repuso con cautela:

—¿Me dejaréis en libertad sin someterme a juicio?

El cortesano asintió con la cabeza.

—El rey lo está considerando, pese a tu impertinente intento de estafa.

—Y cuando esté libre, ¿me concederéis una granja?

—Exactamente. Tendrás tu propia granja.

—¿Pero mi esposa tendrá que acostarse durante una semana con el escocés?

—Sí, si es que quieres conseguir la granja. Le harás un favor al rey —agregó el joven con una sonrisa.

Antes de hablar John Wilson se detuvo, sin mirar a su esposa.

—Si el escocés desea acostarse con ella durante más tiempo —dijo en tono calculador—, ¿obtendré algo más?

Hasta la meliflua sonrisa del cortesano se desvaneció momentáneamente al oír aquella descarada pregunta; pero se recobró rápidamente.

—Tal vez.

John se volvió entonces hacia Cristina. Ninguno de ellos dijo palabra, pero se miraron con una expresión de perfecta complicidad.

—Lo hará —dijo John alegremente.

El joven cortesano sonrió; el rey, con su párpado caído, contempló la escena sin pestañear. Y una hora más tarde el joven cortesano depositó con gesto despectivo en manos de John Wilson una pequeña cédula concediéndole a él y a sus herederos la tenencia de una granja consistente en unas pocas varas de tierra y una vivienda. La vivienda era de dimensiones reducidas; la tierra mediocre. Pero era suficiente para satisfacer las modestas aspiraciones del comerciante. Estaba situada junto a la granja de los Shockley.

El acuerdo entre los escoceses y los delegados ingleses con respecto al gobierno de Escocia durante la minoría de su joven reina, y la recomendación de que el hijo del rey contrajera matrimonio con la Doncella de Noruega, fue presentado al rey Eduardo en Salisbury el 6 de noviembre de 1289.

Posteriormente, el rey fue a cazar a New Forest, desplazándose hasta Christchurch, en el sur, y al pequeño puerto marítimo. Permaneció en la región un mes antes de regresar a Londres para Navidad, después de lo cual convocó un parlamento que se prolongó hasta fines de febrero. Durante la Cuaresma, Eduardo se trasladó al valle del alto Támesis y en Pascua se instaló en su parque de Woodstock. Más tarde regresó a Sarum, donde visitó el convento de Amesbury —emplazado a unos tres kilómetros del antiguo henge y donde su madre era ahora monja—, a fin de celebrar una conferencia de familia. A continuación, el ajetreado monarca regresó de nuevo a Londres para convocar uno de los parlamentos más importantes de su reinado.

El Parlamento del verano de 1290 constituyó un hito en la historia de Inglaterra por muchas razones. El rey, un jurista reformador, nunca había estado tan ocupado: creó orden a partir de la vieja y anticuada administración feudal, buscó formas de recaudar fondos de su próspero reino. Se discutió el acuerdo con Escocia, y la Iglesia concedió elevados subsidios procedentes de sus vastas posesiones.

Asimismo, el monarca promulgó algunas de sus leyes más célebres. Una de ellas fue el gran estatuto Quo Warranto en virtud del cual trató de regular, aunque no pudo eliminar por completo, el indisciplinado poder de algunos de los magnates feudales. El estatuto obligaba a cualquier magnate que reivindicara una jurisdicción —o liberty— sobre una zona a demostrar mediante qué cédula ostentaba este derecho. Si el magnate no podía demostrar sus derechos, la jurisdicción debía revertir al rey. Esas iniciativas, sin embargo, no siempre prosperaban. Una de las liberties que el monarca había puesto en tela de juicio era la de la abadía de Wilton sobre la pequeña circunscripción política de Chalke. Pero incluso Eduardo fue derrotado por las monjas.

Durante ese proceso se alcanzó otro hito histórico cuando, el 18 de julio de 1290, el rey resolvió otra cuestión de gran trascendencia.

Pues aquel día, Eduardo I de Inglaterra y su consejo reunidos en Westminster expulsaron a los judíos del reino.

Casualmente, esa fecha coincidía con el ayuno del noveno día del Ab en el calendario judío: el aniversario de la destrucción de Jerusalén y muchos desastres posteriores.

El plazo concedido a la comunidad judía para marcharse llegaba hasta la fiesta de Todos los Santos, el día siguiente a Halloween. Partirían bajo la protección del rey, sin ser molestados.

La decisión real no sorprendió a nadie: hacía tiempo que la posición de los judíos era insostenible, y puesto que estaban arruinados habían dejado de ser una fuente de provecho para la corona. Todos suponían que había sido la madre del rey quien le había instado a expulsarlos del reino cuando éste visitó Amesbury. El subsidio que la Iglesia ofreció al monarca inmediatamente después fue, en parte, un donativo en señal de gratitud a Eduardo por su piadoso acto.

Dos días antes de Halloween, Aaron de Wilton fue instalado de nuevo en el carro de los Shockley. En lugar de viajar a Londres, Wilton había decidido embarcarse, con la media docena de judíos restantes de la comunidad de Wilton, en un pequeño barco que zarparía del puerto de Christchurch para dirigirse a Francia. Peter Shockley insistió en que utilizaran su carro para trasladar a su viejo amigo hasta el puerto, y puesto que él y Christopher debían atender unos asuntos de negocios, Peter había ordenado a Mary, desoyendo sus protestas, que acompañara a Aaron y se asegurara de que zarpaba sano y salvo.

Utilizando tres carros trasladaron lentamente al reducido grupo y sus escasas pertenencias por la accidentada carretera que discurría en sentido paralelo al perezoso río Avon a través de las aldeas de Fordingbridge y Ringwood, y a lo largo del límite occidental de New Forest hasta Christchurch. Aunque el trayecto era sólo de cuarenta kilómetros, les llevó dos días recorrerlo, y la noche de Halloween alcanzaron el camino adoquinado de la pequeña población de Christchurch, con su hermoso priorato y su pequeño y oscuro castillo sobre un montículo junto al puerto.

Aaron se mostraba asombrosamente sereno. El reposo en Avonsford le había restituido las fuerzas y volvía a ser el de siempre. Además de insistir en que aceptara un pequeño talego lleno de monedas de plata, el anciano Jocelin había encargado que le compraran ropa nueva. Su barba gris estaba perfectamente recortada y sus ojos azules aparecían de nuevo claros y límpidos. El judío viajaba sentado en el carro, tranquilo pero alerta, observando la campiña. Aunque le habían desterrado del país que siempre había sido su hogar, según dijo al caballero de Avonsford, era demasiado viejo para hacer otra cosa que tomárselo con filosofía.

—Al parecer Dios desea que vea más mundo antes de morir —comentó Aaron con ironía, y se despidió de los Godefroi y de los Shockley con sorprendente buen humor.

Pero Mary Shockley aprovechó ese último viaje desde Sarum a la costa para tratar de convertirlo.

Durante la jornada anterior al viaje, Mary había meditado detenidamente sobre ello. Se dijo que puesto que su padre le había ordenado que condujera a Aaron en el carro, ella debía hacerlo, y puesto que lo conducía a su destierro, sin duda cumplía la voluntad de Dios. Pero la tarea no le agradaba. Era una muchacha menos agresiva de lo que aparentaba y de buen corazón, perfectamente capaz de realizar las faenas del campo y combatir como sus antepasados sajones. Sabía que los judíos irían al infierno si no se convertían, un problema para el que había hallado una solución bien simple. «¿Por qué no les ordena el rey que se conviertan y los ejecuta si no obedecen?», había preguntado una vez de niña. Así era como los romanos habían convertido a los sajones y los sajones a los daneses, en otras épocas más felices y menos complicadas. Pero dado que estaba obligada a viajar durante dos días en un carro con un viejo infiel, Mary comprendió que tenía el deber de tratar de convertirlo. De modo que tan pronto como atravesaron traqueteando el puente de Ayleswade y enfilaron la carretera hacia el sur, la joven informó a Aaron de sus intenciones.

El anciano y sofisticado judío encontró divertido estar sentado en un destartalado carro junto a una joven casi analfabeta y de toscos modales que le pedía que abjurara de su fe. Ésta intentó convertirle incluso antes de llegar a Britford y antes de que la torre de la catedral hubiera desaparecido de la vista. Le suplicó durante todo el trayecto hasta Fordingbridge, haciendo hincapié en lo absurdo del judaismo y la gran autoridad de la Iglesia cristiana.

Aaron apenas discutió con ella, pero Mary vio que no lograba convencerlo.

—No te preocupes, viejo judío; conseguiré salvar tu alma —le dijo alegremente.

Cuando hubieron atravesado el río en Fordingbridge, Mary advirtió a Aaron de los peligros del infierno; le dijo que debía hacer penitencia por el crimen cometido por los judíos al enviar a Jesús a la cruz; le explicó que aquellos que, al igual que él, veían al Salvador pero cerraban los ojos no obtendrían el perdón divino el Día del Juicio Final. El anciano respondió con paciencia, más divertido que irritado por la persistencia de la muchacha, y le explicó que no tenía ningún deseo de abandonar al Dios que había hecho una alianza con sus antepasados.

Se detuvieron en Ringwood para pernoctar.

Al segundo día, presintiendo que había sido derrotada en la cuestión principal, Mary varió su línea de ataque.

—¿Por qué practicas la usura cuando la Biblia y la Iglesia afirman que es pecado? —preguntó.

—Yo no practico la usura —repuso el judío.

Mary arrugó el ceño.

—Pero prestas dinero con intereses.

—Sí, pero lo que la Biblia denomina usura es un interés excesivo, lo cual es diferente —respondió Aaron con calma—. Todo dinero debe comportar un interés, de otro modo nadie tendría motivo alguno para prestarlo.

Mary meneó la cabeza. Qué ignorante era ese anciano.

—No deberías cobrar ningún interés —le corrigió—. Lo dicen los sacerdotes.

Aaron suspiró. La supina ignorancia de las más simples finanzas que mostraba esa peregrina doctrina era algo que él no alcanzaba a comprender y que le entristecía profundamente.

—¿Acaso lo niegas? —insistió Mary.

Él la miró pensando en que era una criatura espléndida, con sus ojos violeta de mirada franca, su larga cabellera rubia y su cuerpo atlético. El judío no sentía ningún rencor hacia ella y deseaba que Mary dejara de discutir con él porque estaba cansado. Pero su pasión por el rigor le obligó a responder:

—Niego que los sacerdotes tengan razón en lo que dicen. Un interés excesivo es un delito, y destructivo, pero es preciso cobrar intereses.

Mary comprendió que el judío era sincero, y su rostro asumió una expresión de perplejidad cuando el anciano, pese a estar harto de la discusión, trató de aclarar de una vez por todas el prejuicio fundamental que gravitaba sobre todas las transacciones financieras durante el Medioevo.

—Cuando tu abuelo invirtió en el batán enfurtidor, Mary, sólo podía hacerlo si su inversión le procuraba beneficios. Es el mismo caso que un hombre que adquiere una granja y la explota. Si no obtienes beneficios te arruinas. Cuando vendes tus productos en el mercado, lo haces a cambio de dinero. Supón que quisieras financiar a otra persona para que construyera un molino o adquiriera una granja con tu dinero. ¿No tratarías de obtener unos beneficios, como harías si el molino o la granja fueran tuyos? Los beneficios sobre ese dinero son la tasa de interés, eso es todo.

Mary reflexionó sobre lo que había dicho el judío. Parecía lógico, pero a ella no le gustaba. La joven guardó silencio durante unos minutos mientras avanzaban por el camino. De pronto su expresión ceñuda se disipó y dijo:

—Pero yo trabajo la tierra, y planto cosechas; y mi hermano trabaja en el batán enfurtidor. Así es como obtenemos dinero.

—Por supuesto —repuso Aaron sonriendo—. Pero en realidad no existe diferencia. Cuando trabajas, el dinero invertido en la granja también trabaja, y obtiene beneficios.

Mary comprendió que lo que acababa de decir el anciano era un disparate.

—¡El dinero no trabaja, judío! —exclamó golpeando el costado del carro con el puño—. ¡Yo trabajo!

El simple principio abstracto que reside detrás de toda actividad económica y detrás de toda civilización humana ofendía profundamente la mente práctica de la joven.

—Deberías haberte visto obligado a trabajar con tus manos —dijo Mary en tono de reproche.

Ésta era una solución al problema judío que había sido propuesta en muchas ocasiones, no sólo por terratenientes bienintencionados sino por intelectuales tan sutiles como el clérigo Grosseteste y el gran filósofo y teólogo Tomás de Aquino.

Aaron se dijo que los prejuicios de personas consideradas inteligentes contra las normas de las finanzas que regían sus vidas estaban demasiado arraigados para tratar de convencerlas de lo contrario. Pero tal vez, pensaba el anciano mientras sentía la caricia del sol sobre su cabeza, la próxima generación fuera más sabia.

—Ciertamente —se dijo al mismo tiempo Mary para sus adentros—, el viejo judío está tan hundido en el pecado que ni siquiera ve la diferencia entre trabajar honradamente y robar.

Así, tolerándose mutuamente en su último viaje juntos, Aaron y Mary continuaron en silencio hacia el puerto.

La mañana de Halloween, esa fecha mágica en la que todo el mundo sabía que los muertos se levantaban de sus tumbas, un pequeño y achaparrado barco de madera, de quilla ancha, provisto de una sola vela cuadrada, zarpó con un sonoro crujido del puerto de Christchurch. En el puente de la embarcación se hallaba Aaron, tres personas adultas y cuatro niños de Wilton, por cada uno de los cuales el capitán había percibido un chelín antes de la travesía.

El capitán de ese modesto barco era un hombre de espalda encorvada y rostro estrecho, uno de las incontables generaciones de individuos ribereños que se dedicaban a pescar y comerciar a lo largo de los ríos y de la costa desde mucho antes de que llegaran los romanos. Tratando a sus pasajeros sin el menor miramiento, los había instalado en un espacio junto al mástil donde no le incomodaran. Su tripulación consistía únicamente en sus dos hijos.

Desde la pequeña y recia embarcación, Aaron vio a Mary Shockley agitar brevemente la mano antes de dar la vuelta al carro, doblar hacia el priorato de Christchurch y enfilar la carretera de Sarum; y cuando la tripulación levó anclas y el bajel se adentró lentamente en las aguas tranquilas del pequeño puerto, Aaron se sujetó al mástil y trató de asimilar todo cuanto sus ojos podían abarcar durante su última hora en Inglaterra. Contempló con avidez las largas cañas que crecían en la orilla, y la zona llana y pantanosa en el lado septentrional del puerto, donde anidaban los cisnes y aún se veía galopar libremente a unos caballos salvajes; a su derecha yacían las ruinas de las dos cercas de tierra y el largo y bajo promontorio que protegía silenciosamente el puerto del mar. Pasaron frente a la barra de arena que rodeaba el puerto y a través del angosto canal que conducía al mar abierto. Los escasos pescadores que estaban en sus botes junto al banco de arena observaron en silencio la embarcación cuando ésta pasó frente a ellos. El barco se alejó de tierra firme, meciéndose levemente sobre las pequeñas olas, rumbo al Solent y los altos riscos cretáceos de la isla de Wight.

Transcurrieron veinte minutos. Habían izado la vela pero avanzaban lentamente. Aaron se volvió. A través de las aguas turbias, bajo un cielo plomizo, contempló el promontorio.

—La isla en el mar —suspiró. Durante siglos éste era el nombre que los judíos europeos habían puesto a la isla de Gran Bretaña, oculta por su estrecho Canal y envuelta en su suave bruma septentrional. El bajo promontorio que quedaba a sus espaldas aquel día frío y encapotado le conmovió tan profundamente, como un súbito y melancólico recordatorio de que jamás volvería a ver Inglaterra, que el anciano, sujetándose todavía al grueso mástil, estalló de golpe en sollozos.

La marea era baja, y el capitán, que charlaba con sus hijos, parecía no prestar atención al rumbo del barco. Gracias a su negligencia, cuando se hallaban a una milla de tierra firme, la pequeña embarcación embarrancó en un bajío de la bahía. Los pasajeros lanzaron un gemido y el capitán maldijo en voz alta su imprudencia.

La única solución estribaba en que los pasajeros y la tripulación se bajaran del barco para aliviar su carga, y permanecieran de pie en el bajío, hundidos hasta las rodillas en el agua salada. Así lo hicieron mientras el capitán y sus hijos resollaban y blasfemaban al tiempo que trataban de mover el barco. La operación les llevó varios minutos, pero por fin consiguieron liberar al pequeño navío y lo empujaron unos metros para evitar que topara de nuevo con otra barra de arena. Ordenaron a los pasajeros que no se movieran de donde estaban. Una vez que se hubieron alejado lo suficiente, los dos marineros se encaramaron en el barco mientras el capitán trataba de sujetar la proa.

Entonces el capitán subió también a bordo y se volvió hacia los pasajeros, que seguían aguardando pacientemente en la barra de arena.

—¿Cómo subiremos a bordo? —preguntó uno de los hombres.

—No subiréis —dijo sonriendo el capitán.

Los pasajeros se miraron, perplejos. ¿Se trataba de alguna extraña broma del patrón?

—No vais a subir a bordo, judíos —dijo éste—. Os quedaréis en la barra de arena.

—Pero ¡si hemos pagado nuestros pasajes!

—Pues hasta aquí habéis llegado —contestó con una carcajada el capitán.

De pronto, sus dos hijos comenzaron a remar y el barco se deslizó hacia las aguas profundas.

—¡La marea está subiendo! —gritó su padre. Luego miró a Aaron y añadió—: ¡Acuérdate de Moisés, viejo, y trata de separar las aguas!

El capitán soltó una risotada para celebrar su oportuno chiste. Sus hijos hicieron girar la embarcación a fin de navegar con viento de cola, la vela se hinchó con un chasquido y el barquito comenzó a alejarse hacia el puerto.

El pequeño grupo comprendió entonces que el embarrancar en el bajío había sido un ardid. Observaron atónitos el barco mientras se alejaba, sin dar crédito a sus ojos.

Estaban tan conmocionados que tardaron un rato en reaccionar.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó por fin a Aaron el más joven de los dos varones.

—¿Sabes nadar?

—No.

Además de Aaron, el grupo constaba de dos hombres y una mujer, ninguno de ellos en condiciones de realizar una proeza física, aun suponiendo que supieran nadar. Les acompañaban tres niños delgados que el estupor había vuelto mudos. Aaron echó una ojeada en derredor. El promontorio se hallaba a una milla de distancia y la línea de la costa a una milla y media aproximadamente. El agua le alcanzaba más arriba de las rodillas.

—Debemos regresar a nado —dijo Aaron al cabo de unos minutos. Sabía que era inútil, pero si permanecían allí se ahogarían sin remedio.

Nadie respondió.

—Quizá nos vea alguien —apuntó uno de los hombres.

La costa estaba desierta. Aaron vio que los pescadores seguían en el banco de arena situado en el extremo del promontorio. Pero ¿acudirían a rescatarlos? Christchurch se hallaba muy lejos, oculto tras el promontorio.

—Puede que los marineros cambien de opinión.

Aaron no respondió.

—Es mejor que tratemos de regresar a nado —dijo después. Pero nadie se movió.

La mujer empezó a gritar pidiendo auxilio.

Entonces Aaron descubrió que se avecinaba una tormenta.

Los negros nubarrones que se cernían sobre la bahía habían parecido insignificantes al asomar en el horizonte, pues no eran mayores que la mano de un hombre. Pero luego se elevaron de pronto y al cabo de unos minutos ennegrecieron el cielo por el oeste y avanzaron sobre las aguas con increíble rapidez, como siniestras aves de presa. La tempestad se desató con violencia. Sus vientos agitaron el mar, arrojando contra la costa unas olas gigantescas y negruzcas que se precipitaban sobre la pedregosa orilla con un estruendo ensordecedor. Cuando minutos antes el barco dobló el promontorio y alcanzó la seguridad del puerto, los pescadores, que habían observado al desdichado grupo de judíos abandonados en el bajío de arena y habían percibido sus débiles gritos de auxilio, se dispusieron a navegar en sus botes para ir a rescatarlos. Pero al ver la velocidad con que las nubes se precipitaban sobre ellos comprendieron que era una imprudencia, y se refugiaron en una pequeña choza que habían construido al abrigo de una duna, para aguardar a que la tormenta pasara.

Al cabo de una hora, cuando el cielo invernal comenzó a despejarse, los pescadores abandonaron su refugio.

No había señal de Aaron y sus acompañantes.

Años más tarde, en ocasiones los pescadores del puerto señalaban desde el promontorio el lugar donde estaba situada la barrera de arena, y explicaban a sus hijos:

—Ahí es donde se encontraban. Ahí es donde se ahogaron los judíos.

Y durante más de una generación solían decir:

—Cuando está a punto de estallar una tormenta, si escuchas atentamente puedes oír sus voces gritando entre las olas.

La expulsión de los judíos de Inglaterra se produjo rápida y discretamente. Aparte de algunos incidentes aislados, por los que los culpables fueron en su mayoría castigados por las autoridades, nadie les molestó.

La Iglesia, según dijeron todos, había triunfado.

Para conmemorar el triunfo, el deán y el capítulo declararon en Sarum que era preciso erigir una hermosa estatua, una figura que representara a la Iglesia Verdadera y que tuviera a sus pies un infiel con los ojos vendados.

Durante cierto tiempo pensaron encargar el trabajo a Osmund el Albañil; pero después de la escena que había organizado a propósito de la torre, decidieron encomendárselo a otro.

Mary Shockley no se enteró de la muerte de Aaron hasta al cabo de varios días, y cuando lo supo se limitó a encogerse de hombros.

—De todos modos había perdido su alma —comentó secamente—. Yo traté de salvarlo, de manera que lo sé muy bien.

Sólo una cuestión seguía intrigándola. Una semana después de su viaje a Christchurch, la familia Shockley acudió al mercado que celebraban todos los sábados en Salisbury, y Mary, después de negarse a comprar unas zapatillas de seda de alegre colorido que Alicia le había indicado, aduciendo que sus botas no tenían nada malo, observó a un desconocido que se hallaba de pie junto al mercado de ovejas. El individuo vestía una larga túnica negra ribeteada de piel; era calvo y su cuerpo era el más corpulento que ella había visto jamás. La holgada túnica no lograba disimular su descomunal tripa y alcanzaba el suelo formando unas curvas tan amplias que parecía una de las gigantescas campanas de la catedral. Su rostro, perfectamente rasurado, parecía componerse de varias capas de reluciente grasa. Sus ojillos negros brillaban y sus gruesos labios mostraban una expresión de absoluta serenidad.

Mary se dirigió hacia él.

—¿Quién sois, buen hombre? —inquirió en tono afable.

—Un comerciante, señora —repuso él. Tenía la voz potente y melodiosa de un tenor, y hablaba con marcado acento extranjero.

—¿Sois italiano? —preguntó Mary.

El desconocido asintió con la cabeza.

—De Lombardía.

—¿Qué vendéis?

—Dinero, señora, sólo dinero. Es lo que todo el mundo desea. —Al italiano le había bastado un simple vistazo para comprender qué clase de muchacha era Mary y sus ojos escrutaban ahora el mercado en busca de posibles clientes.

Mary arrugó el entrecejo.

—¿Os permite la Iglesia vender dinero?

—Por supuesto —contestó el italiano con calma—. Soy agente, señora, de una gran casa de préstamos lombarda. El Papa nos bendice todos los días, pues su Iglesia es nuestro cliente más importante. Hacemos préstamos —añadió con expresión soñadora—, muchos préstamos. ¿Deseáis un préstamo?

Mary se colocó en jarras y lo miró severamente.

—¿Cuáles son vuestras condiciones, buen hombre?

—Muy sencillas, señora. —El italiano posó la vista sobre ella tan sólo unos momentos—. Si tomáis prestados doce marcos, os adelantaré diez. Dentro de un año me devolveréis los doce.

Mary lo observó furiosa.

—¿Y los otros dos?

—Es mi comisión.

—La tasa de interés.

Durante unos segundos la sonrisa se borró de labios del italiano, quien miró irritado a la joven.

—Nosotros lo llamamos comisión.

—Podéis llamarlo como gustéis. Es lo mismo. Es usura.

El italiano meneó la cabeza, tras lo cual recuperó su beatífica sonrisa.

—El dinero debe trabajar, señora. El dinero siempre trabaja.

Mary recordó haber oído esa expresión con anterioridad.

—Entonces ¿qué diferencia hay entre vos y un judío? —inquirió.

Durante unos instantes, el hombre de Lombardía se permitió emitir una discreta carcajada.

—La diferencia —respondió sonriendo dulcemente— es que yo estoy aquí.

Mary dio media vuelta y se alejó, consciente de que el otro se había burlado de ella; pero durante varios años, después de aquel episodio, su rostro se ensombrecía cada vez que oía mencionar la palabra «judío» o «prestamista», pues era la única parcela en que su cándida y ciega fe se había visto minada.

Por aquel entonces había un hombre en Sarum del que todos opinaban que era un pelmazo.

Era un viejo fraile franciscano —un inofensivo excéntrico que afirmaba haber cumplido los cien años— que irritaba a los sacerdotes de la catedral. Una vida de trabajo duro y costumbres ascéticas habían dejado su huella en él: era cargado de espaldas, había perdido todos los dientes y tenía los ojos hundidos. A menudo el fraile se sentaba cerca de la catedral, cosa que no habría tenido nada de particular si no fuera que, varias veces al día, se levantaba para ponerse a predicar.

En tales ocasiones, el anciano experimentaba una transformación asombrosa. Su espalda se enderezaba, su voz, aunque aflautada, sonaba clara y potente en todo el recinto y sus ojos emitían un brillo febril que resultaba perturbador.

Su sermón siempre era el mismo.

—Tened cuidado, burgueses…, y sacerdotes. Esta ciudad está henchida de orgullo —exclamaba—. Pero os aseguro que vuestro orgullo precipitará vuestra caída a menos que regreséis a la humildad y os arrepintáis. —A medida que el franciscano predicaba, su voz adquiría mayor fuerza y pasión—. Habéis construido una inmensa torre, como la Torre de Babel —gritaba—. Habéis construido una iglesia de piedra, pero habéis olvidado a Dios. —A continuación señalaba con el brazo extendido la gran torre que se erguía sobre la ciudad—. Esa torre ha sido construida con el orgullo y la vanidad —proclamaba—. El orgullo y vuestra torre caerán sin remedio.

No era un mensaje que los canónigos desearan oír. Aunque los elevados pilares se estuvieran combando, la gigantesca torre sería rematada por un airoso campanario que, como sabían todos, iba a ser erigido a mayor gloria de Dios. De modo que, aunque no les gustaba obligar al predicador a que se marchara, procuraban prestarle la menor atención. Por desgracia había en la ciudad unas almas cándidas, por no hablar de los golfillos callejeros, que se tomaban literalmente las exhortaciones del franciscano y que a veces seguían a uno de los canónigos por la calle gritando:

—¡Orgullo, orgullo!

Era francamente irritante.

Pese a sus chocantes sermones, la gente solía darle una limosna, aunque el fraile nunca pedía nada; no obstante, la mayoría de los transeúntes procuraba no acercarse mucho a él. Sólo Peter Shockley, por alguna extraña razón, acostumbraba detenerse y conversar con él; pero cuando en cierta ocasión comentó que el fraile no era mucho mayor que él, la gente sonrió y supuso que aquel viejo loco le había contado una historia fantástica. El fraile tenía en la frente una larga cicatriz.

La primavera siguiente Osmund el Albañil hizo su última aportación a la gran catedral. Fue una aportación que le proporcionó una gran satisfacción, en parte porque nadie lo supo jamás.

El castillo del Viejo Sarum, construido sobre el desnudo promontorio cretáceo, se había convertido en un lugar aparte. No estaba desierto, pues la guarnición continuaba allí, al igual que en una mazmorra. La pequeña población seguía conservando su pequeño mercado y enviaba unos burgueses al Parlamento cada vez que los burgueses eran convocados. Pero pocos forasteros visitaban por gusto el ventoso promontorio situado en el límite del terreno elevado. Los clérigos se alegraban de haber abandonado el lugar, y aunque se seguían celebrando unos pequeños oficios en la vieja catedral normanda del obispo Roger, la gente a menudo se refería a la antigua población como el castillo de César creyendo equivocadamente que la duna, y no la desaparecida Sorviodunum emplazada más abajo, había sido un asentamiento romano.

Pero a Osmund le gustaba visitar el lugar. Había terminado las tallas de Clarendon, consistentes en una agradable colección de cabezas de animales asomando por una puerta. Pero desde entonces nadie le había ofrecido trabajo alguno. El albañil se sentía a gusto en el desierto y lóbrego castillo. Subía por la empinada colina desde el río y contemplaba la nueva ciudad desde sus baluartes. Fue allí que un día, al pasar frente a un edificio de piedra junto a las puertas que había sido demolido recientemente, su ojo de escultor divisó un pequeño objeto gris que yacía sobre un montón de cascotes. Osmund se acercó y sacó de entre éstos una piedra tallada, no mayor que su puño, sobre cuyas curvas deslizó sus dedos rechonchos mientras una sonrisa animaba sus solemnes facciones.

Era una extraña figura que representaba a una mujer desnuda dotada de voluminosos pechos y unas caderas fuertes y musculosas; la figurilla cabía en la palma de su mano y al acariciarla Osmund experimentó un placer singular.

Habían transcurrido ochocientos años desde que alguien viera por última vez la figurita de Akun, la mujer del cazador; pero su presencia allí no tenía nada de extraño. Había viajado río arriba con Tarquinus el pagano, quien un día la había devuelto discretamente a su lugar de origen ocultándola en un nicho secreto en un muro de Sorviodunum, donde debía estar. Sorviodunum había quedado desierto; sus edificios se habían derrumbado y a lo largo de los siglos sus piedras se habían dispersado hasta no quedar ningún rastro visible de las mismas. Algunas habían sido transportadas hasta la cima de la colina, y posteriormente los constructores normandos habían desplazado involuntariamente la figurilla, transportándola entre un montón de cascotes que iban a utilizar de relleno y dejándola caer en una cavidad en los muros de una casa construida sobre la colina del castillo. Durante su periplo de ocho mil quinientos años, la figurita nunca se había alejado del valle, y ahora el viejo albañil, complacido con aquella curiosa forma femenina, decidió llevarla consigo a Avonsford.

Durante varios días Osmund caviló sobre qué hacer con la figurilla; y entonces se le ocurrió una idea que le hizo sonreír.

La torre de la gran catedral no se había derrumbado: él había cometido un error. Aunque la catedral aún no había terminado de asentarse sobre sus cimientos, todo parecía indicar que se sostendría en pie. Y a pesar de que el albañil continuaba criticando el edificio, en su fuero interno se alegraba de que la noble estructura y sus numerosas tallas estuvieran a salvo. Fue el hecho de pensar en la torre lo que le proporcionó la idea.

Unos días más tarde, Osmund entró lentamente en el recinto de la catedral cuando comenzaba a ponerse el sol. Los albañiles que trabajaban en la torre habían concluido su jornada laboral y el lugar estaba prácticamente desierto, de forma que nadie le vio entrar con sigilo en el templo y dirigirse hacia la escalera que conducía al piso superior. La escalera era muy larga: Osmund subió hasta la cima de los arcos principales y luego hasta el triforio, desde donde alcanzar por fin el nivel de la bóveda. Más abajo, en los espacios cavernosos de la nave, medio iluminados por el tenue resplandor de las grandes vidrieras, todo estaba en silencio. Tal como Osmund suponía, la puerta de una de las cuatro escaleras que daban acceso a la torre estaba abierta. Osmund trepó por la angosta espiral: seis, diez metros, hasta llegar al primer rellano desde cuyo parapeto se divisaba el impresionante panorama de la ciudad. Las primeras estrellas comenzaban a brillar en el cielo, pero Osmund se fijó, pese a la tenue luz, en una de las cabezas de perros que había tallado en el muro.

—No me quieren en la torre, pero se alegran de utilizar mis tallas —masculló.

Osmund siguió subiendo, resollando, hasta llegar por fin a la cima de la torre. Las obras del campanario no habían comenzado aún y sobre su cabeza sólo había el firmamento. El albañil se encontraba a una altura de setenta metros sobre el suelo.

Aparecían estrellas por doquier; eran más refulgentes y abundantes que las luces de la ciudad. La gran torre de piedra que se erguía sobre los otros edificios pertenecía más al mundo de los astros que al mundo del hombre.

Osmund avanzó por el parapeto, inspeccionándolo. En la mampostería vio una docena de nichos, algunos de los cuales contenían figuras, otros estaban vacíos. Osmund halló por fin, situado en el borde exterior del parapeto, un nicho en el que cabía una cabecita. Sacó de su bolsa un pequeño cincel y un martillo y, sin importarle la altura a la que se encontraba, se inclinó sobre el borde del parapeto y abrió una profunda cavidad en el nicho; luego, depositó en la cavidad la figurilla de Akun de forma que sólo se veía su cabeza asomándose sobre el saliente, mientras que su rollizo cuerpo permanecía oculto. Al echar un vistazo a su alrededor Osmund vio un poco de mortero y un cubo de agua, que los albañiles habían dejado al término de su jornada laboral, y al cabo de unos momentos la figurilla había quedado instalada permanentemente en su lugar.

Osmund sonrió. La cabeza de la figura era tan reducida que seguramente nadie repararía en ella; pero ahí estaba, contemplando los riscos hacia el norte. Era, pese a los deseos del gremio, la última aportación del maestro albañil a la catedral a la que había consagrado su vida entera. Osmund dio una palmadita a la diminuta cabeza.

—Si esta torre se sostiene en pie, tú te quedarás aquí para siempre —dijo.

Y así fue como Akun halló un nuevo lugar de descanso en la torre de piedra que se alzaba sobre la cuenca donde confluían los cinco ríos.

1310

La gran obra estaba casi terminada.

La última sección de la nueva catedral constituía su elemento más destacado, el remate que transformaba la espléndida iglesia en una maravilla: no existía nada que se le comparara en la isla, ni en toda Europa.

Pues el campanario octogonal, ese inefable y angosto cono gris que reposaba sobre la cúspide de la torre, se elevaba otros increíbles cincuenta metros sobre el suelo. Casi doblaba la altura de la catedral, que ahora medía ciento veinte metros hasta su cima. Año tras año el campanario se había ido elevando suavemente sobre la imponente mole de la torre, asombrando incluso a los albañiles que lo construían.

Ninguno se había sentido más fascinado que el viejo Osmund. El tiempo había borrado parte del dolor de los hechos ocurridos en 1289, y aunque durante varios años no fue un personaje popular entre los albañiles, éstos habían tolerado su presencia cuando Edward le llevó en un par de ocasiones a la cima de la torre para mostrarle las obras del campanario. Durante los primeros años de su construcción, Edward solía decir: «Mi padre se hace viejo. Puede que ésta sea la última vez que vea el campanario antes de morir». Pero con el paso de los años ese pretexto se convirtió en una broma entre el reducido grupo de albañiles que trabajaban en la cima del campanario.

Pues Osmund, tras haber pasado el gran climaterio de su vida, se había instalado discretamente en una indestructible vejez. Delgado y encorvado, con el paso más lento, Osmund parecía estar siempre en movimiento, e incluso al aproximarse a su ochenta cumpleaños seguía recorriendo a pie los pocos kilómetros que separaban Avonsford de la nueva ciudad al menos una vez a la semana si no conseguía que lo llevaran en carro. «Construiremos otra catedral antes de que el viejo muera», bromeaban los albañiles cuando veían a Osmund subir resueltamente la elevada escalera que conducía al campanario.

El campanario siguió alzándose año tras año, y año tras año Osmund subía al mismo para inspeccionarlo, observando con atención los pilares que se combaban. Los contrafuertes que habían añadido parecían aliviar el peso de las arcadas, y como por milagro las altas columnas de mármol de Purbeck continuaban sosteniéndose en pie.

La construcción del chapitel fascinaba a Osmund, pues había no pocos problemas técnicos que superar. El primero consistía en encajar un chapitel octogonal sobre una torre cuadrada, un problema que se dividía en dos partes: cómo sostener los empujes verticales de sus ocho aristas y cómo contrarrestar los ocho empujes horizontales correspondientes. A fin de sostenerlos, era preciso construir unos arcos a lo largo de las cuatro caras de la torre, para subdividirla en ocho bases. Pero de ese modo el peso del campanario no sólo ejercía presión sobre las esquinas de la torre sino también sobre el centro de los muros donde se unían los nuevos arcos, forzándolos hacia fuera y amenazando con partir la torre en dos.

De nuevo, los constructores decidieron sujetar la torre con unos flejes de hierro, esa vez justo debajo del parapeto. Colocaron y aseguraron unas delgadas tiras de hierro alrededor del exterior e interior de la torre, y el trabajo estuvo tan bien realizado que no hubo necesidad de reforzar esos flejes hasta al cabo de cuatro siglos. A continuación, construyeron unas torretas en las esquinas a modo de contrafuertes adicionales para contrarrestar el empuje ejercido sobre la parte inferior de los muros inclinados del chapitel. Pero fue otra cosa la que asombró a Osmund. Pues en su cuarta visita, cuando la pirámide medía ya ocho metros, el viejo albañil observó que los dos últimos metros de sus muros eran mucho más delgados que los seis primeros; y cuando se encaramó sobre el andamio para inspeccionarlos, se quedó pasmado al constatar que eran sólo un poco más gruesos que la anchura de su mano.

—¿Acaso pensáis seguir construyendo unos muros tan delgados hasta la misma cima de la pirámide? —preguntó. Edward asintió con la cabeza—. ¡Pero si serán finos como una cascara de huevo! —exclamó Osmund.

—E igual de ligeros —apostilló Edward.

Ésa era la clave. La mampostería del chapitel de la catedral de Salisbury medía veinte centímetros de grosor, y resultaba extraordinariamente delgada para una estructura que medía sesenta metros de altura. El peso total de la torre y el campanario era de unas seis mil quinientas toneladas, pero el chapitel pesaba sólo ochocientas.

Aquel día, cuando descendió al suelo de la catedral y contempló los combados pilares del crucero, Osmund permitió que sus labios pronunciaran, por primera vez en muchos años, una cautelosa frase de aprobación ante tamaña proeza.

—Si reforzáis esos pilares y añadís más contrafuertes —comentó—, es posible que la torre se sostenga en pie.

Era una tarea complicada, y debido a la dificultad de acceso, tuvieron que idear otro insólito procedimiento: construir el andamiaje dentro del chapitel en lugar de fuera, alzando las piedras por medio de un enorme cabrestante de cuatro metros que los obreros manipulaban a mano.

Asimismo, en los muros inclinados del campanario no podían colocar las piedras simplemente una sobre otra, como habían hecho en el cuerpo principal de la iglesia, sino que las encajaban entre sí con una cuña de hierro sellada con plomo fundido, y completaban cada hilada octogonal antes de proceder a la siguiente, de forma que los albañiles construyeron el campanario del mismo modo que un alfarero hace subir en el torno la arcilla de sus cacharros.

El campanario había alcanzado una altura de veinte metros cuando, un gélido día de febrero, la esposa de Osmund contrajo neumonía y murió. Osmund lo aceptó con filosofía y poco después se fue a vivir con Edward y su familia.

A principios de siglo el viejo albañil había sobrevivido a todos sus coetáneos.

Jocelin de Godefroi murió en 1292; y en septiembre de 1295 falleció Peter Shockley, dos días después que Alicia. Peter había cumplido sesenta y nueve años. Alicia había caído enferma aquella primavera y durante el verano Peter la vio empeorar gradualmente. Poco antes de morir, Alicia se sumió en un estado delirante, y mientras Peter la velaba a la cabecera de su lecho, se puso a hablar en francés, ante el asombro de su marido. Éste no logró comprender lo que decía, ni con quién hablaba.

El día en que la enterraron en el pequeño cementerio junto a la iglesia de Saint Thomas, Peter dijo sentirse muy fatigado. Aquella noche lo hallaron muerto en su sillón.

Pero Osmund siguió adelante. Y cuando sus nietos preguntaban al anciano: «¿Cuántos años vas a vivir, abuelo?», Osmund respondía: «Hasta que terminen de construir el campanario».

Los desastres que se abatieron sobre las familias Godefroi y Wilson durante los primeros años del nuevo siglo estuvieron causados, indirectamente, por el rey.

Para Eduardo I, los años siguientes a 1289 fueron tiempos trágicos. Sus planes con respecto a Escocia se desmoronaron cuando, a fines del verano de 1290, la Doncella de Noruega murió, y aunque él siguió siendo el señor nominal de Escocia sus esperanzas de unir pacíficamente el norte y el sur de la isla bajo su dinastía se desvanecieron. Peor aún, su vida personal quedó destrozada en noviembre de aquel año cuando su amada reina, Leonor de Castilla, falleció inesperadamente. El abatido rey acompañó el féretro de su esposa desde Lincoln hasta Londres, y en cada lugar donde el cortejo fúnebre se detuvo para pernoctar Eduardo mandó construir una hermosa cruz de piedra. La última fue la célebre Charing Cross, erigida en Londres.

Las cosas iban de mal en peor. A mediados de 1290, Inglaterra entró en guerra con Francia para apoderarse de Gascuña, y tanto Gales como Escocia, cuyos tronos, a la muerte de la Doncella de Noruega, eran codiciados por pretendientes rivales, se sublevaron contra Eduardo. La paz que él había conquistado, toda su labor, estaba amenazada y a partir de esa fecha el monarca se vio obligado a librar una guerra tras otra.

El problema, como de costumbre, era el costo. Pues si bien el reino de Inglaterra, con sus populosas ciudades y su pujante comercio lanero se hacía más rico, Eduardo no. Sus finanzas seguían dependiendo de los impuestos feudales, de sus propiedades, de los beneficios derivados de los tribunales y del dinero que recaudaba a través de unas contribuciones especiales impuestas a sus arrendatarios feudales y a la Iglesia. Pero Eduardo sabía que en tiempos de guerra esos fondos no bastaban. Peor aún, pese a su poder, Eduardo no conseguía imponer su voluntad. El mayor terrateniente era la Iglesia, y puesto que con cada generación ésta veía aumentar sus propiedades gracias a las tierras concedidas por la piadosa nobleza —unas tierras que escapaban para siempre del control del rey—, la riqueza de la Iglesia sólo aumentaba a expensas del monarca. Ésta fue otra situación que Eduardo trató de corregir en su Estatuto de Mortmain, al estipular que sólo el soberano podría realizar esas cesiones de tierra en el futuro; pero aun así la riqueza de su reino que controlaban los obispos y los abades era inmensa. Y para colmo, en 1296, en su bula Clericis Laicos, el Papa había declarado que no se pagarían más subsidios al rey sin su permiso. No era sólo la Iglesia quien creaba problemas al rey. El año siguiente, cuando Eduardo convocó un parlamento de sus magnates en Salisbury, éstos se negaron a ir a Gascuña a menos que el monarca les acompañara.

—¡Por todos los dioses! —dicen que gritó exasperado el rey al mariscal—. ¡Iréis o moriréis ahorcado!

A lo que el mariscal replicó:

—¡Por todos los dioses, señor, ni iré ni moriré ahorcado!

Así, una vez más, el rey de Inglaterra tuvo que hacer frente al mismo problema que había obligado al rey Juan a acceder a la Carta Magna, y a Enrique III a capitular ante Montfort. El rey feudal no disponía ni del dinero ni del poder necesarios para gobernar en tiempos de crisis.

La solución estaba en la lana. Aproximadamente la mitad del valor del reino residía ahora en su lana, y Eduardo se esforzaba en incrementar las exportaciones de lana de sus propiedades y en gravar el comercio de los mercaderes. A fin de cuentas, ¿por qué no había de aprovecharse el rey de la mayor fuente de riqueza que existía en su reino?

Fue Eduardo el primero en establecer las aduanas y los aranceles. Y en 1294 instituyó un impuesto sobre el consumo llamado maltote.

Al hacerlo arruinó a John Wilson por completo. Pero la culpa la tuvo el propio Wilson.

La concesión de la granja, pese al reducido tamaño de ésta, había infundido al comerciante renovadas esperanzas. Tanto él como su esposa experimentaron un cambio sutil. A Wilson le dio por vestir elegantes jubones con el cuello ribeteado de piel; Cristina, que había convencido al secretario escocés de que le cediera una cadena de oro, la lucía con orgullo alrededor del cuello. Cuando se dirigían los domingos a la iglesia para oír misa, caminaban por la calle dándose importancia.

En 1291, John Wilson empezó a especular en lana.

Parecía una iniciativa segura. Bajo el sistema denominado arra, un comerciante podía adelantar dinero a un agricultor a un precio reducido sobre la fianza de su próxima cosecha de lana. No había nada nuevo en ello, y dado el gran auge del comercio lanero, los riesgos que corría el comerciante eran mínimos. Durante el primer año, gracias a haber hecho tratos ventajosos con algunos cultivadores de lana poco importantes —muchos de ellos villanos procedentes de feudos vecinos—, las cosas le fueron muy bien a Wilson.

Pero se volvió más ambicioso. Al año siguiente, no sólo adelantó pequeñas cantidades de dinero suyo, sino que pidió prestadas grandes sumas a los comerciantes más ricos a fin de poder adelantar más dinero, utilizando la granja como garantía. Durante dos años Wilson ganó mucho dinero. Y siguió especulando.

El efecto del impuesto denominado maltote era bien sencillo. Los exportadores de lana al por mayor, al no poder repercutir la totalidad del impuesto aumentando el precio cobrado a sus clientes, compensaron ese hecho pagando menos por la lana. Y aunque a fines del siglo XIII el mercado de la lana era pujante, los precios pagados a los proveedores cayeron. John Wilson, el flamante propietario de grandes cantidades de lana que había comprado con dos años de anticipación y había pagado con dinero prestado, estaba endeudado hasta las cejas. Para hacer frente a sus deudas se vio obligado a vender la casa y el negocio en Wilton, todo el ganado y la tenencia de la granja. En la primavera de 1296, la familia Wilson, tras gozar tan sólo de media década de prosperidad, se encontró en bancarrota.

Aunque en aquel entonces sólo era un niño de cinco años, Walter, el hijo de John, recordaría toda su vida lo que ocurrió a continuación.

Un frío día de primavera, cuando la pequeña familia se hallaba arracimada con desconsuelo junto a su casita, Mary Shockley salió de la granja Shockley y enfiló el sendero que conducía a casa de los Wilson.

A Walter le pareció una visión harto extraña: una mujer corpulenta de talante decidido, con el pelo corto y vestida como un hombre, que caminaba a través del barro calzada con unas gruesas botas. Cuando llegó a la casita, se plantó en jarras ante la familia; al chico le pareció altísima.

Mary los contempló con sus ojos violeta y expuso el asunto que la había llevado allí sin andarse por las ramas.

—Bien, cara de hurón —dijo dirigiéndose a John Wilson, aunque con tono risueño y sin malicia—. He oído decir que tienes que vender la granja.

John la miró de reojo, pero no dijo nada.

—¿Dónde vais a vivir?

—No lo sé —replicó John encogiéndose de hombros.

Mary murmuró algo con expresión pensativa.

—Necesito que me ayuden a labrar mis tierras —declaró—. Si compro esta granja, puedes quedarte en ella y trabajar para mí; cuatro días a la semana. ¿Aceptas?

Al pequeño Walter le pareció una noticia maravillosa, pues significaba que no tendrían que abandonar su hogar. No comprendió la expresión de furia que se dibujó en el rostro de su padre.

—Si accediese —repuso John lentamente al cabo de unos instantes—, me convertiría en un villano. Ahora soy un hombre libre.

—Eso no me incumbe —contestó Mary con indiferencia—. Te ofrezco trabajo.

No era infrecuente que un hombre libre sin dinero se viera forzado por las circunstancias a pagar con su trabajo el arriendo de las tierras a un terrateniente, lo cual le convertía técnicamente en un villano, aunque un villano tenía la posibilidad de enriquecerse de nuevo y comprar su libertad. Pero ¡convertirse en un siervo de los detestados Shockley después de trabajar tan duramente! Walter sintió en la boca un sabor amargo.

—Al menos podrás permanecer en tu granja —observó Mary amablemente.

Walter nunca olvidó el triste gesto de asentimiento que había hecho su padre. A pesar de ser un niño, se dio cuenta de que era un gesto de rendición, y aunque no comprendió los motivos sintió lástima de su padre e ira contra aquella mujer alta y fornida que le obligaba a hacer un trato.

—De acuerdo —dijo John.

Mary sonrió.

—Entonces ya está todo arreglado. —Mary ya se volvía para marcharse cuando se detuvo unos instantes. Se había fijado en la cadena que lucía Cristina alrededor del cuello—. ¿Quieres vender esa cadena de oro? —le preguntó.

Creyó que con esa compra le haría un favor a la familia, pero Walter sólo recordó después que su madre se había llevado la mano al cuello, como si temiera que alguien quisiera arrancarle la cadena, cuya procedencia el niño ignoraba.

—Es posible —contestó Cristina con tristeza.

—Bien —dijo Mary—. Me gusta esa cadena.

Era el único adorno personal que Cristina había comprado en su vida.

Pero lo que más impresionó a Walter fue lo que ocurrió cuando Mary Shockley se hubo alejado. Era una imagen que jamás le abandonaría, ni durante los largos y tristes años en que su padre trabajó en las tierras de los Shockley, ni mientras veía cómo Cristina se convertía lentamente en una anciana que apenas podía mover las manos debido a la artritis, ni posteriormente. Porque tras la marcha de Mary, su padre se volvió hacia Walter y le agarró por los hombros; y el niño observó estupefacto cómo el rostro plácido y afable de John Wilson se crispaba en una expresión de odio feroz y clavaba en los suyos unos ojos rebosantes de rabia y desesperación, al tiempo que exclamaba:

—Algún día recuperaremos estas tierras, y la granja de los Shockley, y el batán enfurtidor, ¿me oyes? Arrojaremos al viejo Shockley de aquí, tenlo por seguro. No lo olvides jamás.

Walter no lo olvidó.

El problema de Roger de Godefroi, por otra parte, era que gastaba demasiado. Las dos magníficas propiedades que el viejo Jocelin había conservado para él estaban allí para que disfrutara de ellas; nada había procurado a su abuelo mayor alegría que ver a su heredero lucirse en la justa: Roger le había complacido convirtiéndose en lo que un joven noble debía ser. Era natural que después de que muriera Jocelin, Roger llevara el tenor de vida que le correspondía a tan distinguido caballero; sabía lo que la gente esperaba de él.

De joven había asistido al rey en sus expediciones a Gales; las rentas de sus propiedades le permitían concederse esos caprichos. Participaba en justas y organizaba espléndidas fiestas en Avonsford, pues las propiedades le rentaban el dinero suficiente para permitirse esos lujos. Se había casado con una dama de Cornualles, una beldad típicamente celta provista de una cabellera espesa y castaña y unos deslumbrantes ojos azules que todo el mundo admiraba, además de una pequeña dote. Roger la había elegido como esposa porque era la mujer más bella que había asistido a un torneo en el que él había triunfado. Roger le regalaba magníficos vestidos de Londres y el caballero de Avonsford y su esposa eran considerados la pareja más distinguida de la región. Pero sus propiedades se resentían de todos aquellos gastos. Roger mandó construir un hermoso jardín tapiado en el que crecían moreras, castaños, rosas, parras y sauces; lo único que lamentaba era no haber encontrado el momento oportuno para construir la nueva sala que deseaba añadir a la mansión. Por último, hacía espléndidas donaciones a hospitales y órdenes religiosas, pero ése ya era un lujo que sus propiedades no alcanzaban a sufragar.

Gracias a todo ello, no de forma súbita sino paulatinamente a lo largo de los años, Roger fue adquiriendo más y más deudas.

A todo eso, el rey instituyó el impuesto del maltote y el precio de la lana descendió de forma espectacular. Roger no logró recuperarse de la merma que sufrió su patrimonio. Pero no hizo nada al respecto, salvo una vez en que maldijo a su administrador.

En 1300, la situación era grave.

En 1305, era francamente desesperada.

Roger lo sabía. No era tonto. Pero continuó como si tal cosa, pues aparte de ser un modelo perfecto de caballero, había sido mimado por la fortuna, y en su interior la insistente voz que más pronto o más tarde atormenta a todo aristócrata, decía: «Si no mantienes tus propiedades, la gente te despreciará».

Para un hombre como Roger de Godefroi, sólo existía un medio de resolver su delicada situación.

Tenía dos hijas y un varón de corta edad. Tendría que casar a sus hijas y dejar una buena herencia a su hijo. Roger no tuvo más remedio que reconocer: «Sólo poseo mi espada para hacer fortuna».

Oportunidades no le habían faltado. El rey se había visto obligado a emprender varias campañas en Escocia contra los rebeldes Wallace y Bruce; Roger debería haber ido, pero siempre andaba muy ocupado con los asuntos de su propiedad en Avonsford. Ahora ya no había tiempo que perder.

—Debo atraer la atención de los magnates, y del rey —dijo Roger a su esposa—. Ahora o nunca.

La oportunidad se presentó en 1305; pues aquel año se celebró un importante torneo en Sarum, en la liza emplazada entre el antiguo castillo y la población de Wilton.

De todos los rincones del país llegaron grupos de contendientes; toda la zona estaba repleta de hombres armados. El capítulo de la catedral, espoleado por el recelo que los torneos inspiraban a la Iglesia, así como por la actitud del díscolo alcalde y el concejo, que trataban de evitar a toda costa pagar los impuestos que le debían al obispo, emitió con la autorización del rey una furiosa orden en la que amenazaba con excomulgar a cualquiera de los asistentes que perturbara la paz de la ciudad. Fue una amenaza inútil: todo Sarum estaba contagiado del ambiente de euforia que había suscitado el torneo.

—Ésta es mi oportunidad —se juró Godefroi.

De todas las comitivas que acudieron a participar en la justa, ninguna era más espléndida que la del caballero de Avonsford. Su caballo tordo era magnífico. Estaba asistido por un escudero y dos pajes. En su escudo, su sobrevesta y sus arreos lucía la noble divisa del cisne blanco sobre campo de gules.

—Si demuestro mi habilidad —explicó Roger a su esposa—, el rey no tardará en enterarse de ello. Y en la próxima campaña podría asignarme un puesto de mando, lo cual resultaría muy útil.

Roger había planeado todo lo referente a la justa con gran minuciosidad. Disponía de unas armas espléndidas; había conseguido lo último en armadura: una cota de malla muy ligera, provista de unas placas de acero sólidas para proteger los antebrazos, las piernas y los pies. Era el equipo más sofisticado que existía en aquel entonces, por el que Roger había pagado una fortuna…, con dinero prestado. Pero era un riesgo calculado, pues sabía que pocos caballeros estaban mejor preparados que él para la guerra.

Fue un acontecimiento memorable. Roger siempre se sentía animado al contemplar el extraordinario conjunto de tiendas de campaña, de banderas y de gentes vestidas con alegres colores que convertían esos torneos en un grandioso espectáculo; y mientras paseaba a caballo por el borde de la liza, observando a los demás contendientes, experimentó esa extraña pero habitual sensación de intemporalidad que rodeaba esos festejos.

—Sin duda —pensó—, no existe nada mejor en el mundo que ser un caballero.

Pero aquel día, por primera vez, Roger experimentó también otra sensación, y una sensación desconocida resulta incómoda.

Antes de que comenzara el torneo, por lo general representaban un espectáculo bufo: en esa ocasión se trataba de dos mujeres saltimbanquis, vestidas como caballeros, que penetraron en la liza a caballo haciendo toda clase de mamarrachadas y blasfemando en una mezcla de mal francés e inglés de lo más procaz. La multitud aplaudió con entusiasmo. Incluso los numerosos sacerdotes que podían verse entre el público, pese a las ordenanzas del obispo, reían a mandíbula batiente. La armadura de las mujeres comenzó a caerse en pedazos; una de ellas llevaba una cacerola en la cabeza, y ambas agitaban sus armas con ademanes groseros mientras la gente manifestaba a gritos su aprobación. Para completar esa inocente farsa, los heraldos hicieron sonar solemnemente sus trompetas y las dos mujeres ocuparon su lugar, con exagerada pompa, en cada extremo de la liza. Los espectadores hicieron sus apuestas. Varias mujeres arrojaron sus guantes para que las saltimbanquis los lucieran a modo de prendas, y acto seguido las dos rivales se lanzaron a la carga. Atravesaron una, dos, hasta tres veces la liza, agitando sus lanzas en una grotesca parodia de los torneos caballerescos hasta que una de ellas derribó a la otra de su montura, mientras el público, desde el poderoso magnate hasta el humilde campesino, reía de gozo.

Godefroi contempló el espectáculo en silencio. Curiosamente, éste ya no le divertía. Su expresión se ensombreció. De golpe, sin pretenderlo, recordó sus terribles deudas. Pese a la valerosa fachada que ofrecía, nada podía hacerlas desaparecer. Entonces, mientras se hallaba sentado a lomos de su magnífico caballo tordo, con unas armas y una armadura que no podía pagar, dispuesto a combatir para conservar sus propiedades, le invadió una angustiosa sensación de vacío. Una ola de desolación se abatió sobre él. Roger meneó la cabeza, asombrado por el siniestro pensamiento que acababa de asaltarle. ¿Era posible que su destreza en el arte de la justa, al igual que la grosera exhibición de las dos saltimbanquis, no fuera sino una fantástica charada? Su armadura, su escudo sobre el que relucía el cisne blanco, ¿era todo ello, tal como afirmaban los predicadores de la Iglesia, un mero alarde de vanidad? Roger no lo sabía. Trató de borrar ese pensamiento de su mente, pero fue en vano.

Aquel día Roger resultó vencedor en la justa. Todos le aplaudieron y aclamaron y, tal como él había confiado en que ocurriera, varios magnates se acercaron a él para decirle:

—Acudid a la próxima reunión, Godefroi, a la que asistirá el rey. Os resultará muy provechoso.

La oportunidad se presentó al año siguiente. Pues en mayo de 1306, el rey Eduardo I convocó a sus nobles para que asistieran en Westminster a la ceremonia durante la cual armaría caballero a su disoluto hijo. Era un acontecimiento de enorme trascendencia y uno de los últimos actos de su reinado. El rey era viejo y estaba delicado y, para bien o para mal, su hijo Eduardo pronto le sustituiría en el trono. Fue una ocasión llena de pompa y ceremonia feudal. El príncipe llevó a cabo su vigilia en la Abadía de Westminster y al día siguiente fue armado caballero. Posteriormente él a su vez armó caballeros a unos trescientos jóvenes nobles en el altar mayor, después de lo cual celebraron una gigantesca fiesta.

La Fiesta de los Cisnes —la última gran ceremonia del rey Eduardo— fue recordada durante mucho tiempo. La ceremonia contenía todos los símbolos de la caballería arturiana. La gente dijo que era como si hubiera renacido la Tabla Redonda. No fue un espectáculo vacuo. Eduardo, de forma calculada, no escatimó esfuerzos a la hora de exhortar a sus nobles a cumplir sus deberes feudales para con su hijo, invocando su caballerosidad. Sus palabras fueron, como de costumbre, juiciosas, y Godefroi, al contemplar la magnífica fiesta desde una de las mesas inferiores, sintió el corazón rebosante de gozo y de emocionada lealtad.

Por un extraordinario azar el rey había elegido como motivo de la fiesta la imagen de dos cisnes: sin duda, según dedujo Godefroi, como símbolos de su persona y la de su hijo. En las paredes colgaban unos soberbios tapices bordados con cisnes, y en el extremo de cada una de las mesas habían instalado una silla con un elevado respaldo tallado en forma de ese animal. Pues el rey Eduardo sabía bien que aunque sus nobles no vacilaran en jurarle lealtad, sería aquel símbolo lo que recordarían posteriormente y les obligaría a mantener su juramento.

Pero el momento álgido se produjo cuando unos sirvientes trajeron dos cisnes y los colocaron sobre la mesa ante el rey. El anciano Eduardo, aunque lo habían llevado a Westminster en una litera, se puso en pie, enderezó sus anchos hombros como solía hacer de joven, y juró ante Dios y los cisnes que iría de nuevo a Escocia para aplastar a los rebeldes, y más tarde atacaría a los infieles en Tierra Santa. Fue un noble discurso, un heroico juramento digno del caballeroso rey, y fue acogido con sonoros aplausos.

Poco después llegó el momento que aguardaba Godefroi. Dos magnates, antes de dirigirse a la mesa del rey para presentarle sus respetos, le indicaron que les acompañara. Sin duda era señal de buena suerte el que el monarca hubiera elegido como motivo de la fiesta la divisa que ostentaba el caballero sobre su escudo de armas. En aquellos momentos Roger la lucía a modo de insignia sobre su jubón. Tras levantarse sacó pecho, para que el rey se fijara en ella.

Pese a su avanzada edad, la imponente presencia de Eduardo I inspiraba gran respeto. Aunque su corpulenta figura estaba hundida en la silla, Roger observó de inmediato su espesa melena blanca como la nieve y su célebre párpado caído. Pero su hermoso rostro leonino aparecía muy demacrado y era evidente que sufría grandes dolores. No obstante, el rey saludó a los dos magnates con una lenta pero cortés inclinación de cabeza.

—Éste es Roger de Godefroi, majestad —dijo uno de ellos en tono afable—. El año pasado triunfó en el torneo de Sarum.

Mientras el magnate se dirigía al rey, Roger notó que éste tenía los ojos fijos en su insignia; pero era imposible adivinar lo que estaba pensando.

Durante unos momentos Eduardo guardó silencio. Luego dijo con voz apenas audible:

—Eso he oído decir.

Seguía con la vista fija en la insignia.

—Su escudo de armas es un cisne, sire. Una coincidencia —comentó el otro magnate.

Eduardo no respondió, ni apartó los ojos de Roger.

—Es nieto de Jocelin de Godefroi, a quien vuestra majestad sin duda recuerda —continuó el primer magnate—. Ansia serviros en Escocia.

Acto seguido se produjo un silencio. Eduardo recordó vagamente una escena. Había tenido lugar por la época de las negociaciones con los delegados escoceses, antes de que la maldita Doncella de Noruega muriera y le causara tantos problemas. Poco a poco fue recordando los detalles. Había habido ciertas dudas sobre la lealtad de la familia, una sospecha de traición. Puede que fueran unas sospechas infundadas, pero a esas alturas el rey no podía permitirse correr ningún riesgo.

Durante unos segundos Eduardo clavó en el rostro de Godefroi sus grandes ojos, que no reflejaban una expresión de enojo, pero sí de cansancio.

—Habéis llegado un poco tarde, monsieur —dijo el rey con calma—. Cuento con todos los hombres que preciso.

Roger hizo una reverencia. El rey alzó la vista y la posó en otro lugar. La entrevista había concluido, dando al traste con las esperanzas de Godefroi.

Un año más tarde murió Eduardo I, dando paso al ignominioso reinado de su hijo. Fueron unos tiempos deprimentes. Eduardo II fue un gobernante tan incompetente como extraordinario había sido su padre. Enfurecía a los magnates haciendo caso omiso de éstos en favor de sus favoritos. Se decía que era homosexual.

En 1309, Piers Gaveston, el favorito del rey, fue expulsado del reino; el obispo de Salisbury fue uno de los que insistieron en que fuera desterrado. Asimismo, aquel año, en Sarum, las aguas del Avon se desbordaron, inundando el recinto de la catedral, irrumpiendo a través de la gran puerta occidental del templo y deslizándose alrededor de las tumbas de piedra instaladas en la nave.

Pero esos desastres nacionales y locales dejaron a Roger indiferente. Pues a fines de aquel año se vio obligado a vender su segunda propiedad.

No estaba arruinado por completo. Logró conservar el batán enfurtidor, y el feudo de Avonsford con su modesta mansión seguía intacto. Pero lo cierto era que había perdido su herencia y ya no podía sostener su espléndido tenor de vida.

La situación era irremediable. Roger siguió administrando la propiedad de Avonsford lo mejor que pudo, pero era una tarea que requería una aplicación constante, y Godefroi no era un hombre constante. Un día, en un arrebato de entusiasmo, decidió restaurar el viejo laberinto situado sobre el valle, donde pasaba muchas horas solo. Pero allí no rezaba ni leía; ni él mismo sabía con exactitud cómo pasaba el rato.

A su hijo Gilbert, que iba creciendo, le dio tan sólo un consejo:

—Participa en todas las guerras que puedas. Si logras distinguirte en ellas, quizá consigas recuperar las tierras que yo perdí.

Roger confiaba en que el chico le perdonaría. Pero no estaba seguro de contar con su perdón. Y Gilbert observaba a su padre, sacando sus propias conclusiones.

Alrededor de la cima del chapitel habían colgado un pequeño andamiaje parecido a una serie de nidos de águila.

Para erigir los últimos quince metros del esbelto campanario, el cual se estrechaba hacia su prodigiosa punta, habían tenido que emplear un método distinto del anterior; construir el andamiaje en el exterior y sujetarlo con unos soportes horizontales que pasaban a través de la armazón de la obra.

A la sazón la obra estaba terminada, de modo que habían desmantelado el andamiaje, retirándose de aquellas vertiginosas alturas donde el cono era tan delgado que costaba imaginar que pudiera sostener a un hombre y un cubo. Una vez que hubieron retirado el andamiaje, obturaron los orificios a través de los cuales habían pasado los soportes con un tapón de piedra provisto de un asa de hierro para poder abrirlos y utilizarlos de nuevo en caso de futuras reparaciones.

El campanario estaba rematado por el coronamiento, una serie de piedras dispuestas en cuatro hiladas y unidas con unas grapas de hierro. Y sobre el coronamiento erigieron la gran cruz de hierro.

La cruz de la catedral de Salisbury no era sólo un ornamento necesario. Desde su centro una vara pasaba directamente a través del coronamiento, como una raíz, y a través del armazón de madera dentro del campanario, al que estaba ligada por medio de un mecanismo tensor. De esta forma los albañiles se aseguraron de que la tensión interior del chapitel pudiera ser regulada.

Asimismo habían añadido otro elemento no menos importante. Aunque no se trataba de un elemento estructural, era tan necesario para la seguridad del edificio como todos los demás artilugios ideados por los hábiles constructores. Dentro del coronamiento habían depositado con reverencia una cajita circular revestida de plomo que contenía un pedacito de tejido. Era un fragmento de la túnica de la Virgen María.

Una vez hecho esto, tras haber sellado el coronamiento y haber tensado la cruz para asegurarla al campanario, las obras de la iglesia catedralicia de Nuestra Señora la Virgen María, en Sarum, quedaron finalizadas, casi un siglo después de haberse iniciado.

Al poco de terminadas las obras, una plomiza tarde de fines de diciembre, Edward Mason se encontraba en la nave de la gran catedral, contemplando al anciano Osmund con expresión de incredulidad.

—Imposible.

Pero Osmund se mostraba terco, y nada de lo que Edward decía podía hacerle entrar en razón.

Pues la víspera del día de los Santos Inocentes, también llamado Childermas —o sea el 27 de diciembre— del año 1310 de la era cristiana, Osmund el Albañil, con ochenta años cumplidos, había cometido el último y más grave de los siete pecados capitales.

Peor aún. Osmund parecía resuelto a destruirse.

La víspera de los Santos Inocentes era una fecha importante del calendario, pues aquel día, en Sarum, tenía lugar un singular y delicioso acontecimiento: el festival del niño obispo.

La nave de la catedral aparecía abarrotada. La ceremonia estaba a punto de empezar. Habían acudido gentes de todo Sarum para presenciarla. El comerciante Shockley estaba presente; Mary Shockley, con el cabello ya canoso, se había dirigido a grandes zancadas desde su granja hasta la catedral para unirse al resto de asistentes. Roger de Godefroi había llevado a su hijo Gilbert desde Avonsford, y aunque ni John ni Cristina habían decidido asistir, el joven Walter Wilson incluso había abandonado sus trampas de anguilas en el río para atravesar los campos con paso indolente y participar en el jolgorio.

Era una ceremonia extraordinaria y muy divertida que se había instaurado el siglo anterior. En esa fecha, dentro de la más pura tradición de inversión de papeles, los niños tomaban la catedral mientras los sacerdotes ocupaban un lugar secundario. No sólo eso: los niños elegían a su propio niño obispo, quien asumía el mando de la catedral durante el festejo.

Pese a que se habían rematado las obras del hermoso chapitel, la catedral y sus sacerdotes de un tiempo a esta parte no siempre habían gozado de popularidad entre los habitantes de Sarum. Al principio había surgido una viva disputa entre el alcalde y el obispo sobre los derechos feudales del prelado a imponer una tasa a la población. El obispo había ganado. Luego apareció el problema de la coral del vicario, un grupo heterogéneo de muchachos indigentes formado por antiguos monaguillos que tocaban las campanas y también por jóvenes sacerdotes sin medios de vida, que constituían un ruidoso engorro y de quienes no cesaban de quejarse las gentes de la ciudad. Y luego había aparecido, pese a los buenos oficios del obispo Simón de Gante, un marcado deterioro en el nivel moral de la zona catedralicia. Ello se debía en parte al número de canónigos italianos a quienes el Papa había concedido suculentas canongías; pero fuera cual fuese la razón, el recinto, en el que antiguamente reinaba un ambiente de solemnidad y erudición, no obstante la magnífica catedral que se erguía en su centro era considerado con menos respeto que antaño.

En aquel 27 de diciembre, empero, todos esos agravios habían quedado olvidados mientras la gente acudía para presenciar la encantadora ceremonia.

—Quizá —pensó Edward cuando los asistentes guardaron silencio— el anciano olvidará esta locura. —Sólo podía confiar en que así fuera.

La multitud les había abierto paso para dejar que ocuparan un lugar preferente, por respeto a Osmund, pues todo el mundo creía, y posiblemente fuera cierto, que era el hombre más viejo de Sarum.

La ceremonia comenzó cuando los componentes del coro, solemnemente ataviados con capas pluviales y sosteniendo unos cirios encendidos, condujeron al niño obispo hasta el altar de la Sagrada Trinidad de Todos los Santos. Allí se procedió a la lectura del Día de los Santos Inocentes, del Apocalipsis, antes de que los niños del coro cantaran estos versos:

Sedentem in supernae

El eco de la música reverberó suavemente a través de la inmensa catedral.

Osmund escuchó con expresión satisfecha. Era muy viejo. Su enorme cabeza redonda estaba completamente calva, salvo por unos pocos pelos blancos que asomaban detrás de las orejas. Las extremidades de su cuerpo, otrora rechoncho, eran ahora tan delgadas que parecían reducidas al hueso. Pero el anciano albañil se movía aún con agilidad y conservaba todas sus facultades; y cuando se agarraba del brazo de Edward para caminar, lo hacía porque le complacía, no porque tuviera necesidad de ello.

Había acudido a la catedral con su familia aquella tarde para admirar el campanario recién completado y efectuar su inspección anual del edificio antes de que diera comienzo la ceremonia del niño obispo. Le gustaba esa visita; señalaba una estatua aquí, un capitel allí, incluso un lejano florón en la bóveda, describiendo cada intrincado detalle a su hijo y sus nietos, que le escuchaban con paciencia, y les revelaba el nombre del difunto albañil que lo había tallado. Pues sólo Osmund era capaz de recordar los nombres de sus antiguos compañeros, de modo que cuando él muriera esos artistas anónimos caerían en el olvido. Así es como debía ser, se decía Osmund.

—Un albañil no necesita un nombre —afirmaba—. Pervive en la piedra.

El niño obispo echaba incienso hacia el altar, moviendo el pesado incensario de plata con energía y haciendo que brotaran unas nubecitas de humo blanco. Osmund aspiró complacido el penetrante aroma del incienso. La última claridad de la tarde de diciembre se desvanecía en las vidrieras de colores.

Tras una inspección extremadamente minuciosa de la nave y el coro, llevada a cabo una hora antes, el infatigable anciano había conducido a su familia a los claustros. Desde allí habían entrado en la sala capitular.

Y fue en la sala capitular donde Osmund había cometido su pecado.

Los niños del coro iniciaron su procesión a través de la iglesia. El niño obispo, un chico rubio con cara de travieso, avanzó con paso decidido hacia el trono del obispo. En la mano sostenía el báculo episcopal de mango curvado y finamente tallado. El báculo le doblaba en altura, lo cual hacía resaltar el aspecto cómico de la ceremonia. El niño se volvió y, en canto llano, bendijo a los asistentes. Pese a su expresión de golfillo, Osmund reparó en que tenía una voz muy dulce. A continuación el chiquillo se sentó en el trono y el coro comenzó a cantar el hermoso oficio vespertino, las completas.

A veces, en aquellos tiempos, el niño obispo pronunciaba un sermón amonestando por sus pecados a los niños del coro, dirigiéndose a cada uno de ellos por su nombre, mientras los fieles trataban de reprimir la risa. Posteriormente, una vez concluido el oficio, él y los demás niños del coro disfrutaban del portentoso festín que les ofrecían los canónigos. Pues en ese día éstos permitían a los niños atiborrarse de carne de ternera, cordero, pato, salchichas, becada, chorlitos, todos los exquisitos y variados manjares que los cinco valles y los cerros procuraban a los afortunados canónigos de Sarum.

Los niños aguardaban con impaciencia el festín; los asistentes estaban de buen humor. Pero los pensamientos de Osmund habían retornado a la sala capitular.

El viejo albañil no había puesto los pies en ella desde hacía varios meses. La tenue luz vespertina caía suavemente sobre los muros a través de los ocho grandes vitrales. Osmund, que se hallaba de pie y en silencio, algo alejado de los demás, se volvió lentamente y recorrió con la vista los espacios entre las arcadas que cubrían los elevados asientos de los canónigos.

Allí estaban: los sesenta bajorrelieves, desde la Creación hasta Moisés recibiendo las Tablas de la Ley: sus esculturas. Y al contemplarlas, Osmund supo que eran perfectas.

Cualesquiera que fuesen sus faltas, Osmund había sido un hombre humilde. Su trabajo le había procurado una gran satisfacción; había experimentado alegría cuando lograba captar el espíritu de un animal o un hombre que deseaba esculpir; había experimentado gozo cuando los demás alababan su trabajo, y una modesta sensación de orgullo cuando tenía la certeza de haber ejecutado bien una obra.

Pero la gran catedral estaba terminada. Él conocía sus maravillas, cada piedra.

Y mientras admiraba su obra, realizada hacía mucho tiempo, Osmund sintió por primera vez en su vida la vehemente y abrumadora exaltación que el canónigo Portehors, de haber estado vivo, habría calificado sin vacilar, con un terrible tono de censura, como el más grave de los siete pecados capitales.

Pues de golpe, abrumado por la emoción que le embargaba, el anciano agarró a su hijo del brazo y exclamó:

—¡Yo los creé! Yo esculpí esos bajorrelieves. No existe nada más perfecto en la catedral. ¡Ni en toda Inglaterra!

—Son excelentes —repuso Edward en voz baja.

—¿Excelentes? —replicó el anciano soltando una carcajada que resonó en la quietud de los claustros—. No existe un albañil vivo —gritó—, no ha existido en Sarum un albañil desde que se iniciaron las obras de la catedral capaz de hacer lo que yo he hecho. —Osmund se acercó a la pequeña escena que representaba a Adán y Eva, se encaramó sobre el asiento del canónigo que había junto a ella y acarició la talla. Luego, volviéndose hacia su familia con aire triunfal, les recordó:

—Yo lo he creado. Yo he creado todo esto.

Y así, a sus ochenta años cumplidos, Osmund el Albañil cayó en el más grave de los pecados: el de la soberbia.

Cuando regresaron a través de los claustros, el anciano se mostró exultante. Parecía haber olvidado su edad y caminaba casi dando brincos. Y cuando penetraron de nuevo en la nave, sus perspicaces ojos vislumbraron en la mortecina luz una docena de recordatorios de su extraordinaria habilidad. La tumba del obispo Gyles, un florón, un capitel, incluso el severo semblante del canónigo Portehors que lo observaba desde la bóveda. De pronto toda la catedral parecía pertenecerle. Qué necios habían sido esos albañiles, pensó Osmund furibundo, por haberle expulsado ignominiosamente de la torre. ¿Quiénes creían que eran? No eran más que unos necios, unos imbéciles, casi gritó el anciano en voz alta: unos imbéciles como el cretino de Bartholomew.

Y dejándose llevar por la euforia que lo embargaba, poco antes de que entrara el coro, el viejo albañil se volvió hacia su horrorizado hijo y declaró:

—Mañana por la mañana visitaremos la torre. —Y se apresuró a añadir—: Y yo subiré al campanario.

Era una mañana insólita para diciembre, templada y despejada.

Los dos hombres se hallaban en el parapeto: el anciano impaciente y excitado, el más joven nervioso y preocupado.

Había sido inútil tratar de disuadir a Osmund.

—Si le impido que vaya hoy a la torre —había dicho Edward a su esposa—, encontrará el medio de ir otro día. Es preferible que lo acompañe y le vigile.

—De todos modos no logrará subir la escalera —había replicado ella.

Edward era menos optimista. De hecho, se había quedado asombrado al comprobar la forma en que su padre había trepado por la escalera: despacio, como es lógico, pero con decisión, deteniéndose sólo al alcanzar el nivel del triforio y de nuevo en los dos primeros rellanos de la gigantesca torre.

—Mi viejo padre es como una hormiga —murmuró Edward—. No se da por vencido. —Y pese a lo irritante del asunto, Edward no pudo por menos de admirar la increíble persistencia del anciano.

En cuanto a Osmund, mientras ascendía por la escalera de caracol de la torre, que le resultaba tan familiar, no recordaba haberse sentido mejor en toda su larga vida. Quizás el hecho de sentir que formaba parte del edificio había facilitado al viejo albañil el ascenso por la larga y empinada escalera; o quizás era porque estaba empeñado en alcanzar su objetivo. Cuando Osmund llegó por fin a la cima de la torre y salió al exterior, notó que la cabeza le daba vueltas y se detuvo unos momentos para recobrar el equilibrio; pero al cabo de poco su rostro se relajó y empezó a caminar lentamente alrededor del parapeto, debajo de los muros inclinados de la base octogonal del chapitel.

Parecía haber olvidado la insensata idea que había tenido el día anterior. De hecho, y para alivio de Edward, Osmund apenas miró el campanario. Parecía haber olvidado también la presencia de Edward mientras se paseaba por la cima de la torre, admirando la vista, examinando la mampostería y murmurando entre dientes. El anciano albañil dio varias vueltas al campanario. En dos ocasiones, se asomó por el lado norte para inspeccionar una figurita de piedra, sepultada en un nicho y dotada de un curioso y primitivo rostro femenino, que contemplaba la ciudad que se extendía a sus pies. Osmund experimentó una satisfacción muy especial, aunque Edward no se explicaba el motivo.

Al cabo de un rato, en vista de que Osmund no cesaba de dar vueltas alrededor de la cima de la torre, Edward se sentó en el parapeto para aguardar a que su padre concluyera su inspección. El sol matutino era extraordinariamente cálido.

Cuando Osmund llevaba varios minutos efectuando su enésima ronda de inspección, Edward se percató de que su padre había desaparecido. Suponiendo que el anciano había comenzado a descender, examinó las cuatro escaleras de la torre, pero no halló a su padre en ninguna de ellas. Alarmado, echó a correr en torno a la base del gran campanario octogonal y alzó la vista.

Los aros de hierro estaban más espaciados de lo que Osmund había creído conveniente, y se extendían en una línea recta y vertiginosa desde la base del chapitel hasta la cruz, a casi sesenta metros del suelo. Pero al considerar cada aro como un pequeño obstáculo aislado, el anciano había conseguido trepar lentamente por el campanario, apoyando los pies sobre un aro y agarrando con sus pequeñas manos el aro situado sobre él. Despacio, con calma, Osmund subió por la empinada fachada del chapitel, deteniéndose con frecuencia. Seis, diez metros: el viejo albañil había alcanzado ya los diez metros de altura cuando Edward lo vio.

Éste contempló a su padre. ¿Qué debía hacer? Lo primero que se le ocurrió fue subir apresuradamente tras él, pero luego recapacitó: si el anciano resbalaba, ¿podría él sujetarlo para impedir que cayera?

Edward se encogió de hombros. Si su padre estaba decidido, a sus ochenta años, a partirse el cuello de esa forma tan espectacular, ¿por qué había él de impedírselo? Edward sonrió con tristeza mientras observaba a la pequeña figura que avanzaba en solitario hacia su objetivo. Su intuición le decía que, pese a su edad, el albañil no se caería, y confiaba en que su intuición fuera acertada.

—Subirá y bajará tal como afirmó que haría —dijo Edward en voz alta para tranquilizarse. Y si el anciano lo conseguía, podría referir su hazaña a sus nietos. A sus espaldas, las grandes campanas de la catedral dieron la hora. Era las diez de la mañana.

Qué silencioso estaba el aire. La gigantesca pirámide octogonal del campanario se alzaba majestuosamente hacia el cielo azul, aislada en sus alturas sobre el mundo ante el cual se mostraba serenamente indiferente: indiferente a los Shockley y su batán enfurtidor, a Godefroi en su feudo, a las ovejas que pacían en el terreno elevado; indiferente al mercado, al recinto de la catedral, incluso al obispo; a la sequía y a las inundaciones que se producían en el valle, a la siembra y a la cosecha; el campanario estaba por encima de todas esas cosas.

Osmund se lo tomaba con calma, deteniéndose a descansar cuando le apetecía. Por fin, unos minutos antes de que las campanas dieran la media hora, alcanzó el vertiginoso punto donde pudo estirar un poco los brazos alrededor del chapitel, palpando el silencioso coronamiento del edificio. Osmund se percató de que abajo, en los alrededores de la catedral, se había congregado una multitud que lo estaba mirando. Notó en su rostro una leve brisa que soplaba del oeste.

Lo había conseguido. La catedral, y todo cuanto contenía, le pertenecía.

La excelente vista de que gozaba Osmund le permitió distinguir cada detalle de las casas de la zona catedralicia. Vio la plaza del mercado. Detrás de la ciudad, sobre la antigua colina, vislumbró unas figuras que se movían sobre los muros del castillo. En los ondulantes cerros, columbró por doquier las diminutas siluetas de las ovejas. A unos quince kilómetros, directamente enfrente del antiguo castillo de la colina, el albañil distinguió el derruido círculo de piedras grises de Stonehenge. Y más allá se extendía un cerro tras otro, prolongándose hacia el norte como un mar.

Y mientras el viejo albañil contemplaba Sarum desde lo alto del campanario, incluso el pecado de soberbia en el que había caído recientemente se desvaneció en el aire, perdiéndose entre los prodigios del lugar.

Al cabo de un rato, Osmund descendió del campanario.