La vida no había sido generosa con Tosutigus desde la conquista, y al volver la vista atrás algunos de los recuerdos que acudían a su mente le resultaban dolorosos.
Después de la partida de Vespasiano, el joven cabecilla había seguido con impaciencia el curso de los acontecimientos. No tardaron en recibir noticias del suroeste: cada pocos días se enteraban de la caída de otro de los fuertes rodeados por varias murallas.
—¡Vaya con los orgullosos Durotriges! —murmuró Tosutigus con satisfacción; y al poco tiempo se convenció de que su iniciativa de entregar la duna y ceder sus tierras había constituido un brillante ejemplo de diplomacia.
Las fortalezas siguieron cayendo mientras Tosutigus aguardaba con ansia noticias de Vespasiano o del gobernador; pero no llegó ningún mensaje.
Hacia fines del verano, Vespasiano dio por terminada su campaña. Pese a que los caudillos de los Durotriges habían combatido enconadamente, no habían conseguido vencer a las máquinas de guerra de la II Legión, de modo que el tribuno de rostro pétreo y curtido había logrado atravesar todo su territorio del este al oeste, y en la parte occidental había instalado su campamento de invierno. La noticia recorrió toda la isla:
—Los orgullosos Durotriges han caído.
Pero aunque habían sido humillados, habían librado una dura batalla; y no habían olvidado la traición del joven cabecilla en Sarum.
Una mañana de principios de otoño llegó a Sarum un grupito de prisioneros procedentes del suroeste, que fueron conducidos a la duna por un destacamento de soldados romanos. El grupo estaba formado por veinte prisioneros de todas las edades, y los romanos ordenaron a los hombres de Tosutigus que les dieran de comer.
—Trataron de irrumpir en nuestro campamento para saquear los depósitos de provisiones —explicó a Tosutigus el soldado que estaba a cargo de los prisioneros—. Se dirigen a Londinium, donde serán vendidos como esclavos.
El grupo pasó la noche allí, y mientras los soldados descansaban, Tosutigus fue a echar una mirada a los prisioneros. Uno de ellos, según observó, era un chico de diez años, y al aproximarse reconoció al hijo de un cabecilla de los Durotriges. Compadeciéndose del chico, le dijo:
—Conozco a tu padre y me entristece verte en esta situación. Pero el niño lo miró con rabia.
—Es mejor ser un esclavo que un traidor como tú —replicó con amargura—. Tosutigus el Mentiroso. —Y tras esto escupió en el suelo para demostrar al cabecilla el desprecio que le inspiraba.
Tosutigus dio media vuelta y se alejó. De modo que ésa era la fama que había adquirido, tal como le había advertido el druida Aflek. Pero el cabecilla trató de convencerse de que no le importaba.
—Puede que los Durotriges me odien; pero el emperador me concederá una recompensa —se dijo.
El otoño transcurrió sin que Tosutigus recibiera las noticias que aguardaba con ansia.
Cayó una copiosa nevada; Sarum se sumió en el silencio. Nada se movía en el interior del gran círculo de la duna. Cada día, Tosutigus trepaba por sus elevadas murallas y se paseaba impaciente por el borde helado, escrutando el horizonte en busca de alguna señal de los mensajeros romanos. En ocasiones Numex y Balba le acompañaban y zanqueaban a su lado con los rubicundos semblantes relucientes en el aire gélido mientras contemplaban los páramos cubiertos de nieve. Pero a medida que transcurrían los meses Tosutigus iba perdiendo la esperanza de ver un día a los mensajeros aproximarse al galope.
Durante el largo invierno, el paisaje permaneció desierto. Cuando la nieve se fundió, Tosutigus observó que en las laderas cretáceas de la duna brotaban matitas de hierba.
Cuando las aguas del río alcanzaron su máximo nivel y llegó la primavera, las gentes de Sarum continuaron con sus quehaceres sin dar muestras de alegría. El joven cabecilla dedujo que le aborrecían por haber entregado la duna, y que le comparaban desfavorablemente con los Durotriges; mientras las tropas de Vespasiano se dedicaban a ocupar el territorio de los Durotriges, éstos ya comenzaban a componer canciones que resaltaban las valerosas hazañas de sus cabecillas caídos en combate. Pero Tosutigus no se desanimó.
—Ya lo veréis —dijo a Numex y a su hermano—. Lo que he hecho ha sido por el bien de Sarum.
Un año después de la visita de Vespasiano vieron que por la sierra del nordeste se acercaba un puñado de personas. Era un grupo consistente en un individuo alto, de mediana edad y piel cetrina, montado en un pequeño caballo, seis esclavos y seis legionarios; la caravana avanzó lentamente a través de los cerros hacia la duna, deteniéndose con frecuencia.
Impaciente, Tosutigus se dirigió a su encuentro a caballo. Cuando los alcanzó, comprobó que dos de los esclavos acarreaban unos postes sobre los que descansaban un par de maderos cruzados en forma de aspa, de cuyos extremos pendían unas pequeñas plomadas.
—Somos agrimensores —le informó el hombre de piel cetrina—. Vamos a construir importantes carreteras a través de esta zona.
Cuando los agrimensores llegaron a la duna, la inspeccionaron minuciosamente, y luego bajaron por la ladera hasta el río.
—Se hará una calzada a través del río —dijo el individuo de piel cetrina—, y se establecerá un nuevo asentamiento —agregó, señalando un modesto terreno rectangular junto a la ribera.
¡Un nuevo asentamiento! Los ojos del joven cabecilla se iluminaron de gozo. De modo que los romanos tenían importantes planes para este lugar.
—Será un pequeño puesto de estacionamiento de tropas, una mansio —continuó el agrimensor.
Pero Tosutigus no le escuchaba, pues había comenzado a imaginar que gobernaba una enorme ciudad.
Los constructores de la calzada llegaron dos meses más tarde: esta vez a través de la sierra apareció una centuria completa formada por ochenta hombres con sus centuriones. Además del equipo habitual, cada hombre portaba una pala a la espalda.
Comenzaron con el asentamiento, trabajando con asombrosa rapidez. En el terreno junto al río que el agrimensor había marcado, erigieron una cerca de tierra, como si fueran a construir uno de sus campamentos militares amurallados. En el centro dispusieron una calle no muy ancha flanqueada a ambos lados por tres parcelas cuadradas que formaban una parrilla. Y eso fue todo. No se había previsto un foro, ni un espacio para un gran edificio oficial, ni un templo: tan sólo unas modestas parcelas destinadas a las cuadras, un cuartel de guardia y unas sencillas viviendas. En una esquina, reservaron un espacio rectangular para sembrar un pequeño huerto dentro de la muralla.
Las obras duraron poco menos de dos días y una vez completadas, el centurión comentó:
—Ya está. Esto es Sorviodunum.
Pero incluso entonces, a Tosutigus el reducido y humilde recinto se le antojaba más que prometedor.
—Necesitamos peones para construir la calzada —dijo luego el centurión—. ¿Puedes proporcionarnos algunos?
Satisfecho de serles útil, Tosutigus les procuró de inmediato cincuenta hombres, a los que agregó a Numex, pese a sus protestas.
—¡Pero si soy carpintero!
—Aprende cómo construyen calzadas los romanos —le ordenó el cabecilla—. De esta forma me serás más útil. —Tosutigus sabía que Numex aprendería con rapidez los métodos de los romanos y que en el futuro sus conocimientos procurarían fama a Sarum y a su dirigente.
Cuando vio cómo construían los romanos sus calzadas, Tosutigus se quedó asombrado. La carretera principal atravesaba la abrupta meseta, del nordeste discurriendo en una línea casi recta desde la duna hasta el puerto de Londinium, a unos ciento treinta kilómetros de distancia. Tosutigus solía ir a observar cómo trabajaban los peones, y regresaba meneando la cabeza con asombro y admiración.
En primer lugar los obreros cavaron dos zanjas paralelas, separadas por unos veinticinco metros, y en el centro apilaron la tierra que habían excavado para formar una calzada elevada de aproximadamente ocho metros de anchura. Ésta era la célebre agger. Sobre ella extendieron una capa de creta, de un codo de espesor y ligeramente inclinada a partir del centro para que la superficie de la carretera estuviera bien drenada. A continuación, trajeron carros llenos de piedras de sílex extraídas de los alrededores, y los legionarios las depositaron una por una sobre la creta, formando una capa de unos diez centímetros de espesor, cuyos intersticios rellenaron con creta para alisar la superficie. Por último cubrieron la calzada con un revestimiento de grava de unos veinte centímetros de espesor, que pisotearon hasta que quedó duro y liso.
—A veces, si hay una fundición de hierro en la zona, colocamos escoria en la superficie —explicó el centurión a Tosutigus—. De este modo al oxidarse forma una lámina sin fisuras que dura eternamente.
Tosutigus también observó que habría un cruce de carreteras junto a la duna. «Sorviodunum estará comunicado con diversos lugares en toda la isla», pensó satisfecho. En el río Afon los soldados construyeron una calzada de piedra a través de la corriente y la pavimentaron para formar un vado artificial.
—¿Por qué no construís un puente? —inquirió Tosutigus.
—Los puentes pueden destruirse —repuso el centurión en tono sombrío—, pero no es tan fácil destrozar un vado.
La carretera que atravesaba el río conducía al suroeste, hacia el territorio de los Durotriges; Tosutigus observó fascinado cómo, a lo largo de los dos meses siguientes, los romanos reforzaron con puntales de madera el terreno pantanoso, sobre el que tendieron la calzada, que por último prolongaron haciéndola ascender en zigzag por la empinada colina. Pero fue lo que ocurrió a continuación lo que dejó al cabecilla estupefacto.
A través de las onduladas tierras de los orgullosos Durotriges, en una línea recta que se extendía hacia el suroeste desde Sarum, los romanos construyeron una carretera tan singular que en la isla no se habría de ver nada igual hasta el advenimiento del ferrocarril, casi dos mil años más tarde. La agger, flanqueada por dos profundas zanjas, medía casi quince metros de ancho y dos de altura. Inexorable y majestuosa, atravesaba sin una sola curva una zona de cincuenta kilómetros hasta llegar al corazón del territorio de los Durotriges, donde torcía hacia el sur, en dirección a la costa.
Era la imponente vía conocida como la Ackling Dyke, y su mensaje era inconfundible: Vuestros fortines han caído, afirmaba, y a Roma no le arredran minucias como colinas o valles, campos o bosques, pues es capaz de superarlos siempre que le apetezca.
Al contemplar desde la sierra la nueva e imponente calzada, tan distinta de los antiguos caminos que traspasaban los montes, Tosutigus se quedó maravillado.
—Parece una tira de hierro que atraviesa todo el país —murmuró. Y por primera vez empezó a comprender el verdadero poder de Roma.
Aquel invierno Tosutigus recibió por fin noticias del gobernador, por medio de un ayudante del mismo, un tipo corpulento, de tez oscura y ojos pequeños y duros. Iba acompañado por un empleado de la administración del procurador. El hombre dijo sin más preámbulos:
—Están organizando este territorio. En vista de tu cooperación, el gobernador ha decidido recompensarte.
Por fin. Eso era lo que Tosutigus venía aguardando desde hacía tiempo.
—¿Qué zona voy a gobernar? —preguntó con impaciencia.
El hombre corpulento arrugó el ceño. ¿De qué diantres estaba hablando ese joven celta? Pasando por alto su pregunta, continuó:
—Todas las tierras de los Durotriges permanecerán bajo ocupación militar. Exceptuando Sorviodunum, que formará parte del territorio emplazado cien kilómetros al este, el cual constituirá un nuevo reino.
Tosutigus palideció. Aquélla era la comarca que los Atrebates habían ocupado en sus tiempos de esplendor; una zona inmensa y magnífica.
—¿Voy a gobernar todo ese territorio? El hombre corpulento se detuvo.
—¿Gobernar? —preguntó, pensando que acaso no lo había comprendido bien.
Tosutigus meneó la cabeza, asombrado. Jamás se había atrevido a confiar en que su carta impresionara al gobernador hasta ese extremo.
Al corpulento romano no se le había ocurrido que Tosutigus confiara en gobernar algún territorio, por lo que no podía adivinar los delirios de grandeza que albergaba el joven cabecilla. El ayudante del gobernador prosiguió, haciendo caso omiso de sus preguntas:
—El nuevo rey de los Atrebates es el jefe Cogidubnus. Él es tu rey a partir de ahora. En reconocimiento por el regalo que le hiciste al emperador, éste te exime de pagar impuestos sobre tus tierras durante el resto de tu vida, tanto el annona como el impuesto de capitación.
Tosutigus miró al ayudante del gobernador, tratando de asimilar lo que éste acababa de decir. Había oído hablar de Cogidubnus, por supuesto, un cabecilla pro romano de los Atrebates que poseía unas propiedades en el sureste.
—¿Él es mi rey?
—Sí.
—¿Qué territorio gobernaré yo?
—Ninguno.
Tosutigus meditó sobre el asunto.
—¿Cogidubnus es un ciudadano romano?
—El emperador le ha concedido la ciudadanía.
—¿Ya mí?
—No.
—Entonces ¿qué soy? ¿Qué estatus poseo? —preguntó desesperado Tosutigus.
—El de peregrinas: un nativo.
—De modo que aparte de eximirme de pagar impuestos, ¿eso es cuánto poseo?
—Así es.
Tosutigus debería haber comprendido que los romanos no hacían sino seguir su método habitual al organizar una nueva provincia, y que de hecho se habían mostrado generosos con él.
El gobernador había decidido, muy sabiamente, mantener una zona militar en el territorio de los conflictivos Durotriges, y recompensar a los Atrebates por su leal amistad restituyéndoles sus tierras, al menos temporalmente. De esta forma las tropas y los administradores tendrían las manos libres para ocuparse del norte y el oeste de la isla, donde se hallaban la mayoría de las tribus que aún no habían sido sojuzgadas. En aquel momento, los legionarios estaban construyendo la importante vía conocida como Fosse Way, que desde la parte occidental del territorio conquistado de los Durotriges atravesaba en diagonal, de noroeste a sureste, toda la parte meridional de la isla. Esta vía constituía la frontera desde la cual avanzarían los romanos. Con el tiempo, tanto el reino tributario de los Atrebates como la zona militar del suroeste desaparecerían, aunque eso no ocurriría hasta la siguiente generación. Entonces se instaurarían capitales provinciales y se nombrarían consejos y magistrados nativos que tendrían la oportunidad de obtener la codiciada ciudadanía romana. Pero todavía no. Al no incluir las tierras de ese joven e insignificante cabecilla en la zona militar y al concederle una generosa exención de impuestos los romanos lo habían tratado mejor de lo que él tenía derecho a esperar.
Pero Tosutigus seguía soñando.
Al año siguiente realizó un viaje al este para presentar sus respetos a Cogidubnus; y al hacerlo se llevó otras dos desagradables sorpresas.
El nuevo reino subordinado de Cogidubnus era tan grande que contenía dos capitales provinciales; la que estaba situada al norte, junto a la calzada principal que iba desde Sorviodunum a Londinium, se llamaba Calleva Atrebatum.
Al llegar a la enorme capital Tosutigus se quedó mudo de asombro. Mientras la contemplaba, le entraron ganas de llorar: aunque estaba a medio construir, Calleva era todo cuanto él había confiado que fuera Sorviodunum. Contenía un foro, unos espléndidos edificios de madera, además de otros de piedra, y una amplia red de calles y callejuelas que cubría varias hectáreas. Pero el rey, según comprobó Tosutigus, se encontraba ausente. Estaba en la costa meridional; y siete días más tarde, fue allí donde Cogidubnus y el cabecilla de Sarum se encontraron cara a cara, y donde Tosutigus se llevó la segunda sorpresa.
Tiberius Claudius Cogidubnus —que había asumido con prudencia los nombres de pila del emperador en señal de respeto— era un hombre alto y fuerte, de mediana edad, con el pelo entrecano y unos ojos azules y resplandecientes. No sentía un interés especial por el joven cabecilla procedente del oeste, pero lo recibió con cortesía. En aquel momento el nuevo rey de los Atrebates estaba vigilando la construcción de una suntuosa villa que había mandado edificar para su propio uso en un magnífico terreno junto al mar.
La mansión representaba todo cuanto Tosutigus había soñado, y más. Lleno de envidia siguió al fornido monarca a través de las grandes estancias y los espaciosos patios. Contempló con asombro los mosaicos que comenzaban a adornar los suelos: aquí aparecía un grupo de delfines bailando en torno a Neptuno, el dios del mar; allá, un pavo real se paseaba por un jardín romano. Las ventanas del edificio estaban incluso provistas de cristales translúcidos de color verde que arrojaban una luz fresca sobre los suelos pavimentados del interior. A Tosutigus esa vivienda tan noble le pareció digna de un senador romano, y se dio cuenta del inmenso abismo que separaba su sueño de poder de la realidad del pequeño mansio en Sorviodunum. «Esto —pensó Tosutigus— es Roma».
Tosutigus permaneció allí dos días. Cogidubnus le dio las gracias por su visita y le regaló una estatuilla de sí mismo. Luego, Tosutigus regresó a Sarum. Durante los dieciséis años siguientes, el cabecilla vivió tranquila y discretamente. Cuando Caractacus, el príncipe rebelde, realizó contra los romanos en el sur un intrépido pero inútil combate, Cogidubnus ni siquiera se molestó en solicitar ayuda al cabecilla de Sarum; prescindía educadamente de él, por considerarlo irrelevante; los Durotriges evocaban su nombre con desprecio; pero el resto de la gente prácticamente se había olvidado de él, de modo que pasó a convertirse en uno de los jefecillos oscuros que existían en la isla en aquellos tiempos.
Al año de su visita a Cogidubnus, Tosutigus contrajo matrimonio. La joven era la tercera hija de otro pequeño cabecilla de los Atrebates. Esa unión también supuso una grave humillación para Tosutigus. El padre de la chica era pobre, y como la reputación que tenía Tosutigus entre los Durotriges —aunque esa tribu y la de los Atrebates se hallaban enfrentadas— no le favorecía a los ojos de su futuro suegro, éste se negó a conceder a su hija una dote. No obstante, Tosutigus se casó con ella. Era una bonita pelirroja con un genio muy vivo, que le daría una hija y viviría seis años más antes de enfermar repentinamente un invierno y fallecer.
Tosutigus no volvió a casarse. Su matrimonio no había sido especialmente feliz. Tras la muerte de su esposa el cabecilla se contentó con visitar de vez en cuando a una mujer que residía en Calleva, y centró todos sus afectos en su hija, Maeve, a quien adoraba y que guardaba un extraordinario parecido con su madre. A sus cuarenta años, Tosutigus se convirtió en un apacible viudo de mediana edad, un tanto retirado del mundo, que vivía de sus rentas en una oscura aldea remota.
Desde luego, el lugar no valía gran cosa; estaba escasamente poblado a excepción de unas pocas chozas, y se utilizaba muy de vez en cuando como mercado ocasional. Junto a la duna, las duras y desiertas vías romanas cruzaban los antiguos caminos y recorrían las tierras altas. Junto a la entrada, en la parte oriental de la aldea, se apretujaba un grupo de casuchas utilizadas por Balba y algunos tejedores. En el valle, más abajo, el pequeño asentamiento de Sorviodunum contenía unos establos, perfectamente cuidados y reservados para los mensajeros del gobernador, una pequeña posada donde los viajeros se detenían a descansar, y un puñado de almacenes. Estaba vigilado por tres soldados que, al tener poco que hacer, solían reunirse en el porche del almacén más grande para pasar horas jugando a los dados. El único visitante asiduo era un empleado del departamento del procurador, que aparecía de vez en cuando para supervisar las tierras imperiales y disponer la venta del grano perteneciente al emperador al término del verano.
Con todo, Tosutigus tenía motivos para sentirse satisfecho. En Sorviodunum reinaba la paz; y aunque algunos cabecillas del oeste se valían de la sublevación de Boadicea para rebelarse a su vez, Tosutigus no formaba parte de éstos. Y aunque Sorviodunum seguía siendo tan sólo un puesto militar, era un centro importante de tráfico de mercaderías. Del suroeste, por la nueva calzada que atravesaba el territorio de los Durotriges, llegaba el preciado esquisto de Kimmeridge, una roca oscura y lustrosa que los romanos obtenían de la costa. Por otra flamante calzada que iba de oeste a este llegaba el plomo procedente de las minas de las colinas occidentales y destinado a las pujantes ciudades de Calleva y Londinium, desde las cuales era transportado por mar a la Galia y otros puntos.
Por otra parte, las exenciones de impuestos con que habían premiado a Tosutigus resultaron más valiosas de lo que éste había imaginado. En una época en que las tierras rendían más beneficios que cualquier otra inversión, el hecho de que las rentas que le aportaban sus campos estuvieran libres de impuestos habían convertido a Tosutigus en un hombre rico. En su granja, pese a ser modesta, tenía ante el hogar unos hermosos guardafuegos de hierro forjado decorados con oro. Su hija Maeve lucía brazaletes y tobilleras de oro, esquisto y ámbar. Tosutigus comía en platos de la mejor cerámica roja de Arezzo y bebía los mejores vinos de la Galia. El santuario de la familia contenía ornamentos de plata y oro.
Pero sobre todo Tosutigus tenía a Maeve; su hija se había convertido en una hermosa joven que había heredado de su madre la espesa cascada pelirroja, unos ojos azules luminosos y un genio endiablado que deleitaba a su padre, porque él aún era capaz de imponerse. Tosutigus había logrado inculcar a Maeve algunas costumbres romanas, pero al mismo tiempo la había mimado de un modo vergonzoso, permitiendo que hiciera lo que le viniera en gana. Se sentía orgulloso al comprobar con qué facilidad la joven conseguía dominar todos los caballos que él le regalaba.
«Maeve representa para mí un hijo y una hija», se decía con frecuencia Tosutigus. Estaba convencido de que la joven, con su extraordinaria belleza y su fogoso temperamento celta, supliría con creces las deficiencias de su educación para desenvolverse en el mundo romano.
—Te casarás con un gran caudillo, un príncipe —solía decir a Maeve—. No permitiré que te cases con un don nadie.
Pero, no obstante su buena fortuna, en el fondo Tosutigus se sentía insatisfecho. Cuando pasaba por Sarum algún oficial romano, el cabecilla bajaba apresuradamente al puesto militar vestido con su toga, pues no había perdido su empeño juvenil de demostrar su adaptación a las usanzas romanas. No pasaba un año sin que Tosutigus ideara algún ardid para obtener la ciudadanía romana, aunque ninguno de ellos daba resultado. Si bien en ocasiones Tosutigus permanecía un mes en su granja del valle, vigilando su ganado y deleitándose con la compañía de su rebelde hija, al poco tiempo subía a la duna para contemplar el paisaje desde sus murallas cubiertas de matojos, al igual que sus antepasados habían hecho antes que él. Y por alguna razón, cada vez que hacía eso, sus sueños de gloria retornaban tan frescos y potentes como cuando era un alocado joven de veinte años.
Pese a su afán de destacar en el mundo romano, el cabecilla pasaba muchas horas a solas en el santuario familiar, examinando incesantemente la gran espada de Coolin y acariciando el casco dotado de cuernos de su abuelo. Luego se arrodillaba ante la figurilla de Nodens, el dios protector de su familia, y le rogaba:
—Haz que sea digno de mis antepasados.
En cierta ocasión, cuando Maeve tenía diez años, su padre la llevó al desierto henge y, señalando los gigantescos menhires, dijo:
—Tus antepasados construyeron este lugar en un solo día: eran unos gigantes, unos dioses. No lo olvides nunca.
—¿Es por esto que debo casarme con un príncipe? —preguntó la niña con aire solemne.
—Los descendientes de Coolin el Guerrero y la antigua casa de Krona no merecen otra cosa —repuso Tosutigus.
Porteus, montado en su pequeño poni zaino que trotaba hacia el oeste, se dijo que la ancha y dura carretera que conducía a Sorviodunum parecía interminable. Había abandonado Calleva a media mañana de un día fresco y gris; al atardecer las nubes aún no se habían disipado, y el joven se disponía a atravesar el último cerro antes de alcanzar lo que iba a convertirse en su nuevo hogar.
Al observar la desierta duna y el pequeño y humilde poblado emplazado a los pies de la misma, el corazón le dio un vuelco. Más tarde, Porteus comprobó que los tres legionarios a cargo del lugar habían sido advertidos de su llegada tan sólo la víspera y era evidente que no se alegraban de verlo. Lo condujeron en silencio a una casucha consistente en dos habitaciones que contenía un diván, una silla de tijera, una mesa, un jergón de paja y un esclavo para que le atendiera.
—¿Esto es todo lo que tenéis? —preguntó Porteus irritado.
El mayor de los soldados se encogió de hombros. No sentía simpatía hacia los procuradores ni sus ayudantes.
—Compruébalo por ti mismo —contestó, señalando el pequeño puesto militar con sus humildes chozas y los campos que lo circundaban—. Eso es todo cuanto hay aquí.
A la mañana siguiente Porteus exploró el lugar a fondo. Al ver las colinas donde pastaban las pequeñas ovejas pardas, las granjas y sus campos de trigo, comprobó que la propiedad imperial era inmensa y muy valiosa, y que no se había hecho nada para mantener en buen estado sus grandes extensiones de terreno. Junto a las puertas de la duna se encontró con Balba, y el joven no pudo evitar retroceder ante el olor acre que emanaba su rechoncha figura.
Una vez que hubo recorrido todo el lugar, Porteus llegó a una deprimente conclusión.
—Es un villorrio de mala muerte. Si me quedo aquí mucho tiempo me volveré loco.
Cuando volvió a su casucha, los legionarios le informaron de que tenía visita.
—Se trata del cabecilla local —dijeron.
Tosutigus se había quitado el paenula —el manto con capucha que constituía la vestimenta cotidiana de la mayoría de los celtas— y llevaba una toga, que lamentablemente se había manchado de barro durante el trayecto desde su granja, y calzaba unas botas recias. Se había afeitado la barba, pero no los largos bigotes, que tenía un poco canosos. Su aspecto era algo extraño, pero no estaba exento de dignidad.
Pero quien despertó la admiración de Porteus fue la persona que acompañaba al cabecilla: una joven radiante, ataviada al estilo celta con un traje verde y azul, dotada de la más hermosa cabellera pelirroja que él jamás había visto y que le llegaba casi a la cintura, con una tez pálida y levemente pecosa y unos ojos resplandecientes. Porteus dedujo que debía de tener aproximadamente la edad de Lydia.
—Soy Tosutigus, el jefe de Sarum —dijo el anciano en tono solemne—. Y ésta es mi hija Maeve.
Y ante la sorpresa de Porteus, en lugar de bajar púdicamente la vista como habría hecho cualquier joven romana, la hija del cabecilla clavó sus relucientes ojos en los de él.
Cuando Tosutigus se había enterado de la llegada de un nuevo oficial romano a Sorviodunum, se había apresurado a ir a visitarle con el fin de causarle una grata impresión; y al cabo de unos minutos ya le había hecho saber al apuesto romano que era él quien había regalado las tierras al emperador Claudio. De paso le recordó que éste le había eximido de pagar impuestos sobre las propiedades que le quedaban.
—¿De dónde provienes? ¿Qué cargo ocupas? —preguntó Tosutigus al joven romano.
—Pertenezco al séquito del gobernador —respondió Porteus. A fin de cuentas era cierto, y él no deseaba aclarar las circunstancias que le habían traído hasta Sorviodunum.
Tosutigus se sintió visiblemente impresionado. ¿Era posible que le ofrecieran por fin el medio de comunicarse con el gobernador? En cuanto a Porteus, aunque se dio cuenta del efecto que sus palabras habían causado al cabecilla, era aún más consciente del hecho de que la joven, por motivos que él no alcanzaba a comprender, seguía mirándolo fijamente a los ojos.
Maeve había cumplido quince años; y tenía fundados motivos para contemplar fijamente al joven romano de rizado pelo negro y ojos castaños de mirada dulce, pues sabía algo sobre él que los demás ignoraban.
Pese a los deseos de su padre de convertirse en un romano, Maeve había sido educada como una muchacha celta, y después de la muerte de su madre todos le habían permitido obrar a su antojo. Las mujeres del lugar, las esposas de Numex, Balba y demás, se habían ocupado de ella, y todo cuanto Maeve sabía sobre el mundo de los adultos y sus deberes como mujer lo había aprendido de ellas. Era Maeve quien pulía con esmero la espada sagrada de Coolin y el pesado casco que conservaban en el santuario de la familia; ella era quien había plantado el pequeño seto de espino junto a la casa para ahuyentar a los malos espíritus.
Era ella quien conocía la historia sobre la localidad y su familia: la cabeza parlante que había hecho profecías a Coolin el Guerrero, el cuervo que volaría tres veces en círculo sobre la casa cuando al jefe de la familia le llegara la hora de reunirse con los dioses; y la rama del roble cercano que caería en el momento en que éste muriera… Unas historias y leyendas que Tosutigus olvidaba a menudo. Nadie conocía los bosques y los valles mejor que Maeve. Ella sabía qué calveros eran sagrados para Nemetona, la diosa de los bosques, qué manantiales y arroyos eran los favoritos de Sulis, la diosa de la salud; sabía que el cisne que volaba bajo sobre el río podía ser el dios del Sol, y que jamás debían dirigir la puntería contra él.
—Si hieres a un cisne, el Sol hará que sangres por haberlo lastimado —habían dicho las mujeres a la niña.
Maeve había sido perfectamente instruida en los quehaceres domésticos. Aunque era hija de un cabecilla, su orgullo no le impedía triturar el trigo a mano entre las muelas que aún utilizaban las mujeres, y sus dedos manipulaban con gran destreza el enorme telar donde tejían las hermosos telas.
Su padre le había enseñado un poco de latín, que Maeve sabía hablar; pero no sabía leer ni escribir. Y ésta era toda la instrucción que había recibido.
La joven había alcanzado una etapa importante en su vida, pues había decidido que había llegado el momento de buscar marido.
Tres semanas antes de que llegara Porteus, al término de su menstruación, Maeve había ido sola a un pequeño claro en el bosque por el que fluía el agua de una fuente sagrada para Sulis, y tras desnudarse se había lavado con esmero en aquel manantial. El agua estaba fría y la joven se echó a temblar. Pero al contemplar sus largos cabellos y los contornos firmes y pálidos de su cuerpo, se sintió complacida.
—Soy lo bastante guapa para cualquier hombre —dijo suavemente. Y presintió que debía buscarse un marido.
Maeve no había contado a nadie lo de ese pequeño rito, pero en cuanto salió del bosque se puso a contar caballos, pues desde que era niña sabía que si una doncella contaba caballos al inicio de su ciclo el primer hombre que viera después de haber llegado a cien se convertiría en su esposo.
Transcurrieron tres semanas. No había muchos caballos en Sarum, pero de vez en cuando pasaba alguno por la calzada. La víspera de la llegada de Porteus, Maeve había conseguido contar noventa y nueve, y el que hacía el número cien era el caballo del joven romano que ella había divisado justo antes de que su jinete doblara la esquina de los establos para ir a saludarlos a ella y a su padre.
¡De modo que aquél sería su marido! Éste era el secreto de Maeve, y el motivo de que mirara a Porteus tan descarada y fijamente.
«Es muy guapo —pensó Maeve—. Y joven». Se imaginó paseando del brazo con él.
Pero ahora que los dioses le habían enviado una señal, ¿qué ocurriría a continuación? ¿Cómo se desarrollaría el noviazgo? La joven de quince años no estaba tan segura de esas cuestiones.
Durante los meses sucesivos, Porteus se volcó en su trabajo. Las noticias de Londinium eran contradictorias. Había llegado una comisión para indagar sobre la conducta del gobernador, y los investigadores parecían estar del lado del procurador; pero la comisión había partido al cabo de unos días y no se había vuelto a hablar del asunto.
Porteus escribió tres veces a Lydia y de nuevo a Marcus, pero no obtuvo respuesta. Luego escribió a su padre:
Sorviodunum es un lugar tranquilo. Aquí no vive nadie salvo un cabecilla, que habla un poco de latín, y su hija, que tan sólo lo chapurrea. La propiedad imperial es muy grande y es preciso organizarla. Esta tarea me mantendrá ocupado durante varios meses.
La propiedad imperial se hallaba en un lamentable estado de abandono. El ayudante del procurador encargado de supervisarla se hallaba muy ocupado en el oeste, cerca de la colonia de Glevum, y aparte de unas visitas esporádicas, no había hecho nada para mejorar el lugar. Porteus comprendió enseguida que, con un poco de esfuerzo, podía hacer que las rentas de la finca se duplicaran; y se puso inmediatamente manos a la obra. Si lograba impresionar al procurador e incrementar la riqueza del emperador, tal vez consiguiera conquistar de nuevo el favor del gobernador.
Porteus trabajó con ahínco y sistemáticamente, inspeccionando todos los campos, ordenando que repararan las zanjas, restaurando los corrales, reconstruyendo los graneros. Trabajaba desde que despuntaba la aurora hasta que los cerros se oscurecían; entonces regresaba a Sarum, tomaba una cena ligera y se quedaba dormido al instante.
Cada noche, cuando yacía sobre el modesto jergón de paja en la pequeña y humilde casucha, soñaba con su regreso a Roma, tras haber recuperado su honor, y soñaba con Lydia.
Varias veces vio a la joven pelirroja pasar ante el poblado, caminando o montada en un bonito y brioso corcel, con su larga melena al viento. En varias ocasiones el cabecilla le envió unas piezas de caza, y una vez una bonita manta, a su espartana vivienda. Pero Porteus estaba demasiado preocupado con sus propios planes para pensar en la muchacha o en el padre de ésta.
Sin embargo, la víspera de la gran festividad de Samain —el nombre celta de Halloween o vigilia de Todos los Santos—, Tosutigus invitó al romano a una fiesta en su casa; y no queriendo ofender al cabecilla nativo, Porteus aceptó.
Era casi de noche cuando Porteus traspasó la cerca de juncos que rodeaba la vivienda de Tosutigus, y el romano comprendió lo mucho que le habían pesado la soledad y el incesante trabajo al notar que su tensión desaparecía ante la perspectiva de un rato de ocio. Pasó frente al hogar de carbón y los espetones donde las mujeres estaban asando las vituallas, y al penetrar en la amplia morada con techo de paja en que ardía otro fuego, el joven cayó en la cuenta de lo mucho que había añorado el calor y la comodidad en su fría y modesta vivienda de Sorviodunum.
Para su sorpresa, la casa no estaba llena de hombres de la localidad; Tosutigus le recibió solo. Vestido de nuevo con una toga, condujo al joven romano hasta un diván junto al fuego.
—Te demostraré que hasta un celta puede ofrecer una buena comida al estilo romano —dijo—. Y que mi hija sabe prepararla.
Las viandas que le fueron servidas a Porteus aventajaban en sabor a todo lo que éste había probado desde que abandonara el servicio del gobernador, y se ajustaban al paladar romano. En primer lugar sirvieron una gustatio: ostras, traídas del sur en barriles de agua salada, una ensalada preparada con pimienta y aceite de oliva procedente del Mediterráneo y un delicado revoltillo de huevos. Luego vino el primer plato: venado, seguido de cordero asado con romero y tomillo, una receta local. Había también lampreas, truchas y carne de ternera. Y como acompañamiento, las mujeres ofrecieron enormes y fragantes hogazas cuadradas de pan ácimo, y la rica mantequilla de la zona. Por último, como mensae secundae, sirvieron unos budines hechos por Maeve, manzanas y peras. Y para regar el magnífico festín no sólo hicieron su aparición la cerveza y el hidromiel de costumbre, sino unos vinos excelentes de la Galia. Porteus bebió y comió tan opíparamente que incluso empezó a disfrutar de los pesados chistes de Tosutigus y a pasar por alto sus incesantes insinuaciones de que transmitiera al gobernador alguna palabra amable sobre el anciano cabecilla.
Todos los manjares del ágape fueron servidos por la muchacha pelirroja y sus criadas. La joven no pareció fijarse en Porteus en aquella ocasión, pero éste no pudo evitar seguirla con la vista en sus idas y venidas, y admiró la erguida postura de su cabeza, su magnífica cabellera que relucía a la luz de las llamas y su rítmico caminar. Maeve lucía una sencilla túnica verde con un corte lateral que le llegaba casi a la cintura permitiendo a Porteus vislumbrar una cautivadora y bien torneada pierna.
—Una cena excelente —dijo al cabecilla cuando hubieron terminado.
—Es a mi hija a quien debes dar las gracias —repuso el celta, llamando a Maeve.
Mientras Porteus le agradecía aquel convite tal como exigía la cortesía, ella permaneció ante él con la mirada púdicamente clavada en el suelo y el pelo cayéndole sobre las mejillas. Pese a su amor por Lydia, el joven romano sintió de pronto deseos de abrazar a la maravillosa joven. Se rió de sí mismo, pues sin duda era el efecto de la comida.
Lo que Porteus no sabía era que Maeve había rociado cada plato con una mezcla de hierbas que había preparado minuciosamente aquella tarde, teniendo en cuenta que las demás mujeres le habían asegurado que era un potente filtro de amor. Ya se debiera a las hierbas afrodisíacas o simplemente a que Porteus se sentía eufórico tras aquel suculento festín regado con buenos vinos, el caso es que Maeve observó a hurtadillas en los ojos del apuesto romano un fulgor que ella interpretó como pasión. Maeve no alzó la vista del suelo, pero en su fuero interno sintió por primera vez el placer del triunfo sexual.
«Será mío», se dijo.
Tosutigus ignoraba lo de las hierbas afrodisíacas, y que Maeve se había dedicado a contar caballos; pero cuando observó a través de los párpados entornados el efecto que su hija le causaba a Porteus, sonrió para sus adentros.
El cabecilla celta era menos ingenuo de lo que el joven romano suponía. Un mes antes, Tosutigus había cabalgado hasta Calleva para hacer unas discretas indagaciones sobre Porteus; allí conoció a un empleado del gobernador a través de quien se enteró de los planes matrimoniales de Porteus, de su error ante Suetonius y su caída en desgracia; y de esa información el cabecilla extrajo ciertas conclusiones. Asimismo había observado la energía con que el joven romano se había volcado en su trabajo en la propiedad imperial.
—Sigue siendo un buen partido para mi hija —pensó Tosutigus. Por una vez, su juicio era realista.
De hecho, pese a haber caído en desgracia, Porteus era sin duda el mejor partido que Maeve tendría ocasión de encontrar en una oscura colonia romana como Sorviodunum.
«Con un gobernador distinto, o con ayuda del procurador, ese joven podría llegar muy lejos —dedujo el celta—. Y en cualquier caso, mis nietos serán ciudadanos romanos de nacimiento. ¡Entonces quién sabe lo que podré conseguir!».
—Creo que ese joven romano sería un buen esposo para ti —había comentado Tosutigus a su hija dos días antes del convite.
A lo que su hija respondido con una dulce sonrisa:
—Yo también lo creo.
Durante los meses invernales, Porteus realizó dos visitas a Calleva y una a Londinium con la esperanza de entrevistarse con Classicianus; pero el procurador se hallaba de nuevo ausente y sus esperanzas de mejorar de situación se vinieron abajo. La víspera de su partida hacía Londinium Porteus había tenido una experiencia dolorosa. Al salir de una pequeña hostería, oyó un repiqueteo de cascos de caballos sobre los adoquines y, al alzar la vista, vio a Suetonius y un cortejo de veinte oficiales trotando hacia él. En aquellos momentos Porteus estaba solo. Ni el gobernador, ni los jinetes, muchos de los cuales él conocía, podían dejar de verlo.
Al pasar frente a él Suetonius no se detuvo, ni apartó la vista, ni siquiera hizo una mueca de disgusto, sino que miró al joven directamente a los ojos, sin dar muestra de haberlo reconocido. Su rostro permaneció tan impasible como si no hubiera visto a Porteus. Los oficiales, al notar la reacción del gobernador, ni siquiera miraron al joven romano.
Al día siguiente, Porteus regresó a Sorviodunum.
Al llegar la primavera, Porteus ya pudo predecir un modesto incremento en la producción de las tierras imperiales, y estaba convencido de que el año siguiente ésta aumentaría de forma considerable.
—Pero para entonces, si los dioses me son favorables, ya no estaré aquí —pensó Porteus.
Durante los largos y fríos meses de invierno, Tosutigus llevó varias veces a Porteus a cazar al bosque venados y jabalíes. Y en cada ocasión su expedición les llevó a un lugar cercano a la granja del cabecilla, donde Maeve les esperaba con una suculenta comida, regada con cerveza caliente y el potente hidromiel elaborado en la isla.
Aprovechando la coyuntura, el anciano procuraba sonsacar discretamente al joven romano sobre sus planes para el futuro, y por lo poco que éste le contó el cabecilla comprendió que su situación no había cambiado.
Hacia mediados de invierno, Porteus recibió una carta de Marcus.
Me temo, mi querido Porteus, que de momento la situación en Roma no te es propicia. Como puedes suponer, Graccus se puso furioso al enterarse de que habías llevado la contraria a Suetonius. Los rumores que circulan aquí afirman que cuando la comisión haya llevado a cabo su investigación, el gobernador será retirado de Britania en el momento oportuno, pero se marchará con honor. El emperador no desea deshonrarlo, y no hará nada que favorezca a sus enemigos. Francamente, es preferible que no estés aquí.
La carta no hacía mención de Lydia; pero Porteus se dijo que puesto que Graccus estaba furioso con él seguramente habría prohibido a Lydia que le escribiese; y Marcus no la mencionaba por delicadeza.
En lugar de desesperarse, el joven romano redobló sus esfuerzos.
—A fines del verano —se juró—, regresaré a Roma con honor.
La información de Marcus era cierta. Poco después de que Porteus recibiera su carta, llegó a Sorviodunum la noticia de que Suetonius había regresado a Roma con honor y que había sido sustituido por un nuevo gobernador —Publius Petronius Turpilianus—, de quien decían que era un hombre de carácter más afable. Porteus confiaba en que el nuevo gobernador se pusiera en contacto con él, y le envió una respetuosa carta de bienvenida para recordarle su existencia. Pero no recibió respuesta a la misma.
El verano fue espléndido y todos confiaban en una buena cosecha. Porteus se sentía bastante orgulloso por haber logrado incrementar las rentas de la propiedad imperial.
Un día llegó un mensaje diciendo que el procurador iría personalmente a inspeccionar Sorviodunum, lo cual llenó de gozo a Porteus. Por fin había llegado su oportunidad.
Classicianus era tal como Porteus lo recordaba: un hombre sosegado de mediana estatura, con el escaso cabello peinado sobre la frente y unos ojos azules e inteligentes. Parecía un erudito en lugar de un administrador. Pese al alto cargo que ocupaba, se presentó con una escolta formada tan sólo por tres secretarios y un procurador auxiliar. Con ayuda de los legionarios, Porteus había levantado para él una gran tienda de campaña junto al pequeño huerto, y aunque era un alojamiento un tanto primitivo Classicianus se mostró satisfecho. Dedicó toda la jornada a recorrer la finca, estudiando cada aspecto de los cultivos, y después examinó las cuentas con sus secretarios. No hizo ningún comentario, pero Porteus creyó que por fuerza debía sentirse impresionado.
Por la tarde Tosutigus llegó inesperadamente al asentamiento, con la intención de presentar sus respetos al procurador. En esta ocasión, según observó Porteus, iba perfectamente vestido: su toga era de un blanco inmaculado, calzaba elegantes sandalias, y el joven romano se quedó atónito al comprobar que incluso se había afeitado el bigote. Classicianus, apreciando enseguida el esfuerzo que debía de haber hecho el cabecilla nativo, le recibió con grandes muestras de respeto y le invitó a entrar en la tienda.
Pero después de intercambiar unas frases de cortesía, el cabecilla solicitó con expresión grave, y ante la sorpresa de Porteus, hablar en privado con el procurador; Classicianus, no queriendo ofenderlo, se la concedió de inmediato, y rogó a Porteus y a los demás funcionarios que se retiraran.
Entonces, por primera vez en su vida, Tosutigus se comportó con exquisita diplomacia. De pie ante el procurador, representando la viva imagen del orgullo provincial, pronunció un breve pero bien calculado discurso.
—He oído decir, Julius Classicianus —dijo en tono mesurado—, que, a diferencia de otros, has mostrado respeto hacia esta isla y sus gentes. —Tosutigus se detuvo antes de continuar—. Como sabes, cuando el difunto y divino emperador Claudio llegó a Britania, yo le regalé las mejores tierras de mi propiedad, los hermosos campos que hoy has inspeccionado. Es una noble propiedad que ha pertenecido a mi familia desde antes incluso de que Roma alcanzara su grandeza.
Tosutigus hizo otra pausa.
—Desde entonces —prosiguió con cierta nota de enojo en su voz—, he visto cómo mis tierras ancestrales se echaban a perder debido a la falta de cuidados por parte de tus funcionarios, quienes las visitaban sólo un par de veces al año. He visto cómo se llenaban las zanjas, cómo se caían las cercas, cómo se deterioraban las granjas y las ovejas morían por falta de atención. Todo ello representa una seria pérdida para el emperador y una vergüenza para mí. —El cabecilla alzó la voz en señal de protesta—: ¡No regalé mi propiedad a Claudio para presenciar su ruina! —Tosutigus se detuvo, al parecer para calmarse—. Este último año has enviado a un funcionario que ha empezado a restaurar mi finca. Digo que ha empezado, pues los trabajos durarán aún varios años. Pero confío, Classicianus, que esto signifique que has emprendido una política más coherente y que no has venido para trasladar a tu funcionario que ya ha conseguido algunas pequeñas mejoras, y para dejar que mi propiedad ancestral se eche de nuevo a perder.
Tosutigus se inclinó no sin cierta rigidez.
No había dicho una palabra sobre sus planes con respecto a Maeve; ni siquiera había mencionado el nombre de Porteus.
Tosutigus había deducido astutamente que cuando Suetonius había consignado al joven romano al equipo del procurador, éste ya no necesitaba ni un solo colaborador más ni tenía ningún puesto que asignarle.
Al día siguiente, Porteus sacó a colación el tema que le preocupaba. Proporcionó a Classicianus una detallada descripción sobre lo que había ocurrido con Suetonius, cosa que el procurador ya sabía. Luego le soltó:
—Ya has visto de lo que soy capaz, Classicianus. Estoy empeñado en transformar este villorrio de mala muerte. Dame un puesto como colaborador tuyo. Permite que te ayude en otras zonas más grandes de la isla. ¡Llévame a Londinium y deja que recupere mi honor!
Classicianus le escuchó amablemente, pero cuando Porteus hubo terminado, sacudió la cabeza y dijo:
—No, joven Porteus. Eres demasiado impulsivo, como lo fuiste con Suetonius, si me permites decirlo.
—Pero ¡tú mismo enviaste un informe desfavorable sobre él! —protestó Porteus.
Classicianus arrugó el ceño.
—Sí —respondió secamente—. Y yo soy el procurador, y tú estás aquí a prueba.
Porteus se sonrojó.
—Ya he visto lo que has hecho —continuó Classicianus en un tono más cordial—. El trabajo que has realizado aquí es excelente. Pero no es conveniente que los nativos crean que no nos ocupamos como es debido de las tierras que nos confían. Debes proseguir tu labor aquí durante otros dos o tres años. Recibirás tu recompensa en el momento oportuno.
¡Dos o tres años! A Porteus se le antojó una eternidad. ¿Le seguiría esperando Lydia dentro de dos o tres años? Porteus sabía muy bien que no.
Al observar su perplejidad, Classicianus añadió:
—Debemos tomarnos muy en serio nuestro trabajo, joven. Yo mismo es posible que pase muchos años en esta isla. Quizás incluso muera aquí. Y necesito hombres en quien pueda confiar, no unos irresponsables. No conseguirás de mí un informe favorable, ni honores, si no te quedas aquí hasta haber terminado tu labor.
—Yo quería ir a Roma —repuso Porteus con un suspiro de resignación.
—Todo el mundo en el imperio quiere ir a Roma —dijo el procurador sonriendo—. Pero dada la actual situación política —agregó poniéndose serio—, es un lugar peligroso. Aquí estás más seguro, créeme. —Y tras estas palabras Classicianus indicó que la entrevista había concluido.
Al día siguiente partió, deteniéndose antes de enfilar la carretera para decir:
—Mientras estés aquí, joven, constrúyete una vivienda decente. A continuación el pequeño séquito emprendió el camino al trote. Porteus observó cómo se alejaban con los ojos llenos de lágrimas.
Dos días más tarde Maeve llegó a Sorviodunum. Iba montada en una hermosa yegua zaina, pero al verla aproximarse Porteus comprobó que la muchacha conducía también a otro caballo por las riendas. Se trataba de un fornido semental de maravillosa estampa.
Ante la cara de asombro del romano, Maeve se echó a reír y preguntó:
—¿Acaso has visto a un fantasma?
—Ese caballo tordo es espléndido —comentó Porteus.
—Lo compró mi padre —respondió la joven—. Me dijo que te preguntara si te gustaría montarlo un rato. —Luego sonrió con picardía y apostilló—: Suponiendo que seas capaz.
Porteus aceptó el reto de inmediato. Pero apenas se había sentado en la silla cuando Maeve soltó las riendas del tordo y, haciendo dar media vuelta a su montura, exclamó:
—¡No es tan rápido como mi yegua! —Y salió al galope por el sendero hacia la colina, con su melena pelirroja ondeando al viento.
Porteus emitió una carcajada. Muy bien, si la joven quería que disputaran una carrera él no tenía inconveniente. Después de concederle una pequeña ventaja, Porteus estimuló a su caballo y se apresuró a seguirla.
Para su sorpresa, comprobó que Maeve le iba ganando terreno. El tordo que él montaba, con todo y ser musculoso, no estaba acostumbrado a su nuevo jinete, y además el sendero era resbaladizo; en cambio, la yegua zaina que corría ante él, pese al hecho de que Maeve montaba a la amazona, demostraba ser más veloz.
—Parece la diosa Epona —murmuró Porteus.
En efecto, con su largo cabello agitado por el viento, la muchacha parecía Epona, la diosa ecuestre, amada tanto por los celtas como por los romanos, la cual a menudo aparecía representada como una intrépida amazona montada sobre un brioso corcel.
—Se diría que está soldada a su caballo —pensó Porteus con admiración.
Por encima del golpeteo de los cascos de los caballos, el joven percibió la risa burlona de Maeve. Ésta alcanzó la cima de la colina mucho antes que él, dio una vuelta alrededor de la duna y echó a galopar a través de la meseta hacia el noroeste.
Porteus comprobó que en terreno llano el soberbio tordo podía aventajar a la yegua, pues era extraordinariamente fuerte. Pero no logró dar alcance a Maeve hasta que hubieron cubierto la mitad de la distancia que les separaba del dilapidado henge.
Ambos jóvenes frenaron sus monturas, pasando del galope al trote y luego al paso. Tanto ellos como los animales jadeaban.
—Has tardado lo tuyo, romano —dijo Maeve—. Pero yo aminoré el paso para que pudieras alcanzarme.
Porteus comenzó a protestar, pero entonces vio que la muchacha se reía de él. Sus ojos resplandecían. La delgada camisa de lino que llevaba le había resbalado sobre el hombro, mostrando el nacimiento del pecho. Era una auténtica belleza celta.
A su vez, ésta advirtió que entre el suave vello del pecho del joven se deslizaban unas gotas de sudor, y que sus ojos expresaban una intensa excitación. Durante un instante, él se inclinó instintivamente hacia delante para besarla, pero luego, al recordar que ella era la hija del cabecilla local, se enderezó. Maeve se echó a reír.
—Vosotros los romanos decís que existen cuatro elementos —dijo—. La tierra, el agua, el aire y el fuego. ¿Qué son los romanos? ¿Tierra?
—Probablemente —respondió él emitiendo una carcajada—. ¿Y tú qué eres?
—Yo soy fuego, romano. —Maeve espoleó a su caballo y el animal corcoveó—. ¡Toda fuego!
Ambos jóvenes cabalgaron por la accidentada altiplanicie de regreso a la duna. Porteus comenzaba a adaptarse al ritmo de su montura y a guiarla con suavidad. Cuando llegaron a Sorviodunum, desmontó.
—Me gustaría montar de nuevo este caballo tordo —dijo.
—Es imposible —repuso ella sonriendo.
—¿Por qué?
—Mi padre lo compró para regalárselo a mi futuro esposo. Sólo he dejado que lo montaras esta vez.
Tras guardar silencio unos instantes, Porteus preguntó suavemente:
—¿Y quién es tu futuro esposo?
—¿Quién sabe? —contestó ella con una carcajada—. Quienquiera que elija mi padre. —Maeve hizo dar la vuelta a su caballo—. Sólo espero que sepa montar —añadió, tirando de las riendas del animal y alejándose al trote mientras Porteus la observaba con aire pensativo.
Aquella noche al joven romano le costó conciliar el sueño. Permaneció tendido sobre su duro jergón, medio despierto, medio dormido, analizando los acontecimientos de la jornada. Pensó en Lydia. ¿Cuál de los cuatro elementos era ella? A él le parecía fresca como el agua: refrescante, sensual. Y de nuevo recordó su maravillosa tez olivácea. Pero poco antes de caer dormido, se le apareció una figura de reluciente melena pelirroja, y oyó una voz que transportaba la brisa: «Soy fuego, romano. ¡Toda fuego!».
Dos días más tarde Porteus recibió una carta de Lydia. Era muy breve.
Querido Cayo:
Estoy comprometida en matrimonio con Marcus, y para cuando recibas esta carta ya nos habremos casado. Creo que es lo mejor para todos, y confío en que estés de acuerdo conmigo.
Pienso a menudo en ti, y Marcus siempre se refiere a ti con afecto. Tal vez nos encontremos de nuevo algún día.
Tu amiga que te quiere,
Lydia.
Era el golpe definitivo. Sin embargo, al leer la carta con los ojos llenos de lágrimas, Porteus no fue capaz de culpar a Lydia, y tras maldecir durante unos minutos la traición de su amigo tuvo que reconocer que tampoco tenía nada que reprochar a Marcus. En su fuero interno Porteus sabía que, debido a la situación en que se encontraba a la sazón, Graccus jamás habría consentido que se casara con su hija, y si ésta no podía ser suya, prefería que se desposara con Marcus, un hombre noble como el que más. Con tristeza, Porteus se sentó a escribir una carta de enhorabuena a la pareja, añadiendo una nota dirigida a Marcus.
Mi querido amigo:
Sé que en las presentes circunstancias Graccus jamás habría consentido en que me casara con Lydia, de modo que me alegro de que la muchacha a quien amo haya tenido la fortuna de encontrar a alguien que me consta que es una persona magnífica. Habla bien de mí en Roma.
Cayo Porteus.
Confiando en que de esta forma lograría apartar a Lydia de su pensamiento, Porteus se volcó aún más en su labor de restaurar la propiedad imperial. Y para su sorpresa, empezó a disfrutar con su trabajo. La tierra era excelente; a menudo, al término de una dura jornada, en las tardes estivales se paseaba lentamente a caballo por la propiedad, contemplando todo lo que había hecho, y en esos momentos Porteus tenía casi la sensación de que las antiguas tierras de Sarum eran suyas.
En un par de ocasiones se había encontrado con Maeve, y al anochecer ambos habían paseado por la altiplanicie conduciendo a sus caballos de las riendas. Porteus notó que últimamente la joven se mostraba algo turbada en su presencia, y no le había vuelto a proponer que montara el caballo tordo para competir con ella en una loca carrera.
Una tarde, al llegar junto al valle de Tosutigus, ambos jóvenes contemplaron los ondulados campos que aparecían casi teñidos de escarlata bajo la luz crepuscular, y ella dijo suavemente:
—Creo que te gusta esta tierra, Cayo Porteus.
Él asintió porque en aquel momento tuvo la impresión de que era verdad.
—Es una buena tierra —dijo ella—. Vale la pena conservarla. —Y con esto se alejó montada en su caballo.
El mensaje de Maeve era claro; pero si Porteus tenía alguna duda al respecto, su incertidumbre se disipó por completo poco antes de la cosecha, cuando Tosutigus le pidió que fuera a visitarlo en su granja una tarde.
Esta vez el cabecilla no vestía toga, sino el sencillo paenulla del pueblo. No había organizado una velada especial. Cuando Porteus llegó, los patios y cercados de la granja estaban repletos de gente; Balba, que Porteus reconoció al pasar por el acostumbrado olor a rancio que exhalaba su rechoncha figura, estaba clasificando unas balas de tejido junto a la puerta de una de las chozas. Los hombres, con ayuda de sus mujeres, preparaban el revestimiento interior de los grandes hoyos circulares donde guardarían el grano después de la cosecha. Era, en todos los aspectos, una típica granja celta donde todos andaban muy ajetreados.
Tosutigus saludó a Porteus y le pidió que lo siguiera hasta una casita con techo de paja algo apartada. Después de invitarlo a pasar, Tosutigus se apresuró a cerrar la puerta.
Era el santuario de la familia. El interior estaba oscuro: la única luz provenía de una ventanita cuadrada, abierta en la parte alta del muro, bajo el alero; pero cuando sus ojos se adaptaron a la penumbra, Porteus logró distinguir el contenido de la habitación. Frente a él, a unos cinco metros de distancia, había un pequeño altar de piedra, y sobre éste una figura de madera que el joven reconoció por sus atributos como Nodens, el hacedor de nubes, un dios celta en quien los romanos habían visto a su propio dios Marte. Junto a la imagen de Nodens yacía un viejo pero bruñido casco provisto de unos cuernos enormes. Porteus inclinó la cabeza en señal de respeto a los dioses de la casa.
—Nodens protege a nuestra familia —declaró Tosutigus escuetamente.
—Cada familia romana tiene sus lares y penates —respondió Porteus—. Pero pocas familias poseen un objeto más digno de reverencia que éste —agregó señalando el casco.
—Era de mi abuelo, un gran soldado —dijo el cabecilla—. Pero esto no es lo único que deseo mostrarte.
En un lado de la estancia Porteus vio dos grandes arcones de madera, rodeados por anchas tiras de hierro. Tosutigus se dirigió hacia el primer arcón, se agachó lentamente, abrió la tapa y extrajo de él una larga espada de hierro, la antigua espada celta, cubierta de orín pero bien conservada.
—Ésta es la gran espada de mi antepasado, Coolin el Guerrero —dijo el celta. Porteus asintió con expresión grave—. Su esposa era Alana, el último miembro de la antigua casa de Krona, que construyó el templo megalítico.
Tosutigus cerró la pesada tapa del arcón y se volvió hacia Porteus.
—No somos senadores romanos —dijo pausadamente, dando a entender a Porteus que estaba enterado de su relación con Graccus—, pero nuestra familia es una de las más antiguas de la isla, y honorable como la que más.
Tosutigus se acercó al otro arcón. Abrió despacio la tapa y Porteus vio asombrado que estaba repleto de monedas, no de sestercios de bronce, sino de aureus de oro y denarius de plata. Estaba lleno a rebosar. Pausada y deliberadamente, Tosutigus metió el brazo en el arcón hundiéndolo hasta que las monedas le alcanzaron la axila; luego volvió a sacarlo. Porteus calculó que esa fortuna inmensa guardada en el arcón serían las rentas libres de impuestos procedentes de la finca, que Tosutigus había ido recaudando durante más de veinte años. Éste cerró la tapa del arcón sin decir una palabra.
—Mi hija es una joven muy atractiva —afirmó, sin mirar al romano.
—Es preciosa —dijo Porteus.
—Busco un marido que sea digno de ella —continuó Tosutigus, sin apartar la vista del arcón.
Porteus inclinó de nuevo la cabeza en señal de respeto.
Tosutigus no dijo nada más; era evidente que la entrevista había terminado. Porteus pronunció unas frases corteses sobre la familia del cabecilla y se marchó.
Durante los días sucesivos Porteus reflexionó a menudo sobre su situación. Había perdido el cargo; había perdido a Lydia; le habían ofrecido una hermosa esposa nativa y unas tierras prósperas.
—En mi actual situación, sería un idiota si no lo aceptara —se dijo.
Mientras yacía sobre su duro jergón con los ojos cerrados, Porteus evocó la imagen de Maeve, con su roja cabellera al viento, galopando a través de los cerros sobre su yegua zaina, y pensó: «Podría ser peor».
Pero entonces pensó en el cálido cielo que se extendía sobre las propiedades de su familia en la Galia; pensó en Roma con sus nobles basílicas, sus teatros, su esplendor; comparó la magnífica mansión de Graccus con la granja de ese cabecilla local, que en rigor era poco más que un campesino. En la quietud de la noche, la voz de la ambición le susurró: «La chica apenas sabe hablar latín. Es hermosa, pero conocerás a otras jóvenes hermosas en la Galia, o en Roma. Puedes aspirar a algo mejor, Porteus».
—Tal vez debería regresar a la Galia —murmuró—, y comenzar de nuevo mi carrera.
Mientras seguía dándole vueltas al asunto, Porteus trató de evitar en lo posible a Maeve y su padre, aunque, por fortuna para él, al estar cerca la época de la cosecha Tosutigus andaba muy atareado con sus tierras. En una ocasión Porteus vio a Maeve paseando cerca de la duna, pero no se acercó a ella.
Un buen día recibió una carta de su padre. No era larga.
Desgraciadamente, querido hijo, no puedo, en estos momentos difíciles de tu vida, comunicarte una buena noticia para alegrarte. Nuestro administrador ha realizado unas nefastas transacciones que no sólo nos han supuesto graves pérdidas, sino un pleito que me temo será muy costoso. He tenido que vender la viña, los olivos y dos de nuestras mejores alquerías, y lamento informarte de que tu herencia ha quedado muy mermada.
No estamos completamente arruinados, pero no podemos vivir únicamente de nuestras tierras. Confiemos en que el año que viene tú o yo hallemos el medio de mejorar la fortuna de la familia. Recuerda que la verdad y una conducta intachable triunfan siempre. No te desmoralices. Tu padre que te quiere.
En cierto sentido, Porteus se sintió aliviado. Al menos ya sabía lo que debía hacer. Puede que Sarum no fuera Roma, pero era lo único que tenía.
Poco después de la cosecha, Porteus se puso su mejor toga, ordenó a su sirviente que cepillara con esmero su caballo y se dirigió a través del valle hacia la granja del cabecilla.
La sensación de horror, de absoluta angustia y desolación que parecía surgir de lo más hondo de su ser no le acometió a Porteus hasta poco antes de que concluyera la ceremonia de boda.
El enlace se celebró en la granja de Tosutigus. El cabecilla y Porteus vestían togas; al igual que los tres legionarios que constituían los únicos acompañantes del joven romano. Pero ésta fue la única concesión a la tradición romana.
En el patio de la granja habían instalado dos gigantescas mesas de caballete cubiertas de manjares. Los hombres se sentaron en los bancos y las mujeres se apresuraron a servirles. A Porteus le pareció que todos los agricultores de la comarca se hallaban presentes, vestidos con sus coloridas túnicas y brats, tan diferentes de la sobria vestimenta romana. Había más de cincuenta comensales, entre los cuales se contaban algunos de los artesanos más importantes, como Numex y Balba. La fiesta se prolongó desde primeras horas de la tarde hasta bien entrada la noche; los hombres devoraron los enormes platos de venado, cordero y jabalí, regados con cerveza. El calor de las dos grandes hogueras sobre las que habían colocado los espetones era tan tremendo que Porteus notó que le ardían las mejillas. Los hombres, con sus grandes mostachos, alzaron repetidas veces sus copas de cerveza e hidromiel para brindar por él.
Maeve no estuvo presente en el banquete; pero por fin, cuando parecía imposible que los comensales pudieran ingerir otro bocado u otro sorbo de cerveza, Porteus percibió un tintineo de campanitas y címbalos que procedía del exterior. El sonido fue acogido con gritos de alegría por parte de los hombres; dos de ellos corrieron hacia la puerta fingiendo mantenerla cerrada mientras el grupo que aguardaba fuera la aporreaba insistentemente, exigiendo entrar. Cuando los de fuera hubieron rogado tres veces que les permitieran pasar, Tosutigus ordenó que abrieran las puertas.
Un sonoro aplauso acogió la entrada de los mimos. Eran nueve; ocho de ellos llevaban unas máscaras pintadas de brillantes colores y unas campanitas sujetas a los tobillos que emitían fuertes repiqueteos mientras ellos brincaban y danzaban entre las mesas; dos de los mimos tocaban caramillos y un tercero un címbalo. El noveno mimo, un gigante, ostentaba una gran cabeza de madera tallada en forma de cabeza de toro con un magnífico par de cuernos. Los mimos danzaron entre los comensales, quienes no cesaban de rugir en señal de aprobación; al bailar el toro dejaba bien claro por medio de gestos procaces que representaba al novio. Por fin, cuando los bailarines alcanzaron la apoteosis de su actuación, el toro avanzó hacia Porteus. En la mano sostenía un objeto semejante a un cuenco, que entregó al joven romano mientras los hombres gritaban:
—¡Bebe, bebe!
Porteus cogió el cuenco. Contenía un caldo espeso.
—¡Bébetelo! —gritaron de nuevo todos los presentes, entre ellos Tosutigus.
El joven bebió el caldo. Tenía un sabor salado. Los hombres le vitorearon.
—¿Qué es? —preguntó Porteus a Tosutigus.
—Una vieja receta —repuso el cabecilla sonriendo—. Yo también tuve que bebérmelo cuando me nombraron cabecilla, en el centro de la duna. Ahora eres uno de los nuestros.
—Pero ¿de qué está hecho? —insistió Porteus.
—De leche, sangre de toro y hierbas.
Porteus bajó lentamente la vista y contempló el brebaje. Entonces observó que el cuenco era una calavera humana que había sido desprovista del casquete superior mediante una sierra, y que estaba adornada con un filete de oro. Durante unos instantes temió ponerse a vomitar.
De pronto Tosutigus se levantó, y los hombres gritaron:
—¡Ve a buscar a la novia!
En aquel momento a Porteus le invadió el pánico. Al contemplar a su alrededor a aquellos hombres con sus grandes bigotes, a Numex y a Balba sentados juntos en un banco, con los rostros solemnes hinchados y congestionados por el exceso de comida y bebida, al notar en el estómago el brebaje de sangre de toro y al recordar las palabras de Tosutigus diciendo «ahora eres uno de los nuestros», oyó una voz interior que le gritaba: «Cayo Porteus, ¿esta boda es la tuya? ¿Estos campesinos britanos son ahora tus gentes y jamás escaparás de este lugar? ¿Qué has hecho?». Pero sí, era su boda: radicalmente distinta a la ceremonia que había imaginado con Lydia. Dentro de poco aparecería su flamante esposa. «Me he comprometido a formar parte de esto —se dijo Porteus—. Mis hijos serán como estas gentes». Durante unos instantes sintió deseos de gritar: «¡No! ¡Jamás!». Pero Tosutigus y los mimos avanzaban hacia él, conduciendo a la desposada. Era demasiado tarde. Porteus se había vendido por una joven pelirroja, un caballo tordo y un arcón que contenía monedas de oro. Estaba perdido.
Maeve vestía una túnica blanca; llevaba el pelo recogido hacia atrás y sujeto con un pasador de oro. Lucía unos brazaletes y unas tobilleras de oro.
Cuando su padre la condujo hasta donde Porteus esperaba de pie, los hombres guardaron silencio y el joven se dio cuenta de que todos observaban a su esposa pensando: «Ojalá yo pudiera yacer con ella esta noche…». Al tomar la mano de Maeve que el padre de ésta le entregó, Porteus se consoló del horror de lo que estaba haciendo, pensando: «Esta noche será mía».
Más tarde, todos los asistentes se dispusieron a atravesar a caballo el valle hacia Sorviodunum; pero antes de que partieran, apareció un sirviente conduciendo al caballo tordo de las riendas, que tendió con expresión solemne a Porteus.
Luego los jinetes, sosteniendo unas antorchas, cabalgaron a través de la oscuridad y penetraron en el pequeño poblado situado al pie de la duna en el preciso momento en que aparecía la Luna en el firmamento. Al llegar a su modesta vivienda, Porteus alzó a su esposa en brazos y traspuso con ella el umbral.
Y así fue como Porteus el romano se quedó a vivir en Sarum.
Los días iniciales de su matrimonio depararon a Porteus varias sorpresas. La primera fue Maeve. Desde su primera noche el joven descubrió que los apetitos de su joven esposa eran prácticamente insaciables. Cuando se quedaron a solas en la noche de bodas, Porteus le sonrió con ternura, tratando de tranquilizarla; pero ante su estupor la muchacha se abalanzó sobre él con una exclamación de gozo; parecía un animal salvaje. Se abrazó a él, lo arrojó sobre el jergón y, riendo, se sentó sobre él mientras le arrancaba la toga a tirones. Durante los meses sucesivos, la conducta de la joven no experimentó ningún cambio. Maeve aparecía inopinadamente cuando él estaba trabajando y lo conducía de regreso a casa; o bien iba a buscarlo a caballo a los campos donde él estaba supervisando a los peones y le obligaba a seguirla a galope hasta un paraje desierto donde, sin aguardar a que Porteus se quitara la ropa, Maeve se arrojaba de nuevo sobre él con un grito de placer.
Todo representaba una novedad para ella: ese apuesto joven con sus costumbres romanas; el gozo de su primera pasión. Ella era rica; no tenía ninguna preocupación. De pronto le pareció a Maeve que los paisajes de Sarum habían sido recreados en unos colores más brillantes y que cada nuevo día le deparaba una nueva aventura. Los dioses le habían procurado un marido para que gozara de él; y eso era exactamente lo que ella pretendía hacer. En cuanto a lo que sentía su esposo, o lo que el futuro les tenía reservado, eran cuestiones que en la mente de Maeve permanecían apartadas en una zona oscura que ella no tenía intención de investigar.
Otra cosa que descubrió Porteus fue que al tomar a Maeve como esposa también se había casado con su padre.
La primera mañana después de la boda, el joven salió cuando apenas había amanecido y se encontró al cabecilla aguardando pacientemente frente a la casa. Traía unos dulces para Maeve. Pensando que se trataba de una costumbre local, el joven romano le hizo pasar, y supuso que su suegro se marcharía al poco rato; pero éste no se fue hasta al cabo de varias horas, prometiendo que regresaría por la noche.
Tosutigus cumplió su palabra, y al día siguiente también se presentó. Si Porteus se hallaba ausente, Tosutigus se quedaba a hacer compañía a Maeve, o iba a dar un paso a caballo con ella; si Porteus estaba en casa, el cabecilla se quedaba conversando con él durante horas. Su presencia en la modesta vivienda se convirtió en una persistente costumbre que al principio enojaba a Porteus, pero a la que con el tiempo se habituó, de modo que ni siquiera reparaba en la persona de su suegro.
Tosutigus se sentía solo y estaba aburrido en la granja sin su hija. Por primera vez en muchos años añoraba la compañía de una mujer; además, se moría de ganas de participar en la vida romana de su hija.
—Ahora que el joven romano forma parte de la familia —comentó Tosutigus a Balba y a Numex—, asistiremos a algunos cambios en Sarum. —Y aguardó pacientemente a ver en qué consistían dichos cambios.
Al principio Porteus no sabía qué hacer. Era evidente que en Roma se habían olvidado de él. Su trabajo en la propiedad imperial era excelente; prueba de ello fue que Classicianus le cubrió de elogios y le asignó un importante aumento de sueldo que le permitió enviar un dinero a su padre en la Galia; y este cumplimiento del deber familiar logró paliar en parte el dolor que le había causado el fracaso de su carrera. Pero no ocurrió nada más. Cuando, un año después de haberse casado, Porteus recordó al procurador sus esperanzas de ser trasladado, Classicianus se limitó a responder:
—No puedo prescindir de ti en Sorviodunum. Al menos, de momento. —Y de nuevo le advirtió—: Roma se ha convertido en un lugar muy peligroso. La corte de Nerón es un nido de víboras. Quédate aquí y ocúpate del patrimonio de tu esposa.
Pero Porteus estaba impaciente por marcharse; y comprobó con sorpresa que Tosutigus era su aliado. Pues cuando le expresó su deseo de visitar la ciudad imperial, el cabecilla se frotó las manos entusiasmado.
—Deseo ver Roma antes de morir —le dijo a Porteus—. Quizá consiga entrevistarme con el emperador.
A partir de entonces, apenas pasaba un día sin que Tosutigus propusiera:
—¡Vayamos juntos a Roma!
Pero Maeve no mostraba el menor interés en ir allí.
—¡Roma! —exclamaba con un gesto de desdén—. ¿Qué puede ser más bello que esto? —preguntaba señalando el ondulante paisaje de Sarum.
Por las noches la joven pareja se entregaba a la pasión; y aunque Porteus seguía cautivado por el cuerpo joven y lozano de su esposa y su tormentoso carácter, el desinterés de ella hacia Roma se convirtió en un motivo de fricción entre los dos. Cada noche, cuando se quedaban solos, Porteus se sentaba junto a ella para tratar de mejorar sus conocimientos de latín. A veces Maeve se esforzaba en complacerlo; pero al poco rato se aburría.
—Quiero un marido, no un maestro de escuela —decía riendo y atrayéndolo hacia sí.
Cuando Porteus insistía, Maeve asumía un tono frío e indiferente, daba muestras de impaciencia y se distraía, hasta que Porteus desistía de su intento.
Confiando en despertar su curiosidad, Porteus describía a su esposa las maravillas de aquella gran ciudad: las siete colinas y sus palacios, el foro, los teatros, los brillantes debates que se celebraban en los tribunales de justicia o en el Senado, las magníficas bibliotecas de las familias nobles. Pero Maeve se mostraba indiferente ante esas maravillas, que jamás cesaban de estimular la imaginación de su marido.
—Nada de eso tiene nada que ver con nosotros —le espetó Maeve en una ocasión con impaciencia.
Y a medida que transcurrían los meses, Porteus se fue acostumbrando a compartir con su suegro, y no con su mujer, su entusiasmo por la capital del imperio.
Porteus se dijo que no tenía importancia. A fin de cuentas, pensó, un hombre no tiene por qué compartir sus pensamientos con su mujer. Y trató de aceptar a su fogosa esposa tal como era.
Pero le dolía la indiferencia de Maeve respecto a esas cuestiones tan importantes para él; y aunque Porteus sabía que era pedir imposibles, le irritaba que ella no hiciera el menor intento de convertirse en una esposa romana. ¿Cómo podía Maeve amarlo, se preguntaba él a veces, y despreciar al mismo tiempo lo que constituía una parte integrante de su ser?
—Si desprecias Roma, es una lástima que te hayas casado con un romano —le reprochó él cierto día con amargura.
—¿Acaso te arrepientes de haberte casado conmigo? —replicó ella, quitándose la túnica. Y cuando él contempló su maravilloso cuerpo, sintió, como de costumbre, un intenso deseo sexual.
—No me arrepiento —dijo abrazándola y echándose a reír. Pero sabía que eso no era suficiente.
Maeve no comprendía la decepción de su marido. Según ella, al elegirla como esposa, había elegido a Sarum. Ella le amaba apasionadamente, con locura; y en su imaginación, Porteus representaba una parte nueva y excitante del mundo que constituía su hogar. Cuando él le hablaba de Roma, Maeve tenía la sensación de que intentaba alejarse de ella, de forma que trataba de ligarlo a sí misma aún más estrechamente, tentándolo con su cuerpo para obligarle a desechar esos ingratos pensamientos. Con el transcurso del tiempo, si bien Porteus seguía hablando de Roma con excesiva frecuencia, ella no le hacía caso, se negaba a pensar en el tema y se decía que era una obsesión temporal que pasaría.
—Ahora perteneces a Sarum. Éste es tu hogar —le decía ella mientras hacían el amor.
Pero en ocasiones, cuando él yacía agotado junto a ella, Maeve tomaba una vela y la acercaba al rostro de su esposo para verlo dormir, y lo observaba ansiosamente a fin de asegurarse de que esos funestos pensamientos no seguían rondándole por la mente.
Dieciocho meses después de su boda, Maeve le anunció que estaba encinta. De momento, todos se olvidaron de Roma. Y Tosutigus dijo a su yerno:
—Ahora que vais a tener un hijo, ha llegado el momento de que hagamos algunas mejoras y construyamos una casa. Tengo dinero. Construye una casa de la que nos sintamos orgullosos, una vivienda romana.
—De acuerdo —respondió Porteus—, construiré una villa.
El lugar que eligió se hallaba emplazado en el valle, un kilómetro al norte de la granja del cabecilla y estaba ocupado por una alquería abandonada que a la sazón servía de almacén. Situado sobre una explanada en el centro de la ladera oriental, el terreno dominaba el río; hacia el suroeste se divisaba un amplio panorama, y estaba protegido del viento norte por la mampara que formaban los árboles. Más abajo, el terreno daba paso a una fértil llanura pantanosa junto al río.
Por la parte de atrás, el terreno describía una suave inclinación hacia la cima de la colina, cubierta en parte de prados y en parte de bosque. También se veían algunos sembrados; y en lo más alto solían pastar las ovejas.
El lugar presentaba otras dos ventajas, una de las cuales la propia Maeve se la señaló a Porteus.
A poca distancia de donde se hallaban, entre los picos de la achaparrada cordillera se advertía una pequeña loma, en la que Porteus ni siquiera se habría fijado de no haberle conducido Maeve hasta allí con expresión solemne. Estaba cubierta de arbustos, pero en el centro hallaron un pequeño claro y, al examinarlo, Porteus comprobó que albergaba un montículo de unos treinta y cinco pasos de anchura; el joven romano había visto otras formas similares en los cerros.
—Es una vieja tumba —comentó.
Maeve asintió con la cabeza. Aunque ninguno de ellos lo sabía, aquel túmulo funerario llevaba allí muchos siglos.
—Es un lugar sagrado —murmuró Maeve—. Los sacerdotes druidas solían venir aquí para adorar a los dioses del bosque.
Al oír mencionar a los druidas Porteus hizo una mueca, pero Maeve prosiguió:
—Me alegro de que este lugar esté cerca de nuestra casa. Construiré aquí un santuario y nos dará buena suerte.
Porteus miró a su alrededor. Era cierto que el pequeño calvero circular poseía cierto aire apacible que resultaba grato.
—Haz lo que quieras —dijo a su esposa.
La segunda ventaja residía en el propio valle, pues justo a los pies del terreno, el río Afon era tan poco profundo que podía ser vadeado. Era el mejor paso que existía en un par de kilómetros aguas arriba y abajo, y podía ser utilizado por las personas y por el ganado.
—¿Tiene un nombre ese vado? —le preguntó Porteus a su suegro.
—No —contestó el cabecilla—. Nosotros lo llamamos simplemente el vado.
Y Porteus comenzó a construir su hogar junto al vado de Afon.
Con ayuda de Numex, Balba y una pequeña partida de hombres, transformó el esqueleto de la vieja granja rectangular en un nuevo hogar para su familia. Añadió a la habitación principal un par de alas consistentes en dos estancias cada una, para formar una estrecha vivienda orientada hacia el suroeste. Luego agregó a la parte trasera de la casa un amplio corredor, en el centro del cual construyó un pequeño patio pavimentado rodeado por varias pequeñas cámaras. Los muros de la vivienda eran de arcilla y piedra, y estaban revestidos de mimbres en su parte superior. En el interior, las paredes estaban encaladas y pintadas de blanco. La techumbre era de tejas, transportadas por carretera desde el norte, lo cual había resultado bastante costoso.
Era una granja tosca y rectangular, en absoluto comparable con el magnífico palacio del rey Cogidubnus que Tosutigus había tenido ocasión de admirar años atrás. Pero con su larga fachada baja, sus muros encalados y su tejado de tejas, era inconfundiblemente romana. Tosutigus acudía todos los días a inspeccionar las obras, y su entusiasmo aumentaba a medida que la vivienda iba adquiriendo forma.
—Tenemos que instalar mosaicos en el suelo —dijo—, y una fuente. Y ventanas con vidrios de color verde.
A diario se le ocurría añadir un nuevo y lujoso elemento que había visto o del que había oído hablar. La civilización romana había llegado a su propiedad, y Tosutigus estaba impaciente por conseguir unos resultados espectaculares lo antes posible. Pero Porteus era menos ambicioso.
Al saber que Maeve se había quedado encinta, Porteus tomó una dura decisión.
—De momento —pensó—, he de quedarme en Sarum. De modo que si no puedo llevar a mi esposa a Roma, tendré que traer Roma a Sarum. —Y comunicó su proyecto al impaciente cabecilla celta.
—Más tarde construiremos una vivienda más suntuosa. Necesitaremos más dinero, y unos peones experimentados. Pero antes que nada, quiero transformar la finca.
Tosutigus se quedó perplejo.
—La finca va viento en popa —respondió.
Pero Porteus meneó la cabeza.
—Es una excelente finca celta —dijo—. Pero nada comparado con lo que puede hacer un romano.
Los cambios realizados por Porteus en Sarum tendrían consecuencias a largo plazo, pero no fueron conseguidos sin dificultades. Comenzó por el valle.
—Fíjate en los prados de la parte baja de las laderas y en los terrenos junto al río —dijo a Tosutigus—. Ahí la tierra es muy fértil. Pero sólo utilizas los prados inferiores para que paste el ganado, y la mitad del terreno junto al río es pantanoso.
—La tierra de la parte baja de las laderas es demasiado compacta para nuestros arados —replicó el cabecilla—. En cuanto al pantanal… —Tosutigus hizo un ademán para indicar que siempre había sido así.
—Podemos sacarle más provecho —contestó Porteus—. En primer lugar, utilizaremos un arado pesado, tirado por bueyes, y provisto de una cuchilla de hierro capaz de remover la tierra amazacotada. Sembraremos grano y obtendremos grandes beneficios.
—¿Y el pantanal?
—Lo drenaremos. Y luego lo araremos.
Lo que Porteus proponía no era infrecuente. El arado pesado había hecho su aparición en la isla hacía unas generaciones, y había sido adoptado con entusiasmo por algunas de las tribus belgas que ya lo habían utilizado en la Galia. Pero los agricultores de Sarum y otras fértiles zonas cretáceas del oeste no veían razón alguna para modificar sus costumbres, pues llevaban miles de años removiendo sin dificultad la tierra de la meseta con sus arados ligeros. Encontraban complicados los nuevos métodos y ya habían conseguido cosechas abundantes. Pero para Porteus este argumento carecía de peso.
—El imperio y el ejército necesitan grano —dijo—. Venderemos todo lo que logremos cosechar y ganaremos mucho dinero.
En cuanto a avenar terrenos, era una especialidad romana. A partir de esa época, grandes extensiones inundadas del sur y el este de Britania fueron recuperadas mediante diques, zanjas y carreteras. En los marjales del este los ingenieros romanos hicieron cultivables inmensas extensiones de terreno que eran poco menos que pantanos. El plan de Porteus era más modesto.
—No resultará difícil desecar ese pantano —explicó a Numex, señalando las llanuras situadas al pie de los cerros, al norte y al oeste de Sorviodunum.
Y Numex, que había ayudado a los soldados romanos a construir sus calzadas y admiraba su pericia, acogió la idea con entusiasmo.
—Puede hacerse, desde luego —asintió. Pero acto seguido su rostro adquirió una expresión solemne—. El problema es que los agricultores no querrán participar en los trabajos.
—Lo harán —contestó el romano—. Les haremos comprender que merece la pena.
Estaba equivocado.
Durante los años siguientes, Numex construyó un sistema de canalillos que transportaban hacia el río el agua de las tierras bajas. Asimismo, en las laderas excavó unas acequias que transportaban el exceso de agua e instaló unas pequeñas esclusas de madera a fin de regular el caudal del agua. Al mismo tiempo, Porteus desbrozó en las laderas tres grandes campos y trajo dos grandes y pesados arados.
—Ahora contemplarás grandes progresos —aseguró a Tosutigus.
El primer año, en primavera, las aguas del río bajaron muy crecidas y los prados se inundaron. Los hombres que habían excavado a regañadientes los canales y habían arado la tierra sacudieron la cabeza, disgustados; pero Numex y Porteus no se desmoralizaron, y el solemne artesano reconstruyó con paciencia sus canales y elevó el margen del río. Esta vez el experimento dio mejor resultado.
Pero los temores de Numex estaban justificados. Cada vez que Porteus ordenaba a los peones que sacaran los arados, éstos esgrimían alguna excusa para no hacerlo: los arreos de los bueyes se habían roto misteriosamente, o había surgido algún problema urgente que requería su presencia en otro lugar de la propiedad. Porteus se quejó a Tosutigus; estallaron incesantes disputas sobre quién debía hacer el trabajo, y al tercer año del experimento Tosutigus rogó a Porteus que desistiera de su empeño.
—Nunca han arado las tierras bajas —dijo a su yerno—. Tu idea no les gusta. No vale la pena discutir con ellos.
—Pero los romanos hace siglos que se dedican a arar las tierras bajas —protestó Porteus.
—Estas gentes son celtas —repuso el cabecilla—. Son obstinadas.
—Los romanos también —replicó enojado el joven. Y se negó a desistir.
Durante una generación las tierras bajas de Sarum fueron cultivadas; pero cada año el trabajo se realizaba a regañadientes y mal, y los resultados no fueron los esperados. Incluso Numex, tras haber construido sus canales y sus pequeñas esclusas, se sentía desmoralizado, de modo que más adelante el experimento fue abandonado y los pesados arados se oxidaron. Durante varios siglos, fueron las tierras altas las que proporcionaron a Sarum el grano.
Las otras iniciativas de Porteus fueron más afortunadas.
Junto a la villa amuralló un trozo de terreno, protegido del viento y muy soleado. A lo largo de una pared plantó unos melocotoneros, que había importado de la Galia, y unos albaricoqueros. Éstos no dieron buen resultado, pero al cabo de unos años los melocotoneros dieron unos frutos magníficos, como jamás habían visto en Sarum. Asimismo, Porteus interrogó a Maeve sobre la miel con la que elaboraba el potente hidromiel: ¿de dónde procedía?
—La encontramos en los panales que hay en el bosque —respondió su esposa—. Es fácil oír el zumbido de las abejas.
Porteus se limitó a menear la cabeza, perplejo, y a los pocos días Numex recibió la orden de confeccionar seis potes de arcilla pequeños y colocarlos en la ladera junto al recinto amurallado. Porteus le encomendó también el encargo, más extraño que el primero, de practicar seis orificios en los costados de cada pote.
—¿Para qué son? —preguntó el artesano.
—Para las abejas —contestó Porteus.
Al principio ni siquiera Numex creía que fuera posible inducir a un enjambre de abejas a vivir dentro de una vasija. Tampoco Maeve lo creía.
—¡Los romanos queréis que todo esté ordenado, como vuestro imperio y vuestras carreteras! —protestó—. Las abejas no te obedecerán. Vuelan a través de muchos kilómetros hasta encontrar en el bosque un lugar que les guste. No vivirán de acuerdo con tus normas.
Pero Porteus continuó tranquilamente con su proyecto y al año siguiente los hombres, siguiendo sus órdenes, capturaron varios enjambres de abejas y los colocaron en los panales de arcilla. Y se quedaron asombrados al comprobar que las abejas permanecían allí sin protestar.
Tosutigus se mostró encantado con la idea.
—Son adelantos romanos —explicó a Maeve, que se sentía un tanto decepcionada al ver que las abejas habían obedecido a su esposo.
Porteus se quedó sorprendido cuando Balba el tintorero se ofreció para cuidar de las abejas.
—Debido a los tintes que uso —explicó Balba al romano—, las abejas no me atacarán.
Ya fuera debido al olor acre que exhalaba, a las sustancias químicas de los tintes o al hecho de que Balba tenía la piel muy curtida porque manipulaba blanqueadores que contenían orina, el caso es que podía verse al pequeño tintorero yendo de un panal a otro e introduciendo sus rechonchas manos en ellos sin sufrir el menor daño.
—Ni siquiera las abejas soportan su hedor —dijo Numex a Porteus con expresión solemne.
De las otras iniciativas emprendidas por Porteus, la que más entusiasmó a Tosutigus fue la importación de faisanes. El cabecilla inspeccionó las hermosas aves pardas con sus diminutas cabezas y largas colas, unos animales que jamás habían visto en la isla.
—¿Y dices que podemos cazarlos? —inquirió.
—Sólo tenemos que soltarlos en el bosque. Constituyen unas excelentes aves de caza, y una vez muertas las cuelgas durante unos días —explicó Porteus a Tosutigus—. Eso les da un sabor más intenso.
Porteus importó doscientos faisanes, y al poco tiempo los bosques de Sarum estaban repletos de esas vistosas y gráciles aves.
—¡Mi yerno incluso ha mejorado la caza! —exclamó Tosutigus entusiasmado.
Pero esos cambios eran insignificantes comparados con la compleja labor que llevaba a cabo Porteus en las tierras altas. Fue esa labor la que había de alterar la faz de Sarum durante mil quinientos años.
Una de las primeras cosas en las que Porteus se había fijado a su llegada a la isla fueron las ovejas. En aquellos tiempos la mayoría de las ovejas de Gran Bretaña pertenecían a la vieja raza soay: unos animales pequeños, ágiles y resistentes, con el rabo corto, bien adaptados al clima y capaces de vivir incluso en la inhóspita región del extremo norte. Su vellón no era áspero, aunque no poseía el tacto sedoso de la excelente lana romana, pero era de color pardo, y a los romanos les parecía primitivo y poco atractivo.
—Podemos perfeccionar la calidad —dijo Porteus a Tosutigus—. Existen mejores vellones en todo el imperio. —Y describió a su suegro la magnífica lana roja procedente de Asia y de la región de Beatica, la pura lana negra de la provincia de Iberia—. Pero la mejor de todas —continuó—, es la lana del sur de Italia, blanca como la nieve y tan suave que parece fundirse en la mano.
—¿Quieres prescindir de nuestras ovejas? —preguntó Tosutigus, pasmado.
—No, las cruzaremos —le explicó Porteus.
Aunque no poseía experiencia como ganadero, Porteus había leído las obras del gran escritor Varrón sobre el tema, y tenía cierta idea de lo que había que hacer. Al cabo de unos días realizó los trámites pertinentes para importar media docena de las mejores ovejas de Italia, y a los pocos meses recibió unas cartas de los mercaderes anunciándole que las ovejas iban de camino.
La llegada de seis ovejas italianas en Sarum causó un gran revuelo. Fueron trasladadas a la duna en un carro cubierto, y una veintena de hombres y mujeres, entre quienes se contaban Numex y Balba, se congregaron en el lugar para observar cómo Porteus y el cabecilla descargaban los animales.
—Ahora —prometió Porteus a su suegro—, verás algo extraordinario. —Y tras retirar la cubierta del carro hizo salir a la primera oveja. El animal bajó por la rampa dando traspiés y se plantó ante ellos.
Cuando los curiosos vieron a la oveja lanzaron sonoras carcajadas, y Tosutigus se sonrojó azorado. Pues la oveja llevaba un mantón que le cubría el cuerpo por completo.
—¡No tiene pelo! —gritaron—. La oveja romana es pelona. ¡Tiene que taparse con un mantón! —Los hombres y las mujeres se burlaron del animal, que los miraba pestañeando. Tosutigus se había puesto rojo como un tomate; pero Porteus permaneció impasible.
—Todas llevan esos mantones, se llaman pellitae —explicó Porteus con paciencia—. Protege su lana. —Con calma, el joven romano soltó las tiras de cuero que sujetaban la prenda y la retiró. Las risas y befas cesaron.
Pues la oveja, lejos de ser pelona, poseía el vellón más tupido y precioso que jamás hubieran visto, y tan largo que llegaba al suelo. Era blanco y resplandeciente como la nieve.
Las risas dieron paso a un murmullo de asombro.
Algunas mujeres se acercaron al animal, y al tocarlo se quedaron estupefactas de la delicada textura de su lana. Porteus hizo bajar del carro al resto de las ovejas, y fue quitándoles la pellitae y mostrando el reluciente pelo que ésta ocultaba, mientras la multitud lanzaba exclamaciones de admiración. Pero Tosutigus estaba perplejo.
—Son todas hembras —se quejó—. ¿Cómo vamos a criar ovejas sin un carnero?
—No necesitamos un carnero —contestó el romano—. Los únicos carneros que necesitamos están ya aquí.
Tenía razón.
Durante los años sucesivos Porteus demostró la habilidad de los romanos a la hora de criar ovejas mediante su acertada idea de cruzar a las de raza soay. En primer lugar dejó que los carneros nativos se aparearan con las ovejas romanas. Las crías que salieron de este cruce presentaban una lana más clara que la del ganado nativo, pero también más áspera, y al comprobar los mediocres resultados, Tosutigus meneó la cabeza.
—Te advertí que necesitábamos carneros —dijo.
Pero Porteus respondió con paciencia:
—Lo importante es el segundo cruce.
Y así fue. Porteus seleccionó a los carneros blancos hijos del primer cruce y logró que fecundaran a las ovejas romanas. El producto de ese segundo cruce fue excelente: todos los animales tenían un pelo de gran calidad —algo más áspero que el de las ovejas y carneros romanos, pero perfectamente adaptado al clima de Sarum—, y todos eran blancos como la nieve. Y cuando los habitantes de Sarum vieron lo que Porteus había conseguido, lo trataron con un nuevo respeto.
—El romano es un buen granjero —dijeron.
Porteus no sólo mejoró la raza de las ovejas, sino que modificó el sistema de obtención de la lana.
—Vosotros peláis a las ovejas en primavera, cuando les crece el nuevo vellón —dijo a Tosutigus—. Pero en otoño mudan de nuevo el pelo y se pierde buena parte de la lana. Ese sistema es lento e ineficaz. —Porteus mostró al cabecilla unas tijeras de metal—. En el futuro utilizaremos estas tijeras.
Asimismo, ordenó a los hombres que cardaran la lana con unos peines de hierro para separar las fibras largas de las cortas.
Al poco tiempo los rebaños de ovejas blancas que había criado Porteus pastaban en las colinas junto a las ovejas pardas soay. Eran unos animales fuertes, ágiles, y no lucían pellitae. Pero daban grandes cantidades de lana blanca de excelente calidad que los de Sarum vendían a un buen precio, y Tosutigus dijo a su hija:
—Nuestro romano no sólo nos ha traído sus costumbres, sino que nos ha hecho ricos.
A los cinco años de matrimonio, Porteus podía sentirse satisfecho de lo que había conseguido en la vida. Maeve le había dado tres hijos: dos varones y una niña. Los chicos recibirían una educación romana, y cuando fueran un poco mayores Porteus contrataría para ellos a un tutor romano. La finca seguía prosperando. De hecho, Porteus estaba tan ocupado con sus mejoras que ni siquiera había mencionado su deseo de ser trasladado de Sorviodunum a la oficina del procurador; y aunque sus padres habían perdido casi todas las tierras que poseían en el sur de la Galia a consecuencia del pleito, Porteus les había enviado suficiente dinero para que pudieran vivir con un modesto confort. La vida, en resumidas cuentas, había sido generosa con él.
Pero en su existencia cotidiana se había producido un cambio inesperado: la transformación experimentada por la propia Maeve.
Esa evolución sorprendió a la misma interesada. Al inicio de su primera gestación, cuando por las noches se acostaba junto a su esposo, se pasaba el rato tratando de dominar las náuseas que la acometían. La joven tenía ganas de que terminaran aquellos nueve meses de embarazo para reanudar su vida libre y las efusiones amorosas con su amante. Pero cuando cesaron las náuseas y comprendió que en su vientre portaba un pequeño ser, una nueva vida, se sintió fascinada. Se trataba de una nueva aventura: ocurría dentro de su cuerpo. Era, pensó Maeve, incluso más emocionante que la llegada de Porteus.
La experiencia resultó más apasionante de lo que ella había imaginado; cuando nació el niño, Maeve no podía apartar los ojos de él. Se quedaba sentada a su lado durante horas, contemplándolo maravillada. Durante los meses siguientes Maeve se volcó en el bebé, con la práctica exclusión de todo lo demás. Dejó de dar paseos a caballo. Cuando hacía el amor con su marido, ya no lo hacía con apasionado abandono, sino con una reconfortante satisfacción; y a los pocos meses Maeve se dio cuenta, sorprendida, que anhelaba tener otro hijo.
Al principio Porteus se sintió complacido con ese cambio. «Mi esposa se está convirtiendo en una mujer», pensó con orgullo. Pero después del nacimiento de los otros dos niños, comprobó que Maeve había dejado de interesarse en él. Cuando Porteus estaba en casa ella siempre estaba ocupada atendiendo a uno de los niños; la sonrisa que le dirigía su esposa era cálida, pero tenía los ojos fijos en otra parte.
De hecho, aunque Maeve nunca expresó en voz alta ese pensamiento, a veces le parecía que el extraño romano que le había dado tres hijos y aún hablaba de trasladarse a Roma era casi un intruso en su vida. ¿Cómo era posible que él no se diera cuenta de lo maravillosos y absorbentes que eran los hijos? ¿Por qué se mostraba a veces irritado con ella? Sin embargo Maeve lo amaba, estaba segura de ello, pues admiraba el tesón con que Porteus se esforzaba en mejorar la propiedad de su familia. Por supuesto que lo amaba. Y lo necesitaba.
Si en ocasiones Porteus se enojaba por el hecho de que la pasión que su mujer había sentido hacia él se hubiera disipado, acabó convenciéndose de que era preferible así. A fin de cuentas él ya no tenía tiempo para esas cosas, pues andaba siempre muy ocupado con los asuntos de la finca.
Y cuando alguna noche Maeve le demostraba su afecto, y acercándose a él le preguntaba: «¿Aún tienes tantas ganas de ir a Roma?», él tenía que confesar que no.
La visita de Marcus y Lydia a Sorviodunum tuvo lugar en el verano del año 67.
Mientras aguardaba junto a la duna con Tosutigus y Maeve, Porteus experimentaba emociones muy contradictorias. ¿Por qué les había invitado a ir a visitarlo? Por cortesía, se dijo Porteus. ¿Qué otra cosa podía hacer después de recibir una carta de Marcus en la que le comunicaba que iban a viajar a la provincia?
De modo que, al cabo de tanto tiempo, Porteus iba a ver de nuevo a Lydia. Los preparativos para acoger a los visitantes en la villa duraron dos días. Cada habitación estaba inmaculadamente limpia; en el exterior, el sendero que descendía serpenteando hacia la casa había sido recubierto con grava. En más de una ocasión Porteus habló con aspereza a Maeve y a los niños, incapaz de ocultar su nerviosismo ante la proximidad de la fecha; y la mañana en que esperaban la llegada de Marcus y Lydia, el romano se plantó ante el espejo de bronce bruñido y se preguntó: «¿Qué pensarán de mí? ¿Me he convertido en un provinciano?». Y lo que era más importante: «¿Estoy todavía enamorado de ella?». Porteus no lo sabía.
Maeve también estaba inquieta. Aunque Porteus jamás le había hablado de Graccus o de Lydia, su padre le había contado hacía tiempo la historia. Mientras aguardaban junto a la carretera, Maeve sintió un pequeño escalofrío, que confió en que Porteus no hubiera notado. Maeve no sabía a ciencia cierta por qué motivo le tenía miedo a Lydia. Sin duda no era debido a la belleza de la joven romana, pues sabía que no superaba a la suya. No, pensó Maeve, se debía a que los visitantes eran romanos, formaban parte de ese otro mundo que podía inducir a Porteus a abandonarla. Y ella no sabía qué hacer al respecto.
Sólo Tosutigus se sentía plenamente feliz. Vestido con su toga más elegante, sonreía satisfecho mientras se acercaba el momento de la llegada de Marcus y Lydia.
—La hija del senador se alojará en nuestra villa —iba anunciando a todo aquel con quien se topaba. Estaba encantado de que unos personajes tan importantes se hospedaran en su casa, y en su fuero interno se enorgullecía de que su yerno hubiera sido considerado digno de comprometerse en matrimonio con la hija de Graccus.
Aunque ninguno de los que aguardaban la llegada de los visitantes lo sabía, éstos habían dudado bastante antes de escribir a Porteus. A Marcus le habían asignado un importante puesto en África, un cargo político que demostraba claramente que sería candidato a otros cargos más elevados. Antes de partir para África, el romano había decidido cumplir la promesa que tiempo atrás le había hecho a Lydia de mostrarle la provincia septentrional sobre la que ella había oído hablar tanto. Ambos se habían mostrado indecisos sobre qué hacer con respecto a Porteus.
—Sigue viviendo en ese villorrio de mala muerte, casado con una muchacha nativa. Su familia en la Galia ha perdido todas sus propiedades. Es posible que él no desee vernos —había dicho Marcus con sensatez.
Pero Lydia había replicado:
—Se sentirá más dolido si averigua que estuvimos en la provincia y no fuimos a verle.
De modo que poco después se hallaban de camino a Sorviodunum; pero mientras recorrían la larga calzada, Lydia murmuró:
—Confío en que esto no sea un error.
Viajaban en un carruaje ligero y cubierto escoltado por dos soldados. Cuando el vehículo se detuvo ante el pequeño comité de recepción que esperaba junto a la duna, Marcus saltó a tierra sin aguardar a que cesaran de girar las ruedas y lanzando un grito de saludo sujetó a Porteus con firmeza del brazo.
—¡Saludos y bien hallado, querido amigo! —exclamó, como si fueran dos comandantes que jamás hubieran conocido la derrota; y se inclinó ante Tosutigus y su hija con la misma deferencia que hubiera empleado con la familia de Graccus.
Marcus no había cambiado. Estaba, si acaso, algo más grueso; su rostro ancho y de rasgos armoniosos, con los ojos muy separados, había adquirido unas pocas arrugas, pero éstas le daban un aire de éxito y autoridad que Porteus tuvo que reconocer que le sentaba divinamente. Su pelo negro aparecía más ralo sobre la frente y era fácil adivinar el aspecto que ofrecería dentro de unos años, pero no resultaba perjudicial para un hombre que se había propuesto alcanzar un cargo elevado antes de llegar a la mediana edad. Marcus exhalaba el poder propio de un hombre con benefactores importantes, y Tosutigus lo observó lleno de admiración.
Pero Porteus tenía la vista fija en el carruaje, y observó cómo Lydia se apeaba de él.
Lydia había cambiado, pero aparecía tal como él la había imaginado en su espléndida madurez.
El rostro y el cuerpo de la adolescente que él conociera habían perdido todo resto de grasa superflua, y su grácil figura había sido sustituida por los contornos firmes y voluptuosos de una elegante mujer romana. Al verla apearse del carruaje, Porteus advirtió con qué gracia y dominio de sí misma se movía, y la firmeza de aquel cuerpo casi atlético que él antaño vislumbrara en el jardín de los Graccus, junto a la fuente; y también observó que aquella sencilla gracia que adornaba a la muchacha dotada de un físico de líneas perfectas se había transformado en un sutil empaque, en un porte distinguido que la hacía a un tiempo seductora e intocable, cualidades que sólo se encontraban en los círculos más elegantes de la ciudad imperial. Lydia llevaba el cabello recogido sobre la coronilla, al estilo que imperaba entonces en Roma. Cuando se dirigió hacia él, Porteus percibió la suave fragancia con la que las romanas se perfumaban, y se dio cuenta de que había olvidado aquel grato aroma. El cutis de Lydia seguía teniendo aquel color aceitunado y aquella lisura sin tacha, y parecía emitir un leve fulgor; era obvio que la vida con Marcus le sentaba de maravilla. La joven hija del senador que se reía de las bromas de adolescente que solía gastarle Porteus y admiraba sus epigramas de estudiante se había transformado, en el intervalo de pocos años, en una sofisticada dama romana. Eso era de esperar, pero no obstante Porteus la contempló unos momentos boquiabierto.
Lydia se detuvo ante él, y al comprobar que seguía atrayéndolo sonrió suavemente, y dijo con dulzura:
—Saludos, querido Porteus.
Maeve contemplaba la escena, fascinada. Comprendió de inmediato que aquella señora procedía de otro mundo: un mundo al que ella jamás pertenecería, y ni siquiera llegaría a comprender. ¡De modo que ésa era la Roma por la que su marido suspiraba! Mientras ambos cabalgaban ante el carruaje de camino hacia su pequeña villa, Maeve susurró a Porteus:
—¿Hay muchas mujeres como ella en Roma?
Y Porteus, no queriendo que su mujer pensara que sentía una intensa admiración por Lydia, respondió:
—Sí, muchas.
Maeve movió la cabeza con aire pensativo, y a partir de aquel momento decidió que, si ella podía evitarlo, jamás irían a Roma. También notó el airoso y delicado caminar de la joven romana.
—¿Sabe montar a caballo? —preguntó Maeve.
Porteus sonrió.
—No lo sé. Probablemente, no.
—Yo sí sé montar —dijo Maeve con firmeza, sacudiendo su magnífica melena.
Unos metros antes de llegar a la villa ocurrió un incidente que hirió a Porteus, si bien Marcus y Lydia no actuaron con mala fe. En cierto momento, Porteus se acercó a caballo hasta el carruaje y, al agacharse para apartar la cortinilla y decirles algo, oyó a Lydia exclamar con suavidad:
—¡Fíjate en esa choza, Marcus! ¡Ése es su hogar!
Y Porteus oyó a Marcus responder:
—No debimos haber venido. Deshazte en elogios y no dejes de sonreír.
Porteus se enderezó lentamente en su silla. Estaba seguro de que ellos no le habían visto ni oído. Cuando estuvieron frente a la pequeña villa que había construido, el joven la vio por primera vez como lo que era en realidad: una pequeña y patética granja situada en un remoto rincón. Y durante unos instantes las emociones contradictorias que había experimentado al encontrarse de nuevo con esos amigos del pasado cedieron paso a la turbación y la vergüenza.
Cuando llegaron a la casa, los niños se adelantaron para saludarlos, y los dos chicos pronunciaron unas pocas palabras en latín para demostrar sus conocimientos.
—Nosotros tenemos dos hijos en Roma —dijo Marcus—. Pero no he logrado enseñarles a hablar de una forma tan encantadora como los tuyos, Porteus.
Aquella tarde Porteus les mostró el lugar; y aunque lo hizo sin entusiasmo, esa deficiencia quedó más que compensada por los locuaces comentarios de Tosutigus, quien estaba ansioso de señalarles las brillantes mejoras realizadas por su yerno, hasta los muros encalados. Marcus reparó enseguida en las ovejas blancas y formuló unas preguntas inteligentes sobre cómo las había cruzado, además de comentar a Porteus las innovaciones más recientes sobre el desecamiento de terrenos. Su entusiasmo parecía sincero, cosa que Porteus le agradeció. Pero éste no pudo por menos de notar que las sonrisas de Marcus duraban algo más de lo normal, y cuando éste dijo: «¡Vaya, joven Porteus, te felicito por las mejoras que has realizado en esta magnífica propiedad!», Porteus dedujo que el romano se esforzaba por dirigirle algún cumplido.
Aquella noche la excelente cena, preparada por Maeve y sus sirvientes, habría sido difícil de superar incluso en Roma, de modo que Porteus recobró parte de su orgullo.
—Maeve… —dijo Lydia pronunciando con cierta dificultad el nombre de su anfitriona— hace que nuestra comida parezca insípida comparada con la que ella prepara. Comprendo que la hayas elegido por esposa, querido Porteus —añadió dando una entonación de tristeza a esta última frase, como si hubiera sido él quien la hubiera abandonado, en lugar de ocurrir a la inversa.
Lydia trató asimismo de charlar con Maeve; pero después de felicitarla por la comida la conversación decayó. Entonces le habló un poco sobre Roma, pero Maeve, aunque sonrió educadamente, no manifestó el menor interés en el tema; y cuando pasaron a comentar cuestiones referentes a otras provincias, quedó claro que la muchacha nativa tenía un concepto muy vago sobre el imperio en general, y más vago aún sobre sus distintas partes. Pero Tosutigus se encontraba en su elemento, y estuvo asediando a sus huéspedes con preguntas sobre los asuntos de estado, las andanzas del emperador Nerón y la política de Roma hasta bien entrada la noche, hasta que por fin Porteus, echándose a reír, declaró ante el alivio de la pareja que era hora de que sus visitantes se retiraran a descansar.
—Confío en que volváis a visitarnos —dijo Tosutigus al despedirse de ellos—, y nosotros iremos a visitaros cuando vayamos a Roma.
Cuando Marcus y Lydia partieron a la mañana siguiente, todo el grupo se dirigió a la duna.
—Adiós, querido Porteus —dijo Lydia sonriendo con dulzura—. Me alegra verte tan feliz.
Entonces Marcus agarró a Porteus del brazo y le dijo en tono afable:
—Me alegra comprobar que te has hecho rico en tu provincia, mi querido amigo. Que los dioses te acompañen. —Pero cuando tras pronunciar estas palabras se dirigió hacia su carruaje, Porteus observó en su rostro esa leve pero inconfundible expresión de turbación que el hombre de éxito jamás logra ocultar del todo al amigo que ha descendido en la escala social.
Mientras el carruaje se alejaba por la carretera, Porteus de pronto se dio cuenta de que les había seguido a pie durante varios metros, dejando atrás a Tosutigus y a Maeve, de modo que se detuvo en medio de la calzada y se quedó contemplando a las diminutas figuras que se desvanecían en el horizonte gris. En aquel momento le pareció que el camino de Sorviodunum era infinitamente largo. Y en su fuero interno oyó una vocecita que le decía: «Has perdido».
Cuando el vehículo en que viajaban Marcus y Lydia hubo desaparecido, Porteus regresó lentamente hacia donde se encontraba el cabecilla, su esposa y la duna.
En el año 68 se registraron grandes cambios en el imperio, en la provincia de Britania y en la casa de Porteus en Sorviodunum.
Pues en el año 68 el emperador Nerón fue depuesto y murió, probablemente por su propia mano. A continuación hubo un período de confusión, conocido en los anales de la historia como el año de los cuatro emperadores, en el que varios pretendientes, procedentes de diversas partes del imperio, se disputaron la púrpura imperial. La provincia de Britania, bajo el gobernador Bolanus, se mantuvo al margen de la contienda, si bien las tres legiones que seguían apostadas allí apoyaban a uno de los candidatos, Vitelio, y enviaron varios destacamentos para reforzar a su ejército. De modo que aunque el cuerpo principal de cada legión permanecía en Britania, esas fuerzas seguían constituyendo un serio peligro que dos de los tres rivales debían tener en cuenta. El viejo Suetonius, convertido en un respetable senador en Roma, respaldaba la candidatura de otro pretendiente, Otón; sin embargo no fue castigado cuando el ejército de Vitelio lo derrotó en la batalla de Bedriacum, en el norte de Italia. No obstante, los victoriosos seguidores de Vitelio cometieron un gran error: con el fin de disuadir a los otros dos candidatos, asesinaron a todos los centuriones del ejército de Otón. Pero esa acción tuvo un efecto contrario al deseado. Cuando la noticia se extendió entre toda las legiones del imperio, los soldados se sintieron indignados; y al poco tiempo otros poderosos comandantes reunieron a sus tropas y emprendieron un ataque contra las fuerzas de Vitelio. Uno de ellos fue Vespasiano, el tenaz general de rasgos acerados, que estaba al mando de las operaciones en Palestina, adonde había ido para sofocar una revuelta judía. Vitelio pidió más refuerzos a las legiones en Britania. El gobernador Bolanus dudó: y antes de que tomara una decisión, Vitelio fue derrotado y Vespasiano ascendió al trono. Este episodio marcó el inicio de la extraordinaria dinastía de los Flavios.
A consecuencia de esa extraordinaria serie de acontecimientos, de pronto se hizo evidente que Roma ya no era capaz de controlar todos sus territorios, puesto que un poderoso comandante hijo de una familia relativamente poco importante había ocupado sin mayor dificultad el trono imperial. A partir de aquel día, cualquier gobernador provincial tuvo presente que, si las circunstancias le fueran favorables, él podría hacer lo mismo.
El nuevo régimen propició varios cambios en Britania. En general, las legiones de la provincia aceptaron al nuevo emperador, y los soldados de la II Augusta se mostraron muy satisfechos de que su antiguo comandante hubiera ascendido a tales alturas. Pero la lealtad de la XX Legión era menos segura. Vespasiano actuó con rapidez. Envió a Julio Agrícola —el magnífico general que tan brillantemente había colaborado con Suetonius durante la revuelta de Boadicea— como legado ante la XX Legión. Asimismo, sustituyó al gobernador Bolanus por Cerialis, quien había acudido con sus tropas gallarda pero temerariamente desde Lindum cuando Boadicea y sus rebeldes estaban destruyendo Camulodunum. Ambos eran soldados leales y sirvieron a Vespasiano y a la provincia de un modo admirable.
En cuanto a Porteus, los conocía personalmente.
Tosutigus se mostró muy complacido de esos cambios.
—Cerialis y Agrícola, unos amigos con los cuales has servido. Y Vespasiano, un hombre con quien yo mismo he hablado. Esto no puede sino aportarnos ventajas.
Y al día siguiente Tosutigus escribió una larga carta al emperador recordándole lo que él denominaba su amistad. Porteus sonrió, corrigió algunas faltas gramaticales y dejó que la enviara. La misiva no les perjudicaría, puesto que el emperador debía de recibir miles de cartas como ésa.
Pero por una vez, para sorpresa de Porteus, el irreprimible entusiasmo del cabecilla no resultó infundado.
Tuvieron la primera buena noticia cuando un oficial del séquito del gobernador llegó a Sorviodunum y entregó a Porteus una carta.
En reconocimiento a tus leales servicios y los buenos informes sobre tu trabajo para el procurador Classicianus, has sido nombrado beneficarius personal del gobernador, con la misión de supervisar la construcción de unas termas en un lugar llamado Aquae Sulis.
—Es un cargo excelente —le aseguró el oficial—, con un sueldo magnífico. Enhorabuena.
El proceso normal de romanización de una nueva provincia como Britania comportaba la inmediata construcción de teatros, termas y otros signos visibles de civilización. Las obras de las grandes termas romanas de Aquae Sulis fueron un ejemplo tan señero de este proceso que el lugar —que posteriormente sería conocido como la ciudad de Bath— conservó una atmósfera romana durante el resto de sus dos mil años de historia.
Porteus conocía bien ese lugar. Se encontraba en un profundo valle situado en las estribaciones meridionales de los montes Cotswold, ricos en depósitos de piedra gris y de color miel, cincuenta kilómetros al noroeste de Sarum. Allí, los impetuosos manantiales que brotaban de las rocas abundaban en soluciones minerales conocidas por sus propiedades curativas. Siglos antes de la llegada de los romanos el lugar había constituido un centro de peregrinaje consagrado a Sulis, la diosa de los celtas; y aunque los romanos la reconocían como su diosa Minerva, habían decidido, haciendo gala de su proverbial sabiduría, imponer al lugar un nombre celta, de forma que los nativos consideraran el balneario romano como suyo.
El oficial le transmitió a Porteus las instrucciones, que eran bien simples. Porteus debía construir un gran edificio termal, de buena factura pero sencillo, y orientarlo de tal forma que en el futuro pudieran añadirse otros pabellones. El presupuesto era generoso.
—Ha de ser un centro que despierte admiración, un balneario para nuestros soldados y un lugar donde los nativos descubran los placeres de la civilización —dijo el oficial—. Nada como los baños para suavizar a esos belicosos celtas —añadió sonriendo.
Una mañana estival, Porteus fue a inspeccionar el sitio. Le acompañaba Numex, que le había rogado que le dejara ir con él.
—He aprendido a construir carreteras romanas —dijo el infatigable artesano—. Deja que aprenda más cosas sobre vuestras artes romanas. Las utilizaré para engrandecer Sarum.
Porteus se quedó impresionado al ver los diversos equipos de colaboradores que lo estaban esperando. Habían acudido contratistas de todos los rincones de la isla; arquitectos de la Galia, agrimensores, albañiles, fontaneros y un ejército de peones. Era un proyecto de mucha mayor envergadura que los trabajos que Porteus había dirigido hasta la fecha. Pero todo estaba tan bien organizado que la tarea de supervisarlo sería relativamente sencilla. El encargado de las obras había inspeccionado las fuentes, había excavado unas zanjas para analizar la tierra y había dibujado unos bocetos del lugar. Al poco tiempo los expertos habían diseñado unos planos para las termas.
Iban a construir un inmenso edificio de planta rectangular, orientado hacia el noroeste junto a los manantiales sagrados, cuyas aguas caerían en la piscina por un costado. Al este de la nave principal construirían unos baños más reducidos, y en el lado oeste una serie de habitaciones caldeadas artificialmente que comprenderían el tibio tepidarium y el abrasador caldarium, donde los bañistas podrían sentarse para dejar que los poros abiertos de su piel transpiraran profusamente. El estilo de esas primeras construcciones iba a ser sencillo, con el trabajo de albañilería desprovisto de adornos; pero ese efecto un tanto solemne se vería animado por unos mosaicos de brillante colorido y unas esculturas de dioses romanos y celtas.
Les llevaría varios años construir las primeras termas, pero Porteus puso manos a la obra con optimismo. Quizás el proyecto sirviera para mejorar la vida en la provincia.
Numex nunca se había sentido tan excitado. Años antes, cuando había ayudado a los legionarios a construir las grandes calzadas de Sorviodunum, había comprendido de inmediato que los nuevos gobernantes de la isla, aparte de poseer un gran poder militar, eran unos expertos constructores y artesanos, capaces de crear unas obras muy superiores a cuanto él había contemplado hasta la fecha. Así que la noticia de que iban a construir las nuevas termas llenó a Numex de curiosidad y de ansias de averiguar los pormenores del proyecto. A instancias de Porteus, los contratistas le incluyeron en la asociación de artesanos, lo cual significaba que una vez que Numex hubiera pronunciado el sagrado juramento ante su protectora, la diosa Minerva, podría relacionarse con los constructores y aprender sus secretos. Desde las primeras horas de la mañana hasta la noche el pequeño artesano se paseaba por el lugar con el rostro reluciente de gozo, e iba asomando la nariz en todos los rincones y charlando animadamente con los obreros. Observó cómo los fontaneros colocaban las tuberías a través de las cuales fluiría el agua, y cómo construían con ladrillos los canales que desviarían el exceso de agua. Se familiarizó con la meticulosa tarea de los ceramistas que disponían los mosaicos, y llegó a admirar la precisión exacta y geométrica con que los obreros ejecutaban cada aspecto del trabajo.
Pero ante todo, Numex estudió el complejo sistema utilizado para calentar las termas: el hipocausto, consistente en una vasta red de conductos de aire que transportaban el calor desde unos hornos instalados bajo los suelos. Numex jamás había visto nada parecido, y cuando pensó en las primitivas fogatas que llenaban de humo las chozas celtas, se echó a reír y comentó:
—Comparados con estos romanos, nuestros cabecillas celtas vivían como animales.
Al cabo de dos años Numex había logrado dominar muchos de los oficios de los artesanos que trabajaban allí.
La construcción de las termas romanas no fue la única novedad que se produjo en el sur de Britania. Ocurrieron también unos importantes acontecimientos políticos. Poco después de ascender al trono, Vespasiano decidió que los Durotriges que había sojuzgado hacía veinticinco años estaban preparados para la próxima etapa del proceso de civilización, y mandó construir una nueva capital provincial en el sur de su territorio, en Durnovaria. Y cuando al cabo de un tiempo murió Cogidubnus, el rey de los Atrebates, su territorio también fue reorganizado y la parte septentrional de su reino se constituyó en una nueva zona administrativa que se extendía más allá de Sorviodunum hasta Aquae Sulis, cuya capital vino a ser la nueva ciudad de Venta Belgarum. Así fue como, al inicio de la dinastía de los Flavios, se fundaron las antiguas poblaciones de Dorchester y Winchester.
Esas capitales provinciales eran importantes, pues cada una estaba gobernada por un consejo nativo —el ordo—, compuesto por los hombres más relevantes del lugar, y su jefe era nombrado magistrado y obtenía la codiciada ciudadanía romana; el fin de dicha maniobra era adular a los antiguos enemigos del imperio y atraerlos hacia su cultura y gobierno.
Así, después de ser despreciado por todos durante más de treinta años, Tosutigus obtuvo por fin el reconocimiento que siempre había ansiado: un día, cuando toda la familia se encontraba reunida en la villa, llegó un emisario personal del gobernador que solicitó una audiencia con el cabecilla. Cuando Tosutigus se irguió ante él, flanqueado por Porteus y Maeve, el emisario le hizo una profunda reverencia.
—Saludos, Tosutigus —dijo en tono solemne—. El gobernador te envía sus respetos. Ha recibido carta del emperador Vespasiano, quien se acuerda de ti.
Porteus se quedó atónito. No cabía duda de que el secretariado imperial realizaba su labor a la perfección, y se aseguraba de que ningún cabecilla del imperio quedara fuera del gigantesco sistema de adulación.
—Como sabes —continuó el emisario—, han fundado una nueva capital provincial en Venta Belgarum y tú eres uno de los dirigentes cuyas tierras se hallan dentro de ese territorio. El gobernador confía en que accedas a servir en el ordo. —El hombre hizo una pausa para dejar que su interlocutor asimilara lo que acababa de decir—. Y no sólo servir, sino ser uno de sus dos magistrados. No necesito decirte que dicho cargo comporta la concesión de la ciudadanía romana.
El emisario, un hombre rollizo de edad avanzada, sonrió, satisfecho de sí mismo.
¡Por fin lo había conseguido! Aunque no ostentara el rango de rey tributario, Tosutigus sería un ciudadano romano. Porteus se alegró por él.
Entonces Tosutigus dejó atónito a su yerno.
Haciendo una profunda reverencia, y con una expresión de fingido respeto que desconcertó al mensajero del gobernador, repuso:
—Transmite mis respetos al gobernador, pero te ruego que le informes de que, aunque me siento halagado de que desee concederme semejante honor, por desgracia creo que mi salud no me permitiría aceptarlo. —Tosutigus emitió una tosecita—. De un tiempo a esta parte no me siento bien —explicó—, de modo que debo rechazarlo.
Más tarde explicó a su pasmado yerno:
—He oído hablar de esos consejos, querido Porteus. Sus miembros son responsables del mantenimiento de la ciudad, de todas sus ceremonias civiles y religiosas. ¡Puede costarte una fortuna!
No le faltaba razón: el honor de servir en un ordo había llevado a la ruina a muchos hombres en las provincias.
—De joven deseaba ser un ciudadano romano —prosiguió el cabecilla—, pero puesto que tú lo eres, mis nietos serán ciudadanos romanos. Es mejor que guardemos nuestro dinero, ¿no crees? —Y aunque esa idea era contraria a los conceptos romanos del honor y el servicio público, Porteus no pudo por menos de asentir con una carcajada.
Aquella noche Tosutigus abrió una ánfora de su mejor vino. —Para celebrar la sabiduría de un viejo celta— explicó a su yerno con un guiño.
Al tercer año de haberse iniciado las obras en Aquae Sulis, Porteus conoció a la muchacha. Ésta no debía de tener más de quince años.
Cuando iba a visitar las termas, Porteus se alojaba en una casita que había hecho construir sobre una colina que dominaba el campamento de los obreros, y de la que se cuidaban una cocinera y dos esclavas. Una de las esclavas cayó enferma y Porteus le pidió a Numex que buscara una sustituta; al día siguiente el rechoncho factótum se presentó acompañado por una joven menuda de cabello negro, que él había comprado a un mercader que estaba de paso por Aquae Sulis. Numex aseguró a Porteus que la muchacha era limpia y trabajadora, y después de echarle un breve vistazo el romano regresó a su trabajo y no volvió a pensar en ella.
Transcurrieron tres ajetreados días antes de que Porteus dirigiera la palabra a la joven. Una tarde, estando él sentado a su mesa examinando unos planos para un mosaico que iba a adornar la entrada de las termas, la muchacha entró para encender las lámparas y Porteus alzó la cabeza y la miró. Era muy menuda y frágil.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Porteus sonriendo con afabilidad.
—Anenclita —respondió ella suavemente.
Era un nombre griego que significaba «intachable». Con frecuencia imponían a los esclavos esos nombres, que complacían o divertían a sus dueños, pero Porteus advirtió enseguida que la muchacha no era griega.
—¿Cómo te llamabas antes de convertirte en esclava? —insistió.
—Naomi.
—¿De dónde eres?
—De Judea, señor.
—¿Y por qué te vendieron como esclava?
—Mis padres participaron en la revuelta en Palestina. Vespasiano vendió a todos mis familiares como esclavos.
Porteus asintió pausadamente con la cabeza. No era una historia infrecuente. El comercio de esclavos estaba muy extendido. Una muchacha como ella podía encontrarse transportada por azar —bien por un mercader o como parte de la servidumbre de un funcionario— a lugares lejanos y no volver a ver a su familia. Con suerte viviría toda su existencia con una buena familia, recibiría la manumisión en caso de que muriera su dueño y quizá se casara con un hombre libre y tuviera hijos que servirían al imperio y se convertirían en ciudadanos romanos. Pero en el peor de los casos la venderían varias veces y acabaría en un remoto mercado de esclavos como el concurrido emporio del puerto de Londinium, para ser obligada a trabajar como una bestia por una serie de amos hasta su muerte. Todo era posible. En la isla, los celtas habían desarrollado un proceso más humano, mediante el cual una familia pobre podía vender a un hijo o una hija como esclavos a un dueño local durante un determinado plazo, tras el cual éste les devolvía a su vástago. Porteus prefería este método, a través del cual había contratado a varios esclavos de ambos sexos en Sarum.
La muchacha era muy joven, observó Porteus, con unos grandes ojos castaños y una expresión un tanto atemorizada; pero mostraba un talante serio y tranquilo que le hizo pensar que era de fiar.
—Aquí se te tratará bien —dijo Porteus, y volvió a enfrascarse en sus planos.
Dos días más tarde Porteus regresó a Sarum y no volvió a Aquae Sulis hasta al cabo de un mes. Había olvidado la existencia de la esclava, pero cuando por la noche la vio de nuevo, recordó la conversación que había mantenido con ella.
—Eres Anenclita, cuyo nombre verdadero es Naomi —dijo, y notó que la joven se sonrojaba ligeramente.
La tarde siguiente, cuando ésta entró, Porteus dejó su trabajo y charló con ella afablemente. ¿Estaba contenta? ¿Comía lo suficiente? La joven respondió afirmativamente a sus preguntas en un latín pasable. Era una muchacha muy bonita, se dijo Porteus, con la piel suave y las mejillas cubiertas por un leve vello infantil. Pero sus grandes ojos castaños dejaban traslucir una profunda tristeza y una gran reserva.
Porteus averiguó que la joven había sido separada de su familia siendo casi una niña y había sido comprada por un funcionario que se dirigía al norte de la Galia. El resto de la historia era tal como él había supuesto. Al cabo de un año, el funcionario, antes de regresar a su hogar, la había vendido a un comerciante que la había llevado a Londinium para venderla a su vez al mercader que había pasado por Aquae Sulis.
—¿Y confías en regresar algún día a Judea? —preguntó Porteus distraídamente, sin creer realmente que la joven albergara esa esperanza.
—Oh, sí —contestó ella dando mayor énfasis a sus palabras—. Es la tierra donde se venera al Dios verdadero.
Porteus la miró sorprendido, y entonces recordó que si la joven procedía de la provincia de Judea, debía de pertenecer al pueblo judío, que a diferencia de los romanos, creía en un solo dios.
—¿No adoras a Apolo, a Minerva o a ninguno de los otros dioses romanos? —preguntó Porteus con curiosidad.
La muchacha clavó la vista en el suelo, temerosa de enojarlo, pero meneó la cabeza en sentido negativo.
Porteus se encogió de hombros.
Al igual que todo romano bienpensante, Porteus se sentía cómodo con el panteón de dioses oficial. Había dioses para todos los temperamentos y todas las actividades. Era un sistema tolerante y acomodaticio.
Porteus, por ejemplo, no había tenido ningún reparo en orar en el santuario de la familia de Tosutigus, puesto que estaba claro que Nodens, el dios de la familia, no era otro que Marte disfrazado de celta, y por su parte Tosutigus no había puesto objeciones a colocar una estatua romana en el pequeño altar, junto al ocupante original del templo. Asimismo, en el nuevo balneario Porteus había descubierto que el dios celta del Sol, al igual que Sulis Minerva, era venerado en la región circundante, de modo que encargó que esculpieran, para colocarla en un nicho junto a las termas principales, una hermosa cabeza celta con barba rodeada por un magnífico y flameante halo, que los obreros romanos identificaron de inmediato como Apolo. El panteón de dioses romano se le antojaba a Porteus tan eminentemente razonable que nunca había comprendido el afán de los ciudadanos de las provincias orientales en limitar sus dioses a uno solo.
Así pues, Porteus adquirió la costumbre de mandar llamar a la joven esclava por las noches, para interrogarla sobre su vida y su religión. Le parecía una forma agradable de pasar el tiempo después de una jornada de trabajo agotadora.
En su época de estudiante, Porteus había averiguado la existencia de unas religiones mistéricas en el este. Estaban los judíos, y los seguidores del dios-toro, Mitra, con sus cultos y sus sacrificios secretos. De hecho, en toda la cuenca mediterránea oriental existían cultos llenos de misterio. Pero para él sólo eran unas religiones sobre las que uno leía o hablaba, mientras que la joven esclava, tal como había podido observar Porteus, amaba apasionadamente a ese Dios sin nombre e invisible que, según afirmaba ella, había creado el mundo y constituía la fuente de toda verdad y justicia.
—El emperador es la fuente de toda justicia —replicó Porteus con una carcajada—, y será mejor que lo tengas presente. —Pero el romano notó que cuando dijo eso la muchacha bajó la vista para que él no observara la incredulidad que reflejaban sus ojos.
Porteus disfrutaba charlando con ella y haciéndole preguntas, no porque comprendiera lo que le explicaba la joven sobre su Dios todopoderoso, sino porque le fascinaba la pasión con la que ella creía en esas cosas.
Aquel invierno, sin embargo, se produjo en Sarum una novedad que mantuvo a Porteus ocupado durante un tiempo e hizo que casi se olvidara de la esclava. Fue Numex el responsable de ello, al presentarse un día ante Porteus y sugerir:
—¿Por qué no realizas unas mejoras en la villa de Sarum y la conviertes en una auténtica villa romana?
Y cuando Porteus comenzó a explicarle los problemas que entrañaba traer a obreros especializados, el artesano celta meneó la cabeza y dijo:
—Yo mismo puedo hacer esos trabajos.
Estupefacto, Porteus comprobó que era cierto: el celta había estudiado tan detenidamente a los obreros romanos que, sin que nadie lo supiera, había diseñado para Sarum un sencillo hipocausto que funcionaría a la perfección, e incluso unas pequeñas termas cuya agua provendría de un depósito alimentado por un arroyo que fluía en la ladera de la colina.
—Y podemos instalar un mosaico, con una figura de Neptuno y unos delfines —prosiguió afanosamente el pequeño artesano—, como el que vas a poner en Aquae Sulis. También sé cómo hacer esas cosas.
Porteus se echó a reír, pero pensó seriamente en la idea, y cuando se la comentó a Tosutigus, el cabecilla se mostró entusiasmado.
—¡Por fin tendremos una villa romana que rivalice con la de Cogidubnus! —exclamó.
Lo cierto es que Porteus llevaba un tiempo dándole vueltas a un proyecto semejante. El dinero no faltaba; es más, su familia, con sus nuevos honorarios se había hecho tan rica que habría podido construir un pequeño palacio. Porteus había contratado, por una suma muy alta, a un tutor para sus hijos; y había iniciado gestiones para adquirir una parcela en la población de Venta Belgarum, a fin de edificar allí para la familia una mansión que les permitiera participar en la ajetreada vida de la nueva capital provincial. Pero había otro factor más importante que el dinero.
Pues la visita de Marcus y Lydia había causado a Porteus un profundo impacto, haciendo que cambiara de actitud con respecto a Sarum. El ver a sus viejos amigos romanos le hizo comprender lo mucho que se había alejado de ellos.
Cuando Marcus y Lydia hubieron partido, Porteus reconoció para sus adentros que todo cuanto poseía se hallaba en Sarum: la finca, su esposa —que jamás accedería a residir en Roma—, sus hijos, su cargo. Su idea de abandonar Sarum era inviable. Así pues, se dijo Porteus, había llegado el momento de mejorar el lugar. «Quizá no seamos romanos —pensó—, quizá seamos unos provincianos medio celtas, pero no por eso dejamos de ser civilizados».
Porteus se volcó en su nueva labor, añadiendo habitaciones, ampliando el patio, planificando con Numex cada detalle con el mismo esmero que si se tratara de las grandes termas de Aquae Sulis. Ante el enojo de Maeve, Porteus mandó levantar suelos y derribar muros, y durante varios meses la villa se convirtió en un lugar tan inhabitable que ella y los niños se trasladaron a la vieja granja celta. Pero cada vez que Porteus inspeccionaba las obras, el rubicundo semblante de Numex, con su ralo cabello cubierto de tierra y suciedad, aparecía por algún agujero en el suelo y afirmaba:
—Vamos progresando. Dame tiempo.
Durante esos trabajos de excavación Numex hizo un importante descubrimiento. Al hundir la pala en el suelo de la sala principal de la casa, el artesano comprobó asombrado que topaba con una piedra, donde sólo esperaba hallar creta o arcilla. Esto se repitió una y otra vez, hasta que Numex vio que las piedras formaban un círculo de unos tres metros de diámetro, que él habría de desmantelar para instalar el hipocausto. Lo que Numex había encontrado era la vivienda del antiguo ocupante del lugar, una morada incluso anterior a la vieja granja. Numex se deshizo de las piedras sin mayores dificultades, pero junto a éstas halló un montón de cascotes. Y dentro de ese montón, envuelta en una gruesa capa de arcilla y acompañada por tres puntas de flecha de sílex, halló una figurilla de piedra no mayor que su puño, que obviamente representaba a una mujer desnuda. Deshacerse de una obra de arte semejante habría sido un sacrilegio, de modo que Numex la limpió y se la mostró a Porteus.
El romano examinó la figurilla con atención. Estaba toscamente labrada, pensó, pero había algo muy atrayente en aquel torso de voluminosos pechos perfectamente representado. Porteus se preguntó qué significaba aquella figura.
—Creo que es la estatua de la diosa Sulis —dijo Numex.
Porteus la examinó de nuevo. Era posible.
—Quédatela —sugirió. Pero Numex meneó la cabeza en sentido negativo.
—Si es una estatua de la diosa Sulis —repuso el artesano—, es sagrada y debe alojarse en un santuario. Deja que construya uno junto a las termas.
Porteus sonrió. Le divertía que el celta creyera que esa tosca figurilla fuera un dios.
—Muy bien —dijo sonriendo—, dejemos que la diosa Sulis Minerva tenga un templo junto a nuestras termas.
Al día siguiente, Numex construyó un pequeño santuario junto a la parte occidental de las termas. Era de piedra y medía tan sólo medio metro cuadrado; pero en su interior había un pequeño altar sobre el cual colocó la estatua de la diosa.
Y así, después de descansar en la tierra durante casi dos mil años, la figurilla de Akun, la mujer del cazador, con sus gruesos muslos y sus senos ubérrimos tuvo un nuevo hogar, esta vez en calidad de diosa local, cosa que, en cierto sentido, no dejaba de ser.
El verano siguiente, las obras de la villa quedaron terminadas.
Cuando Porteus llevó a Tosutigus a que contemplara los resultados, el cabecilla sonrió satisfecho. En cada extremo de la casa Porteus había mandado añadir una nueva ala. Una de ellas contenía las termas. Detrás había un espacioso patio adoquinado, rodeado por los cuatro costados por una elegante columnata. Los suelos de la casa eran ahora de piedra; y la sala principal estaba pavimentada con mármol. Debajo del piso se extendían los conductos de aire caliente diseñados por Numex, que transportaban el calor desde un horno situado en la parte posterior de la finca. En el suelo de las termas, tal como había propuesto el entusiasta artesano, había un mosaico en cuyo borde Porteus le había pedido que representara los majestuosos faisanes de color pardo que él había introducido en la propiedad. Y para deleite de Tosutigus, en la sala principal habían instalado una ventana provista de gruesos cristales verdes que filtraban la luz del sol. Comparada con las villas romanas era una granja; comparada con las viviendas de Sarum, era un palacio.
El cabecilla dio unas palmadas de aprobación a su yerno en el hombro y besó a Numex en ambas mejillas.
—Queridos amigos —aclaró sonriendo de satisfacción—, esta familia posee ahora algo de lo cual sentirse orgullosa.
Todas esas mejoras fueron observadas por Maeve sin comentarios. Ella no tenía reparos contra la casa; pero tampoco le entusiasmaba. Le era indiferente. A Porteus esa actitud no le importó; inmerso en la educación de sus hijos, ya no deseaba perfeccionar el latín de su esposa o animarla a que adoptara más costumbres romanas. Se había acostumbrado a ella tal como era; y Maeve se contentaba con lo que tenía. Estaba orgullosa de las dotes de su inteligente marido y del importante cargo que desempeñaba en Aquae Sulis; se alegraba de que la villa proporcionara placer a su marido y a su padre. Pero ella no compartía esos intereses de su esposo, que no tenían por qué interferir en su vida conyugal.
A medida que sus dos hijos varones se hacían mayores, la relación entre Porteus y su mujer fue cayendo en una cómoda rutina. Aunque Maeve pasaba buena parte del día con su hija, instruyéndola en sus costumbres celtas y a veces dirigiéndose con ella a caballo hasta el calvero donde estaba el pequeño santuario consagrado a los dioses del bosque, lo cierto es que disponía de más tiempo que antes. Por las noches, cuando Porteus no estaba demasiado cansado, Maeve comprobaba que ella aún sentía algo de su antigua pasión hacia él, y que a veces esa pasión se veía correspondida.
Pero la barrera que ella había erigido entre ambos a lo largo de los últimos años no era fácil de derribar, y a veces sospechaba que Porteus afirmaba estar cansado cuando no era cierto.
Maeve no se quejaba. El éxito había conferido a su esposo un talante un poco brusco, casi frío, que a ella la intimidaba un poco. En cuanto a Porteus, hacía tiempo que había cerrado a cal y canto la compuerta de su vieja pasión hacia su fogosa esposa celta. Y no deseaba volver a abrirla. Por lo demás, estaba muy atareado.
Las obras de restauración de la villa ocupaban buena parte de su tiempo; pero cuando regresó a Aquae Sulis para pasar allí unos días, Porteus se alegró al comprobar que la joven esclava seguía en su puesto, y no tardó en reanudar sus charlas con ella.
La esclava le contó muchas cosas que él ignoraba, no sólo sobre el poderoso Dios judío, sino sobre los hechos recientes acaecidos en Palestina. Porteus escuchó con interés, pues la joven estaba bien informada, y el romano tuvo la impresión de que toda aquella zona estaba invadida por el misticismo. Mientras la esclava le hablaba sobre las diversas sectas y sus disputas, Porteus la escuchaba asombrado. Existía una nueva secta, según dijo la esclava, que unas décadas atrás había sido fundada por un profeta judío que acabó siendo crucificado: un nazareno que para algunos no era sino un falso profeta que merecía morir, mientras que otros sostenían que era el Mesías judío. En cualquier caso, ese movimiento atraía a una gran cantidad de seguidores y había empezado a extenderse más allá de los confines de Judea.
Porteus nunca había oído hablar de él. Sin duda con el tiempo esos nuevos fanáticos causarían muchos quebraderos de cabeza al gobierno de Roma.
Pero la muchacha siempre retornaba a su concepto de un Dios único, un Dios que no poseía un cuerpo, ni atributos físicos, un Dios totalmente distinto a los dioses del panteón romano; y en ocasiones, después de que hubieran conversado un rato, la joven miraba a Porteus con una expresión solemne y un tanto infantil y le preguntaba:
—¿Qué opinas?
A Porteus le desconcertaba oírla expresarse de ese modo.
—Haces preguntas como un filósofo —respondía él riendo—, no como una mujer.
La educación de Porteus le había enseñado que la filosofía era un tema estrictamente reservado a los varones instruidos. Tales asuntos eran comentados tranquilamente en el estado de otium cum dignitate —ocio digno— que correspondía a los hombres de su clase.
—Nunca hables de filosofía con gentes comunes y corrientes —solía decir su maestro—; los altera y los convierte en fanáticos.
La religión no era un tema adecuado para mujeres, ni merecía más que un interés superficial por parte de los hombres cultos. En cuanto a las pasiones espirituales, la entrega a unas fuerzas invisibles que se negaban a mostrar su faz, según Porteus no tenían cabida alguna. Las virtudes romanas del equilibrio de juicio, la sobriedad, el control de uno mismo, el valor y el patriotismo viril eran cuanto necesitaba un hombre en su recorrido por la vida. El deber cívico de un hombre estribaba en hacer a los dioses sacrificios que les complacieran. Era una cuestión de observancia, no de encuentro místico.
No obstante, mientras veía cómo a aquella joven de cabello negro casi se le saltaban las lágrimas al pensar en su Dios invisible, al que ningún romano ofrecía sacrificio alguno, Porteus se sentía extrañamente conmovido.
Era inevitable que una noche, cuando Porteus llevaba un mes separado de su esposa, abrazara a la joven. Y aunque la religión de ésta, que era a lo único a lo que ella podía aferrarse, prohibía expresamente tales relaciones, no fue de extrañar que la esclava cediera a lo que, en su soledad, interpretó como una muestra de cariño por parte de él.
Pese al hecho de que la esclava era sólo una niña, esa relación descubrió al romano nuevos mundos. Pues la muchacha dejó de mostrarse reservada con él. Por las noches, cuando yacían abrazados, Naomi le narraba partes de sus libros sagrados: historias de los profetas y su fe en Yahveh; de los antiguos comandantes judíos; de Moisés y su viaje a la tierra de promisión. La joven las refería extasiada, pues esas crónicas eran sus bienes más preciados; o bien susurraba unos pasajes del Cantar de los Cantares de Salomón en su lengua nativa; sus ojos adquirían una mirada distante mientras acariciaba a Porteus y murmuraba:
—Sí, sí.
Porteus no sólo se sentía conmovido. Los relatos de la joven espoleaban su imaginación presentándole visiones del desierto al que ella se refería. En su afán por emular a los protagonistas de las historias de Naomi, Porteus le refirió su disputa con Suetonius en unos términos tan grandilocuentes que en esa cuestión él mismo parecía representar el papel de uno de los antiguos profetas citados por Naomi, clamando para que se hiciera justicia con su pueblo. Y ella le creyó y sintió que lo amaba.
La experiencia procuró a Porteus su primer y único atisbo del universo religioso y espiritual; y aunque sólo alcanzaba a comprenderlo vagamente, presentía su poder. ¡Qué diferente era esta joven morena de su esposa! ¡Qué profunda la pasión que sentía por su Dios comparada con los superficiales ritos paganos de Maeve! Los meses fueron transcurriendo sin que la relación entre ellos sufriera deterioro alguno, y Porteus comprendió que su amor hacia la joven hebrea era distinto de cualquier otro sentimiento que experimentara en el pasado.
Porteus trató de ser discreto sobre su adulterio con la esclava, pero cometió la imprudencia de creer que los otros sirvientes de la casita no estaban al corriente; y una mañana en que Numex fue a despertar a su amo más temprano que de costumbre, lo vio en el lecho en compañía de la muchacha. Sin decir nada, Numex salió sigilosamente de la habitación y aguardó fuera. Nunca hizo comentario alguno sobre el asunto, por lo que Porteus no supo lo que opinaba el artesano ni si había contado a alguien lo que había visto.
Ya porque Numex se fuera de la lengua o porque la noticia se propagara por otra vía, lo cierto es que al poco tiempo todos sabían en Sarum que Porteus se había enamorado de la joven esclava. Eso lo descubrió el propio Porteus cuando regresó al poblado después de una ausencia más larga de lo habitual durante el verano.
No se enteró a través de Maeve. De hecho, su esposa no dio ninguna muestra de saber que su marido le había sido infiel. Cuando Porteus llegó, ella lo saludó afectuosamente y lo condujo risueña hasta la casa, donde había preparado una espléndida comida. Maeve se mostró solícita con él y con los niños y aquella noche, cuando se quedaron solos, le hizo el amor apasionadamente.
Sólo una cosa sorprendió a Porteus: la ausencia de Tosutigus durante la comida. Y al día siguiente el cabecilla tampoco apareció. Cuando Porteus preguntó dónde estaba, Maeve le dijo que su padre tenía trabajo en la granja y despachó otras preguntas encogiéndose de hombros. La noche siguiente ocurrió lo mismo. El mensaje no podía estar más claro: Tosutigus estaba enterado del asunto. Pero Maeve no parecía preocupada, y siguió cumpliendo alegremente sus quehaceres como si tal cosa. Porteus se maravilló del dominio de sí misma que tenía su esposa. Transcurrieron otros dos días, y Porteus decidió que era más prudente no ir a ver a Tosutigus, aunque tal actitud confirmaba su culpabilidad; pero la irritante ausencia del cabecilla le turbaba y dijo a Maeve que tenía que regresar a Aquae Sulis durante un tiempo. Maeve no protestó, y cuando se separaron lo besó y se despidió de él agitando la mano y sonriendo beatíficamente, como unos amantes que fueran a separarse sólo una hora. Porteus no pudo por menos de admirar su valor.
Pero cuando Porteus se hubo marchado, el rostro de Maeve adquirió una expresión seria.
Maeve se había enterado del asunto hacía poco, no por boca de Numex, sino de otros que habían visto juntos a la pareja. Al principio, durante unos días, Maeve había sentido rabia y humillación; luego, perpleja, había comprobado que experimentaba otra cosa, una súbita y ardiente pasión hacia él, tan intensa quizá como la había sentido al principio de su matrimonio. La idea de otra mujer en brazos de su marido hacía que Maeve se echara a temblar y palideciera; sentía un dolor lacerante en el vientre; deseaba a su marido con desesperación. Casi se había olvidado de sus hijos, y pasaba horas examinando su cuerpo en busca de alguna tara que hiciera que Porteus prefiriera a la joven esclava. Incluso pensó en ir a Aquae Sulis para encararse con Porteus y exigirle que renunciara a la joven.
Pero primero Maeve consultó en Sarum con unas ancianas de cuyos consejos se fiaba desde que era niña, y éstas le recomendaron que no fuera a Aquae Sulis.
—Si arrojas a la muchacha a la calle, sólo conseguirás que él se busque otra —le dijeron—. Existen medios más eficaces de retener a un hombre, otros remedios.
—¿Qué remedios? —preguntó Maeve.
Las ancianas le explicaron detalladamente lo que debía hacer.
Cuando Porteus y Numex regresaron a Sarum, las sirvientas de Maeve pasaron un buen rato con el pequeño artesano, tras lo cual éste regresó a su casa con un paquetito para su esposa; y cuando partió de nuevo con Porteus para regresar al balneario, Numex estaba aún más pensativo que de costumbre.
La noche en que Porteus se marchó, ocurrió un extraño episodio: Maeve, acompañada por once mujeres de Sarum, abandonó la villa y se dirigió sigilosamente al pequeño claro de la colina donde había construido su santuario.
Cuando la Luna se alzó sobre los árboles, las mujeres se sentaron en el suelo formando un pequeño círculo, tan estrecho que cada mujer tocaba a su vecina. Una vez sentadas, sacaron dos pequeños objetos. Uno era un pedazo de un jubón que Porteus llevaba con frecuencia, que habían anudado formando una pelota. El otro era una figurilla de arcilla cuyo rostro pintado guardaba un asombroso parecido con el de la muchacha de Judea.
Las mujeres empezaron a cantar suavemente: antiguos encantamientos celtas que invocaban a Sulis, a Modron y a otras poderosas diosas de su cultura. Entonces una anciana recordó solemnemente a las diosas que Maeve era la esposa legítima del romano, y repitieron los cánticos mientras los objetos pasaban tres veces de mano en mano alrededor del círculo. Una vez cumplido ese rito, depositaron el trozo de tejido y la figurilla en el centro del círculo, y cada mujer pronunció sus nombres, «Porteus, Naomi», hasta que la más anciana declaró: «Han sido nombrados». Acto seguido las mujeres se levantaron y el pequeño círculo se dispersó sin que nadie dijera otra palabra.
La tarde siguiente, cuando estaba sola en casa, Maeve colocó un cazo sobre el fuego y preparó una curiosa pócima con raíces y hierbas, siguiendo las instrucciones que le habían dado las ancianas. Cuando comenzó a hervir la pócima exhaló un intenso olor acre que a Maeve le pareció repugnante; pero, tal como le habían ordenado que hiciera, ató un cordel alrededor de la figura de arcilla que representaba a Naomi y la sumergió tres veces en el líquido, al tiempo que decía:
—Bebe, Naomi, y prueba su sabor amargo.
Aquella noche, y la tarde siguiente, las mujeres repitieron ambos procesos; y de nuevo al tercer día.
A Porteus le sorprendió ver a Numex hablando animadamente con la cocinera en la casa de Aquae Sulis; y se sorprendió aún más cuando, al acercarse al artesano, éste desapareció sin pronunciar palabra. Pero el romano no dio mayor importancia al incidente.
Aquella noche, como de costumbre, yació con la joven esclava y experimentó un éxtasis de pasión. Más tarde se quedaron dormidos, a la luz de la única vela que ardía en la habitación.
Al cabo de unas horas Porteus se despertó y comprobó que ambos chorreaban sudor y temblaban. Creía haber tenido una espantosa pesadilla, pero no la recordaba. Al tocar a Naomi comprobó que ella estaba también empapada en un sudor frío y tiritaba violentamente.
—Debe de haber sido la comida —dijo Porteus, y a la mañana siguiente, después de una noche agitada, habló con la cocinera y le advirtió que pusiera más cuidado en la preparación de los guisos.
Al atardecer del día siguiente Porteus creyó ver a Numex merodeando por la cocina, aunque no habría podido jurarlo. La cena que les sirvieron presentaba un aspecto normal. Pero de nuevo, en plena noche, Porteus se despertó empapado en sudor y presa de unos temblores más fuertes que los de la noche anterior; Naomi temblaba con tal violencia que le castañeteaban los dientes.
Esta vez Porteus advirtió a la cocinera de que les había servido alimentos en mal estado y que si volvía a sentirse indispuesto la despacharía. La tercera noche comenzaron los sueños.
Al principio Porteus sólo experimentó una sensación de terror, como si fuera un reo aguardando una terrible sentencia. Más tarde recordaría esa sensación; pero el sueño no comenzó hasta después de esa premonición. Porteus no olvidó ningún detalle del mismo.
Se hallaba en la altiplanicie de Sarum, cabalgando su caballo tordo detrás de Maeve, al igual que había hecho años atrás. El paisaje estaba sumido en el silencio: no se oía el menor ruido, ni siquiera los cascos de los caballos; pero Porteus veía la melena pelirroja de Maeve flotando al viento. Ella se volvió para mirarlo, pero no le sonrió y Porteus observó con perplejidad que sus ojos expresaban una profunda tristeza y que azuzaba a su montura para alejarse de él. Por más que él trató de alcanzarla, la distancia entre ambos fue aumentando cada vez más. Maeve se volvió de nuevo. Esta vez sus ojos aparecían hundidos y estaba muy pálida, como si le acechara la muerte. Porteus comprendió que debía hacer algo para ayudarla, para consolarla, pero ella siguió alejándose de él. De golpe se esfumó. Porteus se encontró solo en la meseta desierta. Miró en derredor, preguntándose qué habría sido de Maeve. Pero no había rastro de ella. De pronto apareció una extraña figura cubierta con una paenulla con la capucha bajada; la figura avanzó rápidamente hacia Porteus a través de aquel inhóspito paraje. Porteus comprobó aliviado que se trataba de Tosutigus. Saludó al cabecilla, pero éste no le devolvió el saludo. Al aproximarse, Tosutigus se quitó la capucha.
El rostro del cabecilla estaba rojo de ira. Sus ojos lanzaban chispas. Alzó un brazo para señalar a Porteus con un dedo acusador, pero al hacerlo su rostro se transformó en una calavera, cuyas mandíbulas se abrían y cerraban lentamente. Ante el estupor de Porteus, la calavera comenzó a aumentar de tamaño. Al cabo de unos momentos cubrió la mitad del cielo. La calavera avanzó hacia él con las mandíbulas abiertas, como si fuera a devorarlo. Al romano le atenazó de nuevo la sensación de angustia que había experimentado antes. Cuando las fauces del cabecilla se cerraron sobre él, Porteus se despertó temblando.
Si su sueño le había atemorizado, no fue nada comparado con el terror que observó en el rostro de la muchacha cuando ésta despertó. Naomi se incorporó en el lecho abrazándose las rodillas y con la mirada fija en el infinito. No cesaba de temblar.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
—Nada —respondió la joven con extraña frialdad—. Un sueño. Porteus le rodeó los hombros con el brazo, tratando de tranquilizarla, pero los temblores persistían.
—¿Qué has soñado? —inquirió Porteus.
Pero la muchacha sacudió la cabeza con tristeza y se negó a revelárselo.
El episodio se repitió noche tras noche. Porteus no notó ningún sabor extraño en la comida, nada que pudiera reprochar a la cocinera. Pero cada noche sufría pesadillas, y cada noche éstas eran más angustiosas. A veces era atacado por serpientes, otras caía a un río y se ahogaba; en una ocasión Tosutigus le cortó la cabeza para utilizarla como cuenco para beber; y en todas las pesadillas aparecía Maeve, con sus ojos tristes, tratando de alejarse de él.
Al cabo de siete noches, Porteus comprobó que no podía conciliar el sueño; pero el efecto de las pesadillas sobre la joven esclava fue peor. Estaba pálida y ojerosa; permanecía sentada en un rincón gimiendo continuamente; y la cuarta noche rogó a Porteus que no se acostara con ella. Él no sabía qué hacer.
Fue la joven esclava quien resolvió la situación.
—Debes venderme —dijo sin más preámbulos.
—¿Por qué?
—Los sueños. Yahveh está furioso porque he violado la ley: es pecado yacer con un hombre casado. Contraviene la ley de Moisés. Y entre los míos constituye un pecado aún mayor yacer con un hombre que no es judío, pues atrae las iras de Dios sobre ellos.
Tras estas palabras la muchacha rompió a llorar con amargura.
¿Sería también el remordimiento lo que provocaba las pesadillas que sufría él?
—No quiero perderte —dijo Porteus—. Las pesadillas pasarán. Confía en mí.
Pero la joven meneó la cabeza y repitió:
—He pecado. Aléjame de tu lado o no recuperaré la paz.
Porteus estuvo indeciso durante tres días. En su egoísmo, prometió a Naomi que si se quedaba con él al cabo de un tiempo le concedería la manumisión y volvería a ser libre.
—Quizá —sugirió Porteus astutamente—, puedas regresar a Judea.
Sin embargo sus palabras no consolaron a la muchacha. Ésta se negaba a comer y al tercer día de ayuno su estado era tan lamentable, sus continuos lloros eran tan angustiosos y sus ruegos de que la dejara marchar tan desesperados, que por fin Porteus gritó exasperado:
—¡De acuerdo, te venderé como esclava si eso es lo que exige tu Dios! Pero tu Dios es cruel.
Naomi meneó su cabecita con tristeza y murmuró:
—Es un Dios justo.
Al día siguiente, mientras Porteus les observaba con lágrimas en los ojos, Numex condujo a la esclava hasta el enlodado foro, donde halló a un mercader dispuesto a comprarla por un precio justo; y ya fuera debido a Yahveh, a los encantamientos de Maeve y las mujeres de Sarum, a algo que Numex y la cocinera habían echado en la comida o simplemente al poder de la conciencia, el caso es que la relación entre Porteus y la joven hebrea acabó definitivamente. Porteus no volvió a verla jamás.
Al cabo de unos días, Porteus regresó a Sorviodunum. Su esposa lo recibió afectuosamente y por la noche, para alivio de Porteus, el cabecilla Tosutigus hizo una visita a la villa para dar la bienvenida a su yerno. A la mañana siguiente, mientras se hallaba junto a su suegro sobre la elevada muralla de la duna, admirando el ondulado paisaje que conocía tan bien y donde había llevado a cabo importantes logros, Porteus se dio cuenta, con cierto estupor, de que casi se había olvidado de Marcus y de Lydia, de que no tardaría en olvidarse de la joven hebrea y de su exigente Dios, y de que se alegraba de encontrarse de nuevo en Sarum.