VIAJE A SARUM
En primer lugar, antes del comienzo de Sarum, hubo un tiempo en que el mundo era un lugar más frío y sombrío.
Sobre una zona inmensa del hemisferio septentrional —quizás una sexta parte de todo el globo terráqueo— se extendía una descomunal capa de hielo. Yacía principalmente al norte de Asia; cubría Canadá, Escandinavia y unas dos terceras partes de las futuras tierras de Gran Bretaña. De haber sido posible atravesar este gigantesco continente de hielo, el itinerario habría cubierto unos 8.000 kilómetros en cualquier sentido en que se emprendiera. El volumen del hielo era impresionante; incluso en su borde exterior medía aproximadamente 10 metros de altura.
Hacia el sur, la parte subártica de la capa de hielo estaba circundada por una amplia franja de tundra desértica y desolada de varios centenares de kilómetros de anchura.
Éste era el mundo frío y tenebroso que existió hace unos veinte mil años antes del nacimiento de Cristo.
Dado que la inmensa capa de hielo contenía una notable porción del agua de la Tierra, el nivel de los mares era más bajo que el de tiempos más recientes —algunos mares ni siquiera existían—, de modo que las tierras ubicadas al sur eran más elevadas y sus riscos se alzaban sobre unos abismos desiertos que desaparecieron hace mucho bajo las aguas.
El mundo septentrional era asimismo un lugar más silencioso. Sobre el hielo y la tundra reinaba un silencio infinito. Ciertamente, soplaban unos vientos terribles, fortísimas ventiscas que rugían sobre la tierra de hielo; a pesar de todo, en la tundra ártica existían algunas formas de vida —una magra vegetación, unos reducidos grupos de animales resistentes— que conseguían a duras penas sobrevivir en los helados yermos; pero a todos los efectos la tierra estaba desierta. Eran miles y miles de kilómetros de desierto; y en la vasta capa glacial, todas las formas de vida y los mares que posiblemente las habían generado se hallaban encerrados en el gigantesco estancamiento del hielo.
Así fue el último período glacial. Con anterioridad, se habían producido muchos períodos glaciales, y posteriormente se producirían muchos otros. En los intervalos entre esos períodos, los hombres han aparecido y desaparecido sobre las tierras septentrionales.
Transcurrieron varios siglos; transcurrieron miles de años, y nada cambió, ni parecía probable que nada cambiara. Luego, hacia el 10000 a. C., empezó a registrarse un cambio: la temperatura comenzó a ascender en el borde exterior de los helados yermos. No lo suficiente para que fuera apreciable en una década, apenas sí en un siglo, y no tuvo ningún efecto sobre el hielo, pero el caso es que la temperatura ascendió. Transcurrieron varios siglos. La temperatura subió un poco más. Y entonces la capa de hielo empezó a fundirse. Fue un proceso paulatino: un arroyo aquí, un riachuelo allá; bloques de hielo se desprendían del borde de la capa helada y formaban hileras de varios metros e incluso de un kilómetro, un fenómeno apenas apreciable en los miles de kilómetros del vasto continente de hielo. Lentamente, el ritmo del deshielo fue cobrando velocidad. Emergieron nuevas tierras, nuevas tundras; nacieron nuevos ríos; los témpanos de hielo se desplazaron hacia el sur, hacia los mares, cuyo nivel empezó a elevarse. Sobre la faz de la Tierra se había iniciado un proceso de fermentación. Siglo tras siglo, el aspecto de los continentes fue modificándose a medida que comenzaban a perfilarse nuevos territorios y nuevas formas de vida.
El último período glacial había comenzado a retirarse.
Este proceso continuaría durante varios miles de años.
Aproximadamente siete mil quinientos años antes del nacimiento de Cristo, en la sombría y desolada estación que constituía el verano en aquellas tierras norteñas, un cazador emprendió un viaje teóricamente imposible. Su nombre, escrito tan correctamente como cabe, era Hwll.
Cuando Akun, su mujer, se enteró del descabellado plan, miró a Hwll con incredulidad.
—Nadie querrá acompañarnos —protestó—. ¿Cómo encontraremos alimento sin ayuda?
—Yo puedo cazar solo —contestó Hwll—. La comida no ha de faltarnos.
Estupefacta, Akun meneó la cabeza con energía.
—Ese lugar al que te refieres no existe.
—Te aseguro que existe. —Hwll estaba convencido de ello. Su padre se lo había dicho, y anteriormente el padre de su padre. Aunque él lo ignoraba, esa información tenía varios siglos de antigüedad.
—Moriremos —afirmó Akun sencillamente.
Se encontraban en la cima del risco que se alzaba sobre su campamento: un reducido grupo de míseras tiendas hechas con pieles de reno sostenidas por unos palos largos, que las cinco familias que formaban su grupo de cazadores habían instalado cuando las nieves invernales hubieron desaparecido. Al otro lado del risco se extendía hasta el horizonte un terreno de hierba áspera y pardusca tachonada por algunos matorrales, abedules enanos y peñas a las que se adherían ramitas de líquenes y musgo. Unas nubes plomizas se deslizaban sobre la inhóspita explanada, arrastradas por un viento gélido que soplaba del nordeste.
Ésta era la tundra. Pues cuando el hielo del último período glacial había comenzado a retirarse, había dejado al descubierto una desolada región que se extendía ininterrumpidamente a lo largo de todo el territorio euroasiático septentrional. Desde Escocia hasta China, en estos vastos y desiertos espacios de clima semejante al de Siberia en la actualidad, unas pequeñas partidas de cazadores conocidos por los arqueólogos como pertenecientes al Paleolítico superior, seguidos por los hombres del Mesolítico, se dedicaban a cazar a los escasos animales que merodeaban por esos yermos. De vez en cuando se recortaban en el horizonte siluetas de fornidos bisontes, renos, caballos salvajes y majestuosos alces, para desaparecer al cabo de unos momentos, y los cazadores los perseguían, a menudo durante días, con el fin de matarlos y sobrevivir otra temporada. Era una existencia dura y precaria que continuó a lo largo de centenares de generaciones.
En el extremo noroeste de esta gigantesca tundra se hallaban Hwll y su mujer.
Él era un representante típico de esos nómadas que no pertenecían a ningún tipo racial. Medía un metro setenta centímetros de estatura, algo más de lo normal, tenía los pómulos muy marcados, unos ojos negros como el carbón, el rostro surcado de arrugas y una tez que recordaba un paisaje repleto de valles, cañadas y barrancos; conservaba la mitad de su dentadura, que era amarilla, y tenía una espesa barba negra salpicada de canas. Había cumplido veintiocho años, lo cual le convertía en un hombre de mediana edad en aquella región y época. Llevaba un tosco jubón y una especie de polainas de gamuza y piel de zorro sujetos con unos pasadores de hueso, pues su pueblo aún no había aprendido el arte de coser. Calzaba mocasines de cuero blando. No lucía ningún adorno. Así, camuflado de forma natural en la tundra, parecía una gigantesca planta de una especie rara, de cuya parte superior colgaba una alborotada melena. Cuando se detenía con la lanza en alto, dispuesto a arrojarla, podía confundirse a veinte metros con un tocón. Sus ojos, muy separados bajo su arrugada frente y pobladas cejas, mostraban una expresión cauta e inteligente.
Era un buen cazador, conocido entre sus compañeros por su habilidad a la hora de perseguir la presa, y durante muchos años el pequeño grupo había vivido y cazado sin ser importunado en una región que medía aproximadamente 80 kilómetros de este a oeste y 65 de norte a sur. Perseguían a los animales, pescaban y la diosa Luna velaba por todos los cazadores y en ella confiaban para que protegiera su precaria forma de vida. En verano habitaban en tiendas de campaña; en invierno construían viviendas semisubterráneas en la ladera de una colina y cubrían su fachada con matorrales: unas moradas toscas, pero diseñadas para conservar el precioso calor corporal. Diez años atrás, Hwll había tomado como mujer a Akun y en ese tiempo habían tenido cinco hijos, dos de los cuales habían logrado sobrevivir: un niño de cinco años y una niña de ocho.
Y ahora Hwll se disponía a emprender un gigantesco periplo hacia un lugar ignoto. Akun meneó la cabeza, desesperada.
Los motivos del extraordinario plan de Hwll eran bien sencillos. Desde hacía tres años, la caza había disminuido, y el último invierno el pequeño grupo casi había dejado de existir. Hwll había buscado en vano en la nieve, día tras día, unas huellas que lo condujeran a un animal que les procurara alimento a su familia y a él. Día tras día regresaba al campamento decepcionado, tras haber hallado tan sólo el rastro de un zorro ártico, o las diminutas y huidizas huellas de los lemmings que habitaban entonces esa región. El grupo había subsistido gracias a una provisión de nueces y raíces que habían recogido durante los meses precedentes, pero esa provisión casi se había agotado. Hwll había observado con preocupación cómo las mujeres y los niños adquirían un aspecto depauperado. El tiempo, por otra parte, no favorecía las cosas, pues había hecho un frío intenso y soplaban continuos y gélidos vientos del norte. Por fin, Hwll había visto un rebaño de renos, y los cazadores, haciendo acopio de sus últimas fuerzas, habían logrado separar a uno y matarlo. Este afortunado hallazgo les había salvado de morir de hambre: la carne del animal les había procurado alimento y su preciosa sangre les había dado la sal que precisaban. Pero a pesar de haber cobrado esa pieza, antes de que terminara el invierno habían muerto una mujer y tres niños.
Llegó la primavera y, cuando se fundió la nieve, apareció una tierra cenagosa y baldía en la que apenas crecían unas pocas flores y unas briznas de hierba. Por lo general este cambio de estación significaba que hallarían bisontes, que al comenzar el estío se alimentaban de los nuevos retoños en los terrenos elevados. Pero ese año los cazadores no habían hallado ningún bisonte. Sólo se habían topado con caballos salvajes, cuya carne era muy dura y que eran difíciles de atrapar.
«Si los bisontes no aparecen, la caza se habrá terminado aquí», se dijo Hwll.
Durante los primeros meses de verano, mientras el pálido Sol hacía que floreciera la vegetación y que la superficie del terreno adquiriese mayor firmeza, los cazadores se desplazaron en un amplio círculo, de un radio de 30 kilómetros, en busca de animales; pero apenas encontraron alimento. El hambre empezaba a debilitarlos y Hwll estaba seguro de que no lograrían sobrevivir a otro invierno.
Fue entonces cuando Hwll tomó su decisión.
—Me marcho al sur —comunicó a los demás—, a unas regiones más cálidas. Si partimos ahora, podemos alcanzarlas antes de que lleguen las nieves. —Eso lo dijo para animarlos, porque en realidad no sabía cuánto tiempo tardaría en llegar—. Voy a atravesar la gran selva situada hacia el este —añadió— y me dirigiré hacia el sur, donde la tierra es fértil y los hombres habitan en cuevas. ¿Quién quiere acompañarme?
Fue una declaración valiente, basada en el acervo de antiguas tradiciones que era lo único que Hwll conocía. La geografía que le había sido transmitida a lo largo de generaciones de boca en boca era bastante simple. Hacia el norte, según decían —él no sabía a qué distancia—, la tierra se iba haciendo más fría e incluso más inhóspita, hasta que por fin uno llegaba a un gigantesco muro de hielo, tan alto como cinco hombres, que atravesaba el paisaje de este a oeste. Ese muro no tenía principio ni fin. Más allá del mismo yacía la meseta de hielo, una tierra blanca y resplandeciente que se extendía hacia el norte hasta donde alcanzaba la vista. Hacia el oeste se encontraba el mar, que tampoco tenía fin. Hacia el sur se hallaba la tundra, y unas selvas impenetrables, hasta que uno llegaba a un mar demasiado ancho para poder atravesarlo. Así pues, el camino estaba cortado por tres costados. Pero el sureste ofrecía una perspectiva más halagüeña. En primer lugar uno debía caminar durante muchos días hacia el sur, y luego escalar una sierra alta que daba paso a una altiplanicie en declive por la que se podía descender fácilmente durante otros cuantos días. Después, tras doblar hacia el este, había que atravesar unas colinas menos escarpadas hasta llegar a una llanura que conducía a un inmenso bosque surcado de senderos que uno podía seguir sin peligro de extraviarse. Atravesando ese bosque oriental uno evitaba tener que cruzar el mar meridional; al salir del bosque comenzaba una gran estepa, y allí Hwll debía doblar de nuevo hacia el sur y seguir avanzando durante muchos días hasta llegar a esas tierras cálidas y legendarias donde la gente habitaba en cuevas.
—Allí hace mucho más calor —le habían dicho a Hwll—, y abunda la caza.
Estos datos, pese a su imprecisión, eran correctos. Pues Hwll se hallaba en lo que posteriormente se denominaría el norte de Inglaterra. Más hacia el norte, la capa de hielo del último período glacial, de unos 10 metros de profundidad, seguía retrocediendo y fundiéndose paulatina pero inexorablemente; hacía tan sólo unos siglos esa capa de hielo había cubierto el lugar donde se hallaba ahora el campamento de Hwll. Hacia el oeste se encontraba el océano Atlántico. Con excepción de la isla de Irlanda, cuya existencia desconocía Hwll, la masa de agua se extendía hasta la costa de Norteamérica, y no sería atravesada hasta al cabo de casi nueve mil años. Hacia el sur se hallaban la región central y las anchas tierras bajas de Inglaterra meridional, y más allá el gran estuario del Rin, el cual, junto con otros ríos, había ido forjando lentamente desde hacía miles de años el pequeño mar conocido ahora como el Canal de la Mancha. Hacia el sureste, sin embargo, yacía el gran puente de tierra que unía la península de Gran Bretaña con el continente de Eurasia. Una vasta llanura cubierta de bosques y estepas se extendía sin solución de continuidad desde el este de la isla de Gran Bretaña a lo largo de 4.000 kilómetros hasta los montes Urales coronados de nieve de Rusia central.
Los cazadores del hemisferio norte habían recorrido durante decenas de miles de años estos territorios: desplazándose hacia el sur cuando se producían los sucesivos períodos glaciales, y nuevamente hacia el norte cuando el hielo retrocedía. Debido a estas migraciones, las huellas de los antepasados de Hwll se encontraban en numerosos lugares: en la estepa rusa, en el Báltico, en Iberia y en el Mediterráneo. Era el recuerdo remoto de esos periplos lo que había sido transmitido a Hwll y lo que constituía la base de su visión del mundo. Hacía dos siglos, sus antepasados habían atravesado el inmenso bosque oriental hacia la península británica y habían seguido a los animales salvajes hacia el norte, hasta la zona en la que Hwll se encontraba actualmente. Por tanto, en su ambicioso viaje hacia las tierras cálidas del sur Hwll iba a recorrer en sentido inverso la ruta de sus ancestros. De haber sabido lo lejos que iba a llevarle esa aventura, tal vez no la habría emprendido jamás; pero no lo sabía. Lo único que sabía era que existía una tierra más cálida y que había llegado el momento de ir en su busca.
Se trataba de un proyecto audaz. Sin embargo pudo haber sido factible, de no haber surgido un obstáculo insuperable que Hwll no podía prever y que daría al traste con su plan.
Pero cuando Hwll preguntó aquel día: «¿Quién quiere acompañarme?», el resto de sus compañeros guardó silencio. Llevaban cazando en esa región desde hacía muchas generaciones y siempre habían conseguido subsistir. ¿Quién sabía si las tierras cálidas existían realmente, o, suponiendo que existieran, qué clase de gentes hostiles habitaban en ellas? Por más que lo intentó, Hwll no logró persuadirles de que lo acompañaran. Al cabo de varios días, después de un sinfín de ásperas discusiones, Akun accedió a ir con él, si bien a regañadientes.
La mañana en que se despidieron de las otras cuatro familias lucía el Sol. Mientras Hwll y Akun se alejaban, sus compañeros les observaron con tristeza, convencidos de que, por muchas privaciones que ellos mismos padecieran, Hwll y su familia perecerían sin remedio. Éstos anduvieron hacia el sur durante cinco días; la tundra color pardo se extendía hasta el horizonte en todos los sentidos. Hwll y los suyos se habían llevado un poco de carne seca, unos arándanos y una tienda de campaña que él y su mujer transportaban entre los dos. Avanzaban despacio a fin de no agotar las fuerzas de los dos niños, pero así y todo lograron recorrer unos 15 kilómetros cada día, y Hwll se sentía satisfecho. El paisaje, pese a su carácter inhóspito, estaba surcado por varios arroyos en los que Hwll logró capturar unos peces para alimentar a su familia. El tercer día cazó una liebre, utilizando su delgado arco y una flecha provista de una afilada punta. Hwll escudriñaba continuamente el cielo a fin de atisbar el movimiento de un águila o un milano que le indicara la presencia de comida cerca de allí. Hwll y su mujer apenas despegaban los labios; incluso los niños caminaban en silencio, presintiendo que necesitarían todas sus fuerzas para sobrevivir a ese arduo viaje.
El chico era un niño robusto con ojos grandes y reflexivos. Su andar no era muy rápido, pero la expresión de su rostro denotaba firmeza de carácter. Hwll confiaba en que esta cualidad bastara para permitirle abrirse camino en la vida. La niña, Vata, era una criatura ágil y esbelta, como un cervatillo. Tenía un aspecto delicado, pero Hwll sospechaba que era más fuerte que su hermano.
El quinto día alcanzaron su primer objetivo: la sierra.
Ésta se alzaba imponente sobre la tundra, una gigantesca carretera natural de varios centenares de metros de altura, que se extendía a lo largo de más de 300 kilómetros por el flanco oriental de Gran Bretaña antes de curvarse hacia el oeste y discurrir a lo largo de otros 300 kilómetros, para doblar de nuevo hacia el sur y concluir su andadura en el mar. Poco antes de desembocar en el mar, esta elevación jurásica de piedra caliza formaba en el centro de la Gran Bretaña meridional una inmensa planicie de creta, de la que surgían otras largas prominencias que se ramificaban como los tentáculos de un gigantesco pulpo. Durante los tiempos prehistóricos, e incluso con posterioridad a ellos, estas elevaciones constituían las grandes arterias por las que viajaba la gente, las gigantescas calzadas naturales creadas para el hombre por la misma Tierra.
Desde lo alto de la sierra se divisaba un panorama impresionante e incluso Akun sonrió maravillada cuando se colocó junto a Hwll para contemplar el paisaje, que se extendía unos 80 kilómetros ante sus ojos. Tras caminar un rato a lo largo de la cadena, descubrieron que en ella crecían bosquecillos y matorrales, lo que indicaba que no tendrían que descender para buscar refugio durante la noche. Pero a medida que transcurrían los días y Hwll y su pequeña familia seguían avanzando solos, a veces resultaba difícil no dejarse vencer por el desánimo. No obstante, Hwll estaba decidido a alcanzar la meta que se había propuesto. Con expresión seria, silencioso y resuelto, Hwll guió a su familia por la cordillera, tratando de imaginar las tierras meridionales donde el clima era templado y abundaba la caza. En esas ocasiones miraba a sus dos hijos y a Akun, para recordarse que por amor a ellos había emprendido esa asombrosa migración.
¡Akun, qué mujer tan extraordinaria! Hwll sintió que le embargaba una cálida emoción al mirarla. Akun tenía doce años cuando se habían conocido; formaba parte de otro grupo nómada que había llegado a la región donde las gentes de Hwll cazaban. Esos raros encuentros eran motivo de celebración, pero, ante todo, favorecían el cambio de pareja, pues esos sencillos cazadores sabían por la experiencia de siglos que debían mantener la fortaleza y salud de su linaje buscando otros cazadores con quienes procrear. Hwll era un joven y experto cazador que no tenía mujer; Akun, una bonita muchacha que acababa de rebasar la pubertad. No hubo necesidad siquiera de discutir el asunto; los dos grupos cazaban juntos y, a cambio de un pequeño pago consistente en unas puntas de flecha de lasca, el padre de Akun cedió su hija a Hwll.
Ahora ella tenía veintidós años, casi había alcanzado la mediana edad, pero era más atractiva que la mayoría de sus coetáneas, que mostraban un aspecto duro y avejentado. Akun tenía una tez más clara que Hwll; poseía una espesa melena castaña, aunque untada con grasa animal y apelmazada debido a las recientes lluvias; sus ojos tenían un singular tono castaño verdoso y sus labios, aunque a menudo agrietados debido al áspero viento, eran carnosos y sensuales. Akun conservaba la mayor parte de su dentadura, y en su rostro no se apreciaban aún los profundos surcos que un día lo asemejarían al reseco cauce de un arroyo en tiempos de sequía.
Pero era el cuerpo de Akun lo que hizo que el enérgico semblante del cazador esbozara una tierna sonrisa. Era más suave que los cuerpos rechonchos e hirsutos de otras mujeres que él conocía, pues su piel poseía una cualidad aterciopelada y lustrosa. Hwll sentía que la sangre fluía aceleradamente por sus venas cada vez que pensaba en las espléndidas y voluminosas curvas de los pechos de Akun, en el cuerpo fuerte y bien torneado de una mujer en la plenitud de la vida.
En la tundra estival se producía un momento glorioso, aunque muy breve, de menos de un mes cuando hacía calor. Durante esa época mágica, Hwll y Akun se dirigían a uno de los numerosos arroyos que surcaban el paisaje y se bañaban en las frías y relucientes aguas. Más tarde, Akun se tumbaba bajo el cálido Sol, mostrando su magnífico cuerpo, y Hwll, en un rapto de gozo al contemplarla e impulsado por la potencia de su virilidad, se arrojaba sobre ella. Ella reía, una risa profunda y grave que parecía brotar de la misma tierra, y alzaba lánguidamente su boca amplia y sensual hacia la de él.
Era realmente una mujer maravillosa. Poseía un instinto infalible para hallar las nueces y los arándanos más jugosos; era muy hábil a la hora de confeccionar unas redes de pescar. Quizá, confiaba Hwll, pudieran tener otro hijo varón, pero no en la tundra, sino en las tierras cálidas.
Habían transcurrido veinte días desde que Hwll y su familia descendieran de la altiplanicie y se encaminaran hacia el este. El terreno era llano y la vegetación más abundante. Junto a los arroyos crecían los bosques; la brisa agitaba los largos tallos de los arbustos y la hierba. Hwll observó satisfecho esos cambios; pero soplaba un ligero viento del este y seguía haciendo frío.
Hwll no se equivocaba con respecto a los niños. Aunque Vata estaba muy delgada, tenía la carita chupada y caminaba con la cabeza inclinada, no se daba por vencida. En cambio, el niño empezaba a preocuparle. Durante tres días no se había quitado el pulgar de la boca, lo cual era una mala señal. En dos ocasiones, el día anterior, se había parado en seco, negándose a continuar. Tanto Hwll como Akun sabían lo que debían hacer: si cedían una vez, el chico quebraría el ritmo que debían mantener durante el viaje. No podían dejar que se hiciera el remolón. Así pues, lo habían dejado ahí plantado, observando cómo se alejaban sus padres. Fue Vata quien por fin dio media vuelta y obligó a su hermano a seguirles; cuando éste alcanzó a sus padres tenía los ojos llenos de lágrimas. Durante el resto del día se negó incluso a mirarlos. Pero no volvió a quedarse rezagado.
Aquella noche acamparon bajo unos árboles, y Hwll pescó dos peces en el arroyo. Akun se sentó frente a él, al otro lado de la pequeña hoguera que habían encendido; los dos niños se acurrucaron junto a ella.
—¿Cuánto falta para llegar al bosque? —preguntó Akun. Durante los veinte días que habían transcurrido desde su partida no había hecho ningún comentario sobre el viaje al que se había opuesto con vehemencia. Había dedicado todos sus esfuerzos a mantener vivos a sus hijos y se alegraba del silencio que se había instaurado entre Hwll y ella, aunque éste sabía que era una forma de protesta. Quizá la pregunta de Akun significaba que se disponía a dar rienda suelta a su cólera, según pensó Hwll, pero su rostro permanecía impávido. De todos modos Hwll estaba demasiado cansado para preocuparse de esas cosas.
—Creo que seis jornadas de viaje —respondió, y se quedó dormido.
Transcurrieron cinco días. Llegaron a otra elevación y la atravesaron. Había muchos arroyos que cruzar; en algunas zonas el terreno era pantanoso, cosa que entorpecía su marcha. Pero Hwll se sentía fascinado por el cambio paulatino que había experimentado el paisaje. Pese a lo inhóspito de la llanura, ésta contenía más vegetación que la tundra, y aunque aparecía desierta, los animales no escaseaban tanto como en el norte. Los niños apenas repararon en el cambio, pues ahora también el chico estaba demasiado aturdido para protestar. Ya no llevaba el pulgar metido en la boca, sino que él y Vata avanzaban como autómatas, con la mirada fija en el infinito, como en un ensueño, mientras que Akun caminaba junto a ellos con paso firme. Pero avanzaban a buen ritmo y Hwll no les permitió que recorrieran más de quince o veinte kilómetros al día, a fin de que conservaran las últimas reservas de sus fuerzas.
—Pronto divisaréis el inmenso bosque —les prometió.
Y cada día, para animarlos, Hwll repetía lo que su padre le había dicho:
—Contiene muchas clases distintas de árboles, y numerosos animales salvajes, y extrañas aves y animalillos como no habéis visto jamás. Es un lugar fantástico.
Su mujer y sus hijos le escuchaban y luego seguían avanzando con la vista fija ante sí, y Hwll rezaba a la diosa de la Luna, la que velaba por todos los cazadores, para que su información fuera correcta.
El sexto día ocurrió un desastre. Se produjo de forma inesperada, como jamás pudo haber previsto el cazador.
Hwll se despertó con las primeras luces de un día despejado y frío. Akun y los niños, envueltos en pieles y acurrucados junto a unos arbustos, aún dormían. Hwll se levantó, olfateó el aire y observó el este, por donde se alzaba un pálido Sol. De inmediato su instinto le advirtió de que algo andaba mal.
Pero ¿qué? Al principio Hwll pensó que sería algo relacionado con el aire, pues notaba en él una cualidad extraña y pegajosa. Luego pensó que se trataba de otra cosa y se puso alerta con el ceño fruncido. Al cabo de unos momentos lo percibió.
Era un sonido muy tenue, tan tenue que sólo un avezado cazador como Hwll, que detectaba la presencia de un búfalo a cinco kilómetros de distancia al aplicar el oído al suelo, era capaz de percibirlo. Lo que oyó ahora, y lo que le había turbado en sueños durante toda la noche, era un murmullo casi inapreciable, un rumor en la tierra, hacia el este. Hwll aplicó el oído al suelo y permaneció inmóvil unos instantes. Era un sonido inconfundible: en ocasiones apenas era más que un silbido, pero iba acompañado por otros sonidos semejantes a chasquidos y crujidos, como si unos objetos de gran tamaño chocaran entre sí. Hwll arrugó de nuevo el entrecejo. Fuera lo que fuese, ese sonido no lo producía un animal; ni siquiera una manada de bisontes o caballos salvajes podía generar ese temblor de tierra. Hwll meneó la cabeza, perplejo.
Al cabo de un rato se incorporó.
—El aire —murmuró. Era innegable que el aire poseía una curiosa cualidad. Entonces Hwll comprendió de qué se trataba. La leve brisa olía a sal.
Pero ¿por qué olía el aire a sal, cuando estaban próximos al inmenso bosque? ¿Y qué era el extraño sonido que él había detectado? Hwll despertó a Akun.
—Presiento algo malo —le dijo—. Debo ir a comprobar de qué se trata. Esperadme aquí.
Hwll anduvo toda la mañana hacia el este a paso ligero. Al mediodía había recorrido veinticinco kilómetros y aquellos sonidos lejanos adquirían mayor intensidad. En más de una ocasión Hwll oyó un fuerte chasquido, seguido de un murmullo que no presagiaba nada bueno. Al llegar a un pequeño cerro y subir a su cima el cazador se quedó horrorizado.
Ante él, en lugar de un bosque vio agua.
No era un arroyo, ni un río, sino una extensión de agua que parecía no tener fin. ¡El mar! Y el mar se movía, al tiempo que numerosos témpanos de hielo se deslizaban hacia el sur. Hwll no daba crédito a sus ojos.
Pequeños témpanos de hielo chocaban contra las orillas cubiertas de vegetación y azotadas por un rizado oleaje. Éste era el silbido que había percibido Hwll. El cazador divisó a lo lejos las copas de gigantescos árboles que asomaban a través del agua; de vez en cuando un pequeño iceberg se estrellaba contra ellos, haciendo que se partieran los troncos. Ésos eran los extraños chasquidos y crujidos que habían desconcertado a Hwll.
Frente a él se hallaba la linde del inmenso bosque que andaba buscando; pero también se extendía un nuevo mar, que fluía inexorablemente hacia el sur forjando un profundo canal y arrastrando a su paso tierra, piedras y árboles.
Hwll había visto los ríos repletos de témpanos de hielo en primavera, y dedujo acertadamente que en el norte debía de haberse producido un nuevo y gigantesco deshielo. Fuera cual fuese la causa de aquella riada de agua y hielo, la implicación era terrible. El bosque que Hwll se había propuesto atravesar estaba sumergido bajo el mar. Quizá lo estuvieran también las lejanas llanuras y las cálidas tierras del sur. No había modo de saberlo. Pero una cosa era cierta: ni él ni su familia podían atravesar esta región. Su ambicioso plan se había venido abajo; todos los esfuerzos que habían realizado durante el largo trayecto habían sido inútiles. El agua les cortaba el paso a las tierras situadas hacia el este, suponiendo que aún existieran.
Con un breve gesto de desesperación, Hwll se sentó en el suelo y contempló la escena que tenía ante él, tratando de poner sus ideas en orden. Había mucho en qué pensar. ¿Cuándo había comenzado ese desastre?, se preguntó Hwll. ¿Seguiría elevándose el nivel del mar? En tal caso, era posible que las aguas engulleran también la tierra sobre la que se encontraba Hwll, e incluso la altiplanicie que había abandonado hacía seis días. Era una posibilidad terrorífica. Tal vez no quedara nada en pie, pensó Hwll. Tal vez se aproximaba el fin del mundo.
Pero Hwll era un hombre práctico. No se movió de allí en toda la tarde, y cuando el Sol se puso tomó buena nota del nivel exacto que habían alcanzado las aguas. Acto seguido se echó las pieles sobre los hombros y aguardó a que se hiciera de día.
Durante toda la noche el cazador meditó sobre las gigantescas fuerzas capaces de desencadenar semejante inundación; sin duda se debía a unos dioses muy poderosos. Hwll pensó con tristeza en el inmenso bosque repleto de animales que se extendía ante él bajo las oscuras aguas. Por razones que él no se explicaba se sintió profundamente conmovido.
Por la mañana, Hwll no detectó un ascenso en el nivel de las aguas. Pero no se movió. Armándose de paciencia decidió permanecer allí otro día y otra noche, observando minuciosamente la gran inundación. Durante ese día observó que se formaba una pequeña marea, y tomó nota de sus altos y bajos. Luego, durante el resto de la noche, el cazador permaneció sentado a la orilla del agua, despierto, olfateando el aire salado del mar y escuchando en aquel vasto desierto los silbidos, chasquidos y lamentos que marcaban el lento declinar del período glacial.
La mañana del segundo día, Hwll se sintió satisfecho de lo que había observado. Si las aguas seguían subiendo, lo hacían de forma lenta, y a menos que se produjera otra inundación, tendría tiempo de conducir a su familia a un terreno elevado donde estuvieran a salvo.
Hwll se levantó despacio, pues tenía los músculos entumecidos, y regresó junto a Akun. El tenaz cazador había comenzado a forjar nuevos planes.
Lo que Hwll había presenciado era la creación de la isla de Gran Bretaña. El inmenso bosque que se había propuesto atravesar se extendía sobre lo que ahora se conoce como Dogger Bank, en el Mar del Norte. Durante un breve período —probablemente en el transcurso de unas pocas generaciones—, los innumerables témpanos desgajados de la capa de hielo en el norte habían invadido en su azarosa ruta a través del mar septentrional la llanura que unía Gran Bretaña a Eurasia. Alrededor de esa época —la cronología es dudosa— las aguas habían atravesado también el puente terrestre que salvaba el estrecho de Dover y que constituía el extremo sureste de otra de las cadenas cretáceas de Gran Bretaña. El territorio que los antepasados de Hwll habían atravesado había desaparecido por completo, y durante su corta existencia el cazador no había vivido en una península de Eurasia, sino en una isla nueva. La inundación ártica había dado origen a Gran Bretaña, y durante el resto de la historia sus gentes vivirían aisladas, protegidas del mundo exterior por el indómito mar.
Cuando Hwll llegó junto a Akun le explicó escuetamente lo ocurrido.
—¿Quieres que regresemos? —preguntó ella.
Hwll movió la cabeza.
—No —respondió.
Habían recorrido una gran distancia y no deseaba volver sobre sus pasos. Por otra parte, Hwll creía que era posible que en el sur existiera una región elevada que el mar no hubiera logrado engullir. Quizás hallaran la forma de llegar hasta allí.
—Nos dirigiremos hacia el sur por la costa —dijo Hwll—. Tal vez exista otro camino a través del mar.
Akun lo miró enojada. Hwll comprendió que su mujer estaba a punto de rebelarse. Vata aparecía demacrada, pero el aspecto del niño todavía preocupó más a Hwll. No sólo se le veía exhausto sino distante, ajeno a todo lo que le rodeaba.
—Va a dejarnos —dijo Akun simplemente.
Hwll sabía que era cierto. El niño había perdido su energía; si ellos no conseguían que recobrara pronto las fuerzas, moriría sin remedio. No era el primer caso que veía el cazador.
Akun estrechó a sus hijos contra su pecho. Los niños se aferraron a ella en silencio, sin apenas darse cuenta de la situación en que se hallaban, consolándose con el calor de su madre y el olor rancio pero tranquilizador de las pieles con que ésta se cubría. Hwll se compadeció de ellos, pero no podían volver atrás.
—Debemos seguir adelante —dijo. No estaba dispuesto a rendirse.
El viaje se les antojó interminable. Hacia el este no vieron otra cosa que las embravecidas aguas del mar. Pero al cabo de diez días Hwll advirtió un cambio que le infundió nuevas esperanzas. Habían abandonado la tundra.
Se encontraron con ciénagas y grandes bosques. Aparecieron unos árboles que jamás habían visto: olmos, alisos, fresnos y robles, abedules e incluso pinos. El cazador y su familia los examinaron uno por uno. Olfatearon los pinos, cuyo aroma les llamó particularmente la atención, así como la pegajosa resina que emanaba de su suave corteza. Junto al agua crecían lozanos juncos, y vieron grandes matas de hierba verde y frondosa. Observaron el rastro de animales; una mañana, cuando Hwll capturaba peces en un arroyo, los niños se acercaron y lo condujeron en silencio unos diez metros río arriba. Allí, frente a él, Hwll vio a dos animales de cuerpo alargado y sedoso pelo castaño que jugaban en la orilla del río. Ni él ni sus hijos habían visto nunca castores y por primera vez en muchos meses los viajeros sonrieron complacidos. Pero esa misma noche oyeron otro sonido —el siniestro y escalofriante aullar de los lobos en el bosque— y, asustados, se apretujaron unos junto a otros.
La curiosa paradoja, que Hwll no podía en modo alguno comprender, era que la inundación que le había impedido acceder a las tierras del sur formaba parte de un proceso que le procuraba el calor que él buscaba, precisamente allí, en el lugar donde se encontraba. A medida que el agua del mar, alimentada por el deshielo del lejano norte, subía de nivel, también ascendía la temperatura de Gran Bretaña, y seguiría haciéndolo durante otros cuatro mil años. La tundra de la que provenía Hwll iba desplazándose hacia el norte al tiempo que el hielo retrocedía; y pasadas varias generaciones, a quinientos kilómetros hacia el sur la temperatura se tornó notablemente más cálida. Hwll no se vio obligado a cruzar el bosque del este para llegar a las cálidas tierras meridionales de la nueva isla de Gran Bretaña.
Pese a todo, no estaba dispuesto a abandonar todavía su búsqueda de las fabulosas tierras del sur, donde estaba convencido de hallar refugio.
Al día siguiente, Hwll cometió un error. Después de haber caminado toda la mañana se topó con una amplia extensión de agua que le interceptaba el paso, al otro lado de la cual divisó tierra. Obsesionado con las regiones del sur, el cazador dijo:
—Es el mar meridional.
Pero Akun movió la cabeza en sentido negativo.
—Creo que es un río —contestó.
Y no se equivocaba. Habían llegado al estuario del Támesis.
Remontaron el curso del río durante dos días y lo atravesaron sin mayores dificultades a bordo de una pequeña balsa que construyeron. Luego, Hwll condujo de nuevo a su pequeña familia hacia el sureste.
—Si existe un camino —dijo Hwll—, creo que debe de partir de aquí.
Si el territorio que unía a Dover con Francia no hubiera sido devorado por las aguas, Hwll habría estado en lo cierto, pues seis días más tarde alcanzaron los acantilados calizos del extremo sureste de la isla.
Esta vez vieron lo que andaban buscando: sobre el horizonte asomaba con toda claridad la silueta de la grisácea costa del continente europeo. Estaba allí: pero era inalcanzable. Hwll y Akun contemplaron en silencio la otra orilla del Canal de la Mancha. A sus pies se abría un abismo rodeado de riscos cretácicos cortados a pico de más de cincuenta metros de altura, en cuya base las turbulentas aguas del canal batían contra la costa.
—Esta vez estoy seguro… —dijo Hwll.
Akun asintió. Las lejanas costas eran la senda que conducía a las tierras cálidas del sur; y las agitadas aguas que veían a sus pies eran el motivo por el que jamás las alcanzarían. Los riscos sobre los que se hallaban habían formado parte antiguamente de un macizo montañoso que atravesaba el mar, pero las aguas lo habían excavado mientras fluían hacia el sur y el oeste, hacia el embudo que constituía el estrecho de Dover.
—Podríamos atravesarlo con una balsa —dijo Hwll esperanzado, aunque sabía que no lo conseguirían. Aquel mar embravecido les destrozaría junto con la balsa que construyeran; pues ante ellos se extendía uno de los pasos marítimos más traicioneros de Europa.
Su plan había fracasado. Hwll se sintió derrotado. Fue Akun quien habló entonces.
—No podemos dirigirnos hacia el sur —declaró sin ambages—. Y no podemos cazar solos. Debemos buscar a otros cazadores.
Era cierto. Y sin embargo… Hwll frunció los labios. Pese a sentirse derrotado, su mente había comenzado a fraguar nuevos proyectos. Habían descendido por la costa oriental y él sabía con certeza que en esa dirección el agua les interceptaba el paso. Pero ¿era posible que hacia el oeste existiera un puente terrestre que les condujera al otro lado? Aunque Hwll no tenía motivos para creerlo así, el persistente cazador pese a la situación se negaba a darse por vencido. Y si no encontraban un puente terrestre en el oeste quizás hallaran cuando menos a un grupo de cazadores. En último caso, estaba decidido a buscar una región elevada que les ofreciera seguridad. Si se producía otra inundación, ¿quién sabía la porción de tierra que engulliría? Hwll no quería que las desbordadas aguas del mar le pillaran en esas tierras bajas; quería huir a las montañas.
—Trataremos de dirigirnos hacia el oeste —anunció.
Por espacio de otros veinte días avanzaron sistemáticamente hacia occidente a lo largo de unos cerros de creta y grava, escuchando siempre el rumor del mar a su izquierda. Al anochecer del segundo día la lejana costa desapareció en el horizonte. No volvieron a avistarla. Al dirigir la vista tierra adentro Hwll alcanzaba a divisar en ocasiones una serie de colinas y cerros ubicados en sentido paralelo a la costa.
Los rasgos fundamentales de la geografía de la Gran Bretaña prehistórica que Hwll iba descubriendo eran sencillos, y han regido desde entonces buena parte de la historia de Gran Bretaña. Hacia el norte se encontraba el hielo y las montañas; hacia el sur, el mar; y en las fértiles tierras situadas entremedio, la vasta red de serranías que dividía el país en tierras altas y bajas. El sur de Gran Bretaña, que Hwll y su familia atravesaban en aquellos momentos, estaba compuesto de tres elementos principales: agua, terreno aluvial y creta, esta última en forma de onduladas colinas calizas salpicadas de árboles; y en el terreno aluvial, más bajo, se extendían grandes y cálidos bosques y ciénagas.
Akun pidió varias veces a Hwll que se detuvieran para acampar unos días. Pero él se negó sistemáticamente.
—Todavía no —contestaba—. Debemos hallar otros cazadores antes de que termine el verano. —Y siguieron avanzando.
Por fin vieron signos esperanzadores: unas huellas que indicaban que varios cazadores habían pasado por allí no hacía mucho. En dos ocasiones, al llegar a un claro entre los árboles hallaron restos de fogatas. Otra vez encontraron un arco partido.
—No tardaremos en dar con ellos —prometió Hwll a su mujer.
Al término de tres semanas vieron algo que confirmó los temores de Hwll y marcó el rumbo de la última etapa del viaje. Se trataba del estuario de un inmenso río cuyas turbulentas aguas fluían hacia el este. Era evidente que si querían remontar su curso debían dirigirse tierra adentro. En aquel lugar, el río discurría casi paralelo a la costa y mientras avanzaban por la ribera seguían divisando la silueta de los acantilados a unos kilómetros de distancia hacia el sur.
Más tarde, aquel mismo día, Hwll vio lo que había temido: a unos nueve o diez kilómetros hacia el sur, la línea de los acantilados se quebraba. El mar la había destruido, formando un barrancal, y luego había inundado una gran parte del terreno bajo emplazado entre el litoral y el río. Hwll lo miró preocupado.
—Como ves —le explicó a Akun—, el mar ha penetrado a través de los acantilados. Irrumpe por todas partes. El mar no sólo nos ha interceptado el paso, sino que creo que irá erosionando las colinas y acabará engullendo todo el terreno. Por esta razón debemos buscar una región más elevada.
Hwll estaba en lo cierto. Durante los siglos venideros, el mar irrumpiría de nuevo una y otra vez, inundando las zonas costeras y erosionando las rocas cretácicas. Todo el litoral cretácico del sur de la isla de Gran Bretaña desaparecería bajo las olas, y muchos kilómetros de tierra quedarían anegados. El caudaloso río Solent, en cuyos márgenes se encontraban Hwll y su familia, desaparecería por completo en el mar, y lo único que quedaría de esta primitiva costa cretácica sería un pedazo de tierra en forma de rombo, ubicado frente a la costa meridional, llamado isla de Wight.
—Pero primero debemos acampar —le recordó Akun—. Los niños no pueden continuar.
—Nos detendremos pronto —respondió Hwll, aunque comprendió que ella tenía razón. Vata ya ni siquiera abría los ojos mientras caminaba. El niño había caído tres veces al suelo aquella mañana.
Hwll cogió a su hijo en brazos y lo sentó sobre sus hombros.
—Pronto nos detendremos —prometió de nuevo a Akun.
Con la mirada fija en el oeste, donde se ponía el Sol, la pequeña familia se dirigió tierra adentro y Hwll empezó a buscar un lugar adecuado donde acampar.
Al día siguiente descubrió el lago.
Lo que atrajo su atención en primer lugar fue una pequeña colina situada a unos ocho kilómetros tierra adentro. Parecía un lugar apropiado para acampar por lo menos una noche, pues desde allí él podría examinar el terreno. Pero cuando llegaron allí Hwll comprobó con sorpresa y alegría que a los pies de la colina se ocultaba un lago poco profundo que medía aproximadamente un kilómetro de ancho. En su extremo oriental se abría un cauce por el que el agua fluía hacia el mar. Hwll rodeó las orillas del lago y observó que éste se alimentaba de dos ríos que procedían del norte y del oeste, y que en su extremo norte se extendía una ciénaga.
El lago, situado al abrigo de la colina, estaba liso como un espejo; en el aire flotaba un grato aroma a helechos, lodo y juncos. Una garza alzó el vuelo sobre la líquida superficie y se oyeron chillidos de gaviotas. En aquel ambiente cálido, Hwll no tardó en construir una balsa y en ella cruzó las aguas del lago.
Al regresar a la cima de la colina el cazador dirigió la vista tierra adentro y divisó unas lomas cubiertas de vegetación que se sucedían unas a otras hasta el horizonte. Hwll se volvió hacia Akun y dijo señalando con el dedo:
—Debemos dirigirnos allí.
Quedaban dos meses de verano. Era evidente que antes de ponerse en camino debían descansar y recobrar las fuerzas en las riberas del lago.
—Nos quedaremos aquí diez días —dijo Hwll—. Luego iremos hacia el interior.
Emitiendo un suspiro de alivio, Akun y los niños comenzaron a descender la colina para instalarse junto al pequeño lago.
Era un sitio encantador, y Hwll descubrió con alegría que en él abundaba la caza. La colina rodeaba el agua como un brazo protector, y en aquel paraje habitaban unos animales como él jamás había visto: había cisnes, un par de garzas e incluso unos pelícanos que se paseaban por la orilla. Más allá de la ciénaga el suelo era de turba y estaba cubierto de brezos, y una mañana vieron una manada de caballos salvajes atravesar al galope el brezal antes de desaparecer entre las pequeñas y frondosas lomas ubicadas al norte. En los ríos Hwll pescó truchas y salmones; un día incluso atravesó el Solent en la balsa y alcanzó las charcas rodeadas de rocas junto al mar, donde cogió gran cantidad de cangrejos y almejas que aquella noche asaron sobre las brasas.
Los niños empezaban a recuperar las fuerzas. Hwll sonrió una mañana al ver a Vata corriendo por la orilla del lago perseguida por su hermano.
—Podríamos pasar el invierno aquí —dijo Akun—. La comida abunda.
Era cierto; podían construir una choza en la que pasar el invierno al abrigo de la colina. Pero Hwll meneó la cabeza.
—Debemos proseguir —contestó—. Debemos hallar un terreno elevado.
Nada podía eliminar el temor que le inspiraba la terrible fuerza del mar.
—Nos matarás —replicó Akun enojada. Pero se dispuso a reemprender la marcha.
El fin del extraordinario viaje de Hwll estaba más próximo de lo que él imaginaba. Pero no lo realizaría solo.
Antes de abandonar el lago, Hwll decidió explorar el terreno situado al norte, de modo que una mañana se dirigió río arriba por la ribera, hacia la primera de las lomas que había divisado desde la colina. En la orilla crecían algunos árboles y matorrales, y el río, que medía tan sólo diez metros de ancho, se deslizaba suavemente. Por entre los juncos aparecían de vez en cuando unas aves pescadoras; la vegetación acuática agitaba sus largos y verdes tallos sobre la corriente y Hwll vio grandes y hermosos peces que se detenían en silencio justo debajo de la superficie. El cazador había seguido el curso del río a lo largo de unos ocho kilómetros cuando, ante su estupor, se topó con un campamento.
Estaba situado en un pequeño claro junto a la orilla. Consistía en dos chozas hechas con barro, ramas secas y cañas. Sus empinados tejados estaban cubiertos con tierra y las chozas parecían brotar del suelo como extraños champiñones. Amarrada en la orilla del río había una canoa.
Atónito, Hwll se detuvo. No vio ningún fuego, pero creyó detectar un olor a humo, como si acabaran de apagar una hoguera. El campamento parecía desierto. Con cautela, Hwll avanzó hacia una de las chozas. Y de pronto se percató de la presencia de un hombre de pequeña estatura, con los ojos muy juntos y la espalda encorvada que le observaba fijamente desde su escondite entre las cañas, a unos quince metros. Sostenía un arco y una flecha que apuntaba directamente al corazón de Hwll. Ninguno de los dos hombres se movió.
Tep, el dueño del campamento, venía observando a Hwll desde hacía un rato. Como precaución, había ocultado a su familia en el bosque antes de ocupar su puesto de observación; y aunque podía haber matado a Hwll, había decidido observar sus movimientos. Quién sabe, quizás el extraño le resultara útil.
Tal como Hwll no tardaría en descubrir, Tep era un cazador prudente y astuto; pero aparte de esos dos atributos, no poseía ninguna cualidad que redimiera su mal carácter.
Su rostro era parecido al de una rata, con los ojos pequeños y juntos, la nariz larga, la barbilla puntiaguda, los dientes afilados, el pelo de un curioso color zanahoria. Caminaba arrastrando los pies y había heredado un rasgo muy peculiar: tenía los dedos de los pies tan largos que incluso podía agarrar con ellos objetos menudos. Era mezquino, cruel sin que le provocaran y de poco fiar. Hacía un tiempo, él y su familia habían vivido con un grupo de cazadores en un lugar emplazado a veinticinco kilómetros al nordeste del lago; pero a raíz de una furiosa pelea a propósito del reparto de carne después de haber cazado una presa —cuando Tep había tratado palpablemente de estafar a sus compañeros—, los demás cazadores le habían expulsado del campamento. Tep era un paria en aquella región y pocas de las personas que habitaban en ella querían tener tratos con él. Pero Hwll no sabía nada de esto.
Hwll hizo una señal para demostrar que venía en son de paz. Tep no bajó el arco, pero asintió con la cabeza para indicar al otro que hablara.
Durante los siguientes minutos ambos hombres comprobaron que aunque hablaban dialectos distintos, se hacían comprender con ayuda del lenguaje de signos y Hwll, deseoso de conseguir ayuda, relató al curioso personaje su odisea.
—¿Estás solo? —inquirió Tep con recelo.
—Tengo mujer y dos hijos —respondió Hwll.
Lentamente, Tep depuso sus armas.
—Camina delante de mí —ordenó a Hwll—. Iré a comprobarlo.
Al final del día, Tep había examinado concienzudamente a los recién llegados y había decidido que le convenía trabar amistad con el extraño del norte. Él tenía un hijo que un día necesitaría una mujer; quizá pudiera unirlo a la hija de Hwll.
Cuando Tep comprendió que Hwll buscaba una región elevada donde afincarse, su mirada calculadora se iluminó.
—Conozco un lugar como el que andas buscando —aseguró a Hwll—. Está lleno de valles, de animales, pero sobre los valles hay unas tierras altas —dijo indicando con la mano una gran altura—, situadas a muchas jornadas de viaje.
—¿Dónde? —preguntó Hwll.
Tep lo miró con expresión pensativa.
—Está lejos —repuso al cabo de unos instantes—, y el camino es difícil, pero puedo guiarte. —Tep se detuvo—. Quédate aquí unos días para cazar conmigo —sugirió—, y luego te conduciré hasta allí.
Aunque Hwll no estaba seguro de poder fiarse de aquel hombrecillo, ningún cazador podía rechazar la oferta que éste le había hecho; después de tantos días de soledad, Hwll se alegraba de haber encontrado a un compañero.
—Debo llegar a las tierras altas antes del invierno —dijo Hwll.
—Te prometo que lo conseguirás —respondió Tep.
Así comenzó la curiosa relación entre el cazador de la tundra y el cazador de los bosques del sur. Tep tenía cuatro hijos. Su primera mujer había muerto, de modo que él se había trasladado al oeste y había robado otra mujer, en realidad poco más que una niña, a un grupo de cazadores. La joven se llamaba Ulla y dos de los hijos eran suyos. Tenía el rostro redondo, unos ojos grandes y castaños que mostraban una perpetua expresión de temor y el cuerpo flaco. Todos los niños se parecían a su padre; tenían los dedos de los pies largos como él, les gustaba corretear por el bosque y atrapar pequeños animales con una feroz habilidad que resultaba aterradora.
Tep se había propuesto lograr por todos los medios que Hwll y su familia se quedaran con él al menos hasta que Hwll se comprometiera a entregarle a su hija para unirla a uno de sus hijos. Con todo, pese a que las miras de Tep eran interesadas, su compañía no dejaba de tener ciertas ventajas para los recién llegados. Mientras Hwll construía su campamento en el claro, Tep le enseñó los mejores lugares para pescar. Un día lo condujo a unos kilómetros hacia el oeste, por la costa, y mostró al cazador del norte algo que éste jamás había contemplado: una colonia de ostras. Al cabo de unos días Tep enseñó a Hwll y a sus hijos a sumergirse en el mar para coger ostras, arrancándolas de las rocas con un cuchillo; el hijo de Hwll demostró tal pericia que decidieron llamarlo Otter (nutria), como esos animalillos que pasan muchas horas bajo el agua, y el niño se quedó con ese nombre. Aquella noche las dos familias lo celebraron junto al lago con un festín compuesto de truchas, almejas y ostras, que se tragaron enteras, mientras el reflejo de las estrellas resplandecía sobre las límpidas aguas. La familia procedente de la tundra nunca había comido tan bien, y Akun preguntó de nuevo a su hombre:
—¿Por qué no nos quedamos aquí?
Pero Hwll estaba impaciente por reemprender el viaje y al día siguiente recordó a Tep su promesa de conducirle a las tierras altas; de nuevo, el astuto cazador del sur trató de ganar tiempo.
—Primero cazaremos juntos —propuso—. Cuando hayamos matado un ciervo, te conduciré a las tierras altas.
Hwll no quería demorar más tiempo la partida; sin embargo al fin accedió al plan propuesto por Tep.
—Pero después de cazar contigo, debo hallar las tierras altas antes de que llegue el invierno —insistió.
—Te lo prometo —le aseguró Tep—. Cazaremos cuando haya Luna llena.
Existía otra razón por la cual Hwll accedió a postergar el viaje. A pesar de su habilidad para cazar en la tundra, comprendía con claridad que en estos bosques meridionales Tep le llevaba ventaja.
En los espacios abiertos de la tundra, donde los animales escaseaban, los hombres cazaban en grupos y perseguían a su presa durante días hasta que ésta caía rendida y era fácil capturarla. Pero Tep cazaba solo, en unos bosques donde habitaba una gran variedad de animales. Todos ellos, los corzos, los ágiles caballos salvajes, las liebres, las perdices pardillas, los cisnes y las ocas eran unas presas fáciles. Los jabalíes eran más peligrosos, así como los osos pardos. Había también animales que, como los hombres, cazaban para alimentarse: el turón, el zorro, el lobo, el tejón, el armiño y la comadreja. En los bordes de los claros crecían moras y enebrinas. Había multitud de champiñones y hierbas. El hombrecillo con el rostro estrecho y la espalda encorvada conocía todos estos animales y plantas. Sabía qué era comestible y dónde se encontraba.
Asimismo, sus armas eran más variadas. En la tundra Hwll portaba una lanza y un arco y una flecha. Las puntas eran de sílex, dentadas y afiladas como una navaja, ligadas al mango con bramante. Pero las armas de Tep eran más pulidas y disponían de numerosas cabezas —cada una de ellas destinada a un animal distinto—. Eran más lisas, por lo general terminaban en varios filos biselados en lugar de en una púa. En las flechas, las puntas iban encajadas en una muesca practicada en el astil, y las astas de las lanzas estaban dotadas de un orificio en el que la punta se insertaba. El arpón que utilizaba Tep para capturar peces estaba provisto de púas para que el pez no se escabullera; ante todo Hwll admiraba las finas y delicadas lanzas que empleaba Tep para cazar zorros de forma que la piel del animal no sufriera ningún daño.
Éstas no eran las únicas diferencias entre ambos cazadores. Las ropas de Tep aventajaban a las de Hwll, porque eran ceñidas y estaban cosidas con bramante hecho de tripas de animal. Vestía un jubón de cuero y un taparrabos en verano, a lo que añadía unas polainas largas en invierno. Pero también se vestía como un zorro, o un ciervo, luciendo la cabeza del animal sobre el rostro para completar el camuflaje. Y Ulla confeccionaba cestos de mimbre y unos recipientes de madera maravillosamente tallados, superiores a todo cuanto Akun era capaz de confeccionar.
Pues aunque él no lo sabía, Hwll era uno de los últimos de su especie. En todo el hemisferio norte, los cazadores del Paleolítico, los nómadas de la tundra, iban siendo paulatinamente desplazados a medida que los cálidos bosques avanzaban hacia el norte y unos cazadores más sofisticados del Mesolítico, como Tep, se adueñaban de la tierra.
Transcurrieron varios días mientras aguardaban la Luna llena, y Hwll se afanó en aprovechar este período. Tep le enseñó a fabricar armas más eficaces y a instalar ingeniosas trampas en el bosque, mientras que Ulla enseñó a Akun a tejer cestos. Entre las dos familias se instauró algo parecido a la amistad, y Hwll se vio obligado a reconocer que, hasta el momento, el hecho de haberlos conocido no le había representado sino ventajas.
Cada noche, cuando se detenían junto al río, o junto al lago, los dos hombres observaban cómo la Luna, la diosa de todos los cazadores, aumentaba de tamaño y adquiría un aspecto más espléndido. Ambos reverenciaban a esta diosa plateada más que a ningún otro dios, porque los animales modificaban su conducta de acuerdo con sus fases, y los hombres cazaban durante las largas noches gracias a su luz.
Cuando por fin apareció la Luna llena en el cielo, Tep y Hwll comprendieron que había llegado la víspera del día en que partirían de caza; era el momento de prepararse y de llevar a cabo los ritos necesarios en honor de la diosa.
Encendieron una hoguera en la orilla del lago protegida por la colina. Cuando la Luna se alzó sobre el lago en el cielo nocturno, su resplandor se reflejó en las aguas.
—Ha venido a beber —dijo Tep, y mientras contemplaban el disco plateado que brillaba sobre el lago, daba efectivamente la impresión de que la Luna se había sumergido en el agua para beber.
Mientras los niños atizaban el fuego, los dos hombres realizaron un curioso pero importante rito. Sosteniendo sobre su cabeza las astas de un ciervo que había cazado el año anterior, Tep bailó lentamente alrededor de la hoguera, imitando con exactitud el delicado caminar del ciervo, sus pausas, sus movimientos bruscos y nerviosos cuando volvía la cabeza en busca de signos de peligro. Mientras Tep representaba a la perfección el papel del ciervo, y los niños lo miraban maravillados, Hwll le perseguía alrededor del fuego, con infinita cautela, como haría el día siguiente cuando comenzara la caza. Con meticulosa precisión, los hombres ensayaron cada detalle de la caza, cómo hallarían el rastro del ciervo, cómo lo perseguirían y le darían muerte, mientras que las mujeres y los niños observaban cada uno de sus gestos con gran atención. Este rito no era sólo el medio que utilizaban los cazadores para instruir a sus hijos en el arte de la caza. Era un ensayo, un rito mágico que realizaban ante la diosa Luna, con el fin de darle a conocer sus deseos y de que ésta les proporcionara al día siguiente una presa a la que cazar.
Tep, el cazador, representó su papel tan brillantemente que parecía haberse convertido realmente en un ciervo, asumiendo el alma del animal y sacrificándose a la voluntad del cazador. Cuando salieran a cazar al día siguiente, ambos hombres sabrían que el espíritu del ciervo elegido había sido prometido a la Luna y aceptado por ésta, mientras que su cuerpo les correspondía a ellos: nada era fruto del azar. Después de llevar a cabo esta ceremonia, el pequeño grupo permaneció en silencio, consciente de que se había llevado a cabo un acto mágico, mientras las llamas crepitaban y la Luna continuaba deslizándose silenciosamente a través del firmamento.
A la mañana siguiente, unos kilómetros río arriba, Hwll y Tep, acompañados por el hijo mayor de Tep, un chico alto y delgado de diez años, hallaron y mataron a un magnífico ciervo macho. A continuación lo transportaron hasta el campamento de Tep, donde las dos mujeres lo desollaron, separaron la carne de los huesos y recogieron la sangre en una bolsa de cuero. Aquella noche celebrarían un festín, pero aun así podrían conservar buena parte de la carne, para cortarla en tiras y secarla al Sol. Entretanto, habían recogido un poco de agua del mar, y con la sal que quedara después de que se evaporase cubrirían la carne para preservarla. Gracias a sus cuidados, la carne se conservaría durante varias semanas.
Pero antes del festín, los hombres tenían que realizar una segunda e importante ceremonia. Después de haber separado la carne de los huesos, las mujeres les entregaron la piel. Dentro de ella los cazadores colocaron el corazón del ciervo, luego llenaron la piel con piedras y la cosieron. Hwll y Tep depositaron los restos del ciervo en la canoa, y cuando la Luna comenzó a salir, se pusieron a remar río abajo hacia el lago.
Ya había oscurecido cuando alcanzaron las plácidas aguas del lago; la Luna se hallaba en lo alto del cielo. En silencio, se dirigieron hacia el centro del lago y arrojaron por la borda los pesados restos del animal, que se hundieron inmediatamente.
—Ahora la Luna podrá comer además de beber —dijo Hwll en tono reverente. Luego los dos hombres dieron la vuelta a la canoa y se dirigieron río arriba, donde les aguardaba su festín.
La carne del ciervo era para ellos, pero su forma y su espíritu pertenecían a la diosa Luna que les había procurado una excelente presa.
Las dos familias comieron opíparamente aquella noche. El aroma de la suculenta carne que se asaba sobre el fuego flotaba sobre el río; y cuando Hwll miró a sus hijos, que jugaban en el suelo, y a su complacida esposa, se sintió tentado de quedarse en aquel lugar. Pero más tarde, cuando abrazó el cálido y magnífico cuerpo de Akun, dijo:
—Encontraré las tierras altas, y viviremos allí cómodos y seguros.
A la mañana siguiente Tep se acercó a Hwll con expresión solemne. Había llegado el momento de cumplir su promesa y mostrarle el camino hacia el interior; Hwll se preguntó qué treta intentaría jugarle el astuto cazador.
Tep no se anduvo con rodeos.
—Tu chica. La quiero para mi hijo —declaró—. Si me la entregas, te conduciré hasta las tierras altas.
Hwll reflexionó unos momentos. Tep había roto su promesa, pero no era un mal trato. No tardaría en llegar el día en que tuviera que entregar a su hija a un hombre, y el hijo de Tep era un buen cazador.
—Llévame allí —respondió—, y si encuentro las tierras altas que ando buscando le daré mi hija a tu chico.
Tras una oportuna pausa, Tep accedió, y al día siguiente las dos familias echaron a andar junto al río. Tep iba delante a paso lento.
Era una buena región. A lo largo de millones de años la fértil tierra aluvial había sido depositada por las aguas al retroceder sobre la amplia llanura de grava. Durante el viaje, Tep logró capturar numerosos peces: truchas, sabrosas anguilas, percas, lucios y tímalos, unos peces de delicado sabor. Tep parecía empeñado en complacer a sus nuevos amigos.
Sólo una cosa preocupaba a Hwll: avanzaban a un paso muy lento, recorriendo sólo unos pocos kilómetros al día. El verano casi había concluido. ¿Alcanzarían esas tierras antes de que llegara el invierno? Hwll se lo preguntó reiteradamente al pequeño cazador.
Pero cada vez que le formulaba esa pregunta Tep se limitaba a sonreír y a menear la cabeza.
Viajaron durante cinco días a paso de caracol, siguiendo el curso del río. El quinto día llegaron a un valle amplio y poco profundo enclavado entre colinas suavemente onduladas. Pero esas colinas no constituían una región elevada y Hwll se quedó atónito cuando Tep le informó:
—Éste es el lugar donde se unen los cinco ríos.
Entonces Hwll contempló el paisaje que se extendía ante él.
Era como si hubieran excavado el terreno para formar una inmensa cuenca cubierta de bosques y ciénagas, y rodeada de montañas por el este, el oeste y el norte. Desde donde se encontraba, Hwll observó que éstas eran muy abruptas. Hacia la derecha del sistema montañoso una frondosa colina se internaba en la enorme cuenca, y tras esa colina Hwll distinguió la cañada que conducía a uno de los numerosos valles que surcaban las tierras altas.
—Ahí hay tres valles, uno al oeste, otro al norte y otro al nordeste —explicó Tep señalando con el brazo—. Esa colina que ves guarda la entrada al valle del norte, que es el más pequeño. Éste y el valle del nordeste tienen cada uno un río, mientras que el más occidental tiene dos. Los cuatro confluyen en la cuenca grande, donde forman un meandro antes de dirigirse al oeste.
Hwll contempló el amplio recodo que formaba el río junto al centro de la cuenca, antes de fluir en dirección a ellos.
—El quinto río se les une desde el oeste, aguas arriba de este lugar —dijo Tep—. Fíjate —añadió apoyando la mano izquierda en el suelo, con la palma hacia arriba y los cinco dedos extendidos—. Es como la mano de un hombre. Nosotros estamos aquí —explicó a Hwll señalando la muñeca.
La analogía era perfecta.
—¿Y las tierras altas? —preguntó Hwll con impaciencia.
—Las tienes ante tus ojos. —Tep indicó los escarpados montes—. Una vez que hayas alcanzado la cima situada al norte, encontrarás una meseta tan extensa que tardarás varios días en atravesarla de punta a punta.
Dos horas más tarde, ambos hombres alcanzaron la cima ubicada al norte, que se alzaba unos cincuenta metros sobre el valle, y Hwll comprobó que Tep no le había mentido. El panorama era magnífico, pero lo que complació más a Hwll fue que, hacia el norte, una gigantesca meseta formada por un terreno ligeramente ondulado y boscoso se extendía hasta el horizonte. En el ancho semblante del cazador se dibujó una sonrisa. Por fin: esto era lo que él deseaba. Aunque el mar erosionara las colinas e inundara las tierras bajas que Hwll y su familia habían atravesado, jamás conseguiría irrumpir en esta dilatada meseta. Aquí estarían a salvo.
Hwll se volvió para contemplar los ríos que discurrían a través de las tierras pantanosas, y sobre cuyas aguas los cisnes se deslizaban majestuosamente.
—Me quedaré aquí —dijo Hwll.
Había hallado Sarum.
Pues la gran meseta que había alcanzado era la llanura de Salisbury, los inmensos terrenos elevados donde se encuentran todos los caminos terrestres naturales en el sur de Inglaterra. Desde estas tierras suavemente onduladas, unos largos macizos se prolongan hacia el suroeste, el este y el norte; y en esta última dirección se encuentra la escarpadura jurásica por la que Hwll y su familia habían iniciado el viaje desde la tundra. Hacia el este se extendía la sierra desde cuyo extremo más alejado Hwll había contemplado semanas atrás el estrecho de Dover, forjado por el mar. Todas esas elevaciones surcaban la isla a lo largo de centenares de kilómetros, para venir a desembocar en el inmenso núcleo central de la llanura de Salisbury.
Hwll contempló la vista, impresionado.
—Es como un mar —murmuró—. La tierra forma unos pliegues como las olas.
Hwll se habría asombrado de saber lo acertado de su comentario. Pues la geología de la llanura de Salisbury no es excesivamente compleja. Hace aproximadamente sesenta y cinco millones de años, la llanura y gran parte del sur de Gran Bretaña yacían bajo el agua, y cuando el mar retrocedió durante el período Cretácico, una capa de creta, que en algunos casos medía muchos metros de espesor y llegó a recubrir los cerros, se depositó sobre la capa más antigua de caliza jurásica, formando el suelo de la región elevada. De un tiempo a esta parte, sin embargo —aproximadamente durante los últimos dos millones de años— el viento y la lluvia de una larga serie de períodos glaciales alternados con períodos calurosos formaron un sedimento de tierra sobre la creta; y en esa tierra fértil y poco profunda era donde crecían los árboles que en esos momentos contemplaba Hwll. Ésa era la tierra de la llanura de Salisbury.
Estaba desierta. Pero Hwll no era el primer cazador que había llegado a la región. Numerosos cazadores habían convertido la meseta y los valles en su hogar a lo largo de un cuarto de millón de años, recorriendo esta vasta región, dejando pequeños indicios de su presencia —puntas de flecha, huesos de animales— en la movediza tierra, para luego desaparecer. Ellos también habían reconocido las ventajas que ofrecía ese conjunto de valles.
—El lugar es tal como lo describiste —comentó Hwll secamente a Tep. Ahora comprendía que el astuto y pequeño cazador le había engañado al decir que era una región difícil de encontrar. Él la habría hallado sin mayores complicaciones simplemente siguiendo el curso del río. No era de extrañar que Tep les hubiera conducido lentamente hacia el norte. Pero aunque éste le había engañado, había cumplido su promesa, y Hwll pensó que no merecía la pena pelearse con el único cazador con el que se había topado desde que abandonara la tundra.
—Cuando llegue el momento —dijo, refiriéndose al momento en que su hija alcanzaría la pubertad—, tu hijo puede venir a buscarla. —Y tras estas palabras, Hwll dio media vuelta y regresó al valle.
Al día siguiente, exploró a fondo la zona, prestando gran atención a la empinada colina que protegía la entrada al valle. Ésta se alzaba desde el borde de la elevación cretácica como un centinela. Desde su cima se divisaba una magnífica vista a la redonda; y a sus pies, el terreno descendía suavemente hacia el río.
—Creo que éste es el lugar —dijo Hwll a Akun, y ella asintió con la cabeza.
Así pues, construyeron su refugio en la ladera suroeste de la colina, encarada hacia el lugar donde confluían los cinco ríos. El refugio estaba adosado a la colina en una pequeña hondonada, y ante él había un pequeño terraplén, de modo que se hallaba bien protegido del viento, pero al mismo tiempo gozaba de una vista incomparable. Unos arbustos ocultaban la entrada.
Para sorpresa de Hwll, Tep no regresó a su campamento ubicado río abajo. Lo cierto era que el pequeño cazador estaba cansado de vivir como un paria y se alegraba de haber encontrado a alguien que ignoraba su nefasta reputación. De modo que al día siguiente de que Hwll hubiera decidido afincarse en la colina, Tep se acercó a él y dijo:
—Es mejor que me quede aquí contigo.
Aunque Hwll no se fiaba de él, tuvo que reconocer que era una decisión sensata.
A unos tres kilómetros, donde se unían los dos ríos occidentales, Tep y su familia construyeron sus curiosos y destartalados refugios a orillas de la corriente.
Así fue como las dos familias vinieron a ocupar Sarum, cazando en el terreno elevado y en los valles, donde los animales abundaban. Hwll no volvió a padecer hambre como en la tundra, y aunque no había logrado realizar su viaje al sur, había hallado una tierra cálida.
Así se formó una nueva comunidad de cazadores en la confluencia de los ríos. Sin embargo, no estaban solos. A unos diez kilómetros hacia el este otras dos familias instalaron también un campamento, en una boscosa ladera bordeada por un arroyo; y junto a una ciénaga, a quince kilómetros al oeste siguiendo el río donde Tep había construido sus chozas, se estableció un afable grupo de tres familias, que en el terreno pantanoso construyeron cabañas sostenidas por unos largos palos sobre el agua. Pero, por lo que sabía Hwll, hacia el norte la meseta estaba desierta.
Por aquel entonces en Gran Bretaña esto representaba una densa población, pues toda la isla contenía probablemente menos de cinco mil almas.
Sarum era un lugar portentoso. Las familias de Hwll y Tep hallaban todo el año comida suficiente en los cercanos valles sin necesidad de trasladar sus campamentos. Abundaban los corzos; en la meseta, donde la temperatura era más fresca, había caballos salvajes, alces, algunos bisontes y renos. En un par de ocasiones se encontraron con un oso pardo, cuyo característico y torpe caminar les llamó la atención; y aunque en los bosques también había lobos, por lo general evitaban tropezarse con seres humanos. Sobre las aguas del río se deslizaban cisnes, y en el fondeadero había cigüeñas, pelícanos y garzas, aunque la carne de estas últimas no era muy buena; había numerosas aves, entre ellas la sabrosa perdiz pardilla y la delicada avefría. No faltaban las nutrias, los zorros y los tejones; y a veces todas las familias que habitaban en la zona se reunían para cazar el peligroso jabalí, con sus afilados colmillos y su deliciosa carne. En las laderas de la colina Akun hallaba enebrinas, endrinos y majuelos; en los ríos Tep pescaba truchas, salmones, lucios, percas, tímalos y anguilas, Los cazadores comían una dieta muy variada.
Sin embargo aún no habían aparecido muchos animales en escena: por supuesto, no existían las ratas, aunque en los bosques sí se hallaba el ratón de campo. Tampoco había ovejas, ni cerdos domésticos ni ganado, no había faisanes y, aunque existían liebres, los conejos no aparecieron hasta que los normandos los introdujeran seis mil quinientos años más tarde.
Existían muchas clases de madera: roble, fresno, saúco, pino; estaba la arcilla; y por doquier, incrustados en la creta, había depósitos de sílex que los cazadores utilizaban para fabricar puntas de flechas. En las tierras altas, a unos kilómetros al este del valle, una cavidad en el suelo conducía a una pequeña mina natural de sílex; y cuando Hwll y Tep excavaron unos metros, hallaron una magnífica piedra que se podía tallar con facilidad.
Hwll y Akun no renunciaron por completo el estilo de vida que llevaban en los espacios abiertos de la tundra. A ninguno de los dos les gustaba la agobiante choza en la que habitaba Tep durante todo el año. En invierno Hwll y Akun practicaban un gran orificio cuadrado en la ladera y cubrían su entrada con matorrales y cañas, con el fin de preservar el calor; pero cuando llegaba la primavera, erigían su tienda en las templadas laderas sobre el valle, y alzaban las pieles que cubrían las aberturas para que la brisa ventilara su hogar con el dulce aroma de las hojas de primavera y las hierbas estivales.
Los inviernos eran largos y duros, y en el terreno elevado el viento del este podía convertirse en una ventisca tan violenta como las que habían padecido en el norte; pero con la llegada de la primavera se iniciaba una época cálida y tumultuosa muy distinta de la áspera estación invernal: los transparentes arroyos procedentes de la nieve fundida discurrían desde la cima de los cerros hasta los valles, y al pie de la colina en la que ellos habitaban las aguas del pequeño río se convertían en un embravecido torrente y las altas hierbas de sus márgenes, que por lo general se balanceaban con indolencia en la corriente, se doblaban casi remolcadas por el agua que fluía hacia el sur arrastrando consigo un gran sedimento de creta y lodo.
Pero debido justamente a que Hwll procedía de la tundra, a él le gustaba sobre todo recorrer las tierras inhóspitas y silenciosas de las cumbres. En verano, cuando hacía un día despejado, a menudo tenía la impresión de que si extendía el brazo podría tocar el cielo; y cuando llegaba el invierno y soplaba el cortante viento del este arrancando la nieve de las copas de los árboles, aquel lugar le recordaba aún más los vastos e implacables espacios abiertos de la tundra que antaño había amado.
Fue durante el verano del primer año de su estancia en la colina cuando Hwll descubrió una de las mayores bellezas de la zona. Una soleada tarde, él y Akun se dirigieron solos a las tierras altas, y a pocos kilómetros hacia el norte se encontraron con un inmenso calvero. Éste había sido creado en la ondulada ladera hacía treinta años por un grupo de cazadores que habían acampado allí durante un largo período y habían talado todos los árboles que rodeaban su campamento. En el claro crecían prímulas y delicadas arvejas; pero lo que llamó la atención de Hwll fue el extraño color azul que tenía el suelo. ¿Qué podía ser? Fue Akun quien resolvió el enigma. La joven echó a correr hacia el claro riendo y dando palmadas. De inmediato el prado azul se desvaneció ante los ojos de Hwll, y decenas de miles de mariposas azules, sobresaltadas, alzaron apresuradamente el vuelo, casi cegándolo con su enloquecido aleteo. Eran las adonis azules y otra variedad de mariposas azules que habitaban en las colinas cretácicas y que acostumbraban convertir en su hogar cualquier espacio desierto. Al observar a Akun envuelta en esa nube de alas azules, Hwll sintió una profunda alegría. Echó a correr hacia Akun, la tumbó en el suelo e hicieron el amor apasionadamente en el prado.
Durante tres años las familias convivieron pacíficamente, y Hwll sonreía tantas veces al ver crecer a sus hijos que en su ancho y curtido rostro aparecieron unas arrugas de satisfacción. Otter era un chico fuerte y robusto, vivaracho y muy capaz; él y los hijos de Tep cazaban en grupo en los valles y al poco tiempo Otter demostró tanta pericia como sus compañeros a la hora de atrapar los pequeños animales que perseguían. En cuanto a Vata, la hija, ésta había heredado los magníficos ojos castaños de Akun y a sus ocho años guardaba un parecido tan asombroso con su madre que en ocasiones, al verlas juntas, Hwll se echaba a reír; el cazador disfrutaba en compañía de su hija y se lamentaba de haberla prometido al hijo de Tep, quien daba muestras de ser tan duro y poco de fiar como su padre. Pero Hwll había hecho una promesa y no podía romperla. Pese a la amargura que ello le causaba, Hwll se sentía feliz y su alegría se desbordó cuando, a principios del segundo año de su nueva vida, comprobó que Akun iba a tener otro hijo. Aquel verano su mujer parió un segundo y magnífico varón. El cazador dio gracias a la diosa Luna, a la que sacrificaba un animal cada año, por derramar tantas bendiciones sobre él y su familia.
En cuanto a Tep, se alegraba de haber dejado de ser un paria. Él y Hwll cazaban juntos con frecuencia, y en ocasiones Tep desaparecía río abajo en su canoa y regresaba a los pocos días con carne de pelícano u otra exquisitez que había pescado en el lago, o bien con el pintoresco plumaje de una de las aves del lago, que Ulla, sonriendo para variar, utilizaba para adornar las cestas que tejía. La vida de Ulla apenas había cambiado. A veces aparecía con un ojo morado u otra marca que indicaba que Tep la había golpeado; aunque rara vez se quejaba sobre la sacrificada vida que llevaba.
Pero durante el verano del cuarto año se produjo un hecho que casi destruyó a las dos familias.
El invierno anterior había sido excepcionalmente largo y crudo, y a mediados de éste Ulla cayó enferma. Aunque sólo tenía veinte años, el frío y su dura vida habían hecho mella en su organismo, y todos creyeron que iba a morir. Tep y sus hijos la atendieron, pero a su manera, y al poco tiempo Ulla se sumió en un mutismo absoluto y no dio señales de recuperarse. Al cabo de unos días Akun fue a hacerle compañía en la pequeña choza donde yacía en soledad, y se ocupó de mantener el fuego vivo y dar a Ulla un poco de caldo caliente, pues era el único alimento que podía tragar. El frágil cuerpo de la enferma estaba consumido; algunos días la acometían unos temblores incontrolables, de modo que cuando Hwll inquirió sobre su estado Akun meneó la cabeza con tristeza. A mediados de invierno, cuando una gigantesca ventisca azotó el valle durante tres días consecutivos y Akun no pudo recorrer los tres kilómetros que separaban su propio campamento de la choza junto al río, dedujo que Ulla habría muerto. Pero se equivocó. La frágil fuerza vital que había procurado a Ulla la resistencia pasiva para sobrevivir con Tep y sus hijos le permitió ahora sobrevivir al intenso frío, y cuando la ventisca remitió empezó a recuperarse lentamente.
La solicitud con que Akun cuidó a Ulla le procuró, a su pesar, la amistad de Tep. Un día a principios de primavera Akun se quedó perpleja al ver aparecer en el campamento de la colina la figura encorvada del pequeño cazador, que le entregó un enorme pescado que acababa de capturar.
—Es para ti —dijo Tep con expresión solemne—. Por cuidar de Ulla.
Akun aceptó ese regalo de gratitud con una amable sonrisa y, tal como requería la costumbre, le invitó a sentarse junto a la pequeña hoguera y le ofreció comida.
Al cabo de unos días, Tep se presentó de nuevo en el campamento, esta vez con otro pescado y una liebre. Akun no sabía si debía aceptar más regalos de él, pero como no deseaba ofenderle los tomó y le dio las gracias con una sonrisa.
A partir de entonces, Tep se las ingenió para seguir encontrándose con Akun, aparentemente de forma fortuita, o bien cerca del campamento de la colina o en el valle, y dado que Akun pasaba muchos ratos con Ulla, pues ésta dependía de ella para muchas cosas, era imposible rehuir al taimado cazador. Akun empezó a tratar a Tep con una cortés familiaridad que parecía complacerle, y él continuó ofreciéndole regalos consistentes en comida. Cuando Akun preguntó a Hwll en un par de ocasiones si debía aceptarlos, éste se encogió de hombros y contestó:
—Tep caza conmigo; es mejor que sea amigo nuestro.
De modo que Akun no volvió a plantear el tema.
Una mañana, hacia fines de verano, cuando Hwll había salido a cazar ciervos con Otter, Akun dejó al bebé en el campamento con Vata y bajó de la colina. En el bosque que crecía junto a la cañada que llevaba al valle había muchas bayas y Akun sabía que estarían maduras. Mientras se dirigía a ese lugar, tuvo la sensación de que alguien la seguía, pero aunque se volvió varias veces no vio a nadie. Al llegar a un pequeño claro, Akun se puso a coger moras, y ya había llenado una de las dos bolsas que acarreaba cuando, de repente, se dio cuenta de que Tep se hallaba junto a ella. El cazador la había seguido furtivamente. Akun notó que Tep se había bañado aquella mañana en el río, porque su cuerpo y su hirsuta barba, normalmente sucios, apestaban menos que de costumbre, y su pelambrera color zanahoria ya no estaba apelmazada.
Aunque él la había sorprendido, Akun lo saludó con calma, pero algo en el talante de Tep la alarmó, de modo que trató de continuar con su tarea y fue avanzando junto a las zarzamoras. Entonces comprobó que Tep la seguía en silencio. Akun no sabía qué hacer. De golpe, cuando ella se empinó para coger un racimo de bayas, el taimado cazador alargó la mano y le agarró un pecho.
Akun se quedó estupefacta. Ella era algo más alta y corpulenta que el pequeño cazador, pero temía su fuerza.
Aunque su cuerpo permaneció inmóvil, su mente no cesaba de darle vueltas al asunto. Akun se dio cuenta de inmediato del gran peligro que encerraba la situación. El hecho de que Tep tratara de robar la mujer de otro cazador significaba arriesgarse a una pelea con Hwll, probablemente a muerte, y a menos que Tep se hubiera propuesto matar a Hwll, cosa que no era probable, a Akun le costaba creer que hubiera provocado deliberadamente una crisis tan grave. Por tanto dedujo que Tep debía de creer que a ella le complacían sus atenciones. Akun repasó fugazmente sus últimos encuentros con el cazador. Ella le había sonreído, había aceptado sus regalos, no una vez, sino muchas; le había invitado a comer cuando él había visitado su campamento y le había tratado con familiaridad en presencia de Ulla. Estaba claro que Tep había confundido esas muestras de amistad con el deseo de que él la cortejara, y al fin se había decidido a dar el paso. Akun comprendió que debía obrar con rapidez, antes de que fuera demasiado tarde.
Se volvió, con expresión impasible, y agarrando suave pero firmemente a Tep por la muñeca, apartó la mano de su pecho, meneando la cabeza con expresión grave. No dijo nada porque temía no encontrar las palabras adecuadas. Akun confiaba en que su gesto bastara para darle a entender a Tep su desacierto.
Pero se equivocaba. Tep llevaba muchos meses pensando en la mujer de cuerpo voluptuoso que habitaba en la colina, y la enfermedad de Ulla había hecho que se intensificaran su apetito sexual y su impaciencia. Pese a ser un hombre cauto y calculador, Tep se había convencido de que la actitud amistosa de Akun iba dirigida a alentarlo, y no estaba dispuesto a que ahora le pusiera trabas. Ante el primer gesto de rechazo por parte de la mujer su rostro expresó incredulidad, luego sus ojos se achicaron. Lentamente, Tep extendió de nuevo la mano.
Akun cometió entonces un grave error. En lugar de conservar la calma, se dejó dominar por el miedo. Apartó la mano de Tep con ademán de asco y luego le escupió en la cara.
Comprendió de inmediato que había cometido una torpeza. El semblante de Tep se contrajo en un espasmo de indignación y rabia; sus ojos la miraron con dureza y lascivia; y antes de que Akun pudiera reaccionar, el cazador la agarró por la cintura y con pasmosa facilidad la arrojó al suelo. Después, con un tirón brusco le desgarró la camisa de cuero que Akun llevaba sujeta al hombro y le dejó los pechos al descubierto. Eran unos pechos magníficos, voluminosos y pesados. Tep la contempló con una mueca de lujuria.
Ella le golpeó con furia, sin pensar en otra cosa que en el medio de escapar. Le propinó con todas sus fuerzas un puñetazo en la sien, que lo derribó al suelo; pero sólo durante un momento, pues Tep se incorporó rápidamente, sacó un largo cuchillo que utilizaba para cazar y emitiendo un alarido de rabia se arrojó sobre ella. Esta vez Akun sintió la poderosa fuerza de sus brazos mientras Tep la inmovilizaba, oprimiendo su cruel rostro sobre el suyo y apoyándole el cuchillo en el cuello. La mujer comprendió que no podía hacer nada.
Akun sabía que la única posibilidad de librarse de él consistiría en lograr que Tep se relajara; así pues, dejó de oponer resistencia. Luego, ocultando su ira, deslizó las manos sobre la deforme espalda del cazador, lo mismo que si se tratara de Hwll, y alzó una rodilla, como invitándole a penetrarla. Tep la soltó lentamente, pero no acababa de fiarse. Akun aguardó. Él alzó el rostro y ella esbozó una sonrisa forzada. Tep mordió el anzuelo. Con una mueca satisfecha, Tep le separó las piernas y la penetró, sin que ella tratara de rechazarlo. Tep sonrió con expresión triunfal y soltó el cuchillo.
Antes de que los rápidos reflejos del cazador frustraran su acción, Akun agarró el arma y le asestó una cuchillada en la cara con todas sus fuerzas. Tep lanzó un grito de angustia y se apartó precipitadamente, llevándose la mano al rostro: Akun le había sajado el ojo derecho.
Ella no se entretuvo. Mientras Tep se revolcaba de dolor por el suelo, echó a correr por el bosque, sosteniendo el cuchillo en una mano y tratando de reajustarse la vestimenta con la otra. No se detuvo hasta llegar al campamento de la colina; y allí, hasta que regresó Hwll, montó guardia armada con un arco y un puñado de flechas, por si a Tep se le ocurría seguirla hasta su refugio.
Pero no fue necesario.
Al atardecer apareció Hwll. Temblando aún de ira y de terror, Akun le explicó lo ocurrido.
—Tienes que acabar con él —dijo a Hwll—, estoy segura de que tratará de matarnos a ambos.
El rostro de Hwll se ensombreció de cólera. Su primera reacción fue hacer exactamente lo que su mujer le sugería. Pero al cabo de unos momentos adoptó un aire pensativo.
Entre los cazadores que habitaban en aquellas regiones despobladas existía la norma tácita de que debían evitar a toda costa enzarzarse en peleas entre ellos. La población era escasa; la vida era preciosa; cada generación debía disponer de suficientes individuos con los que aparejarse. Si Hwll mataba a Tep y provocaba una disputa con su familia, los hijos de Tep, al alcanzar la madurez, tratarían de vengarse. Dentro de unos años quizás ambas familias quedarían destruidas. Hwll sacudió la cabeza; ésta no era la forma de resolver el asunto. Ése era el instinto de conservación que había mantenido la paz en muchas de las comunidades de cazadores que moraban en aquellos espacios solitarios.
—Ya pensaré en lo que debo hacer —dijo Hwll. Durante toda la noche permaneció sentado a solas frente a su tienda de campaña, meditando sobre el espinoso problema.
Al amanecer Hwll comprendió que existía sólo una solución; a primeras horas de la mañana cogió su lanza y su arco y se dirigió sigilosamente hacia el campamento de Tep. El cazador avanzó con cautela, pues supuso que Tep, imaginando que Hwll trataría de vengarse, se mantendría oculto y quizá tratara de atacarlo por sorpresa. Hwll efectuó un rodeo junto al río antes de penetrar en el campamento.
Tal como suponía, las chozas estaban desiertas, aunque la canoa de Tep seguía amarrada en la orilla del río.
Tras elegir un lugar de observación donde nadie pudiera sorprenderlo por detrás, Hwll clavó su lanza junto a él y se sentó a esperar, con el arco sobre las piernas. Intuía que Tep no se encontraba muy lejos y probablemente le estaba espiando sin dejarse ver. Transcurrió la mañana; el Sol alcanzó su cénit y empezó a declinar lentamente, y Hwll seguía sin detectar más movimiento que el de los cisnes al deslizarse sobre el río, y sin percibir otro sonido que el piar de las aves y el susurro de la brisa entre las ramas de los árboles. El cazador aguardó, sabiendo que su paciencia se vería recompensada.
Mediada la tarde apareció Tep. Salió desde detrás de unos árboles situados frente a Hwll y avanzó hacia él despacio y titubeando, como si no confiara en sus fuerzas. Al verle más de cerca Hwll comprendió por qué Tep caminaba con torpeza: su ojo derecho no era sino una masa informe rodeada de sangre reseca; jamás recuperaría la visión de ese ojo.
Los dos hombres se miraron en silencio, con cautela, dispuestos a repeler cualquier agresión por parte del otro. Hwll fue el primero en romper el silencio.
—Debes marcharte de aquí —dijo sin rodeos—. Regresa a tu campamento río abajo.
Era la única solución y ambos hombres lo sabían. Tras reflexionar unos instantes, Tep respondió:
—Mi chico, tu hija.
—No. —Hwll meneó la cabeza negativamente. Ya no se sentía obligado a entregar la pequeña Vata al hijo de Tep; y no sentía disponer de un pretexto con el que poner fin a un compromiso que le disgustaba. Desde hacía un tiempo Hwll venía pensando en ceder a su hija a un chico que habitaba en el campamento emplazado más al este, un joven alegre y vivaracho que había participado junto con su padre en la última partida de caza en que todos los cazadores de la región se reunieron para acosar jabalíes.
Tep se abstuvo de responder durante unos momentos. No podía discutir la decisión de Hwll; pero era la segunda vez que le expulsaban de una comunidad y sabía que las perspectivas de que su hijo hallara una mujer eran escasas. Sin embargo, eso no era lo único que le preocupaba.
—Cuando los bisontes aparezcan en las tierras altas —dijo—, mis hijos…
Desde que habían llegado al lugar donde los ríos confluían, el momento álgido se producía todos los años a fines de primavera, cuando Tep y Hwll, por lo general acompañados por cazadores de otros campamentos, recorrían las tierras altas en busca de bisontes, ya que hacia el mes de junio esos animales solían aparecer brevemente en el noroeste. Era un ejercicio emocionante y arriesgado, y con frecuencia perseguían a las enormes bestias durante varios días consecutivos. Ese método de caza se asemejaba al que Hwll practicaba en la tundra, aunque Tep también lo dominaba y su hijo daba muestras de seguir sus pasos. No era aconsejable que un hombre saliera solo a cazar bisontes, y Tep ardía en deseos de que sus hijos y él no se vieran excluidos del grupo.
Hwll reflexionó sobre la propuesta de Tep. Sabía que abandonar aquella zona era un golpe muy amargo para el pequeño cazador, pero no quería que siguiera habitando allí.
—Puedes acampar aquí una vez al mes, cada dos años —decidió por fin—. Tus hijos podrán venir a cazar cuando yo se lo autorice. Pero no debes visitar nuestro campamento, y si vuelves a tocar a Akun, los otros cazadores y yo te mataremos.
A Tep no le cabía duda de que Hwll cumpliría su amenaza: era respetado por todas las familias de cazadores y, conociendo el caso, éstos le apoyarían.
—No volveremos a hablar de ello —concluyó Hwll—. Puedes venir a cazar bisontes dentro de dos años. Yo enviaré a por ti.
De esa forma los dos hombres se separaron y Hwll evitó que se produjera otro baño de sangre en el valle. Akun se enfadó al enterarse de que no había matado a Tep, pero tuvo que aceptar la sabia decisión de Hwll.
Así comenzó una nueva fase en la vida del nómada y su pequeña familia. Hwll y su hijo cazaban solos en los valles, salvo cuando las otras familias de la región se reunían con ellos para cazar jabalíes y bisontes; y Tep regresó a su vida de paria junto al río. De vez en cuando Akun advertía a Hwll de que tarde o temprano tendrían problemas.
—Tep o sus hijos tendrán que robar sus mujeres; quizás incluso maten para conseguirlas —decía, pero Hwll no parecía darle importancia.
—No se atreverán a atacar a una de las familias en esta región —respondía—, por temor a represalias. Si hacen lo que dices, robarán mujeres lejos de aquí, como cuando Tep robó a Ulla.
Durante el segundo año después del incidente, Tep apareció de nuevo con su familia y acampó junto al río, donde había vivido antes. Sus dos hijos, el mayor ya adolescente y el otro todavía un niño, acompañaban a Hwll y a los otros cazadores cuando éstos iban a cazar bisontes, y después de la matanza recibían su parte correspondiente. Tep permanecía en su campamento, sin moverse de allí. La familia se comportaba con discreción, consciente de su deshonor, y llegado el momento se marchaba silenciosa y rápidamente.
Dos años más tarde el destierro de la familia de Tep llegó a su fin, si bien de modo inesperado.
Ésta llegó a principios de primavera, un poco antes de que se hubieran reunido los otros cazadores, y montó su campamento como de costumbre. Aún no había aparecido ningún bisonte, pero Hwll había comenzado a explorar las tierras altas en busca de indicios de la presencia de esos animales.
Una mañana Hwll salió, llevándose a Otter y al hijo mayor de Tep. Tomó la ruta norte a través de los frondosos macizos montañosos, pero aunque avanzaban con rapidez a mediodía aún no habían hallado nada. En vista de ello, atajaron hacia el oeste y luego descendieron por el valle hasta el río.
—Seguiremos su curso hasta que regresemos al campamento —declaró Hwll—. Quizás encontremos algo.
El cazador y los dos jóvenes emprendieron el camino por la margen izquierda de la corriente, que bajaba impetuosa a su derecha. Aunque la ribera estaba cubierta de árboles, en ocasiones debían sortear unas ciénagas o cruzar unos claros donde los ciervos acudían a beber y a pastar. Durante varias horas prosiguieron su lento camino, buscando las huellas de los bisontes; pero ni junto al río ni más arriba, en las cumbres que rodeaban el valle, detectaron el menor rastro de estos animales.
Mediada la tarde, cuando el Sol había comenzado a declinar sobre el cerro que se alzaba ante ellos, Hwll se detuvo, mirando frente a sí asombrado.
Luego murmuró como si hablara consigo mismo:
—Un uro.
De todos los animales que poblaban la isla de Gran Bretaña en aquella época, el más peligroso y el más preciado por los cazadores era el uro. Todo cazador ambicionaba matar uno, pero eran tan raros que incluso el mero hecho de avistar una de esas bestias era considerado un buen augurio.
Hwll sólo había visto una vez un uro, durante su infancia en la tundra; ahora contempló, a tan sólo doscientos pasos, a un uro que pastaba en la ribera frente a un bosquecillo.
El uro era el príncipe de los animales. Parecía un toro negro, pero le doblaba en tamaño, pues medía dos metros de alto. Del morro a la cola medía unos tres metros y pesaba varias toneladas; pese a su gigantesco volumen, era prácticamente imparable cuando se lanzaba a la carga. Los uros se desplazaban en grupos reducidos de hasta doce individuos, y todos los animales los temían, y no sin motivo, pues junto a uno de esos mastodontes incluso un bisonte adulto parecía un bicho inofensivo.
Lo más impresionante del uro era su cornamenta. Hwll no había olvidado el día en que presenció cómo mataban uno. El grupo de cazadores, encabezado por su padre, había tardado medio día en capturarlo, arrojando una lanza tras otras contra la descomunal bestia. Por fin, cansado de la lucha, el uro dobló las patas y un joven e intrépido cazador se precipitó hacia él y lo degolló. Llevado por el éxtasis de aquel momento Hwll echó también a correr hacia el uro y trató de agarrarlo de los cuernos, pero comprobó con asombro que su mano no alcanzaba a abarcar las gruesas astas. Eran tan voluminosas que incluso las manazas de su padre tenían dificultad para aferrarías. Cada vez que Hwll recordaba ese episodio se echaba a temblar de emoción.
Los uros acabarían extinguiéndose. Aunque en tiempos prehistóricos se hallaban pequeñas manadas de estos animales en toda Europa, era una bestia demasiado grande y feroz para ser domesticada por el hombre, y demasiado torpe para escapar a los cazadores. A lo largo de los siglos el número de uros fue disminuyendo hasta extinguirse por completo. O casi. Pues en el siglo XVII, en un remoto rincón de Polonia, hallaron un uro en un bosque. Nadie se explicó cómo había llegado hasta allí, pero existen pruebas escritas de aquella época, presentadas por testigos fidedignos, de que el gigantesco animal existió realmente. Ésa fue su última aparición. Desde entonces no ha vuelto a verse ningún ejemplar de esta especie prehistórica.
Tras indicar a los dos jóvenes que no se movieran, Hwll comenzó a aproximarse al animal. El uro estaba solo y no había captado el olor de Hwll. Éste siguió avanzando, procurando no apartarse de los árboles. En cierto momento, el uro alzó la cabeza y miró a Hwll, haciendo que a éste casi se le parara el corazón del susto, pero luego agachó su gigantesca cornamenta y siguió pastando. Era una hembra que de alguna forma se había separado del resto del grupo, y aunque Hwll miró en derredor suyo no vio a sus compañeros.
El hecho de que se tratara de una hembra no lo hacía menos peligroso; a la primera señal de peligro el animal era capaz de embestir a un grupo de cazadores con una fuerza devastadora. Pero si uno de ellos lograba capturarlo, ¡menudo trofeo!
—Concédeme este uro —rogó Hwll a la diosa Luna—. He sacrificado muchos animales en tu honor; concédeme, siquiera esta vez, este poderoso uro.
El Sol descendía por el horizonte y el uro no parecía tener la menor intención de marcharse. Probablemente pasaría la noche junto al río y al día siguiente se reuniría con el resto de la manada. Después de tomar buena nota del lugar, Hwll regresó junto a los chicos y los tres se adentraron en el bosque.
Aunque al cazador le tentaba atacar al uro allí mismo, a fin de evitar que se le escapara, pese a sus ansias de capturarlo no olvidaba que era una imprudencia tratar de matar a aquella descomunal bestia solo. Pero ¿qué hacer? Estaba a punto de oscurecer y se encontraba aún al norte de su campamento. El campamento más cercano, donde tal vez hallara a otros cazadores, estaba a veinte kilómetros de distancia a través del bosque.
—Necesitamos ayuda —dijo Hwll—, pero ¿dónde buscarla?
Los tres cazadores guardaron silencio; luego habló el hijo de Tep:
—Puedo ir en busca de mi padre. Tiene una excelente puntería.
Hwll pensó en la propuesta del muchacho. Por un lado no deseaba volver a cazar con Tep; pero por el otro anhelaba capturar al uro a toda costa. Con Tep el grupo se ampliaría a cuatro cazadores. Pero Tep sólo tenía un ojo, ¿seguiría siendo su puntería tan certera como antes?
—Dile que se reúna conmigo junto al río antes del amanecer —dijo Hwll—. Capturaremos al uro.
Ya había anochecido cuando Hwll regresó al campamento de la colina. Por su forma de andar Akun observó que estaba agitado y cuando él se sentó junto al fuego, su mujer vio que tenía los ojos relucientes. Luego, con pocas palabras y gestos elocuentes, Hwll le relató su encuentro con el uro.
—Tep está preparado —dijo—. Traerá a su hijo mayor y cazaremos al uro al amanecer.
Un hombre, un lisiado y dos niños. Akun sintió miedo. Su hijo menor era aún un niño, y ella no podía permitirse el lujo de que un uro matara a su hombre.
—Ve a los otros campamentos —dijo ella—. Reúne a un grupo de cazadores.
Pero Hwll meneó la cabeza.
—No hay tiempo. El uro habrá desaparecido al amanecer.
—Es una locura —protestó Akun.
—El uro es muy grande, pero lento —dijo Hwll—. Podemos dejarlo cojo y luego seguirlo hasta que caiga rendido. —Era el método que los cazadores utilizaban en la tundra y nadie lo conocía mejor que Hwll.
Pero si cometían el menor error, la bestia podía matarlos. Akun miró desesperada a su compañero. Sabía lo testarudo que era, aunque gracias a ese rasgo de su carácter habían llegado a Sarum desde la tundra. La mujer meneó la cabeza.
—Mi hijo podrá contar que su padre mató al poderoso uro —dijo él con orgullo.
El pequeño grupo partió antes del amanecer. Tep y su hijo portaban cada uno un arco y dos lanzas, al igual que Otter. Hwll iba armado con varias lanzas y una pesada hacha compuesta de una hoja del sílex que había extraído de su cantera, ligada a un mango de roble. Las flechas servirían para debilitar al animal; pero las lanzas, dotadas de largas y afiladas puntas de pedernal, atravesarían la dura piel del uro. Dada que la técnica de los cazadores se basaba en dejar cojo al uro, era importante que la primera lanza se clavara profundamente detrás del omóplato, deteniendo al animal e introduciéndose lentamente en su corazón. Después del primer ataque, los cazadores acosarían al uro implacablemente, arrojándole una lanza tras otra hasta que el animal estuviera tan debilitado que pudieran aproximarse a él y rematarlo. Entonces Hwll le degollaría con su cuchillo. Constituía un método muy eficaz, pero era imprescindible que el primer ataque tuviera éxito: pues si no conseguían dejar coja a la fiera, ésta saldría corriendo o se precipitaría contra ellos y los destruiría. Los cuatro cazadores sabían que aquella mañana arriesgaban su vida.
Sin poder apenas contener su nerviosismo, los cazadores echaron a andar por la ribera antes de que clareara, cuando los pájaros comenzaban a entonar los primeros trinos de su coro matutino.
—Haz que aún esté allí —rogó Hwll a la diosa Luna, escrutando la oscuridad.
A la luz cenicienta de la madrugada alcanzaron el lugar donde Hwll había visto al uro el día anterior. Cuando el amanecer empezó a iluminar el horizonte divisaron, aproximadamente a un kilómetro y medio, una forma oscura junto a un recodo del río. Hwll crispó la mano en torno al mango de su hacha.
—Ahí está —musitó.
La caza se llevó a cabo en silencio. Sobre el río soplaba una leve brisa del sur. Los cuatro cazadores se dispersaron, avanzando contra el viento por entre los árboles del bosque, o entre los juncos que crecían en los claros.
El Sol se alzó sobre el cerro, irrumpiendo a través de las grisáceas nubes. El uro continuaba pastando, y los cazadores permanecieron invisibles.
El ataque fue súbito. Simultáneamente, los cuatro cazadores se irguieron y arrojaron sus lanzas. Habían cercado al animal por tres flancos y no lo atacaron hasta hallarse a unos diez metros de él. La operación de acoso y derribo fue impecable.
El uro alzó bruscamente la cabeza y emitió un bramido cuyo eco se extendió por todo el valle. En aquel preciso instante, Hwll comprendió que habían fracasado.
Él había arrojado su lanza con certera puntería, pues el arma se había clavado detrás del omóplato del uro, pero no había penetrado profundamente. La lanza de Otter había alcanzado al uro en el cuello, aunque sin apenas lastimarle. Ni Tep ni su hijo habían logrado alcanzarlo con sus lanzas. La situación no podía ser más peligrosa: el animal estaba furioso pero no malherido.
El desastre se produjo en cuestión de segundos.
Furioso, el uro dio media vuelta, y empezó a patear el suelo con sus gigantescos cascos buscando a sus agresores. Fue a Tep a quien vio, pues éste había atravesado el claro protegido tan sólo por los juncos, que apenas ocultaban su presencia. El animal agachó su tremenda testuz y lo embistió. El astuto cazador, con los largos dedos de sus pies, no tenía la menor posibilidad de escapar. Afrontó la muerte con calma, sus ojos duros y crueles miraron de frente a la descomunal fiera que se precipitaba hacia él. En el último momento, aun sabiendo que era inútil, Tep trató de apartarse, pero los gigantescos cuernos del uro lo atraparon y Hwll vio cómo destrozaban su pequeño cuerpo, del que brotó un violento chorro de sangre. Tras lanzar el cuerpo del cazador al aire, el uro se dirigió a galope hacia el bosque y a los pocos momentos Hwll oyó cómo al pasar rozando los árboles se arrancaba las lanzas clavadas en su piel. Los cazadores no trataron de perseguirlo.
Tep estaba muerto, reducido a un grotesco montón de carne y sangre, apenas reconocible. Sin decir palabra, sus compañeros lo transportaron de regreso al campamento y aquella noche lo enterraron en las tierras altas, bajo un montón de piedras.
La muerte de Tep planteó a la comunidad un nuevo problema, que debían resolver con celeridad. Ulla aún estaba en edad de parir, y su familia, a excepción de su hijo, todavía adolescente, no tenía un hombre que la protegiera. Pero en aquella región no había ningún hombre libre que pudiera aparejarse con ella. No podían obligar a Ulla y a sus hijos a vivir solos en el campamento junto al río.
Dos días después de la muerte de Tep, la propia Akun efectuó el descenso hacia las chozas del cazador difunto y condujo a la familia de éste hasta su campamento sobre la colina. Allí, algo más abajo en la ladera, a cuarenta pasos de distancia, comenzaron a construir un nuevo refugio compuesto de dos partes, una para Ulla y otra para sus hijos.
Ulla no dijo nada. Era difícil adivinar si estaba asustada por haber perdido a su protector o si se alegraba de que Tep, que siempre la había maltratado, hubiera muerto. En cualquier caso, su nuevo estatus era bien sencillo: ella y sus hijos estaban bajo la protección de Hwll. Akun observó a la joven detenidamente mientras construían su nuevo hogar. Era una muchacha flaca y poco atractiva acostumbrada a ser utilizada como un caballo de tiro por Tep. Pero cuando menos había logrado sobrevivir, y a Akun no le cabía ninguna duda de que tendría más hijos.
Akun explicó la situación a Ulla sencilla y escuetamente:
—A partir de ahora Hwll será tu hombre; las dos seremos sus mujeres. Pero yo soy la mayor, y tú deberás obedecerme.
Ulla no dijo nada, pero asintió con la cabeza en señal de sumisión. Hacía muchos años que había aprendido a someterse.
Fue Hwll quien se mostró más afectado por el cambio. Akun era su mujer desde hacía muchos años, y cuando él pensaba en una mujer sólo veía la imagen de ella. Ahora la situación había cambiado y ello turbaba a Hwll profundamente.
Mientras las dos mujeres preparaban el nuevo hogar de Ulla, el cazador abandonó el campamento. Estuvo ausente durante varios días y a su regreso no dijo nada sobre dónde había estado ni lo que había hecho, pero en su rostro se apreciaba una renovada expresión de satisfacción.
Durante su ausencia Hwll había recorrido la parte oeste del valle. A pocos kilómetros de distancia había visto una curiosa loma junto al río. Allí, en lugar del acostumbrado suelo de creta, se veía una larga franja de una piedra completamente lisa y suave y de un bonito color gris, algo insólito en aquella zona. Hwll había pasado numerosas veces por aquel lugar y había observado el curioso resplandor grisáceo que emitía la piedra cuando el Sol se reflejaba sobre ella, pero había pasado de largo sin darle importancia, porque él para fabricar sus utensilios sólo se valía del sílex. Sin embargo, en estos momentos de crisis vital una nueva idea empezó a germinar en su mente.
Hwll examinó durante un rato la superficie de la roca, recogiendo fragmentos de piedra y desechándolos, hasta que por fin, emitiendo un gruñido de satisfacción, encontró lo que buscaba. Era un pedazo del tamaño de su puño, de forma ovalada y suave al tacto. La piedra no era dura, y tras sentarse junto a un roble, Hwll comenzó a rasparla con una lasca de sílex.
Aquella noche Hwll permaneció junto a la loma de color gris, y al día siguiente subió hasta las tierras altas que tanto le atraían. Durante esas horas no paró de raspar la piedra. La lavó varias veces en el río, y al segundo día la superficie presentaba un aspecto pulimentado. Al tercero, Hwll completó su trabajo y después de guardar la piedra en una bolsa, regresó al campamento de la colina.
La figura que Hwll había esculpido minuciosamente era asombrosa. Representaba una cabeza y un torso femenino, ancho y grueso. El rostro estaba indicado por una raya que señalaba la nariz y tres pequeños orificios que representaban los ojos y la boca. Era un dibujo tosco. Sin embargo, en conjunto poseía una extraordinaria belleza: pues esta pequeña y primitiva escultura era ni más ni menos que Akun; los voluminosos pechos, las anchas caderas y el vientre levemente abombado y fértil, las grandes y musculosas nalgas. Era la esencia de su mujer lo que había creado el cazador, quien acarició la figura con cariño.
¿Qué le había llevado a tallar la piedra? Hwll no habría sabido explicarlo. Esta poseía una cualidad especial, un resplandor, un tacto que le había llamado la atención. Quizá le había atraído el reto de esculpir la efigie de Akun. En cualquier caso se sentía complacido. Akun era fértil, la madre de sus hijos. Encarnaba todo cuanto Hwll conocía sobre una mujer; y estaba convencido de que la diminuta y curiosa figura le traería buena suerte.
Al día siguiente, llevando consigo la pequeña figura, Hwll se dirigió a la choza donde le aguardaba Ulla, y yació con ella durante siete días antes de regresar junto a Akun. El cazador repitió esta operación durante todo el invierno, coincidiendo con diversas fases de la Luna. Y en otoño, Ulla parió un hijo: un guapo varón que, a diferencia de sus hermanastros y hermanastras, no tenía los dedos de los pies más largos de lo normal.
Por espacio de otros siete años, Hwll continuó viviendo según esta pauta, y tuvo tres hijos más. Cada vez que iba a yacer con Ulla, llevaba consigo la pequeña figura de piedra que había tallado.
Si Hwll era el padre del valle, jamás hubo la menor duda acerca de quién era la mujer principal.
Akun no había llegado tan lejos, en contra de su voluntad, para no gozar de las ventajas que le correspondían. Instalada en su abrigado campamento junto a la cima de la colina, cada día salía a caminar por el terraplén que ante su choza formaba un camino natural, y al verla avanzar junto a los nudosos árboles, las muchachas y mujeres que habitaban en el campamento de la ladera corrían hacia Akun para cumplir las instrucciones que les impartiera.
Ella les enseñó a desollar las piezas de caza, a cortar de forma correcta la piel de los diversos animales, a cocinar y conservar la carne. A veces conducía a las mujeres al bosque y les explicaba cómo buscar determinadas hierbas y raíces, participando ella misma en la operación, moviéndose con agilidad mientras exploraba el suelo con un palo.
La nueva familia de Hwll iba creciendo, y durante ese tiempo sólo en una ocasión Ulla trató de desafiar la autoridad de Akun impartiendo a su hija una orden que contradecía las instrucciones de la otra. Lo hizo delante de toda la familia, incluido Hwll. Durante unos segundos, Akun miró a Ulla con desprecio y luego le propinó un golpe que la derribó sobre el terraplén y la hizo rodar unos diez metros por la ladera, sobre las gruesas raíces de los árboles y las zarzas. Nadie dijo nada. Llena de contusiones y arañazos, Ulla levantó la vista, contempló con rabia la poderosa y fornida figura que se alzaba sobre ella y adoptó de nuevo su acostumbrado talante sumiso. Ulla no volvió a desafiar a Akun y el campamento siguió viviendo pacíficamente.
El futuro del valle parecía asegurado. La pequeña tribu que Hwll y Tep habían engendrado cazaba por la región con destreza y fortuna.
Gracias a la protección de Hwll, incluso los hijos de Tep consiguieron hallar novias en la región. El hijo de Hwll era ahora quien dirigía el grupo de cazadores. Pronto los miembros de la joven generación pasarían a convertirse en los jefes de la comunidad, de lo cual se felicitaba Hwll.
Pero no se sentía satisfecho. Al principio desconocía la causa, pues cuando miraban al pasado, tanto Akun como él, que habían rebasado los treinta y se aproximaban a la vejez, podían contemplar grandes logros: Hwll había conducido a su familia a lo largo de un viaje épico desde la tundra, y habían hallado unas tierras cálidas. Cazaban con destreza y habían creado una familia ejemplar. Ambos eran tratados con honor y respeto. Hwll había hecho todo cuanto era posible hacer.
Pero con cada estación que transcurría, en el ánimo del cazador crecía una sensación de inquietud y descontento: la profunda convicción de que no había completado su tarea, de que algo de vital importancia faltaba en su existencia. Esa sensación que no dejaba de atormentarlo.
Hwll comenzó a visitar las tierras altas solo, inhibiéndose de la vida del campamento, incluso de Akun, a quien amaba con todo su corazón. En ocasiones pasaba varios días allí. A veces ofrecía un pequeño sacrificio a la diosa Luna, que había velado por él fielmente; otras, subía hasta una cumbre elevada desde la cual se observaba una vista general de toda la región, y Hwll pasaba horas admirando el amplio paisaje de boscosos macizos que le recordaban los espacios inhóspitos de la tundra. Las inmensas fuerzas elementales —el vasto cielo, un día azul celeste, al otro gris, encapotado y amenazador, las cumbres que se extendían hasta el horizonte como un mar, el silbido del viento y los grandes silencios— eran las cosas que a un tiempo le aterrorizaban y tranquilizaban.
En esas ocasiones, Hwll se acordaba de su padre y de lo que éste le había explicado sobre el mundo y los dioses que dirigían las gigantescas fuerzas de la naturaleza; recordaba la información que había pasado de una generación a otra y que él había recibido, la cual, pese a ser inexacta, le había traído hasta sur. Hwll reflexionó conmovido en su odisea, llena de avatares y también de grandiosos panoramas, y se dijo que todo ello debía de tener un significado.
Entonces susurraba a los dioses:
—Mostradme en qué he fallado, qué otra cosa debo cumplir.
Y un día, mientras el viento silbaba sobre los árboles, Hwll percibió la respuesta:
—Debes relatarlo todo, Hwll. Debes narrar la historia de tu viaje, y de tus antepasados, y de los dioses, de modo que estas cosas sean recordadas y no caigan en el olvido.
Hwll oyó con claridad la inconfundible voz que le murmuraba. Pero seguía preocupado.
—¿Cómo puedo relatar estas cosas? —preguntó el cazador en voz alta.
Y la voz de los dioses —pues eran ellos quienes emitían ese murmullo— respondió.
—Escucha.
Al anochecer Hwll regresó al campamento. Su familia nunca olvidaría la expresión que mostraba su arrugado semblante: estaba iluminado por una sonrisa radiante que jamás habían contemplado, y sus ojos tenían una mirada lejana.
Fuera lo que fuese lo que dijeron los dioses, Hwll se abstuvo de contarlo. Pocos días después de la llegada del cazador al campamento, comenzó la época invernal.
Aquel año el invierno se hizo interminable; en ocasiones el viejo cazador se preguntaba si había merecido la pena llegar hasta allí para padecer esos rigores. Hacía un frío intenso, peor que el de la tundra. El río se había congelado y los hombres tardaron casi un día entero en practicar un agujero a través del hielo para poder pescar en sus aguas. El valle se había sumido en un gran silencio, y durante varios días los pájaros apenas dieron señal de vida. Muchos de ellos perecieron, por lo que el silencio se hizo aún más profundo. En las tierras altas tampoco se detectaba ningún movimiento ni sonido, salvo el persistente silbido del viento del nordeste, que día tras día traía consigo una nieve semejante a la húmeda bruma, una nieve que se acumulaba silenciosa formando montones tan altos que cuando Hwll salía a la puerta de su casa, no veía siquiera los árboles.
Gracias a Akun y a las demás mujeres, disponían de reservas suficientes de alimento. En ocasiones lograban capturar un pez, o cazar un animal pequeño. Hwll se consolaba pensando: «Esto nunca llegará a ser como la tierra que abandonamos. Cuando llegue la primavera, abundará de nuevo la caza».
Sólo le preocupaba una cosa: Akun.
Ésta llevaba tiempo sabiendo que pronto llegaría un invierno que sería el último de su vida. Al principio había notado unos síntomas sin importancia: una leve rigidez en las articulaciones, un diente que se aflojaba, el chasquido de un hueso. Recientemente, en dos ocasiones Akun había perdido un diente y sentido de pronto el sabor de sangre en la boca. Las dos veces se había tapado el agujero con un poco de hierba confiando en que Hwll no se diera cuenta de ello. Akun se negaba a reconocer lo que le ocurría.
Pero ese invierno, su estado había empeorado.
No se trataba únicamente de sus articulaciones; era lógico que le dolieran debido al frío y a la humedad del invierno, pero el Sol primaveral siempre había aliviado sus molestias. No, era algo distinto, algo difícil de definir: una frialdad interior que a menudo, cuando Akun estaba sola, la hacía estremecerse y ni siquiera la abandonaba cuando se sentaba junto al fuego o dormía, envuelta en unas pieles, junto al cálido cuerpo de Hwll. Akun había enflaquecido mucho; observaba con tristeza las fláccidas bolsas surcadas de arrugas que habían sustituido a sus espléndidos senos. En varias ocasiones, cuando nadie la observaba, y el terrible frío de la nieve penetraba insistentemente en el refugio durante las largas horas en que Hwll permanecía en lo alto del cerro, Akun había comprobado que tenía lágrimas heladas sobre las mejillas. El invierno se le antojaba interminable.
Pero no fue la frialdad que experimentaba en su interior la que le indicó lo que iba a suceder. Un día, al despertarse en pleno invierno, Akun se dio cuenta de que ya no le importaban los rigores de la estación. Entonces lo comprendió, aunque sin amargura: «Éste será mi último invierno».
La primavera llegó tarde aquel año, pero cuando se presentó lo hizo con la fuerza de un torrente; el Sol irrumpió a través de las nubes, cálido y potente; todo el valle cobró vida con un violento estallido y las crecidas aguas del río comenzaron a fluir de nuevo impetuosamente. Hwll tenía el cabello encanecido y estaba más delgado que antes, pero pese a su avanzada edad seguía siendo un excelente cazador. Cada día conducía a Akun a su acostumbrado mirador en el terraplén; pero a Akun ya no le complacía admirar el panorama. En cuanto Hwll se marchaba ella se retiraba a su refugio; e incluso en verano, su familia no lograba convencerla para que saliera más que unos breves minutos al exterior.
Hwll no hacía ningún comentario, pero se daba cuenta de la situación, y le apenaba saber que pronto perdería a Akun.
Aquel verano, una noche en que toda la familia estaba sentada alrededor de la hoguera en la ladera de la pequeña colina Hwll esperó a que todos hubieran comido la aromática carne de venado y se hubieran dado un hartazgo de bayas, y a continuación impuso silencio. Entonces, empleando las palabras que le había procurado el viento, completó la tarea de su vida transmitiéndoles el gran tesoro de sus conocimientos.
Durante muchas otras noches consecutivas se dedicó a contarles cuanto sabía con un lenguaje simple y fácil de memorizar, a fin de que el pasado quedara preservado cuando él muriera: les habló del muro de hielo y la tundra en el norte, de los grandes mares que había en el oeste y el sur, y de las montañas y los bosques ubicados a lo lejos en el este. Les habló de los dioses y de las grandes calzadas que atravesaban el mar. Y luego les relató la historia que había oído en el viento, sobre cómo el mar les había interceptado el paso.
—Al principio —dijo Hwll—, había dos grandes dioses: el Sol y su esposa, la Luna, la cual nos protege a todos los cazadores. Y el Sol y la Luna tuvieron dos hijos: el dios del bosque y el dios del mar. El dios del bosque vivía en la inmensa espesura emplazada en el este, donde proliferan los animales; y el dios del mar vivía en el norte, junto al gran muro de hielo.
»El Sol y la Luna amaban al dios del bosque, y le dieron muchas tierras. Pero éste nunca se sentía satisfecho y siempre pedía más. Ello enojó al dios del mar, pues a él no le habían concedido tierras.
»Transcurrió un año, y el dios del bosque seguía pidiendo que le dieran más tierras. Y el dios del mar se enfurecía más y más.
»Al año siguiente, el dios del bosque repitió su exigencia, diciendo: “A mi madre, la Luna, le complace que los hombres cacen; dadnos más tierras para poblarlas de bosques, a fin de que los hombres puedan cazar”.
»Furioso, el dios del mar se dirigió a su padre, el dios del Sol, y dijo: “Padre, castiga a mi hermano, porque nunca está satisfecho”.
»El dios del Sol se convirtió en un inmenso cisne blanco y voló una y otra vez sobre la capa de hielo que cubría el norte, hasta que el hielo se fundió.
»Cuando el hielo se hubo derretido, se alzó un mar descomunal que descendió del norte formando una gigantesca ola e inundó las tierras y los bosques situados en el este. Y las aguas permanecieron.
Luego, conmovido al pensar en aquella terrible escena, y en el bosque que había desaparecido engullido por las aguas, el cazador alzó la voz y entonó una especie de cantinela diciendo:
—Así, el bosque quedó sumergido bajo el mar, y también los animales, las aves y las fieras yacen aún bajo las tenebrosas aguas.
»Podéis oír sus gritos bajo las olas.
»El sendero que conduce al este ya no existe, y nos hemos convertido en una isla, separada del resto del mundo.
»Las aguas continúan subiendo; cada año aumenta su nivel, engullendo más terreno a su paso.
»Devorarán la costa, el lago, el valle.
»Pero las tierras altas pervivirán, pues las aguas no pueden alcanzarlas.
»Aquí estaremos seguros, hijos míos, hasta el fin del mundo. “Ofreced unos sacrificios a los dioses Salah”.
Y con esto Hwll puso fin a su recitado. Las personas que habían oído esas importantes palabras, sabedoras de que habían sido los dioses quienes se las habían transmitido a Hwll, permanecieron un rato en silencio.
Cuando Hwll murió, tres años después que Akun, lo sepultaron al lado de su mujer en las tierras altas. Junto con sus restos enterraron la pequeña efigie de Akun que él había tallado en piedra.
Y durante muchas generaciones, en Sarum, fue la época del cazador.