LA FUNDACIÓN
1244
A la sazón, en el lugar del valle donde confluían los cinco ríos aparecía una nueva presencia: junto al suave meandro de la corriente, dos kilómetros más abajo que la colina del castillo, habían desbrozado una amplia extensión, y donde antes sólo se veían prados tachonados de árboles comenzaba a alzarse una gigantesca zona edificada, cuya superficie medía casi un centenar de hectáreas.
Era más grande que todo cuanto habían contemplado jamás las gentes de Sarum. En ocasiones se asemejaba a una inmensa y extraña planta que se desarrollara lentamente bajo la cobertura de un polvo semejante al polen, o a una gigantesca criatura que como una crisálida emergiera de su capullo, pero sus calles bordeadas de casas de madera y yeso y su explanada con su enorme catedral de piedra gris a medio construir estaban muy concurridas y ya se apreciaban sus imponentes y majestuosas líneas. Pues ésta era la extensa ciudad de New Salisbury.
No se trataba de una colina fortificada, como la vieja población normanda, ni de un burgo semifortificado, como los antiguos poblados sajones. Estaba situada en un amplio valle; contenía grandes espacios abiertos; no poseía una muralla defensiva, ni un torreón; había sido construida para la comodidad y el comercio.
A fin de comprender el proceso que había llevado a su creación, es preciso retroceder un poco.
Desde el tumultuoso reinado del rey Esteban, Inglaterra había gozado, en términos generales, de una época de paz. Era una paz propiciada por Enrique II, el sobrino y sucesor de Esteban e hijo de la emperatriz Matilde. Enrique había recibido de sus padres un inmenso patrimonio angevino situado al otro lado del Canal de la Mancha, de forma que durante su largo reinado no sólo decidió el destino de Inglaterra, sino el de Normandía y vastas extensiones de terreno en Francia. Sus guerras eran libradas en el extranjero, mientras que a la isla le procuró paz y una administración fuerte, una serie de leyes y la Justicia del Rey basada en un juicio con jurado. Fue un legado destinado a Inglaterra que a su muerte ni su heroico pero ausente hijo, Ricardo Corazón de León, ni su desdichado hijo menor, Juan —que perdió buena parte del imperio angevino y normando—, lograron destruir. El orden y la paz que imperaban en Inglaterra sólo se vieron alterados brevemente al término del reinado de Juan por la revuelta de los barones, que culminó con la capitulación del rey y la firma del contrato conocido como Carta Magna, y una corta invasión de la parte oriental de la isla por el monarca francés. Poco después de morir Juan, los magnates decidieron sabiamente expulsar a los franceses; restauraron la paz y brindaron su apoyo al hijo de Juan, el piadoso rey Enrique III.
La paz en la isla trajo consigo una nueva y espectacular prosperidad —la abundancia de la Inglaterra medieval— que proporcionó magníficas catedrales e imponentes poblaciones.
Dicha prosperidad se basaba en dos factores: el aumento de los precios agrícolas, debido al aumento demográfico, y las ovejas.
La lana inglesa, la mejor de Europa y muy abundante, era muy codiciada por los mercaderes de Flandes e Italia que regentaban prósperos negocios pañeros. El país exportaba grandes cantidades de lana y, en general, los impuestos y aranceles sobre ésta eran bajos. A comienzos del siglo XIII, en la Inglaterra feudal hubo una gigantesca expansión de capital.
Eran tiempos muy propicios para la mayoría de los terratenientes; pero sobre todo para los magnates.
Éstos tenían muchísimo poder. Permitían al monarca gobernar, pero con ciertos límites. Cuando el rey Juan se encontró en la difícil situación de tener que pagar los extraordinarios gastos de su reinado —en su mayoría generados por las guerras— con los escasos ingresos de sus posesiones feudales, los magnates se opusieron a su desmedido afán recaudador. La crisis de la Carta Magna no sólo fue producida por esa tensión natural, sino por la falta de tacto y las torpezas del rey Juan. De hecho, el monarca ni siquiera disponía de los fondos necesarios para financiar su administración.
En parte por esta razón, y en parte para satisfacer la vanidad de esos nobles feudales, sucesivos monarcas les habían permitido gobernar en su nombre inmensas extensiones de terreno. En estos grandes dominios feudales, denominados señoríos, baronías o liberties, la corte del magnate actuaba como representante del rey para juzgar todas las faltas excepto las más graves; los sirvientes del magnate eran quienes recaudaban los impuestos y multas; de hecho, ni siquiera el sheriff del rey podía poner el pie en algunas de esas zonas a menos que el rey tuviera pruebas de que se había cometido un grave desmán por parte del magnate. Por ese reino dentro de un reino, el magnate pagaba al rey mediante el servicio de unos caballeros o una renta fija.
Ciertamente, a medida que transcurría el tiempo y los tribunales del rey iban ampliando su soberanía, el campo de actuación de esas autoridades feudales disminuía; pero las cortes de justicia todavía eran muy codiciadas, no sólo porque esa autoridad feudal comportaba prestigio, sino porque los beneficios, incluso los derivados del juicio de casos menores, seguían siendo extremadamente elevados.
En la época del rey Juan, una tercera parte de las circunscripciones del condado de Wiltshire —cada una de las cuales poseía sus propias cortes y administraciones— se hallaba en manos de particulares; un siglo más tarde, dos tercios de las mismas estaban en manos de señores feudales. Grandes casas como la de los Longspée, quienes habían accedido por matrimonio a las tierras del condado de Salisbury, y otras notables familias como las de Peverel, Pavely y Giffard, administraban esos dominios feudales particulares.
Entre los más grandes hacendados se hallaba la Iglesia. Las abadías de Glastonbury, Malmesbury y Wilton, los prioratos de Saint Swithuns en Winchester y el cercano Amesbury, y por supuesto el obispo de Salisbury, poseían feudos privados en el condado.
Pagaban al monarca una renta por esos privilegios, pero ellos se quedaban con los beneficios.
Y uno de los bienes más rentables para un magnate en aquel mundo que evolucionaba sin cesar era una población.
Para él eran las rentas de los edificios, los beneficios de las cortes de justicia, los impuestos y aranceles sobre los productos importados, de modo que el valor de la franquicia de una población era considerable.
En la paz y prosperidad que a la sazón reinaban en Inglaterra, las oportunidades para fundar nuevas poblaciones aumentaban de día en día. Hacia fines del siglo anterior, el obispo de Winchester había fundado varias, y todas ellas, casi sin excepción, proporcionaban suculentos beneficios a sus diócesis. Por consiguiente, era natural que el obispo de Salisbury deseara hacer otro tanto.
Tenía una excusa perfecta, o mejor dicho un catálogo de excusas. El lugar donde se encontraba la vieja catedral no reunía condiciones. La atestada colina, con su fuerte y sus míseros suburbios, era muy ventosa y estaba mal drenada; la tierra caliza con su blancura deslumbrante hería la vista; los sacerdotes de la catedral tenían que compartir ese angosto espacio con los soldados de la guarnición del rey, quienes, según afirmaban, incluso se atrevían a interrumpir los servicios divinos. Pero al sur de la colina, en el valle donde confluían los cinco ríos, se hallaban los grandes prados conocidos como Myrifields. Allí había sólo la pequeña parroquia de Saint Martins. Y esos extensos terrenos, perfectamente avenados, pertenecían a la diócesis.
En el año 1218 de la era cristiana, el obispo Poore —el segundo de dos hermanos ricos y poderosos que llegaría a ser obispo de Sarum— obtuvo permiso del Papa y del piadoso rey niño inglés, Enrique III, para trasladar la catedral a un lugar más agradable en los prados que se extendían al pie de la colina. Asimismo, consiguió la autorización del monarca para fundar una nueva población junto a la catedral.
La flamante ciudad era un ejemplo típico de las grandes fundaciones de aquella época. En toda Inglaterra, durante casi un siglo, se habían creado nuevos centros mercantiles basados en sofisticados planos geométricos. Algunos tenían forma de cuña, otros eran semicirculares; pero los más grandes, como New Salisbury, solían estar erigidos siguiendo un plano cuadriculado. Desde la época romana, mil años atrás, no se había visto en la isla una planificación urbana tan civilizada.
La nueva ciudad del obispo estaba emplazada en el suave meandro del río Avon que, viniendo del norte, rodeaba los flancos occidental y meridional de la población. Ésta tenía dos partes, la religiosa y la civil. La primera era una gran explanada en la que se alzaría la nueva catedral, y a cuyo alrededor se construirían las viviendas de los sacerdotes. La segunda era la parte mercantil, con su cuadrícula rectangular de calles y un gigantesco mercado en el centro.
Ambas secciones cumplían distintas funciones: una espiritual, la otra comercial. Pero ambas, tanto la iglesia y los sacerdotes como el mercado y los comerciantes, pertenecían, total y absolutamente, al obispo. Pues la ciudad era un liberty feudal, y en virtud de la carta que le había sido concedida en 1227 el obispo constituía su indiscutible señor feudal.
Era un caluroso día de julio. La pequeña cuadrilla de peones trabajaba con mucha desgana.
En particular un muchacho de trece años, bajito y fornido, con una cabeza desproporcionadamente grande, las manos pequeñas y rechonchas y los ojos grises y solemnes, quien aunque trabajaba bajo la severa mirada del canónigo de la catedral, no dejaba de mirar ansiosamente hacia la calle.
Porque en el valle, al norte de la ciudad, sin que el canónigo lo supiera, se había reunido un puñado de hombres entre los que se encontraban Godefroi y Shockley, y estos últimos le habían dicho al chico que pronto, si su asamblea tenía éxito, irían a buscarle y le darían la oportunidad de salir de aquella penosa situación.
Esperanzado, el muchacho alzó la cabeza en varias ocasiones. Su trabajo era durísimo y él lo odiaba. Anhelaba fervientemente cambiar su vida.
El canónigo Stephen Portehors lo miró con frialdad.
De todos los habitantes de Sarum, nadie era más insignificante que el joven Osmund el Albañil. Osmund también lo sabía, pues el canónigo Stephen se lo había dicho él mismo.
—A los ojos de Dios, eres tan pequeño, Osmund, como una mota de polvo —le había explicado el sacerdote—. Pero ten presente —había añadido en tono sombrío—, que Él ve todo cuanto haces, pues ni siquiera una mota de polvo puede ocultarse del Padre. Él conoce tus pecados.
En ese caluroso día de julio el canónigo le hizo una señal para que se acercara. Y Osmund sabía por qué: había pecado.
A Osmund le pareció que, mirara donde mirase, todo estaba lleno de polvo.
El polvo envolvía como una reluciente bruma el gigantesco edificio gris de la catedral que estaban construyendo pocos metros hacia el sur. Había polvo sobre la explanada de la catedral, consistente en ochenta hectáreas que se extendían desde la zanja que limitaba el lado oriental hasta el río. Había polvo sobre los montones de piedra gris de Chilmark diseminados por toda la obra, polvo sobre los carros, los tablones, los andamios, las cuerdas enrolladas y las pilas de cascotes con que rellenaban los muros; había polvo sobre las espaciosas parcelas destinadas a las elegantes viviendas de los sacerdotes, cuyos jardines miraban al meandro del caudaloso Avon; había polvo sobre el mismo río, sobre las largas hierbas fluviales que se agitaban pausadamente sobre sus aguas. Los cisnes que se deslizaban a su ritmo misterioso y mesurado frente a las verdes riberas aparecían revestidos de una capa de polvo pardusco. Había polvo sobre los campos llanos y pantanosos que rodeaban las aldeas de Fisherton y Bemerton y se prolongaban hasta más allá de Wilton. La nueva población, a medio terminar y conformada según un tablero de ajedrez, se veía también cubierta de una nube de polvo procedente de los cobertizos que albergaban los tornos y el yeso.
Osmund incluso vio un pálido manto de polvo gris que se cernía sobre el sombrío y semidesierto castillo situado en la cima de la colina. Y en las tierras altas, cuando el viento soplaba del sur, las ovejas emanaban un polvillo de yeso grisáceo si alguien las tocaba. Las mariposas azul pálido, también envueltas en una sutil capa de polvo, al elevarse desde el suelo duro y caliente parecían formar unas nubecillas estivales. Incluso el singular círculo de piedras situado a diez kilómetros, que Osmund había visitado en una ocasión, aparecía embozado en una capa de polvo procedente de la ciudad. Daba la impresión de ser un extraño satélite de la catedral, como si en lugar de estar sucumbiendo al deterioro se hallara de nuevo en proceso de construcción.
El propio Osmund estaba cubierto de polvo, y también lo estaban los hombros del hosco canónigo.
Aquel polvillo hacía que a Osmund le escociera la garganta, y eso le fastidiaba.
Pero sabía que debía sentirse agradecido.
—Nuestra ciudad está construida sobre una roca —le había dicho el canónigo—. Nuestros cimientos son sólidos.
Era literalmente cierto, pues aunque gran parte de la zona circundante era pantanosa, el sabio obispo había elegido en Myrifield un terreno muy firme.
—Mira —había dicho el canónigo Stephen al joven Osmund el día anterior—, aunque es un terreno bajo, si excavas un poco das con una gruesa capa de grava.
Y cuando Osmund observó la zanja junto a la cual se hallaban de pie, comprobó que el canónigo tenía razón.
—La grava es resistente, soportará incluso la catedral más inmensa que construyamos —le aseguró el sacerdote—. Debes sentirte agradecido por haber nacido en esta época y presenciar estas grandes obras, llevadas a cabo a mayor gloria de Dios.
Pero en ese momento el sacerdote estaba enojado. Tenía el pelo canoso y ralo pero sus cejas eran negras y pobladas, y se curvaban en los extremos exteriores como si fuera un autillo. Sus ojos castaño oscuro tenían una mirada penetrante. A Osmund le parecía que su voz era dura y cortante como el sílex.
—Recita los siete pecados capitales, Osmund.
Ésos eran los pecados cometidos adrede y con conocimiento de causa, los que hacían que el pecador fuera al infierno: el sacerdote de Avonsford se había asegurado de que Osmund los distinguiera desde su más tierna infancia.
—Ira, gula, envidia, pereza, avaricia, lujuria y soberbia —repuso Osmund de mala gana.
Portehors asintió con la cabeza.
—¿Y de cuáles eres culpable hoy?
¿Cuánto sabía el canónigo? Osmund reflexionó antes de responder.
La labor en la que había estado ocupado todo el verano, la construcción de esa espléndida y extraordinaria ciudad, constituía, como sabía todo el mundo, el orgullo y la gloria del canónigo Stephen Portehors. Todo el mundo admiraba los canales de agua, aún no terminados, que atravesaban la ciudad. Alimentándose del Avon, formaban un sistema de conductos de piedra que recorría las calles más importantes; medían entre sesenta centímetros y dos metros de anchura y estaban atravesados por pequeños puentes para peatones cada pocos metros.
—Traen el río a la misma ciudad —declaró Portehors con orgullo—. ¿Qué podría ser más agradable…, o sano?
Los canales eran más importantes para él que las propias calles. Y cuando, unos meses antes, el canónigo había observado que el suelo de una de las calles principales que había de extenderse de norte a sur no era completamente llano, mandó alterar el curso de la misma, y por ende de todo un costado de la nueva ciudad, con el fin de mantener su precioso canal sobre un terreno allanado.
—La precisión es primordial —insistió Portehors—. El agua sólo fluirá si la horizontalidad se mantiene constante y exacta.
Exactas. Cuando los obreros oyeron esa palabra, se encogieron de hombros resignados; pues todos sabían en Sarum que el sacerdote y su hermano tenían la manía de la exactitud, y cuando pronunciaban una palabra como «precisión», era inútil ponerse a discutir con ellos. Los peones tuvieron que reconstruir toda la calle y excavar un nuevo canal.
¡Y cómo detestaron esa tarea!
Osmund el Albañil. Detestaba su nombre. Aunque al igual que su padre y su abuelo —ambos albañiles ocasionales en Avonsford—, Osmund llevaba el apodo de «Masoun» o «Mason», albañil, eso no significaba nada. Él no era sino un humilde siervo, un obrero a quien de vez en cuando, con suerte, le permitían tallar las piedras que utilizaban para construir esos malditos canales.
Pues los auténticos albañiles eran los artesanos que trabajaban en la gran catedral. Y aquello era otro mundo. Ciertamente, era un mundo con el que Osmund soñaba a veces. A menudo, cuando concluía su jornada laboral, penetraba en el mágico silencio del recinto de la catedral y observaba a los artesanos que realizaban su labor en el interior del gigantesco edificio. Veía al solemne maestro albañil, quien presidía el gremio de los albañiles, a los albañiles más selectos, procedentes de todo el país, incluso de más allá del Canal de la Mancha. Tanto éstos como los albañiles comunes y corrientes habían sido contratados hacía mucho. Incluso los aprendices procedían de sus mismas familias. ¿Por qué iban a fijarse en un joven siervo de Avonsford cuyo padre había trabajado antiguamente la piedra?
Sin embargo llevaba en la sangre el espíritu del tallista. Osmund se juró que un día hallaría el medio de trabajar en la catedral, entre los albañiles que se paseaban ufanos cubiertos con sus pesados mandiles.
Hacía más de un siglo que Godric Body había sido ahorcado en el cadalso de la colina del castillo; unos meses después había nacido su hijo; y dado que la madre de la criatura había fallecido en el parto, a su tío Nicholas le había parecido natural adoptar al niño y criarlo como si fuera hijo suyo. En consecuencia, los hijos y nietos de Godric Body llevaban el apodo de Mason, como el resto de su familia de adopción, y cuando, ochenta años después de morir Godric, una de sus descendientes se casó con su bajo y fornido primo, el vástago de esa unión heredó el cuerpo rechoncho, los pulgares cortos y la desproporcionada cabeza del clan de los Mason. Sin embargo, además de los rasgos típicos del diligente clan, el niño Osmund poseía una imaginación desbordante y un gusto por las formas de la naturaleza que le venían directamente del desdichado pastor tallista que había muerto ahorcado. Era un talento que el joven y fornido siervo, pese a su afición a tallar madera, sólo presentía vagamente.
Pero en aquel momento, sólo le encomendaban trabajos pesados y monótonos, y el joven tuvo que reconocer que no siempre se aplicaba en su faena como debía.
Mientras miraba al enjuto y canoso sacerdote, respondió contrito:
—El pecado de la pereza.
El canónigo Stephen movió la cabeza afirmativamente.
—Sí. Eres perezoso porque no te gusta el trabajo. Pero Dios no te creó para que fueras feliz: te creó para que le sirvieras, y sólo sirviéndole a Él obtendrás una recompensa divina.
Osmund agachó su enorme cabezón. Si bien en parte se rebelaba, sabía que el canónigo, aunque severo, era justo. El joven albañil dio media vuelta para marcharse.
—Detente. —El tono del canónigo era implacable—. No hemos terminado. Me estás ocultando otro pecado, hijo mío.
¿Cómo podía saberlo Portehors? El joven sintió los ojos del canónigo fijos en su espalda, y se resistió a volverse.
—¿Y bien?
Osmund se abstuvo de responder.
—En ese caso te lo diré yo —prosiguió la voz cortante del sacerdote—. Has cometido el pecado de avaricia —precisó en un murmullo colérico.
De modo que Portehors lo sabía.
A Osmund le pagaban un penique al día; era pobre.
—Individuos que deberían dar ejemplo te tientan a que trabajes para ellos, cuando te necesitamos aquí —le acusó el canónigo—. Son hombres impíos.
Todo lo que había dicho Portehors era cierto. Pero a Osmund no le había parecido un delito.
Pues eso era lo que llevaba esperando ansiosamente toda la mañana. Al regreso de su reunión los hombres le habían ofrecido una paga de un penique y medio si trabajaba para ellos: un jornal excelente, que tal vez cobrara durante un año, hasta que terminara la obra. Osmund los conocía bien. No le parecían impíos. El joven albañil se volvió lentamente, preguntándose cómo diantres se había enterado el canónigo.
—Estás dispuesto a abandonar tu trabajo aquí por dinero, Osmund. Eres joven. Pero el amor por el dinero es avaricia, y eso es un pecado. —Portehors se detuvo, mirando a Osmund con expresión severa, pero luego dijo en tono más amable—: Labras bien la piedra. He oído decir que también tallas la madera.
Osmund movió la cabeza en sentido afirmativo. Había tallado una hermosa puerta para Godefroi en la mansión de Avonsford y sabía que el sacerdote la había visto. Pero las siguientes palabras del canónigo le asombraron.
—¿Te gustaría trabajar en la catedral?
Osmund miró atónito a Portehors, sin apenas dar crédito a lo que acababa de oír. Trabajar en la catedral con los maestros albañiles…, su sueño dorado. El sacerdote lo observó detenidamente.
—Cobran un penique y un cuarto al día —dijo en tono moderado—, pero no más. —El sacerdote aguardó unos instantes antes de proseguir—. Podrías empezar hacia san Miguel, si cumples bien tu trabajo en los canales. ¿Te gustaría?
—Oh sí —repuso Osmund con un tono casi implorante que no pudo remediar.
—Bien. —El sacerdote se detuvo un momento—. Naturalmente, si trabajas para Shockley y sus amigos, no trabajarás en la catedral. Jamás.
Osmund palideció, pero no dijo nada.
Stephen Portehors le observó con calma; no en vano era canónigo de la catedral.
Había visto el trabajo de Osmund en Avonsford y sospechaba que aquel joven tenía talento.
En aquel preciso instante aparecieron Shockley y Godefroi montados a caballo y el canónigo se volvió hacia ellos.
Junto al puente se hallaba un hombre que tenía cara de hurón; su negro cabello, que en principio parecía destinado a crecer hirsuto como las cerdas de un cepillo, a fuerza de no lavarlo ni cepillarlo, se había convertido en varios mechones apelmazados y grasientos que se alzaban tristemente por separado, parecidos a un pequeño arbusto calcinado. Y sobre esta enmarañada pelambrera se había depositado también, al igual que sobre todo lo demás, el polvo de New Salisbury.
William atte Brigge estaba a punto de vivir el peor día de su existencia.
Estaba francamente enojado. Contempló la escena que tenía ante sí con expresión furibunda.
Había llegado aquella mañana con su pequeño carro desde Wilton. Después de atravesar el Avon por el puente de Fisherton, se había dirigido al mercado, situado en el centro de la nueva ciudad del obispo. Una vez allí había dejado el carro al cuidado de otro comerciante de Wilton que tenía un puesto en el mercado y, tras pasar frente a la inmensa mole de la catedral a medio construir, se había dirigido hacia el extremo meridional de la nueva población, donde el río describía un meandro antes de doblar en dirección al sur en su lento discurrir hacia la costa.
A un observador ocasional, la conducta de William atte Brigge le habría parecido un tanto extraña.
Frente a él se alzaba un nuevo puente de piedra. Éste atravesaba el río en dos cortos tramos, entre los cuales había un islote. A su izquierda William veía un grupo de edificios que constituían el hospital de Saint Nicholas; en el islote estaba situada la pequeña capilla de Saint John, y tanto la capilla como el hospital habían sido construidos por el obispo Bingham para los viajeros. Era un lugar agradable, amenizado por el murmullo del agua que fluía a ambos lados de la isla.
William cruzó hasta el centro del puente. Primero miró la carretera que desde el final del puente conducía al sur y al oeste, luego miró la nueva población y por fin contempló irritado el pequeño edificio gris que se alzaba sobre el islote. De golpe, presa de una violenta rabia interior, William comenzó a brincar agitando los brazos como un poseso, antes de volverse y escupir violentamente hacia el hospital. Luego volvió a escupir, esta vez sobre la polvorienta carretera que discurría frente a él. Por último gritó:
—¡Malditos sean el obispo y sus obras! —antes de dar media vuelta y regresar a la ciudad sumido en su melancolía.
William atte Brigge era un hombre de naturaleza rencorosa, pero hoy tenía motivos para sentir amargura: pues el respetado obispo Bingham de Salisbury iba a arruinarlo.
Desde los tiempos del rey Alfredo y con anterioridad a éstos, la población de Wilton había sido la capital del condado. No sólo era allí donde el sheriff administraba justicia, no sólo existía allí una casa de moneda desde la época de los sajones, sino que ante todo había sido un mercado pujante, bien situado en la confluencia de dos ríos muy frecuentados. Cierto que el antiguo castillo sobre la colina de Sarum había alojado un pequeño mercado. Pero debido a su desfavorable emplazamiento que le hacía expugnable y a su escasa importancia nunca había supuesto un serio perjuicio para el comercio de la vieja población sajona ubicada en el valle occidental. Pero hacía un cuarto de siglo, cuando el obispo Poore había decidido construir aquel nuevo mercado en el valle, los burgueses y comerciantes de Wilton habían empezado a preocuparse. Al poco tiempo el obispo obtuvo permiso para celebrar una feria anual y un día de mercado semanal; asimismo, la carta fundacional de la población otorgaba a sus ciudadanos libres importantes concesiones comerciales y exenciones fiscales semejantes a las concedidas a otras grandes ciudades como Winchester o Bristol. Lo que era aún peor, el pabellón real de caza en el bosque de Clarendon se encontraba sólo a tres kilómetros de la nueva ciudad del obispo, y al rey Enrique le gustaba cazar allí, y de todos era conocida la pasión del monarca por los nuevos edificios eclesiásticos.
—La nueva ciudad absorberá todo el dinero —se quejaron los burgueses de Wilton—. Nosotros no le interesamos al rey.
Estaban en lo cierto. Pero al principio había existido un factor compensador. Pues debido a la expansión del comercio en la zona y al aumento del tráfico en sus carreteras, muchos comerciantes acudían a la nueva población desde el sur y el oeste, y para cruzar el río y penetrar en la ciudad se veían obligados a utilizar el puente de Wilton. Por consiguiente, los comerciantes de Wilton se beneficiaron de ese tráfico.
Durante veinte años todo parecía indicar que el viejo burgo situado en el oeste podría prosperar junto a su nueva vecina. Pero ahora, en el año 1244, había ocurrido lo inevitable: el obispo Bingham había construido un puente al sur de la catedral. Al atravesar el Ayleswade y pagar un pequeño peaje, los mercaderes extranjeros podían cruzar esa parte del río sin acercarse siquiera a Wilton, y el antiguo poblado se encontró de pronto desconectado de la actividad comercial de la región.
Pero eso no era todo. Desde tiempos inmemoriales, el viejo burgo de Wilton había celebrado dos días de mercado semanales en su pequeña plaza. El obispo sólo había obtenido permiso para celebrar uno. Pero en la amplia explanada del mercado de New Salisbury los comerciantes vendían sus productos sin licencia prácticamente cada día de la semana, y nadie hacía nada para impedírselo. Pese a las frecuentes protestas de los burgueses de Wilton ante el rey, la nueva fundación estaba chupando la sangre a la antigua población sajona.
La familia de William había hecho escasos progresos desde la frustrada demanda que un siglo atrás había entablado contra sus parientes. Aunque llevaba el mismo nombre que su bisabuelo, que había desafiado inútilmente a los granjeros de Shockley, William no era un curtidor sino un pequeño comerciante en lana; se ganaba precariamente la vida prestando dinero a los pequeños agricultores, que avalaban con la lana de sus ovejas, que William vendía en el mercado. Dado que los precios eran fijos y el comercio pujante, William obtenía unos pequeños beneficios en este prometedor mercado de futuros. Su esposa y su hermana habían heredado el inquilinato de una casita en una de las propiedades de Godefroi; de resultas de ello, William poseía treinta ovejas que pastoreaba en unos prados situados junto al río Avon. Para complementar los modestos ingresos de la familia, su cuñada tejía en su único telar un paño de escasa calidad que William vendía en provecho propio en los mercados locales a precio rebajado. Así era como se ganaba el sustento; pero era más pobre que su bisabuelo el curtidor.
La familia nunca había perdonado a los prósperos granjeros de Shockley.
—Esos Shockley son unos ladrones —decía William a sus hijos.
Era un artículo de fe. Y ahora que los Shockley habían adquirido también una casa en la nueva ciudad, ésta iba a arruinar a Wilton.
—Malditos sean, y maldito sea el puente.
Pero si estaba enojado al contemplar el puente del obispo, eso no fue nada comparado con la furia que experimentó cuando llegó al mercado.
Junto a su carro se había arremolinado una docena de personas; algunas mostraban una expresión de curiosidad, otras sonreían con desdén.
El hombre de Wilton a quien William había confiado el carro tenía un aire sombrío; y en el centro del grupo, tranquila pero severa, aparecía una figura que William temía: Alan Le Portier, el funcionario encargado de velar por el cumplimiento del aulnage. Su hija Alicia se hallaba justo detrás de él.
Le Portier señaló el carro y preguntó:
—¿Ese paño es tuyo?
El estatuto del aulnage había sido instituido por el rey Ricardo hacía medio siglo. Se trataba de un impuesto sobre el paño, junto con unas normas que establecían las medidas tipo que debían tener los paños. Alan Le Portier había elegido una variable distinta del apellido familiar, pero al igual que su hermano, el canónigo Portehors, era un hombre delgado y exigente. Cuando el gran William Longspée le había recomendado para el cargo de recaudador del aulnage, el distinguido noble había asegurado a los funcionarios reales con una carcajada:
—No os preocupéis, es como toda la familia: en caso necesario sería capaz de contar cada fibra del tejido.
Al acercarse, William miró a Le Portier y a su hija. Alan tenía el pelo más canoso que su hermano. Su enjuto rostro era refinado pero severo, y tenía los ojos oscuros. Su hija Alicia, una bonita muchacha de dieciséis años con los ojos castaños, observó a William con curiosidad. Con frecuencia iba al mercado con su padre, a quien admiraba mucho, y conocía todos los usos y costumbres del mercado.
Le Portier repitió la pregunta.
—¿Es tuyo ese paño?
William asintió con la cabeza.
—Le falta un cuarto de pulgada de anchura.
¿Quién podía imaginar que el funcionario iba a fijarse en ese detalle? Al estafar a sus clientes vendiéndoles un tejido ligeramente más estrecho de lo estipulado, William obtenía unos modestos beneficios, incluso aunque vendiera la mercancía a precio rebajado. No debió dejar el carro donde los perspicaces ojos de Le Portier pudieran dar con él.
—Por supuesto, tendrás que pagar una multa —le comunicó Le Portier fríamente—. Más vale que te lleves tu mercancía a Wilton. Aquí no puedes venderla.
William agachó la cabeza. Pudo haber sido peor: el funcionario podía haberle confiscado el género; pero le resultaría difícil vender ahora el paño. Y representaba el trabajo de dos meses. Sin decir palabra, William empuñó las largas varas del carro y comenzó a arrastrarlo. Al alejarse oyó a Le Portier comentar a su hija:
—Hay que vigilar a esa familia.
William los maldijo a todos en silencio.
La reunión que tanto interesaba al joven Osmund se celebró aquella mañana junto al Avon, un kilómetro al sur de la aldea de Avonsford.
Dos espléndidos caballos y un carro estaban esperando junto al camino de herradura que discurría junto al río. A veinte pasos, un grupito consistente en dos hombres y un muchacho conversaba en voz baja; más abajo, en el borde de la ribera, un hombre cubierto con una larga capa negra provista de capucha no cesaba de pasearse arriba y abajo, enfrascado en sus pensamientos. Los otros tres le miraban de vez en cuando con expresión ansiosa.
Jocelin de Godefroi, Edward Shockley y su hijo de dieciocho años, Peter, aguardaban la decisión del individuo encapuchado.
—Si accede esta mañana a nuestra petición —había dicho Edward a su hijo—, será lo más importante que habré logrado en mi vida. Nos haremos ricos.
Mientras dejaban que el encapuchado reflexionase, Shockley apenas podía disimular su impaciencia.
La familia había prosperado modestamente. Habían conservado la granja de Shockley, y ese topónimo se había convertido en el apellido de la familia. Sin embargo, Edward en su juventud había ocupado la casa de la ciudad nueva, donde había abierto un pequeño pero provechoso negocio instalando tres grandes telares y contratando a unos tejedores para confeccionar el paño. Eran tiempos de intensa actividad; la familia gozaba de las simpatías y la confianza de sus vecinos. Edward Shockley, un hombre corpulento y fanfarrón, se había convertido en miembro del gremio de comerciantes de la nueva ciudad; en 1240, había llegado a ser un burgués de cierta relevancia y la granja Shockley era regentada por un villano que desempeñaba el cargo de administrador.
Jocelin de Godefroi aparecía más sosegado.
Desde el terrible reinado de Esteban, los tiempos habían favorecido a su familia. Aunque durante la Anarquía Edward de Salisbury y su hermano se habían declarado en favor de la emperatriz contra el rey, cuando éste consiguió prevalecer los de Salisbury conservaron su influencia, y Godefroi, su modesto seguidor, tampoco sufrió perjuicio alguno. De hecho, bajo Enrique II y Ricardo, la familia no sólo había prosperado sino que había conquistado honores de resultas de la acción de armas de Ranulf de Godefroi, que luchó junto a Ricardo Corazón de León en la Tercera Cruzada a Tierra Santa. En la pequeña iglesia de Avonsford, sobre una espléndida tumba se veía una estatua de Ranulf yacente, con la espada al costado, una gran cruz sobre el pecho y una pierna sobre la otra, en la postura tradicional del caballero cruzado caído en combate. La insignia de peltre que le habían vendido unos monjes en Tierra Santa como recuerdo de su peregrinaje había sido clavada en el borde exterior de la campana de la iglesia. Por esas y otras obras, la familia era respetada por los habitantes de la localidad. Habían obtenido una segunda propiedad en Sarum, arrendada directamente al rey, y como el monarca había decidido elegir a algunos nobles de menor relevancia para el cargo, incluso se rumoreaba que un caballero notable como Jocelin de Godefroi podría desempeñar el puesto de sheriff, o alguacil.
Pero Jocelin era muy distinto de sus antepasados en un aspecto de gran importancia, pues aunque poseía dos propiedades sólo tenía un hogar: y éste era Inglaterra.
Esa situación representaba una novedad. Durante los primeros ciento cincuenta años después de la conquista, muchos normandos y bretones poseían propiedades tanto en Inglaterra como al otro lado del Canal de la Mancha; de haberles preguntado cuál era su hogar, muchos habrían tenido dificultad en responder; pero cuando el rey Juan perdió en sus desastrosas guerras Normandía, que pasó a manos del rey francés, los propietarios de tierras en ambas regiones se vieron obligados a elegir: o renunciaban a sus propiedades inglesas y rendían vasallaje al monarca francés, o a la inversa. La familia Godefroi de Avonsford había elegido Inglaterra. La pérdida no había sido grave. Ambos monarcas eran hombres feudales, y para ellos la idea de la familia era más importante que el vago concepto de nación, de modo que concedieron a sus vasallos el tiempo suficiente para poner en orden sus asuntos. Por consiguiente, las propiedades que los Godefroi tenían en Normandía acabaron siendo vendidas por un precio satisfactorio. Pero de resultas de ello, Jocelin fue el primero de la familia que no tuvo como patria dos países y que, de habérsele preguntado de dónde provenía, habría respondido que no era normando, sino inglés.
Era un hombre bien plantado, de mediana estatura. Así como bajo el reinado de Esteban sus antepasados habían llevado barba, bigote y cabellera con raya al medio, Jocelin llevaba el rostro rasurado y su lisa melena con flequillo tenía las puntas hacia dentro, un peinado que conseguía utilizando unas tenazas calientes y que prestaba un aire intelectual a su armonioso y afilado semblante. Vestía una larga túnica de lino que le llegaba a los tobillos y encima de ella un sobretodo forrado con piel de zorro. Sus suaves zapatos de cuero, abotonados en torno al tobillo, mostraban en las largas punteras unos bordados en hilo de plata, y en la mano sostenía un sombrero de fieltro de tres picos. De una cadena de oro que lucía alrededor del cuello pendían dos pequeños amuletos que conmemoraban sus dos peregrinajes: uno a Santiago de Compostela en España y el otro al santuario de santo Tomás Becket, ejecutado a raíz de su disputa con Enrique II en Canterbury, hacía tan sólo setenta años. De las riendas de su caballo colgaban dos pequeños broqueles de esmeralda, de tres centímetros de ancho, que ostentaban su escudo de armas: un cisne blanco sobre campo de gules.
Ninguna familia en Sarum estaba más entregada a la causa de la caballería que la de Godefroi. A fines del pasado siglo, cuando Ricardo I, ese irresponsable parangón de caballeros, había instaurado los torneos de justa en los amplios campos que se extendían entre el viejo castillo de Sarisberie y la población de Wilton, ningún hidalgo los había apoyado con más vehemencia que el viejo Ranulf de Godefroi. Su hijo, y ahora su nieto, se contaban entre los más importantes mecenas y organizadores de esos festivales.
Pese a todo ello, Jocelin era un hábil hombre de negocios, y en la reunión de aquel día habían tratado un asunto extremadamente importante, de manera que él también observaba atentamente la figura encapuchada que, por fin, se dirigía cuesta arriba hacia ellos.
Estaba ya a pocos pasos. ¿Cuál sería su veredicto?
Era un hombre alto, de complexión fuerte, ligeramente propenso a la obesidad, y que caminaba con paso enérgico y decidido. Al aproximarse a ellos se quitó la capucha, mostrando una cabeza abombada y parcialmente calva, de sienes entrecanas, y un rostro dotado de una noble nariz aguileña, una boca firme y agradable y unos ojos azules, muy separados, que rezumaban sentido del humor e inteligencia. Tenía treinta años, pero ya era un experimentado hombre de negocios.
—La corriente es fuerte; el terreno firme —dijo sonriendo—. Obtendréis vuestro préstamo.
Hablaba francés, puesto que era a Godefroi a quien se dirigía; y tanto este hecho como la suntuosa capa que lucía y el espléndido corcel que montaba indicaban que pertenecía a la clase dominante normanda. No obstante, su vestimenta contenía un curioso elemento; en el pecho llevaba cosidos dos rectángulos de tela blanca, de unos cuatro centímetros de ancho y seis de largo: una insignia, conocida como la tabula, que representaba las dos tablas de piedra en las que estaban inscritos los Diez Mandamientos. Pues Aaron de Wilton era judío.
Los judíos de Inglaterra pertenecían al rey. En su mayoría procedían del norte de Francia, y tanto el Conquistador como sus hijos, Guillermo II el Rojo y Enrique, les habían animado a establecerse en su nuevo reino, donde, aunque tenían prohibido poseer tierras y dedicarse al comercio, gozaban, dentro del sistema feudal normando, de una situación privilegiada y protegida en calidad de financieros y prestamistas. Los judíos no eran el único grupo que llevaba a cabo esta necesaria función. Tanto los mercaderes italianos como la cristiana orden de los Caballeros Templarios, que disponía de una amplia red internacional, se dedicaban también a prestar dinero; pero en Inglaterra los judíos eran los prestamistas más importantes en una época en que el rey necesitaba cada vez más dinero para financiar sus cruzadas, sus guerras en el extranjero y sus mercenarios, pero a pesar de su pujante economía, la isla, organizada según el sistema feudal, no disponía de otro grupo corporativo capaz de recabar fondos. De habla francesa, por lo general cultos, y necesarios para la corte y los grandes magnates, los líderes judíos —aunque estaban fuera de la casta feudal propiamente dicha— se asemejaban más a unos aristócratas que ningún otro grupo aparte de los obispos y los clérigos más destacados. Y durante aproximadamente un siglo su relación con la Iglesia —cuyos obispos con frecuencia precisaban fondos para levantar sus imponentes catedrales y cuyos monasterios no tardaron en verse tentados a pedir prestado dinero sobre la garantía de su ingente producción de lana— en términos generales fue amistosa.
La comunidad judía también había prosperado, pese a algunas manifestaciones locales contra ellos, durante el largo reinado de Enrique II en el siglo XII; los judíos se convirtieron en agentes del tesoro del rey, recaudando fondos para sus arcas sobre la garantía de los beneficios que percibían los sheriffs de los condados. De esta forma se anticiparon al sofisticado sistema de préstamos gubernamentales que se instauraría en siglos posteriores. Incluso se les permitía poseer tierras como principales terratenientes del rey, aunque técnicamente las tierras seguían perteneciendo al monarca. La propiedad de cada judío revertía al rey a la muerte de aquél, pero era un privilegio que el monarca rara vez ejercía, puesto que no tenía sentido destruir a unos banqueros que le resultaban tan útiles. Y no cabe la menor duda de que eran útiles. Durante la última mitad del siglo XII, el rey comenzó a recaudar dinero de la comunidad judía mediante el sistema de impuestos arbitrarios, los tallages, que el monarca podía imponer según su criterio. Y aunque Enrique II era moderado en sus demandas, durante la última parte de su largo reinado, aproximadamente una séptima parte de sus ingresos anuales provenía de la comunidad judía.
—Quizá seamos útiles —había advertido su padre a Aaron—. Pero no creas que podemos sentirnos nunca seguros.
El hombre tenía fundados motivos para mostrarse cauto. Los cruzados habían fomentado los prejuicios contra todos aquellos que pudieran ser acusados de infieles, y durante los preparativos de la cruzada del rey Ricardo se habían producido en algunas ciudades inglesas varias revueltas antijudías, que culminaron con el terrible episodio de York, cuando ciento cincuenta judíos, atrapados en el castillo en el que se habían refugiado, prefirieron suicidarse antes que correr una suerte peor a manos de la muchedumbre armada. Pero Ricardo no tardó en poner fin a esos conflictos y, de nuevo, la comunidad judía gozó de una relativa seguridad bajo la protección del rey.
Los tallages aumentaron. Cuando Ricardo fue capturado a su regreso de Tierra Santa y los ingleses tuvieron que pagar un rescate por su liberación, se asignó a la pequeña comunidad judía unos impuestos por valor de cinco mil marcos, tres veces la cantidad entregada por los burgueses de la poderosa ciudad mercantil de Londres. Y bajo su sucesor Juan, quien siempre andaba escaso de fondos, los impuestos alcanzaron unos niveles aún más elevados.
De hecho, la posición del rey en esta cuestión no dejaba de ser curiosa. Pues mientras que la Iglesia, pese a las actividades de sus agentes, condenaban enérgicamente la práctica de prestar dinero con interés —una práctica que denominaban usura—, y el rey fingía apoyar esta doctrina, era el rey de Inglaterra, a través del aumento de los tallages, quien más se beneficiaba del sistema financiero judío que él protegía, y por consiguiente el mayor usurero del reino era el propio soberano.
Sean cuales fueren los defectos del sistema, no puede negarse que estaba bien organizado. Se había creado un tribunal de Hacienda específico para la comunidad judía; y en numerosas poblaciones los documentos oficiales de todas las transacciones prestamistas se conservaban en las archae, las grandes arcas que contenían esos documentos caligrafiados. Wilton, que poseía desde hacía tiempo una importante comunidad judía, era una de esas ciudades y Aaron constituía uno de sus miembros más veteranos.
Hacía un siglo que su familia había llegado allí y Aaron conocía bien a los Godefroi y a los Shockley. Su abuelo, en tiempos más felices, había mantenido largas y amistosas discusiones con el eximio Ranulf de Godefroi; su padre había hecho un pequeño préstamo a Edward Shockley cuando éste había montado su negocio en New Salisbury. Era natural que ambas familias acudieran a él para que les ayudara en esta nueva y trascendente aventura.
Aaron se volvió hacia Shockley.
—Una pregunta —dijo con expresión seria—: Ya poseéis una granja y unos telares en la ciudad. ¿Quién se ocupará de dirigir día a día esta nueva empresa?
Edward señaló a Peter.
—Mi hijo.
Aaron dirigió sus ojos azules hacia Peter Shockley, examinándolo detenidamente. Le gustaba aquel joven, a quien conocía desde que era niño; se trataba de un muchacho responsable y equilibrado, pero presentía que era un tanto impulsivo, lo cual le preocupaba.
—Muy bien. Pero es muy joven —dijo—. Debéis vigilarlo de cerca. —Tras estas palabras Aaron se dirigió hacia su caballo.
¿Era posible que hubiera olvidado la condición más importante? Godefroi y Shockley se miraron perplejos.
—Aaron. —Edward Shockley le detuvo—. No has mencionado —se interrumpió nervioso— el tipo de interés.
El judío sonrió.
—¿Lo he olvidado? Qué olvidadizo soy. ¿Pongamos el habitual?
Los dos hombres emitieron un sonoro suspiro de alivio. Era mejor de lo que habían imaginado.
En la próspera economía del siglo XIII, cuando la enorme demanda de capital líquido superaba la oferta, incluso los tipos de interés ordinarios eran muy elevados. El tipo normal se cifraba entre uno y dos peniques por libra cada semana, un tipo anual de entre el veintiuno al cuarenta y tres por ciento; pero cuando el rey imponía unos impuestos muy gravosos sobre la comunidad prestamista, ello solía forzar el aumento de los tipos y, aunque oficialmente el rey los censuraba, era frecuente que los tipos de interés alcanzaran el sesenta u ochenta por ciento. Este elevado coste del dinero no era privativo de los acreedores judíos. Los mercaderes cristianos de Cahors solían emitir un pagaré por la mitad de la cuantía del préstamo, con vencimiento a finales del año en curso, lo cual les permitía cobrar un cincuenta por ciento de interés sobre un período de sólo unos pocos meses. Pero el negocio era pujante y tanto los terratenientes como los comerciantes estaban dispuestos a pagar unos tipos exageradamente altos. Sin embargo, Aaron tenía tratos con los Shockley y los Godefroi desde hacía años, y el tipo de interés corriente al que se había referido era un relativamente modesto veinticinco por ciento.
Los hombres emprendieron la marcha; Aaron y Godefroi montados en sus caballos, Shockley y su hijo en su carro; puesto que todos debían atender unos asuntos en la nueva ciudad, avanzaron juntos y lentamente a través del verde valle del Avon.
Al cabo de un rato Edward Shockley se volvió hacia su hijo y murmuró con suavidad:
—Comenzaremos las obras de inmediato. —Luego añadió, por enésima vez—: Con el taller nos haremos ricos.
Peter asintió con la cabeza. Él dirigiría la empresa, y entonces, estaba seguro de ello, podría casarse con Alicia. El joven sonrió al pensar en ello. Le Portier no podría rechazar a un joven que poseía un próspero negocio.
El próspero negocio en el que Godefroi y los Shockley habían decidido invertir dinero era un batán enfurtidor, símbolo de aquella época.
El proceso de fabricación de paño apenas había sufrido cambios desde épocas pasadas. En primer lugar esquilaban las ovejas y recogían la lana; luego perchaban la lana con una carda para separar y abrir las fibras; seguidamente la lavaban y secaban para eliminar la grasa superflua. A continuación hilaban la lana —estirándola y retorciéndola con un huso para formar las hebras—, y este lento proceso se realizaba a mano, pues aún no se había inventado la rueca. Sólo entonces podían comenzar a tejer el paño.
Los telares en los que elaboraban el paño eran, desde los últimos dos mil años, muy sencillos: consistían en un travesaño sobre el cual colgaban las largas hebras de lana —que formaban la urdimbre— provistas de unos pesos; a continuación las hebras más cortas —la trama— eran pasadas a través de las largas y tensadas con el travesaño. Esta sencilla operación de tejer la trama conforme a un patrón minuciosamente diseñado era repetida mil veces a mano, y muy despacio, centímetro a centímetro, aparecía el tosco tejido sobre el telar. Esto continuaba hasta alcanzar el extremo de la larga urdimbre, que marcaba el fin de aquel pedazo de paño.
Éste era el telar vertical. Pero últimamente habían inventado un aparato mucho más eficaz en el que colocaban la urdimbre en sentido horizontal sobre un armazón y la enrollaban alrededor de un cilindro que giraba, lo cual permitía tejer un rollo de paño de longitud ilimitada. Por otra parte, podían confeccionar fácilmente unas tiras anchas de paño sentando a ambos lados del telar a dos hombres uno frente a otro, los cuales pasaban la trama entre ellos. Éste era el telar horizontal doble que vino a revolucionar la industrial textil, y Shockley poseía esa clase de telares.
Pero el tejido recién sacado del telar aún era inutilizable. Las fibras estaban todavía relativamente sueltas, la lana llena de suciedad e impurezas; el paso siguiente y el más importante consistía en abatanar la lana: pisotear el tejido en bruto en unas tinas de agua a la que le añadían un detergente, por lo general orina rancia. A medida que los bataneros pisaban el tejido en las tinas, de las que emanaba un olor acre a amoníaco, el tejido se encogía y tensaba, y toda la suciedad que quedaba en la lana se desprendía. Luego, una vez completada esta labor, el maloliente tejido era lavado a fondo. A continuación, cuando el tejido aún estaba húmedo, levantaban la lanilla del mismo con una carda compuesta por unas cabezas de cardo y recortaban la lanilla con unas tijeras. Por último, colocaban el tejido sobre unos marcos de tender para que se secara.
El proceso de abatanar la lana era lento, laborioso —a menudo duraba veinticuatro horas a temperaturas muy elevadas— y duro; cuanto más pesado el tejido, más a fondo había que tundirlo, de forma que en el caso de un fieltro grueso, por ejemplo, el tejido quedaba tan encogido y aplastado que era imposible apreciar la urdimbre original.
Durante esa época de la historia de la isla se produjeron otros dos importantes cambios en la industria pañera. El primero fue el paulatino aumento de la fabricación de paño. Con el transcurso de las décadas, aunque la mayor parte del paño seguía siendo importado de Flandes e Italia, comenzó a imponerse el paño de fabricación inglesa. El segundo acontecimiento era de carácter mecánico: el batán enfurtidor.
Y el potencial que encerraba esta nueva e imponente máquina entusiasmaba a Edward Shockley.
—Verás —explicó a Godefroi—, funciona como un molino harinero: el río hace que gire la rueda, pero en lugar de muelas, tienes dos inmensos martillos de madera instalados sobre una rueda de trinquete que baten el tejido de forma continua. Hace el trabajo de diez bataneros; y cuanto más pesado el tejido, más eficaz resulta la máquina.
El batán enfurtidor comenzó a aparecer en numerosos lugares, especialmente en el oeste de la isla. Aunque algunos bataneros locales se resistían a utilizarlo, pues temían que compitiera con sus métodos tradicionales, constituía un método más efectivo de enfurtir los tejidos pesados. Tenía el mismo aspecto que un molino harinero, y la única diferencia que uno advertía al aproximarse a la máquina eran los golpes rítmicos de los dos martillos de madera y el hedor a amoníaco. El obispo de Winchester se había apresurado a instalar un batán enfurtidor en su cercana propiedad de Downton.
—Cada año aumenta la fabricación de paño —afirmó Shockley—. Si poseemos un batán enfurtidor, podremos beneficiarnos de este auge.
Todo cuanto necesitaba para poner en marcha su negocio era una parcela junto al río, donde poder instalar una noria de molino, y un inversor con el capital suficiente para construir el batán enfurtidor, o procurar el aval para el dinero necesario. Como es natural, Shockley había acudido a Godefroi.
Según el acuerdo entre ambos, Godefroi pediría prestado a Aaron el dinero para el batán, que construiría en la nueva propiedad que ocupaba en calidad de arrendatario principal, donde era libre de hacer lo que quisiera sin pedir permiso a un terrateniente superior. A su vez Shockley, como empresario, había accedido a abonarle la mitad de lo que le pagaran los clientes del batán procedentes de fuera de las propiedades de Godefroi, y todos los recibos generados por los inquilinos y villanos de Godefroi, quienes, al ser éste su señor feudal, se veían obligados a utilizar su batán. De este modo Godefroi, al utilizar sus inmensas tierras como garantía para el préstamo, añadiría un bien muy valioso a su propiedad; y sus arrendatarios feudales se verían obligados, indirectamente, a aumentar los ingresos del caballero. Era una combinación de capitalismo y feudalismo muy típica de la época.
La construcción del batán enfurtidor no era complicada, pero requería un esmerado trabajo de albañilería y carpintería.
—¿Quién realizará las obras de albañilería? —preguntó Aaron a Godefroi mientras atravesaban el valle.
—Hay un joven en mi feudo —contestó el caballero— que en estos momentos trabaja en la ciudad. Parece muy competente. Se llama Osmund.
Aaron sonrió.
—Es más barato que contratar a un albañil que no te inspire confianza —comentó.
—Exactamente —asintió Godefroi.
Cuando, media hora más tarde, William atte Brigge vio el pequeño cortejo formado por Godefroi, Aaron de Wilton y los detestados Shockley avanzando a caballo por la calle, el espectáculo le dio mala espina. De modo que cuando el grupo se detuvo porque Godefroi se había parado a charlar con un comerciante, William atravesó la calle y se acercó a Aaron. Esos dos hombres no sentían ninguna simpatía mutua, pero como eran vecinos en Wilton ambos observaron una circunspecta cortesía.
—¿Qué ocurre? —preguntó William—. ¿Acaso Godefroi y los Shockley van en busca de dinero? —Aaron no respondió—. ¿Es que están en apuros? —insistió William confiando en que así fuera.
—En absoluto. A mi entender se trata de una excelente inversión. —Aaron le explicó escuetamente el proyecto del batán enfurtidor—. He contribuido a financiar otros dos en el oeste —añadió con calma.
El rostro de William se ensombreció. Empezó a atar cabos rápidamente. El telar de su esposa, sus ovejas, el origen del mísero tejido que vendía para ganarse el sustento, se encontraban en la propiedad de Godefroi. Eso sólo podía significar una cosa. Sus sospechas se vieron confirmadas al cabo de unos momentos cuando se percató de que Godefroi, montado en su caballo adornado con escudos de esmalte, se hallaba junto a él y le observaba con no disimulado desprecio.
—¿No teje la familia de vuestra esposa paño en mis tierras? —preguntó secamente.
William asintió con la cabeza.
—Perfectamente. Dentro de poco llevarán su paño a enfurtir en mi batán. —Con esto Godefroi espoleó a su caballo y se puso en marcha, seguido por el carro que transportaba a los Shockley. William oyó que alguien emitía una carcajada, pero no alzó la vista para comprobar quién había sido.
De modo que el paño que hasta entonces había abatanado a bajo coste en Wilton, el paño procedente de sus ovejas, tendría que llevarlo ahora a un batán enfurtidor regentado por los malditos Shockley. Tendría que pagarles a ellos y a Godefroi para que le arruinaran. Y no había nada, absolutamente nada, que pudiera hacer para evitarlo.
Furioso, William empuñó las varas de su carro y empezó a alejarse; pero mientras avanzaba, las ofensas que se habían ido acumulando a lo largo del día se agolparon en su mente hasta que ya no pudo resistirlo más y se paró en seco.
—¡Malditos sean el obispo y su puente! ¡Maldito sea Le Portier! ¡Malditos sean los judíos y los Shockley! —gritó. William cogió las balas de tejido defectuoso y las arrojó al polvoriento camino, tras lo cual dio media vuelta para regresar a Wilton bajo el implacable sol.
Puesto que Aaron se había detenido brevemente en el mercado, fueron Godefroi y los dos Shockley quienes se encararon en primer lugar con el canónigo Portehors. Y dado que el caballero no sabía nada de lo ocurrido aquella mañana entre Portehors y Osmund, frenó su montura e indicó al muchacho que se acercara sin presentir ningún peligro.
Pero antes de que Osmund saliera de la zanja donde se encontraba postrado de rodillas, el sacerdote le propinó un empellón y se dirigió furioso hacia el caballero.
—¿Qué queréis de ese joven?
Sin desmontar, Godefroi miró al sacerdote con calma.
—Deseo hablar con él. Es mi villano.
—Está ocupado.
Godefroi inclinó la cabeza cortésmente.
—Sólo le detendré un momento, canónigo Portehors.
Pero Portehors no estaba dispuesto a ceder.
—Si lo que pretendéis es llevároslo de aquí e impedir que siga cumpliendo con su obligación, lo prohíbo.
Godefroi dio un respingo. El sacerdote no tenía ninguna jurisdicción sobre el joven, mientras que él, como señor feudal del chico, sí la tenía.
—Os agradeceré que no os metáis en esto —repuso secamente. Portehors no se movió. El caballero hizo caso omiso de él y se dirigió a Osmund.
—Queremos que mañana empieces a trabajar en el batán —dijo en tono afable—. Preséntate ante el capataz al amanecer. Godefroi se dispuso a marcharse.
No tenía deseos de discutir con Portehors y en lo que a él respectaba el asunto estaba zanjado.
Pero el canónigo no opinaba igual.
—Este joven trabaja en las obras de la iglesia —declaró.
Por supuesto, ni al canónigo ni al caballero se les había ocurrido preguntar su opinión a Osmund, aunque teóricamente éste era libre de hacer lo que le viniera en gana los días en que no tenía que trabajar para su señor feudal. Además Portehors consideraba que el asunto era demasiado importante para tener en cuenta los deseos de Osmund, pues se trataba de una cuestión de principio.
Al oír la última frase del canónigo, Godefroi arrugó el entrecejo, sorprendido.
—Pero si está construyendo unas zanjas en vuestra calle —dijo señalando el canal a medio terminar. Portehors vaciló sólo unos segundos.
—Mañana comenzará a trabajar en la catedral. —El sacerdote acababa de modificar el destino de Osmund para apoyar su argumento.
Godefroi se detuvo. Aunque tenía derecho de exigir que el muchacho trabajara para él, en otras circunstancias no habría obligado a un obrero a abandonar su trabajo en la catedral. Pero intuía que Portehors estaba alterando los hechos, y le enojaba que éste tratara de burlarse de él.
—Trabajará para mí —afirmó categóricamente.
Pero Portehors, indignado, se mostró inflexible. Sus cejas se contrajeron; estaba que echaba chispas.
—No ofendáis la Iglesia de Dios —exclamó—, o me obligaréis a hablar con el obispo, y es posible que éste hable con el rey.
—Esto es absurdo —replicó el caballero sin perder la serenidad. Pero su expresión era cautelosa. Portehors se dio cuenta de ello y se mantuvo firme.
Y pese a lo absurdo de la discusión, Godefroi hizo bien en mostrarse cauto: pues el canónigo Portehors y su Iglesia podían ser peligrosos.
Existían para ello varios motivos: uno era el rey Enrique III. Desde que ascendiera al trono hacía veinte años, siendo un niño, el piadoso Enrique había tratado de imitar al último monarca de la antigua casa sajona, el bondadoso Eduardo el Confesor. Dada su pasión por las ceremonias y la construcción de iglesias, acudía a menudo desde su pabellón de caza en el cercano bosque de Clarendon para observar los progresos de la nueva catedral, y sin duda se habría enfurecido con cualquiera que hubiera tratado de entorpecer su proyecto.
Pero existía otro factor aparte de la religiosidad del rey: la pugna política por la supremacía que libraban la Iglesia y el estado. Ésta duraba desde hacía tiempo. Había comenzado cuando Guillermo el Rojo se había peleado con el bondadoso arzobispo Anselm, y había alcanzado proporciones de crisis cuando la disputa entre Enrique II y el terco Tomás Becket culminó en el asesinato del arzobispo en la catedral de Canterbury. Una generación más tarde estalló de nuevo, en cierta forma con mayor virulencia, cuando el rey Juan se negó a acatar la decisión del Papa de nombrar arzobispo a Stephen Langton, y el papa Inocencio III pronunció un interdicto sobre todo el reino. Durante seis largos años todas las ceremonias eclesiásticas, inclusive el entierro, estuvieron prohibidas en Inglaterra, una situación que a los hombres temerosos de Dios como Godefroi les resultaba intolerable.
Juan se vengó confiscando las propiedades de la Iglesia y reservándose los beneficios de las mismas; Inocencio respondió excomulgándole, liberando así a sus vasallos feudales de la lealtad que le debían; incluso amenazó con deponer al rey. Pues Inocencio no era hombre que se dejara amedrentar. Por fin, ante la posibilidad de que el rey francés emprendiera una invasión con la bendición del Papa, Juan capituló, y después de ceder su reino al Papa lo recibió de nuevo de manos de él en calidad de vasallo. La Iglesia había triunfado; el nuevo arzobispo había sido instalado en su cargo; y el poder superior de la Iglesia, que se extendía incluso sobre los reyes, había quedado firmemente establecido. Era un poder tremendo, que no convenía desafiar, y Godefroi tenía fundados motivos para temerlo.
La victoria política había sido más bien teórica. Mucho más importante para todo hombre en Inglaterra era el hecho de que la Iglesia y el estado no podían vivir la una sin el otro: el rey necesitaba la autoridad moral de la Iglesia; la Iglesia, con sus inmensos latifundios, necesitaba la protección de rey y de las autoridades laicas. A raíz del interdicto, en Inglaterra se había desarrollado un nuevo espíritu de colaboración que había aportado grandes beneficios al estado. Cuando los desastres del reinado de Juan desembocaron en la revuelta de muchos de sus barones y en el contrato de la Carta Magna, fue Stephen Langton, el arzobispo al que se había opuesto el rey, quien aconsejó moderación a los barones y quien demostró su talla de estadista al redactar esa Carta cuyas sabias cláusulas protegían también a las gentes humildes. Durante muchas generaciones tanto reyes como magnates tomaron como guía la Carta Magna. A la sazón era la Iglesia quien apoyaba al rey y al pueblo inglés contra los excesos de los poderosos señores feudales, y su alta autoridad moral contribuía a impedir que se produjera el caos que había imperado durante el reinado de Esteban.
Ello no habría sido posible si los obispos no hubieran sido hombres de gran estatura moral, o si no se hubieran mostrado sensibles a los problemas del estado. En ocasiones eran candidatos propuestos por la Iglesia de Inglaterra, o por el Papa; a veces eran sirvientes del rey; pero en cualquier caso en la isla se había instaurado un período de compromiso práctico. Los dirigentes eclesiásticos solían ser nombrados en virtud de un acuerdo mutuo; las disputas entre la Iglesia y las autoridades laicas eran resueltas en los tribunales. A diferencia de los terribles tiempos en que el obispo Roger se dedicaba a construir castillos, durante las últimas generaciones los obispos de Salisbury habían sido hombres dignos e ilustres, de modo que el respeto que un hombre como Godefroi sentía hacia el obispo era alto. La nueva ciudad, con su imponente catedral y su bulliciosa población mercantil, expresaba el espíritu de colaboración que caracterizaba la nueva era.
Así pues, tanto por una cuestión de cautela como de simpatía y respeto, cuando el canónigo invocó la autoridad de la Iglesia, el caballero se detuvo.
Pero se resistía a dar su brazo a torcer.
Un corrillo de gente se había congregado alrededor de ambos hombres.
Desde su lugar de observación, Osmund contempló al canónigo y al caballero, sin saber exactamente cuál de ellos deseaba que triunfara.
Pero mientras contemplaba la escena, el joven se percató de un leve tic en las cejas del canónigo, un signo que conocía bien. Eso significaba que el sacerdote se disponía a lanzar un nuevo ataque. Osmund lo miró fascinado.
Pues Portehors no sólo era un hombre severo y autoritario, sino que representaba a una nueva y poderosa fuerza.
De un tiempo a esta parte en la Iglesia de Inglaterra había surgido un nuevo movimiento, encabezado por el riguroso y erudito Grosseteste, obispo de Lincoln. Los partidarios de esa corriente recordaban a sus colegas que el deber de la Iglesia era la curación de las almas, y nada debía interferir esa labor. Los obispos y los archidiáconos tenían la obligación de examinar la condición moral y espiritual no sólo de cada sacerdote de la diócesis, sino también de las personas laicas.
—No es que me oponga a Grosseteste en principio —había confiado Godefroi al canoso Bingham—. Pero anima a los clérigos más intolerantes a agobiarnos con su intransigencia.
Era cierto que esa facción puritana de la antigua Iglesia católica constituía un motivo de irritación para laicos de buena fe como el caballero. Pero Bingham se había limitado a sonreír con afabilidad. Era demasiado sabio para tomar partido en una cuestión de reforma.
Tanto Godefroi como Bingham habrían colocado a Portehors a la cabeza de la lista de los sacerdotes intolerantes y dogmáticos.
Pues si Cristo se presentaba con una espada, en opinión del canónigo la religión debía utilizarse como un cuchillo.
Mientras observaba al caballero que estaba ante él, Portehors presintió una posible victoria, lo cual le hizo sentirse exultante. Había leído de cabo a rabo las constituciones de Grosseteste y sabía lo que debía hacer. Apuntando con el dedo a Godefroi y luego a los dos Shockley, exclamó de sopetón:
—¡El pecado de la soberbia, Jocelin de Godefroi! Lo veo en vos. En cuanto a vos, Edward Shockley, en vuestra alma anida la avaricia. —El canónigo se detuvo. Luego posó la vista sobre Peter Shockley—. ¡Lujuria! —gritó en tono triunfal—. ¡Veo en vos el pecado de la lujuria!
—Hay lujuria en todos los jóvenes de dieciocho años —replicó Godefroi, irritado.
Pero Portehors estaba muy exaltado y mostraba un aire de virtuosa autoridad.
—Debéis hacer penitencia por vuestros pecados —les ordenó en tono imperioso—. Y no pretendáis alterar los designios de Dios con vuestros ardides.
Se produjo un tenso silencio. El grupo de curiosos había aumentado. Godefroi vaciló. Los Shockley le miraban preocupados y Osmund contuvo el aliento.
En aquel preciso instante, ajeno al drama que se estaba desarrollando, apareció Aaron. Se dirigió hacia Godefroi, se inclinó cortesmente ante Portehors, miró a Osmund y preguntó al caballero en tono afable:
—¿Es éste el joven que va a construir nuestro batán?
Entonces el canónigo Stephen Portehors, hombre autoritario y garante de la moral del pueblo, lo comprendió todo; y la depravación de lo que vio le llevó a reaccionar como si le hubieran clavado un aguijón.
—¡Usurero! —gritó a Aaron. Ningún delito era peor ante sus ojos—. ¡Miserables pecadores! —añadió furioso, señalándolos a todos ellos con el dedo.
Aaron le observó con frialdad. La ofensa no le preocupaba, pero en sus ojos asomaba cierta irritación que él no se molestó en ocultar y que pasó inadvertida al perspicaz sacerdote. Portehors se sintió libre de insultarlo de nuevo. Se volvió hacia la multitud y gritó:
—¡Mirad cómo los impíos judíos tratan de robarnos a nuestros trabajadores y destruir la obra de Dios!
Aaron de Wilton tenía un defecto, sobre el cual le había prevenido su padre. «No discutas nunca con un imbécil, Aaron —le había dicho—. De este modo ganarás». Pues aunque era un hombre amable y bondadoso con su familia, y escrupulosamente honesto en sus tratos con personas como Godefroi y Shockley, Aaron poseía una arrogancia intelectual que a veces, cuando se encaraba con un imbécil, le hacía aparecer duro.
Porque comprendía perfectamente la necesidad que tenía la isla de inversiones de capital, y porque veía con idéntica claridad los estrechos parámetros del talante inflexible del canónigo, Aaron no pudo resistir la tentación de poner en evidencia la estupidez de Portehors.
—Sin embargo la comunidad judía de York, antes de que fuera masacrada —comentó secamente—, cumplió la voluntad de Dios. Financiaron la construcción de nueve monasterios cistercienses.
Era cierto. Los grandes monasterios que se dedicaban a la explotación de ganado lanar en el norte habían hecho grandes y prósperos negocios con los judíos al financiar sus magníficos edificios. Pero eso había ocurrido hacía dos generaciones, cuando las relaciones entre ambas partes eran más cordiales.
Portehors lo miró furioso.
—La Iglesia no necesita ya vuestro dinero —replicó.
—Aunque el cuarto concilio lateranense en Roma —continuó Aaron fríamente—, nos pidió que pagáramos impuestos a la Iglesia.
—Cosa que os negasteis a hacer —le espetó Portehors.
—Cierto, ya habíamos entregado suficiente dinero a la Iglesia —repuso Aaron suavemente. Tras haber dicho lo que deseaba decir, se dispuso a marcharse, pero Portehors, ciego ante el hecho de que estaba siendo derrotado, le volvió a atacar.
—Lo único que os interesa es robar las tierras de los cristianos como garantía —le acusó.
Aaron se detuvo. Qué fácil resultaba dejar a Portehors en ridículo.
—¿Las tierras? Os equivocáis —respondió en tono mesurado—. El obispo de Ely, como sin duda recordaréis, ofreció las reliquias de los santos como garantía de un préstamo.
También era cierto. Eso era precisamente lo que había hecho el malvado sobrino del obispo Roger hacía un siglo, escandalizando a muchos en la Iglesia y dando pie a no pocas bromas entre la comunidad judía.
El canónigo se sonrojó de ira. Sabía que Godefroi y los Shockley, que observaban la escena en silencio, gozaban viéndolo en esa incómoda situación.
—El rey no tardará en llamaros a capítulo.
No era una amenaza baldía. Enrique había demostrado sentimientos ambivalentes con respecto a los judíos. Cuatro años atrás había permitido que se celebrara la quema ceremonial del Talmud, y con frecuencia había entregado los asuntos de Hacienda a desalmados favoritos extranjeros a quienes permitía robar a la comunidad judía impunemente. Pero su desmedido afán de construir edificios religiosos y sus complejos asuntos externos le tenían constantemente escaso de fondos, y necesitaba esa fuente de dinero.
—El año pasado en Westminster el rey recibió nuestro oro en sus propias manos. —La ceremonia durante la cual el monarca había aceptado personalmente el oro había causado cierta sorpresa, pero Enrique se había mostrado encantado.
—Eso no me preocupa —replicó Portehors, cambiando de táctica—. Lo que me preocupa es construir una morada para Dios.
Aaron asintió con la cabeza.
—Nosotros también, canónigo Portehors. Pues en este preciso momento el rey ha solicitado un elevado préstamo a la comunidad judía para reconstruir su iglesia de la Abadía de Westminster.
Portehors se quedó atónito. No sabía eso. Pero lo cierto era que la reconstrucción de la gran iglesia de Eduardo el Confesor estuvo financiada en parte mediante un préstamo de los judíos en 1245. Derrotado, el sacerdote miró a Aaron con odio, y luego, tras haber agotado los insultos, profirió las palabras más amargas que se le ocurrieron en aquel momento.
—¿Y qué sabéis vos, cuando los judíos no tienen reparos en crucificar a niños?
De todas las acusaciones vertidas contra los judíos, los herejes y otros supuestos enemigos de la Iglesia, una de las más monstruosas y más extendidas era la acusación de asesinato ritual. Los rumores habían comenzado hacía un siglo cuando fue hallado en Norwich el cadáver de un niño que presentaba indicios de haber sido crucificado. Inmediatamente un grupo de clérigos fanáticos había acusado a los judíos locales de dedicarse a la nigromancia y al asesinato ritual de niños. Esta absurda acusación era esgrimida con frecuencia por personas abrumadas por deudas con el fin de atacar a sus acreedores, a quienes culpaban de su situación.
No existía una respuesta razonable a ese monstruoso insulto. Con una mueca de desprecio, Aaron dio media vuelta y se marchó. Mientras le miraba alejarse, el rostro de Portehors dejó entrever una expresión de triunfo. Quizás hubiera perdido la discusión, pero había obligado al judío a poner pies en polvorosa.
Habiendo recobrado su sensación de victoria, el sacerdote adquirió de nuevo un talante grave y sereno, y se dirigió hacia Godefroi y Edward Shockley.
—Si apartáis a este joven de la obra de Dios —dijo en tono moderado pero claramente amenazador—, para que trafique con quienes han crucificado a Nuestro Señor, os convertiréis en candidatos a la excomunión.
Era una amenaza que Portehors probablemente no habría podido cumplir. No existían motivos legales para ello. Pero Godefroi comprendió que el canónigo estaba dispuesto a no cejar en su empeño, y como él no deseaba pelearse con las autoridades eclesiásticas, decidió capitular. Había muchos otros albañiles.
—Como gustéis —dijo encogiéndose de hombros. Y tras despedirse de los Shockley con una cortés inclinación de la cabeza, se marchó.
Y así, en el año 1244 de la era cristiana, Osmund el Albañil fue salvado por el canónigo Portehors de dos pecados mortales, el de avaricia y el de pereza, y con un jornal de un penique diario fue transferido a las obras de la nueva catedral de la Bienaventurada Virgen María en New Salisbury.
Aquella tarde Peter Shockley dio un paseo por la ciudad con Alicia Le Portier y le refirió la buena noticia sobre el batán enfurtidor.
Peter se apartó el pelo de la frente y sus ojos azules brillaron mientras explicaba a la joven con orgullo:
—Tenemos el batán y mi padre dice que yo lo dirigiré.
Era ambicioso. Ella lo sabía. Desde que eran niños, Alicia se había sentido atraída por esta faceta ambiciosa y entusiasta de Peter. Su conversación tomó unos derroteros familiares pero deliciosos mientras continuaban su paseo.
—Espero que estés preparado para ello. —La joven cedió a la tentación de humillarlo un poco; le gustaba ver cómo reaccionaba a sus pullas.
Él se sonrojó.
—Por supuesto que lo estoy. Y esto es sólo el principio.
Ella bajó los ojos para evitar que Peter viera que sonreía de gozo.
—Quizá seas capaz de conseguirlo —comentó en tono de fingido escepticismo.
—¡Conseguirlo! —Peter describió cada detalle del batán enfurtidor, explicándole que traerían de la propiedad de Godefroi la recia madera para construir los inmensos martillos, el mecanismo giratorio con sus ruedas dentadas y la gigantesca noria—. Será como el batán de Downton —afirmó el muchacho—, pero yo le sacaré mayor rendimiento.
Alicia lo miró unos momentos.
—Me defraudarías si no lo hicieras —dijo en tono retador.
Peter la había conocido toda la vida; ¿cómo era posible que unas pocas palabras de ella le estimularan tanto? Él le demostraría sus méritos y luego, dentro de uno o dos años, en cuanto hubiera alcanzado el éxito con el batán, se casaría con ella. Hacía tiempo que esa perspectiva era uno de los puntos secretos pero fijos en su imaginación, y a medida que se aproximaba la fecha Peter sentía aumentar su impaciencia e ilusión. «Dentro de un año, pediré a su padre permiso para casarme con ella», se prometió a sí mismo.
Alicia era una pulcra muchachita pecosa que llevaba el rojizo cabello corto en la nuca, como un muchacho. Era muy ágil; de niño, Peter corría más que ella, pero ella no le andaba muy a la zaga, y cuando los chiquillos de la comarca iban a bañarse en los estanques cerca de Wilton, Alicia nadaba como un pez y ni siquiera los chicos eran capaces de alcanzarla. Su único hermano, Walter, le llevaba muchos años y ella había ocupado su lugar como un segundo hijo para su padre, cuya sosegada autoridad Alicia admiraba mucho. «No soy un chico —le había dicho a Peter cuando tenía siete años—, pero valgo tanto como cualquiera de ellos».
¡Qué lejos le parecía a Peter todo aquello! A la sazón él era un eficiente funcionario real en Winchester, donde la influencia de su padre le había conseguido el puesto de aulnager; en los últimos dos años Peter había observado cómo Alicia se desarrollaba y convertía en una espléndida mujercita, de forma que ya no era su amor de la infancia quien caminaba junto a él, sino una muchacha que le resultaba sólo familiar a medias, pues emanaba un aire de misterio y seducción que a veces hacía que Peter se estremeciera sólo con pensar en ella.
Lo que más le gustaba a Peter de ella eran sus ojos. Eran distintos a los de cualquier otra muchacha. En ocasiones parecían castaños, con unas motas verdes y azules en torno al iris; y al cabo de unos momentos, cuando cambiaba la luz o el estado de ánimo de la propia Alicia, tenían un extraordinario color violeta. Los había heredado de su madre.
—Vamos al mercado —sugirió Alicia.
El mercado, que ocupaba un espacio inmenso e irregular, era un lugar bullicioso y lleno de ajetreo.
En el lado oeste se alzaba la nueva y achaparrada iglesia de Saint Thomas Becket, que constituía la sede parroquial de la zona mercantil; aunque la ciudad se expandía tan rápidamente que pronto tendrían que construir otro templo. Cerca de la iglesia estaba instalado el mercado de quesos. Frente a él, en el extremo oriental, estaban los corrales. Junto al centro se hallaban los cepos, un recordatorio de la autoridad del obispo sobre los criminales. Y en el lado sur aparecían los tenderetes del mercado, dispuestos en varias hileras.
Junto a los puestos de los carreteros se encontraba Bottle Row (la calle de los Botelleros), donde no sólo vendían botellas, sino también vasijas de arcilla y de peltre. Estaba la calle de los Pescadores, la de los Ferreteros, la de los Cocineros y la de los Zapateros, donde una variopinta colección de zapateros y de remendones cosían y daban martillazos sentados ante sus mesas. Había carniceros, panaderos, pañeros, sastres, plateros, carpinteros, guarnicioneros, fabricantes de fuelles, guanteros, sombrereros, fabricantes de hilos, vendedores de conejos, vendedores de especias, abaceros, vendedores de ajos y vendedores de pollos. Había toneleros, con sus barriles apilados en hileras, carboneros, vendedores de sal, vendedores de harina de avena, tratantes en puercos; y junto a una cruz en el extremo sureste, los importantes comerciantes en lana ocupaban un espacio propio dentro del recinto. El mercado exhibía todo el colorido y la profusión de comerciantes especializados que configuraban el mundo medieval, y que, en aquella época, daban origen a apellidos tales como Carter, Cooper, Butcher o Tailor (o sea Carretero, Tonelero, Carnicero o Sastre).
Alicia y Peter pasaron una hora recorriendo los alegres puestos del mercado.
Las gentes se codeaban sin reparos independientemente de que fueran comerciantes o villanos, mercaderes de Wilton o agricultores de las aldeas vecinas, ricos sacerdotes, frailes pobres o mamposteros de la catedral. Se veían canónigos de talante grave, que aguardaban a que sus sirvientes eligieran con esmero el queso; monjas de Wilton y apacibles pastores con sus cayados, majestuosos como obispos, esperaban ante los puestos de especias mientras a sus espaldas correteaban los chicuelos. Cada rincón del mercado poseía sus propios e intensos olores, desde el suave aroma del queso al olor acre y polvoriento de los puestos de los carboneros.
Durante su paseo Peter se alejó discretamente para adquirir algo que le había llamado la atención, mientras Alicia fingía no darse cuenta de nada.
Por fin se encaminaron hacia el norte, y enfilaron la calle donde se hallaba la manzana del Jabalí Azul.
El obispo había distribuido su ciudad en unos bloques, o manzanas, más o menos rectangulares, cada uno de los cuales estaba dividido en viviendas iguales. Las viviendas ocupaban unas parcelas que medían tres perches —unos catorce metros— de fachada y siete perches de profundidad, y por cada parcela el inquilino pagaba un chelín anual de renta, además de poder construir sobre ella según sus criterios. La mayoría construía casas con almacenes o talleres a ras del suelo; unos pocos —los ricos— construían sólo viviendas particulares. Al sur del mercado se encontraba la manzana de New Street; al norte, la manzana del Jabalí Azul y otras más que estaban todavía a medio construir.
Pasada la manzana del Jabalí Azul, en la calle que conducía al norte, hacia el castillo, pero antes de llegar a las puertas de la ciudad, se hallaba la casa de Le Portier, el aulnager, un alto edificio de yeso, de tres pisos, con un techado a dos aguas de tejas.
Cuando Peter y Alicia entraron en la casa, el aulnager no se encontraba allí, pero la madre de Alicia, sí. Al pasar frente a la mujer Peter notó que ésta los observaba con una curiosa expresión, como preguntándose cuánto tardaría el joven en convertirse en su yerno.
A Peter le complacía ver a la madre de Alicia. Aparte de sus extraordinarios ojos violetas, era una de esas mujeres afortunadas cuyo rostro, aunque no era bello, poseía unos rasgos firmes y compactos que no parecían envejecer. Ése era otro de los motivos por los que Peter había elegido a Alicia. «Quiero una mujer que dure», había pensado. La madre de la muchacha sólo tenía un defecto que estropeaba su apariencia: una leve joroba que daba a sus hombros una curva poco estética. «Pero su padre anda erguido como un palo —se dijo Peter—; creo que en esto Alicia ha salido a su padre».
Era cierto. Al contemplarla en ese momento, Peter comprobó que su novia era perfecta.
Ambos jóvenes se dirigieron a la zona situada detrás de la casa.
A diferencia de la mayoría de las viviendas, la parte posterior de la casa del aulnager no era utilizada como taller o almacén, sino que contenía un pequeño jardín con un seto de tejo, dos madreselvas y media docena de pequeños rosales. En el centro del pequeño jardín había un banco de madera.
Cuando Alicia se hubo sentado Peter sacó el regalo que había comprado en el mercado. Era un pequeño medallón de plata que había visto en el puesto de un platero. Pendía de una sutil cadena de plata y había sido confeccionado en la costa, en la desembocadura del río, donde había unas pequeñas minas de plata. El joven lo sacó con aire desenfadado, mientras Alicia lo observaba atentamente. Ambos sabían que ése era un momento importante.
—Es para ti —dijo Peter entregándoselo a Alicia con timidez.
Ella lo aceptó sin alzar los ojos del suelo.
—¿Y qué se supone que significa? —preguntó esforzándose en dominar su voz y aparentar frialdad.
—Que lo llevas porque me perteneces. —Peter pronunció las palabras con excesivo énfasis.
—¿Ah, sí? —Alicia se sentía complacida, pero no quería demostrarlo; quería que él dijera algo más.
—Por supuesto.
—¿No crees que eso es mucho suponer?
Pero el joven Peter se limitó a encogerse de hombros, sintiéndose a la vez turbado y satisfecho de sí mismo.
—Quizá yo no te pertenezca.
El reposado tono de Alicia constituía una advertencia, pero Peter no hizo caso. El leve rubor de las mejillas de la muchacha le indicaba que ésta se sentía feliz, lo cual le procuraba una sensación de poder. Medio hombre, medio niño, deseaba que ella cediera.
—Te he regalado un medallón —dijo él con frialdad.
Ella se lo colgó alrededor del cuello. Antes de responder, hizo una pausa.
—¿Esto es todo cuanto tienes que decir?
¿Por qué no le decía que la amaba?
Él sabía lo que ella pretendía, pero de pronto se sintió demasiado cohibido para complacerla.
—Hay muchas otras chicas que estarán encantadas de lucirlo si tú no lo quieres —dijo Peter con orgullo, mirándola con expresión triunfal.
Eso supuso para Alicia un puñetazo en el estómago. La joven palideció. Durante unos momentos no pudo articular palabra. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, logró reprimir las lágrimas que asomaban a sus ojos.
—¡Entonces tómalo! —replicó sin poder contener un sollozo—. No lo quiero, ni a ti tampoco.
Peter comprendió que se había excedido. Deseaba retractarse, pero no era lo bastante hábil para hacerlo.
—No soy un mal partido para ti —dijo en tono ufano—. Soy un hombre rico.
A continuación se produjo un silencio que a Peter se le antojó eterno; pero los ojos de Alicia nunca le habían parecido tan violetas mientras la joven trataba de contener las lágrimas. Por fin ella lo miró con desdén y le espetó:
—No eres un hombre, te lo aseguro, sino un niño. Y no te quiero. Te ruego que te vayas. —Le devolvió el medallón con calma—. No quiero volver a verte.
Peter lo cogió sintiendo que el corazón se le encogía. Luego, sin saber qué hacer, dio media vuelta y se marchó.
Ya la haría cambiar de parecer.
Pero aquella misma noche la madre de Alicia la llevó al piso de arriba y empezó a cambiarle el vestido, informando a la sorprendida joven con una sonrisa:
—Esta noche tienes que estar muy guapa, Alicia.
Cuando ésta inquirió el motivo, su madre le preguntó observándola fijamente:
—¿Con quién quieres casarte?
A lo que Alicia no respondió: «Con Peter Shockley, supongo», como habría respondido normalmente, sino que, como estaba enfadada con él, dijo:
—¿Quién sabe?
Su madre asintió con la cabeza.
—Shockley es un buen muchacho —comentó, apresurándose a añadir—: Y me gusta. Pero es muy joven. Y sólo es un comerciante. Nunca llegará a nada más. —Levantó con suavidad el cabello de su hija y se lo recogió en un moño—. Ya eres una mujer, y necesitas un hombre hecho y derecho, no un niño.
Alicia se sonrojó. Las palabras de su madre la complacieron, porque encajaban con su estado de ánimo. Pero se preguntó qué vendría a continuación. Evidentemente se trataba de algo muy especial, pues la muchacha nunca había visto una expresión tan concentrada en el rostro de su madre.
Ante la sorpresa de Alicia, su madre le quitó su infantil atuendo, consistente en una sencilla camisa de bliaut y un corpiño de lino, y le puso una túnica blanca de seda. Alicia nunca había lucido una prenda semejante y abrió los ojos como platos, deleitándose al sentir el suave tejido deslizándose sobre su piel.
—Tienes unos hermosos pechos —le dijo su madre con franqueza—. Debemos mostrarlos un poco.
A continuación sacó de un enorme arcón situado junto a su lecho un maravilloso vestido azul recamado en oro. Cuando se lo hubo puesto a Alicia y se lo hubo ceñido en la cintura, la falda caía formando unos pliegues hasta el suelo. Su madre le abrió un poco el escote del corpiño, abrochado por medio de unos cordones, dejando entrever sus seductores y juveniles senos a través de la túnica de seda, lo cual hizo que Alicia se sonrojara de nuevo. Por último su madre dobló una banda de lino blanco y le rodeó con ella la frente y la cabeza, y encima le encajó un gorro también de lino, a modo de corona.
Alicia se situó ante el espejo de bronce bruñido que había en una esquina de la habitación y se miró en él. No sabía que podía aparecer tan hermosa, y al contemplar a aquella nueva persona que su madre acababa de crear sintió una profunda emoción.
—Ahora, hija mía, ya eres una mujer —declaró su madre.
—¿Y en honor de quién me has vestido así? —preguntó la muchacha.
—Tu padre tiene un amigo importante en Winchester —le explicó su madre—. Tu hermano lo traerá aquí esta noche. Se llama Geoffrey de Whiteheath.
Alicia había oído a su padre hablar de él en términos muy respetuosos.
—Sería un excelente marido para ti —prosiguió su madre—. Es un caballero y posee una magnífica propiedad. El año pasado perdió a su esposa y a su hijo en un incendio. Ahora desea tener un heredero.
—¿Me obligará padre a casarme con él?
Su madre dudó unos instantes.
—No. Pero confía en que accedas. Él y tu hermano se han tomado muchas molestias para organizar este encuentro.
Alicia admiraba a los dos varones de su familia. No sabía qué pensar. Supuso que le agradaría el caballero que su padre había elegido para ella.
—¿Es muy viejo? —preguntó un tanto preocupada. Su madre se echó a reír.
—No. Tiene algunas canas en las sienes, pero como sabes eso presta encanto a los hombres —contestó sonriendo—. No tardará en llegar.
Alicia bajó la escalera, precediendo a su madre. El vestido largo que llevaba la hacía sentir mayor: demasiado mayor para Peter Shockley. Quizás ese caballero supiera apreciar sus cualidades.
El primero de los siete pecados capitales que afligían a Osmund el Albañil se apoderó de él de forma tan lenta e insidiosa que le pilló desprevenido.
Su vida como albañil de la catedral le satisfacía plenamente. Pues al penetrar en aquel apacible recinto, descubrió un mundo nuevo.
Por orden del canónigo habían contratado a Osmund en calidad de aprendiz, un paso por encima de la pequeña legión formada por unos doscientos peones que trasladaban las piedras y acarreaban el ripio, pero una figura insignificante y casi invisible entre el grupo de cincuenta albañiles, del que los maestros albañiles formaban una reducida y digna élite. Por encima de los maestros albañiles estaban el ilustre maestro de maestros, Nicholas de Ely, y su brazo derecho, Robert, a quien Osmund veía con frecuencia dirigiendo las obras pero al que nunca se había atrevido a dirigir la palabra; pero la figura más reverenciada por los constructores, más que el mismo obispo, era Elias de Dereham, el proyectista de la catedral. Dereham había diseñado otros edificios, entre los cuales se hallaba el santuario de Saint Tomás Becket en Canterbury; pero Salisbury era su obra maestra. Elias era en la actualidad un anciano, y en esos momentos se encontraba fuera de la ciudad; Osmund ni siquiera sabía a ciencia cierta qué aspecto tenía.
Los albañiles habían aceptado a Osmund como aprendiz, pero puesto que nadie sabía nada sobre él, su existencia pasaba inadvertida incluso para los demás aprendices. Otro quizá se habría sentido descorazonado, pero desde el primer día Osmund tenía la absoluta certeza de que estaba donde deseaba estar.
De momento le empleaban como ayuda adicional y le encargaban las tareas más humildes, como aserrar los bloques de piedra gris y contribuir a desbastarlos. Pero Osmund se sentía satisfecho. Durante las largas y calurosas jornadas a la sombra de la catedral que iba subiendo lentamente, el albañil se contentaba con observar a sus compañeros que llevaban a cabo sus tareas con perfecto orden, aislados del resto del mundo en su espacioso recinto. Varias noches a la semana Osmund se quedaba junto a las recias chozas de madera de los albañiles, que formaban una larga hilera al este y al norte del perímetro de la zona dedicada a la catedral. Le gustaba sentarse respetuosamente fuera del círculo de albañiles y escuchar mientras conversaban. En cuanto a sus ambiciones, no las compartía con nadie: el gremio de los albañiles era una asociación cerrada y reservada; incluso un nuevo aprendiz sabía que debía realizar su labor con paciencia y esperar a que sus compañeros le dirigieran la palabra.
En el lugar de las obras había un objeto que le fascinaba. En el ángulo oriental de la catedral, donde la primera capilla, más baja que el cuerpo principal del templo, estaba ya techada, Elias de Dereham había colocado sobre una mesa una enorme maqueta de madera que representaba la catedral una vez terminada. Cualquier albañil o peón podía acercarse a examinarla, y Osmund solía visitar ese lugar todos los días.
La catedral en miniatura consistía en un edificio largo y estrecho, cuya simple planta rectangular se veía interrumpida sólo por el inmenso crucero que la atravesaba en el centro, dándole la forma de una cruz simple, y por otros dos cruceros más pequeños junto al extremo oriental. Sobre el crucero central, una torre cuadrada de tejado plano se alzaba unos seis metros por encima de la larga cubierta de la catedral, dividiéndola en dos partes iguales. Éste era el diseño normal de muchas de las grandes iglesias que se construían en Europa en aquel tiempo y sus líneas alargadas y austeras constituían la esencia de la sencillez.
Pero ¡qué elegante era! A diferencia de las iglesias normandas, como la catedral de la colina, que eran como recios y pesados bastiones con sus arcos de medio punto y sus angostas ventanas abiertas en los gruesos muros semejantes a los de una fortaleza, ese nuevo edificio resultaba ligero y airoso. Sus ventanas de ojivas góticas aparecían dispuestas en dos hileras, formando dos grandes superficies acristaladas que equilibraban perfectamente las elevadas y lisas paredes de piedra gris de Chilmark del edificio. En opinión de Osmund, nada podía ser más puro y natural.
Un día, cuando se encontraba de pie junto a la maqueta, contemplándola embelesado, oyó una voz junto a él.
—¿Te gusta el edificio?
Al alzar la vista vio a un hombre de edad avanzada y de cara ancha, con una incipiente calvicie y una nariz ganchuda, que le observaba con curiosidad. Osmund se preguntó quién podía ser.
—Es tan… —el joven titubeó— simple.
Ante su sorpresa, el anciano sonrió.
—Las mejores cosas siempre son simples. Contempla esas ventanas, observa que no tienen más adorno que una sencillísima tracería. Al otro lado del Canal de la Mancha hallarás en las ventanas los diseños más rebuscados de mampostería, al igual que en las bóvedas —añadió el anciano—. Pero eso me disgusta. No encaja en Sarum —dijo sonriendo.
—Creo que debe de ser la catedral más grande del mundo —observó Osmund.
El proyectista emitió una carcajada.
—Oh, no. La catedral de Amiens, en Francia —continuó en tono risueño—, es dos veces mayor que nuestra iglesia. Pero si comparas el interior de las dos, no notarás diferencia. ¿Y por qué? Porque las proporciones son perfectas. Fíjate —apuntó el anciano con entusiasmo— en esos pilares de mármol de Purbeck que sostienen la bóveda: el mármol es tan duro que podemos construir unos pilares muy delgados. Y en el punto donde el crucero atraviesa el centro, las cuatro grandes columnas en las esquinas de la nave se alzan desde el suelo hasta la bóveda sin que ningún capitel rompa sus líneas puras, que se elevan majestuosamente.
Osmund comprendió quién era el anciano. Le asombraba que un personaje tan importante se dignara hablar con él.
El canónigo Elias de Dereham le miró con expresión afable.
—¿Eres albañil, joven?
—No, señor —respondió Osmund modestamente—. Pero confío en llegar a serlo.
—¿Sabes tallar?
Osmund sabía que era capaz de tallar madera. Estaba seguro de que también sería capaz de tallar la piedra.
—Sí —respondió sin titubear.
El anciano asintió con la cabeza y luego se alejó.
Dos días más tarde uno de los albañiles se acercó a Osmund mientras estaba trabajando y empezó a interrogarle.
—¿Deseas ser albañil?
Osmund movió la cabeza afirmativamente.
—Si deseas ser miembro de nuestro gremio y aprender los secretos del oficio de albañil, debes cumplir tu período de aprendizaje hasta que comprobemos tu valía.
El gremio de los albañiles era una organización relativamente familiar. Pero Osmund sabía que un aprendiz tenía que cumplir un aprendizaje de siete años antes de ser admitido en ella como oficial. El joven agachó la cabeza.
—Muy bien —dijo el hombre—. Ve a hablar con Bartholomew. Él será tu mentor. —Y tras pronunciar estas palabras se alejó.
A partir de ese momento Osmund supo que su vida como albañil propiamente dicho había comenzado.
Bartholomew era un aprendiz dos años mayor que él: un joven pálido y huraño con una cabellera negra y encrespada que le caía sobre la frente, y un purulento furúnculo en el cuello. Saludó a Osmund sin entusiasmo, pero le dijo que podía trabajar con él y aprender los rudimentos de su oficio.
Al día siguiente Robert, el maestro albañil, se acercó también a Osmund y le hizo varias preguntas, después de lo cual se despidió de él con una breve inclinación de cabeza.
—Aprende de Bartholomew —le ordenó.
Había mucho que aprender. Su hosco mentor le enseñó a utilizar el cincel, y le explicó las propiedades de las distintas clases de piedra.
También le detalló las numerosas actividades que comportaba construir un edificio, para cada una de las cuales existía un taller específico.
Era un mundo lleno de prodigios. Osmund examinó el gran tablero de dibujo del jefe de los albañiles, donde, mediante compases y cartabones, perfilaba los diseños de cada parte del edificio sobre una pieza de lino. Osmund comprobó asombrado que el lápiz que utilizaba no era de plomo, sino de plata.
—La plata traza una línea negra sobre el lino —le informó Bartholomew secamente. Osmund lo ignoraba.
El joven aprendió a apreciar la labor de los ensambladores y carpinteros, quienes no sólo confeccionaban los puntales del techo, sino que se encargaban de organizar el andamiaje. Vio el gigantesco aserradero y las pilas de troncos transportados desde el cercano bosque de Clarendon.
En el lado nororiental del recinto, junto a la puerta que daba acceso al jardín del palacio del obispo, Osmund visitó a los vidrieros, quienes estaban ya preparando las ingentes cantidades de vidrios de colores que se requerían, pintando primero el vidrio y luego cociéndolo en los hornos. Osmund sonrió de placer al contemplar los delicados diseños de santos y escenas bíblicas que más adelante resplandecerían suavemente en cada uno de los muros.
Visitó también los almacenes, los talleres de los pintores, los refectorios, las cocinas, los edificios anexos: dos décadas de trabajo habían ya formado un pequeño mundo para los constructores de la gran catedral.
Pero el elemento más importante era un cobertizo de madera que ocupaba todo el lado sur de la larga nave de la iglesia y constituía el taller de los albañiles.
Había toda clase de albañiles: desbastadores, tallistas, obreros que colocaban las piedras, otros que realizaban la tracería; había torneros que utilizaban sus tornos para pulir el mármol; albañiles que ante sus tableros labraban los centenares de capiteles y florones necesarios para sellar y decorar la mampostería de la imponente estructura. Había un lugar en el suelo donde dibujaban en tamaño natural la compleja disposición de los pilares. Había montones de plantillas de madera que servían para proporcionar al albañil las medidas exactas en que debía tallar la piedra.
Un albañil debía conocer a fondo todos esos menesteres si quería convertirse en un maestro en su oficio.
Osmund estaba fascinado.
La piedra utilizada para la catedral de Salisbury provenía de dos lugares. La caliza gris utilizada en la mayor parte del edificio procedía de las canteras de Chilmark, cuatro kilómetros al oeste de la ciudad, junto al valle situado más allá de Wilton. Era magnífica, una piedra gris verdosa, suave al tacto y fácil de tallar.
Pero para los pilares que debían soportar el pesado techo, empleaban una piedra muy distinta. Era el sólido mármol de Purbeck, extraído de unas canteras en la costa meridional, cerca del castillo de Corfe. Buena parte del mismo, según había oído decir Osmund, era regalo de una mujer, Alice Brewer, quien había cedido a la iglesia todo el mármol que pudieran obtener de sus canteras de Purbeck a lo largo de doce años, uno de los más espléndidos regalos que había recibido la catedral.
A Osmund le fascinaba la piedra gris de Chilmark. A menudo se llevaba un pequeño fragmento a casa, y mientras subía por el valle hasta Avonsford no cesaba de acariciarlo, sintiendo su textura y estudiando su composición.
—Cada piedra —le había explicado Bartholomew— posee su propio grano, exactamente como la madera. Si quieres cortarla, debes conocer esta particularidad. Además, cuando colocas una piedra en un muro, ésta resistirá mejor el paso del tiempo según la forma en que el viento y la lluvia incidan sobre el grano.
A veces Osmund detectaba un leve color secundario en la piedra: un sutilísimo tono azul, o rojo amarronado; y esto también le fascinaba.
Parte de su aprendizaje se desarrollaría en la gran cantera de Chilmark, donde desbastaban la piedra antes de transportarla a Salisbury.
Fue en agosto cuando lo enviaron allí por primera vez, y fue con gran ilusión que Osmund emprendió un amanecer la marcha por la carretera que pasaba por Wilton.
Sólo las profundas roderas que surcaban la carretera le indicaron que a través del valle occidental circulaba una mercancía fuera de lo habitual; y sólo cuando las roderas doblaron súbitamente hacia un bosque comprendió Osmund que había llegado a Chilmark. De hecho, no vio señal de la cantera hasta que llegó al mismo campamento. Vio las dependencias de los mineros y de los albañiles que desbastaban la piedra. Vio el amplio cobertizo donde cortaban las piedras, y el calvero donde cargaban los carros. ¿Pero dónde estaba la mina? Osmund miró intrigado a su alrededor.
En cuanto explicó el motivo de su presencia allí, un joven y amable minero señaló la entrada de una cueva oculta entre los árboles.
—Ésta es la mina.
Parecía muy pequeña. Pero cuando el joven tomó una antorcha y condujo a Osmund hasta la cueva, éste no pudo reprimir una exclamación de asombro.
No sabía exactamente qué esperaba, pero ciertamente no era aquello.
Al principio, después de una suave bajada, se llegaba a una amplia galería. Pero luego, al adentrarse en la roca aparecía una impresionante serie de salas, túneles y espacios cavernosos que conducían en todas las direcciones —a derecha e izquierda, arriba y abajo—, como un laberinto. Sólo al cabo de un par de minutos, cuando su ojos se hubieron adaptado al leve resplandor de las lejanas antorchas que alumbraban la oscuridad, el joven albañil comprendió de golpe que el inmenso sistema de salas y galerías había sido creado tan minuciosamente que no constituía un laberinto sino un gigantesco espacio subdividido por pilares de roca.
—Pero si es como la catedral —exclamó Osmund—, pero subterráneo.
En efecto. Las galerías desaparecían en la distancia como las naves de un templo. En algunos puntos, los techos abovedados eran tal altos como los del imponente edificio. La cantera de Chilmark, con sus espacios que emitían suaves ecos, se asemejaba realmente a una catedral.
—Es el útero de la catedral —comentó el joven que se encontraba a su lado—. Y disponemos todavía de la piedra suficiente para construir una segunda iglesia.
Por espacio de dos horas Osmund se paseó, antorcha en mano, a través de las interminables cuevas. Le procuraba un placer indescriptible saber que la gran catedral cuyas bóvedas se alzarían muy altas habían sido extraídas, mediante picos y manos humanas, de las entrañas de la tierra.
En aquella primera ocasión Osmund pasó dos semanas en la cantera, y a su regreso los carreteros que volvían a Salisbury le permitieron viajar con ellos. Aquel día debían trasladarse seis carros cargados con piedras, pero Osmund comprobó sorprendido que al cortejo se habían añadido otros seis carros que contenían cascotes y desperdicios de los pozos de la mina.
—¿Qué van a hacer con eso? —preguntó.
—Ya lo verás —respondió el carretero.
Cuando hubieron recorrido unos diez kilómetros los carreteros comenzaron, uno tras otro, a verter el contenido de esos carros sobre la carretera.
—A medida que avanzamos alisamos la superficie de la carretera —explicó a Osmund su acompañante—. Al fin y al cabo, de una mina no sólo extraemos piedra, y tenemos que arrojar los desperdicios en alguna parte.
Al cabo de un mes, Osmund emprendió una segunda y más ambiciosa expedición, esta vez río abajo hasta el puerto. La pequeña población costera disponía a la sazón de un pequeño castillo de piedra sobre un montículo junto al río, y de una espléndida iglesia normanda de priorato cuyo nombre, Christchurch, solía aplicarse a la población en lugar del viejo nombre sajón de Twyneham. Una vez allí, al dirigir la vista más allá del desierto promontorio y los baluartes de tierra, Osmund vio las grandes barcazas que se adentraban en las quietas aguas del puerto transportando su precioso cargamento de mármol procedente de las canteras occidentales situadas a lo largo de la costa, para emprender su lenta navegación aguas arriba del río Avon hacia Sarum.
Siempre había mucho que aprender. A medida que se alzaban lentamente los muros de la catedral, los obreros acarreaban inmensos barriles de creta, caliza y pedernal cuyo contenido vertían en el espacio entre el muro interior y el exterior.
—No sólo esta operación resulta más rápida que construir los muros de piedra maciza —explicó Bartholomew a Osmund—, sino que el guijo de caliza se aglutina con la piedra formando un material completamente sólido.
Y el albañil se maravilló al darse cuenta de que la catedral que construían no sólo estaba hecha de piedra, sino que contenía, aprisionadas entre sus muros, grandes rocas de caliza y creta.
Otro descubrimiento que hizo Osmund un día, poco después de su excursión río abajo, tuvo que ver con las ventanas de la catedral. Sin saber por qué, durante una de sus inspecciones cotidianas, el albañil se puso a contar las ventanas. Quizás ese afán enumerativo se debiera a que constituían el único elemento de la maqueta que no conocía de memoria. Pero el caso es que las contó, y ante su sorpresa constató que había trescientas sesenta y cinco ventanas.
—¡Una por cada día del año! —exclamó Osmund en voz alta, lleno de gozo. Y pensando que debía de haber cometido un error, las contó de nuevo, llevando la cuenta en una pizarra. La cifra exacta era 365.
¿Respondía a un deseo de Elias o era una mera casualidad? Osmund no se atrevía a preguntárselo al arquitecto.
—Sin duda es una señal de Dios —murmuró Osmund. Y se persignó.
Osmund era un alma humilde, y cuantas más cosas aprendía, más consciente era de su propia ignorancia y de la grandeza de quienes habían proyectado y organizado la gran catedral. A menudo, al final de la jornada, al albañil entraba en la pequeña capilla y rezaba junto a la maqueta, murmurando:
—Santa María, haz que llegue a ser un buen albañil.
Fue ahí, unos meses más tarde, donde Osmund se encontró por segunda y última vez con el gran Elias. El canónigo se había acercado desde Leadenhall, la hermosa mansión con el techo emplomado que se había hecho construir junto al río; y había penetrado en la capilla sigilosamente. Pero se detuvo sorprendido al ver al joven albañil, quien, no sabiendo que era observado, estaba postrado de rodillas y se santiguaba mientras contemplaba la maqueta del imponente edificio. Cuando el canónigo le preguntó amablemente: «¿Qué ocurre, hijo?», el ferviente joven, con su enorme cabeza y sus solemnes ojos grises lo miró y, repitiendo las palabras que el canónigo Portehors le había dicho antes, declaró:
—¡Oh, padre, no soy digno! Soy un simple montón de polvo.
A lo que el arquitecto respondió con una sonrisa:
—Olvidas las palabras de Nuestro Señor, hijo mío: Dios Padre ve incluso a los gorriones, y los gorriones también tienen ojos. —El arquitecto dio a Osmund un golpecito cariñoso en el hombro y añadió—: Nada de polvo, joven: un gorrión, que utiliza sus ojos.
Y tras estas palabras Elias de Dereham salió de la capilla.
Durante unos momentos Osmund sintió un éxtasis de felicidad que jamás había experimentado. Y casi logró olvidarse de los pecados capitales.
Faltaba poco para la medianoche.
En el mercado, los pintorescos toldos de los puestos aparecían doblados; los corrales del ganado lanar y vacuno estaban vacíos; las calles estaban silenciosas.
O casi. Pues a lo largo del mercado de quesos, donde las mesas de caballete se hallaban apiladas al lado de los muros y sujetas con unas cadenas, junto a la achaparrada iglesia parroquial de Saint Thomas, una figura, cubierta con una capa gris y una larga capucha enfundada en la cabeza, caminaba dando traspiés a través de las sombras. La única luz aquella noche era el resplandor de las estrellas, pero era muy intenso. La figura avanzó por el borde occidental del mercado, se apartó de las sombras y subió por el centro de la calle que discurría frente a la manzana del Jabalí Azul.
Peter Shockley estaba borracho.
Ascendió lentamente por Castle Street.
Cuando llegó a la alta y severa vivienda de Le Portier, el aulnager, se detuvo, buscó una piedra en el suelo y la arrojó contra la ventana superior de la pálida y monótona fachada de la casa.
Alicia estaba en su cuarto. Era la última noche que pasaba en casa de su padre.
Al tercer intento, Peter acertó el tiro y al cabo de unos segundos la joven abrió la ventana de su alcoba y se asomó a la calle iluminada por el resplandor de las estrellas.
Peter se quitó la capucha. Observó que Alicia tenía el cabello algo más largo que antes. Éste le caía sobre los hombros, y llevaba un camisón blanco.
Peter tuvo la impresión de que, incluso a aquella distancia, podía percibir el calor y hasta el aroma del cuerpo de la joven debajo del camisón.
—Alicia.
Ella suspiró. Era la tercera visita que le hacía Peter aquella semana.
—Vete a casa, Peter, no puedo hablar contigo. Él no se movió.
—Baja —le ordenó en voz baja.
—No.
Peter le había pedido en tres ocasiones que se fugara con él. «¿Y tú que harías si yo accediera?», le había preguntado Alicia. «Algo», había respondido él.
Era absurdo. Peter empezaba a parecerle ridículo a Alicia. Y sin embargo —porque se había sentido tentada, porque estaba enojada consigo misma por haber cedido ante su padre, porque sabía que era inútil y porque trataba de convencerse de que iba a ser feliz con aquel afable caballero de mediana edad de Winchester que evidentemente era un magnífico partido— trató a Peter con desprecio.
—Vete y olvídate de mí —murmuró Alicia en la oscuridad.
—¿Y tú te olvidarás de mí? —replicó él alzando la voz.
—Ya lo he hecho. Estoy enamorada de Geoffrey de Whiteheath. —Alicia se retiró de la ventana y la cerró.
Peter no se marchó. Siguió lanzando piedras contra la ventana de la habitación de la joven, insistentemente, pero ésta no apareció. Entonces empezó a arrojarlas con más fuerza, hasta que oyó partirse el cristal. Pero Peter no se movió de allí.
Al cabo de unos momentos se abrió la puerta de la casa y apareció la alta y esbelta figura de Alan Le Portier. En la mano llevaba un palo.
—Vete ahora mismo a casa, joven —ordenó a Peter, furioso—. Mañana pagarás los desperfectos de mi ventana —agregó mirándolo con desprecio como si fuera un niño.
Peter sintió crecer su ira.
—¡La habéis vendido! —gritó—. ¡La habéis vendido a un caballero!
Mientras en la calle resonaba el eco de sus palabras, varios vecinos se asomaron a las ventanas de sus casas.
Le Portier se tensó. La acusación era falsa, y le enfurecía que Peter le dedicara esos insultos.
—¡Descarado mocoso!
En la oscuridad y dado su estado de embriaguez, Peter no vio a Le Portier alzar el palo, con el que le golpeó el brazo.
—¡Largo de aquí! —gritó el aulnager.
Peter se sulfuró. Se acercó tambaleándose hacia Le Portier, pero en el momento en que se disponía a golpearlo vio a Alicia detrás de su padre. Estaba de pie en el umbral de la puerta, sosteniendo una vela. Su rostro parecía más maduro, y contemplaba a Peter con desdén.
Éste permaneció inmóvil.
—Vete de aquí, niño malcriado —dijo ella fríamente. Luego dio media vuelta para entrar de nuevo en la casa.
Peter miró a Alicia y luego a su padre. Acto seguido se encogió de hombros y echó a caminar calle abajo, observado por los rostros que se habían asomado a las ventanas de todas las casas.
Por desgracia para Peter, un inesperado testigo, situado en la sombra a quince metros de distancia, había presenciado la escena.
William atte Brigge había permanecido en casa de un mercader cerca de la puerta norte de la ciudad hasta bien entrada la noche y al salir había visto al joven deambulando por las calles. Tras detenerse para observarlo, William había comprobado con interés que se trataba del joven Shockley; y al cabo de unos minutos, su interés había dado paso a una maliciosa sonrisa. El muchacho había roto el cristal de la ventana y había tratado de agredir al aulnager. Preguntándose qué se le ocurriría hacer a continuación, William lo siguió.
Al llegar a la plaza del mercado William vio al joven propinar una patada a las mesas de caballete encadenadas junto al mercado de los quesos. Luego le vio asir una piedra y arrojarla al otro lado de la plaza.
La ocasión era demasiado buena para desaprovecharla. Después de echar un vistazo en derredor suyo, William agarró un pedazo grande de madera utilizado para apuntalar uno de los puestos. Segundos más tarde avanzó rápidamente en la oscuridad, arrojó el madero a través de una de las ventanas de la iglesia de Saint Thomas, y echó a correr por la sombra hacia la casa del alguacil del obispo.
Su satisfacción fue completa cuando, al cabo de unos momentos, el alguacil llegó a la plaza del mercado y arrestó al joven, quien seguía merodeando entre los puestos.
—Le vi arrojar una piedra a través de la ventana de la casa de Le Portier —aseguró William al funcionario—. Luego se dirigió hacia aquí y rompió también la ventana de la iglesia. Si queréis testigos preguntad a los vecinos de Castle Street.
—Lo haré —prometió el alguacil.
Diez días más tarde Peter Shockley compareció ante el tribunal de justicia del señor obispo. Fue acusado y declarado culpable de causar disturbios en la plaza del mercado y de romper una ventana de la iglesia, por lo que fue sentenciado a permanecer una mañana en el cepo de castigo.
Más tarde el alguacil dijo a Edward Shockley:
—Lamento lo de vuestro hijo, Shockley, pero no puedo hacer excepciones.
La venganza del comerciante de Wilton fue satisfactoria, pero no completa.
El cepo era un castigo de consecuencias imprevisibles. Un hombre podía permanecer allí todo el día y marcharse a casa sin una señal, o, si no era apreciado por sus conciudadanos, éstos podían arrojarle toda clase de objetos. Puesto que tenía las manos y la cabeza aprisionadas en un pesado yugo de madera, no podía defenderse, de modo que solía salir de allí con serios cortes y magulladuras. Pero ante todo se trataba de un castigo humillante, y cuando Edward Shockley oyó la sentencia se enfureció.
—Has deshonrado a la familia —bramó—. Después de esto, trabajarás en el batán enfurtidor, pero te juro que no lo dirigirás.
A la mañana siguiente, cuando Peter Shockley fue conducido a la plaza del mercado por dos subalternos del alguacil y colocado en el cepo de castigo, le pareció que su vida, que dos meses antes se le aparecía llena de promesas, estaba arruinada.
—He perdido el batán enfurtidor —pensó—, y también he perdido a Alicia.
Al contemplar la plaza e imaginar a Alicia en brazos del caballero de Winchester, sus ojos se llenaron de lágrimas; un golfillo que correteaba por la calle, no por malicia sino por diversión, le arrojó una manzana que le dio en la boca, haciendo que le sangrara el labio. Peter nunca se había sentido tan carente de amigos como en esos momentos.
Pero esa mañana el cepo le trajo un amigo inesperado.
A media mañana Peter se dio cuenta de que había una figura de pie junto a él, en silencio; y aunque el yugo que le aprisionaba el cuello le impedía volver la cabeza para mirar, vio dos pies calzados con unas toscas sandalias y el borde de un hábito gris que no estaba muy limpio. Esos datos le indicaron que su acompañante debía de ser un franciscano.
A la sazón existían dos órdenes de frailes cuya presencia se había vuelto habitual en Sarum: los dominicos —una orden de predicadores e intelectuales que vestían un hábito negro y habían fundado su primera casa cerca de Wilton— y los franciscanos, seguidores de uno de los nuevos santos de la Iglesia, Francisco de Asís. A diferencia de la mayoría de los sacerdotes o monjes, los franciscanos estaban consagrados a una vida de austeridad. Solían vivir y trabajar entre los pobres, y se habían ganado el respeto de las gentes de Salisbury debido a su dedicación a esas humildes tareas. Cuando quince años atrás llegó a Sarum el primer grupo procedente de Italia, el obispo cedió una modesta casa en Saint Anne Street, junto a la plaza de la catedral, y se sabía que los franciscanos contaban asimismo con el favor del rey.
Aunque conocía la reputación de esos frailes, Peter nunca había hablado con uno, de modo que le observó con curiosidad cuando la figura ataviada de gris dio la vuelta al cepo y se colocó delante de él.
Era un hombre joven —poco mayor que Peter— con el pelo negro y el rostro cetrino y bien rasurado.
—¿Qué te ha traído al cepo? —preguntó el fraile con marcado acento italiano.
—Mis pecados —repuso Peter con tristeza—. Y una chica —añadió—. ¿Y qué me dices de ti?
El joven de piel cetrina sonrió. Tenía los dientes blancos y regulares.
—Las mismas dos cosas —contestó echándose a reír—. Soy el hermano Giovanni. —Y sin que Peter se lo pidiera, se sentó cómodamente en el suelo delante del cepo—. Cuéntame tu historia —dijo.
Como el fraile se lo había pedido en tono amable, y como Peter no tenía otra cosa que hacer, le relató toda su historia, le habló del batán enfurtidor, de que había perdido a Alicia y de la noche en que había roto el cristal de la ventana.
—Lo más curioso —confesó Peter— es que puede que estuviera borracho, pero no recuerdo haber arrojado una piedra contra la ventana de la iglesia.
El fraile no hizo comentario alguno, pero su risueña presencia constituía un alivio para Peter y al poco rato comenzaron a charlar como buenos amigos. Giovanni le habló sobre su vida en Italia, en el seno de una familia de comerciantes muy parecida a la de Peter, y aunque éste no se percató del paso del tiempo, ambos jóvenes pasaron una hora conversando animadamente.
—Lo peor de todo —dijo Peter— es que mi padre se niega a perdonarme. Dice que he deshonrado a la familia.
—Ya te perdonará —le aseguró el fraile—. Dale tiempo.
—¿Qué puedo hacer para complacerle? —preguntó Peter.
—Trabajar de firme —contestó Giovanni sonriendo.
Al cabo de un rato otro fraile llamó al joven italiano, y Peter volvió a quedarse solo.
El sol seguía alzándose lentamente. En la frente de Peter se formaron unas gotitas de sudor; pero las gentes del mercado estaban ocupadas con otros asuntos y aunque había varias personas junto al cepo, nadie prestó atención a Peter.
Era casi el mediodía cuando Peter vio aparecer a William atte Brigge.
El comerciante miró a su alrededor con disimulo mientras se dirigía lentamente hacia el cepo. Peter observó que portaba una cesta de verduras en avanzado estado de descomposición y que en la mano sostenía un nabo. William sonreía con aire satisfecho. Dos golfillos, adivinando sus intenciones, se unieron a él.
Nadie había lanzado contra Peter ningún objeto desde que la manzana arrojada por el chico le había golpeado en la boca; la presencia del fraile había disuadido a los golfillos de practicar su acostumbrado deporte de arrojar cualquier porquería contra la víctima de turno encerrada en el cepo. Pero era evidente que William, consumido por el odio que sentía hacia los Shockley, estaba decidido a organizar un poco de diversión a expensas de Peter antes de que lo libraran del cepo al atardecer.
William se detuvo a pocos pasos de Peter, depositó la cesta en el suelo e indicó a los dos niños que escogieran lo que quisieran entre su contenido; momentos más tarde una voluminosa col alcanzó a Peter en la cara y los dos chicos se echaron a reír con expresión de triunfo.
Las verduras podridas no podían hacerle daño; pero Peter no apartaba la vista del nabo que sostenía William. El nabo tenía un aspecto decididamente extraño, y Peter no tardó en percatarse del motivo: estaba incrustado en una enorme piedra, cuyos cantos eran afilados como un cuchillo.
Horrorizado, Peter lo miró de hito en hito. Abrió la boca para pedir auxilio; pero antes de poder emitir un grito vio al comerciante de Wilton tensar su cuerpo como un muelle y lanzarle el siniestro proyectil con todas sus fuerzas.
Al tratar de esquivarlo Peter se golpeó la nuca contra la parte de atrás del cepo. Hizo una mueca de dolor y cerró los ojos. Entonces oyó un golpe y un grito. Pero no sintió nada. ¿Era posible que William hubiera errado el tiro?
Cuando abrió los ojos, Peter vio asombrado que el joven fraile estaba tendido en el suelo frente a él, y trataba de incorporarse; en la frente tenía un profundo corte del que manaba un chorro de sangre. A lo lejos vio a William, quien había recogido la cesta del suelo y se alejaba precipitadamente.
Peter no se explicaba cómo el fraile, viendo lo que ocurría, había interceptado la trayectoria de la piedra.
—¿Por qué lo hiciste? —preguntó pasmado.
El joven Giovanni lo miró con cierta tristeza.
—¿No has oído decir que los franciscanos somos un poco tontos? —Acto seguido se desmayó.
Varias personas que estaban en el mercado habían presenciado la escena y observaron con marcado desprecio al comerciante que huía. Dos vendedores abandonaron apresuradamente sus puestos para ayudar al fraile a incorporarse y un tercero fue en busca del alguacil del obispo. Al cabo de unos minutos Peter se vio libre del cepo.
Al día siguiente Peter y su padre fueron a visitar la casa de los frailes. Giovanni ya se había levantado, pero presentaba una profunda herida en la frente que le dejaría una cicatriz durante el resto de sus días. No obstante se mostró animado.
—¿Has hecho las paces con tu padre? —preguntó a Peter.
Peter Shockley nunca fue muy religioso, pero a partir de entonces y durante el resto de su vida hizo donativos periódicos a los frailes franciscanos de New Salisbury.
Aunque Peter Shockley recuperó el favor de su padre, la primavera siguiente casi llegó a perder su batán enfurtidor.
El nuevo desastre que a punto estuvo de desbaratar los planes de los Shockley, que hacía poco habían iniciado las obras del batán enfurtidor, fue un incidente que ni Godefroi ni Edward Shockley habían previsto.
La culpa la tuvo el rey Enrique III, y todo fue consecuencia de unos hechos que nada tuvieron que ver con Sarum.
El problema provenía de Francia. Casi todos los desastres que en tantas ocasiones habían puesto en ridículo a Enrique durante sus cincuenta y seis años de reinado tenían su origen en su pasión por las intrigas al otro lado del Canal de la Mancha, una pasión que casi ninguno de sus súbditos compartía. Con todo, ese interés era comprensible. El rey no podía olvidar el gran imperio del oeste de Francia que su abuelo Enrique II había gobernado y que su padre Juan había perdido. No podía aceptar la pérdida de Normandía. Y cuando unos años antes Luis, el nuevo rey francés, invadió la provincia de Poitou en la costa atlántica, de la que Enrique era todavía señor nominal, fue un agravio difícil de soportar. Enrique estaba resuelto a recuperar su gran patrimonio.
Con el fin de comprender la situación es preciso tener presente que la alta política europea seguía constituyendo una cuestión feudal. Aunque los laneros ingleses y los pañeros flamencos e italianos eran capaces de acrecentar sobremanera la riqueza de sus países en tiempos de paz, el reino inglés y las provincias europeas en los que los comerciantes operaban seguían estando ligados entre sí por fuertes vínculos familiares. Eran unos vínculos interminables que atravesaban el continente como gigantescas y complicadas telas de araña; y con frecuencia las ambiciones y alianzas familiares de los gobernantes se anteponían a toda consideración de paz, prosperidad e incluso sentido común.
El más claro ejemplo de ello era el rey Enrique III de Inglaterra. Su segunda esposa era hija del señor de Provenza, la soleada región meridional de Francia donde tenían su origen los trovadores y los juglares. A raíz de la muerte del rey Juan, la madre de Enrique, Isabel, había regresado a Francia, y de allí expulsó a su propia hija, que estaba comprometida en matrimonio con el jefe de la gran casa de Lusignan en Poitou. Como Isabel había estado anteriormente enamorada del padre de dicho jefe, ella se casó con él. Asimismo, Enrique era primo del rey de Aragón, que pretendía gobernar el sur de Francia, y cuñado del emperador germano, quien ansiaba debilitar a los franceses para apoderarse del norte de Italia.
Todos ésos, y muchos otros, consiguieron embaucar a Enrique.
En el año 1242 Enrique había emprendido lo que, aun teniendo en cuenta su increíble grado de incompetencia, resultó ser una de las más torpes y absurdas expediciones de su largo reinado. Comenzó, como siempre, con una compleja intriga, tan compleja que probablemente ninguna de las partes llegó a comprenderla. Según ésta, los señores del Midi, ayudados por el rey de Aragón, los Lusignan e incluso el emperador germano, se proponían arrojar al rey de Francia de las regiones del suroeste, parte de las cuales serían devueltas a Enrique. La empresa era tan absurda que antes de que ésta diera comienzo algunos de los participantes incluso habían firmado unos tratados con Luis de Francia. Los magnates de Inglaterra, que tenían una idea bastante precisa del talento de Enrique para la diplomacia, se negaron a acompañarle; en consecuencia el rey les impuso un pago sustitutivo del servicio militar, cobró unos impuestos a los judíos y partió. Sus aliados en el sur, que ya habían captado su talento como comandante militar, aceptaron encantados su dinero en lugar de dejarse acaudillar por él. Y Enrique no volvió a ver un céntimo. La campaña fracasó nada más comenzar. Enrique regresó a Inglaterra. En el espacio de pocos meses había perdido, sin percibir a cambio beneficio alguno, la increíble suma de cuarenta mil libras. Como de costumbre, estaba arruinado.
En 1244 se produjo en Londres un segundo acontecimiento que al parecer no tenía nada que ver con el primero. En el cementerio de Saint Benet fue hallado el cadáver de un niño; y algunos de los protagonistas de tan lamentable hecho afirmaron que el cuerpo del niño presentaba una inscripción hebrea grabada con un cuchillo. Pese a lo absurdo de dicha alegación, los canónigos de la catedral de Saint Paul optaron por creerla y el pequeño cadáver del pequeño fue enterrado junto al altar mayor.
Era justamente lo que necesitaba el rey. Los judíos debían ser culpables. El monarca les multó con una suma tres veces superior al impuesto de mayor cuantía que les había cobrado jamás, y doce veces mayor que la tasa anual acostumbrada: seis mil marcos. Dado que el marco equivalía a dos tercios de una libra esterlina, esa cantidad representaba cuarenta mil libras.
Aquel mismo año, Aaron fue a ver a Godefroi y a Edward Shockley y les dijo:
—No sé si podré concederos el préstamo que os prometí. Estoy prácticamente arruinado.
Durante una semana no tuvieron más noticias de él. Era sabido en toda la isla que las comunidades judías buscaban con ahínco el medio de pagar al rey la exagerada suma que les había exigido.
Al cabo de una semana, Godefroi y los Shockley decidieron celebrar una reunión.
Dicha conferencia fue un acontecimiento que Peter recordaría el resto de su vida. Pues justo entonces oyó al caballero expresar unas opiniones que le dejaron atónito, y ahí comenzó el proceso de su educación política.
Lo cierto era que sin el préstamo ninguna de las dos familias podía financiar el batán enfurtidor.
—Tendré que vender Shockley —le dijo su padre a Peter.
—Yo estaría más que dispuesto a poner el dinero —declaró Godefroi—, pero en estos momentos… —Hizo un gesto con las manos para indicar que estaba sin blanca.
Era bien sabido que el caballero de Avonsford, como muchos de su clase, vivía suntuosamente, y a veces más allá del límite de sus considerables recursos. No es que no supiera administrar sus bienes. Por el contrario, en aquella época de prosperidad Godefroi sabía sacar el máximo partido de su situación. Con el gradual aumento de la población en Inglaterra, no sólo los productores de lana sino todos los agricultores obtenían unos saneados beneficios. Los campesinos de Avonsford sembraban tres veces al año en lugar de dos, y al vender en el mercado de New Salisbury su trigo de invierno y su avena y cebada primaverales recogían unos elevados ingresos. No sólo habían ampliado sus rebaños ovinos, sino que Godefroi, al igual que otros terratenientes de la región, había cruzado sus ovejas con otras razas, como las de Lincoln, conocidas por su excelente lana, de forma que una parte de sus rebaños daba la recia lana de Lindsey por la que se pagaba el precio más alto en el mercado. Con tales métodos Jocelin se había asegurado de que Hugh, su hijo de diez años, percibiera un día una magnífica herencia.
Pero el dinero contante y sonante era otro asunto. Un caballero tenía que vivir de acuerdo con su rango. Cualquiera que conociera las canciones de los trovadores franceses, o que hubiera leído las complejas historias del Rey Arturo y sus caballeros lo sabía. Las aficiones de Godefroi, su pasión por la justa, la espléndida ala con sus hermosas ventanas de arco apuntado que había añadido a su mansión normanda, todo ello había contribuido a mermar sus recursos líquidos.
—Poseemos una gran riqueza —le explicó a su hijo—, pero no tenemos dinero. —Era una situación típica de muchos nobles.
Los dos hombres repasaron todas las opciones que tenían, incluso la de hablar con los comerciantes de Cahors.
—Pero nos robarán a manos llenas —objetó Shockley. Al cabo de un rato Godefroi soltó la frase que dejó al joven Peter pasmado.
—¡Todo esto se lo debemos al rey! —rezongó—. Al rey y a sus malditas empresas extranjeras y su maldita familia extranjera. Nos arruinará a todos.
En su inocencia, Peter siempre había supuesto que el caballero era un partidario leal del rey. Pero las siguientes palabras de Godefroi, aunque pronunciadas en un arrebato de ira, dejaron al joven boquiabierto.
—Os aseguro, Shockley, que ese hombre se comporta como un niño; el único gobierno aceptable que hemos tenido fue cuando él era niño, cuando gobernaban unos regentes en su nombre. Somos ingleses. No necesitamos a sus extranjeros; no necesitamos su afán derrochador y creo francamente que, salvo como figura representativa, no le necesitamos en absoluto.
Pese al asombro que causó a Peter oír ese sacrilegio contra el piadoso monarca, las opiniones vertidas por Godefroi eran compartidas por buena parte de la nobleza, y también por los magnates. Quizás el rey no había olvidado sus territorios perdidos, pero a la mayoría de sus súbditos esa cuestión le tenía sin cuidado. A los magnates les disgustaban los favoritos extranjeros que el rey colocaba en puestos clave en la corte; a los caballeros les disgustaban los impuestos que el rey imponía a los magnates y que éstos les imponían a ellos. En más de una ocasión, cuando los barones habían encontrado excesivas las exigencias de dinero del rey, éstos le habían recordado la Carta Magna de su padre, la cual limitaba el poder del soberano; y aunque se abstuvo de decírselo a Shockley, Godefroi había oído el rumor de que varios magnates planeaban imponer sobre el rey un consejo formado por cuatro hombres que administraría a todos los efectos el reino en su nombre.
Eran unas ideas difíciles de asimilar para el hijo de un comerciante provinciano; Peter no sabía qué pensar. Pero de una cosa estaba seguro: el rey había gastado demasiado dinero y había perjudicado el negocio de su familia; y por consiguiente, era preciso hacer algo al respecto.
Transcurrieron dos largos meses. Los troncos de roble que habían talado para construir la maquinaria del batán enfurtidor yacían en el suelo. Junto al solar había dos carretadas de piedras, dispuestas en varios montones. Por fin Aaron de Wilton convocó una reunión en la mansión de Godefroi.
—Caballeros —les dijo—, he logrado reunir el dinero. —Aaron se detuvo y Edward Shockley observó que alrededor de sus ojos se habían formado unas arrugas causadas por el dolor y la preocupación—. Pero os aseguro —continuó Aaron— que si el rey sigue imponiéndonos unos impuestos tan elevados, éste será el último préstamo que podré hacer.
—¿Y la tasa de interés? —Godefroi sabía muy bien que los judíos se verían obligados a aumentar sus tasas de interés para evitar que su negocio se hundiera.
—Convenimos una tasa —respondió Aaron con frialdad—. Sigue siendo la misma.
Fue entonces cuando Jocelin de Godefroi se ausentó unos momentos para dirigirse a la cámara del garderobe, donde guardaba sus tesoros más valiosos, tras lo cual regresó con un pequeño volumen con tapas de cuero que depositó en manos de Aaron. Era la pequeña historia de Geoffrey de Monmouth, traducida al francés, que había pertenecido a su bisabuelo.
—Como recuerdo de este día —dijo en tono solemne, y Godefroi observó complacido que, por una vez, el judío se sonrojó de gozo.
Dos días más tarde llegó a la mansión un mensajero, el cual fue conducido a presencia de Godefroi. Con una reverencia, el mensajero dijo que le enviaba Aaron de Wilton y entregó al caballero un pequeño paquete que contenía otro pequeño volumen.
Era una colección de historias titulada Las fábulas del zorro, escritas por un judío de Oxford llamado, en francés, Benedict le Pointur, y conocido entre los judíos como Berechiah ha Nakdan. Godefroi había oído hablar de esa obra, pues las fábulas constituían uno de los clásicos del gran renacimiento de literatura judía que se había registrado en Inglaterra el siglo anterior, antes de que comenzaran las persecuciones esporádicas. Estaba también traducido al francés y contenía unas deliciosas ilustraciones. El caballero sonrió.
—Ese hombre es demasiado orgulloso para aceptar un regalo sin ofrecer otro a cambio —murmuró. Pero le complacía que le hubiera enviado ese libro, y se apresuró a guardarlo en el garderobe.
—Y ahora —comunicó alborozado a Edward Shockley al día siguiente—, podemos poner en marcha nuestro batán enfurtidor.
1248
Osmund el Albañil no podía asegurar con certeza cuándo se había vuelto en su contra Bartholomew, su mentor. Pero suponía que fue aproximadamente un año después de comenzar su aprendizaje, cuando un día Osmund apareció en los talleres de los albañiles con la talla de un cisne que estaba confeccionando para Jocelin de Godefroi.
Era una figurilla tallada en roble, destinada a ser instalada en un nicho en el recio portal de la mansión de Avonsford; Osmund llevaba varios días trabajando en ella y se sentía orgulloso de su obra, a la que dio los últimos toques a la oscilante luz de las velas, mientras los albañiles conversaban animadamente.
Osmund les caía bien a los albañiles. Era reservado, y modesto, y nunca hablaba a menos que ellos le dirigieran la palabra. Cuando uno de los hombres, al percatarse de lo que hacía Osmund, examinó la figura y llamó a sus amigos para que la contemplaran, todos se mostraron encantados al comprobar que el joven albañil tenía tanto talento.
—Es un excelente tallista —dijeron—. Este chico tiene grandes dotes. Nosotros te enseñaremos cómo tallar la piedra —le prometieron.
Fue un momento de aceptación. A partir de aquella tarde, la vida de Osmund cambió. Los albañiles más veteranos conversaban con frecuencia con él. El mismo Robert, delegado del gran Nicholas de Ely, solía pasarse por el lugar donde estaba trabajando Osmund para cambiar unas palabras con él; y a menudo uno de los otros albañiles le llamaba para mostrarle un trabajo complicado y explicarle la técnica y los misterios del oficio.
Osmund comenzó a descubrir la amplia red de amistad y compañerismo que ligaba, a través de todo el país, a los albañiles medievales.
No era de extrañar que Bartholomew se mostrara frío con él. Era un hombre competente y trabajador, dotado de escaso talento, y con la suficiente imaginación para comprender que el nuevo aprendiz era superior a él.
Bartholomew se afanaba en criticar al nuevo aprendiz siempre que podía; pero no era fácil. En un par de ocasiones, cuando se quejó a los albañiles más veteranos de la supuesta incompetencia de aquel joven de enorme cabeza, Bartholomew adivinó por la expresión de los obreros que el respeto que sentían hacia él mismo empezaba a disminuir, mientras que se acrecentaba la admiración que Osmund les inspiraba. Al cabo de un tiempo Bartholomew dejó de quejarse sobre su protegido. Pero no se molestó en ayudarle, y comprobó con irritación que el afable muchacho ya no necesitaba sus consejos.
A los tres meses Bartholomew prácticamente había cesado de dirigirle la palabra a Osmund; y para san Miguel, incluso había comenzado a poner subrepticiamente obstáculos en el camino del joven, dejando por ejemplo un montón de polvo mezclado con cal junto al lugar donde estaba trabajando Osmund para que el viento se lo arrojara a la cara e hiciera que le escocieran los ojos, o retirando discretamente las piedras en las que éste se disponía a trabajar.
Al principio Osmund no se percató de esos pequeños ataques. Pero poco a poco comenzó a observar cierto método en ellos. Asimismo se dio cuenta de que cada vez que le ocurría un contratiempo, Bartholomew aparecía poco después, al parecer por casualidad, para comprobar sus progresos. En varias ocasiones el aprendiz se dio cuenta de que el joven le observaba con evidente malicia, aunque él no había hecho nada para ofenderle.
A veces Bartholomew se sentía tan exasperado por los adelantos de Osmund, que se rascaba sin darse cuenta la llaga que tenía en el cuello hasta hacer que sangrara, y Osmund le veía pasar, con su largo y pálido rostro contraído en una mueca de rabia y el cuello cubierto de sangre.
Pero Osmund no daba importancia a esas cosas, porque esos años de aprendizaje constituían un período de intemporalidad. Como es lógico se daba cuenta del paso de las estaciones; era consciente de que se hacía mayor, más fuerte y corpulento. Pero ya no medía el tiempo como lo hacía antes. A la sazón lo medía según las etapas que iba alcanzando en su oficio. «Ése fue el año en que llegué a dominar el arte de cortar la piedra —recordaba Osmund—, o ése fue el año en que aprendí a trabajar la piedra sobre el torno».
A Osmund le encantaban los días largos y apacibles, especialmente en verano, cuando los albañiles se levantaban al alba y trabajaban hasta que se ponía el sol, haciendo una pausa sólo para desayunar y comer, y otra más en la quietud del atardecer para beberse unos tragos, cuando sonaba la primera campana llamando a los sacerdotes a vísperas.
Osmund seguía acudiendo de vez en cuando a Avonsford; pero vivía entregado a su trabajo en la catedral y apenas prestaba atención a lo que ocurría en el mundo que le rodeaba.
Fue en septiembre de su cuarto año de aprendizaje cuando uno de los maestros albañiles comunicó a Osmund la sorprendente noticia:
—Vamos a hacer una excepción y admitirte en el gremio de los albañiles a fines de este año.
Era un honor extraordinario con el que Osmund ni siquiera había soñado. Aún le quedaban tres años para cumplir los siete de su aprendizaje. Incluso Bartholomew no sería admitido en el gremio hasta el año siguiente.
—Pero primero —le dijo el maestro albañil—, debes preparar un trabajo para presentarlo ante el gremio, a fin de demostrarles que eres digno de ser admitido en él.
Osmund supo inmediatamente qué tema elegiría.
En la gran catedral gótica había numerosos elementos decorativos que despertaban su admiración, como por ejemplo las magníficas bases de los pilares, los elegantes capiteles con sus dibujos de animales y follaje, los rostros semejantes a máscaras que asomaban por entre los ángulos y esquinas, los espléndidos bajorrelieves de los antiguos obispos esculpidos sobre los sepulcros que estaban trasladando de la antigua catedral a la colina del castillo. Pero el trabajo más complejo y minucioso, la apoteosis del arte del escultor, eran los grandes florones, semejantes a enormes tachones, que instalaban en la bóveda.
Éstos representaban toda suerte de objetos, pero los más espléndidos e intrincados eran aquellos cuyo diseño remedaba formas vegetales. Las largas hojas, las flores y los tallos entrelazados que formaban infinitos dibujos geométricos constituían una soberbia muestra del difícil arte del tallista. Para realizar uno de esos florones, el albañil no sólo tenía que esculpir las delicadas hojas con el buril, sino ahondar la piedra por debajo de éstas para tallar en ella diversas capas de dibujos geométricos.
—Yo esculpiré un florón en la bóveda de la catedral —declaró Osmund, convencido de ello.
El diseño que eligió era espléndido. En el centro del florón había una rosa doble, como las que Osmund había visto junto al portal de la mansión de Godefroi. Alrededor de la flor aparecía un círculo de hojas de haya; y en su interior una frondosa vegetación que se curvaba en torno a la rosa central: hojas de roble, bellotas, juncos, enredaderas, una enmarañada profusión vegetal que expresaba a la perfección el rico follaje del lujuriante valle del Avon que el joven aprendiz conocía tan bien. Sólo medía cuarenta centímetros de diámetro, pero contenía de todo. Osmund trabajaba en su obra cada día al amanecer, y de nuevo por la tarde, a la luz de las velas. Y cuando ya se aproximaba la fecha en que debía presentarla en el gremio, el joven aprendiz comprendió que, al primer intento, había conseguido un triunfo del arte del albañil.
Poco antes de Navidad iba a celebrarse en el gremio una reunión, durante la cual Osmund presentaría su obra. La completó dos días antes de la fecha, y la colocó en la caja donde guardaba sus herramientas, debajo de su cama, en las dependencias de los albañiles.
Al día siguiente, cuando Osmund regresó del trabajo y abrió la caja para guardar en ella sus herramientas, comprobó que el florón había desaparecido.
Fue entonces cuando Osmund el Albañil se entregó al primero de los pecados capitales. La ira que le acometió era totalmente distinta de cualquier emoción que había experimentado antes. Su cuerpo menudo comenzó a temblar; durante unos instantes una bruma roja le nubló la vista, y sus pequeñas manos aferraron el mazo y el buril con tal fuerza que sus nudillos se tornaron completamente blancos. Osmund sintió deseos de propinar una patada a la caja de las herramientas, pero estaba tan furioso que no podía moverse. Sabía, con absoluta certeza, quién lo había hecho.
—Ha sido cosa de Bartholomew —murmuró.
Pero ¿qué podía hacer? Dentro de treinta y seis horas había de presentar su trabajo al gremio. Y no tenía nada que mostrarles. Las normas del gremio no podían ser modificadas en ese extremo: Osmund debía presentar su obra o le denegarían la admisión hasta el año siguiente.
Bartholomew apareció al atardecer y se sentó en su camastro como si nada hubiera ocurrido. Osmund guardó silencio. Era inútil encararse con él, puesto que Bartholomew negaría todo conocimiento del hecho, y Osmund no poseía pruebas de su fechoría.
Osmund observó al joven mientras éste se tumbaba en la cama. La llaga que tenía en el cuello aparecía menos inflamada que de costumbre. Su rostro mostraba a la luz de las velas una expresión de serena satisfacción.
Osmund permaneció en vela toda la noche. Sabía que debía hacer algo antes de la reunión que había de celebrarse al día siguiente, pero sólo pensaba en Bartholomew. Su ira había dado paso a un odio implacable.
Poco antes del amanecer Osmund decidió matarlo.
Buscó su buril en el interior de la caja de herramientas. Sabía lo que tenía que hacer: un golpe seco con el buril —utilizando el mazo, como si acometiera un bloque de piedra— sobre la tráquea. ¿Y después? Osmund reflexionó. Tal vez consiguiera huir. Pero ¿adónde iría? El joven meneó la cabeza, perplejo y furioso.
De pronto se le ocurrió una idea; era un plan audaz, pero quizás estuviera a tiempo de ponerlo en práctica. Cuando despuntaron las primeras luces, Osmund, dejando a Bartholomew indemne, se levantó de la cama y salió del cobertizo. El aire fresco y límpido resultaba vigorizante; la catedral estaba en silencio. Tras asir un pequeño fragmento de piedra de Chilmark, Osmund abandonó el recinto y se dirigió hacia Avonsford. Su furia le había procurado la necesaria inspiración.
La tarde siguiente, en la amplia sala superior de la hostería, el maestro albañil miró al joven Osmund con aire pensativo. El chico estaba pálido. No era de extrañar, puesto que llevaba dos días sin pegar ojo. Asimismo, el maestro albañil sabía que la víspera el joven aprendiz no había acudido a trabajar, y Bartholomew había hecho circular el rumor de que no se atrevía a presentarse ante el gremio. Pero en esos momentos Osmund estaba ante ellos y por tanto debía ser considerado un candidato a miembro del gremio, tal como le habían prometido.
Los albañiles que estaban sentados ante unas mesas largas dispuestas en tres lados de la estancia observaron al joven Osmund con curiosidad.
—¿Tienes algún trabajo que mostrarnos? —preguntó el maestro albañil.
Osmund asintió con la cabeza. Lo llevaba en una pequeña bolsa.
—¿Un hermoso florón para la bóveda, según creo?
—No, señor.
El maestro albañil arrugó el entrecejo.
—Eso fue lo que nos prometiste.
—Ha desaparecido, señor. Pero tengo otra obra.
Las cosas no empezaban con buen pie. Quizás habían dejado que el joven progresara demasiado rápidamente.
—Muéstranos tu trabajo —le ordenó el maestro albañil.
Osmund extrajo un objeto pequeño de la bolsa. Se trataba de un torso de unos treinta centímetros de alto, como los que aparecían en algunos capiteles de la catedral. El aprendiz lo depositó sobre la mesa y retrocedió sin decir una palabra.
Cuando el maestro albañil lo hubo examinado, abrió los ojos como platos.
Era la figura de Bartholomew. Era la viva imagen de Bartholomew, desde la cruel y estúpida expresión de su alargado rostro, hasta el persistente furúnculo que tenía en el cuello. Parecía huir de algo, pero tenía la cabeza estirada hacia delante en una actitud de triunfo, como si hubiera ganado una carrera. Sus labios esbozaban una sonrisa maliciosa. Y en sus manos sostenía un enorme florón en el centro del cual aparecía representada una rosa diminuta.
La escultura pasó de mano en mano, y en silencio, alrededor de las mesas. Nadie dijo una palabra sobre el tema de la talla: el mensaje era claro.
—¿Cuánto tiempo te ha llevado confeccionar esta escultura? —preguntó el maestro albañil a Osmund.
—Un día, señor. Y una noche —agregó.
El maestro albañil miró a sus colegas. Muchos sonrieron abiertamente. Mientras posaba su mirada sobre cada uno de ellos, el maestro albañil asintió con la cabeza en un gesto de aprobación.
—Bienvenido seas a nuestra asociación, Osmund el Albañil —declaró el presidente del gremio.
Y con estas palabras, tan súbitamente como había aparecido, el pecado capital de la ira abandonó a Osmund el Albañil. Jamás volvió a atacarlo con aquella terrible fuerza.
Por la noche Osmund contempló las gigantescas obras de la catedral y murmuró:
—Creo que trabajaré en la catedral toda mi vida.
1264
Si alguien hubiera dicho a Peter Shockley que aquel año iba a nacer la democracia parlamentaria, éste no habría tenido la más remota idea del significado de esas palabras; y si se lo hubieran explicado, habría soltado una carcajada. La idea era absurda.
Pocos hombres en Sarum eran más respetados por su buen criterio que Peter. El batán enfurtidor que él y su padre habían fundado había sido un rotundo éxito, y el rítmico golpeteo de sus inmensos martillos de roble les había reportado una cuantiosa fortuna. No era el único batán enfurtidor de aquella zona. Había otro en la concurrida población de Marlborough, cuarenta kilómetros al norte, y otro más en Downton, diez kilómetros al sur. Pero en aquellos momentos en Sarum sólo funcionaban el del obispo, situado en las afueras de la ciudad, y el flamante batán enfurtidor de los Shockley. El negocio marchaba viento en popa.
Peter era miembro del gremio de los comerciantes; se había hecho muy poderoso en la ciudad; e incluso había echado algo de barriga. Sus ojos azules no perdían detalle referente al batán enfurtidor y a la tejeduría y estaba claro que la fortuna de la familia se hallaba en buenas manos. Sólo había un problema: no se había casado.
—No es que no le gusten las mujeres —se lamentaba con tristeza el viejo Edward. En más de una ocasión se había visto obligado a aplacar discretamente el dolor de las muchachas de la ciudad con las que su hijo había mantenido relaciones; y en el caso de una de ellas había sido necesario pagar una elevada suma de dinero a un marido ultrajado.
Pero cada vez que planteaba el tema a su hijo, Peter se echaba a reír y le decía:
—Me casaré, padre, cuando esté preparado para ello. No soy tan viejo.
Todo parecía indicar que Peter continuaría con su vida de soltero en la nueva y pujante ciudad. Pero en 1264, todo cambió.
Los requisitos para que se produjeran unos acontecimientos extraordinarios habían aparecido unos años antes, y, de nuevo, fueron los compromisos extranjeros del rey Enrique los que provocaron el conflicto. En esta ocasión fue el Papa quien le llevó a cometer un extravagante desatino.
Esa vez la recompensa era el próspero reino meridional de Sicilia que el Papa, en una de las numerosas alianzas que se producían en aquella época, había ofrecido a Enrique para su hijo Edmundo si aquél accedía a encabezar una guerra santa en Sicilia. Sicilia quedaba muy lejos y la dinastía Hohenstaufen a la que el Papa trataba de expulsar por tales medios estaba firmemente arraigada en esa región. Ricardo de Cornualles, el hermano de Enrique, un estadista de mayor calibre que el rey, advirtió a éste de lo desatinado de la empresa. Pero, como de costumbre, Enrique se sintió atraído por ella, y cuando poco después ofrecieron a Ricardo de Cornualles el trono de Alemania, Enrique comenzó a soñar con una magnífica alianza entre él mismo, el piadoso rey Luis de Francia y su hermano, el nuevo monarca de Alemania, una confederación cristiana distinta de todo cuanto Europa había visto en muchos siglos. Con el mismo entusiasmo con el que habría planeado una espléndida ceremonia para inaugurar la nueva corte, el monarca se lanzó a una fantástica serie de maniobras diplomáticas. Firmó la paz con Luis, en virtud de la cual renunció a todas sus pretensiones en Francia; incluso se casó con la hija del rey de Castilla, el insigne cruzado; y se comprometió a echarle una mano al Papa en el asunto de Sicilia, una promesa que implicaba una elevada suma de dinero que Enrique jamás podría satisfacer.
Era un proyecto muy típico de Enrique. Representaba todo cuanto un magnate o caballero inglés juicioso temía: un compromiso extranjero dotado de un presupuesto casi ilimitado y que no ofrecía la menor garantía de éxito.
—Otra desatinada empresa del rey —explicó Godefroi furioso a su familia—. Los galeses no cesan de organizar disturbios; el reino está mal administrado, el rey está endeudado hasta las cejas. ¡Dios sabe que tiene bastante que hacer aquí sin meterse en asuntos extranjeros!
La situación se agravó. Pues Enrique había prometido firmemente al Papa encabezar esa guerra santa, y si no cumplía su palabra el pontífice había amenazado con excomulgarle e imponer de nuevo al país un interdicto.
Desde hacía tiempo los magnates habían comprendido con meridiana claridad que el pobre Enrique no era apto para reinar. Otros caballeros de menor rango como Godefroi compartían la opinión de los magnates. Esta última empresa fue la gota que colmó el vaso. La complicada situación del rey les ofreció la oportunidad que anhelaban los magnates; y en el año 1258 redactaron las Estipulaciones de Oxford, una nueva carta de libertades que constituía una gigantesca ampliación de la Carta Magna del reinado anterior. Los magnates advirtieron a Enrique que si quería su apoyo en la empresa siciliana, en la que se hallaba atrapado como en una telaraña, debía aceptar sus condiciones. Unas condiciones humillantes. Una de ellas consistía en la formación de un consejo compuesto por magnates ingleses además de los amigos íntimos del monarca, la mayoría de los cuales eran los sospechosos extranjeros ligados a los Lusignan, parientes de su madre. Dicho consejo se ocuparía de designar a los principales dignatarios del reino, es decir, gobernaría en nombre de Enrique. Éste se encontraba a la sazón en una situación financiera tan delicada que no tuvo más remedio que capitular.
El líder de ese movimiento era uno de los personajes más extraños y controvertidos de la historia de Inglaterra: Simón de Montfort.
El fundador de la Madre de los Parlamentos no era inglés, sino francés, perteneciente a una de las familias más notables de la Isle de France. Por si fuera poco, no tenía el menor interés en fundar un gobierno democrático. Era un magnate. Veinte años antes había provocado un escándalo casándose con la hermana de Enrique, recientemente enviudada, cuando ésta ya se había comprometido a ingresar en un convento; según el rey, Montfort la había seducido. El magnate estaba más ocupado con el interminable litigio para cobrar la dote de su esposa —que Enrique aún no había pagado— que con los asuntos del Parlamento de Inglaterra.
Ni siquiera sentía simpatía por los ingleses: los despreciaba abiertamente y se mostraba de acuerdo con el severo Grosseteste en que la ética de la nación precisaba ser reformada, en caso necesario por la fuerza. Era un estricto y disciplinado militar que despreciaba las ridículas campañas del monarca y se lo dijo a éste en unos términos tan claros que dejaron estupefacto al rey de Inglaterra.
Pero Montfort poseía energía, destreza y carisma, y a diferencia del pobre Enrique, sabía lo que quería. Atravesó el cielo de la historia de Inglaterra como un meteoro.
En el espacio de pocos meses, en 1258, Montfort cambió todo el sistema de gobierno. Los parlamentos formados por barones y caballeros serían convocados en nombre del rey tres veces al año; los sheriffs del rey serían personajes de la localidad y, para que no se extralimitaran, sólo prestarían servicio durante un año. Se inició un importante programa de reformas locales. Y todo ello no porque Montfort tuviera apego a ningún principio, sino porque comprendió que ése era el sistema más adecuado para los ciudadanos de la isla septentrional, de mentalidad marcadamente independiente.
En octubre de 1258 fue leída una proclama en latín, francés e inglés en todos los tribunales de los condados; y en nombre del rey y de la comunidad del reino, todos los hombres libres del reino, además de los barones y caballeros, tuvieron que jurar lealtad al nuevo gobierno.
En esa ocasión Peter Shockley iba acompañado por Godefroi y su hijo y pronunció su juramento inmediatamente después de ellos.
—Ahora tendremos un gobierno como Dios manda a cambio del dinero que pagamos en impuestos —comentó su hijo a Godefroi con una sonrisa llena de optimismo.
—¿Y Montfort? ¿Qué clase de hombre es? —preguntó el comerciante.
El anciano Godefroi sonrió.
—Un arrogante bastardo —murmuró en tono confidencial—. Pero consigue lo que se propone.
Lo paradójico de la situación sólo se reveló algo más tarde, cuando el Papa cambió de parecer y decidió entregar Sicilia a otro. Nadie en Inglaterra, salvo el rey, se asombró de la decisión del Papa. Enrique había cedido su reino a Simón de Montfort y a su consejo a cambio de nada.
Pero los ingleses habían pronunciado el juramento.
—El rey debe acatar las Estipulaciones —declaró Godefroi—. Es demasiado tarde para desdecirse. La cuestión está zanjada.
Sin embargo estaba equivocado. Se habían puesto en marcha unas fuerzas más poderosas, unas corrientes que arrastraron y acabaron por destruir la compleja sociedad del Medioevo.
Los acontecimientos que se desencadenaron como en una intrincada danza ritual durante los cuatro años siguientes se produjeron según la más pura tradición de una sociedad feudal.
Al principio todo presagiaba que el hijo de Enrique, ayudado por Simón de Montfort, iba a rebelarse y apoderarse del trono. Luego padre e hijo se reconciliaron, y Enrique apeló al Papa para que declarara que las odiosas Estipulaciones que estaba obligado a acatar eran ilegítimas. El pontífice complació al rey, y Montfort, asqueado, se exilió. Enrique reanudó de inmediato sus viejas costumbres, llenando su corte de extranjeros y prescindiendo olímpicamente de los magnates. Como era de prever, los barones llamaron de nuevo a Montfort y se rebelaron. La situación cambiaba de mes en mes: un mes era el rey quien dominaba la situación, para verse humillado por los rebeldes al siguiente. Era una situación cercana a la guerra civil, pero no se produjo ningún derramamiento de sangre.
No obstante la importancia de esos acontecimientos en el contexto nacional, apenas lograron turbar la paz en Sarum. Los magnates locales, hombres como Basset y los Longspée, eran moderados o firmes partidarios del rey. Y cuando en 1261 el sheriff dio la impresión de escorarse hacia el bando de Montfort, fue rápidamente sustituido por Ralph Russell, un hombre del rey, a quien se encomendó también la guarnición del castillo. Por primera vez en muchos años, la gente de Sarum era de nuevo consciente de la imponente presencia del castillo que se erguía sobre ellos. La nueva ciudad se mostraba preocupada, pero pacífica.
Godefroi se hizo eco del sentir de la mayoría de la gente al afirmar:
—Nadie quiere entrar en guerra con el rey. Pero debemos hallar una solución.
Lo difícil era hallar la solución adecuada.
En 1263 acordaron un método. Ambas partes se someterían a un arbitrio.
El hombre que eligieron para arbitrar fue el piadoso rey Luis IX de Francia.
Era una elección perfecta: un rey cruzado, la viva imagen de todo cuanto debía representar un monarca feudal; un amante de la paz con Inglaterra ligado en virtud de unos tratados de amistad; y, puesto que Enrique le rendía homenaje, técnicamente, por la última provincia francesa que le quedaba —la próspera región vinícola de Gascuña, en el suroeste—, Luis era en cierto aspecto el señor feudal del monarca inglés.
Así pues, en la Navidad de 1263, el rey Luis de Francia se dispuso a arbitrar el caso entre el rey de Inglaterra y un amplio número de sus súbditos.
Para Peter Shockley, la crisis de 1264 que transformó por completo su vida y casi destrozó la familia de sus amigos, los Godefroi, comenzó en el batán enfurtidor, el último día de enero.
La primavera se había presentado muy temprano aquel año en Sarum y el caudaloso río discurría impetuosamente frente al batán enfurtidor.
A media mañana el joven Hugh de Godefroi acudió al batán para hablar con Peter de la venta de la lana del próximo año, y los dos hombres se hallaban fuera, bajo el frío y húmedo aire invernal, enfrascados en su conversación, cuando pasó Jocelin montado a caballo.
El caballero de Avonsford se hacía viejo, pero resultaba todavía una magnífica e imponente figura sentado sobre su montura, orgulloso y erguido como si se dispusiera a entrar en la liza. Su afilado rostro estaba enmarcado por una mata de pelo gris, sus alargados y sardónicos rasgos aparecían surcados por profundas arrugas; pero al mirar a su hijo y a Peter Shockley, sonrió afablemente. Jocelin se sentía orgulloso de su retoño.
Hugh iba a cumplir treinta años. Era un joven alto y apuesto de pelo negro y con el rostro afilado de su padre. Se había casado con la hija de un caballero de Devonshire que le había dado un hijo antes de morir víctima de unas fiebres. Desde los dieciocho años Hugh había complacido a su padre distinguiéndose en numerosos torneos y conquistando la admiración de los grandes entusiastas de la justa, entre ellos el príncipe Eduardo, heredero del rey. El escudo de los Godefroi con el cisne blanco sobre fondo de gules era acogido siempre con un murmullo de expectación por parte del público que llenaba las graderías, y con aprensión por parte de los demás competidores. El verano anterior, Jocelin, que había enviudado hacía poco, había entregado las riendas de sus propiedades a Hugh y en la actualidad se contentaba con sus libros y con su paseo diario a través de sus extensas posesiones. Aquella mañana había visitado el viejo laberinto sobre la colina, el cual había comenzado a restaurar, y estaba de un humor excelente.
Los tres hombres ofrecían un grato contraste: los dos Godefroi con su distinguido talante pertenecían claramente a la casta de los nobles —incluso se habían saludado mutuamente en el francés cortesano—, mientras que Shockley, su amigo y socio en los negocios, era la viva imagen de un comerciante.
—¿Cuándo vais a decidiros a contraer matrimonio? —era la pregunta que Jocelin formulaba a ambos jóvenes cada vez que se encontraba con ellos. En parte la hacía en broma, pero ellos sabían que en el fondo le preocupaba la cuestión, pues deseaba ver a su hijo casado nuevamente y que su viejo amigo Edward Shockley pudiera tener un nieto en brazos. Éste hacía tiempo que había dejado de interrogar a su hijo sobre el tema.
Pero antes de que uno de los dos jóvenes pudiera aducir una excusa fueron interrumpidos por el inesperado espectáculo de un carro que se dirigía a toda velocidad hacia ellos. En él iba montado el anciano Edward Shockley, frágil y encorvado, pero con una expresión seria y decidida. No cesaba de azuzar enérgicamente al caballo, y el viejo carro, que no había sido diseñado para grandes velocidades, avanzaba traqueteando violentamente. La capucha del anciano se había caído hacia atrás y su cabeza aparecía aureolada por unos finos mechones blancos. Tras detener el carro con brusquedad, el anciano Shockley exclamó:
—¡El rey de Francia se ha declarado en favor de Enrique! ¡Montfort y las Estipulaciones están acabados!
De hecho, Luis no había vacilado lo más mínimo. El caso, que él había arbitrado en Amiens y que había contado con la asistencia del propio rey de Inglaterra, estaba claro. Luis ni siquiera había considerado un compromiso que hubiera podido salvar la situación. El Papa, según declaró, había rechazado con razón a los barones rebeldes y nadie podía hacer caso omiso de tan alta autoridad espiritual. Enrique tenía el derecho de hacer lo que le apeteciera en su reino, y elegir a los amigos y ministros que deseara, tanto si ello gozaba de la aprobación de sus barones como si no. Esos derechos, según les recordó Luis, constituían los poderes ancestrales de todos los reyes. Fue un juicio exhaustivo, conservador y correcto desde el punto de vista feudal; pero peor que todo cuanto habían imaginado los rebeldes ingleses.
Los cuatro hombres se miraron. Ninguno dudaba de la gravedad de la crisis. Éste era un arbitrio definitivo, la última solución pacífica que restaba.
Fue Jocelin quien, al cabo de unos minutos, rompió el silencio.
—Deben someterse.
Los dos Shockley lo observaron sorprendidos; pero fue Hugh quien protestó expresándose en inglés:
—¿Someterse a Enrique? Pero, padre, vos mismo habéis dicho que es un soberano incompetente.
Jocelin sacudió la cabeza.
—Deben someterse —explicó— porque es el parecer del rey Luis y también el del pontífice.
—Anteriormente os pronunciasteis a favor de Montfort —le recordó su hijo.
—Así es. Pero ya no. Las cosas han ido demasiado lejos.
Éste era, como sabían todos, el núcleo de la cuestión. Durante más de un año el caballero, al contemplar los resultados de la labor de Montfort, había experimentado un creciente desasosiego; y había muchos como él que estaban preocupados por la forma en que Simón y sus partidarios humillaban al rey. Eso ofendía su sentimiento de decoro. Sin duda, Enrique era un incompetente; pero la monarquía, al margen de los defectos del monarca, seguía siendo una institución sagrada. Las normas feudales debían ser observadas. La opinión de Luis y la autoridad del Papa debían ser respetadas a toda costa.
—El afán de reformar al rey y la Iglesia es una cosa —había dicho Jocelin a su hijo el año anterior—, pero no podemos rechazar al rey y a la Iglesia. Representan la autoridad.
Esas sacrosantas instituciones constituían la única garantía de moralidad y orden que conocía el mundo.
—Si las destruimos —había advertido Jocelin a su hijo—, destruiremos la piedra angular del edificio, y éste se derrumbará inevitablemente.
—No, padre. No me someteré.
—¿Os negáis a someteros al rey Luis, y al Papa? —inquirió Jocelin en tono amenazante.
—Sí. Ambos son extranjeros. Y el Papa está demasiado lejos. No nos comprenden.
Era un argumento que al anciano caballero le parecía absurdo.
—Eso no tiene nada que ver —bramó.
Pero Hugh meneó la cabeza en sentido negativo.
Los extranjeros que había en Inglaterra —tanto los amigos del rey en la corte como los numerosos italianos instalados por el Papa en puestos clave, que obtenían suculentos beneficios de los ingleses— irritaban a más de un inglés. Pero la insatisfacción que expresaba Hugh era más profunda. Pues la decisión del pontífice y del rey Luis, pese a ser técnicamente correcta, constituía una afrenta al sentido de justicia natural de los isleños.
Jocelin miró enojado a su hijo.
—Debéis acatar la ley —dijo secamente—. Y la ley procede del rey y está sancionada por la Iglesia. No podéis negarlo.
Pero Hugh se limitó a hacer un gesto displicente con la mano.
—No, padre. El rey está sometido a una ley superior, una ley natural si queréis llamarla así: la comunidad del reino, los poderes de una nación. Vos deseáis un gobierno real, reformado, desde luego, pero real. Montfort nos ha mostrado algo mejor: un gobierno político, al cual está sometido el mismo rey. Es el único sistema viable para el futuro.
Cuando el viejo Jocelin oyó esas palabras palideció, no de ira sino de estupor.
Desde el punto de vista constitucional la afirmación de Hugh era revolucionaria; pero no era una novedad. A lo largo del siglo, esos conceptos habían sido ampliamente debatidos en las universidades europeas, e incluso suscritos por grandes hombres de la Iglesia y filósofos como santo Tomás de Aquino. De hecho, a partir de la Carta Magna, los potentados de Inglaterra habían impuesto una autoridad política y cooperativa sobre los reyes, aunque alegando que lo hacían para garantizar un eficaz gobierno feudal, en el que los reyes estuvieran debidamente «asesorados». De esa forma se había preservado el antiguo sentido de la monarquía como institución sagrada, y el derecho del rey a gobernar como deseara.
Pero aunque el caballero de Avonsford sabía todo eso, cuando oyó la audaz declaración de Hugh y su rechazo de una autoridad que había persistido durante siglos, Jocelin —pese al desprecio que le inspiraba el rey— no pudo por menos de sentirse horrorizado.
—¡Pero el Papa…! —exclamó.
—Incluso los obispos se manifiestan divididos al respecto —protestó Hugh—. La mitad de ellos está a favor de Montfort.
Era cierto. Muchos obispos creían de buena fe que Montfort tenía razón y que el rey debía acatar el juramento y las Estipulaciones.
—¿Estáis de acuerdo con eso? —preguntó Jocelin al viejo Edward.
Shockley reflexionó unos momentos. Los puntos filosóficos, aunque los comprendía, le interesaban muy poco.
—Os voy a decir algo —respondió—. Si la cosa desemboca en una lucha de poder los comerciantes de Londres apoyarán a Simón de Montfort.
Jocelin se encogió de hombros despectivamente. Londres constituía una potencia formidable, acaso decisiva; pero él era un caballero, no un simple comerciante, y su deber era defender un principio que, al ser puesto en tela de juicio, adquiría a sus ojos una gran importancia.
—Lucháis contra la autoridad divina —afirmó Godefroi. Luego miró a Hugh con ira y aflicción y dijo en francés—: Os ordeno que os sometáis, o dejaréis de ser mi hijo.
Tras estas palabras se alejó sobre su caballo.
Mientras presenciaba esta disputa entre Jocelin y su único hijo, Peter Shockley, cuya opinión nadie había preguntado, comprendió con claridad su postura. Pues aunque no había entendido los puntos filosóficos más sutiles, su mente pragmática había comprendido por instinto el tema esencial que yacía bajo la encendida discusión.
—A nosotros nos tiene sin cuidado que gobierne el rey o su consejo —comentó más tarde a su padre—. Necesitamos paz y unos impuestos razonables para el batán enfurtidor. Y —añadió con expresión grave— debemos esforzarnos en conseguir ambas cosas.
Al cabo de una semana, no había un alma en Sarum que no se hubiera enterado de la pelea entre Jocelin de Godefroi y su heredero. Padre e hijo ya no residían bajo el mismo techo. Aunque su hijito seguía viviendo en la mansión al cuidado de las sirvientas de su padre, Hugh se había trasladado a una casa en la nueva ciudad, donde vivía con discreción, pero contraviniendo abiertamente los deseos de su padre.
Hugh no era el único caso. En Sarum se habían alzado muchas voces de protesta y en febrero llegó al castillo un contingente más numeroso de tropas del rey. El mensaje era claro, de modo que la ciudad permaneció relativamente tranquila e incluso Hugh decidió comportarse con cautela. No obstante, durante las próximas semanas partió en dos ocasiones a unos destinos misteriosos.
Con los meses de febrero y marzo llegaron nuevos rumores. Londres se había sublevado y había proclamado su adhesión a Simón. Montfort se había partido la pierna en un accidente a principios de año; algunos decían que se estaba muriendo, otros que había pasado a la ofensiva. El príncipe Eduardo había emprendido una marcha a través del país acompañado por sus amigos desde los castillos fronterizos de Gales: a primeros de abril él y su padre se apoderaron del castillo de Northampton. Y de pronto llegó la noticia de que Simón de Montfort se hallaba en el campo de batalla.
Pese a esos acontecimientos políticos, el negocio del batán enfurtidor continuaba viento en popa y a fines de marzo Peter empezó a pensar en ampliar el batán agregándole una nueva nave. Asimismo, a instancias de Jocelin, Osmund el Albañil hizo varias visitas al batán para asesorarles sobre la construcción de la nueva nave.
Una mañana de mediados de abril, cuando Peter y Osmund salieron del batán enfurtidor tras una de esas reuniones, vieron acercarse a Hugh de Godefroi. Montaba un magnífico corcel negro que le había procurado numerosos triunfos en las lizas. Le seguían otras dos monturas, un segundo caballo de batalla y un caballo de carga que transportaba su equipo: la magnífica cota de malla que le cubría desde el cuello hasta los pies, su escudo con el cisne blanco sobre fondo de gules, su espada y sus lanzas y el imponente casco de metal sólido que estaba en boga en aquella época y que se asemejaba a una cacerola colocada boca abajo con dos rendijas para los ojos. Sobre su jubón de cuero, Hugh lucía un manto rojo que ostentaba la cruz blanca de los cruzados.
—¿Dónde está mi padre? —inquirió.
Durante los dos meses transcurridos desde que Hugh abandonase la casa paterna, el viejo caballero había vuelto a encargarse de administrar sus propiedades y, a fin de no pensar en la disputa con su hijo, se había volcado en dicha labor. Solía visitar el batán enfurtidor cada dos días y Peter, aunque el anciano jamás se lo preguntaba, siempre le informaba de sus encuentros con Hugh en la ciudad, como si ignorara que ambos hombres estaban peleados. Pocas personas en Sarum se habrían atrevido a hacer semejante cosa, pero Peter sospechaba que las visitas periódicas del caballero al batán estaban relacionadas con su hijo.
—No creo que tarde en venir —respondió Peter.
Los tres hombres aguardaron en silencio. Todos conocían el significado de esa visita. Al poco rato apareció Jocelin.
El anciano caballero montaba erguido como de costumbre. A lo lejos parecía un hombre joven. Durante unos momentos vaciló, pero luego se dirigió hacia ellos con aire decidido. Al aproximarse, los otros observaron que tenía los ojos brillantes aunque mostraban una expresión dura. Padre e hijo se encararon. Jocelin clavó la vista en el manto de Hugh.
—¿Creéis tener el derecho de lucir esa cruz, Monsieur?
Hugh inclinó la cabeza.
—Oui, monsieur. El obispo de Worcester y otros tres obispos nos han concedido ese derecho. —El hecho de que varios obispos consideraran que esa rebelión equivalía a una guerra santa había constituido un duro golpe para Simón de Montfort—. He venido para pediros vuestra bendición —continuó Hugh.
El anciano hizo una breve inclinación de cabeza. No podía negar lo que un obispo había aprobado. Desmontó y Hugh hizo lo propio.
Sin decir una palabra Hugh se arrodilló en el suelo ante su padre. Jocelin se quitó una cadenita que llevaba alrededor del cuello de la que colgaba la insignia del santuario de Saint Thomas Becket que se encontraba en Canterbury. En silencio, se la colocó a su hijo en torno al cuello.
—No estoy de acuerdo con vuestra lucha, pero partid con mi bendición —dijo con voz ronca.
Hugh se levantó. Era curioso ver a aquellos hombres frente a frente, pensó Peter, uno de ellos una copia idéntica del otro. Tras haberse reconciliado, ambos parecían haberse quitado un peso de encima. Hugh contempló la pequeña insignia y la acarició con afecto.
—Tengo entendido, monsieur, que vuestro viaje os llevará hacia el santuario de este santo —dijo su padre—. Quizá podáis traerme otra insignia.
Era una broma cortés, y Hugh sonrió. Pues de todos era sabido que las fuerzas de Montfort iban a reunirse en Kent, en el camino de Canterbury.
—Desde luego, monsieur —contestó con elegancia—. Confiamos en detenernos sólo brevemente allí.
Nadie dijo una palabra cuando Jocelin partió; y tan pronto como hubo doblado un recodo del camino y desaparecido de la vista, Jocelin, habiendo olvidado el asunto que le había traído al batán enfurtidor, montó en su caballo y subió al cerro. Desde allí, sospechaba Peter, el caballero podría distinguir a Hugh cuando éste enfilara la carretera que conducía el este.
Pero ni Godefroi, ni Shockley ni el albañil se percataron de que otros dos testigos habían presenciado la escena. William atte Brigge y su hijo John, un joven moreno de mirada perspicaz que había cumplido diecisiete años, habían aparecido por detrás del batán sin ser observados, en el momento en que ambos Godefroi estaban desmontando. Ocultos tras una esquina del edificio, habían observado con atención mientras Hugh recibía la bendición de su padre. William tenía un aire pensativo: uno no sabía nunca el valor de una determinada información, pero presentía que lo que había contemplado era importante.
—Recuerda —dijo en voz baja a su hijo— que algún día puede resultarnos útil lo que acabamos de ver.
La batalla de Lewes tuvo lugar el 14 de mayo de 1264.
La población de Lewes estaba situada cerca de la costa, unos cien kilómetros al oeste del estrecho de Dover y a los pies de las áridas colinas del sureste de Inglaterra; era una población pequeña —más o menos del tamaño de Wilton—, pero tenía un castillo y un priorato perteneciente a los monjes de Cluny.
Las fuerzas del rey Enrique y su hijo Eduardo se hallaban acampadas junto a la población cuando, poco después del amanecer, vieron al ejército de Simón de Montfort dispuesto en línea de combate sobre el cerro, con los londinenses situados en el ala izquierda. La noche anterior, el obispo de Worcester había impartido la absolución al ejército de Simón. Los soldados lucían sobre su pecho la cruz de los cruzados.
La batalla fue breve. El príncipe Eduardo atacó la cima de la colina, separó a los londinenses del resto de las fuerzas de Simón y logró obligarles a emprender la retirada hacia un pantano cercano, a través del cual los persiguió durante varias horas. Sin embargo, cuando Eduardo regresó al campo de batalla comprobó que su victoria había tenido escasa importancia y que Monftort había derrotado al resto del ejército. El rey y su hermano habían caído prisioneros, y la batalla había concluido.
Pocos caballeros murieron durante la contienda. Uno de ellos, que había acudido valerosamente en ayuda de los londinenses al verlos emprender la retirada, fue derribado de su montura por los soldados que huían; éstos no se detuvieron para socorrerlo y fue salvajemente asesinado por un grupo de infantes del príncipe Eduardo. Posteriormente fue identificado por el cisne blanco que lucía en su escudo.
En el bando del rey, aunque resultó vencido, la batalla principal fue tan breve y decisiva que las bajas no fueron cuantiosas. Entre las víctimas había un anciano caballero, que por su edad no hubiera debido combatir, llamado Geoffrey de Whiteheath.
En junio Alicia regresó a la casa de Castle Street. Se quedó asombrada al darse cuenta de que no había puesto los pies en Sarum desde hacía veinte años.
A simple vista Alicia apenas había cambiado: sólo unas pocas arrugas en torno a sus ojos, las cuales no le restaban atractivo, indicaban su edad. Su cabello aún no había encanecido. En cuanto a sus sentimientos…, ni ella misma estaba segura de ellos.
No había sido infeliz. Al año de casarse había dado a Geoffrey de Whiteheath un hijo, pero había sido una niña, y por más que lo había intentado no había vuelto a quedarse preñada. Geoffrey había ido envejeciendo sin la compañía del hijo por el cual se había casado con ella y Alicia había observado cómo en su ancho y varonil semblante aparecían unas arrugas causadas no sólo por la edad sino por una tristeza que Geoffrey no podía ocultar. Su hija había contraído matrimonio hacía un año y a partir de ese momento él se había quedado solo con una esposa que le había fallado y una magnífica propiedad que ya no le procuraba alegría.
Una vez que se hubo enfundado, no sin esfuerzo, su cota de malla, Geoffrey insistió en reunirse con las fuerzas del rey Enrique, y Alicia no trató de disuadirlo al comprender el motivo que le impulsaba a hacerlo. De modo que cuando él se despidió de su esposa cortés y afectuosamente, ella se alegró de observar en su viejo rostro una expresión entusiasta mientras partía para librar su última batalla, de la cual, según intuyó Alicia, no tenía la menor intención de regresar.
La propiedad pasó a manos del hermano de Geoffrey. Como su esposo la había dejado en una holgada posición económica, Alicia había partido de Winchester sin dolor.
Pero ¿qué iba a hacer a partir de ahora?
—No soy joven ni vieja —pensó Alicia al aproximarse a la próspera ciudad de su infancia.
Comprobó que estaba más poblada que antes. Las parcelas antes desiertas emplazadas en el sector norte de la ciudad nueva aparecían repletas de edificios. La gente acudía a la pujante población mercantil desde toda la región meridional de la isla, desde Bristol, Londres, Norwich y más lejos: Sarum rebosaba de gente.
Y sobre sus tejados se alzaba la larga silueta gris de la catedral, cuyas obras casi habían terminado.
El padre de Alicia había muerto hacía cinco años y su hermano Walter le había sucedido al frente del negocio. Alicia pasó tres días muy agradables en casa de su hermano. Examinó la catedral y se maravilló de sus altas y depuradas líneas. Realizó una visita de cortesía a su tío Portehors, quien estaba viejo y delicado, pero que insistió en acompañarla, caminando junto a ella con dificultad, para enseñarle los canales que recorrían las calles; pero Alicia había visto otros rostros conocidos.
La tercera tarde de su visita, cuando ambos se encontraban a solas, el hermano de Alicia sacó a colación el tema que le preocupaba. Era como su padre, pensó Alicia, salvo que a diferencia de Alan Le Portier, que siempre había poseído un sentido del humor cáustico y seco, Walter había desarrollado un talante pomposo y cargante.
—¿Has pensado en la posibilidad de unirte de nuevo a un hombre? —preguntó Walter.
Ella sonrió.
—¿Te refieres a casarme? Supongo que sí. Walter sonrió satisfecho.
—Tengo un candidato para ti. Un excelente partido —dijo inflando los carrillos en un gesto de autocomplacencia.
—¿Ya? ¿Tan pronto? —Alicia apenas pudo reprimir la risa—. ¿De quién se trata?
—Un caballero con una espléndida propiedad. —Walter se detuvo para dar mayor énfasis a sus palabras—. Jocelin de Godefroi. Está sumamente interesado.
Pues Jocelin de Godefroi, a la edad de cincuenta y siete años, tras superar el dolor por la pérdida de su hijo había comprendido que era preciso reconstruir su vida, no por él, sino por su nietecito.
«El niño tiene tres años —se había dicho Jocelin mirando al niño que su hijo había dejado huérfano—. Si vivo otros diecisiete años, tendrá veinte y podrá defenderse por sí mismo».
Pero ¿lo conseguiría? Dentro de diecisiete años cumpliría setenta y cuatro, y pocos hombres alcanzaban esa edad en aquellos tiempos. No obstante, gozaba de buena salud: era preciso intentarlo. Pero al mirar al niño, Jocelin se dio cuenta de que faltaba algo esencial.
«Este niño necesita una madre y este lugar necesita una mujer —se dijo—. Debo buscar una esposa».
De modo que dejó que circulara el rumor y aguardó para ver qué sucedía. Al poco tiempo Le Portier fue a verle.
La idea de la chica Le Portier atraía a Godefroi; no era noble, pero procedía de una familia respetable; además, había sido esposa de Geoffrey de Whiteheath por espacio de veinte años y sabía administrar una propiedad. Y sólo tenía treinta y seis años. Mientras el viejo caballero meditaba en el asunto, por primera vez en mucho tiempo sonrió.
¡Quizá pudiera darle un hijo! Ciertamente él se sentía más que capaz de ello.
—A fin de cuentas tengo dos propiedades —pensó Jocelin—. Podría dejar una a mi nieto Roger y la otra al niño, si es un varón.
De modo que mandó llamar a Walter y le dijo:
—Traed a vuestra hermana para que me eche un vistazo.
Y Jocelin de Godefroi comenzó a hacer los preparativos pertinentes.
Alicia se hallaba de pie en una esquina del mercado, junto a la manzana del Jabalí Azul, cuando Peter Shockley reparó en ella. Se paró en seco, mirándola pasmado, sin dar crédito a sus ojos. Peter había ido a la granja Shockley, donde su padre solía pasar ahora el verano, y se había ausentado varios días de la ciudad. No se había enterado de la muerte del esposo de Alicia ni de que ésta había regresado. Con unas pocas y largas zancadas, se plantó delante de ella y dijo sonriendo:
—No has cambiado.
Alicia se sobresaltó. Casi se había olvidado de él. En aquellos momentos sus pensamientos estaban muy lejos de Peter. Pero ahí lo tenía, algo más grueso, aunque tan apuesto como siempre, según tuvo que reconocer Alicia.
Peter sólo tardó unos minutos en averiguar la historia de Alicia, así como el hecho de que aquel mismo día iba a visitar a Godefroi.
—Busca esposa —dijo él con aire pensativo.
Ella sonrió.
—Lo sé. —Luego, estupefacta, Alicia se oyó decir mientras clavaba la vista en los ojos azules y límpidos de Peter—: Pero quizá no consiga encontrarla.
Peter Shockley tardó una semana en conquistar a Alicia.
Peter había tratado de convencerse de que no la había estado esperando durante aquellos veinte años, pero en esos momentos le sorprendió constatar lo fácilmente que se desmoronaba aquella mentira. En presencia de Alicia sentía una alegría y emoción que creía haber olvidado; y cuando el tercer día le cogió la mano, la atrajo hacia sí y la besó, le pareció la cosa más natural del mundo.
—Es como si siempre hubiéramos estado juntos —dijo Peter.
—Lo sé —contestó ella.
Pero no era verdad. Para ella, su encuentro no había sido —al contrario que para Peter— un acto providencial. Y la idea de casarse con Shockley no se le había ocurrido hasta más tarde, cuando su hermano la había hecho pasar afanosamente al inmenso salón de Avonsford y Alicia había visto avanzar hacia ella a un caballero bien conservado, con el pelo gris perfectamente rizado con unas tenazas calientes. Era viejo. Sus ojos, según observó Alicia de inmediato, reflejaban tristeza. Y ella ya había estado familiarizada con la ancianidad y la tristeza.
—Mi respuesta es no —declaró Alicia a Walter más tarde, causando a su hermano un gran disgusto.
Pero ese disgusto no fue nada comparado con la sorpresa que se llevó una semana más tarde cuando Alicia le anunció que iba a casarse con Shockley.
—Pero te has convertido en una dama. ¡Una esposa digna de un caballero! —protestó Walter. Le había complacido ser el cuñado de Geoffrey de Whiteheath; emparentar con Godefroi habría sido una ventaja aún más grande. —Shockley no es sino un comerciante.
—Tengo dinero —le recordó Alicia—. Puedo hacer lo que me apetezca.
Y para deleite del viejo Edward Shockley, Alicia y Peter contrajeron matrimonio al mes siguiente.
El día de la boda, Peter entregó a Alicia, por segunda vez, un pequeño medallón que colgaba de una cadena de plata.
Para Peter, casarse fue como renacer, y cuando la noche de bodas condujo a Alicia a la alcoba de la vieja granja Shockley que Edward y su esposa habían ocupado antes que ellos y la estrechó entre sus brazos, le pareció que todos sus años se esfumaban y volvía a ser un joven de dieciocho años unido por fin a su novia. Alicia todo esto lo sabía; y aunque no sentía lo mismo, se esforzó en ocultarlo, alegrándose de verlo tan feliz. De modo que ella fue la primera en asombrarse cuando a medianoche se despertó y atrajo a Peter de nuevo hacia sí, pero esta vez con un pequeño gemido de inusitada pasión.
Cuando Jocelin de Godefroi se enteró de la boda de Alicia y Peter Shockley se puso pálido de ira.
—Este comerciante ha ido demasiado lejos —masculló— si supone que puede robarle la novia a un Godefroi.
No era sólo su orgullo familiar el que se sentía herido; el asunto constituía para él una afrenta personal.
Jocelin rumió sobre ello durante varios días.
Peter se sentía tan dichoso al comienzo de su matrimonio que apenas reparó en el hecho de que Godefroi no había visitado el batán enfurtidor durante su acostumbrado paseo por sus dominios; de modo que cuando, dos semanas después de su boda, vio acercarse a Jocelin se apresuró a salir para saludarlo. Peter se quedó boquiabierto al oír que el caballero, sentado muy tieso sobre su montura y con una expresión distante en sus ojos, le decía:
—Me temo que voy a arrendar el batán a otro inquilino, Shockley. Debes marcharte a fin de mes.
La hipoteca que debían a Aaron había sido pagada hacía muchos años; el batán estaba emplazado en las tierras de Godefroi; Shockley podía pleitear con él para tratar de impedir que le arrojara de allí, pero aunque ganara el caso Godefroi le haría la vida imposible. Cuando el caballero se alejó, Peter lo observó con horror e incredulidad.
No sabía qué hacer. Estaba tan acostumbrado a no compartir con nadie sus problemas que durante un par de días se mostró ceñudo y malhumorado, incapaz de decidir el paso que debía dar ni de contarle a alguien lo sucedido. Pero al tercer día Alicia, que había aguardado con paciencia a que a Peter se le pasara el malhumor, exigió saber qué le ocurría, y cuando éste se lo confesó dijo:
—Debes pedir a tu padre que te reciba y hablar con él.
Pero Peter se negó. Edward era viejo y estaba delicado de salud, y en cualquier caso los negocios de los Shockley estaban ahora en manos de él.
—Ya encontraré la solución —contestó a su esposa, irritado.
Alicia no dijo nada. Pero a la mañana siguiente, en cuanto Peter se hubo marchado, ella se retiró a su habitación durante media hora. Cuando hubo terminado, sonrió satisfecha del resultado; y al mediodía los sirvientes de la mansión de Avonsford se sorprendieron al ver aparecer en el patio, montada con dignidad en un corcel, a una mujer que no vestía la sencilla túnica y pelliza de la esposa de un comerciante, sino los suntuosos ropajes bordados de una dama y que iba tocada con un griñón y una cofia. La dama llamó perentoriamente a uno de los mozos para que la ayudara a desmontar.
Durante los veinte años como dueña y señora de la mansión de Geoffrey de Whiteheath, Alicia había adquirido los distinguidos modales de una gran dama, y cuando al cabo de unos momentos entró en el salón de casa de Jocelin, incluso él, pese a la nueva posición de Alicia, se levantó automáticamente y la saludó con una respetuosa reverencia.
Alicia fue al grano directamente, sin perder tiempo.
—Sé, monsieur —dijo en francés—, que os proponéis arrojar a mi esposo del batán enfurtidor.
Jocelin hizo una seca inclinación de cabeza, pero no pudo por menos de sonrojarse ante la firme mirada de los ojos violeta de Alicia. Ella se aprovechó de esa circunstancia y prosiguió sosegada y hábilmente:
—He venido a veros sin que mi esposo lo sepa, pues (disculpad mi vanidad) temí ser yo la causa. Pero quizás esté equivocada y mi elección de marido no os incumba.
El caballero sonrió maravillado al ver la astucia con que Alicia casi le había obligado a hacerle un cumplido.
—Madame —respondió con franca admiración y empleando los mismos términos de cortesía—, me habría sentido orgulloso de que hubierais expresado interés en mi pobre mansión de Avonsford.
—En ese caso, seigneur, sabed que vuestra mansión y su ocupante me interesaron y no poco —contestó Alicia con elegancia—. Pero después de vivir veinte años con un hombre a quien amaba, pero que era una generación mayor que yo, decidí tratar de ser feliz con el comerciante al que abandoné de joven. Por lo visto con mi decisión sólo he conseguido traer la desgracia a Shockley, y lamento que ésta provenga de un hombre a quien, de haber sido otras las circunstancias, yo podría haber amado. —Y con una airosa reverencia, Alicia dio media vuelta y salió de la habitación.
Aquella tarde, después de visitar a su nieto, Jocelin de Godefroi se dirigió al garderobe donde guardaba sus libros y retiró de la pared la lámina de acero bruñido que utilizaba a modo de espejo.
—Eres demasiado viejo para ella —se dijo con sinceridad—. Pero ¡qué mujer!
Al día siguiente, Peter Shockley recibió estupefacto un mensaje de la mansión de Avonsford diciendo que Godefroi había cambiado de parecer y que el batán enfurtidor seguiría en sus manos. Peter nunca averiguó el motivo de aquel cambio de parecer.
Durante aquel verano, pese a los importantes acontecimientos que se registraron en la isla, muchos en Sarum decidieron hacer caso omiso de ellos: Peter Shockley porque estaba ocupado con su batán enfurtidor y su matrimonio, y Godefroi por fundadas razones políticas.
—El asunto entre el rey y Montfort aún podría resolverse a favor del uno o del otro —afirmó—. Si quiero conservar las propiedades para mi nieto, debemos procurar no meternos en líos.
En Sarum, no obstante su guarnición, la situación era pacífica, y aunque los partidarios de Montfort sabían que Godefroi se había opuesto a ellos, también sabían que su único hijo había muerto defendiendo la causa de Montfort, de modo que no se metieron con el anciano.
Los hechos de 1264 ofrecían múltiples peligros y oportunidades. Montfort volvió a asumir el control; el rey y su hijo Eduardo, en cuyo nombre gobernaba de nuevo, se hallaban en sus manos. Pero estaba amenazado por todos lados; los seguidores de Enrique se reunieron al otro lado del Canal de la Mancha y amenazaron con invadir el país acaudillados por Luis de Francia; los amigos del príncipe Eduardo, los grandes señores de la frontera con Gales, se disponían a atacar de nuevo, y al otro lado del Canal de la Mancha, otra poderosa voz, el legado del pontífice, seguía negándose a aceptar la nueva situación en Inglaterra. En octubre el Papa excomulgó a Simón y a todos los que apoyaban las Estipulaciones.
Pese a la inestabilidad política, sin embargo, buena parte de la isla estaba de parte de Montfort; los hombres libres de Inglaterra tenían un gobierno vinculado a la Carta Magna y a las Estipulaciones. No deseaban volver atrás las manecillas del reloj.
A fines de aquel año ocurrió un importante acontecimiento que hizo que Godefroi meneara la cabeza asombrado y que Peter Shockley palmoteara de alegría y exclamara ante Alicia:
—¡Por fin! De ahora en adelante el rey será asesorado como es debido.
Pues en diciembre Simón de Montfort convocó su célebre Parlamento, que debía reunirse en Londres a fines de enero.
La famosa asamblea no era en modo alguno un parlamento de la nación. Los barones leales a Simón fueron citados por medio de unos mandatos oficiales mientras que los otros, los que eran leales al rey, fueron avisados a última hora. Como de costumbre, acudieron caballeros de todos los condados. Y además del obispo, fue avisado el deán de Salisbury. Pero lo que dio fama a la asamblea y causó una profunda alegría a Shockley fue una innovación: Montfort había convocado a un grupo de burgueses procedentes de una reducida selección de municipios, principalmente en el norte.
—¡Ya es hora de que escuchen a algunos de los que dirigen el comercio de este país! —exclamó Peter.
Alicia observó a su marido con afecto. Había vivido con hombres como Geoffrey de Whiteheath y Godefroi durante demasiados años como para suponer que escucharían a un simple comerciante.
—Los comerciantes estarán presentes para calmar los ánimos de las poblaciones conflictivas —dijo Alicia con calma—. Estarán allí y se sentirán halagados, eso es todo.
Peter asintió con la cabeza.
—Puede que así sea —respondió hábilmente—, pero lo importante es que una vez que hayan sido convocados tendrán que estar presentes también en otros parlamentos. La próxima vez, otros municipios exigirán enviar a unos burgueses. Y en el futuro, esos burgueses alzarán su voz.
—Es posible —dijo Alicia, sin estar muy convencida—. Pero yo no contaría con ello.
A pesar de todo, a medida que transcurría el mes de enero la euforia de Peter iba en aumento. Wiltshire se disponía a enviar a unos caballeros. De haber deseado el anciano participar en la asamblea, su amigo Jocelin de Godefroi pudo haber sido uno de ellos. Pero asistirían otros caballeros locales de Wiltshire, como Scudamore, Hussey o Richard de Zeals, con quienes Peter sabía que podía hablar con franqueza. La perspectiva de que esos hombres se codearan con burgueses como él en sus consejos nacionales le llenaba de alegría, y a fines de enero Peter anunció:
—Iré a Londres para asistir a ese Parlamento.
Alicia enarcó las cejas.
—No puedes participar en él.
—Lo sé. —Los ojos de Peter emitían un brillo singular—. Esta vez no. Pero puedo estar presente. Alicia se levantó y lo besó.
—Entonces ve. —Tras una breve pausa añadió—: Pero regresa antes del verano, porque —le comunicó Alicia sonriendo de felicidad— estoy encinta.
Para Peter Shockley, la visita en febrero de 1265 al gran Parlamento convocado por Montfort en Londres constituyó una decepción.
No fue como él había esperado. Había supuesto que asistiría a una gran asamblea, que vería al rey rodeado por su consejo tomando importantes decisiones. Había confiado en verles escuchar las quejas contra los funcionarios reales, nombrar nuevos sheriffs e incluso proyectar una nueva paz con el Papa y Luis de Francia. Había supuesto que sería un acontecimiento memorable. Pero cuando llegó al gran puerto de Londres, no vio señal alguna de esa asamblea. Ciertamente, un amable comerciante le indicó un inmenso edificio de piedra con tejado de madera y le informó de que la asamblea iba a celebrarse allí; pero cada vez que Peter pasaba ante él, el lugar parecía semidesierto.
No obstante, a los pocos días empezó a notar una gran actividad. Pequeños grupos de hombres iban y venían de sus respectivos alojamientos y se saludaban por la calle; los caballeros de los condados se reunían en las posadas charlando animadamente, según dedujo Peter, de asuntos importantes. Estaba claro que lo que se estaba fraguando no era una simple asamblea, sino una gigantesca red de grupos y comités que con el tiempo se unirían en una empresa común. Pero aparte del deán, quien se limitó a saludarle con una breve inclinación de cabeza, Peter no vio a ningún conocido, y tras dos días de vagar inútilmente por la ciudad conversando con desconocidos de cosas intrascendentes empezó a sentirse un tanto solo.
Asimismo, Peter había confiado en oír debatir algunos temas importantes. Uno de ellos era el comercio de lana con Flandes, que unos disturbios recientes había interrumpido.
—Si el comercio de la lana se hunde, no habrá dinero para financiar las guerras del rey ni la paz de Montfort —había dicho con acierto a Alicia.
Otra cuestión que le incumbía personalmente era la situación de los judíos.
Peter tenía razones para sentirse preocupado por ese tema. Con motivo de varias empresas recientes, incluyendo la ampliación del batán enfurtidor, había pensado en pedir dinero prestado. Le disgustaba pedírselo a los comerciantes de Cahors, y sus tratos con Aaron de Wilton habían sido del todo satisfactorios en el pasado.
—Es preciso invertir dinero con frecuencia en el negocio —dijo Peter a Alicia—. ¿Por qué tengo que esforzarme tanto en obtenerlo?
Pues eso era exactamente lo que había ocurrido. La absurda persecución de la comunidad judía se había incrementado. Habían surgido más acusaciones referentes a asesinatos rituales, más juicios y más impuestos, incluyendo una segunda y desproporcionada tasa de sesenta mil marcos. Esas reiteradas persecuciones y cargas fiscales habían reducido la comunidad semita a un estado lamentable: por lo que Peter sabía, el grupo judío de Wilton estaba prácticamente en bancarrota.
Una semana antes de partir, Peter se encontró con Aaron en la ciudad y su aspecto le dejó pasmado; el judío, siempre tan robusto y sólo doce años mayor que él, parecía un anciano. Caminaba despacio y con dificultad; su túnica, antes siempre pulcra y elegante, tenía el dobladillo deshilachado de tanto arrastrarla por el suelo. El hecho de que el financiero se viera reducido a aquella penosa situación ofendió a Shockley.
—Voy a asistir al Parlamento —informó a Aaron muy ufano—. Y cuando llegue allí les diré lo que pienso sobre el trato que reciben los judíos.
Pero para su sorpresa Aaron le agarró el brazo y le suplicó:
—No lo hagas. Sólo conseguirás perjudicarte a ti mismo y a mí no me ayudarás.
Cuando Peter protestó, el judío se apresuró a recordarle:
—No olvides lo que les ocurrió a los franciscanos. Lamentablemente era cierto que diez años atrás, cuando la orden franciscana había protestado contra la crueldad —y la mendacidad— de las persecuciones y acusaciones de asesinato contra los judíos, los prejuicios contra la comunidad hebrea se habían revelado tan fuertes que los propios franciscanos se habían visto rechazados en todo el mundo. Peter había seguido realizando sus donativos a la orden franciscana en New Salisbury, pero sabía que mucha gente había dejado de hacerlo.
—Pero Montfort es un reformador —replicó Peter.
Aaron sonrió con amargura.
—Amigo mío, Simón de Montfort es casi tan derrochador como el rey. Está endeudado hasta las cejas con los prestamistas judíos. Nos odia más que nadie.
Peter se despidió de él apenado. Y al llegar a Londres, cada vez que logró entablar conversación con algunos de los participantes en la asamblea, constató que incluso los burgueses de York y de Lincoln mostraban escaso interés en esas y otras cuestiones prácticas que a él le preocupaban.
—En primer lugar debemos ocuparnos de temas de alta política, amigo —le dijo uno de ellos muy serio—. Hasta que no resolvamos a qué bando le corresponde determinado castillo, y logremos que el príncipe Eduardo se avenga a razones con el consejo y con su padre, no podremos ocuparnos de otros asuntos.
Ésas eran unas cuestiones sobre las que el comerciante no podía opinar. Al cabo de cuatro días, decidió marcharse. Pero no se dejó desanimar por ello; es más, lo que había visto había hecho que se sintiera más decidido que nunca a participar en esas asambleas en el futuro.
«Éste no es mi Parlamento —pensó Peter—. Pero el próximo sí lo será. O el siguiente».
De hecho, el Parlamento de 1265, que se prolongó hasta marzo, consiguió grandes cosas. Los asuntos feudales de los castillos del rey y del príncipe quedaron resueltos, reforzando la situación de Montfort pero aplacando los ánimos del bando real. Se nombraron nuevos funcionarios de estado, se oyeron casos judiciales y se reanudó el comercio de la lana con Flandes. Incluso Montfort tuvo que suavizar sus antipatías hacia los judíos al cabo de unos meses, al comprender que o dejaba de acosarlos o acabaría destruyendo definitivamente esa importante fuente de ingresos para el gobierno.
Pero al otro lado del Canal de la Mancha, el legado pontificio aguardaba, pues fuera cual fuese la decisión del Parlamento, su posición permanecía inmutable. Montfort, quien había desafiado al pontífice, debía ser expulsado de Inglaterra. Y en las fronteras de Gales, los amigos del príncipe Eduardo, aunque habían jurado lealtad a Simón y al nuevo gobierno, también aguardaban.
De regreso a la relativa calma de Sarum, Peter Shockley observó fríamente el desarrollo de esos acontecimientos. Cuando, aquel verano, el príncipe Eduardo huyó al oeste para refugiarse junto a sus amigos y los condujo contra Montfort, Peter confió en que Montfort ganara. Pero cuando, el 4 de agosto, el gran hombre fue capturado y asesinado en la batalla de Evesham, Peter no se sintió descorazonado.
—A partir de ahora esas disputas las resolverán los magnates —explicó a Alicia—. Los burgueses han sido admitidos en el consejo del rey: eso es lo único que importa.
Y aunque su esposa sonrió ante la ingenuidad del comerciante, éste siguió convencido de que algún día los hechos demostrarían que tenía razón.
Durante los dos años siguientes se produjo una importante serie de acontecimientos feudales. Los amigos de Montfort, nobles y plebeyos, fueron desposeídos de sus tierras. Por fortuna, dado que su lealtad era de todos conocida, a Godefroi le perdonaron la sublevación de su hijo y lo dejaron en paz; el hijo de Simón continuó luchando pero tuvo que huir de la isla, y sus últimos seguidores, después de resistir en la isla oriental de Ely, se rindieron.
El legado pontificio Ottobuono llegó a Inglaterra con toda la pompa de su rango, como habían hecho otros importantes eclesiásticos en otras épocas, dispuso en su Dictum de Kenilworth una cláusula que permitía a los rebeldes, previo pago de duras penalizaciones, recuperar sus tierras; y en el Estatuto de Marlborough no sólo confirmó las libertades de la Carta Magna sino que añadió a la misma buena parte de las Estipulaciones de Simón de Montfort. El resultado de esa alta política feudal fue cabalmente resumido por el comerciante provinciano.
—Montfort ha muerto —dijo Peter a Alicia—, pero no han destruido su obra.
Peter tuvo más motivos para sentirse satisfecho que el mero acuerdo político. Pues en junio de 1265 Alicia le dio su primer hijo: una robusta niña de cabello rubio y maravillosos ojos violeta. Le pusieron el nombre de Mary.
—La granja será para ella —prometió Peter a su esposa, añadiendo alegremente—: Lo único que necesitamos ahora es un varón, el cual heredará la casa y el batán enfurtidor.
Alicia sonrió.
Pero todos esos grandes acontecimientos, según le parecía a Osmund el Albañil, se desvanecieron y perdieron importancia frente a la silenciosa presencia del gigantesco edificio de piedra gris construido en el valle.
Pues en el año 1265 de la era cristiana, el cuerpo central de la nueva catedral quedó prácticamente completado.
La iglesia, con su sencillo diseño cruciforme, su larga nave central y sus airosos cruceros, se alzaba pacíficamente en el silencio que la rodeaba. Era un edificio de treinta metros de altura, ciento cincuenta de longitud, dotado de un techo emplomado interrumpido tan sólo por la torre que se alzaba unos pocos metros sobre él en la intersección de los cruceros y que permanecía serenamente indiferente ante los hechos temporales. Casi a última hora habían agregado otra torre independiente que contenía las enormes campanas destinadas a llamar a los fieles a la oración, construido cerca del lado norte del recinto, a unos cincuenta metros de la iglesia principal, y a fin de que el tañido de las campanas se oyera en todo el valle, ese recio campanario de piedra medía sesenta metros de altura.
En el año 1265 de la era cristiana, Osmund el Albañil se dispuso a comenzar su obra más grande, y fue también el año en que cayó bajo el hechizo de un pecado capital que a punto estuvo de destruirlo.
Un frío día de marzo Osmund condujo orgulloso a su pequeña familia a la catedral, para mostrarles los trabajos que había realizado. Esta visita se había convertido en un rito anual desde que, diez años antes, naciera su hijo Edward; a Osmund le gustaba pensar que el niño, que sin duda iba a ser también albañil, era consciente de la belleza de la catedral que su padre estaba construyendo y en la que él mismo trabajaría algún día.
Osmund los condujo valle abajo desde Avonsford, pasando frente al viejo castillo sobre la colina y a través de las concurridas calles hasta llegar al recinto. El grupo consistía en su esposa Ann, sus dos hijas y el chico.
Formaban un curioso grupo. El albañil, rechoncho, con las piernas cortas, una inmensa y solemne cabeza y un rostro surcado por venitas rojas, caminaba consciente de su dignidad. A fin de cuentas, era un maestro albañil. En la ciudad, cuando se paseaba con su mandil de cuero, era un hombre importante y digno de admiración para los albañiles más jóvenes, a quienes trataba con justicia pero con severidad. En la aldea de Avonsford, sin embargo, era conocido como un hombre amable y respetado que a menudo por las tardes, en su casa, rodeado por su familia, tallaba con sus habilidosas manos de artesano una figura de madera para el hijo de unos aldeanos mientras el niño aguardaba. Las tres féminas de la familia se parecían mucho entre sí: Ann era una mujer delgada, de piel cetrina, ni guapa ni fea, que siempre emanaba cierto aire de resentimiento. Le gustaba quedarse en su casa de Avonsford con sus cuatro modestas habitaciones y su techo de paja; la población apenas ofrecía interés para ella, salvo cuando sus dos hijas la llevaban al mercado y la hacían adquirir un tejido de alegres colores o alguna chuchería, después de lo cual conseguían inducirla a esbozar una sonrisa forzada. Era un poco más alta que el albañil.
Por último estaba el niño de diez años, con su cuerpo rollizo y su enorme cabeza, que al caminar alegremente detrás de las mujeres imitaba tan perfectamente, aunque sin pretenderlo, la ceremoniosa forma de andar de su padre que la gente sonreía al ver pasar a la familia.
Mientras las tres mujeres admiraban el gran edificio, Osmund dirigió sus comentarios a su hijo.
Le enseñó la espléndida fachada occidental, la parte del edificio principal que había sido completada en último lugar y que parecía un inmenso escenario teatral con las hileras de nichos vacíos que flanqueaban la puerta y una enorme vidriera en el centro.
—Mira, algunos de los nichos ya contienen estatuas —explicó Osmund al niño—. Y vamos a construir más. Un día todos los nichos contendrán una estatua.
—¿Estatuas de quién? —preguntó Edward.
—De reyes, obispos, santos —respondió Osmund.
Pues al menos en la catedral, si no en el mundo exterior, a cada oportunidad se celebraba el matrimonio perfecto entre el mundo espiritual y el temporal.
Así era la fachada de la catedral que se alzaba vertiginosa hasta su ápice en la cúspide del tejado, casi treinta metros sobre el suelo. Edward contempló con admiración la fachada y el elevado campanario, pero retrocedió asustado cuando unos jirones de nubes que pasaron en lo alto le dieron la impresión de que el muro se le venía encima.
Osmund se echó a reír.
—Cuando pasan unas nubes —dijo—, siempre parece como si la fachada occidental fuera a derrumbarse. Entremos.
Si el exterior del edificio resultaba impresionante, el interior era asombroso. No sólo debido a la espaciosa nave central y naves laterales que, como gigantescos túneles, parecían desaparecer a lo lejos, ni por los airosos cruceros que inundaban de luz el centro de la iglesia, sino por el hecho de que todo el espacio interior estaba pintado. La catedral gótica del mundo medieval constituía un estallido de color. La bóveda, los pilares, las tallas y las tumbas que yacían en las capillas y altares aparecían pintados en intensos tonos azules, rojos y verdes. El efecto era tan vívido y alegre como la plaza del mercado; su follaje pintado y esculpido era tan frondoso como el del valle del Avon del que procedía. Mientras el niño contemplaba admirado las líneas de los airosos pilares, exclamó:
—¡Si parece un bosque!
Y era cierto.
—Ahora te enseñaré las tallas —dijo su padre.
Había multitud de ellas. Estaban las tallas esculpidas sobre la gran cerca de piedra que separaba la nave del coro situado detrás de ésta, donde se cantaban los oficios religiosos; en la mampara del coro, formando una hilera que atravesaba la iglesia, aparecían las solemnes figuras de los reyes de Inglaterra espléndidamente pintadas en rojo, azul y oro, desde Egberto el Grande hasta el actual rey Enrique III.
—Ahí está el gran rey Alfredo, el antepasado de todos ellos, quien gobernó primero en Wessex y luego en toda Inglaterra —explicó Osmund a su hijo—. Y Eduardo el Confesor, un rey muy piadoso; y Guillermo de Normandía; y allí, Ricardo Corazón de León, el cruzado. Nuestros reyes más notables.
Pues los siglos no habían pasado en vano, y para Osmund era un artículo de fe el que esas figuras, aunque unidas entre sí por unos lazos de sangre muy tenues, formaban una sola familia de reyes insulares. En la catedral, el mundo devenía el mundo de Dios, tal como debía ser.
Osmund señaló los florones de brillante colorido en el techo del coro, y condujo al niño hacia el extremo oriental de la nave, donde, encaramados en un elevado andamio, los pintores trabajaban en la última sección del techo.
Luego el albañil mostró al niño los macizos pilares, dispuestos unos sobre otros, que sostenían las tres hileras de arcos que conducían a las bóvedas. Lo llevó hasta la intersección de los cruceros, donde ambos alzaron la vista para contemplar los inmensos pilares que parecían elevarse en una sola línea ininterrumpida hasta el cruce de las bóvedas.
—Toca la piedra —dijo Osmund a su hijo, y Edward palpó la piedra lisa y dura de los masivos pilares.
—Es mármol sólido de Purbeck —le explicó Osmund—. Viene de Corfe, por mar y río arriba. Es más resistente que cualquier otra piedra, de modo que lo utilizamos para la torre central. Y jamás lo pintamos.
Edward comprendió el motivo. La superficie pulida azul grisáceo de la piedra era una fiesta para los ojos.
Osmund hizo subir al niño hasta el siguiente nivel, y le mostró la estructura de la catedral.
—Fíjate en cómo construimos las bóvedas —dijo el albañil—. Antiguamente la bóveda consistía simplemente en la mitad de un círculo que se extendía de lado a lado, como si cortaras un barril por la mitad de arriba abajo. Pero de ese modo, era preciso sostener cada piedra del techo mientras lo construías, encaramado en enormes tablas sobre los andamios, miles de ellas. Pero ahora…, mira desde aquí.
Desde el nivel del triforio Osmund señaló la nave, y Edward vio con claridad que la bóveda gótica que había contemplado desde el suelo se conseguía cruzando unas parejas de arcos en diagonal a través de la nave en lugar de atravesarla de lado a lado.
—Atraviesan de nordeste a suroeste y de sureste a noroeste la nave que se extiende de oeste a este —resumió Osmund—. Dividen cada sección en cuatro cuartos.
—¿Por qué lo hacéis así? —preguntó el niño.
—Muy sencillo —respondió el albañil con orgullo—. Primero, una vez que hemos levantado las ojivas cruzadas, a las que llamamos nervaduras, ya tenemos los huesos de nuestro edificio. Su carne, o sea las bóvedas entre las ojivas, las denominamos dovelas. —Osmund llevó a su hijo más arriba, al espacio situado sobre las bóvedas—. Llenamos las dovelas con estas piedras —explicó, y el niño vio una colección de piedras de distintos tamaños, en forma de cuña, unas mucho más anchas que otras—. Son las voutains —le dijo Osmund—. Puesto que son cuñas, las dejamos caer desde arriba, como una espiga dentro de un orificio… De modo que una vez que hemos levantado las nervaduras, podemos rellenar el resto de las bóvedas desde aquí arriba.
—¿Y por qué son de distintos tamaños?
—También es muy sencillo. A medida que descendemos, las bóvedas se ensanchan, de modo que utilizamos piedras más grandes. —Y Osmund mostró al niño el molde de madera ajustable que empleaban los cortadores de piedras.
—Ahora bajaremos —indicó a su hijo, y lo condujo de nuevo hasta el suelo de la iglesia—. Lo más importante —dijo señalando las elevadas ojivas— es que en lugar de que todo el peso del techo recaiga sobre los muros, son las nervaduras las que lo sostienen, y éstas se apoyan sobre los pilares. De modo que los muros no tienen que ser tan gruesos como antiguamente y podemos construir estos hermosos ventanales.
Cuando Edward recordó la antigua y pesada catedral normanda que había visto, sobre la colina del castillo, sosteniéndose aún en pie pero prácticamente inutilizada, y la comparó con este nuevo y ligero edificio, comprendió a qué se refería su padre.
Pero lo que en opinión del albañil constituía el rasgo más sobresaliente de la catedral era otro elemento, tal vez menos importante y no tan evidente. Se trataba de una serie de cabezas talladas en las que él mismo se había especializado desde el día en que había esculpido la figura de Bartholomew, hacía veinte años. Las cabezas se encontraban por doquier, y eran de colores brillantes y naturales; se asomaban desde la mampara de piedra, desde las naves laterales y los arcos del triforio; pero las más espléndidas se hallaban situadas en lo alto, en los extremos de los pilares, donde las amplias nervaduras de las bóvedas se extendían formando el techo, a una distancia tan grande que uno tenía que forzar la vista para verlas.
—Sin duda son las mejores —aseguró el albañil a su hijo—. Ahí arriba, en las bóvedas, hay cincuenta y siete cabezas —le explicó—. Las hemos ido añadiendo desde que comenzamos a construir la catedral.
—¿Y cuántas esculpiste tú? —preguntó el chico.
—Ocho —respondió Osmund ufano—. Ninguno de mis compañeros ha tallado más.
En el vértice de la «V» donde arrancaban las bóvedas aparecían las cabezas dispuestas en perfecta simetría: rey frente a rey, obispo junto a obispo, mirándose mutuamente o contemplando los espacios inferiores, donde resonaban unos suaves ecos. Mostraban toda suerte de estilos, pues habían sido confeccionadas por diversas manos, algunas en mármol de Purbeck, la mayoría en la piedra de Chilmark, más dúctil.
Osmund había dedicado muchos años de estudio para perfeccionar su técnica. Incluso había viajado a Winchester, donde, el siglo pasado, el obispo, hermano del rey Esteban, había coleccionado estatuas paganas de Roma. Pero las estilizadas cabezas clásicas y los rostros de madera creados por muchos de sus colegas habían atraído siempre la atención del albañil. Osmund había pretendido siempre, desde el principio, conseguir una forma más natural, más viva, como si tallara la madera; y en varias de sus cabezas había conseguido plenamente su propósito.
—Mira ahí arriba —dijo a Edward, señalando con el dedo.
Y el niño vio de pronto el rostro del canónigo Portehors, ceñudo y surcado por profundas arrugas que, desprovisto de cuerpo, los contemplaba desde lo alto del techo.
Más tarde Osmund llevó a su hijo al lugar donde solía trabajar en las dependencias de los albañiles. Los artesanos como Osmund eran conocidos como «albañiles de banco», porque a diferencia de los simples cortadores de piedra y peones, realizaban su trabajo sobre un banco.
El albañil enseñó a Edward una cabeza de un antiguo obispo en la que estaba trabajando, y le mostró la pequeña marca que había hecho en la base de la estatua, donde no podía verse a menos que se levantara la cabeza de su lugar. Consistía en una M mayúscula, en el centro de la cual aparecía grabada la letra O.
—Osmund el Albañil —le explicó—. Pongo mi marca en cada pieza que confecciono. —La señal no sólo constituía una rúbrica, sino que servía para asegurarse de que le pagaran por cada trabajo realizado para la catedral—. Y un día, tú también poseerás la marca de un albañil. Como ésta. —Y cogiendo una tiza Osmund dibujó de nuevo su marca, pero esta vez añadió una E, que representaba el nombre del niño—. Es nuestra marca de familia —declaró el albañil con orgullo, antes de llevar a su hijo a reunirse con los demás.
—Pero ¿trabajaré aquí? —inquirió el niño, preocupado—. La iglesia casi está terminada.
Osmund sonrió.
—Habrá muchas más obras —aseguró a su hijo.
Saliendo por una puerta lateral llegaron a un espacioso claustro que se extendía a lo largo del costado sur de la nave. Junto a éste se alzaban los muros de un nuevo edificio octogonal, que estaban casi terminados.
—Ésta será la sala capitular —dijo Osmund—, donde los canónigos y los diáconos celebrarán sus asambleas. Dicen que será un hermoso edificio, con numerosas tallas. Y después es posible que ampliemos la torre. —El albañil sonrió al pensar en ello—. Construiremos colegios, más viviendas para los canónigos, hospitales… —Osmund extendió los brazos y añadió—: Habrá trabajo para varias generaciones de albañiles en Salisbury.
Más tarde, cuando el niño se paseó por el barrio comprobó que lo que le había dicho su padre era cierto. A lo largo del camino occidental que conducía al río se alzaban unas bonitas viviendas, quizá no tan espléndidas como la suntuosa mansión con el techo emplomado que el viejo Elias de Dereham se había construido —y cuya colosal hipoteca seguían pagando veinte años después de su muerte—, pero que no dejaban de ser unos edificios muy hermosos. Junto al río, poco antes de llegar al pequeño hospital, habían construido recientemente el nuevo colegio de Saint Nicholas de Valle para los estudiosos que acudían al nuevo centro desde Oxford. Y cerca de la puerta de Saint Anne, y del pequeño convento de los franciscanos, habían fundado una nueva escuela de segunda enseñanza; y en el lado sur de la catedral, algo separado y rodeado por un vasto y elegante jardín, se erguía el impresionante palacio del obispo, el cual estaba constantemente sometido a obras de ampliación.
—No existe mejor lugar para un albañil en Inglaterra —declaró Osmund.
Podía haber añadido: «Ni tampoco para un sacerdote, o un erudito». Pues bajo el patrocinio de un distinguido intelectual local, Walter de la Wyle, su actual obispo, la nueva escuela junto al río se había convertido ya en un pequeño pero distinguido centro de enseñanza, donde no sólo impartían clases de teología sino de derecho civil, matemáticas, literatura clásica y la compleja y precisa lógica de Aristóteles. Ese interés por la ciencia y las humanidades, fomentado por el descubrimiento que hicieron algunos cruzados de los intelectuales árabes en Oriente Medio, podía hallarse en muchas comunidades de eruditos; y la llegada de estudiosos de Oxford, una ciudad que se había visto afectada por varias disputas entre las gentes de la localidad y el legado papal, tampoco constituía un caso aislado, pues recientemente se había producido una emigración similar que había llevado a la fundación de otro pequeño colegio en Cambridge, una población situada en East Anglia.
De hecho, en Sarum sólo faltaba una cosa.
—Ojalá el Papa de Roma haga santo a nuestro obispo Osmund —dijo el albañil.
La diócesis de Salisbury llevaba mucho tiempo tratando de conseguir que el pontífice canonizara a su obispo; en parte, desde luego, para premiar su indudable piedad, pero también, a qué negarlo, porque la existencia de un santuario consagrado al obispo Osmund en la nueva ciudad traería consigo —en aquellos tiempos en que los peregrinajes estaban tan en boga— una enorme cantidad de visitantes que redundaría en beneficio de la diócesis y la población mercantil. Hasta la fecha todas las peticiones dirigidas a Roma habían sido infructuosas. Pero la campaña en pro del santo seguía adelante.
—Un día —afirmó el albañil, que se enorgullecía de llevar el nombre del gran personaje—, tendremos nuestro santuario, y tú —dijo a Edward—, lo construirás aunque yo ya no pueda hacerlo.
Aquella tarde, cuando regresaba a su banco de trabajo, Osmund vio a la muchacha.
Al principio no le llamó la atención. El albañil reparó en la presencia de una joven de unos catorce años, menuda y con el cabello rubio, que atravesaba en silencio la nave hacia los claustros, pero no le dio mayor importancia hasta que, media hora más tarde, la vio regresar, y al preguntar quién era un albañil le informó:
—Es la hija de Bartholomew. Ella y su madre acaban de trasladarse a Sarum desde Bemerton.
Ello explicaba por qué Osmund no la había visto con anterioridad; pero le sorprendió averiguar que esa jovencita rubia era hija de Bartholomew, que era alto y moreno. Su viejo adversario y él mantenían una relación cortés pero distante: su antiguo mentor jamás había tratado de convertirse en un tallador de figuras, pero su concienzudo trabajo, aunque falto de originalidad, le había valido cierto respeto en el gremio y actualmente estaba a cargo de los albañiles que construían los claustros. Al cabo de unos momentos Osmund dejó de pensar en el asunto.
Una semana más tarde el albañil volvió a encontrarse con ella. En esa ocasión la joven estaba deambulando junto a la puerta occidental, seguramente esperando a su padre, y al cabo de un rato, por curiosidad, Osmund se acercó a ella —supuestamente para examinar una estatua que iban a instalar en un nicho de la fachada occidental— y la observó con detenimiento.
Realmente no parecía ser hija de Bartholomew, aunque, mientras la miraba con el rabillo del ojo, Osmund recordó haber oído decir que el alto albañil con su purulento furúnculo había tenido la suerte de encontrar una bonita esposa. Era obvio que la niña había heredado la belleza de su madre. Aunque Osmund no quiso prestarle demasiada atención, sus ojos de escultor observaron que debajo de la túnica se insinuaba un cuerpo esbelto pero bien formado. El torso, según juzgó el albañil, era algo más largo que las piernas y su cintura mostraba una redondez que no resultaba desagradable. Tenía los ojos azul celeste, y su cutis pálido, a diferencia del de Bartholomew, no mostraba la menor tara. Llevaba el cabello peinado en dos trenzas que enmarcaban su delgado rostro y el resto de su melena le caía sobre la espalda. Osmund notó que su cabellera, iluminada por el sol, tenía reflejos rojizos.
Osmund acostumbraba contemplar cualquier rostro que le interesaba y fijarse en la expresión del mismo para preguntarse cómo lo esculpiría. ¿Tenía la joven, pese a no parecerse a él, un carácter semejante al de su padre? A simple vista se trataba de un rostro ovalado con una expresión dulce e inocente; pero Osmund creyó detectar en la forma de sus ojos y el gesto de sus labios algo que resultaba —el albañil se esforzó en hallar la palabra justa— felino, o quizás incluso lascivo. Osmund sonrió para sus adentros ante aquel alarde de imaginación. Seguramente se engañaba. En cualquier caso, al cabo de unos momentos regresó a su trabajo y se olvidó de la joven.
Los meses de abril y mayo fueron de mucho trajín. Dos años antes había fallecido el último obispo, Giles de Bridport, y Osmund había diseñado para el insigne prelado una tumba de la que se sentía francamente satisfecho. Sobre la lápida que ostentaba la efigie del obispo, había decidido erigir un pequeño monumento con dos arcos a cada lado. No era un diseño original, sino copiado de una de las pequeñas capillas de madera que cobijaban reliquias de santos. El proyecto, con las intrincadas esculturas que representaban escenas de la vida del obispo, habían permitido a Osmund demostrar una vez más que la piedra podía tallarse como la madera. Mientras daba los últimos toques a esa pequeña obra maestra, solía pasar muchos ratos en el cuerpo principal de la iglesia, y en varias ocasiones había visto pasar a la joven cuando ésta iba a reunirse con su padre. A veces ella le miraba tímidamente, pero por lo general fingía no reparar en la presencia del albañil. En dos ocasiones, sin embargo, sin que ella se diera cuenta, Osmund se había quedado mirándola largo rato antes de reanudar su trabajo.
Fue en el mes de junio, tras acabar de esculpir el complicado diseño de la tumba, cuando Osmund tuvo conocimiento del gran proyecto que constituiría la gran obra maestra de su vida.
Todo empezó cuando Robert, el jefe de los albañiles, le llamó para hablar con él en sus dependencias.
Allí Osmund encontró a otros dos maestros albañiles, uno procedente de Londres y el otro de Francia, ambos excelentes profesionales cuyo trabajo Osmund respetaba profundamente. El mismo Robert, quien hacía muchos años había sucedido al gran Nicholas de Ely, era ahora un hombre de pelo canoso. Los saludó educadamente.
—Sois los tres mejores albañiles —dijo sin ánimo de halagarlos—. Y tengo un gran proyecto para vosotros.
Y sin más preámbulos Robert extendió ante ellos sobre la mesa varios grandes planos trazados sobre pergamino.
—Es la sala capitular —dijo.
La sala capitular, una de las mayores joyas de la catedral, había sido copiada de la sala capitular de la Abadía de Westminster, la nueva iglesia que había mandado construir Enrique III. Era magnífica. Al igual que Westminster, consistía en una sola cámara con ocho lados. Medía diecisiete metros de longitud y en su centro se alzaba un esbelto y elegante pilar de aproximadamente diez metros de altura, el cual se extendía como una palmera o una flor para formar las nervaduras de la sencilla bóveda. En consonancia con el resto de la catedral, era un edificio de líneas puras y austeras. Años atrás, cuando Osmund había examinado por primera vez el proyecto, fueron los planos de cada muro los que le habían maravillado.
—¡Pero si son todo ventana! —exclamó.
Era cierto. Cada ventana, dividida en cuatro luces y sosteniendo en su arco un diseño de tracería en forma de una rosa, ocupaba toda la fachada de cada muro desde la altura de unos tres metros hasta la bóveda. La única mampostería en la parte superior del muro era el apretado grupo de pilares situados en cada una de las ocho esquinas. Las obras estaban casi terminadas.
—Será —empezó a decir Osmund buscando el término más adecuado para describirlo— un contenedor de luz: un barril de luz de ocho lados.
Robert sonrió.
—Así es. Exactamente. Pero es la entrada y la parte superior del muro lo que deseo que examinéis ahora.
El claustro daba acceso a un amplio vestíbulo, casi cuadrado, y desde ahí un hermoso arco conducía directamente al octógono. Un asiento de piedra recorría toda la parte inferior del muro del octógono y detrás de éste había una arcada formada por pequeños arcos, cinco en cada muro; cada arco señalaba el lugar que ocuparía uno de los dignatarios eclesiásticos.
—Allí, en el gran arco de la entrada, y allí —dijo Robert indicando los muros inferiores del octógono—, tenemos importantes planos.
Y mientras los tres hombres se inclinaban para examinar con atención los planos el jefe de los albañiles les explicó todos los detalles.
El proyecto que habían aprobado el deán y el capítulo era espectacular. En cada lado del amplio arco de la entrada instalarían siete nichos, colocados uno sobre otro a lo largo de la línea curva del arco y uniéndose en el vértice del mismo. Cada uno de los angostos nichos contendría un par de estatuas prácticamente independientes una de otra: una mujer vestida con una vaporosa túnica, que representaría a una de las catorce virtudes, y a sus pies, en actitud sumisa, el vicio correspondiente. Así, la Justicia sometería a la Injusticia, la Paciencia a la Ira, la Humildad desterraría a la Soberbia. Era una hermosa idea, y un difícil reto desde el punto de vista técnico. Pero fue el diseño del interior de la sala capitular lo que atrajo mayormente la atención de Osmund y estimuló su imaginación.
Pues sobre los asientos de piedra, en el tímpano entre los pequeños arcos, iban a instalar unos delicados relieves mostrando escenas bíblicas, desde la creación del mundo hasta la entrega de los Diez Mandamientos.
—Habrá sesenta escenas —les dijo Robert—. Cada una estará formada por varios grupos: la Creación, la expulsión del Edén, Caín y Abel, Noé, la Torre de Babel, Abraham, Sodoma y Gomorra, el sacrificio de Isaac, Jacob, José y Moisés. —El maestro albañil miró a los tres hombres—. Quiero que me presentéis unos diseños. Podéis repartiros el trabajo como queráis. Luego volveremos a hablar del asunto.
Al marcharse, Osmund pronunció en silencio una oración que fue atendida poco después, cuando sus dos colegas le comunicaron que preferían esculpir las grandes figuras de cada arco en lugar de los bajorrelieves de la sala capitular. Los relieves, según dijeron, eran un trabajo para manos de menor renombre. Osmund se inclinó sumiso ante ellos.
—Entonces yo diseñaré los relieves —dijo con expresión seria pero el corazón rebosante de alegría.
Su entusiasmo aumentó cuando al cabo de unos días, mientras hablaba de la cuestión con Robert, el jefe de los albañiles le dio otro consejo:
—El efecto que el deán y el capítulo desean conseguir es algo parecido a esto —le explicó mostrándole dos manuscritos maravillosamente ilustrados, un salterio y un poema caballeresco, los cuales contenían unos fluidos y expresivos dibujos dispuestos en los espacios irregulares en torno al texto—. ¿Podrás conseguirlo?
Mientras Osmund contemplaba las ilustraciones se echó a temblar. Pues lo que le pedían no era que esculpiera las acostumbradas figuras y cabezas estáticas cuya técnica había llegado a dominar, sino unos dibujos fluidos y animados en piedra, rebosantes de vida y movimiento. Algo que nadie había intentado jamás, pero que Osmund deseaba tratar de hacer más que ninguna otra cosa en el mundo.
—Dame unas cuantas semanas —respondió—, y creo que lo conseguiré.
Osmund trabajó en el proyecto durante todo aquel verano. Hizo unos bocetos de cada escena, esforzándose todos los días en obtener las líneas fluidas y animadas que deseaba plasmar; incluso realizó media docena de escenas a modo de ensayo, esculpiéndolas en unos dúctiles bloques de creta para mostrarlas a los canónigos.
Pero mientras que sus dos colegas progresaban rápidamente con su trabajo en las estatuas de las virtudes y los vicios, Osmund no conseguía realizar nada que le satisficiera plenamente. Cada vez que Robert le pedía que le entregara sus diseños, Osmund aducía algún que otro pretexto, hasta que a fines de julio el maestro albañil le advirtió:
—Los canónigos se están impacientando, Osmund. Si no nos entregas los diseños, debo encargar el trabajo a otra persona.
—Dame un mes más —le suplicó el albañil en su afán de llevar a cabo una obra perfecta.
Y se puso a trabajar de nuevo febrilmente.
Durante muchos días Osmund no pensó en otra cosa; apenas prestaba atención a sus compañeros, ni siquiera a su esposa e hijos, mientras iba y venía de su trabajo como sumido en un trance. A veces creía ver ante sus ojos las sesenta escenas, dispuestas en perfecto orden; pero cuando trataba de dibujar lo que había visto, o de esculpir una de esas escenas con su buril en un bloque de creta, la visión se esfumaba de un modo misterioso. Era algo que jamás le había ocurrido, y Osmund no se lo explicaba. Cada vez que se llevaba un desengaño, regresaba a casa desconsolado, o bien entraba en la pequeña y fresca capilla situada en el extremo oriental del coro, donde caía de rodillas y oraba:
—Virgen María, Madre de Dios, dame fuerzas para realizar este importante trabajo.
Qué difícil era. A veces, cuando Osmund musitaba sus oraciones, le parecía que su voz grave e implorante se perdía en las espesas sombras de la iglesia y tornaba a él desde los elevados muros sin que hubiera obtenido respuesta. Otras, aunque no se le hubiera aparecido una visión, Osmund experimentaba una profunda sensación de calma y regresaba a su trabajo dispuesto a intentar de nuevo insuflar vida a las figuras. Y a pesar de que su trabajo se resistía a cobrar forma, Osmund sabía que debía tener fe y se consolaba recordando las palabras del Evangelio que había oído pronunciar tantas veces a los predicadores: «Si el hijo pide pan al padre, ¿debe darle el padre una piedra?». Dios no podía negarle la capacidad de realizar su obra, pensaba Osmund. No, era imposible, pero el trabajo seguía negándose a cobrar forma, y Osmund exclamaba en un arrebato de desesperación:
—¿Por qué se niega esta piedra a cobrar vida en mis manos?
Osmund era presa de esa tristeza de ánimo una calurosa tarde de agosto en que se dirigía desde Avonsford hacia la nueva ciudad. Había elegido una ruta distinta, enfilando el pequeño sendero que discurría por la ribera en lugar del camino habitual, confiando en que las frescas aguas del río y los majestuosos cisnes aplacaran su inquietud. Caminaba con expresión meditabunda cuando de pronto oyó las voces de unos niños que reían y chillaban. Osmund sabía que un poco más adelante, junto al recodo del río, había una gran charca donde los niños de una aldea vecina solían nadar y jugar, y sin pensárselo dos veces el albañil se encaminó hacia ellos. Al cabo de unos momentos llegó a un cañaveral junto al sendero, y al mirar a través de las cañas vio a media docena de niños chapoteando y jugando en el agua. Osmund se paró en seco para contemplar la escena. Pero no eran los niños quienes habían captado su atención.
En el centro del grupo se hallaba la hija de Bartholomew, la cual, mientras Osmund la observaba, salió del agua y se sentó en la orilla del río.
Al igual que el resto de los niños, estaba desnuda.
Su cuerpo era tal como Osmund había imaginado: los pequeños senos y las caderas suavemente redondeadas eran tan perfectos como los de una estatua griega que él había visto en Winchester. Tenía las piernas algo más cortas que el cuerpo. El agua se deslizaba sobre su pálida e inmaculada piel y su cabello, dorado rojizo, le colgaba por la espalda en largos y húmedos mechones. Durante unos instantes ella se volvió y, contemplando fijamente las cañas detrás de las cuales se ocultaba él, sonrió, o eso le pareció a Osmund. ¿Era posible que le hubiera visto? Él no lo creía, pero aunque así fuera Osmund no habría podido moverse, sino que continuó allí, contemplando a través de las cañas el cuerpo juvenil y terso de la muchacha y las puntas de sus pechos. Estaba hipnotizado.
La joven se volvió bajo el intenso resplandor del sol y riéndose de algo —que él no logró adivinar— echó a correr hacia donde había dejado su ropa.
De pronto, sonrojándose de turbación por lo que había visto y temiendo que ella se hubiera dado cuenta de que él —el digno maestro albañil— la estaba espiando a través de las cañas, Osmund echó a andar apresuradamente por el sendero y tomó el camino que discurría más arriba. Cuando llegó a la ciudad, había borrado el incidente de su mente. Al menos eso creía.
Pero el daño estaba hecho. Por más que Osmund trató de reprimirla, la cautivadora imagen de la joven no cesó de aparecer ante sus ojos durante el resto del día, atormentándolo con su belleza, tentándolo incluso mientras trabajaba, provocando en él pensamientos lujuriosos. Y a lo largo de los días sucesivos la visión regresó una y otra vez.
No sólo pensaba en el cuerpo de la muchacha, sino que le obsesionaba la posibilidad de que ella se hubiera percatado de su presencia; y cuando, una semana más tarde, la vio de nuevo junto a la puerta occidental, algo le impulsó a acercarse a ella y hablarle.
Se dirigió hacia la muchacha lentamente, tratando de asumir un aire digno y al mismo tiempo desenvuelto, y después se detuvo como por casualidad y la miró fríamente.
—¿Eres la hija de Bartholomew?
Osmund había supuesto que la joven bajaría la vista modestamente al responder; pero en lugar de ello la muchacha lo miró con curiosidad.
—Sí —contestó.
—¿Cómo te llamas?
—Cristina.
Durante unos momentos él no supo qué decir.
—¿Sabe tu padre que estás aquí? —preguntó Osmund, como si se dispusiera a enviar a uno de los albañiles más jóvenes a buscarlo.
—Sí.
La joven no dejaba de observarlo fijamente. ¿Con un leve aire de regocijo quizá? ¿Sería cierto que lo había visto espiarla detrás de las cañas y compartía con él ese secreto? Su expresión dejaba entrever cierto aire de complicidad.
Osmund notó que se sonrojaba ante la mirada atenta de la joven. Hizo una breve inclinación con la cabeza y se marchó a toda prisa para ocultar su turbación. Mientras se alejaba supuso que ella aún le estaría observando, pero cuando regresó a su puesto de trabajo y se volvió a mirarla comprobó que la muchacha se había ido.
A partir de ese día, por algún motivo que él no acertaba a explicarse, su obsesión por la muchacha en lugar de disiparse poco a poco se fue intensificando. A diario Osmund tenía la impresión de verla por doquier. Cada vez que veía a una muchacha rubia, el corazón le daba un vuelco. Al alzar la vista de su tarea le parecía divisarla en la nave o junto al claustro. Sus ojos recorrían afanosamente el recinto en busca de su figura. La presencia de la muchacha parecía llenar el aire donde quiera que estuviera él, en su trabajo, en la ciudad, incluso en el valle o en su casa; de modo que, en lugar de estar siempre enfrascado en las tallas de la sala capitular, al pequeño albañil apenas lograba concentrarse en su trabajo.
Su obsesión se agravó. Osmund sabía que Bartholomew residía en el barrio situado al nordeste del mercado, ocupando media casa en una calle donde los pañeros enfurtían y tundían la lana en unos pequeños talleres y la colgaban para que se secara en unos tendederos en los solares detrás de sus viviendas. Cada tarde Osmund regresaba a casa por esa tortuosa ruta, deteniéndose con algún pretexto para conversar con uno de los pañeros que vivían allí, con la esperanza de ver a la chica. Sabía que era absurdo, pero no podía remediarlo.
De vez en cuando ella pasaba junto a donde él trabajaba. Pero entonces Osmund la saludaba con una breve inclinación de cabeza acompañada por una expresión de censura con la que confiaba ocultar sus sentimientos, antes de concentrarse de nuevo en su tarea.
La obsesión no le abandonaba ni en su casa. En varias ocasiones el albañil le gritó a su mujer sin motivo alguno; algunas noches apenas podía probar bocado, y jugueteaba irritado con la comida. Pero su mujer no se mostraba preocupada. Habían convivido pacíficamente durante tantos años —ni con afecto ni con rencor— que había aprendido a adivinar los estados anímicos de su marido casi antes de que éstos se manifestaran. Ella había aprendido a atribuir una causa a cada estado anímico —no debido a su intuición o perspicacia sino por experiencia—, de modo que tranquilizó a los niños y les dijo en tono frío y plácido: «Vuestro padre está enojado porque su trabajo no va bien». Y Osmund siguió ocultando el secreto que le atormentaba.
A veces, cuando se quedaba por las noches a solas con su esposa estaba tan obsesionado pensando en la joven que le daba la espalda irritado, se envolvía en un manto de silencio y no le hacía caso. Entonces Cristina se ponía a bailar para él en su imaginación. Otras veces, Osmund se excitaba tanto al pensar en ella que de pronto transfería su acumulada lascivia a su esposa y se arrojaba sobre ella para hacerle el amor con inusitada pasión y energía, utilizándola salvajemente hasta dejarla jadeante y sudorosa.
Pese a todo Osmund consiguió continuar con su trabajo y a comienzos de septiembre mostró sus planos de la sala capitular a Robert. Aún no se sentía totalmente satisfecho de ellos, pero tras algunas modificaciones los canónigos los aceptaron y le ordenaron que se pusiera manos a la obra. Algunas de las escenas que había dibujado le complacían, como el viaje del Arca de Noé —que había tenido el acierto de representar con ochenta diminutas ventanas ojivales a través de las cuales los animales asomaban la cabeza—, la construcción de la Torre de Babel y la caída de Sodoma y Gomorra, representada mediante un estallido de muros de castillos y torres que se derrumbaban en una caótica imagen que le hizo sonreír. Pero muchas otras escenas no acababan de convencerle; las figuras humanas carecían de vida y movimiento, y aunque los canónigos se mostraron satisfechos Osmund meneaba la cabeza irritado mientras contemplaba la rigidez de sus posturas y murmuraba exasperado:
—Es cosa de esa chica. Es una maldición para mí. ¡Ojalá pudiera olvidarla! —Luego se enfurecía consigo mismo por su debilidad y exclamaba—: ¡Pero la culpa es mía, soy un miserable pecador!
Pero cuanto más se enojaba consigo mismo, más enamorado se sentía de la joven.
Poco antes de fines de septiembre Osmund comprendió que debía hacer algo para librarse de aquel hechizo. Dejó de pasar frente a la casa de Bartholomew, y cada vez que se ponía a pensar en la muchacha se esforzaba en concentrarse en otro tema. Ese sistema daba resultado durante unos días, y entonces Osmund se sentía orgulloso de sí mismo; pero luego, cuando menos se lo esperaba, ella aparecía de nuevo en la catedral, o en la calle cuando él regresaba a su casa, y pese a su nueva autodisciplina, sus sentimientos hacia la joven renacían incluso con más fuerza que antes, y Osmund se dirigía de nuevo a la capilla, caía de rodillas e imploraba desesperado:
—¡Dios mío, no permitas que peque!
Porque el albañil sabía muy bien que se sentía tentado a cometer el pecado capital de la lujuria.
No obstante, su pecado no era lo que más le inquietaba. Pues Osmund había descubierto una desgracia aún peor, el terror de ser descubierto, un terror que le atormentaba constantemente.
Su lujuria era tan intensa que le parecía increíble que los demás no se percataran de ello. Osmund empezó a mirar de reojo a sus colegas albañiles en busca de algún signo en su rostro que revelara el desprecio que sentían hacia él. Cuando uno de ellos se reía, Osmund se volvía bruscamente. En ocasiones incluso le parecía oírles decir entre sí: «Osmund desea a la hija de Bartholomew, ¡la desea día y noche!». En casa, le asombraba que su esposa no le acusara, y le sorprendía que los niños de la aldea le rodearan en la calle riendo y brincando para pedirle que les tallara una figurilla. Un día en que se topó con Bartholomew, Osmund comprobó horrorizado que su turbación le impedía mirarlo a la cara.
La situación fue de mal en peor. Durante la primera semana de octubre, poco después de la fiesta de san Miguel, el albañil se encontraba junto al crucero, donde los grandes pilares de mármol de Purbeck se alzaban hasta la torre, cuando vio a la muchacha entrar en la nave. Creyendo que estaba solo, Osmund retrocedió para poder observarla sin ser visto. La muchacha avanzó silenciosamente por la nave, Osmund la oyó tararear y cuando ella se dirigió hacia la entrada del claustro, el albañil observó que los tenues rayos de sol que penetraban en la catedral arrancaban reflejos dorados y rojizos a su cabello. Cristina pasó a diez metros de donde se encontraba él, y Osmund creyó percibir (pero sin duda fue cosa de su imaginación) el delicado aroma de su joven cuerpo. Cuando la muchacha entró en el claustro, un pensamiento absurdo e irracional se apoderó de él y Osmund casi gritó en voz alta:
—Debo poseerla; debo poseer a esa mujer aunque me cueste la vida.
Dominado por esa idea, Osmund salió de su escondite en la nave desierta.
Pero no estaba desierta.
En el crucero opuesto vio de pronto una figura envuelta en sombras, inmóvil como una estatua, que le observaba atentamente. Osmund se detuvo.
El canónigo Stephen Portehors, apoyado en un bastón, estaba muy delgado y tenía el pelo blanco, pero sus negros ojos seguían teniendo una mirada penetrante y terrible.
Ninguno de los dos dijo una palabra, pero el tembloroso albañil comprendió que el canónigo se había dado cuenta de todo.
A la mañana siguiente Osmund advirtió que en la arcada que daba acceso a la sala capitular habían completado otra figura. Se trataba de la fría y airosa silueta de la Pureza, sometiendo a la Lujuria a sus pies; y cuando Osmund la vio agachó la cabeza avergonzado.
A partir de aquel día, el albañil desarrolló un nuevo método; caminaba como un monje, con la cabeza gacha. Al mantener los ojos siempre fijos en el suelo o en su trabajo, sin mirar ni a un lado ni a otro, durante los tres meses siguientes hasta Navidad el albañil logró no caer en el pecado capital de la lujuria.
Procurando no pensar en la joven, Osmund halló un renovado placer en su trabajo. Cada escena del relieve, que había de formar un friso continuo en torno al muro de la sala capitular, consistía en una amplia y curvada «V» situada entre los arcos, que se abría más arriba en un rectángulo, lo cual ofrecía al artista numerosas oportunidades de plasmar expresivas imágenes. La primera escena, que arrancaba a la izquierda de la entrada, mostraba la imagen de Dios separando las nubes al aparecer para crear la luz; la segunda escena mostraba la efigie barbuda de Dios ataviado con una larga túnica, alzando la mano derecha para crear el firmamento. Las tres escenas siguientes, que representaban otros días de la Creación, quedaron finalizadas a la entera satisfacción de Osmund. Hasta que llegó a la sexta. Esta escena era infinitamente más complicada, pues representaba la creación de los animales y de Adán y Eva, en la que las figuras debían aparecer entrelazadas, lo cual requería una difícil técnica que de momento se le escapaba.
Tras varios intentos Osmund dejó esa tarea a un lado y completó el siguiente cuadro, mucho más sencillo, en el que aparecía Dios en un rombo, descansando al séptimo día.
Pero Osmund se topó con otra dificultad técnica. Pues el proyecto requería otras cinco escenas referentes a la historia de Adán y Eva; y por más que lo intentó, el albañil no logró plasmar las figuras tal como deseaba: su Adán aparecía rígido y Eva se le resistía por completo.
El problema era importante.
—¿Cómo debo mostrar a Adán, que representa a todos los hombres? ¿Y cómo plasmar la figura de Eva? —se preguntó Osmund—. Ella debe ser una doncella pura, pero es la madre de todos los hombres; al principio es inocente, pero luego tienta a Adán y lo hace caer en el pecado original: una mujer pura, una ramera lasciva, una esposa y una madre.
Esas contradicciones, tan necesarias para expresar al primer hombre y la primera mujer, parecían rebasar los límites de su arte. Cuando Osmund contempló el trabajo de sus colegas sobre las Virtudes y los Vicios, con su gracia estereotipada y su casi cómica representación del mal, comprendió que sus propios relieves requerían una sutileza muy superior a la de las otras esculturas de la catedral.
Por fin, con un suspiro, Osmund dejó a un lado esas tallas y pasó a otras tres escenas menos comprometidas, en las que aparecían Caín y Abel.
De ese modo, alejando de sí toda distracción, incluso a la joven Cristina, el albañil continuó trabajando en las tallas hasta Navidad.
En Nochebuena Osmund volvió a ver a la joven. Él mismo tuvo la culpa. Al abandonar la iglesia la tarde anterior a la gran festividad, Osmund relajó la rígida disciplina que se había impuesto y alzó la vista del suelo. Y al echar a caminar alegremente por la nave, lo primero que vio fue a la muchacha. Estaba postrada de rodillas ante un pequeño altar lateral donde ardían unos cirios; el cabello le caía sobre los hombros y su rostro aparecía bañado por el resplandor de las velas. Parecía un ángel.
Osmund la contempló. De nuevo, con más fuerza aún que antes, sintió que la deseaba. Experimentó el imperioso deseo de tomar el rostro de la joven entre sus manos y besarla.
—Es una tentación —masculló airado— disfrazada de ángel.
El albañil salió precipitadamente de la catedral y regresó a Avonsford, jurando que jamás volvería a apartar la vista de su trabajo.
A principios de año Osmund comenzó la historia de Noé. Le complacía la pequeña arca que había tallado, meciéndose sobre las olas, y el siguiente cuadro de la embriaguez de Noé. En marzo completó las primeras escenas de la Torre de Babel, que representó como el viejo castillo que se alzaba sobre la colina de Sarum, dos escenas de la vida de Abraham y la espléndida talla de la destrucción de Sodoma y Gomorra. Osmund las mostró a Robert y a los canónigos, quienes le expresaron su satisfacción. A medida que transcurrían los días el albañil se sentía más seguro de su técnica.
—Pronto —se dijo confiado— podré realizar esas dos escenas del Jardín del Edén.
El 25 de marzo de 1266, en Sarum se produjo un magnífico acontecimiento.
Pues aquel día, tras veintiséis años de trabajos y la inversión de la increíble suma de cuarenta y dos mil marcos, el cuerpo principal de la nueva catedral quedó terminado. Era, sin ningún género de duda, uno de los ejemplos más perfectos de la arquitectura gótica primitiva en Europa.
Unos ocho años antes, el rey había abandonado su pabellón de caza en Clarendon para asistir a la espléndida ceremonia de la consagración del gran edificio. Pero aún quedaban varios años de trabajo antes de que el interior de la catedral estuviera terminado. Sin embargo, aquel 25 de marzo la última pieza de mampostería había sido completada y pintada, los inmensos ventanales emplomados estaban instalados, y nada quedaba por añadir a la larga y airosa vista interior.
Al atardecer se ofició una solemne misa mayor que contó con la asistencia de todos los albañiles y sus familias y de la mitad de la población. Más tarde, en la plaza del mercado, se celebró una espléndida fiesta.
El sol se ponía sobre el río cuando Osmund condujo a su familia a su lugar correspondiente en la atestada nave. La iglesia estaba llena a rebosar. Su hijo estaba junto a él, con los ojos como platos, pues jamás había visto tal gentío.
Cuando se acercó la hora, los fieles guardaron silencio; los rayos del sol poniente atravesaban la gran vidriera del extremo oeste y gruesos haces de luz teñidos con los colores de los cristales se extendían por la larga nave hasta la pétrea mampara del coro y el centro del mismo.
La luz se fue apagando lentamente. En la penumbra, los gigantescos arcos de piedra gris se erguían silenciosos sobre la gente, y el chico sujetó la mano de su padre y contempló, maravillado, los cavernosos espacios que conducían hacia el lejano altar mayor.
Los monaguillos corrían de un lado a otro, encendiendo las velas con sus largos cirios. Había gigantescos grupos de velas, junto a los pilares, en los cruceros, en las galerías con arcadas y en el triforio, a lo largo de la mampara del coro y dentro del mismo. Tardaron diez minutos en encender todas las velas, y a medida que la luz diurna se desvanecía, el interior de la gran catedral se fue transformando. Las velas emitían al principio una luz tenue y oscilante, que poco a poco se hizo más intensa, bañando en claridad todo el interior de la iglesia. Y cuando Osmund alzó la vista y contempló el efecto del trabajo realizado por los albañiles sonrió de gozo. Los gigantescos pilares y los arcos resplandecían. Rojo, dorado, verde y azul…, los deslumbrantes colores se alzaban del suelo hasta las decoradas bóvedas, y las vidrieras reflejaban el fulgor de las velas. En lo alto, los rostros que Osmund había tallado y otros habían pintado observaban alegremente a la gente que se había congregado en la catedral.
El pequeño Edward tiró de la mano de su padre.
—¿Es una fiesta? —murmuró.
Realmente, pensó el albañil, la iglesia, cuando estaba completamente iluminada, parecía una inmensa sala de banquetes.
Pero de pronto se abrió la puerta occidental y empezó a entrar en la catedral un largo cortejo, que avanzó despacio por la nave central. Lo encabezaban los niños del coro, portando largos cirios y cantando himnos sacros. Les seguían varias docenas de sacerdotes cuyos largos hábitos blancos susurraban sobre el pulido suelo de piedra, y que entonaban con voz grave las sencillas y majestuosas armonías del canto llano. Luego pasaron los canónigos y los diáconos, y por último, acompañado por dos niños que sostenían la cola de su capa y los sacerdotes que portaban los sacramentos, apareció la alta e imponente figura del obispo. Caminaba lentamente. Sobre su hábito llevaba una magnífica capa consistorial, bordada en oro y plata y con incrustaciones de piedras preciosas que refulgían a la luz de las velas. Su hermoso y ascético rostro miraba al frente, sin volverse a diestro ni siniestro, y su estatura se veía realzaba por la elevada mitra con una cruz de plata que le cubría la cabeza. En la mano sostenía el largo báculo propio de su dignidad, cuyo extremo se curvaba elegantemente como el cuello y la cabeza de un cisne.
El obispo desfiló con aire solemne a través de la gran arcada de piedra de la iglesia; los fieles se postraron de rodillas a su paso. Por último atravesó la mampara del coro y penetró en el lugar sagrado.
Cuando empezaron a sonar las voces del coro desde el lejano altar, Osmund vio a Cristina. La joven estaba situada delante de él, al otro lado del pasillo central, junto a su padre. En cuanto el obispo hubo alcanzado el sanctasanctórum, la gran puerta occidental de madera se cerró y Cristina se volvió al oír el ruido. En ese momento su mirada se cruzó con la de Osmund. A éste le pareció que la joven sonreía antes de volver otra vez la cabeza.
De nuevo Osmund sintió que le subía la fiebre.
A los pocos momentos comenzó la misa. Los rezos murmurados y la distante cantilena del oficio proporcionaban una infinita sensación de consuelo a la congregación. Pero para Osmund resultaba un tormento.
—Agnus dei… —El eco del coro reverberó entre los muros de la catedral. Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo. Osmund trató de pensar en el Cordero, conducido al sacrificio, el gran sacrificio del rito cristiano.
Pero otra figura aparecía insistentemente ante sus ojos. El albañil trató de concentrarse.
Entonces llegó el momento de la transubstanciación. La campana sonó mientras el sacerdote presentaba el cuerpo y la sangre de Cristo a su pueblo.
Pero la visión que contemplaban los ojos de Osmund era bien distinta: el cuerpo desnudo de la muchacha que se arqueaba temblando sobre el altar mayor. Y el albañil se dijo que sin duda esa visión era obra del mismísimo diablo.
Aquella noche, durante la fiesta que organizaron en la plaza del mercado, donde asaron unos bueyes sobre grandes espetones y la multitud se sentó ante unas mesas de caballete que medían cincuenta metros de largo, el albañil permaneció en silencio junto a su familia. Sus hijos charlaban animadamente; incluso el rostro de su esposa, por una vez, aparecía risueño.
Pero Osmund no participaba en el jolgorio. Estaba cabizbajo, consciente sólo de la terrible lujuria, tan acuciante que sentía deseos de gritar, que le atormentaba. Lleno de desesperación y de rabia, Osmund se atiborró de comida y bebida confiando en que otro pecado, el de la gula, desplazara al demonio que llevaba en su interior. Siguió comiendo y bebiendo hasta que, hinchado y aturdido, se cayó del banco y perdió el conocimiento.
La crisis se produjo en junio.
Habían finalizado las obras de la catedral, y Osmund había terminado los relieves de la mujer de Lot convertida en estatua de sal y de Abraham sacrificando a su hijo Isaac. El albañil se sentía satisfecho porque por fin había logrado impartir a las figuras la expresividad natural que tanto anhelaba. Así pues, comenzó a trabajar con optimismo en la historia de Isaac y Jacob.
La primavera de aquel año fue más espléndida y cálida que de costumbre. Mientras atravesaba el frondoso valle del Avon Osmund sintió una eufórica sensación de que algo maravilloso iba a ocurrirle, una emoción que no había experimentado en muchos años; y al igual que cuando de joven había tallado el florón del techo, le pareció que su obra contenía algo del espíritu rico y fértil del lugar donde confluían los cinco ríos. «Pese a ser un pecador —pensó Osmund—, Dios me ha permitido ver la luz en las tinieblas». Y se dirigió a su trabajo con renovado optimismo.
Era una cálida mañana de junio; el valle mostraba su frondoso esplendor; en un árbol cantaba un cuclillo. Osmund había recorrido unos dos kilómetros desde Avonsford cuando se produjo el encuentro.
A la derecha de la carretera había un bosque, a través del cual serpenteaba un camino que conducía al sendero junto al río. Al llegar al comienzo de ese camino Osmund se detuvo bruscamente, atónito.
Pues lo que contempló era claramente una visión; no había otra explicación. Y el albañil comprendió que era obra del diablo.
Osmund se apresuró a santiguarse. La visión se echó a reír. La aparición que el diablo le había enviado había asumido la forma de la joven Cristina. Estaba apoyada contra un árbol y vestía una sutil túnica ceñida a la cintura y abierta por delante, de forma que apenas cubría sus pechos. Llevaba el cabello suelto, y observaba a Osmund con aire divertido. El albañil volvió a santiguarse y se pellizcó para asegurarse de que no soñaba.
—¿Qué te ocurre? —preguntó la joven al observar los gestos nerviosos del albañil.
Él la miró. ¿Qué castigo le tenía reservado el diablo?
—¿Quién eres? —inquirió con voz ronca.
—Ya me conoces, Osmund el Albañil —contestó ella sonriendo—. Soy Cristina.
Impulsivamente, Osmund se dirigió hacia ella y la miró con detenimiento. La joven parecía real, pero en tal caso ¿qué hacía allí?
—¿Qué quieres?
Ella se encogió de hombros.
—Quizás haya venido a verte. Sabía que pasarías por aquí.
Osmund comprendió que debía marcharse inmediatamente, fuera quien fuese aquella aparición; si se trataba de una visión o de la propia muchacha carecía de importancia. Pero no se movió.
En lugar de eso siguió mirándola con la respiración entrecortada. Por fin la joven rompió el silencio.
—Te he visto observándome.
—No sé a qué te refieres. —El albañil sintió que se sonrojaba hasta la raíz del pelo, pero no podía moverse.
—Sí lo sabes —respondió ella en tono burlón—. Llevas observándome desde el verano pasado. Cada vez que atravesaba la iglesia. También te he visto pasar frente a mi casa. En varias ocasiones.
El pobre albañil se había puesto colorado como un tomate. Abrió la boca para protestar, pero la joven emitió una suave carcajada.
—No me importa —dijo sonriendo. No era la sonrisa de una niña, se dijo Osmund, sino la de una mujer experimentada. Ésta recorrió con la mirada la rechoncha figura del albañil. Luego cambió de postura, extendiendo las piernas ante sí e inclinándose hacia atrás, sin apartar sus ojos azules de los de él.
De pronto, ante el asombro del albañil, la joven dijo con calma y en voz queda:
—Puedes besarme si lo deseas.
Él la miró. La muchacha no era mayor que su propia hija; pero en ese momento era él, el maestro albañil, quien se sentía como un ingenuo y torpe adolescente. ¿A qué estaría jugando la joven, se preguntó, con qué artes mágicas? Osmund sabía que debía alejarse de allí cuanto antes.
Pero no lo hizo.
Ella no se movió, sino que siguió mirándole de hito en hito. Su rostro era dulce y sus ojos traslucían una expresión dolida, casi de reproche.
—No lo hagas si no quieres —murmuró la joven.
Osmund permaneció inmóvil. El bosque estaba extrañamente silencioso. Luego, sin apenas darse cuenta de lo que hacía, sin saber si estaba despierto o si aquello era un sueño enviado por el diablo, el albañil dejó a un lado toda cautela, avanzó un paso, inclinó su enorme cabeza para besarla en la boca, y se quedó asombrado cuando la muchacha le echó los brazos al cuello y lo atrajo hacia sí.
Qué dulces eran sus labios. La joven oprimió su cuerpo contra el suyo y el pequeño albañil se echó a temblar.
En un éxtasis de excitación, Osmund sintió que caía al suelo abrazado a ella.
Momentos más tarde, ni siquiera protestó cuando la hermosa criatura, sin dejar de murmurar suavemente, empezó a quitarle la ropa. Osmund el Albañil olvidó todo temor y cautela. Con una exclamación de alegría, se incorporó, se arrancó la ropa y, enrojeciendo de orgullo, se mostró desnudo ante ella. Por fin sería suya. Osmund tendió las manos hacia el objeto de su deseo.
Pero inopinadamente, la joven emitió una pequeña carcajada y se zafó de él y echó a correr. Osmund la miró perplejo.
Tras alejarse diez pasos la muchacha se volvió, y Osmund comprobó que sonreía.
—A que no me pillas —dijo ella. Y antes de que él pudiera protestar, se alejó a grandes zancadas por el sendero entre los árboles.
Osmund, con su cuerpo rechoncho e hirsuto y su incipiente barriga, echó a correr a saltitos detrás de ella. La siguió durante cincuenta metros, consciente sólo del tortuoso camino, de los tenues rayos de luz que se filtraban entre los árboles y del hecho de que la forma de la joven, cubierta con una túnica blanca, se hallaba a pocos metros de él. Las hojas y las ramas le azotaban el rostro; Osmund tropezó con las duras raíces que cruzaban el sendero; pero apenas reparó en ello mientras perseguía a la joven, jadeando, su orondo semblante y sus ojos grises relucientes de sudor.
Se aproximaban al río. Pero antes de llegar a él el sendero atravesaba un claro herboso de unos treinta metros de ancho. «Allí —pensó Osmund—, la atraparé», y apretó el paso.
La muchacha casi había alcanzado el extremo opuesto del claro, pero de golpe se detuvo y se volvió hacia él. En su rostro se pintó una sonrisa de triunfo.
Desde el centro del calvero, Osmund oyó voces y risas de niños, procedentes de ambos lados.
Antes de alcanzar a la joven, se detuvo y se volvió para mirar a los que reían.
Había más de veinte niños. Osmund reconoció a la mayoría de ellos, pues eran hijos de Avonsford. Estaban de pie bajo los árboles que rodeaban el prado y el albañil dedujo que se habían ocultado allí esperándole. No cesaban de reír a carcajadas y algunos le señalaron con el dedo, burlándose de su desnudez.
Osmund miró a Cristina. Ella le devolvió la mirada y el albañil observó que se reía también a mandíbula batiente. De pronto, la joven dio media vuelta y desapareció rápidamente entre la espesura, dejando a Osmund solo, en su absurda desnudez, en medio del círculo de niños.
No le quedaba más remedio que dar media vuelta y regresar por donde había venido.
Mientras volvía por el sendero, las risas de los niños no cesaban de resonar en sus oídos. Osmund se preguntó cuándo había planeado la joven aquella cruel broma, evidentemente destinada a humillarlo. ¿Había sido idea suya, o había tenido algo que ver la mente envidiosa de su padre? Osmund jamás lo sabría. Pero al considerar las implicaciones de lo que acababa de suceder, el albañil notó que un sudor frío le cubría el cuerpo y apretó los puños en un gesto de rabia e impotencia. No era difícil comprender lo que iba a ocurrir: dentro de una hora todo Avonsford se habría enterado de su desaire; al mediodía, lo sabría todo Sarum. El respetado maestro albañil con su mandil de cuero se convertiría, quizá para siempre, en un personaje ridículo. La gente lo señalaría por la calle y se reiría de él; los niños —los niños para los que Osmund solía tallar pequeños regalos— soltarían la carcajada cada vez que oyeran pronunciar su nombre. Y en cuanto a su familia…
Osmund llegó al lugar donde se había quitado la ropa. Ésta había desaparecido.
Estaba desnudo; no tenía más remedio que regresar en cueros a la aldea. Era la última humillación. Le habían arrebatado toda su dignidad. Mientras reflexionaba, en la minuciosa planificación que había requerido el episodio de aquella mañana y en la forma en que los niños le habían aguardado en el bosque para presenciar su deshonra, Osmund casi rompió a sollozar. Luego, procurando mantenerse cerca de la línea de árboles, echó a andar lentamente hacia su casa.
Durante los días sucesivos, las consecuencias del suceso fueron las que el albañil había previsto. Pero se llevó alguna sorpresa. Había supuesto que sus dos hijas se volverían contra él; había previsto sus expresiones de rechazo y sus airados silencios cuando entrara en casa, pero no había previsto el rostro desconcertado e incrédulo de su hijito, que sólo sabía que su padre había cometido un delito que él no alcanzaba a comprender, y que —animado por sus hermanas mayores— lo miraba con ojos como platos, asustado, se negaba a acercarse a él.
Inesperadamente, su esposa se mostró más benevolente con él.
Haciendo caso omiso de la furia de sus hijas y los expresivos silencios con que los lugareños la acogían en la aldea, la mujer, al ver al fornido y pequeño albañil desposeído de su merecida dignidad, sintió lástima de él. Ella sabía que su cuerpo pálido y delgado nunca había atraído a su marido y que ninguno de los dos había conocido la pasión durante su largo matrimonio, de modo que la pobre casi se habría alegrado al saber que uno de ellos la había encontrado en otra parte, aunque fuera durante un momento. No le hizo ningún reproche, pero cuando se acercó a su esposo para consolarlo comprobó que, al cabo de tantos, monótonos y apacibles años de vida en común, no sabía cómo hacerlo. Apoyó la mano en el brazo de su marido, y supo que él comprendía su intención; era cuanto podían hacer.
Pero al día siguiente, cuando Osmund regresó al trabajo, sufrió una humillación mucho peor que la primera.
Al trasponer las puertas de la ciudad, oyó unas risotadas; cuando llegó a las inmediaciones de la catedral, advirtió que los sacerdotes le miraban con desprecio. Una vez dentro de la catedral, aunque Osmund procuró no mirar a la cara a sus compañeros, se dio cuenta de que los albañiles le contemplaban divertidos, y cuando llegó a su banco de trabajo, vio junto al mismo la alta figura de Bartholomew que sonreía de oreja a oreja. Osmund fingió no notarlo, pero sintió que se ruborizaba, y en más de una ocasión durante la mañana creyó —¿o acaso lo imaginó?— oír unas voces que junto a él murmuraban el nombre de Cristina.
Las horas transcurrieron y por fortuna nadie se metió con Osmund, pero aunque trató de concentrarse en su trabajo, le resultó imposible no pensar en su desgracia, de modo que al término de la mañana estaba hundido en una profunda depresión.
—Ciertamente —pensó—, Dios me está castigando por mis pecados.
Al día siguiente ocurrió lo mismo, y al otro. Al cabo de cuatro días Osmund se dio cuenta disgustado de que no había adelantado casi nada en su trabajo.
Cinco días después del incidente Osmund vio de nuevo a la joven. Esta vez el encuentro no estuvo planeado; ella ni siquiera notó que él la miraba.
Ocurrió en las afueras de la ciudad, cuando el albañil regresaba a casa al término de la jornada. Al pasar frente al antiguo castillo, divisó a la muchacha que caminaba por el pequeño sendero que conducía al fondo del valle. Osmund comprobó sorprendido que la joven no estaba sola, sino que iba cogida de la mano de un chico. Involuntariamente, el albañil se detuvo y observó a la pareja. Conocía al muchacho; era el joven John, el hijo del comerciante William atte Brigge. Ninguno de los dos jóvenes se percató de que eran observados. A medio camino del sendero, se detuvieron y se besaron.
Osmund los contempló con fijeza, paralizado.
Y de pronto, Osmund el Albañil se dio cuenta con asombro de que aquello no le importaba nada. No sintió ira, ni celos, ni deseos carnales. Se encogió de hombros. «Esa chica ya no significa nada para mí», pensó.
Pero no era así. Pese al hecho de que Osmund había llegado a odiar a Cristina, pese a su dolor, la visión de la joven desnuda con la rubia melena cayéndole por la espalda se le aparecía inesperadamente, atormentándole y degradándole, haciendo que su cuerpo fuera presa de violentos espasmos de lujuria y dejándolo tembloroso y asqueado de sí mismo. Cuando, una semana más tarde, Osmund llegó a su banco de trabajo y contempló los lamentables resultados de la jornada anterior, cayó de rodillas y gritó desesperado:
—¡Señor, apiádate de mí! ¡Me has abandonado y estoy hundido en el pecado!
Osmund recordó las palabras que un sacerdote le había dicho hacía muchos años, y gimió:
—Ciertamente, Señor, soy un miserable, menos que una mota de polvo. —¿Acaso esa terrible enfermedad no iba a darle tregua? Mientras pensaba en ello, Osmund llegó a la conclusión de que no existía solución alguna y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Señor, soy indigno de servirte —murmuró—. Deja que muera.
Fue entonces, en la crisis postrera de su humillación, cuando sus ojos se posaron en el relieve a medio tallar de la creación de Adán y Eva. Y sin apenas darse cuenta, sin confiar en llegar a concluir satisfactoriamente la labor a la que llevaba entregado tanto tiempo, Osmund comenzó a esculpir, desalentado, la pequeña figura de Adán. Al cabo de poco reparó en que le estaba confiriendo su mismo cuerpo bajo y rechoncho, su enorme cabeza y sus piernas cortas. No sólo eso, sino que el menudo pero varonil individuo que estaba plasmando, que tenía un aire entre solemne e inquieto en presencia de su Creador, era una copia exacta de él mismo, tan desnudo y desvalido que durante unos instantes Osmund se detuvo, turbado. Pero luego se encogió de hombros. Se había sentido tan humillado como podía sentirse un hombre, había perdido toda su dignidad. Pero el albañil comprobó con asombro que esa figura casi cómica poseía cierto encanto. Había algo conmovedor en el desnudo atrevimiento del hombrecillo que miraba, más allá de la figura de Dios, el futuro de la Humanidad que se alzaba ante él en la forma de Eva. Mientras continuaba esculpiendo la escena con su buril, rápida y fácilmente, el albañil sonrió, y al cabo de media hora, satisfecho con el esbozo del primer hombre, comenzó a tallar la figura de Eva.
Por fin comprendió lo que debía hacer. Con destreza, dotado súbitamente de una habilidad que antes no poseía, Osmund trazó la silueta del cuerpo de Eva, y al término de la jornada apareció con todo detalle, la forma de la joven Cristina. Su cuerpo era perfecto, pues ¿acaso no había atormentado noche y día al escultor cada línea del mismo? Su larga cabellera le caía por la espalda, como cuando él la había visto salir del río, y su rostro —aunque el propio Osmund ignoraba cómo lo había conseguido— traslucía una expresión de inocencia y sabiduría, pureza y lascivia, la combinación necesaria pero imposible que le había eludido durante tantos meses.
A Osmund le llevó seis semanas completar las tallas del Jardín del Edén. La escena en la que aparece Adán tomando la manzana del árbol de la sabiduría era la representación perfecta de la autosuficiencia del maestro albañil antes de ser humillado; la expulsión del Edén mostraba a Adán con la cabeza gacha, al igual que él cuando acudió al trabajo después de su caída.
Si en Sarum seguían mofándose de él, Osmund apenas se daba cuenta de ello. Trabajaba de sol a sol, medio abstraído, con fervor, comprendiendo con cada día que transcurría que Dios, después de haberlo humillado, estaba recreando una pequeña obra de arte a través de sus manos.
Y así, Osmund logró completar las tallas destinadas al tímpano situado entre los arcos de la sala capitular.