CREPÚSCULO
427 d. C.
Placidia no dijo nada. Estaba cansada y triste, pero sabía que no debía demostrarlo mientras contemplaba la violenta escena que se desarrollaba ante sus ojos. Los peligros acechaban por doquier, y temía que su pequeña familia se desmembrara.
Su hijo Petrus se volvió y la miró a los ojos, buscando su aprobación. Pero ella no se la dio.
Placidia seguía teniendo unos ojos muy hermosos: la edad no había mermado su belleza. Eran oscuros, y antes estaban llenos de alegría; pero a la sazón mostraban una expresión pensativa, un poco irónica, resignada.
Placidia se hacía vieja, según le recordaba a menudo su marido; pero aún se movía con una gracia majestuosa, y las arrugas que surcaban su rostro de finos rasgos resaltaban ese aire de nobleza. Placidia se preguntó si ellos sabían la fortaleza que se requería para mantener esa fachada digna; por supuesto que no lo sabían. Era la fortaleza de una mujer conocedora de lo que vale y a quien también le consta que las únicas personas en cuyo amor había confiado no la aprecian.
Sin embargo, ella los amaba. Su hijo Petrus, un joven impetuoso que había heredado sus maravillosos ojos negros pero no su sentido común; Petrus, quien creía que sus altercados con su padre eran por el bien de su madre, y que creía realmente, a su estilo egoísta, que la amaba. ¡Pobre Constantius, su marido! Llevaba horas encerando y puliendo los arneses de cuero de su caballo, como hacía todos los días, como si eso fuera importante. Él la respetaba, y al mismo tiempo la odiaba porque era incapaz de respetarse a sí mismo. Y el fiel Numincus, el fornido administrador, con su enorme cabezón y sus manos de dedos cortos y rollizos; él la amaba, la admiraba, seguramente habría dado su vida por ella. Placidia suspiró. Pero ¿de qué le servía eso?
Estas personas eran todo cuanto ella poseía. Y habían vuelto a pelearse…
Era media tarde y Constantius Porteus estaba borracho: no mucho, sino lo borracho que solía estar a esa hora del día.
Aparte de eso no cesaba de bramar: no porque estuviera borracho —eso por lo general le sumía en un profundo mutismo— sino porque estaba furioso. ¿Acaso no tenía motivos para estarlo?
En la mano aún sostenía los arreos de cuero que había estado limpiando.
A través de la bruma causada por los vapores etílicos y la rabia que le nublaba la vista, Constantius logró distinguir con bastante claridad al grupo que tenía enfrente: Placidia, su corpulenta esposa de pelo gris que lo detestaba; la figura cuadrada y rechoncha de Numincus, su administrador, que en esos momentos se mantenía de pie en una actitud respetuosa pero protectora ante Placidia, ¡el muy imbécil! Y por último su hijo de veintiún años, que acababa de hablar.
Constantius trató de fijar la vista en su hijo. Enseñaría a ese muchacho una lección que no olvidaría.
—¡Mocoso! —vociferó.
El joven lo miró de hito en hito: Constantius no supo interpretar la expresión de los grandes ojos castaños de su hijo: ¿ira, desprecio, temor? No tenía importancia.
—¡Yo soy el jefe de esta casa! —gritó—. ¡El paterfamilias! No tú. —Se trataba de un desafío. Ese joven de baja estatura, con el pelo negro y rizado y unos ojos luminosos, le estaba desafiando—. ¡No quiero germanos en esta casa! —gritó—. ¡Ésta es una casa cristiana!
—¿Y qué piensas hacer? —le espetó el joven—. Supongo que nada, como de costumbre, salvo emborracharte y contemplar cómo matan a mi madre. Cada palabra destilaba desprecio. Constantius sintió que se sonrojaba de ira. La bruma que velaba sus ojos se intensificó, convirtiéndose en una espesa niebla roja.
Abrió la boca para gritar, pero su cerebro se negó a suministrarle la palabra adecuada. Entonces recordó los arneses. Con un esfuerzo tremendo, Constantius se precipitó hacia su hijo y le descargó un golpe con todas sus fuerzas…
Se oyó el impacto del cuero sobre un cuerpo sólido, seguido por una exclamación de dolor; simultáneamente Constantius tropezó y casi cayó de rodillas. En su rostro se pintó una sonrisa bobalicona. ¡Le había dado una buena lección al chico!
La niebla comenzó a disiparse y Constantius los miró a todos con expresión de triunfo.
Luego arrugó el entrecejo.
Algo no encajaba. El muchacho se arrojó sobre él —pero no desde el punto en el que Constantius creía que se encontraba— con los ojos relucientes no de dolor sino de furia. Numincus tenía el rostro congestionado, su cuerpo no cesaba de temblar, y sus manos regordetas se cerraban y abrían espasmódicamente de furia; y Placidia, su esposa de pelo gris, permanecía quieta con una enorme mancha roja en la mejilla. Una gota de sangre se deslizaba por la comisura de sus labios.
¿Cómo era posible que él hubiera errado el golpe?
Petrus se lanzó sobre él blandiendo los puños. Automáticamente Constantius alzó el brazo para protegerse, y pestañeó previendo la lluvia de golpes que le caería encima.
—¡Basta! —La voz de Placidia sonó firme y enérgica. Pese al dolor causado por el golpe, se sentía bastante orgullosa del dominio que ejercía sobre sí misma.
Durante unos segundos se produjo un silencio. Constantius tenía aún el brazo levantado para protegerse cuando de pronto oyó a su hijo emitir un grito de angustia. ¿Qué había ocurrido?
La voz de Placidia rompió el silencio.
—Déjanos solos, Petrus.
—Pero después de lo que te ha hecho… —protestó el furioso joven.
Madre e hijo se encararon. Cuando Petrus contempló el rostro de su madre, toda la rabia y frustración que se habían acumulado durante los últimos meses se agolparon en su mente. ¿Acaso el borracho de su padre iba a destruirla a ella también? Petrus sintió lástima de ella; deseaba golpear a su padre hasta dejarlo sin sentido.
Placidia se dio cuenta de todo, y comprendió que ahora, más que nunca, debía ayudar a Constantius a conservar sus últimos retazos de autoridad.
—Tu padre y yo deseamos quedarnos a solas. Déjanos, Petrus.
El chico no se movió.
—Sal de aquí inmediatamente.
En los momentos de crisis Placidia aún era capaz de demostrar su autoridad. De mala gana, Petrus se dirigió hacia la puerta.
—Numincus, dile a mi doncella que me traiga agua caliente. Vete —añadió Placidia con aspereza, al notar que el administrador parecía vacilar.
Estaban solos. El hecho de ver a su esposa sangrar por la boca hizo que Constantius se serenara en el acto. Avergonzado, bajó la vista y encorvó la espalda. Luego abrió la boca para decir algo, tratando en su confuso estado de formular una frase de disculpa, pero ella le interrumpió bruscamente.
—Tu hijo tiene razón —dijo Placidia sin perder la calma—. Debes hacer algo. Ahora déjame.
Constantius trató de descifrar la expresión que reflejaban los ojos de su mujer. ¿Era desprecio? ¿Rechazo? No lo sabía con certeza. Ella siguió de pie con la mirada fija ante sí, el rostro impasible como el de una estatua.
Humillado, Constantius atravesó lentamente la casa. Sí, pensó, debo hacer algo.
Una vez a solas, Placidia no dejó correr las lágrimas, aunque deseaba llorar. Se preguntó cuánto tiempo podría durar aquella situación. Petrus, entre tanto, se dispuso a abandonar la casa.
La situación en Sarum era grave: no había sucedido nada parecido desde hacía cuatro siglos; pues si los últimos informes eran veraces, la anunciada invasión de los bárbaros podía producirse en cualquier momento y destruir Sarum, la villa de la familia y sus moradores. Si los invasores aparecían enseguida no habría tropas romanas para hacerles frente, ni siquiera una milicia local; y, cosa que atormentaba aún más su conciencia, Constantius no había tomado ninguna medida para defender el lugar.
Habían transcurrido veinte años desde que las legiones abandonaran la isla. Cada año Constantius confiaba en que la cosas mejorarían, y que los romanos regresarían a Britania. «Tened fe», decía a Placidia y a su hijo. Constantius se imaginaba a los legionarios cristianos acudiendo presurosos a socorrer a la familia romana que vivía en Sarum. Pero éstos no llegaban.
Constantius Porteus no sólo se sentía orgulloso de ser un caballero romano sino que, como muchos decuriones terratenientes, también era cristiano. Desde la conversión del gran emperador Constantino, acaecida hacía cien años, las creencias de la otrora detestada y perseguida secta cristiana habían pasado a ser la religión oficial del imperio y su ejército. Ciertamente, todavía existían muchos practicantes de otras religiones, y adoradores de antiguas divinidades paganas, pero por lo que respectaba a Constantius, el emperador y él eran cristianos y eso era lo que contaba. Para ser más precisos, Constantius no era simplemente cristiano sino que, al igual que muchos otros en la isla, era seguidor de Pelagio, un monje de origen británico que de un tiempo a esa parte había causado un gran revuelo en el mundo romano. Los seguidores de Pelagio se distinguían orgullosamente de otros creyentes declarando que cada cristiano debía conquistar su lugar en el Cielo no sólo a través de la fe sino a través de sus obras.
—Dios concede a todos los hombres el libre albedrío —explicó Constantius a Petrus—. Y Dios observa nuestras obras, por las cuales deberemos responder. Eso es lo que cuenta.
Técnicamente eso era una herejía, pero en la tierra natal de Pelagio se trataba de un concepto muy extendido, en el que Constantius creía firmemente.
De modo que, aquel día, cuando el joven Petrus propuso la descabellada idea de que, al igual que hacían algunas poblaciones locales, emplearan a unos germanos paganos para defender la villa cristiana de un ataque, Constantius se sintió profundamente ofendido. Pero aún más ofensivas fueron las insinuaciones con las que el chico, delante de Placidia, había aderezado sus sugerencias.
—Hablas de la ayuda romana —dijo Petrus—, pero las legiones han desaparecido; el imperio ha dejado la isla en la estacada y jamás regresarán. —Esto era algo que Constantius era incapaz de aceptar—. En cuanto a las soluciones que propones, seguidor de Pelagio, ¿dónde está el libre albedrío que te ha concedido Dios? ¿Acaso se ha disuelto en alcohol? ¿Y tus obras? No existen.
Ningún hijo tenía derecho a hablar de esa forma a su padre, pensó Constantius. Lo peor de todo era que, en su fuero interno, sabía que el chico tenía razón.
Pero ahora, mientras atravesaba cabizbajo las silenciosas habitaciones de la casa, Constantius murmuró en tono desafiante:
—Salvaré mi villa. A mi manera.
La villa de Constantius Porteus, aunque erigida en el mismo lugar, era una estructura más imponente que la que su antepasado Cayo construyera hacía casi cuatro siglos. Consistía en ocho grandes salas, dispuestas en los tres costados de un patio cuadrado al que habían añadido otras alas de dos pisos. Detrás de la casa había unas espaciosas dependencias que constituían la granja. Exteriormente, el edificio estaba construido de forma similar al anterior: la planta baja era de piedra, las paredes del primer piso eran de mimbres revestidos con yeso y el tejado era de tejas. A un lado se encontraba parte del antiguo huerto amurallado, donde en la actualidad florecían macizos de lirios, dalias y suntuosas azucenas, y —su mayor gloria— una doble hilera de rosales en el centro. Pero en el interior, el edificio superaba con mucho al primero y habría satisfecho plenamente al viejo Tosutigus de haber podido contemplarlo. Todo vestigio de la rústica granja original había desaparecido. Las habitaciones grandes, luminosas y aireadas se comunicaban entre sí. El suelo del vestíbulo era de un suave mármol rosa importado de Italia hacía doscientos años, y unas elegantes columnas del mismo material rematadas con airosos chapiteles jónicos enmarcaban cada una de las puertas que daban acceso al mismo. Todas las habitaciones principales tenían las paredes decoradas con hermosos frescos, algunos de los cuales mostraban a romanos y romanas en actitud solemne y grácil, mientras que en otras aparecían alegres escenas de caza.
Pero lo más espectacular eran los magníficos suelos de mosaico, de los que la familia se sentía con justicia orgullosa.
Constantius se detuvo en el umbral del cuarto más grande. En la villa reinaba el silencio. Placidia se había retirado a su alcoba con su doncella, y su hijo y el administrador se habían esfumado. Mientras Constantius permanecía ahí de pie, contemplando la habitación, la expresión de su rostro se suavizó.
En el suelo yacía, a lo largo de diez metros, uno de los mayores tesoros de la villa. Era un mosaico que mostraba a Orfeo en los felices días anteriores a su descenso a los infiernos en busca de su amada Eurídice. Lucía una vestimenta de espléndidas tonalidades rojas y suntuosos marrones, y aparecía sentado en una postura airosa, con aspecto melancólico y su lira apoyada en el regazo. Dispuestos en círculos concéntricos, en torno a la figura de Orfeo, había unos paneles que contenían animales, árboles y aves, en particular los hermosos faisanes dotados de largas colas que habían dado fama a la propiedad en tiempos del primer Porteus.
Esa obra de arte confeccionada en el gran taller de mosaicos de Corinium, unos treinta kilómetros al norte de Aquae Sulis, había sido instalada por el bisabuelo de Constantius poco después del año 300. Su tema clásico, con sus amenas alusiones a la flora y fauna local, era típico de las cerámicas que durante cuatro siglos habían adornado las viviendas campestres de familias de antigua raigambre como los Porteus en todo el imperio. «Es la villa romana de un caballero —le decía siempre su padre—. Llevamos aquí casi cuatrocientos años y me atrevería a decir que permaneceremos otros cuatrocientos».
Al contemplar el mosaico, Constantius notó que una lágrima le rodaba por la mejilla. ¡Era tan hermoso! Representaba toda su cultura romana; no dejaría que nadie lo destruyera.
Había llegado el momento de rezar.
Durante casi cuatro siglos Britania había sido romana. Sólo en el extremo norte, más allá de la gran muralla del emperador Adriano, los pictos y los escoceses habían logrado zafarse del dominio romano. Durante buena parte de esa época, la familia Porteus había gozado en Sorviodunum de la deleitosa paz del mundo provincial romano. Los hombres libres comunes y corrientes habían pasado a ser ciudadanos. Las poblaciones como Venta Belgarum en el este, Durnovaria en el suroeste y Calleva en el norte no sólo poseían foros y templos, sino teatros y arenas. Las termas de Aquae Sulis habían sido reconstruidas en varias ocasiones, haciéndolas cada vez más grandiosas. Y la familia Porteus había dado siempre por sentado que el imperio romano perduraría eternamente.
Pero en el transcurso de esos siglos habían surgido graves tensiones en el imperio, que amenazaba con sublevarse; y aunque había sido subdividido en cuatro partes —dos en el este y dos en el oeste— seguía siendo difícil de gobernar. Hubo emperadores rivales y guerras civiles, y la isla septentrional de Britania, con su dotación normal de tres legiones, se había visto envuelta en esas disputas, sufriendo las lógicas consecuencias.
Pero no era eso lo único que ocurría en el mundo romano. El imperio había sido invadido por el este.
Las grandes invasiones bárbaras de Europa constituyeron un proceso gradual que se inició en el siglo III. A veces los intrusos llegaban en calidad de mercenarios, o de pobladores; a veces, como Atila y sus hunos, caían como una plaga, para retirarse de nuevo. Procedían de las lejanas llanuras de Asia, del Báltico y de Escandinavia; sus nombres habían de hacerse célebres en la historia europea —francos, godos, burgundios, lombardos, turingios, vándalos, sajones—, y por más que el imperio trataba de absorberlos, siempre aparecían más.
Lenta, muy lentamente, el poderoso imperio romano había comenzado a fragmentarse.
Eran tiempos peligrosos, pero a lo largo del último siglo la isla de Britania continuó siendo próspera y estando bien defendida. Las legiones se encontraban allí; sus poblaciones disponían de recias murallas; sus costas estaban protegidas contra los ataques de los piratas sajones por una flota y unos puertos fortificados.
Pero ¿durante cuánto tiempo seguiría estando a salvo?
Seguramente era inevitable que Britania se escindiera del imperio; pero no es menos cierto, aunque a veces se olvide, que hacia el año 400 los isleños emprendieron toda clase de acciones, encaminadas a romper el vínculo que los unía a Roma, mediante una combinación de codicia y estrepitosos errores.
La primera acción fue una maniobra emprendida por las legiones británicas. Al ver que en Italia habían nombrado a un nuevo emperador que era poco más que un muchacho, proclamaron emperador a uno de sus comandantes y marcharon a la Galia para respaldarlo. En Italia, el joven Honorio se vio forzado, de momento, a aceptar a aquel usurpador como coemperador. Pero el único resultado de esa acción fue, para la isla de Britania, que se quedó indefensa, desprovista de la guarnición que normalmente la protegía.
A continuación, unas hordas burgundias y sajonas atravesaron el Rin e invadieron la Galia, y las legiones perdieron el control de la provincia. Así, Britania se vio, además, aislada.
Exactamente entonces los britanos cometieron su mayor error. Se sublevaron, proclamaron su independencia del imperio y expulsaron a los oficiales imperiales.
Constantius lo recordaba bien. Al igual que muchos de su clase, había aprobado esa medida.
—Los impuestos nunca han sido tan elevados —explicó a Placidia—. Los decuriones como yo somos los más perjudicados, porque poseemos tierras, y quieren que financiemos las mejoras de la ciudad, la reparación de carreteras, la defensa, todo. ¿Y qué obtenemos a cambio? Un ejército cada vez más numeroso de burócratas, a quienes hay que pagar un sueldo, y una fuerza mínima de legionarios para que nos defiendan.
De modo que la isla organizó su propia defensa, dejó de pagar impuestos y se mantuvo a la espera de los acontecimientos.
Pero no ocurrió nada de particular. Por el momento el imperio no disponía ni de tiempo ni de recursos para preocuparse de la provincia insular que se había sublevado. No se alzaron voces de protesta, ni se ordenó al ejército que regresara, nada: sólo silencio.
Pero de golpe, en medio de esos disturbios, llegó la noticia de algo que durante siglos había sido impensable.
En el año 410, tres meses antes de que naciera Petrus, Alarico y sus visigodos saquearon la ciudad imperial de Roma.
La ciudad imperial, la ciudad eterna, el símbolo sagrado del dominio romano, había sido humillada por una fuerza de bárbaros sin tierra porque los orgullosos senadores de la ciudad se habían negado a pagarles un impuesto de protección. Roma había caído. El impacto de la noticia se propagó rápidamente hasta los confines más remotos del poderoso imperio, y todos cuantos se enteraron de lo ocurrido pensaron que una era, un mundo —una civilización— había llegado a su fin.
Pero el imperio se recuperó. En Ravena, un año más tarde, el emperador adolescente, Honorio, se alegró al saber que sus agentes habían asesinado al coemperador usurpador. Entretanto, los visigodos habían cobrado el dinero exigido y habían partido. Era un buen momento para reparar lo que quedaba del imperio occidental.
Pero los planes del joven Honorio no incluían el regreso de las legiones a Britania. De hecho, no incluían en absoluto a la provincia insular.
—Dejad que se las compongan como puedan —dijeron sus atribulados oficiales—. Han cesado de pagar impuestos; han expulsado a los servidores imperiales. Nosotros tenemos mucho que hacer; dejemos que los britanos sigan viviendo al otro lado del mar.
Los recursos del imperio comenzaban a escasear. La isla septentrional estaba demasiado lejos. Por primera vez en cuatro siglos, Roma tuvo que volver la espalda a la provincia de Britania.
Transcurrieron veinte años, veinte años de espera, y al principio parecía que nada había cambiado. De vez en cuando los piratas sajones o irlandeses atacaban las costas. Un día apareció en Sarum un grupo de bacaudae —campesinos sin tierras— y quemó uno de los establos; Numincus el administrador y algunos hombres los pusieron en fuga. Pero a Constantius, más que lo ocurrido le preocupó lo que habría podido suceder.
En la provincia habían cesado de acuñar monedas nuevas. El comercio con la Galia había disminuido. Los puertos no disponían de fondos para los barcos de guerra, por lo que la isla estaba mal defendida. Los pocos legionarios que quedaban llevaban tiempo sin cobrar su sueldo y se dedicaban a otras ocupaciones o se marchaban; Constantius incluso había oído decir que uno se había vendido como esclavo. Debido a la escasez de dinero, el propio Constantius se había visto obligado a cerrar la casa en Venta Belgarum que la familia había conservado durante generaciones. Otros siguieron su ejemplo y al poco tiempo la ciudad cayó en un estado lamentable. Era como si una gran ola de apatía se cerniera sobre el lugar, y la situación iba de mal en peor.
Un día Constantius oyó rumores de que una nutrida flota de piratas se disponía a atacar la isla. Al principio no dio crédito a la noticia.
Pero los rumores se intensificaron. Un mercader de Londinium aseguró haber presenciado los preparativos durante una visita al este; de pronto cundió el pánico en la zona. La ciudad de Calleva reforzó sus murallas, y lo mismo hizo Venta Belgarum. Además, las autoridades de Calleva negociaron a través del puerto de Londinium para conseguir un contingente de mercenarios germanos que reforzara su milicia, escasamente adiestrada. La población de Venta trató de hacer lo propio.
Y entonces se había iniciado la disputa entre Petrus y su padre.
—Deja que vaya a Venta y contrate a una docena de mercenarios germanos —había propuesto Petrus—. Podemos alojarlos en Sorviodunum. Es preciso defender este lugar.
Constantius se había negado. El chico le había contestado a gritos. Y después… Después Constantius ya no pudo hacer otra cosa que rezar. Se dijo que Dios les guiaría; cuando hubiera orado, se reconciliaría con su hijo.
Constantius no sabía que ya era demasiado tarde.
Los flancos de su caballo estaban cubiertos de sudor. Llevaba mucho rato galopando, pero casi había alcanzado su destino.
Había abandonado la villa a los pocos minutos de producirse la violenta escena con su padre y no se había detenido desde entonces. No le cabía la menor duda de que su misión era urgente y de que estaba más que justificada. Pero Petrus Porteus siempre creía que le asistía la razón: era su único defecto.
Ante él, bajo el sol crepuscular de un día de otoño, yacía la ciudad de Venta Belgarum.
Era una localidad pequeña, ubicada sobre un montículo y rodeada por una gruesa muralla. Un par de recias torres circulares revestidas de piedra toscamente labrada flanqueaban la puerta de acceso a la villa, que recientemente habían estrechado como medida de precaución, y estaban orientadas hacia la carretera occidental. Detrás de las torres Petrus distinguió los rojos tejados de la población.
Petrus espoleó a su caballo. Su rostro ansioso y juvenil, de ojos oscuros, aparecía pálido y tenso debido a la excitación. Con un ademán nervioso, se pasó la mano por el cabello negro y rizado.
Esa exaltada vehemencia que impregnaba todo cuando hacía Petrus llevaba a su madre, una mujer sabia y reflexiva, a suspirar con resignación y provocaba a su padre frecuentes ataques de cólera.
—A veces, Petrus —le aconsejaba Placidia—, uno tiene que contemporizar. —A fin de cuentas, su desdichado matrimonio se había mantenido gracias a su ejercicio de dicha virtud durante más de veinte años. Pero Petrus la miraba desconcertado cuando ella le decía eso.
—¿Cómo se hace? —preguntaba su hijo con absoluta sinceridad.
No era que Petrus despreciara la tolerancia, sino que ni siquiera la conocía.
Espoleó de nuevo a su montura y al cabo de unos minutos traspuso las puertas de la ciudad.
Todo estaba en silencio. Parecía como si la mitad de la población se hubiera ido a casa a dormir; pero las personas que circulaban por las calles miraron a Petrus con curiosidad. El joven observó el enorme deterioro de las vías públicas y comprobó que muchas de las casas, como la gran mansión de los Porteus, aparecían desiertas y abandonadas por sus propietarios porque resultaban demasiado caras de mantener. La vivienda de los Porteus se hallaba en una plazoleta pavimentada, en cuyo centro Petrus advirtió que alguien había construido un cobertizo. Nadie se molestaba en impedir tales desmanes, pues el consejo estaba más preocupado con la defensa que con otras cuestiones. Sin embargo, el foro estaba bien conservado: en medio del espacio abierto rodeado por hermosos edificios porticados se elevaba una columna que conmemoraba el casi olvidado triunfo del emperador Marco Aurelio. Petrus se detuvo unos instantes.
—¿Dónde están los germanos?
Un viandante señaló la puerta oriental.
—Allí fuera.
Petrus vio que un grupo de hombres estaba reforzando la mampostería de la puerta. En el exterior había un pequeño cementerio en el que las tumbas estaban orientadas de este a oeste, por lo que el joven dedujo que era un cementerio cristiano. Junto a éste se encontraba el campamento de los mercenarios germanos.
Eran unos individuos de aspecto imponente: gigantescos, de hombros anchos, con el rostro curtido e hirsuto, ojos azules y fríos y cabellos largos y rubios, que llevaban recogidos en trenzas. Serían unos cincuenta, y estaban descansado junto a sus tiendas. Cuando Petrus se detuvo ante ellos y desmontó lo miraron con insolencia.
—¿Dónde está vuestro comandante? —preguntó el joven.
Uno de los mercenarios señaló con el pulgar una tienda situada frente a las demás, ante la cual se hallaban sentados un soldado de cierta edad y un hombre moreno que parecía un mercader.
Petrus explicó a los mercenarios el motivo de su visita, y éstos le escucharon sin hacer ningún comentario; fue el mercader, que al parecer actuaba como agente de los germanos, quien le contestó.
—Estos hombres están dispuestos a que los contraten, pero el precio es elevado —dijo mirando al joven con recelo.
Petrus se permitió esbozar una media sonrisa al tiempo que extraía de su cinturón un pequeño talego lleno de monedas. Su madre le había entregado el dinero, a espaldas de Constantius, antes de que partiera. Petrus sacó una docena de monedas para mostrárselas al mercader, que al verlas abrió los ojos como platos. Eran solidi de oro, acuñados durante el reinado de Teodosio el Grande, un siglo antes. Ese tipo de monedas empezaba a ser muy raro en la isla. El mercader cambió de tono.
—¿Cuánto tiempo necesitarás a los hombres?
Era difícil de precisar, pues los sajones podían atacarles en el momento menos pensado.
—Tal vez un año.
El mercader asintió con aire pensativo y dijo unas palabras al germano en su lengua. El germano movió la cabeza en sentido afirmativo y el mercader se volvió hacia Petrus.
—Elígelos tú —dijo.
A primeras horas de la mañana siguiente, Petrus, seguido por seis guerreros germanos, salió de Venta Belgarum por la puerta occidental y enfiló la carretera que conducía a Sarum. Una ligera neblina cubría el paisaje.
El grupo ofrecía un curioso espectáculo: un joven pálido cabalgando un hermoso corcel delante de seis descomunales germanos que montaban unos ponis que apenas podían sostenerlos, y que llevaban de las riendas a otro poni que transportaba sus armas y equipaje. Uno de los seis mercenarios era algo mayor que sus compañeros —debía de tener unos treinta años— y hablaba un poco de latín; Petrus lo había nombrado jefe de sus compañeros.
Justo antes de abandonar la ciudad, a Petrus se le ocurrió una idea y, haciendo que su caballo diera la vuelta, se detuvo. Había algo importante que deseaba decir.
—En Sorviodunum —advirtió a los mercenarios—, tened presente que soy vuestro comandante. Debéis responder únicamente ante mí. —Petrus se detuvo y los miró con expresión seria—. Yo soy quien os pago.
Los seis guerreros lo observaron impasibles. Por fin, el mayor asintió lentamente con la cabeza. Había comprendido.
Satisfecho, Petrus les indicó que continuaran avanzando por la carretera. Cuando pasaron frente a él, el joven creyó haber oído reír a uno de ellos.
Petrus no les siguió de inmediato, sino que se quedó contemplando la ciudad con aire pensativo durante un largo rato. Cualquier observador habría notado la extraña expresión, entre soñadora y triunfal, que traslucía su rostro juvenil, y habría visto que tenía los ojos clavados en un punto situado sobre la población.
En el fresco y límpido cielo matutino se recortaba un sol escarlata. Al alzarse sobre Venta, sus rayos arrancaron reflejos a los tejados y los muros grises, de modo que durante unos instantes la pequeña y modesta ciudadela pareció flotar sobre el brumoso paisaje. En aquel momento Petrus pronunció en voz alta unas palabras que habrían asombrado y horrorizado a su padre más aún que los insultos que profiriera la víspera durante la disputa que ambos habían sostenido. Las palabras brotaron como una oración.
—Helio, Helio, gran Sol —murmuró el joven—. Júpiter, Apolo, rey de todos los dioses: dad fuerzas a vuestro siervo.
Pues Petrus, hijo de una familia cristiana, era en secreto un idólatra.
Y no era el único. A pesar de que hacía un siglo que la incipiente fe cristiana había sido proclamada la religión oficial del imperio, muchos observaban abierta o secretamente los ritos paganos; y sucesivos emperadores no habían conseguido acabar con ellos.
Existían múltiples cultos: no sólo los de los romanos, que veneraban a los antiguos dioses, sino los de los celtas, los sajones, los godos y muchos otros pueblos del imperio. Numerosos cultos populares procedían de Oriente, con sus extrañas ceremonias, sus experiencias místicas y sus estados de éxtasis. Petrus conocía uno de ellos —el de Isis, la diosa egipcia—, pues existían varios templos consagrados a ella en la isla. Más importante aún era la masonería —establecida desde hacía tiempo— de la religión de Mitra, el dios toro, cuyos lemas de autodisciplina y sacrificio la hacían muy popular entre el ejército. Desde el reinado de Constantino el ejército había sido oficialmente cristiano, pero Petrus sabía bien que el fiel y abnegado administrador de su padre, Numincus, hijo de un centurión, veneraba a Mitra en secreto, un hecho que Constantius Porteus pretendía discretamente ignorar. Pero en Sarum existían otros cultos que Constantius desconocía. Y Petrus estaba familiarizado con ellos porque él mismo los practicaba.
La historia se repetía en toda la isla. A tan sólo ochenta kilómetros al oeste de Sarum, en Lydney, en las márgenes del caudaloso río Severn, durante la generación anterior habían vuelto a abrir el gran templo dedicado a Nodens, el dios celta. Constantius se había mostrado indignado, pero el templo era muy popular y recibía numerosas donaciones.
Pues el paganismo contaba aún con muchos y poderosos amigos. ¿Acaso el propio Juliano, ese genio militar, filósofo y visionario —que setenta años atrás había iluminado el cielo del imperio al atravesarlo como un meteoro durante su reinado de tres años—, no se había declarado partidario de los antiguos dioses romanos y había tratado sin éxito de restituirlos, en lugar del cristianismo, a su lugar correspondiente en Roma? Además de Petrus había muchos para quienes el gallardo y joven emperador pagano representaba todavía un héroe.
Ciertamente, eran muchas las viejas familias senatoriales de Roma que apoyaban a la antigua religión y que sostenían que los cristianos anteponían la lealtad a su Dios a la lealtad a Roma. Pero ¿no había declarado hacía siglos aquel gran orador Cicerón que al buen patriota se le promete una recompensa en el Cielo? ¿Qué había sido de los viejos valores, el estoicismo del emperador y filósofo Marco Aurelio, las sólidas virtudes de los caballeros romanos que leían a los clásicos, consultaban a los haruspices y erigían santuarios para sus antepasados? Los cristianos afirmaban despreciar todo aquello. ¿No habían sido los emperadores cristianos quienes habían eliminado el símbolo más sagrado del viejo orden pagano, el altar de la victoria en el Senado? Y en consecuencia Roma había caído: era un hecho previsible.
—El imperio está regido por emperadores advenedizos, por cristianos y bárbaros —decían los conservadores—. Y no hay más que ver el caos en el que está inmerso.
Esa actitud no sólo se basaba en los prejuicios de unos pocos y recalcitrantes aristócratas romanos. Petrus recordaba bien la actitud de su maestro de escuela en Venta Belgarum, que había sido un erudito y un pagano discreto toda su vida.
—El cristianismo es un culto destinado a los esclavos —exclamaba—. Dicen que de todos los dioses, sólo el suyo es el verdadero, ¡qué arrogancia! ¿Qué pruebas tienen para respaldar esa afirmación?
Cuando Petrus sacaba a relucir ese argumento en casa, su padre montaba en cólera; pero lo cierto era que el iracundo Constantius nunca había sido capaz de refutarlo.
Sin embargo, Petrus había disfrutado discutiendo con su maestro de escuela. Aún le parecía oír la voz del anciano, inquiriendo de forma retórica: «¿Somos más sabios que Platón y los otros grandes filósofos de la antigüedad? ¿Fue Sócrates, ese infatigable buscador de la verdad, demasiado orgulloso para sacrificar un gallo a Esculapio antes de morir?».
—Pero los cristianos afirman que existe un solo Dios todopoderoso creador del universo, y que el hombre posee un alma inmortal —aducía Petrus—. ¿Acaso lo niegas?
—¿Por qué habíamos de negarlo? —replicaba su maestro—. Nadie que haya leído y comprendido a Platón negaría que existe una idea divina, un Dios desconocido detrás del universo. En cuanto a la inmortalidad: todo hombre posee un alma capaz de aprehender, aunque vagamente, la inteligencia divina; en ese sentido podemos decir que el alma refleja lo divino y es inmortal.
—¿Y cómo debemos comportarnos? Los cristianos dicen que su moral es más perfecta.
—La virtud y la contemplación purifican el cuerpo y la mente y dirigen ésta hacia el alma divina —repuso el anciano con calma—. Los filósofos paganos vienen afirmándolo desde muchos siglos antes de que existiera el cristianismo.
—¿Y los dioses? —inquirió Petrus—. Apolo, Minerva, Marte…
—Son agentes divinos, unos atributos de lo divino, que es infinito y abarca toda la creación. Cuando veneramos a los dioses, veneramos la idea divina que hay en ellos. ¿Por qué íbamos a negarlos?
—Los cristianos lo hacen.
—Los cristianos son unos estúpidos —replicó el anciano airadamente—. Primero dicen que su Dios es el único dios; luego afirman que se hizo hombre; luego se pelean constantemente entre ellos acerca de la interpretación de la naturaleza de Dios (como si un hombre fuera capaz de comprender este misterio) y cada bando acusa al otro de hereje: arríanos, católicos, donatistas, maniqueos, pelagianos… —El anciano se encogió de hombros en un gesto de desdén—. Si te pones a discutir con un cristiano toparás con un fanático; lee a los filósofos clásicos y hallarás la razón, la ilustración… —El viejo maestro sonrió con expresión cansina—. Pero no se lo digas a nadie o perderé mi empleo.
Era una filosofía atrayente: en los siglos posteriores ese sistema abstracto sería llamado neoplatonismo. A Petrus le parecía que lo abarcaba todo: la civilización de Grecia, la virtud y la grandeza de Roma; y al pensar en la irritante apatía de su cristiano padre, decidió rebelarse. Coraje, patriotismo, el viejo código de honor romano, ésas eran las únicas cualidades que admiraba Petrus; de modo que se convirtió al paganismo.
En aquellos momentos, mientras contemplaba la ciudad donde el viejo pagano le había impartido sus enseñanzas, al ver los tejados reluciendo bajo el sol, la cima de la columna erigida en memoria de Marco Aurelio y el frontón triangular del viejo templo, Petrus exclamó en voz alta:
—¡Restituiré Sorviodunum y luego esta ciudad a los dioses!
Llegaron a Sorviodunum al mediodía. Petrus pretendía que los germanos acamparan en el poblado del valle, donde media docena de familias seguía habitando en un grupo de pequeñas viviendas protegidas por una modesta empalizada de madera. Petrus deseaba fortificar debidamente el lugar. Pero cuando el líder de los germanos lo vio, meneó la cabeza.
—Acamparemos allí —dijo, indicando la duna situada sobre la colina—. Es el único sitio que podemos defender.
Petrus se encogió de hombros.
—Como gustes —respondió.
La duna había permanecido casi desierta durante varias generaciones. Aunque había varias casuchas situadas al este de la entrada, el gran espacio circular interior, con su elevado muro cubierto de hierba, llevaba unos años siendo utilizado por Numincus tan sólo como corral para el ganado.
Sin embargo, el aprisco tenía un ocupante, que al ver a Petrus y sus acompañantes salió de la pequeña choza de madera que ocupaba al oeste del recinto.
—Es Tarquinus el pastor —explicó Petrus.
El pastor era muy viejo. Tenía la espalda encorvada, el rostro arrugado y curtido como una nuez y su cabello gris y ralo le caía por la espalda formando largas guedejas. Pero sus ojos, juntos y de mirada astuta, que revelaban su pertenencia al clan todavía conocido como «las gentes de río», eran tan brillantes y perspicaces como los de un muchacho. A la muerte de su esposa, ocurrida unos años atrás, Tarquinus abandonó a sus hijos y se retiró solo a la duna, donde la familia Porteus toleraba su presencia. Cuando Constantius, en un arrebato de piedad cristiana, había derribado el templete dedicado a la diosa Sulis que se había alzado durante siglos junto a la villa de la familia, fue Tarquinus quien rescató la figurilla de piedra y le construyó un modesto santuario junto a la choza que él ocupaba en la duna. Pese a su avanzada edad, el pastor era temido por muchos en la comarca, pues era un experto en las artes mágicas.
Tarquinus miró a los germanos.
—De modo que los has traído.
Petrus asintió con la cabeza.
—Acamparán aquí —dijo—. Vigílalos.
Tarquinus sonrió despectivamente.
—Si me causan problemas, les rebanaré el cuello cuando estén dormidos.
Petrus se volvió hacia los germanos:
—Mi administrador se encargará de que os den de comer —dijo.
Luego Petrus se dirigió hacia la entrada con el pastor, que lo seguía arrastrando los pies. Antes de marcharse, el joven se volvió y preguntó en voz queda:
—¿Tenemos una cita esta noche?
El anciano cabeceó para confirmarlo.
—Todo está preparado.
—Bien, hasta esta noche —repuso Petrus. Complacido de su trabajo, abandonó la duna y se dirigió cabalgando hacia la villa. Una vez en casa, fue en busca de su madre.
Placidia estaba sentada tranquilamente en compañía de Numincus. Con los años le había tomado afecto al fornido y achaparrado viudo, no sólo debido a su lealtad hacia ella, sino porque reconocía que, a su manera, aquel hombre apacible y modesto era un individuo de talento.
Placidia le había enseñado a leer. A la sazón, el administrador no sólo se ocupaba a diario de todos los asuntos relativos a la propiedad, sino que revisaba las cuentas con ella, cuando durante años Constantius se había limitado a echarles una simple ojeada. No obstante a veces Placidia aún trataba de lograr que su marido se interesara por los pormenores de su finca, pero él se escabullía diciendo:
—Sé que tú y Numincus os encargáis de todas esas cosas.
A efectos prácticos daba lo mismo. Y si Placidia disfrutaba con la compañía del pequeño administrador, a fin de cuentas era uno de los escasos placeres que le quedaba en la vida.
Numincus estaba sentado en una silla frente a ella. Acababa de proponer que entregaran a otro granjero un tercio del grano que tenían previsto cosechar a cambio de unas cabezas de ganado. A ambos les pareció una decisión oportuna.
—¿Hacemos bien en contratar a esos germanos? —preguntó ella de sopetón.
Numincus la miró muy serio.
—Creo que sí.
—Mi esposo no opina lo mismo. Numincus parecía turbado.
—La villa debe ser defendida —dijo pausadamente—. Y tú también —añadió, sonrojándose.
Placidia sonrió. Sabía que Numincus la amaba.
Luego emitió un suspiro. El problema estribaba en cómo plantear el asunto a Constantius sin destruir su dignidad.
Como de costumbre, Numincus había adivinado sus pensamientos.
—Alguien debe tomar medidas al respecto. —Lo dijo suavemente pero con firmeza—. Es mejor actuar que discutir.
Placidia movió la cabeza afirmativamente. El apoyo de Numincus la complacía y tranquilizaba.
Le dirigió una sonrisa. Dentro de los límites prescritos entre ama y sirviente, Placidia trataba de dar al curioso hombrecillo una parte del afecto al que se había hecho acreedor.
Luego, al oír a Petrus, ambos se volvieron hacia la puerta.
Constantius Porteus estaba orando.
Desde el incidente ocurrido el día anterior, Constantius, demasiado avergonzado para acercarse a su esposa e hijo, había permanecido a solas. No había probado una gota de alcohol, de modo que por una vez tenía la cabeza despejada.
Dedicó esas horas a hacer algo que debía haber hecho hacía tiempo, es decir, a trazar planes de defensa para la villa. Ignorando que Petrus había ido a Venta, decidió empezar por dar armas a Numincus y algunos de sus hombres.
La habitación en la que estaba arrodillado era singular. Situada en el extremo nororiental de la villa, se hallaba casi despojada de muebles; pero no aparentaba estar vacía debido al bellísimo mosaico que decoraba el suelo. Era distinto de los demás mosaicos que había en la casa. Sobre un fondo verde aparecía, vista de frente, una figura ataviáda con una túnica blanca; tenía los brazos extendidos en la actitud de plegaria que los romanos denominaban orante; su rostro redondo y pálido estaba desprovisto de vello; debajo de sus cejas negras, armoniosas y recias como los arcos de un puente, sus inmensos ojos miraban hacia delante, fijos al parecer en un paisaje emplazado más allá de este mundo. Sostenía en alto el símbolo Chi-Rho, que significaba que esa figura contemplativa era el propio Cristo. A diferencia del mosaico de Orfeo, que resultaba suavemente evocador y decorativo, cada línea de este mosaico era enérgica, llamativa e insistente. Constantius continuó con sus oraciones.
—Paternóster, qui es in coeli: Padre Nuestro que estás en el Cielo —musitó—. El emperador nos ha vuelto la espalda, pero Tú no abandonarás a tus siervos.
Además del mosaico, la estancia contenía otro elemento no menos llamativo. En el muro frente a Constantius, pintadas de rojo sobre el yeso, se veían cinco palabras latinas dispuestas de forma curiosa:
ROTAS
OPERA
TENET
AREPO
SATOR
En sí mismas las palabras no tenían un significado especial, aunque el lector atento posiblemente se habrá fijado en que forman un palíndromo, dado que pueden leerse de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Pero en aquella época poseían un significado bien conocido de todo cristiano, un significado que se remontaba al período anterior al emperador Constantino, cuando los cristianos habían sido perseguidos por su fe. Pues el secreto de las cinco palabras residía en que éstas podían disponerse de forma que se leyera:
Una vez colocadas de este modo, quedaban dos letras sin utilizar: «a» y «o», que significaban Alfa y Omega, la descripción bíblica de Dios. Esta antigua clave había servido durante varias generaciones a modo de altar ante el cual la familia cristiana de los Porteus rezaba.
Constantius llevaba un rato enfrascado en sus oraciones cuando de pronto se percató de que no estaba solo. En el umbral estaban su esposa, Numincus y el muchacho. El rostro de Placidia mostraba una marca escarlata que hizo que Constantius se sonrojara de vergüenza. Fue Petrus quien habló en primer lugar.
—Los germanos están aquí. Han acampado en la duna y he contratado sus servicios durante un año.
Constantius notó que la sangre se le retiraba del rostro y los miró a los tres, confundido, y de pronto comprobó que estaba temblando.
Petrus lo observó de hito en hito.
Constantius se enfureció. Era un ultraje; la violenta cólera de la víspera no era nada comparada con lo que experimentaba en ese momento. Pero a la sazón estaba sobrio.
Se levantó lentamente. La falta de respeto, el desprecio que comportaba aquel acto le hirió profundamente. Vio que los tres lo miraban con fijeza: los ojos del muchacho eran fríos; Placidia parecía preocupada. Con un esfuerzo sobrehumano, Constantius recobró el dominio de sí mismo y, plantándose ante ellos, dijo con calma:
—Habéis contrariado mis deseos. —Su voz temblaba un poco, pero no era destemplada.
—Era necesario, Constantius —respondió Placidia suavemente, casi en tono implorante.
Su marido no le hizo caso y clavó la vista en el chico.
—Me has desobedecido.
—No, Constantius —le contradijo Placidia—. Yo le pedí que los trajera. Te suplico que recapacites.
¿Era cierto que ella había enviado al muchacho, o lo había dicho para protegerlo?
—¿Y cómo piensas pagar a esos mercenarios? —inquirió Constantius fríamente.
—Con solidi de oro —contestó el muchacho—. Numincus se encargará de que les den de comer. Tenemos mucho grano.
Constantius enarcó las cejas.
—¿De quién son esos solidi de oro?
—Míos —repuso Placidia.
Constantius la miró atónito. Ciertamente, era como si le hubieran clavado un cuchillo. Su voz se hizo más ronca, pero se esforzó en no perder la calma.
—En vista de que tú y tu madre deseáis pagar a esos mercenarios en contra de mi voluntad —continuó—, ¿pretendéis dejar también que acampen en mis tierras? Nadie respondió.
—Puedo arrojarlos de aquí —prosiguió Constantius.
Su hijo se encogió de hombros.
—No te resultará fácil. Están armados.
¡Qué insolencia la del muchacho! Pero Constantius logró dominarse.
—Numincus —dijo con voz queda—, reúne a veinte hombres y tráelos aquí. Luego iremos a la duna, pagaremos a los germanos y les ordenaremos que se marchen. Ve.
Dicho eso, Constantius esperó. Pero Numincus agachó la redonda y calva cabeza y fijó los ojos en el suelo. No se movió.
El silencio continuó.
A Constantius le entraron ganas de llorar.
La humillación era completa. Allí, en la capilla de la familia, le habían despojado de todo, incluso de su dignidad. Miró a su esposa: ¿cómo era posible que le hiciera eso? Con los ojos arrasados en lágrimas Constantius apenas veía con claridad. Hizo un gesto de desesperación y les indicó que se retiraran.
Constantius les vio dar media vuelta y alejarse; aguardó hasta que el rumor de sus pasos se extinguiera en las habitaciones desiertas y se hiciera de nuevo el silencio. Entonces, cuando tuvo la certeza de estar solo, cayó de rodillas y prorrumpió en violentos sollozos. Temblando de ira y de dolor, se inclinó hasta tocar con la cabeza el frío suelo de mosaico, al tiempo que las lágrimas rodaban por sus mejillas.
Pero mientras lloraba, en su mente se formó un pensamiento, una advertencia que debía comunicar a su familia aunque ésta hubiera decidido mostrarle su desprecio. Era una idea intuitiva relacionada con el futuro de Sarum. Pues si él no conseguía expulsar a los germanos de sus tierras, ¿serían capaces Petrus y Placidia de controlarlos?
Era medianoche y la luna llena brillaba en el cielo. La silenciosa duna sobre la colina aparecía bañada en luz.
Petrus había rebasado ya la duna y atravesaba con paso enérgico el bosque situado más abajo. Una leve escarcha cubría las hojas que tapizaban el suelo.
Petrus sintió que su corazón latía aceleradamente.
El claro estaba situado junto al recodo del río, a veinte metros del agua; era un espacio reducido, de menos de diez metros de diámetro, y a primera vista no parecía tener nada de particular.
Pero cuando Petrus llegó al calvero, observó que en éste se desarrollaba una curiosa actividad. Dos hombres estaban levantando unos largos tablones del suelo, y bajo la capa de hojas muertas iba apareciendo un hoyo circular. El hoyo medía unos dos metros y medio de ancho y estaba cubierto por una pesada rejilla de troncos sobre los que habían descansado los tablones disimulados con hojarasca. Una escala conducía al fondo del hoyo, que medía cuatro metros de profundidad.
Cuando los hombres retiraron el último tablón, la encorvada figura de Tarquinus el pastor salió de entre las sombras. Junto a él caminaba tímidamente una joven de dieciséis años. Su semblante era tan pálido y estrecho como el del pastor, pero no estaba exento de belleza; calzaba unas sencillas sandalias e iba envuelta en una pesada capa de pieles. Era la sobrina de Tarquinus. Petrus y los recién llegados se saludaron con una solemne inclinación de cabeza. La muchacha iba a someterse a un importante rito iniciático, al igual que Petrus.
A una señal de Tarquinus, Petrus y la chica se quitaron las sandalias y se desnudaron; la muchacha se desembarazó de las pesadas pieles que la cubrían con un delicado gesto. No parecía turbada; su cuerpo terso y esbelto presentaba un aspecto casi fantasmal a la luz de la Luna. Mientras se hallaban de pie ante Tarquinus, Petrus notó que la muchacha tiritaba ligeramente en el frío aire nocturno. El vaquero hizo una leve indicación con la cabeza y ambos jóvenes se postraron de rodillas.
Sin pronunciar palabra, Tarquinus desenvolvió con cuidado un pequeño bulto que sostenía en la mano y se lo ofreció a Petrus. Era la figurilla del santuario, la diosa Sulis que guardaba el lugar donde confluían los cinco ríos. Petrus la besó respetuosamente.
—Sulis, sé mi amiga —musitó.
En el acto que se disponía a realizar, era importante que la diosa local obrara a modo de mensajera e intermediaria, exponiendo el caso de Petrus ante los invisibles dioses que regían el Cielo y a los que el hombre no tenía un acceso directo.
La muchacha pronunció las mismas palabras.
Luego, ante otra señal de Tarquinus, ambos jóvenes se dirigieron al hoyo y Petrus empezó a descender por la escala, precediendo a la muchacha. Cuando los dos llegaron al fondo, se arrodillaron de nuevo.
—Que los dioses acepten a su siervo y me purifiquen —rogó Petrus en voz alta.
Entretanto, Tarquinus se había esfumado. Petrus y la muchacha aguardaron en silencio en el hoyo. Al cabo de unos minutos percibieron sonoras pisadas.
Tarquinus reapareció acompañado de dos hombres que conducían un enorme toro negro.
El toro avanzó torpe y lentamente. La magia de Tarquinus consistía en hablarle suavemente a fin de controlar y dominar a la descomunal bestia; pero cuando sus cascos tocaron la reja de madera que cubría el hoyo, el toro se detuvo, negándose a seguir adelante. Tarquinus le susurró unas palabras al oído mientras le acariciaba hábilmente, y por fin el toro echó a andar de nuevo. El eco de sus pisadas resonó en el fondo del hoyo. Petrus y la muchacha alzaron la vista y contemplaron la gigantesca sombra negra del animal; distinguieron el pelo que cubría su alargado vientre y sintieron su cálido aliento mientras el toro resoplaba de impaciencia.
Entonces llegó el momento crítico. Tarquinus extrajo de su cinturón una espada de hoja larga y estrecha. Sin dejar de murmurar palabras tranquilizadoras al animal, retrocedió un paso y con un movimiento limpio y tan rápido que parecía que nada hubiera ocurrido, hundió la espada en el corazón del toro.
Durante unos momentos la descomunal bestia se quedó inmóvil, sin comprender lo sucedido; luego sus cascos resbalaron sobre la reja de madera y su pesado cuerpo se desplomó estrepitosamente.
Lo que sucedió a continuación demostró la utilidad de la reja de madera. Sin dejar de farfullar encantamientos ni de ir de un lado a otro, Tarquinus practicó unos pequeños cortes en el cadáver del animal para que la sangre fluyera lenta pero constantemente a través de la reja que cubría el hoyo. Alzando la vista hacia la negra silueta que se recortaba contra el cielo iluminado por la Luna, Petrus y la joven se colocaron de forma que el cálido y oscuro chorro de sangre cayera sobre sus cuerpos desnudos. Petrus, absorto en el rito que se llevaba a cabo, iba murmurando en voz queda:
—Que los dioses me purifiquen.
Ése era el rito sagrado denominado taurobolium, una importante ceremonia de purificación que se practicaba en todo el imperio pagano. Después de haberse sometido a aquel rito en el hoyo, hombres y mujeres sabían que quedaban purificados y más compenetrados con los dioses, y con frecuencia dejaban constancia de ese hecho sobre sus lápidas con la palabra tauroboliatus o tauroboliata.
Durante más de una hora, Tarquinus prosiguió con su labor, practicando con destreza nuevos cortes en el cuerpo del toro hasta que éste se hubo desangrado. Los dos jóvenes se desplazaban sobre el resbaladizo suelo de tierra, situándose bajo los pequeños chorros que caían dentro del hoyo. Por fin, cuando la ceremonia hubo terminado, Tarquinus les indicó suavemente que subieran a la superficie; y de nuevo, mientras la sangre que cubría sus cuerpos se secaba, ambos jóvenes se postraron de rodillas ante el pastor, al tiempo que éste recitaba unas oraciones y sus dos ayudantes troceaban el cadáver del animal sobre la reja de madera y se llevaban los pedazos.
Por último Tarquinus recomendó a los jóvenes que se incorporaran y se vistieran; luego, los tres se saludaron de nuevo con una solemne reverencia y Tarquinus se alejó acompañado por su sobrina.
Antes de marcharse, la muchacha se volvió y contempló el cuerpo de Petrus con mal encubierto deseo; pero Petrus no se percató de ello. Consciente tan sólo del trascendente y místico rito que acababa de protagonizar, y del maravilloso hecho de que a partir de ese día estaba purificado y más compenetrado con los dioses, Petrus dio media vuelta y echó a andar hacia el valle septentrional.
Constantius Porteus, que se hallaba en la sala de Orfeo, había estado bebiendo desde el anochecer hasta que despuntaron las primeras luces del día, pero curiosamente no estaba cansado ni borracho. Meditaba sobre los acontecimientos de la víspera.
De pronto vio a su hijo atravesar sigilosamente la puerta y dirigirse hacia el patio. Sobresaltado, Constantius se frotó los ojos. El muchacho estaba cubierto de sangre.
Durante unos momentos Constantius se olvidó de su ira. ¿Qué había ocurrido? ¿Habían atacado los mercenarios germanos a su hijo? El romano se incorporó de golpe, salió de la habitación con pasmosa rapidez y alcanzó a Petrus antes de que éste desapareciera.
—¡Mi querido hijo! —exclamó—. ¿Estás herido?
Petrus se volvió. Su padre observó con asombro que en su rostro se dibujaba una expresión de serenidad que jamás había visto. El chico sonrió a su padre. Sus ojos, en vez de la acostumbrada hostilidad reflejaban dulzura. Entonces dejó caer alegremente la noticia sensacional.
—No estoy herido, padre, sino purificado.
Constantius lo miró atónito. ¿A qué se refería ese endiablado chico?
—Soy un tauroboliatus, padre. Voy a devolver Sarum a los dioses antiguos.
Antes de que Constantius pudiera decir una palabra, el joven se esfumó.
Durante unos minutos Constantius se quedó clavado allí, estupefacto. ¿Su hijo no sólo era desobediente sino un pagano? El romano se preguntó si no estaría soñando y se pellizcó, pero todo era real.
Al cabo de un rato irrumpió en la habitación de su esposa.
Placidia no estaba dormida y al alzar la vista observó a la luz de la lámpara que su marido estaba muy pálido, aunque aparentemente sobrio.
Constantius se quedó en el umbral; desde hacía tiempo existía entre ambos una norma tácita que le vedaba la entrada a la alcoba de su mujer; aunque después de los acontecimientos de aquella jornada Placidia, por una cuestión de simple compasión, casi le había invitado a entrar. A la sazón, al verle con aquel aspecto tan deprimido, le indicó que pasara.
—¿Qué ocurre, Constantius? —preguntó Placidia con voz serena.
Su marido hizo un gesto de desesperación y le contó en pocas palabras su encuentro con Petrus.
—¡El taurobolium! —concluyó Constantius con tristeza—. Un monstruoso rito pagano. —El romano se pasó la mano por los ojos—. ¿Sabías tú que nuestro hijo era en secreto un pagano?
Placidia reflexionó unos instantes antes de responder.
—No lo sabía.
Su marido la miró fijamente.
—¿Lo sospechabas?
—Tal vez.
Constantius movió la cabeza con incredulidad.
—¿Y no dijiste nada?
Placidia se incorporó lentamente, se colocó un cojín detrás de la espalda y se recostó contra él, dejando caer sobre el lecho las manos, con las palmas hacia arriba.
—No era más que una sospecha. Intuí que Petrus guardaba un secreto. Es muy amigo de Tarquinus.
—Debí despedir hace tiempo a ese pastor —se lamentó Constantius.
La serenidad de su esposa en medio de aquella terrible crisis le desconcertaba. Constantius siguió hablando casi como para sí.
—Éste es un hogar cristiano. Primero vienen unos germanos paganos, y ahora ocurre esto. —Constantius miró desesperado a Placidia—. ¿Qué vamos a hacer?
Pobre hombre. Placidia se dijo, y no por primera vez, que quizá lo amaba todavía. Si no fuera tan obcecado…
En cuanto a Petrus, ella no se tomaba en serio ese último entusiasmo de su hijo.
—No podemos hacer nada. Petrus es impulsivo, pero tiene un corazón bondadoso. Debemos tener paciencia.
El chico era prácticamente cuanto ella poseía, quizá por eso se mostrara demasiado tolerante con él. Pero Placidia era una mujer demasiado sensata para permanecer ciega ante sus defectos; sabía perfectamente que sólo gracias a su propio equilibrio y sensatez, y a los buenos oficios de Numincus el administrador, la casa y la propiedad se habían mantenido a flote. Petrus, con sus obsesivos entusiasmos, era muy parecido a su padre, y Placidia temía que si el chico no lograba hacer algo importante y no encontraba una buena esposa que le procurara estabilidad, se convertiría en un pobre borracho como Constantius, pese a los esfuerzos de Placidia por reforzar su carácter.
Pero Constantius no podía adivinar lo que pensaba su esposa en aquellos momentos. Aunque había acudido a ella en busca de consejo, su placidez empezaba a irritarlo.
—No pareces preocupada —dijo con amargura—. Quizás apruebes la conducta de nuestro hijo.
—Sabes muy bien que no es así. Soy cristiana.
Lo cierto era que Placidia creía que su actitud rigurosa y práctica ante la vida, matizada por más de un toque de resignación, la asemejaba más bien a una estoica que a una auténtica cristiana. Pero se contentaba con ser una cristiana de nombre y rechazaba los ritos mágicos y los dioses paganos.
Nada de eso, sin embargo, satisfacía al pobre Constantius.
—Parece que apruebes lo que hace el chico —dijo enojado.
—Debemos ser prudentes, Constantius. Es terco. Hay muchos paganos en Sarum…, lo sabes tan bien como yo. Incluso Numincus…
Al oír mencionar el nombre de su administrador Constantius dio un respingo. Aquella tarde, Numincus había desobedecido sus órdenes; Constantius sabía muy bien que, debido a su negligencia, era Numincus quien dirigía la propiedad y tenía celos del diligente y solemne administrador, que parecía estar siempre encerrado con su esposa despachando los asuntos de la finca.
—Numincus no tiene nada que ver en esto —soltó Constantius—. Pero por la mañana le obligaré a reconocer su fe cristiana, y si no lo hace, lo despediré.
Placidia se encogió de hombros.
—Sería una estupidez.
Su esposa le despreciaba, lo cual enfurecía a Constantius.
—Sin duda ello representaría un duro golpe para ti —contestó con una mezcla de amargura y rabia—. No me cabe duda de que es tu amante.
Placidia tardó unos minutos en responder. Luego dijo suavemente:
—Te ruego que me dejes sola.
Constantius, sintiéndose de nuevo embargado por una sensación de derrota, y demasiado cansado y furioso para seguir protestando, salió de la habitación dando un portazo.
Placidia cerró los ojos. Ante ella apareció la imagen de Numincus: su enorme cabezota calva, su nariz roja y puntiaguda, sus ojos solemnes y sus curiosas manos regordetas. Ella sabía que el administrador la adoraba; pero ¿un amante? La noble dama no pudo reprimir una sonrisa.
Durante los dos siguientes años ocurrieron dos hechos de gran trascendencia. El primero fue la llegada de los sajones.
Llegaron en primavera, no, como estaba previsto, como una gran horda, sino como un pequeño grupo de reconocimiento. Treinta hombres desembarcaron en dos botes en la costa del estuario de Solent, treinta kilómetros al sureste. El contingente principal se trasladó hacia Venta, saqueando las granjas que encontraban a su paso; pero no atacaron la población, cuyas recias murallas sabían que no lograrían derribar. Pese al hecho de tener al enemigo tan cerca, las tropas de mercenarios germanos apostadas allí, que hubieran podido salir y exterminarlos sin dificultad, permanecieron cruzados de brazos; pues los habitantes de Venta habían decidido que los mercenarios estaban allí para proteger la ciudad y se negaron a dejar que salieran para salvar las granjas vecinas.
Entretanto, un pequeño contingente de diez sajones se había desplazado en dirección noroeste a través de las fértiles tierras de cultivo, hacia el pueblo de Sorviodunum.
Petrus se había enterado de su llegada la víspera, y lo había preparado todo con esmero.
A una orden suya, las familias que vivían en Sorviodunum habían evacuado el lugar y se habían retirado a la duna; pero Petrus había tomado la precaución de dejar unas hogueras encendidas y la puerta de la empalizada abierta, con el fin de inducir a los sajones a entrar. En el interior, Numincus, Tarquinus y media docena de hombres permanecían ocultos junto a la puerta. El mismo Petrus, ataviado con la armadura de centurión del padre de Numincus, aguardaba con seis germanos sobre la explanada situada frente a la entrada de la duna.
A primeras horas de la tarde los diez sajones se aproximaron por el sendero que discurría junto al río; eran altos y fuertes, aunque no tan gigantescos como los mercenarios germanos. Tenían el pelo rubio y lucían largas barbas. Se dirigían a Sorviodunum a un ritmo pausado. Llevaban consigo varios caballos, dos de los cuales tiraban de un carro que contenía las provisiones que habían robado en las granjas. Montaban con aire despreocupado los caballos que habían capturado; cuatro de los hombres cantaban; y al ver que el lugar carecía de defensas, condujeron sus monturas al paso hacia la puerta de la población. Petrus sonrió. A una señal de éste, los germanos comenzaron a descender sigilosamente por la ladera.
Justo antes de que los sajones llegaran a la puerta de la villa, los hombres que se hallaban en el interior la cerraron y atrancaron. Sorprendidos, los sajones se detuvieron, dudando entre quemarla o derribarla de otra forma; y mientras dirimían la cuestión, Petrus y los mercenarios salieron de detrás de unos arbustos.
—Los dioses nos acompañan —murmuró Petrus para sus adentros.
La victoria fue total. Atrapados entre la puerta, la ladera y el río, los sajones, que no esperaban ser atacados, apenas tuvieron tiempo de defenderse cuando Petrus y sus hombres cayeron sobre ellos montados en sus recios ponis. Los germanos blandían sus pesadas hachas con tan contundente eficacia que al cabo de unos minutos los sajones fueron obligados a dirigirse hacia el vado. Allí, algunos de ellos fueron arrojados al agua, y Petrus y sus hombres desmontaron para rematar su labor. Aniquilaron al enemigo a hachazos; Petrus mató a uno de los sajones hundiéndole la espada en el cuello, lo cual le valió un gruñido de aprobación por parte de uno de los germanos. Sólo dos sajones consiguieron huir: los demás fueron asesinados. El carro y su contenido seguían frente a la puerta de la empalizada.
Los mercenarios cumplieron su cometido con evidente fruición, pues el aburrido período de espera en el campamento —donde por cierto estaban bien alojados y alimentados— les había puesto nerviosos. Pero tras la matanza sonreían satisfechos.
Sin embargo, cuando hubo concluido la escaramuza y hubieron desnudado a los cadáveres de los sajones antes de arrojarlos a una fosa junto al río, Petrus tuvo que hacer frente a una delicada situación que no había previsto. El jefe de los mercenarios se acercó a él.
—Ese carro —dijo señalando el botín de los sajones— es nuestro.
Petrus arrugó el entrecejo y sacudió la cabeza. Una parte del contenido procedía sin duda de las granjas de la localidad.
—Esos bienes deben ser restituidos a sus dueños —repuso.
El germano lo miró con ojos inexpresivos.
—Es nuestro.
—Ya os hemos pagado.
—Nosotros matamos a los sajones. El carro es nuestro o nos vamos ahora mismo.
Petrus reflexionó. Si los germanos se marchaban, hallarían fácilmente empleo en otros asentamientos; el joven romano tenía la certeza de que los sajones contra los que habían peleado no eran sino una avanzada y que dentro de poco regresarían unos contingentes más numerosos. Sería una imprudencia dejar que los mercenarios se fueran.
—Muy bien —contestó irritado.
Pero el germano aún no había terminado.
—Hemos luchado. Ahora necesitamos mujeres —declaró—. Una mujer para cada uno de nosotros.
En Sarum había unas cuantas esclavas, que Numincus ya se había encargado de entregarles, pero cuyo número era inferior al de los mercenarios. Al ver el talante del germano, Petrus comprendió que era peligroso discutir con él.
—Numincus buscará mujeres para vosotros.
Quizás encontraran algunas esclavas en Venta o Durnovaria. Enojado consigo mismo por haber cedido a las exigencias del germano, Petrus se dirigió hacia la puerta de la ciudad, por la que en aquel instante salía Numincus.
La víspera, en uno de sus momentos más lúcidos, Constantius le había advertido a su hijo:
—Vuestros germanos os darán más problemas de lo que os imagináis. Andaos con cuidado.
A Petrus le irritaba que su padre estuviera en lo cierto.
Pero más tarde, cuando regresaba a caballo hacia la villa, al recordar los pormenores de la batalla y el gallardo papel que él había desempeñado, el joven se sintió exultante. Independientemente de las debilidades de su padre, él había demostrado ser un buen romano y todo un hombre.
De golpe, cuando se hallaba a medio camino, apareció la sobrina de Tarquinus, y se detuvo en el sendero frente a él.
Petrus se paró en seco, asombrado. Desde el episodio del taurobolium casi se había olvidado de ella; pero ahora, al contemplarla, recordó su cuerpo pálido y bien formado.
La muchacha lo miró a los ojos.
—Habéis luchado contra los sajones.
Petrus movió la cabeza afirmativamente.
—Los habéis derrotado.
El joven sonrió.
—Así es.
—Dicen que luchaste con tanto arrojo como los germanos.
—Es posible —respondió Petrus, halagado.
Ella siguió observándolo fijamente, sin añadir otra palabra, pero sus intenciones eran inconfundibles.
Petrus recordó las palabras del germano y asintió con la cabeza. Era muy sencillo, y justo: después de haber combatido, un hombre necesita una mujer.
Petrus desmontó y siguió a la muchacha hasta el lugar que ella había preparado.
El segundo hecho acaeció el verano siguiente, en el año 429. Estaba relacionado con Constantius.
De un tiempo a esa parte, los cristianos de Roma y la Galia se sentían preocupados por el gran número de seguidores que la herejía de Pelagio había atraído a la isla de Britania. Hacia finales del siglo anterior, Pelagio, un monje británico, se había instalado en Roma, donde impartía sus enseñanzas. Al principio éstas habían sido acogidas con una leve desaprobación y hasta con tolerancia por importantes líderes eclesiásticos, como Ambrosio de Milán e incluso el gran san Agustín de Hipona. El monje se limitaba a afirmar de buena fe que un cristiano debía ejercer su libre albedrío, despertar de su letargo y servir activamente a Dios. Tales enseñanzas equivalían simplemente a una exhortación moral perfectamente aceptable. Pero por desgracia las cosas no acabaron aquí, y al poco tiempo sus seguidores desarrollaron sus doctrinas convirtiéndolas en una herejía en toda regla.
Los seguidores de Pelagio sostenían que un hombre, si deseaba realmente servir a Dios y alcanzar el cielo, debía elegir a Dios él mismo, por voluntad propia. Lo cual, naturalmente, era una monstruosa herejía.
Pues suponiendo que fuera cierto que un hombre pudiera elegir él mismo a Dios, ese hombre sería un ser en sí mismo, una entidad individual con poder absoluto para escoger abrazar a Dios o al diablo, según sus deseos. ¿Cómo podía un cristiano bienpensante sugerir tal cosa cuando la Iglesia afirmaba que el hombre, al igual que todo cuanto existía en el universo, había sido creado por Dios y le pertenecía? El individuo no podía ejercer su libre albedrío salvo a través de la Providencia y la gracia divina. «Si un hombre pudiera obrar unilateralmente, la naturaleza de Dios quedaría reducida a la de cualquier dios pagano, como Apolo o Minerva, que ese hombre podría elegir en lugar de abrazar a Dios», afirmaban los cristianos. Era posible que el viejo monje británico fuera inofensivo, pero las doctrinas de sus seguidores constituían una peligrosa herejía y debían ser eliminadas.
Por lo que respectaba a Britania, las doctrinas de Pelagio no sólo gozaban de gran popularidad entre muchos de los habitantes de la isla, sino que cuando los cristianos lograron expulsar de Roma a un gran número de seguidores de Pelagio, éstos se exiliaron en la lejana provincia y siguieron difundiendo allí sus perniciosas doctrinas.
Era intolerable.
Así pues, en el año 429, a petición de la indignada Iglesia de la Galia, y con la bendición del Papa, dos destacadas autoridades eclesiásticas, Germán de Auxerre y Lupus, obispo de Troyes, realizaron una visita a la isla. Era preciso reprender con severidad a los pelagianos.
Se convocó una gigantesca reunión en la ciudad de Verulamium, donde los obispos expondrían su caso ante los líderes del grupo de pelagianos británicos. Muchos de éstos eran importantes terratenientes, hombres orgullosos y poderosos; y fue la perspectiva de participar en tan augusta convocatoria lo que hizo que Constantius se abstuviera por una vez de emborracharse para estar en condiciones de viajar allí.
Éste hizo los preparativos pertinentes; Placidia no había visto a su marido tan sobrio y dueño de sí mismo desde hacía muchos años. Ni ella ni el pagano Petrus le acompañarían, ya que Constantius había decidido llevar consigo a un ayudante, sus dos mejores caballos y sus mejores galas, entre las cuales estaba la magnífica capa azul que había lucido el día de su boda. Partió una soleada mañana, por la vieja carretera que conducía primero a Londinium y luego hacia el norte hasta Verulamium.
—Puede que esos obispos de la Galia sean personajes importantes —dijo a Placidia al despedirse de ella—, pero comprobarán que somos unos cristianos tan buenos como puedan serlo ellos.
Y aunque a Placidia no le interesaban esas polémicas, se alegró de ver a Constantius tan animado. Quizás ese viaje le sentara bien, y disminuyera su afición a la bebida.
Constantius regresó al cabo de diez días.
Placidia se encontraba sola cuando éste llegó a la villa; Petrus había ido a Durnovaria y no regresaría hasta al cabo de tres días. Cuando los sirvientes se apresuraron a informarle de la llegada de su marido, Placidia se dirigió inmediatamente a la puerta de la casa para darle la bienvenida. Pero cuando vio el estado en que se hallaba, el corazón le dio un vuelco.
Constantius estaba pálido, sin afeitar y cubierto de barro. El ayudante que conducía los caballos, uno de los cuales cojeaba, la miró contrito, y cuando Constantius entró tambaleándose y sin decir palabra, Placidia notó por el olor que exhalaba su aliento que había bebido. Constantius se encerró en su habitación y no volvió a aparecer hasta pasadas varias horas.
Durante dos días Constantius deambuló por la villa silenciosamente, bebiendo como de costumbre y sin dirigirle la palabra a nadie. Placidia, con mucha prudencia, se abstuvo de hacerle ningún reproche, pero interrogó discretamente al sirviente que había acompañado a su esposo. El hombre sólo pudo decirle que su amo había regresado de la reunión muy enfadado y que no había cesado de beber desde entonces.
Placidia no se enteró de la verdad hasta el tercer día, cuando Constantius entró en la habitación donde se encontraba ella y, tras sentarse en un diván, soltó de sopetón:
—Dicen que soy un hereje.
Placidia no contestó, sino que aguardó a que su marido continuara.
—Dicen que estoy condenado.
Placidia se acercó a él y se sentó a su lado.
—¿Por qué dicen semejante cosa?
—Eso no es todo —se lamentó Constantius—. Dicen que ser un pelagiano, un hereje, es peor que ser pagano. ¡Imagínate! Según ellos, soy peor que mi maldito hijo, que participó en ese ignominioso rito del taurobolium. ¡Peor que él!
—Pero ¿por qué? —Hasta Placidia estaba estupefacta.
Constantius meneó la cabeza, perplejo y rabioso.
—No comprendo los razonamientos de esos hombres de la Galia: dicen que los paganos no han visto la luz, y por tanto están condenados. Pero que el hereje es peor, pues, según afirman, ha visto la luz y pese a haberla visto ha vuelto la espalda a Dios, debido a lo cual no sólo está condenado sino doblemente condenado. Al parecer, ése soy yo.
—¿Quién dice esas cosas tan terribles?
—Ah. —Constantius se levantó—. ¿Quieres saberlo? Lupus, el obispo de Troyes. Me lo dijo a la cara. Me anunció que estoy condenado por ser un hereje y muchas otras cosas.
Constantius se dejó caer de nuevo en el diván; y por primera vez Placidia no supo qué decir.
Había sido un acontecimiento magnífico. La visita de san Germán, durante la que convirtió a los pelagianos, pasaría a la Historia como uno de los eventos más notables en los anales de la primitiva Iglesia británica.
El hecho contó con la asistencia de un numeroso grupo de magnates de la isla, muchos de ellos acompañados por un aparatoso séquito. Iban espléndidamente ataviados con los jubones y las capas de brillante colorido que estaban en boga en el mundo romano de aquella época —tan distintos de la sobria toga blanca de otros tiempos—, y Constantius se sintió orgulloso de hallarse entre ellos. Los nobles personajes se habían colocado de pie en un amplio círculo para asistir al debate entre los dos grupos; detrás de ellos había una nutrida multitud de curiosos. Por suerte Constantius logró situarse en primera fila, entre varios importantes terratenientes.
Los dos grandes clérigos se colocaron en el centro, frente a un gran número de destacados miembros del grupo pelagiano, considerados unos expertos en las artes del debate intelectual y religioso.
Fue una polémica impresionante. La iniciaron los pelagianos exponiendo su caso con valentía y, según Constantius, con sensatez. Los obispos no abrieron la boca hasta que los otros hubieron terminado. Entonces se levantaron para replicar. Y a continuación Constantius comprendió por qué aquellos hombres gozaban de una fama tan imponente. Los isleños jamás habían presenciado nada parecido. Con prodigiosa elocuencia, utilizando poderosos argumentos, los dos clérigos de la Galia atacaron las doctrinas pelagianas, demostrando sus errores, suplicando y persuadiendo a los asistentes para que regresaran a la Iglesia verdadera. Se expresaban con vehemencia, y al poco rato varios de los integrantes del círculo empezaron a asentir con la cabeza y a manifestar su admiración. Mientras observaba la escena, Constantius presintió que la corriente empezaba a mudar en favor de los visitantes. Germán se detuvo en varias ocasiones, invitando a los pelagianos a rebatir sus argumentos, pero no pudieron hacerlo. Hasta Constantius tuvo que confesar que jamás había presenciado un debate tan brillante.
No obstante, el triunfo de los visitantes aún no era completo. Muchos terratenientes no estaban dispuestos a dejarse convencer tan fácilmente. En varios puntos del círculo brotaron unos murmullos. Puede que los obispos de la Galia fueran elocuentes y unos ministros venerables, pero Pelagio era britano y no se le podía despachar a la ligera. La doctrina de sumisión en la que insistían los visitantes no atraía a sus compatriotas.
—Somos tus siervos, Señor —exclamó Lupus de Troyes—. Aguardamos tus órdenes. No tenemos otra voluntad que la tuya. Nos sometemos a ti.
¿Someterse? Eso les negaba a los britanos su libertad, su afán de autodisciplina, su orgullosa independencia insular. Muchos asistentes menearon la cabeza en señal de desaprobación.
Fue entonces cuando Constantius cometió un grave error. Aunque había seguido el debate no sin dificultad, de golpe comprendió con toda claridad su postura con respecto al mismo. Autodisciplina, el ejercicio del libre albedrío, eran unas virtudes que él jamás había alcanzado en su vida cotidiana pero en las que creía con pasión. Armándose súbitamente de valor, Constantius avanzó hacia el centro del círculo y, tras captar la atención de Lupus, se dirigió a él. Los asistentes contemplaban la escena intrigados y en silencio.
Nervioso, tratando de hallar las palabras adecuadas, pero no sin cierta coherencia, Constantius empezó a hablar. Trató de elogiar al soldado cristiano, el hombre de libre albedrío que se enfrentaba sin ayuda al paganismo y combatía en nombre de Dios. Ese hombre, les recordó, no merecía ser despreciado. Constantius se expresó mal, pero con sincero sentimiento, pues así era como se veía a sí mismo: ¿acaso no era él ese soldado cristiano que luchaba contra su hijo, contra los germanos paganos y contra el taurobolium? Y aunque su sintaxis era torpe y confusa, su discurso comenzó a suscitar murmullos de simpatía y aprobación entre sus compañeros de corro. Ese hombre pensaba como ellos, y tenía el coraje de alzar la voz contra aquellos astutos obispos de la Galia. Cuando Constantius terminó de hablar, sonaron unos aplausos, y él sonrió con una sensación de triunfo que no había experimentado en muchos años. Constantius Porteus, decurión de Sorviodunum, había hablado, se dijo.
Lupus lo miró furioso. Constantius era justamente el tipo de terrateniente, de hereje provinciano orgulloso de sí mismo, que él había venido a combatir. Era preciso eliminar de inmediato a los últimos de estos incrédulos.
—¡Superbus! —gritó el obispo—. ¡Hombre orgulloso, que cree que puede hacer cualquier cosa sin Dios! —Acto seguido emprendió un ataque verbal contra su oponente.
Fue magistral. Fue lacerante. Cada palabra quedó grabada en la mente de Constantius. Éste sintió que se sonrojaba, primero de vergüenza y luego de humillación, mientras Lupus desmontaba sus argumentos uno a uno, vertiendo desdén sobre sus aspiraciones y afirmando que era peor que un pagano.
¿Acaso todo cuanto él defendía era equivocado? ¿Acaso no tenía amigos, ni en casa, donde su esposa no creía en nada y su hijo era un pagano, ni aquí, adonde había venido confiando en hallar el respeto de sus compañeros terratenientes y cristianos? Cuando concluyó su discurso, Lupus había convertido a muchos incrédulos y había avergonzado a muchos otros, obligándoles a guardar silencio. A Constantius lo había destruido.
Aquella noche Constantius regresó solo a su habitación en la hostería y estuvo bebiendo hasta el amanecer. Luego ordenó que le trajeran su caballo y enfiló la larga y desierta carretera.
—Si no soy mejor que un pagano —confesó a Placidia—, entonces no me queda nada.
—Tienes la propiedad y tu familia —repuso ella suavemente.
Pero vio que él no la escuchaba.
A principios del año 432 en Sarum tuvieron noticia de que en verano se produciría una gigantesca invasión, y esta vez las pruebas parecían contundentes.
Petrus afrontó la perspectiva sin perder la calma. Durante los últimos dos años había tomado las medidas pertinentes, al igual que habían hecho muchas otras comunidades del sur. Los poblados como Venta habían reforzado sus defensas en la medida de sus posibilidades. Se contrataron más mercenarios. Y Petrus tuvo noticia de una nueva táctica defensiva implantada en el extremo occidental de la isla cuando un grupo de vigorosos jóvenes procedentes del oeste, la mayoría de su misma edad, llegaron a caballo a Sarum y preguntaron por él.
—Estamos organizando una confederación —le informaron—. Los terratenientes locales como tú habríais de crear una milicia en vuestra propiedad y comprometeros a apoyar a los demás terratenientes en el caso de producirse una invasión. ¿Querrás unirte a nosotros?
Petrus accedió en el acto y los jóvenes, antes de dirigirse a la siguiente propiedad, le dijeron:
—Si nos necesitas, avísanos y acudiremos de inmediato.
En el aire flotaba un nuevo espíritu de optimismo. Incluso circulaba el rumor de que las legiones del imperio vendrían a ayudar a la antigua provincia; pero aún no había rastro de ellas.
En cuanto a los mercenarios germanos, Constantius había errado en sus predicciones. Pues al cederles tierras en las colinas junto a la duna y permitirles albergar mujeres en su campamento, Petrus comprobó que los mercenarios consentían en quedarse sin suscitar conflictos. Los britanos les pagaban sobre todo en especie —puesto que las reservas de solidi de oro empezaban a escasear—, pero acordaron con ellos que podrían apoderarse de las pertenencias de cualquier invasor que mataran. Petrus incluso decidió aumentar el número de mercenarios hasta diez.
Las familias de Sorviodunum se habían trasladado a la duna, de modo que ésta recobró su antiguo aspecto de ciudadela. Sus habitantes vivían algo inquietos, pero en paz con los germanos.
A raíz de la visita de los jóvenes del oeste se produjo otro importante acontecimiento. Gracias al talento organizativo de Numincus, se formó una milicia local. Petrus y el administrador fueron un día a Venta, donde compraron un buen número de espadas y armaduras, que pusieron a buen recaudo en la villa.
Numincus se ocupó también de que todo hombre fuerte y sano dispusiera de un arco corto y doscientas flechas; no eran unas armas imponentes, pero sí muy eficaces a corta distancia. Cada mañana el fornido administrador de ojos grises adiestraba a sus veinte hombres, tal como había visto hacer a su padre cuando era niño. La milicia no ofrecía un aspecto impresionante comparada con los germanos, pero al menos procuraba unas tropas para defender las murallas de la duna en caso necesario.
—Estaremos preparados cuando se presenten —aseguró Petrus a su madre. Y se juró a sí mismo—: No sólo aplastaremos a los sajones, sino que con el tiempo restituiremos la grandeza de Britania.
Placidia observaba esos acontecimientos con serenidad, pero estaba preocupada.
Constantius no había cambiado. Mostraba escaso interés en la administración de la propiedad y ninguno en su defensa: ambos empeños se hallaban de hecho en manos del leal Numincus. Placidia sabía también que Petrus, aparte de sus espasmódicos arrebatos de entusiasmo, no se ocupaba de cosas prácticas. Montaba a caballo, supervisaba el trabajo en la duna y de vez en cuando, con visible impaciencia, repasaba con su madre y Numincus las cuentas de la propiedad. «Cuando yo haya desaparecido —se decía Placidia con tristeza—, este hijo mío será como su padre». Su única esperanza era hallarle una esposa que consiguiera reforzar su carácter.
Ahí residía otro problema. Desde la escaramuza con los sajones, Petrus disfrutaba de una concubina: Sulicena, la sobrina del pastor. Esa relación preocupaba mucho a Placidia.
No era que la muchacha fuera un estorbo en la villa, puesto que Petrus la mantenía en una casita situada a un par de kilómetros; ni tampoco podía decirse que Sulicena hiciera algo que disgustara a Placidia. En las pocas ocasiones en que ambas se habían encontrado la chica se había mostrado cortés y respetuosa. Era más bien algo que Placidia intuía, un desprecio y un rencor que la pálida muchacha disimulaba bajo su fachada respetuosa, cosa que inquietaba a Placidia y la hacía temer que la joven ejerciera una influencia perniciosa sobre su hijo. Lo peor era que la muchacha distraía a Petrus de otros asuntos más importantes, como el de buscarse una esposa adecuada. Cada vez que Placidia sacaba el tema, Petrus rehuía hablar de él y en una ocasión dijo a su madre sin rodeos:
—Cuando tome una esposa, mantendré a Sulicena como concubina.
Placidia se encogió de hombros en un gesto de resignación.
—No es necesario que me digas eso, Petrus. —Placidia suponía que con el tiempo alcanzaría un compromiso con su hijo, pero de momento la actitud de éste resultaba descorazonadora.
Petrus estaba satisfecho de la situación. Su relación con la muchacha era totalmente física; el cuerpo esbelto y firme de Sulicena y sus ardientes apetencias sexuales le complacían plenamente. Petrus la visitaba con frecuencia y hacían el amor hasta que él quedaba agotado. Sus encuentros con la muchacha le hacían sentirse un hombre y, dado que él le había advertido que su relación terminaría un día, se sentía libre y sin ataduras.
No obstante, a Petrus le roía sordamente el gusanillo del descontento. El culto a los dioses paganos ya no le llenaba, puesto que no tenía a nadie con quien compartir sus creencias, salvo el viejo y hosco Tarquinus. Petrus pasaba horas estudiando la historia romana en busca de unos héroes que colmaran sus expectativas; incluso leyó las obras de los grandes filósofos paganos. Pero desde los cerros barridos por el viento que rodeaban Sarum, el mundo clásico que él admiraba aparecía demasiado remoto. Petrus sentía una creciente sensación de vacío. En aquel lugar jamás hallaría el medio de satisfacer sus ansias de convertirse en un héroe.
Petrus pensó en entrar de nuevo en el taurobolium.
—Lo que necesitas —le repetía Placidia una y otra vez— es una mujer inteligente que te haga compañía como esposa.
En la primavera del año 432 Placidia consiguió por fin convencer a su hijo de que hiciera algo al respecto.
Una parienta suya —que había enviudado recientemente— les escribió diciendo que tenía una hija casadera que heredaría una magnífica propiedad ubicada en el oeste, cerca del estuario del Severn; y añadía que, aunque sólo tenía diecinueve años, la joven dirigía la finca junto con el administrador como si ya fuera suya.
Petrus convino con su madre en que sería una estupidez y una ofensa hacia su parienta no hacer al menos una visita a esa joven llamada Flavia.
—Al fin y al cabo —dijo Placidia—, no tienes que casarte con ella si no os gustáis mutuamente.
La visita adquirió un mayor aliciente para Petrus cuando recordó otra cosa.
—Siempre he querido visitar el santuario del dios Nodens que se halla al otro lado del Severn —dijo—. Aseguran que es magnífico. Después de visitarlo iré a conocer a la joven. —Esa perspectiva casi hizo que Petrus se sintiera impaciente por emprender el viaje.
Placidia rezó para que éste tuviera consecuencias positivas.
De los informes recibidos en Sarum se deducía que no era probable que los sajones llegaran antes de mediados de verano, de modo que a principios de primavera, tras despedirse de sus padres y dar a Sulicena un solidus de oro, Petrus se proveyó de un caballo de repuesto y enfiló la carretera que conducía al oeste. Su ruta atravesaba Aquae Sulis.
Los caminos, aunque en algunos tramos estaban cubiertos de rastrojos, se hallaban en buen estado y Petrus llegó a Aquae Sulis al día siguiente. El espectáculo que contempló era deprimente.
Pues aunque todavía estaba habitada, Aquae Sulis era una mera sombra de la espléndida población conocida por sus termas. La causa de su decadencia no habían sido los saqueadores, sino una alteración en el nivel del agua ocurrida el siglo anterior que había hecho que los conductos de las termas se llenaran de lodo; y aunque los habían limpiado, habían vuelto a atascarse. Con los años los costes de reparación habían ido aumentando, hasta prácticamente obligar al balneario a cerrar sus puertas mucho antes de que naciera Petrus.
Mientras cabalgaba a través de las calles desiertas, observando los espléndidos pero vacíos edificios, Petrus experimentó una sensación de melancolía. Cuando visitó el santuario de Sulis Minerva, y contempló la hermosa cabeza gorgónea que presidía la piscina, seca y vacía, el joven meneó la cabeza y murmuró:
—También es preciso restituir a Aquae Sulis su antiguo esplendor.
Lo que Petrus no sabía era la manera de hacerlo.
Aquella tarde se dirigió a la ciudad de Corinium y la halló en mejor estado. Disponía de unas sólidas defensas, como las de Venta, y, como medida precautoria, habían fortificado el anfiteatro, cuyos muros circulares se alzaban majestuosos en el centro de la población, a fin de convertirlo en el último lugar de atrincheramiento. El enemigo jamás lograría derribar sus elevados y recios muros sin unas grandes máquinas de sitio. Petrus encontró una pequeña posada junto a las puertas de la ciudad y pernoctó en ella.
Poco después del amanecer reemprendió el camino. Al abandonar la población se fijó en un edificio situado junto a las murallas. Era una ecclesia, una iglesia cristiana: una pequeña y mísera construcción de madera, en evidente estado de abandono. Al observar los modestos e inútiles intentos de fortificar también aquel templo, Petrus no pudo por menos de sonreír. «¡Pobres cristianos! —pensó—. Son los dioses paganos quienes salvarán el lugar».
Al cabo de unas horas llegó al ancho estuario del Severn y embarcó en el transbordador que lo conduciría a la orilla occidental. A continuación Petrus se dirigió hacia el sur, hacia el emplazamiento del santuario. Era una región extraordinaria. Desde los tiempos de la conquista, en la zona se venía extrayendo y manipulando el hierro y el carbón, y en varias ocasiones el joven romano pasó ante unos pequeños poblados junto a los cuales, en un bosque situado a su derecha, se alzaban gigantescos montones de escoria. A la izquierda, Petrus contempló las resplandecientes aguas del ancho río. Y más tarde, cuando el sol comenzó a declinar, divisó su objetivo.
El santuario del dios Nodens, el hacedor de nubes, era digno de verse. Consistía en un conjunto de edificios dotados de hermosos pórticos, emplazado sobre un promontorio que dominaba el amplio estuario. Dos altares exhalaban unas nubecillas de humo que se elevaban suavemente hacia el límpido cielo primaveral. La atmósfera estaba impregnada del fragante aroma de los bosques circundantes y el viento rizaba la reluciente superficie del río y agitaba la ramas de los árboles que crecían a los pies de la pequeña acrópolis.
Petrus sonrió. Era todo cuanto debía ser un templo.
En efecto, todo aparecía perfectamente ordenado. Junto a la entrada había un largo edificio de madera que constituía la hostería, sencilla pero confortable, donde Petrus se encontró con una docena de peregrinos como él mismo. El templo contaba con ocho sacerdotes y numerosos acólitos, quienes vivían en hermosas viviendas construidas, según averiguó el joven, con el dinero de dos importantes legados que habían hecho recientemente al santuario.
Puesto que Nodens era el patrón tradicional de su familia, Petrus se dirigió inmediatamente a los dos altares y depositó sobre ambos uno de sus últimos solidi de oro.
—Si elijo a la joven Flavia como esposa —prometió—, la traeré aquí para que nos casen los sacerdotes y ella reconozca a Nodens como su dios.
Fue una visita muy grata. Aquella tarde Petrus pasó varias horas conversando con los sacerdotes del templo y constató que eran hombres cultos y eruditos que le recordaban al profesor pagano de su juventud. En su apacible y civilizada presencia, Petrus sintió renovarse su fe en las creencias paganas.
Petrus se alegró de ello. Se resistía a admitir, incluso en su fuero interno, la insatisfacción que de un tiempo a esa parte le producía la religión que él había elegido. El año anterior se había sometido de nuevo al taurobolium, esta vez solo, pero la ceremonia le había decepcionado. No había sentido la experiencia mística, la sensación de purificación, sólo fue consciente de la pegajosa sangre y de los ocasionales carraspeos de Tarquinus, convertido en un viejo de aspecto desastrado que aguardaba junto al hoyo. Pero en el silencioso recinto del santuario todo parecía distinto, y el segundo día, mientras rezaba delante del humeante altar sintiendo el calor del sol en la espalda, al aspirar el aroma de los leños con que los sacerdotes alimentaban el fuego y al percibir el suave murmullo de sus cantos, Petrus experimentó una sensación de paz que no había sentido en muchos meses. El santuario de Nodens era un lugar que curaba los males del espíritu, y el joven se sintió impregnado de su benigna influencia.
Transcurrieron otras veinticuatro horas. Petrus durmió también aquella noche en el santuario, y a la mañana siguiente, después de un buen reposo, regresó a paso moderado hacia el embarcadero del transbordador.
La propiedad de la familia de Flavia se encontraba en el sur, a una jornada de viaje, cerca de las colinas de Mendip donde se hallaban las viejas minas de plomo cuyo mineral, en siglos anteriores, era a menudo transportado por la carretera que atravesaba Sorviodunum. Aquélla era una región fértil, rodeada de colinas; Petrus se sentía animado y, olvidándose casi de la sobrina del pastor, se dijo: «Quizá me guste esa joven».
Al atardecer, cuando faltaba una hora para alcanzar su destino, Petrus llegó a un pequeño puerto. El sol aún no se había puesto, pero la atmósfera había refrescado. De pronto, Petrus decidió detenerse para pasar la noche allí y completar su viaje a la mañana siguiente.
«Si Flavia es la esposa que elijo, es preferible que llegue descansado», pensó Petrus, y no le dio más vueltas.
El pequeño puerto consistía en media docena de almacenes, un pequeño malecón y un grupo de edificios que comprendía una mansio donde los viajeros se hospedaban o cambiaban de montura. Estaba rodeado por una cerca de madera de construcción reciente, pues la anterior la había quemado hacía unos años una banda de invasores irlandeses. Junto al malecón estaban amarradas unas barquillas hechas de cueros tensados sobre una armazón de madera; pero también había un recio bajel de madera de un solo palo, evidentemente dispuesto para hacerse a la mar.
Petrus dejó a sus caballos en el establo de la mansio. El posadero lo condujo hasta una habitación rectangular en cuyos dos extremos había una chimenea donde ardía un buen fuego, y le anunció que no tardaría en servir la cena.
Los otros comensales eran media docena de marineros y un hombre de piel curtida con una espesa cabellera pelirroja que, según averiguó Petrus, era el capitán del recio navío que había visto. El capitán presidía la larga mesa situada en el centro de la habitación, a la que Petrus se acercó y en la que fue amablemente acogido.
Al cabo de unos minutos les sirvieron un enorme estofado de buey acompañado por unas jarras de cerveza. Los comensales charlaron animadamente y el capitán no se abstuvo de pregonar sin ambages y con brusquedad sus opiniones, con las cuales los otros marineros se manifestaron enseguida de acuerdo.
Al cabo de un rato, Petrus se fijó en otro de los viajeros que compartía con ellos la cena. Sentado en un extremo de la mesa, comía en silencio y al parecer sin hacer caso del resto de los comensales. Llevaba un birrhus —el grueso manto de lana de color pardo que había dado fama a la isla— y la cabeza cubierta con una capucha. Al principio Petrus no le prestó mucha atención, pero mediada la comida, al observar el capitán que el joven romano dirigía la vista hacia el extraño, le dio un codazo y dijo en voz baja:
—¿Te has fijado en aquel hombre? Dentro de un mes estará muerto. —Subrayó sus palabras pasándose el canto de la mano por el cuello—. Le rebanarán el gaznate de oreja a oreja.
Petrus observó estupefacto al silencioso individuo. Aunque llevaba la cabeza cubierta, por lo que pudo ver de su rostro el romano dedujo que sólo tenía unos años más que él.
—¿Cómo lo sabes?
—Mañana zarpará con nosotros —le informó el capitán—, para Irlanda. Va a reunirse con ese hombre llamado Patricius y sus amigos. Morirán todos.
Petrus nunca había oído hablar de Patricius y preguntó al capitán quiénes eran esas gentes.
El capitán soltó un bufido de impaciencia.
—Unos misioneros —respondió en tono despectivo—. Van a convertir a los irlandeses paganos, que, como cualquier habitante de esta costa puede decirte, en su mayoría son una banda de criminales y piratas. —Era cierto que de un tiempo a esa parte los continuos ataques de los piratas irlandeses en la costa occidental habían provocado numerosos conflictos—. Los despedazarán. —El capitán se detuvo antes de mirar al viajero de reojo y añadir—: Lástima. Es un joven muy agradable.
Después de la cena, los marineros se reunieron en torno a la chimenea de un extremo de la habitación, mientras que el extraño se instaló delante de la otra, y, sacando un pequeño rollo de pergamino, se puso a leer. Petrus se sentó junto a los marineros.
La velada transcurrió agradablemente; los marineros se emborracharon sistemática pero pacíficamente, charlando y cantando de vez en cuando a coro. Cuando anocheció, cuatro de ellos se retiraron a sus habitaciones, mientras otros dos se quedaron dormidos frente a la lumbre. El desconocido, que ni siquiera reparó en ellos, continuó leyendo tranquilamente.
Petrus había bebido sólo un poco de cerveza y estaba completamente despabilado. Como no tenía otra cosa que hacer, se dedicó a observar al forastero con curiosidad. Había algo en su talante que indicaba que era un hombre modesto, reservado pero al mismo tiempo seguro de sí. Al cabo de un rato, al darse cuenta de que Petrus lo miraba con insistencia, el extraño se volvió hacia él.
Petrus comprendió que debía de tener más o menos su misma edad al ver su rostro juvenil, ancho y cuadrado, con los ojos muy separados. Tenía también las manos grandes y fuertes. Parecía un joven campesino. El extraño miró a Petrus con aire divertido y luego, ante el estupor del romano, sonrió como un adolescente y exclamó:
—¿Aún no te has acostado? Al parecer no has bebido bastante cerveza.
Al hablar el joven se quitó la capucha y Petrus vio que llevaba la coronilla afeitada, y un flequillo circular en torno a la cabeza. Aunque en aquella época los monasterios eran todavía poco conocidos en Britania, Petrus supo por la tonsura que su interlocutor era un monje.
Al parecer había terminado su lectura, pues indicó a Petrus que se sentara junto a él.
—Me llamo Martinus —le informó.
Venía de la Galia, según dijo, para visitar a su familia en Britania antes de partir para Irlanda. El monje preguntó a Petrus adónde se dirigía y escuchó con interés cuando éste le habló de su viaje a Nodens y de la visita que se proponía hacer a la familia de Flavia al día siguiente.
Ante el asombro de Petrus, el joven monje no pareció escandalizarse de que hubiera visitado el santuario de Nodens, y cuando Petrus le mencionó a Flavia sonrió y dijo:
—Confiemos en que sea bonita, para que puedas casarte con ella sin reservas.
Después de relatarle su historia, a Petrus no le pareció tan indiscreto pedirle a Martinus que le hablara de sí mismo. ¿Era cierto lo que le había dicho el capitán? ¿Iba a Irlanda con el propósito de convertir a los paganos? Martinus asintió con la cabeza.
—¿No tienes miedo?
El joven monje asintió de nuevo.
—Sí, a veces. Pero se me pasa enseguida. Cuando sirves a Dios, no tienes nada que temer.
—Pero quizá te maten.
Martinus sonrió con dulzura pero sin la menor afectación.
—Es posible.
Petrus estaba acostumbrado al vocinglero cristianismo de su padre, pero el talante reservado y a la par seguro de sí del joven monje era algo muy distinto.
—¿Por qué has decidido servir al Dios cristiano? —le preguntó.
A Petrus esa pregunta le pareció natural, pero en el amplio rostro de Martinus se dibujó una expresión de sincera perplejidad.
—No fui yo quien lo eligió —le corrigió—. Es Dios quien te elige a ti.
Petrus se encogió de hombros.
—Pero has decidido ir a Irlanda —dijo.
Martinus torció el gesto y dijo con tristeza:
—En realidad no me apetece ir.
Petrus lo miró con cierto recelo. ¿Acaso el monje se había propuesto jugar a un torneo verbal con él, como solía hacer su viejo profesor? No, no lo creía.
—¿No quieres ir?
Martinus meneó la cabeza.
—No, a decir verdad preferiría quedarme en la granja de mi familia. Está sólo a dos jornadas de viaje de aquí. Pero Dios me dio una orden e ingresé en un monasterio, y ahora Dios desea que vaya a Irlanda, de modo que… —El monje hizo un gesto suave y humilde y, al observar el asombro de Petrus, le preguntó—: ¿Conoces la historia de Patricius, la persona con quien que me voy a reunir?
Petrus respondió negativamente y Martinus se la refirió.
Patricius, o Patrick, le llevaba sólo unos años, según explicó a Petrus. Su familia era parecida a la familia de los Porteus, pues su padre era un modesto terrateniente de la clase de los decuriones, cuya propiedad se hallaba en el oeste de Britania. Cuando Patricius cumplió dieciséis años, unos piratas irlandeses irrumpieron en la costa, lo capturaron y lo llevaron a través del mar occidental hasta Irlanda, donde lo vendieron como esclavo.
—Lo emplearon como pastor —dijo Martinus—. Vivió separado de las personas que quería. Pero jamás perdió su fe en Dios.
—¿Su familia era cristiana? —inquirió Petrus.
Ante su sorpresa, Martinus emitió una risita y contestó:
—Tanto su padre como su abuelo se hicieron ministros cristianos, pero no me extrañaría que lo hicieran para evitar pagar impuestos, ¿no te parece?
Bajo el último imperio los decuriones eran eximidos de las cargas financieras ligadas a los puestos públicos locales si tomaban las sagradas órdenes, y muchos terratenientes se habían hecho sacerdotes por esa razón. Petrus sonrió: la franqueza de su interlocutor resultaba encantadora.
Pero la historia de la vocación religiosa de Patricius era otra cuestión. Martinus le contó que éste solía ir todos los días al bosque para rezar; y que un día, al cabo de seis años, Patricius tuvo una visión que le reveló que el barco que lo transportaría a su tierra se hallaba en un puerto para él desconocido situado a varias jornadas de viaje. Patricius encontró la embarcación y regresó en ella al hogar familiar.
—Pero eso sólo señaló el principio de su vida auténtica —dijo Martinus—. A partir de entonces, Patricius comprendió que había sido elegido por Dios. Abandonó a su familia, fue a estudiar a la Galia y se hizo monje. Posteriormente tuvo otra visión que le dijo que debía convertir a los irlandeses paganos que le habían vendido como esclavo. Al principio las autoridades eclesiásticas le prohibieron ir allá aduciendo que no era digno de esa misión —al llegar a este punto Martinus hizo una mueca de rabia y disgusto—. Pero Patricius insistió y por fin han decidido enviarlo a Irlanda. Mañana me reuniré con él.
Ésta era una versión del cristianismo nueva y más atrayente que las que Petrus había oído hasta la fecha. El romano formuló más preguntas a Martinus, y el monje le habló sobre los pujantes monasterios de Italia y la Galia, que habían generado figuras tan excelsas como Martín de Tours, Germán de Auxerre y el monje Ninian; este último acababa de fundar el primer monasterio en la tierra de los salvajes pictos, en el norte de la isla. Martinus le describió el coraje de esos hombres, la santidad de sus vidas, los cilicios y otros tormentos que soportaban gustosos para mortificar la carne.
—Son auténticos siervos de Dios —afirmó Martinus—. En Irlanda continuaremos su labor.
Para satisfacer la curiosidad de Petrus, Martinus le habló sobre algunos de los pensadores de la Iglesia, hombres como Agustín, el actual obispo de Hipona, en el norte de África.
—Era un pagano, como tú —dijo Martinus—. Es un gran erudito, y antes de convertirse impartía clases de retórica en las mejores escuelas paganas de Italia. Hace un rato estaba leyendo sus confesiones sobre su vida antes de convertirse al cristianismo. Las copié cuando estaba en el monasterio de la Galia.
—¿Otra vida santa? —preguntó Petrus.
Martinus se echó a reír.
—Ahora lo es. Pero de joven…, deberías leer sus Confesiones. Según su relato, parece que no hacía otra cosa que fornicar. —Martinus sonrió de nuevo—. En realidad, creo que Agustín exagera un poco. —Tras una pausa el monje agregó en tono confidencial—: Dicen que incluso después de convertirse, tuvo una concubina durante muchos años.
Petrus lo miró perplejo. Era evidente que Martinus estaba dispuesto a sacrificar su vida por una religión cuyos grandes hombres, aunque fueran santos, a él no le parecían precisamente unos héroes. Encontraba algo absurda la actitud del monje, y se lo comentó.
Martinus se puso serio.
—Concedes demasiada importancia al hombre y muy poca a Dios —repuso—. El hombre es pecador e imperfecto. Es noble, si quieres, pero sólo en tanto en cuanto ponga su mente al servicio de Dios. No es que Patrick o yo —el monje utilizó la forma no romana del nombre del misionero— podamos hacer algo en Irlanda: será Dios quien obre a través de nosotros. Eso es justamente lo que dice Agustín. Desea que sepamos que, como hombre, fue un pagano, un pecador, un fornicador. Lo que haya hecho (y en África hizo más de lo que hubieran conseguido diez maestros, te lo aseguro) lo hizo mediante la Providencia y la voluntad divina, no gracias a su voluntad. Su espíritu, que antes no conocía sino el caos, está ahora en paz al servicio de Dios.
Durante esa explicación su anterior aire adolescente se había ido disipando y Petrus se encontró de pronto en compañía de un hombre que, aunque tenía aproximadamente su misma edad, era mucho más maduro que él.
—¿Y tú? ¿Estás en paz? —preguntó.
—Sí —respondió el monje. Y Petrus comprendió que era cierto.
Pero a Petrus las respuestas del misionero le parecieron incompletas. Quizá fuera a evangelizar la pagana Irlanda, pero ¿y Britania, y Roma? Petrus pensó en las desiertas termas de Aquae Sulis, en las ciudades de Venta y Corinium, fortificadas contra los sajones, y en la villa de Sarum que en estos mismos momentos se hallaba amenazada.
—Puede que tú estés en paz —dijo en tono acusador—, pero nuestras ciudades y villas no lo están. Deseo restituirles su grandeza, la grandeza de Roma: los teatros, los templos, las termas, deseo restituirles todo eso.
Martinus sonrió.
—Como la resplandeciente ciudad construida sobre siete colinas, Roma, en todo su esplendor. ¿Te refieres a la civilización?
—Sí.
Martinus asintió para indicar que lo comprendía.
—Incluso el gran Jerónimo, un erudito cristiano, un hombre santo, no pudo articular palabra cuando se enteró de que Roma había caído —dijo el monje—. Y también Agustín…, su gran obra teológica no se titula De Civitate Dei (La Ciudad de Dios) por una casualidad. Muchos cristianos aman Roma y todo cuanto ésta representa. Pero existe una ciudad aún más grande —prosiguió el monje—, una ciudad que ningún hombre puede corromper, y ningún ejército destruir. Es la ciudad del espíritu, la ciudadela de Dios que brilla como el Sol eterno. Piensa, amigo mío —exhortó a Petrus con inusitada vehemencia—, que si estás dispuesto a defender una ciudad construida por el hombre, deberías estar infinitamente más ansioso de defender la fe, que es la ciudad del Creador del Cielo.
Fue un magnífico discurso y Petrus no pudo por menos de sentirse conmovido por el ardor de su compañero. Pero meneó la cabeza dubitativo.
Ante su sorpresa, Martinus extendió su enorme manaza y lo cogió suavemente del brazo.
—Veo, amigo mío, que aunque eres pagano buscas la verdad. Un día la hallarás, cuando Dios te lo ordene, y entonces conocerás la paz. —El monje le dio en el brazo una amistosa palmadita—. Es hora de que nos retiremos. Ambos tenemos que partir de viaje mañana.
Petrus reflexionó. ¿Había hallado la paz? Pensó en sus padres, en la joven Sulicena, en el taurobolium, en los complicados acontecimientos y los violentos anhelos que jalonaban su joven existencia. No, tanto si la religión verdadera era la del misionero o la suya propia, él no había encontrado la paz. Cuando se levantaron, a Petrus se le ocurrió de pronto una idea.
—Dijiste que cuando abandonaste tu granja por primera vez, Dios te dio una orden. ¿Qué fue lo que te ordenó, Martinus? —preguntó Petrus.
—La misma orden que dio al apóstol que se llamaba como tú, Petrus, Pedro, la roca —respondió el monje—. Dijo: «Da de comer a mis ovejas».
Petrus asintió con la cabeza. Conocía el texto.
—A mí Dios no me habla —reconoció con franqueza.
Martinus lo observó fijamente.
—Tienes que escuchar, Petrus —dijo el monte—. A veces Dios habla muy bajito.
Durante el resto de su vida Petrus siempre explicó que su conversión se produjo aquella noche, poco antes del amanecer. Ocurrió durante un sueño.
Petrus se encontraba en un inmenso y desierto paraje, similar a la accidentada meseta que rodeaba Sarum. «Pero no era Sarum —diría más tarde—. Me encontraba en otro país que me pareció Irlanda». El paisaje estaba lleno de ovejas blancas, pero mientras Petrus cabalgaba a través de los cerros, se encontró con un cordero. «Era un cordero, aunque de mayor tamaño que las ovejas; el animal se acercó y se detuvo delante de mí, interceptándome el paso. Luego dijo: “Petrus, da de comer a mis ovejas”. Acto seguido desapareció».
Petrus no supo cómo interpretar ese sueño, pero poco después, aunque el cordero había desaparecido, oyó su voz. Y éste dijo de nuevo: «Da de comer a mis ovejas». Entonces Petrus se despertó.
—Aquella misma noche, tuve un segundo sueño. Esta vez lo que veía era Venta. Estoy seguro de que era Venta: vi las murallas, la columna dedicada a Marco Aurelio y las puertas. El sol lucía sobre los tejados, y tuve la sensación de que mi maestro aún se encontraba allí, en la ciudad, y que acababa de estar con él. Cuando me volví para mirar de nuevo la ciudad, una gran luz del cielo descendió sobre ella, de forma que todos los tejados de los edificios brillaron y resplandecieron, como si estuvieran hechos no de tejas y piedra, sino de plata y oro. Entonces oí una voz. No supe de dónde procedía, si de mi interior o de las nubes, pero se expresó en unos términos inconfundibles: «Mi ciudad es una ciudad celestial, no está hecha de ladrillos, sino de espíritu. Y mi ciudad es eterna. Renuncia a tus bienes materiales, Petrus, y entra resueltamente en la Ciudad de Dios». Entonces, por segunda vez, me desperté. Empezaba a clarear. Y comprendí lo que debía hacer.
Fue un sueño impresionante, y Petrus se sentía orgulloso de él.
Pero cuando corrió a contárselo a Martinus, la reacción del monje le decepcionó.
—Si deseas realmente servir a Dios —dijo éste—, debes aprender autodisciplina. Te aconsejo que vayas a uno de los monasterios de la Galia. Estudia allí unos años: eso enseñará a tu rebelde espíritu a someterse a Dios. Luego podrás convertirte en misionero.
Petrus le dio las gracias educadamente. Pero no siguió el consejo del monje. Aquella visión, a su entender, había sido definitiva. Él jamás había experimentado nada parecido; y ahora que Dios le había hablado directamente, ante él se abrían nuevos horizontes y en el futuro se veía desempeñando una serie de papeles heroicos.
A última hora de la tarde del día siguiente Tarquinus divisó a Petrus cabalgando hacia él por el sendero que conducía al amplio meandro del río. Mientras observaba al joven terrateniente, los astutos ojos del anciano pastor se abrieron como platos.
Petrus iba al paso, seguido por media docena de trabajadores de la propiedad. Pero lo que asombró al anciano fue el que el joven romano llevaba la cabeza descubierta, y se había afeitado toda la coronilla.
Más extraño aún, cuando Tarquinus abrió la boca para saludarlo, Petrus lo miró como si fuera un monstruo y volvió la cara. ¿Qué significaba aquello? Confundido, Tarquinus esperó unos minutos, tras lo cual siguió a Petrus y sus acompañantes hasta el meandro del río.
Si antes había sentido extrañeza, muchísimo más asombro le produjo lo que presenció a continuación.
Petrus sabía lo que debía hacer. Y era metódico.
Cuando llegó al calvero donde estaba oculto el hoyo del taurobolium, se apresuró a ordenar a sus hombres que retiraran las tablas y rompieran la reja de madera que lo cubría.
—Quemad los leños y rellenad el hoyo —dijo a sus hombres—. Procurad terminar el trabajo antes de la noche.
Cuando Tarquinus, que lo había oído, se acercó renqueando para protestar, Petrus le lanzó una mirada fulminante y exclamó:
—¡Tu iniquidad ha quedado destruida, siervo de Satán!
Luego, antes de que el pastor pudiera responder, Petrus hizo girar a su caballo y salió al galope hacia el valle.
Empezaba a oscurecer cuando llegó a la villa, donde le aguardaban con impaciencia. Hacía ya una hora que un peón había informado a Numincus de que habían visto a Petrus, y el administrador se había apresurado a ir a la villa para organizar los preparativos pertinentes. Una docena de antorchas de bienvenida ardían junto a la puerta, e incluso Constantius había conseguido ponerse en pie y unirse a su esposa y al administrador para recibir a su hijo. «Confiemos —dijo— en que haya encontrado una novia rica».
Cuando Petrus desmontó, los tres salieron a su encuentro. Ante el asombro de Constantius, su hijo lo sujetó del brazo y luego lo abrazó con un afecto que no le había demostrado durante muchos años.
Cuando entraron en la casa Constantius se fijó en la tonsura, que intrigaba sobremanera a los otros. Mientras observaba extrañado la cabeza de su hijo, Petrus declaró:
—Tengo una noticia que te complacerá, padre. Me he convertido a la fe verdadera de Cristo. —Y ante la estupefacta mirada de Constantius, el joven continuó—: Antes de venir aquí, he destruido el taurobolium. Ya no se practicarán esas inicuas ceremonias en Sarum.
Mientras trataba de asimilar aquella noticia, Constantius sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Querido hijo —fue cuanto atinó a decir—, doy gracias a Dios.
Luego, cuando se sentaron y los sirvientes trajeron una enorme cazuela de pescado, Placidia, que no había dejado de observar la tonsura de su hijo con aire pensativo, preguntó con dulzura:
—¿Y Flavia, Petrus? ¿Te gustó esa muchacha?
Petrus la miró distraídamente. En su rostro se dibujó una pequeña sonrisa mientras se daba unos golpecitos en la coronilla afeitada.
—¿Flavia? No lo sé —contestó, como si fuera la respuesta más natural del mundo—. Cuando juré servir sólo a Cristo —explicó con calma—, hice un voto de castidad. Juré no volver a yacer con una mujer. De modo que era absurdo que fuera a ver a Flavia. Di la vuelta con mi caballo y regresé a Sarum. —Y mientras los demás trataban de digerir aquella tremenda noticia, el joven continuó—: He decidido reunirme con Patricius en Irlanda. Partiré dentro de tres días.
La batalla entre Petrus Porteus y su madre para imponer cada cual su voluntad no duró tres, sino cinco días, durante los que ambos descubrieron una fuerza insospechada en el otro.
El combate empezó la misma noche en que llegó Petrus. Mientras Constantius permanecía hundido en un diván, sin decir una palabra, y los ojos grises de Numincus miraban a Petrus con expresión triste e implorante, Placidia hizo acopio de todas sus fuerzas y poder de persuasión.
No se hacía ilusiones sobre la conversión de su hijo. Sin duda se trataba simplemente de un nuevo y emocionante papel que a éste le apetecía representar. No obstante, Placidia anduvo con tiento. Discutió con él pero sin aspereza: ¿qué le había llevado a dar ese paso? Petrus le explicó con todo detalle su conversación con Martinus y sus sueños.
Tras escucharle con atención, Placidia le asedió a preguntas:
—¿Acaso te exige Dios que dejes que Sarum acabe siendo destruido? ¿Y nosotros? ¿No dice la Biblia «honrarás a tu padre y a tu madre»? ¿Es que piensas abandonarnos?
Durante la discusión con su hijo Placidia se mostró prudente, procurando no atacar en ningún momento su conversión o sugerir que Dios no le había hablado. No negó sus visiones, sólo la interpretación de las mismas.
—Si Dios te ordena que des de comer a sus ovejas —adujo—, ¿cómo puedes estar seguro de que se refería a los irlandeses? ¿Es que no puedes trabajar para Dios en Sarum?
Pero Petrus se mantuvo en sus trece. Y cuando Placidia le recordó que la villa corría el peligro de ser destruida, el joven respondió con vehemencia:
—Es la Ciudad de Dios la que debemos defender, no la obra del hombre. Dios decidirá la suerte de Sarum.
—¿Te ordenó Dios en tu sueño que permanecieras célibe? —insistió Placidia.
A lo que Petrus respondió:
—Conozco mis debilidades. Una mujer me distraería e impediría que cumpliera mi misión. Es mejor así.
Ambos discutieron hasta el amanecer y, dado que durante la noche se fue haciendo patente la serena pero firme voluntad de su hijo, Placidia comprendió que todas sus esperanzas eran vanas. «Prefiero que se case con esa Sulicena y ésta le dé hijos —pensó Placidia— a que no tenga ningún hijo». Lo de menos era que aquello fuera un entusiasmo pasajero o una vocación auténtica, lo grave era que Petrus partiera para Irlanda y corriera el riesgo de ser asesinado.
—¿Es preciso que te marches dentro de tres días?
Petrus asintió con la cabeza.
Placidia se preguntó si volvería a verlo.
Aunque madre e hijo siguieron discutiendo de forma serena durante varias horas, los otros dos hombres no participaron en la discusión.
Constantius no tenía por qué hacerlo. En primer lugar, estaba encantado de que su hijo se hubiera convertido a la fe verdadera. En segundo lugar, había comprendido enseguida que si su hijo hacía lo que se había propuesto, la defensa de Sarum recaería de nuevo en él. Nadie se atrevería a oponerse si él decidía desembarazarse de aquellos germanos paganos. Él les demostraría de lo que era capaz. Después de celebrar esa perspectiva trasegando tranquilamente una jarra de vino, Constantius se quedó dormido.
Numincus presenció la discusión en silencio; como de costumbre, sólo hablaba cuando alguien le dirigía la palabra, pero lo observaba todo pestañeando lentamente. Poco antes del amanecer, cerró los ojos y sólo los volvió a abrir en un par de ocasiones por espacio de pocos segundos.
Por fin, madre e hijo se retiraron a sus alcobas.
Una vez a solas en su habitación, Petrus preparó su cama con esmero. Lo hizo de forma singular.
En lugar de acostarse en el diván situado junto a la pared, comenzó a desmontarlo, quitando las tablas sobre las cuales descansaba el colchón y colocándolas en el suelo. Tras desechar el cojín que le servía de almohada, se desnudó. Debajo de la ropa, en lugar de las prendas interiores, llevaba puesto un cilicio: una incómoda faja de cerdas que había conseguido de Martinus, cuya áspera superficie le había provocado un prurito en la piel. Vestido sólo con el cilicio, Petrus se tumbó sobre las tablas y apoyó la cabeza en el suelo de piedra. Tenía los pies fríos y tiritaba ligeramente. Pero así era como los grandes hombres de la Iglesia, hombres como Germán de Auxerre, mortificaban su carne, y él estaba resuelto a hacer lo mismo. Y al cabo de unas horas Placidia lo encontró dormido de esa guisa.
Durante el día siguiente, Petrus realizó otras dos visitas importantes. La primera la hizo a la duna.
Después de atravesar a caballo la puerta de la villa pasó frente al campamento de los germanos, quienes lo observaron con extrañeza. Pero Petrus siguió adelante, hasta llegar a la casita que ocupaba Tarquinus. Allí se detuvo y llamó al pastor, que no tardó en aparecer.
Tarquinus lo miró con recelo. Después del incidente ocurrido la víspera, todo el mundo en Sarum sabía que Petrus había experimentado unos cambios muy extraños. Era imposible saber qué se le ocurriría a continuación.
Petrus no se anduvo con rodeos.
—Saca al ídolo de Sulis del santuario —ordenó al pastor, señalando la pequeña choza junto a la vivienda de Tarquinus.
De mala gana, Tarquinus entró en la choza y salió con la figurilla de piedra.
—No habrá más dioses paganos en Sarum —declaró Petrus—. Es necesario destruir ese ídolo. Dámelo.
Pero Tarquinus estrechó la figurita contra su pecho.
—No.
Petrus lo miró perplejo. ¿Era posible que el pastor se atreviera a desafiarle?
—Puedo obligarte a entregármelo —dijo en tono amenazador.
Tarquinus guardó silencio, pero no soltó la figurilla. Petrus lo miró a los ojos y vio que rezumaban odio. No le cabía duda de que Tarquinus le estaba maldiciendo en silencio, pero aunque un mes atrás eso le habría aterrorizado, ahora no le preocupaba lo más mínimo.
—Muy bien —dijo Petrus fríamente—. Debes abandonar Sarum. Para siempre. Recoge tus cosas y vete.
Sin decir una palabra, Tarquinus dio media vuelta y entró de nuevo en la casa. Al cabo de unos minutos volvió a aparecer con sus escasas pertenencias. Sin mirar siquiera a Petrus, el anciano salió de la duna; una vez fuera, se dirigió por el sendero hacia el desierto asentamiento de Sorviodunum y el río. Embarcó en un pequeño bote y tras soltar las amarras empezó a remar río abajo. Al cabo de unos minutos, mientras la corriente lo impulsaba hacia el sur, Tarquinus se volvió y murmuró:
—Volveré, joven Petrus. Y ella también —añadió acariciando la figurilla de piedra—. Pero tus ojos cristianos no nos verán.
Al alzar la vista el anciano vio brotar de la cima de la duna una delgada columna de humo. Petrus había quemado su casa y el pequeño santuario.
Al cabo de unas horas Petrus llegó a casa de Sulicena. La muchacha estaba ante la puerta, observándolo mientras se acercaba. Vestía tan sólo una delgada túnica ceñida a la cintura con una faja, y al contemplar su esbelta figura Petrus sintió de nuevo que la deseaba.
La joven avanzó hacia él, suponiendo que él desmontaría, pero no fue así. Petrus notó durante unos segundos que le temblaban las manos, pero logró dominarse. Ella observó con curiosidad su pelada coronilla.
—Me marcho a Irlanda —le informó Petrus con frialdad.
En pocas palabras explicó a la joven su conversión y los votos que había pronunciado. Ella lo miró incrédula.
—¿Quiere eso decir que no volverás a yacer con una mujer mientras vivas?
Petrus movió la cabeza afirmativamente.
La muchacha se echó a reír y, por alguna razón, Petrus se sonrojó.
Pero cuando Sulicena comprendió que su amante hablaba en serio, en su rostro se pintó una expresión de desdén que a Petrus no le pasó desapercibida.
Al cabo de un momento la joven se aproximó al caballo, alargó la mano y, antes de que Petrus pudiera impedírselo, le acarició a éste la pierna. Luego lo miró a los ojos y preguntó:
—¿No sientes nada?
Petrus tensó todo su cuerpo, decidido a resistirse.
—¿Ya no me deseas? —insistió la joven.
—No.
Ella retrocedió bruscamente.
—¡Mientes! —gritó furiosa.
Él volvió a sonrojarse, pero consiguió dominar sus emociones.
—Me marcho. —De pronto Petrus se sintió azorado.
La joven no se movió. Su rostro traslucía solamente rabia y desprecio.
—Que te diviertas, célibe —le espetó con irrisión, escupiendo en el suelo ante él—. Espero que los irlandeses te maten.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Petrus. Pese a sus convicciones, se sentía culpable.
—Buscar un hombre que no sea un niño —respondió ella fríamente—. Vete.
Él dudó unos instantes.
—Necesitarás dinero —dijo, arrojando tímidamente una bolsita de monedas a los pies de la muchacha.
Ella la cogió sin decir una palabra. Petrus sintió la necesidad de justificarse.
—Sólo a través del servicio a Dios… —empezó a decir. Pero ella lo interrumpió.
—Cuéntaselo a los irlandeses —dijo secamente, y acto seguido dio media vuelta y entró de nuevo en la casa.
La batalla con su madre se reanudó aquella tarde.
En su deseo de eliminar de la villa todas las imágenes paganas, Petrus había decidido destruir el mosaico de Orfeo; pero en ese punto Placidia logró imponer su voluntad e impedírselo.
—Cuando la villa sea tuya, podrás hacer lo que gustes; pero mientras nos pertenezca a tu padre y a mí, debes respetar nuestros deseos. El cristianismo de tu padre jamás se ha sentido ofendido por el mosaico, en el que, aparte de Orfeo, aparecen también unas aves y unos animales creados por Dios.
Aunque Petrus no aprobaba la presencia del mosaico, tuvo que reconocer lo razonable del argumento de Placidia y abandonar de momento el tema.
Pero ésa fue la única discusión que Placidia ganó aquel día. Durante toda aquella tarde, al igual que la noche anterior, madre e hijo no cesaron de pelear. Aunque Petrus se viera obligado a ir a Irlanda, ¿era preciso que lo hiciera de inmediato?, le preguntaba su madre. ¿Y su deber de defender el hogar?
¿Su deber? Los ojos negros de Petrus brillaban de ira.
—No lo comprendes —respondió el joven—. Quienes aman a Dios sienten sólo desprecio hacia sí mismos y sus bienes. El deber al que te refieres no es más que egoísmo, desprecio hacia Dios.
Y cuando su madre trató de rebatir ese argumento, Petrus añadió:
—Con tal de que sirvamos a Dios, carece de importancia el que destruyan este lugar.
—Pero es todo cuanto poseo —dijo su madre suavemente.
—No —replicó él—. Poseemos a Dios, que es infinitamente más importante.
—¿Y yo? ¿Es que no te importa lo que pueda sucederme? —preguntó Placidia sin alzar la voz.
—Confía en Dios —respondió Petrus.
Placidia movió la cabeza con tristeza, y, al darse cuenta una vez más de que ni su marido ni su hijo la amaban realmente, volvió el rostro para ocultar sus lágrimas.
Pero Placidia no se rindió. Por el contrario, el hecho de saber que carecía de ayuda le dio fuerzas para seguir luchando. Y al tercer día, mientras preparaba su equipaje, Petrus se quedó asombrado cuando Numincus, acompañado por ocho hombres, se presentó en su habitación y antes de que el joven pudiera reaccionar, lo condujo educadamente pero con firmeza hacia un cobertizo, donde lo hizo entrar de un empujón. Estupefacto, Petrus vio a su madre de pie junto a la puerta, ante la cual montaron guardia cuatro de los hombres.
—Lo lamento, Petrus —dijo Placidia—, pero no puedes abandonar Sarum en estos momentos. No lo consentiré.
A Petrus nunca se le había ocurrido que su madre podría recurrir a esos extremos.
—¿Piensas tenerme aquí prisionero? —preguntó estupefacto.
—Sí —contestó ella.
Placidia sabía que Numincus estaba de su parte, y que los hombres le obedecerían. Más tarde, Petrus ordenó al administrador que lo dejara salir, pero se dio cuenta de la fuerza de su madre y de su propia debilidad cuando Numincus respondió:
—Me gustaría que hubiera alguien más capaz que un Porteus para defender este lugar, y a ella. Pero sólo te tenemos a ti, de modo que deberás quedarte.
Aquella noche, y la siguiente, Placidia se acercó a la choza para tratar de razonar con él. Pero aunque el lugar donde estaba encerrado era frío e incómodo, Petrus se negó a capitular; y tanto la madre como el hijo se preguntaron cuánto tiempo duraría esa situación.
El estado de cosas se prolongó hasta el quinto día después de la llegada de Petrus, y no fue resuelto por Petrus, ni por Placidia, sino por un emisario que apareció cabalgando a galope tendido por el camino de Calleva para transmitirles el siguiente mensaje:
—Han llegado los sajones.
Esa vez eran muy numerosos; después de desembarcar en el sureste enviaron varios contingentes de más de doscientos hombres a atacar y saquear las poblaciones situadas en el oeste.
Tan pronto como la noticia llegó a la villa, Placidia comprendió lo que debía hacer. Se dirigió al cobertizo donde se hallaba encerrado Petrus, y ella misma le abrió la puerta.
—Eres libre —le anunció.
Petrus la miró perplejo.
—¿Por qué?
—Han llegado los sajones y vamos a refugiarnos en la duna. No puedo dejarte aquí.
Mientras su madre hablaba con él, Petrus vio cómo Numincus y unos cuantos hombres cargaban armas en un carro.
—Si quieres ir a Irlanda, te aconsejo que te marches inmediatamente —añadió Placidia.
Petrus la miró. El sol iluminaba su pelo canoso y su ajado y arrugado rostro. Por su parte el joven tenía un aspecto desaliñado, pues durante los tres días de cautiverio en la tonsurada coronilla le había crecido una rala pelusa poco favorecedora. Pero al percibir el indómito espíritu de su madre, Petrus pensó que nunca se había sentido mejor.
—Creo que iré con vosotros a la duna —contestó sonriendo.
Al atardecer, todo estaba preparado dentro de la antigua fortaleza. Una recia puerta de roble construida recientemente yacía contra el muro de tierra, lista para ser colocada en su lugar y atrancada. La milicia que había reunido Numincus estaba armada y dispuesta a encaramarse a los baluartes; y todas las familias de Sarum, junto con un buen número de animales de granja y cabezas de ganado, se hallaban acampadas dentro del inmenso espacio circular.
—Creo que resistiremos el ataque de los sajones durante unos días —dijo Petrus a su madre—. Pero esperemos que llegue la ayuda que nos prometieron, pues quizá necesitemos refuerzos para repelerlos.
—Confío en que esa ayuda aparezca —comentó Placidia en tono sombrío.
—Por supuesto que llegará —repuso él.
En términos generales, sin embargo, Petrus se sentía bastante satisfecho con las defensas de la duna.
—Los arqueros protegerán los muros —explicó a su padre—; luego haremos unas salidas con los mercenarios germanos.
La duna constituía también una fortaleza cristiana. Pues una de las cosas en las que Petrus había insistido era que tanto Numincus —cuya devoción a Mitra era conocida por todos— como los germanos paganos fueran bautizados; y en dicho asunto Petrus contó con el enérgico apoyo de Constantius. Así pues, pese a las protestas de los germanos, padre e hijo los condujeron hasta el río y les obligaron a sumergirse en el agua uno a uno al tiempo que los bendecían con la señal de la Cruz. Aunque ni Constantius ni Petrus eran sacerdotes, hubieron de conformarse con esa breve ceremonia para hacer un remedo de bautizo. Asimismo, en el centro de la duna Petrus instaló una pequeña cruz de madera. Con eso bastaba.
—Dios nos protegerá —aseguró Petrus a las gentes que le rodeaban, complacido de la transformación que había conseguido.
Pero lo que había experimentado un cambio aún mayor era el aspecto de Constantius. Parecía otro hombre. Vestido con su mejor capa azul y un magnífico peto de bronce y portando una larga espada de hierro que él mismo había afilado, no sólo parecía haberse desprendido de su habitual torpor, sino que representaba toda una inspiración para los defensores de la duna. Dejando que Petrus y Numincus se encargasen de dar las órdenes se paseaba alegremente entre los refugiados en la duna, con la cabeza cana erguida y una mirada alerta y límpida en los negros ojos otrora inyectados en sangre debido al alcohol. Cuando charlaba con los arqueros en los baluartes, o compartía un chiste con las mujeres del campamento, parecía infundirles ánimos a todos, y Placidia contempló con admiración e incluso afecto al hombre en el que se había convertido su marido.
Transcurrieron dos días. Cada hora Petrus se asomaba por las murallas para comprobar si se veía alguna señal de los refuerzos procedentes del oeste. Pero éstos no aparecieron.
En cambio, el tercer día, llegaron los sajones.
Lo único que Petrus no había previsto en su minucioso plan para defender Sarum era la posibilidad de que los imponentes mercenarios germanos desertaran. Pero eso fue exactamente lo que ocurrió al amanecer del tercer día, cuando el vigía apostado sobre los baluartes informó de que por el sureste se acercaba un numeroso contingente de sajones, tal vez un centenar. Los gigantescos germanos haciendo un imperioso gesto a sus mujeres para que los siguieran, montaron en sus cabalgaduras y, antes de que los otros pudieran reaccionar, traspusieron las puertas de la duna y enfilaron la carretera que conducía al nordeste, hacia Calleva. Habían venido a luchar a cambio de dinero, pero no para que los mataran como a conejos. Petrus no daba crédito a sus ojos; pero era evidente que no podía hacer nada al respecto.
—Cerrad las puertas —ordenó.
Una vez más dirigió la vista hacia el oeste.
—Si los refuerzos vienen de camino —pensó—, será mejor que lleguen cuanto antes.
Los sajones avanzaron con paso rápido y decidido hacia la duna. Tras pasar sin detenerse frente a Sorviodunum en el valle, el batallón formado por un centenar de hombres condujo los caballos que habían capturado hacia el lado norte del viejo fuerte, inspeccionando sus defensas antes de congregarse de nuevo a una distancia prudencial de las puertas, a fin de decidir cómo atacar. Desde la muralla, Petrus vio a cada uno de los hombres con toda nitidez: eran altos y rubios, y la mayoría de ellos vestía gruesos jubones de cuero y polainas de lana sujetas con tiras cruzadas; sus líderes llevaban vistosos cascos de metal, provistos de cuernos. Iban armados con espadas, lanzas y grandes escudos de madera adornados con tachones metálicos. Unos pocos portaban hachas pequeñas.
La duna constituía un obstáculo formidable, incluso para un centenar de hombres armados, pero era evidente que estaban dispuestos a conquistarla. Tras unos tensos minutos, Petrus vio que el batallón se dividía en cuatro grupos de veinticinco hombres, que condujeron sus caballos hacia distintos puntos situados frente a la muralla antes de desmontar. Un grupo se colocó delante de las puertas, mientras que los otros tres ocupaban posiciones al norte, noroeste y oeste del fuerte. Todo indicaba que se disponían a emprender un ataque simultáneo. Rápidamente, Petrus dividió también a sus hombres en cuatro grupos: Constantius se hizo cargo de uno de ellos, situándose junto a las puertas, mientras Numincus, Petrus y uno de los empleados de la propiedad tomaron el mando de los tres grupos restantes. La carga de los sajones fue impresionante. Comenzó con un tremendo grito de combate:
—¡Thunor! —gritaron dos de los cuatro grupos; el grito reverberó en toda la duna. Thunor, según sabía Petrus, era uno de sus dioses más importantes.
—¡Woden! —respondieron los otros. Los cuatro grupos golpearon sus armas contra sus escudos.
—¡Thunor! ¡Woden!
Los nombres de los dioses del trueno y de la guerra resonaron de nuevo en el fuerte, y el siniestro retumbar de los escudos hizo palidecer a algunos de los defensores. Pero la voz de Constantius sonó de pronto con toda claridad desde las puertas de la duna:
—¡Dios nos defenderá, hijos míos!
Y sus compañeros se animaron al oír esas palabras.
Entonces los sajones se lanzaron a la carga.
Los invasores lo tuvieron más difícil de lo que habían imaginado. Las murallas de la duna eran muy elevadas y estaban rodeadas de laderas desnudas y muy largas. Cada uno de los cuatro grupos fue recibido con una lluvia de flechas perfectamente dirigidas, y al tratar de escalar las murallas los sajones se hallaban indefensos y a merced de los proyectiles. Faltos de las máquinas de sitio romanas, los asaltantes comprobaron la capacidad defensiva del viejo fuerte britano.
El único momento en que los invasores estuvieron próximos a alcanzar el triunfo fue cuando, después de dividirse en pequeñas bandas, asaltaron las puertas desde todos los flancos y muchos de ellos consiguieron alcanzar la cima de los baluartes. Pero aquí Constantius realizó prodigios de valor, corriendo de un extremo a otro, recibiendo a los sajones con contundentes mamporros o clavándoles la espada. Tras matar a uno de los sajones sin mayor dificultad, envió a otros dos rodando por las laderas, ambos malheridos.
Al poco rato los sajones empezaron a flaquear. Los defensores mantuvieron un fuego sostenido. Entonces Constantius hizo algo extraordinario.
Estupefacto, Petrus vio abrirse de pronto las puertas de la duna, y antes de que pudiera moverse, su padre, montado en su mejor caballo, salió encabezando a seis hombres, que le seguían corriendo a toda prisa.
Eso era lo que Petrus había pretendido hacer junto con los mercenarios: realizar unas salidas en el momento en que los atacantes comenzaran a flaquear y acabar con ellos mientras emprendían la retirada; pero no se le ocurrió que sería su padre quien tomara la iniciativa.
Lo que sucedió a continuación dejó a Petrus boquiabierto. Pues dejando que sus compañeros se precipitaran sobre los sajones que se hallaban más cerca y los derribaran, Constantius avanzó al galope, completamente solo.
Cabalgando a paso de carga por el campo raso, interceptó el camino a los otros grupos que se retiraban, y fue dando mandobles con la espada, malhiriendo a uno y otro guerrero mientras gritaba en tono desafiante.
—¡Está loco! —exclamó Petrus—. Si no retrocede lo matarán.
Pero Constantius, aunque por fuerza debió de ver el peligro que corría, continuó adelante. Una y otra vez espoleó a su caballo y se lanzó contra un sajón tras otro, con su capa ondeando al viento, abatiéndolos con la espada antes de aproximarse a los siguientes, sembrando el caos entre la fuerza enemiga. Los que aún trataban de escalar las murallas, al volverse y contemplar ese gesto de suprema insolencia, gritaron enfurecidos y comenzaron a descender para echarse sobre Constantius. Pero éste siguió acosándoles sin tregua y Petrus calculó que había abatido al menos a siete hombres.
Con un movimiento paulatino aunque inexorable, los sajones que habían emprendido la retirada empezaron a cercar al solitario jinete. Más en vez de huir cuando aún estaba a tiempo, Constantius continuó atacándolos uno tras otro; al cabo de unos momentos cayeron dos más. Desde la muralla, Petrus advirtió la furia que invadía a los sajones. Constantius hacía revolverse sin pausa a su montura, y cuando el sol arrancó reflejos al peto de su padre Petrus admiró la gallarda y heroica figura de su progenitor.
El ataque contra la duna había concluido y todos los ojos de los britanos estaban fijos sobre el enloquecido y feroz duelo que se libraba abajo. Cada vez que Constantius cargaba contra el enemigo, los defensores le aclamaban. Cada vez que se enzarzaba en una lucha con un sajón, se producía un tenso silencio; y cada vez que Constantius conseguía zafarse de milagro, sus hombres prorrumpían de nuevo en aplausos y vítores.
Petrus no supo exactamente en qué momento descubrió que su madre se hallaba junto a él, contemplando la escena. Ella también debía de presentir el inevitable resultado del duelo; pero su rostro permanecía impávido. Sólo se movían sus ojos recorriendo de un extremo al otro las filas sajonas. El círculo de los invasores casi se había cerrado en torno a su marido.
Constantius no trató en ningún momento de huir de la suerte que le aguardaba. Su rostro reflejaba una expresión de éxtasis mientras proseguía su solitaria batalla contra el resto de las fuerzas enemigas, hasta que por fin los sajones lo acorralaron y le obligaron a desmontar. Petrus vio cómo rodeaban a su padre y alzaban sus espadas. Incluso a esa distancia, él y todos los hombres apostados sobre los baluartes oyeron el sonido seco de las espadas y las hachas al caer sobre su padre y descuartizarlo. La siniestra carnicería se prolongó durante unos minutos. Los sajones se estaban vengando de su derrota.
—¡Qué locura! —dijo Petrus en voz alta—. ¿Por qué lo ha hecho? Placidia fijó la vista en un punto situado más allá de los sajones, en la cima de las colinas. Su rostro seguía impasible, pero tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Pobre hombre —la oyó musitar Petrus—. No podía hacer otra cosa.
Los sajones no volvieron a atacar. Regresaron lentamente, de uno en uno o de dos en dos, para recoger a sus muertos, mientras los defensores les observaban desde las murallas. Petrus no ordenó una acometida: los arqueros que habían defendido la duna no podían rivalizar con los poderosos sajones en campo abierto.
A escasa distancia de la muralla, los sajones construyeron una enorme pira funeraria sobre la cual, por espacio de varias horas, quemaron a sus muertos de acuerdo con su costumbre.
Pero se vengaron. Aquella noche, los defensores vieron el resplandor de las llamas recortándose contra el cielo a medida que los sajones prendían fuego a las granjas de las inmediaciones.
Petrus ordenó que todo el mundo permaneciera dentro de la duna durante otras veinticuatro horas, y por la noche mandó que vigilaran bien las murallas. Al amanecer, envió a varios hombres a explorar el terreno, y éstos le informaron de que los invasores se habían marchado.
La villa había sido saqueada. Pero por suerte, sólo la mitad del edificio principal se había quemado. Las dependencias y establos habían quedado totalmente destruidos. Cuando Petrus y su madre examinaron los daños junto con Numincus, el administrador dijo con aire pensativo:
—Hay mucho trabajo que hacer. Procuraré que los obreros lo terminen antes de que regreses de Irlanda.
Petrus se detuvo, dándose cuenta de que desde hacía tres días no había pensado en su misión. Mientras contemplaba las ruinas calcinadas, sonrió con amargura y dijo:
—De momento mi viaje a Irlanda queda postergado.
Y Placidia, temiendo insistir en aquel tema tan delicado, no fuera que su hijo cambiara de parecer, se apresuró a conducir la conversación por otros derroteros.
Mientras en Sarum todos se afanaban en retornar a la normalidad, ocurrió un pequeño pero importante acontecimiento. Dos días después de que los sajones partieran, Petrus, a su regreso de los cerros adonde había ido para inspeccionar los rebaños de ovejas, vio a Sulicena por última vez.
La muchacha estaba sentada en un carro. Junto a ella había un hombre corpulento y barbudo que Petrus reconoció como uno de los peones de la propiedad. Al parecer se disponían a tomar el camino que conducía al oeste, hacia el río Severn, y el carro contenía todas sus pertenencias. Aunque Petrus se hallaba a pocos pasos de distancia, ella no lo miró. Sulicena y su acompañante iban seguidos por un segundo carro repleto, de una pareja cuyos niños no cesaban de alborotar y una anciana que sin duda era la abuela. Petrus supuso que serían parientes de Tarquinus.
No deseando hablar con Sulicena, se acercó al segundo carro.
—¿Adónde os dirigís?
—Al oeste —respondieron.
—¿Por qué? —preguntó Petrus—. ¿Acaso no acabamos de derrotar a los sajones?
El cabeza de familia se encogió de hombros.
—Hasta que aparezcan de nuevo. Han quemado nuestra granja.
—¿Dónde os estableceréis?
—Junto al Severn. Quizá más lejos.
Petrus asintió lentamente. No podía reprochárselo, aunque era imposible afirmar que estarían más seguros en el oeste que en Sarum. Pero no trató de detenerlos. Si habían decidido marcharse, lo harían de todas formas.
—Buena suerte —dijo Petrus, y se alejó al galope.
Pese a ese síntoma tan desalentador, al cabo de unas noches, cuando se hallaba frente a la villa con su madre, Petrus sintió una renovada esperanza. Los germanos habían desertado. La ayuda que les habían prometido los vehementes jóvenes del oeste no había llegado. Muchas granjas habían sido quemadas. Pero habían sobrevivido, y Petrus estaba seguro de que volverían a hacerlo.
Frente a él, el sol comenzaba a ponerse detrás de los cerros occidentales, pero Petrus aún pudo distinguir, sobre el río, las pálidas formas de los cisnes que se deslizaban majestuosamente sobre el agua, y en las laderas, a su espalda, los rebaños de ovejas, unas motas blancas que resaltaban en la oscuridad. Petrus tomó suavemente la mano de su madre.
—Me quedaré —le prometió en voz baja—. Y Dios dará a Sarum un nuevo amanecer.
Placidia no respondió. Una intuición, que no compartía con él, le decía que no era un amanecer, sino un crepúsculo, y se preguntó preocupada qué yacía en la oscuridad que se extendía frente a ellos.
Durante los terribles tiempos posteriores a esos hechos, los jóvenes milicianos del oeste jamás acudieron en ayuda de Petrus Porteus. Otras personas, como Sulicena, lo abandonaron; fue el inicio de un largo proceso durante el cual, a lo largo de futuras generaciones, muchas familias emigrarían al suroeste de la península de Britania, que pasaría a ser Cornualles occidental, o al otro lado del Severn hacia las colinas de Gales, unas regiones en las que los sajones jamás lograron penetrar y que aún hoy contienen las antiguas raíces celtas y preceltas de Gran Bretaña.
Cuando las invasiones de los sajones y sus tribus vecinas los anglos y los jutos aumentaron hasta convertirse en una migración constante, los datos históricos prácticamente cesan.
Pero el ímpetu de isleños romano-britanos como Petrus Porteus y los vehementes jóvenes que trataron de poner en marcha una milicia no murió sin dejar un eco, un eco que dio pábulo a la leyenda que se ha ido acrecentando con el transcurso de los siglos.
Pues aproximadamente dos generaciones después de Petrus Porteus, brotó en el oeste —en las fértiles y ondulantes tierras situadas entre Wessex y las colinas de Gales y Cornualles— una nueva y vigorosa fuerza. Estaba formada por romano-britanos, al parecer perfectamente organizados. A buen seguro eran cristianos; ganaron una gran batalla contra los sajones en un lugar cuya situación aún se desconoce, llamado Mons Badonicus; y es muy probable que tuvieran un general llamado Artorius.
Gracias a las referencias a esos hechos recogidas en los anales históricos, los historiadores y romanceros medievales comenzaron, unos ochocientos años más tarde, a construir una orden cristiana de caballeros acaudillados por un rey llamado Arturo.
Sin embargo, detrás de la leyenda de Arturo y los Caballeros de la Tabla Redonda residen varios hechos que tienen una realidad histórica. El mundo de Arturo, aunque caballeresco y dotado de elementos románticos pertenecientes a una época posterior, es un mundo celta, cristiano, vinculado no sólo con Gales y la región occidental sino también con Bretaña, al otro lado del Canal de la Mancha. Pues un siglo después del fin de la Britania romana, numerosas familias britanas emigraron al oeste de la actual Francia.
En este punto, la historia de Sarum entra también en una época crepuscular. Podríamos llamarla la época de Arturo. Marcó el crepúsculo, no del caballero feudal, que aún no existía, sino del mundo romano.