LOS DOS RÍOS
877 d. C.
Corría el año 877 de nuestra era.
En el reino de Wessex del rey Alfredo, todo presagiaba que el invierno discurriría en paz.
La pequeña población semiamurallada de Wilton, un renombrado centro real, estaba situada en la confluencia de dos de los cinco ríos: el Nadder y el Wylye. Hacia el este, a unos cinco kilómetros, se erguía el antiguo fuerte de Sarum, una avanzada defensiva de la población. Hacia el oeste, el amplio valle se extendía al pie de las sierras cretáceas hasta que a unos veinticinco kilómetros de distancia se unía al gran bosque de Selwood. Éste separaba, como una muralla, la inmensa campiña del Wessex central del conjunto de pequeñas colinas, bosques y pantanos que constituían el hinterland de la región occidental.
Y a los habitantes de Wilton les parecía que la terrible oscuridad que se había cernido sobre la tierra había retrocedido, al igual que a veces se retiran los nubarrones de tormenta, y que, al menos ese invierno, gozarían de un tiempo soleado.
Desde que los anglosajones colonizaran la isla cuatro siglos atrás, se habían producido numerosos cambios y disturbios. Siempre había un reino —primero Northumbria, después la región central de Mercia y más tarde el sur de Wessex— que ejercía la hegemonía sobre los demás. Las tribus de Kent, Sussex y East Anglia habían dejado de ser independientes. A la sazón los jutos de Kent y de la isla de Wight reconocían al rey sajón; las antiguas tribus británicas celtas de Devon, en el suroeste, se habían incorporado también a Wessex; incluso el lejano Cornualles consideraba Wessex como un reino más grande e importante. Sólo Gales y el norte de Escocia se habían mantenido al margen de la colonización sajona, y conseguirían conservar su aislada independencia otros cuantos siglos.
Pero aunque el auge y caída de esos reinos rara vez se producía sin un baño de sangre, el mundo anglosajón, que se había convertido al cristianismo, en su mayor parte había prosperado en paz.
La conversión de los anglosajones había llevado cierto tiempo.
En el año 597 el monje conocido como san Agustín, enviado por el gran papa Gregorio, había desembarcado en Kent. Ese reino estaba gobernado por un rey pagano y una reina cristiana que le habían permitido llevar a cabo su apostolado entre el pueblo. A partir de ahí, la Iglesia romana había hecho grandes progresos, convirtiendo a un buen número de sajones a medida que se extendía por la isla, muchos de cuyos habitantes pertenecían a la antigua Iglesia cristiana celta. Y aunque los monjes celtas de Britania, casi todos formados en Irlanda, se habían separado de la Iglesia romana de Europa, ellos también acabaron por unirse a la totalidad de creyentes reconociendo la supremacía del Papa durante la gran convocatoria de eclesiásticos celebrada en el año 664, conocida desde entonces como el Sínodo de Whitby.
Pese al carácter primitivo de la isla en comparación con su pasado romano, los siglos de la supremacía de Northumbria y Mercia fueron unos tiempos magníficos. Las suntuosas cortes de los reyes propiciaban el esplendor de las grandes casas religiosas como las que existían en Northumbria, de donde había salido en el siglo VIII el monje Beda el Venerable, el gran historiador de los anglosajones. Las artes florecían. La antigua cultura latina, vista entonces a través de los ojos de los monjes, prosperó de nuevo. Se fundaron nuevos obispados y el arzobispo recibió su pallium de Roma. La isla anglosajona parecía bendecida por Dios. Hasta que llegaron los escandinavos.
Procedían de la gran península de Jutlandia, a los pies del mar Báltico. Durante un tiempo, sus incursiones fueron repelidas por el poderoso y sagrado imperio de Carlomagno, rey de los francos; pero a raíz de su muerte, acaecida a principios del siglo, las actividades de los escandinavos se intensificaron; y cuando estalló una disputa dinástica en el reino danés, en Europa comenzó una nueva y sangrienta era: la de los vikingos.
El término «vikingo» significaba pirata, y pese a los intentos de algunos historiadores modernos por rehabilitar la reputación de esos hombres, los hechos son incontestables. Los paganos vikingos eran unos piratas crueles y destructivos, cuyo principal objetivo era el pillaje. Durante dos generaciones, estuvieron haciendo incursiones en la isla, convertidos en una auténtica plaga. Cuando Alfredo ascendió al trono en Wessex, Inglaterra se hallaba dividida en dos partes. En la parte llamada Danelaw —casi todo el territorio situado al norte del Támesis— los vikingos ejercían su poderío desplazándose con toda libertad e imponiendo elevados tributos que los agricultores y mercaderes se veían obligados a pagar a fin de no ser aniquilados. Cuando creían haber esquilmado a fondo una región, los vikingos se trasladaban a otro lugar. Pero en Wessex no lograron sus propósitos. Aunque arrasaron a sangre y fuego la zona meridional, jamás lograron dominarla. Y en los últimos años eso fue gracias a Alfredo.
Las poderosas fuerzas vikingas, tras haber robado cuanto habían podido a las desdichadas gentes de Northumbria y Mercia, se habían dividido en varias facciones. Un grupo se había apoderado de la zona norteña que vino a llamarse Yorkshire; otra sección se anexionó East Anglia. Un tercer grupo, siguiendo sus impulsos naturales, emprendió un ataque contra Irlanda, y una cuarta fuerza, no menos poderosa, atacó de nuevo Wessex. Los vikingos avanzaron a través del territorio casi hasta llegar al mar meridional, pero allí fueron acorralados por las fuerzas sajonas y acordaron la paz. A cambio de dinero, los vikingos juraron solemnemente —sobre su sagrado brazal— que abandonarían Wessex y no causarían más conflictos en esa región.
Los vikingos rompieron de inmediato su solemne juramento, y penetraron en la población occidental de Exeter, donde esperaron a que llegaran refuerzos.
Pero al parecer Dios acudió en auxilio de las gentes de Wessex. A poca distancia de la costa, una gran tormenta destruyó la flota vikinga que traía refuerzos y poco después, en otoño del año 877, los invasores retrocedieron hasta los límites de Mercia, donde instalaron su campamento para pasar el invierno allí.
Wessex había triunfado, y al menos aquel invierno todo presagiaba que sus habitantes vivirían en paz.
Los ojos de la multitud se clavaron en el hombre delgado, de pelo gris, que se hallaba de pie, nervioso pero erguido, en el centro del círculo.
Durante unos momentos, sin embargo, el hombre pareció olvidar la presencia de la muchedumbre. Aunque todo dependía del resultado del juicio, Port no era capaz de creer que podía perder; y una vez que el juicio hubiera concluido tendría que tomar una decisión sobre un asunto que venía preocupándole desde hacía dos semanas. Meneó la cabeza, perplejo. ¿Qué sería más honroso para su familia? ¿Satisfacer sus propios deseos o los de su hermana? ¿Lograría con ello, fuera cual fuese su decisión, atraer la atención del rey? Ninguna determinación le había causado en su vida tantos quebraderos de cabeza y Port sabía que debía decidirse hoy mismo.
Un carraspeo emitido por uno de los asistentes le apartó de sus reflexiones y le hizo prestar de nuevo atención al juicio.
—Que Port presente sus cargos —dijo el magistrado con voz áspera.
Lenta y metódicamente Port retiró la venda que envolvía su brazo derecho y lo sostuvo en alto.
—Sigewulf me golpeó —dijo en tono acusador.
La multitud lo observó con atención: pues donde debía hallarse la mano derecha de Port, tan sólo aparecía un grotesco muñón.
Era una gélida mañana al comienzo del período invernal de dos meses conocido como Yule, o Natividad; pero pese al frío el tribunal del condado, fiel a sus costumbres, se había reunido al aire libre en la plaza del mercado de Wilton.
La multitud estaba formada por unas sesenta personas, en su mayoría agricultores libres y sus familias: los hombres vestían unos jubones de lana de alegre colorido que les llegaban a las rodillas, ceñidos a la cintura con un cordón, y unas gruesas calzas de lana, y las mujeres lucían unas túnicas parecidas pero más largas. Frente a Port había tres hombres de avanzada edad que eran los testigos oficiales del juicio. El concejal Wulfhere, un hombre corpulento de barba entrecana, cuyo rostro picado de viruelas y congestionado mostraba los estragos de la buena vida y cuya amplia y bulbosa nariz le confería un aspecto brutal, presidía el juicio en calidad de supervisor del proceso. Sus ojillos mezquinos y de mirada inquieta se movían continuamente de un rostro a otro, como si supiera que era uno de los poderosos nobles de la corte de Alfredo más detestados. Puesto que el asunto del día quizás entrañara una multa pagadera al magistrado del rey, su presencia allí era importante.
Port había terminado de pronunciar su acusación, de modo que el tribunal podía pasar a juzgar el caso.
Al hacerlo, seguiría el procedimiento anglosajón tradicional, ratificado por los siglos: no había abogados, ni jurado, ni examen de las pruebas. A despecho de esas aparentes desventajas, el sistema funcionaba.
De momento, lo primordial era hacer constar la gravedad de la lesión: Port había perdido la mano, pero no la totalidad del brazo, y eso era importante.
Obedeciendo a un gesto del concejal, Port bajó el brazo y empezó a vendárselo de nuevo.
—¿Tienes alguna otra herida? Port denegó con la cabeza.
—Pero él me golpeó cuatro veces con la espada —añadió.
—El número de golpes no hace al caso —le recordó Wulfhere.
—Cuatro veces —repitió Port empecinadamente, y muchos asistentes sonrieron, pues su meticulosa precisión era tan conocida que había sido plasmada en un dicho local que afirmaba: «Antes de moler el cereal, Port cuenta cada grano».
La agresión se había producido hacía dos semanas, en aquel mismo mercado. Sigewulf, un agricultor de la localidad, había dejado su caballo suelto en la calle mientras tomaba unas copas en uno de los puestos de bebidas que había junto al mercado. Cuando al anochecer salió de la barraca dando tumbos, vio a Port conduciendo su caballo hacia un poste para amarrarlo, y Sigewulf, en su estado de embriaguez, creyó que Port trataba de robarle el animal. Furioso, se lanzó contra él; hubo un forcejeo; Sigewulf desenvainó la espada, esgrimiéndola como enloquecido, y al alzar Port el brazo, ocurrió el accidente. Sigewulf no recordaba haberle asestado cuatro mandobles con la espada; pero Port insistió en que lo había hecho.
Luego le tocó el turno a Sigewulf de relatar su historia. Era un hombre de baja estatura, fornido y de carácter hosco —incluso cuando estaba sobrio—, que no inspiraba la menor confianza.
—Port me atacó —dijo—. Le golpeé una vez, no cuatro; fue en defensa propia. Trató de robarme el caballo.
Con eso concluyó su relato. Sabía que la multitud le era hostil, pero eso no le preocupaba; ni le preocupaba que su versión de los hechos resultara del todo improbable. Pues el tribunal anglosajón no tenía en cuenta las pruebas.
El juicio había llegado a su fase definitiva. Era la hora de la declaración de los testigos. A una seña de Port, tres hombres avanzaron hacia el centro del círculo y declararon sus nombres y rangos. Los tres eran churls: campesinos libres de condición humilde.
—Juro sobre la sangre de Cristo —repitió cada uno de ellos— que la acusación de Port es veraz.
Inmediatamente, otros tres campesinos se adelantaron y juraron que la versión de Sigewulf era la verdadera.
Ese antiguo sistema del juramento de los testigos constituía el fundamento de la justicia anglosajona. No se examinaban pruebas, no se pedía a ningún jurado que analizara los méritos del caso: pero el número y el rango de los testigos que prestaban juramento en favor de cada una de las partes podía decidir el resultado del juicio. El juramento de un esclavo no valía para nada; la palabra de un sencillo campesino tenía cierto peso. La palabra de un caballero feudal tenía más peso que la de una multitud de campesinos; la de un concejal tenía más peso que la de un señor feudal; y la palabra del rey, por supuesto, era incuestionable.
El aparente empate entre ambas partes quedó rotó por la súbita aparición de un personaje de aspecto espléndido, que avanzó hacia el centro del corro.
Era un hombre alto, de complexión atlética, de cuarenta y tantos años. Había permanecido de pie algo apartado del círculo, junto con una muchacha y unos jóvenes rubios y tan atractivos como él que evidentemente eran sus hijos. El hombre tenía un aire de innata autoridad; sus ojos azules dejaban entrever una expresión divertida, y cuando se adelantó, el abatimiento de Sigewulf se intensificó.
—Soy Aelfwald, caballero feudal —declaró con calma el extraño—. Juro que las palabras de Port son ciertas.
Se oyeron unos murmullos entre la multitud, tras lo cual se hizo nuevamente el silencio. Ningún gentilhombre se adelantó a declarar en favor de Sigewulf. El caso había concluido.
Antes de pronunciar el veredicto, Wulfhere miró a los tres hombres de edad.
—La decisión recae en favor de Port —convinieron los tres sin titubeos.
—Sea —declaró Wulfhere—. Se pagará el wergild por la pérdida de la mano. Su señor percibirá la debida compensación.
No había sistema legislativo más importante que el antiguo código del wergild, la indemnización que la familia del agresor debía pagar a la familia de la víctima. Según dicho sistema, cada anglosajón —al igual que otros pueblos germánicos y escandinavos— conocía el valor exacto de su vida, lo cual dependía de su rango. La vida de un campesino valía doscientos chelines; la de un señor feudal como Aelfwald, seis veces más. Y el monto de la compensación por haber causado lesiones como la pérdida de una mano o una pierna, se calculaba en función del rango de la víctima. Por esta razón Port había tenido que mostrar su muñón a la corte: la pérdida de una mano era una cosa; pero si hubiera perdido el antebrazo, Sigewulf habría tenido que pagarle más dinero.
Esas indemnizaciones, que el gran rey Ine de Wessex había clasificado por escrito el siglo anterior formaban parte esencial del orden social. Sin ellas, cualquier daño causado a un individuo habría significado, según el estricto código del honor de todas las tribus germanas, que su familia tendría que lavar con sangre la ofensa. El pago de una compensación fija evitaba, en la mayoría de los casos, esas costosas disputas. Era un sistema razonable de resolver una querella, y el rey Alfredo lo fomentaba.
El juicio público constituía un sistema harto primitivo, pero no dejaba de tener sus ventajas. Puesto que todo hombre de rango superior a un esclavo poseía su propio wergild, nadie, ni siquiera un concejal, podía agredirlo impunemente. Por otra parte, el juicio constituía un asunto comunitario, dirigido por hombres libres. El veredicto no era simplemente pronunciado por el concejal Wulfhere, sino convenido y atestiguado en nombre de la comunidad por los tres ancianos campesinos, avezados en materia de leyes. El derecho consuetudinario anglosajón proviene de esos singulares tribunales derivados del antiguo sistema popular germano.
De acuerdo con el veredicto que acababa de pronunciar Wulfhere, Port y su familia serían compensados por la familia de Sigewulf, y puesto que Aelfwald era el señor de Port, él también recibiría un dinero porque su siervo había sido lastimado.
Sigewulf podía considerarse afortunado de que el día del incidente el rey se encontrara ausente de Wilton, pues de lo contrario podrían haberlo acusado de quebrantar la paz del rey y haberle condenado a pagar también una multa al magistrado.
No obstante, Sigewulf sacudió la cabeza con tristeza. Sabía que tenía muchas probabilidades de perder el caso, y que el precio que habría de pagar era astronómico. Ello se debía a dos razones: en primer lugar a que solían fijar indemnizaciones elevadas para fomentar una conducta pacífica entre los ciudadanos; y segundo, porque Port pertenecía a una clase rara en la sociedad anglosajona. Era un hombre que algunos consideraban seminoble, y su wergild, aunque sólo ascendía a la mitad del de Aelfwald, era por tanto tres veces más elevado que el de un campesino común y corriente. Pues los antepasados de Port habían sido nobles britanos.
En Sarum el antiguo nombre romano de Porteus había caído hacía tiempo en el olvido, al igual que buena parte de los restos del mundo romano, Muchas de las calzadas de grava estaban cubiertas por rastrojos y otras se habían borrado por completo; en los valles se habían trazado nuevos caminos, y en ocasiones, cuando emprendían un largo trayecto, los viajeros tomaban los senderos prehistóricos que atravesaban los montes. Las poblaciones, las termas y los templos de piedra habían desaparecido prácticamente del todo, salvo en el gran puerto de Londinium, donde aún se veían los restos de algunos edificios antiguos. En Winchester, la nueva capital del rey Alfredo antiguamente llamada Venta, varias partes de la recia muralla romana seguían aún en pie; pero del poblado de Sorviodunum sólo quedaban unas praderas pantanosas, y en el sitio donde otrora se alzaba la villa de los Porteus, con sus mosaicos y su hipocausto, había a la sazón un sólido granero de madera con tejado a dos aguas, y más abajo estaba la extensa granja y la espléndida mansión con vigas de roble de la familia del noble Aelfwald.
No es que el recuerdo de las épocas romanas y celtas hubiera muerto. El río Avon había conservado su nombre celta; al igual que el Wylye, situado en el oeste. Unos cuantos kilómetros más arriba del río Wylye, en la propiedad de Fonthill, existían los vestigios de una fuente romana, una fontana. Por lo demás, aunque el imperio romano hubiera desaparecido del oeste de Europa, todos los habitantes de sus numerosos reinos sabían que Roma significaba civilización. ¿Acaso la Biblia, y todas las obras de filosofía, literatura y erudición presentes en las iglesias y monasterios de Europa, no estaban escritas en latín? ¿No había decidido Carlomagno, el más grande emperador que Europa había visto en muchos siglos, coronarse en Roma? ¿No había el mismo rey Alfredo viajado a Roma en tres ocasiones de niño? Las tropas imperiales habían desaparecido tiempo atrás, pero su legado no moriría jamás.
Si el nombre de la familia Porteus había caído en el olvido, ello se debía tan sólo a una cuestión de costumbres: los sajones rara vez utilizaban apellidos a la manera romana o moderna; ni el concejal Wulfhere ni el noble Aelfwald poseían más que un nombre de pila. Y la obstinada familia Porteus —en la que los padres de cada nueva generación inculcaban a sus hijos que sus antepasados habían sido unos romanos famosos— ni siquiera recordaba cómo se pronunciaba su apellido. A lo largo de los siglos se habían llamado a sí mismos Port, Porta o Porter, términos que para los oídos sajones tenían algo que ver con la palabra «portero».
—No olvidéis nunca —dijo Port a sus dos jóvenes hijos, mientras les mostraba la duna en Sarum— que nosotros éramos los señores de este lugar cuando fue conquistado y que luchamos con valentía.
Era cierto. Con respecto al año 552 la crónica anglosajona consignaba lo siguiente: «Cynric combatió contra los britanos en un paraje llamado Searobyrg y los puso en fuga». Ese sitio era la duna, cuyo nuevo nombre sajón significaba «lugar de batalla». Allí los descendientes de Petrus Porteus habían luchado valerosamente y habían perdido; y el único superviviente de la familia, cuyo coraje admiraban los sajones, fue honrado por ellos después de la rendición. Era debido a ese incidente acaecido hacía tres siglos que Port conservaba los últimos residuos de su nobleza en el wergild, el cual lo distinguía, si no como señor feudal, al menos como una persona superior a un campesino.
La antigua riqueza de los Porteus se había desvanecido. La villa y la mayor parte de las tierras les habían sido arrebatadas y cedidas a la familia de Aelfwald el noble. Pero no lo habían perdido todo. Si bien los sajones ocuparon las fértiles tierras de las laderas inferiores, la familia Porteus logró conservar el terreno yermo de las tierras altas; y fue allí donde los descendientes de los antiguos señores de Sarum habían vivido por espacio de trescientos años cultivando trigo y criando las ovejas blancas que su antepasado trajera a ese lugar.
Pero todo aquello podía cambiar; y ése era el terrible dilema de Port. Pues los acontecimientos de ese día le habían dado la oportunidad de conseguir que su familia ocupara una posición que no había alcanzado en muchos siglos.
«Con el dinero de la indemnización sumado a lo que poseo —pensó—, mañana por la noche me habré convertido en noble».
Y por enésima vez aquella mañana Port meneó la cabeza con desánimo. Sí, quizás eso fuera posible, pero para conseguirlo tendría que romper su palabra, y la promesa que había hecho a su hermana Edith era un compromiso solemne. Lo peor de todo era que ahora, una vez concluido el juicio, tendría que enfrentarse a ella. Ojalá existiera un modo de evitarlo.
—¿Vienes? —preguntó Aelfwald.
El señor feudal de elevada estatura estaba junto a Port y sonreía satisfecho. Los dos hombres, tan distintos uno de otro, sentían una simpatía mutua, y aunque la secreta ambición de Port era llegar a ser un caballero, no tenía queja de su señor.
Aelfwald iba acompañado por un pequeño séquito formado por dos de sus hijos, su hija, un joven vestido con el hábito de un monje novicio y un hombre de rostro chupado y de edad indefinible, en quien Port reconoció al esclavo llamado Tostig.
Port los saludó con un gesto de la cabeza. Las pícaras sonrisas de los hijos de Aelfwald indicaban que lo consideraban un personaje cómico, pero a Port no le importaba. Los varones, Aelfric y Aelfstan —todos los nombres de la familia empezaban siempre por la misma sílaba, según una costumbre típicamente sajona—, se llevaban pocos años de diferencia. Aelfric, el mayor, tenía veintiséis; y la chica, Aelfgifu, dieciocho. Port se inclinó ante ella solemnemente. No le disgustaban el temperamento alegre y un tanto infantil de los varones, pero las audaces travesuras de Aelfgifu, más propia de un chico, ofendían su sentido del decoro. Como es lógico, justamente por esa razón los hijos del noble se divertían tomándole el pelo.
Aelfwald contempló su reducido séquito con satisfacción. El noble era un ejemplo típico de los sajones que se habían apoderado de la isla: un hombre de carácter apacible y equilibrado, cuyos procesos mentales no eran rápidos pero sí llenos de lógica. No era muy dado a las discusiones y a las conjeturas, pero cuando creía en algo, defendía esa idea con obstinación. Los fogosos celtas, que habían resistido valerosamente el ataque enemigo en el país de Gales, despreciaban a esos sajones, para ellos estúpidos, que les habían arrebatado sus tierras; pero ese sentimiento no era necesariamente recíproco, y ambas comunidades llevaban tiempo conviviendo en la isla, donde sólo se producían esporádicos estallidos de violencia en la frontera.
Aelfwald tenía fundados motivos para sentirse satisfecho de la vida. Entre las tierras que poseía en diversas zonas de Wessex se contaba un hermoso terreno boscoso en la costa. Su hijo primogénito estaba casado y Aelfwald le había regalado unas magníficas granjas. El noble confiaba en hallar pronto un marido para Aelfgifu.
—Aunque Dios sabe quién va a querer casarse con una joven tan revoltosa y poco femenina —le comentaba riendo a su esposa.
Una vez concluido el juicio, Aelfwald pensaba conducir a su siervo de regreso a su alquería, donde a Port le aguardaban su esposa y sus dos hijos; y aquella noche el noble daba en su espaciosa mansión del valle una fiesta a la que había invitado a Port y al resto de sus vasallos.
Pero primero debían hacer una visita que le causaba a Port una íntima desazón.
El grupo echó a andar por la calle mayor de Wilton.
Era una población pequeña, recoleta, situada en un grato paraje donde confluían los ríos Wylye y Nadder. Aunque siete años atrás unas tropas danesas habían invadido brevemente la ciudad, la recia valla de madera que rodeaba la parte oeste aún no estaba terminada, y las empalizadas y los parapetos de tierra que completaban el anillo defensivo presentaban ciertos desperfectos que no serían reparados hasta pasado el invierno. El río Nadder, de escaso caudal, discurría entre árboles por el borde meridional de la población, y por el norte, en las suaves laderas que conducían hacia la gran meseta cretácea crecían magníficos robles y esbeltos abedules. Los dos puntos capitales de la localidad eran la placita del mercado, rodeada de modestas casas de madera, y un gran edificio de piedra situado al este de la misma. Se trataba de Kingsbury, el palacio real, pues aunque el rey Alfredo dedicaba más atención a la gran ciudad de Winchester, Wilton seguía siendo la segunda población más importante del reino.
Aquel día el palacio estaba desierto; el rey se encontraba cazando en el oeste; pero Aelfwald y su séquito se dirigían a un grupito de edificios que junto al palacio se alzaban dentro de su propio recinto amurallado. Era la abadía, sede de una reducida aunque distinguida comunidad de doce monjas, entre las que se contaba la hermana de Port.
El conjunto abacial estaba constituido por la residencia de las monjas, una iglesia de madera, un refectorio y una pequeña capilla de piedra con dos naves laterales y un empinado techado de madera. Una de las monjas los condujo a la capillita, que era una estructura independiente provista de pequeñas ventanas y arcos ojivales, aunque no exenta de elegancia. El mayor orgullo de las monjas eran los pilares exquisitamente tallados que enmarcaban la puerta occidental y que estaban cubiertos con un maravilloso dibujo de nudos entrelazados; sus capiteles cuadrados mostraban un diseño no menos complejo consistente en unos dragones ligados entre sí, un verdadero ejemplo del arte sajón. En la iglesia se percibía un delicado olor a incienso, y los ricos ornamentos de oro y plata, los suntuosos tapices y el exquisito paño que cubría el altar evidenciaban las generosas donaciones que recibía la abadía.
Aelfwald el noble la visitaba a menudo; le gustaba presentar sus respetos a la abadesa, una parienta lejana del rey, y admirar la iglesia de piedra, sin duda el edificio más hermoso de la comarca. Y Port había acudido a ver a su hermana. La abadesa apareció a los pocos minutos, acompañada por Edith. Las dos monjas intercambiaron cordiales saludos con sus invitados; luego Port condujo a Edith a un rincón apartado.
Edith no era una mujer atractiva. Diez años más joven que su hermano, estaba tan delgada como él, y en su rostro enjuto los huesos se marcaban a través de la piel, de modo que presentaba un aspecto esquelético, una impresión agravada por los ojos amarillentos y los pálidos labios que en invierno adquirían un color lívido. Edith había tenido suerte al ser aceptada en la abadía, pues la mayoría de las monjas pertenecía a familias de alcurnia que les habían procurado unas dotes muy superiores a los medios de Port. En realidad era gracias al apoyo de Aelfwald que Edith había sido admitida. Pero la joven había llegado a la abadía con grandes aspiraciones. Algunas de las religiosas, entre ellas la abadesa, se habían formado en el gran monasterio de Wimborne, emplazado treinta kilómetros al suroeste, donde una abadesa regía dos nutridas comunidades de monjes de ambos sexos, que sin embargo llevaban existencias cuidadosamente separadas. En los siglos anteriores, insignes misioneros como Bonifacio, que habían partido de la isla anglosajona recién convertida para ejercer el apostolado entre las tribus paganas del nordeste de Europa, habían elegido a muchos de sus mejores colaboradores entre la comunidad de Wimborne. Edith había confiado en ser escogida también para desempeñar esa tarea y trasladarse de Wilton a Wimborne. Pero la sabia abadesa había comprendido enseguida que Edith no tenía las virtudes necesarias para ser misionera. De modo que ésta no recibió ninguna invitación para trasladarse a Wimborne, y todo indicaba que pasaría el resto de su vida en la pequeña comunidad en compañía de las otras monjas.
Así pues, a Edith le quedaba una sola ambición, y dado que le sobraba el tiempo para rumiar, no cesaba de pensar en ello. Era la única religiosa que no había hecho una donación a la abadía, y aunque sus compañeras no se lo recordaban jamás, Edith se sentía avergonzada. Por ese motivo, tres años atrás había confiado a su hermano su pequeña herencia, rogándole que se la guardara, y en un momento de debilidad de éste le había arrancado la promesa de que él iría añadiendo pequeñas sumas cuando pudiera, hasta reunir la cantidad necesaria para que la familia adquiriera un hermoso crucifijo de oro y lo donara a la abadía. Edith soñaba con ello día y noche: ciertamente, el crucifijo no podría competir con los magníficos ornamentos regalados por el rey; pero se alzaría sobre el altar de la iglesia de la abadía, sencillo y digno, y las monjas sabrían que era una donación de la familia de Edith.
Entonces llegó la noticia del accidente de Port y del juicio consiguiente. Edith no había dicho una palabra a nadie, pero a solas en su celda había calculado, con creciente emoción, la suma que su hermano percibiría como indemnización, convencida de que bastaría para adquirir el crucifijo. Durante ese período, Edith estuvo realizando sus quehaceres en un estado de profunda pero contenida agitación; sus oraciones contenían un nuevo fervor; al entonar los salmos afinaba más. Por una razón que las otras monjas ignoraban, era evidente que Edith albergaba una nueva y secreta alegría.
Esa ilusión de su hermana colocaba a Port ante un verdadero dilema.
Bajo el sistema legal anglosajón era una regla perfectamente clara que cuando un campesino poseía cinco hides de tierra —un hide, según la calidad del terreno, medía entre veinte y cincuenta hectáreas— automáticamente adquiría el estatus de caballero. Un personaje como Aelfwald poseía muchos hides; Port poseía cuatro.
El dinero de la indemnización, añadido a lo que Port había ahorrado, junto con parte de la suma que su hermana le había confiado, bastaría para comprar el último hide.
Durante dos semanas Port había hecho también unos cálculos en secreto; y al igual que Edith, había vivido en un estado de contenida excitación, pues no existía nada en el mundo que anhelara más fervientemente que alcanzar este importante estatus para su familia y para sí mismo.
Sin embargo, había dado su palabra a Edith: el dinero debía servir para comprar la cruz de oro. Sin duda, se dijo Port, más adelante podría reunir de nuevo la cantidad que pedían por el crucifijo; pero en tal caso, también podría esperar a juntar la cantidad necesaria para comprar la tierra. En su fuero interno Port sabía que nunca llegaría a recoger una suma tan elevada. Por otra parte, si rompía su promesa a Edith, ¿se enteraría alguien? No. La promesa era, y seguiría siendo, un secreto entre ambos. ¿No preferiría su hermana que él se convirtiera en un caballero? Port meneó la cabeza, deprimido. Sabía lo que Edith deseaba. Y al entrar en la abadía y pensar en el pálido y ansioso rostro de Edith y en el hide de tierra que deseaba comprar, Port no supo qué hacer.
Su hermana se acercó a él, y cogiendo con sus delgadas manos el brazo vendado de Port, lo miró con ternura.
—Lamento que te hirieran —dijo suavemente.
—No fue nada. —La voz de Port era fría, aunque no había pretendido que lo fuera.
Durante unos momentos ninguno dijo nada. Luego, como una gota de agua que se va formando hasta caer del caño, cayó suavemente la inevitable pregunta.
—¿Has ganado el caso?
Port asintió con tristeza.
—¿Sigewulf ha pagado la indemnización?
Port afirmó de nuevo con la cabeza. Edith lo miró; luego, incapaz de reprimirse, sonrió mostrando una hilera de dientes sorprendentemente bonitos y, por unos instantes, casi pareció hermosa.
—¿Tienes el dinero de la indemnización?
Port asintió una vez más.
—¿Será suficiente? —preguntó Edith con impaciencia.
Port no tuvo valor para confirmarlo.
—Quizá. No lo sé —mintió.
Edith mudó de expresión.
—Supuse… —empezó a decir, pero se detuvo. Sabía que no debía interrogar a su hermano—. Confiaba en que…
Port observó que la expresión de felicidad se había borrado de su rostro.
—Es posible que haya suficiente. Ya lo comprobaré —se apresuró a decir Port, incapaz de seguir mirando a su hermana a los ojos.
Ella cabeceó lentamente. Port se sintió como un canalla, casi como si hubiera agredido violentamente a aquella figura tan frágil.
—Cuando sea posible comprar el crucifijo házmelo saber —murmuró Edith con tristeza. Su propia sumisión apagó suavemente la llamita de esperanza que se había permitido alimentar.
—Por supuesto —aprobó su hermano.
Al cabo de un momento fueron a reunirse con los demás.
La abadesa estaba mostrándole a Aelfwald el último tesoro que había llegado a la abadía. Era un libro que contenía los Evangelios, un gigantesco volumen encuadernado en piel, con una cruz de ricas gemas adornando la cubierta y las páginas magníficamente ilustradas.
A lo largo de los siglos el arte de ilustrar libros había alcanzado su esplendor en el norte sajón de Inglaterra y en los monasterios de la Irlanda celta, culminando con obras de arte como el Libro de Kells, completado hacía tan sólo unas generaciones, y los Evangelios de Lindisfarne, la isla monástica sagrada situada frente a la costa de Northumbria. Mercia era bien conocida por sus brillantes eruditos y sus hábiles artesanos; y en el sur de Inglaterra existía también una magnífica escuela de ilustración, concretamente en Canterbury, que a la sazón trataba de emular la Winchester de Alfredo. Pero los daneses paganos que invadieron la parte norte del país destruyeron la mayoría de esas escuelas, y ese espléndido volumen había sido rescatado hacía poco de un monasterio de Mercia, sumándose a los maravillosos tesoros guardados en Wilton.
La abadesa les hizo ver el texto, exquisitamente escrito. La mayoría de las escrituras unciales —compuestas de letras mayúsculas del tamaño de una pulgada— utilizadas en Inglaterra derivaban de los irlandeses celtas o de la escuela continental franca conocida como carolingia.
—Vean —dijo la abadesa—, el monje de Mercia ha adaptado la escritura carolingia, y ha trazado letras grandes y cuadradas.
Aelfwald no dijo nada. Todas las caligrafías le parecían idénticas, pues al igual que muchos nobles sajones no sabía leer ni escribir, un defecto que el rey Alfredo, que se dedicaba al estudio de esas artes, le había reprochado en varias ocasiones.
Pero la atención de Aelfwald estaba fija en otra cosa que lo hacía sonreír.
Osric tenía doce años. Era un chico bajito y serio, cuyos dos rasgos más sobresalientes eran unos grandes ojos grises y unas manos pequeñas con dedos cortos y rechonchos; el niño había heredado ambos rasgos de su padre, un carpintero que trabajaba en la propiedad de Aelfwald. Varios años atrás, ante el estupor de Aelfwald, su segundo hijo Aelfwine había decidido hacerse monje, y el noble mandó construir un diminuto convento para seis monjes en su finca cerca de Twyneham, en la costa, donde instaló a Aelfwine confiando en que con el tiempo cambiara de parecer. Pero hasta la fecha el joven seguía en sus trece. Más adelante, también el hijo del carpintero confesó su vocación monástica, y cuando su padre se lo comunicó a Aelfwald, éste decidió enviarlo al conventito.
—Por lo menos Aelfwine lo vigilará, y si el chico se cansa de esa vida, nos lo hará saber —había dicho Aelfwald al carpintero. De eso hacía casi un año.
Pero cuando, tres días antes de la visita a la abadía, Osric había ido a ver a sus padres, el noble había notado que el chico no parecía feliz. Los informes que sobre él le había dado Aelfwine eran buenos, sin embargo ni el carpintero ni el noble habían conseguido averiguar qué le ocurría. Quizá, pensó Aelfwald, el chico se había arrepentido de su decisión y era demasiado orgulloso, o estaba demasiado asustado, para confesarlo.
El noble había retenido a Osric unos días en su casa, y aunque le preguntó varias veces: «¿Estás seguro de que quieres ser monje?», el chico siempre había respondido afirmativamente. Aelfwald seguía opinando que el chico se sentía desgraciado, pero fuera cual fuese su secreto era evidente que nadie iba a lograr arrancárselo.
Pero ahora, de pronto, el rostro de Osric reflejaba entusiasmo. Totalmente absorto, estaba examinando el tomo ilustrado, deleitándose en la esmerada escritura, en la exquisita selección de rojos y azules, en la lámina de oro aplicada alrededor de las barrocas iniciales. No tenía nada de extraño que Osric, descendiente de innumerables generaciones de artesanos, se sintiera impresionado por esa obra de arte; pero al observarlo, Aelfwald sonrió satisfecho. La evidente fascinación del chico le dio una idea, una solución que podía hacer feliz al joven Osric, dar lustre a su propia reputación e incluso complacer al rey.
Apoyando una mano en el hombro de Osric, Aelfwald le preguntó:
—¿Crees que serías capaz de hacer eso?
El chico reflexionó unos instantes.
—Creo que sí, señor.
—¿Te gustaría hacerlo? —insistió Aelfwald.
El chico respondió entusiasmado:
—Oh, sí.
—Bien. Pues lo harás. Hablaré con el rey. Este verano te enviaremos a Winchester o a Canterbury para que aprendas el oficio. ¿Estás contento?
El rostro de Osric expresaba con elocuencia la respuesta.
—Espléndido. Ya tenemos un nuevo artesano —anunció Aelfwald a la abadesa. El noble sonrió. Su propuesta parecía haber resuelto el problema que aquejaba al chico; y a Aelfwald le gustaba resolver los problemas.
Mientras los tres mantenían esa conversación, otra muy distinta se desarrollaba entre el hijo menor del noble, Aelfstan, su hija Aelfgifu y la pobre Edith. Aelfstan se divertía tomándole el pelo a la monja, su distracción favorita.
—Sí —aseguró el joven a la monja moviendo la cabeza con tristeza—, mi padre dice que si Aelfgifu no encuentra marido dentro de dos meses, la enviará aquí para que se haga monja. —Aelfstan emitió un suspiro—. Hasta ahora, Edith, no ha aparecido ningún novio.
El efecto de esta noticia inventada superó ampliamente sus esperanzas.
Al contemplar a la bella, voluntariosa y díscola joven de dieciocho años, conocida en toda la comarca por ser más atrevida que cualquier muchacho, en el rostro de la monja se dibujó una expresión horrorizada. Miró a ambos hermanos, que menearon la cabeza con gesto apesadumbrado.
—¿Hacerse monja? —La idea era tan espantosa que no le cabía en la cabeza—. Pero seguramente… —balbució Edith— es muy precipitado… Un año o dos como mínimo…
—No —respondió Aelfstan categóricamente—. Mi padre jamás cambia de parecer.
Edith lo miró boquiabierta y trató de tragar saliva.
—Bien —continuó Aelfstan con optimismo—, estoy seguro de que se sentirá muy feliz aquí, ¿verdad, Aelfgifu?
—Oh, sí —repuso la joven alegremente. Luego, como si acabara de ocurrírsele, preguntó—: ¿Podré montar a caballo y cazar?
—¿Cazar? —Edith abrió los ojos como platos ante tamaño despropósito.
—¿De vez en cuando? —sugirió Aelfgifu. Era una excelente amazona y en ocasiones practicaba la cetrería con el mismo rey.
—No, no —murmuró la monja. La espantosa noticia había hecho que se olvidara incluso del crucifijo de oro—. Nuestra principal tarea son las labores de aguja —agregó muy seria. Las religiosas se sentían justamente orgullosas de los magníficos bordados que realizaban trabajando juntas, en silencio, con paciencia, hora tras hora.
Aelfgifu soltó una risotada que resonó en toda la capilla y extendió las manos, que tenía grandes y fuertes.
—Apenas sé sostener una aguja —repuso.
—La vida aquí es muy distinta —dijo Edith angustiada, preguntándose qué podía hacer para evitar aquel desastre.
—Echaré de menos no poder luchar con mis hermanos —comentó la chica con su habitual franqueza.
Edith se quedó muda. Su rostro había perdido el poco color que solía tener.
Aelfstan emitió una tosecita para indicar a su hermana que había llegado el momento de dejar de burlarse de la monja. El resto del grupo se había vuelto y los observaba con curiosidad, y el chico no tenía ningún deseo de explicar a su padre esa conversación. No sin ciertos remordimientos, hermano y hermana se apresuraron a despedirse cortésmente y se alejaron, dejando a Edith con sus preocupantes pensamientos. Al final del día, viéndola tan atribulada, la abadesa le explicó que los jóvenes habían interpretado mal las intenciones del noble con respecto a su hija; y cuando la pobre Edith se hubo retirado la abadesa se reclinó en su silla y prorrumpió en carcajadas.
La fiesta empezó aquella misma tarde, cuando el sol se puso en el valle.
La gran mansión de Aelfwald se alzaba en el centro de una bulliciosa comunidad. En torno al caserón, algo elevado del suelo y con hermosas vigas de roble, se agrupaban los recios edificios de madera con techumbre de paja de la granja. A cincuenta metros, a ambos lados del camino que serpenteaba a través del valle, estaba la aldehuela de Avonsford, consistente en una docena de casitas; y en torno a la aldea se extendía el elemento más extraordinario de la campiña anglosajona: sus inmensos campos.
Éste era el gran cambio que habían propiciado los sajones: mientras que en otros tiempos los colonos habían desbrozado la parte superior de las colinas para levantar en los claros sus chozas y alquerías, en el transcurso de los siglos los sajones habían ido talando grandes trozos de bosque en las llanuras y en los valles, eliminando árboles, arbustos y matojos para proporcionarse ricas tierras de cultivo. En la planicie de Avonsford había dos enormes campos de centenares de metros cuadrados, divididos por caballones en largas franjas de tierra, de modo que parecía como si un enorme peine hubiera rastrillado el desnudo paisaje.
Los aldeanos llamaban Paraíso al campo situado en el este, y Purgatorio al del oeste. Unos pesados arados tirados por seis o siete bueyes habían removido la tierra compacta, tal como Cayo Porteus había soñado hacer hacía ochocientos años. Las largas parcelas estaban meticulosamente divididas, algunas pertenecían al señor, otras a los campesinos o a sus amos, que eran hombres libres o antiguos esclavos. Los aldeanos trabajaban los campos; y el señor se llevaba su parte correspondiente. A cada lado del río, los terrenos que el abuelo de Aelfwald había avenado con moderado éxito, constituían ahora un inmenso prado donde pastaban los animales.
Ésta era la comunidad, la aldea típica de Inglaterra, que se había formado sobre los restos de la propiedad perteneciente a la villa de los Porteus. A un kilómetro de distancia comenzaba de nuevo el bosque, en el que hozaban los puercos. En las laderas, las tierras de cultivo de antaño seguían siendo utilizadas por Port y otros para apacentar a sus rebaños de ovejas.
En el lugar había otro elemento notable: en un pequeño campo reservado para el pasturaje, situado entre la mansión de Aelfwald y la aldea, se alzaba una cruz de madera, que hacía las veces de iglesia para las gentes de la aldea, tanto en invierno como en verano. Los ancianos se reunían allí cuando tenían que discutir asuntos importantes del lugar; y allí era donde el sacerdote de Wilton celebraba misa los domingos y en las grandes fiestas eclesiásticas.
Cuando el sol poniente rozó la cresta de los caballones en los campos, creando un espectacular dibujo rojo y negro, de luz y de sombra, la comunidad en pleno se dirigió hacia la mansión de Aelfwald el señor feudal.
Pues esa noche iba a celebrarse una gran fiesta; y además, según se rumoreaba, el señor iba a anunciar una importante noticia.
La mansión acogía holgadamente a un centenar de personas. Varias mesas de caballete estaban dispuestas en dos hileras a ambos lados de la sala, y otra mesa unía transversalmente la cabeza de éstas. Estaba ocupada por el noble y su esposa Hild, una hermosa mujer de cincuenta y tantos años cuya edad sólo se notaba por algunas hebras grises en su larga melena rubia y unas pocas arrugas en la frente. Los hijos varones del noble y Aelfgifu se hallaban sentados en mesas distintas junto a los súbditos del caballero.
La cena demostró ser espléndida. El buey y el venado fueron acompañados por gigantescas bandejas de pescado que Tostig el esclavo había capturado aquella mañana en el río. Algunos hombres bebían vino, pero la mayoría trasegaba la espesa y aromática cerveza de la región, y junto a cada comensal había una copa en la que los sirvientes escanciaban la bebida más importante de todas, el dulce y potente hidromiel que, al igual que en épocas pasadas, elaboraban con miel recogida en el bosque.
En la mesa principal, los magníficos platos de esmalte resplandecían a la luz de las velas y las llamas que ardían en el hogar de un extremo del salón.
«La casa de Aelfwald parece la de un rey», decían muchos, y el noble se esmeraba en vivir de acuerdo con su reputación.
Sobre la mesa, directamente frente a él, Aelfwald tenía un espléndido cuerno que usaba a modo de copa y que constituía uno de sus tesoros más preciados. Era el cuerno de ese animal raro y espléndido, el casi olvidado uro, que el rey Egberto de Wessex había regalado al abuelo del noble: un objeto largo, curvado e imponente, tan pulimentado que su albura brillaba, rodeado por seis bandas de oro, y tan grande que contenía ocho cuartos de cerveza.
Port comprobó con deleite que lo habían colocado en un lugar de honor en la esquina de la mesa de cabecera, y allí se sentó satisfecho junto a su esposa, una mujer menuda de rasgos anodinos que lo amaba sin reservas.
Todos los asistentes se mostraban de excelente humor, y si las estentóreas risotadas procedentes de la mesa del extremo se debían a la impecable imitación que Aelfstan ofrecía de la consternación que aquella mañana había embargado a Edith la monja, por suerte para el muchacho ni su padre ni Port habían reparado en ello.
En más de una ocasión, durante la fiesta, los hombres habían apartado los ojos de la mesa presidida por el noble para posarlos en su hija, mientras ésta y su madre cumplían los deberes correspondientes a la esposa y a la hija de un hospitalario caballero, ofreciendo exquisiteces e hidromiel a sus invitados y dedicando a cada uno de ellos unas palabras amables. La revoltosa Aelfgifu había experimentado aquella velada un cambio extraordinario. Vestía un traje largo rojo, suntuosamente bordado, con mangas de seda abullonadas. Calzaba unas elegantes zapatillas de cabritilla roja. En torno al cuello lucía una cadena de oro con un colgante de oro y granates, y de su faja pendían unos ganchos largos de plata en forma de llaves que constituían el símbolo sajón de la femineidad. Su magnífica cabellera dorada le caía sobre los hombros como una cascada, y su atlética figura se movía con gracia y empaque. Sus ojos vivarachos y su campechano buen humor, que hacían de ella la perfecta compañera de juegos de sus hermanos, contribuían esa noche a resaltar su belleza.
—Vale el morgengifu de un noble —murmuraban los hombres. Era el regalo que el marido debía pagar a su flamante esposa la mañana después de haberse consumado el matrimonio.
—Por pasar una noche con ella —apostilló un campesino—, yo estaría dispuesto a pagar cualquier precio.
—Siempre y cuando no estuvieras ya muerto de cansancio —replicaron sus compañeros entre carcajadas.
Terminado el festín, llegó la hora del espectáculo. Al cabo de unos momentos apareció entre las mesas un joven fornido y barbilampiño, acompañado por un muchacho que sostenía un arpa.
Para empezar cantaron unas canciones procaces que hicieron las delicias del público, seguidas por unos acertijos, que en su mayoría todos conocían, pero a los que el fornido joven agregó dos o tres de su propia cosecha. Los recitó melodiosa y pausadamente, empleando una cantinela poética, con el fin de atrapar la atención del público.
Mi vestido es silencioso cuando subo a la orilla,
cuando permanezco en mi morada, o cuando cruzo las aguas.
Mi traje de cola y el indómito viento
me elevan por encima de los seres terrenales:
allí, entre las nubes, vuelo y atravieso los aires.
El batir de mis blancas alas,
despierta un potente eco, que canta en vuestros oídos
cuando no estoy durmiendo en tierra,
o deslizándome sobre las plácidas aguas:
como un barco, como un espíritu errante.
Eso es lo que soy. ¿Qué soy?
—Un cisne —exclamaron los asistentes, y el joven hizo una reverencia, pues todos estaban familiarizados con los majestuosos cisnes que se deslizaban sobre los cinco ríos de Sarum.
Después de los acertijos el joven entonó unas canciones sobre los antiguos dioses germanos: Thunor, el dios del trueno; Tiw, el dios de la muerte; el gran Woden, dios de la guerra, y el mítico antepasado de la casa real de Wessex. Al término de cada canción, los hombres golpeaban la mesa con sus copas y aplaudían.
Aunque los anglosajones de Inglaterra llevaban muchas generaciones convertidos al cristianismo, el recuerdo del pasado pagano aún permanecía vivo, formaba parte de la vida cotidiana y ninguna iglesia habría intentado sofocarlo. ¿No eran un homenaje a los dioses los nombres de los días de la semana, como Wodensday, que significa miércoles? Y en cuanto al código de honor que hacía que un hombre fuera leal a su señor, en cuanto a la ley de las disputas familiares y al wergild, a las canciones y las poesías que todos amaban, ¿acaso no se remontaba todo ello a épocas pretéritas? Aelfwald el caballero no se devanaba los sesos tratando de explicarse el hecho de que la cultura sajona que él amaba y la religión cristiana en la que creía fueran lógicamente incompatibles. Era un anglosajón cristiano, y con eso bastaba.
A un gesto de su acompañante, el muchacho pulsó tres veces las cuerdas del arpa y el bardo anunció:
—Beowulf.
Los asistentes guardaron silencio. Ningún poema era más conocido o más apreciado que Beowulf; y aunque había sido escrito, el recitador no precisaba leerlo porque lo conocía de memoria. Pero no lo cantaría, sino que lo declamaría en voz baja y solemne, dejando que las palabras, con sus insistentes y significativas aliteraciones, tejieran un encanto mágico a través de la sala.
El joven no recitaría el poema completo aquella noche, pues era muy largo, sino que ofrecería a sus atentos oyentes los pasajes que mejor conocían y amaban. Les referiría cómo el héroe había surcado los mares para acudir en auxilio del rey danés, Hrothgar; y que por la noche, en una mansión como ésta, Beowulf había luchado con las manos desnudas contra el temible monstruo Grendel y le había arrancado el brazo de cuajo; y cómo había matado a la madre del monstruo en el fondo del lago; y que, en su última batalla, Beowulf había perecido mientras aniquilaba a un dragón que moraba en un antiguo túmulo funerario.
El bardo comenzó despacio, describiendo la travesía de Beowulf: su cántico lento y rítmico cayó sobre los asistentes como las olas en la arena; y en toda la sala, sin apenas reparar en ello, hombres y mujeres, profundamente conmovidos, comenzaron a mecerse de un lado a otro sobre los bancos. Port también se sintió cautivado por el poema. Le pareció ver el barco, sentirlo mecerse sobre las aguas y bajo el vasto firmamento, notar su quilla deslizándose sobre la arena de la playa danesa. Al igual que el resto de los oyentes, sus ojos se nublaron. Port, junto con los demás, se sintió transportado a ese universo evocador, melancólico y heroico que habita las leyendas de todos los pueblos septentrionales.
A continuación vinieron los grandes juramentos de lealtad de Beowulf al rey Hrothgar, y las luchas mediante las que los cumplía. Así debía actuar un guerrero anglosajón: guardar lealtad al señor que había elegido, confiar en la suerte, creer en que el Dios cristiano le ayudaría, pero continuar siendo un pagano en todos los demás aspectos.
Cuando el recitador llegó a las escenas de batallas, adoptó un ritmo más rápido. Las palabras brotaban espesas, guturales, sibilantes, emitiendo un sonido parecido al del propio combate.
Por la herida que tenía Grendel en el hombro
asomaban los tendones y las envolturas de los huesos;
Beowulf conoció la gloria en la batalla.
Destrozado y desangrándose, Grendel fue derrotado,
y huyó a los marjales, a su tenebrosa morada.
Al igual que a los sajones, a Port le brillaban los ojos; apretó los puños y sintió la sangre latiendo en sus venas. ¡Con qué coraje había luchado el héroe!
Pero al fin, Beowulf entabló su última batalla; y después de que quemaran su cadáver en la pira funeraria, fue enterrado en un túmulo, frente al mar; con sus broches y sus anillos de oro, como debía ser inhumado todo guerrero:
El más bondadoso de los reyes, el más amable de los hombres;
fue siempre justo con su pueblo, siempre fue ávido de fama.
La voz del bardo se apagó hasta convertirse en un murmullo. Se había terminado; y durante un largo momento saboreado por todos, el público guardó silencio.
Luego el recitador se inclinó y los asistentes, después de aplaudir, alzaron sus copas para brindar por su excelente actuación.
A continuación, cuando todos hubieron dado las gracias a los artistas, al noble Aelfwald se levantó ceremoniosamente de su silla y pidió silencio.
—Ha llegado el momento de la entrega del anillo —anunció.
Ninguna ceremonia era más importante que aquélla. Cuando el rey regalaba a su concejal o su leal feudatario un anillo, éste representaba un vínculo simbólico entre ellos que jamás podía romperse con honor. Con frecuencia esos anillos llevaban inscrito un mensaje o un sortilegio en la antigua escritura rúnica que los pueblos septentrionales seguían conservando de su pasado pagano y que otorgaba al anillo un valor mágico singular.
A Aelfwald, un caballero rico y poseedor de muchas tierras, le complacía regalar anillos a sus hombres, pues ello acrecentaba su propia dignidad.
Cuando las voces en el salón se acallaron, Aelfwald señaló a Port.
—Hoy —anunció el noble—, Port ha recibido una indemnización por la pérdida de su mano derecha. —Los comensales golpearon amistosamente las mesas y rieron—. De modo que hoy, mis leales amigos, voy a regalarle un anillo para que lo luzca en la mano que aún conserva.
Sus palabras fueron acogidas con alegres exclamaciones de aprobación. Port inclinó la cabeza con expresión grave.
—Guarda este anillo para mí, Port —dijo el noble, y haciendo un guiño al público, añadió—, procura no perderlo.
Los asistentes prorrumpieron en estruendosos aplausos y carcajadas. Port se sonrojó de gozo.
Mientras Aelfwald sostenía el anillo en alto para que todos lo contemplaran, su esposa se acercó a Port y le ofreció ceremoniosamente la copa para que bebiera. En cuanto éste hubo bebido, Aelfwald le hizo entrega de un grueso anillo de oro con una inscripción rúnica.
Port se colocó el anillo en el dedo meñique de la mano izquierda. Luego golpeó la mesa con los nudillos para imponer silencio. Las risas cesaron inmediatamente, pues aunque la gente consideraba al envarado y solemne ovejero un personaje un tanto cómico, el juramento que ahora debía pronunciar en respuesta al regalo del anillo era un asunto muy serio que debía ser escuchado con respeto.
—El noble Aelfwald es mi señor —declamó en tono solemne—. He bebido su hidromiel; he recibido su anillo. Si un hombre le ataca, le defenderé con mi vida.
Los asistentes cabecearon en señal de aprobación. El código de honor sajón exigía que un hombre jurara cumplir ese compromiso, y Port, aunque sus antepasados hubieran sido celtas, cumpliría su palabra.
Entonces Aelfwald se llevó el inmenso cuerno de uro a sus labios y dijo:
—A tu salud, Port.
Y todos brindaron por él.
Siguieron otros brindis, otras entregas de anillos y juramentos de lealtad. Port, con las mejillas arreboladas, aparecía feliz; su esposa, sentada junto a él, sonreía de orgullo.
Pero mientras Port miraba en derredor suyo, el pensamiento que le atormentaba desde aquella mañana retornó a su mente con más fuerza que nunca.
«Realmente —se dijo—, es un honor convertirse en un caballero». Y Port recordó sus cuatro hides de tierra. Por enésima vez hizo sus cálculos. Quizá pudiera adquirir la tierra y dar a Edith una cruz de plata, pensó.
Eso resolvería el problema.
Pero Port sabía que era imposible. Ante sus ojos apareció la imagen de su hermana, primero furiosa, luego abatida. Port trató de desecharla de su mente, pero fue inútil, y arrugó el ceño con irritación.
Sus meditaciones fueron interrumpidas por Aelfwald, que había vuelto a ponerse en pie. Esa vez descargó tres sonoros puñetazos sobre la mesa, para imponer un silencio absoluto, y los asistentes aguardaron con impaciencia. Éste debía de ser el anuncio al que se había referido antes el noble.
Con expresión muy seria, Aelfwald miró lentamente en derredor suyo para transmitir ese cambio de ánimo a sus gentes. Incluso el joven Aelfstan mostraba un continente grave. Cuando el noble juzgó que los comensales estaban preparados, dijo:
—Amigos, hemos comido y bebido juntos. Hemos entregado unos anillos y hemos pronunciado unos juramentos. Pero hay algo más importante que aún no hemos hecho. —Aelfwald se detuvo—. Me refiero a nuestro deber para con Dios.
Se produjo un respetuoso silencio. Era justo que un noble caballero hablara de esas cosas. ¿No azuzaba el rey Alfredo a sus hombres antes de una batalla recordándoles que Dios les vigilaba continuamente? ¿No había conquistado el hermano del rey la admiración universal negándose a entrar en combate, tras ser atacado, hasta haber oído toda la misa en su tienda de campaña?
—Este año —les recordó Aelfwald—, nuestro señor Alfredo ha conseguido al fin forzar a los paganos vikingos, esos saqueadores y destructores, a abandonar nuestra tierras. No sólo eso: su flota ha sido destruida y hundida frente a nuestras costas. Y debemos dar las gracias a Dios por esos hechos.
Todos los convidados sentados a la mesa inclinaron la cabeza, mientras Aelfwald repetía una pequeña oración a la que era muy aficionado:
Más grande que Thunor,
más grande que Woden,
es aquel que por nuestros pecados
colgó sangrando de una cruz y murió;
a ti te damos gracias,
Señor Nuestro Jesucristo.
Conmovido, el noble prosiguió:
—Nuestra vida en la Tierra es corta. —Miró a todos de los presentes. En las vigas del techo había varios nidos de pájaros, y a través de un pequeño orificio de ventilación en cada extremo de la sala las aves entraban y salían sin dificultad—. Es como un pequeño gorrión que vuela a través de la casa; entra del exterior, y se marcha volando, nadie sabe adónde. Y así, amigos míos, viajamos nosotros, de oscuridad en oscuridad. Durante los breves años de nuestra vida residimos en una mansión. —El noble se detuvo, incapaz de hallar más palabras para expresar la naturaleza transitoria de la vida—. Pero existe una mansión más grande —continuó—, donde la vida es eterna.
Port asintió lentamente con la cabeza en señal de aprobación. Las palabras del noble reflejaban exactamente sus propios sentimientos, aunque él nunca los había expresado de viva voz.
—Hoy deseo hacer un anuncio importante —continuó el noble—. Cuando murió mi madre, le juré hacer generosas donaciones a la Iglesia de Dios. —Aelfwald miró en derredor suyo—. Hace cuatro años fundé la casa religiosa en mi propiedad de Twyneham, donde mi hijo Aelfwine reside en calidad de monje. —Se oyó un murmullo de aprobación—. Hoy, he decidido enviar al hijo de Osric el carpintero a la escuela de Canterbury para que aprenda el arte de la ilustración. Yo costearé sus estudios. —Los asistentes acogieron esas palabras con aplausos—. Pero esto no es suficiente —exclamó el noble—. Así pues, a fin de cumplir el juramento que le hice a mi madre, voy a hacer una nueva donación.
Port se preguntó de qué se trataría. ¿Quizás un regalo al convento de monjas?
—En el prado junto a este lugar, donde se alza la cruz —declaró Aelfwald—, construiré una iglesia. No será de madera, como esta casa, sino de piedra. Y cederé unas tierras para mantener al sacerdote que oficie en ella.
Los asistentes enmudecieron, impresionados por el anuncio. Esos templos, las primeras iglesias parroquiales de Inglaterra, constituían una rareza; y más aún si eran de piedra. Sólo existía una en esa zona, al sur del lugar donde confluían los cinco ríos, en la pequeña aldea de Britford. Allí un rey había creado un oratorio en su propiedad, utilizando piedras de las ruinas del Sorviodunum romano. Pero había pasado una generación sin que nadie llevara a cabo una obra tan ambiciosa en aquella comarca. El coste de semejante edificio, aunque fuera una estructura modesta, sería muy elevado y representaba un gran sacrificio incluso para un hombre acaudalado como Aelfwald.
Port clavó la vista en la mesa. Su mente era un torbellino. Al recordar su reticencia a cumplir el juramento que le había hecho a su hermana, sintió que se sonrojaba de vergüenza.
—No soy digno de ser un caballero —se lamentó en voz baja.
Y entonces, cuando Aelfwald se sentó y volvieron a pronunciarse unos brindis, Port comprendió lo que debía hacer.
Ruborizado y sintiendo una leve sensación de mareo, Port se levantó torpemente. Cuando los murmullos cesaron a su alrededor y todos se volvieron hacia él, sorprendidos, Port dijo elevando el tono, de modo que su débil voz resonó en toda la sala:
—Yo, Port, a fin de cumplir el juramento que le hice a mi hermana Edith, donaré al convento de Wilton una hermosa cruz de oro, para mayor gloria de Dios.
Tras esas palabras volvió a sentarse. Ya estaba hecho. La gente aplaudió. El honor de Port estaba a salvo. Y el dinero se había esfumado.
Ya nunca sería un caballero.
Port permaneció sentado junto a su esposa, sin saber qué pensar. Temblaba de orgullo; sin embargo, aunque trató de restarle importancia, sentía una angustiosa sensación de frío en la boca del estómago al pensar en la oportunidad que había desaprovechado. Con las mejillas encendidas, Port bajó los ojos y los clavó en su regazo, y cuando Aelfwald, sentado a la cabeza de la mesa, le dirigió una cálida sonrisa, Port no lo vio.
Fuera, en la oscuridad que envolvía la mansión, había comenzado a nevar ligeramente sobre Sarum: una señal que presagiaba que al menos ese invierno habría paz.
Hacía una hora que había amanecido. En la pequeña capilla de madera donde los seis monjes llevaban a cabo sus sencillas devociones, Osric, que estaba arrodillado, se incorporó con las piernas entumecidas. El suelo estaba helado, como era habitual en enero.
Era hora de comenzar la jornada, y al igual que todos los días en el monasterio, el muchacho temía ese momento. Durante casi media hora había rezado a solas; pero sus plegarias no le habían procurado consuelo alguno. Sólo pensaba en una cosa: «Dentro de seis meses me enviarán a Canterbury». Pero ese plazo le parecía infinitamente largo.
En el lugar donde los dos ríos, el Avon y el Stour, desembocaban en el resguardado puerto de mar, había un modesto poblado consistente en unas dos docenas de casas protegidas por una empalizada al que daban el nombre de Twyneham. Significaba «lugar junto a dos ríos», pues, lo mismo que Wilton, estaba emplazado en la confluencia de ambas corrientes. Frente a él, una larga lengua de tierra rematada por una colina protegía el puerto de la turbulencia del Canal de la Mancha; y en la parte septentrional del puerto, al este de Twyneham, se extendían grandes llanuras pantanosas que a medida que uno avanzaba hacia el interior daban paso a un bosque. Aelfwald poseía en ese lugar una inmensa propiedad de caza, y en las lindes del bosque había mandado desbrozar un terreno donde se alzaban los modestos edificios del pequeño monasterio.
La donación de un conjunto monástico era una rareza. Durante la última generación había habido menos vocaciones en Wessex, pese a los hermosos monasterios enclavados en esa región. Muchos de los que aún seguían en pie habían degenerado en unas comunidades cuyas normas eran muy tolerantes o prácticamente inexistentes. Y aunque el rey exhortaba continuamente a sus nobles a mejorar la situación, pocos jóvenes de su reino ingresaban voluntariamente en las órdenes monásticas. En este aspecto, Aelfwine constituía un caso infrecuente, y el rey Alfredo había felicitado al noble por su modesta iniciativa. Aunque el conjunto sólo constaba de una capilla, un dormitorio y un refectorio con una cocina que de hecho eran barracas agrandadas, poseía un hermoso salterio y un magnífico par de candelabros adornados con gemas que habían sido donados por la esposa de Aelfwald.
Allí, bajo el vago e informal liderazgo de Aelfwine, los seis monjes llevaban una versión aproximada de la vida prescrita por la sabia Regla de san Benito.
Osric se dispuso a salir de la capilla. Al amanecer los seis monjes habían cantado el primero de los siete oficios diarios en la capilla. Antes del siguiente, la prima, Osric debía barrer el pequeño patio situado frente a la capilla; y antes del tercer servicio, la tercia, tenía que trabajar en la cocina, preparando el frugal almuerzo, oprandium, que tomarían al mediodía. Pero entre la tercia y el mediodía, cuando haría sonar la campanita que anunciaba que la comida estaba lista, Osric disponía de un par de horas libres. Como de costumbre, dedicaría ese tiempo a pasear por los pantanos, lejos de los monjes. Tenía sobrados motivos para hacerlo.
Antes de abandonar la capilla, Osric pronunció en voz alta una última oración:
—Dios mío, no permitas que Aelfwine vuelva a tocarme.
¿Por qué había decidido el hijo del noble hacerse monje? Algunas personas en Sarum creían que se debía a que el joven no podía igualar la fuerza y las proezas de sus hermanos.
«Hasta Aelfgifu podría destrozarlo con el dedo meñique», decían. Todos sabían que cuando la niña tenía doce años, había humillado a Aelfwine en un combate de lucha libre ante un grupo de niños, cosa que el joven jamás había podido olvidar. No es que Aelfwine fuera débil; en cualquier otra familia habría sido normal, pero comparado con sus hermanos y su hermana, resultaba enclenque.
Fueran cuales fuesen sus razones, lo cierto es que a los quince años Aelfwine había comunicado a su familia que deseaba ser monje, y nunca había cambiado de parecer. A la sazón tenía veinticinco años y era un joven rubio, delgado y de talante reservado, pero cuyos ojos azul pálido brillaban a veces con una intensidad antinatural. A Osric le parecía que sonreía demasiado.
Al principio no fue nada serio: el joven simplemente se había mostrado amable con el muchacho que su padre había enviado a Twyneham. Cada semana le impartía clase de religión, y enviaba a Avonsford unos informes muy favorables sobre sus progresos. Los demás monjes también eran muy amables con Osric, enseñándole cómo realizar sus tareas cotidianas, que no puede decirse que fueran onerosas. De hecho, en las tierras que el noble daba en arriendo a su familia, el trabajo era mucho más duro. De vez en cuando, durante las lecciones, Aelfwine se paseaba por la habitación, y en un par de ocasiones se había detenido para apoyar la mano en la cabeza del chico, un gesto del que Osric apenas se había percatado en aquel entonces.
Tampoco concedió importancia al hecho de que un día Aelfwine se sentara junto a él y, en cierto momento, apoyara la mano ligeramente sobre su pierna. No tenía nada de particular. Osric admiraba al hijo del noble, aunque no le cayera tan bien como Aelfgifu y sus hermanos. Si Aelfwine le daba una pequeña muestra de afecto, el chico se sentía halagado.
A menudo, cuando Osric estaba ocupado en sus quehaceres, aparecía Aelfwine y charlaba un rato con él, o le hablaba sobre su vida. Cuando Osric hacía sonar la campanita instalada en un lado de la capilla de madera mientras los monjes acudían a rezar sus oraciones, el joven solía dirigirle una afable sonrisa. Eran pequeñas atenciones por las que Osric se sentía agradecido. Y si a veces Aelfwine dejaba que el chico paseara con él y los demás monjes por los campos que bordeaban el río, o por la orilla del puerto, Osric regresaba al monasterio más contento que antes. Pero en una ocasión, cuando salió a pasear a solas con Aelfwine y éste le rodeó los hombros con un brazo, el chico se había sentido incómodo. Se puso tenso y no supo qué hacer; y al cabo de un rato, cuando Aelfwine retiró el brazo para señalar una garza que se deslizaba sobre las aguas del puerto, Osric emitió un suspiro de alivio.
Una tarde, a fines del otoño, ocurrió algo espantoso. Osric estaba solo en la cocina, preparando la comida de los monjes. En un rincón estaba encendida la lumbre, y debido al chisporroteo de los troncos que ardían en el hogar el muchacho no oyó entrar a Aelfwine. Al volverse, Osric vio al joven junto a él. Intercambiaron unas palabras, que más tarde el muchacho no pudo recordar, y de pronto Aelfwine se acercó más. Tenía las mejillas coloradas, lo cual Osric atribuyó al calor del fuego, y la frente cubierta de sudor. Sus pupilas emitían un singular resplandor mientras contemplaba a Osric con una mirada cargada de significado, transmitiéndole un mensaje que el chico no alcanzó a comprender. De pronto, antes de que éste pudiera reaccionar, Aelfwine le abrazó; y cuando Osric alzó la vista para mirarlo, boquiabierto y con unos ojos como platos, el hijo del gentilhombre lo besó.
Osric estaba aterrorizado; no comprendía a qué venía aquello. Trató de librarse del abrazo, pero Aelfwine era mucho más fuerte que él.
Por fin, el hijo del noble lo soltó.
—Recuerda, Osric, que soy amigo tuyo.
Y al cabo de un momento salió dejando al chico, sofocado y jadeante, de nuevo a solas en la cocina.
¿Qué significaba aquello? ¿Eran correctas esas cosas? Osric no sabía qué pensar, pero se sentía sucio.
A partir de aquella tarde, su vida se convirtió en una pesadilla. Dondequiera que fuera, Aelfwine lo observaba, aguardando la ocasión de acercarse a él. En la capilla, cuando realizaba sus tareas, en la cocina, incluso durante sus paseos solitarios, el hijo del noble aparecía de pronto, siempre sonriendo, y le rodeaba los hombros con el brazo, o le hacía una caricia, o le pasaba la mano por el pelo castaño. Osric dedicó su existencia a elaborar estratagemas para evitar tropezarse con él. Y aunque Aelfwine no había vuelto a besarlo, Osric era consciente de que si lo hacía él no podría impedirlo.
Osric temía hablar de ello; no podía pedir consejo a nadie. Sabía que los otros monjes se sentían intimidados por Aelfwine y jamás dirían nada que pudiera ofenderle. Aelfwine estaba a cargo del monasterio, era hijo de un noble importante. ¿Qué podía hacer Osric, el hijo de un pobre carpintero? Durante su visita a Avonsford, cuando el noble y su padre le preguntaron si se sentía a gusto en el monasterio, el chico no se había atrevido a contarles la verdad: se sentía cohibido ante el noble, y avergonzado ante su padre.
Entonces había ocurrido lo impensable: Aelfwald había dicho que lo enviaría a Canterbury. Y ése era el motivo de que, cada mañana, Osric musitara para sí:
—Seis meses. Sólo faltan seis meses.
Aquella mañana, la niebla formaba espirales sobre el pantano y ocultaba el poblado de Twyneham. Pero Osric conocía tan bien el terreno que durante la pausa de media mañana no dudó en alejarse rápidamente del claro y dirigirse hacia el puerto a través del pantano. Cada matorral, cada grupo de juncos constituía un amigo para él mientras pisaba el terreno lodoso y semicongelado. La bruma se arremolinaba en derredor suyo.
«Al menos Aelfwine no tratará de seguirme hoy», pensó el muchacho, y durante un rato se sintió más animado. Pero a mitad de camino se paró en medio del pantano. Le había parecido oír algo. ¿Unos jadeos? ¿U otro sonido? ¿Detrás o delante de él? Osric escuchó atentamente, luego meneó la cabeza y siguió avanzando. Al cabo de un rato se detuvo nuevamente. ¿Había percibido unos pasos? Con sigilo, atento por si volvía a oír un ruido extraño, Osric terminó de cruzar el marjal y se dirigió hacia la orilla del mar. Creyó oír el grito de una garza.
Y entonces lo vio.
El barco se encontraba a cincuenta metros frente a él, deslizándose lenta y furtivamente hacia Twyneham a través de la bruma. Sus dieciocho pares de remos acariciaban la superficie con suavidad, la elevada quilla surcaba el agua, silenciosa como un cisne. Los escudos circulares, negros y amarillos, que pendían de los costados del navío indicaban su procedencia.
—Vikingos —murmuró Osric.
Dio media vuelta y echó a correr. La bruma parecía ahora una densa nube que lo envolvía. El sonido de sus pisadas sobre el suelo se asemejaba al batir de un tambor. Osric, casi ciego de temor, corrió a través del desierto pantano. Y de pronto se topó, lanzando una exclamación de terror, con una figura alta que le sujetó por los brazos. Ambos cayeron al suelo.
Era Aelfwine.
El hijo del noble sonrió mientras seguía sosteniendo a Osric con fuerza. Sobre su hábito de lana y su cabello rubio y espeso la niebla se había condensado en forma de humedad.
—Nadie puede vernos —dijo en voz queda.
—Vikingos. —Osric trató de incorporarse, pero sólo lo logró a medias—. En el puerto. Suéltame.
Pero el otro no le hizo caso, sino que sonrió y sacudió la cabeza. Luego aproximó su rostro al del muchacho.
Sólo había una cosa que hacer. Osric dejó que su cuerpo se relajara. Dejó que Aelfwine lo besara en los labios; y al cabo de un momento notó que éste le soltaba.
Aelfwine se apartó, sonriendo.
—Eso está mejor —murmuró, contemplando al muchacho con afecto.
Entonces Osric le asestó una patada con todas sus fuerzas, y cuando Aelfwine se dobló hacia delante profiriendo un grito de dolor, el chico se levantó y echó a correr hacia el monasterio. Al cabo de unos segundos oyó que Aelfwine le seguía, maldiciéndole. Pero Osric conocía mejor el camino y atravesó a toda velocidad el helado pantano. En su mente sólo cabía un pensamiento: debía advertir a las gentes del poblado de la llegada de los vikingos.
Resollando, entró a la carrera en el pequeño patio, pero lo encontró desierto. Osric miró a su alrededor, presa del pánico. ¿Cómo podía prevenir a las gentes que vivían al otro lado del río en Twyneham? Entonces se fijó en la campana.
Al cabo de un minuto los seis monjes se hallaban en el pequeño patio contemplando atónitos a Osric mientras éste hacía sonar frenéticamente la campana de la capilla: no con un tañido normal y acompasado, sino con un desesperado repiqueteo que resonaba a través de la bruma. Entretanto Aelfwine, pálido de ira, se dirigía cojeando hacia él.
—¡Vikingos! —gritó Osric—. ¡Vikingos!
Los monjes se miraron entre sí. ¿A qué se refería el muchacho? Todos sabían que los vikingos jamás se presentaban en invierno. Pero cuando uno de ellos trató de detenerlo, Osric lo apartó furioso.
Aelfwine fue el primero en comprender lo que ocurría. Con un par de zancadas salvó la distancia que lo separaba de Osric y lo sujetó por los brazos.
—¡No me toques! —chilló el muchacho.
Pero Aelfwine lo apartó de un empellón de la cuerda de la campana y le tapó la boca con la mano.
—Silencio —le ordenó con un tono imperioso.
El muchacho observó que sus ojos habían perdido la expresión lasciva que mostraban hacía unos minutos y que su mirada era grave.
—¿Has visto a los vikingos? ¿Un barco?
Osric asintió con la cabeza.
—Entonces no debiste tocar la campana —dijo Aelfwine, soltándolo.
Al mirar alrededor, Osric comprendió a qué se refería el hijo del noble. La niebla se estaba espesando, de modo que los edificios del monasterio situado junto al bosque eran invisibles, no sólo desde el río sino incluso a veinte metros de distancia. Y al observar los aterrorizados semblantes de los monjes, el muchacho cayó en la cuenta con una profunda sensación de vergüenza de lo que había hecho: había indicado a los vikingos el lugar donde se encontraban.
Todos guardaron silencio, escuchando atentamente. Pero no se oía nada. Entonces habló Aelfwine con voz queda pero autoritaria:
—Estaremos más seguros en el bosque.
Era una decisión acertada. Podrían dirigirse hacia el interior, y si los vikingos hallaban el pequeño monasterio vacío, tal vez le prendieran fuego, pero no se molestarían en buscar a unos monjes. Con mucha cautela, los seis hombres se alejaron de la capilla y echaron a andar hacia el bosque.
De pronto a cierta distancia hacia la izquierda en dirección al río sonó una tos ronca seguida de una exclamación. Los vikingos ya estaban buscando la campana de la capilla.
El grupito de monjes apresuró el paso. El borde del bosque se encontraba tan sólo a veinte metros de distancia.
Entonces percibieron un silbido. Esta vez el sonido provenía de un lugar situado frente a ellos. Aelfwine soltó una blasfemia. Los vikingos habían llegado también al bosque. Un primer grito sonó desde el bosque que tenían ante ellos; pero al cabo de unos segundos oyeron una segunda exclamación, esa vez a su derecha. ¿Cómo era posible, se preguntó Osric, que los vikingos se desplazaran con tal rapidez? Era una pregunta que ni los sajones ni ningunas de las gentes que se habían tropezado con los vikingos habían logrado responder; pero era sabido que éstos se movían con más celeridad que los hombres normales y corrientes. Los monjes miraron a Aelfwine, sin saber qué hacer. Si los invasores habían formado una línea para avanzar a través del bosque, ellos tendrían que retroceder.
—Conozco el pantano —murmuró Osric—. Podemos ocultarnos allí.
Aelfwine lo miró. Su rostro aparecía sereno y pensativo, como si el incidente entre ellos jamás hubiera ocurrido.
—Podemos intentarlo —repuso asintiendo con la cabeza.
El pequeño grupo de monjes retrocedió en silencio sobre sus pasos; pasaron ante los edificios de madera y se dirigieron hacia el puerto. Pero no bien hubieron recorrido cien metros tuvieron que detenerse de nuevo, pues a través de la bruma oyeron unos gritos que provenían del río, frente a ellos. Aelfwine meneó la cabeza y dijo:
—Es inútil. Seguidme.
Los monjes, caminando muy juntos y sin apenas mirarse entre sí, dejaron que el hijo del noble los condujera de regreso a la capilla. Tras entrar en ella, Aelfwine cerró la puerta y les ordenó:
—Rezad.
Tenía razón. Era inútil tratar de zafarse de los invasores, quienes parecían hallarse por doquier. La única esperanza que les quedaba era que, debido a la neblina, los vikingos no repararan en el pequeño conjunto de edificios, o se cansaran de buscarlos. Emitiendo un suspiro simultáneo, los seis monjes se postraron de rodillas.
En el interior de la capilla no se oía el menor ruido. Osric se arrodilló en un rincón, alejado del resto, pero era tan consciente de los acelerados latidos de su corazón que temió que los vikingos los percibieran. Transcurrieron unos minutos durante los que no se oía el vuelo de una mosca. Osric trató de rezar, cerrando los ojos y procurando concentrarse; pero aunque sus labios formaban las palabras en silencio, sus oídos permanecían alertas tratando de captar el menor sonido.
Al cabo de un rato, que a Osric le pareció una eternidad, su respiración se normalizó. Tal vez sus oraciones habían sido atendidas.
—Haz que permanezcamos invisibles, Señor —rogó Osric—. Ocúltanos en esta bruma.
Y a medida que el silencio continuaba, él creyó que estaban a salvo; sintió primero una cálida sensación de esperanza, y luego una indescriptible alegría que invadió todo su cuerpo. Miró a Aelfwine, que estaba arrodillado ante el altar con la cabeza inclinada.
—Le perdono —murmuró Osric.
La puerta de la capilla se abrió bruscamente. Los vikingos irrumpieron en ella cubiertos con gigantescos cascos de metal y cotas de malla; portaban escudos y las siniestras hachas de hierro que hacían que todos los pueblos del norte de Europa los temieran. No vacilaron un momento.
Lo que Osric presenció a continuación ocurrió de forma tan rápida y sencilla que, curiosamente, ni siquiera se asustó.
Cuando los desvalidos monjes se volvieron y se pusieron en pie, los vikingos —Osric contó ocho— los derribaron con unos rápidos hachazos. Osric vio la cabeza de uno de los religiosos botar sobre el suelo de madera, a varios palmos de donde se encontraba el cuerpo del desdichado. Mientras sus compañeros iban cayendo uno tras otro, por alguna razón que Osric no alcanzó a comprender, aquello se le antojó la cosa más natural del mundo.
Pero Aelfwine no cayó. No en vano era hijo de Aelfwald el caballero feudal. Cuando comenzó la matanza, echó a correr hacia el altar y se apoderó de la pesada cruz de madera posada sobre él. Luego, precipitándose contra los invasores, les asestó tremendos estacazos, blandiendo la cruz a diestra y siniestra; a uno de los vikingos le dio un golpe tan brutal en el ojo que éste soltó un alarido de dolor. Los invasores se lanzaron contra él rugiendo enfurecidos, destrozaron a hachazos la pesada cruz hasta hacerla añicos y Aelfwine se vio obligado a retroceder hacia el altar.
Entonces uno de los vikingos gritó algo que Osric no comprendió, pero vio que los otros se echaban a reír y dejaban que su compañero avanzara solo hacia Aelfwine.
El vikingo no lo mató inmediatamente, sino que se entretuvo unos momentos, como si midiera las fuerzas del joven que tenía ante sí. Luego sonrió. Aelfwine, acorralado contra el ara, y sosteniendo en alto un pedazo de la cruz de madera, se enfrentó a él con calma. El vikingo alzó su hacha.
Fue un golpe insólito, pero perfectamente calculado. El hacha cayó sobre el esternón de Aelfwine, partiéndole el pecho como si rajara un saco y derribándolo de espaldas en el suelo. El vikingo avanzó un paso. Con un tajo seco del hacha a derecha e izquierda, apartó las costillas e introdujo la mano en la caja torácica de Aelfwine. Mientras el cuerpo de éste se movía espasmódicamente con los estertores de la muerte, el vikingo lo puso de rodillas, le arrancó un pulmón, luego el otro, y los colocó hábilmente sobre cada hombro, de forma que parecieron yacer sobre ellos como unas alas dobladas. Aelfwine tenía la boca abierta y llena de sangre, el pecho grotescamente abierto y palpitante, enmarcado por las costillas destrozadas a hachazos. Su cuerpo sufrió una última convulsión y cayó de bruces.
Ésta era la célebre «águila de sangre», un cuadro de muerte que parecía divertir a los vikingos.
Osric se quedó estupefacto. Ni siquiera experimentó horror. Luego los vikingos se percataron de su presencia.
Osric avanzó despacio hacia ellos. Los vikingos no se movieron. El muchacho pensó que, debido a su juventud, quizá le perdonaran la vida. Al llegar al centro de la pequeña nave, vio a su izquierda la puerta abierta, y a través de la misma, el resplandor del sol. Osric se dirigió hacia ella.
Uno de los vikingos, con un movimiento lento, casi perezoso, alzó su hacha.
La noticia de la muerte de Aelfwine y Osric no llegó a oídos del noble hasta al cabo de un tiempo.
Pues aquel mismo día ocurrió en Sarum un hecho mucho más trascendente, un hecho que casi cambió el curso de la historia de la isla.
El repentino ataque de los daneses contra el reino de Wessex en enero del año 878 cogió desprevenidos a los sajones. Los invasores jamás habían abandonado su campamento a mediados de invierno. Pero en 878, pocas semanas después de Navidad, una parte de la fuerza acaudillada por el rey danés Guthrum, dejó súbitamente su campamento en el Gloucester de la región de Mercia y se dirigió a toda velocidad hacia Wessex, tomando de inmediato el poblado fortificado de Chippenham.
Desde allí, nutridos grupos de invasores avanzaron a través de los cerros y descendieron por el valle del río Avon. No existía ejército capaz de oponerles resistencia.
Wessex, a fin de cuentas, seguía acuñando nuevas monedas de plata para su rey: los vikingos aún no lo habían destruido.
En la granja de Aelfwald situada en Avonsford, la evacuación se llevó a cabo con gran celeridad. El mensajero enviado por el concejal Wulfhere había llegado al galope, con órdenes de que el noble y sus hombres se reunieran de inmediato con aquél en las dunas de Searobyrg.
Aelfwald mandó en el acto a sus hombres que cargaran provisiones y objetos valiosos en unos carros, asegurándose de que todo lo que no pudieran llevarse consigo quedara bien oculto. Luego envió a sus dos hijos a supervisar la evacuación de la aldea.
—Y Port, ¿está advertido? —preguntó.
—Ya le he informado —respondió el mensajero—. Ordenad a vuestros hombres que se apresuren. —Y tras esas palabras regresó al galope hacia la duna.
Al cabo de una hora toda la población se puso en marcha, a caballo o a pie junto a los cuatro carros de la granja y la aldea, que iban llenos a rebosar. Les seguían otros dos carros que contenían armas y armaduras.
El concejal Wulfhere aguardaba en la duna junto a un grupo de jinetes. Al ver llegar los carros, en su orondo y rubicundo rostro se pintó una expresión de disgusto, y saludó a Aelfwald con una breve inclinación de cabeza.
—No te pedí que trajeras a toda la aldea contigo —rezongó.
—¿Debí dejar a estas gentes a merced de los vikingos? —preguntó el noble, a lo que Wulfhere se limitó a encogerse de hombros. En aquel momento apareció otra caravana de carros procedente de las aldeas vecinas.
Ambos hombres contemplaron la fortaleza de tierra que debía defender el lugar.
—No podemos luchar aquí —afirmó el concejal—. No hay puertas y los baluartes están en mal estado.
—Podríamos improvisar unas puertas —repuso Aelfwald, pero Wulfhere movió la cabeza en sentido negativo.
—El rey ha ordenado una retirada general —dijo—. Debemos regresar a las tierras emplazadas al oeste de Selwood.
En aquel entonces, aunque el reino de Wessex se extendía hasta Londres, algunos sajones todavía consideraban que la patria natal era la región del interior situada al oeste de la inmensa barrera formada por el bosque de Selwood, la región que había sido la sede del primitivo grupo tribal sajón. Allí, al oeste de las montañas y los amplios valles de Sarum, se encontraban los remotos pantanos y bosques donde los vikingos raras veces trataban de penetrar.
Aelfwald se quedó pasmado.
—¿Debemos abandonar todo el sur a su suerte? ¿Inclusive Wilton? Tras dirigirle una mirada un tanto extraña, Wulfhere se encogió de hombros.
—Los vikingos no tardarán en llegar. No estamos preparados para hacerles frente. Mira.
Los desvencijados carros que transportaban a los aldeanos, que ni siquiera habían tenido tiempo de armarse debidamente, y el fuerte, desierto y a medio construir, no hacían suponer una defensa organizada.
—Los vikingos se detendrán en Wilton y lo saquearán —dijo el concejal tranquilamente—. Entretanto estas gentes —añadió mirándolas con desprecio— podrán huir.
Aelfwald tuvo la impresión de que Wulfhere no demostraba un gran afán de combatir, pero hubo de reconocer que lo que acababa de decir era cierto. De cualquier modo, el concejal no tenía ganas de discutir.
—Diles a tus hombres que se pongan en marcha —ordenó secamente, tras lo cual dio media vuelta y se marchó.
Al contemplar la desordenada caravana de carros cargados con toda suerte de pertenencias que avanzaban por el enlodado sendero a través del valle hacia Wilton, Aelfwald se sintió abatido. Wulfhere no había tratado siquiera de organizarlos; cuando más tarde otros carros se unieran a ellos, la pequeña comitiva sería un caos: una rueda rota aquí, un carro volcado allá… Aelfwald los imaginó parados en el camino, a pocos kilómetros de allí, indefensos mientras los vikingos caían sobre ellos.
Si pudieran arreglárselas con menos carros, pensó… De golpe se le ocurrió una idea.
Hacia el oeste de Searobyrg había dos pequeñas aldeas que tenían unos nombres sajones. Una, junto a un pantano, estaba ocupada por la familia que tradicionalmente tocaba las trompetas —o bemer— en los festivales, y por consiguiente había adquirido el nombre de Bemerton; la otra, junto al río, pertenecía al noble y estaba habitada por la numerosa familia de Tostig el esclavo, de la cual habían surgido, desde tiempos inmemoriales, los mejores pescadores de Sarum, razón por la cual el lugar era conocido popularmente como Fisherton. Allí, en la ribera, junto al grupito de cabañas con techumbre de paja, estaban amarrados seis excelentes botes.
—Dile a Tostig que lleve sus botes a Wilton —ordenó Aelfwald—. Quizá podamos cargarlos en lugar de utilizar más carros.
Cuando el noble llegó a Wilton, la sabiduría de su decisión se hizo patente de inmediato.
En Wilton reinaba la más absoluta confusión. La evacuación se estaba llevando a cabo sin orden ni concierto y la calle mayor estaba bloqueada por los carros. Lo peor de todo era que a nadie se le había ocurrido retirar los objetos de valor del palacio real ni del convento. Wulfhere no había llegado. Así pues, Aelfwald tomó enseguida el mando de la situación y estableció el orden, y cuando Tostig apareció con sus seis botes en el malecón situado al sur del convento, a Aelfwald no le cupo la menor duda de que las embarcaciones iban a resultarle muy útiles. Tras ordenar a sus hombres que se dirigieran al palacio y a la iglesia, se ocupó de que todo el oro y los ornamentos que contenían ambos edificios fueran transportados hasta la orilla del río y cargados en los botes.
—Dirígete corriente arriba —le dijo el noble a Tostig—, tan lejos como puedas. —Luego ordenó a su hijo mayor, Aelfric, que le acompañara.
Tostig y sus ayudantes desamarraron los botes y se alejaron remando a través de las gélidas aguas.
Mientras organizaban la comitiva de carros Aelfwald mandó a su hijo menor que armara a veinte jinetes para que escoltaran el convoy. Luego, convencido de haber hecho todo lo posible en el corto tiempo de que disponía, el noble les ordenó partir.
Pero aquella escolta contaba con un elemento que Aelfwald no había previsto.
Tan pronto como Aelfgifu había visto los preparativos, se había dirigido sigilosamente al lugar donde los hombres se estaban armando. Allí recogió todo lo necesario y luego se metió en una de las casas vacías junto al mercado. Después de enrollarse la larga melena alrededor de la cabeza y de quitarse todas las prendas menos la camisa, se vistió del modo adecuado. Poco después apareció una espléndida figura de aspecto bélico protegida por una cota de malla. En la cabeza llevaba un casco sajón rematado con la acostumbrada efigie de un jabalí con una cruz de plata en la frente. Del cinto del joven colgaba una espada corta de un solo filo, y en la mano sostenía una lanza. Con su magnífico empaque, la muchacha era la viva imagen de un guerrero sajón, de modo que ninguno de los hombres que se apresuraban hacia la zona occidental de la población reparó en ella.
Sólo Aelfstan reconoció a su hermana cuando ésta ocupó su lugar entre los últimos guerreros de la escolta. El joven sonrió. Aelfgifu jamás permitía que nada ni nadie le impidiera participar en las actividades de sus hermanos, de modo que esa última ocurrencia de la joven no le sorprendió. Disimuladamente, Aelfstan se colocó junto a ella.
—Será mejor que papá no te vea —susurró, tras lo cual espoleó su caballo y se alejó. De modo que al cabo de unos momentos, cuando el noble miró a su alrededor y preguntó dónde se había metido la muchacha, Aelfstan respondió con absoluta sinceridad:
—Está aquí, padre. La he visto hace un momento.
No obstante la confusión, la población fue evacuada; y cuando emprendieron la marcha a través del valle, Aelfwald se alegró de ver que Wulfhere y sus hombres avanzaban lentamente por las crestas de las colinas, vigilando el flanco septentrional del terreno elevado.
Cuando la comitiva se encontraba a unos dos kilómetros de Wilton se produjo el primer contratiempo. La abadesa comprobó que Edith había desaparecido y averiguó que hacía un rato la habían visto dirigirse a toda prisa hacia la parte posterior de la hilera de carros, aunque nadie se explicaba el motivo. Después de una infructuosa búsqueda, la abadesa fue a informar a Aelfwald del hecho.
Irritado, el noble se removió sobre la silla de montar. Era justamente el tipo de retraso que había querido evitar, pero dado que se trataba de una monja, pidió que un escolta regresara a la población para comprobar si Edith se encontraba allí; entonces uno de los guerreros, sin aguardar a que se lo repitieran dos veces, dio media vuelta y se precipitó al galope por el embarrado camino.
Wilton estaba desierta y silenciosa; aún no había señal de los vikingos cuando Aelfgifu bajó trotando por la calle mayor y vio a Edith en las proximidades del palacio.
La religiosa avanzaba bamboleándose por la calle mayor. Su semblante tenía una enajenada expresión de obcecación y triunfo, y en los brazos portaba el inmenso volumen encuadernado en cuero de los Evangelios. En la confusión las monjas habían olvidado el libro y, cuando Edith se dio cuenta, regresó a toda prisa al convento. El tomo pesaba tanto que apenas podía sostenerlo. Edith miró con recelo al jinete que se acercaba a ella, y fue incapaz de reconocerlo.
Con un solo y ágil movimiento, Aelfgifu se inclinó, levantó a Edith en volandas y la sentó a horcajadas, ante ella, hecho lo cual espoleó su montura para que echara a galopar. Edith se quedó tan pasmada que dejó caer el grueso volumen, que aterrizó con un golpe sordo en mitad de la calle, a sus espaldas. La monja profirió un agudo chillido.
—¡Los Evangelios! ¡Los Evangelios! Aelfgifu no le hizo caso.
—¡Detente! Detén el caballo, estúpido. —Con la congoja pintada en el rostro, Edith se debatía para obligar al jinete a detenerse, pero de pronto su expresión afligida dio paso a una de espanto y estupor cuando oyó la voz de la hija del noble decirle riendo al oído:
—No voy a detenerme, Edith. No es más que un libro.
Los Evangelios no volvieron a aparecer jamás.
Entretanto, Aelfwald y sus hombres habían hecho un descubrimiento mucho más grave: la esposa y los hijos de Port no formaban parte de la comitiva.
La culpa la tuvo el mensajero. Antes de partir de Wilton había visto de lejos al ovejero —que había llegado aquella mañana a la población para resolver unos asuntos— y le había comunicado a gritos que iba a advertir al caballero Aelfwald de la presencia de los vikingos. Naturalmente, Port dedujo que Aelfwald traería consigo a su esposa y a sus hijos, cosa que habría hecho de no haberle comunicado el mensajero que ya había advertido a Port del peligro. Pero cuando éste pasó junto a la larga hilera de carros para ir a saludar al noble, se dio cuenta asombrado de que su familia no formaba parte de la caravana.
—Debo regresar —exclamó fuera de sí.
Malhumorado, Aelfwald alzó la vista hacia el sol. Era pasado mediodía. Si los vikingos no habían llegado aún a la finca de Sarum, no tardarían en hacerlo. No obstante, existía la posibilidad de que no se molestaran en buscar la aislada alquería situada en las alturas, cuando la magnífica finca y la aldea de Avonsford se hallaban a una distancia tan tentadora, en el mismo valle. El noble sabía que no debía hacer nada que debilitara la protección de los carros, pero al ver la expresión trastornada del ovejero, no dudó un instante.
—¡Aelfstan! —llamó a su hijo menor—. Reúne a seis hombres y cuatro caballos de repuesto y ve a la granja de Port. ¡Inmediatamente!
Pero cuando los jinetes comenzaban a alejarse de la caravana, el noble apoyó una mano en el brazo de Port para contenerle.
—Te prohíbo que vayas —dijo. El ovejero, además de manco, ni siquiera iba armado. No les sería de mucha utilidad si el equipo de rescate se topaba con los invasores.
Port le dirigió una mirada implorante, pero el noble meneó la cabeza. Los jinetes habían desaparecido por el camino.
Aelfgifu acababa de alcanzar la retaguardia de la hilera de carros cuando vio pasar a su hermano y a los seis jinetes, y aunque ignoraba el motivo de que éstos dejaran la comitiva, la joven se apresuró a hacer desmontar a Edith y a arrojarla sin más contemplaciones al camino; luego obligó a su caballo a dar la vuelta.
Aelfgifu los alcanzó cuando ascendían el empinado sendero que conducía a la duna de Searobyrg. Vio cómo Aelfstan le hacía señas, muy enfadado, y le ordenaba a gritos que retrocediera. Pero la muchacha no le hizo caso, y él tuvo que resignarse a su presencia.
—Iré con vosotros —dijo Aelfgifu emparejando su montura con la de su hermano; y mientras cabalgaban ágilmente por las tierras altas Aelfstan le contó, esta vez muy serio, que estaban buscando a la familia de Port.
Mientras avanzaban no dejaron de escrutar el paisaje por si divisaban humo, lo cual indicaría la presencia de los vikingos, pero no vieron señal de ellos; y cuando llegaron a la granja del noble, situada en el valle, Aelfgifu se permitió emitir un suspiro de alivio. Al parecer habían llegado a tiempo.
Pero no fue así.
La partida de vikingos estaba subiendo a un ritmo pausado por el sendero después de abandonar la granja, donde el contingente principal se había detenido brevemente de camino a Wilton. Al no hallar ninguna resistencia, no se habían molestado en prender fuego al lugar, y habían enviado un destacamento a la sierra para ver si había algo que saquear allí.
Cuando esa avanzada alcanzó la cima, divisó a los sajones que se dirigían hacia ellos.
La reacción de Aelfstan al verse descubierto no se hizo esperar. Volviéndose hacia su hermana exclamó:
—Ve a casa de Port con los caballos de repuesto —y ordenó a dos de los hombres que la acompañaran. Aelfgifu se alejó galopando a través de los prados, y su hermano descendió al encuentro de los vikingos para interceptarles el paso.
Eran éstos diez hombres, morenos y corpulentos; tres portaban espadas, el resto hachas, e iban montados en unos ponis pequeños y recios. Gracias a la rápida decisión de Aelfstan los vikingos, sorprendidos, no atinaban a perseguir al equipo de rescate, y además, mientras subían la pendiente hacia la cumbre se hallaban en situación de desventaja.
La escaramuza fue breve. Durante el primer ataque los sajones lograron derribar de sus monturas a la mitad de los vikingos; luego se precipitaron de nuevo sobre ellos con sonoros gritos de guerra, pusieron en fuga a los ponis sin jinetes y dieron muerte a tres de los vikingos. La tercera carga originó un duro combate cuerpo a cuerpo, pero aunque el enemigo era algo superior en número, a Aelfstan y sus hombres les favorecía el hecho de estar en un terreno más elevado. Mataron a dos vikingos e hirieron a otros tres antes de que los dos invasores restantes, comprendiendo que tenían perdida la batalla, hicieran retroceder a sus caballos y descendieran por el sendero. Con un grito de triunfo, los sajones dieron media vuelta y fueron en busca de Aelfgifu.
La pequeña alquería de Port estaba situada en una larga y estrecha hondonada. Encarada al sureste, constaba de cinco habitaciones y de unos cobertizos adosados al edificio principal, además de un corral para las ovejas en cada extremo y una pequeña choza para el pastor. Delante de la alquería se extendía una explanada de doscientos metros de anchura cuyo borde se elevaba formando un saliente rocoso. Esa depresión natural constituía un lugar resguardado dentro del cual la alquería era invisible desde los elevados cerros, y sus habitantes, que sólo divisaban las desnudas cumbres, vivían en un recoleto silencio, ajenos a lo que pasaba en el ámbito más animado de los valles inferiores.
Desde que Port partiera aquella mañana temprano, el día había transcurrido sin novedad. El pastor había subido con sus hijos a los cerros, y aunque en un par de ocasiones, hacia el mediodía, observó que las ovejas que estaban más alejadas de él parecían nerviosas, había supuesto que tal vez un zorro las había asustado. Un poco más tarde, había regresado a la casa.
Por la tarde, mientras el reducido grupo de reconocimiento se enfrentaba a Aelfstan y sus hombres, una partida de treinta vikingos atravesó, rápida y silenciosa, la zona de pastos. Aunque la ovejería situada en la hondonada resultaba invisible desde el camino, una delgada columna de humo les había indicado su localización y los vikingos se apresuraron hacia allí.
Aelfgifu y sus acompañantes llegaron al otro extremo de la hondonada en el preciso instante en que los vikingos se aproximaban a la alquería.
Desde lejos, Aelfgifu vio junto a la casa a la esposa y a los dos hijos de Port, indefensos contra los invasores. Varios vikingos se hallaban ya peligrosamente cerca de la alquería, obstruyéndoles el paso a Aelfgifu y sus dos escoltas.
Rápidamente Aelfgifu midió el terreno con la vista: sus posibilidades eran escasas, pero si lograba esquivar al enemigo, si conseguía rebasarlo y llevar los caballos hasta la granja, quizá pudiera salvar a la familia de Port.
Sin molestarse en comprobar si sus escoltas la acompañaban, la muchacha tomó las riendas del caballo de repuesto y se lanzó al galope hacia la granja. Sorprendidos, los otros dos sajones la siguieron.
Fue un gesto audaz, y casi dio resultado; pero antes de que Aelfgifu alcanzara su objetivo, los vikingos le interceptaron el paso.
Desesperada, Aelfgifu trató de pasar entre ellos.
Durante la pelea que estalló a continuación, los invasores se sorprendieron de la ferocidad de los sajones. Jamás habían visto a un guerrero luchar con más valentía y asestar unos golpes más certeros que el espléndido y joven sajón que acaudillaba el grupo. Esquivando las temibles hachas de guerra con asombrosa habilidad, dando tajos con su espada corta de un solo filo, el apuesto guerrero logró matar a cuatro hombres sin recibir un solo rasguño, mientras que los otros dos sajones se defendían con coraje. Admirados, aunque furiosos, un grupo de seis vikingos los atacó a la vez.
Un golpe contundente derribó el casco del joven sajón, haciendo que su larga cabellera cayera sobre sus pechos y que los seis vikingos la contemplaran estupefactos.
—¡Una mujer! —gritó uno de ellos. ¡Una joven y orgullosa mujer sajona había aniquilado a cuatro de los suyos! Apenas daban crédito a sus ojos. Lanzando un rugido de rabia, se precipitaron sobre ella.
En aquel momento Aelfgifu experimentó una furia ciega: ajena a toda sensación de peligro, golpeó con su espada a diestra y siniestra como si su rabia fuera capaz de vencer al enemigo y rescatar a la pequeña familia del ovejero.
Estaba tan furiosa que no se percató de la repentina llegada de su hermano y el resto del grupo. Se dio cuenta de que los vikingos retrocedían momentáneamente; oyó vagamente la voz de su hermano gritar: «¡Lleváosla de aquí!». Pero cuando trató de atacar de nuevo a los vikingos, notó que alguien hacía dar la vuelta a su caballo, y al cabo de unos segundos se encontró galopando a través de los cerros, a salvo y rodeada por el grupo de sajones.
Al volver la cabeza Aelfgifu vio que su hermano Aelfstan cabalgaba sonriente junto a ella.
—¡La familia de Port! —exclamó ella—. ¡Debemos rescatarlos!
Pero su hermano hizo un gesto negativo y repuso:
—Es demasiado tarde. No pudimos hacer nada.
Mientras regresaban apresuradamente a la duna, Aelfgifu comprobó que temblaba violentamente.
Por suerte, en el fragor de la batalla, Aelfgifu no vio una cosa que Aelfstan sí había advertido al acudir en defensa de su hermana. Junto a la granja, tres vikingos habían capturado a la esposa de Port. Mientras dos de ellos la sujetaban, el tercero, con una sonrisa lasciva, se desabrochó el cinturón. Era un hombre alto y fornido, cuyo rostro picado de viruelas había quedado grabado en la mente de Aelfstan.
Cuando los sajones se habían visto obligados a emprender la retirada, los vikingos habían centrado su atención en el pequeño grupo de la granja. Después de que otros dos hombres hubieran violado a la esposa de Port, decidieron que no era muy divertido y la mataron. El pastor y su hijo también fueron asesinados. Sólo quedaban los esclavos y los niños.
Los esclavos corrían despavoridos de un lado a otro, tratando de escapar: durante tres minutos los vikingos se solazaron observando aquella escena semejante a un siniestro juego de escondite. Luego les dieron muerte. Sólo quedaban los dos hijos de Port. El mayor había cumplido siete años. Dos vikingos avanzaron hacia él blandiendo las hachas.
Pero se detuvieron al oír un grito procedente del cerro.
El hombre que apareció ante ellos era un gigante; era un vikingo de cierta edad, y aunque iba a pie bajó la ladera con paso enérgico y un aire de autoridad. Había explorado la zona solo, y al no hallar nada interesante se había acercado a la granja, atraído por el sonido de la lucha.
Su voz ronca reverberó en toda la zona:
—¡Bairn-ni-kel!
Los guerreros alzaron la vista. La orden impartida por el gigante les dejó perplejos: no matéis a los niños. Sin embargo, no era infrecuente matar a los niños durante un ataque.
—Bairn-ni-kel.
Su voz brotaba como un rugido bronco, de forma que las palabras sonaban más bien como: Bar… Barn-ni-kel.
El corpulento vikingo se dirigió hacia el lugar donde se encontraban los niños. Contempló los cadáveres con expresión de disgusto. Luego apoyó su tremenda manaza en la cabeza del hijo mayor de Port. Era evidente que estaba empeñado en que no mataran a los niños. El gigante indicó a los dos vikingos que seguían empuñando sus hachas que se retiraran. Tras dudar unos instantes, ambos le obedecieron de mala gana.
Desde el otro extremo de la hondonada se alzaron unas risotadas.
No era la primera vez que el guerrero de voz áspera impedía que mataran a unos niños.
—Fijaos —dijo un hombre en tono burlón—, es el viejo Barn-ni-kel.
Varios incidentes similares le habían merecido ese apodo, que sus descendientes llevarían durante muchas generaciones.
Ante su mirada vigilante, los vikingos saquearon cuanto pudieron, pero perdonaron la vida a los niños.
Al cabo de unos minutos, cuando los invasores se hubieron marchado, los dos hijos de Port contemplaron los cadáveres que yacían a su alrededor; luego, sin saber qué otra cosa hacer, se metieron en un corral en busca del calor y el consuelo que les procuraban los lanudos cuerpos de las ovejas.
El viaje de las gentes de Wilton duró cinco días. Cuando pasaban ante otras poblaciones, como la de Shaftesbury, situada sobre una colina, se iban uniendo a ellos otras personas ansiosas de escapar de los vikingos. Pero como en el transcurso de los días comprobaron que no eran víctimas de ningún ataque, algunos granjeros decidieron abandonar la comitiva para refugiarse en los bosques y los valles, aduciendo que allí estarían tan a salvo como en un campamento bien armado. Aelfwald trató de disuadirlos, pero el concejal Wulfhere le espetó:
—Deja que se vayan. Así habrá menos bocas que alimentar.
Sin embargo, las gentes del noble, los habitantes de Sarum, no se dispersaron. Cuando el pequeño grupo rebasó el extremo meridional del inmenso bosque de Selwood, el paisaje comenzó a cambiar paulatinamente. Proliferaban los terrenos pantanosos y Aelfwald sabía que dentro de poco pisarían la tierra roja y fértil del suroeste de Inglaterra. El quinto día pasaron ante la antigua abadía de Glastonbury, donde, según decían los monjes, estaba la tumba de Arturo, el legendario guerrero que había peleado en tiempos anteriores a los sajones. Wulfhere envió a unos hombres para que exploraran la zona.
—Según mi información, el rey se encuentra en las inmediaciones —hizo saber a Aelfwald.
A la mañana siguiente dieron con él.
El campamento del rey Alfredo, emplazado en un lugar llamado Athelney, consistía en un modesto e improvisado grupo de tiendas de campaña, chozas y refugios construidos con juncos sobre una parcela protegida en un lado por una colina y en el otro por un pantano. Aunque no era probable que los vikingos lo atacaran, era un sitio frío y húmedo. Al correrse la noticia de que el rey se encontraba allí, a diario iban llegando pequeñas partidas de hombres; y a pesar de que su número no era suficiente para oponer una fuerte resistencia al enemigo, todos ellos estaban consagrados a la causa del atribulado rey de Wessex.
La llegada de Wulfhere, Aelfwald y los otros nobles constituía un refuerzo importante para sus efectivos, de modo que fueron conducidos de inmediato a la tienda de campaña que ocupaba el rey.
Alfredo de Wessex era un hombre de aspecto anodino. Su estatura era mediana y su salud, frágil. En su juventud había sufrido almorranas y durante buena parte de su vida de adulto fue propenso a padecer ataques de hipocondría causados por su delicada salud. Pero al margen de sus problemas psicológicos, su espíritu indomable y su determinación le impulsaban a seguir adelante y le convertían en uno de los más extraordinarios monarcas de su tiempo.
Cuando el concejal y los nobles se presentaron ante él, el rey los abrazó uno a uno, y Aelfwald, al verse observado por los ojos azul pálido de su soberano, tuvo la impresión de que éste le estrechaba la mano con un fervor especial.
—Habéis venido, mis fieles amigos. —Al noble le impresionó observar que el rey mostraba una expresión triste, casi implorante—. La mayoría de mis nobles probablemente cree que he muerto —explicó Alfredo—. Ningún lugar, absolutamente ninguno, ha sido defendido.
El ataque de los vikingos había supuesto un amargo golpe para el ambicioso monarca. Durante los siete turbulentos años de su reinado Alfredo había tratado de proporcionar a las fértiles tierras de Wessex la seguridad necesaria para los grandes proyectos que venía acariciando desde hacía tiempo: la construcción de iglesias, la restauración de monasterios y escuelas, el fomento de la gran cultura latina que antaño había hecho que los reinos anglosajones septentrionales de Northumbria y Mercia se contaran entre los más ilustres de Europa.
—Debemos seguir el ejemplo —decía el rey a hombres como Aelfwald— de los reinos anglosajones del pasado y de la corte de los francos al otro lado del mar.
Dos generaciones atrás, la gran corte franca del emperador Carlomagno constituía el centro cultural más sofisticado desde la caída del imperio occidental romano, y Alfredo deseaba emularlo. Pero las invasiones de los vikingos en el norte, y la falta de ambición en el sur, habían sumido a la isla en un declive cultural, y la tarea que se había impuesto el monarca era ingente.
Ninguno de sus planes podría llevarse a cabo y su nuevo reino se vería truncado si Alfredo no lograba proteger a Wessex de los invasores paganos.
—Hay mucho que hacer. Debemos fortificar nuestras ciudades.
Es preciso que dispongamos de barcos que patrullen la costa —recordaba el rey a sus nobles—. En cuanto al ejército…
El fyrd anglosajón —la leva armada de nobles y sus vasallos procedentes de cada condado— constituía una fuerza ineficaz e ingobernable. Cada señor tenía la obligación de combatir solamente durante cierto número de días al año; era difícil persuadir a los granjeros para que lucharan fuera de sus condados, y a menudo incluso los campesinos leales se marchaban súbitamente para atender sus cosechas. En su afán de convertirlos en una fuerza cohesionada contra la salvaje horda vikinga, Alfredo debía enfrentarse a imponentes obstáculos. En cuanto a las defensas fijas, las poblaciones fortificadas conocidas como burgo constituían los primeros sistemas defensivos eficaces desde los tiempos romanos, y hacía poco tiempo que habían empezado a estar preparados. Con el tiempo, cuando el proyecto se hubiera completado, cada poblado de Wessex se hallaría a treinta kilómetros de un burgo.
—Necesitamos cuatro hombres por cada, pole de muralla defendida —había afirmado el rey—. Eso representa un hombre cada metro y medio. Y si calculamos que un hide de tierra mantiene a un hombre, debemos asignar tierras suficientes para alimentar a un burgo, según la longitud de sus murallas.
Éste fue el comienzo del sistema inglés denominado Burghal Hideage, en virtud del cual se asignaba a cada población sajona una determinada cantidad de tierra para su defensa. A Wilton, cuyas murallas medían más de un kilómetro y medio de longitud, le fueron asignados 1.400 hides.
Asimismo, Alfredo había planificado un sistema naval que protegiera la costa y había elegido un buque de sesenta remos como modelo de su nueva flota.
Pero todos esos preparativos eran incompletos y el rey se vio impotente para repeler el ataque por sorpresa que se produjo en invierno. Sus ambiciosos planes parecían haberse venido abajo.
—De modo que aquí estoy, ocultándome como un criminal en los pantanos —dijo con expresión melancólica al grupo de hombres de Sarum mientras éstos se congregaban a su alrededor.
Las noticias que recibieron a lo largo de los días sucesivos no fueron alentadoras. A medida que llegaban nuevos informes de los mensajeros se iba haciendo evidente que los vikingos se habían adueñado de todo el reino.
—Podrían dividir Wessex como han hecho ya con Mercia —dijo el concejal Wulfhere en tono sombrío al noble—. Entonces toda la isla estaría sometida al Danelaw.
Aunque Aelfwald no sentía una gran simpatía por Wulfhere ni quería reconocer que éste tenía razón, sabía que a menos que lograran montar una extraordinaria ofensiva desde los pantanos, el reino anglosajón se iría al traste para siempre. Pero Alfredo se mostró firme.
—En primavera —les prometió—, cuando podamos reunir a nuestros hombres, les atacaremos.
Dos días después de su llegada, Aelfwald se enteró de que Aelfwine había sido asesinado en Twyneham, y que el joven Osric también había muerto. El noble fue a ver al carpintero y a su familia para consolarlos. Ni Aelfwald ni el carpintero tenían la menor idea sobre el conflicto surgido entre el monje y el muchacho.
A sus otros hijos les dijo:
—Ahora debemos vengar a vuestro hermano. Y no olvidaremos a Osric y a la familia de Port. Ellos son también nuestras gentes.
Transcurrieron tres semanas. La fuerza apostada en los pantanos fue aumentando paulatinamente; pero aparte de eso, nada cambió. El frío no remitía.
Y sin embargo, en aquel campamento improvisado e informal, donde los escasos nobles entraban y salían de la tienda del rey como si fuera la suya, Aelfwald nunca perdió la esperanza.
El rey estuvo extraordinario. A Aelfwald no cesaba de asombrarle la mente activa y alerta de Alfredo, que era capaz, en medio de las dificultades, de concentrarse en los asuntos que él consideraba importantes.
—Mira esos libros —decía Alfredo al noble, señalando el montón de volúmenes que yacía sobre la mesa en el centro de su tienda de campaña—. Mis maestros me han leído de nuevo la historia de nuestro pueblo escrita por Beda, ese gran hombre, hace más de un siglo. ¿Por qué no ha surgido en nuestro siglo un hombre como él? —preguntaba el monarca con un suspiro de resignación.
Y en más de una ocasión había confesado a Aelfwald:
—Yo tenía muchas esperanzas. Pero ahora… —Y el rey bajaba la cabeza en un gesto de abatimiento. Pero de pronto recobraba los ánimos y exclamaba—: ¡Ésta, amigo mío, es la respuesta a la desesperanza! Un día traduciré esos textos del latín a nuestra lengua anglosajona. —Luego propinaba a Aelfwald un codazo en las costillas y añadía sonriendo—: Espero que para entonces hayas aprendido a leer.
Pues la obra titulada Consolación de la filosofía, escrita hacía cuatro siglos por Boecio, el último gran filósofo pagano del mundo romano, mientras aguardaba ser ejecutado, era un libro tan excelso que pocos cristianos tenían dificultad en aceptar sus preceptos —resumidos en que la paz espiritual sólo podía alcanzarse mediante la contemplación de las verdades eternas—, y junto con las obras de san Agustín se había convertido en uno de los libros más amados de la Edad Media.
—Boecio, Agustín, las leyes del rey Ine: éstas son las cosas que todo hombre culto debería conocer —solía decir Alfredo al noble—. A través del estudio, Aelfwald, somos capaces de superar nuestras dificultades.
A mediados de febrero surgió un nuevo problema: en el campamento había escasez de comida. Todos los días el rey enviaba a unos hombres en busca de alimento, pero cada día regresaban prácticamente con las manos vacías, hasta el extremo de que la falta de provisiones hizo peligrar la supervivencia de la pequeña fuerza sajona.
Entonces Aelfwald concibió un plan extraordinariamente audaz.
Cuando el noble envió a Tostig y las barcas río arriba desde Wilton, no albergaba muchas esperanzas de que lograran escapar al enemigo. Pero, bajo la supervisión de su hijo Aelfric, el pescador había logrado navegar con las seis embarcaciones por el curso de varios ríos, había atravesado en ocasiones pequeñas lenguas de tierra y arribado al pantano de Athelney tan sólo tres días más tarde que el resto de la expedición, con todas las provisiones de Wilton intactas.
Los últimos informes de los grupos de reconocimiento indicaban que aunque habían visto varios campamentos vikingos en el valle del Wylye cerca de Wilton, hasta el momento la granja del noble en Sarum no había sido atacada.
Una mañana Aelfwald llamó al esclavo y le refirió su plan.
El esclavo, a juicio del noble, era un individuo extraño, con su pelo largo y negro, sus ojos juntos y los dedos de las manos y los pies largos y delgados. Le recordaba a un zapatero, esos insectos que andan sobre el agua. Tostig escuchaba lo que le proponía su señor en su postura favorita, de pie con la vista clavada en el suelo, guardando un hosco silencio que podía interpretarse, o no, como insolencia. Pero cualesquiera que fueran los pensamientos del esclavo, Tostig siempre cumplía la tarea que le encomendaban, y la mesa del noble estaba siempre generosamente surtida de pescado capturado en los cinco ríos.
—¿Crees que podrás conseguirlo? —preguntó Aelfwald impaciente cuando terminó de referirle su plan.
Tostig contestó sin alzar la vista.
—Quizá.
—Puedes llevar contigo a tantos hombres como desees. Si quieres, Aelfstan o Aelfric te acompañarán.
El esclavo meneó la cabeza.
—No, sólo serían un estorbo.
—Como gustes. —El noble sabía que éste era todo el entusiasmo que era capaz de manifestar Tostig—. Buena suerte.
Aquella tarde Aelfwald observó a Tostig y a su familia empujar los botes vacíos hacia el río y alejarse remando. Al cabo de diez días, Tostig regresó.
Había cumplido brillantemente la misión encomendada. Utilizando sus amplios conocimientos de las vías fluviales, había logrado pasar remando sin ser visto frente a todos los campamentos vikingos, por lo general de noche. Después de dejar atrás Wilton, había llegado a la granja que tenía el noble en Avon sin mayores dificultades. Allí, tal como confiaba Aelfwald, había hallado intactas todas las provisiones que la familia había ocultado. Una vez cargados todos los botes había regresado, hábil y silenciosamente, tal como había hecho el viaje de ida.
—Trae todo lo que encuentres —le había dicho Aelfwald—. Ya sabes lo que necesitamos.
Cuando Aelfwald condujo al monarca a la ribera donde Tostig estaba descargando las provisiones, el acopio de vituallas hizo que el rey sonriera.
Había tarros de miel, doscientos quesos, cuarenta sacos de harina, frascos de cerveza, rubia y negra, doscientas libras de forraje y los restos de veinte ovejas, que se habían conservado gracias al frío reinante.
Con una sonrisa ufana, el noble explicó al rey:
—Éste es el feorm que os debo por mis tierras.
Al oír estas palabras Alfredo se echó a reír y le palmeó la espalda; pero al cabo de un momento, Aelfwald observó que su soberano parecía estar a punto de echarse a llorar. Pues el feorm, el tributo en especie que un noble debía pagar al rey o a su señor, le había traído a las mientes el desbarajuste en que se hallaba sumido su amado reino de Wessex.
—Confío en que pronto, noble Aelfwald —dijo el rey suavemente—, retornemos a los tiempos en que el rey pueda recaudar su feorm con normalidad. —Luego, volviéndose hacia Tostig el esclavo, anunció—: A partir de este momento eres un hombre libre. Pagaré a tu señor Aelfwald el precio de tu libertad.
Ante lo cual, fiel a su talante, el hosco esclavo inclinó la cabeza respetuosamente, pero no sonrió.
Sin embargo, lo que proporcionó al noble más alegría incluso que la felicitación del rey fue el cargamento que Tostig transportaba en la última barca: dos niños que todos habían dado por muertos. A verlos, sus ojos se llenaron de lágrimas y gritó:
—Dile a Port que tenemos unos animalitos para él.
Más tarde, los niños contaron al ovejero y al noble que habían vivido solos durante varias semanas en la alquería, y luego en la espléndida y desierta finca del valle; y que durante la matanza les había salvado la vida un vikingo de barba entrecana sobre el que sólo pudieron explicar que se llamaba Bar-ni-kel.
La batalla de Edington, que tuvo lugar en la primavera del año 878, a pesar del reducido número de contendientes figura junto con otros conflictos menores pero de vital importancia —Hastings, la Armada, la Batalla de Inglaterra— como uno de los hitos en la historia de la isla.
Poco antes de que el invierno llegara a su fin, Aelfwald notó entre la comunidad de Athelney una creciente sensación de expectación. El rey no estaba ocioso: enviaba de continuo partidas de reconocimiento, bien para controlar el cambio de emplazamiento de los vikingos, bien para solicitar refuerzos.
A fines de marzo se recibió en el campamento una inesperada noticia que levantó todos los ánimos. Un destacamento que el rey había enviado a las fértiles tierras del suroeste consiguió reunir allí una nutrida fuerza, y ese nuevo grupo derrotó a una tropa de vikingos, llegados a bordo de nada menos que veintitrés barcos desde el País de Gales. Los sajones aniquilaron en total a más de mil invasores: fue el primer éxito alcanzado durante muchos meses.
Los hijos del noble se consumían por emprender un ataque en toda regla.
—Deberíamos atacar al propio Guthrum en Chippenham —dijo Aelfstan—. Para darle una lección.
Pero el rey Alfredo prefirió aguardar. Durante mucho tiempo la guerra contra los vikingos había consistido en combates sin un desenlace concluyente, seguidos por un pago de danegeld y una retirada temporal.
—Esta vez —dijo el monarca a Aelfwald—, debemos expulsarlos para siempre. No me conformaré con menos.
Y los informes de los mensajeros referían que cada vez eran más numerosos los nobles dispuestos a reunirse con el rey cuando éste decidiera marchar contra el enemigo.
En Pascua todo el campamento se congregó en un prado cercano donde habían erigido una elevada cruz de madera. Los pocos monjes que formaban parte del séquito real celebraron una misa, a la que asistieron también las monjas de Wilton, y luego Alfredo avanzó hasta la cruz y se volvió para hablar a la multitud:
—El momento no tardará en llegar —dijo—. Y si es la voluntad de Dios, expulsaremos a los vikingos de Wessex para siempre. En caso contrario —añadió en tono sombrío—, moriremos en el intento.
Mientras el noble aguardaba impaciente la fecha de partida, se le presentó un problema que no había previsto. Éste concernía a su hija.
Después de la aventura de Aelfgifu con los vikingos en Sarum, Aelfwald la había visto regresar sintiéndose a un tiempo furioso y aliviado, y ordenó a la muchacha que hiciera el resto del viaje en el mismo carro que su madre, para impedir que cometiera otra diablura. Una vez en el campamento, Aelfgifu se había mostrado dócil, dedicándose a las tareas domésticas y a ayudar a las otras mujeres a preparar la comida y atender a los soldados.
—Mi hija es un poco salvaje —había confesado el noble a Alfredo—, pero puedo controlarla.
Por tanto Aelfwald se quedó atónito cuando, la noche después de celebrarse la misa, Aelfgifu se presentó ante él y le anunció:
—Quiero ir a luchar con vosotros.
—Eso es imposible. Eres una mujer —repuso el noble.
—De todas formas, iré —insistió la joven con tozudez.
¿Cómo se atrevía su hija a desafiar su autoridad? Era una idea absurda.
—Te quedarás en el campamento —tronó Aelfwald—. No quiero hablar más del asunto.
—Sé luchar tan bien como un hombre —recalcó la muchacha.
Aelfwald la miró enfurecido. Sabía que lo que decía su hija era cierto, y, en su fuero interno, se sentía orgulloso de las hazañas de aquella criatura extraordinaria. Pero no era correcto que una joven se comportara de tal forma y su padre sabía que algunos nobles se mofaban de él a sus espaldas debido a esas extravagancias.
—Es imposible —repitió Aelfwald en tono tajante, suponiendo que con ello quedaba zanjada la cuestión.
Pero se equivocaba. A la mañana siguiente, sus dos hijos varones aparecieron ante él para apoyar la causa de la alocada muchacha, lo cual enfureció aún más al noble.
—Yo la he visto luchar —dijo Aelfstan—, y prefiero tenerla a mi lado a ella que a muchos hombres.
—¿Te gustaría también verla muerta a tu lado? —preguntó su padre con irritación.
—No —confesó Aelfstan—, pero si está decidida a acompañarnos, prefiero que corra el riesgo. Prefiero que ambos muramos juntos en el campo de batalla, si perdemos, que dejarla a su suerte a manos de los vikingos.
Ante la sorpresa del noble, su hijo mayor, Aelfric, se mostró de acuerdo.
—Aelfric no tiene más remedio —terció Aelfstan echándose a reír—; Aelfgifu ha amenazado con partirle el brazo si no lo hace.
El noble estaba harto del asunto. Había llegado el momento de afirmar su autoridad.
—No quiero hablar más de esto. Traedla aquí inmediatamente —ordenó a sus hijos—. Si es necesario haré que unos guardias la vigilen.
Los dos jóvenes se miraron entre sí, visiblemente cohibidos.
—El caso —confesó Aelfric— es que Aelfgifu ya se ha marchado del campamento. Dice que nos seguirá de todas formas, aunque te niegues —explicó a su padre—. Si cambias de opinión y accedes, debemos comunicárselo dejando una señal en el bosque —añadió señalando la colina.
Aelfwald miró estupefacto a su hijo.
—¿Y no tratasteis de detenerla?
Aelfstan sonrió.
—¿Cómo, padre? Estaba armada y nosotros no.
El noble no supo qué responder. Dudaba entre estallar de furia o prorrumpir en carcajadas. Por fin emitió un suspiro de resignación y dijo:
—Seré el hazmerreír de todo el ejército. Decid a vuestra hermana que puede venir con nosotros.
Al cabo de unos días los guerreros sajones iniciaron la marcha.
El campamento de Athelney quedó a cargo de unos pocos guardias. Aelfwald había tenido intención de dejar allí no sólo a su hija sino también a Port, pero cuando el ovejero le rogó: «Permitid que luche a vuestro lado, señor, y que vengue la muerte de mi esposa», el noble no había podido negarse. Su esposa y la abadesa permanecieron a cargo de las mujeres, las cuales también estaban armadas. Incluso Edith mostró ufana al noble una lanza que le habían dado, blandiéndola con tal ferocidad que Aelfwald se volvió para que la monja no advirtiera su sonrisa.
Los objetos valiosos fueron cargados en la barca de Tostig a fin de que fueran transportados a Sarum o, en caso necesario, a otro escondite, y el noble ordenó al antiguo esclavo y a su familia que los custodiaran a costa de su vida.
Cuando abandonó el campamento, lo último que vio Aelfwald fue al pescador inclinado sobre la barca en la orilla del caudaloso río; sus pies desnudos, largos y de dedos prensiles, aferraban con fuerza el borde de la ribera y su rostro angosto y moreno tenía una expresión de concentración mientras realizaba su labor sin reparar en los guerreros sajones que pasaban junto a él. El noble pensó que jamás sabría lo que pasaba por la mente de aquel curioso individuo.
Al principio a los soldados les pareció un tanto cómico que el gentilhombre Aelfwald estuviera acompañado no por dos, sino por tres apuestos guerreros, y que uno de ellos fuera una mujer.
—Está ahí para protegerlos —decían.
Pero otros, que habían cabalgado con ella y Aelfstan en Sarum, les aseguraron:
—Podéis reíros, pero los vikingos no se reirán.
Y aunque el noble de rostro grave procuró mantenerse ajeno a esas conversaciones, en el fondo se sentía orgulloso de tener una hija tan valiente.
El lugar de reunión que el rey Alfredo había fijado a sus nobles se hallaba a dos jornadas de distancia, en las lindes del bosque de Selwood. Mientras el pequeño ejército se dirigía hacia allí, Aelfwald se preguntó a cuántos hombres encontraría. ¿Cumplirían los nobles de Wessex su palabra?
Aelfwald estuvo a punto de lanzar un grito de alegría cuando divisó junto al bosque la nutrida legión que les daba la bienvenida. Todos los nobles habían acudido para apoyar a su soberano, quien asimismo constituía su última esperanza de conservar su independencia. Unidos, los guerreros anglosajones emprendieron la marcha hacia el norte para enfrentarse a los invasores vikingos.
Al día siguiente, veinticinco kilómetros al sur de Chippenham, divisaron las largas hileras de cascos reluciendo bajo el sol. Guthrum les estaba esperando.
Cuando los sajones formaron una línea de combate, Aelfwald se situó algo a la derecha del centro. Estaba flanqueado por sus hijos: Aelfric a su derecha, Aelfstan y Aelfgifu a su izquierda. Inmediatamente detrás de él se hallaba Port. Dirigiéndose a los cuatro, el noble dijo:
—Ésta será la última batalla. Venceremos o moriremos.
Habían elegido bien el lugar: una amplia explanada, relativamente seca. Al mirar hacia la derecha Aelfwald vio un inmenso campo en barbecho sobre cuyos surcos de color pardo deambulaban unas vacas, indiferentes a los guerreros que se jugaban la vida allí cerca; y en su fuero interno el noble comprendió, en aquel momento, que vencerían. La leva anglosajona defendería sus campos.
Fue una larga batalla. Los vikingos pelearon con ferocidad; pero los sajones luchaban por sobrevivir. A medida que cada avance sajón era frenado por las temibles hachas de guerra, las tropas sajonas retrocedían como la marea baja, se reagrupaban y atacaban de nuevo.
—Parecen las olas del mar —pensó Aelfwald. En efecto, por muchos golpes que les asestaran los vikingos, las oleadas de guerreros sajones continuaban precipitándose sobre ellos. Inspirados por la delgada figura de su rey, que peleaba infatigablemente junto a ellos, los sajones se mostraban incontenibles.
Durante todo aquel rato Aelfstan tenía en mente un objetivo muy concreto, y en el momento crucial en que los sajones atravesaron las filas vikingas, divisó al sujeto que andaba buscando. Indicó a su hermana que lo siguiera y ambos avanzaron hacia él; pues a unos quince metros de distancia, Aelfstan había visto una alta figura con el rostro picado de viruelas. Era el hombre que había violado a la esposa de Port, y cuyo semblante había quedado grabado en la memoria de Aelfstan.
Éste y su hermana tardaron unos minutos en abrirse paso a través de los combatientes. Pero al acercarse al malhechor, los compañeros de éste los reconocieron y gritaron:
—¡Es la mujer sajona!
Surgidos al parecer de todos los lados, los guerreros vikingos se abalanzaron sobre ellos, espoleados por el placer de abatir a esa insolente mujer.
Al cabo de unos instantes, Aelfstan y Aelfgifu se habían convertido en un punto de reunión, pues a su vez los sajones se apresuraban a acudir en su defensa. De su sector de la refriega brotó un grito: «¡Aelfgifu!», y segundos más tarde vieron que un grupo encabezado por Aelfric se dirigía hacia ellos.
Poco a poco ambos hermanos iban abriéndose paso entre los vikingos, que combatían con desesperación; en medio de sus esfuerzos, a Aelfstan le animaba comprobar que cada vez estaba más cerca de su objetivo. Cuando se vio a cinco metros de distancia del gigantesco vikingo con el rostro picado de viruelas el joven advirtió que aquél había comprendido que iban a por él. Por fin Aelfstan y Aelfgifu, después de desembarazarse de sus últimos atacantes, se encararon con el invasor.
El vikingo los miró con desprecio; acto seguido se volvió y levantó su hacha para abatir a la joven sajona que lo observaba con aire desafiante, pero no fue lo bastante rápido. Antes de que su enemigo alcanzara a bajar el hacha, Aelfstan alzó su espada, y sin dar tiempo a que el vikingo reaccionase, le descargó un mandoble que lo partió en dos.
La violación perpetrada en la granja de ovejas había sido vengada.
Entretanto, Port estaba luchando con más arrojo que nadie. Se había preparado para la batalla sujetándose al antebrazo derecho un pequeño escudo circular, parecido a los utilizados por los vikingos, mientras que con la mano izquierda, la única que le quedaba, esgrimía una espada corta y ligera con la que demostró poseer una destreza asombrosa.
—Con la mano izquierda peleas mejor de lo que solías pelear con la derecha —le dijo el noble.
Ciertamente, se alegraba de la presencia de Port. Cada vez que durante la refriega Aelfwald volvía la cabeza veía que el ovejero estaba detrás de él guardándole las espaldas, o bien a su izquierda, a modo de segundo escudo.
Pero Port llevó a cabo su servicio más notable en el momento álgido de la batalla, cuando los vikingos, después de flaquear unos minutos, se lanzaron a una feroz contraofensiva.
Aelfwald y el ovejero se encontraron durante unos instantes desprotegidos ante dos gigantescos vikingos que se lanzaron sobre ellos. Desgraciadamente, el terreno estaba embarrado y resbaladizo, de forma que cuando el noble despachó a uno de ellos de una formidable estocada, resbaló y cayó al suelo, mientras que Port, que se hallaba junto a él, fue derribado por el otro de un golpe contundente que le partió el escudo. Cuando trató de incorporarse, Port vio el hacha del vikingo alzada sobre la cabeza de Aelfwald.
De inmediato comprendió lo que debía hacer. Con gesto sereno, levantó el brazo izquierdo para recibir el hachazo destinado a su señor. Cuando la pesada hoja, desviada de su trayectoria, le atravesó el hueso, Aelfwald consiguió incorporarse sobre una rodilla y hundir la espada en el corazón del atónito vikingo. Luego agarró a su leal servidor y lo arrastró fuera del campo de batalla.
Port seguía con vida; pero había perdido la mano que le quedaba y buena parte del antebrazo.
Poco después, los vikingos emprendían la retirada; al cabo de una hora, Alfredo se había adueñado de la situación, y al caer la noche, Guthrum y los maltrechos restos de su horda se refugiaron en Chippenham. Los sajones acamparon en las afueras de la población.
Aelfwald curó la terrible herida de Port, y los hijos del noble construyeron con sus lanzas una tosca camilla, sobre la cual lo transportaron. Al poco rato la noticia de su hazaña corría de boca en boca entre las tropas sajonas.
—Port juró en mi casa defender mi vida —declaró el noble—. Jamás ningún sajón cumplió su palabra tan fielmente.
Los demás caballeros se manifestaron de acuerdo con él.
—El ovejero ha peleado hoy como un noble.
Port, pese a su delicado estado, se sentía orgulloso. Pero no dejaba de atormentarle un pensamiento: «¿Qué haré ahora que he perdido ambas manos?».
Cuando el ejército sajón persiguió a los vikingos que retrocedían, una figura permaneció en el campo de batalla: el hijo menor del noble.
Pues Aelfstan aún tenía que cumplir una misión. Cuando el sol comenzó a declinar, el joven buscó entre los cadáveres al vikingo con el rostro picado de viruela. No tardó en encontrarlo y se arrodilló en el suelo junto a él. Silenciosa y hábilmente, Aelfstan trabajó durante una hora con su cuchillo, cortando y separando la piel del cadáver del vikingo. Luego, tras enrollar el sanguinolento pellejo, se lo echó al hombro y montó en su caballo para ir en busca de sus compañeros.
Al día siguiente, al amanecer, Aelfstan llegó a una pequeña capilla de madera situada al pie de la muralla de Chippenham, y clavó en la puerta la piel del vikingo.
Era una costumbre pagana, la cual, dadas las circunstancias, ningún sajón podía desaprobar.
Guthrum resistió durante dos semanas en el pequeño poblado de Chippenham. Alfredo y su ejército aguardaron sin levantar el cerco. Por fin, el vikingo ofreció su rendición, junto con la promesa de abandonar Wessex para siempre. Tres semanas más tarde, Guthrum y treinta de sus nobles se sometieron al bautismo en el campamento sajón de Athelney, en presencia del rey y sus nobles.
Entre ellos figuraba un nuevo caballero al que le faltaban las dos manos.
Tras la rendición en Chippenham se celebró al aire libre una ceremonia que duró varios días, durante la cual el rey entregó a sus leales partidarios unas recompensas.
Cuando les llegó el turno a los hombres de Sarum, Aelfwald observó complacido una expresión risueña en los azules ojos del rey.
—¿Dónde está Port? —preguntó el monarca.
El ovejero fue conducido ante él y Alfredo contempló sus brazos antes de declarar:
—Este galés —tal era el término aplicado con frecuencia a los hombres de descendencia celta— ha luchado como un auténtico sajón de alto rango. —El rey se volvió hacia Aelfwald con expresión interrogante y éste asintió con la cabeza, pues la víspera había pasado la mañana con el rey instándole a que confiriera ese honor a su leal servidor—. Por consiguiente —continuó Alfredo—, a partir de hoy, Port, serás un caballero.
Acto seguido el monarca, imitado por Aelfwald y su familia, abrazó al asombrado ovejero.
Pero eso no fue todo. Si Port iba a ser un caballero, tenía que poseer tierras.
A una señal del rey, avanzaron dos monjes que sostenían unos gruesos pergaminos, ya que la concesión de propiedades debía registrarse por escrito. El rey podía conceder dos clases de bienes raíces: las tierras ordinarias de la gente sobre las que el propietario debía pagar un impuesto y unas tierras aún más valiosas, denominadas bookland, que estaban exentas de todo tributo salvo el servicio militar y las contribuciones destinadas a fortificaciones y puentes.
—Caballero Port —anunció Alfredo—, te concedo bookland.
El ovejero se sonrojó de gozo y abrió los ojos como platos cuando uno de los monjes, sosteniendo el título de propiedad, lo leyó en latín, traduciéndolo al sajón párrafo tras párrafo.
Al igual que todos los documentos de aquella época, el título de propiedad estaba redactado en términos rimbombantes.
En nombre del Señor del Trueno, creador del mundo, declaro ante todos los presentes, ausentes y venideros, que en virtud del contenido de este documento, yo, Alfredo, rey de los anglosajones por la gracia de Dios, doy y concedo a Port unas tierras de mi propiedad, las cuales pasarán a ser suyas a perpetuidad por derecho hereditario.
¡Un título, sus propias tierras! Ahora era un auténtico caballero. Port escuchó con atención mientras el monje seguía leyendo.
Y por mor de este grato cumplimiento confirmo la extensión de la propiedad: veinte hides junto al río Avon, al norte de las tierras de Aelfwald.
¡Veinte hides! Era un hombre rico. Con las rentas de estas tierras no sólo podría dar a su hermana Edith una cruz de oro sino que podría engarzarla con piedras preciosas. Port conocía las tierras que le había concedido el rey. Era una propiedad magnífica. El ovejero escuchó con atención cuando el monje leyó el párrafo que definía los límites de la finca; el pasaje no estaba escrito en latín sino en anglosajón, de modo que no cabía error acerca de su contenido.
Linda primero con el curso del río, luego en el meandro sigue al este por el prado que se extiende hasta el gran árbol; luego hacia el norte a lo largo del surco hasta el caballón, y por el oeste a lo largo del dique…
Port conocía cada palmo del terreno. Mientras el monje recitaba, el ovejero se afanó en calcular con precisión las rentas que percibiría.
Dichas tierras comprenden el lugar llamado la granja de Odda, y va incluido el derecho a pastorear seis bueyes en el prado.
—Detente.
Ante esta inesperada interrupción del ovejero, el monje alzó la vista, desconcertado.
—Son ocho bueyes, no seis —protestó Port.
Alfredo lo miró fijamente, y al comprobar con qué clase de hombre tenía que habérselas, sonrió.
—¿Estás seguro?
Port asintió con la cabeza.
A una señal del rey, el monje corrigió irritado el documento, antes de continuar.
Y tiene derecho a recibir de la granja lechera veinte weys de queso, quince corderos, quince vellones…
Pero Port meneó la cabeza.
—Producen veinticinco weys de queso —informó al rey.
Alfredo y todos los que le rodeaban se echaron a reír, e incluso el monje no pudo reprimir una sonrisa. De nuevo modificó el documento.
Port podrá recibir, poseer y regalar dicha propiedad a quien desee, exenta de impuestos, exceptuando las tasas para el mantenimiento de la fortaleza, para la construcción de puentes y el servicio militar.
Port era ya un terrateniente, y para siempre. El documento concluía con el habitual párrafo rimbombante:
Si alguien tratara insolentemente de infringir esta generosa munificencia, sepa que, el gran Día del Juicio Final, cuando las cuevas más profundas del infierno se abran y el mundo entero tiemble, perecerá en el fuego infernal con Judas y todos los traidores y padecerá tormento durante toda la eternidad, en caso de que no haya enmendado su falta con una compensación.
Estaba hecho. Aelfwald y los otros nobles firmaron el documento en calidad de testigos. Port había perdido las manos, pero había recuperado una parte de su territorio ancestral.
El rey siguió distribuyendo recompensas y, cuando le tocó el turno a Aelfwald, le entregó un regalo especial: un anillo con una inscripción y una cajita adornada con gemas. Junto a esos presentes personales, añadió una nueva y magnífica granja.
La finca de Shockerlee estaba situada al noroeste de Wilton, en las arboladas laderas de la colina que se erguía entre los dos anchos valles del Wylye y el Nadder.
Al igual que muchas nuevas granjas, había sido construida en el borde del bosque, tal como su nombre indicaba —shocker significaba «gavillas de trigo», y lee, «en el bosque». Era un terreno espléndido, debidamente avenado.
Cuando el rey pasó al siguiente noble, Aelfwald se volvió hacia Aelfstan y Aelfgifu y les anunció lo siguiente:
—Habéis luchado valerosamente. En mi testamento, Aelfric heredará las tierras de Avonsford, y a vosotros os dejaré Shockerlee.
Cuando la ceremonia de la concesión de tierras hubo concluido, el rey Alfredo se dirigió a los presentes.
—En el futuro, cuando contempléis vuestras tierras —dijo sonriente, posando sus azules ojos en cada uno de ellos—, recordad que las ganasteis por haber salvado el reino de Wessex, en Edington.
No obstante, aquella importante fecha habría de ser conmemorada por otro recordatorio que el rey no había previsto.
Dos días más tarde, mientras Aelfstan y un grupo de jóvenes estaban cabalgando por la sierra cerca del campo de batalla, al joven sajón le dio por repasar los extraordinarios acontecimientos ocurridos durante los últimos meses, y las batallas en las que había participado junto con su hermana. Entonces pensó: «Dentro de un tiempo, ¿quién creerá el papel sobresaliente que Aelfgifu ha desempeñado en esos hechos?».
—Deberíamos erigir un monumento en su honor —dijo en voz alta.
Al alzar la vista y contemplar un desnudo calvero que había sobre la ladera, Aelfstan comprendió lo que debía hacer; y tras llamar a sus amigos les contó su plan.
Durante todo el día, y a lo largo de dos días más, los jóvenes trabajaron sin descanso; y cuando hubieron terminado, en la tierra cretácea de la ladera apareció esculpido un magnífico corcel blanco, de doce metros de largo, que contemplaba el valle que yacía a sus pies.
Aelfstan lo miró con orgullo.
—Esto es en homenaje a Aelfgifu, y a nuestra victoria —dijo; y con la sensación de haber cumplido con su deber, el joven regresó al campamento más satisfecho de lo que se había sentido en muchos meses.
Los jóvenes habían realizado su trabajo a conciencia. El corcel blanco esculpido en la tierra cretácica permaneció siempre en la ladera de la colina.
Al noble le aguardaba todavía otra sorpresa cuando regresó a Athelney.
Tostig había desaparecido.
Se había ido una noche, llevándose una de las barcas cargada con los objetos de valor. Había partido sin avisar e incluso había dejado a su familia. Al principio el noble supuso que había tenido una razón legítima para marcharse; pero no había sido así.
No volvieron a verlo jamás.
Pero aquella victoria no supuso la paz para el reino de Wessex. Los sajones aún tendrían que librar muchas batallas y hacer muchos pactos con los vikingos en la isla. El rey sufrió varios contratiempos personales, como cuando el concejal Wulfhere, poco tiempo después de lo de Edington, se unió inesperadamente a los vikingos en el Danelaw.
Pero el reino de Wessex no volvería a correr peligro de desaparecer. Los burgos fueron fortificados, se construyeron nuevos monasterios y escuelas, el convento en el que permaneció Edith en Wilton fue restablecido con un renovado esplendor y pese a sus numerosas campañas Alfredo tuvo tiempo de traducir, como siempre había deseado hacer, algunos clásicos a la lengua anglosajona.
Durante el resto de su reinado y los de sus sucesores, la influencia y el dominio de Wessex se fueron extendiendo paulatinamente sobre el Danelaw: la mayoría de los invasores escandinavos se establecieron en la isla y se convirtieron al cristianismo; y el proceso mediante el cual el pueblo anglosajón y el pueblo danés acabaron fundiéndose en una sola comunidad insular continuó desarrollándose sin interrupción.
Cierto es que, durante un breve período antes de la conquista normanda, la isla fue gobernada por el gran rey Canuto como parte de una amplia confederación escandinava, pero a nadie le cabía ya la menor duda de que el reino de Inglaterra era una entidad independiente, y que sus gentes eran inglesas.
Ello fue debido a la dura campaña que el rey Alfredo y sus caballeros sostuvieron en el corazón de Wessex, durante el invierno y la primavera del año 878 de la era cristiana.