1653: Diciembre
Cuando Samuel cumplió trece años empezó a comprender que Obadiah era amigo suyo, y no sólo su amigo, sino un hombre sabio. Pues a diferencia de Margaret, Obadiah era una persona instruida.
Y en ocasiones, aunque su cariño hacia ella no había mermado, Samuel reaccionaba ante algunas opiniones de Margaret con una sonrisa.
Pero en el tema de Margaret, como en todos los temas, Obadiah se mostró firme.
—Debes respetar a tu hermana Margaret como si fuera tu madre —declaró. Y en aquellos días Samuel no oyó de boca del predicador una sola palabra contra ella; pese al hecho de que Margaret, cuando Samuel se quedaba solo con ella en la granja, le decía:
—Ten cuidado con Obadiah, Samuel. Es una víbora.
Pero Margaret debía de estar equivocada. Durante sus visitas a la granja, Obadiah trataba a Samuel con extrema amabilidad. ¿Acaso no había sido él quien le había regalado en enero un ejemplar encuadernado en cuero del famoso panfleto de John Milton sobre la Reforma?
—Léelo con atención —le había dicho Obadiah con su habitual seriedad—, pues nadie explica mejor que Milton los motivos por los que es preciso acabar con los prelados y las supersticiones papistas.
El joven incluso había oído a Obadiah decir a un caballero en el recinto catedralicio que Samuel poseía la mente de un intelectual, cosa que, teniendo en cuenta sus modestísimos logros con la pluma, fue un elogio inesperado. En cuanto al hecho de que Obadiah fuera un demonio, nadie en Sarum aparte de Margaret decía eso. Por el contrario, consideraban a Obadiah Shockley un gran hombre; ¿a quién podía infundir temor?
Desde que gobernaban los presbiterianos el mundo se había convertido en un lugar más grato para Obadiah.
El rey había muerto; había sido ejecutado por sus intrigas. Dos hombres de Wiltshire, entre ellos Edmund Ludlow, habían firmado la orden de ejecución. Ahora gobernaba el Protector, Cromwell, sobre un Parlamento presbiteriano.
Era un gobierno estricto; cuando el joven Ludlow se opuso a la dictadura de Cromwell le ordenaron que permaneciera en Irlanda, pues se exponía a ser arrestado si regresaba. En cuanto al Parlamento, era el Parlamento de los Barebones, un reducido número de individuos sumisos nombrados por las congregaciones parlamentarias. Los tres hombres de Wiltshire —Eyre, Ashley Cooper y Greene— eran sensatos y de talante conservador, y Obadiah sentía por ellos gran simpatía.
Y ningún lugar era más presbiteriano que Sarum.
Los sacerdotes de la catedral habían desaparecido: el Parlamento había eliminado todos los cargos eclesiásticos que habían gobernado la diócesis de Sarum durante seis siglos: obispo, diácono, archidiáconos, canónigos y su cohorte de vicarios y directores de coro. De paso se había apropiado de la mayoría de sus tierras, e Ivie y Dove, unos probos ciudadanos puritanos, se habían trasladado a Londres para conseguir algunas de esas propiedades para cedérselas a la ciudad. El concejo municipal gobernaba el recinto de la catedral, cuyas puertas habían abierto.
Eran los curas párrocos y los predicadores quienes gobernaban, hombres como Strickland en Saint Edmund y sus colegas en Saint Thomas y Saint Martin, todos ellos aguerridos miembros de la Asamblea Presbiteriana de Westminster. Predicaban desde los púlpitos que habían sido trasladados, según la costumbre presbiteriana, al centro de la iglesia. También predicaban en la catedral.
—Así deberían ser todas las iglesias, un templo parroquial donde el cura pueda predicar cómodamente —explicó Obadiah a Samuel y a Margaret. Y cuando Margaret objetó que el gran edificio le parecía algo más que una mera iglesia local, Obadiah replicó enojado—: Sólo los antiguos papistas construían unas iglesias monstruosamente grandes.
Los edificios no habían ganado gracias al cambio. Aquel año, la torre de la iglesia de Saint Edmund se había derrumbado; y aunque la puerta del campanario había sido remozada, los daños causados por los soldados en la sala capitular no habían sido reparados. Y eso no era todo. Cuando, para defender los intereses comerciales de Inglaterra contra la persistente y arrogante competencia holandesa, Cromwell se había visto forzado a entablar una breve guerra contra los Países Bajos, un grupo de prisioneros holandeses había quedado retenido en los claustros durante varias semanas.
—Y menudo escándalo organizaron —se quejó Margaret.
Un sector del recinto había quedado reducido a un montón de escombros; en otra zona, los carniceros habían instalado un pequeño matadero de reses donde vendían la carne. El palacio del obispo había sido transformado en viviendas, y una parte de él albergaba una posada; los carruajes pasaban a través de las puertas nororiental y occidental, removiendo el césped y destrozando las lápidas del cementerio.
Pero si los edificios no se habían visto beneficiados, los vicarios locales sí. Pues en esa época, en lugar de residir en modestas viviendas de la ciudad, ocupaban dentro del recinto unas espléndidas mansiones que les habían sido regaladas por el concejo, en las que vivían con toda la dignidad de los canónigos a los que habían expulsado.
Obadiah poseía una casa en el recinto. Pero vivía con austeridad.
No iba con frecuencia a la granja, pero aseguró a Samuel que siempre sería bienvenido en su bonita casa, y el chico se sentía orgulloso de que su hermano se hubiera convertido en una persona tan importante en la ciudad. El predicador se interesaba mucho por Samuel, pues había comprendido que era muy avispado.
Además, como solía recordar discreta pero constantemente a Margaret, era él, Obadiah, quien ocupaba a todos los efectos el puesto de cabeza de familia. Cosa que Margaret no podía negar.
Ojalá hubiera estado allí Edmund.
Pero Edmund se había marchado.
Samuel lo recordaba como una persona apacible y bondadosa.
A raíz de la visita del joven Moody y de sus extrañas insinuaciones, Samuel había intuido que la situación había dado un vuelco inesperado. Margaret y Edmund parecían estar más unidos y en la casa reinaba una profunda sensación de paz y de afecto familiar. Edmund pasó a ser el primer tutor de Samuel, enseñándole a leer y a escribir y analizar un poco de latín.
Pero al cabo de un tiempo Edmund, aunque seguía siendo el cabeza de familia, se contentó con dejar la administración de la granja en manos de Margaret y de Jacob Godfrey. Cada año estaba más delgado. En sus recuerdos, Samuel lo veía casi siempre sentado o caminando solo, no triste, sino pensativo, como si un grave problema ocupara su mente.
Entonces, en la primavera de 1649, poco después de que el rey Carlos fuera ejecutado, Edmund se marchó.
Transcurrió más de un año antes de que Samuel volviera a verlo. Cada vez que preguntaba a su hermana dónde se encontraba Edmund, ésta se limitaba a responder: «Cerca de Londres»; y si Samuel le preguntaba cuándo regresaría, ella contestaba: «No lo sé».
Edmund no regresó, pero un día de primavera fueron a visitarlo.
Fue un largo trayecto, casi hasta Londres; pero cuando el pequeño carruaje subió traqueteando por Saint George’s Hill, Samuel comprobó asombrado que su destino era una inmensa granja, semejante a algunas que había en Sarum. Y su asombro fue aún mayor cuando, al contemplar a un grupo de peones toscamente vestidos que subían por la colina hacia la casa, vio a Edmund entre ellos.
—¿Por qué trabaja con los peones? —preguntó Samuel atónito.
—Porque es lo que desea hacer —respondió Margaret, apresurándose a aclarar—: Tu hermano Edmund se ha convertido en un Digger.
Un Digger: Samuel no había oído jamás ese término, y se preguntó qué significaba.
De todos los extraños grupos y sectas creados por el fermento de la Guerra Civil, los Diggers eran los más curiosos; pero también, como muchos extremistas, los más lógicos. De hecho, cuando Obadiah y Edmund habían discutido sobre a quién debían votar, el presbiteriano había estado en lo cierto al acusar a Edmund de unas tendencias que conducirían a lo que él llamaba caos.
Pues si los niveladores reivindicaban el voto para todos los hombres libres que poseyeran una casa, los Diggers sostenían que todos los hombres debían ser libres.
—Y si la verdadera libertad reside en poseer tierras y bienes, ¿por qué no reunir todos los bienes en un fondo comunitario, a fin de que los hombres puedan ser libres? —propuso Edmund aquel día a su hermana y a su hermanito de diez años. Los tres se habían sentado ante la gran mesa en la granja donde vivían juntos todos los miembros de la comunidad de Diggers de Saint George’s Hill.
—Todo cuanto poseemos aquí pertenece a la comunidad —les explicó Edmund—. Trabajamos juntos como amigos. —Después de comer les mostró con orgullo la granja a Margaret y a Samuel.
Así que ése era el resultado práctico del largo tormento y el autoanálisis de Edmund.
—Esto parece un monasterio y un convento juntos —bromeó Margaret.
—Aquí no tenemos normas religiosas —le aseguró Edmund muy serio.
Margaret se preguntó cuánto tiempo duraría esa comunidad basada sobre unas premisas tan tolerantes.
Margaret observó a Edmund. Estaba muy delgado. En sus ojos advirtió una nueva expresión, pero no sabía si sería debida a una paz interior o a una desesperación contenida.
Pasaron una agradable velada. Era evidente que Edmund se alegraba de ver a sus hermanos. Pero también parecía satisfecho cuando se marcharon a la mañana siguiente.
—¿A qué se refería Edmund, a que no debemos conservar la granja? —preguntó Samuel perplejo.
—Él no quiere su parte —repuso Margaret.
—¿Por qué no quiere la granja?
—Porque se siente desgraciado.
Por más que Samuel reflexionó sobre el asunto, no logró comprenderlo.
—¿Y ahora es feliz?
—Ojalá yo lo supiera.
Dieciocho meses más tarde Edmund murió a causa de una prolongada enfermedad. Según informaron a Margaret murió satisfecho. La comunidad de los Diggers no duró, pero constituyó uno de primeros y más decididos experimentos europeos de comunismo práctico.
A Samuel, que sólo tenía a Margaret y a Obadiah como puntos de referencia, le parecía que en su vida existían dos mundos: el valle del Avon, donde gobernaba Margaret, y Salisbury, donde Obadiah ejercía una poderosa influencia. Avonsford representaba su infancia, Salisbury el mundo exterior. El primero, al que él amaba tanto, le retenía; el segundo, un territorio inexplorado, le incitaba a adentrarse en él.
Entretanto, Obadiah Shockley aguardaba a que el niño creciera.
Al cumplir los doce años, Samuel era un chico alegre, rubio, que se parecía a su hermana incluso más que Nathaniel. Avispado, sabía todo lo que había que saber sobre la granja y las tierras de regadío y, gracias a Jacob Godfrey, sabía llevar las cuentas de la granja. No carecía de estudios, pues Margaret, a instancias de Obadiah, había contratado a un joven clérigo para que acudiera a la granja Shockley tres días a la semana a fin de dar clases a Samuel. El chico había hecho excelentes progresos.
Pero ante todo, Margaret le enseñó a conocer la campiña local.
—Quizá yo no sea tan instruida como Obadiah —dijo Margaret en tono desafiante—, pero conozco y comprendo la tierra.
Apenas pasaba un día sin que Margaret y Samuel recorrieran diez o quince kilómetros.
Samuel conocía el valle del Avon palmo a palmo, hasta Amesbury, en el norte, y más allá de Stonehenge.
Cada sector ofrecía unas características particulares.
Cerca del Viejo Sarum había colinas y prados, donde los aldeanos todavía poseían extensas tierras comunales.
—Pero las están arando —explicó Margaret a Samuel—, y también piensan construir apriscos para encerrar a sus animales.
Samuel no tardó en familiarizarse con los complicados estatutos que regulaban la crianza de los animales y el cultivo de los campos rodeados de setos que los aldeanos poseían conjuntamente.
En ocasiones, Margaret y Samuel caminaban junto al Avon, pasaban frente a la catedral, cruzaban el puente y se dirigían hacia el sur a la pequeña población de Britford, situada en los límites del bosque de Clarendon. Una o dos veces llegaron incluso más lejos, pues se adentraron cinco kilómetros más hacia el sur y visitaron Downton, antes de regresar siguiendo el curso del río. También iban a la ciudad y luego doblaban hacia el norte, más allá del elevado cerro llamado Bishopsdown, y se internaban en el largo valle del río Bourne, en cuyo flanco oriental se encontraban los gigantescos e impresionantes riscos tras los cuales se hallaba Winchester: un soberbio panorama, pero una caminata larga y accidentada.
Pero lo que más agradaba a Samuel Shockley era el lado occidental de Sarum. Hacia el suroeste del recinto de la catedral se extendían los prados que conducían a la población de Harnham, con su espléndido molino. Detrás de ésta se alzaba el imponente risco de Harnham Hill a modo de muralla protectora. «Ése es el lugar que ofrece mejores vistas», solía decir Samuel, pues desde Harnham alcanzaba a ver toda la ciudad: la catedral, el recinto catedralicio, el mercado y los barrios de viviendas aparecían delineados con tanta precisión como en uno de los mapas de Speed.
Y hacia el oeste estaba la tierra de los Herbert, como la denominaba Samuel.
Era una acertada descripción. Pues allí, en el amplio y profundo valle que se extendía hacia Shaftesbury por el oeste, se encontraban las inmensas y prósperas propiedades de lord Pembroke, cabeza de la familia Herbert. Aunque los últimos condes eran unos personajes menos importantes que sus antepasados Tudor —quienes medio siglo antes habían convertido Wilton House en una corte del Renacimiento—, su poder e influencia eran notables. A Samuel le encantaba salir de la ciudad, pasar por las aldeas vecinas de Fisherton y Bemerton, unos nombres sajones, hasta llegar a Wilton, la antigua población del rey Alfredo. En ocasiones atravesaba Wilton, subía al cerro que se alzaba en el oeste y se adentraba en el bosque de Grovely, donde hacía novecientos años la pequeña granja situada en el claro, caída en el olvido desde hacía mucho, había dado a la familia su nombre.
La tierra de los Herbert. Las palabras tenían otro importante significado para Margaret, un significado que hacía que Obadiah torciera el gesto.
Pues siempre que iban a Wilton, pasaban por la pequeña aldea de Bemerton y se detenían para contemplar una pequeña rectoría de piedra gris y pedernal, y frente a ella, al otro lado del sendero, una diminuta capilla no mayor que un establo, en la que entraban para rezar una oración.
Cada vez que cumplían ese ritual, Margaret comentaba al salir de la capilla:
—Recuerdo bien a ese hombre. Tu padre era amigo suyo.
Pues Margaret tenía once años cuando falleció el gran poeta George Herbert.
—¿Pertenecía a la gran familia de Wilton? —preguntó un día Samuel, cuando era pequeño.
—Era un primo lejano —respondió Margaret.
—¿Iba con frecuencia a Wilton House?
—No lo creo —contestó ella con tristeza—. Era pobre.
—Pero aparte de eso, iba a todas partes en Sarum, ¿no?
—A todas partes.
Pues aunque sólo había vivido en Bemerton unos pocos años, George Herbert había dejado una extraordinaria impronta allí, durante los apacibles y gratos tiempos anteriores a la Guerra Civil.
—No había una casa en su parroquia que no hubiera visitado una docena de veces —aseguró Margaret a Samuel, añadiendo con firmeza—: Diga lo que diga Obadiah, la Iglesia anglicana también tenía excelentes sacerdotes.
Ése era el problema. ¿Quién podía negar que el autor de las mejores poesías religiosas escritas en inglés era un hombre santo? ¿Quién podía negar que, durante los breves años en que había ejercido su perfecto ministerio en Bemerton, George Herbert había creado la totalidad de su obra poética antes de morir de forma trágica?
—Su bondadoso espíritu —solía decir Margaret— estaba tocado por la gracia de Dios.
Ni siquiera Obadiah podía negarlo.
Pero Herbert era anglicano; le encantaba ir a la catedral para oír los cánticos; incluso había escrito una guía para los sacerdotes mostrándoles cómo cumplir con sus deberes.
A menudo Margaret exclamaba, incluso en presencia de Obadiah:
—Un buen sacerdote anglicano, sí, con los obispos y todo lo demás, era tan respetable como cualquier presbítero. George Herbert es un buen ejemplo de ello.
Era peligroso expresar esa opinión.
Qué distinto y rígido era el mundo de Obadiah.
Aunque a menudo ese mundo le infundía temor, desde el principio Samuel se dio cuenta de la talla moral y el poder del predicador.
Obadiah conocía al mismo Cromwell; y Cromwell era el héroe de Samuel.
Cromwell podía lograr lo que se propusiera. No sólo había derrotado al perverso rey, sino que había obligado a los escoceses y a los irlandeses a obedecerle. Por lo demás, había cedido generosamente numerosas tierras irlandesas a los leales hombres de su ejército, a quienes el Parlamento ni siquiera había pagado todavía. Incluso el Parlamento se doblegaba ante Cromwell: era fuerte, justo, y su poderosa mano estaba guiada por Dios.
Samuel casi había olvidado a Nathaniel y su carácter alegre y despreocupado. Samuel pensaba que los realistas eran unos traidores. Y había un buen número de ellos merodeando en torno a Sarum, aristócratas como los Penruddock, los Mompesson y los numerosos Hyde. Los estúpidos presbiterianos escoceses habían firmado un pacto con el hijo del rey (como si uno pudiera fiarse de la palabra de un Estuardo) y lo habían proclamado Carlos II, y Samuel recordaba el alboroto que se había organizado cuando más tarde el joven había invadido Inglaterra. Las leales tropas de Cromwell no habían tardado en aplastarlo en Worcester; pero posteriormente hubo algunos, entre ellos los Hyde y un endiablado sacerdote anglicano llamado Henchman, que ayudaron al monarca en su dramática huida a la costa meridional. Ya había empezado a circular una canción popular sobre un joven que se había visto obligado a subirse a un roble para ocultarse.
Era preciso mantenerse alerta, le advirtió Obadiah, cuando había semejantes traidores ocultos entre las propias gentes.
Él mismo salvaría un día a Cromwell. El chico experimentaba una profunda admiración cuando pensaba en la noble causa de aquel gran hombre. Como todo buen puritano, comenzó a utilizar citas bíblicas en sus peroratas y a veces se colocaba delante del espejo y adoptaba una expresión seria y solemne. Margaret se reía de su vehemencia, pero él no le hacía caso. Pues Samuel sabía que desde los tiempos de los profetas del Antiguo Testamento no había existido un hombre como Cromwell.
Aunque a partir de los trece años el joven Samuel trató de imitar en todo a su héroe, a veces se dejaba llevar por sus sentidos. Lo cual le avergonzaba y hacía que se enojara consigo mismo. Los goces de la vista, por no hablar de la comida y la bebida, eran pecados de la carne, tan funestos como bailar y festejar las fiestas del primero de mayo. Pero Samuel tenía debilidad por la belleza.
—Eso son cosas de niños —le explicó Obadiah—. Pero cuando te hagas hombre, dejarás a un lado esas chiquilladas y aprenderás a gozar siguiendo el camino del deber. —Samuel ansiaba convertirse en un hombre de cuerpo entero, fuerte.
Al cumplir los trece, Samuel cometió sin querer un pecado que le demostró que seguía siendo frágil y débil.
Durante una de sus caminatas había pasado frente a la verja de Wilton House.
Desde que tenía siete años Samuel había sentido una extraña fascinación por ella, pues por aquellas fechas la gran mansión Tudor se había quemado, y cada año a partir de entonces habían realizado unas obras para repararla. Cada año añadían una nueva ala a la mansión, hasta que por fin quedó completada. Samuel solía admirar sus majestuosas líneas desde la carretera.
Pero ese día, al echar a andar hacia ella, vio a un hombre bajito, que le resultaba familiar, salir de la casa.
El viejo William Smith era revocador. El año anterior había hecho unos trabajos para Margaret en la granja y desde entonces había estado muy atareado en la gran mansión. El polvo que cubría su cabeza canosa indicaba que aquella tarde había estado trabajando en la casa. Smith saludó al joven, y al notar que no quitaba ojo a la vivienda le preguntó:
—¿Quieres entrar?
Samuel dudó unos instantes.
—Sólo hay unos obreros y el ama de llaves —le aseguró Smith—. La familia está en Londres.
Y así fue como Samuel Shockley contempló el interior de una de las obras maestras de la arquitectura barroca inglesa. Jamás había visto nada parecido.
Samuel sabía que existían casas de campo mucho más grandes, y por fuerza tenía que haber parques más extensos. ¿Era quizá su ubicación junto al río lo que la hacía tan perfecta? ¿Eran sus largas líneas grises lo que hacían que destacara con la majestuosa simplicidad de la catedral, situada a menos de dos kilómetros?
—El mismo Iñigo Jones proyectó el salón —le explicó Smith. Samuel admiró el perfecto cubo que conducía al espléndido doble cubo del gran salón, con sus grandes ventanas rectangulares que daban al parque.
Estas estancias, algunas de las más nobles de Inglaterra, resultaban en verdad impresionantes. Con todo, el chico comentó:
—Es un lugar acogedor.
Pues, salvo algunas excepciones, la versión inglesa del majestuoso movimiento barroco europeo había logrado asumir un carácter propio de la isla. A diferencia del estilo europeo, con sus inmensos y elevados volúmenes, sus grandes arcos y sus magníficas escalinatas de mármol, sus cúpulas, sus frontones, sus pilastras y sus suntuosos cuadros cuyas torturadas formas parecían esforzarse en salir de aquellos espléndidos espacios para alcanzar el empíreo, la versión inglesa en aquel siglo tenía un aire amable y acogedor. Dado que los ingleses carecían de los príncipes feudales europeos, de su Inquisición católica, de aquel sentido de la solemnidad —y, en el caso de Wilton House, dado que había sido construida en un lugar donde antiguamente se alzaba una abadía cuyas piedras conservaban un aire apacible y contemplativo—, los nobles de Inglaterra daban a sus palacios rurales un carácter campestre. Eran imponentes, desde luego, pero tenían un ambiente de vivienda familiar, una intimidad que les otorgaba gracia y encanto.
Y la nueva casa de Wilton, con sus magníficas proporciones, su espléndida colección de cuadros de Van Dyck, su magnífico vestíbulo y su salón que daba al apacible río Nadder, sobre cuya plácida corriente se deslizaban las pollas de agua y los cisnes, era justamente ese tipo de mansión.
Samuel Shockley contempló los suntuosos muebles, las espléndidas pinturas y el hermoso paisaje que rodeaba la mansión. Y experimentó un gozo indescriptible. Aquél era sin duda el lugar ideal para vivir.
Pero de regreso a casa se percató de su debilidad y su pecado.
—Esos palacios son ostentaciones mundanas —murmuró—. Han sido construidos para fascinar a la gente y engañarla. —Y al tiempo que trataba de ahuyentar las deliciosas imágenes que poblaban su mente, Samuel prosiguió su camino, disgustado consigo mismo y arrepentido de lo que había hecho. Obadiah jamás se había sentido atraído por ese lugar, pensó el muchacho, y menos aún el gran Cromwell. Eran hombres fuertes y serios.
Al llegar a la granja Shockley, Samuel, triste y cariacontecido, comprobó que Obadiah había venido a visitar a Margaret. Tan pronto como entró en la casa el joven notó que el ambiente estaba cargado.
Obadiah y Margaret se hallaban en el saloncito, de pie ante la chimenea. Margaret observaba a su hermano mayor con aire desafiante; Obadiah sostenía en la mano un libro de oraciones.
Cuando Samuel entró en la habitación, Obadiah sostuvo el libro de oraciones en alto y tronó pálido como la cera:
—Este libro es una obra despreciable.
Pues los puritanos habían desechado el melodioso Libro de oración de Cranmer. Era demasiado papista y lo habían sustituido por su austero Directorio. Las viejas y conocidas ceremonias habían desaparecido, no sólo la comunión, sino los ritos que celebraban los acontecimientos más sagrados en la vida de un hombre: su sepelio y su boda. En lugar del matrimonio religioso, la pareja pronunciaba sus votos en una apresurada y triste ceremonia ante un juez de paz.
Ésas eran las normas puritanas. Y Margaret las odiaba.
Peor aún, Margaret utilizaba el Libro de oración cada domingo en la intimidad de la granja, en presencia de Samuel. Hacía tiempo que Obadiah lo sospechaba, y la semana anterior a Samuel se le había escapado un comentario que había confirmado sus sospechas; de modo que el presbiteriano comprendió con meridiana claridad lo que debía hacer. Era preciso poner fin a ese despropósito.
Pero Margaret se estaba rebelando contra él.
—Prefiero el Libro de oración a vuestro insulso Directorio.
—¿Lo utilizas delante de Samuel?
—Sí.
Obadiah suspiró. Aunque su hermana insistiera en salirse con la suya respecto al Libro de oración, era intolerable que enseñara al chico a despreciar a las autoridades.
Obadiah miró a Samuel, que estaba junto a él.
—¡Mujer estúpida y pecadora! —exclamó Obadiah desesperado.
Pero Margaret soltó una airada carcajada y le arrebató el libro.
—¡Obadiah el mordedor! —le espetó con desprecio.
Era el apodo que Nathaniel le había puesto cuando Obadiah le mordió la mano. Hacía veinte años que Obadiah no oía esa expresión, incluso se había olvidado de ella. Pero de pronto evocó el dolor y la humillación que le habían provocado las burlas de su hermano. Durante unos segundos dejó de ser el respetado predicador para convertirse en el adolescente atormentado. Era una afrenta a su dignidad.
Y, para colmo, Margaret lo había soltado delante del chico.
Samuel miró atónito a Margaret. No observó la mirada viperina que Obadiah dirigió a su hermana antes de recuperar la compostura.
De haber sido Margaret más inteligente se habría disculpado en el acto. Pero en vez de ello, furiosa porque Obadiah había atacado su Libro de oración, le soltó:
—¡Ve a predicar en las iglesias! A mí no me engañas. Eres agresivo por naturaleza y siempre lo serás. —Luego, volviéndose hacia Samuel, le preguntó—: ¿Sabías que a tu hermano Obadiah le gusta morder? Ándate con cuidado, porque en cuanto te descuides es capaz de arrancarte un dedo.
Samuel miró perplejo a sus dos hermanos. ¿Cómo podía Margaret hablarle en ese tono al predicador? ¿Es que no sentía ningún respeto hacia él?
Pese al gran cariño que sentía por ella, Samuel estaba convencido de que en eso estaba equivocada.
Al recordar el pecado que él mismo había cometido aquella mañana, cuando se había deleitado contemplando el interior de Wilton House, se acercó con aire solemne a Margaret, tomó el libro de sus manos y lo arrojó al fuego.
Margaret protestó indignada.
Pero si Samuel hubiera visto la sonrisa de Obadiah, su perplejidad hubiera sido aún mayor. Pues la expresión que se dibujaba en el rostro de su hermano, a quien nadie quería, era una mueca de venganza.
Poco después de ese incidente, Samuel se encontró de nuevo con Obadiah con motivo de un insólito acontecimiento.
El juicio de Ann Bodenham, acusada de brujería.
Era un evento sensacional, y Samuel le suplicó a su hermana que le permitiera asistir. Margaret, que se negó a presenciarlo, por fin consintió en que fuera con un grupo de gente, entre el que se contaban Obadiah, sir Henry Forest y sus dos hijos.
La sala del tribunal estaba atestada de curiosos. La lista de los delitos cometidos por la rea era espeluznante: no sólo había sido una encendida papista en su juventud, sino que hablaba del mal y de días aciagos. Por fortuna, según averiguó Samuel, el gran Matthew Hopkins, el general encargado de perseguir a las brujas, pasó casualmente aquellos días por Sarum, pues de no ser por él quizá no habrían descubierto las malas artes de Bodenham. Pero al investigar sus actividades Hopkins no tardó en descubrir la terrible verdad. Años atrás, según se enteró el tribunal, Ann había trabajado de sirvienta en casa del notorio doctor Lambe, que había muerto despedazado por la multitud en Londres en 1640 cuando se supo que era un brujo. Obadiah meneó la cabeza con tristeza al recordar aquel hecho.
—Lambe era un amigo de Buckingham, favorito del rey —explicó a Samuel—. Guárdate de los papistas y otros hombres malvados, Samuel, pues transmiten su maldad como la peste.
Hopkins en persona asistió al juicio. Forest se lo señaló a Samuel: un hombre de semblante triste y aspecto muy corriente.
—Pero es un gran siervo de Dios —le aseguró Obadiah. Samuel lo observó con curiosidad.
Incluso las revelaciones sobre Lambe resultaron insignificantes comparadas con lo que ocurrió a continuación. Pues el tribunal se enteró de que cuando la sirvienta de un caballero que vivía en el recinto catedralicio había llamado a casa de Bodenham, ésta había invocado a cinco espíritus que aparecieron disfrazados de golfillos harapientos, y, ante la estupefacta mirada de la mujer, ¡la transformaron en una gata!
—Yo mismo he hablado con la sirvienta —murmuró Obadiah—. Es cierto.
—Margaret dice que este juicio es absurdo —dijo Samuel.
—Pues se equivoca —replicó Obadiah—. Es preciso extirpar el mal.
Y sir Henry Forest añadió con una sonrisa amarga:
—Absurdo o no, como magistrado te digo que Bodenham será declarada culpable.
Y así fue. Samuel se enfureció con Margaret por no permitirle ir a presenciar la ejecución que tuvo lugar al día siguiente en Fisherton.
Pero para Samuel Shockley más importante que el juicio fue la conversación que mantuvo con Obadiah más tarde. El predicador lo llevó aparte y le dijo:
—Creo, Samuel, que estás impaciente por servir a Dios. ¿Has elegido ya una profesión?
Samuel respondió que no.
—Con tesón y voluntad, presiento que podrías ser un hombre instruido. Eso abre muchas puertas. ¿Te gustaría?
Samuel se sonrojó de gozo al percatarse de que Obadiah tenía tan buena opinión de él.
—En ese caso debes venir a vivir conmigo una temporada en Salisbury —dijo el predicador—. Pues nuestra hermana ha descuidado tus estudios.
Hermano y hermana se encararon de nuevo. No se habían vuelto a ver desde el incidente con el Libro de oración.
Durante unos minutos Obadiah se afanó en sonreír, pensando que eso facilitaría su tarea; pero al cabo de un rato dejó de intentarlo.
—El chico es inteligente. Podría ser un hombre ilustrado.
—Yo le he enseñado todo cuanto precisa saber.
En cierto modo, Margaret tenía razón. Al cabo de unos años más de rudimentarias lecciones con el joven clérigo, Samuel sería un hombre tan educado como la mayoría de granjeros. Pero ¿era suficiente?
—No le has enseñado nada —replicó Obadiah. Ni siquiera se esforzó en adoptar un tono conciliador.
Margaret lo miró con amargura. En el fondo, sabía que Obadiah estaba en lo cierto, pero se resistía a reconocerlo.
Sólo sabía una cosa: no quería separarse del chico.
Margaret había tratado de no pensar en que el tiempo no pasa en balde. Tenía más de treinta años, ya no tenía edad para casarse. Había perdido a su padre y a sus dos hermanos; había criado al chico durante aquellos años terribles como si fuera su propio hijo.
«Si lo pierdo ahora —se dijo—, ¿qué me quedará? ¿La granja? ¿Obadiah?».
Era consciente de que a veces la gente se reía de ella. Las proezas de una joven de poco más de veinte años, la valerosa defensa de su granja contra los soldados… aquello había ocurrido hacía mucho. La gente la consideraba ahora una excéntrica. Tenía un gato favorito; daba de comer todos los días a los pájaros que se acercaban a su puerta y les ponía nombres; hablaba con las vacas que pastaban en los prados junto a la casa. Iba camino de convertirse en una solterona.
Obadiah se había percatado de ello. Nunca hacía ningún comentario al respecto, sino que seguía manteniendo su fría reserva, salvo cuando ella se metía con él. Pero a menudo Margaret observaba en sus ojos una leve expresión de desprecio que la hería profundamente.
Sin embargo aún tenía a Samuel.
Obadiah se había presentado por San Miguel, y había expuesto el asunto sin rodeos.
—Es hora de que Samuel asista a la escuela en Salisbury —le dijo a Margaret—. Vivirá conmigo.
Margaret enseguida lo comprendió todo. Samuel no sólo adquiriría conocimientos, sino que recibiría una estricta educación presbiteriana, lejos de la influencia anglicana que ella pudiera ejercer sobre él y del Libro de oración. Si otra persona le hubiera hecho esa propuesta, es posible que Margaret hubiera aceptado. Pero no viniendo de Obadiah.
—Me niego a ello.
Obadiah la miró impasible. A la sazón, el predicador tenía ya el cabello canoso. Ofrecía un aspecto muy severo con su austero traje gris, propio de los puritanos. Su ceceo se había acentuado, añadiendo mayor dureza a sus palabras. Pero no había ido allí para contemporizar con su hermana.
—Puedo obligarte. Soy el cabeza de familia.
—¿Y qué vas a hacer? —replicó ella—. ¿Secuestrar al chico?
Obadiah se detuvo y la observó con aire pensativo.
—Volveremos a hablar del tema.
Margaret no era tan tonta como para pensar que había ganado la batalla.
Obadiah regresó al cabo de una semana.
—¿Sigues negándote?
De hecho Margaret lo había pensado detenidamente. Sabía que al chico le atraía la idea. Si ella trataba de retenerlo, acabaría perdiéndolo.
Pero cuantas más vueltas le daba, más convencida estaba de que debía mantener al chico alejado de Obadiah.
No era sólo por celos, ni porque ella detestara sus rígidas costumbres puritanas. Era porque sabía algo sobre él, algo que había averiguado de niña.
Quizá ni el mismo Obadiah lo sabía.
Era frío como un témpano.
Sí, aunque en ocasiones, cuando alguien le llevaba la contraria o se reía de él, mostraba una apasionada ira. Pero ésa era la única emoción que era capaz de sentir.
«Sólo piensa en sí mismo —se dijo Margaret—. Si se lleva al chico, lo adiestrará para que sea su sirviente, pero nada más. Le impresionará con su erudición, pero Samuel vivirá en una tumba».
Margaret no permitiría que le arrebatara al chico su corazón.
De modo que cuando Obadiah apareció de nuevo, ella le respondió:
—No. Nunca te lo entregaré, Obadiah. Ni aunque pasen mil años.
—Puedo obligarte a entregármelo —le advirtió él.
—No lo harás, y no volverás a verlo. Si te acercas de nuevo por aquí, haré que los hombres arrojen a los perros contra ti.
Obadiah estaba pálido de ira.
—Te arrepentirás de esta locura.
—No.
—¡Maldita ignorante! ¿Por qué eres tan obcecada?
—Porque te conozco —repuso ella con franqueza—, y sé que eres malo.
Margaret lo miró a los ojos y comprendió que no andaba equivocada.
La mirada de Obadiah no reflejaba dolor, ni ira, tan sólo frialdad.
A partir de aquel día comenzó una extraña fase en la vida de Samuel.
Margaret le prohibió visitar a Obadiah. Si iba a Salisbury, ella le acompañaba. Samuel sabía que los peones de la granja tenían orden de informar a Margaret tan pronto como el predicador apareciera por las inmediaciones de la casa. Era como un estado de sitio.
Adondequiera que fuera Samuel, o los Godfrey o Margaret le seguían de cerca. Era evidente que Margaret temía que Obadiah tratara de secuestrarlo. Cuando Samuel preguntó a su hermana:
—Pero ¿no es Obadiah mi amigo?
Ella meneó la cabeza y contestó:
—No es amigo de nadie. Tú mismo lo comprobarás cuando seas mayor.
Samuel no sabía qué hacer. No deseaba abandonar a su hermana. Pero esa extraña situación no podía continuar.
Y no lo haría, pues aunque Samuel y Obadiah lo ignoraran, Margaret Shockley tenía otros planes.
En cualquier caso, durante los días siguientes a San Miguel se produjeron otros acontecimientos que hicieron que Samuel olvidara la pelea con Obadiah.
El primero estaba relacionado con los regadíos, los cuales debían ser reparados.
A Samuel Shockley le entusiasmaban sus regadíos. Comprendía su complicado funcionamiento. Pues no sólo eran el orgullo de la granja Shockley sino que habían servido para perfeccionar el sistema de cultivo del trigo y la crianza de ovejas que había dado de comer a los habitantes de Sarum y de la zona circundante durante más de dos siglos.
El principio del cultivo del trigo era bien sencillo: uno plantaba los campos y los fertilizaba llevando a las ovejas a pastar en ellos. Cuantas más ovejas hubiera, más trigo podían cultivar, y durante muchos siglos el único factor negativo era la escasez de pastos que existía en las tierras bajas.
Pero el pasto había estado allí todo el tiempo, en el fértil valle, donde durante siglos sólo había habido tierras empantanadas o prados medio inundados. El problema era que nadie, al menos desde los tiempos de los romanos, sabía cómo desecarlos.
—Pero ahora disponemos de los regadíos —decía Samuel con orgullo.
Era un sistema magnífico.
Una acequia que arrancaba del curso del Avon transportaba el agua hasta el otro extremo de los campos. Era el canal principal que se extendía como una espina dorsal por el centro del terreno. De ambos lados de ese cauce partían unos canales más pequeños que llevaban el agua hasta lo alto de los caballones, y el preciado líquido se escurría por los costados hasta el fondo de los surcos, donde unos desaguaderos se llevaban el agua sobrante. Los regadíos de los Shockley medían 180 metros de anchura en su parte más dilatada; el canal principal tenía un kilómetro de longitud, y el sistema estaba regulado por una compleja serie de pequeñas compuertas de madera que se abrían y cerraban mediante unos ganchos de hierro en el canal principal. Pero en los canales más pequeños el encargado de los regadíos regulaba el flujo del agua taponándolos con tierra o volviéndolos a obstruir.
Ése era un nuevo e importante cargo en la granja, el de encargado de vigilar la operación de los regadíos tan atentamente como un pastor vigila a su rebaño; de hecho, era el segundo cargo más importante, después del de pastor, en la jerarquía de la granja. Y lo ostentaba con orgullo William, el segundo hijo de Jacob Godfrey.
—Verás —explicó William a Samuel—, durante el invierno y el comienzo de la primavera, al controlar cada canal consigo mantener toda la superficie de los campos cubierta por una leve capa de agua, y puesto que ésta no cesa de fluir a través de los canales, vierte su fértil lodo sobre la tierra y la enriquece. Además, la mantiene calentita —prosiguió el encargado de los regadíos—, como una manta, de modo que debajo de la superficie crece una hierba muy alimenticia. Luego, cuando las ovejas han consumido la mejor hierba de los cerros, drenamos nuestros campos y las bajamos hasta ellos, los mejores pastizales que existen en Sarum.
Así era, y en la región otros propietarios, como lord Pembroke, habían comenzado a construir en sus campos unos sistemas de regadío semejantes.
Por encima de todo, a Samuel le encantaba contemplar los campos cuando estaban inundados.
—Fíjate cómo fluye el agua sobre los campos —murmuraba Godfrey embelesado—. Discurre incesantemente. Casi siento crecer la hierba bajo mis pies.
Fue aquel año, a finales de verano, cuando William anunció que los canales de regadío precisaban ser reparados.
En aquella época del año el heno estaba muy alto en los campos. Margaret se paseó alrededor con aire pensativo.
—Podríamos ampliar esos campos —dijo.
Pero ¿dónde estaban los brazos para hacerlo? La granja Shockley no disponía de suficientes peones.
Poco antes de la festividad de San Miguel, Margaret y Samuel fueron a la ciudad. De pronto Margaret palmoteo alborozada.
—Contrataré a esos holandeses que han encerrado en los claustros —dijo—. Holanda está llena de canales y diques; ellos sabrán cómo hacer las obras necesarias. —Era una solución un tanto excéntrica, pero sensata.
Años más tarde Samuel siempre sonreía al recordar que su hermana había solicitado a las autoridades municipales que le permitieran llevarse a media docena de hombres, y cuando contestaron que eso era imposible porque podían aprovechar para huir, Margaret había regresado al día siguiente con una espada y una pistola sujetas al cinto y había declarado con vehemencia:
—Estáis hablando con un clubman de Wiltshire.
Los holandeses fueron a trabajar a la granja. En invierno los regadíos de los Shockley serían más extensos y los canales estarían más perfeccionados.
Sir Henry Forest observaba eso con envidia.
El segundo acontecimiento fue insignificante y ocurrió el mismo día en que Margaret fue a contratar a los holandeses. Aunque en cierto sentido, al hacerse mayor, a Samuel Shockley ese hecho le pareció más memorable que otros de mayor envergadura.
Pues poco antes de visitar los claustros, mientras Margaret y él se hallaban de pie en silencio junto al inmenso crucero norte, descubrieron algo que sólo unas pocas personas, entre las cuales no se hallaba Obadiah, conocían en aquel entonces.
Descubrieron el secreto de la catedral de Salisbury.
El hombre apareció súbitamente de detrás de un pilar de la nave, al norte del coro. No les había visto.
Se dirigió casi silenciosamente hacia la capilla situada en el extremo este, y se sobresaltó cuando Margaret se acercó a él. Era un anciano, de unos setenta años, con una enorme cabeza sobre un cuerpo menudo y encorvado; sus ojos grises mostraban una expresión defensiva.
Portaba una pequeña bolsa de herramientas.
—¿Trabaja usted aquí? —preguntó Margaret.
—Puede que sí, señora. Y puede que no.
—¿Cómo se llama?
—Zachary Mason.
Margaret observó que tenía las manos manchadas de cal y mortero.
—Ha estado reparando algo aquí dentro. Estoy segura de ello.
El anciano no respondió.
—¿Sabe usted quién soy?
—Sí, señora. Es la hermana de Obadiah Shockley. —En la voz del anciano se advertía una nota de amargura.
—Cierto. Y mi hermano es un estúpido —repuso Margaret irritada—. Yo creía que este lugar estaba abandonado. Doy gracias a Dios por haber estado equivocada.
El anciano la miró con recelo.
—¿Es usted el único operario? —preguntó ella.
—Quizá no.
De pronto se le ocurrió algo a Margaret.
—¿Quién le paga?
—Nos pagan.
Margaret abrió su bolso y sacó una moneda. El anciano meneó la cabeza en sentido negativo.
—Nos pagan —repitió suavemente, y dicho eso se alejó.
—Creo —dijo Margaret a Samuel una semana más tarde— que quienes les pagan son los Hyde.
Y así era. Durante el período de la Commonwealth de Cromwell, los operarios entraban disimuladamente en la gran catedral y la reparaban, casi sin ser vistos, gracias a la generosidad de una noble familia local.
Un tercer acontecimiento parecía no tener la menor importancia.
Un día, mientras los holandeses trabajaban en los regadíos, vigilados por Margaret y Samuel, apareció por el camino un pequeño carruaje descubierto y se detuvo. Cuando su ocupante desmontó, los holandeses se exaltaron y uno de ellos rogó a Margaret que les permitieran hablar con el visitante.
—¿Quién es? —preguntó ella recelosa.
—Se llama Aaron —le dijeron los hombres.
—¿A qué se dedica?
—Es un comerciante de nuestro país —le explicó el hombre—. Un judío —añadió.
Samuel emitió una exclamación de asombro. Uno de los pueblos bíblicos de Israel. Contempló al visitante, fascinado.
Pues al igual que buena parte de los ciudadanos ingleses, Samuel jamás había visto a un judío.
Curiosamente, fue Oliver Cromwell quien volvió a dejar entrar a los judíos, después de una ausencia casi total de trescientos sesenta años. Era una de las pocas quejas que tenía Obadiah contra el eximio general, quien por ser militar se mostraba demasiado tolerante con las sectas religiosas. De un tiempo a esa parte éstas habían proliferado: baptistas, anabaptistas, brownistas, quienes insistían en que cada congregación recibía su inspiración sin la guía de un poder central; había aparecido una nueva secta, formada por los seguidores del predicador Fox, a quienes llamaban cuáqueros y que reivindicaban su propio derecho divino. Un predicador lúcido pero infernal llamado Penn había tenido incluso el valor de predicar esas patrañas en Wiltshire.
—Deberían azotarlo y arrancarle la lengua —había dicho Obadiah a Samuel. En cuanto a dejar entrar a los judíos, eso era insufrible.
Venían con frecuencia, de Holanda, donde se habían refugiado para huir de la Inquisición española. No podían adquirir la ciudadanía inglesa, pero podían moverse libremente y ejercer su comercio sin traba alguna.
Aaron había llegado hacía poco. La mitad de los prisioneros le conocía. Les llevaba mensajes de sus familias, dinero y, por supuesto, les ofrecía la posibilidad de llevar a cabo cualquier transacción comercial que desearan.
Permaneció media hora. Era un hombre de mediana edad, calvo, que observaba la escena a su alrededor con expresión divertida.
Samuel lo miró con atención, pero se llevó un desengaño. No esperaba que un judío tuviera un aspecto normal y corriente.
Más tarde, Aaron regresó a su casa en Wilton.
Una semana después de haberle plantado cara a Obadiah, Margaret hizo una visita secreta a sir Henry Forest. No se lo había dicho a nadie.
Cuando Forest hubo oído, asombrado pero atento, lo que ella tenía que decirle, preguntó:
—¿De modo que quiere que me ocupe del chico, como si estuviera bajo mi tutela?
Margaret asintió.
—¿Y desea que lo eduque junto con mis hijos?
—Ésa es la clave. Tiene la misma edad. He oído decir que tienen un excelente tutor. Quiero que Samuel reciba una educación esmerada.
—Sí, un magnífico tutor. Un universitario. —Forest se detuvo—. ¿Cree que podrá impedir que lo averigüe Obadiah?
—Desde luego. Él no se atreverá a atacarle a usted. Y no podrá quejarse si su hermano recibe la misma educación que los hijos de sir Henry Forest.
Pues ésa era la conclusión a la que había llegado Margaret Shockley. Había comprendido que no podía conservar a Samuel a su lado.
Ni siquiera estaba segura de poder negarle a Obadiah el derecho de llevárselo con él. Pero con Forest, Samuel seguiría viviendo en Avonsford, pero fuera del alcance de Obadiah.
Margaret no pudo por menos de sonreír al pensar que había vencido al presbiteriano.
Forest asintió con aire pensativo. Sus ojos oscuros y juntos mostraban una expresión calculadora.
—Obadiah Shockley no me causará problemas —dijo.
—¿Entonces accede?
—Me gusta ese chico. Tiene talento. Es justo que reciba una buena educación —dijo a Margaret con franqueza. Luego sonrió—. ¿Ha adivinado usted el precio de mi consentimiento?
Margaret asintió. Por supuesto. Pero merecía la pena.
Los términos eran bien sencillos. Por ocuparse de la educación de Samuel Shockley, incluyendo sus estudios en Oxford, y, si el chico lo deseaba, su ingreso en los Inns of Court, los regadíos de Margaret pasarían a ser propiedad de la familia Forest, con la condición de que Margaret tendría el usufructo de los mismos por una módica renta. Era un excelente arreglo para ambas partes.
Hasta que los documentos fueran redactados y sellados, el acuerdo debía permanecer en secreto.
A Aaron el judío le gustaba partir temprano. Esto se debía en parte a que dormía mal y se despertaba al amanecer. Por otra parte, siempre había encontrado que el espectáculo del amanecer le levantaba el ánimo. Incluso ahora, pese al hecho de ser un hombre de mediana edad, le daba una sensación de euforia.
Aaron condujo su pequeño carruaje por el valle del Avon justo cuando las primeras luces asomaban sobre los cerros. Cuando llegó a Avonsford, ya había clareado pero no se veía un alma.
Al pasar frente a la mansión se detuvo, sorprendido.
En la cima de la colina vio un cobertizo de madera, donde guardaban las ovejas. Sin duda pertenecía a la mansión.
¿Qué hacía Obadiah Shockley, al que reconoció de inmediato, saliendo subrepticiamente del cobertizo?
Shockley, que no reparó en el judío, se dirigió a toda prisa hacia el camino que recorría el cerro.
Aquella tarde, mientras Samuel y Jacob Godfrey se hallaban en los cerros, Margaret recibió una visita inesperada. El nombre del caballero en cuestión era Daniel Johnson.
Era un hombre de talante sosegado, serio y cortés. Venía a verla, según dijo, en nombre de Obadiah.
—Y como mi caballo se torció una pata a medio camino, he tenido que recorrer un largo trecho a pie —añadió un tanto quejoso.
Margaret sintió cierta lástima de él, y como se sentía eufórica después de su entrevista con Forest, pensó que no perdía nada escuchando lo que el visitante tenía que decir.
El motivo de su visita era la educación de Samuel. Dijo que Obadiah se sentía dolido de que ella le hubiera negado su papel natural en la formación del chico. Margaret dedujo que Obadiah con su elocuencia había convencido al visitante, y que éste era sincero. Pero ¿qué podía decir?
En cualquier caso era un hombre agradable. La escuchó con corrección, animándola a exponer sus puntos de vista con respecto a varios temas. Se mostró muy interesado en que Margaret le contara cómo había luchado por la causa de los clubmen, ataviada con una armadura. Luego le pidió que le enseñara la granja, y Margaret le mostró las vacas, a las que habló con suavidad cuando los animales retrocedieron tímidamente ante el extraño. A continuación le mostró con orgullo sus regadíos. Al regresar a la casa, y a instancias de él, Margaret le enseñó los pájaros que había domesticado y a los que había puesto nombres. El visitante se mostró encantado con todo cuanto vio. En un momento dado, mientras Margaret atendía a uno de los peones, él se entretuvo conversando afablemente con la sirvienta y le dio un chelín.
Por lo que se refería a la misión del señor Johnson, Margaret se mostró tan cortés como él, pero no quiso comprometerse a nada. Pronto tendría en su poder los documentos firmados por Forest y eso zanjaría el asunto.
Margaret y el señor Johnson se despidieron en términos cordiales, sin haber llegado a ninguna conclusión.
Al cabo de unos minutos Margaret se quedó muy sorprendida al ver a entrar a Samuel pálido como la cera. ¿Y por qué la miró de una forma tan extraña cuando ella le informó de la visita que había recibido?
—El señor Johnson me ha traído un recado de Obadiah —le dijo—. Un hombre muy agradable.
—¿Johnson? ¿Te dijo que se llamaba así?
—Sí. ¿Por qué te extraña?
Durante unos segundos Samuel guardó silencio, como si no se atreviera a hablar.
—Ése era Matthew Hopkins —soltó el chico—, el cazador de brujas. ¿Qué ha venido a hacer aquí?
Los pájaros a los que ella había puesto nombre. Las vacas a las que hablaba. La sirvienta a la que el extraño había dado un chelín. Margaret se sintió desfallecer.
Obadiah.
Peor aún. Gracias a su influencia como predicador y con ayuda de Matthew Hopkins, Obadiah había utilizado su perversa y hábil mente para destruirla. Y Margaret había caído en aquella siniestra trampa.
Aquella tarde, una de las ovejas de sir Henry Forest murió.
El acuerdo entre sir Henry Forest y Margaret Shockley se firmó y selló al día siguiente. Acordaron que Samuel iniciaría su vida en la mansión de Avonsford el mes siguiente, cuando lady Forest y sus hijos regresaran de una visita a la familia de ésta.
Margaret regresó a casa enfrascada en sus pensamientos. ¿Desistiría Obadiah de su empeño en hundirla cuando averiguara que el chico estaba a salvo en casa de Forest? ¿O la atacaría con más saña a fin de anular el acuerdo? Margaret se preguntó si los acuerdos firmados por personas declaradas culpables de brujería eran válidos.
Pero no se hacía ilusiones. Fuera cual fuese el plan concebido por Obadiah, si él y Matthew Hopkins se lanzaban contra ella Margaret tenía escasas probabilidades de sobrevivir.
A su regreso Margaret llamó a Samuel y le dijo:
—Irás a vivir con los Forest. Es una excelente oportunidad. —Y le habló del magnífico tutor de los niños Forest y de la cesión de los regadíos—. Tendrás unos compañeros de tu edad —añadió Margaret.
Aquella noche murió la segunda oveja de Forest. Cuando el pastor y el administrador descuartizaron al animal para comprobar si había restos de morriña, no hallaron ninguno. Nadie se explicaba de qué habían muerto las ovejas.
Los dos hombres eligieron el lugar idóneo, junto a unos árboles en el camino que conducía a los campos de regadío. Tal como habían previsto, el chico apareció a primeras horas de la tarde. Obadiah lo llamó en voz baja.
—Samuel. Queremos hablar contigo.
Los dos hombres tenían una expresión solemne. Hopkins, como de costumbre, aparecía sosegado y afable; Obadiah, profundamente preocupado.
—Es difícil, Samuel, creer semejante cosa de nuestra hermana —dijo con tristeza—. Pero rezo a Dios para que sea falso.
—Pero debes estar atento —le advirtió el cazador de brujas—. Todo cuanto veas puede ser importante.
¿Era posible que Margaret, su Margaret, practicara la brujería? Desde la víspera Samuel no había dejado de darle vueltas a la presencia de Hopkins en la granja. Pero pese al respeto que sentía hacia aquellos dos hombres tan serios, no podía creer que su hermana se dedicara a esos menesteres.
Como si le hubiera leído el pensamiento, Obadiah le recordó:
—El demonio es muy hábil, Samuel. Puede poseer a cualquiera, incluso a las personas que amamos.
Cuando le preguntaron qué había hecho Margaret el día anterior, Samuel sólo pudo decirles lo de la transacción con Forest.
Al oír eso Obadiah se quedó estupefacto. Pero en cuanto se recuperó de su estupor aprovechó esa circunstancia como otro punto a su favor.
—Esas tierras iban a ser tuyas, Samuel —dijo—. Margaret ha vendido tu patrimonio a Forest. Pero ¿no le había ofrecido yo encargarme de tu educación gratuitamente? —Obadiah meneó la cabeza—. Nuestra hermana está trastornada. Me temo lo peor. Trataremos, si es que es posible, de recuperar esas tierras.
Mientras Samuel pensaba en si sería posible que Margaret fuera una bruja, sintió un toque de enfado hacia su hermana.
Al día siguiente se presentaron los cargos contra Margaret. Hopkins se comprometió a demostrar que con su excéntrica conducta, su costumbre de vestirse como un hombre y de hablar con los animales y otros síntomas, Margaret Shockley había confirmado que se dedicaba a las artes de la nigromancia. Para colmo, Hopkins añadió que Margaret había embrujado a los rebaños de su vecino, y que la muerte de las dos ovejas de Forest eran prueba de su culpabilidad.
Se trataba de una acusación muy grave y todo Sarum se hizo lenguas del asunto. La cuestión sería expuesta ante el juez de paz —sir Henry Forest— la semana venidera, pero todo indicaba que el caso llegaría al tribunal de los Assizes. A nadie se le ocurrió pensar que el hecho de que las ovejas embrujadas pertenecieran a Forest constituyera un factor decisivo.
Al día siguiente, sir Henry Forest recibió una visita inesperada.
Se trataba de Aaron, el judío.
Al enterarse de los cargos presentados contra Margaret, Aaron había tenido que armarse de valor para ir a ver a Forest. Como judío, su posición en Inglaterra era poco consistente. Bien conocía su pueblo, perseguido durante siglos, los nefastos riesgos que corría al atraer la atención sobre sí. ¿Qué necesidad tenía Aaron de granjearse la enemistad de hombres poderosos como Obadiah? Margaret Shockley no significaba nada para él, ni Sarum, donde no permanecería más de un mes antes de proseguir su camino.
Pero estaba escrito en la ley: «No levantarás falsos testimonios». Estaba escrito en la ley, y si él permanecía cruzado de brazos su conciencia no le dejaría descansar en paz. No podía negar lo que había visto.
Brevemente, sin insinuar lo que ello pudiera significar, Aaron explicó a sir Henry las circunstancias en que había visto a Obadiah.
Forest le escuchó con aire pensativo. Cuando el judío hubo terminado, le dio las gracias y, midiendo bien sus palabras, respondió:
—Es un asunto delicado. Le aconsejo que no diga una palabra a nadie. Yo mismo lo investigaré. Se lo aseguro.
Tras lo cual le indicó que podía retirarse.
Cuando Aaron se marchó, Forest analizó todos los aspectos del asunto. Luego examinó el acuerdo que había firmado con Margaret hacía unos días. Incluso en el caso de que ella fuera condenada a muerte, Forest calculó que el acuerdo seguiría siendo válido. Y dado que no tendría que cobrarle una módica renta por arrendarle las tierras en usufructo, el valor de las mismas aumentaría considerablemente.
Tras reflexionar detenidamente, Forest decidió no decir nada al respecto y aguardar.
Aquel mismo día, Margaret Shockley, en previsión de lo que pudiera ocurrir, metió las cosas de Samuel en tres cajas grandes y las cargó en el carro. Luego condujo al chico a la mansión de Avonsford.
—Es mejor que permanezca con usted —dijo al baronet, y recordándole el pacto que habían hecho añadió—: A usted le resultará más fácil cumplir su palabra si el chico está a salvo en la mansión. No le será tan fácil si Obadiah me arrebata a Samuel.
Forest acogió al chico en su casa sin protestar.
Dos horas más tarde, Obadiah llegó a la granja acompañado por seis hombres. Venía para llevarse a Samuel. Margaret notó que ni Jacob Godfrey ni ninguno de los peones de la granja habían movido un dedo para detener a Obadiah.
—Llegas demasiado tarde —dijo Margaret a Obadiah—. El chico está a salvo en casa de sir Henry Forest, donde no puedes echarle la zarpa.
—Soy el cabeza de esta familia, deslenguada —le replicó Obadiah con frialdad—. Forest no tendrá más remedio que entregarme al chico.
—No lo creo. Le conviene conservar al chico. Por lo demás, es el magistrado ante el cual vas a acusarme —añadió Margaret intencionadamente.
Obadiah dio un respingo, pero no dijo nada.
Antes de marcharse, sin embargo, cuando ambos se quedaron solos unos momentos, Margaret preguntó a Obadiah:
—En vista de que no puedes apoderarte del chico, ¿por qué insistes en atacarme?
A lo que Obadiah, reflejando en sus ojos todo el odio acumulado en el pasado, respondió con suavidad:
—Para que mueras en la hoguera. Margaret asintió.
—Y entonces te convertirás en el auténtico cabeza de familia —repuso.
Pero no fueron las palabras pronunciadas aquel día por Obadiah lo que más dolió a Margaret, ni el hecho de que los Godfrey y los peones se callaran y comportaran con torpeza cuando ella se aproximaba. Fue el hecho de que, cuando montaron en el carro para dirigirse a Avonsford, el joven Samuel se sentó en el otro extremo del asiento y, al llegar a la mansión, la miró una sola vez, con temor y recelo, antes de separarse sin despedirse de ella. En eso, según tuvo que reconocer Margaret, Obadiah había ganado, pues le había arrebatado el cariño de su único hijo.
Aaron no se sentía satisfecho. Había pasado toda su vida haciendo negocios con toda clase de hombres y, aunque ignoraba el motivo, presentía que Forest iba a ocultar lo que él le había revelado.
Estaba en un verdadero dilema. Pues aunque tuviera el valor para plantear él mismo el tema, ¿qué peso tendría la palabra de un judío contra la de un poderoso presbiteriano? Sólo conseguiría granjearse el desprecio de todos hacia su persona y otros judíos que llegaran a esos parajes.
Un día vio al chico en Wilton. Iba montado en el carruaje de sir Henry Forest, pero el comerciante con el que Aaron estaba conversando señaló a Samuel y dijo:
—Es el chico Shockley.
Aaron lo recordaba vagamente del día en que lo había visto en los regadíos.
No cabía la menor duda. Era una señal divina.
Aaron no tardó en relatar a Samuel lo que había visto. No le dijo lo que había revelado a Forest, pero le explicó:
—Yo no puedo declarar. Sería inútil. Pero, por el amor de Dios, haz algo —le exhortó—. Vigila el cobertizo de las ovejas.
Sin embargo, a Aaron se le encogió el corazón al mirar al chico a los ojos y ver en ellos una expresión de incredulidad.
Faltaban cuatro días para que Margaret compareciera ante el magistrado.
Aquella noche hallaron otra oveja muerta.
Pero eso no logró convencer a Samuel Shockley. Estaba confundido. ¿Cómo iba a creer que unos hombres pertenecientes al partido de su héroe Cromwell, los severos presbiterianos de Sarum, fueran unos embusteros? ¿O tenía que creer, como casi creía, que su hermana era una bruja?
Samuel ya no sabía qué pensar.
Estaba a solas en la gran mansión con sir Henry Forest, el cual le intimidaba, pero por fin se armó de valor y le preguntó qué iba a ocurrirle a Margaret.
—Deberá comparecer ante mí y yo escucharé los cargos vertidos contra ella. Si considero que hay motivos fundados para juzgarla, la enviaré a la cárcel hasta que sea juzgada por un juez y un jurado en el tribunal de los Assizes.
—¿Hará usted que la juzguen?
—Probablemente —respondió Forest con franqueza—. A menos que tu hermana pueda refutar los cargos.
Samuel recordó lo que le había dicho el judío.
—¿Cómo puede mi hermana refutarlos?
—Con pruebas. Unos testigos fiables declararán y demostrarán ante el tribunal que no es culpable de los cargos imputados contra ella.
El testimonio de un judío sería inútil.
Samuel pensó en contar a Forest lo del cobertizo de las ovejas, pero se abstuvo. ¿Y si decidía levantarse antes del alba para vigilar el cobertizo y el anciano le prohibía hacerlo? ¿Qué pensaría el magistrado de la palabra de un judío? No, debía comprobarlo por sí mismo, solo.
—¿Y si no hay pruebas para salvarla?
Forest no respondió. El chico había presenciado el juicio de Ann Bodenham.
Samuel notó cierto titubeo en las respuestas del baronet, pero supuso que se debía a que le incomodaba hablar del juicio y la probable condena de Margaret.
Aquella noche Samuel apenas logró conciliar el sueño. No cesaba de recordar las palabras del judío.
Poco antes del amanecer se levantó y salió sigilosamente de la casa. Pero aunque merodeó en torno al cobertizo de las ovejas hasta que salió el sol, no vio nada sospechoso.
Las dos noches siguientes ocurrió otro tanto.
Sin duda el judío le había mentido. Probablemente odiaba a los ministros de Dios.
Pero la noche anterior a la sesión, al pensar en Margaret y en lo que ésta había representado para él durante su infancia, Samuel se desesperó.
«Debo salvarla», se dijo. Luego estuvo llorando hasta que se quedó dormido.
Cuando se despertó casi había amanecido. La imponente mansión de piedra estaba en silencio. Samuel se vistió y salió a toda prisa.
En el valle hacía frío y todo estaba en silencio. Samuel aguardó.
Las primeras luces despuntaban sobre los cerros. El chico echó un largo vistazo alrededor. Nada.
Hasta que vio una figura más abajo, entre las sombras.
Era una silueta alta, envuelta en una capa negra, y avanzaba hacia él.
Obadiah Shockley avanzó en silencio por la orilla del río. Aquélla sería su última operación. Moriría una última oveja, el día en que Margaret abandonara la granja, y se acabó. Las pruebas habían impresionado a Hopkins y al presentarlas ante el tribunal condenarían a Margaret irremisiblemente.
Un cisne que nadaba por la orilla del agua se adentró en el río para no toparse con él.
El cobertizo de las ovejas se hallaba a mitad de la cuesta y Obadiah dejó el fondo del valle y subió apresuradamente hacia él. Qué alto parecía a la tenue luz del amanecer.
Mientras Obadiah subía la pendiente Samuel comprendió lo que debía hacer. Tras abandonar su puesto de observación echó a correr hacia el cobertizo, y, procurando que Obadiah no le descubriera, alcanzó la puerta del mismo antes que su hermano. Una pequeña depresión en el terreno ocultó momentáneamente el cobertizo a la vista del predicador y Samuel aprovechó esos segundos para entrar precipitadamente.
El corazón le latía aceleradamente mientras buscaba un lugar donde ocultarse. Las ovejas se agitaron, nerviosas. Había tres corrales y en un rincón Samuel vio un carrito apoyado junto a dos balas de heno. Al cabo de un momento se escondió detrás de éstas.
Obadiah entró y actuó con rapidez. Sin molestarse en echar una ojeada a su alrededor, se dirigió al corral más cercano y eligió a una oveja al azar. Luego sacó un saquito de su cinturón, vertió unas píldoras en la palma de su mano y se las dio a la oveja. Sea lo que fuere el veneno, lo había preparado bien; la oveja comió pacíficamente. Tan pronto como el animal hubo ingerido las píldoras, Obadiah retrocedió, echó un último y frío vistazo a la oveja y se marchó.
Samuel aguardó hasta calcular que Obadiah se había alejado unos cincuenta metros y luego corrió hacia la oveja. Le abrió la boca, que estaba medio llena, introdujo la mano en ella y sacó todas la píldoras que pudo, que no eran más de un puñadito. Luego esperó unos minutos, hasta estar seguro de que Obadiah ya estaría lejos. Samuel había tomado una decisión.
Era un tribunal informal, pues en años recientes las sesiones de los jueces habían perdido el tono protocolario de otros tiempos. Para su propia comodidad, sir Henry Forest lo había convocado en el gran salón de su mansión.
Pero no dejaba de ser un tribunal, una sesión menor, cuyos procedimientos serían registrados en actas remitidas al tribunal de delitos civiles que se reunía trimestralmente. El magistrado ocupaba un sillón de respaldo elevado detrás de una mesa de roble, instalada sobre una plataforma baja. Presentaba un aspecto imponente.
Unas cincuenta personas se apretujaban contra la pared del fondo del salón, pues casi todos los habitantes de Avonsford sentían curiosidad por ver comparecer a Margaret Shockley ante el magistrado, acusada por su propio hermano.
Cuando Margaret y sus acusadores avanzaron hacia el estrado el rostro adusto de sir Henry permaneció impasible.
De hecho, sus sentimientos eran ambivalentes. Como muchos jueces, en su mayoría pertenecientes a la alta aristocracia rural, Forest no creía en la brujería. Y menos aún en las pruebas presentadas en los juicios por brujería. Por regla general, en aquella época los jueces locales y los de los tribunales de los Assizes procuraban que no se celebraran esos juicios. Pero la opinión pública no coincidía con ellos. En su fuero interno, a Forest esos juicios le repugnaban de principio a fin. Pero la prudencia le aconsejaba que diera a la gente lo que demandaba. Si querían quemar a Margaret Shockley por considerarla una bruja, y su hermano y Matthew Hopkins estaban empeñados en ello, nada ni nadie podría salvarla de la hoguera. En cualquier caso, él no tenía que ver este caso, sino remitirlo a un tribunal superior.
Pero la revelación que el judío le había hecho en privado no dejaba de ser inquietante. Forest observó con recelo a las partes que comparecían ante él.
El rostro de Margaret estaba pálido. Su expresión no reflejaba nada excepto desprecio. Sabiendo como sabía que todos estaban en contra de ella, no miró a nadie, ni siquiera a Samuel.
Pero las pruebas, brevemente enumeradas por Hopkins, eran aplastantes. La manía de la acusada de vestir con ropa masculina, y de luchar con una energía que, según indicó Hopkins, no era natural; su costumbre de conversar con animales; su dominio sobre los pájaros, a los que había puesto nombre. Durante la guerra había acogido a católicos en su casa; él mismo había descubierto allí a Charles Moody. Margaret había amenazado con arrojar sus perros contra un predicador presbiteriano. Y ahora, cuatro ovejas pertenecientes a su vecino habían muerto. Todos esos hechos demostraban con meridiana claridad sus poderes malignos.
Forest no pudo por menos de admirar el rigor con que Hopkins había expuesto el caso. Preguntó si alguien era capaz de contradecir los cargos, aunque no esperaba que lo hiciera nadie.
Pero de golpe, ante el asombro general, Samuel avanzó hacia el estrado y dijo que deseaba declarar. Forest arrugó el ceño.
—¿Estás seguro?
—¿Qué podía saber ese chico?
Samuel respondió afirmativamente.
Estaba pálido pero se sostenía muy derecho. Se plantó en medio del inmenso salón y les relató lo que sabía. Les dijo que alguien que pasaba por allí en aquellos momentos había visto a Obadiah en el cobertizo de las ovejas. Obadiah se encogió de hombros, como si eso no le afectara. Un murmullo de sorpresa recorrió la sala. Samuel les contó que durante tres madrugadas había aguardado y observado el cobertizo. Obadiah no respondió, pero parecía empezar a sentirse incómodo.
A continuación Samuel Shockley describió, sin omitir detalle, todo cuanto había visto aquella mañana, hasta el momento en que Obadiah había abandonado el cobertizo. La multitud que se hallaba presente enmudeció.
Mientras Samuel proseguía su relato, Obadiah iba mudando de color. Se puso a temblar, no de temor sino de rabia. ¿Acaso un miembro de su familia, perteneciente a la nueva generación, iba a ridiculizarlo, a destruir su merecida reputación? Temblaba de rabia, dispuesto a destruir por todos los medios a ese chico.
Su ira le hizo cometer una imprudencia.
—¡Es mentira! —gritó—. ¡El chico miente para salvar a su hermana que se ha hundido en el pecado!
Eso era el colmo. Samuel ya no temía ni a Obadiah ni a Forest, ni al cazador de brujas. Y al estallar, utilizó los gestos y las frases del Antiguo Testamento que tan bien conocía.
Se acercó a la mesa de roble y vertió sobre ella el contenido de una bolsita.
—¿Entonces qué es esto? —gritó—. ¡Veneno! Esto es lo que extraje de la boca de la oveja cuando te marchaste. —Samuel se volvió hacia Forest y añadió—: Si se lo administráis a una oveja no tardaréis en comprobar sus efectos. Registrad su casa y hallaréis más veneno.
Obadiah lo miró estupefacto y retrocedió trastabillando.
—¡Víbora! —gritó el chico alzando la mano y señalando al predicador—: No levantarás falsos testimonios. —Sus ojos azules arrojaban chispas—. Mirad cómo palidece ese miserable que ha tratado de asesinar a su hermana. ¡Abominación! —exclamó Samuel dejándose llevar por las rimbombantes frases bíblicas que tan bien recordaba—. ¡Pecador que ocupa un lugar inmerecido en el templo! —De pronto, enloquecido de ira por lo que le habían hecho a Margaret, y por haber dudado él mismo de su hermana, añadió una palabra despectiva que sólo él, Margaret y Obadiah comprendieron—: ¡Mordedor!
Sin esperar a que nadie se lo dijera, Samuel dio media vuelta y se dirigió hacia el fondo de la sala.
Mucho antes de que el chico terminara su perorata, Forest comprendió lo que debía hacer. Temía que después del chico el judío declarara también lo que sabía. Era preciso impedírselo.
Forest indicó a Obadiah y a Hopkins que se acercaran.
—Retirad los cargos —ordenó a Hopkins—. Este caso no prosperará en Sarum.
Hopkins asintió. No deseaba perjudicar su causa. Había muchas brujas en otros lugares. Obadiah calló y Forest, haciendo caso omiso de él, se dirigió a la multitud.
—Los cargos contra esa mujer han sido retirados —anunció Forest con calma. Luego pasó a otros asuntos.
Aquella tarde Samuel y Margaret Shockley se reunieron en la granja para celebrar el desenlace del caso.
Pero, para sorpresa de Samuel, una semana más tarde Margaret insistió en que regresara a casa de los Forest.
—Podrás venir a visitarme cuando quieras, Samuel —dijo Margaret—. Pero ya va siendo hora de que te conviertas en un joven instruido.
Poco después Aaron el judío partió de Wilton hacia Southampton. Al tomar la carretera de Wilton, se encontró con sir Henry Forest, quien le observó con recelo.
Aaron, curándose en salud, bajó los ojos y rehuyó la mirada del baronet.
1688: Diciembre
El doctor Samuel Shockley cruzó de una zancada el canal que discurría por New Street, que seguía apestando pese al frío que hacía, y se dirigió a paso ligero hacia el recinto de la catedral.
Aquél era un gran día; iba a producirse en Inglaterra una revolución y en el plazo de unas horas Samuel conocería al hombre que no tardaría en convertirse en el nuevo rey.
—De este modo, gracias a Dios, nos libraremos para siempre de esos malditos Estuardo que sólo nos traen problemas —había explicado Samuel a su esposa y sus hijos—. Se avecinan tiempos mejores. —Era un optimista impenitente.
El doctor Samuel Shockley tenía ese día un magnífico aspecto. En la cabeza llevaba una vistosa peluca que le llegaba a los hombros; era de un color castaño oscuro que, según le había asegurado su esposa, combinaba perfectamente con sus ojos azules, y le confería el aspecto digno que correspondía a un reputado médico. Debajo de la capa, que llevaba abierta sobre los hombros, vestía una elegante casaca gris-rosada adornada con un fino volante de encaje confeccionado en la vecina Downton, calzaba medias de seda y zapatos grises de ante con tacón alto atados sobre el empeine con una cinta rosa. En la mano portaba un bastón con la empuñadura de plata. Aunque caminaba rápidamente, Samuel procuró evitar que sus zapatos se mancharan con los excrementos de caballo y otras porquerías que había en la calle.
Antes de que llegara el príncipe, Samuel debía hacer dos cosas: primero ir a ver al obispo, y segundo… Shockley arrugó el entrecejo. Iba a mostrarse muy firme con el chico Forest.
Samuel entró en el recinto, que se había convertido en un lugar muy agradable. A su izquierda, junto a la puerta, se alzaba el largo edificio de ladrillos del College of Matrons, fundado hacía cinco años por el obispo para acoger a las viudas de clérigos. A Samuel le complacía el sólido y apacible edificio, con su pequeña cúpula en el centro y su cuidado jardín. Visitaba allí a varias pacientes ancianas. Luego pasó frente al prado del director del coro. Justamente ahí, en agosto de 1664, según recordó Samuel, él fue presentado al rey Carlos II, quien había permanecido dos meses en Salisbury con su corte mientras la peste hacía estragos en Londres.
Más tarde el chistoso y cínico monarca había observado a propósito de Salisbury, con su río y sus canales que discurrían por las calles:
—Es un buen lugar para criar patos y ahogar niños.
Pero a raíz de su visita el rey había hecho un gran favor a los pañeros de Salisbury al lucir con frecuencia la mezclilla que éstos fabricaban, un gesto que aquéllos habían agradecido profundamente.
Cuando Samuel Shockley hacía balance de su vida comprendía que debía sentirse agradecido por muchas cosas. Estaba la granja, su hogar, donde su querida hermana Margaret había vivido sola hasta hacía tres años. Él la había visitado allí cada semana, salvo cuando estaba en Oxford. Sir Henry Forest había cumplido su palabra y le había dado una excelente educación. Samuel llevaba felizmente casado desde el año del gran incendio de Londres, y tenía tres hijos a los que adoraba.
Samuel no estaba exento de malicia. Con motivo de la Restauración de Carlos II, se había alegrado cuando Obadiah, junto con otros dos mil presbiterianos, había perdido su modus vivendi; y tampoco había fingido pesar cuando un año más tarde el predicador había muerto durante una pelea en una calle de Edimburgo.
Samuel contempló el recinto catedralicio con satisfacción. A Dios gracias, desde los tiempos de Obadiah éste había vuelto a la normalidad: obispo, deán, canónigos y director de coro habían regresado con sus correspondientes beneficios eclesiásticos; la catedral había sido restaurada; el Libro de oración de Cranmer y las ceremonias que tanto le gustaban —los maitines, las vísperas, la ceremonia matrimonial— se habían instaurado de nuevo. Reinaba una normalidad anglicana. Lo cual significaba que la comunión, aunque se celebrara sólo tres veces al año en las pequeñas parroquias, constituía un rito sagrado. Significaba que, una vez al año, el vicario, acompañado por los niños de la aldea, encabezaba una procesión que recorría los límites del condado. Samuel y Margaret siempre habían tomado parte en ella.
También significaba que, en Sarum, algunos de sus ínclitos ciudadanos ostentaban el cargo de obispo: los Henchman, que habían ayudado a Carlos a huir después de Worcester; Hyde, de la numerosa familia de Wiltshire; y ahora su querido Seth Ward, un hombre ya de edad avanzada, pero encantador. Cuántas horas había pasado Samuel charlando animadamente con ese gran hombre sobre la filosofía de Hobbes, la poesía de Donne o el nuevo telescopio del señor Newton.
Sólo una cosa fastidiaba a Samuel mientras contemplaba el recinto. La casa del doctor Tuberville.
Tuberville. Samuel siempre se enfurecía al pensar que a diferencia de él mismo, cuyos sólidos conocimientos de medicina eran respetados por todos, Tuberville, ese astuto curandero del tres al cuarto, con sus sangrías y pociones —hasta había aconsejado a un hombre aquejado de miopía que fumara—, ese nigromante de Tuberville había ganado una fortuna.
Pero Samuel sonrió de nuevo al alzar la vista y contemplar el campanario de la catedral, otro motivo de su cariño por el obispo. Pues había sido el obispo Ward quien había llamado a su amigo Christopher Wren para que echara un vistazo a la catedral y reparara el campanario. Wren le caía bien a Samuel. Su padre había sido rector en East Knoyle, una aldea de Wiltshire. Por las venas de Wren corría la sangre de los sensatos ciudadanos de Wiltshire. Y el gran arquitecto de Saint Paul había hecho un espléndido trabajo.
—Según he podido comprobar, las viejas tiras de hierro instaladas allí arriba están en perfectas condiciones —dijo Wren a Shockley—. Esos viejos albañiles conocían su oficio. Confío en que nosotros desempeñemos nuestro trabajo tan bien como ellos.
Dos motivos habían llevado a Samuel aquella mañana a visitar al obispo. Uno era habitual. El otro concernía al joven Forest. Shockley entró en el palacio del obispo.
—Ah, Samuel, querido amigo —dijo Seth Ward, un hombre de rostro ancho, párpados caídos, ojos de mirada sagaz y nariz ganchuda. Estaba sentado en una poltrona y se le veía de mal humor—. Me temo que estoy indispuesto.
Miembro de la Royal Society, amigo de Wren, de Pepys, de Newton, era un excelente administrador, una mente brillante —cuando no estaba preocupado por las pifias del deán hasta el extremo de perder los estribos—, un destacado erudito que había creado en Salisbury una de las mejores bibliotecas médicas y científicas del país, y un impenitente hipocondríaco.
—Sólo hay algo peor que vuestras dolencias imaginarias —dijo Shockley, risueño—: los remedios que os inventáis. —Pues Ward, después de visitar a todos los médicos habidos y por haber, se inventaba sus propias pócimas—. Supongo que habéis vuelto a consultar a ese sinvergüenza de Tuberville.
Pero Samuel no se detuvo en el estado de salud de Ward, sino que fue directamente al grano.
—Necesito que me ayudéis con el chico Forest.
Tras lo cual Samuel explicó al obispo el desagradable caso y el plan que había ideado para resolverlo. Ward se echó a reír.
—Ya me siento mejor. Contáis con mi ayuda.
—Gracias. Entonces me marcho.
Ward le retuvo unos momentos.
—El príncipe William no tardará en llegar. ¿Creéis que esta revolución beneficiará al país?
—Sin duda —repuso Samuel sonriendo—. Claro que, como sabéis, yo soy un whig, un político liberal.
En su opinión, los Estuardo se habían destruido ellos mismos.
Después de morir Cromwell, cuando el Parlamento había invitado por fin a Carlos II a regresar a su reino, éste lo había hecho con una condición muy precisa.
Los ingleses habían matado a un rey; habían probado la república de Cromwell y no les había gustado. Después de eso los aristócratas y los grandes propietarios del Parlamento habían decidido regresar a la normalidad.
Lo cual significaba que gobernarían ellos: ellos estarían a la cabeza de los condados, ostentarían el cargo de jueces y magistrados; las personalidades locales encabezarían una milicia que sustituiría al ejército a sueldo; los aristócratas y propietarios rurales administrarían la antigua ley consuetudinaria inglesa y apoyarían a la Iglesia anglicana; y los aristócratas y hacendados del Parlamento controlarían las tasas. Era un gobierno conservador; no el gobierno por el que los presbiterianos y los radicales habían entablado una guerra civil; pero al menos era un sistema conocido y no una tiranía militar. Era un sistema eficaz. El Código Clarendon y el Test Act que los aristócratas habían promulgado a través del Parlamento prohibía ostentar un cargo público a quien no perteneciera a la Iglesia anglicana, lo cual eliminaba a los radicales y a los peligrosos papistas. Y no estaban dispuestos a tolerar ninguna injerencia extranjera. Ésa era la condición. Y a Shockley le parecía de perlas.
Pero durante veinticinco años los obstinados Estuardo habían hecho todo lo posible para impedir ese pacto.
Carlos II había conspirado en secreto con su primo Luis XIV de Francia para que éste organizara una invasión, y en su lecho de muerte se había declarado papista.
Su hermano Jacobo era aún peor: ni siquiera se había molestado en ocultar sus intenciones.
—Nos convertirá en católicos y utilizará a los ejércitos franceses o irlandeses para conseguirlo —dijo Shockley a Seth Ward—. Por eso soy un whig.
Pues el programa del nuevo partido que había recibido tan curioso nombre iba a excluir al católico Jacobo de la sucesión al trono. El rey y los tories (conservadores) de su corte habían presentado batalla.
Habían depuesto de sus cargos a la mayoría de los hombres que se oponían a ellos. Hombres de demostrada nobleza —Hungerford, Thynne de Longleat, Mompesson y muchos otros—, que ocupaban los cargos de jueces y magistrados, habían sido cesados. Los siete municipios de Wiltshire, incluyendo Salisbury, habían perdido sus fueros. Carlos había sobornado y atosigado a cada municipio y condado con el fin de lograr el apoyo parlamentario para su hermano.
Carlos había manipulado y había vencido. Jacobo le había sucedido en el trono de modo pacífico. Pero esa situación no iba a durar mucho tiempo.
—Y a fe mía que nos ha dado a los whigs la munición que necesitábamos —comentó Shockley a Ward.
En un principio Sarum había estado a favor del nuevo monarca porque se había desposado en primeras nupcias con la hija de un eminente abogado llamado Hyde, nombrado conde de Clarendon, un probo ciudadano y un anglicano acérrimo cuyo primo era obispo. De ese matrimonio habían nacido dos hijas protestantes, María y Ana. Pero el rey había vuelto a casarse, esa vez con una princesa católica, y eso a las gentes de Sarum no le había gustado nada. No tardaron en hartarse del mandato del nuevo rey.
El Parlamento había sido disuelto. Arundel de Wardour, un fiel católico como el que más, ocupaba un cargo elevado; el rey exigía la abolición del Test Act (el Juramento de Fidelidad), e incluso sus dos cuñados Hyde habían sido destituidos por no respaldar esas maniobras de acercamiento a Roma. La breve rebelión de Monmouth contra esos cambios había tenido lugar al suroeste de Sarum; pero el fracaso de ese alzamiento y los subsiguientes y terribles juicios del juez Jeffreys, con sus masivas ejecuciones (el «juez sanguinario» procesaba a quinientos hombres al día) habían horrorizado incluso a los partidarios del rey, al igual que la noticia de la reciente persecución de los protestantes por parte de Luis XIV les había llenado de temor. El rey había destituido al alcalde y a cinco concejales de Salisbury.
—Ha conseguido ofender a todas las clases sociales de Inglaterra. Hasta los tories se están pasando al bando de los whigs. Y ahora ha tenido un hijo varón…
Ésa había sido la gota de agua que colmó la medida. Hasta entonces, las herederas de Jacobo eran sus hijas protestantes. Pero con el nacimiento del príncipe de Gales, hijo de su nueva esposa católica, toda esperanza de salvar la isla protestante se había disipado.
Era preciso modificar la sucesión, ¿y qué herederos más naturales que María y su marido, un holandés protestante de pro, enemigo declarado del católico rey de Francia, Guillermo, príncipe de Orange?
La revolución fue expeditiva y eficaz. El doctor Shockley solía decir que él mismo había desempeñado un pequeño papel en la misma. Pues cuando el mes anterior Jacobo y sus fuerzas acamparon en Salisbury y los ciudadanos los acogieron servilmente, Samuel Shockley se negó a hacerlo.
No quiso atender a Jacobo cuando éste sufrió una hemorragia nasal y envió un mensaje a casa del doctor Shockley.
—Mandad a Tuberville para que cure a su majestad —propuso, añadiendo entre dientes—: Espero que ese curandero le corte la cabeza.
—Tomo nota de esto —le advirtió el emisario.
—Bien.
Jacobo fue destronado al poco tiempo por su yerno Guillermo. A la sazón todo Sarum aguardaba la llegada del príncipe de Orange.
El propio Clarendon, que hacía poco había sido ministro de Jacobo, se había presentado en la ciudad con otros dos Hyde de Wiltshire para dar al príncipe la bienvenida.
Al alejarse del palacio del obispo, Samuel Shockley observó una curiosa escena. Dos pájaros blancos habían alzado el vuelo desde el césped de la casa de Ward y habían descrito un círculo sobre el tejado del palacio antes de dirigirse al río.
Samuel conocía la leyenda local según la cual la aparición de dos pájaros anunciaba la muerte inminente del obispo, y durante unos segundos se sobresaltó. Pero enseguida desechó ese pensamiento: a fin de cuentas él era un hombre de ciencia, enemigo de las fantasías.
Aquél sería un día gozoso.
Pero primero debía resolver el problema del joven Forest. Samuel lo había convocado en su casa. El joven le esperaba allí: moreno, de talante sosegado, cortés. Poseía el mismo encanto superficial que su padre, la misma frialdad debajo de su aparente simpatía, lo cual sin duda había sido el motivo de que, aunque se habían educado y habían estudiado juntos en Oxford, Shockley y el padre de George Forest nunca habían hecho buenas migas.
El joven George tenía veintidós años.
Shockley no se anduvo por las ramas al exponerle el caso.
—No, doctor Shockley. —El joven estaba mintiendo, por supuesto.
—Tengo una paciente, Susan Mason. ¿Le refresca eso la memoria?
George Forest no respondió.
Qué tediosa era la hipocresía, pensó Shockley emitiendo un suspiro.
—Esa muchacha está encinta, Forest.
Pero el joven siguió sin decir palabra.
—No negará que es usted el padre, señor.
Era la historia de costumbre. George había visitado a la joven en la posada, para divertirse, y la había encandilado. A Shockley le había tomado tres semanas convencerla de que le revelara el nombre de su amante. Era una joven sencilla y agradable, con unos ojos grandes y grises —atractiva en cierto modo—, y sólo tenía dieciséis años.
—¿Piensa casarse con ella?
George Forest miró pasmado a Shockley. ¿El heredero de un baronet, un Forest, casarse con la hija del posadero?
—Comprendo. ¿Está usted enterado de que el padre de la joven ha averiguado que está encinta y la ha arrojado de su casa? La chica está desvalida.
Era un asunto desgraciado. Mason, el posadero, un hombre bajo y colérico de rostro amplio y rubicundo, había expulsado a su hija de casa.
—Me importa un rábano quién sea el padre de la criatura —había bramado el posadero—. Él no te forzó. Tú misma lo has reconocido. Tengo otros tres hijos a los que cuidar. Me has deshonrado. Márchate de mi casa.
Shockley había ido a verle en dos ocasiones, pero Mason se mantuvo en sus trece. No estaba dispuesto a ayudar a su hija.
El joven palideció. Algo es algo, pensó Shockley. Pero seguía encerrado en su mutismo. Sus ojos sagaces y recelosos no revelaban nada. ¿Por qué será, se preguntó Shockley, que un muchacho depravado resultaba aún más repelente que un hombre depravado?
George Forest no se había enterado del embarazo. No lo sabía porque había evitado por todos los medios toparse con la muchacha. Cuando ella había tratado de abordarlo en la calle, él se había alejado a toda prisa.
—Quién sabe cuántos amantes habrá tenido esa chica —dijo por fin. Shockley estalló.
—¡Eso son patrañas, señor! —El muchacho era aún peor de lo que él había imaginado—. He hablado con ella. Llevo casi treinta años ejerciendo de médico. Me consta que el niño es de usted.
Al menos Forest tuvo la sensatez de no replicarle. Shockley se detuvo y le observó con frialdad.
—Puede estar agradecido de que no haya hablado con su padre, Forest. Eso se lo dejo a usted. Pero debe pasar a la joven una pensión.
George Forest parecía dubitativo.
—Creo —dijo al cabo de unos momentos— que treinta libras serán suficientes para cubrir los gastos del niño.
Shockley dio un respingo.
—Cincuenta libras anuales.
Era una suma elevada, pero Shockley estaba empeñado en conseguir ese dinero para la muchacha.
George Forest lo miró a los ojos y repuso:
—Mi padre jamás accederá a pagar esa suma.
Shockley sabía que eso era cierto.
Motivo por el cual, aquella mañana, había tomado ciertas precauciones.
—Si no accede, le obligaré a usted a comparecer ante el tribunal del obispo —dijo Shockley con calma—. Él tiene la facultad de multarlo y excomulgarlo. No creo que a su padre le guste eso.
Una de las ventajas de la Restauración era que, al menos teóricamente, los obispos anglicanos habían adquirido el derecho de juzgar diversas clases de transgresiones morales, comprendida la bastardía. Samuel miró al joven Forest y sonrió. El escándalo sería mayúsculo.
El chico estaba blanco como la cera. Pero no cesaba de cavilar.
Tras una pausa respondió midiendo bien sus palabras:
—No creo que el obispo desee enemistarse con la familia Forest.
Era una respuesta sagaz. Pues aunque de vez en cuando se celebraba un juicio por esos motivos, a la hora de la verdad era raro que un obispo condenara a un miembro de la aristocracia. En el peor de los casos, imponía al caballero una discreta multa.
Pero Shockley meneó la cabeza.
—Se equivoca. Esta misma mañana he hablado con el obispo Ward. Está dispuesto a juzgarle a usted. Me ha dado su palabra.
El joven miró al médico con incredulidad, luego con una expresión de asombro y por último —Shockley lo vio con claridad, aunque duró sólo un momento— con respeto hacia un hábil truco y un adversario digno de cualquier Forest que se preciara.
—Hablaré con mi padre.
—Os doy hasta esta noche.
Shockley había vencido. Ambos lo sabían.
En la calle se había organizado un alboroto: el príncipe de Orange estaba a punto de llegar. Shockley y Forest, una vez liquidado el asunto, se acercaron a la puerta.
—Clarendon está aquí —comentó George con afabilidad. Concluida ya la discusión, había recuperado su talante habitual—. ¿Cree usted que habrá guerra?
—No. Creo que los hombres de Jacobo se retirarán.
El joven Forest asintió con aire pensativo.
—¿Y qué opina su padre al respecto? —inquirió Shockley con no menor afabilidad. Hacía una semana que no veía al baronet.
—Creo que apoya a Pembroke —respondió George con una sonrisa encantadora.
—Pero lord Pembroke sigue en Londres. Aún no se ha pronunciado.
—Lo sé.
Los Forest no cambiaban nunca.
El joven miró a Shockley con curiosidad.
—¿Y a usted, doctor, le complace esta gloriosa revolución?
Shockley no pudo por menos de sonreír.
—No se trata de una revolución, George —respondió—. Es un compromiso.
Samuel confiaba en un mundo mejor.