SORVIODUNUM

Dos milenios después de que se construyera el círculo de piedras en Stonehenge, en el año 42 d. C., el hombre más poderoso del mundo jamás había oído hablar de Sarum ni del templo megalítico.

Los dominios del emperador Claudio, gobernante del inmenso Imperio Romano, se extendían desde Persia en el este hasta España en el oeste; desde África en el sur hasta Francia y parte de Alemania en el norte. El mar Mediterráneo constituía su lago particular, de modo que pocos hombres en la historia de la humanidad han detentado un poder tan fabuloso.

Pese a su gran imperio, y a sus numerosas dotes como intelectual y gobernante, Claudio era considerado un personaje ridículo. Era cojo, tartamudeaba y aunque procedía de una familia que a lo largo de los siglos había dado muchos grandes generales, él no había conquistado ninguna victoria militar.

Tal era la situación, en el año 42, que Claudio se proponía modificar.

A nadie sorprendió que el emperador eligiera Gran Bretaña. A fin de cuentas, todo el mundo en Roma sabía que había llegado el momento de que la lejana isla septentrional pasara a formar parte del mundo civilizado.

Julio César había encabezado con anterioridad una expedición a Gran Bretaña; y hacía sólo tres años, el emperador anterior, Calígula, sobrino de Claudio, había preparado una gran invasión de la isla que nunca llegó a producirse.

Claudio anunció su decisión de emprender él mismo la conquista, completando así la tarea iniciada por su ilustre antepasado, Julio César.

La detallada descripción que Julio César había hecho de sus campañas en la isla durante los años 55 y 54. a. C. les habían dado mucha resonancia, aunque en Roma había todavía algunos escépticos empeñados en que la isla no existía y que era un invento del César. A Claudio le complacía el hecho de vincular su nombre al del más grande gobernante que había tenido Roma.

—Pero aparte de los escritos del César, no se sabe casi nada sobre la isla —se quejaban sus generales.

—Pamplinas —reponía el erudito emperador—, se conocen infinidad de detalles.

Aunque se trataba de una afirmación un tanto exagerada, lo cierto era que a lo largo de los siglos se habían escrito algunos relatos sobre la isla. En general eran obra de mercaderes griegos, que habían viajado a la tierra de la bruma a través del mar. Y hacía tan sólo unos años, el viejo emperador Tiberio había encargado al gran geógrafo Estrabón que preparara un tratado sobre el comercio de Gran Bretaña. Al parecer, éste era un país rico. Los mercaderes de la Galia adquirían a los británicos importantes cantidades de cereales, pieles y ganado, así como los célebres perros de caza que criaban en la isla. En el suelo de Gran Bretaña abundaban los minerales: oro y plata, hierro, plomo y estaño. En realidad, Claudio no necesitaba estaño, pues la provincia de Iberia producía más estaño del que necesitaban en Roma, de modo que con objeto de tener a los íberos satisfechos, el imperio se había visto obligado a convertir su minería de estaño en una industria protegida. Pero el oro y el plomo les resultarían muy útiles.

Los informes de los mercaderes eran aún más alentadores.

—Los isleños andan siempre a la greña entre sí —decían—. Para ellos constituye una cuestión de honor. Así que —añadían riéndose—, si nosotros nos presentamos allí, los vencedores nos venderán un sinfín de magníficos esclavos.

Los británicos compraban muchos artículos de lujo romanos, según decían éstos, en especial el vino del Mediterráneo como complemento de la cerveza y el hidromiel que llevaban elaborando desde tiempos inmemoriales. «Algunos incluso fabrican monedas de oro», decían los mercaderes romanos, mostrando imitaciones bastante pasables de los sestercios imperiales, acuñadas para un rey británico.

Claudio y sus consejeros deseaban saber cuáles eran sus puertos y lugares de desembarco, y los mercaderes habían viajado lo suficiente para proporcionar una detallada descripción. Por lo visto existían muchos puertos, siendo los más importantes los situados cerca de la costa de la Galia, en el estrecho de Dover; pero también conocían muchos otros. Uno de ellos, emplazado en el centro de la costa meridional, constituía un gran emporio comercial, dotado de un fondeadero natural de aguas poco profundas protegido del mar por una colina de escasa altura. «Está fortificado; pero es un puerto espléndido para que desembarquen en él las tropas —aseguraron los mercaderes—. Nosotros vendemos una gran cantidad de vino a los isleños, y ellos nos pagan en su moneda de oro y plata».

Pero a Claudio eso no le interesaba. Ya sabía que sus ejércitos desembarcarían en el estrecho frente a la Galia, lejos de ese puerto. Jamás descubrió que, emplazado cuarenta kilómetros al norte de ese magnífico puerto, existía un lugar mágico donde confluían cinco ríos.

El emperador se sintió satisfecho con la información que le procuraron.

—Estoy seguro —decía a cualquier senador receloso— de que una vez que Gran Bretaña pase a formar parte del imperio, resultará más que rentable. —Y eso, a fin de cuentas, era lo que más importaba.

Había otras consideraciones que un gobernante prudente no podía pasar por alto.

Pues la enigmática isla se había convertido en un lugar conflictivo. Muchos isleños eran celtas, al igual que las gentes de la Galia; y a raíz de que César conquistara la Galia en el siglo anterior, algunos de los que habían luchado ferozmente a su lado, miembros de las llamadas tribus belgas —medio germanas y medio celtas—, se habían trasladado a Gran Bretaña con sus odiosos sacerdotes —los druidas— y desde allí enviaban frecuentes grupos de invasores al continente, lo cual se había convertido en un irritante problema para el imperio.

Cuando Roma conquistó Gran Bretaña, no sólo detuvo esas molestas incursiones sino que exterminó, de una vez para siempre, a los druidas, los cuales constituían una abominación para los dioses.

En los primeros tiempos, el Imperio Romano se mostraba tolerante con la mayoría de las religiones. Pero los druidas eran una excepción, y Claudio aborrecía a esos sacerdotes celtas porque practicaban sacrificios humanos. Normalmente, ningún romano bienpensante se oponía a que se derramara sangre humana, ya que tales sacrificios se llevaban a cabo a diario en teatros públicos; pero los sacrificios humanos de los druidas se le antojaban a Claudio, muy amante de la tradición romana, una obscena y repugnante imitación de los sacrificios de irracionales practicados por los romanos, el antiguo y sagrado arte de los haruspices, quienes adivinaban el futuro examinando las entrañas de los animales inmolados. ¿Acaso no había desembolsado él mismo importantes sumas para fomentar este noble arte, concediendo becas a los jóvenes adivinos? Los druidas propiciaban las incursiones en la Galia, y profanaban la Tierra con sus repugnantes abominaciones. Pero él les daría su merecido.

Claudio decidió adelantar la operación y apremió a los proveedores militares hasta el límite.

—La conquista podría llevarse a cabo otro año —sugirieron algunos oficiales del emperador. Pero Claudio negó con la cabeza.

Tenía motivos fundados para agilizar sus proyectos. Pues cuando Calígula había preparado la expedición que resultó un estrepitoso fracaso, había reunido a cuatro de las poderosas legiones de Roma. Este ejército se había dispersado, pero dos de las legiones se hallaban aún apostadas en las orillas del Rin. Ningún emperador que valorara la púrpura o su vida dejaba a dos legiones bien armadas cerca de casa sin nada en qué ocuparse, pues éstas tenían la molesta costumbre de aburrirse y proclamar un nuevo emperador. La invasión debía llevarse a cabo de inmediato.

Así pues, en el año 42 d. C., la conquista de Gran Bretaña fue casi inevitable. Y si quedaban algunas dudas sobre el asunto, los propios isleños se encargaron de disiparlas.

Cada pocos años, durante sus frecuentes peleas, uno de los pintorescos cabecillas de la isla, con sus grandes y vistosos bigotes, enviaba un mensaje a Roma pidiendo ayuda contra su vecino, a cambio de una suma de dinero. A veces incluso abandonaban la isla para exponer su causa en persona. Claudio había visto a uno de ellos en Roma y se había sentido fascinado y divertido por la increíble locuacidad y evidente estupidez de aquel individuo. Pero jamás los tomaban en serio; Roma recibía a muchos gobernantes procedentes de todos los rincones del mundo conocido y sabía a quiénes debía prestar atención y a quiénes hacer caso omiso. Pero recientemente un rey británico, llamado Verica, amigo de Roma, había sido expulsado de su reino por un nuevo e impulsivo cabecilla de la tribu de los Catuvellauni llamado Caractacus, y Verica había huido a Roma en busca de refugio. En un acto de suprema estupidez, el intrépido Caractacus envió un mensaje exigiendo la extradición de Verica, y cuando Claudio hizo caso omiso de él, el cabecilla mandó a un grupo de saqueadores a la costa de la Galia.

Ese acto constituyó una grave ofensa. Claudio no daba crédito a su buena fortuna. Para responder a cualquiera que aún dudara de la conveniencia de la expedición ahora podía exclamar, con lógica indignación: «¡Roma ha sido ofendida!». Siempre daba resultado.

Claudio eligió con tino a sus generales. Cuando los escogía él mismo en lugar de dejar que lo hiciera su esposa, Claudio demostraba su habilidad a la hora de seleccionar a los mejores hombres; y anunció que él mismo zarparía con sus tropas para estar presente en el momento de la victoria.

—Cuando los británicos me vean —declaró—, se quedarán pasmados debido al temor y al asombro. —Al notar que sus cortesanos le miraban perplejos, Claudio se apresuró a aclarar—: Iré montado en un elefante.

A fin de comprender los hechos que iban a producirse en la lejana isla septentrional, es necesario retroceder en el tiempo.

Pues hacia el 1300 a. C., un nuevo y extraordinario pueblo había aparecido en la historia del mundo occidental.

Sus miembros iniciaron su épica trayectoria muy discretamente: los arqueólogos los han identificado como una pequeña comunidad de campesinos que vivían anónimamente en las márgenes del gran río Danubio, en el corazón de Europa suroriental. Es difícil precisar si los individuos de este pueblo insignificante constituían una tribu: ciertamente no eran una raza; y aunque posteriormente la leyenda los idealizaría presentándolos como unos guerreros altos, rubios y de ojos azules, probablemente sería más exacto decir que, al igual que la mayoría de pueblos de Europa, presentaban una mezcla muy variada de características raciales.

En los primeros tiempos de sus grandes desplazamientos, su único rasgo específico era la insólita costumbre de quemar a sus muertos y enterrarlos en unas urnas.

Pero algo desasosegaba a los anónimos campesinos. En grupos muy reducidos, empezaron a recorrer grandes extensiones de Europa, formando nuevos asentamientos. Los arqueólogos han hallado sus modestos cementerios de urnas enclavados a los pies de los Alpes suizos, en los suaves valles de la Champaña y en las llanuras de Alemania.

En aquellos tiempo, al parecer, su comportamiento era pacífico, a veces se agregaban a otros asentamientos ya existentes, otras se mantenían apartados de otras comunidades, pero invariablemente quemaban a sus muertos y los enterraban en urnas. Y dondequiera que se instalaran, se convertían en la comunidad más importante.

El destino de esas extrañas gentes había de ser extraordinario: llegaron a dominar buena parte del norte de Europa, crearon una gran cultura, fueron sojuzgados por Roma en cuerpo pero jamás en espíritu; huyeron ante los sajones y los evitaron, y sobrevivieron indemnes hasta el presente para pasear de nuevo sus asombrosas dotes de energía e imaginación a través de todo el globo. En cierto momento durante los siglos anteriores a Cristo, atrajeron la atención de los griegos, quienes les impusieron un nombre: Keltoi. Posteriormente los romanos adoptaron la palabra griega para describirlos y ésta ha permanecido invariable hasta el presente: celtas.

¿Por qué causaron tal impacto? ¿Qué tenían de extraordinario esas gentes? Sólo puede explicarse con una palabra: genio. Y lo que más ponía de relieve ese genio era la extraordinaria lengua que utilizaban, que fue adoptada en todos los lugares donde se afincaron y llegó a convertirse, en tiempos de Julio César, en la lingua franca de todo el norte de Europa. La lengua celta era rica; era poética, mística, apasionada. Con esta lengua crearon sus leyendas, sus sueños y sus épicos relatos que han sido transmitidos a lo largo de los siglos hasta la época actual. La lengua celta jamás fue destruida y hoy en día sobrevive intacta principalmente en las dos variantes del galés y el gaélico irlandés.

Hacia el año 1000 a. C. aparecieron unas nuevas y dramáticas gentes entre los modestos pobladores celtas; surgió un elemento llamativo. Tal vez se unió a ellos otro grupo, o quizá se desencadenó en su ánimo el afán de nuevas aventuras, pero el hecho es que en la historia apareció una nueva e incontenible fuerza: los guerreros celtas.

Eran unos personajes sorprendentes. Montados en carros, sus largos mostachos ondeando al viento, el pelo untado con yeso formando un alto y aparatoso tocado, el cuello y los brazos adornados con magníficos collares y pulseras de oro, esta nueva raza de guerreros comenzó a dirigirse hacia el oeste y el norte, hacia las costas del Canal de la Mancha y la Península Ibérica. No sólo eran estos feroces nobles unos guerreros innatos, sino que empuñaban una nueva y siniestra arma, de modo que cuando se acercaban la gente gritaba despavorida:

—¡Aquí vienen los guerreros celtas con sus largas espadas!

Las espadas que blandían no sólo eran largas. Estaban hechas de un material nuevo, jamás visto en el norte de Europa, que había llegado a sus manos desde el este; era un metal pesado y resistente, que podía afilarse hasta un grado temible, y tan maleable que podía ser templado hasta extremos asombrosos. Era el hierro.

Los arqueólogos han denominado esta etapa la cultura Hallstatt, por una aldea austríaca donde fueron hallados numerosos restos de ese pueblo batallador. Con sus espadas de hierro, los celtas de Hallstatt eran casi invencibles y se convirtieron en los primeros héroes de la leyenda celta; pocos en número, llevaban una vida aparte, recorriendo Europa a bordo de sus carros como dioses; y cuando morían, sus cuerpos no eran quemados, sino enterrados junto con sus carromatos, ataviados con sus mejores galas, como si se dispusieran a emprender una campaña en el más allá.

Pese a su ferocidad y a su sangre guerrera, esos celtas no eran unos destructores. Cuando se asentaban en un nuevo territorio, construían —según fueran las condiciones locales— modestas granjas con techo de paja, o, en tiempos conflictivos, elevados fortines con contrafuertes de tierra difíciles de atacar; si hallaban nativos en la zona, por lo general los dejaban en paz, o los empleaban como trabajadores. Así fue como, aproximadamente entre el 900 y el 500 a. C. —el período de su mayor migración—, los celtas atravesaron el estrecho Canal de la Mancha y se establecieron en numerosos lugares de Gran Bretaña.

No existen pruebas que indiquen que los celtas destruyeran los viejos asentamientos británicos que encontraron. Por el contrario, con el tiempo acabaron mezclándose con los nativos. Sin embargo, los celtas no llegaron a todas las partes de la isla, de modo que es probable, aunque no pueda demostrarse, que algunos británicos desciendan casi por completo de los pobladores anteriores a los celtas. Pero en la mayoría de los lugares donde se afincaron, lo hicieron pacíficamente; a buen seguro la isla ejerció sobre ellos, al igual que sobre los demás colonizadores, su poderosa influencia. Aislados del resto del mundo por el angosto mar y los altos riscos cretáceos, la tierra de la bruma siguió siendo un lugar mágico y distinto.

Luego, aproximadamente a partir del año 500 a. C. hasta el nacimiento de Jesucristo, se produjo el gran auge de la extraordinaria civilización celta que los historiadores denominan la cultura La Tene, por el gran yacimiento celta de ese nombre hallado en Francia; durante esos siglos los celtas del norte de Europa y Gran Bretaña crearon algunos de los más ricos y fantásticos tesoros del mundo prehistórico.

Construían carruajes, exquisitas joyas de oro, plata y bronce, fabricaban cerámica decorada con dibujos geométricos, confeccionaban figuras de animales de arcilla y metal que, con su extraordinaria cualidad abstracta, parecían poseer una vida interior propia. Confeccionaban para sí túnicas y capas de deslumbrantes colores y adornaban a los caballos que tiraban de sus carros de guerra con espléndidos jaeces. Escribían versos, infinitos versos, en su lírica y mística lengua, que cantaban los bardos para honrar a sus antiguos héroes y dioses. Y creaban dioses. El mundo celta estaba repleto de dioses: lleno de portentos, supersticiones, aves y animales mágicos. Todo el mundo conocía las feroces, ilógicas y divertidas, aunque siniestras, hazañas del mundo de las tinieblas que existía, permanentemente, junto al mundo de los hombres. Y en el caso improbable de que un celta olvidara el otro mundo, siempre había sacerdotes para recordárselo.

—Esos celtas están locos —decían los romanos—. Comen como senadores, cantan, lloran y se pelean entre sí simplemente por gusto.

—Todos son poetas: están ebrios de poesía —comentó en cierta ocasión un mercader.

—Son unos borrachos —replicó un cínico romano—. Y sus sacerdotes druidas son repugnantes.

Todas esas afirmaciones eran ciertas. Lo cierto era que los romanos no lograban entender a los celtas. A un buen romano le encantaba el gobierno sistemático, la jerarquía y la burocracia; los celtas tenían innumerables cabecillas y reyes, todos ellos ligados entre sí por antiguos votos de sangre y clientelismos tan complejos que ni los lógicos romanos conseguían desentrañarlos. Hasta sus dioses, como el gran Dagda, el protector de la tribu, parecían deleitarse adoptando numerosas y estrafalarias formas y gastando bromas a la humanidad; no para satisfacer su lujuria y sus deseos —cosa que los romanos habrían comprendido— sino para divertirse.

—Les enseñaremos a amar el orden —decían los romanos. Pero no era empresa fácil.

El primero en tratar de domesticar a los celtas fue Julio César, en la Galia. Ese brillante oportunista comprendió de inmediato la naturaleza del problema.

—Destruiremos a los reyezuelos y sus clientelismos, y los sustituiremos por magistrados —declaró—. A los reyes más importantes los someteremos o procuraremos conquistarlos con lisonjas y riquezas. Luego educaremos a sus hijos, convirtiéndolos en caballeros romanos. Eso siempre funciona.

Era una política sabia, y en cierta medida dio resultado, aunque algunos no se dejaron ablandar. Las tribus conocidas como los belgas, medio celtas y medio germanos, se adaptaron con facilidad a la cultura romana, pero se negaron a ser gobernadas por los romanos, de modo que se vieron obligadas a atravesar el mar. No obstante, en el transcurso de los años, los halagos y favores dispensados por los romanos convirtieron a muchos en entusiastas de la civilización, tanto en la provincia de la Galia como en la isla, aún sin conquistar, ubicada al otro lado del Canal de la Mancha. Si bien muchas tribus celtas despreciaban la dominación romana, sus cabecillas solían conocer a los mercaderes romanos de la Galia que les traían gigantescas ánforas de vino, gemas y demás lujos. Los ambiciosos cabecillas habían oído hablar de los fastuosos palacios de la ciudad imperial y, aunque no podían imaginárselos, sentían envidia. También habían visto los prácticos registros en los que los mercaderes romanos anotaban sus transacciones, y aunque los celtas no poseían una escritura propia, algunos de los jefes tribales más cultos sabían hablar e incluso escribir el latín.

—Los isleños opondrán resistencia; pero al fin lograremos que se unan a nosotros —dijo Claudio, una opinión compartida por todos los que planeaban la invasión—. Más pronto o más tarde, acabaremos conquistando la amistad de esos bárbaros.

Era la primavera del año 44 d. C., y el pueblo de Sarum llevaba un mes esperando a los romanos. El tiempo se había mostrado caprichoso: un día lucía un sol abrasador, haciendo que los cerros cretáceos exhalaran vapor, y al siguiente sobre la entrada del valle se formaban unos densos nubarrones, que provocaban una inesperada y tardía nevada o una repentina granizada. Pero a la sazón el día era espléndido, un viento húmedo y templado soplaba del suroeste y el cielo estaba despejado.

Estaban bien preparados: pues toda la población se había refugiado en la duna.

En los dos mil años transcurridos desde que acarrearan hasta Stonehenge los gigantescos bloques de piedra, el paisaje de Sarum apenas había experimentado alteración alguna. Bosques de robles y hayas, olmos y nogales seguían adornando la amplia cuenca de tierra donde confluían los cinco ríos. Hacia el norte, los desnudos picos cretáceos se extendían hasta el horizonte, y en el valle y las laderas la brisa agitaba el trigo que crecía en los campos. Pero algo sí se había modificado: las ovejas pastaban ahora sobre el sagrado recinto donde las piedras grises del henge, que todavía se alzaban formando el círculo mágico, apenas eran visitadas y mostraban evidentes signos de deterioro. Los túmulos estaban cubiertos de tierra, y no habían construido ninguno nuevo desde hacía varias generaciones. Y en las extensas laderas donde los agricultores habían plantado durante cuatro mil años trigo, lino y cebada, la tierra había sido parcelada con precisión y era una cuadrícula de pequeños campos rectangulares, de no más de doscientos metros de lado y concienzudamente arados, claramente delimitados por setos, caballones y terraplenes.

Sólo un elemento del paisaje había cambiado por completo. La pequeña y frondosa colina que montaba guardia en la entrada al valle había sufrido una transformación radical. En realidad se trataba de un promontorio, un cerro que se alzaba sobre la escarpada meseta; pero hacía varios siglos el viejo promontorio había sido desbrozado y su cima aplanada. Ésta medía unas doce hectáreas, y a su alrededor se habían levantado dos inmensos contrafuertes, separados por una profunda zanja. El cerro, antaño cubierto por un ligero bosque, se había transformado en un desolado y abrupto cono truncado, con una empinada cuesta en cada lado. Por primera vez en su historia, pero no la última, la colina de Sarum había pasado a ser una fortaleza. Era una estructura blanca e imponente, que relucía bajo el sol y dominaba el paisaje en muchos kilómetros a la redonda. Las gentes de Sarum, utilizando un término celta, llamaban a esta fortaleza la duna.

La duna tenía una historia variopinta. Había servido de fortaleza, de poblado, de corral y de mercado, en ocasiones todo ello simultáneamente; pero en los últimos años había caído en desuso. Cuando los habitantes de Sarum recibieron la noticia del desembarco romano, se apresuraron a reparar y rehacer los baluartes, rellenando sus costados con tierra y creta firmemente prensadas dándoles un aspecto resistente y una auténtica solidez. En la entrada principal erigieron dos nuevos portales, hechos de roble, sostenidos por recios puntales de madera para que resistieran cualquier embestida. En la explanada de la duna, cuyo antiguo esplendor había sido parcialmente restituido, había una abigarrada colección de edificios: casas circulares con techo de paja, graneros y corrales para las ovejas y el ganado. En el centro había un pozo. Sin embargo, lo más visible de la duna era un poste que se alzaba junto al pozo, de seis metros de altura, en cuya parte superior aparecía la cabeza esculpida de Modron, la diosa celta de la guerra, con sus tres cuervos. Su airado rostro contemplaba fijamente el infinito, desafiando a todos los invasores. Ésta era la enseña de combate de la comunidad y, según los druidas, hacía que Sarum fuera invencible.

El joven se hallaba solo sobre la elevada muralla de la duna, con la vista dirigida hacia el sur.

—No hay noticias de Taradoc —murmuró—. Pero sé que los romanos están cerca; lo presiento.

Unos días antes el joven había enviado al puerto al hombre del río con órdenes estrictas de regresar a Sarum para informarle de la llegada de los romanos. Todos sabían que la segunda legión avanzaba rápidamente por la costa meridional, dispuesta a destruir los fortines que hallaran en el oeste. El joven se dijo que los soldados ya habrían alcanzado la desembocadura del río, y que después se dirigirían aguas arriba hacia Sarum. Pero Taradoc no había aparecido.

—¿Dónde se habrá metido ese desgraciado? —masculló irritado el joven.

Sus ojos, que escrutaban ansiosamente la campiña, eran azules; su cuerpo era menudo pero bien formado. Tenía el cabello de color castaño y el rostro adornado por una rala perilla y un bigote no menos ralo que su poseedor anhelaba ver crecer para poderse rizar las puntas hacia arriba, según la moda entre los guerreros celtas. Su boca era demasiado sensible para el papel de guerrero que se veía obligado a asumir. Vestía un jubón de lino hasta las rodillas, ceñido por un amplio cinturón de cuero del que pendía una pesada espada de hierro. Sobre el jubón lucía un manto de lana cuadrado teñido de un azul intenso y sujeto por un enorme broche de bronce. Calzaba recias sandalias de cuero. El muchacho hacía gala de cierto aire de autoridad, pero al ser tan joven esa autoridad se veía teñida de un matiz de inquietud. No obstante, si bien podía faltarle seguridad en sí mismo, algo en sus ojos indicaba que poseía un carácter fuerte.

Lo más llamativo de su atuendo no eran el vistoso manto ni el broche, sino una pesada tira de oro que llevaba en torno al cuello: tenía la forma de un aro y sus extremos, que se unían sobre el pecho, estaban rematados cada uno por una cabeza de jabalí, también de oro. Se trataba de la torques, la pieza ornamental más importante de los guerreros celtas: constituía un distintivo de su cargo, y su gran tamaño indicaba que, pese a la juventud del muchacho, éste era el jefe.

Se llamaba Tosutigus. Era valiente, pero obstinado e ignorante; la suerte de la duna, de Sarum y de su familia, residía ahora en sus manos, y el plan que venía urdiendo en secreto desde hacía muchos meses iba a provocar la caída de los tres.

Tosutigus recorrió el parapeto con la mirada. Las fuerzas de que disponía consistían en un centenar de hombres, seis caballos, un viejo carro y un druida. Puesto que era imposible que esta pequeña guarnición presentara batalla a los romanos, el carro no sería utilizado. Sus hombres iban armados con lanzas y flechas, todas provistas con puntas de hierro, y Tosutigus sabía con certeza que sus hombres lucharían hasta la muerte. Pero, como muchos celtas en aquellos tiempos, los defensores de Sarum contaban con un arma aún más eficaz, consistente en las inmensas pilas de cantos rodados que habían amontonado cada pocos metros a lo largo del parapeto. Los hombres, y algunas mujeres, dispararían esas piedras con las largas hondas que sabían utilizar a la perfección. Si se las hacía girar por encima de la cabeza y se impulsaban con toda la fuerza del brazo extendido, las piedras salían disparadas a tal velocidad que podían matar a un hombre en el acto a una distancia de cien metros. En ese tipo de combate, los honderos descargaban sus tiros tan deprisa que los cantos rodados caían cual tormenta de granizo, segando la vida de sus enemigos como si fueran briznas de hierba.

Pero los habitantes de Sarum que aguardaban combatir, y quizá morir, no conocían el plan que su joven cabecilla venía tramando desde hacía tiempo. Ese plan en aquellos instantes ocupaba todos sus pensamientos mientras escudriñaba el horizonte en busca de una señal de los romanos.

—Haré a Sarum más grande de lo que jamás ha sido —murmuró—; y los miembros de mi familia serán de nuevo unos reyes poderosos, como eran antaño.

Su orgullo dinástico era fundado: no existía ninguna familia con raíces más antiguas en el territorio. Quinientos años atrás, uno de sus antepasados celtas, Coolin el Guerrero, había bajado a caballo desde el norte a través de la escarpada meseta, con su inmensa espada de hierro y seis fieles acompañantes. Se había detenido en la entrada del templo sagrado de Stonehenge y había encontrado allí a Alana, la última hija de la casa de Krona, cuyo noble linaje se remontaba a tiempos inmemoriales. Pese a su carácter heroico, la leyenda era absolutamente cierta; y los descendientes de la unión entre el guerrero celta y la última heredera de Sarum habían seguido gobernando a lo largo de los siglos a una población mixta de celtas y antiguos pobladores de la isla. Existía también otra leyenda, fomentada por la familia de Tosutigus, que afirmaba que los primeros antepasados de Alana eran unos gigantes que habían acarreado las descomunales piedras del henge sobre sus espaldas y habían construido el templo en una sola noche. Todos sabían que las piedras eran mágicas y a los gobernantes de Sarum les gustaba recordar al pueblo que sus antepasados habían sido individuos fuera de lo corriente. Aunque a la sazón el templo apenas era utilizado —pues los sacerdotes druidas preferían venerar a sus dioses en atrios más reducidos o en calveros del bosque—, los del linaje de Tosutigus seguían ostentando la dignidad que les correspondía como miembros de la casa precelta de Krona: como los señores de Sarum y guardianes del sagrado henge.

Pero no eran poderosos. Sarum había sufrido numerosas vicisitudes a lo largo de los siglos, y en tiempos del padre de Tosutigus era un lugar de poca monta, una pequeña y remota agrupación humana que por capricho de la historia había permanecido aislada y que mantenía una precaria independencia de las poderosas tribus que la rodeaban.

Un siglo atrás, Sarum había gozado de una excelente situación. La gran tribu belga de los Atrebates, que incluso había firmado importantes tratados de amistad y comercio con el Imperio Romano, mantenía su plaza fuerte en el nordeste de Sarum; y el bisabuelo de Tosutigus había tenido la astucia de casarse con una princesa de la casa real de los Atrebates, asegurándose su protección. Eran los días de esplendor de Sarum, cuando la duna constituía una pequeña población, y el cabecilla, a salvo bajo la protección del rey de los Atrebates, tenía su corte allí y cazaba en los frondosos bosques, como hacían sus antepasados en tiempos remotos.

Asimismo, gracias a la princesa de los Atrebates la familia gobernante de Sarum había aprendido a hablar el latín. El mismo Tosutigus lo chapurreaba, y se sentía orgulloso de su sofisticada proeza. Pero posteriormente los hechos no habían sido favorables para Sarum: el poder de los Atrebates se había disipado y habían sido expulsados de sus tierras; ya no podían proteger a Sarum, y su lugar lo ocupaban ahora otras orgullosas tribus, que desconocían la importancia de la familia de Sarum.

Las nuevas tribus que se habían asentado en el este eran de origen belga, al igual que los Atrebates, pero eran unos vecinos incómodos.

Como de costumbre, el abuelo de Tosutigus, un hombre pragmático, había tratado de entablar amistad con una influyente tribu cercana ofreciendo a uno de sus cabecillas su única hija en matrimonio. El cabecilla belga le había dado las gracias, había olvidado pagar por la joven y por lo visto había olvidado también la existencia de Sarum. Lo cual no dejaba de ser una suerte, pues durante otra generación había reinado la paz en el lugar donde confluían los cinco ríos. Sin embargo, era una paz fruto del abandono y, mientras otros centros tribales adquirían más poder, Sarum fue declinando paulatinamente.

Transcurrió otra generación, y Tosutigus y su padre tuvieron que enfrentarse a otro problema más peliagudo, que residía al otro lado de su pequeña plaza fuerte, en el suroeste.

Allí moraba uno de los pueblos más feroces con los que los romanos se habían topado: la inmensa y poderosa tribu de los Durotriges.

—Los Durotriges del suroeste lucharán. Son orgullosos y están acostumbrados a salirse con la suya —advirtieron a Claudio sus espías—. Jamás han visto unas armas romanas —explicaron—, y creen que no pueden ser derrotados.

Los Durotriges se apoyaban en gran medida en sus fortines: en comparación con ellos, la duna de Sarum, provista de una sola muralla, resultaba insignificante. Las grandes fortificaciones de tierra de Maiden Castle, Badbury Rings, Hod Hill, y muchos otros lugares que aún existen hoy en día, ocupaban decenas de hectáreas; disponían de cinco, seis o siete series de baluartes y unas entradas complejas y bien defendidas donde atrapaban a sus atacantes. Los Durotriges dominaban en el suroeste de la isla una extensa zona, que comprendía el pequeño puerto, cuya colina habían fortificado.

La familia de Sarum solventó el problema como solían hacer: mediante una calculada sumisión.

—Debes ser siempre un amigo leal de los Durotriges —recomendó su padre a Tosutigus—. Ellos dominan el puerto, y éste controla el río. Si lo desean, pueden engullirte como un ave devora a un gusano.

Y el padre, siguiendo la costumbre de las tribus celtas, juró sobre su espada luchar por el rey de los Durotriges, fuera cual fuese su causa. De esta forma, se convirtió en su cliente político, adquiriendo cierta protección por parte de la pequeña dinastía. Sarum vivió en paz, pues para los reyes de los Durotriges era la más norteña de sus plazas fuertes situadas en las cimas de la altiplanicie, y la familia preservó su independencia y buena parte de su dignidad.

Pero a su fallecimiento, ocurrido un año antes, el padre de Tosutigus dejó a su joven e inexperto vástago un nombre digno, aunque una herencia precaria. El muchacho no tuvo otro remedio que seguir la política de su padre, de modo que, dos meses antes de la invasión romana, se había arrodillado en Maiden Castle ante el rey de los Durotriges, un imponente anciano sentado sobre una piel de venado, y mirándole a los negros y feroces ojos había jurado:

—Cuando lleguen los romanos, señor, yo defenderé la duna de Sarum en tu nombre, y mis hombres lucharán hasta la muerte.

De haber conocido el rey las verdaderas ambiciones de Tosutigus, se habría echado a reír o le habría matado en el acto. Pero en cuanto el joven se marchó aquél se volvió hacia sus consejeros y comentó cínicamente:

—El principal contingente romano vendrá por el sur: apenas prestarán importancia a Sarum y, aunque lo conquisten, podemos permitirnos perderlo. Pero cuando las legiones lleguen a Maiden Castle y a Hod Hill, ¡les partiremos el espinazo!

Y tomando una de las relucientes monedas de oro que había hecho acuñar para sí, la arrojó al aire.

—Si cae con mi faz hacia arriba, Sarum resistirá; si cae boca abajo, Sarum caerá —declaró el imponente anciano con una carcajada. La moneda aterrizó sobre la hierba y sus consejeros se apresuraron a comprobar si había caído boca arriba o boca abajo.

Mientras Tosutigus miraba hacia el sur aquella mañana de primavera rumiando sus planes, sus pensamientos se vieron interrumpidos por la llegada de tres hombres que le saludaron con cortesía.

Los dos hermanos Numex y Balba no eran gemelos, pero se llevaban pocos años y se parecían tanto que resultaba hasta cómico. Ambos eran bajos y tenían las piernas torcidas, la cabeza redonda, el rostro rubicundo y la nariz aguileña, y aunque tenían poco más de treinta años, mostraban un talante grave y solemne que les hacía parecer mayores. A lo largo de innumerables generaciones, en su familia los niños nacían siempre con los pulgares cortos y gruesos y los dedos rechonchos; invariablemente llegaban a ser unos magníficos artesanos. Numex había construido las nuevas puertas de roble y había tallado la figura de la diosa de la guerra que aparecía en el centro de la duna; y Balba, que se dedicaba a teñir tejidos, había confeccionado, utilizando un tinte derivado de las raíces del ranúnculo común, el manto de un azul intenso que lucía el joven cabecilla. Debido a los tintes, que se disolvían en orina, la gente olía a Balba antes de que éste apareciera, pero su talento le había valido el respeto de todos y las gentes le perdonaban el acre olor que exhalaba. Ambos hombres vestían unos jubones parecidos al de Tosutigus, pero hechos de un tejido más tosco, y no llevaban manto ni adorno alguno. Tosutigus había encargado a los dos competentes hermanos la tarea de dirigir la marcha cotidiana del pequeño campamento, y éstos habían acudido para recibir órdenes.

La tercera figura era muy distinta. Aflek el druida era alto y bien plantado visto de lejos, pero de cerca presentaba un aspecto desastrado y un tanto siniestro. Tenía la frente surcada de arrugas, que por estar llenas de mugre parecían aún más profundas. Le faltaba la mitad de los dientes; su pelo entrecano y su larga barba estaban churretosos, al igual que la larga túnica parda que le llegaba a los tobillos. Llevaba los pies protegidos por unas sandalias sujetas por gruesas tiras de cuero entre los dedos. Al amanecer, Tosutigus había visto al druida bajar desde la duna hasta el río. Tras quitarse las sandalias, éste se había dirigido descalzo hasta un bosquecillo donde cortó unas ramas de muérdago valiéndose de un cuchillo de bronce. A continuación estuvo recogiendo hierbas avanzando cautelosamente por el lado norte de los arbustos, pues el ritual de los druidas exigía que la recolección de hierbas se realizara únicamente por el lado norte. Después de contemplar el río fijamente durante unos minutos, Aflek había derramado polvo de oro sobre las crecidas aguas y había rezado sus plegarias a los dioses antes de regresar de nuevo a la colina.

—¿Y bien? —le preguntó el joven dirigente observándolo con recelo.

—Modron, la diosa de la Luna, me ha enviado una señal. Saldremos victoriosos —respondió el anciano—. Los dioses protegen a Sarum.

Tosutigus no dijo nada. Sabía que sus tierras ancestrales estaban protegidas por múltiples dioses. Los cinco ríos estaban al amparo de Sulis, la diosa de las fuentes, que tenía poderes curativos; en el bosque situado al este crecía un roble sagrado junto al cual se alzaba el santuario de Cernuno, el dios de los bosques, provisto de cuernos, que protegía a los cazadores. A veces Cernuno se aparecía disfrazado, asumiendo la figura de un viejo encapuchado y la persona que lo veía sabía que la fortuna le sonreiría aquel año. Los campos estaban bajo la tutela de la doncella del trigo, cuyos ritos sagrados eran celebrados en Samain, la gran fiesta de comienzos del invierno. Y los cerros cretáceos estaban protegidos por Leucetius, el dios del rayo, capaz de fulminar a cualquier invasor que osara perturbar las antiguas tumbas ubicadas en la altiplanicie. El henge estaba protegido por sus antepasados, los diez gigantes, el más grande de los cuales poseía tres cabezas que brotaban de nuevo si se las cortaban. Quien amparaba la duna era Modron, la diosa de la guerra, siempre acompañada por sus cuervos. En cuanto a la familia de Tosutigus, se hallaba bajo la protección personal del gran Nodens, el creador de nubes, a quien habían construido un santuario.

Puede que Sarum y su familia gobernante hubieran perdido su antigua grandeza, pero todavía conservaban unos aliados poderosos entre los dioses.

Tosutigus aún conservaba, encerrada en un gran arcón de roble, la enorme espada de hierro de Coolin el Guerrero. Todo Sarum sabía que con esta espada, hacía varios siglos, el poderoso Coolin había aniquilado a un caudillo del norte. Todos conocían la historia de cómo le había cortado la cabeza y había confeccionado con su cráneo una copa; y cómo, la primera vez que Coolin se había llevado la copa a los labios, el cráneo había recuperado su forma anterior y, delante de todos sus compañeros, había hablado, profetizando que mientras la familia de Coolin habitara allí, Sarum jamás sería conquistado en una batalla.

Gozando de semejante protección, las gentes de Sarum estaban convencidas de que su duna era inexpugnable.

Mientras Tosutigus meditaba sobre esos asuntos sonriendo con amargura, se dio cuenta de que el anciano le estaba hablando.

—Cuentas también con la protección de los druidas —le recordó Aflek no sin cierto tono de superioridad—. No tienes nada que temer.

El poder de los druidas variaba de tribu en tribu, dependiendo de la actitud del gobernante. Los belgas sentían simpatía por ellos porque esos sacerdotes tenían una organización secreta que contribuía a crear dificultades para los romanos en la Galia. Los Durotriges también respetaban a los sacerdotes porque representaban a los dioses celtas en su desprecio hacia todo cuanto fuera romano. En otros lugares de la isla, aunque veneraban a los dioses, los druidas solían detentar escaso poder. Pero recientemente, según había averiguado Tosutigus, los sacerdotes druidas habían viajado a numerosos lugares practicando una serie de ceremonias y sacrificios a los dioses de la guerra para conseguir que la invasión romana fuera repelida. Hasta hacía cinco años, una comunidad de druidas había adorado a sus dioses en un santuario cercano a Stonehenge, y el padre de Tosutigus se había visto obligado a mantenerlos. Esto había resultado oneroso, y encima los druidas no cesaban de quejarse de lo escaso de las provisiones que recibían. Posteriormente se habían trasladado al noroeste, para asistir a un consejo de druidas celebrado en la isla de Anglesey, distante unos trescientos kilómetros, y para alivio de la familia de Tosutigus, no regresaron. Sin embargo, hacía dos meses, Aflek había llegado a Sarum desde Maiden Castle; y al joven cabecilla no le cabía duda de que había sido enviado por los Durotriges en calidad de espía.

Tosutigus no respondió al druida; pues mientras hablaba el anciano, había vislumbrado un destello de metal en el bosque situado al sur. Los cuatro hombres lo habían visto, y los cuatro clavaron la mirada en aquel punto. Transcurrieron varios minutos, y de pronto vieron lo que venían esperando desde hacía tiempo, una columna de soldados romanos que atravesaba una pequeña explanada situada a unos tres kilómetros.

Por fin. Había llegado el momento. Tosutigus estaba dispuesto a poner en práctica su plan.

—Cerrad las puertas —dijo secamente a Numex—. Cuando yo dé la orden, todos los hombres deben estar apostados en la muralla.

El carpintero y su hermano partieron apresuradamente.

El druida comenzó a proferir unas imprecaciones:

—¡Modron, diosa de la guerra, aniquila al enemigo! ¡Nodens, creador de nubes, protege a tu pueblo! —Luego asió al joven cabecilla del brazo—. Modron te dará la victoria —le aseguró con expresión solemne—. Los dioses destruirán a esos invasores.

Pero Tosutigus no le prestó atención.

—Vosotros los druidas afirmasteis que no lograrían cruzar el mar —masculló.

Era cierto. El año anterior, los druidas habían jurado que el dios del mar engulliría a la flota romana antes de que alcanzara las costas de la isla.

El joven cabecilla se volvió hacia el anciano.

—Debes marcharte —dijo con calma.

Aflek lo miró atónito.

—Lucharé a tu lado, Tosutigus —repuso; pues aunque lo hubieran enviado como espía, el viejo druida no era un cobarde.

Pero Tosutigus meneó la cabeza negativamente.

—Si los romanos te encuentran aquí, te matarán —dijo—. Además, no te quiero a mi lado.

Aflek observó desconcertado al cabecilla. Entonces el joven le reveló el plan que había urdido en secreto hacía tiempo.

—Voy a entregar la duna —dijo—. Estoy dispuesto a unirme a los romanos.

Había sido muy sencillo. Las cuatro legiones romanas desembarcaron en Kent en el verano del año 43 d. C., acaudilladas por Aulus Plautius. Después de avanzar rápidamente a través del sureste, derrotaron al hermano de Caractacus, el insolente cabecilla, y al cabo de unos días aniquilaron al pequeño ejército del propio Caractacus. En cuanto Claudio averiguó que todo estaba en orden, se presentó con sus elefantes y asistió a la sumisión del enérgico Catuvellauni a unos kilómetros al norte del Támesis. De inmediato, otras dieciséis tribus de la isla, inclusive la muy debilitada de los Atrebates, enviaron recado de su rendición; algunas porque creían que conseguirían ventajas sobre sus vecinos, otras porque sabían que las legiones romanas las harían pedazos. Pero otras tribus se negaron a rendirse, entre ellas la de los orgullosos Durotriges.

A Claudio no le importaba. Había obtenido un triunfo militar, y sólo permaneció en la isla dieciséis días.

—Limpiad el resto del país —ordenó a Aulus Plautius, a quien nombró primer gobernador de la nueva provincia insular de Britania. Luego regresó a Roma y, tal como había ambicionado siempre, el Senado lo votó por amplia mayoría.

—Debemos emprender la conquista del norte y el oeste —decidió Aulus—. La II Legión reducirá los fortines del suroeste. —Tras repasar el número de comandantes con los que contaba, agregó—: Vespasiano dirigirá la expedición. Sé que lo hará bien.

Vespasiano era todo cuanto un comandante romano debía ser: veterano de varias campañas, tenía un rostro duro pero hermoso que inspiraba respeto a sus hombres y admiración entre las mujeres; era inteligente, frío, ambicioso e implacable. Y joven. Sus extraordinarias cualidades le llevarían un día al trono, y no estaba dispuesto a permitir que los isleños y sus guerreros celtas se interpusieran en su camino. La primavera siguiente el joven legado condujo a la II Legión con presteza a lo largo del litoral meridional.

El primer fuerte de los Durotriges con que se topó no tenía nada de particular: se trataba de una colina larga y baja ubicada junto a un pequeño puerto y rodeada por un par de murallas de seis metros de altura rematadas por un montículo que dominaba el atracadero. En el centro de la muralla había una gran puerta de madera, reforzada con recios postes a ambos lados y tachonada con afiladas púas de hierro. Si se exceptuaba esa puerta y las murallas, habría sido evidente que la naturaleza había destinado aquel pequeño puerto a ser un lugar grato y apacible, una colonia y un abrigo, pero jamás una fortaleza. Las aguas estaban en calma y varias garzas se deslizaban sobre ellas. Pero los defensores confiaban en que sus murallas disuadirían a los invasores. El núcleo de población emplazado dentro de las murallas era parecido a Sarum, salvo que junto al agua había un par de embarcaderos de madera donde estaban atracados unos barcos, y además varios cobertizos para almacenar las mercancías. También había un pequeño edificio circular con un orificio en el techo que cumplía un papel fundamental en la vida del puerto: era la ceca donde acuñaban, para el rey de los Durotriges, las monedas de plata que tenían la suficiente calidad para ser aceptadas por los mercaderes de la Galia.

Cuando el joven comandante de rasgos duros vio las defensas, se encogió los hombros con desprecio. Sabía lo que debía hacer.

Los Durotriges se hallaban apostados sobre las murallas. Sus vistosas capas y ornamentos dorados relucían bajo el sol y cuando los romanos se aproximaron, blandieron sus lanzas profiriendo gritos de desafío. Uno de esos guerreros agitó una bandera roja, del color del dios de la guerra; y varios jóvenes gritaron:

—¡Que se adelanten vuestros guerreros más valientes, romanos, y combatan contra nosotros!

Otros exclamaban:

—¡Mostradnos a vuestro líder para que lo reconozcamos durante la batalla!

Pero los romanos no atacaron de inmediato, sino que se tomaron su tiempo. Ante la sorpresa de los lugareños, se pusieron a excavar tranquilamente una pequeña fortificación frente a la puerta de la muralla. Eso les llevó dos horas. Luego, desde la parte posterior de su columna hicieron avanzar lentamente una inmensa catapulta que se desplazaba sobre ruedas, y la colocaron delante de la pequeña fortificación que habían construido, junto con un carro que contenía varios pedruscos gigantescos.

Durante esos preparativos, Vespasiano permaneció sentado sobre una banqueta de cuero, alejado de las murallas. Sin hacer el menor caso de los Durotriges, dictó un memorándum a un escriba:

El primer fuerte de los Durotriges que hemos encontrado está emplazado junto al mar. Detrás de él hay un puerto poco profundo cuya bocana está protegida por una colina. El fuerte está provisto de dos murallas. Y tal como indican nuestros informes, los guerreros de la tribu son valientes pero indisciplinados.

Las puertas del fuerte han sido derribadas y lo hemos conquistado.

—Lleva esta nota ahora mismo al gobernador —dijo Vespasiano al escriba—. Al atardecer este lugar será nuestro.

El legado hizo una señal con la cabeza, y la catapulta entró en acción. Una gigantesca piedra salió disparada, formó un gran arco y se estrelló contra la puerta, que se resquebrajó. Al cabo de un minuto, un segundo pedrusco acabó de destrozarla.

—Tomad el fuerte —ordenó el legado.

Los Durotriges tuvieron ocasión de comprobar por primera vez la eficacia perfecta e impersonal de la máquina de guerra que el joven comandante utilizaba fríamente contra ellos.

Una centuria, ochenta soldados de aquella época, se había colocado en formación bajo el mando de su centurión. Los hombres situados en el interior de la formación alzaron sus escudos sobre sus cabezas, haciendo que se tocaran, para formar con ellos una cubierta sólida de metal. Los soldados de la primera fila y de los lados del cuadro sostuvieron sus escudos ante sus cuerpos o a un costado, a fin de proteger el frente y los flancos de este célebre escuadrón denominado testudo, o tortuga, que no era ni más ni menos que un tanque humano acorazado, una de las órdenes de batalla favoritas de los romanos, y prácticamente inexpugnable. A una señal del centurión, el testudo avanzó rápidamente y atravesó la puerta abierta del fuerte mientras que las lanzas, las flechas y piedras de las hondas de los defensores rebotaban contra los escudos de los soldados. Una segunda centuria siguió a la primera, y luego una tercera.

Pausados, mecánicos, indestructibles, estos hombres-máquinas se lanzaron contra los Durotriges que se encontraban dentro de la fortaleza. El muro formado por escudos del testudo se abría de golpe, como una hilera de postigos, y las pilas —unas lanzas cortas, pesadas y rápidas como el rayo—, salían disparadas. A escasa distancia, la pila era capaz de practicar un orificio limpio y cuadrado en el cráneo de una persona. Los defensores que se hallaban más próximos recibieron brutales tajos de las espadas cortas y de hoja plana de los legionarios. Éstos invadieron el recinto protegido por las murallas y atravesaron la explanada situada a los pies de la colina mientras los valerosos Durotriges se precipitaban inútilmente contra el caparazón metálico del testudo. Los romanos hicieron pedazos a los defensores. A media tarde, tal como había previsto Vespasiano, habían logrado conquistar la fortaleza.

Los romanos arramblaron con las mercancías almacenadas en los cobertizos y en las embarcaciones del puerto. El encargado de la ceca apenas tuvo tiempo de enterrar las monedas en el suelo debajo de su choza antes de que los soldados irrumpieran en ella y lo mataran. Así logró salvar un pequeño tesoro que los arqueólogos hallarían casi dos mil años más tarde.

La matanza fue presenciada por una figura oculta entre los juncos de la orilla opuesta del puerto. Era un individuo alto, delgado y bastante encorvado, con el rostro enjuto y duro y los ojos muy juntos. Después de observar cómo los romanos destrozaban la puerta y hacían pedazos a los Durotriges, y comprendiendo que los defensores no tenían la menor posibilidad de triunfar contra los métodos de combate de los romanos, echó a caminar por la ribera con sus curiosos pies de dedos largos y embarcó en una amplia canoa hecha con cueros tensados en una armazón de madera, de quilla ancha y poco profunda. Taradoc, el astuto hombre del río, no trató de remar río arriba para advertir a Tosutigus y a los defensores que aguardaban en la duna de Sarum, sino que se deslizó a lo largo de la costa, cruzó silenciosamente la bocana del puerto y se dirigió hacia el mar abierto.

La fuerza que llegó a Sarum tres días después de la conquista del puerto consistía tan sólo en un vexillation, un destacamento de una sola centuria al mando de su centurión, con dos escoltas a caballo y una máquina de guerra semejante a la utilizada en el puerto. Mientras Tosutigus observaba aproximarse a los romanos, divisó también a un jinete que precedía a la columna, y se preguntó quién debía de ser.

La guarnición de la duna estaba preparada. Todo estaba listo para causar la impresión deseada a los romanos cuando éstos se acercaran a sus puertas. Unos momentos antes, Aflek había descendido por medio de una cuerda por los baluartes del lado norte, sin ser observado por los romanos; pero antes de partir, el druida había pronunciado una terrible maldición sobre el joven cabecilla:

—Que los dioses te vuelvan la espalda, Tosutigus, al igual que harán otras tribus. Quedas advertido: has roto tu juramento al rey, y a partir de hoy, todos te llamarán Tosutigus el Mentiroso.

La advertencia se cumplió, y todos los celtas de la isla se referirían al cabecilla por ese nombre durante el resto de su vida.

Pero a Tosutigus eso le tenía sin cuidado. Su mente estaba centrada en el futuro que había soñado para Sarum. Estaba convencido de que todo saldría según lo previsto.

El ambicioso plan que había urdido era en todos los aspectos el plan de un hombre joven, pero es preciso reconocer que su razonamiento no estaba exento de lógica.

En los años 43 y 44 d. C., los cabecillas tribales de toda la isla tuvieron que enfrentarse a una espinosa decisión. Si se resistían a los romanos, se exponían a una derrota seguida por una ocupación militar. Pero si apoyaban la causa del imperio, sabían que Roma se mostraría generosa, y al cabo de un tiempo varios cabecillas acabaron convertidos en acaudalados reyezuelos, vasallos pero independientes. El imperio prosiguió su sabia política de enriquecer a esos tributarios, construyendo para ellos suntuosas villas y educando a sus hijos como ciudadanos romanos. Al cabo de una generación, o a lo sumo dos, los reyezuelos se habían tornado unos aristócratas provincianos, su autoridad fue asumida por magistrados y sus reinos se adaptaron al ritmo vital de la provincia romana.

El joven cabecilla era lo bastante inteligente para saber que no conseguiría defender a Sarum contra el poder de Roma, y para suponer que los Durotriges también serían derrotados. Así pues, ¿cómo salvar el pellejo? Tan sólo fingiendo lealtad a los poderosos Durotriges hasta que pudiera darles la espalda y unirse luego a los romanos. Eso era lo que se proponía hacer en cuanto Claudio hubiera desembarcado.

Pero Tosutigus era joven, y el plan que durante mucho tiempo había madurado era todavía más ambicioso. Los Durotriges detestaban a los romanos, de manera que lucharían contra ellos defendiendo un fuerte tras otro, pero perderían; los romanos los sojuzgarían. ¿Y luego qué? Tosutigus estaba convencido de que los oficiales romanos, tal como habían hecho en otros lugares de su inmenso imperio, buscarían unos líderes celtas que les fueran leales, unos lugareños en quienes depositar su confianza. Y ahí era donde él trataría de aprovecharse de la situación.

—Al fin y al cabo —se dijo—, soy un celta que habla latín y está dispuesto a ser leal a Roma. No soy uno de los Durotriges que odian al imperio y de quien Roma no pueda fiarse. Yo podría serle útil al gobernador.

En ocasiones, durante aquellos meses, mientras pensaba en las muchas ventajas que creía poseer, Tosutigus imaginaba al gran emperador confiándole la misión de gobernar sobre el feroz rey de los Durotriges. Como mínimo, pensó el cabecilla, solicitaré que me concedan la gestión del puerto, que antaño solía pertenecer a mi familia. Estoy seguro de que los romanos no querrán que esté en manos de los Durotriges.

El momento había llegado. A fin de impresionar a los romanos con su importancia, Tosutigus había ordenado que todos los hombres y muchachos se apostaran en las murallas. El cabecilla creía que serían una exhibición de fuerza.

El escuadrón romano se detuvo frente a las puertas. Los legionarios alzaron la vista para contemplar con curiosidad las elevadas murallas de la duna. El hombre que Tosutigus había visto cabalgar al frente a la columna desmontó y pareció buscar los puntos débiles de las defensas.

Éste era el momento crucial de su plan. Tosutigus bajó del baluarte y ordenó:

—Abrid las puertas.

Su encuentro con los romanos no transcurrió tal como él había previsto, aunque lo había ensayado muchas veces. Se inició cuando Tosutigus fue solo a su encuentro, lenta y sosegadamente, por el sendero que bajaba desde la duna. Al llegar al pie de la colina, se encontró frente a frente con el oficial romano a quien había visto desmontar y que ahora le miraba con expresión dura y severa. El cabecilla observó su mandíbula recia y cuadrada, su nariz aguileña y sus ojos castaños e inteligentes, que en aquel momento aparecían inexpresivos. Durante unos segundos, el joven celta titubeó, luego, tal como había planeado, abrió los brazos en un gesto amistoso y exclamó en latín:

—¡Bienvenido! Soy Tosutigus, señor de Sarum; y aliado de Roma.

Vespasiano, que había dirigido él mismo el vexillation, lo miró con frialdad, y no dijo nada. La duna no le había impresionado, pero si el joven no deseaba luchar, eso les ahorraría tiempo. El caudillo romano se proponía unirse al resto de la legión al día siguiente.

—Hablas latín —dijo al cabo de unos momentos.

—Al igual que mi padre y mi abuelo —se apresuró a contestar Tosutigus—. Mi abuela (en realidad era su bisabuela, pero así sonaba mejor) era una princesa de los Atrebates, amigos de Roma.

Vespasiano asintió con la cabeza. Lo comprendía. Ese joven con su pequeño fuerte deseaba congraciarse con él. No tenía importancia si sentía simpatía por Roma o no, pero el legado no le desanimaría, siempre y cuando no le hiciera perder tiempo.

—Ordena a tus hombres que evacúen el fuerte —dijo secamente.

Tosutigus había confiado obtener una respuesta más alentadora; sin embargo indicó a los hombres apostados en las murallas que bajaran.

—¿Hay druidas aquí? —preguntó el romano a continuación.

—Había uno. Pero lo eché —contestó Tosutigus sinceramente.

Vespasiano observó el paisaje que le rodeaba. Ni Sarum, ni Tosutigus ni su duna le interesaban lo más mínimo. Había viajado tierra adentro porque había oído decir que en las tierras altas existía un templo que probablemente constituía un centro de culto de los druidas. Comoquiera que el legado romano estaba decidido a eliminar a esos sacerdotes de la isla, había decidido efectuar un rodeo para contemplarlo con sus propios ojos, antes de proseguir hacia el oeste y conquistar los principales fuertes de los Durotriges.

—¿Dónde se halla el templo de piedra?

—En el norte. A poca distancia de aquí —respondió Tosutigus—. Está abandonado —añadió.

—Llévame allí —le ordenó Vespasiano.

En el breve trayecto realizado por el grupito de hombres —pues Vespasiano se hizo acompañar tan sólo por Tosutigus y los dos escoltas— se decidió la suerte del joven cabecilla. Cuando partieron de la duna, el celta ya había descubierto la identidad del romano de semblante pétreo, y ansiaba impresionarle.

Tosutigus montaba su mejor caballo, un zaino. Estaba orgulloso de sus caballos: sin ser grandes, eran unos animales fuertes de testuz ancha, muy adecuados para el terreno agreste de la isla. A Vespasiano, que había visto los caballos más veloces y elegantes que Persia o África podían enviar a Roma, le parecieron unos animales torpes de huesos demasiado grandes; pero Tosutigus no podía adivinarlo. Siguiendo una antigua tradición de su pueblo, el cabecilla había mezclado hojas de tejo en el pienso del caballo para hacer que su pelo reluciera; y montado sobre el espléndido animal, cuya brida y bocado estaban decorados en oro, Tosutigus ofrecía una hermosa estampa. El romano cabalgaba junto a él sobre un caballo rucio; era un animal de temperamento apacible, y el comandante no lucía ningún adorno, pero la empuñadura de su corta espada golpeaba su peto de bronce mientras avanzaba.

Se había levantado una brisa húmeda y grises nubarrones se deslizaban sobre el paisaje. Los rebaños de pequeñas ovejas pardas, que no habían podido ser trasladados a la duna, pastaban sin vigilancia en las colinas. Los reducidos campos de cereales de las laderas, aparecían desiertos, y las pocas granjas ante las cuales los jinetes pasaron, compuestas de varios edificios circulares techados con paja y de corrales vallados con juncos, estaban en silencio.

Pese a que no había alma a la vista, Tosutigus contempló con orgullo el campo que les rodeaba.

—Es una buena tierra —comentó.

Vespasiano asintió con la cabeza y aire abstraído. Lo era, y ya había decidido cómo utilizar ese fértil y despoblado territorio.

—¿Este lugar te pertenece? —inquirió.

—Siempre ha estado en manos de mi familia —respondió el celta, indicando todo el paisaje con un ademán—. La serranía es nuestra, así como las comarcas del suroeste, hacia donde habitan los Durotriges. Nuestra casa está en el valle —agregó.

En circunstancias normales la casa solariega no era la duna sino una finca modesta y confortable situada a pocos kilómetros al norte; era de mayor extensión que las granjas que acababan de ver y, como ellas, estaba vallada. Constaba de dos viviendas circulares de unos diez metros de diámetro con el techo de paja, en las que vivía la familia, una docena de cabañas y cobertizos y un pequeño santuario erigido a Nodens donde la familia veneraba al dios. Desde que los bisabuelos habían abandonado su residencia en la ventosa duna, la familia de Tosutigus se sentía satisfecha de su granja y sus hermosas vistas del valle y el río, y llevaba un modesto estilo de vida típico de muchos nobles celtas que habitaban en aquellos tiempos en la isla.

Pasaron ante numerosos túmulos, todos cubiertos de hierba áspera y gruesa, y el romano los contempló con escaso interés.

—Son las tumbas de mis antepasados —le informó Tosutigus.

Confiaba en que el legado comprendería que él era un personaje importante, pero no estaba seguro de ello.

Cuando llegaron a Stonehenge, Vespasiano observó con curiosidad el gigantesco y deteriorado círculo de piedra. Era evidente que este templo no era utilizado de forma regular.

—¿Acuden los druidas aquí?

Tosutigus denegó con la cabeza.

—Lo utilizaban en tiempos de mi padre, pero no con frecuencia. Los druidas se han marchado.

—¿Practicaban sacrificios humanos?

El joven cabecilla dudó. Conocía bien la opinión que esta práctica merecía a los romanos, y aunque era leal a Nodens y a los otros dioses celtas, buena parte de las antiguas costumbres celtas le repugnaban. Lo cierto era que hacía diez años, a raíz de una mala cosecha, un grupo de druidas había sacrificado a un niño en el henge, pero desde entonces no habían llevado a cabo más sacrificios.

—Anteriormente, sí —respondió Tosutigus.

El rostro del romano expresó disgusto.

—Los druidas se encuentran sobre todo hacia el norte —explicó Tosutigus—, en las tierras de los Durotriges. Apenas celebran sus ritos en los henges, sino que lo hacen en los claros del bosque. —Era la verdad y el joven cabecilla confiaba en que satisficiera a Vespasiano.

—Si aparecen por aquí unos druidas, envíamelos encadenados —le ordenó Vespasiano.

—Como gustes.

Tosutigus no sentía un cariño especial por los druidas y sabía que cuando los romanos gobernaran la isla, no tardarían en exterminarlos. Los druidas no influían en sus propósitos. Miró al joven e impasible legado para comprobar si había conseguido causarle una buena impresión, pero el inexpresivo rostro del romano no dejaba entrever nada.

De hecho, desde el primer momento en que Tosutigus había bajado de la duna, Vespasiano había adivinado lo que era: un joven cabecilla provincial, confiado y ambicioso, carente de poder real. Vespasiano conocía el poder mejor que la mayoría de los hombres, y comprendió enseguida que Tosutigus no tenía nada que ofrecer salvo un insignificante fuerte que ya había entregado. Pero le divirtió observar cómo el joven cabecilla montado en su espléndido corcel trataba de impresionarle con su latín deficiente, plagado de faltas gramaticales. De modo que mientras regresaban a la duna, el legado se volvió de repente hacia el celta y preguntó de sopetón:

—¿Qué pretendes obtener de Roma, Tosutigus?

El joven se quedó sorprendido. No esperaba que el romano abordará el asunto de forma tan directa, pero recobró de inmediato la compostura. ¿No era ésta la oportunidad que llevaba esperando desde hacía tantos meses? Sin duda lo era, y él estaba preparado para responder.

—Deseo ser un gobernante tributario, y un ciudadano romano.

Tosutigus pudo haber añadido «y también un senador», pues era sabido que algunos reyes tributarios del imperio habían recibido este honor y se paseaban por las calles de Roma ataviados con sus togas elegantemente ribeteadas y eran tratados como iguales por los personajes más insignes del imperio. No existía nada que el celta ambicionara más.

—¿Deseas ser un rey tributario? —Vespasiano miró a Tosutigus por el rabillo del ojo, preguntándose: ¿hasta dónde llega la vanidad y la ambición de este estúpido joven?—. ¿Qué más deseas?

Pensando que había conseguido impresionarle, Tosutigus continuó afanosamente:

—Dame el puerto que los Durotriges robaron a mi familia; sé cómo gestionarlo de forma provechosa.

Ésta afirmación era cierta; pero al legado no le interesaba, pues intuía que el celta ardía en deseos de pedir más. Sin dejar que Tosutigus adivinara que sus preguntas no eran más que una forma de burlarse de él, el romano inquirió con fingida seriedad:

—¿Y qué más?

Tosutigus se detuvo.

Durante muchos meses había pergeñado sus ambiciosos proyectos; incluso había ensayado la forma de abordar el tema ante el gobernador; y ahora, seducido por lo que interpretó como un profundo interés por parte del legado hacia él —ese legado que se disponía a destruir a los poderosos Durotriges y que sin duda gozaba del favor del gobernador—, el joven cabecilla dejó a un lado toda cautela. «He aquí mi momento —se dijo—; ha llegado antes de lo que imaginé». Había confiado en exponer su plan al gobernador, siempre y cuando tuviera ocasión de hacerlo; pero cayó en la cuenta de que debía tratar de conquistar la simpatía de ese comandante de la Legión que iba a destruir a los Durotriges, pues seguramente constituía el único medio de llegar al gobernador.

Despacio, Tosutigus extrajo del interior de su jubón un pergamino. Se trataba de una carta dirigida al gobernador Aulus Plautius, y era el resultado de incesantes noches dedicadas a redactarla en secreto. Constituía el plan que había concebido el cabecilla para lograr que Sarum recobrara su grandeza.

La carta no estaba aún sellada.

—Léela —dijo con orgullo.

Vespasiano la leyó, al principio entre fastidiado y divertido, y luego con asombro. Ante él, en latín y con una caligrafía que habría hecho que un escolar romano se echara a reír, aparecía expuesto el ambicioso proyecto de Tosutigus, para reorganizar el suroeste de la isla en beneficio propio. Despojado de las fervientes expresiones de devoción y los ridículos halagos, el contenido de la carta decía: Tosutigus es leal a Roma; concédele todas las tierras de los Durotriges para que él las gobierne y jamás te arrepentirás de esta decisión.

—Los Durotriges odian a los romanos —se apresuró a explicar Tosutigus—. Lucharán hasta la muerte, pero cuando los hayas conquistado, ninguno de sus cabecillas te serán leales y no te causarán más que problemas. O bien tendrás que guarnecer todo el territorio, lo cual es costoso, o matarlos a todos ellos y dejar detrás de ti un desierto. Pero yo soy celta —continuó el cabecilla—. Comprendo a esos Durotriges y sus costumbres, y soy leal a Roma. Yo podría administrar sus tierras como vasallo vuestro, o cuando menos algunas de sus tierras —añadió confiado.

¡De modo que eso era lo que pretendía! Incluso Vespasiano se sorprendió de lo ambicioso del sueño de este necio joven, si bien tuvo que reconocer que contenía cierta lógica. Pero ese plan forjado por un muchacho inexperto era de todo punto inviable. Si los Durotriges se mostraban demasiado orgullosos para someterse a Roma, aún era menos probable que aceptaran como rey a este desconocido cabecilla que había entregado su propio fuerte. La idea era absurda.

En su fuero interno, Tosutigus lo sabía también; pero merecía la pena intentarlo. Los invasores romanos, se dijo, poco conocedores de aquella tierra, quizá se sintieran atraídos por la perspectiva de poder gobernar sin dificultad aquella zona conflictiva. El joven celta ignoraba la meticulosidad y rigurosa atención al detalle de la administración imperial. Sin embargo, ese plan era el único medio que tenía Tosutigus para vengar a su familia por los años de indignidad que había padecido bajo la dominación de los Durotriges y para restituir a Sarum su antiguo esplendor.

Vespasiano vio todo esto con meridiana claridad, pero su rostro permaneció impasible.

—Transmitiré tu carta al gobernador —declaró con aire solemne.

Ya había decidido cómo utilizar a aquel joven y estúpido celta, y expuso astutamente el tema que le interesaba.

—Si deseas ser un rey tributario, no sólo tendrás que complacer al gobernador —dijo—. Deberás demostrar tu lealtad al mismo emperador. A Claudio le impresionan los hechos, no las palabras.

Tosutigus estaba sobre ascuas. Tenía la sensación de que sus negociaciones marchaban aún mejor de lo que se había atrevido a esperar.

Vespasiano sabía muy bien lo que Claudio quería de su nueva provincia. Antes de partir de la isla, el emperador cojo había expuesto con toda claridad sus deseos:

—Ilustres romanos —había dicho a Aulus Plautius y a los legados que se encontraban en la tienda de campaña del gobernador—, tened presente que confío en que esta conquista me resulte personalmente provechosa.

Ningún comandante ambicioso cometería la estupidez de olvidar ese comentario, y cuando Vespasiano contempló las ondulantes tierras del joven e insignificante cabecilla, vio llegada su gran oportunidad.

—Debes congraciarte con el emperador, e impresionarle —aseguró a su compañero con gran seriedad.

Tosutigus cayó de inmediato en la trampa.

—¿Pero cómo?

Vespasiano fingió estupor.

—Pues regalándole unas tierras. Tienes muchas, y él posee menos de las que imaginas.

Tosutigus arrugó el ceño, preocupado. No había pretendido que la conversación tomara esos derroteros. Sabía que en otras partes de la isla, antes de que comenzara la conquista, los cabecillas celtas habían ofrecido regalos al emperador romano y que a cambio habían recibido honores y contratos lucrativos. Pero él se resistía a ceder una parte de su patrimonio, el cual había mermado mucho en las últimas generaciones.

—¿Cuántas tierras debo regalarle? —preguntó.

—El emperador no querrá los terrenos en los que está ubicada tu propiedad, puedes quedarte con ellos —repuso Vespasiano—. Pero podrías cederle la parte de la serranía y las tierras que posees en el suroeste, hacia donde viven los Durotriges.

—Pero… —Tosutigus no salía de su asombro—. ¡Eso equivale a tres cuartas partes de las tierras que poseo!

Vespasiano lo miró con expresión pétrea.

—Le pides que te convierta en rey. Es un precio muy pequeño para lo que deseas.

«Pero —pensó Tosutigus— quizá no consiga lo que deseo; y habré regalado todas mis tierras a un emperador que probablemente no veré jamás».

—¿Y si me niego?

Vespasiano lo miró impávido.

—Puede que las pierdas de todos modos —comentó en tono afable.

La amenaza era obvia. Si el romano decidía arrebatarle sus tierras,Tosutigus no podría hacer nada para impedirlo. Los Durotriges no se meterían en líos para favorecerle a él, pues Tosutigus había roto su promesa y había entregado la duna. Y para los belgas del este el joven cabecilla no significaba nada; los Atrebates habían olvidado que existía siquiera. Enfrentado con la dura realidad y con el inmenso poder de Vespasiano, Tosutigus comprendió —al tiempo que notaba un sudor frío en todo su cuerpo— la increíble locura de su plan y lo débil de su posición. No tenía opciones; estaba indefenso. Incluso les había abierto las puertas del fuerte, la única baza con que contaba.

Pero al analizar la cuestión, Tosutigus también se equivocaba: Vespasiano no tenía el menor deseo de conquistar Sarum. Si lo hacía, el territorio caería automáticamente bajo el control de los militares, y quizá tuvieran que establecer una pequeña guarnición en un lugar poco conveniente. Sin embargo, en la ondulada meseta, se dijo al contemplar el maravilloso paisaje, se hallaban valiosos terrenos que a Claudio le satisfaría poseer para su uso personal y el de su familia, unos terrenos que, por lo demás, ninguna poderosa tribu reclamaría. El legado no estaba dispuesto a dejar escapar la oportunidad de complacer al emperador. Lo único que necesitaba era un documento legal y firmado, en el que constara que dichos terrenos eran un regalo personal del dueño de los mismos a Claudio: así era como se hacían esas cosas. Pero Tosutigus desconocía los pormenores de la administración imperial y los tecnicismos legales. No comprendía que la cesión sólo beneficiaría a Vespasiano ante los ojos del emperador, y que ese documento sería utilizado más tarde por el astuto burócrata militar para persuadir a otros cabecillas para que siguieran su ejemplo.

De hecho, Vespasiano se habría sentido satisfecho con la mitad de las tierras que pedía, a cambio de las cuales Tosutigus debía haber exigido como mínimo la ciudadanía romana.

Pero Tosutigus había recibido una fuerte impresión, y estaba aterrorizado.

—Al parecer no tengo elección —murmuró, y a partir de ese momento ambos hombres siguieron cabalgando en silencio a través de la serranía.

Al llegar a la duna, ante la mirada perpleja de Numex y sus hombres, Vespasiano se apresuró a dictar un documento al centurión, quien hizo las veces de escriba. Cuando éste hubo terminado, el romano invitó a Tosutigus a que lo firmara. El documento decía así:

Yo, Tosutigus, cabecilla hereditario y aliado de Roma, y en presencia del legado Vespasiano, cedo a Claudio Nerón Germánico, divino emperador de Roma, todas las tierras que me pertenecían en la serranía y al suroeste del templo de piedra.

Era un documento algo tosco, pero de momento bastaría. Más tarde redactarían otro más detallado y formal. De golpe al legado se le ocurrió una idea.

—Debemos poner un nombre a este lugar. ¿Cómo llamáis a este fuerte?

—La duna —respondió Tosutigus.

—¿Y al río qué nombre le dais?

—Afon. —Era una palabra celta que significaba río.

—¿Avon? —El legado meneó la cabeza. Ese sonido no le gustaba—. Sorvio —dijo al cabo de unos instantes—. Significa un río que fluye lentamente. Lo llamaremos Sorviodunum.

60 d. C.

Porteus pensó, mientras caía la noche, que las olas que rompían sobre la rocosa costa galesa tenían un sonido melancólico. Pero quizá se debiera a su estado de ánimo.

El viento áspero y salado había hallado un espacio por el que colarse a través de los faldones de la tienda de campaña e irrumpió en su interior, haciendo que la lámpara de aceite oscilara con violencia. Pero el romano de rostro rasurado que se hallaba sentado en un taburete junto a la puerta no permitió que esta interrupción le distrajera. Se pasó la mano por su rebelde mata de pelo negro y rizado —jamás había conseguido en sus veintiún años dominarla del todo—, y escribió en un nuevo pergamino, pausada y minuciosamente, los peligrosos pensamientos que venían inquietándole desde hacía unos meses.

Personalmente, estimado padre, creo que estamos administrando la isla francamente mal y que nos veremos en dificultades. La culpa la tiene el gobernador.

Tras escribir esas palabras, el joven se detuvo. ¿Era prudente expresar esas ideas en una carta que viajaría hasta la propiedad de su familia en el sureste de la Galia, y que unos espías podían abrir fácilmente?

El joven pertenecía al séquito del gobernador, gracias a la influencia de su futuro suegro. ¿Le acusarían de traición? Porteus sacudió la cabeza con tristeza, dejó el pergamino a un lado y reanudó la redacción, menos comprometida, de la carta que había comenzado antes.

Hace dos días, querido padre, exterminamos a los últimos druidas. Te aseguro que fue una operación muy extraña. Ellos y sus seguidores se habían reunido en una pequeña isla llamada Mona, frente al extremo de la costa occidental de Britania, más allá del territorio de la tribu de los Deceanglos, contra los que combatimos recientemente.

El gobernador estaba decidido a aplastarlos, de modo que nos dispusimos a atravesar el estrecho con toda la XIV Legión y buena parte de la XX.

A lo largo de la orilla opuesta ardían varias hogueras, y entre el crepitar del fuego, los gritos que proferían los druidas y el estruendo de las olas, nuestras tropas vacilaron unos momentos. Pero enseguida se rehicieron. La infantería atravesó el estrecho en unos botes y los que íbamos montados lo cruzamos a nado con nuestros caballos; cuando llegamos a la orilla comprobamos que no había sido tan duro. Los druidas lucharon valerosamente, pero al fin tuvieron que rendirse y nosotros sufrimos pocas bajas.

Porteus apoyó la mano en la mesa. Su padre podría leerles esta misiva sin que su madre y sus dos hermanas se sobresaltaran. La realidad había sido bien distinta.

No había sido el cielo encapotado ni las gigantescas olas, ni las hogueras que ardían a lo largo de la costa lo que había hecho vacilar a los legionarios; no había sido la barahúnda que producían los guerreros nativos al golpear sus largos escudos con sus lanzas, ni las maldiciones de los dioses celtas que los druidas ataviados con sus largas túnicas lanzaban a través de las aguas; ni siquiera el espectáculo de los cuerpos desnudos destinados al sacrificio que los druidas arrojaban a las feroces llamas.

Habían sido las mujeres.

Éstas constituían una visión terrorífica: se hallaban de pie delante de los hombres, semidesnudas pero pintadas de brillantes colores y armadas hasta los dientes, mientras el viento agitaba sus largas cabelleras. Blandían cuchillos y lanzas, bailaban y gesticulaban como posesas; y —esto fue lo peor— no cesaban de proferir un agudo y siniestro grito de guerra, una y otra vez, que llegaba a través de las aguas como un terrible y fantasmagórico sonido. Porteus jamás había oído un grito semejante, y le producía escalofríos.

Un murmullo se alzó entre los soldados.

—Son las Furias —dijeron. Y durante unos momentos Porteus creyó que se negarían a luchar, hasta que un avezado centurión gritó en son de burla:

—¿Acaso les tenéis miedo a las mujeres?

El comentario tuvo el efecto deseado: los soldados recobraron la compostura y se dispusieron a atacar.

La batalla fue más cruenta de cuanto pudo haber imaginado el joven legionario. La disciplinada formación romana se abrió paso sin dificultad a golpes de espada a través de las hordas nativas. Hombres, sacerdotes y mujeres fueron aniquilados por las espadas cortas y anchas de los romanos, que procedían con una ferocidad que Porteus ansiaba olvidar. La orilla quedó cubierta de cadáveres, y el agua teñida de rojo. Después del combate Porteus vio cómo dos viejos druidas desdentados, con sus largas túnicas grises hechas jirones, eran atados juntos y arrojados, sin dejar de proferir sus inútiles maldiciones, a una de las jaulas de madera que utilizaban para los sacrificios y a la que los romanos prendieron fuego.

—Es lo que hacen a sus propias gentes —gritó un soldado.

Porteus sabía que eso no era cierto: los sacerdotes celtas sólo sometían a esta muerte tan cruel a los criminales; pero uno no se ponía a discutir con los soldados después de una victoria, y los dos ancianos fueron sometidos a una muerte atroz mientras los romanos se reían.

—¡Fijaos cómo se fríen! —gritaban.

Porteus reanudó su carta, prefiriendo borrar aquellas escenas de su mente.

Creo que el gobernador se propone regresar dentro de unos días a la nueva población llamada Londinium, y seguramente te escribiré desde allí.

El joven estaba cansado; había llegado el momento de concluir la carta.

Me siento muy agradecido, queridos padres, de que Graccus el senador, a quien pronto llamaré suegro, haya hecho posible que yo vea estas cosas, y confío en lograr distinguirme de alguna forma.

En cuando a mi querida Lydia, pienso en ella todo el tiempo, y cuento los días que faltan para reunirme de nuevo con ella en la ciudad imperial.

Vuestro hijo,

Cayo Porteus Maximus.

Porteus suspiró. Lydia…, ¿cuándo volvería a verla? Dentro de un año, quizá. Pensó en ella como hacía a menudo, y la recordó sonriente y riéndose con él: al joven le parecía un lejano rayo de sol en aquel frío lugar del norte.

El que estuviera comprometido con ella se debía a una circunstancia extraordinaria. Lydia era la tercera hija de Graccus, un poderoso senador de una familia antiquísima; mientras que Porteus provenía de la nobleza provinciana, perteneciente a la segunda orden ecuestre de la sociedad romana. Era un rango respetable, que le daba derecho a elegir una carrera civil o militar y tratar de ocupar un cargo elevado, pero no constituía precisamente un buen partido para la hija de un gran aristócrata. Normalmente no se hubieran conocido; pero por una feliz casualidad —un primo lejano, magistrado en Roma, había llevado a Porteus a casa del senador— el joven había conocido a la muchacha y ambos se habían enamorado al instante. En tales circunstancias, era de esperar que un muchacho como Porteus fuera, por su arrogancia, arrojado de casa del senador, sin malos modos, pero con firmeza y de forma permanente; y eso fue exactamente lo que Graccus trató de hacer. Pero Lydia se había enamorado, cosa que una joven romana de buena familia no debía hacer. No cesó de protestar y gemir; y al cabo de un mes su padre, que tenía dos hijos varones y otras dos hijas en quienes pensar, estaba harto del asunto y claudicó.

—No hay nada en contra del joven Porteus —le recordó la madre de la muchacha.

—Ni tampoco a su favor —contestó irritado el corpulento senador de pelo gris. Lo cual era cierto.

El joven Porteus alimentaba vagas aspiraciones de hacer una carrera literaria, pero éstas sólo se basaban en algo tan endeble como unos ingenuos epigramas que había distribuido entre sus amigos y que a Lydia le habían parecido maravillosos. Las rentas de las propiedades en el sur de la Galia bastaban para sostener la modesta posición social de la familia, pero nada más; y aunque el padre de Porteus le había animado a que estudiara derecho para ejercer la abogacía, hasta la fecha su carrera en Roma no había sido muy lucida.

—La hija de un Graccus no se casa con una nulidad —había rezongado el senador—. Supongo que tendremos que hacer algo con él.

La solución que se le ocurrió era sensata desde todos los puntos de vista. Graccus utilizó su influencia con Suetonius, el nuevo gobernador de Britania, para que el joven pasara a formar parte del séquito personal de éste durante tres años.

—Dale al joven Porteus la oportunidad de distinguirse o de morir —dijo el senador al hosco general—. Me da lo mismo una cosa que otra.

Era una excelente oportunidad. El cohors amicorum de un personaje como Suetonius estaba formado por el grupo informal de colaboradores que le rodeaba y al que a menudo pertenecían jóvenes de familia aristocrática que se preparaban para cosas más grandes. Así que al unirse a este grupo de élite Porteus tendría muchas ocasiones de entablar amistad con gente importante y averiguar los entresijos de la administración romana. Si el gobernador quería, podía asignarle un puesto temporal en la nueva provincia, y una vez que hubiera cumplido su labor allí el joven miembro de la orden ecuestre estaría dispuesto para ocupar cargos importantes en el futuro. Cuando Porteus se hallara preparado para el éxito, Graccus podría ayudarle a emprender una carrera digna de un miembro de su familia. Entretanto, al menos estaría lejos de Roma.

—Con suerte Lydia se olvidará de él durante ese período de ausencia —confió el senador a su esposa—. Nuestra hija tiene ahora trece años, pero dentro de dos no será demasiado tarde para buscarle un marido.

—Estoy segura de que Porteus desempeñará su trabajo de un modo sobresaliente, y que hará que nos sintamos orgullosos de él —respondió su esposa.

El senador advirtió a Porteus con severidad:

—Estás comprometido en matrimonio con Lydia. Si deseas casarte con ella, procura sacar el máximo partido de esta oportunidad. Si fracasas, no quiero volver a verte.

Era, a fin de cuentas, un trato generoso el que le ofrecía el senador: pues el gobernador de Britania era un hombre importante.

Gayo Suetonius Paulinus era un soldado pomposo, rubicundo y quisquilloso que se había distinguido en varias campañas, sobre todo en la provincia de Mauritania, donde, como legado pretoriano, había realizado la proeza de atravesar los imponentes montes Atlas. La guerra y las montañas eran lo que conocía mejor y tan pronto como llegó a la provincia insular se dispuso a ir al encuentro de ambas cosas.

Su influencia en Roma era considerable: era un favorito del emperador Nerón.

El desdichado Claudio había muerto, envenenado hacía seis años por su esposa. Él mismo había tenido la culpa: ella era joven y el emperador, aparte de cojo, era un hombre de edad avanzada; su mujer tenía de otro matrimonio un hijo adolescente para quien ambicionaba grandes cosas y había persuadido a Claudio para que le nombrara su sucesor. Cuando lo hubo conseguido, el anciano emperador ya no le resultaba útil. Claudio habría debido darse cuenta y ponerse en guardia, pero se había vuelto estúpido; peor que eso, estaba enamorado de su cruel y joven esposa. De modo que ésta lo envenenó, y el joven Nerón se convirtió en el nuevo emperador.

Nerón era de carácter inestable, aunque inteligente. Una vez que ciñó la corona de emperador, asesinó a la madre que le había procurado el trono y se dispuso a gobernar a su manera. Pronto quedó claro que lo que más le gustaba era subirse a un escenario, y con sus grotescas y procaces actuaciones consiguió escandalizar al Senado más que el pobre y tartajeante Claudio. Con todo, entre sus favoritos había hombres de auténtico mérito: Séneca el filósofo era uno de ellos; Suetonius el soldado era otro.

Suetonius era un excelente comandante y había reunido en derredor suyo a un grupo de hombres de gran talento. Entre éstos se contaba Agrícola, el tribuno militar de mirada perspicaz y facciones duras que había demostrado ya sus dotes de gran caudillo; y Marcus Marcellinus, el líder de este joven grupo. El semblante de Marcus constituía un cuadrado casi perfecto; poseía rasgos pronunciados y simétricos, una nariz aguileña y unos hermosos ojos negros, sobre los cuales se unían las cejas. Tenía veinticuatro años, pero mostraba el talante de un hombre de treinta y había llevado a cabo con éxito varias misiones civiles y militares. Era evidente que los soldados e incluso Suetonius le respetaban y que algún día seguiría la distinguida trayectoria de Agrícola, mayor que él, e incluso quizá la de Suetonius. Marcus era alto y de complexión robusta y Porteus se sentía intimidado por él.

Al principio la vida no había sido fácil para Porteus. El gobernador le había aceptado con resignación, pues el joven no poseía ni grandes atributos ni una familia importante que lo hicieran encomiable ante sus jóvenes colaboradores. Fue Marcus quien, después de un mes de vanos esfuerzos por parte de Porteus para integrarse en el pequeño grupo, había decidido ayudarle.

—Ya es hora de que acojamos entre nosotros al joven Porteus —anunció a los demás—. El pobre chico se está esforzando y no hay nada en contra de él. Debemos darle una oportunidad.

A partir de ese momento la vida le resultó más fácil a Porteus. Suetonius, que no le había hecho el menor caso mientras se instalaban en su campamento temporal en la ventosa colonia oriental de Camulodunum, vio que los jóvenes oficiales le trataban con afabilidad y empezó a asignarle pequeñas tareas. Pese a su conocido mal genio, Suetonius no encontró nada de qué quejarse en el comportamiento del joven: era diligente, estaba dispuesto a aprender y no era particularmente estúpido.

—Aún tiene que demostrar su valía en una batalla —comentó Suetonius a los legados una noche mientras charlaban a la hora de la cena—, pero podría ser peor.

Y los legados comprendieron que, viniendo del gobernador, ese comentario podía considerarse casi un elogio.

—¿Cómo llegó hasta aquí? —se atrevió a preguntar uno de ellos.

—Tuve que complacer a su suegro, el senador Graccus —repuso Suetonius con franqueza—. Habría sido estúpido negar un favor a un hombre que siempre puede echarte una mano en Roma. Su hija va a casarse con el joven Porteus, aunque no me explico por qué.

¡Lydia! Mientras contemplaba la oscuridad desde la parte de la tienda de campaña que le correspondía, Porteus se puso a pensar en su futura esposa. La imagen que se le apareció de inmediato era la misma de siempre: una visión que estaba grabada a perpetuidad en su memoria, el primer y mágico momento en que la había visto. La muchacha atravesaba el pequeño jardín de la casa de su padre en Roma y no se había percatado de la presencia de él. Era el día de su decimotercer cumpleaños: llevaba el largo pelo castaño recogido en unas trenzas enrolladas alrededor de la cabeza, según la moda de aquel año, y un sencillo vestido de lino blanco, ceñido en la cintura. Al pasar ante la pequeña fuente situada en el centro del jardín, el sol la iluminó de forma que la silueta de su figura desnuda se dejó entrever a través del sutil tejido del vestido, y Porteus contempló, asombrado, el firme contorno de su cuerpo y sus juveniles y tersos senos, que casi habían alcanzado su plenitud. Fue una visión que él jamás debió vislumbrar, pues las muchachas de buena familia como Lydia permanecían púdicamente recluidas hasta que se desposaban, pero Porteus se enamoró de ella al instante. A sus trece años Lydia estaba ya en edad casadera y, según averiguó Porteus, aún no se había prometido con ningún joven. Lydia poseía un maravilloso rostro ovalado, unos grandes ojos castaños y el cutis de ese tono oliváceo pálido que suele permanecer impecable durante toda una vida. Era perfecta. Al poco tiempo los dos jóvenes comprobaron que se sentían a gusto en su mutua compañía. Lydia era joven, inocente, con un carácter voluntarioso. A él le divertían sus repentinos e infantiles arrebatos de mal genio, seguidos por carcajadas y una sonrisa radiante. Y a la muchacha le parecía que su joven y rendido enamorado era el hombre más inteligente del mundo. Lo cual resultaba muy halagador.

Porteus emitió un suspiro. A menudo, durante los solitarios meses pasados en la fría provincia septentrional, el joven se abstraía en su ensueño favorito, imaginando el día su boda. Ésta se celebraría dentro de dos años, y para entonces Lydia se habría convertido en una bellísima mujer. Porteus lo vio con toda claridad: la comitiva aguardando a la luz de las antorchas frente a la casa de Graccus y entonando el himno de boda: «Himeneo, oh himeneo, himeneo», mientras que en el interior, oculta a la vista de los curiosos en el templo de la familia, Lydia dedicaba sus juguetes infantiles a los dioses de la casa, los lares; luego, de acuerdo con la costumbre romana, se quitaría por última vez sus ropas infantiles y las sirvientas de su madre la ayudarían a ponerse el traje de novia largo y blanco y el espléndido velo color azafrán con el que toda muchacha romana de buena familia se casaba. Porteus lo vio todo. Las sirvientas la peinarían al estilo de las vírgenes vestales, de modo que sobre cada una de sus mejillas cayeran tres bucles perfectos. ¡Ah, cuánto anhelaba él acariciarle el cabello y sepultar su rostro en aquella larga y fragante melena!

Entonces la comitiva avanzaría a la luz de las antorchas a través de las calles hasta la casa del novio, donde la novia colocaría unas tiras de madera en las jambas de la puerta y la untaría con aceite antes de que él traspusiera el umbral con ella en brazos mientras los convidados gritaban «¡Talassio!», y sus jóvenes amigos pronunciaban unas frases aún más libidinosas entre las risas de los asistentes.

Ésos eran los pensamientos más preciados de Porteus.

Pero de golpe sus sueños se vieron interrumpidos por una ráfaga de viento que penetró a través de los faldones de la tienda y Marcus asomó la cabeza.

—¿Estás escribiendo cartas de amor? —El joven aristócrata sonrió amistosamente.

—No. Refiero a mis padres nuestra victoria.

Marcus asintió con la cabeza.

—Me temo que no es un asunto agradable, pero en todo caso necesario. A propósito —añadió Marcus sonriendo con afabilidad—, el gobernador opina que demostraste un gran valor cuando atravesamos las montañas. ¡Cree que te convertirás en un excelente soldado!

Porteus no pudo por menos de sonreír de gozo. Era un comentario muy halagador.

—He decidido explorar mañana el oeste de la isla —prosiguió Marcus—. He pensado que te gustaría acompañarme, por si se produce alguna escaramuza.

—Por supuesto. —Porteus no creía que hubiera hecho nada extraordinario durante la batalla, pero el mensaje que le había transmitido Marcus era inconfundible: lo habían aceptado.

Marcus miró a Porteus. Un joven agradable, pensó: buen material. Pero ¿cómo en nombre de todos los dioses había logrado comprometerse en matrimonio con la hija de un personaje importante como Graccus? Tal vez la muchacha tuviera algún defecto.

—¿Cómo es tu novia, esa Lydia? —preguntó.

—Te lo mostraré —repuso Porteus, satisfecho de tener otra oportunidad de impresionar a su mentor; y extrajo con orgullo una miniatura que había ocultado entre sus papeles. En silencio, entregó la pequeña pintura al aristócrata.

No era mayor que la palma de la mano de un hombre, pero era una obra exquisita y guardaba un asombroso parecido con la muchacha. Marcus la contempló asombrado.

—Es muy bella —dijo.

—Lo es —respondió Porteus con entusiasmo—. Nos casaremos dentro de dos años, cuando yo regrese a Roma, y entonces visitaremos Britania; y si aún estás aquí, te la presentaré.

Durante unos momentos Marcus casi sintió envidia de la sorprendente fortuna de su amigo: la muchacha era preciosa; sería un matrimonio espléndido.

—Será un placer —contestó Marcus con aire pensativo—. Entonces hasta mañana —agregó a modo de despedida.

Tan pronto como su amigo se hubo marchado, Porteus agregó una posdata a su carta para informar a sus padres de la buena opinión que el gobernador tenía de él. Luego permaneció un rato en silencio, enfrascado en sus pensamientos.

Esta vez no pensaba en Lydia, ni siquiera en sí mismo. Sus pensamientos se referían a una cuestión política que venía preocupándole desde hacía mucho. Pues aunque era joven e inexperto, Porteus no tenía un pelo de tonto, y recientemente había aprendido valiosas lecciones sobre el arte de gobernar de los romanos, unas lecciones que le afectaban más profundamente de lo que él hubiera imaginado. Después de darle varias vueltas al asunto, Porteus cogió el pergamino que había desechado antes y escribió lo siguiente:

Querido padre:

Esto debe permanecer, por supuesto, entre nosotros. No hables de ello siquiera con mi madre, pero deseo pedirte que me des tu sabio consejo.

Los problemas a los que me refiero son muchos, pero todos están causados por el hecho de que aunque les exigimos a los isleños que aprendan nuestras costumbres romanas, nosotros no tenemos en cuenta las suyas, y han empezado a odiarnos.

Por ejemplo, hemos construido un hermoso templo dedicado al culto imperial en Camulodunum, en el este, y, como es habitual, varios cabecillas nativos han recibido el honor de ser consagrados sacerdotes. Pero el templo es tan grande, sus ceremonias tan magníficas —y, como sabes, todos estos gastos corren por cuenta de los propios sacerdotes— que el costo de mantenimiento resulta demasiado oneroso para ellos. En vez de inspirarles amor y respeto hacia nuestro emperador, sólo ha servido para que añoren a sus dioses celtas, menos costosos que los nuestros.

Otro ejemplo: hemos variado nuestra política con respecto a los cabecillas. El difunto y divino Claudio, como todo el mundo sabe, era partidario de los reyes feudatarios; pero nuestro actual emperador los detesta y su procurador en la isla, Decianus Catus, sobre quien me advertiste que era un individuo holgazán y codicioso, se ha dedicado a confiscar sus bienes aduciendo que pertenecen al imperio. Como puedes imaginar, los cabecillas están furiosos y dicen que los romanos no cumplimos nuestra palabra. Es cierto, no la hemos cumplido.

Un último ejemplo, tal vez el peor: muchos líderes isleños están muy endeudados con sus acreedores romanos. He oído decir que uno de los mayores acreedores es el filósofo Séneca. No salgo de mi asombro: recuerdo cuando yo era un estudiante con qué admiración estudiábamos su filosofía, la cual nos exhortaba a llevar una vida sencilla, a ser misericordiosos con todos los hombres y a rechazar los bienes materiales. Pues bien, al parecer ha prestado millones de sestercios a los cabecillas nativos, y él y varios importantes financieros han comenzado a alarmarse y les han exigido que les devuelvan todo el dinero que les han prestado. Dado que las autoridades han confiscado los bienes de los dirigentes, éstos no pueden saldar sus deudas y se van a arruinar.

Creo que si pretendemos que esta provincia sea un éxito, no sólo debemos ganar la guerra sino también la paz, y no lo conseguiremos si nadie se fía de nosotros. Pero el gobernador, que es un gran hombre, piensa sólo en realizar operaciones militares en las montañas para acrecentar su reputación entre los otros generales, y el procurador no es más que un canalla. La situación va de mal en peor. En el este, en la tierra de los Trinovantes y los Icenos, las cosas han adquirido un cariz francamente serio.

Tengo entendido que otros miembros de la administración se han percatado de todo esto, pero nadie dice una palabra. Si conocieras a Suetonius, lo comprenderías de inmediato: todos le tienen un miedo cerval, ¡y yo también!

Me gustaría poder hacer algo, pero no sé qué. Aconséjame.

Porteus leyó esta segunda misiva por segunda vez y emitió una exclamación de satisfacción. Le complacían sus frases precisas y epigramáticas; las opiniones expresadas eran sinceras y perspicaces. La cuestión era: ¿se atrevería a enviar esta carta tan peligrosa cuando existía el riesgo de que alguien la abriera, o sería preferible quemarla y no decir nada?

Su ambición le decía que esos problemas no le concernían en absoluto; pero su conciencia no cesaba de aguijonearle, y Porteus se quedó dormido sin haber resuelto la cuestión.

No tuvo que tomar ninguna decisión, pues al amanecer Porteus se despertó cuando Marcus entró en su tienda y le tocó con insistencia el hombro.

—¡Despierta de una vez, Porteus!

Mientras éste trataba de despabilarse vio que el joven aristócrata le observaba con expresión grave.

—¿Qué ocurre? —inquirió Porteus.

—Es la guerra, amigo mío. Los Icenos se han sublevado.

Ya no era necesario que Porteus enviara la carta a su padre: era demasiado tarde; y como no tardó en comprobar, la revuelta era mucho peor de cuanto había imaginado.

El procurador tenía la culpa: el rey Prasutagus, de la orgullosa tribu de los Icenos, emplazada en el este de la isla, había fallecido recientemente dejando a su viuda y dos hijas al cuidado del emperador; pero en lugar de protegerlas, Decianus Catus se había incautado inmediatamente de la mayor parte de sus bienes, y cuando los Icenos protestaron las tropas romanas irrumpieron en su territorio.

Era una situación potencialmente explosiva, creada por la codicia y estupidez de un burócrata mediocre y un gobernador poco sensible a los problemas de los nativos britanos. De haber habido un administrador más sensato y tolerante en la región para apaciguar a los Icenos, podría haberse evitado el conflicto.

Cuando llegaron las tropas hallaron a los Icenos lógicamente enfurecidos. Éstos profirieron insultos contra los soldados y se produjeron pequeñas escaramuzas. Convencidos de que su misión consistía en darles una lección a esos nativos britanos, los oficiales condujeron a sus hombres hasta la residencia de la viuda del rey, Boadicea, y ordenaron que requisaran sus bienes. La orden constituyó una ofensa definitiva para la poderosa tribu, y la operación fracasó. Los leales sirvientes de la reina atacaron a quienes, según ellos, habían ido a saquear la casa real, y las tropas romanas no tardaron en perder el control de la situación. Al término de aquella jornada, Boadicea fue sacada a rastras de su casa y azotada, y sus dos hijas violadas.

Eso fue lo que prendió la mecha de la revuelta contra la opresión romana, y la conflagración se extendió con una celeridad que dejó asombrados a los conquistadores.

La tribu de los Icenos y la de sus poderosos vecinos, los Trinovantes, se alzaron a un tiempo. Las armas que los romanos creían haber capturado a raíz de la conquista de Claudio reaparecieron de improviso y una inmensa horda, formada por decenas de miles de hombres, comenzó a avanzar hacia la colonia oriental de Camulodunum.

Camulodunum era el primer centro provincial que los romanos habían fundado a su llegada. En su carta de fueros se especificaba que era una colonia —el grado más alto de asentamiento provincial—, y contenía un foro, un templo, unos tribunales de justicia y otras dependencias administrativas; alrededor de este centro amurallado habían comenzado a extenderse las granjas de los legionarios romanos jubilados a quienes se solía conceder una parcela de tierra en las provincias en las que habían servido. Era una colonia típicamente romana: rica, complaciente y desprovista de defensas salvo una pequeña guarnición, y la gigantesca horda se precipitó hacia ella como un alud.

—Quemaremos los templos de los extorsionadores —gritaron—. Destruiremos a sus dioses que nos devoran y aniquilaremos sus asentamientos.

Los soldados de la guarnición local, a quienes los romanos habían pillado desprevenidos, se vieron impotentes para repeler el ataque. Unos mensajeros fueron despachados a toda prisa hacia el oeste para pedir ayuda a Suetonius.

—Camulodunum se hunde —dijeron. Pero era demasiado tarde.

Aunque Porteus no estaba de acuerdo con la política romana, no pudo por menos de admirar al gobernador cuando éste se reunió aquella mañana con sus colaboradores.

—Todo el este está en llamas —dijo secamente—. Este tipo de incendio debe ser sofocado inmediatamente.

»Como sabemos, la guarnición más próxima se halla en Lindum y sus jefes han enviado a un mensajero para comunicarnos que ya han partido hacia el sur. Pero necesitarán muchos refuerzos. No tenemos tiempo para trasladarnos a pie. Yo partiré esta misma mañana y me llevaré a la caballería. Por supuesto, las Legiones XIV y XX me seguirán: marchas forzadas. Ya he enviado un mensajero a la guarnición de Glevum, que está más al sur que la nuestra, y he ordenado que sus soldados se dirijan hacia el este; nosotros los recogeremos por el camino en Verulamium. Probablemente ya hemos perdido Camulodunum. Trataremos de salvar el puerto de Londinium. Disponeos a partir de inmediato.

Y así, acompañado tan sólo por trescientos soldados de caballería, el intrépido gobernador avanzó hacia Londinium por la larga calzada que discurría en sentido diagonal a través de la isla y que unos siglos más tarde se llamaría Watling Street. Era un día frío y húmedo, típicamente otoñal, y al anochecer Porteus sintió el vapor que exhalaba su montura condensándose en su rostro. A intervalos de pocas horas recibían nuevas noticias de la rebelión, que iban siendo cada vez más desalentadoras. Pero esas noticias no parecían afectar a Suetonius.

—Hay que admirar al anciano —comentó Porteus a Marcus—. Todo el país se ha sublevado y él se muestra frío como el hielo.

—Él disfruta así —repuso Marcus sonriendo—. Cuanto más grave sea la situación, más le gusta.

Al término de la segunda jornada de viaje Porteus comprobó que eso era cierto.

—Los nativos creen que somos débiles —declaró Suetonius cuando aquella noche se detuvieron junto al camino para gozar de un merecido descanso—. Éste es el problema con esos asentamientos coloniales como Camulodunum. Ven a nuestros soldados jubilados convertidos en agricultores y creen que somos incapaces de luchar. Ocurre lo mismo en cada nueva provincia, por eso es preciso dar a los nativos una lección cada generación. Y eso es justamente lo que vamos a hacer.

No obstante, pese a su valerosa actitud y sus enérgicas arengas, antes de que el gobernador llegara a Londinium ocurrieron dos hechos que le afectaron seriamente. El primero estaba relacionado con la guarnición de Lindum en el nordeste. Su arrojado comandante, Petilius Cerialis, había salido de Lindum a la cabeza de dos mil legionarios de élite, convencido de que él mismo sería capaz de sofocar la rebelión. No se había percatado de la gravedad de la situación, y de que decenas de miles de nativos britanos se habían sublevado; cuando sus tropas se encontraron con ellos, fueron masacradas y sólo el comandante y su caballería lograron escapar con vida. Suetonius había recibido esta noticia al poco de partir de Mona.

—Mal asunto —masculló. Se trataba de una pérdida (casi media legión de las cuatro que había en la isla) que no podía permitirse; pero no dio muestras de temor y siguió avanzando por la larga calzada con la misma determinación que antes.

El segundo hecho ocurrió el quinto día, cuando alcanzaron la ciudad de Verulamium. Era un asentamiento reducido con unas defensas poco eficaces que podían ser derribadas sin mayores dificultades. El gobernador tenía previsto reunirse allí con la guarnición de la II Legión de Glevum antes de marchar juntos hacia Londinium, pero cuando los soldados de caballería llegaron a la población, no vieron rastro de los de Glevum.

—¿Dónde diantres se ha metido la guarnición de Glevum? —preguntó el gobernador a sus oficiales. Luego se volvió enojado hacia Agrícola, el apuesto tribuno militar—. ¿Quién está al mando allí?

—Actualmente el prefecto, Poenius Postumus —se apresuró a responder Agrícola—. Ya deberían haber llegado.

—Ordené que se reunieran aquí conmigo —rezongó Suetonius.

Era un dilema y por primera vez los hombres del gobernador comprobaron que éste se hallaba indeciso.

—Bien, será mejor que nos dirijamos a Londinium para ver si podemos hacer algo. Confiemos en que los de Glevum no tarden en reunirse con nosotros —dijo por fin el gobernador. Y los fatigados soldados reemprendieron de nuevo la marcha hacia el este, donde se hallaba el puerto.

Llegaron a Londinium a la mañana siguiente. Aunque no era un centro administrativo como Camulodunum, que tenía el estatus de colonia, era una población muy grande. Junto al río se alzaban unos almacenes, y detrás de éstos, en las enlodadas calles, las viviendas de madera de los mercaderes. También había unos depósitos militares rodeados de empalizadas, y un foro provisional. Pero a diferencia de la mayoría de asentamientos romanos, buena parte de los edificios no estaban hechos de piedra o ladrillo, sino de madera. Era un lugar concurrido e informal, una agrupación humana que se había formado de un modo espontáneo, pero prometía transformarse en una gran ciudad. Cuando Porteus la vio, comprendió que no podrían defenderla. En los cuarteles había un puñado de soldados, pero no había señal de los soldados de la II Legión. El gobernador y su pequeña tropa esperaron angustiados todo el día mientras no cesaban de llegar noticias cada vez más funestas. El templo imperial de Camulodunum había sido destruido, la colonia quemada, y cada romano o habitante pro romano asesinado. La horda de Boadicea, formada por cincuenta, sesenta o setenta mil hombres, se dirigía a Londinium. Los mercaderes y sus familias se congregaron angustiados alrededor del cuartel donde el gobernador y sus oficiales aguardaban.

—Debéis salvar los almacenes, proteger a nuestras familias —exigieron.

—¿Con qué? —preguntó enojado Suetonius. Y al anochecer anunció—: Nos vamos. Aquí no podemos hacer nada. Decid a estas gentes que huyan; si no lo hacen, las harán pedazos.

Luego, sin más ceremonias, hizo dar la vuelta a su caballo y emprendió el camino de regreso a Verulamium.

Seguía sin haber indicios de la II Legión; pero la noche siguiente, por el sureste apareció un resplandor rojo, y en Verulamium se dieron cuenta de que Londinium estaba ardiendo. Antes del amanecer recibieron informes de que las nutridas huestes de Boadicea avanzaban hacia ellos.

—Salvaos —dijo Suetonius a las gentes de Verulamium—. Yo no puedo protegeros.

Una vez más el cortejo de caballería dio media vuelta y desanduvo el camino esperando encontrar a las tropas de a pie.

Aquella noche vieron de nuevo el siniestro resplandor rojo en el horizonte.

—Hemos perdido también Verulamium —murmuró Porteus a Marcus. Y por primera vez hasta el enérgico rostro de Marcus expresó preocupación.

Las Legiones XIV y XX llegaron de Mona a la mañana siguiente. Habían recorrido más de trescientos kilómetros en sucesivas marchas forzadas y cargados con un equipo pesado, pero eran unos militares curtidos en numerosas batallas y estaban dispuestos a entrar en acción.

—Y ahora —dijo Suetonius a sus oficiales—, les daremos una lección.

La batalla que tuvo lugar dos días más tarde finalizó con una de las matanzas más terribles y despiadadas registradas en la isla; y demostró una vez más que Suetonius, al margen de los defectos que pudiera tener, era un gran comandante.

El número de britanos superaba con mucho al de los romanos. La fuerza combinada de los destacamentos de las dos legiones ascendía a unos siete mil hombres, y hacia ellos avanzaba una horda victoriosa diez o quizá veinte veces más grande, decidida no sólo a derrotarlos sino a exterminar hasta el último hombre y destruir para siempre el poder romano en la provincia. De haberse enfrentado a un general menos hábil, es posible que los britanos lo hubieran conseguido.

Suetonius tuvo tiempo para elegir su terreno, y escogió un desfiladero largo y estrecho entre dos colinas, cuyas cimas y laderas estaban cubiertas de bosques. Fríamente, Suetonius dispuso su línea de batalla de forma que la horda de los Icenos y Trinovantes tuviera que ascender hacia el angosto punto donde sus legionarios, perfectamente entrenados, estarían preparados para recibirlos.

—Fíjate en lo bien que ha elegido su posición —comentó Marcus a Porteus.

Ambos habían sido enviados para unirse al destacamento de caballería apostado detrás de las filas romanas, y desde allí gozaban de una excelente vista de todo el campo de batalla.

—Ellos son diez hombres por cada soldado de los nuestros, o quizá más. Pero nosotros estamos respaldados y flanqueados por unos bosques muy densos: los celtas pensarán que nos han atrapado, pero de hecho no podrán cercarnos ni atacarnos por los lados. Perderán buena parte de la ventaja de su número y tendrán que lanzarse y morir destrozados contra nuestro muro de bronce y hierro.

—¿Y si consiguen atravesar nuestras filas? —inquirió Porteus.

—¡No lo conseguirán! —Era la áspera voz del gobernador, quien se había acercado a ellos por detrás. Observó al joven con severidad, pero no con desprecio—. Recuerda esto, Porteus —añadió recalcando sus palabras—: cuanto más numerosa es la turbamulta, más completa es la confusión cuando las cosas salen mal. Ya lo verás. —Tal era el poder de persuasión del gobernador que a partir de entonces Porteus no dudó ni por un instantes del resultado de la batalla.

El avance de Boadicea y su horda constituyó el espectáculo más asombroso que Porteus había presenciado jamás. Surgieron a través de la bruma a primeras horas de la mañana, como una gigantesca masa negra que parecía llenar el horizonte, y se fueron aproximando. Resultaba imposible calcular su número: quizá fueran setenta mil, o doscientos mil. Hombres, mujeres y niños se precipitaron hacia ellos, algunos a pie, otros a bordo de sus vetustos carros de guerra pintados de colores o de grandes carromatos. Iban armados con una variopinta colección de lanzas, palos, espadas y flameantes antorchas, y cuando divisaron a la legión romana que aguardaba pacientemente de espaldas al bosque, un inmenso rugido de rabia se alzó a lo largo de toda la línea.

La horda siguió avanzando, lenta e inexorablemente; pero los atacantes eran tan numerosos que transcurrió media hora antes de que se hubieran congregado en la entrada del desfiladero para enfrentarse a los romanos.

Entonces Porteus vio a Boadicea: una figura enjuta, de pelo cano, montada con arrogancia en un carro tirado por dos pequeños caballos. Se desplazaba de un extremo a otro de las filas de huestes, cambiando de sentido con una destreza y velocidad que explicaban por qué los carros celtas resultaban temibles en terreno abierto e inútiles en un campo de batalla delimitado. La figura impartía a sus hombres a voz en cuello órdenes o gritos de aliento —Porteus no alcanzaba a oír lo que decía—, y en cada punto de las filas ante el que se detenía surgía un rugido de aprobación y desafío a los odiados romanos.

—Mira —dijo Marcus a Porteus dándole un codazo—. ¿Ves lo que hacen?

Detrás de la muchedumbre celta, los carros comenzaron a formar varias hileras que cerraban por completo el cuarto flanco del campo de batalla. Era evidente que Boadicea no estaba dispuesta a dejar a los romanos ninguna vía de escape.

Los celtas, al ver cercados a los romanos, lanzaron aclamaciones; y Boadicea estimuló aún más su entusiasmo.

—Tenemos atrapado al gobernador —exclamó—. Este lugar será la tumba de los romanos.

Varios druidas habían salido de unos oscuros escondrijos para incorporarse a la horda, pero muchos combatientes celtas portaban efigies de sus dioses: se veían las cabezas esperpénticas de Sulis y Leucetius, Cernuno, el cornudo dios de la caza, Dagda, el dios rojo de la guerra, Toutatis, el gobernante del pueblo, Nodens, el creador de nubes, y multitud de figurillas tocadas con una capucha, que eran dioses menores de la fertilidad, la salud y la fortuna. Boadicea sostenía una larga vara rematada por la figura negra de un cuervo.

—¡El cuervo da la victoria en la batalla! —exclamó—. ¡Yo soy el cuervo!

De las filas de los celtas brotaron gritos de combate.

Suetonius contempló con calma aquel espectáculo sobrecogedor, y en el disciplinado silencio de las filas romanas su voz áspera se oyó con toda claridad.

—Esos carros serán su perdición cuando pretendan salir huyendo.

La turbamulta intensificó sus gritos. Los romanos aguardaron en silencio. El rostro curtido y rubicundo de Suetonius dejaba entrever una expresión de desprecio. Luego, mientras la exaltada horda de los nativos seguía vociferando, se alzó de nuevo su voz, impartiendo una orden insólita:

—¡Avanzad!

Fue una iniciativa brillante a la par que osada, digna de un experto comandante. Tal como Suetonius había previsto, la maniobra cogió a Boadicea y a su horda completamente desprevenidos.

El sol arrancó destellos al largo muro de escudos romanos cuando los soldados comenzaron a avanzar, y la tierra retumbó con el paso firme y rítmico de su marcha. Los guerreros nativos, al comprender lo que se les venía encima, trataron de organizarse, pero el rápido avance de los romanos se lo impidió. De aquella masa desordenada, inmensa y oscura formada por hombres y mujeres, niños y carros, empezaron a destacarse grupitos que, obrando por cuenta propia y sin orden ni concierto, se arrojaron valerosamente contra las filas romanas, que fueron despedazándolos de un modo sistemático. La máquina de la legión siguió avanzando.

Porteus permanecía apostado con impaciencia junto a los soldados de caballería, a quienes Suetonius había ordenado que aguardaran. Por fin, pensó, tendría la oportunidad de distinguirse. Llevaría a cabo unas hazañas que serían comunicadas a Graccus en Roma.

—Carguemos contra ellos —murmuró—, podemos aplastarlos de un solo golpe.

Pero el gobernador no tenía prisa. Contempló impávido cómo las legiones cumplían con su deber. No sería una arrojada carga de caballería la que destruiría la confianza de esos rebeldes, sino el sostenido e invencible avance del muro de metal contra el cual se destrozaban sus bravos guerreros como olas rompiendo sobre la playa. Cuando la seguridad de los nativos comenzara a vacilar, habría llegado el momento de que la caballería entrara en acción.

En aquellos minutos de espera fue cuando Porteus comenzó a apreciar el instinto infalible del hosco comandante: una especie de sexto sentido dio a entender a Suetonius el momento exacto en que el pavor de la descontrolada masa de rebeldes alcanzaba el punto álgido, y el comandante hizo entonces un breve gesto de cabeza al tribuno militar que estaba junto a él, el cual se apresuró a gritar:

—¡A la carga!

La totalidad de la fuerza romana, infantería y caballería, se precipitó hacia delante y Porteus avanzó a galope tendido sobre el duro terreno hacia el enorme ejército de Boadicea.

Los celtas ya estaban corriendo, no por cobardía sino debido a la confusión que reinaba entre sus filas; y cuando el pequeño pero compacto destacamento de caballería romana les dio alcance los jinetes les segaron la vida como si fueran briznas de hierba. Porteus sólo era consciente del estruendo de los cascos de los caballos y de la excitación que le producía la caza: apenas sabía lo que hacía mientras con su espada daba tajos y mandobles a los desdichados que corrían despavoridos. Le sorprendió ver a un chico de doce años caer con el hombro destrozado por su espada. Pero era un combate a muerte y Porteus no vaciló, sino que espoleando a su caballo se adentró en la multitud formada por hombres, niños y mujeres. Iba dando mandobles a diestro y siniestro, sabiendo que producía una carnicería, pero convencido de que ésta era necesaria.

Por fin, oyó gritar una orden:

—¡Caballería, retirada!

Porteus casi había alcanzado la hilera de carros; no quería dar media vuelta. Pero la orden se repitió:

—¡Retirada! ¡Reagruparse!

De modo que Porteus se unió de mala gana a los demás jinetes, y todos regresaron a galope hacia el lugar donde el gobernador contemplaba la escena en silencio.

Una vez reagrupados allí, Porteus comprendió lo que había sucedido. La carga de caballería había cumplido su objetivo a la perfección: había obligado a la gigantesca horda a emprender la huida, y si los jinetes no hubieran retrocedido, ellos mismos habrían tropezado con la hilera de carros. Todo había ocurrido exactamente como Suetonius había previsto. En su confusión, los guerreros se habían mezclado con la impotente masa de mujeres y niños que trataban de escapar del terrible muro de metal que se les venía encima, y todos habían ido a chocar contra el dique que formaban sus propios carros. En su afán por franquearlo, los que huían quedaron atrapados entre las correas de las guarniciones y las varas de los carros, siendo derribados y pisoteados por los espantados animales. La infantería romana aprovechó la situación para precipitarse sobre ellos espada en ristre y despacharlos a tajos y estocadas.

—Los de caballería ya no hacemos falta —murmuró Marcus a Porteus—. Sólo estorbaríamos. ¡Por Júpiter! —exclamó—. ¡Fíjate en eso!

Ante sus ojos tenía lugar una auténtica carnicería. Ya no se trataba de una batalla, ni de una colisión entre dos fuerzas, sino que los romanos despedazaban sin piedad a los rebeldes, acorralados contra su propia barrera, mientras que los valerosos guerreros celtas trataban de defenderse a cuerpo limpio, pero, coartados por la falta de espacio, caían malheridos junto a mujeres y niños.

Los dos amigos vieron que Agrícola se dirigía a caballo hacia el gobernador.

—Se ha terminado, señor —dijo—. ¿Quiere que reagrupe a nuestros hombres y tome prisioneros?

Pero para sorpresa de Porteus, Suetonius respondió impasible:

—No.

—Hay mujeres y niños —observó el tribuno.

—Mátalos a todos.

De pronto Porteus recordó lo que un amigo de Graccus le había dicho antes de partir de Roma: «Suetonius es un excelente general, no existe otro mejor. Pero cuando se enfurece, es terrible».

Un tenso silencio se hizo entre quienes contemplaban la matanza, pero ésta no pareció afectar al gobernador.

Cuando todo hubo terminado, Suetonius se volvió hacia sus oficiales y dijo:

—Recordad, caballeros: cuando los nativos se olvidan de respetar a Roma, debemos enseñarles a temerla.

El día de la batalla, prácticamente ningún rebelde escapó con vida. Boadicea murió con toda seguridad. El gobernador se negó a que contáramos los muertos, pero Marcus y yo creemos que superaban los setenta mil.

Nos dirigimos a Verulamium, y de ahí a Londinium. En ambos lugares comprobamos que no quedaba nada, tan sólo la tierra calcinada, como si los rebeldes hubieran quemado todas las casas y luego las hubieran pisoteado. Parece increíble que unas poblaciones de semejante tamaño, en especial Londinium, puedan quedar totalmente destruidas. Todos los habitantes habían sido asesinados, absolutamente todos.

En cuanto a los nuestros, el procurador Decianus Catus ha huido a la Galia y otro procurador ocupará su lugar; lo más vergonzoso de este asunto ha sido la conducta del prefecto a cargo de la II Legión en Glevum. Al enterarse de la derrota de la IX Legión, desobedeció las órdenes del gobernador y se refugió como un cobarde en su cuartel. ¡No era de extrañar que no diéramos con él! Cuando el prefecto se enteró de nuestra victoria sobre Boadicea se arrojó sobre su espada.

El gobernador se está vengando de toda la isla. Los capturados son enviados a los asentamientos repartidos por todo el país y los disidentes son ejecutados. Suetonius dice que los pondrá ante una disyuntiva: una obediencia absoluta o una muerte instantánea. Y lo dice en serio.

Esta carta fue enviada por Porteus a sus padres desde las calcinadas ruinas de Londinium. Los sentimientos del joven hacia el gobernador eran contradictorios. Porteus había llegado a admirar la frialdad y dotes de mando del arisco soldado, pues si Suetonius hubiera cometido un solo error todos los soldados romanos de la provincia habrían muerto sin duda en la sublevación que se habría producido a raíz de ese error.

Así pues, como soldado, Porteus era leal a Suetonius. Pero no podía por menos de sentirse asqueado por el reinado de terror que se había instaurado cuando el gobernador, al contemplar las ruinas del puerto de Londinium y la colonia romana de Camulodunum, había descargado un puñetazo en la palma de su otra mano al tiempo que exclamaba:

—¡Ahora sabrán lo que significa la venganza de los romanos!

Los soldados recorrieron el país de un extremo a otro, matando y confiscando bienes en un clamoroso acto de furia administrativa; y tal como Suetonius pretendía, los isleños, acobardados, se doblegaron sin rechistar. Era una solución militar correcta, pero dejó a la provincia más pobre y desgraciada que antes. La desazón de Porteus se intensificó.

—El gobernador es un gran soldado —reconoció un día ante Marcus—, pero está destruyendo esta provincia. Los nativos nos temen, pero no se fían de nosotros.

—Puede que tengas razón —repuso su amigo—, aunque francamente no lo creo. El caso es que nadie se mostrará de acuerdo contigo. Todas las legiones están del lado de Suetonius y, por lo que he oído decir, el emperador pondría a toda la provincia en cadenas si pudiera hacerlo.

—Pues se equivocan —insistió Porteus.

—Más razón para callar. Sé sensato, joven Porteus: olvídate del asunto y deja que sean otros quienes se preocupen. Tú limítate a cumplir órdenes.

Era un buen consejo, y de haber sido más prudente Porteus se habría dejado guiar por él durante el resto de su carrera. Sin embargo, aunque aquel invierno se guardó de manifestar sus opiniones, siguió dándole vueltas a la cuestión.

En otros aspectos, su vida tomó unos derroteros más gratos. A Suetonius, que ignoraba las opiniones de Porteus, le satisfizo tanto la conducta de Porteus durante la revuelta que le encomendó varias misiones, entre ellas la de visitar los cuarteles de la IX Legión en Lindum, en los cuales apenas quedaban hombres, en compañía del tribuno Agrícola. Durante aquella visita Porteus recibió una proposición aún más halagüeña.

—Pronto emprenderemos importantes campañas en el norte de la isla —le informó Agrícola—. ¿Te gustaría unirte a mi séquito?

—Oh, sí —contestó Porteus, sonrojándose de gozo.

El joven escribió a sus padres poniéndoles al corriente de la situación; a Graccus le envió unas cartas expresándole sus respetos, y escribió a Lydia lo siguiente:

Creo que el gobernador está complacido conmigo y que el año que viene tu padre tendrá motivos para sentirse satisfecho de mi carrera.

Marcus continuó interesándose amablemente por él. Varias veces pidió a Porteus que le enseñara el retrato de Lydia y en cada ocasión le comentó a su amigo que era un hombre muy afortunado.

—Incluso he escrito a mi familia para decirles que eres un chico magnífico —confesó Marcus un día a Porteus—. ¡Aunque no lo suficiente para esa novia tan bella que tienes! —agregó echándose a reír.

Aquel invierno, mientras la nieve cubría aún el suelo, llegó a la isla un personaje de gran relevancia. Era alto, de mediana edad, con el rostro enjuto y un asomo de calvicie. Tenía dos peculiaridades que Porteus observó: al hablar con la gente se agachaba, como si se concentrara intensamente en lo que decían; pero cuando no conversaba con nadie sus ojos adquirían una expresión distante, como si soñara con algún lugar remoto. Era Julius Classicianus, el nuevo procurador y sustituto de Decianus Catus, quien había caído en desgracia. Entre sus responsabilidades se contaría la de supervisar las finanzas de toda la isla. Según el sistema romano de autoridad repartida, Classicianus informaría directamente al emperador.

—Parece un hombre honesto, pero un poco distraído —comentó Porteus a Marcus—. No creo que haga carrera aquí.

En esta afirmación Porteus se equivocaba por completo.

Classicianus era, al igual que él, miembro de la aristocracia provinciana menor, y procedía de la ciudad de Tréveris, junto al Mosela; pero gracias a una mezcla de gran astucia y honestidad había ido escalando peldaños hasta alcanzar los más altos cargos del estado. Era un hombre amable, pero nada le pasaba inadvertido; y a las pocas semanas de su llegada comenzó a compilar en secreto un informe que habría de cambiar por completo la provincia. De eso, como es natural, Porteus no sabía nada.

A principios de primavera recibió una carta de Lydia, que leyó con alegría.

La tía de uno de los hombres que, como tú, pertenecen al séquito del gobernador, Marcus Marcellinus, vino a visitarnos hace poco. Nos contó que tanto él como el gobernador te tienen en gran estima, lo cual complació a mi padre. Marcus ha escrito a Roma hablándoles de ti. Su tía me mostró un retrato de él semejante al que poseo de ti. Escríbeme y cuéntame todo lo que haces, y háblame también de Marcus.

Eran excelentes noticias, y Porteus se sintió agradecido de la lealtad de su amigo. Escribió a Lydia de inmediato, refiriéndole sus éxitos, y también le habló afectuosamente sobre Marcus.

Hacia fines de invierno, cuando la nieve aún no se había fundido, el gobernador acampó en la ventosa colonia oriental de Camulodunum, que sus legionarios se afanaban en reconstruir; y allí un día mandó llamar al joven Porteus, a quien dijo con su acostumbrado tono áspero:

—Voy a confiarte una misión.

Porteus estaba entusiasmado. Hasta la fecha, sólo había acompañado al tribuno o a uno de los beneficarii, los emisarios personales del gobernador. Ahora por fin iban a confiarle una misión a él: era claramente una ocasión para que demostrara su valía, y el joven escuchó con atención a Suetonius mientras éste le explicaba de qué se trataba.

La misión era bien simple: acompañado por un centurión y ochenta hombres, Porteus debía realizar una gira de inspección de varios asentamientos tribales secundarios emplazados en el noroeste del país que se hallaba bajo el control romano, cerca del territorio de los Deceanglos, donde habían combatido recientemente.

—No han pagado sus impuestos y quizá sean rebeldes. Oblígales a pagar de inmediato: si no lo hacen, mata a su cabecilla y prende fuego a sus viviendas —ordenó el gobernador.

Porteus abrió la boca para protestar, pero no dijo nada. Ésta era su primera misión, y si empezaba a discutir con el gobernador con toda seguridad sería la última. El joven se dispuso a partir enseguida.

Llegaron a su destino al cabo de diez días: Porteus, los ochenta hombres y el anciano y fornido centurión, el cual había servido a las órdenes de Suetonius en varias ocasiones, y que odiaba a los nativos.

—Machácalos. Es la única forma —dijo a Porteus—. Suetonius sabe lo que hace.

Era un lugar inhóspito. Al igual que muchos asentamientos del noroeste en aquella época, era pobre: la tribu se había visto obligada a abandonar su fortín, que era más un corral que una fortaleza defensiva, y reconstruir su centro tribal a cierta distancia del mismo. Esto fue lo que halló Porteus: un anárquico grupo de chozas, un pequeño templo circular, dos corrales para el ganado que contenían una reducida colección de animales depauperados y de largo pelaje, y una docena de pequeños campos de cebada en las laderas. En las alturas, sin embargo, se veían pastar numerosos rebaños de achaparradas ovejas. Porteus recorrió el lugar minuciosamente. La población no era numerosa: unas quinientas personas se habían instalado en el centro; otras doscientas personas ocupaban unas chozas diseminadas a los pies de las laderas. Esas viviendas eran muy distintas de las recias casas circulares con techo de paja y empalizadas de juncos rodeadas de fértiles campos de trigo que Porteus había visto en el sur: se trataba de refugios de piedra semienterrados en las laderas azotadas por el viento, unas reliquias de otros tiempos. Los nativos observaron a los legionarios en silencio. Cuando terminó su inspección, Porteus se encaró con el cabecilla, un anciano de cabello gris que portaba un grueso manto de lana sobre los hombros. Éste se mantenía erguido ante un puñado de sus convecinos y miraba a los romanos con insolencia. Porteus le dijo secamente:

—No has pagado el annona que te asignaron el año pasado.

Era el impuesto del cereal destinado a alimentar al ejército. El cabecilla no respondió, sino que se limitó a encogerse de hombros.

—No has pagado tu tributum soli ni el tributum capitis, el impuesto sobre la tierra y el impuesto de capitación —continuó Porteus—. ¿Por qué?

El cabecilla le dirigió una mirada inexpresiva. Por fin dijo:

—¿Con qué?

—Posees cebada, ganado, ovejas —repuso Porteus con firmeza.

—No podemos pagar. Tú mismo puedes verlo, romano. Tu emperador es demasiado codicioso —replicó el anciano.

—No hay una sola estatua erigida a nuestro divino emperador —rezongó el centurión, situado junto a Porteus—. Y su templo está dedicado a un dios nativo al que no podemos admitir.

Ésa era una cuestión muy grave. La política de Roma consistía en descubrir las características de los dioses que los nativos veneraban y emparejarlos con los dioses del vasto panteón romano que más se les parecían. De esta forma, las provincias pasaban a adoptar el culto romano sin abandonar a sus dioses ancestrales. Era una solución práctica que solía dar buen resultado; si los nativos abandonaban la secta druida y demostraban el debido respeto al divino emperador, nadie se metía con ellos. Pero la curiosa imagen encapuchada que el centurión había encontrado en el pequeño templo, la cual sostenía una serpiente en una mano y un cuervo en la otra, no era identificable con ninguna deidad romana.

—Estas gentes son conflictivas —masculló el centurión—. Será mejor que quememos todo el asentamiento.

Pero Porteus meneó la cabeza. Le parecía absurdo acabar con aquel grupo tan mísero. Por otra parte, era evidente que los impuestos que les había asignado el procurador Decius resultaban demasiado elevados, pues ascendían a más de la mitad del ganado que se hallaba en los corrales, y a dos tercios de toda la cebada.

—Mandaré que calculen de nuevo los impuestos que debe pagar esa agrupación —declaró Porteus—. Entretanto, nos llevaremos diez cabezas de ganado y un carro de grano.

—Es un castigo demasiado leve —se quejó el centurión.

—Deben pagar de inmediato —continuó Porteus. Luego, volviéndose hacia el viejo cabecilla, añadió—: Ahora os cobraremos unos impuestos, pero haré que vuelvan a calcularlos para que en el futuro paguéis unas tasas menos elevadas, que sin embargo deberéis abonar puntualmente.

—Llevaos diez reses —dijo Porteus al centurión, y los legionarios romanos se apresuraron a entrar en los corrales.

Entonces estalló el conflicto. Los nativos, al ver que les despojaban de su ganado, comenzaron a forcejear con los soldados y el anciano líder hizo gala de insensatez al no tratar de impedírselo. Los pobladores celtas redoblaron sus ataques y los legionarios los repelieron con sus escudos. De pronto, como surgida de la nada, una anciana que empuñaba una lanza se precipitó hacia los romanos. Antes de que alguien pudiera detenerla, arrojó la lanza contra uno de los soldados y con feroz puntería se la clavó en el cuello. En cuanto Porteus vio al soldado postrado en el suelo comprendió lo que iba a ocurrir.

—¡Formad una fila! —voceó el centurión—. ¡Les daremos una lección! —gritó en dirección a Porteus.

Incapaz de reaccionar, Porteus vio que de inmediato se formaba una línea de combate.

—Ordénales que no se muevan —gritó al centurión.

Pero fue inútil. Sin hacerle el menor caso, el centurión y sus hombres comenzaron a avanzar hacia los nativos con implacable eficacia.

—¡Éstas no son mis órdenes! —gritó Porteus.

—Son las órdenes del gobernador —replicó el centurión.

Las disciplinadas tropas se dedicaron a aniquilar a los aterrorizados habitantes de la pequeña población mientras Porteus contemplaba impotente la escena.

Al cabo de una hora todo había terminado. Los romanos habían reunido diez carros de grano y cincuenta reses, y el asentamiento había quedado reducido a unas ruinas calcinadas. El cabecilla había sido capturado y asesinado, y su templo destruido por completo.

—Una jornada muy provechosa —observó el centurión sonriendo—. ¿Adónde nos dirigiremos ahora, Cayo Porteus?

Porteus no respondió.

En el breve informe de este incidente que él mismo entregó al gobernador cuando regresaron a Camulodunum, se limitó a decir que los nativos se habían resistido a pagar los impuestos que debían y que la población había sido debidamente castigada por ello. Asimismo, recomendó que realizaran un nuevo cálculo de los impuestos asignados a la zona circundante. Suetonius recibió el informe con frialdad.

—Muy bien —comentó.

Pero cuando Porteus se disponía a marcharse, el gobernador le dirigió una mirada cargada de significado y dijo:

—Ningún centurión arriesgaría la vida de sus hombres en un lugar como ése. No es ningún honor morir a manos de las mujeres nativas. La próxima vez no vaciles, Cayo Porteus. Es preciso domesticar a esta provincia.

Pero si el gobernador creyó que ése era el fin del asunto, estaba muy equivocado. La matanza de unos nativos cuyo único delito era la pobreza, y la sensación de hallarse involucrado en una política brutal que fracasaría inexorablemente, atormentaba sin tregua a Porteus. Sabía que en toda la provincia las tropas llevaban a cabo crueles e inútiles actos de represión, lo cual le repugnaba.

«Los isleños nos odian intensamente —pensó—, y no tardará en producirse otra rebelión con otra Boadicea. ¿Será repelida por otro Suetonius, o exterminarán los nativos a la población romana?».

Porteus no dejaba de pensar en las atrocidades que se estaban cometiendo, ¿pero qué podía hacer él? ¿Debía dimitir de su cargo y regresar a Roma? Eso probablemente daría al traste con su carrera. ¿Debía escribir a Graccus, o a algún otro personaje poderoso para advertirles de los trágicos errores que se estaban cometiendo? Eso sería una deslealtad. Por fin, Porteus llegó a la conclusión de que sólo tenía un camino, que no era ninguno de ésos; pero antes de tomar una iniciativa decidió consultar con Marcus, quien siempre había mostrado un amable interés por sus asuntos y cuyo criterio era excelente. Porteus estaba convencido de que podía fiarse de él.

Explicó detalladamente a su amigo el dilema en el que se encontraba, y Marcus le escuchó con atención.

—Debo ser leal al gobernador —dijo Porteus—, pero esta política es un terrible error, y no puedo permanecer cruzado de brazos sin decir nada. —El joven arrugó el ceño—. Si el gobernador me envía a destruir otro asentamiento… —continuó con un gesto de desesperación—. No me vería capaz de hacerlo.

—¿Y qué quieres hacer? —preguntó Marcus.

—Creo que debería acudir directamente al gobernador —respondió Porteus—, y exponerle mis quejas.

Marcus asintió con un lento cabeceo. Era evidente que el joven Porteus estaba decidido a ponerse en ridículo. La cuestión era: ¿debería él tratar de impedírselo? En este punto Marcus Marcellinus se enfrentaba también a un complicado dilema: ¿deseaba que su joven amigo continuara su próspera carrera, o quería que cometiera una torpeza que, conociendo como conocía el mal genio del gobernador, arruinaría todas sus perspectivas de éxito? Marcus no estaba seguro. Pues aquella misma mañana había recibido una larga carta de su tía en Roma y su lectura le había dejado no pocas dudas respecto a la conducta que debía adoptar para con Porteus. Tras reflexionar detenidamente, tomó, aunque de mala gana, la sensata decisión de contemporizar.

—Si haces lo que dices, las consecuencias podrían ser desastrosas para ti —dijo Marcus midiendo bien sus palabras.

—Es posible. Pero ¿qué puedo hacer?

Marcus dirigió al joven una mirada compasiva. El joven Porteus le caía bien, y no podía por menos de admirar su honestidad y su valor. Pero… Marcus se encogió de hombros. Al fin y al cabo, cada cual debía arreglárselas como pudiera.

—Haz lo que creas justo, Porteus —dijo Marcus con expresión grave—. Eres un hombre de honor, y valiente —agregó.

Eso fue suficiente. Porteus le dio las gracias y regresó a su tienda. Se sentía más tranquilo, y las palabras de Marcus, «un hombre de honor», todavía resonaban en sus oídos cuando se sentó para preparar lo que debía decirle a Suetonius.

Pero, para su desgracia, Porteus en aquel momento tan crítico de su vida no poseía una información de la mayor importancia.

Pues la cuestión del trato cruel que el gobernador infligía a la nueva provincia estaba en unas manos más poderosas que las suyas. Tras examinar concienzudamente los informes, el nuevo procurador, Classicianus, se había sentido escandalizado por la destrucción de la riqueza de la isla.

—Si continuamos así —dijo—, dentro de pocos años será casi imposible recaudar impuestos. Esta opresión debe cesar de inmediato.

Classicianus había ejercido su derecho oficial de enviar a Roma un informe independiente, un documento mucho más perjudicial para el gobernador que cualquier denuncia que Porteus hubiera podido planear.

Esos informes no eran infrecuentes, pues la política del imperio animaba a las autoridades financieras y militares a vigilarse mutuamente: cada destacado funcionario era espiado por sus compañeros, y así era como los burócratas de Roma lograban controlar con eficacia su extenso imperio.

Cuando Nerón recibió aquel informe negativo sobre el gobernador de la nueva provincia, se enfureció. Pero ni el mismo emperador podía hacer algo al respecto sin trastocar todo el aparato administrativo, y pese a su desvarío mental Nerón conocía el valor del poderoso sistema romano de comprobaciones y equilibrio de fuerzas. Dejando de lado los favoritismos, tendría que enviar una comisión que investigara la gestión de Suetonius en la provincia; ése era el único procedimiento correcto.

Pero el gobernador se enteró de la existencia de ese informe adverso para su persona antes de que se supiera en la provincia o de que llegara a oídos de sus colaboradores. Y aquella misma mañana le comunicaron que Porteus deseaba entrevistarse con él.

Suetonius montó en cólera. A punto estuvo de negarse a recibir a Porteus, pero supuso que se trataría de un asunto baladí que despacharía sin dificultad, y mandó que lo hicieran pasar. El joven entró con paso decidido, sin que su expresión dejara entrever que se disponía a provocar una explosión.

—Bien, Porteus, di lo que tengas que decir —masculló Suetonius malhumorado.

Porteus, cuadrándose ante el gobernador, empezó a hablar.

Se había afanado en preparar minuciosamente su discurso. Éste estaba bien delineado, expuesto de forma razonada y respetuosa; contenía unos ejemplos muy precisos sobre los motivos que le inducían a creer que aquella política de venganza era un error, y a continuación el joven hizo unas sugerencias prácticas con respecto a una nueva política más conciliatoria. Era, en todos los aspectos, un discurso excelente, del que Porteus podía sentirse justificadamente orgulloso, pero no contenía una palabra que el gobernador deseara oír. Durante la alocución de Porteus, la ira del general dio paso a la furia; no obstante le escuchó atentamente, sin mover un solo músculo de su rubicundo semblante.

Ajeno a los sentimientos del gobernador, Porteus se dijo que, aunque Suetonius no se mostrara de acuerdo con él, al menos los datos expuestos le darían que pensar. Por consiguiente, terminado su discurso, esperó confiado la respuesta del gobernador.

Éste guardó silencio durante un buen rato, mientras observaba impasible al descarado joven que acababa de desafiarle. ¡Era el colmo! Primero el procurador había emprendido una campaña en su contra, una campaña vergonzosa y ridícula, pero que al fin y al cabo era una acción legal dentro del sistema imperial. Y ahora comprobaba que uno de sus propios colaboradores era un traidor. Porque era eso lo que era, sin lugar a dudas, el joven que Graccus le había recomendado: un individuo desleal y peligroso. Gracias a sus muchos años de experiencia, el gobernador sabía cómo tratar a los traidores: era preciso neutralizarlos y destruirlos con un golpe seco y contundente, un golpe que les pillara desprevenidos. Mientras reflexionaba sobre el asunto, el rostro de Suetonius no dejaba transparentar nada, y al poco algunos aspectos del problema se le aparecieron con meridiana claridad: debía impedir que Porteus expresara sus opiniones ante una comisión de investigación; no podía permitir que sembrara la discordia entre los otros miembros de su séquito; ni tampoco podía enviarlo de regreso a Roma, donde sin duda expondría sus quejas a Graccus. No, era preciso hacer algo distinto, y Suetonius no tardó en dar con la solución. Sí, daría una buena lección a ese joven. Al cabo de unos minutos, le dijo:

—Te agradezco tus valiosos consejos, de los cuales he tomado buena nota. —Inclinando cortésmente la cabeza, despachó a Porteus con frialdad.

Era una señal de peligro que el joven no advirtió, pues más tarde confió a Marcus:

—Creo que le he impresionado.

El golpe le fue asestado al día siguiente.

Era una nota del despacho del gobernador, que Marcus entregó a Porteus a primeras horas de la tarde. La nota era escueta:

C. Porteus Maximus ha sido trasladado al servicio del procurador.

Porteus se quedó perplejo. ¿Qué significaba aquello?

—¿Sabes tú algo de esto? —preguntó a Marcus.

Marcus movió la cabeza negativamente.

—Quizá creen que deberías adquirir experiencia en materia de finanzas; tal vez sea una buena señal —contestó, aunque no parecía muy convencido—. Hay otra nota —indicó.

Ésta procedía del secretario del procurador, en Londinium.

Has sido designado ayudante del procurador auxiliar. Desempeñarás tu primer cargo en Sorviodunum. Preséntate de inmediato en esta oficina para recibir instrucciones.

¡Ayudante del procurador auxiliar! Era un puesto administrativo menor. ¡Y en Sorviodunum! Porteus no había estado nunca allí, pero sabía que no era más que un puesto de estacionamiento de tropas en una zona deshabitada, un villorrio de mala muerte.

Mientras contemplaba aquellos dos documentos fríos e impersonales y captaba todo lo que implicaban, comprendió horrorizado que no había nada que él pudiera hacer al respecto.

La solución de Suetonius al problema de Porteus era sencilla y perfecta. Al trasladarlo a la oficina del procurador, conseguiría apartarlo de su séquito y colocarlo en el campo del enemigo, donde debía estar. Aunque Porteus expresara a alguien sus opiniones sobre el mal gobierno de la provincia, todos supondrían que le impulsaba el deseo de complacer al procurador o el de vengarse del gobernador por haberlo destituido de su cargo. Y al enviar un recado urgente a Londinium, recomendando que Porteus fuera transferido a un puesto de menor importancia en un remoto lugar como Sorviodunum, Suetonius se había asegurado de que la comisión de investigación no se topara nunca con el joven. Si Porteus no iba allí, sería culpable de desobedecer sus órdenes.

Porteus había caído en una trampa cuyo mecanismo se había cerrado manteniéndole aprisionado. En medio de su confusión, se dio cuenta de que Suetonius lo había reducido a la impotencia.

—¿Qué puedo hacer? —preguntó a Marcus; y por una vez su amigo no supo qué responder—. Estoy acabado —declaró el joven con tristeza.

Las consecuencias no podían estar más claras. Graccus diría que le había fallado; perdería a Lydia; sus padres se sentirían deshonrados. ¿Existía algún medio de salir de esa situación? Porteus no alcanzaba a verlo.

Pero ¿por qué Suetonius había arremetido tan violentamente contra él? Porteus meneó la cabeza. Ignoraba lo del informe del procurador.

Marcus tampoco lo sabía.

—Imagino que a Suetonius no le gustó lo que le dijiste —murmuró.

Por consideración a su amigo, Marcus le hizo compañía un rato, aunque tardaron bastante en reanudar la conversación.

—A mí también me han trasladado —dijo Marcus rompiendo por fin su mutismo—. Permaneceré un año en Roma; parto dentro de dos días. Siento mucho, joven Porteus, dejarte así; pero ya se resolverá todo —añadió sonriendo para animar a su amigo.

Para él era fácil, pensó Porteus, pues tenía éxito en todo.

—Si quieres que haga algo por ti, no dejes de comunicármelo —dijo Marcus al despedirse.

El resto del día Porteus lo dedicó a preparar su partida. En varias ocasiones pensó en solicitarle a Suetonius que revocara la orden de traslado, pero su sentido común le dijo que sería una pérdida de tiempo. Así pues, arregló sus asuntos personales y escribió una larga carta a Lydia, rogándole que le esperara mientras él trataba de enderezar su carrera. Era una carta valiente:

Aún confío en recuperar mi buen nombre y regresar a esta provincia con honores. Marcus te dará noticias mías.

Porteus entregó la carta a Marcus, pidiéndole que la llevara a casa de Graccus cuando llegara a Roma.

—Entrégasela a Lydia —le pidió—. Háblale bien de mí, y dile a su padre que me he comportado honrosamente. No tengo a nadie en quien confiar salvo tú.

Marcus tomó la carta con evidente turbación.

—Haré lo que pueda —prometió a su amigo—, pero no esperes demasiado, Porteus.

Y tras estas palabras los dos hombres se despidieron.

Aquella tarde Porteus trató de entrevistarse con el gobernador, pero Suetonius se negó a recibirle, y al anochecer a Porteus no le quedó más remedio que montar en su caballo y emprender lenta y tristemente el camino hacia Londinium.

Al llegar al puerto de Londinium sus últimas esperanzas se disiparon. Quizá, pensó Porteus, consiga al menos causar una buena impresión al procurador y éste hable bien de mí en Roma. Pero al llegar al despacho del procurador comprobó que Classicianus se hallaba ausente en el norte y no regresaría hasta al cabo de varias semanas.

—Dirígete de inmediato a Sorviodunum —dijo el secretario sin más preámbulos—. Son órdenes del gobernador. El procurador ni siquiera ha oído hablar de ti y quizá no lo verás hasta el año que viene.

En aquel momento Porteus comprendió la total y terrible eficacia de las medidas que Suetonius había emprendido contra él.

—¿Y qué voy a hacer en Sorviodunum? —preguntó con calma.

El secretario se encogió de hombros. Era un hombre bajito y calvo que tenía muchas cosas en la cabeza, y sólo había tomado a su cargo a aquel joven de aspecto melancólico, sobre el cual no sabía nada, a instancias del gobernador.

—Hay unas propiedades imperiales que deberás supervisar. Es un trabajo rutinario —añadió—. Apresúrate, te esperan allí mañana.

Y antes de que Porteus pudiera protestar, el secretario del procurador dirigió su atención a otro asunto.

Sorviodunum: un lugar que apenas existía. Porteus: un joven romano a quien la administración había decidido olvidar. Aquella noche el joven tuvo que aceptar el hecho de que su carrera estaba destrozada, y aunque seguía sin comprender la causa de su desgracia los resultados eran inconfundibles. De momento, lo único que podía hacer era dirigirse a aquel lugar aislado y remoto.

Porteus se preguntó qué encontraría allí.