NUEVO MUNDO

1553

Había nacido un nuevo y glorioso mundo, y era un lugar peligroso para personas con conciencia.

Aquella mañana de abril, Edward Shockley se hallaba de pie entre el grupito de personas que en la iglesia de Saint Thomas observaba cómo Abigail Mason y su esposo Peter llevaban a cabo la tarea que ellos mismos se habían impuesto. De súbito Shockley tuvo la premonición de que la pareja pronto estaría en peligro. Temía por Abigail.

Sin embargo, lo que hacían sin duda habría contado con la aprobación del obispo Capon, los jueces y el propio rey.

Estaban rompiendo una de las vidrieras de la iglesia.

Peter Mason se hallaba de rodillas; Abigail permanecía de pie junto a él. Los pedazos de vidrio yacían sobre el suelo de piedra y Peter los iba triturando con un martillo; alzaba a menudo el afable y rechoncho semblante para implorar con una sonrisa la aprobación de su esposa. Abigail, muy tranquila y vestida con su sencillo vestido marrón, no dudó en animarle.

—Estás cumpliendo la voluntad del Señor, Peter —le dijo.

Pero a Shockley le pareció que los ojos de Abigail estaban fijos en algo situado más allá de su esposo, como si el necesario pero pequeño acto de destrucción que éste realizaba casi la aburriera.

Abigail era un espíritu excepcional, una de las pocas personas en Sarum que tenían un objetivo claro en la vida. Poseía ideales, y fuerza.

¡Cuánto la admiraba Shockley por esas cualidades!

—Abigail Mason está convencida de lo que cree —se recordó a sí mismo con severidad—. No miente. —Y meneó la cabeza con tristeza ante su propia debilidad.

La pequeña vidriera que Benedict Mason había instalado con orgullo, hacía tres generaciones, en memoria de su esposa y de sí mismo había perdurado mucho tiempo. Los comisarios del rey la habían juzgado demasiado insignificante para molestarse en destruirla; y dado que Benedict tenía siete descendientes que vivían actualmente en Sarum, Peter Mason, por temor a ofender a sus primos, se había resistido a destrozar la pequeña vidriera conmemorativa. Pero Abigail se mostró inflexible. Le habló, con cariño pero con firmeza una y otra vez, y por fin consiguió su propósito. Nadie se había atrevido a oponer reparos. Era la voluntad del Señor.

Abigail ni siquiera miró a la pequeña multitud que les observaba. Aunque era de baja estatura, su pálido rostro tenía una expresión tan resuelta y sus profundos ojos castaños rebosaban tal serenidad que parecía un ser aparte. Pese a su severo talante, poseía una cualidad, además de su valor, que Edward Shockley encontraba singularmente atractiva; él mismo no habría sabido definir esa atracción, pero fuera lo que fuese, seguramente era un sentimiento pecaminoso. Shockley se volvió de espaldas a la diligente pareja y echó un vistazo a la iglesia.

La iglesia de Saint Thomas había cambiado radicalmente desde que él era un niño. Incluso su nombre había sido modificado, pues el rey Enrique VIII, en la plenitud de su poder casi totalitario, había declarado sin ambages que Tomás Becket, el arzobispo mártir que había desafiado al rey, no era un mártir sino un súbdito rebelde. Por consiguiente, la iglesia situada junto a la plaza del mercado ya no se llamaba Saint Thomas the Martyr, sino que estaba dedicada a otro santo Tomás, el Apóstol. Habían sido los comisarios del presente niño rey, Eduardo VI, quienes habían alterado su aspecto. La vieja estatua de san Jorge había sido destruida; la mayoría de las tallas también habían sido destrozadas. Los altares de capellanía de Swayne y del gremio de los merceros habían sido demolidos y sus donaciones confiscadas. Se habían llevado de la iglesia de Saint Thomas dos quintales de latón —cuyo valor ascendía a treinta y seis chelines—, así como buena parte de las vidrieras. El orgullo de los comerciantes y los gremios, sus capillas, altares de capellanía y monumentos, habían sido destruidos en nombre del Dios verdadero. Incluso habían destrozado el gigantesco cuadro del Día del Juicio Final aplicándole una capa de cal.

—Se acabaron los ídolos papistas —se había ufanado uno de los obreros tras completar su siniestra labor—. No tardaremos en limpiar este lugar.

En todas partes había ocurrido lo mismo. La iglesia de Saint Edmund había quedado desnuda; la fraternidad de la Misa de Jesús había sido disuelta. En cuanto a la catedral, la destrucción había sido asombrosa. No sólo habían concluido los oficios en los altares de capellanía del obispo Beauchamp y lord Hungerford, sino que habían sido retiradas dos mil libras de pan de oro y plata, el tesoro de siglos. La tumba decorada con gemas de san Osmund, el orgullo de la ciudad, había sido saqueada y destruida. Los altares habían sido derribados y sustituidos por unas simples mesas, la antigua liturgia en latín había sido traducida al inglés; incluso habían despedido al hombre que encendía las velas. Hasta el momento no habían tocado las vidrieras de la catedral, pero seguramente también las destruirían.

Ésta era la voluntad del niño rey protestante Eduardo VI.

La Reforma había llegado a Sarum.

Cuando Shockley se alejó del pequeño drama que se desarrollaba en Saint Thomas y atravesó lentamente la ciudad, se puso a pensar en otra escena que se había producido hacía una hora en su propia casa. Al recordarla, hizo una mueca.

Su hijita de cinco años, Celia, le había mirado con ojos aterrorizados, y su esposa Katherine, con expresión de dolor y reproche antes de estallar en llanto.

Él había tenido la culpa, desde luego.

De no haber sido por la Reforma, no se habría visto obligado a mentir.

Pero ¿quién iba a pensar en Sarum que un rey Tudor iba a poner en marcha una Reforma protestante en Inglaterra?

Desde 1485, cuando su victoria en Bosworth sobre el impopular rey de la casa de York Ricardo III había colocado a la arribista dinastía galesa en el trono, los Tudor habían hecho lo imposible por lograr que su mandato fuera incuestionable y, ante todo, ortodoxo. Puesto que sus pretensiones al trono, a través de un afortunado matrimonio con la casa de Lancaster, eran un tanto endebles, Enrique VII había casado con una princesa de la casa de York. Los grandes nobles feudales estaban cansados y debilitados por la Guerra de las Dos Rosas, así que los Tudor con su poderoso gobierno central y sus cortes, al igual que con el poderoso Star Chamber[2], no tardaron en sojuzgarlos. Y así como Enrique VII había logrado consolidar su posición, su hijo Enrique VIII brilló con luz propia.

Enrique era todo cuanto debía ser un príncipe del Renacimiento septentrional. Erudito, músico, poeta, atleta. ¿Acaso no había derrotado Inglaterra, bajo el mando de Enrique, a los escoceses invasores en Flodden y aplastado a los franceses en la Batalla de las Espuelas? Sin duda el príncipe era extravagante, pero cuando fue a reunirse con el monarca francés con motivo del suntuoso espectáculo conocido como el Campo del Lienzo de Oro, demostró ser magnífico.

Ante todo, en asuntos referentes a la religión, era ortodoxo. Por sus escritos en favor de Roma, el Papa había concedido al joven Enrique VIII un glorioso título adicional: Defensor de la Fe. ¿No era su esposa la hija del católico rey de España, y tía de Carlos, el emperador del Sacro Imperio Romano? Cuando el movimiento protestante de Lutero se había iniciado en Alemania, y cuando otros reformadores menos radicales como Erasmo habían criticado los desmanes de la Iglesia católica, la isla septentrional de Inglaterra con su devoto rey había seguido siendo conservadora y un caso aparte.

En efecto, nada podía ser más católico que Sarum y su obispo.

Pues Wolsey, el gran servidor de Enrique, había concedido el arzobispado de Salisbury con sus grandes propiedades nada menos que al legado papal en Inglaterra, el cardenal Campeggio.

Por supuesto, el gran cardenal italiano rara vez ponía los pies en Sarum. La administración de la diócesis dejaba mucho que desear. Los miembros del coro de la catedral habían quedado reducidos a menos de una docena. Pero ¿qué importaba eso en tanto Inglaterra y Sarum fueran ortodoxos? Cuando se publicaron en Inglaterra libros sediciosos, como una serie de opúsculos luteranos, o la traducción de Tyndale del Nuevo Testamento al inglés, el rey Enrique VIII y Wolsey se apresuraron a quemarlos y Campeggio escribió desde Roma para asegurarles: «Ningún holocausto podía ser más grato a Dios».

Sarum jamás habría conocido la Reforma de no haber sido por un cruel accidente de la naturaleza. No es que la reina Catalina no hubiera dado al rey un hijo varón, pues le había dado nada menos que cuatro hijos y tres hijas durante sus casi veinte años de matrimonio; pero a excepción de una niña, María, todos sus vástagos habían muerto en la infancia. Ciertamente, el rey tenía un hijo, nacido de una relación extraconyugal, al que había otorgado el título de duque de Richmond. Pero lo que se necesitaba era un heredero legítimo.

Podría decirse que Sarum quizá nunca habría sido protestante de no haber sido por el obispo. Pues el papel que desempeñó Campeggio en la gran cuestión del rey fue extraordinario. En primer lugar, sugirió que el ilegítimo duque de Richmond se casara con su hermanastra, María, y heredara la corona, una idea que a muchos les pareció más digna de Maquiavelo, el coetáneo del obispo italiano. Luego, cuando Enrique pidió al Papa que anulara su matrimonio, y se zafó del compromiso remitiendo el asunto a Wolsey y a Campeggio para que lo juzgaran, fue Campeggio quien resolvió el dilema. Era una situación difícil. Pues en aquel entonces, Francia pugnaba con Carlos, el emperador Habsburgo y sobrino de la reina, por conseguir el control del norte de Italia. Carlos era poderoso: sus dominios se extendían desde España hasta los Países Bajos. Incluso mantuvo cautivo durante un tiempo al Papa. Si el pontífice concedía a Enrique la anulación, se convertiría en el hazmerreír de Italia y provocaría las iras de Carlos.

El sutil obispo de Salisbury comprendió lo que debía hacer. Mientras Wolsey se angustiaba y el enojo de Enrique iba en aumento, el obispo buscó evasivas para dedicarse a observar la situación en Italia. El emperador Carlos ganó, el caso fue trasladado a Roma y la anulación no llegó. La paciencia de Enrique se agotó; Wolsey cayó en desgracia con Enrique y al año siguiente el rey de Inglaterra comenzó a separar su reino de la Iglesia de Roma.

¿Y si el obispo de Salisbury no hubiera dejado pasar el tiempo? ¿Habría accedido a anular el matrimonio? ¿Quién podría adivinarlo? Quizá Sarum sería todavía católico.

Shockley aún temblaba al recordar al viejo rey. Cuando Inglaterra abandonó la Iglesia de Roma, la constitución, al menos teóricamente, era un poder más absoluto que todos cuantos la Historia moderna ha presenciado hasta el advenimiento del estado totalitario del siglo XX. Pues al proclamarse a sí mismo —y a todos los monarcas ingleses a partir de entonces— jefe espiritual de la Iglesia de Inglaterra, Enrique VIII se convirtió, dentro de su reino, en rey y en Papa, algo con lo que ningún monarca medieval había soñado jamás. Cuando algunos hombres valientes como su canciller Tomás Moro protestaron, fueron ejecutados. El terrible e imprevisible poder de Enrique cayó sobre Inglaterra como una sombra. Ana Bolena le dio una hija, y murió decapitada. Juana Seymour le dio por fin un hijo varón, y luego falleció. Ana de Clèves fue repudiada; Catalina Howard murió ejecutada. Las reinas de Enrique atravesaron el escenario de la Historia como víctimas que van al sacrificio.

Pero en Sarum, pese al temor que inspiraba Enrique, la vida apenas había cambiado. Pues aunque el rey había roto con Roma, en el fondo seguía siendo un católico conservador.

Ciertamente, Enrique había promovido a hombres con inclinaciones protestantes: al amable e ilustrado arzobispo Cranmer, quien le había otorgado la necesaria dispensa para que se casara con Ana Bolena; en Sarum, al antiguo capellán de Ana Bolena, Shaxton, que fue nombrado obispo cuando el cardenal Campeggio fue despachado con cajas destempladas. Pero en la cercana Winchester, el obispo Gardiner siguió siendo un inflexible católico.

Ciertamente, durante un tiempo el rey había permitido que los reformadores realizaran algunos cambios. En Sarum, Shaxton había procedido con su característica afabilidad a arrojar a la basura una notable cantidad de pelos, trozos de madera, cuernos de buey y otros objetos venerados como reliquias, disuadiendo a la gente de postrarse de rodillas ante imágenes de santos y de encenderles cirios. Pero al comprobar más tarde que los protestantes se habían hecho demasiado poderosos, el rey emitió sus célebres Seis Artículos, cuya ortodoxia iba acompañada por unas penalizaciones tan duras que Shaxton de Salisbury se vio forzado a dimitir; y cuando Enrique VIII decidió que los sacerdotes no debían contraer matrimonio, incluso obligó al pobre Cranmer a enviar a su esposa al extranjero.

La Iglesia de Enrique era católica en casi todos los aspectos salvo en el reconocimiento de la autoridad del Papa. Con respecto a la gran cuestión central de la Transustanciación, Enrique amenazó a todos los que la negaran con morir en la hoguera, pues si no lo hubiera hecho su nueva Iglesia de Inglaterra y sus sacerdotes habrían sido inferiores a la Iglesia de Roma.

No obstante, Sarum había cambiado… en dos importantes aspectos.

El primero era la disolución de los monasterios. Las casas de menor importancia habían sido las primeras en desaparecer. Edward Shockley recordaba haber observado, de niño, cómo unos hombres sacaban de la antigua casa de los franciscanos, situada junto a la Puerta de Saint Anne, dos pequeñas cruces y unos muebles. De todos modos allí quedaba sólo un puñado de monjes, y la mitad del lugar había sido arrendada a un inquilino desde hacía varios años. Con todo, Shockley se había dado cuenta de que un mundo estaba desapareciendo. Pero al cabo de unos años, los grandes conventos, el de Amesbury en el norte y el de la vecina Wilton, desaparecieron también. Y eso era otra cuestión muy distinta.

Para el rey, la clausura de esas instituciones religiosas, en muchos casos decrépitas, era principalmente un medio de recaudar dinero y de recompensar a sus amigos. Amesbury fue a parar a manos de la familia de Juana Seymour. Wilton, con sus inmensas y antiguas propiedades, a manos de sir William Herbert, que había medrado rápidamente en el servicio del rey.

Pero el efecto que ello tuvo sobre la zona de Sarum fue extraordinario. Durante siglos, cuando las gentes se volvían hacia el oeste, contemplaban los fértiles campos en torno a Wilton y sabían que esas tierras pertenecían a la abadía. En los tiempos aletargados de los sajones, uno podía estar seguro de que, pasara lo que pasara, las tierras de la abadía no experimentarían un gran cambio. Pero cuando uno se volvía ahora hacia el oeste, contemplaba la sede de un nuevo y vigoroso poder familiar; pues sir William se había propuesto conseguir a toda costa que la familia de Herbert llegara a ser una gran potencia en el país.

El segundo cambio era menos obvio, pero tendría profundas consecuencias. Se trataba de la orden, emitida en tiempos del obispo Shaxton, de que cada iglesia de la diócesis debía adquirir una de las Biblias inglesas impresas recientemente, traducidas por Coverdale y Tyndale. Enrique llegó a dudar de la sabiduría de este ejemplo de protestantismo. Hacia fines de su reinado decretó que sólo los nobles y la aristocracia podían leer la Biblia en voz alta en sus casas, y que las mujeres corrientes y las clases inferiores no debían leerla traducida.

Pero era demasiado tarde. El mal estaba hecho. Ni siquiera Enrique VIII era capaz de cerrar las mentes de sus súbditos, una vez que éstas se habían abierto.

Edward Shockley había leído la Biblia.

Había mentido. Ése era el problema. Porque estaba enamorado.

Por entonces no le había parecido una mentira. Y en cualquier caso, él y Katherine Moody estaban hechos el uno para el otro. Incluso los padres de ella lo decían.

Él y Katherine formaban una pareja atractiva. Vistos juntos, parecían encajar como dos mitades de una entidad, de forma que, una vez convertidos en marido y mujer, el viejo John Shockley, padre de Edward, comentó riendo que era difícil imaginárselos separados. Ambos se complementaban en todos los aspectos: el cabello espeso y castaño claro de Katherine contrastaba con los rizos rubios de él; ella tenía los ojos azul celeste, los de él eran de un extraordinario azul oscuro. Y la confianza que él tenía en sí mismo, como único heredero del batán enfurtidor Shockley, armonizaba con el afán casi sumiso de Katherine por complacerle.

Dos años antes el viejo rey Enrique había muerto y Edward atendía unos negocios en la ciudad occidental de Exeter cuando la vio por primera vez. Ambos habían sentido una atracción instantánea que por fortuna no se había desvanecido. Al poco tiempo Edward había averiguado que el padre de Katherine era pañero, que ella y su hermano heredarían una modesta fortuna, que carecía de seguridad en sí misma, y que era, en todos los aspectos, la mujer idónea para él. Edward se había enamorado. Tenía veintiún años y ella diecisiete.

Sólo existía un problema: los Moody eran católicos.

A Edward no le había sorprendido ese hecho. Sabía muy bien que en Wessex, sobre todo en el interior de la región, la gente se aferraba a las viejas costumbres. Los Moody, instalados en su aldea situada cerca de Exeter, en el extremo oeste, ansiaban que su Iglesia retornara a Roma, y su deseo era muy lógico.

Ese hecho no le había parecido importante. Sus padres, aunque habían aceptado a regañadientes la ruptura del rey con Roma, ciertamente no eran protestantes. En cierta ocasión su padre, John, había llamado hereje al obispo reformador Shaxton; y todavía se hallaban misales romanos en numerosas iglesias de Wiltshire. Edward supuso que sus padres y los de Katherine no encontrarían muchas cosas sobre las que discutir.

Pero ¿y sus creencias personales? Edward suponía que mientras asistiera a la Iglesia que le asignaba el rey, nadie podría reprocharle nada. Es cierto que, en su fuero interno, Edward aprobaba que los protestantes leyeran la Biblia; si él deseaba oír misa en inglés y opinaba que hombres como Cranmer y Shaxton estaban en lo cierto al atacar las viejas supersticiones papistas, ¿qué necesidad tenía de exponer sus puntos de vista y arriesgarse a ser rechazado por su futuro suegro, el cual vivía muy lejos de Salisbury? Según él, ninguna.

Edward recordaba perfectamente la entrevista con el viejo William Moody.

—Somos católicos —le había dicho Moody—, y mi hija sólo se casará con un hombre que pertenezca a una familia con las mismas creencias.

—Mis padres son católicos y lamentan la ruptura con Roma —había respondido Edward con sinceridad, confiando en que eso bastara. Luego había bajado la vista modestamente.

Pero la intuición del anciano lo había puesto en guardia. Cuando Edward alzó de nuevo la vista, Moody había clavado en él sus penetrantes ojos grises como si pretendiera escrutar su alma.

—En Sarum hubo varios reformadores —observó el anciano secamente.

—Bajo Shaxton —replicó Edward—, pero el rey lo sustituyó por el obispo Capon, el cual exige la observancia de los Seis Artículos.

En efecto, todo el mundo sabía que el obispo Capon, un antiguo monje, había medrado gracias a su afán de cumplir la voluntad del rey, fueran cuales fuesen los deseos del monarca.

Pero Moody no estaba satisfecho.

—Y tú, joven Edward Shockley, ¿estás seguro de no sentirte atraído por las doctrinas de los protestantes? —El anciano adelantó la pelada cabeza en un gesto casi acusador—. Que quede claro —prosiguió—, si no puedes jurarlo mi hija nunca será feliz.

Edward recordó la sonrisa dulce y sumisa de la muchacha, su cuerpo lozano y juvenil y sus propios deseos.

De modo que no titubeó. Miró a William Moody a los ojos y le juró:

—Soy católico, provengo de una familia católica.

Katherine lo amaba, estaba convencido de ello; eso era lo único importante. Si en el futuro se producían desacuerdos entre ellos, Edward estaba seguro de que la naturaleza sumisa de ella evitaría males mayores.

Tres meses más tarde, tras haber prometido también ser un buen amigo para el hermano de Katherine, un niño de diez años, Edward había contraído matrimonio.

Había mentido.

Su matrimonio resultó ser una delicia. Él y Katherine arrendaron una vivienda cerca de casa de los Shockley y allí gozaron de su primer año de dicha.

Cada noche, se sentaban juntos a cenar y a menudo, antes de haber concluido la ligera colación, ambos temblaban de deseo e impaciencia.

Edward dedicaba la jornada a trabajar para su padre, y las noches a dar rienda suelta a su desenfrenada pasión. Y aunque a veces ella le miraba tímidamente en busca de una señal de aprobación por los cambios que había realizado en la casa o la comida que servía, al poco tiempo Katherine adquirió una nueva confianza en sí misma e incluso una apasionada agresividad a la hora de hacer el amor.

Durante aquel año, el tema de la religión apenas se planteó.

Asistían juntos a misa en la ciudad o en la catedral, pero fuera de eso rara vez hablaban de asuntos religiosos. Puesto que ambos coincidían en sus creencias, según pensaba Katherine, no había necesidad de comentarios.

De vez en cuando Edward leía la Biblia inglesa y ella le observaba preocupada. Pero él le había recordado que el rey lo permitía y a ella no le parecía correcto discutir con su marido.

Edward se mostraba amable con ella, y firme. Y ella lo amaba.

En 1547, ocurrieron varios acontecimientos que cambiaron sus vidas. El primero fue la muerte del padre de Edward, que le dejó a cargo del negocio. Como la madre estaba delicada, el matrimonio se mudó a la casa de los Shockley y Edward instaló a su madre en la casita que había junto a la mansión, con una enfermera para que la atendiera.

A la sazón era un hombre con muchas responsabilidades. Estaba preparado para ello, pero sus quehaceres le tenían muy ocupado y veía a su esposa con menos frecuencia. Pero Katherine se sentía satisfecha. Sus pálidos ojos resplandecían, su timidez había desaparecido temporalmente. Estaba encinta.

Pero fue el tercer acontecimiento el que incidió más profundamente en su hogar, y que ensombreció sus vidas.

Pues en 1547, el rey Enrique VIII de Inglaterra murió, y fue sustituido en el trono por su único hijo varón, el piadoso niño rey Eduardo VI.

Shockley no se había dado cuenta de lo que eso significaba.

Eduardo VI no era sino un muchacho. Gobernó bajo la dirección de sus protectores, primero de su tío Seymour, luego del poderoso y astuto duque de Northumberland. Tenía unos favoritos en quienes confiaba, como sir William Herbert de Wilton, a quien concedió el título de conde de Pembroke. Algunos decían que se hallaba también bajo la influencia de Cranmer. Pero al margen de las recomendaciones que pudieran hacerle sus consejeros, no cabía duda de que el joven y precoz rey tenía su propio criterio, y que era protestante.

Y entonces la Reforma llegó a Sarum.

Para el asombro del joven Shockley, el obispo Capon, ese estricto defensor de la ortodoxia del rey Enrique, se había convertido en un protestante no menos riguroso de la noche a la mañana. Su régimen no tardó en representar todo cuanto el niño rey pudiera desear.

Todo había cambiado; las capellanías con sus sacerdotes y sus misas para las almas de los difuntos, los altares, las estatuas, el laminado en oro, los siete oficios y misas mayores: todo desapareció en cinco años. Ahora se celebraban dos misas sencillas al día y una comunión una vez al mes; la antigua liturgia de Sarum, que en tiempos de Enrique habían adoptado la mayoría de las diócesis de Canterbury, había sido sustituida por el Libro inglés de oración de Cranmer, muy respetable, pero para algunos oídos carente del misterio de la vieja liturgia latina. El obispo Gardiner de la cercana Winchester había sido depuesto. El clero había sido informado de que los sacerdotes podían casarse y sus hijos serían legítimos.

Edward Shockley estaba demasiado ocupado para preocuparse por esos cambios, pero cuando pensaba en ellos, le despertaban sentimientos contradictorios. Lamentaba que hubieran desaparecido algunas capellanías, pero cuando escuchaba los conmovedores sermones de algunos reformadores y profundizaba en los bellos y melódicos pasajes del Libro de oración de Cranmer llegaba a la conclusión de que el honesto protestantismo del nuevo régimen era en muchos aspectos preferible a la inflexible y autoritaria ortodoxia del reinado anterior. Lo cierto era que Edward había compartido en parte las ideas de Cranmer en el pasado, y cuando llegaron a Inglaterra los nuevos tratados protestantes procedentes de Europa, él los leyó en privado y se dejó convencer por sus argumentos.

Pero sobre Katherine el efecto del cambio fue devastador. Edward comprendía, por supuesto, que ella fuera una católica devota; pero no había previsto que las primeras reformas emprendidas por el nuevo rey le producirían tal conmoción a su esposa. Porque eso fue justamente lo que sucedió.

Katherine se negó a acercarse a la mesa de la comunión protestante. Lloraba al ver destrozadas las imágenes de los santos y profanadas las capillas en la cercana iglesia de Saint Thomas. A menudo, cuando Edward entraba en casa, la encontraba rezando el rosario hecha un mar de lágrimas; y con frecuencia, cuando se sentaban a comer, Katherine le preguntaba ansiosa:

—¿Qué vamos a hacer?

Katherine escribió largas cartas a su padre y recibió la severa respuesta de que debía mantener la fe auténtica con todo rigor en la intimidad de su hogar y esperar a ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Ante todo, le recordó su padre, debía obedecer a su marido, quien como buen católico la guiaría adecuadamente.

Edward recordaba la advertencia que le había hecho el padre de Katherine. Ahora la comprendía mejor. Pero ¿qué podía hacer? Al principio no hizo nada. Pidió a Katherine que fuera discreta, que tuviera paciencia. Al verla preocupada trató, en un par de ocasiones, de quitarle hierro al asunto. Pero Katherine se disgustó tanto que Edward temió que sufriera un aborto.

En un intento de tranquilizarla, Edward afirmó con vehemencia que era católico, pero también le pidió, por el bien de la criatura, que fuera discreta.

¡Qué sumisa era ella! A veces Edward se sentía conmovido al ver que Katherine le observaba con una expresión patética y esperanzada en busca de un consuelo que él sabía que no podía darle. En otras ocasiones se sentía irritado cuando ella se volvía hacia él y exclamaba:

—¡Ojalá tuviéramos un sacerdote!

Sólo cabía una respuesta: mostrarse firme con ella. El padre de Katherine le había advertido a su hija que su deber consistía en obedecer a su esposo; la joven lo tenía presente. De modo que Edward sabía que podía exigir su colaboración, aunque sólo fuera por el bien del negocio y del niño.

Era una situación extraña. De puertas para fuera, Edward Shockley obedecía el nuevo régimen protestante, en el que en su fuero interno creía. En casa, aseguraba ser un buen católico de corazón, para aplacar a su esposa.

Al nacer Celia él supuso que, durante un tiempo, su esposa se mostraría satisfecha.

¿Era su carácter sumiso lo que hacía que a veces él la tratara con aspereza? ¿Seguía disfrutando con su compañía? Ciertamente, su juvenil cuerpo, que había alcanzado su primera y perfecta plenitud, aún provocaba en él un grado de excitación que Edward tomaba por pasión. Y en tales ocasiones Katherine, anclada en la confianza que le inspiraba él, correspondía a su pasión.

El abismo que poco a poco se fue abriendo entre ellos no apareció hasta que Celia cumplió un año. Fue culpa de él. Quizá, si ella no se hubiera mostrado tan ansiosa por complacerle, Edward habría resistido más tiempo. El caso es que empezó a meterse con ella. A veces no era más que un comentario sin mala fe; otras sus palabras contenían un evidente tono de crítica. Sus comentarios solían referirse al dogma de los sacerdotes católicos, o a lo absurdo de una sagrada reliquia que había sido destruida. La pobre Katherine intuía que esos comentarios pretendían ser un desafío, pero no estaba segura de si la crítica iba dirigida contra ella o su Iglesia. ¿Acaso Edward había dejado de ser un buen católico? ¿O significaba que ya no la amaba?

Él era joven. A veces gozaba atormentándola. En ocasiones eso incluso le excitaba. Pero a medida que transcurrían los meses, entre ellos comenzó a instaurarse cierta frialdad. En varias ocasiones él notó que ella le observaba con recelo, y una vez ella se volvió hacia él y le preguntó con franqueza:

—¿No eres católico?

Edward le aseguró que lo era, pero comprendió que ella temía que le estuviera mintiendo.

Por las noches, cuando yacían juntos, aunque ella no le rechazaba, él sentía que del cuerpo de su esposa emanaba como una ola de rencor; y al cabo de unos meses notó que él correspondía a ese sentimiento, siquiera como una especie de autodefensa.

Katherine seguía mostrándose sumisa, obediente. Pero puesto que él presentía que su mujer ya no le amaba, no le satisfacía salirse con la suya. A veces mentía a Katherine para complacerla, jurando que era católico, y durante un tiempo su relación parecía volver a ser la que era antes. Pero Edward sospechaba que ella dudaba de él.

Sin embargo el joven no se equivocaba al pensar que ella no había comentado sus dudas a su familia, pues hacerlo habría equivalido a reconocer que su esposo era un traidor.

A pesar de todo, durante unos años su matrimonio discurrió de un modo apacible. Durante un tiempo resurgió la mutua atracción que ambos sintieran en el pasado. Katherine volvió a quedarse encinta, pero la criatura se malogró.

Edward y Katherine educaban a Celia como católica, en la intimidad de su hogar. Pero un par de veces Edward había oído a la niña hacer unos comentarios que podían acarrearle a él problemas en la ciudad.

—Esperaremos a que la niña sea mayor para enseñarle la religión católica —ordenó Edward a Katherine—. Pero no lo haremos hasta que haya alcanzado una edad en que sepa guardar silencio. A fin de cuentas —añadió para tranquilizar a su esposa—, el Libro inglés de oración de Cranmer no es sino una traducción extraída principalmente de nuestra vieja liturgia de Sarum. —Era cierto, pero ello no consoló a Katherine.

Luego una mañana tuvieron un encontronazo. Él había salido temprano pero había pasado por su casa antes de dirigirse a la iglesia de Saint Thomas. Katherine no le había oído entrar. Cuando Edward subía la escalera que conducía a la amplia habitación que daba a la calle oyó la dulce voz de su esposa decir a la niña:

—Y entonces el sacerdote realiza un milagro y el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor.

Edward sintió un escalofrío. ¿Y si la niña repetía eso en público? Pues ésa era la doctrina de la Transustanciación. Todo católico debía creer que cuando el sacerdote eleva la hostia, lleva a cabo el gran milagro que transforma el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Jesucristo. Los lolardos se habían opuesto a esa doctrina y los protestantes también la rechazaban. Y aunque el ortodoxo Enrique VIII la había confirmado en sus Seis Artículos, para su hijo Eduardo VI, para Cranmer y para el obispo Capon era una abominación.

Edward irrumpió en la habitación.

—¡No! ¡No permitiré que le enseñes las doctrinas papistas! —exclamó furioso, apuntando a su esposa con el dedo—. Te lo prohíbo, Katherine, y me obedecerás.

Edward observó la expresión de angustia en el rostro de su esposa, pero no le importó.

—¿Las consideras papistas? —preguntó Katherine.

—Sí.

—Entonces, ¿no crees en ellas?

Edward jamás olvidaría el dolor que expresaban los ojos de su mujer, pero su rabia le llevó a replicar:

—¡No, estúpida, no creo en ellas!

De modo que ahora ella ya sabía, más allá de toda sombra de duda, que durante todos esos años él había sentido desprecio hacia ella y había mentido.

Para Edward fue un alivio poder concentrarse en su trabajo.

Pues aquél podía ser un día decisivo en su vida. Si la reunión que Thomas Forest y él iban a celebrar con el holandés resultaba provechosa, la familia Shockley vería cumplida su ambición de situarse en el primer puesto del escalafón comercial de Sarum.

—Quizá me nombren un día alcalde —pensó Edward ilusionado.

De nuevo, el viejo batán enfurtidor constituía el elemento fundamental del éxito de la familia.

En las últimas décadas la industria pañera en Inglaterra había experimentado un cambio. Los paños ligeros, los rays y los tejidos de lana con urdimbre de algodón que con tanto éxito fabricaba la ciudad de Salisbury ya no se vendían como antes; sin embargo, los gremios medievales de la población, orgullosos de su oficio y aferrados a sus costumbres, trataron de seguir como antes. Pero el antiguo comercio con Italia a través de Southampton fue menguando hasta casi desaparecer, e incluso en Inglaterra los rays habían dejado de estar de moda.

No obstante para los Shockley, con su batán enfurtidor, aquel cambio significaba una nueva oportunidad.

—Olvida el comercio con Italia —dijo John Shockley a su hijo—. Procura llegar a Amberes.

Existía una gran demanda de paño grueso, el sencillo paño sin teñir, de veinticinco onzas la yarda, tan pesado como un abrigo moderno: un tejido recio, de tacto parecido al fieltro, que los poderosos martillos del batán enfurtidor golpeaban día y noche. Éste era el paño que los mercaderes de los Países Bajos y Alemania demandaban, y el gran mercado de Blackwell Hall en Londres constituía el centro del comercio que posteriormente fluía hacia Amberes, el Báltico y más allá.

De modo que quienes prosperaron no fueron los artesanos de Salisbury, sino los fabricantes del oeste de Wiltshire, pues las condiciones del nuevo comercio eran distintas. Antiguamente los pañeros occidentales habían tropezado con una desventaja, porque el agua de sus caudalosos ríos que accionaban los batanes enfurtidores procedía de los cerros de tierra cretácea y caliza, y por consiguiente era tan dura que impedía que los tintes se fijaran debidamente y resultaba difícil obtener un color uniforme. Pero para el pujante comercio de paño sin teñir esas condiciones eran perfectas.

Se habían producido asimismo otros cambios. Aunque el paño seguía tejiéndose en el mismo telar manipulado por dos hombres, algunos comerciantes del oeste habían instalado los telares cerca de sus batanes enfurtidores, creando unas condiciones casi fabriles. De hecho, cuando los monasterios fueron disueltos, un pañero occidental adquirió la antigua abadía de Malmesbury y la transformó en un enorme taller destinado a la elaboración de paño.

Así era como algunos habían hecho fortuna, pero en Sarum, con su próspero y viejo mercado, sus gremios medievales y su viejas costumbres y tradiciones, pocas personas habían logrado medrar. Aunque algunos lo habían conseguido.

—Fijaos en los hermanos Webbe —decía Edward con admiración—. No sólo se han incorporado al comercio del paño sino que lo exportan ellos mismos a Amberes.

Con su iniciativa, esos poderosos comerciantes habían eliminado de paso a los intermediarios y se habían labrado una excelente reputación en la ciudad.

El problema, tal como Edward reconocía con tristeza, era que él no poseía los recursos para invertir en una empresa de tal envergadura.

Pero un día Thomas Forest habló con su joven amigo Edward Shockley y le propuso suministrarle justamente lo que éste necesitaba. Su plan estaba perfectamente calculado para satisfacer a ambos hombres.

Thomas Forest era un caballero; de eso no cabía la menor duda. Su padre había reconstruido en su mayor parte la mansión de Avonsford, y había incrementado de diversas formas el prestigio social de la familia. Había adquirido un imponente escudo de armas, un espléndido y vistoso blasón que ostentaba un león rampante sobre campo de oro, que instaló con orgullo sobre la chimenea en el salón y sobre su tumba ya dispuesta en el pequeño cementerio de la aldea. Además de esa prueba de nobleza, el anciano había incorporado, poco antes de morir, otro importante elemento a la mansión: un magnífico retrato de su persona. Ciertamente no había sido pintado por el gran Holbein, quien había pintado al rey y a los personajes más importantes del país; pero su autor era un competente discípulo del maestro, un joven alemán que había conferido al estrecho y taimado rostro del viejo Forest una austera dignidad que éste jamás había poseído. En Inglaterra se habían puesto de moda los retratos pictóricos, al menos entre la aristocracia, pero el astuto Forest había comprendido su valor como medio para demostrar la importancia de la familia a todo aquel que visitara la casa, y aunque había protestado ante el precio, lo había pagado.

—Encarga a un pintor tu retrato, Thomas —había recomendado a su hijo—. Ahora somos una familia nueva, pero algún día… —El viejo Forest imaginaba una larga serie de retratos familiares que un día colgarían en los muros de la galería.

Thomas Forest continuó la eficaz tarea de realzar la importancia de la familia con más ahínco si cabe que su padre. Se casó con la hija de un rico pañero de Somerset, la cual afirmaba poseer, por el lado materno, un noble linaje que aún no estaba muy claro. Asimismo, había aportado una cuantiosa dote. Puesto que la mayoría de las propiedades estaban arrendadas, Thomas decidió demoler los últimos vestigios de la vieja aldea para construir nuevas casitas a unos dos kilómetros de la mansión. Eso le había permitido crear un espléndido terreno cercado de unas ciento veinte hectáreas en torno a la casa, en el que mantenía ciervos. Las casitas, los campos y los setos habían sido arrasados y sustituidos por un espacio llano plantado con árboles: el parque de ciervos que se extendía hacia el río era una perspectiva mucho más grata que las desvencijadas casas de los campesinos. Durante la disolución de los monasterios Forest no había obtenido ninguna de las grandes propiedades, pero había adquirido a bajo precio varias granjas pertenecientes a los cenobios menos importantes, y en una de ellas, arrendada por una familia a la que daba un empleo parcial, Forest se había propuesto establecer una hilandería. Asimismo, redondeaba sus ingresos ejerciendo como administrador de unas pequeñas propiedades cuyos dueños, la corona o la Iglesia, eran demasiado perezosos para administrar personalmente. Comoquiera que pagaba una renta reducida por ellas y las manejaba a través de su propio administrador con implacable eficiencia, Thomas había conseguido agregar cada año unos suculentos beneficios a su patrimonio. Dentro de poco confiaba en incorporarse a las filas de los jueces de paz: pues ése era el primer paso para ser plenamente aceptado entre la aristocracia, y ese paso podía conducirle al Parlamento, a la corte del rey y quién sabe a qué títulos y riquezas.

Pese a sus dotes, Thomas Forest, en tanto que caballero con ambiciones, no deseaba ensuciarse las manos dedicándose personalmente al comercio, por lo menos no de un modo visible. Así que el joven Edward Shockley con su batán enfurtidor era justamente lo que precisaba.

—Yo puedo poner el dinero y montar tantos telares como queramos. Instalaremos uno en una de mis granjas y fabricaremos el suficiente paño para que tu batán enfurtidor funcione continuamente, y, en caso necesario, construiremos otro. Deseo que tú mismo dirijas el negocio, Edward, porque sé que puedo fiarme de ti.

Thomas Forest tenía un rostro memorable, cetrino y estrecho, pero dignificado por un cabello y unos ojos negros como el azabache y un bigote largo y delgado que le caía casi hasta la mandíbula, de forma que cuando estaba enojado asumía un aire tan siniestro como el de un verdugo; pero cuando estaba de buenas, mostraba una cálida sonrisa que acompañaba con una seductora y cortés inclinación de la cabeza. Con Edward Shockley siempre se comportaba con exquisita cortesía.

Había ofrecido al joven comerciante unas condiciones generosas, y durante una de sus reuniones Shockley sugirió:

—Debemos tratar de exportar nosotros mismos el paño que fabricamos y eliminar al intermediario, como han hecho los Webbe.

Para sorpresa y gozo de Shockley, Forest asintió.

—Estoy de acuerdo. Quiero que vayas a Amberes y busques un agente que trabaje para nosotros.

Shockley partió en febrero lleno de esperanza. Pero antes de partir, Forest le dio un valioso consejo:

—Busca un hombre que sepa amoldarse a las circunstancias, un corsario.

Edward comprendió lo que Forest quería decir. La situación en el continente, debido a las guerras recientes con Italia y los constantes conflictos entre los protestantes y sus gobernantes católicos en Alemania y los Países Bajos, era inestable. El año anterior, los ingleses habían expulsado por fin de Londres a los poderosos mercaderes alemanes de la Hansa, y los exportadores ingleses sabían que a partir de entonces éstos les acosarían. Los comerciantes que triunfaban en esos tiempos tumultuosos eran los aventureros y los oportunistas.

—Por otra parte, debemos buscar un individuo a quien podamos controlar de lejos, alguien que nos necesite a nosotros más que nosotros a él. —Forest observó al joven comerciante con aire pensativo—. Busca un hombre con un punto débil.

Durante su viaje a Amberes Shockley meditó detenidamente sobre el consejo que le había dado Forest. Permaneció diez días en el bullicioso puerto situado junto al Schelde, con su catedral gótica, célebre por poseer seis naves, y cuyo gigantesco campanario occidental medía veinte metros más que el de Salisbury. Visitó sus grandes gremios, mercados e imprentas, asombrado por la magnitud de los edificios que veía. Había un millar de empresas comerciales extranjeras: inglesas y francesas, españolas, italianas y portuguesas procedentes del sur, y alemanas y danesas del norte. Y al sexto día, en una calle rodeada de edificios de ladrillo con techos a dos aguas, halló a su hombre.

Se trataba de un flamenco descomunal, rubio, de unos treinta y cinco años; era listo y conocía bien el mercado, tenía una familia numerosa, y deseaba hacer un trato. Y estaba cargado de deudas.

—Si no salda pronto sus deudas, le embargarán la casa —comunicó Shockley a Forest.

—Parece el hombre que andamos buscando —contestó el terrateniente.

Aquel día Shockley iba a llevar al flamenco a conocer a Forest en Avonsford. Si Forest daba el visto bueno, firmarían el acuerdo entre los tres y pondrían en marcha el negocio.

Aquella tarde cayó un breve chubasco poco antes de que Edward recogiera al flamenco en la hostería George, y mientras cabalgaban por el valle del Avon que relucía bajo el sol, Edward se alegró de que el lugar presentara un aspecto tan hermoso.

Pues aunque él y Forest pretendían sacar provecho del gigantesco forastero, Edward temía que el comerciante, acostumbrado a la gran metrópoli de Amberes y los imponentes castillos y palacios de Alemania y Francia, desdeñara la ciudad mercantil y las modestas viviendas de Sarum. La tarde anterior, cuando habían cenado juntos en la hostería, su acompañante había expresado su opinión sobre los continentales al reclinarse cómodamente en su silla y comentar:

—Los ingleses vivís pobremente; pero reconozco que coméis bien.

Pero los temores de Edward eran infundados. Pues cuando traspusieron la puerta de piedra y descendieron por la avenida recién plantada de árboles que discurría a través del parque de los ciervos, el flamenco miró a su alrededor con aprobación.

Y al divisar la mansión, su acompañante tiró de las riendas de su caballo y la contempló pasmado.

—Es preciosa —dijo con tono de franca admiración—. Jamás he visto nada tan bien hecho.

Cuando quince años atrás los Forest habían reconstruido la mansión de Avonsford, habían incorporado a la misma un elemento sorprendente, de resultas del cual la casa, con el sol brillando sobre sus muros todavía húmedos a causa de la lluvia, ofrecía un aspecto extraordinario.

—Parece un tablero de ajedrez —exclamó admirado el flamenco.

Ninguna descripción habría sido más precisa. La casa consistía ahora en dos espaciosas alas entre las cuales se alzaba una sección central de dos plantas lo suficientemente larga para contener una hilera de cinco elegantes ventanas; en medio de esta estructura perfectamente simétrica aparecía una puerta amplia y baja. Pero lo más llamativo, lo que había despertado la admiración del comerciante, era la mampostería de sus muros. Pues ahí los albañiles Tudor habían puesto de realce la maestría de su oficio. Toda la fachada estaba dividida en unos cuadros perfectos, de unos treinta centímetros de ancho, confeccionados alternativamente con una piedra local gris claro y pedernal debidamente descantillado, de un color más oscuro. Cuando el sol iluminaba la superficie del muro después de un chubasco, el pedernal relucía casi como el cristal.

Era un diseño que había sido utilizado en esta y otras regiones donde la piedra gris y el pedernal existían desde los tiempos romanos, pero en ningún lugar se había aplicado de forma más elegante y precisa que en los cinco valles que circundaban Sarum.

Cuando los dos hombres se aproximaron al resplandeciente edificio gris, otro detalle atrajo la atención del visitante. Edward comprobó divertido, al acercarse a la entrada, que el flamenco tenía los ojos fijos en ese último elemento ornamental y no se había fijado en que Forest había salido a la puerta para recibirlos.

El flamenco contemplaba admirado las chimeneas.

—¡Dios mío! —gritó con una voz que resonó en torno a la casa—, ¿cómo se llaman esas cosas?

—Chimeneas —repuso Forest suavemente.

Durante el reinado de Enrique VIII, surgió en la arquitectura de Inglaterra una moda breve pero que nunca desaparecería y que no se encontraba en ningún otro lugar de Europa. Pues a los ingleses se les había ocurrido crear unos cañones de chimenea distintos de los que habían existido hasta entonces. Instalados sobre casas de tamaño grande y mediano, eran siempre de ladrillo rojo, independientemente del material, yeso, ladrillo o piedra, con que estuviera construido el resto del edificio. Esas chimeneas se alzaban formando unas decorativas columnas, a menudo unas recias espirales, coronadas por voluminosos capiteles de ladrillo o baldosa de decorativos diseños. En Avonsford los capiteles eran particularmente espléndidos y vistosos, de forma octogonal y con unos bordes acanalados. Proclamaban, suponiendo que ello fuera necesario, que el dueño de la casa aspiraba a alcanzar el rango social más elevado, y que la casa con el tiempo ofrecería un aspecto tan espectacular como sus chimeneas, que constituían su mayor y más disparatada gloria.

La reunión discurrió sin incidentes, y al cabo de menos de una hora, Forest cerró el trato. Sus términos eran bien simples. El flamenco actuaría como agente exclusivo de la nueva empresa; Forest financiaría cualquier otra transacción que aquél deseara realizar. Asimismo, saldaría las deudas del comerciante, tomando su casa en Amberes como garantía. En efecto, al término de la reunión, Forest había pasado a ser el propietario del flamenco.

—El secreto de ese hombre —había confiado el joven Shockley a Forest de antemano— es que le gusta vivir bien y gasta dinero con la misma rapidez con que lo gana. Nunca saldará su deuda contigo.

Una vez que hubieron resuelto satisfactoriamente la cuestión, los tres hombres se pusieron a charlar de temas más generales.

Sentado cómodamente en el amplio salón revestido con paneles de madera, el comerciante sonrió con picardía y comentó:

—De modo que este año ustedes los ingleses son protestantes, como nosotros. Pero pronto cambiarán de opinión, ¿eh?

Shockley abrió la boca para protestar, pero ante su asombro Forest le hizo una seña para que se abstuviera.

—En Amberes corre el rumor de que vuestro niño rey está enfermo; de que no tardará en morir. ¿Y entonces qué ocurrirá?

—Tonterías —protestó Shockley. El año anterior el rey, que había cumplido quince años, había pasado por Sarum y él lo había visto con sus propios ojos. El muchacho estaba pálido, pero había sonreído y correspondido a las aclamaciones de la multitud dando la impresión de gozar de buena salud. Era cierto que en febrero habían circulado rumores de que padecía una dolencia pasajera, pero un comerciante de Londres había informado a Shockley de que el joven rey se había recuperado.

Ante el asombro de Shockley, Forest tampoco refutó esa afirmación.

—El país observará la religión del monarca —dijo al flamenco tranquilamente.

—¿Sea cual sea? —preguntó Shockley de golpe.

—Creo que sí.

El flamenco emitió una carcajada.

—Entonces lo que dicen es cierto, que ustedes los ingleses no creen en nada —soltó alborozado dándose una palmada en la rodilla.

Al oír esas palabras, el rostro de Shockley se ensombreció. Recordó haber visto aquella mañana a Abigail y a Peter Mason. Pensó en su imprudente confesión a Katherine reconociendo ser protestante. ¿Era posible que el país cambiara de nuevo de religión?

Al marcharse, preguntó preocupado a Forest:

—¿Crees que el rey está gravemente enfermo?

Forest lo agarró del brazo y repuso con tono confidencial:

—Concéntrate en la nueva empresa, Shockley. No te preocupes de la política ni la religión. Limítate a seguir las normas del obispo Capon. —Forest le hizo un gesto de advertencia y agregó—: Si vienen tiempos difíciles, no te metas en líos, eso es todo.

El flamenco estaba de excelente humor cuando regresaron a caballo a la ciudad. Se daba perfecta cuenta de que estaba en manos de Forest, pero al mismo tiempo se sentía aliviado de haberse librado de sus deudas.

Cuando pasaron ante el antiguo castillo sobre la colina, el comerciante hinchó los carrillos y preguntó:

—¿Dónde están las chicas de Sarum?

El rostro de Abigail Mason permanecía siempre totalmente inexpresivo. Hacía tiempo que Edward venía observando eso.

Su frente amplia y pálida aparecía siempre serena; llevaba el pelo castaño peinado hacia atrás y recogido en un moño; su cara, cuya barbilla formaba un ángulo firmemente esculpido, jamás mostraba la menor animación.

Se diría que un pintor Tudor había plasmado su cara y su cuerpo con líneas severas y castas sobre una tabla de madera antes de que Abigail llegara a este mundo y asumiera una vida mortal. Su boca describía una línea precisa y casta. ¿Había un atisbo de amargura en ella?, se preguntaba Edward a veces. En tal caso, Abigail sabía moderar su expresión. Sus ojos eran de un castaño intenso pero jamás dejaban traslucir emoción alguna. A menudo tenía profundas ojeras. Si hubiera pertenecido a la generación anterior, en lugar de ser protestante habría sido monja.

Abigail Mason deseaba tener un hijo. Había cumplido veintiocho años.

En una ocasión, cuando tenía veinticinco, había creído que estaba encinta, pero resultó ser una falsa esperanza. Abigail no sabía en qué había fallado. Ciertamente, su marido no había sido capaz de despertar en ella una gran pasión, pero estaba segura de que eso no era importante.

¿Era culpa suya que no tuvieran hijos? Abigail sabía que eso era lo que la mayoría de la gente pensaba. La familia Mason era muy numerosa; Robert, el primo de su marido que vivía en Fisherton, tenía seis hijos robustos. No obstante, su intuición le decía que aún podía dar a luz. Y aunque ignoraba la razón de ese sentir, estaba convencida de ello.

¡Cómo anhelaba tener un hijo! Cuando por la calle veía a una madre con su bebé en brazos, Abigail se sentía irremediablemente atraída hacia la criatura; cuando veía a la esposa de Robert dar de mamar a su hijito, no podía evitar que en su rostro se pintara una expresión de envidia y ansiaba amamantar a su propio retoño. ¿Acaso era un pecado desear un hijo? Abigail rezaba todas las noches pidiendo al Señor que le diera un hijo. Pero el niño aún no había venido.

Abigail era inflexible consigo misma. Su padre, un rígido encuadernador londinense que había adoptado la fe luterana, había enseñado a sus hijos que debían sufrir: era lo normal, Y Abigail sufría.

Peter Mason era un hombre de mediana estatura y, cosa rara en su familia, delgado. Pero sobre su frágil cuerpo descansaba alegremente una enorme cabeza redonda y calva. Era un ser amable y sencillo, y el hecho de que una ingenua sonrisa iluminara su semblante cada vez que veía a Abigail era un tributo al sereno sentido del deber de su esposa.

Ocupaban la misma casa en la que el viejo Benedict había instalado su fábrica de campanas; pero sólo tenían arrendada la mitad del espacio. La fábrica de campanas había cerrado hacía treinta años, y Peter se dedicaba a fabricar cuchillos. Él también anhelaba tener un hijo; aparte de eso, se sentía satisfecho.

Abigail deseaba a veces que su marido fuera más ambicioso. Se preguntaba si, de no haber sido por ella, Peter habría llegado a servir a Dios como debía. Abigail había tenido que emplear todas sus dotes de persuasión para que accediera a destruir la idólatra vidriera de la iglesia de Saint Thomas. Pero si Peter Mason no era exactamente lo que ella deseaba que fuera, la joven se decía: «Debo estar agradecida por lo que poseo». Y la vida en casa del matrimonio discurría de forma apacible y grata.

Salvo por una cosa, sobre la que Abigail sabía que era preciso hacer algo; porque era tan importante como la vidriera de la iglesia. De modo que aquella mañana cuando ella y Peter regresaron a casa, Abigail le recordó:

—Debes actuar inmediatamente, marido. Me lo prometiste. La confrontación que suponía el hecho de actuar horrorizaba a Peter, quien se preguntó si podría postergarla hasta el día siguiente.

Cuando Nellie Godfrey salió aquella tarde de la hostería George con el comerciante de Amberes, tuvo la sensación de que éste podría causar problemas. Era un hombre corpulento y aunque había bebido una gran cantidad de vino, ella no estaba segura de si se había emborrachado o no. Nellie lo observó con atención. Se dijo que podría manipularlo, como hacía con la mayoría de los hombres. Con cuidado pero con firmeza, lo condujo hasta su casa, y cuando el flamenco extendió su descomunal brazo para achucharla en la calle, ella se zafó del abrazo con una carcajada.

—Espera.

Nellie Godfrey poseía una extraordinaria combinación de dotes que la hacían muy atractiva para los hombres. Ella tenía conciencia de sus dotes, pero eran naturales: un carácter alegre y extravertido junto con un cuerpo tan sensual que el aire en torno suyo parecía casi palpable con su aura.

Era algo más baja de lo normal, por lo que su cabeza coronada por una cabellera castaño oscuro apenas llegaba al pecho del flamenco. Vestía un corpiño rojo vivo, semidesabrochado, anudado sobre el pecho con unas cintas y adornado con unas voluminosas hombreras rojas y azules. Debajo de él llevaba una camisa delgada de hilo blanco. Lucía una amplia falda que le alcanzaba los tobillos, unos elegantes zapatos de tafilete y una graciosa cofia de hilo. Su baja estatura no hacía sino resaltar sus rasgos más atractivos: unos deslumbrantes ojos azules de mirada cautivadora, con motas castañas en torno al iris, una sonrisa radiante que revelaba dos hileras de dientes menudos, blancos y perfectos, y un par de magníficos y turgentes senos. Pero al tenerla cerca era cuando los hombres percibían el fragante y denso calor que emanaba de debajo de sus pechos, combinado con un embriagador y sensual aroma a almizcle con el que Nellie se perfumaba siempre que podía permitírselo.

—Esa mujer —comentó Thomas Forest a Shockley— fue creada para ser amada por muchos hombres.

A Nellie le complacía su sensualidad: la excitaba. Pero poseía una cualidad aún mayor. Todos sus amantes tenían la sensación de haber obtenido —además del intenso calor de su espléndido cuerpo y el triunfo de abrazarla durante sus titánicos orgasmos— una porción de su afectuosa naturaleza, dotada de una dulzura interior, una vulnerabilidad conmovedora.

Nellie pensaba a menudo en ello, y se sentía satisfecha de que la mayoría de sus amantes le gustaran. Ciertamente, a veces tenía que venderse a unos individuos que no le atraían; pero por lo general se ganaba la vida ejerciendo de amante de unos pocos y selectos hombres de la ciudad. Éstos le pagaban por sus servicios, desde luego, porque tenía que comer; pero lo más importante para Nellie eran los regalos que éstos le ofrecían y que ella no exigía. Los desenvolvía cuando se quedaba sola; se incorporaba en la cama y los examinaba detenidamente, murmurando: «Creo que ese hombre me ama», o incluso: «Me ama más que a su esposa». Y cuando, satisfecha, guardaba de nuevo sus regalos, a veces lloraba un poco; pero eso era algo que nadie veía jamás.

Habían transcurrido más de setenta años desde que Eustace Godfrey se convirtiera en eremita, y sesenta y cinco desde que había muerto. Desde entonces habían pasado tres generaciones, y ninguna había prosperado. Los últimos vestigios del dinero de los Godfrey habían desaparecido en tiempos del abuelo de Nellie. Su padre había sido un borracho y ella y Piers, su único hermano, se habían quedado huérfanos cuando Nellie tenía trece años.

Piers era carpintero, un hombre honesto y tranquilo que hacía pequeños trabajos para Shockley, quien le había ofrecido su amistad. Piers había mantenido a Nellie cuando ésta era una niña y aún la quería, pero a la sazón se sentía avergonzado de ella. Nellie no podía hacer nada al respecto.

—Nuestra familia fue noble antiguamente —le recordaba Piers. Habían transcurrido dos siglos, siete generaciones desde que un Godefroi había residido en Avonsford; y la estúpida idea de su hermano traía sin cuidado a Nellie.

—Con eso no puedo comprar nada, ¿no es así? —replicaba ella con rabia.

Para la digna familia de comerciantes Godfrey de Salisbury a la que Eustace había despreciado tiempo atrás, el hecho de llevar el mismo apellido que Nellie y su hermano constituía un motivo de bochorno. Los Godfrey habían alcanzado la cima de la sociedad local, incluso habían procurado un alcalde a la ciudad.

—Nellie Godfrey no es pariente nuestra —se apresuraban a decir cuando alguien mencionaba su nombre.

A la edad de veintidós años, Nellie se ganaba modestamente la vida. Poseía unas pocas y pequeñas joyas, que valían menos de lo que ella creía; tenía algunos vestidos elegantes que un rico comerciante le había regalado. Pero aunque no se sentía disgustada con esta situación, el futuro empezaba a mostrarse incierto. Y cuando su hermano trataba de hacerla entrar en razón, preguntando: «¿Qué harás más adelante?», ella sólo era capaz de responder: «Algo», y se negaba a seguir hablando del asunto.

Nellie nunca había querido permanecer sentada ante la rueca de hilar ni casarse con un pobre artesano como su hermano: el tedio de semejante perspectiva repelía a su alegre naturaleza; pero ¿qué alternativas tenía?

—No conseguirás un marido —le advirtió Piers—. Has hundido tu reputación.

Nellie sabía que era cierto. No quería reconocerlo pero estaba asustada. Con todo, una fuerza interior la impulsaba hacia delante.

—Ya se me ocurrirá algo —repetía con tono desafiante, mientras miraba en derredor con sus azules ojos para contemplar lo que podía del mundo de Sarum, esperando una oportunidad.

Nellie llegó a su casa en Culver Street. El flamenco, que caminaba contento y satisfecho junto a ella dando algún que otro traspié y tarareando una canción, contempló su modesta vivienda y exclamó:

—Hoy he visto una hermosa mansión parecida a un tablero de ajedrez. Pero ahora veo una casa que me gusta aún más…, ¡porque en ella vive una mujer! —Y sus carcajadas resonaron en toda la calle.

—No hagas ruido —murmuró ella, haciéndole entrar rápidamente en el pequeño patio y conduciéndole escaleras arriba.

Nellie Godfrey nunca había tenido roces con las autoridades. Ello se debía en parte a cierta tolerancia de las autoridades municipales y el alguacil del obispo, en parte a sus amistosas relaciones con algunos de los comerciantes más destacados y, sobre todo, a su discreción. Los dueños de las hosterías más importantes se alegraban de que Nellie entretuviera a los clientes más prósperos, y ella siempre se guardaba de ofender al sector más conservador de la ciudad exhibiéndose en público. En un par de ocasiones habían circulado algunos chismorreos sobre ella, pero los ciudadanos de más peso los habían sofocado o habían recomendado a Nellie que se ausentara durante un tiempo.

El gigantesco flamenco no sabía nada de eso; ni le importaba lo más mínimo. Acababa de salvar a su esposa y a sus hijos; el trato con Forest y Shockley le había librado de una situación desesperada. No estaba ebrio de vino, sino de felicidad, y una vez arriba, en las dos habitaciones que ocupaba Nellie, no hubo forma de hacerlo callar. Siguió tarareando mientras se movía pesada y torpemente por la estancia, haciendo que crujieran las tablas del suelo; luego comenzó a cantar, y aunque Nellie lo agarró del brazo y trató de besarlo para obligarlo a callarse, no lo consiguió.

Nellie empezó a desabrocharse rápidamente el corpiño del vestido, mostrando sus soberbios pechos.

—Ven —le imploró.

La táctica dio resultado. Una sonrisa de satisfacción iluminó el ancho rostro del flamenco. Atravesó rápidamente la habitación, aferró los senos de Nellie con sus manos grandes y cálidas y los alzó lentamente, observándolos con una expresión de asombro casi infantil.

Aunque no era difícil adivinarlo, Nellie no había imaginado que el corpulento flamenco fuera tan forzudo; pero en ese momento descubrió que estaba totalmente en su poder.

Él no pretendía lastimarla. Se sentía dichoso. Cuando el flamenco se hubo acomodado sobre la cama, Nellie comprobó con asombro que era capaz de levantarla en volandas y sentarla en su regazo como si fuera una niña. Sujetándola con un brazo, empezó a desnudarla, delicadamente pero con firmeza, examinando cada centímetro de su pálida piel con la misma plácida concentración con que había inspeccionado en la hostería los quesos de Wiltshire. Mientras la desnudaba no dejó de tararear. Ella se sintió como si fuera de nuevo una criatura, y el poder de aquel hombre le resultaba extrañamente reconfortante. Sin ningún motivo en particular, Nellie se echó a reír.

—Al menos no hace ruido —pensó mientras él proseguía con su metódica labor.

Una vez que hubo despojado a Nellie de toda la ropa, el flamenco la levantó en brazos y la acostó sobre el recio lecho de roble —«como si yo fuera un pedazo de carne que se dispusiera a asar», se dijo Nellie sonriendo—, mientras él se quitaba las gruesas calzas y el jubón. Luego la tomó de nuevo en brazos y empezó a hacerle el amor.

Al principio lo hizo suavemente, sin dejar de tararear, como si estuviera soñando. Sus lentas caricias —sus manos pese a ser enormes eran delicadas— no disgustaron a Nellie. El aliento le olía un poco a vino, y bastante a queso; pero ella estaba acostumbrada a esas cosas. Sin embargo al poco rato el flamenco empezó a resollar. Su lengua y sus manos parecían querer explorar y poseer cada rincón del cuerpo de Nellie, sobando, palpando, estrujando. «Es como si amasara una hogaza de pan», pensó Nellie, sin saber cómo responder a sus caricias. El corpulento comerciante, empero, no necesitaba respuesta alguna. Tenía el rostro congestionado, los ojos parecían saltársele de las órbitas. Miraba a Nellie lleno de lujuria, sin verla.

A medida que aumentaba su excitación, su conducta se hizo más desenfrenada. Alzó a Nellie en brazos y empezó a girar con ella alrededor de la habitación, gritando de gozo y de lujuria. Ella no podía hacer nada para contenerlo. Trató de taparle la boca con la mano para hacerlo callar, pero fue el último gesto que hizo antes de que el flamenco la arrojara sobre el lecho y la penetrara ávidamente.

Durante unos momentos Nellie abrió los ojos como platos. El comerciante tenía un miembro descomunal. Se aferró a él como pudo mientras él la penetraba una y otra vez salvajemente, hasta que Nellie temió que la recia armazón de la cama fuera a partirse en dos. Supuso que el flamenco no tardaría en eyacular, pero se equivocaba.

Duró más de una hora. De vez en cuando él la levantaba en brazos y se paseaba con ella por la habitación con expresión triunfante; luego se arrojaba con ella sobre el lecho. En varias ocasiones ambos cayeron al suelo con un estruendo que hacía temblar los cimientos de la casa. Los intentos de Nellie por silenciarlo eran como fútiles olas que rompieran sobre la playa. A cada poco el comerciante se ponía a cantar; rugía para proclamar su triunfo; la manipulaba como si fuera una muñeca, y sus cabriolas hacían crujir en son de protesta las tablas de la habitación. El flamenco daba gritos de júbilo para celebrar su poder, su felicidad, su alivio al haber saldado sus deudas.

«No es un hombre, es un toro», pensó ella. Resultaba a la vez excitante y cómico. Al cabo de un rato, comprendiendo que el flamenco ya no era dueño de sí mismo, Nellie renunció a tratar de contenerlo y, al caer de nuevo con él sobre el lecho, sintió una y otra vez el climax del acto carnal. Al alba el gigantesco comerciante salió, contoneándose y feliz, de casa de Nellie.

Y poco después del alba, cuando Nellie dormía todavía, varios de sus vecinos, capitaneados por Abigail Mason y encabezados muy a pesar suyo por Peter, que estaba abochornado, se reunieron para decidir lo que debían hacer.

A las ocho de aquella mañana, Peter Mason y su esposa se dirigieron a casa del concejal del distrito, donde Peter exigió a regañadientes que la desvergonzada ramera, cuyas jaranas nocturnas habían sacudido toda la vivienda y alarmado a sus vecinos, fuera conducida ante el alguacil del obispo y los jueces.

—¿Sabéis lo que eso significa? —le preguntó el concejal. Peter clavó la vista en el suelo.

—Sí —respondió Abigail enérgicamente—. Que la azotarán. Le había llevado tres años persuadir a su marido para que cumpliera con su deber; ella misma podía haber resuelto el asunto, pero le habría procurado menos satisfacción. Abigail deseaba que Peter se comportara como cualquier hombre temeroso de Dios, no tener que hacerlo ella en su lugar. Por fin, la víspera, después de destruir la idólatra vidriera, él le había prometido hacer algo al respecto. Aunque Peter se hubiera arrepentido de esa decisión, la tremenda barahúnda que había organizado el flamenco y que había resonado en toda la vivienda y en la calle habría zanjado la cuestión.

—Según las leyes de Dios esa ramera debe ser castigada —recordó Abigail a su marido—. Y tu deber para con tu esposa es hacer que esa mujer que anda siempre pintarrajeada sea expulsada de nuestra casa. Peter asintió con tristeza. Suponía que su esposa tenía razón. Al mediodía, el concejal fue a hablar con el alguacil. Al mediodía también, Piers Godfrey llegó a casa de su amigo Edward Shockley para preguntarle:

—¿Puedes salvar a Nellie?

Edward Shockley conocía a Piers desde niño; el carpintero solía hacer pequeños trabajos en casa de los Shockley y había confeccionado una hermosa mesa de roble para la familia.

—Haré lo que pueda —le prometió. Pero no se sentía optimista.

La mayoría de faltas por mala conducta eran castigadas con dureza. Los jueces de paz —ese cuerpo de caballeros locales que había asumido buena parte de los casos judiciales rutinarios y administrativos que en el pasado habían sido competencia del alguacil y el caballero del condado— podían devolver a los vagabundos a sus parroquias, poner en el cepo de castigo a quienes perturbaran la paz e impedir que la gente común y corriente participara en juegos no autorizados. Los vagabundos, los padres de hijos bastardos y las rameras solían recibir un castigo más severo: eran atados a un poste en el mercado y azotados públicamente hasta que sangraban. Si Abigail persistía en su queja las autoridades no tendrían más remedio que imponer esa sentencia.

Mientras se encaminaba rápidamente hacia la casa de los Mason en Culver Street, Edward se preguntó qué clase de recibimiento le dispensarían. ¿Qué sensación le produciría cruzar las espadas con la temible mujer a quien admiraba?

Ella le hizo pasar cortésmente. Edward observó que Peter estaba de pie junto a la puerta, con expresión cariacontecida, deseando sin duda que nada de aquello hubiera sucedido.

Edward expuso su caso escuetamente: Nellie no era mala chica; la familia era pobre. Su absurdo entusiasmo incluso le llevó a prometer que se haría responsable de la conducta de la joven en el futuro. Por el rabillo del ojo Edward vio que Peter Mason parecía haberse quitado un peso de encima, y alentado por su reacción rogó a Abigail que retirara la denuncia.

Ella le miró como si Edward fuera un niño.

—¿Acaso no sabéis, Edward Shockley, que es el pecado lo que castigamos, no al pecador?

Sí, lo sabía, pero en su imaginación Edward no cesaba de ver la magnífica espalda de la pobre Nellie desnuda y destrozada por los crueles latigazos.

Al contemplar los ojos serenos y desapasionados de Abigail, Edward se sonrojó.

—Quizá se enmiende —sugirió; pero bajo la mirada atenta de Abigail la sugerencia parecía absurda. Edward se devanó los sesos tratando de hallar otra solución.

Entonces recordó la historia de la mujer pecadora en el Nuevo Testamento. «¿Quién de nosotros es capaz de arrojar la primera piedra?», estaba a punto de decir; pero al pensar en la intachable moralidad de Abigail, ése también le pareció un argumento baldío.

—Dejemos que los jueces decidan el castigo —dijo Abigail con calma; luego, más suavemente e incluso con una sonrisa, agregó—: Sois un hombre misericordioso, Edward Shockley. Después de que esa mujer reciba su castigo, vos y yo tendremos tiempo de mostrarnos misericordiosos con la pecadora.

Qué segura se la veía. Edward era incapaz de ser tan severo; pero no era tan puro como Abigail. Se marchó de su casa con tristeza, sabiendo que la joven sufriría un castigo durísimo. Pero Nellie Godfrey tenía otros planes. Subrepticiamente, Peter Mason la había avisado. Poco antes del mediodía Nellie se había dirigido a casa de su hermano, donde éste la había hallado a su regreso de la mansión de Edward Shockley. Nellie portaba sobre su hombro una sola bolsa, que contenía la mayor parte de sus pertenencias.

—Me marcho —dijo sin más preámbulos. Piers empezó a protestar, pero ella le interrumpió bruscamente—. Mi vida ha terminado aquí, hermano. Van a azotarme en la plaza del mercado.

Él asintió apesadumbrado.

—Pero si huyes…

—Me convertiré en una vagabunda. Pero me arriesgaré.

—¿Adónde irás? —preguntó él con tristeza.

—Al oeste. —El gran puerto de Bristol era un lugar donde Nellie podía arrendar unas habitaciones sin que le hicieran demasiadas preguntas. Allí podría ganarse la vida.

Piers suspiró. Suponía que su Nellie ejercería también de ramera allí; el puerto era un lugar violento. No quería pensar en la suerte que correría allí su hermana.

Sin decir palabra, Piers se dirigió a la pequeña arca donde guardaba los objetos de valor. Sacó quince libras, prácticamente cuanto tenía, y se las entregó a Nellie. Pero Nellie se limitó a sonreír, lo besó y puso de nuevo las monedas en el arca.

—Tengo dinero —dijo, y se dirigió hacia la puerta.

—¿Volveré a verte? —preguntó Piers.

Ella se dio la vuelta; sus resplandecientes ojos azules contemplaron a su hermano con comprensión y resignación, como habían contemplado el mundo.

—No lo creo —respondió, dicho lo cual se marchó.

Cuando se dirigía con paso apresurado hacia el puente de Fisherton, Edward Shockley se acercó a ella y le dijo:

—No pude disuadirlos.

—No te preocupes. Me marcho.

El sol caldeaba el ambiente. Mientras caminaba por la carretera que conducía a Wilton, Nellie no se sentía intranquila. Suponía que el alguacil, al descubrir su huida, no haría grandes esfuerzos por perseguirla. La joven incluso se alegraba de que, debido a la repentina crisis, se viera obligada a emprender un rumbo distinto.

—Pase lo que pase —se juró Nellie—, esta vez no me hundiré.

Atravesó el puente de Fisherton y dos kilómetros más allá, al pasar por la aldea Bemerton, un carretero le propuso llevarla a Barford, al otro lado de Wilton.

Cuando se subía al carro Nellie se quedó perpleja al ver a Edward Shockley acercarse montado sobre un viejo caballo zaino. Antes de que ella pudiera abrir la boca, el joven le entregó un pequeño talego y murmuró:

—Ve con Dios.

Y, rojo como la grana, dio media vuelta y se alejó al trote. El talego contenía diez libras.

Aquella noche Nellie Godfrey pernoctó en la antigua ciudad occidental de Shaftesbury, construida sobre una colina, a treinta kilómetros de Sarum, y a la mañana siguiente reanudó su viaje, esta vez hacia el norte.

El 5 de julio de 1553, Eduardo VI de Inglaterra, el piadoso niño rey protestante, exhaló su último suspiro.

El desenlace estaba previsto desde hacía un mes, y ahora toda Inglaterra aguardaba impaciente la noticia de quién le sucedería en el trono.

Esa sucesión constituyó uno de los episodios más extraños en la historia de Inglaterra.

Pues en julio del año 1553 de la era cristiana, el trono de Inglaterra fue cedido a lady Jane Grey.

Era una situación extraordinaria. Las dos hijas de Enrique VIII habían sido excluidas; su hermano Eduardo, acaso con el fin de garantizar que la corona pasara a un conocido protestante, la había dejado en su testamento a una prima que figuraba en la línea real cuyo derecho al trono era, como mucho, distante. Éste fue el llamado «legado» del rey Eduardo.

De hecho se trataba de un complot, el cual tenía poco que ver con Eduardo y con lady Jane Grey. Cranmer y el bando protestante deseaban excluir a la hermana católica de Eduardo, María, hija de la esposa española de Enrique VIII. Pero el principal instigador era una figura mucho más cínica: el duque de Northumberland, protector del reino durante la minoría de edad del rey Eduardo, no deseaba renunciar a su poder. La joven lady Jane, poco más que una adolescente, sería un títere en sus manos; y el duque se aseguró de ello apresurándose a casarla con su hijo. Northumberland contaba con el apoyo de un personaje aún más taimado: el rey Enrique de Francia. A Enrique no le interesaba el protestantismo, Northumberland ni lady Jane Grey; pero su hijo se había desposado con la joven María Estuardo, otra prima perteneciente a la casa Tudor inglesa, y cuantas más hermanas supervivientes de Eduardo lograra debilitar, más posibilidades había de que un día María Estuardo heredara la corona inglesa y convirtiera a sus descendientes en monarcas de Francia, Escocia e Inglaterra.

Los intentos de sentar a lady Jane en el trono eran arriesgados, pero durante breve tiempo los conspiradores controlaron la situación.

El 15 de julio, en la Torre de Londres, el consejo del rey envió un mensaje conmovedor a los burgueses de Salisbury. Éstos debían saber, decía la nota, que si la católica María ascendía al trono,

el reino caerá con toda certeza en la esclavitud, en la vieja servidumbre del anticristo de Roma, produciéndose la subversión de las nuevas enseñanzas de la palabra de Dios…

El mensaje del consejo del rey estaba firmado por Cranmer, otros obispos y magnates, entre los que figuraba lord Pembroke de Wilton.

Aquel día se descubrió otro detalle referente a la conspiración. No sólo el hijo del protector había contraído matrimonio con la reina Jane, sino que Pembroke había casado a su propio hijo con Catherine, hermana de lady Jane. No cabía la menor duda sobre las ambiciones del nuevo conde.

La conjura para coronar a lady Jane fracasó estrepitosamente. No en vano María Tudor era hija de Enrique VIII y de una princesa española. Por si fuera poco, contaba con un inmenso grupo de partidarios. Prometió tolerancia religiosa. Aparentaba un talante —un truco heredado de su padre— casi jovial. Y ante todo, al margen de lo que pensaran de ella sus enemigos debido a la anulación del matrimonio de su madre propiciado por Cranmer, María era, y toda Inglaterra lo sabía, la heredera legítima de la corona.

María avanzó sobre Londres. El ánimo de la gente se inclinaba a su favor. El consejo del rey envió al duque de Northumberland para encararse con ella, pero tan pronto como éste partió el consejo cambió de bando a sus espaldas.

Nadie lo hizo más rápidamente que lord Pembroke de Wilton, que juró públicamente que defendería a María hasta la muerte con su espada.

Así concluyó el reinado de Jane, quien no llegó a ser coronada. La desdichada joven fue encerrada en la cárcel, Northumberland fue ejecutado y el hijo de Pembroke tuvo la precaución de no consumar su matrimonio con la hermana de Jane.

Edward Shockley se hallaba de pie ante su esposa, dispuesto a capitular.

Le había llevado tres meses llegar a esa decisión y no podía por menos de admirarla por su triunfo. Habían sido unos meses dolorosos para él, pues no era fácil soportar los recelos de Katherine.

Después de la escena ocurrida en abril, habían transcurrido sin novedad tres días, durante los cuales Edward observó que ella lloraba con frecuencia. Él la rehuía en parte porque se sentía avergonzado por lo que había hecho, y en parte porque estaba enojado con ella por hacerle sentirse culpable.

Edward temió en un par de ocasiones que su esposa regresara a casa de su padre, pero no lo hizo, y él respiró aliviado.

Pero persistía la pregunta: ¿qué iba a ocurrir? Katherine no volvió a tratar de enseñar a la niña doctrinas papistas, y él estaba seguro de que su esposa no le desobedecería.

Pero ella se sentía dolida y eso no tenía remedio.

Edward tampoco consiguió recuperar el cariño de su hija. La pequeña Celia le observaba con temor. Era natural. Aunque la niña no comprendía los motivos, sabía que su padre había herido a su madre; asimismo tenía la impresión, aunque no le habían explicado nada, de que su padre había cometido un terrible delito. Cuando él se acercaba a ella, Celia lo miraba con sus pálidos ojos, que había heredado de su madre, llenos de terror y huía de él. Al comprobar la reacción de su hija, Edward maldecía entre dientes, lo cual no hacía sino intensificar el temor de la niña.

Durante un mes Katherine se había mostrado distante por las noches, hasta que en un arrebato de furia él exigió sus derechos conyugales.

Ella accedió: era su deber. Pero su expresión de sumiso sufrimiento, casi de martirio, le irritó tanto que renunció a sus deseos con una blasfemia.

Cada pocos días, ella le rogaba humildemente:

—Ablanda tu corazón, Edward. De niño debiste de ser católico. ¿Estás seguro, ahora que eres un hombre adulto, de que no es el orgullo el que te lleva a rechazar la autoridad de la Iglesia católica?

La autoridad. Él sabía lo que pretendía ella. Era la vieja exigencia de la Iglesia católica: reconoce que no eres nada, sométete.

Pero Edward se negaba.

Además, después de haber mentido a Katherine durante tantos años, era un alivio haberle confesado la verdad.

No obstante, al cabo de seis semanas comenzó a producirse un ligero cambio en sus relaciones. Katherine siguió cumpliendo tranquilamente con sus quehaceres cotidianos. Incluso aceptaba a Edward en su lecho. Y una vez a la semana, los domingos, se sentaba dulce y cariñosamente junto a él y le rogaba que recapacitara.

—No para complacerme a mí —decía con expresión seria—, sino para salvar tu alma.

En el fondo, Edward se sentía culpable de aquella situación.

Qué buena era ella. Él la había traicionado. Pero aunque Katherine llorara a lágrima viva, o tratara de convencerle con ternura, a él le resultaba muy duro soportar, semana tras semana, su amarga desconfianza.

Y ahora Edward estaba a punto de ceder.

Había sido Thomas Forest quien le había convencido.

Ambos habían hablado la víspera sobre el asunto.

La nueva reina sólo llevaba una semana en el trono y había prometido tolerancia religiosa. Edward deseaba creerlo, pero el terrateniente le había asegurado:

—La reina María convertirá a Inglaterra en católica, aunque sea a la fuerza.

Los observadores de Sarum ya habían percibido ciertos indicios de lo que podía ocurrir.

—He hablado con el obispo Capon —explicó Forest—, es como una veleta que indica hacia dónde sopla el viento.

—Es un protestante recalcitrante.

Forest meneó la cabeza en sentido negativo.

—Eso fue la semana pasada. Está cambiando. Debéis pensar en vuestra seguridad y nuestro negocio, Edward, y estar dispuesto a hacer lo mismo.

Eso hizo que Edward Shockley pensara en su esposa.

Examinó la situación con calma. Sospechaba que Forest tenía razón y que la promesa de tolerancia que había hecho la reina era un engaño.

Por tanto, a menos que quisiera arriesgar su vida, tendría que profesar de nuevo el catolicismo.

Pero ¿y Katherine? Si él daba ese paso para cumplir con las normas del nuevo régimen, ¿creería ella en su sinceridad? Seguramente no. Él le había mentido anteriormente.

Lo cual llevaba a una simple conclusión. A menos que él estuviera dispuesto a soportar años de incredulidad y desconfianza, tenía que convertirse enseguida, aparentemente por voluntad propia.

Edward se plantó ante Katherine con expresión compungida.

—Te pido perdón, Katherine. Hablé llevado por el temor, y la ira. Creo en la fe católica que me inculcaron de niño y deseo regresar a ella.

—¿Eres sincero, Edward? —Los ojos azul pálido de Katherine expresaban recelo, pero él leyó en ellos cierta esperanza.

—Lo juro.

—¿Te confesarás con un sacerdote?

—De todo corazón. —Edward sonrió.

Ella lo miró con los ojos llenos de lágrimas.

—He rezado para que ocurriera esto, Edward, durante tres largos meses.

—Te agradezco tus oraciones.

Qué fácil había sido. Él la besó, aunque no sin sentir en su fuero interno cierta vergüenza.

Forest estaba en lo cierto.

Capon no sólo volvió a cambiar de bando, sino que el obispo Gardiner no tardó en regresar a la vecina Winchester. Al cabo de unos meses, el Parlamento concedió a María todo cuanto ella había exigido salvo el regreso de la Iglesia de Inglaterra a Roma. Todas las promesas de tolerancia fueron olvidadas. Los obispos protestantes Latimer y Ridley fueron encerrados en prisión. El desdichado arzobispo Cranmer fue arrestado.

Pero además, la reina, que a la sazón contaba treinta y siete años, anhelaba un esposo católico y un hijo. Al cabo de un mes eligió a Felipe de España. A fin de conseguir el necesario apoyo en el consejo, el padre de Felipe, soberano del Sagrado Imperio Romano, envió un presente de dos mil coronas a varios hombres clave. Lord Pembroke era uno de ellos. Y cuando el Parlamento protestó por esa intromisión de España en los asuntos de Inglaterra, María les dijo que se ocuparan de sus propios asuntos.

Las noticias que llegaban a Sarum no permitían albergar la menor duda sobre el poder de la nueva reina.

En enero una rebelión encabezada por Wyatt, el hijo de un poeta menor, convocó a un numeroso grupo de hombres que marcharon desde Kent hasta Londres. Una vez en Londres fueron aplastados por lord Pembroke y, esgrimiendo la oportuna sospecha de que también lady Jane y su marido estaban implicados en la rebelión, éstos fueron decapitados. También sospechaban de Isabel, la hermanastra de María, pero como no pudieron probar nada, le permitieron permanecer bajo vigilancia en el palacio campestre de Woodstock.

Entretanto, el obispo Capon privó de sus rentas a cincuenta y cuatro clérigos de la diócesis, quienes habían obedecido anteriormente sus instrucciones protestantes.

Pero el acontecimiento que puso nervioso a Edward Shockley acaeció en junio de 1554, cuando el marqués de Las Novas —un emisario personal del rey Felipe de España— desembarcó antes que su soberano en Plymouth y fue conducido por lord Pembroke a Wilton House, donde fue acogido por un magnífico comité de recepción que, encabezado por el hijo de Pembroke, incluía al sheriff del condado y a doscientos caballeros. De éstos, ninguno disponía de una montura más soberbia ni iba más espléndidamente ataviado que el cetrino señor de Avonsford, Thomas Forest.

Dos semanas más tarde el rey de España y su séquito llegaron a Southampton. Se dirigieron de inmediato a la antigua ciudad de Winchester, donde Felipe y María fueron casados con gran pompa por el obispo Gardiner, recientemente rehabilitado, después de lo cual lord Pembroke depositó ceremoniosamente ante el rey de España la gran espada de estado.

Y aunque Forest le aseguró que Felipe no podía heredar la corona inglesa y que el vínculo con España beneficiaría al comercio inglés con las posesiones españolas en el Nuevo Mundo y los Países Bajos, Edward expresó los sentimientos de la mayoría de los ingleses cuando se quejó con amargura:

—No me apetece que me gobierne un rey español, aunque sea a medias.

De un tiempo a esa parte Abigail Mason se había vuelto muy callada. Pero el motivo, según descubrió Edward Shockley, radicaba en gran medida en la propia Abigail.

En agosto de 1553 había visto, con absoluta claridad, lo que iba a ocurrir.

—La religión verdadera será proscrita. Pronto no quedará más que la misa latina en todas las iglesias —explicó Abigail disgustada a su perplejo marido—. Debemos marcharnos.

—¿Y adónde iremos? —preguntó él.

Y ante su asombro ella había replicado:

—A Ginebra, por supuesto.

Él la había mirado boquiabierto, primero con asombro, luego desconcertado.

—¿Y de dónde sacaremos el dinero?

—Si eso es lo que desea el Señor, ya hallaremos el medio de conseguirlo.

La pregunta que había formulado él era razonable. De los varios centenares de protestantes que habían huido con sus familias del régimen de María Tudor, casi todos eran aristócratas, prósperos comerciantes o eruditos. El número de humildes artesanos que podían permitirse el lujo de escapar al continente ascendía sólo a unas pocas docenas. Peter no conocía a ninguna otra persona en Sarum dispuesta a intentar siquiera tan temeraria aventura.

Pero si tenían que marcharse, era natural que Abigail hubiera elegido Ginebra. Pues esa población suiza era el hogar, la ciudad santa, del hombre a quien ella más admiraba: Juan Calvino.

—Es la ciudad de Dios —recordó Abigail a su esposo.

En Ginebra, el severo moralista y autoritario Calvino gobernaba con un régimen protestante tan rígido y doctrinario como cualquier régimen católico que María Tudor pudiera haber soñado con imponer en Inglaterra.

De todos los líderes protestantes —Lutero y sus seguidores, que en realidad eran tan sólo unos católicos reformistas, o los maestros más avanzados como Zwingli, quien insistía en que la comunión no era sino un acto de conmemoración—, el más afín al rígido sentido del deber de Abigail era el severo y lógico francés, Calvino, en su retiro suizo. Calvino hacía hincapié, mediante un proceso de simple deducción de la Biblia, en una de las más terroríficas aunque lógicas doctrinas que surgieron de la Reforma protestante: la doctrina de la predestinación.

La predestinación, aunque podía ser deducida del mismo san Agustín, constituía a los ojos de la Iglesia católica una herejía, pues negaba al hombre el ejercicio del libre albedrío para seguir la senda del deber y, con la gracia de Dios, alcanzar el cielo.

Incluso Shockley, cuando reconocía su protestantismo, se sentía incómodo con esa doctrina.

—Si todo está predestinado, entonces no tiene sentido rezar, ni realizar buenas obras, ni nada —se lamentaba—, puesto que nada puede modificar nuestro destino.

Pero Abigail no lo veía así; la lógica de su razonamiento era impecable. «Algunos son elegidos, otros no», explicaba a Peter. Y cuando éste preguntaba ansioso: «¿Somos nosotros los elegidos?», ella se limitaba a contestar: «Tal vez».

—Debemos obedecer la ley de Dios y confiar en Él —declaraba Abigail—. Hoy día en Inglaterra se niega la ley de Dios. Iremos a Ginebra.

Así, durante el mes de agosto, la pareja reunió todo el dinero que pudo e hizo los preparativos pertinentes. Pero no llegaron a partir.

Pues a fines de agosto de 1553, la esposa de Robert Mason, primo de Peter, murió repentina e inesperadamente de parto, y el atribulado esposo se quedó en la casita de Fisherton sin ayuda, con el bebé que había sobrevivido y una prole de niños de corta edad. Peter y Abigail estaban con ellos cuando ocurrió.

A Abigail le llevó un día decidir lo que debía hacer; fue una decisión generosa.

—Debemos quedarnos —dijo a Peter, con los ojos, por una vez, llenos de lágrimas—. Dios no puede desear que nos vayamos y dejemos a nuestro primo en esta situación.

—¿Entonces no iremos a Ginebra?

Abigail meneó la cabeza apesadumbrada.

—Aún no. Debemos quedarnos —repuso con tristeza— y sufrir.

—Entonces será mejor que saque mis herramientas de la bolsa de viaje —contestó el cuchillero emitiendo un disimulado suspiro de alivio.

A partir de aquel día Abigail tuvo que atender a dos familias. En aquella época Shockley tenía muchas cosas, aparte de la religión, en qué ocuparse.

Durante tres años las cosechas habían sido desastrosas; en las zonas rurales reinaba una sensación de desánimo e inquietud y era difícil no sentirse afectado por ella. Pero lo más grave, desde el punto de vista de Shockley, era el hecho de que el pujante mercado del paño había conducido a un exceso de producción.

—Nuestro flamenco quizá sea un buen comerciante —dijo a Forest—, pero cada mes los mercaderes se quejan de que entra demasiado paño en Amberes. Los precios están cayendo. ¿Estás seguro de que hacemos bien en incrementar la producción?

Pero Forest, para sorpresa de Shockley, se limitó a sonreír.

—¿Qué ocurrirá cuando el exceso de producción aumente? —preguntó a su joven socio.

—Los comerciantes se arruinarán —respondió Shockley.

Forest asintió con la cabeza.

—Exactamente. Dentro de un par de años se producirá una crisis. Pero pasará. El mercado prioritario es fuerte. Y cuando estalle la crisis, nosotros seguiremos comerciando, y compraremos el paño excedente a bajo precio a los comerciantes que no puedan seguir conservándolo. —Forest sonrió—. Tengo dinero suficiente para capear una docena de temporales, Shockley. Anda, a trabajar.

A menudo los dos hombres visitaban a caballo las propiedades secundarias de Forest, en el extremo opuesto de donde estaban los talleres, y cada vez que pasaban ante la mansión de lord Pembroke, Forest observaba:

—Ése es el hombre al que no debemos perder de vista, Edward. Incluso importa trabajadores de la industria pañera del continente.

En una de esas ocasiones contemplaron un curioso espectáculo.

En el momento en que alcanzaban la puerta de la mansión de Pembroke, apareció un carruaje escoltado por jinetes que circulaba a tal velocidad que Shockley y Forest tuvieron que apartarse bruscamente para no ser atropellados. Al pasar junto a ellos los escoltas arrojaron piedras contra la puerta, y Shockley oyó que alguien profería en el interior del carruaje una retahíla de maldiciones, al parecer dirigidas contra la casa. Con un tremendo estrépito y salpicando a ambos hombres de barro, el extraordinario cortejo desapareció de la vista.

—¿Quién era ése? —preguntó Shockley atónito.

Forest sonrió.

—Lord Stourton —repuso.

Shockley lo conocía de nombre, naturalmente. Aunque los Stourton habían mantenido con Sarum un contacto esporádico a lo largo del tiempo, todo el mundo había oído hablar de esos antiguos señores que habían gobernado durante siglos ciertas regiones de Wiltshire. Pero Edward jamás había visto a lord Stourton en persona.

—¿Qué hace aquí? —inquirió.

—Odia a lord Pembroke —le explicó Forest.

—¿Por qué?

—¿Quién sabe? Quizá porque los Herbert llegaron hace poco aquí; quizá porque son tan poderosos. —Forest meneó la cabeza—. Sólo un imbécil se convertiría en enemigo de Pembroke. Pero Stourton tiene muchos enemigos. Algunos dicen que está loco.

Cierta vez se encontraron con el mismo Pembroke. Cabalgaba por el sendero acompañado por dos caballeros, y correspondió al efusivo saludo de Forest con una cortés pero breve inclinación de cabeza. Shockley lo observó detenidamente cuando pasó junto a ellos, y tomó nota de su rostro largo y afilado y sus ojos duros y reflexivos. Más tarde Forest se volvió hacia él y preguntó:

—¿Qué te ha parecido?

—No es un hombre con quien quisiera enemistarme —confesó Edward.

Por aquel entonces se produjo un hecho nimio pero no por ello menos importante en los asuntos de Forest y Shockley.

El nuevo negocio tenía tantas facetas que un día Forest sugirió a Shockley:

—Necesitamos otro par de manos, alguien que vigile a los tejedores todos los días.

Shockley se mostró de acuerdo y ambos decidieron buscar al hombre idóneo para el cargo.

Shockley se llevó una sorpresa cuando, dos semanas después de haber mencionado la cuestión a Katherine, ésta le dijo con una sonrisa:

—Creo que tengo el hombre que necesitas.

—¿De quién se trata?

—De mi hermano John —repuso Katherine. Y pasó a comentarle el caso.

La proposición que le hizo tenía sus ventajas. El chico sólo contaba diecinueve años, pero su padre le había explicado desde niño los pormenores de su negocio, de modo que conocía perfectamente los entresijos de la industria pañera. Al parecer estaba deseoso de trabajar para Shockley porque últimamente había tenido algunos roces con su progenitor.

Era un joven amable y honesto, con el pelo levemente rojizo. Sus pálidos ojos daban al principio la impresión de ingenuidad, pero no tardó en demostrar que en el taller donde supervisaba, amable pero implacablemente, cada detalle del proceso de hilar y tejer, no se le escapaba nada. Hablaba poco, incluso cuando estaba con su hermana.

A Forest le caía bien.

Puesto que John prefería no alojarse en casa de su hermana y su cuñado, y como no había una vivienda disponible en la propiedad de Forest, decidió arrendar las habitaciones en la casa de Culver Street que había ocupado Nellie Godfrey.

Era un chico discreto y reservado, pero era católico. Abigail —con quien Shockley se encontraba a menudo cuando pasaba a ver al joven— toleraba su presencia en silencio, aunque a menudo se dignaba reconocer:

—Al menos ya no tenemos rameras aquí.

Abigail acudía con frecuencia a la casa de Fisherton. Había contratado a una joven para que amamantara al bebé, pero todas las demás tareas consistentes en atender la casa y dar de comer a la familia de Robert Mason recaían en ella. A menudo Peter recorría a pie los dos kilómetros desde Culver Street hasta Fisherton para almorzar con ellos antes de regresar satisfecho a su taller, y Shockley suponía que ese hombre sencillo se sentía más que contento de no encontrarse de camino a Ginebra. Con frecuencia pasaba por el taller del cuchillero y jamás le oyó quejarse de su suerte excepto en una ocasión, cuando Peter le confió en secreto:

—Echo de menos a Nellie.

Para Abigail Mason, los dos años que siguieron al ascenso al trono de María Tudor fueron unos tiempos muy difíciles. No le cabía la menor duda de que había hecho lo correcto al quedarse: eso al menos le brindaba cierto consuelo. Pero las condiciones católicas eran difíciles de soportar. Evitaba asistir a misa. Eso podría haberle causado problemas con las autoridades, pero como todos sabían que Abigail tenía que atender a dos familias, y como nunca sabían con certeza si se encontraba en Fisherton o en Salisbury, su ausencia era oportunamente pasada por alto.

Además, mantenía la boca cerrada.

—No me importaría expresar mi opinión —explicó a Shockley un día en Culver Street—. Pero debo cuidar de los hijos de Peter aparte de atender a mi marido… —Abigail extendió las manos en un gesto de resignación—. Rezo todos los días para que el Señor me ilumine.

Abigail trabajaba sin cesar. Las ojeras que enmarcaban sus ojos eran tan profundas que a veces le daban un aspecto demacrado y enfermizo. «Parece como si estuviera a punto de morir», pensaba con frecuencia Shockley. Pero ella cumplía con sus quehaceres silenciosa e infatigablemente, y cuando en una ocasión John Moody propuso a Peter que compartiera con él su almuerzo en Culver Street, Abigail rechazó la invitación sin aspavientos pero con firmeza.

—Supongo que te negarías a comer con unos católicos, ¿verdad? —preguntó Abigail a Peter, y su marido, después de reflexionar unos momentos, contestó afirmativamente.

En la primavera de 1554, Abigail Mason se dio cuenta con pesar de que cada vez trataba a su esposo con mayor frialdad.

No era fácil soportar la indiferencia con que Peter contemplaba el sufrimiento de ella; no es que él obrara de mala fe, ni mucho menos. Al contrario, siempre se mostraba deseoso de complacerla. Llevaba regalitos para los hijos de Robert, y a veces, cuando Abigail regresaba cansada a casa por las noches, él la recibía con un ramito de flores. Pero en su sonrisa amplia, afectuosa y un poco bobalicona ella observaba siempre que la penosa situación en que ambos estaban no le afectaba en lo más mínimo.

—¿No te lamentas de que no podamos ir a la ciudad sagrada de Ginebra? —le preguntó ella en varias ocasiones, y Peter, queriendo complacerla pero claramente confundido, la miró perplejo antes de responder en tono esperanzado:

—¿Acaso no cumplimos aquí la labor de Dios?

Abigail se daba cuenta de que Peter se sentía aliviado de no tener que trasladar su pequeño taller.

La mayoría de las veces Abigail guardaba silencio. Pero si estando a solas con su marido se enteraba de que habían levantado un nuevo altar en una iglesia de Wiltshire, o que habían celebrado unas exequias cantadas en la ciudad, exclamaba:

—¿Cómo puedes sonreír, Peter Mason, sabiendo que ocurren esas cosas? ¿Cuánto tiempo tendremos que soportar al anticristo romano, o es que piensas quedarte cruzado de brazos sin hacer nada al respecto?

En tales ocasiones, Peter agachaba la cabeza, confuso y avergonzado más bien debido al desprecio que detectaba en la voz de su esposa que por tener la sensación de haber pecado. Por tres veces Peter se llevó a Shockley aparte y le pidió consejo.

—Un día Abigail soltará algo en público —confesó al comerciante—. Lo temo y temo por ella, señor Shockley.

Al oír las palabras de Peter, Edward Shockley se mostró también preocupado, porque también él temía que el carácter fuerte de Abigail le causara serios problemas con el obispo Capon, y temía las consecuencias que ello acarrearía.

A la tercera ocasión Peter dijo suavemente:

—Mi esposa no es como yo: es fuerte y valiente.

Y Edward, aunque estaba de acuerdo con esa observación, se compadeció del cuchillero al ver que se sentía avergonzado.

Curiosamente, aunque de vez en cuando él también asistía a misa, Abigail tenía menos roces con Robert en Fisherton. Robert tenía el cabello negro y espeso, un rasgo poco común en la familia; era de complexión fornida y atlética y de convicciones firmes.

—Esta norma es una gran iniquidad —dijo Robert a Abigail—. Pero no me opondré a ella hasta que los niños sean mayores —añadió señalando a sus seis hijos.

—¿No te remuerde la conciencia? —le preguntó Abigail.

—Sí —repuso él con franqueza—, todos los días. Pero en estos tiempos es preciso sufrir en silencio. Ésa es mi opinión.

Y aunque ella no estaba segura de que Robert tuviera razón, comprendió su decisión, e inclinó la cabeza con respeto.

—¿Podemos rezarle a Dios como es debido en la intimidad? —preguntó.

Robert Mason se mostró de acuerdo con ello. De modo que todas las semanas Peter, Abigail, los seis niños y varios vecinos se reunían discretamente en Fisherton para celebrar bajo la dirección de Robert los ritos protestantes y salvaguardar su conciencia.

Una cosa era evidente: los hijos de Robert necesitaban a Abigail. La presencia de los niños constituía para ella un gran consuelo en su adversidad. Sentía un cariño especial hacia el bebé; tanto es así que a veces le resultaba duro separarse de él y cuando regresaba a Culver Street se detenía en silencio en el umbral del pequeño taller de su marido y lo observaba preguntándose: «¿Nos dará Dios algún día un hijo?».

Aunque Abigail no podía respetar del todo a su marido con respecto al trascendente tema de la religión, tampoco podía reprocharle su conducta. Peter no sólo trataba de echarle una mano, sino que jamás se quejaba.

A menudo Abigail se quedaba en Fisherton más tiempo del previsto, pero cuando llegaba a casa y se disculpaba por su larga ausencia Peter sonreía con dulzura y respondía: «Yo he estado aquí tranquilamente», de forma que ella a veces se preguntaba si él se alegraba de su ausencia.

¿Era esa sospecha, se preguntaba Abigail, lo que la hacía saltar e increparle furiosa por su indiferencia ante los desmanes del reinado de María Tudor?

Edward Shockley asistía a esos acontecimientos en casa de los Mason con sentimientos contradictorios, pero cuando miraba al sencillo Peter y a su vehemente y apasionada esposa, no podía por menos de sentir cierto desdén hacia el cuchillero; si bien en cuanto le asaltaba ese sentimiento se llamaba a sí mismo a capítulo.

«¿Y quién eres tú, Edward Shockley, para comprender esas cosas con más claridad que Peter Mason? ¿Acaso no acudes a misa al igual que todos como el cobarde que eres?», se reprochaba a sí mismo.

Pues en aquellos momentos no existían católicos más perfectos en Sarum que Edward Shockley y su esposa Katherine.

Cada semana, acompañados por John, el hermano de Katherine, ambos asistían a misa y cuando el sacerdote alzaba la sagrada hostia Edward levantaba solemnemente los ojos al cielo.

Katherine se sentía satisfecha; y Edward tenía que reconocer que, por lo que concernía a su vida familiar, él también estaba satisfecho.

Y sin embargo, pese a esa dicha, como un hombre que le es infiel a su esposa cuando es feliz con ella, Edward Shockley se sentía tentado de llevar una doble vida.

Edward estaba al corriente de las asambleas ilícitas y devotas de la familia Mason, porque Peter Mason se lo había contado; y un día hacia últimos de primavera dejó asombrado al cuchillero sugiriendo que deseaba participar en esas reuniones.

—Pero no debéis decir nada —le hizo prometer.

Peter se mostró encantado, y si Abigail no compartía el entusiasmo de su marido, apretó los labios y no dijo palabra.

A Edward le gustaban esas reuniones religiosas por varios motivos, entre ellos porque le hacían sentirse orgulloso de sí mismo.

Quizá mintiera en público cuando alzaba los ojos en el momento en que el sacerdote levantaba la hostia; y puede que mintiera también a su esposa en casa. Pero al menos allí, rodeado de aquellas buenas gentes que oraban en secreto, Edward tenía la sensación de ser honesto consigo mismo.

Esas asambleas eran ilícitas y peligrosas. La idea de que pudieran descubrirle le aterrorizaba. Pero Edward estaba seguro de que podían fiarse de los Mason.

—Por supuesto —comentó un día a Abigail—, aunque yo rezo en privado, debo pensar en mi esposa y mis hijos, lo cual me impide manifestar mis auténticas convicciones. —Edward miró a Abigail, confiando en que ésta le mostrara una señal de aprobación.

Al principio Abigail no dijo nada, pero se volvió y alzó la vista para mirarlo con sus ojos castaños y profundos; él se percató de lo pálida que estaba, de lo oscuras que eran sus ojeras; y ella lo contempló durante medio minuto con una expresión de total comprensión, de resignado desprecio y de suave condena, una expresión que él jamás olvidaría.

—Preguntádselo a vuestra conciencia, Edward Shockley —contestó ella por fin—. No me lo preguntéis a mí.

Él se sonrojó y no volvió a mencionar el asunto.

Un día, después de una de esas reuniones, Edward experimentó un momento de inquietud. Pues cuando salieron todos juntos de la casita en Fisherton, Edward Shockley se fijó de pronto en John Moody. Se hallaba de pie en el camino, a un centenar de metros, y Edward no estaba seguro de si el joven le había visto o no.

Edward se alejó con paso apresurado, y borró el incidente de su mente.

En el año 1554 de la era cristiana, a fines de noviembre, después de que el Parlamento se hubiera sometido formalmente al cardenal Pole como legado papal, el reino de Inglaterra fue acogido de nuevo en la Iglesia de Roma.

El que eso se hubiera conseguido, pese a los anteriores deseos del Parlamento de desvincularse de Roma, se debía a la determinación de tres personas: María, su esposo, Felipe de España, y el propio legado, el cardenal Pole.

Éste era una persona extraordinaria. Por sus venas corría sangre real inglesa. Su única ambición era llegar a ser Papa, y su misión, hacer que Inglaterra regresara al redil.

Lo que descubrió le disgustó profundamente.

El Parlamento inglés sólo votaría a favor de someterse de nuevo a la autoridad de Roma a condición de que ninguna de las tierras de la Iglesia tomadas por el rey Enrique y que a la sazón se hallaban en sus manos fueran restituidas, lo cual demostraba un avaricioso pragmatismo que escandalizó al cardenal. En cuanto a la Iglesia anglicana y a su clero, Pole les acusó de ser culpables del éxito de los protestantes. Si no hubieran desatendido sus obligaciones, la gente hubiera sentido mayor respeto hacia la Iglesia católica. «Sólo podéis culparos a vosotros mismos». Pero había llegado el momento de pasar a la ofensiva y el primer paso consistía en colocar a sacerdotes dignos en todas las parroquias.

—Hay un inconveniente —comentó Forest sarcásticamente a Shockley—: no existen sacerdotes dignos.

La escasez de sacerdotes era crónica; incluso el augusto cardenal Pole no podía modificar de inmediato esa situación. La reforma católica de la reina María tuvo, en términos religiosos, un resultado mediocre.

Pero había ciertas cosas que la reina y el cardenal sí podían hacer. Si no eran capaces de suministrar buenos católicos, al menos podían perseguir y eliminar a los herejes, y a partir de fines de 1554 eso fue justamente lo que se propusieron hacer.

Fueron unos años tenebrosos para la reina y para sus súbditos. Un embarazo falso la había dejado desconsolada, pues lo que más deseaba en el mundo era un hijo; estaba desesperada por la frialdad de su esposo Felipe, quien solía pasar largas temporadas en el continente; el reinado de María la Sanguinaria estuvo marcado por la tragedia.

Mientras el predicador protestante John Knox tronaba desde fuera del reino afirmando que los ingleses de pro debían derrocar a sus tiranos, los tiranos en cuestión llevaban a cabo su siniestra labor.

En 1555, comenzaron a quemar gente en la hoguera.

Cuando le llegó la noticia de que dos de los obispos protestantes más destacados de Inglaterra, Latimer y Ridley, habían sido quemados públicamente en la hoguera, Shockley sólo fue capaz de menear desesperado la cabeza.

«¡Hoy, con la gracia de Dios, encenderemos una vela en Inglaterra que jamás se apagará!», había exclamado Latimer. Shockley pensó que al ejecutar a hombres como ésos, Pole y la reina ofendían a los ingleses más profundamente de lo que creían.

—El cardenal Pole ha dado orden de desenterrar a los herejes y quemar sus cadáveres —le dijo un día Forest con una expresión entre horrorizada y divertida—. No puede decirse que ese hombre haga las cosas a medias.

Pero en la primavera del año siguiente se produjo otro acontecimiento, mucho menos heroico, que conmovió aún más a muchos ingleses.

Pues el pobre arzobispo Cranmer, autor del Libro inglés de oración tenía serias dudas. ¿Había obrado bien al rechazar al Santo Padre en Roma y colocar en su lugar como cabeza de la Iglesia al siniestro personaje de Enrique VIII? ¿Había sido justo anular el matrimonio de la intachable Catalina de España, cuya hija era la presente reina? ¿Era justo negar la doctrina del purgatorio, la Transustanciación y todo lo demás, sobre lo que existían tantas divisiones incluso entre los grupos reformistas? Cranmer había sostenido a la nueva Iglesia de Inglaterra y se había encumbrado, pero ¿era posible que estuviera equivocado?

No sólo deseaban su muerte. Deseaban una confesión. Le hicieron esperar durante un mes; le provocaron más dudas; discutieron con él, exploraron, agotaron y asaltaron su mente. Hurgaron astutamente en la fibra sensible de su atormentada conciencia. Y le hicieron doblegarse. Por dos veces.

Edward Shockley se encontraba en el puente de Fisherton hablando con Peter y Abigail Mason cuando un transeúnte les comunicó la noticia.

—Cranmer se ha desdicho. Ha firmado el documento de su puño y letra…, ¡dice que estaba equivocado!

Los tres se miraron atónitos unos instantes. Edward fue el primero en romper el silencio.

—Ahora lo quemarán. Ya han conseguido lo que querían. —Lo dijo con amargura.

Pero Abigail, mirando a ambos hombres, replicó con frialdad:

—Le faltó valor. No volveremos a referirnos a él. —Luego se alejó sin decir palabra y los dos hombres comprendieron que su silencioso desprecio les incluía a ellos también.

Casi más duro de soportar en aquella época fue la actitud de su esposa. Pues cuando la pequeña Celia se enteró de que habían ejecutado a esos hombres en la hoguera y preguntó el motivo, fue Katherine quien, con su expresión dulce y confiada, respondió:

—Tu padre te lo explicará.

Y al comprobar que Edward era incapaz de hacerlo, Katherine aseguró a la niña:

—Lo hacen para que sus almas no ardan en el infierno, ¿no es así, Edward?

Y él se vio obligado a asentir. Qué extraño le resultó, conociendo como conocía el bondadoso carácter de su esposa, comprender que ella creía firmemente en lo que decía.

En el recuerdo de Edward Shockley, marzo de 1556 fue un mes sangriento.

La primera ejecución fue la del irascible lord Stourton, el mismo que había proferido aquellas maldiciones frente a la puerta de la mansión de Pembroke. Por ordenar a sus sirvientes que asesinaran a un hombre de Wiltshire llamado Hartgill, fue ahorcado con una cuerda de seda en la plaza del mercado de Salisbury. Los sirvientes fueron ahorcados con una simple cuerda de cáñamo. A la multitud le pareció un espectáculo la mar de divertido.

La segunda ejecución no les pareció tan divertida.

El obispo Capon no había permanecido cruzado de brazos. Aunque las persecuciones eran más activas en los baluartes protestantes de Londres y las regiones orientales, el obispo no estaba dispuesto a permitir que su diócesis dejara de cumplir sus obligaciones para con la reina. Y al poco tiempo tuvo un golpe de suerte.

Tres obstinados individuos de la parroquia de Keevil —un sastre, un albañil y un agricultor— que conocían perfectamente la Biblia inglesa de Tyndale y podían citar de memoria cualquier pasaje de la misma, cometieron la imprudencia de decir a su sacerdote que el purgatorio era un invento.

—Lo llamaron el Corral del Papa —refirió Peter Mason muy excitado a Edward. El término indicaba que el purgatorio era una fuente de dinero para el Santo Padre, pues mientras los católicos creyeran en él seguirían comprando indulgencias. Era una impertinencia que requería ser investigada.

Capon se apresuró a interrogarles. La respuesta de los hombres a su pregunta no dejaba lugar a dudas. En presencia del obispo llamaron anticristo al Papa; negaron la Transustanciación y dijeron que la misa era pura idolatría, y uno de ellos, cuando Capon le preguntó sobre las estatuas de madera de la sagrada familia y los santos, replicó con descaro:

—Son muy útiles, a mi entender, para asar en ellas unas piernas de cordero.

—Son ellos a quienes asarán —comentó Peter Mason—. Dicen que el obispo Capon está decidido a quemarlos en la hoguera. Era cierto.

A los pocos días, poco después de que llegara la noticia de que el propio Cranmer había muerto en la hoguera, en un campo junto a Fisherton, los tres habitantes de Wiltshire, vestidos sólo con sus camisas, fueron conducidos a la hoguera. Les permitieron arrodillarse y rezar juntos, y ofrecieron a uno de ellos, John Maundrel, el perdón de la reina si se arrepentía, a lo que él exclamó en voz alta: «¡Ni por todo Salisbury!». John Spencer, el albañil, declaró: «Éste es el día más feliz de mi vida». A continuación los tres ardieron en la hoguera.

William Coberley, el sastre, ardió lentamente; al cabo de largo rato, el fuego le arrancó el brazo izquierdo. Entonces unos testigos anotaron:

El reo se golpeó suavemente el pecho con la mano derecha, mientras escupía sangre y vísceras por la boca.

Edward Shockley había ido a presenciar las macabras ejecuciones. Katherine había preferido quedarse en casa y rezar por los tres hombres.

Pero mientras presenciaba las ejecuciones, Edward se fijó en algo que le llamó la atención.

Y aquel día de primavera, en lugar de estar pendiente de las tres víctimas, Edward Shockley no le quitó ojo a Peter Mason.

Estaba de pie junto a su esposa, con la boca entreabierta y los ojos fijos en las llamas; su rostro simple y humilde mostraba una extraña expresión de exaltación, como si acabara de tener una visión secreta. Mientras transcurrían los minutos, y los tres desdichados se consumían en la hoguera, Shockley alzó varias veces la vista de la densa humareda para mirar a Peter y cada vez tuvo la impresión de que el cuchillero se hallaba aislado de la multitud en su curioso éxtasis.

Edward se preguntó qué significado tenía aquello.

El capitán Jack Wilson era un hombre bien plantado de cuarenta años que llevaba treinta navegando.

No podía decirse que fuera guapo en el sentido tradicional del término. Había perdido tres dientes, aunque sólo se veía uno de los espacios vacíos de la dentadura. Pero tenía un aire desenfadado que le confería mucho atractivo; y cuando en la hostería se repantigó en la silla y extendió sus largas piernas, de su persona emanaba cierto poder gatuno que indicaba a las mujeres que los años no significaban nada para él.

Incluso visto de lejos, era inconfundible. Al desembarcar en el puerto de Bristol, otros marineros caminaban bamboleándose, con el paso lento y característico de los navegantes; pero Jack Wilson, fuera cual fuera el tiempo que hubiera permanecido en alta mar, se paseaba por el muelle con un andar felino. Algunos hombres, sin mala fe, lo llamaban el lobo.

—Es un buen amigo para cualquiera salvo para un capitán que transporte un cargamento que él codicia —dijo un marinero a Nellie—. Entonces se comporta como un lobo.

—¿Y con las mujeres? —preguntó ella.

El marinero soltó una carcajada.

—También es un lobo.

Nellie Godfrey decidió casarse con el capitán Jack Wilson el día en que lo conoció.

A Nellie le había ido bien en Bristol, mejor de lo que había imaginado. Gracias a sus ahorros y al dinero que le había regalado Shockley, había conseguido abrirse camino en el concurrido puerto, aunque tardó un tiempo antes de encontrar un protector. Cuando lo halló, éste resultó ser perfecto: un próspero comerciante viudo que, de momento, no tenía necesidad de una esposa pero sí precisaba una amante, lo bastante para instalarla cómodamente en una vivienda.

Era un hombre de mediana edad y de rostro rubicundo, corpulento, un tanto fanfarrón, que estaba forrado de dinero. Ella le procuraba bienestar y cierta excitación sexual, sin dejar de vigilar las hinchadas venas rojas de su rostro. El comerciante era generoso, siempre y cuando ella no le pidiera algo; si Nellie sugería que le hiciera un regalo, el hombre se encerraba en su caparazón. La joven no tardó en adaptarse a su forma de ser.

Nellie había hecho algunas amistades, todas ellas femeninas. Aparte de eso, llevaba una vida retirada y ahorraba su dinero.

—Es un comienzo —se dijo—. He tenido suerte.

Era cierto, pero su buena estrella no era tanta como para enviar una nota a su hermano. Podía decirle que estaba bien, sin duda; podía decirle que la mantenía un comerciante. Pero al pensar en ello Nellie se encogía de hombros, porque deseaba decirle algo más, informarle de que había hecho grandes progresos.

—Un día —se dijo Nellie—, le comunicaré que me he casado.

La posibilidad de que el comerciante se casara con ella era nula. Un rico burgués de la ciudad jamás haría semejante cosa. Por otra parte, Nellie no tenía el menor deseo de casarse con él.

—Tres noches a la semana con el comerciante es agradable —reconoció Nellie alegremente—; pero pasar toda la vida con él…

Con todo… Nellie nunca había puesto los pies en casa del comerciante, donde vivían los hijos de éste, pero podía imaginársela, pues él se la había descrito con orgullo en numerosas ocasiones. Sí, Nellie podía imaginarla con toda nitidez: su recia mesa de roble, las relucientes piezas de peltre y plata en el salón y la cocina, los bonitos cobertores bordados sobre los lechos. Quizá pudiera soportar al comerciante a cambio de esa casa, se decía Nellie. Y durante largas horas permanecía tendida en su habitación, soñando con esa otra casa que un día sería suya, imaginando sus amplias chimeneas, su inmaculada limpieza; podía aspirar el aroma de las espaldas de cordero, los asados, los platos especiados y las cestas de fruta que ella colocaría complacida sobre la mesa, y mirar las caritas de sus hijos… Sus hijos. La amante del comerciante pensaba en ellos todos los días: esa visión era su consuelo secreto; era casi una obsesión.

Pero existía un inconveniente. ¿Qué clase de hombre se casaría con ella? Y, bien pensado, ¿qué clase de hombre estaba ella dispuesta a soportar?

—Cualquier hombre bueno —murmuraba Nellie a veces; luego se echaba a reír. No, cualquier hombre no.

El capitán Wilson se había hecho a la mar, pese a las protestas de su madre, por deseo de su padre al cumplir los diez años. Su padre había dicho al propietario del barco que si el chico no le resultaba útil que lo arrojara por la borda. El joven Wilson había procurado ser útil.

Su abuelo provenía de Sarum, según le habían contado. Había sido el primero de la familia en convertirse en marinero y, con el tiempo, en capitán de un pequeño barco. El capitán Wilson recordaba muy bien al viejo Will Wilson, un hombre de baja estatura pero fornido, capaz de resolver cualquier crisis.

—Compré mi primer barco en Londres —solía decir—. Dios me envió una señal por medio de una tormenta, un rayo que atravesó un trigal. La seguí y me dio suerte.

Su familia se reía disimuladamente al oír esa historia, a todas luces inventada. Pero es que ellos tampoco conocían la existencia de las calzadas romanas.

El capitán Jack Wilson era ya un hombre de éxito cuando Nellie lo vio en la hostería.

No se había casado, aunque tenía numerosos hijos en Londres, Bristol y Southampton. Al nacer éstos el capitán daba a sus madres generosos regalos en metálico, tras lo cual no volvía a ocuparse de ellos. La vida en el puerto era placentera. Tenía un hijo en España que ni siquiera conocía.

—Y ése —pensó Nellie mientras lo observaba— es mi hombre.

El capitán Wilson se alojaría allí una semana, después de lo cual partiría para atender unos negocios en Londres, según averiguó Nellie. Era preciso actuar con rapidez.

Al cabo de una hora Nellie logró entablar conversación con él. No coqueteó con el capitán; pero averiguó a qué se dedicaba y consiguió sorprenderle con sus conocimientos sobre la actividad comercial del puerto. En ese tema el comerciante le había sido muy útil a Nellie.

Nellie supo que el capitán Wilson se proponía navegar con su pequeño barco hasta el Báltico. Éste le explicó que acababa de formarse allí una nueva compañía moscovita.

—Ya lo sé —afirmó ella, y no sólo le dio los detalles de la compañía sino una rigurosa descripción del reciente intento por parte de Willoughby y Chancellor de hallar una ruta hasta la legendaria Catay a través del nordeste. Esto también se lo había dicho el comerciante.

El capitán Wilson la miró intrigado.

—¿Comerciáis con el sur, con la costa de Berbería? —le preguntó Nellie.

Sí, contestó él, había estado en el Mediterráneo, pero los piratas de Berbería eran muy feroces.

—No me importa luchar —añadió Wilson con tono desenfadado—, pero siempre que pueda sacar algún provecho.

Al cabo de un rato Nellie se marchó y, al volverse con disimulo, observó que el capitán no le quitaba la vista de encima.

Al día siguiente Nellie repitió la operación. Y al otro. Cuando Wilson trató de averiguar más detalles sobre sus circunstancias y la invitó a cenar con él en la hostería, ella declinó amablemente la invitación.

Al cuarto día, Nellie no fue a la hostería hasta última hora de la tarde. Cuando llegó, pasó discretamente ante el salón principal sin ser observada, y tras sobornar a una de las sirvientas con una pequeña cantidad de dinero, hizo que ésta la condujera hasta la alcoba del capitán.

La mayoría de los huéspedes que se alojaban en la hostería dormía sobre tablas o colchones. Pero el capitán Jack Wilson era un hombre rico. Disponía de su propia habitación —la mejor de la posada— y de un espléndido lecho de roble. Nellie de desnudó, se acostó en la cama y aguardó.

Hacia la medianoche el capitán Jack Wilson subió la escalera de la hostería. Lamentaba no haber visto aquel día a la hermosa mujer que había conocido hacía poco. Iba acompañado por una joven.

Ambos entraron en la alcoba.

El capitán y la joven contemplaron pasmados a Nellie, quien declaró sin inmutarse:

—Esta noche no necesitarás los servicios de esa chica.

Nellie había quemado sus naves, porque el comerciante la aguardaba aquella noche. Pero ella estaba convencida de que tendría éxito en su empresa; y a la tercera noche que pasó con Wilson, se lo planteó sin rodeos:

—Es hora de que te cases. No encontrarás mejor esposa que yo. —Luego lo miró a los ojos y agregó—: Desciendo de la nobleza.

Wilson la observó detenidamente. Pensó en su vida aventurera, en sus cuarenta años cumplidos, en la infinidad de mujeres que había conocido. ¿Habían sido importantes para él? Esa mujer que se había introducido tranquilamente en su lecho y había arrojado a una rival, poseía un carácter apasionado, una fuerza interior y una determinación que él jamás había visto.

—Por Júpiter —pensó el capitán—. Tengo dinero de sobra; no es mala idea.

Dos meses más tarde Nellie Godfrey consiguió su casa. Estaba situada en Christchurch.

Pero ¿por qué, se preguntó Shockley, había cometido Peter Mason esa locura?

Cada vez que pensaba en ello, recordaba el día en que había visto al cuchillero al contemplar con una expresión muy extraña la ejecución de los tres herejes.

¿Fue entonces cuando Mason decidió hacerlo? ¿O lo había decidido con anterioridad, un día en que oyó las desdeñosas palabras de Abigail dirigidas a los hombres que, como él mismo, no tenían el valor de expresar sus opiniones? Era imposible saberlo, pues una cosa era clara: Peter Mason no estaba dispuesto a confesar.

El cuchillero había elegido bien el momento idóneo. Shockley se hallaba presente.

Jamás olvidaría aquella mañana, cuando en el momento en que el sacerdote alzó la hostia, el apacible y discreto Peter Mason se levantó y echó a andar hacia el altar. Durante unos momentos nadie reparó en él: luego supusieron que tenía un motivo fundado —tal vez una necesidad biológica— para verse obligado a abandonar su asiento. Al llegar al altar el cuchillero se volvió hacia los fieles. El sacerdote y sus acólitos le miraron con irritación. Luego, tenso y pálido, Peter Mason pronunció unas palabras. Se expresó en voz tan queda que nadie oyó lo que decía. El cuchillero miró a los asistentes, evidentemente esperando alguna reacción por su parte. Volvió a abrir la boca y Shockley se esforzó en oír lo que decía. Esa vez se produjeron unos murmullos de estupor en los primeros bancos.

Eso fue todo. Peter se quedó aguardando ahí plantado, inmóvil, con aquella curiosa sonrisa de perplejidad. Al cabo de unos minutos, el sacerdote ordenó a dos de los hombres que lo sacaran de la iglesia.

Peter Mason había negado la Transustanciación.

Pocos hombres estaban más ansiosos que el obispo Capon y su canciller de perseguir a los herejes; pero incluso ellos vacilaron. Durante una semana no ocurrió nada; luego por Salisbury empezaron a circular rumores de que Peter Mason había perdido la razón.

Edward Shockley estaba inquieto. Temía por Peter Mason, y por sí mismo.

Últimamente acudía con menos frecuencia a las reuniones de oración. Se dijo que era porque andaba muy ocupado, pero en el fondo sabía que uno de los motivos que le mantenían ausente era el secreto desprecio que Abigail sentía hacía él.

Pero Edward no deseaba atraer la atención sobre la existencia del pequeño grupo. Pensó en John Moody. ¿Lo había visto realmente aquel día al salir de la reunión religiosa? ¿Había adivinado Moody lo que estaba haciendo allí, se lo había dicho a alguien, quizás a Katherine? Edward habló a Katherine con desdén sobre los estúpidos herejes protestantes y observó su reacción. Pero no detectó ninguna. Sin embargo no estaba tranquilo. Seguramente otros le habían visto en compañía de los Mason en aquellas ocasiones. Cuando al día siguiente Edward divisó a Abigail en la calle, la rehuyó.

Edward fue a visitar a Peter en su taller, para pedirle que no volviera a cometer la grave ofensa, a lo que Peter sólo le respondió con su acostumbrada media sonrisa distante que hacía imposible saber si le había comprendido o no.

Pero el domingo siguiente, cuando Peter se dirigió primero al cementerio de Saint Edmund y luego entró en la catedral e hizo su declaración ante el obispo, se hizo evidente que se trataba de un desafío. Antes de que concluyera la jornada, Peter fue apresado por el alguacil.

Los sacerdotes le interrogaron. Le preguntaron con tono solemne si negaba la Transustanciación. Peter respondió afirmativamente. ¿Estaba dispuesto a aceptar la supremacía y autoridad del Papa? Él denegó con la cabeza. ¿Negaba el purgatorio, el poder de las sagradas reliquias? ¿Se negaba a alzar los ojos en el momento en el momento de la Eucaristía? ¿Negaba todos los preceptos de la Iglesia sagrada? Sí.

Los sacerdotes fueron justos con él. ¿No quería recapacitar? No.

Uno de los canónigos, un hombre alto y entrado en años que había observado atentamente la escena, intervino.

—Pero ¿por qué lo rechazas todo sistemáticamente, Peter Mason? —preguntó con amabilidad—. Explícanos tus razones.

Durante unos momentos Peter arrugó el entrecejo, como si no lo recordara; pero luego declaró:

—Esas supersticiones son contrarias a la auténtica religión tal como nos ha sido revelada; son unas prácticas papistas —recitó, y aguardó con resignación el veredicto de los sacerdotes.

Sólo podía haber un veredicto, que fue confirmado por el canónigo con las siguientes palabras:

—Creemos que eres un mentecato, Peter Mason. Piensa que estás a tiempo de escapar de la muerte si te arrepientes de inmediato.

Cuando el alguacil se lo llevó, el redondo y risueño semblante de Peter no mostraba el menor signo de temor.

Al contrario de Edward Shockley.

Durante los dos próximos días éste aguardó aterrorizado a que los demás componentes del pequeño grupo protestante fueran conducidos ante los sacerdotes para ser interrogados. ¿Preguntarían a Peter el nombre de sus cómplices? ¿Les delataría el cuchillero?

¿Y si apresaban a Robert o a Abigail…, o a él mismo?

¿Cómo reaccionaría cuando le preguntaran si negaba la Transustanciación? La sola idea hizo que Edward se echara a temblar. Entonces se le ocurrió algo aún más pavoroso. ¿Y si negaba su secreto protestantismo pero Abigail y los otros afirmaban a los sacerdotes que él formaba parte del grupo?

Varias veces durante el día Edward rompió a sudar; y en un par de ocasiones, estando en su espacioso taller, creyó observar que su joven cuñado le miraba con una sonrisa cínica, pues John Moody, cuyos ojos azul pálido no perdían detalle, sin duda estaba al corriente de la situación.

¿Era posible que una persona de su propia familia le denunciara al obispo? Edward se había comportado amablemente con John, y últimamente con Katherine. No, ellos no le denunciarían.

Tres días después del arresto de Peter, Edward Shockley se encontró en el mercado con John Moody, quien se dirigió hacia él con una extraña expresión. Edward palideció.

El joven se acercó a él.

—Debo decirte algo.

—¿Y bien?

—Peter Mason. Sé que lo conoces bien.

Edward miró al otro horrorizado.

—Apenas conozco a ese hombre.

John Moody arrugó el ceño.

—Pero yo creí…

—Los Mason no son amigos míos.

¿Qué significaba esa expresión en el rostro de su cuñado? Edward temía averiguarlo, pero debía hacerlo. Se detuvo unos momentos, angustiado.

—Creí que podrías hablar con él —dijo John Moody—. Es preciso hacer algo.

—Ya ha expresado sus creencias. ¿Qué podemos hacer por él? —preguntó Edward con cautela.

Pero ante su sorpresa, John se lanzó por unos derroteros muy distintos a los que había imaginado.

—Le he visto en su casa…, todos los días. Él no cree en esas cosas. —John hizo una mueca—. Es su esposa quien cree en ellas. Pero le llevarán a la muerte.

—¿Y tú quieres que yo…?

—Le pidas que se retracte.

Edward miró atónito a su cuñado. De modo que el joven no sospechaba de él.

—Pero nosotros somos buenos católicos —replicó Edward, observando atentamente el rostro del joven por si éste dejaba entrever el menor gesto de cinismo—. ¿Cómo vamos a decir que un hereje no debe ser castigado?

—Creo —repuso Moody con aire grave— que hay otras formas de salvar el alma de un hombre que a través del fuego. Debes ayudarlo.

Edward reflexionó sobre ello durante horas. Si iba a ver a Peter, ¿no sospecharía la gente que era cómplice suyo? ¿Y si a Peter se le escapaba alguna indiscreción? Por otra parte, si él pedía a Peter que se retractara corría el peligro de que Abigail se enfureciera con él y lo denunciara. Pero ¿qué pensaría el joven Moody si se negaba a llevar a cabo un acto tan cristiano? Edward le estuvo dando vueltas en la cabeza durante varias horas.

Peter Mason le caía bien. Quizá sus temores fueran infundados. Si hubieran querido arrestarlo, ya lo habrían hecho. Por fin, Edward fue a visitar al prisionero aquella tarde. Se proponía permanecer solamente unos minutos con él.

La habitación de la prisión de Fisherton en la que se hallaba Peter contenía además a otros dos presos, un hombre y una mujer. Estaba amueblada con dos bancos pequeños y una mesa de madera. Edward y Peter Mason se sentaron uno frente a otro. No había ningún sacerdote presente.

Hacía una semana que no se habían visto, pero Edward no observó en el prisionero un cambio físico notable salvo que estaba más delgado. Su talante, sin embargo, había cambiado por completo. En lugar del hombre sencillo, extravertido y risueño que había conocido, Edward se encontró con un extraño, amable pero retraído, que parecía haber penetrado en un mundo particular que le procuraba consuelo y no deseaba compartir con nadie. Parecía casi sereno.

Ambos conversaron en voz baja durante media hora.

—Muchos de nosotros, tus amigos, deseamos que no lleves este asunto hasta su amargo final —dijo Edward. Pero Peter se limitó a sonreír suavemente—. Un hombre puede atenerse a las normas exteriormente y mantener su corazón puro, rezando en secreto —sugirió Edward con la esperanza de convencer al cuchillero. Pero era como si éste no le hubiera oído.

De golpe, Peter se puso a hablar de su pequeño taller, de las cosas que había hecho, de Nellie Godfrey, quien solía pasar ante su puerta antes de que los vecinos la expulsaran.

—Me pregunto qué habrá sido de ella —murmuró Peter.

Intuyendo que esos pensamientos pertenecientes a épocas más felices le consolaban, Edward le animó a continuar y añadió sus propios recuerdos, olvidando el tiempo que transcurría.

Ambos seguían hablando de esas cosas cuando llegó Abigail acompañada de Robert.

Edward la miró inquieto, pero aparte de saludarlo con calma ella apenas le hizo caso.

Abigail estaba pálida, más que de costumbre. Tenía unas ojeras tan profundas y negras que parecían grabadas a fuego en su rostro. Se mostraba muy tranquila, como si su sentido del deber la hubiera conducido a un estado mental que estaba más allá de la mera tristeza.

Aunque Edward pensó que lo más prudente era marcharse, su instinto —o quizá simple curiosidad— le retuvo en la habitación.

Los otros tres conversaban en voz baja. Abigail y Robert pronunciaban a buen seguro frases de aliento —ella con plácida compostura, él moviendo de vez en cuando la cabeza en señal de asentimiento y con unos gestos bruscos y nerviosos—, al tiempo que Peter permanecía sentado en el banco escuchando con la cabeza gacha. Edward tuvo la impresión de que éste estaba agitado, aunque no habría podido asegurarlo.

Al cabo de un rato Peter alzó la cabeza; en sus ojos se reflejaba una expresión más suave, más parecida al sencillo Peter que Shockley conocía.

—Mañana me quemarán en la hoguera —dijo.

Robert Mason restregó el suelo con los pies, sintiéndose evidentemente incómodo. Abigail miró a Peter de hito en hito.

—Hiciste la labor de Dios —dijo suavemente, como si eso bastara.

—¿Hice bien en expresar en voz alta mis opiniones?

Ahí estaba: el rostro semejante al de un cachorrito que Edward conocía tan bien, mirando a su esposa en busca de aprobación.

—La labor de Dios es dura —repuso Abigail.

Entonces Peter, con una dignidad que Edward jamás le había visto antes, se levantó y se volvió con aire grave hacia su primo Robert.

—Cuida de mi esposa —dijo en tono solemne; y Robert inclinó la cabeza.

Edward no pudo soportarlo más.

—¿Te niegas a retractarte? —exclamó, irrumpiendo sin contemplaciones en la trascendental conversación—. Aceptarán que te retractes inmediatamente. Puedes creer lo que gustes, hasta que lleguen otros tiempos, Peter Mason, pero obedece al menos físicamente, si no espiritualmente.

¿Por qué había esa nota de angustia en su voz, cuando sólo debía haber un tono de amable persuasión? ¿No sería que él mismo, ante el inminente sacrificio de Peter, se sentía culpable?

Edward miró a Robert, que bajó la vista; y luego miró a Abigail. ¡Qué serena se mostraba, qué segura de sí misma!

—Cada cual debe hacer lo que le dicte su conciencia —dijo ella con suavidad.

Edward fijó la vista en Peter. Y entonces, durante una fracción de segundo, vio en los ojos de Peter Mason una expresión inconfundible, terrible, imposible de olvidar, una expresión de absoluta comprensión. Indicaba que aquel hombre sencillo acaso comprendía el mundo mejor que el propio Edward, pero su comprensión iba acompañada de dolor y angustia. Ni siquiera Abigail y Robert observaron el padecimiento de Peter cuando repuso dulcemente:

—¿Cómo puedo hacerlo?

El azar quiso que Nellie Wilson llevara a su esposo a Sarum aquel mismo día.

Ella había pensado en enviar recado a su hermano Piers, pero luego cambió de opinión. En lugar de pedir a un sacerdote menesteroso que escribiera una carta para ella, se presentaría en persona. Sería un triunfo pequeño pero maravilloso. Los dos Wilson llegaron a la ciudad montados en un carro una espléndida mañana otoñal; Nellie se sentía de excelente humor. Le extrañó ver que todo el mundo se dirigía a Fisherton.

Al cabo de unos momentos, su felicidad se desvaneció y echó también a correr hacia aquel lugar.

Peter ya había sido conducido a la pira cuando ella llegó, y se disponían a encender la hoguera.

Nellie se percató enseguida de dos cosas. La primera era que los hombres del sheriff habían decidido mostrarse misericordiosos, pues habían preparado una fogata que le depararía una muerte menos bárbara.

—Gracias a Dios por eso —murmuró ella.

Las hogueras que ardían rápido eran las peores: los verdugos dejaban la leña seca expuesta para que las llamas lamieran a la víctima, de modo que ésta padecía una muerte atroz. En cambio la combustión lenta era menos cruel: los verdugos tapaban la hoguera con hojas húmedas de forma que el reo moría asfixiado por el humo antes de que su cuerpo fuera devorado por las llamas.

La segunda cosa en la que reparó Nellie fue que uno de los canónigos, un hombre alto de edad avanzada, se hallaba junto a Peter, conversando con él con calma pero gravemente, evidentemente pidiéndole que se retractara.

Luego Nellie observó que el pobre Peter tenía fijos los ojos en Abigail y Robert, que estaban situados en el borde interior del círculo de espectadores.

Al principio éstos no la vieron.

Ni tampoco la vio Edward Shockley, quien se encontraba con su esposa y John Moody no lejos del grupo de los Mason.

Cuando encendieron la hoguera, Edward miró a su esposa y se preguntó en voz alta:

—¿Será cierto que las llamas purifican el alma?

Pero su esposa no se molestó en mirarlo. Ella y su hermano se postraron de rodillas.

De nuevo, Edward experimentó una sensación de vergüenza al sentirse rodeado por los dos grupos —Mason y Moody— de auténticos creyentes.

¿El fuego purificaba? Edward contempló no las llamas, sino la densa nube de humo. A Dios gracias, los hombres del sheriff habían realizado una labor eficaz colocando un generoso montón de hojas húmedas. Edward no alcanzaba a ver a Peter.

Al fijarse en las figuras que estaban arrodilladas, se había perdido un pequeño detalle del drama. Poco antes de que el humo lo engullera, Peter apartó la vista de Abigail y vio a Nellie. Durante unos segundos la contempló atónito, y luego sonrió, como solía hacer, con una sonrisa afectuosa y bobalicona.

Cuando la multitud empezó a dispersarse, Edward Shockley no se movió; y gracias a ello presenció otro pequeño episodio. Pues mucho después de que Peter hubiera abandonado este mundo, cuando las llamas devoraban los escuálidos restos de su cuerpo, Abigail Mason miró al otro lado de la plaza y vio a Nellie a través de las pocas personas que quedaban. Ésta tenía la vista clavada en la pira. Por sus mejillas rodaban unos gruesos lagrimones.

Durante unos instantes Abigail no se movió. Luego crispó la mandíbula y echó a andar lentamente hacia Nellie, seguida por Robert.

Expresándose con calma pero lo suficientemente fuerte para que Nellie la oyera, Abigail se volvió hacia los hombres del sheriff que estaban charlando con el alguacil junto a la pira, y declaró:

—Arrestad a esta mujer. Es una ramera.

Nellie la miró, y apretó los labios con aire pensativo.

De pronto sonó la estentórea voz del capitán Wilson.

—Ya no. Es mi esposa. —Wilson posó la vista en Robert, que parecía sentirse violento, y luego en los hombres del sheriff— ¿Desea alguno de vosotros discutir conmigo?

Nadie se movió.

—¿Y quién es esta marchita cascarrabias? —preguntó dirigiéndose a los espectadores, quienes se habían vuelto para contemplar el espectáculo—. ¿Quién es esta chismosa, esta arpía de mirada cruel?

La multitud lanzó una sonora carcajada.

Entonces se oyó la voz de Nellie Godfrey, que había llegado a una rápida conclusión tras contemplar el grupo familiar que tenía ante sí.

—¡Vaya! —gritó. A Edward Shockley le pareció que no había un hombre o una mujer en esa parte del puente de Fisherton que no la hubiera oído—. ¡Abigail Mason acaba de quemar a su marido para conseguir otro!

Edward miró a Abigail. ¿Era posible que hubiera palidecido aún más? La mujer acusó visiblemente el impacto de ese comentario, que pareció dejarla sin resuello. No dijo una palabra.

Sin embargo, sus ojos tenían un brillo de rabia y de odio. No era el odio de un culpable que ha sido descubierto, sino de quien acaba de oír sobre sí mismo una verdad que nunca había sospechado.

Mientras contemplaba la siniestra hoguera, y la pálida figura que se hallaba de pie ante la misma, Edward Shockley, cuya conciencia llevaba atormentándole tanto tiempo, notó como si de pronto se le hubiera caído la venda de los ojos.

Las desgracias de Inglaterra y de María Tudor estaban a punto de concluir.

En Sarum, en 1557, el obispo Capon murió, la reina María nombró a tres enérgicos predicadores católicos para que fomentaran la fe en la región, pero el obispo no fue reemplazado de inmediato.

Asimismo en 1557 Felipe de España realizó una de sus raras visitas a su menospreciada consorte. Llegó con el propósito de reunir unas tropas, a fin de utilizarlas en su disputa contra los franceses. Los ingleses se las cedieron de mala gana, y Pembroke condujo a siete mil hombres que derrotaron a los franceses. Fue un triunfo breve. En enero de 1558, cuando Pembroke hubo regresado, los franceses atacaron Calais. Felipe, deseoso de conquistar nuevos territorios en Italia para España, dejó que lo tomaran. Así cayó el último territorio que Inglaterra conservaba en Francia. La pérdida constituyó un ahorro para las arcas británicas —pues Calais había resultado muy costoso de mantener—, pero un duro golpe al prestigio de Inglaterra.

La derrota partió el corazón de María.

Pero ni su esposo ni su pueblo sentían ya la menor estima hacia la reina católica. El cardenal Pole, el gran aliado de María, había sido llamado a Roma por el nuevo Papa, quien detestaba al aristocrático y orgulloso legado. En noviembre de 1558, aislada y enferma, María Tudor falleció.

Durante su reinado murieron en la hoguera unas doscientas ochenta personas: un número modesto en comparación con otras persecuciones religiosas, pero lo suficientemente elevado para que los isleños dijeran basta. Las últimas víctimas que fueron conducidas a la hoguera en Sarum no llegaron a ser ejecutadas. El ayudante del sheriff, a quien le había sido entregada la orden de la ejecución, rompió el documento. Antes de que fuera renovado, la reina falleció.

Las ejecuciones en la hoguera ordenadas por María Tudor habían terminado; había llegado el momento de que Inglaterra supiera hallar una posición intermedia entre los peligrosos extremos que habían destruido a tantas personas de buena fe.

A esas alturas de la Historia, fue una suerte para las gentes de la isla que aparecieran en el escenario nacional dos personas dotadas del necesario talento político y espiritual: Isabel I de Inglaterra y el obispo John Jewel de Salisbury.

1580

Era mediada la tarde y había pocas personas por los alrededores. Edward Shockley había ido a la aldea de Downton, situada al sur de Sarum, y había regresado por el camino que discurría por las lindes del antiguo bosque de Clarendon, llegando a Salisbury un poco antes de lo previsto.

En la esquina de la calle se detuvo, un tanto sorprendido.

En aquel instante, salía de su casa un forastero. Parecía tratarse de un artesano. Cuando Edward se disponía a abordarlo, el forastero dobló hacia la derecha, en dirección al mercado, y él se sintió demasiado cansado para seguirlo. Qué extraño, pensó. ¿Quién podía ser?

Edward recorrió lentamente la calle. Se alegraba de poder estar de nuevo en casa.

Pocos hombres en Sarum se sentían más satisfechos que Edward Shockley. Al fin había hallado la paz.

Durante años había vivido presa del temor; peor aún, había mentido a su esposa y se había despreciado a sí mismo. Pero en la actualidad, al echar la vista atrás, Edward Shockley deducía que ello se debía a varias causas. Una, sin duda, era su debilidad de carácter; no lo negaba. Pero también había otro motivo: no había sabido en qué creía. Tenía una conciencia, desde luego, pero no una causa que defender.

Ahora sí la tenía. Era la causa abrazada por la reina. Quizá no le pareciera noble a su esposa, o a Abigail; pero en opinión de Edward, y de muchos ingleses, era una causa justa, y en esa ocasión él estaba dispuesto a defenderla.

La causa era la paz, y el compromiso.

Los años del reinado de la reina Isabel, gracias a su astuta diplomacia, habían constituido para el reino el período más largo de paz, al menos hasta la fecha.

En cuanto a la cuestión religiosa, a Shockley le pareció una obra maestra, pues se trataba de un compromiso. Al igual que su padre, Isabel era el jefe supremo de la Iglesia. El Libro de oración de Cranmer, con pequeñas modificaciones, fue adoptado de nuevo. Todo el mundo debía asistir a la iglesia. Quienes ocupaban cargos públicos debían prestar el Juramento de Supremacía, por el que reconocían la autoridad espiritual del soberano. La comunión se recibía en dos especies: pan y vino; los oficios eran celebrados en inglés. Todo eso era protestante, pero moderado.

Y a muchos católicos les gustaban los oficios ingleses, los cuales contenían pocas cosas que pudieran ofenderles.

Por lo demás, debía evitarse el desorden; la imposición de los juramentos podía ser tan tolerante como quisieran. En cuanto a lo que la gente creía en su fuero interno… A diferencia de su hermanastra, Isabel no era una persona religiosa. Sólo conocía el temor de la persecución. Aseguró que no quería penetrar en el alma de la gente; cada cual podía creer lo que deseara, siempre y cuando asistiera a su Iglesia, o pagara una pequeña multa.

A lo largo y ancho del país, mientras los estrictos católicos o los protestantes extremistas condenaban esos cambios, hombres como Edward Shockley emitieron un suspiro de alivio.

El sistema era imperfecto, hipócrita, cínico…, y absolutamente sensato.

La nueva reina había reunido en torno a ella un buen número de hábiles consejeros, entre los cuales se encontraba Pembroke —quien durante cuatro reinados sucesivos había gozado del favor del soberano— y ese sagaz consejero llamado William Cecil. Ambos comprendían el valor de la cauta estrategia de Isabel, y la ayudaron a elegir a los mejores hombres para ocupar cargos destacados. Uno de ellos fue el amable y erudito amigo de Cranmer, Matthew Parker, que fue nombrado arzobispo de Canterbury; otro fue el nuevo obispo de Salisbury, John Jewel.

Fue Jewel quien transformó la diócesis de Sarum mediante su infatigable labor e ilustrados sermones. Fue Jewel, asimismo, quien escribió uno de los documentos más importantes en la historia de la Iglesia anglicana: la Apología.

La Apología conquistó la mente y el corazón de Edward Shockley.

—Es tan sencillo que no puede rebatirse —dijo a su familia entusiasmado—. Nuestra Iglesia anglicana no es un invento nuevo, no niega la autoridad; es un riguroso retorno a la Iglesia tal como la describen las Escrituras, en los primeros siglos antes de que Roma añadiera sus propias doctrinas y prácticas para enturbiar las aguas cristalinas de la religión. Celebramos a Nuestro Señor con pan y vino, tal como Él nos ordenó que hiciéramos. Tenemos obispos, como en los tiempos de la Iglesia primigenia; pero en la Iglesia primigenia no hay referencia alguna a un papa en Roma, ni a la pompa y las vanidades romanas; hemos purificado Inglaterra librándola de capas consistoriales, manteles de altar, reliquias, indulgencias y superstición, eso es todo.

Y fue Jewel quien enseñó a Edward Shockley a aceptarse a sí mismo. Shockley siempre recordaría esa entrevista.

El obispo era un hombre menudo, delgado, con un rostro bondadoso de rasgos irregulares pero con unos ojos castaños enormemente inteligentes. El estudio le había dado una apariencia prematuramente envejecida; mostraba una incipiente calvicie. Pero era muy sabio.

Había asimilado las doctrinas avanzadas protestantes durante su exilio en el continente bajo el reinado de María Tudor, pero en Sarum se mostró cauto.

—Poco antes de que yo llegara cayó un rayo sobre el campanario —dijo en tono de broma a Edward—, de modo que lo tomé como una advertencia de que debía ser prudente. En Sarum —explicó el obispo—, existen todavía muchos boatos de los tiempos papistas: espléndidos cálices, los ropajes de los sacerdotes, los manteles de altar —Jewel fue enumerando los objetos que se encontraban en las iglesias de toda la diócesis—. En Basilea o Ginebra, nos habríamos reído de ellos. Pero ahora he regresado a Inglaterra, y debo ser paciente, maese Shockley. La paciencia es mi guía. Modificaré las cosas poco a poco. Y vos también debéis aprender a ser paciente, incluso con vos mismo. Dejad que sea Dios quien os juzgue.

Ahora que ya no tenía nada que temer, Edward dejó de sentir vergüenza. Habló a Katherine con franqueza sobre la admiración que le inspiraba Jewel, pero tal como señaló, mientras la familia se atuviera externamente a las normas, ella podía enseñar a sus hijos lo que creyera oportuno.

Su matrimonio había continuado sobre esa base sin roces importantes. Sus hijos estaban casados. La chica era católica en secreto; el hijo no.

Abigail Mason se había casado con Robert y tenía dos hijos. Seguía tan pálida como de costumbre, pero Edward observó que ella y su familia preferían asistir a los oficios de la Iglesia de Isabel en lugar de pagar la multa. Edward pensaba a menudo en el pobre Peter con afecto, y se preguntaba si Abigail pensaba también en él.

En un par de ocasiones, durante esa época, Edward vio también a Nellie Wilson, quien se había convertido en una mujer casada y respetable en Christchurch.

Estaba algo más gruesa, y su marido se había enriquecido tanto con sus travesías que se codeaba con la aristocracia. Wilson jamás aludía al pasado de su esposa; de hecho, pocos en Sarum, aparte de Abigail Mason, recordaban siquiera a Nellie. En cuanto a Piers Godfrey, murió dejando una pequeña familia de artesanos a quienes Edward encargaba a veces algún trabajo.

Un solo nubarrón en el horizonte amenazaba la paz que tanto amaba Edward: la católica España. Pues Felipe de España se estaba armando para una invasión, y había respaldado una sublevación en Irlanda.

El monarca español tenía una rival católica que oponer a Isabel, su prima María Estuardo. Ésta había sido expulsada de Escocia por los rígidos seguidores protestantes de John Knox, y confinada a salvo en Inglaterra, pero seguía siendo un punto focal para todo rebelde católico.

Felipe contaba asimismo con el apoyo papal. Puesto que Isabel no había devuelto su reino a Roma, el pontífice la había excomulgado y, más grave aún, había otorgado en secreto unas indulgencias plenarias —la remisión de sus pecados— a ciertos caballeros que se habían ofrecido para asesinar a la reina. Ciertos jesuitas sutiles y decididos como Edmund Campion recorrían el reino clandestinamente, advirtiendo a los buenos católicos que no debían acudir a la Iglesia de Isabel y provocando todo tipo de disturbios.

Todo ello conducía inexorablemente a una invasión española.

Y ése era el importante tema que a la sazón preocupaba a Edward más que ningún otro. Llevaba meditando sobre él desde su viaje a Downton y se proponía plantear el asunto ante el consejo de Salisbury el mes próximo.

Katherine se quedó muy sorprendida al verle regresar tan pronto. Edward le preguntó quién era el forastero.

—Apenas le conozco —contestó ella—. Creo que es un orfebre, que conoce a John. Vino para presentar sus respetos. —Katherine sonrió—. Pero hay algo que creo que te interesará más. Thomas Forest se presentó aquí hace dos horas. Quiere que vayas a visitarlo en Avonsford.

Al oír esa noticia Edward Shockley se olvidó inmediatamente de todos los asuntos que le venían preocupando.

¿De qué diantres quería hablar Forest, al cabo de tantos años, con él?

La disputa entre Edward Shockley y Thomas Forest se había producido de forma paulatina. Pero durante años Edward había creído que era definitiva.

Había comenzado porque, por una vez en su vida, Forest se había equivocado al valorar un negocio.

La empresa participada que tenía con Edward no había sido un gran éxito.

Pues su mercado principal, los Países Bajos, se había venido abajo. La causa era España, que había tratado de imponer por la fuerza su catolicismo y los crueles dictados de la Inquisición a una población que se resistía a ello. Las brutales tropas del duque de Alba habían topado con la valerosa oposición de las fuerzas holandesas de Guillermo de Orange. Y las consecuencias, durante años, habían sido caóticas. El importante comercio pañero de Amberes había sufrido, al igual que los comerciantes pañeros de Inglaterra.

El negocio de Shockley acusó el impacto. Edward se defendió buscando otros mercados para su mejor paño, y montó también un negocio de géneros de punto y encaje.

—Pero aunque nos da el suficiente dinero para vivir —explicó a su familia—, los beneficios no son lo bastante elevados para satisfacer a Forest.

Así, poco antes de que el obispo Jewel falleciera, Edward compró la parte de Forest por una modesta cantidad. Fue un arreglo satisfactorio. En la actualidad el negocio lo dirigían su hijo y John Moody.

Edward había realizado también otro cambio.

A raíz del descalabro del negocio de Amberes, había dejado que el flamenco saldara la deuda en unas condiciones generosas, a fin de que su familia no pasara privaciones, tras lo cual había puesto fin a su arreglo con él.

Mientras los jóvenes se encargaban de los aspectos cotidianos del negocio, Edward se ocupaba cada vez más de los asuntos municipales. Éstos comprendían todo lo relacionado con los pobres.

Eso fue lo que provocó la disputa con Forest.

Las Leyes de los Pobres de Isabel no eran generosas; pero reconocían, por primera vez, que la caridad de los individuos y la Iglesia podía no ser suficiente para ayudar a la legión de menesterosos. Ello no significaba que uno debiera ser tolerante. Los vagabundos jóvenes y sanos eran azotados y se les practicaba un agujero a través del cartílago de la oreja derecha. Los vagabundos persistentes incluso eran ejecutados.

Había muchos pobres en Sarum. No sólo la industria pañera había sufrido una recesión, sino que en el campo la situación aún era peor. La masiva importación de oro del Nuevo Mundo por parte de España durante décadas había propiciado un enorme incremento de lingotes de oro que había extendido la inflación a cada rincón de Europa. Los precios del trigo habían aumentado, y los granjeros arrendatarios tenían que pagar más por los artículos de primera necesidad. Las cuotas que debían satisfacer al firmar un contrato de arrendamiento habían ascendido y el campesinado atravesaba unos momentos difíciles. Forest era un terrateniente activo.

—Utiliza unas semillas más productivas; y tiene más ovejas que nunca en sus apriscos —comentó Shockley—. Quienes sufren son sus arrendatarios pobres.

Y el problema de los pobres se agravó.

La solución de Isabel era sencilla y práctica. Decretó que se recaudara una tasa obligatoria para subvencionar a los pobres; y estableció unos talleres de aprendices para los hijos de las familias necesitadas. Todo el asunto era administrado por los jueces de paz.

Forest se había convertido en un juez de paz.

—Aunque un hombre tuviera una sola pierna, Forest diría que era apto para trabajar —se quejó Edward. Habían fundado un nuevo taller en la ciudad, llamado el Bridewell—. Trata a los pobres que hay allí como si fueran animales.

Edward Shockley trataba constantemente de socorrer a los desheredados. Moody le ayudaba. Forest se quejó en una ocasión de que la mitad de sus aprendices procedía del taller de indigentes, ante lo cual Shockley y Moody se habían echado a reír y habían reconocido que era cierto.

Aparte del taller para los pobres, existía otra cantera de excelentes obreros. Pues lord Pembroke había animado a numerosos tejedores flamencos que huían de la persecución religiosa a que se instalaran en Wilton. Aunque él era católico y ellos eran protestantes, Moody se entendía perfectamente con esos hábiles artesanos y había contratado a varios para que trabajaran para Shockley.

—Con nuestros flamencos y nuestros vagabundos las cosas no nos pueden ir mejor —solía decir Edward con tono jovial.

Pero su actitud enojaba a Forest.

Una y otra vez, cuando Forest trataba de que retiraran la ayuda a los pobres, Shockley y sus colaboradores planteaban de nuevo el asunto. Al principio Forest trató de no hacerles caso, pero Shockley se había convertido en un hombre poderoso. Había sido designado para formar parte del consejo de los veinticuatro; era un personaje que gozaba de gran prestigio en la ciudad.

El resultado de esa situación, en 1570, fue que Forest rehuyó a Edward por completo. Sólo se reunían para hablar de negocios; y aunque Edward se comportaba con afabilidad, Forest se mostraba frío y distante.

Pero el momento de gloria de Shockley se produjo en 1574. El año de la visita de la reina.

Isabel se detuvo primero en Wilton, pues deseaba saludar al nuevo conde, por quien sentía simpatía, ya que era un personaje menos severo que su padre. El viernes, 30 de septiembre, el conde la recibió con todos los honores en su gran mansión; el sábado, aunque había preparado una espléndida sala de banquete construida con ramas en el bosque de Clarendon, se puso a llover e Isabel cenó en el pabellón de caza. No obstante, los ciervos fueron perseguidos por veloces galgos y la reina quedó muy complacida.

Entonces, el lunes, después de la cena, la reina y su séquito llegaron a la ciudad.

Iban magníficamente ataviados, los hombres con sus ceñidas calzas y magníficos jubones, adornados con golillas en el cuello y puños de encaje, y unas capas cortas; las mujeres con sus imponentes trajes de grandes hombreras, cuyas faldas caían en pliegues hasta el suelo desde sus cinturas estrechas, y unas voluminosas golillas que les enmarcaban las mejillas y acariciaban las orejas. Pero tanto en el caso de los hombres como de las mujeres, fueron los tejidos los que hicieron que el comerciante pañero emitiera una exclamación de asombro. Espléndidas sedas, ricos y deslumbrantes brocados de todos los colores.

—Son tan recios que se sostendrían por sí solos de pie —murmuró.

La familia de Edward contemplaba el espectáculo a una distancia respetuosa mientras que él se hallaba junto a los otros concejales, ataviados con sus ropajes escarlata. Detrás de ellos se encontraban los comerciantes menos importantes, vestidos con trajes negros ribeteados de tafetán o seda. Todos observaban cómo el alcalde ofrecía con aire solemne los regalos habituales al monarca que les había hecho el honor de visitarlos: una copa de oro macizo llena de monedas por un valor de veinte libras en oro.

—Nadie ha hecho más para el desventurado Salisbury que maese Shockley —declaró el alcalde con afabilidad.

Ella miró a Edward y éste pudo fijarse en su rostro pálido y poco agraciado, sus marcados pómulos, su cutis picado de viruelas y unos ojos que lo medían todo.

—Bien, maese Shockley.

Él se ruborizó.

La reina se disponía a reanudar su camino cuando se detuvo de pronto.

—¿Quiénes son los jueces que se ocupan de los pobres? —inquirió.

—Uno de ellos es Thomas Forest —le informaron.

—Bien, ¿dónde está?

Forest avanzó e hizo una graciosa reverencia.

Ella se volvió hacia Edward con una expresión medio terrorífica y medio pícara.

—¿Cumple correctamente con su obligación?

Todos se volvieron hacia Shockley. Se produjo un tenso silencio. Edward miró a Forest, que estaba un poco pálido.

Luego respondió con sinceridad.

—No, milady.

—¡Ja!

Ante el asombro de Edward, la reina lanzó una estentórea carcajada.

A partir de aquel día Forest apenas le había dirigido la palabra.

Fue un breve momento de gloria para Shockley. Pero había conocido a la reina. Su familia y toda la población habían presenciado el encuentro.

—El único inconveniente —comentó él más tarde sonriendo— es que la reina casi nos arruina.

Lo costoso no era sólo el regalo que siempre solía ofrecerse al monarca y que generalmente era devuelto en forma de presentes caritativos. Era el dinero que les habían cobrado los integrantes del séquito de Isabel.

—Parecen una plaga de langostas —protestó Edward.

El séquito lo formaban los panaderos, los portadores de la litera real, lacayos, músicos, celadores, alabarderos, el sargento de la guardia, quien cobraba cuarenta chelines; el jefe de los heraldos, que cobraba cincuenta; y los trompeteros que anunciaban la llegada de la reina a una ciudad y que cobraban tres libras en oro.

—¡Confiemos en que no vuelva a repetirse! —exclamó Edward. No eran sólo los aristócratas quienes temían el honor de una visita real; eran los burgueses de cada población del país.

Así que Edward se preguntó qué diantres querría ahora Forest de él.

Los Forest iniciaron su campaña destinada a congraciarse con Edward Shockley en septiembre de 1580 con una invitación a la mansión de Avonsford.

Él no dudó en aceptar.

—Seguro que Forest se trae algo entre manos —pensó jovialmente—. Me pregunto qué será.

Cuando llegó, Edward se encontró con dos sorpresas.

La primera fue que los Wilson de Christchurch se alojaban en la mansión: no sólo el viejo Jack y su esposa Nellie, sino sus tres magníficos hijos, que eran marinos. Edward sonrió de gozo y satisfacción al verlos: pues uno era la viva imagen del padre, otro una versión masculina de Nellie y el tercero era un mozancón alto y robusto, una perfecta mezcla de ambos.

Nellie no se había convertido en una matrona obesa, pero había adquirido algunos kilos, los cuales le sentaban perfectamente. Tenía el cabello entrecano, pero sus ojos aún resplandecían; lucía uno de sus acostumbrados corpiños anudados sobre el pecho, una modesta gorguera en torno al cuello, y remataba su vestimenta con un sombrerito cónico adornado con una airosa pluma. Sus tres enérgicos hijos, todos ellos de veintitantos años, la obedecían con más celeridad de lo que obedecían al capitán Jack.

Cuando Edward se encontró con Nellie cara a cara, ésta vaciló unos instantes. Él lo comprendió, de modo que se inclinó profundamente y dijo:

—Señora Wilson.

Si los Forest no sabían aún quién era ella, el pasado secreto de Nellie Godfrey no saldría de boca de Edward. Ella se percató de ello al mirarlo a los ojos y sonrió con expresión de gratitud.

A Edward no le cabía duda de que existía un motivo para la presencia de los Wilson allí, pero Forest no tenía prisa por explicarlo.

Estaba más impaciente por presentarles a su hijo.

Giles Forest era un joven de aspecto agradable, de la misma edad que el hijo mayor de los Wilson. Pero ésa era la única semejanza entre ambos. Esbelto, moreno, con unos rasgos regulares y delicados y unos dedos largos y delgados, sus enclenques piernas embutidas en unas calzas de seda, el cabello peinado en bucles, era el modelo perfecto del cortesano. Había pasado los últimos años en Oxford, por lo que era prácticamente un extraño para Shockley. Pero era evidente que el joven estaba empeñado en conquistar la simpatía del comerciante.

La otra sorpresa era un cambio en el que muchos quizá no habrían reparado. Pero Shockley se percató de ello tan pronto como entró en la mansión.

Era el escudo de armas de los Forest.

Él recordaba haberlo visto en su juventud: un orgulloso león sobre un campo. Al menos, así era en aquella época.

Pero ese día, resplandeciente en un lugar de honor, pintado sobre una tabla, ofrecía a todos los visitantes un aspecto mucho más impresionante y alambicado. Edward lo contempló atónito.

Pues aunque el orgulloso león, que había proclamado durante décadas la nobleza de los Forest, aún aparecía sobre el escudo, había sido desplazado al segundo de los cuatro cuarteles en los que se dividía el nuevo escudo. En el primer cuartel residía un emblema más antiguo: un cisne blanco sobre campo de gules, el antiguo escudo de armas de los Godefroi. A éste se le había añadido una pequeña divisa, una diferencia que demostraba que la familia descendía de una de las numerosas ramas del linaje de los Godefroi.

Fue el joven Giles Forest quien explicó el cambio a Edward.

—Ésos son los blasones de los Godefroi —dijo—, pues la familia Forest desciende de ellos, un célebre y antiguo linaje del que heredamos estas tierras por matrimonio. Y ésos son los blasones de los señores de Whiteheath —añadió indicando otro cuartel—, otra familia normanda de la cual descendemos. Y ahí —concluyó el joven, señalando el cuarto cuartel—, aparecen los añejos blasones de los Longspée, los antiguos condes de Salisbury.

Shockley estaba impresionado. Sabía que la línea de los Forest se había iniciado en Salisbury hacía varias generaciones, pero no recordaba los detalles.

—Ignoraba que vuestra familia fuera tan noble —observó Edward en tono respetuoso; y el afable joven que estaba junto a él se inclinó cortésmente.

—Os mostraré nuestro árbol genealógico —le prometió.

Como tantas otras familias que habían comenzado a destacar en aquella época, los Forest habían acudido al Colegio de Heraldos, donde, precisamente entonces, estaban algunos de los mayores bribones de la historia de la genealogía. Allí, uno de los reyes de armas había obrado uno de los milagros favoritos de su profesión. Al colocar en segundo lugar los nuevos blasones que había obtenido la familia, había descubierto en los Forest unos orígenes mucho más antiguos y nobles que se remontaban a la vieja familia de los Godefroi, y puesto que ninguna otra persona había reclamado sus blasones, el heraldo los había concedido amablemente, «cuestionables» para que parecieran más plausibles, a los Forest. No existía la menor relación entre ambas familias. Era un invento puro y simple.

Pero una vez admitido el linaje de los Godefroi, ello abría la posibilidad de hallar toda clase de espléndidos vínculos en la noble y genuina genealogía de los antiguos caballeros de Avonsford. Y al retroceder en el tiempo, como regalo añadido a la familia que le había pagado tan generosamente, el heraldo había dado alas a su imaginación y había agregado al linaje no sólo unos caballeros, sino incluso unos magnates, como Longspée, cuyo único vínculo con los Godefroi era el de arrendador. Fue un invento magnífico, mediante el cual otra familia arrivista Tudor se encontró enraizada en un pasado normando ficticio.

A nadie se le había ocurrido que Nellie tuviera algún vínculo con el antiguo cisne blanco sobre su campo de gules; ni siquiera a ella. Pero la corpulenta Nellie Wilson de Christchurch, aunque había adivinado lo ocurrido, no tenía la menor intención de remover el recuerdo de Nellie Godfrey de Culver Street. En cuanto a los hijos de su hermano Piers, éstos sólo sabían que era una tía muy rica que les enviaba regalos y que su padre era carpintero. Los Forest no corrían peligro.

Había otros nuevos tesoros en la casa: un magnífico retrato de Forest; una delicada miniatura, del tamaño de la mano de un hombre, de su hijo; un espléndido tapiz. Los invitados contemplaron todos esos objetos con manifiesta admiración.

Cenaron opíparamente. Forest les ofreció un suculento cisne. Y como plato especial, añadió una curiosa hortaliza que Shockley jamás había visto. Era de color pálido, poseía una textura harinosa y un sabor dulce.

—¿Qué es? —inquirió.

—Proviene de ultramar, del Nuevo Mundo conquistado por los españoles —explicó Wilson—. Un producto muy raro.

Efectivamente. Forest había conseguido las primeras batatas procedentes de Sudamérica, a las cuales no tardaron en seguir sus primas, las patatas comunes y corrientes.

Después de cenar Forest se llevó a los hombres a otra sala y abrió la conversación.

—El capitán Wilson se propone emprender nuevas travesías que podrían reportar enormes beneficios —explicó a Edward—. Busca a gente en Sarum dispuesta a poner dinero en la empresa, y he pensado que deberíais escuchar sus argumentos. —Luego Forest indicó a Wilson que comenzara.

Fue una historia extraordinaria.

—En primer lugar —explicó Wilson—, hablemos de Rusia.

Shockley había oído hablar de ese comercio. Durante veinte años los mercaderes ingleses habían cruzado Rusia tratando de reabrir las antiguas y lucrativas rutas comerciales persas. Habían tenido escaso éxito. Pero el comercio con Rusia había experimentado un gran auge, fomentado por un nuevo zar, Iván, al que posteriormente llamarían «el terrible».

—Rusia posee aceite, sebo, alquitrán, curtidos, centenares de miles de ellos, madera para mástiles —enumeró Wilson—. Debido a la grave amenaza que representa España, todos los materiales de construcción procedentes de Rusia hallarán aquí un mercado. Asimismo, pensemos en Polonia y en los territorios que la circundan. Sus gentes poseen también productos exportables, y desean vuestro paño, maese Shockley. El año pasado se formó la Eastland Company con vistas a este comercio. Debilitará a esos malditos mercaderes hanseáticos y nos reforzará a nosotros.

Forest hizo una señal de conformidad.

—Luego está Catay. Frobisher trata de alcanzarla por el noroeste. Incluso la reina ha invertido en ese comercio. Y ahora se han propuesto llegar allí por otra ruta, atravesando la parte superior de Rusia. Cuentan con el asesoramiento de Mercator y Hackluyt. Sea quien fuere que consiga llegar allí, nosotros podríamos participar en el nuevo comercio en el futuro.

»Se está formando también una nueva compañía que comerciará con el Levante. Un comercio de lujo.

Wilson los miró a ambos. Luego, una amplia sonrisa animó su rostro.

—Por supuesto, existe otro tipo de comercio. —Wilson hizo una pausa—. Y debo daros una noticia. Ha regresado Drake.

Todo el mundo sabía que Francis Drake, el aventurero de Plymouth, había partido hacía tres años para circunnavegar el globo. Los tradicionalistas que seguían negándose a creer que la Tierra era redonda afirmaban que Drake se caería por el borde de la misma. Otros que aceptaban la idea del globo, no esperaban volver a verlo. Incluso la reina, que había invertido dinero en la empresa del gallardo semiexplorador semipirata, tenía también sus dudas.

—Arribó ayer —anunció Wilson tranquilamente—. Ha recorrido España y, de paso, ha saqueado los galeones españoles, y —el capitán se detuvo de nuevo para dar mayor realce a sus palabras— su cargamento incluye lingotes de oro por valor de medio millón de libras esterlinas.

Ambos hombres guardaron silencio. Era una suma asombrosa.

Acto seguido Wilson pasó a exponer sus peticiones.

—Tengo tres hijos magníficos. Deseo contar con unas sociedades por acciones para tres excelentes barcos. Deseo inversores de Sarum, maese Shockley; y todos podemos ganar una fortuna.

En cierto modo Shockley estaba de acuerdo con esa proposición. Ciertamente, desde los gloriosos tiempos del último siglo, que dio hombres como Halle y William Swayne, los comerciantes de Salisbury no se habían mostrado tan aventureros como hubiera sido deseable. Esas nuevas oportunidades que se abrían ante ellos eran espléndidas.

Pero había una cosa que le intrigaba.

—Cuando os referís a Drake, ¿insinuáis piratería a la vez que comercio? —inquirió.

—Así es —repuso Wilson con franqueza—. La misma reina se alegrará de saberlo, siempre y cuando saqueemos a los españoles.

Era cierto. Tiempo atrás el Papa había concedido todo el comercio del Nuevo Mundo a la fiel y católica España.

—Aunque no sé qué derecho asiste a Drake a hacer eso —declaró Wilson.

Los comerciantes ingleses y su reina ciertamente deseaban una parte del botín. Además, existía una cuestión política más profunda. Hacía tiempo que el monarca español había desistido de su intento de lograr que Inglaterra regresara a la fe católica persuadiendo a su astuta reina virgen. Había hecho las paces con Inglaterra en lo referente a los Países Bajos y el renovado comercio con Amberes había resultado muy fructífero para los comerciantes ingleses, pero el rey de España no había perdonado a los obstinados isleños protestantes. Más pronto o más tarde, les invadiría, y era preciso apoyar toda empresa que contribuyera a que los aventureros ingleses debilitaran el comercio exterior de España y la privaran de su oro. —Haré lo que pueda— dijo Shockley.

Pero sospechaba que ése no era el único motivo de su presencia allí.

Poco antes de que Shockley se marchara, Forest confirmó sus sospechas al llevarlo aparte y preguntar:

—¿Te gustaría invertir en esta empresa?

—Sí. Pero… —Shockley sonrió—, sólo puedo invertir una modesta suma…

Forest lo observó detenidamente.

—Bastará con un gesto por tu parte. Si nos prestas tu apoyo, me ocuparé de que percibas una parte de los beneficios. —Forest se detuvo para observar la reacción de Shockley.

Edward conservó la calma. Su rostro no dejó entrever la menor emoción.

—Una veinteava parte —dijo Forest suavemente.

¡Una veinteava parte! Podía ser una suma gigantesca. Shockley enarcó las cejas, pero no hizo ningún comentario. Sin duda Forest le había hecho esa propuesta por un motivo muy concreto. Edward aguardó a que el otro se explicara.

—A cambio te pido una cosa —prosiguió Forest.

Shockley asintió con la cabeza.

—Adelante.

—Mi hijo. Permite que te acompañe cuando trates con los comerciantes de Sarum. Deja que converse con ellos. —Forest sonrió—. Conoce Oxford…, quizá demasiado bien. Pero no sabe nada sobre el comercio.

Shockley no opuso ningún reparo a esa petición. Forest continuó.

—Hay otra cosa —dijo esbozando una mueca—. A diferencia de su padre, los pobres le preocupan. Infórmale sobre lo que puede hacer por ellos. —Forest se inclinó, como si le hubiera costado reconocer eso—. Al margen de nuestras antiguas diferencias, Edward Shockley, valoro mucho tu criterio.

Sorprendido, Shockley dirigió la vista hacia el lugar donde se hallaba el elegante joven. ¿Un Forest preocupado por los pobres?

No obstante, accedió de inmediato a la petición de Forest.

¿Por qué sería, se preguntó Edward al marcharse, que estaba tan seguro de que Forest pretendía algo más que eso?

El joven era muy agradable; de hecho, Edward tenía a veces la impresión de que el moreno y elegante Giles Forest había sido educado principalmente para complacer a los demás. Éste expresó un gran interés por los indigentes y examinó minuciosamente el taller donde trabajaban. Les sonrió de forma seductora y charló con ellos, de modo que cuando abandonó el taller ni uno solo de los menesterosos que trabajaban allí tuvo la menor duda de que, de poder hacerlo, Giles Forest se afanaría en prestarles ayuda.

Shockley le llevó al mercado y al batán enfurtidor y le presentó a Moody y a los tejedores. Y todos ellos, incluso el viejo Moody, creyeron que el joven Forest era su amigo.

Edward se detuvo en la esquina de la calle. Era el lugar exacto donde se había detenido el día en que había regresado de Downton.

De hecho, hasta aquel momento había olvidado por completo el episodio anterior.

Estaba anocheciendo.

Sin embargo no cabía la menor duda de que una figura acababa de salir disimuladamente de su casa. ¿Fue quizá la semejanza que este episodio guardaba con el anterior, o fue la propia figura la que le hizo recordar aquel incidente? No estaba seguro, pero en la ocasión presente le pareció que se trataba de otro hombre; quizá debido a la oscuridad se le figuró que la persona que acababa de salir de su casa era más alta y delgada, y esa silueta le recordó inevitablemente a Thomas Forest.

Edward echó a andar rápidamente, pero la misteriosa figura desapareció, y aunque él se apresuró a seguirla su presa logró despistarlo metiéndose en las callejuelas que rodeaban la iglesia de Saint Thomas.

Edward regresó a su casa, perplejo.

La casa estaba en silencio. Quizá su esposa y la doncella habían salido para hacer algún recado. ¿Era posible que la extraña figura fuera un ladrón?

Edward subió la escalera lentamente.

Katherine no le oyó entrar. Se hallaba de pie en una esquina de la gran sala delantera, donde había un arcón en el que ella guardaba su dinero y sus joyas. El arcón estaba abierto. Edward la vio contar un puñado de monedas de oro y meterlas de nuevo en un pequeño talego, un talego que él reconoció en el acto y en el que ella solía guardar la elevada suma de diez libras. Pese a la distancia que los separaba, Edward observó que el talego estaba prácticamente vacío.

Ella bajó la tapa del arcón y lo cerró con llave. Luego se quedó mirando a través de la rendija de los postigos con expresión abstraída.

Cuando Edward entró en la habitación, ella se sobresaltó.

—¿Quién estaba aquí?

—¿Aquí? Nadie.

Edward arrugó el entrecejo.

—Vi salir a alguien de esta casa.

—Imposible.

Edward se detuvo, tratando de pensar con lógica. De haber sido Katherine más joven, él habría supuesto que el extraño era su amante. ¿Era posible? ¿Podía tratarse de Forest?

—¿Dónde están los sirvientes?

—Fueron a la catedral.

Edward recordó entonces que aquella tarde iban a celebrar un oficio especial; con todo, no dejaba de ser curioso que su esposa se hubiera quedado sola en la casa.

Edward la observó con recelo, sorprendido del aplomo que ella mostraba. Luego decidió no decir nada más, y bajó la escalera con paso cansino.

Más tarde descifraría el misterio; pero había algo que le preocupaba sobremanera: independientemente de lo que hubiera sucedido —y Edward no creía que Katherine le hubiera sido infiel—, durante todos los años de su matrimonio jamás se le había ocurrido que ella fuera capaz de mentirle.

Había otros asuntos importantes que le preocupaban. Pues la ansiada reunión del consejo iba a celebrarse al cabo dos días.

Era un motivo de frustración para él, que a veces rayaba en la furia, el que aunque en las cuestiones de poca monta por lo general conseguía el apoyo de los concejales veteranos, en las más importantes para él jamás lo lograba.

Rogaba. Bramaba. Su mensaje era tan simple como obvio:

—Debemos prepararnos para entrar en guerra con España. Debemos destinar unos fondos a dicha empresa y votar a favor de dotar al ejército del armamento necesario. —Y recientemente había añadido con tono amenazador—: Quedaremos como unos miserables si no apoyamos a la reina y a su Iglesia.

Cada mes la situación se agravaba. En varias regiones del país se percibía un ambiente de desasosiego.

Pues en una ocasión, bajo la amenaza de una sublevación inspirada por los españoles, Isabel se había visto obligada a tomar serias medidas religiosas, sometiendo a gravosas multas a los católicos que se negaban a acatar exteriormente su mandato; y los agentes secretos de su sirviente Walsingham estaban por doquier.

Pero en Sarum nadie hacía caso de las palabras de Shockley.

Aquel día Edward pronunció un inflamado discurso. Vio a muchos asentir en señal de conformidad y pensó que por una vez había logrado convencerles.

Hasta que de pronto se levantó un fornido burgués y dijo:

—Las guerras son costosas, Edward Shockley. No queremos oír hablar más de este asunto.

—Pero si llegan los españoles… —protestó Edward.

—Disponemos de un arsenal.

Una colección de picas y anticuadas espadas.

Edward comprendió que había vuelto a fracasar.

Pero en otro sentido, sus palabras habían causado mayor impacto de lo previsto y habían tenido unas consecuencias inesperadas. Pues tres días más tarde se presentó una pequeña delegación de Wilton. Tras saludarle respetuosamente, fueron directamente al grano.

—Edward Shockley, somos vecinos de John Moody. Debes decirle que abandone tu negocio. No le queremos ni a él ni a su familia entre nosotros.

—¿Por qué?

—Son católicos.

—Pero acatan la voluntad de la reina —protestó.

Ese acatamiento le había costado a Edward no pocos esfuerzos. Aunque los Moody estaban profundamente preocupados por el mensaje que traían los jesuitas —consistente en que la cómoda suposición de que los católicos podían asistir a los oficios de la Iglesia anglicana era falsa—, al cabo de varias horas Edward había logrado persuadir a John Moody de que sacrificara su conciencia, al menos de momento.

—Los católicos son unos traidores. Tienen unos pensamientos traidores.

Edward miró irritado a la delegación de Wilton. La traición era una cosa, la fe religiosa otra muy distinta. Pues en esto se basaba el pacto isabelino.

—Moody trabajará para mí mientras lo desee —replicó enojado Edward.

Al día siguiente se lo contó a Moody, para que estuviera en guardia.

—Pero tendrán que demostrar que eres un traidor —le aseguró—, antes de que yo deje de ser tu amigo.

Así, Edward aguardó, decididamente atribulado, la llegada del invierno.

Con todo, poco después se produjo un intermedio extraordinariamente agradable.

Pues un buen día el joven Giles invitó a Edward —quien dedujo que eso formaba parte de su plan— a acompañarle a la mansión de Wilton.

Un numeroso grupo de personas se había congregado para asistir a la representación de una de las compañías teatrales que acudían con frecuencia a la magnífica propiedad de lord Pembroke, y aunque Edward supuso que tras la invitación se ocultaba un motivo ulterior, aceptó encantado.

Jamás había puesto los pies en Wilton House.

Era un edificio espléndido.

—Aunque más reducido, contiene elementos semejantes al incomparable palacio de la reina —le explicó Giles—. Dicen que lo proyectó el mismo Holbein para lord Pembroke —añadió.

La mansión poseía una larga fachada gris con una espléndida torre cuadrada en su centro, un suntuoso y exquisito jardín y una apacible vista del Nadder, el río que discurría suavemente a pocos centenares de metros de su puerta. Era un lugar, pensó Shockley, que invitaba al descanso.

Shockley se había encontrado con lord Pembroke en varias ocasiones en la ciudad, pero nunca en términos amistosos, y tenía curiosidad por verlo desenvolverse en su hogar.

—No se parece a su padre —dijo Giles—. Es muy culto.

Se decía que el primer conde, aunque era uno de los hombres más inteligentes del reino, no sabía leer ni escribir. Su hijo, en cambio, era un hombre ilustrado.

—En cuanto a su nueva esposa —continuó Giles—, baste con decir que los poetas escriben para que ella los lea.

Pues después de haber evitado hábilmente consumar su matrimonio con la políticamente peligrosa hermana de lady Jane Grey, se había casado con una mujer perteneciente a la poderosa familia Talbot, y luego, a la muerte de ésta, con la extraordinaria Mary Sidney.

—Él tenía más de cuarenta años y ella sólo dieciséis, pero es un matrimonio estupendo —comentó Giles—. Viven como príncipes.

Era cierto. Decían que lord Pembroke tenía más de doscientos sirvientes que llevaban su librea. Su esposa, aunque no era rica, era sobrina del favorito de la reina, Dudley, conde de Leicester. Su hermano era sir Philip Sidney, el brillante cortesano, soldado y autor. Y, tal como observó el joven Forest, la mitad de los dramaturgos y poetas del reino acudían a Wilton como si se tratara de una gran corte renacentista.

Fue un día memorable. Había muchas damas y caballeros, nombres como Thynne de Longleat, Hungerford, o Gorges —el último estaba construyendo una espléndida mansión llamada Longford Castle junto al bosque de Clarendon—, miembros de la aristocracia con quienes Edward rara vez se codeaba. La conversación fue también muy agradable: versó sobre el poeta Spenser, que había dedicado su delicioso El calendario del pastor a Philip Sidney, y sobre el propio Philip Sidney.

—Durante un tiempo cayó en desgracia ante la reina —explicó a Edward un distinguido caballero—. Pasó aquí todo el verano componiendo un poema para su hermana. Se titula Arcadia, y dicen que cuando se publique dejará a todos asombrados.

Aunque no era un caballero distinguido, Shockley poseía la suficiente cultura para gozar de la elegante e ilustrada compañía que halló en Wilton. Asimismo, le permitió comprender mejor al joven Forest.

Pues en ocasiones, durante el mes pasado, Edward se había preguntado si, pese a su encanto, Giles Forest estaba bien de la cabeza.

No era lo que decía, sino la extraordinaria forma que tenía de expresarse.

—Por lo que se refiere a mi preocupación por los pobres, maese Shockley —había declarado Giles—, no deseo que se interprete erróneamente mi propósito, ni que se me atribuya una munificencia exagerada; deseo trabajar en bien de los pobres, pues no soy avaro; pero con el fin de que los pobres puedan trabajar…, pues no soy imbécil.

Al oír ese complicado juego de palabras, Shockley lamentó que Giles no se expresara con más claridad. Pero al estar en Wilton, observó que muchos jóvenes que habían estudiado en Oxford se expresaban con la misma afectación. Todos los temas que planteaban, por triviales que fueran, eran tratados como si se tratara de un serio debate ante un tribunal: enumeraban los pros y contras de un pastel con idéntica solemnidad con que sopesaban los pros y contras del tiempo atmosférico o los de un purasangre. Por otra parte, los aspectos más complejos y serios de la política eran reducidos asimismo a un intrincado juego de palabras.

La moda isabelina entre los jóvenes petimetres de las universidades y la corte había alcanzado su apogeo con la publicación el año anterior de un libro escrito por Lyly.

—Se titula Euphues, maese Shockley —le aseguró un joven ataviado de una forma extraordinaria—. Es nuestra biblia —agregó con una carcajada.

Aunque Shockley no podía sino observar con asombro esos artificiosos modales, esos jóvenes le parecían muy agradables. Escribían sonetos al estilo de Petrarca; practicaban el tiro con arco, no muy seriamente, según le explicaron, aunque era un deporte que desarrollaba el cuerpo: «Belleza de cuerpo, belleza de mente», decían. Una vez que Edward se hubo acostumbrado a ellos, el joven Forest le cayó más simpático.

La representación teatral era una breve obra histórica, bastante mediocre. Pero a Shockley no le importó.

Pues poco después se encontró frente a frente con el mismo Pembroke.

Era un hombre de mediana edad y parecía algo cansado; pero seguía siendo apuesto, y tenía un rostro noble y sensible.

Shockley se inclinó respetuosamente. Quizás el segundo conde no fuera un gran personaje nacional como su padre, pero no dejaba de ser importante.

Como Lord Lieutenant del condado era el representante de la reina. Estaba a cargo de los militares, y era el jefe de todos los jueces locales; sus vastas propiedades ocupaban una zona tan inmensa que tiempo atrás había mandado realizar una recopilación catastral de sus tierras, como Guillermo I y su gran Domesday Book, para averiguar lo que poseía.

Así que Edward se sonrojó de satisfacción cuando el gran hombre sonrió amablemente y dijo:

—He oído hablar de vos, maese Shockley: el único hombre en Salisbury dispuesto a defenderla cuando estalle la guerra.

Uno de los convidados había dicho a Edward que el conde era un estudioso de la heráldica. Pero cuando, creyendo que le complacería, Edward mencionó que admiraba el hermoso escudo de armas nuevo de sus amigos los Forest, se quedó perplejo al ver que Pembroke se echaba a reír. No comprendía el motivo.

Pero la jornada había constituido un delicioso entretenimiento.

¿O fue algo más que eso?

Edward Shockley tuvo la impresión, cuando él y Giles Forest regresaron juntos a Salisbury, de que el joven cabalgaba más lentamente de lo normal. Parecía reacio a separarse de Shockley. Caía ya la tarde.

De golpe se le ocurrió que acaso existiera otro motivo para que el joven Forest le hubiera invitado aquel día: de ese modo evitaba que estuviera en casa.

Edward observó al joven con atención. ¿Era posible que estuviera compinchado con su padre, que lo mantuviera ocupado mientras Thomas Forest pasaba un rato con su esposa? Tras despedirse bruscamente de Giles, Edward se alejó trotando hacia la ciudad, antes de que el asombrado joven pudiera detenerlo.

Cuando llegó a la calle donde estaba situada su casa había anochecido. Edward se detuvo en la esquina. La calle estaba desierta. De pronto, vio que se abría la puerta de su casa y una figura —Edward estaba seguro de que era la misma que había visto anteriormente— salía de las sombras de la vía pública y entraba en la vivienda.

Edward desmontó y echó a andar hacia la casa. Ésta parecía estar en silencio. Atravesó sigilosamente el pequeño arco que daba acceso al patio y se dirigió hacia una escalera trasera. Subió sin hacer ruido y al cabo de unos momentos alcanzó el piso superior.

En el dormitorio había una luz encendida. Edward se acercó a la puerta.

Pero ante su asombro comprobó que la habitación estaba vacía. Creyó oír unas voces sofocadas en el salón, pero cuando se disponía a bajar la escalera notó que el arcón que su esposa guardaba en el dormitorio estaba abierto. Picado por la curiosidad, atravesó la alcoba y miró dentro del arcón.

Estaba medio vacío. Los talegos de dinero que su esposa guardaba en él habían desaparecido. Pero mientras Edward contemplaba atónito el arcón advirtió que en el espacio antes ocupado por el dinero había una carta.

Al principio Edward no dio crédito a sus ojos; pero al examinar el pequeño fragmento de papel no le cupo la menor duda.

Antes de leerla, se imaginó miles de posibilidades, pero cuando hubo descifrado lo escrito comprendió que era lo que menos imaginaba.

Al principio Edward se quedó horrorizado. Luego, naturalmente, se enfureció. Durante unos momentos sintió también pánico. ¿Y si otra mano aparte de la suya hubiera hallado la carta?

Tened la certeza de que vuestros regalos han sido bien recibidos. Y cuando ella, la hereje que ocupa actualmente el trono, sea eliminada, y se restituya la fe auténtica, la fe que es la vuestra, señora, y la de vuestro hermano se verá recompensada, del mismo modo que en estos momentos estáis acumulando unos tesoros en el cielo.

En cuanto a la real Jezabel, confiemos en recibir dentro de poco buenas noticias con respecto a ella.

Ahora lo comprendía todo. Traición. Los jesuitas habían conseguido ponerse en contacto con ella. Con su esposa y con el hermano de ésta.

Edward sintió un escalofrío. Katherine le había traicionado. Peor aún, era evidente que estaba apoyando mediante donaciones de dinero a los católicos españoles, a las personas dispuestas a destruir todo aquello en lo que él creía.

Edward pensó en el talante apacible y sumiso de su esposa, en los años que habían vivido juntos y supuestamente felices. Recordó que años atrás él también la había engañado. Ahora era ella quien le había engañado a él.

Edward casi se había olvidado del visitante. Sigilosamente, sosteniendo aún la carta, retrocedió hacia la cima de la escalera.

Los vio de pie junto a la puerta: un hombre alto, de edad avanzada, pero que sólo se parecía a Forest por su envergadura. Se estaba envolviendo en su larga capa. Edward vio a su esposa besarle el anillo.

Cuando al cabo de unos momentos se abrió la puerta, Edward distinguió en el umbral, con toda claridad, el rostro de John Moody, quien evidentemente había acudido a recoger al sacerdote.

Edward se ocultó en el dormitorio.

En aquel instante Edward Shockley tuvo que tomar la decisión más importante de su vida.

Permaneció inmóvil durante varios segundos. Había muchos aspectos a tener en cuenta.

Por insignificante que fuera el papel desempeñado por su esposa en el asunto, era una traición. Edward sabía muy bien de qué parte estaba su propia lealtad: de parte de la reina Isabel. Así pues, ¿qué podía hacer él salvo poner en antecedentes a los hombres de Walsingham? Tal vez encerraran a su esposa en la cárcel; John sería colocado sobre el potro de tormento, a fin de sonsacarle el nombre de sus cómplices.

Por otra parte, si Edward no les delataba se convertiría él mismo en cómplice, y sería severamente castigado.

¿Cuánto tiempo llevaba engañándole Katherine?, se preguntó Edward.

Al pensar en los años de su matrimonio, tomó una decisión. Fue una decisión valiente. No sabía si obraba bien.

Edward colocó con cuidado la carta exactamente donde la había encontrado. Luego salió de la casa.

Vigilaría estrechamente a su esposa para impedir que cometiera más daño, o que lo sufriera en su propia carne.

Corrían tiempos peligrosos para la gente de conciencia.

Lo que Edward descubrió, al cabo de unos días, fue el verdadero juego de Forest.

Era tan sencillo que se asombró de no haberlo adivinado antes.

Todo se reducía a una cuestión política, y, por supuesto, a las ambiciones sociales de Forest.

El hecho de que un hombre fuera nombrado juez de paz significaba que había pasado a formar parte de la alta burguesía. El que tuviera deseos de ayudar a la comunidad, o de juzgar a sus semejantes, no tenía nada que ver con ello, al menos en el caso de Forest y de muchos otros. Forest ya había conseguido ese cargo. Pero el paso siguiente, y más importante, era ocupar un escaño en el Parlamento. Había dos medios de lograrlo. El primero era ser elegido uno de los dos caballeros del condado. Pero eso todavía no estaba al alcance de los Forest. Bajo los auspicios de Pembroke, ese honor pasaba en rotación entre las familias más destacadas del condado: Penruddock, Thynne de Longleat, Hungerford, Mompesson, Danvers y una docena más. Pero además quedaban aún los dos ciudadanos presentados por Salisbury, y los dos burgueses de los quince municipios. De hecho, la región de Wiltshire era tan abundante en escaños parlamentarios —contaba con treinta y cuatro— que muchos hombres ambiciosos de otras regiones acudían ahí en busca de uno. Pues como a menudo los ciudadanos se resistían a pagar los onerosos gastos que suponía enviar a sus burgueses al Parlamento, se sentían más que satisfechos de que un acaudalado caballero sufragara sus propios gastos. Asimismo, muchos municipios se hallaban bajo el control del magnate local. Los pocos electores de Wilton hacían siempre lo que les mandaba Pembroke; en el norte la familia Seymour controlaba las poblaciones de Marlborough y Great Bedwyn; el obispo de Winchester dominaba varios municipios. También estaba el fuerte del Viejo Sarum, que había sido adquirido por un caballero llamado Baynton, y que aunque hacía tiempo estaba desierto, poseía en la aldea situada más abajo un puñado de electores que enviaban puntualmente sus dos burgueses al Parlamento.

Forest buscaba un municipio para su hijo.

Hasta la fecha no lo había encontrado. Pembroke le había rechazado cortésmente: disponía de una docena de excelentes hombres. Y lo mismo le dijeron una docena de caballeros como él.

Fue en noviembre cuando Forest le planteó el tema a Edward.

—Mi hijo desea presentarse para Salisbury —le dijo—. Espero que le apoyes, pues tu palabra tiene mucho peso.

¡Naturalmente! Ése era el motivo del soborno, de la invitación a Wilton, y, sin duda, del inesperado interés que había mostrado Giles hacia los pobres. De todos los municipios de Wiltshire, los ciudadanos de Salisbury eran los más independientes; el mismo Pembroke sólo había conseguido imponerles, hacía diez años, un candidato.

—Yo debo de ser su último recurso —se dijo Edward. Y no pudo evitar pensar en que Forest estaría dispuesto a pagar un elevada suma por ese favor.

Edward esperó un día. La pugna con su conciencia fue breve.

—No me opongo a la candidatura de tu hijo —dijo a su exsocio—. Pero son los burgueses quienes eligen a sus miembros. Giles tendrá que hablar con ellos personalmente.

Forest lo miró impertérrito.

—¿Votarás a favor suyo?

—No.

Fue muy fácil decirlo. Era simplemente la verdad. Edward no volvió a oír una palabra sobre su participación en los lucrativos viajes de Wilson.

En el año 1585 de la era cristiana, el consejo de su majestad exigió a la ciudad de Salisbury que contribuyera a sufragar los gastos destinados a hacer frente a la inminente invasión por parte del rey Felipe II de España. La respuesta fue la siguiente:

Entendemos que os cabe el honor y el placer de ordenarnos que pongamos de inmediato al servicio de Su Majestad la reina cuatro mil libras de pólvora y cinco quintales de fósforos, que serán almacenados aquí.

Tras reflexionar sobre el asunto hemos llegado a la conclusión de que esta disposición requiere la recaudación y el desembolso de una gran suma de dinero…, nuestra humilde petición es… os rogamos respetéis las magras arcas de esta ciudad, sometida a numerosos gastos para mantener a un elevado número de gentes menesterosas… y mitigar en la medida que juzguéis conveniente…

El consejo de la reina Isabel tuvo que cursar tres solicitudes a los burgueses de Salisbury hasta que éstos por fin, y de mala gana, concedieran a la corona un préstamo destinado a sufragar las modestas precauciones contra la fuerza invasora que daría en llamarse la Armada española.

En 1586 John Moody y su familia abandonaron Sarum. El agrio talante de aquellos tiempos les había hecho sentirse incómodos. Edward Shockley no trató de detenerles. Moody y su familia no tuvieron que desplazarse muy lejos. Veinticinco kilómetros al oeste, en las aldeas que circundaban Shaftesbury, hallaron una región donde, bajo los auspicios de la gran familia católica de Arundel, sobrevivía una comunidad de católicos que se negaban a reconocer la Iglesia anglicana. Allí encontraron amigos, y la oportunidad de practicar su religión, aunque en secreto. Por lo que sabía Edward Shockley, no se habían presentado más jesuítas a su casa.

Los acontecimientos se sucedieron rápidamente. En 1587, después de participar en una conjura de alta traición contra Isabel —probablemente una trampa tendida por el sutil Walsingham—, María Estuardo fue ejecutada. Su hijo Jacobo protestó desde Escocia, pero no muy fuerte, pues jamás había sentido simpatías hacia su madre, y era evidente que, mientras mantuviera una relación amistosa con los ingleses, seguramente sería él quien sucedería a Isabel, que no tenía hijos, cuando ésta muriera.

Pero la reacción de Felipe de España fue muy distinta. El más católico de los monarcas no pudo encajar semejante afrenta. En 1587, en las colinas de todo el sur de Inglaterra se encendió una cadena de señales para anunciar que la gran flota de galeones llamada la Armada española había sido avistada frente a la costa de Plymouth.

Era una fuerza descomunal. Los poderosos galeones que atravesaron el Canal por poco salieron triunfantes en su empresa.

—Lo cierto —comentó posteriormente uno de los jóvenes marinos Wilson a Edward— es que ni siquiera Drake habría sido capaz de detenerlos. Lo único que hicimos fue seguirles.

Pero gracias a una serie de vientos favorables, y a una breve batalla que se saldó con éxito para los ingleses, la gigantesca flota de Felipe fue arrastrada aguas arriba y luego hacia el norte, hacia las rocosas costas de Escocia, donde muchos buques naufragaron.

—Nos salvó la fortuna —declaró Shockley—, no la preparación.

Pero, por increíble que fuera la fortuna que destruyó a la Armada, el caso es que Inglaterra se salvó, y la isla gozó de nuevo de unos años de paz; hasta Edward Shockley, al llegar a la vejez y entrar en la última década del reinado de Isabel, se sentía modestamente optimista con respecto al futuro.

Una de las cosas que más le entusiasmaba era acudir a Wilton House, a la que le invitaban una vez al año para asistir a una representación teatral. Muchas compañías de actores pasaron por la gran mansión durante aquellos esplendorosos años. Entre ellos, al menos en una ocasión, un actor llamado William Shakespeare.