LOS DISTURBIOS
1642: Agosto
Los invitados al funeral comenzaron a marcharse. En el interior de la casa, la familia aguardaba tensa mientras los convidados desfilaban uno tras otro frente a la gran escalera de roble, abandonaban el salón revestido de madera a través de la puerta baja de la espaciosa granja y salían a la calle inundada de luz.
Tan pronto como se hubieran marchado, debía iniciarse la conferencia de familia, una conferencia que tal vez destruyera a los Shockley para siempre.
Ojalá no fuera necesario. Ojalá la inminente guerra civil, que tenía a todo Sarum trastornado, no hubiera irrumpido en el santuario del hogar familiar, que debería ser inviolable. Hacía meses que todos sabían que las cosas desembocarían en dicha situación. Ahora, tras la muerte de su padre…
Sir Henry Forest fue el primero en marcharse. Antes de abandonar la mansión se volvió, observó con sus ojos negros y cautos al resto de la familia y se despidió con una breve reverencia. Sir Henry Forest, baronet, su vecino más antiguo…, su amigo, suponiendo que fuera amigo de alguien. ¿Qué partido tomaría en el inevitable conflicto? ¿Quién podía adivinarlo? Después de él se marcharon otros: amigos, vecinos, el viejo Thomas Moody con su hijo Charles, de Shaftesbury; a éstos les siguieron las familias de comerciantes como los Mason y otros de Salisbury; por último se fueron los agricultores encabezados por Jacob Godfrey. Desde hacía tres generaciones, desde que Piers Godfrey el carpintero había trabajado para los Shockley de Salisbury, la familia Godfrey mantenía una estrecha amistad con los Shockley. Muchos tenían los ojos llenos de lágrimas, pues todos recordaban con dolor y afecto al viudo William Shockley cuya repentina muerte había sorprendido a los ciudadanos de Sarum.
La familia se quedó sola, pero la casa estaba en silencio; todos sabían que, una vez roto ese último silencio, jamás volverían a estar unidos. Los cuatro Shockley permanecían de pie, inmóviles como los balaustres de la amplia escalinata de roble que tras ellos emitía un oscuro resplandor. Cuando se hubo disipado el sonido de los pasos de los convidados, oyeron el lejano y lóbrego tañido de la campana de la iglesia. Los Shockley eran cuatro: tres varones y su hermana.
Margaret Shockley: veinte magníficos años, de cuerpo recio y majestuoso, cabello dorado y unos ojos azules que a veces lanzaban unos destellos de ira tan intensos que la gente de Sarum decía con tono jocoso: «Es el más guapo de los hermanos». Margaret, alta y orgullosa, aguardaba en silencio.
Sólo pensaba en una cosa: el bebé.
Era suyo y debía ocuparse de él, suyo y de nadie más, y no permitiría que nadie se lo impidiera, ninguno de ellos. El bebé, que descansaba en la habitación superior, la necesitaba.
Era aún muy pequeño e indefenso. Había sido suyo desde que la pobre madrastra de Margaret, durante aquel terrible e interminable parto dos años atrás, se había vuelto hacia ella y había susurrado: «Si el niño sobrevive, Margaret, será tuyo». Sus tres hermanos también estuvieron presentes cuando hacía tres días William Shockley había hecho acopio de sus últimas fuerzas para decir:
—Independientemente de lo que hagan tus hermanos, Margaret, tú debes quedarte a vivir aquí y cuidar de Samuel. —Luego había hecho una pausa antes de añadir—: Y de mis regadíos.
El pequeño Samuel, esa criaturita rubia y alegre, había sido amamantado por la esposa de Jacob Godfrey. A Margaret le habría encantado poder darle de mamar, pero ella se había encargado de todo lo demás, de acunarlo en sus brazos, de llevarlo a su lecho para acostarse junto a él, semana tras semana, feliz de sentir aquel diminuto y cálido cuerpecito a su lado.
Los regadíos de su padre, con esos maravillosos sistemas de riego ideados por el hombre que se extendían junto al Avon, estaban en la parte baja de la granja que él había comprado de joven. Había habilitado esos campos antes de que naciera Margaret, convirtiendo su granja en la mejor de la zona; Margaret también se cuidaría de ellos.
La joven miró a sus hermanos. Edmund, el mayor, de treinta años, era a la sazón el cabeza de familia: siempre serio, diligente, juicioso, con el pelo castaño cortado al estilo paje, tenía los ojos pardos de su madre y el cuerpo ancho y corpulento de su padre. Obadiah, el ministro presbiteriano, enemigo acérrimo de los sacerdotes y los obispos; aunque sólo contaba veintisiete años, su negra melena que enmarcaba su rostro pálido y ovalado y le llegaba hasta los hombros había empezado a encanecer. Tenía los ojos azul pizarra, extraordinarios incluso vistos a cierta distancia, como cuando ocupaba el púlpito. Obadiah, con su forma arrogante de expresarse y su ceceo; de niño había sido vanidoso; ahora, de adulto, era presa de una indignación espiritual. Se trataba de un predicador puritano nato, pensó Margaret. La gente no estimaba a Obadiah. Él lo sabía, y no se lo perdonaba.
Y Nathaniel: rubio como ella, gallardo, con sólo veintitrés años. Incluso en ese día, exhibía un aire desenvuelto, con su melena larga y dorada y sus elegantes puños de encaje que contrastaban con las ropas solemnes e insulsas de sus hermanos. En la mano sostenía la larga pipa de arcilla con la que le encantaba apuntar a Obadiah cada vez que profería una de sus blasfemias predilectas, con el fin de que al predicador no le pasara inadvertida. Mi Nathaniel, pensó Margaret, tan afín a ella, a quien amaba pese a su manera de ser a menudo irresponsable.
Margaret conocía bien a sus hermanos.
Cuando estallara el conflicto quizá tuviera que proteger a Nathaniel. Y sabía que debía proteger al niño.
Cuando pensaba en las causas de la gran tormenta que iba a abatirse sobre ellos, a Margaret se le antojaba que la culpa de todo la tenía el rey, el rey y su terrible doctrina del derecho divino. Ése era el motivo de que Sarum y la mitad del país se hubieran sublevado; ése era el motivo de que su familia estuviera a punto de ser destruida; y en su corazón, Margaret lo maldijo.
Cuando la vieja reina Isabel murió sin descendencia, a principios de siglo, la elección lógica y correcta como sucesor suyo era su primo Jacobo Estuardo de Escocia, el juicioso hijo de la decapitada María Estuardo.
Al principio todo parecía indicar que el nuevo régimen traería unos tiempos más felices. Inglaterra y Escocia, aunque cada una seguía siendo un reino independiente con su propio Parlamento y su Iglesia, al menos compartían un monarca. El rey y sus dos pueblos eran mayormente protestantes. Se había firmado por fin la paz con España. ¿Y acaso no se habían producido a comienzos de la dinastía Estuardo unos hechos tan memorables como la representación de las espléndidas obras de Shakespeare en Londres, la apertura del comercio con el continente recién descubierto de América y la preparación del libro más noble escrito en lengua inglesa, la Biblia Autorizada del rey Jacobo? ¿Por qué se había malogrado todo?
Porque Jacobo y su hijo Carlos no comprendían a ninguno de los países que gobernaban.
Odiaban a los presbíteros protestantes de Escocia que rechazaban a sus obispos; detestaban al orgulloso Parlamento de Inglaterra.
Peor: Jacobo, ese autoproclamado sabio, creía que los reyes gobernaban por derecho divino y que nadie, ni siquiera los Parlamentos, podía interferir en sus actos.
Peor aún: su hijo Carlos I, quien gobernaba a través de sus odiados favoritos Buckingham y Strafford, había puesto en práctica las teorías de su padre con gran energía.
Fue Edmund quien por fin rompió el tenso silencio, indicando a su hermana y a sus hermanos que se sentaran ante la vieja mesa de roble. Él ocupó la silla a la cabecera de la mesa.
Parecía apesadumbrado. Era evidente que llevaba varias horas preparándose para ese cometido. Los otros tres aguardaron en silencio cuando él inició la conversación.
—El rey ha emitido a sus tropas la orden de aprestarse al combate y ha izado su estandarte en Nottingham. El Parlamento ha votado a favor de conceder a lord Essex diez mil hombres para que se opongan al monarca. —Edmund se detuvo, mirando a sus hermanos. Observó con expresión severa al joven Nathaniel. Ya sabía de qué lado estaba Obadiah.
—Esta familia luchará —declaró— a favor del Parlamento. —Era una orden. Si la obedecían, quizá la familia lograra superar la crisis y permanecer unida.
Se produjo una larga pausa. Luego el joven Nathaniel dijo suavemente:
—No puedo hacerlo, hermano Edmund.
Obadiah emitió una exclamación de desprecio. Edmund esbozó una mueca. Esperaba esa reacción por parte de su hermano, pero confiaba en no oír esas palabras.
Edmund contuvo con la mano a Obadiah, quien se disponía a levantarse de la mesa.
—Quédate —le ordenó con suavidad—. No nos separemos de este modo. Hablemos una última vez sobre el tema.
Durante aquel período, a lo largo y ancho del país las familias se enfrentaban a las mismas terribles decisiones. Había cosas muy importantes en juego, fundamentales para la constitución del estado y la Iglesia, que no sólo dividirían el reino, sino que harían que el hermano peleara contra el hermano, para matar o morir.
El último debate que se produjo entre los Shockley transcurrió en calma y de forma sosegada. Todos conocían los argumentos esgrimidos, pero había llegado el momento irrevocable de tomar posiciones. Las preguntas que zanjarían el tema fueron formuladas casi como un catecismo.
EDMUND: ¿Dices que el rey puede gobernar sin el apoyo del Parlamento?
NATHANIEL: Tiene derecho a hacerlo.
EDMUND: Pero no es la costumbre. ¿Puede el rey imponer ilícitamente unas tasas? ¿Y el ship-money?
Ningún tema había sido debatido con más ardor que el impuesto —destinado a sufragar los buques de guerra— que sólo pagaban los condados costeros y que Carlos había tratado de imponer también a los condados del interior. En el Parlamento, hombres valientes como Hampden y Pym se habían opuesto a él. En Sarum, el sheriff no había conseguido a lo largo de varios años recaudar siquiera la mitad del mismo.
NATHANIEL: Si el rey necesita dinero para la guerra, que lo apoyen sus súbditos leales.
EDMUND: ¿Y su aportación no ha de tener límites? ¿Es eso justo?
NATHANIEL: El Parlamento que acaba de ser convocado no le ha concedido nada. ¿Es eso justo?
EDMUND: ¿Puede el rey llevar a quien quiera ante sus privilegiados tribunales y hacer caso omiso del antiguo derecho consuetudinario?
NATHANIEL: Tiene derecho a hacerlo.
EDMUND: ¿Tú lo apruebas?
NATHANIEL: No. Pero no es razón para sublevarse contra él.
EDMUND: ¿De modo que crees que el rey no tiene por qué someterse a las leyes y costumbres de este reino, sino que puede hacer lo que le plazca?
Eso era parte del problema. Los privilegios del Parlamento, el antiguo derecho consuetudinario, las libertades de la Carta Magna, la costumbre, establecida hacía años, de que el rey no podía promulgar impuestos sin el consentimiento del Parlamento: éstos eran los derechos que los letrados parlamentarios afirmaban que debía observar el rey. Si un rey tenía el derecho de alterar los antiguos privilegios y costumbres, las libertades del pueblo quedaban a merced de los tiranos.
NATHANIEL: La ley deriva del rey.
EDMUND: En Inglaterra, no.
En efecto, parte de la tensión entre el monarca y el Parlamento residía en que la constitución inglesa no era el modelo que seguían los Estuardo. En España y en Francia, los gobernantes católicos habían implantado unas monarquías absolutas y centralizadas, más radicales que la que Carlos I trataba de imponer, y que perdurarían otros ciento cincuenta años. Pero dichas monarquías no tenían que bregar con la combinación de comerciantes puritanos y un antiguo Parlamento experto en el arte de debatir y consciente de sus privilegios.
OBADIAH: ¿Niegas a los puritanos el derecho a practicar su religión como les plazca?
NATHANIEL: Yo apoyo a la Iglesia anglicana, al igual que el rey.
OBADIAH: Al menos eso dice él. ¿Entonces apoyas a Laud y a sus obispos?
Nathaniel se echó a reír. Jamás había conocido en Sarum a un hombre que hiciera eso.
Laud, defensor del episcopalismo, cuyo talante autoritario había obligado a numerosos puritanos a cruzar el peligroso océano hacia América, no gozaba de simpatías entre los partidarios de Carlos I, y aún despertaba más hostilidad su pretensión de llevar a seglares ante sus tribunales eclesiásticos. En Sarum, esas ideas eran muy impopulares.
Pues a principios de aquel siglo, después de más de tres siglos de disputas, los ciudadanos de Salisbury habían logrado convencer al rey de que les concediera su propia carta municipal. La ciudad ya no estaba sometida al tribunal del obispo: ahora el obispo sólo gobernaba sobre el recinto catedralicio. La gente no vacilaba en pararles los pies a los clérigos que trataban de inmiscuirse en sus asuntos.
NATHANIEL: Laud ha mejorado la disciplina y los servicios de la Iglesia. Yo apoyo la autoridad de los obispos.
OBADIAH: ¿Y los papistas? ¿Deseas una Inglaterra papista? ¿Con un ejército extranjero y papista en manos del rey para que imponga su voluntad sobre el pueblo?
NATHANIEL: Confío en que los papistas no manden sobre el rey.
OBADIAH: Ya lo hacen. Cualquier día se presentará aquí un ejército de papistas irlandeses.
Nathaniel se ruborizó. El tema de las simpatías de Carlos hacia los papistas hacía que muchos de sus fervientes seguidores se sintieran incómodos. La reina, Enriqueta María de Francia, era católica. Los sacerdotes de la reina se hallaban en la corte. La creciente población puritana de Inglaterra no había olvidado a María Tudor —María la Sanguinaria— y sus terribles ejecuciones en la hoguera; ni a los taimados jesuitas que habían promovido la traición y habían apoyado a España durante el reinado de la buena reina Bess. No habían olvidado las conspiraciones, reales o ficticias, de esa otra católica francófila, María Estuardo, ni, lo más terrible de todo, la conjura de Guy Fawkes y otros extremistas católicos, que habían pretendido hacer estallar las cámaras del Parlamento —la cámara del Rey, de los Lores y de los Comunes— un cinco de noviembre, a comienzos del reinado de Jacobo.
En cuanto a la posibilidad de que se presentara un ejército vengador de papistas irlandeses, era un asunto que llevaba aterrorizando a los ingleses desde hacía dos años.
EDMUND: Tengo la impresión, Nathaniel, de que no apruebas lo que hace el rey, pero defiendes su autoridad. ¿Qué hemos visto recientemente que te haga pensar que el rey cambiará su forma de gobernar?
De hecho, los acontecimientos que provocaron la guerra civil, la mecha que hizo estallar la conflagración, mostraron las facetas más negativas, y la estupidez, de Carlos I.
En primer lugar, había insultado a los escoceses. Pues en 1638 Laud dijo con desprecio a los formidables presbiterianos de Escocia, cuya Iglesia controlaba eficazmente las tierras del norte, que debían abandonar sus costumbres puritanas, someterse a la autoridad de los obispos y seguir los ritos anglicanos del Libro inglés de oración, los cuales, a fin de cuentas, no eran muy distintos del Uso Romano de Sarum del que derivaba el Libro de oración de Cranmer. Escocia se había sublevado, había firmado el Pacto para conservar su gobierno presbiteriano y había marchado sobre Inglaterra.
Carlos estaba indefenso. Al igual que los reyes medievales anteriores a él, cada vez que se extralimitaba, comprobaba que no tenía dinero.
El rey trató por todos los medios de recaudar los fondos necesarios, pero fracasó. Las tropas que había convocado no aparecieron. En Wiltshire, cuando vieron que no les iban a pagar, los soldados se rebelaron y lord Pembroke se las vio y deseó para apaciguarlos.
Puesto que necesitaba dinero, Carlos tuvo que convocar un Parlamento.
Había caído en una trampa. El Parlamento no le concedió los fondos que solicitaba; los parlamentarios presbiterianos simpatizaban con los escoceses; los escoceses, astutamente, permanecieron acampados en el norte.
Entonces el gran Parlamento de 1640, conocido en la historia de Inglaterra como el «Parlamento Largo», pasó al ataque. Exigió la destitución de los consejeros más allegados al rey. Al poco tiempo Strafford fue ejecutado en la Torre de Londres ante una multitud enfervorizada y el arzobispo Laud fue encarcelado. Aquello constituyó una humillación para el rey. Los irlandeses se sublevaron. El Parlamento siguió negándole al rey los fondos solicitados, pero promulgó la Grand Remonstrance, una intensa crítica de su mandato.
El orgulloso rey Estuardo cometió entonces el error que puso fin a la monarquía medieval en Inglaterra.
Se presentó en persona en la Cámara de los Comunes para arrestar a Pym, a Hampden y a otros tres miembros. Fue la última provocación. A los gritos de «¡Privilegio y Parlamento!», Londres se sublevó, Carlos se vio obligado a huir y el país se preparó para una guerra civil.
¿Existían aún esperanzas de una reconciliación? Algunos estaban convencidos de ello. El eminente abogado Hyde escribió unos brillantes panfletos para su real patrón, demostrando que era posible llegar a un acuerdo. A su vez, el Parlamento impuso unas condiciones que colocarían al rey bajo su control. Ya no se fiaban de él.
MARGARET: ¿Por qué apoyas al rey, Nathaniel? ¿No es el Parlamento mejor gobernante que un rey tirano con un ejército papista bajo su mando?
¿Cómo podía explicarlo él? Para muchos, los vínculos con el rey eran muy simples, pues o bien consistían en los lazos personales de un noble cuya familia había prosperado bajo los Estuardo o bien se basaban en el conservadurismo natural de un campesino partidario de las antiguas costumbres y tradiciones.
¿Y en el caso de un joven sin parentesco noble, procedente de Sarum?
Los sentimiento de Nathaniel hacia la monarquía eran muy profundos. Por supuesto, conocía el estilo de la corte del rey. Había podido captar su sabor dos años antes, cuando había pasado seis meses en los Inns of Court mientras trataba, sin mucha diligencia, de convertirse en abogado. Carlos I, un gran coleccionista de arte, mecenas de hombres como el arquitecto Iñigo Jones y de grandes pintores como Van Dyck; Carlos, con su corte cosmopolita; Carlos, cuya esposa era medio Médici; Carlos, que había mandado erigir pequeños pero espléndidos edificios clásicos en Londres. ¿Cómo un joven estudiante de Sarum alegre y lleno de imaginación no iba a sentirse deslumbrado por el oropel de esos sofisticados prodigios europeos?
Pero más importante aún, la monarquía había existido siempre. Tanto si el concepto de derecho divino era un invento de los Estuardo como si no, la autoridad del rey era sagrada: formaba parte del orden natural, de la jerarquía divina. Se remontaba a la noche de los tiempos. ¿Acaso no descendía el monarca inglés de la antigua casa real anglosajona entre cuyos ilustres miembros se contaba Eduardo el Confesor? ¿No poseía el rey, incluso en los tiempos presentes, la facultad de tocar a los hombres y curarlos de la escrófula, también llamada el Mal del Rey?
El rey era un hombre brillante. Un hombre bueno, que incluso le era fiel a su esposa.
Por consiguiente, era injusto que los miembros del Parlamento, o algunas facciones de ellos, se opusieran a la antigua y legítima autoridad de los reyes. Si destruían el carácter sacrosanto de la autoridad real se produciría el caos.
Nathaniel no podía expresar todos esos sentimientos. De todas formas, apenas habrían impresionado a Obadiah. Pero debía intentarlo.
NATHANIEL: Pero ¿no comprendes que al destruir la autoridad del rey, destruyes el orden natural? Aunque el rey esté equivocado, es el monarca ungido: nuestros antiguos privilegios están ligados a él. Si quitas al rey, ¿quién nos gobernará?
OBADIAH: Los hombres de Dios.
NATHANIEL: ¡Presbíteros! Su tiranía sería peor que la del rey. Ya lo dice el refrán: un nuevo presbítero no es sino un viejo cura con un título más largo.
EDMUND: El rey puede gobernar, pero sólo con el consentimiento del Parlamento.
NATHANIEL: En tal caso el Parlamento usurpa el poder del rey, le roba sus antiguos derechos. Dime, ¿con qué autoridad gobiernan los parlamentarios? ¿Quién les ordena que gobiernen? Si desaparece el antiguo orden, en Inglaterra ya no habrá autoridad. El Parlamento podría ser convocado por el mismo pueblo.
EDMUND: Eso es una estupidez.
NATHANIEL: No. Si destruyes la autoridad del rey, hermano Edmund, un día será la masa, el pueblo quien gobierne. Y eso significaría el caos y la tiranía.
EDMUND: Ya veo que nunca nos pondremos de acuerdo.
El debate de la familia Shockley había concluido. No había nada más que agregar.
Nathaniel miró a su hermano mayor con afecto. Sus dos hermanos mayores, Edmund y Obadiah, no les llevaban muchos años a los pequeños; sin embargo éstos, Margaret y el propio Nathaniel, se habían criado como una segunda prole del viejo William. La severidad del carácter de su padre estaba reservada a los dos hijos mayores, mientras que el hijo menor y la chica, aunque no estaban consentidos, llevaban una existencia más libre y despreocupada, creando su propio mundo. En cierto modo, a Nathaniel le parecía que su hermana y él habían tenido una infancia más larga que la de sus hermanos mayores. A veces se compadecía de Edmund al verle cargar con la responsabilidad de ser el próximo cabeza de familia. Recordaba que, cuando él era niño, su severo hermano mayor venía a jugar con él y observaba casi con tristeza sus travesuras infantiles. Edmund era un buen estudiante. Había estudiado Derecho con rigurosa aplicación. Un día quizá lograra incluso entrar a formar parte del Parlamento.
Pero todo aquello carecía de importancia en esos momentos. Ya no eran niños.
—¿Te propones luchar por el rey? —preguntó Edmund apenado.
—En efecto.
Era un asunto serio, pero después de haber tomado su decisión se sintió casi animado.
Se produjo una larga pausa; Edmund mostraba una expresión grave.
—Una casa dividida acaba derrumbándose —dijo con tristeza—. Debes abandonar esta casa.
Nathaniel sonrió. Era muy típico de su hermano mayor: la melancólica voz de la autoridad. Vio que Edmund había pronunciado aquellas palabras casi contra su voluntad.
—No tengo deseos de hacerlo —repuso suavemente.
—Lo lamento. Pero yo soy ahora el cabeza de familia.
Obadiah asintió en señal de conformidad.
Pobre Obadiah. Su padre nunca le había estimado, y aunque William había tratado de ocultarlo, Obadiah siempre lo había sabido.
Él mismo no se había portado bien con Obadiah: de hecho, se había mofado de él desde que había aprendido a hablar. Siempre había herido la patológica vanidad de su hermano negándose a tomarlo en serio. En una ocasión, cuando él tenía diez años, le había atormentado hasta tal extremo que el delgado y moreno adolescente, que en aquella época padecía un doloroso acné en el rostro, se había arrojado furioso contra él y le había mordido la mano. Él nunca había olvidado aquel incidente. Obadiah no lamentaría que se fuera.
Nathaniel observó a sus hermanos con calma.
—Yo administro la granja. —Fue Margaret quien habló. Casi se habían olvidado de ella. Los tres hermanos se volvieron para mirarla.
Ella apenas había participado en las discusiones. No deseaba hacerlo. Además, su instinto de conservación le decía que debía mantenerse al margen del conflicto. Tenía que pensar en el niño. Pero ahora debía mostrarse firme.
—Nuestro padre me dejó a cargo de la granja, ya oísteis lo que dijo. Y jamás le cerraré las puertas a ninguno de mis hermanos, independientemente del bando que apoye.
La voluntad de William Shockley era bien clara. Había dejado a cada uno de los tres hermanos una suma de dinero; a Margaret, puesto que era la única de sus hijos que sabía cuidar los regadíos, se los había dejado junto con la tenencia de toda la granja hasta que contrajera matrimonio o falleciera, momento en que la finca pasaría a manos del joven Samuel. «Aunque naturalmente —había añadido William—, si no te casas, deseo que legues los regadíos a Samuel, que dispone de menos recursos que sus hermanos».
No lo había dicho para ofender a Edmund, sino que se había limitado a expresar su voluntad, y Margaret observó que Edmund casi se mostraba aliviado.
—Es cierto que la granja está a tu cuidado —dijo Edmund.
Obadiah hizo una mueca de disgusto.
—¿Y de qué parte estás tú, hermana? —preguntó Nathaniel mirándola con expresión divertida.
—Mantengo una posición neutral. —Éste era el término utilizado por los neutrales.
—¿Y Samuel? —De nuevo aquel tono levemente despectivo—. ¿Acaso no es un realista?
—A Dios gracias es demasiado joven para comprender esta locura —replicó Margaret con enojo.
Samuel. Al oír el nombre del bebé, Edmund y Obadiah se miraron. ¿Por qué tenía Nathaniel que recordarles la existencia del niño? Había llegado el momento que Margaret temía.
—Samuel —dijo Edmund con aire pensativo—. Es preciso decidir lo que debemos hacer con él.
Ella sabía que habían hablado del asunto a sus espaldas, pero estaba preparada.
—Se quedará aquí conmigo —declaró con tono tajante—. Ya oísteis a nuestro padre manifestar su deseo de que me ocupe de él.
Nathaniel no dijo nada. Edmund parecía meditar sobre la cuestión. Pero Obadiah miró a su hermana con frialdad. Margaret sabía que él tenía la sospecha de que no era una auténtica puritana.
A Obadiah le enojaba no haber tenido ningún poder de decisión en la familia mientras su padre vivía. Una circunstancia que se proponía enmendar.
—Nuestra hermana es joven —dijo mirando a Margaret con una sonrisa. Una sonrisa, pensó ella, que no presagiaba nada bueno—. No es justo que ella deba cuidarse sola del niño, sin una mano sabia que la guíe.
Obadiah miró a su hermano mayor con una expresión cargada de significado, que Margaret interpretó de inmediato: «Debemos mantener al niño alejado de Nathaniel».
Debía andarse con cautela.
—Te tengo a ti para guiarme, Obadiah —contestó Margaret, sumisa—, y a Edmund.
—Quizá no estemos aquí para hacerlo —respondió Obadiah fríamente.
—¿Qué pretendes que hagamos con el niño? —le preguntó Edmund.
—Conozco a un predicador en Londres cuya familia le proporcionará un hogar cristiano hasta que hayan cesado estos disturbios.
Nathaniel había aprovechado esa conversación para encender su pipa con calma. Luego se la quitó de la boca y comentó sin perder la calma:
—El niño sólo tiene dos años, hermano Edmund. Aún no necesita que le den sermones. Además —agregó—, si el rey marcha sobre Londres es probable que ambos bandos se enzarcen allí en una pelea.
Edmund sopesó todos los argumentos. Luego emitió su veredicto:
—Nuestro padre expresó el deseo de que el niño se quedara aquí. Y de momento aquí se quedará. Si llega la guerra a Sarum, nuestra hermana podrá trasladarlo a un lugar seguro.
Era un respiro sólo temporal, si bien Margaret se alegró de tenerlo. Obadiah abrió la boca para protestar, pero Edmund, tras haber reafirmado su autoridad, le dirigió una mirada que zanjó toda discusión.
—Volveremos a hablar del asunto —les aseguró Obadiah.
Las discusiones familiares se habían resuelto, al menos de momento. Pese al resultado, Margaret presintió que sus hermanos se sentían aliviados de que la disputa hubiera concluido.
A continuación —y eso fue lo más extraño, en opinión de Margaret—, sus hermanos se sentaron para hablar con calma sobre la guerra que iba a estallar y en la que ellos lucharían en bandos contrarios.
—Londres y el este apoyan al Parlamento, por supuesto —comentó Edmund. Éstos eran los grandes baluartes formados por puritanos y comerciantes.
—No olvides que contáis también con los puertos —le recordó Nathaniel. Los marinos mercantes de Inglaterra no sentían la menor estima por los Estuardo, cuya amistad con las potencias católicas que eran sus rivales comerciales les enfurecía; no habían olvidado que Jacobo I había ejecutado cínicamente al marino aventurero sir Walter Raleigh para complacer al embajador español—. Los marinos jamás perdonarán a los Estuardo por haber ejecutado a Raleigh —dijo riéndose.
—En mi opinión, el norte y el oeste seguirán siendo realistas —dijo Edmund. Los antiguos terratenientes feudales y arrendatarios en las zonas rurales aún creían en la autoridad sacrosanta del rey, fueran cuales fueran los desmanes que éste pudiera haber cometido.
—¿Y Sarum? —preguntó Margaret.
Al igual que en muchas zonas de Inglaterra, la situación en Sarum era complicada. La ciudad, como muchas poblaciones pañeras, apoyaba naturalmente al Parlamento. Muchos aristócratas de la localidad lo apoyaban también. Incluso los Seymour, que vivían en el norte del condado, estuvieron vacilando hasta que el monarca les concedió unos nombramientos y títulos que les hicieron decantarse por el partido real.
Otros apellidos de rancio abolengo —Hungerford, Baynton, Evelyn, Long, Ludlow— apoyaban al Parlamento. Esos personajes de provincias, sólidos jueces de paz, con sus Biblias inglesas, sus costumbres independientes y su talante puritano, no querían saber nada de un rey de costumbres europeas y simpatías católicas, que despreciaba al Parlamento; ellos ocupaban unos escaños en dicha institución y exigían ser escuchados.
—Algunos aristócratas de la región de Wiltshire apoyarán al rey —dijo Edmund—. Los católicos como lord Arundel, sin duda; Penruddock y Thynne de Longleat, creo que sí, y también los Hyde. —Los numerosos miembros de la familia Hyde, que recientemente se había afincado cerca de Salisbury, eran primos del ilustre abogado del rey y decididos partidarios del monarca.
Pero Nathaniel meneó la cabeza con tristeza.
—Arundel es muy anciano; Thynne tiene las manos atadas debido a un oneroso pleito; Penruddock es un político, no un soldado. En cambio tú, hermano, cuentas con lord Pembroke. Aunque no es un comandante, la influencia de Pembroke sigue teniendo mucho peso. —Pues el conde, después de unos momentos de vacilación, había aceptado la oferta del Parlamento de ocupar el cargo de Lord Lieutenant, lo que equivalía a declararse en contra del rey. Pembroke detestaba a Buckingham y a Strafford, y otros no tardaron en seguir su ejemplo.
—No obstante —dijo Nathaniel echándose a reír—, yo cuento todavía con el apoyo del obispo.
Aunque muchos de sus clérigos —incluso la mitad de los de la ciudad de Salisbury— eran puritanos, el obispo Duppa, defensor de la Iglesia tradicionalista al igual que sus predecesores, había sido nombrado tutor de los príncipes reales.
—Para lo que ha de servirte… —comentó Obadiah con aire sombrío.
—¿Y sir Henry Forest? —preguntó Nathaniel—. ¿De qué bando está él, hermano?
A lo que el solemne Edmund, por una vez, se permitió una sonrisa.
—Pues con el bando vencedor, mi querido Nathaniel, qué duda cabe.
Sir Henry Forest, baronet, había decidido regresar a casa a pie. No quedaba lejos.
Había sentido gran respeto por William Shockley y no le había disgustado el que, veinte años atrás, el comerciante pañero hubiera adquirido la antigua y hermosa finca situada cerca de su propiedad en Avonsford, y hubiera ampliado la casa hasta convertirla en una pequeña mansión, con el objeto de establecerse en el valle de Avon.
Tenía una idea bastante aproximada de las discusiones que se estaban produciendo a la sazón entre los Shockley, y acertaba al suponer que los hermanos acabarían peleándose.
Sir Henry Forest sonrió. Ellos no lo sabían, pero el hecho de que entre los Shockley reinara la discordia le beneficiaba personalmente.
Aunque sir Henry aún no había decidido a qué bando apoyaría en la guerra contra el rey.
La época de los Estuardo había sido provechosa para la familia Forest. Tras realizar unas lucrativas inversiones en el nuevo comercio del tabaco con América, al padre de Forest le había ido aún mejor con la Compañía de las Indias Orientales, formada recientemente, cuyo tráfico con Extremo Oriente proporcionaba nuevos artículos de lujo a la próspera isla mercantil.
No sólo se beneficiaron desde el punto de vista económico, pues los Estuardo habían inventado, como sistema de recaudar dinero, el nuevo título de baronet. Al adquirir esta dignidad un hombre era llamado «sir», al igual que un caballero, pero a diferencia de un mero caballero, transmitía su título a perpetuidad a sus herederos varones, al igual que un lord. Era una idea brillante, pensada para amistarse a las familias que medraban como los Forest, y Henry había desembolsado con gusto una elevada suma de dinero destinada a las arcas del rey para que su familia fuera ennoblecida.
Una vez situado en la escala de la nobleza, uno podía aspirar a otros títulos: barón, vizconde, conde. A fin de asegurarse su lealtad, el rey había conferido a Seymour el título de marqués, un grado menos que el de duque. Forest tenía muchos motivos para apoyar a los Estuardo.
Pero ¿era prudente unirse al rey cuando tanta gente en Wiltshire estaba contra él?
—No voy a oponerme a los deseos del país —había informado a su esposa aquella mañana.
Al utilizar la palabra «país» sir Henry no se refería a Inglaterra, sino al condado de Wiltshire. Ese término, muy en boga en aquella época, indicaba la independencia de cada condado, con sus magnates y su aristocracia provincial que administraban justicia, recaudaban impuestos cuando era preciso y en la actualidad —más que en el siglo pasado— ocupaban escaños en el Parlamento como representantes de los condados en lugar de los burgueses.
—Apoyaré a Pembroke —decidió sir Henry—. No obstante, dejaremos que libren primero una batalla, para ver de qué lado sopla el viento.
Mientras caminaba por el sendero junto el río, sir Henry Forest, al volverse para contemplar el agua, se olvidó de nuevo de la Guerra Civil.
Pues ante él contempló el espléndido logro de William Shockley: los regadíos, una pequeña obra maestra científica, que cubrían la parte inferior del valle con hectárea tras hectárea de verdes y fértiles pastos, creados por el hombre, que en la actualidad valían una fortuna. Estaban situados junto a su propiedad; pero él no poseía regadíos.
Sir Henry los observó con aire pensativo, achicando los ojos.
Si los Shockley se peleaban, era posible que él se hiciera con esos regadíos.
1643: Agosto
El acontecimiento que Samuel Shockley recordaría hasta el fin de sus días ocurrió cuando él tenía tres años. A él le pareció el día más feliz de su vida.
Iba montado sobre los hombros de Nathaniel y se disponían a entrar en la catedral.
El sol arrancaba reflejos al cabello largo y rubio de Nathaniel; mientras su tío le sujetaba por los pies con sus manos vigorosas, Samuel se inclinó hacia delante para jugar con los pelos largos y sedosos de su puntiaguda barba.
El niño no comprendía lo que hacían, pero sabía que era importante. Todo cuanto hacía Nathaniel era importante: estaba ganando la guerra.
Hacía calor. El pequeño Samuel siempre recordaría el radiante sol de aquel día.
Para Margaret, comenzó siendo un día soleado y alegre pero acabó en una nota triste.
Qué agradable era dirigirse a la ciudad montados en la carreta de Nathaniel. Su Nathaniel, pensó Margaret, vestido con un jubón de brillante colorido y unos calzones embutidos dentro de unos borceguíes con la parte superior de la caña adornada de encaje. Nathaniel, luciendo airosamente su sombrero de ala ancha de Cavalier —o partidario de Carlos I—, fumaba su larga pipa de arcilla.
—En Inglaterra las mejores pipas las fabrica Gauntlet de Wiltshire —afirmó Nathaniel mientras circulaban por la carretera, mostrando al pequeño Samuel la parte inferior de la cazoleta; en ella estaba grabado el dibujo de un guantelete, que era la marca del célebre artesano.
Los tres habían pasado juntos aquel largo verano. Mientras paseaban alegremente por el recinto catedralicio con el niño, Margaret observó que la gente los tomaba por marido y mujer.
«Teniendo que atender a Samuel, a mi hermano y la granja —pensó Margaret sonriendo—, ¿qué haría yo con un marido si lo tuviera?».
La guerra había ido bien para Nathaniel, y mal para Edmund y Obadiah. Las fuerzas del Parlamento estaban mal organizadas y peor dirigidas. En Edgehill, en el norte, el intrépido y joven primo del rey, el príncipe Rupert, había adiestrado a los soldados de caballería en la nueva táctica sueca de cargas fulminantes y habían arrasado cuanto habían hallado a su paso. Lord Pembroke se había trasladado a Londres y los caballeros encargados de acaudillar las fuerzas del Parlamento en Wiltshire —Hungerford y Baynton— se habían peleado. La caballería del rey y la infantería de Cornualles ganaban por doquier; las ciudades de Wiltshire caían una tras otra; y en mayo de 1643, Seymour, a quien el rey había nombrado marqués de Hertford, partió hacia Sarum desde Oxford, capturó la ciudad y mantuvo preso al alcalde durante tres semanas.
Obadiah había ido a Londres. Edmund se había unido a las fuerzas del Parlamento; Margaret no sabía dónde se hallaba.
Pero Nathaniel había llegado con los realistas.
—Es preferible, en lo tocante a nuestra propiedad, que esté yo aquí en lugar de Edmund —había comentado alegremente Nathaniel al entrar en la casa. Pues con los realistas en el bando ganador en Sarum, los partidarios del Parlamento eran multados y despojados de sus bienes.
Gracias a Dios que poseían la granja. Para los Shockley, siempre había constituido un refugio. Por suerte, William Shockley había vendido el viejo batán enfurtidor y el negocio pañero y había trasladado a su joven familia a la granja pocos años antes de que se registrara una de las peores epidemias de peste en Sarum. Esa vez la peste no había llegado a Avonsford y los Shockley no sólo permanecieron a salvo, sino que enviaron generosas provisiones a Salisbury para ayudar al heroico alcalde John Ivie en su lucha para salvar a los ciudadanos. Y más tarde, puesto que eran ricos, enviaron dinero a Ivie cuando éste trató de regentar una cervecería en beneficio de los pobres de la ciudad, una empresa que otros cerveceros se apresuraron a hundir.
Al estallar la Guerra Civil, la situación de la ciudad empeoró todavía más. La población estaba muy afectada, la industria pañera hundida en la depresión y muchos comerciantes habían sido multados por ambos bandos contendientes. Por si fuera poco, los hombres de armas habían robado parte de las colectas de la catedral.
Pero la granja era próspera, y estaban tan a salvo de la guerra como lo habían estado de la peste.
Incluso un parlamentario tan conocido como John Ivie había ido a visitarlos, al igual que había hecho años atrás. Pues, al margen de que fuera un realista, era imposible guardar rencor a Nathaniel.
A primera vista, cuando echaron a caminar por la nave, todo parecía tranquilo dentro de la catedral.
Pero al llegar al crucero, donde se alzaban los grandes pilares combados, advirtieron la presencia de un grupito de hombres que charlaban entre sí mientras tomaban unas cervezas.
Por lo visto los cuatro hombres habían hecho una breve pausa en su trabajo, porque junto a ellos había un montón de piezas de madera, y en una carreta, media docena de tubos largos, cada uno de los cuales ostentaba un número escrito en tiza.
Estaban desmantelando el gran órgano doble de la catedral.
—La semana pasada hablé con el deán —dijo Nathaniel—. Le advertí que debían hacerlo y me alegro de que haya seguido mi consejo. —Luego mostró al pequeño Samuel los grandes tubos, explicándole por dónde entraba y salía el aire para producir el sonido.
—¿Qué hace esta gente? —preguntó Samuel.
Nathaniel se echó a reír.
—Ocultan el órgano para que no lo vea tu tío Obadiah —respondió—. A Obadiah no le gusta la música.
La empecinada aversión de los puritanos hacia todo cuanto procurara felicidad había asumido variadas formas. Un puritano como el célebre Prynne incluso había llegado al extremo de escribir un panfleto denunciando la perversidad del pelo largo. Y ahora esa aversión se había extendido a la música, y se temía que el Parlamento aprobara una ley que ordenara la demolición de todos los órganos de iglesia que existieran en el país.
El desmantelamiento del gran órgano de la catedral de Salisbury fue una sabia medida previsora por parte del deán y el capítulo. Cuando al año siguiente el Parlamento promulgó la orden, el órgano de Salisbury se hallaba ya a buen recaudo.
Aquella visita supuso para Samuel una emocionante aventura. Tras haber examinado el órgano, Nathaniel lo transportó a hombros hasta el mercado, indicándole la iglesia de St. Thomas cuando pasaron frente a ella.
Nathaniel había descubierto alborozado que el cura párroco, John King, era en secreto un realista.
—Si las noticias de las fuerzas realistas son favorables, leerá un salmo para celebrarlas; si el Parlamento gana una batalla, leerá un salmo de compunción. —Nathaniel soltó una carcajada—. Acudo a la iglesia con más frecuencia que antes para comprobar qué salmo escoge el bueno del párroco.
Y aunque Samuel no comprendió de qué iba el asunto, se rió alegremente contagiado del buen humor de su tío.
Cuando se disponían a partir de la ciudad se encontraron con su primo, el joven Charles Moody.
Quizá debido a que cincuenta años atrás el viejo Edward Shockley había advertido a su nieto William que se guardara de ellos —aunque sin especificar sus motivos—, los Shockley apenas se habían tratado con sus primos Moody, que eran católicos. Pero últimamente el apoyo de Nathaniel al rey había abierto una vía de comunicación entre ambas familias.
De vez en cuando, uno de ellos venía a verles desde Shaftesbury para comentar la situación militar; y el visitante más asiduo era el joven Charles Moody. Era un joven moreno y ardiente de veinte años que andaba siempre pegado a Margaret y a Nathaniel, hasta el extremo de que, como solía bromear Nathaniel, era difícil adivinar si lo hacía porque le veneraba a él como un héroe, porque estaba enamorado de ella o por ambas cosas.
—Quiere luchar en la próxima campaña —le explicó Nathaniel a Margaret—. Le he prometido que cabalgará a mi lado.
Los Shockley y el joven Moody regresaron juntos a Avonsford. A Samuel le caía bien su primo Charles; a menudo insistía en que éste le llevara a guerrear con él, y esa petición les hacía reír a todos.
—¡Otro Cavalier! —exclamaban.
Aunque Samuel era muy joven, siempre recordaría aquel viaje y la visita a la catedral. Fue un día perfecto.
Pero su hermana recordaría el fin de aquella jornada con tristeza. Pues después de que Moody se marchara, y Mary Godfrey se llevara a Samuel al piso de arriba, Nathaniel subió con Margaret a la colina que constituía la avanzadilla del terreno elevado y le confió:
—Creo que nuestra causa está perdida.
—Pero si el rey ha vencido en todas partes. Dentro de poco marchará sobre Londres, y el Parlamento está a punto de rendirse. ¿O temes acaso a los escoceses?
El líder de la oposición, presionado por las demandas de que pactara con el rey, o mejor dicho de que se rindiera ante él, había iniciado negociaciones con los escoceses, quienes exigían que sus preceptos presbiterianos fueran obligatorios en Inglaterra, una pretensión que llenaba de alegría a Obadiah Shockley.
Pero Nathaniel meneó la cabeza.
—No, el Parlamento cortejará a los escoceses pero jamás llegará a un acuerdo con ellos. —Luego agregó sonriendo—: Pobre Obadiah. Nuestro Parlamento está acostumbrado a gobernar la Iglesia. En Escocia quien manda es la Iglesia presbiteriana. El Parlamento inglés puede simular lo que quiera, pero jamás se someterá a esa imposición. No —explicó Nathaniel—, el rey y el Parlamento no accederán, ni el Parlamento consentirá que ahorquen a sus cabecillas. Pero con el tiempo, el Parlamento acabará venciendo.
—¿Por qué?
—En primer lugar, nuestra estrategia falla. El rey se propone avanzar desde el norte y el oeste sobre Londres. Pero tendrá siempre a sus espaldas los puertos y las poblaciones pañeras: Hull en el norte, Plymouth y Gloucester en el oeste. No puede avanzar sin correr graves riesgos, y Londres no se rendirá fácilmente.
—Pero su ejército está mejor adiestrado.
—Hasta ahora, sí. Pero la Asociación del Este está creciendo, y han enviado allí a un nuevo comandante, un primo de Hampden, un gentilhombre como nosotros llamado Cromwell. Le llaman «Ironsides». Está formando a una nueva tropa que hará que los secuaces de Essex parezcan unos palurdos. Fairfax, que está en el norte, también es un comandante muy hábil. Espera a que esos hombres irrumpan en el campo de batalla.
Era cierto que, hasta la fecha, las fuerzas parlamentarias, al igual que las de los realistas, habían estado dirigidas casi enteramente por aristócratas y caballeros, algunos llenos de buena voluntad, otros más bien cínicos, pero muy pocos adiestrados en las artes militares. Hasta el momento eso había procurado al rey una ventaja.
—Quizás el rey consiga reunir un contingente más numeroso para hacerles frente.
—Imposible. No tiene dinero. —Nathaniel suspiró—. Una guerra larga siempre la gana el dinero, hermanita, y el problema es que es el Parlamento quien controla las arcas. —Enojado, Nathaniel propinó una patada a una piedra—. ¿Sabías que cada vez que los hombres del rey adquieren provisiones, incluso armas para sus soldados, pagan tasas sobre ellas? Y esas tasas van a parar a Londres, bajo el control del Parlamento. Todas nuestras tasas van a parar a las arcas del Parlamento. Lo cierto es que los realistas subvencionamos a nuestros adversarios, quienes, además de ser comerciantes, siempre han dispuesto de más dinero que nosotros. Esta victoria del rey es un espejismo, una victoria espectral. Lo que hoy aparece mañana se desvanecerá.
Era una perspectiva deprimente. Margaret miró a su hermano con aire pensativo.
Nathaniel guardó silencio un rato. Parecía meditar sobre otro asunto.
Por fin dijo:
—He tenido un sueño. —Tras una breve pausa agregó—: Sobre Edmund.
—¿Os peleabais?
Nathaniel arrugó el entrecejo.
—Nos encontrábamos, en algún lugar. Quizás en el campo de batalla. No estoy seguro.
—¿Qué ocurría?
—No lo recuerdo. Sólo sé que nos encontramos. Supongo que en el campo de batalla. Luego…, me desperté, angustiado.
Margaret se abstuvo de responder durante unos momentos.
—Si te lo encontraras en el campo de batalla, ¿qué harías? —preguntó pausadamente.
Nathaniel clavó la vista en el suelo.
—No lo sé —repuso con un suspiro—. Cada día rezo para que eso no suceda.
—¿Pero temes que ocurra?
Nathaniel asintió con la cabeza.
—Temo que nos encontraremos.
Ambos caminaron un trecho en silencio. ¡Qué expresión tan melancólica tenía Nathaniel!
—Pero ¿sigues creyendo en la causa? —preguntó su hermana.
Nathaniel observó el suelo con aire irritado.
—Oh, sí. Por supuesto.
Tras lo cual propinó una patada a otra piedra.
1644: Octubre
Aquel año en Inglaterra, ambos bandos obtuvieron victorias parciales, pero ninguna definitiva.
En Sarum parecían haber triunfado los realistas. Los comandantes parlamentarios locales —Hungerford, Baynton, Evelyn— o habían desertado o habían intrigado con el rey o habían quedado deshonrados. Veinticinco kilómetros al oeste, el joven y gallardo Edmund Ludlow se había visto obligado a entregar el castillo de Wardour, el bastión católico de los Arundel, a los realistas. Casi todos los bastiones estaban en manos de los partidarios de Carlos.
Pero en el norte de Inglaterra, donde los realistas se habían hecho fuertes, el nuevo y temible ejército de Cromwell y Fairfax, utilizando los métodos de la caballería del príncipe Rupert, pero con su propia disciplina de hierro, habían aplastado, junto con los escoceses presbiterianos, a los realistas en Marston Moor.
—Huimos como conejos —confesó Nathaniel a su hermana con pesar—. El Parlamento ocupa ahora el norte, y la situación se ha puesto fea para el rey.
Pero los realistas seguían dominando el suroeste. Pues aunque en junio lord Essex y su ejército parlamentario habían atravesado Sarum apresuradamente jurando que aplastarían a los realistas del suroeste, el mes anterior había circulado la noticia de que Essex había capitulado en Cornualles.
Había un movimiento de tropas constante.
Diversos ejércitos habían atravesado Wiltshire en un sentido y en otro: los parlamentarios Ludlow y Waller, y el realista Goring.
Dos días antes, el rey había circulado a caballo por las calles de la ciudad, dejando un contingente de artillería en la imponente mansión situada junto al bosque de Clarendon, al este de Salisbury, y una nutrida guarnición en Wilton, en el oeste. Margaret había oído decir que estaba a punto de llegar y, picada por la curiosidad, se había acercado a la ciudad llevando consigo a Samuel.
—Mira —había dicho al pequeño cuando pasó ante ellos el cortejo a caballo—. Esté o no equivocado, ése es el rey.
Y aunque Samuel sólo tenía cuatro años, siempre recordaría a aquel hombre cansado, de hermoso rostro ovalado y larga nariz, que cabalgaba con aire pensativo por la calle Mayor.
Nathaniel estaba en Wilton.
Pero al regresar a la granja, Margaret no se topó con Nathaniel, sino con Edmund.
Margaret no lo había visto desde hacía casi dos años. Estaba tan cambiado que, durante unos momentos, ella apenas lo reconoció. Si bien antes llevaba el pelo largo, al igual que la mayoría de los caballeros de las fuerzas parlamentarias, inclusive Cromwell, a la sazón lo llevaba tonsurado formando un cerquillo con flequillo corto en la frente, un peinado que daba a los cabezas redondas su nombre. Pero no fue su peinado lo que chocó a Margaret, sino el hecho de que se estuviera quedando calvo. Tenía el rostro demacrado y la ropa hecha jirones.
Además, a Margaret le inquietó no saber descifrar la expresión de los ojos de su hermano.
—Necesito descansar y comer —dijo Edmund, visiblemente nervioso—. ¿O te has convertido en una realista?
—Soy tu hermana —contestó Margaret—. Pero no deben verte. Las tropas realistas están en todas partes. —Y volviéndose hacia el pequeño Samuel, que junto a ella observaba al extraño con curiosidad, le advirtió—: No debes decir nada a nadie sobre tu tío. Es un secreto.
Luego Margaret instaló a Edmund en su propio dormitorio, situado en el piso de arriba, y cerró la puerta con llave. Edmund durmió durante quince horas seguidas.
Al día siguiente, cuando Margaret fue a verlo a la habitación, Edmund le informó de la situación.
—Lord Essex se ha rendido. No queremos que nos lideren más aristócratas: necesitamos a Cromwell y a sus hombres.
Qué demacrado estaba. Parecía mascullar para sus adentros, y en esa ocasión Margaret advirtió en él otro trastorno, más profundo: era como si a diferencia de Nathaniel, que acaso dudara en secreto del éxito de la causa, su hermano mayor dudara de sí mismo.
Como si adivinara los pensamientos de Margaret, Edmund la miró con tristeza y dijo:
—He cambiado.
A continuación, con una voz que a veces sonaba débil debido a la fatiga, y a veces extrañamente apremiante, le habló sobre algunas cosas que había presenciado: los acaudalados nobles que combatían sólo para lucrarse, confiando en obtener las propiedades realistas confiscadas si vencían; sobre los presbiterianos, como Obadiah, que pretendían sustituir la tiranía del rey por su propia tiranía religiosa.
—Pero he visto mejores hombres que ésos, sencillos, piadosos, que luchan por una causa noble —prosiguió Edmund—. Hombres mejores, Margaret, que Obadiah; mejores que yo. Hombres auténticamente religiosos que luchan por la libertad de practicar su religión. Ésos son los hombres que luchan por Cromwell. Y yo también lo haré. —Edmund se expresaba con una nueva humildad, fruto del sufrimiento psíquico; Margaret le admiró más por ello.
—¿Te refieres a los sectarios?
—Llámalos como quieras.
Margaret sabía que el ejército estaba lleno de esos hombres, cuya voz se dejaba sentir cada vez más fuerte: radicales políticos y, con frecuencia, religiosos; seres convencidos de que luchaban para establecer un nuevo orden en Inglaterra, liderados por oficiales profesionales, curtidos —los «hombres sencillos» de Cromwell—, que quizá no fueran caballeros pero que sabían lo que hacían, a diferencia de la mayoría de los caballeros del ejército parlamentario. Sus propósitos políticos no estaban del todo claros, pero cada vez eran más poderosos.
Margaret miró a Edmund con expresión pensativa, preguntándose adónde conduciría aquello.
—¿Cuánto tiempo te quedarás aquí? —preguntó.
—Hasta mañana.
La mañana transcurrió sin novedad. En la casa se encontraban sólo Mary Godfrey y una sirvienta, y ninguna de ellas estaba enterada de la presencia de Edmund.
Durante la tarde Edmund durmió de nuevo.
A última hora se presentaron los soldados, comandados por Nathaniel.
—Estamos registrando la zona en busca de unos cabezas redondas —informó Nathaniel con aire risueño a su hermana, de pie en el vestíbulo—. Ayer vieron a varios.
Margaret lo miró sin inmutarse.
—¿Qué les harán cuando los cojan?
—Probablemente los ahorcarán. Pero aún no hemos dado con ninguno de ellos.
—Yo no he visto a ninguno —dijo Margaret—. Pero tus hombres deberían registrar el establo y los cobertizos.
Eso hicieron, a fondo, durante un cuarto de hora, pero no hallaron nada, mientras Nathaniel y su hermana charlaban tranquilamente en el salón.
Cuando Nathaniel se disponía a partir bajó la escalera el pequeño Samuel, que se había acostado un rato después de comer, y al ver el afable rostro de Nathaniel corrió hacia él emitiendo una exclamación de gozo. Cuando Nathaniel lo cogió en brazos el niño murmuró:
—¿Te cuento un secreto?
Los dos hombres se hallaban frente a frente en el dormitorio de Margaret. El pequeño Samuel, sonriendo con inocente alegría, estaba junto a Nathaniel.
Margaret se había visto obligada a abrir la puerta porque Nathaniel había declarado con calma que si no lo hacía la echaría abajo.
Ambos ofrecían un extraño contraste: el hermano menor con su elegante jubón ribeteado con encaje; el mayor, que se había vestido apresuradamente confiando en huir, parecía haberse encogido, ataviado con una simple chaqueta marrón y los feos calzones holandeses, semejantes a unos pantalones cortados a la altura de la rodilla, que llevaban muchos puritanos. Sus medias grises de lana, según observó Margaret, estaban llenas de agujeros.
Ambos se miraron en silencio. Al cabo de unos momentos Nathaniel dijo:
—Bien, hermano Edmund, te han cortado el pelo en un estilo abominable.
Edmund trató de sonreír. Sus ojos tenían una expresión atormentada. Nathaniel se volvió hacia su hermana.
—Recuerdo, hermana, que cuando algunos deseaban que yo me fuera me dijiste que nunca te negarías a albergar en esta casa a un hermano tuyo.
—Es cierto —contestó ella—, y mantengo mi palabra.
—Muy bien.
Luego, con aquella sonrisa que ella conocía tan bien, Nathaniel se volvió hacia Edmund.
—Discúlpame si no me quedo para darte la bienvenida, hermano Edmund, pero mis hombres me esperan fuera. —Sus ojos reflejaban una expresión entre pícara y risueña—. Buscamos a soldados parlamentarios.
Y con eso salió de la habitación.
Nathaniel. Ella le quería con locura.
1645: Enero
Pero fue aquel invierno la época que con mayor nitidez quedaría grabada en la memoria del pequeño Samuel.
Pues entonces, mientras sus dos hermanos se encontraban lejos, ocurrió que su hermana Margaret se puso una armadura, empuñó la espada y se dirigió al campo de batalla.
Pero antes se produjo la dramática participación de Samuel en la batalla del campanario.
La nueva ciudad construida en el valle, a diferencia de su predecesora situada sobre la colina, no había sido proyectada para ser defendida. En 1645, por primera y única vez en la historia, los militares realistas habían tratado de convertirla en una fortaleza temporal, y puesto que no existía más zona amurallada que el recinto de la catedral, se atrincheraron en ese sector. Pero la maniobra no dio resultado. En una pequeña escaramuza poco antes de Navidad, un contingente de los cabezas redondas de Ludlow había prendido fuego a las puertas sin mayores dificultades y había apresado a la pequeña guarnición. Después de apoderarse de la catedral, utilizaron el elevado campanario como atalaya.
Todos imaginaban que los realistas regresarían, pero no sabían cuándo.
Fue una imprudencia por parte de Margaret ir a la ciudad aquel día; pero echaba de menos la compañía de Nathaniel y estaba cansada de trabajar en la granja, de modo que decidió cambiar de aires.
Era un día frío y ventoso y ella y Samuel se desplazaron a Salisbury en la carreta. Después de hacer algunas compras se detuvo a conversar con un par de amigas en el mercado, mientras el niño la observaba con creciente aburrimiento. Aquel día la ciudad emanaba cierto aire de lasitud. Por fin, creyendo que eso le divertiría, Margaret condujo a Samuel por la calle Mayor hacia el recinto de la catedral. La puerta del recinto estaba abierta. Margaret suponía que junto al campanario estaría holgazaneando media docena de soldados, y el espectáculo de unos hombres armados siempre atraía al chico.
Margaret no se había equivocado. Había tres soldados apoyados en el muro del campanario cerca de la puerta, y cuando Samuel pasó frente a ellos le saludaron con una amable inclinación de cabeza. Eran unos individuos corpulentos, ataviados con justillos de gamuza y uno de ellos calzaba enormes botas de cuero; ninguno llevaba puesta su armadura y el único soldado calzado con botas portaba una espada.
Margaret y Samuel recorrieron pausadamente el prado donde solían jugar los niños del coro. Como había caído la tarde y la gélida humedad empezaba a calarles los huesos, decidieron dirigirse hacia la puerta para regresar a casa.
De golpe ante ellos estalló un tumulto.
Al son de unos gritos procedentes de la puerta, irrumpió en el recinto un imponente jinete que se acercó al campanario antes de frenar su montura. Alzando la vista hacia el piso superior, bramó:
—¡Imbéciles! ¿No es dije que montarais guardia?
Su voz resonó a través del recinto y Margaret le identificó de inmediato como el joven y gallardo comandante, Edmund Ludlow.
Al ver que Margaret y el niño se aproximaban a la puerta, les indicó irritado que se detuvieran.
—Apartaos de la puerta —exclamó—, se acercan los Cavaliers. Se dirigen al mercado.
En efecto. Un nutrido contingente de soldados destacados en Amesbury se habían presentado sin anunciarse y la avanzadilla descendía ya por Castle Street. Los hombres apostados en el campanario encargados de vigilar, no lo habían hecho.
La ciudad hervía de actividad. Los hombres de armas entraban y salían a la carrera del campanario colocándose los petos y los cascos de acero. Unas figuras aparecieron de pronto en los pisos superiores de la torre, donde debían haber estado antes; los habitantes salieron de sus casas y, haciendo caso omiso de las órdenes del irritado Ludlow, se agolparon cerca de la puerta del recinto, con los ojos fijos en la calle Mayor.
Pero aún no se veía nada.
Margaret no sabía qué hacer. De haber estado sola, quizá se habría sentido tentada de abandonar inmediatamente el recinto a través de la Puerta de Saint Anne y tratar de salir de la ciudad. Pero al contemplar al niño de cinco años que estaba a su lado descartó la idea; no podía arriesgarse a que Samuel quedara atrapado en un fuego cruzado en las calles de Salisbury.
Pero tampoco podían permanecer a la intemperie, pues hacía mucho frío. Debían refugiarse bajo techado, preferentemente en una casa lo más alejada posible del campanario. Margaret miró a la muchedumbre que la rodeaba en la calle en busca de un rostro conocido.
Ludlow había reunido un pequeño contingente de diez soldados, a quienes despachó por la calle Mayor. Luego congregó a otro conjunto de soldados, que según Margaret no serían más de un par de docenas, y les ordenó que se dispusieran a abandonar el recinto tras él. Margaret oyó decir a alguien que en la cercana colina de Harnham había refuerzos.
Entretanto, el pequeño grupo de personas apostadas junto a la puerta había aumentado. Muchos reían alegremente mientras aguardaban ver partir a los soldados. De la ciudad no se oía ni veía señal de los Cavaliers. Era evidente que la gente no se tomaba muy en serio a Ludlow ni a su pequeña tropa.
De pronto Margaret vio lo que buscaba entre la muchedumbre, una anciana a quien conocía ligeramente que vivía en una casita en el lado este del recinto, entre la Puerta de Saint Anne y el palacio del obispo. Sin duda era un lugar seguro, dedujo Margaret, y agarrando a Samuel de la mano se acercó rápidamente hacia la mujer.
Por fortuna, ésta pareció alegrarse de ver a Margaret. No sólo accedió a acogerlos en su casa sino que se mostró encantada ante la perspectiva de tener compañía. Era una anciana muy parlanchina. Margaret dio un suspiro de alivio: de momento estaban a salvo.
A sus cinco años para Samuel Shockley no existía en el mundo un espectáculo más emocionante que un grupo de soldados armados de pies a cabeza. Entusiasmado con esta circunstancia imprevista, incluso olvidó el frío. Las tropas de Ludlow se agruparon en orden, y comoquiera que Margaret había resuelto el problema de su inmediata seguridad y la del niño y se sentía más animada, dejó que Samuel se soltara de su mano y se alejara unos pasos para observar lo que hacían los soldados.
No obstante, el niño sólo consiguió ver al comandante y su caballo debido a la nutrida multitud que estaba arracimada ante él.
Pero por fortuna la gente se mostró amable, y al cabo de unos momentos varias manos le ayudaron a situarse en primera línea. Qué aspecto tan magnífico ofrecían los soldados; cada detalle de su vestimenta estaba lleno de misterio. Las enormes botas que les llegaban a medio muslo, las voluminosas manoplas que les protegían las manos y los puños, las largas espadas, los petos que relucían a la luz crepuscular, los cascos de acero con sus caretas protectoras. Al contemplar esas gigantescas formas al chico le parecieron árboles. Cuánto poder irradiaban. Sin duda, cuando esas poderosas figuras avanzaban nada se les resistía a su paso.
Los soldados se pusieron en marcha. Samuel se estremeció de la emoción. Les observó fascinado y con envidia.
Cuando las tropas atravesaron el portal en dirección a la calle Mayor, dos niños de diez años que estaban junto a Samuel les siguieron. Nadie trató de detenerlos; a fin de cuentas, la calle estaba desierta. Y cuando al cabo de unos segundos Samuel, llevado de su excitación, echó a andar tras ellos, nadie le prestó atención, pues suponían que sería hermano de uno de esos niños. De modo que Margaret no se dio cuenta de nada, mientras la noche caía sobre la ciudad y Samuel abandonaba el recinto con Ludlow y sus hombres.
Tras recorrer cincuenta metros por la calle Mayor, los dos chicos se metieron en una casa. Samuel, feliz de marchar con los soldados, siguió adelante.
A diestro y siniestro la gente cerraba los postigos de las ventanas y las puertas de sus casas a cal y canto. Nadie tenía tiempo de preocuparse de aquella curiosa y pequeña figura que caminaba en solitario por la calle, en la que resonaba el paso de la tropa.
La calle Mayor no era larga; al llegar a la parte superior los soldados doblaron a la derecha para dirigirse hacia Poultry Cross y la entrada del mercado.
Al poco rato Samuel llegó también a Poultry Cross.
El plan de Edmund Ludlow era muy osado. Aunque ignoraba el número de las tropas realistas que avanzaban hacia ellos, dedujo que debía ser considerable. El contingente que estaba a su mando en la ciudad ascendía sólo a sesenta hombres. Su única esperanza de detener el avance de los realistas era sorprenderlos con una brillante fanfarronada. Ludlow se proponía emprender, al frente de un puñado de hombres, una carga fulminante en el mercado contra la vanguardia del enemigo, mientras un corneta apostado junto a Poultry Cross daba con sus toques de clarín la errónea impresión de que les seguía una tropa más numerosa de cabezas redondas.
A unos metros de distancia sonaron unos disparos. Casi trescientos Cavaliers habían formado una hilera en el mercado. Pero una vez que sus treinta hombres se hubieron agrupado en el callejón junto a Poultry Cross, Ludlow dio orden de cargar, mientras el corneta apostado junto a Poultry Cross emitía unos sonoros toques con su instrumento.
A ninguno se le ocurrió mirar a sus espaldas, donde posiblemente habría visto a una pequeña figura atisbando desde la sombra.
Samuel estaba desconcertado. Le habían dejado atrás. Sin comprender lo que ocurría, el niño siguió a los soldados.
Qué grande era el mercado. Samuel vio que la tropa avanzaba a la carrera ante él y trató de darle alcance, pero sus piernecitas no se lo permitieron. Agitó los brazos muy excitado. La línea de Cavaliers apostados ante él no le inspiraba temor alguno.
Entonces ambos grupos se enzarzaron en combate, y el pequeño se detuvo asombrado. Aquello no se lo esperaba.
Durante unos minutos, el plan de Edmund Ludlow dio resultado. Los realistas vieron a las arrojadas tropas salir del amplio callejón frente a Poultry Cross, encabezadas por el joven Ludlow montado sobre su espléndido corcel. No se les ocurrió que éste sólo disponía de treinta hombres. Sorprendidos, se dispersaron por la plaza. En la oscuridad y confusión, nadie reparó en la pequeña figura plantada en medio del mercado.
Los soldados corrían por doquier. Ludlow había desenfundado su espada y estaba enzarzado en un combate cuerpo a cuerpo con un oficial realista. Los caballos de ambos hombres se encabritaron y patearon el suelo a cincuenta metros de donde se hallaba el niño. A su izquierda, Samuel vio a un grupo de tres soldados de infantería ejecutando una especie de danza salvaje. Gritaban desaforadamente. El niño oyó el estruendo del acero al chocar las espadas entre sí y vio caer a uno de los soldados; en su costado tenía un enorme agujero rojo del que brotaba un chorro de sangre. Los dos cabezas redondas que le habían abatido se volvieron y persiguieron a su siguiente presa.
La emoción que había sentido Samuel no tardó en disiparse. De pronto aquellas gigantescas y pesadas figuras se le antojaron muy amenazadoras. Le rodeaban por todas partes.
De modo que así era la guerra. A Samuel no le gustó.
De golpe, pensó en Margaret. ¿Dónde estaba su hermana? El pequeño deseó que estuviera allí para protegerlo. Aunque había unos hombres peleando a sus espaldas, Samuel se dio la vuelta y pasó corriendo junto a ellos.
En aquel momento el coronel realista con quien peleaba Edmund Ludlow trató de huir a través del mercado hacia Castle Street. Pero el joven Ludlow no estaba dispuesto a dejar que escapara. El comandante volvió grupas y persiguió a su enemigo pegado a su costado, obligándole a desviarse hacia el centro. Enzarzados en una pelea mortal, los dos jinetes atravesaron la plaza al galope.
Samuel vio cómo se le echaban encima. Ambos hombres mostraban una expresión decidida, concentrados sólo en su enemigo. Ninguno de ellos vio, en la penumbra, a la pequeña y desvalida figura que se hallaba de pie ante ellos.
Qué inmensos parecían los caballos. Estaban casi sobre él, pero Samuel estaba tan aterrorizado que no pudo moverse. Cerró los ojos.
Fue el Cavalier quien lo vio primero. Tiró con fuerza de las riendas y su caballo se volvió bruscamente, chocando contra el de Ludlow con un confuso estruendo de cascos. Estaban tan cerca que el niño percibió su olor y la cola de uno de los caballos le rozó la cara.
La maniobra fue tan repentina que pilló a Ludlow por sorpresa. Cuando el Cavalier se alejó, la montura de Ludlow resbaló y cayó, derribándolo al suelo.
Ludlow no vio al niño. Aturdido y empeñado en atrapar a su presa, agarró las riendas de su caballo cuando el animal trató de incorporarse y montó en él, empuñando la espada con la mano derecha. Al volverse, Ludlow blandió la espada describiendo un amplio arco, sin percatarse de que el niño estaba junto a él. El joven comandante estaba tan obsesionado con capturar a su enemigo que no notó que el extremo de la hoja había topado con carne humana ni que la pequeña y rubia figura había caído al suelo. Al cabo de unos minutos, Ludlow consiguió capturar en Endless Street al coronel realista.
De regreso en el recinto de la catedral, Edmund Ludlow actuó con mucha prisa. Debía encerrar en el campanario a los prisioneros, entre los cuales se hallaba el coronel Middleton a quien había apresado en un combate cuerpo a cuerpo. Los realistas no tardarían en reagruparse y avanzar de nuevo.
Habían llegado otros doce cabezas redondas de la colina de Harnham. Ludlow confiaba en hacer creer al enemigo, gracias a la oscuridad, que eran cincuenta.
El asunto de la mujer y el niño le irritaba. A decir verdad, era una guapa mujer. Pero no había dejado de asediar a sus hombres a preguntas mientras éstos conducían apresuradamente a los prisioneros a través de la puerta del recinto.
—¡No, señora! —gritó Ludlow—. ¡No he visto a ningún niño!
Pero su prisionero sí lo había visto.
—En el mercado —dijo el coronel Middleton—, un niño rubio. —Luego agregó con una mueca de contrariedad—: Me temo que ha caído herido.
La mujer quería salir en busca de él. Pero Ludlow tuvo que prohibírselo. Los Cavaliers no tardarían en llegar.
La plaza del mercado estaba envuelta en silencio.
Samuel Shockley yacía en el centro. Tenía una herida superficial en la cabeza, donde la espada de Ludlow le había arañado la piel; al tocarla sintió el tacto cálido y viscoso de la sangre. A cincuenta pasos de él yacían dos cuerpos inertes.
Estaba tan conmocionado que ni siquiera pudo llorar.
Se levantó lentamente. Oyó un rumor procedente de Castle Street, pero el mercado estaba desierto. ¿Dónde se había metido todo el mundo?
El ruido sonaba cada vez más próximo. Debía alejarse de allí. El callejón que conducía a Poultry Cross estaba oscuro, pero Samuel temía menos a las sombras que a los sonidos que se aproximaban. Así pues, se dirigió trastabillando hacia el callejón.
Por primera vez en su vida, Samuel oyó una vocecilla en su interior que le advirtió: «Nadie puede salvarte».
Llegó a Poultry Cross en el preciso instante en que los realistas irrumpían de nuevo en la plaza del mercado desde Castle Street. De pronto Samuel se percató de que temblaba violentamente.
Poultry Cross era un pequeño edificio hexagonal, cada uno de cuyos lados consistía en un arco ojival. Estaba rodeado por una tapia de poca altura. Parecía un buen lugar donde ocultarse. Pero al ver que las tropas se reagrupaban en el mercado, probablemente para avanzar hacia el lugar donde él se encontraba, Samuel comprendió que aún corría peligro y se dispuso a alejarse con cautela.
Poultry Cross estaba tenuemente iluminado por la luz de una ventana de una vivienda próxima, y uno de los soldados vio desde el mercado a una figura que se movía. Sin duda se trataba de un cabeza redonda. El soldado avisó a sus compañeros e hincó una rodilla en tierra. Al cabo de unos momentos cuatro mosquetes apuntaban hacia la sospechosa silueta. Al asomarse sobre la tapia, Samuel divisó frente a él a los soldados que lo encañonaban.
Entonces comprendió que pretendían matarlo. Dentro de unos instantes se acercarían. El pequeño se levantó y echó a correr.
Eso fue lo que le salvó la vida. Pues al verlo de pie el soldado comprobó a la pálida luz que se trataba de un niño. El hombre gritó para advertir a los demás; sólo uno de los cuatro mosquetes disparó un tiro al aire.
Samuel oyó el disparo mientras corría y se preguntó si estaría muerto.
Margaret descubrió al niño que avanzaba con lentitud cuando éste ya había recorrido dos tercios de la calle Mayor. Era la viva imagen de la desolación y el pánico.
Por algún motivo, había dejado de caminar al abrigo de las sombras que cubrían un lado de la calle para situarse en el centro de la misma, junto al canal del agua. Su carita redonda expresaba una mezcla de esperanza y terror mientras contemplaba fijamente la puerta del recinto catedralicio.
En el otro extremo de la calle, a sus espaldas, acababa de aparecer la avanzada de las tropas realistas.
Margaret lo llamó.
Frente a ella, ante la puerta del recinto, se estaba formando una línea de cabezas redondas que casi le impedía ver a Samuel; éste no parecía haberla oído.
—Dejadme pasar.
Los soldados, que le daban la espalda, constituían un muro inexpugnable. Margaret miró en torno suyo en busca de un oficial. Ludlow estaba apostado en el campanario.
—Dejadme pasar —repitió Margaret tratando de abrirse paso a empellones. Los soldados reaccionaron lanzando una sarta de palabrotas. Margaret vio que los realistas se disponían a cargar.
—¡Samuel!
Esa vez el niño la oyó. Contempló la puerta del recinto y vaciló, mirando alternativamente a los realistas y a los cabezas redondas, sin saber qué hacer, como si la conmoción le hubiera dejado aturdido.
Los mosquetes apuntaban hacia él desde el extremo de la calle. Samuel creyó que todos los soldados pretendían matarlo, pues ya no sabía distinguir entre los dos bandos.
Desesperado, el niño miró a unos y a otros. A sus pies discurría el agua del canal.
—¡Tírate al agua! —gritó Margaret.
Samuel la oyó y comprendió lo que le decía. Se volvió de nuevo para contemplar las tropas que avanzaban a paso ligero por la calle. Las heladas aguas también le daban miedo, de modo que se quedó inmóvil, convencido de que iba a morir.
Margaret volvió a gritarle que se tirara al agua. ¿Por qué no la obedecía?
Pero el niño no se movió. Los cabezas redondas apuntaron sus armas hacia los realistas, dispuestos a atacar.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, Margaret logró abrirse paso a través de ellos. Les oyó despotricar contra ella, se dio cuenta vagamente de que había hecho caer el mosquete de manos de un soldado y de que había pisado a otro. Luego echó a correr como una exhalación, aunque tropezó varias veces y estuvo a punto de dar con su cuerpo en el suelo. En el preciso instante en que sonaron los primeros disparos Margaret se arrojó sobre el niño y ambos cayeron al agua.
Samuel Shockley apenas recordaba lo que pasó a continuación.
No recordaba que tan pronto como hubieron pasado las tropas, Margaret trepó fuera del canal y le abofeteó con la palma de su manaza, no llevada por la ira, sino porque en aquellos momentos no se le ocurrió otra forma de expresar su alivio. Samuel recordaba vagamente que lo llevó en brazos hasta la Puerta de Saint Anne, pero estaba dormido y no presenció la batalla del campanario.
Aparte de unos primeros y valerosos ataques por parte de Edmund Ludlow, la batalla fue en realidad un asedio, pues los centenares de realistas rodearon el gigantesco campanario de la iglesia y aguardaron. Sabiendo como sabía que la luz mostraría al enemigo el escaso número de fuerzas de que disponía, Ludlow se retiró discretamente a través de la puerta sur del recinto poco antes del amanecer y subió a la cima de la colina Harnham para contemplar cómo terminaba el asunto.
Una hora después del alba, Samuel se despertó. A través de la ventana superior de la casita en la que se habían refugiado, vio a los realistas requisar el carro de un carbonero y utilizar el carbón para quemar la puerta tachonada del campanario.
La batalla del campanario había concluido.
Pero aquella misma mañana, cuando al cabo de unas horas el pequeño carro que transportaba a Samuel y a su hermana llegó a la granja, comenzó la batalla de Margaret Shockley. Porque Jacob y Mary Godfrey salieron a recibirles, ambos con expresión seria y apenada.
—Hice lo que pude —se justificó Jacob—, pero los soldados eran muchos, dos docenas.
La casa estaba patas arriba. Las tropas realistas, al descender hacia el valle desde Amesbury, habían pasado por varias granjas y habían actuado como una plaga de langostas. De la granja Shockley se lo habían llevado todo, comida, ropa, mantas, la plata, incluso los cacharros de peltre, mientras amenazaban a Godfrey y a su esposa a punta de espada. Samuel siguió a Margaret a través de la casa, conducidos por un cariacontecido Godfrey. Margaret había oído hablar de los saqueos llevados a cabo por las tropas realistas al mando de Goring, pero al contemplar la gravedad de los desperfectos se echó a temblar de rabia. Cuando hubo revisado toda la casa, se detuvo en el comedor y descargó un puñetazo sobre la mesa de roble.
—¡Nunca más! —exclamó. Luego, mirando a Godfrey con severidad, le ordenó—: Reúne mañana al amanecer a todos los peones frente a la puerta. Diles que traigan las armas de que dispongan. Vamos a luchar.
—¿Nosotros? —preguntó Godfrey desconcertado.
—Sí. Lucharemos contra la guerra. Yo dirigiré a los hombres.
Los hechos ocurridos el día anterior la habían hecho decidirse. Hasta la fecha, a fin de mantener unida a la familia, Margaret se había mostrado neutral, procurando no pensar siquiera en qué causa era la más justa.
Pero ahora eso le tenía sin cuidado. Casi habían matado a su hermanito. Habían atacado la granja.
—Lucharé contra todos los soldados —declaró.
A última hora del día siguiente Margaret comprobó sorprendida que de otras dos granjas de la localidad habían llegado varios hombres para agregarse a su pequeña tropa, que ahora se componía de diez hombres. De la finca de Forest aparecieron otros tres. El propio Forest se hallaba en el oeste, aunque nadie sabía si había decidido unirse al bando de los realistas o de los parlamentarios.
—Que es justamente lo que él pretende —comentó Margaret.
Pero los peones de Forest, al sentirse abandonados por su patrono, se alegraron de ponerse a las órdenes de un cabecilla, aunque se tratara de una mujer. Y a la mañana siguiente apareció otra tropa de quince hombres.
No iban armados hasta los dientes; pero Margaret no tardó en pertrechar a cada guerrero con un mosquete, una espada o una pica. La propia Margaret, llevando un peto que había pertenecido a su padre y esgrimiendo una voluminosa y pesada espada, con el pelo recogido dentro de un alto casco de acero, presentaba un aspecto más imponente que sus hombres.
La joven adiestró a su reducido grupo, enseñándoles a plantar cara al enemigo, y a cargar contra éste con las picas unidas; luego les dijo:
—No me importa de qué ejército se trate, ningún soldado pondrá los pies en nuestras granjas.
Samuel observó cómo Margaret instruía a los peones. Qué espléndida aparecía su hermana, tan alta y majestuosa, se dijo. Y qué eficaz demostró ser el pequeño grupo dos días más tarde cuando una docena de soldados borrachos se acercaron a la puerta de la propiedad y comprobaron que les estaba vedado el paso. Cuando trataron de irrumpir por la fuerza, los peones sacaron sus armas y les atacaron. Los atónitos soldados lucharon cuerpo a cuerpo contra ellos, y perdieron.
El cabecilla de los peones era un apuesto joven que llevaba un casco anticuado e impartía tales golpes con su espada que obligó a dos soldados a retroceder.
De pronto, uno de los soldados le hizo caer el casco con un golpe fortuito, y la dorada cabellera de Margaret le cayó sobre los hombros como una cascada. Entonces los soldados exclamaron:
—¡Por Júpiter! ¡Si es una mujer!
—¿De qué lado estás tú, amazona? —inquirió otro con una risotada.
—Estamos en contra de los soldados que saquean nuestras granjas —replicó ella.
Los estupefactos soldados, no queriendo luchar contra una mujer, emprendieron la retirada.
Samuel presenció la escena desde el tejado de la casa.
Al cabo de unas horas la noticia de la lucha de Margaret Shockley se propagó por todo el valle. Al día siguiente la conocían en todo el territorio de los cinco ríos. Al poco tiempo otros granjeros siguieron su ejemplo.
—Si una mujer es capaz de hacerlo, nosotros también —dijeron.
Margaret no tardó en descubrir que su pequeña escaramuza en el valle del Avon había formado parte de un importante movimiento que había empezado a extenderse de modo independiente por todo el centro de Wessex.
—A las gentes de Sarum no nos gusta que nos importunen —dijo Margaret a Godfrey—. Nuestros grupos de defensa brotarán como hongos.
Y no se equivocó. Al cabo de unos meses se formó en Sarum una asociación compuesta por varios centenares de hombres encabezados por un caballero de Wessex, sir Anthony Ashley Cooper. Los clubmen de Wiltshire, como se denominaron, se mantuvieron activos durante aproximadamente un año. Eran formidables. Lucían una cinta blanca en el sombrero y su lema era «Verdad y paz».
—Lo cual significa: «No toquéis nuestras propiedades» —declaró Margaret.
La joven no dejó de tomar parte en ninguna de sus acciones de defensa.
1645: Junio
Qué aspecto tan resuelto y competente ofrecían las tropas.
Estaban organizadas al estilo tradicional: la infantería en el centro, la caballería en los flancos. En el centro se encontraban los regimientos de Waller, Pickering, Pride y otros insignes comandantes; en un lado, los hombres de Ireton y delante de éstos un grupo de dragones; en el lado opuesto, la fuerza más poderosa, los regimientos de caballería ataviados con cotas de malla, siete divisiones de soldados a caballo encabezadas por el teniente general Cromwell. Y por último, al frente del ejército, en el centro, la valerosa unidad de avanzadilla, a la que apodaban en broma «la última esperanza». Éste era el nuevo y modélico ejército comandado por Fairfax.
Entre el ejército estaba la granja Broadmoor, rodeada por setos y zanjas. Detrás de los cabezas redondas había otras dos granjas y, hacia el suroeste, la pequeña población de Naseby. La mañana estival prometía ser calurosa.
Durante varios meses el rey había vuelto locos a los cabezas redondas, que le habían perseguido desde el Oxford realista hasta el noroeste y de vuelta al punto de partida. Ahora, en el mismo centro de los midlands, los ejércitos se encontraban frente a frente en orden de batalla.
Nathaniel cabalgaba aquel día en el flanco izquierdo, con la caballería del norte. Todas las tropas habían avanzado desde su posición inicial porque el impulsivo príncipe Rupert, al explorar el terreno, había divisado a la caballería de los cabezas redondas, y negándose a creer que fueran capaces de plantarles cara había ordenado al ejército realista que avanzara. Su posición era ahora menos favorable, pues los cabezas redondas no se habían movido; sin embargo los realistas los superaban en número.
Nathaniel miró hacia la izquierda. Junto a él, a lomos de un caballo pío, cabalgaba Charles Moody. Nathaniel había cumplido su promesa al permitir que el muchacho luchara a su lado.
Los negros ojos de Charles resplandecían de emoción; estaba impaciente por entrar en combate, convencido de que la causa del rey era sagrada y justa, y de que lograrían implantar de nuevo en Inglaterra a la Iglesia católica. Un muchacho valiente, aunque inexperto en el arte de la guerra.
—Quédate junto a mí —le dijo Nathaniel.
Se preguntaba si Edmund se hallaría en el ejército enemigo.
Qué espléndido aspecto presentaban los realistas mientras avanzaban. Edmund Shockley no pudo por menos de reconocerlo: las apretadas filas de soldados de infantería que marchaban en el centro seguidos por los Casacas Azules del príncipe Rupert; la espléndida caballería del norte situada en un flanco y los Life Guards de Rupert en el otro. Regimientos distinguidos todos ellos. Todos habían ocupado sus posiciones. Debido al relieve del suelo Shockley no alcanzaba a ver a la mayoría de la infantería, pero distinguió las filas de la caballería y, sobre un cerro situado al fondo, vio el estandarte real que ondeaba al viento señalando la presencia del mismo rey.
Oh, pero los hombres que le rodeaban eran hombres de Dios. Y también los oficiales. Desde que el Parlamento había aprobado la importante ordenanza del Sacrificio, el nuevo ejército modélico se había desembarazado de los lores y los acaudalados caballeros que habían dirigido tan lamentablemente a las tropas; la mayoría de los oficiales seguían siendo caballeros, sin duda, pero entregados a la causa y no demasiado orgullosos para acoger a otros, como el temible coronel Pride, que era hijo de un humilde arriero. Estaban también los independientes, hombres que se habían negado a acatar el Pacto Presbiteriano pero que adoraban a Dios a su manera y despreciaban a los cínicos del Parlamento que pagaban —o prometían pagar— al ejército.
Eran disciplinados. Luchaban por una causa. Y cada día Shockley se sentía más privilegiado por estar con ellos.
Eran las diez. De pronto se observó un movimiento, procedente de la derecha del enemigo. El príncipe Rupert avanzó seguido de sus tropas.
Edmund pronunció para sí el grito de guerra de su ejército: «Dios es nuestra fuerza». Debido a su inferioridad numérica, aquel día necesitarían la ayuda de Dios.
La batalla de Naseby fue muy reñida. Aunque el ejército realista, debido al original avance del príncipe Rupert, no fue respaldada por el fuego de los cañones, su intrépido ataque contra el flanco del enemigo estuvo a punto de granjearle la victoria. Si el otro flanco realista hubiera podido secundarlo… Pero ante ellos estaban las fuerzas de Cromwell.
Pues mientras Rupert perseguía al desmembrado flanco izquierdo, el poderoso flanco derecho de Cromwell siguió avanzando, y aunque su avance se vio en parte detenido por el accidentado terreno sembrado de madrigueras de conejos, fue imparable. Los realistas lucharon valerosamente, pero cuando Rupert regresó, comprobó que el ejército de Fairfax seguía resistiendo mientras que el de Carlos estaba desorganizado. Rupert se apresuró a reagrupar a sus tropas. Pero el rey había decidido abandonar el campo de batalla.
Tras la primera carga de Cromwell, Nathaniel se encontró desplazado hacia el centro. Diez minutos más tarde él y el joven Moody habían sido derribados de sus monturas y se hallaban frente a una línea de soldados de infantería que avanzaban hacia ellos. En torno suyo seguía librándose la encarnizada batalla.
«Dios es nuestra fuerza». Edmund observó que todo estaba cubierto de polvo: los hombres, los caballos; el polvo empañaba los cascos de forma que no relucían bajo el sol sino que emitían un tenue resplandor naranja; el polvo cubría las enseñas que enarbolaban con orgullo; y cubría su propia espada. Polvo y sangre. El olor a pólvora. El fragor del acero y los mosquetes a sus espaldas. Pero en la lucha cuerpo a cuerpo nadie disparaba el mosquete, sino que lo agarraba por el cañón y lo utilizaba para golpear al enemigo.
Edmund vio ante él a media docena de realistas implicados en una confusa pelea y se dirigió hacia ellos.
El más cercano estaba vuelto de espaldas: un cabeza redonda, uno de los soldados de Dios, había caído delante de él. Edmund corrió hacia el soldado realista apuntándole con la espada al riñón; un ataque perfecto desde la retaguardia. Al hundir la espada, notó cómo la hoja traspasaba el cuero y se clavaba en la carne del soldado. Éste cayó herido de muerte. Rápidamente, Edmund apoyó la bota en el costado del realista y extrajo de la herida la larga y afilada hoja de su espada.
Pálido y agonizante, Nathaniel alzó la vista y miró a su hermano, a quien reconoció de inmediato.
Edmund sólo vio su rostro. No vio a los realistas que avanzaban hacia él; no les vio retroceder, rechazados por las picas de sus compañeros los cabezas redondas.
Tampoco esperó a presenciar la muerte de su hermano, no dijo una palabra, ni siquiera lo miró. «¡Dios es nuestra fuerza!», gritó alguien a su lado. Edmund se apartó, sosteniendo con torpeza la espada ya inútil, y completamente aturdido echó a andar, sin saber cómo ni hacia dónde, a través del campo de batalla.
1646: Junio
Margaret se alegró de que Edmund hubiera regresado a casa. A raíz de la muerte de Nathaniel en Naseby, la joven había sentido un espantoso vacío que Edmund vino a llenar en parte.
Por otra parte, era un alivio contar con la plácida presencia de Edmund cuando su estridente hermano Obadiah regresaba de Londres para hacerles una visita. En esos momentos Edmund la protegía, y a Margaret le parecía que con él formaba un equipo casi tan compenetrado como el que había formado con su hermano Nathaniel.
Edmund había cambiado. Se mostraba más amable. Cada día salía a dar un paseo con el pequeño Samuel, a quien llevaba de la mano; a veces pasaba varias horas jugando tranquilamente con el chico en la herbosa ribera junto a la casa.
La guerra se había ganado en Naseby. La batalla había constituido algo más que una victoria militar sobre el rey. En su apresurada retirada, Carlos no sólo dejó tras de sí su equipaje sino unas cajas que contenían correspondencia, la cual demostró con meridiana claridad que el rey estaba negociando en secreto para traer un ejército católico del extranjero con el propósito de someter a la isla. Era cuanto necesitaba el Parlamento. Las cartas se publicaron de inmediato. Y gracias a eso Carlos Estuardo perdió la no menos importante batalla destinada a convencer a sus súbditos. Pues si antes algunos vacilaban a la hora de acatar su autoridad, a la sazón no existía duda alguna en la mente del inglés protestante: era preciso aplastar al traidor y papista Carlos Estuardo y su gobierno.
Después de Naseby, las tropas parlamentarias emprendieron una operación de limpieza que duró varios meses y durante la cual fueron ocupando un fuerte realista tras otro, apropiándose de su artillería, y destruyendo de paso numerosas y espléndidas mansiones realistas. La guarnición real junto a Clarendon cayó en octubre, cuando Cromwell marchó a través de Salisbury. En abril de aquel mismo año, lord Pembroke retuvo en Wilton a la hija del rey, la princesa Henrietta, mientras Fairfax se disponía a tomar el último bastión real en Oxford. Por fin Oxford había caído y el rey había emprendido la fuga.
El partido victorioso impuso en todas partes su autoridad. En Salisbury un excelente parlamentario, Dove, amigo de Ivie, sustituyó a Robert Hyde. El comandante Ludlow ocupó su correspondiente escaño en el Parlamento como representante del condado. Incluso sir Henry Forest se declaró a favor del Parlamento.
—Eso demuestra que hemos ganado —comentó Edmund Shockley a su hermana en tono socarrón.
En Sarum reinaba la paz y la tranquilidad. Aunque un enorme contingente de diez mil clubmen se había enfrentado el año pasado al ejército de los cabezas redondas cerca de Shaftesbury, las tropas de Cromwell eran disciplinadas y no se produjeron saqueos. Margaret confiaba en que llegaran tiempos más propicios.
Paradójicamente, pese a la victoria de su causa, Edmund se mostraba pesimista. La guerra no le había traído sino pesar, y aunque siempre se comportaba amablemente con ella y el niño, cuando Margaret lo sorprendía a solas observaba en sus ojos una expresión de infinita tristeza, como si le atormentara una extraña angustia.
A veces, después de pasar varias horas enfrascado en sus pensamientos, Margaret le oía mascullar:
—¿Para qué hemos luchado?
De vez en cuando Edmund sufría pesadillas. Una noche Margaret le oyó gritar:
—¡Nathaniel!
Pero ella no alcanzaba a comprender la gravedad de su tormento, pues no conocía el terrible secreto de lo ocurrido en Naseby.
De tanto en tanto Obadiah venía a verlos desde Londres. Se mostraba menos desasosegado. Los presbiterianos eran cada día más fuertes: su estricta Iglesia puritana, con sus consejos y sus mayores, constituía una poderosa fuerza en el país. No sólo su partido se hallaba en alza, sino que lejos de su familia Obadiah había conseguido labrarse un nombre y granjearse el respeto de quienes trataban con él. Al margen de sus defectos Obadiah era un erudito, tal como recordaba Edmund de vez en cuando a su hermana.
Durante una visita que Obadiah les hizo a principios de 1646, Margaret se percató de las dudas que atormentaban a Edmund cuando los dos hermanos discutieron sobre la situación política.
Había muchos temas que tratar. Pues ahora que el rey estaba casi derrotado, ¿debía el Parlamento gobernar sin él, o debían permitir que el rey regresara bajo unas condiciones muy estrictas? En cualquier caso, ¿qué tipo de gobierno debía implantarse en Inglaterra?
Obadiah no tenía la menor duda.
—Gobernará el Parlamento, con o sin el rey. E Inglaterra será presbiteriana.
Obadiah había permanecido en Londres durante buena parte de la guerra, predicando y ejerciendo de tutor para los hijos de varios destacados parlamentarios. Edmund sabía que la inflexible actitud que expresaba reflejaba el criterio de muchos miembros del Parlamento que se hallaban ahora en el poder.
—Pero no todos los que se rebelan contra la tiranía del rey son presbiterianos —recordó Edmund a su hermano. Muchos eran anglicanos, baptistas y sectarios.
—Debemos aplastarlos, como a los católicos —replicó Obadiah—. En Inglaterra y en Escocia habrá una sola religión.
¿Acaso los problemas del pasado no habían surgido por no haber implantado en Inglaterra una sola religión unificada? Obadiah estaba convencido de ello.
—Gobernaréis de forma estricta.
—Sí.
—¿Y el ejército? —Edmund pensó en los hombres con los que había luchado: no eran presbiterianos, sino partidarios de la libertad religiosa.
—El ejército se disolverá en cuanto haya cumplido con su obligación.
—¿Y los hombres cobrarán? Vuestro Parlamento lleva cuarenta semanas sin pagar a algunos de nuestros soldados de caballería —recordó Edmund a Obadiah.
—Se les pagará en la medida de lo posible.
—¿Entonces por qué hemos luchado? —inquirió Edmund; era la pregunta que se hacía insistentemente a sí mismo.
—Para lograr un Parlamento presbiteriano, la abolición de todos los obispos, la destrucción de la Iglesia anglicana y la extirpación de los papistas.
—¿Y a eso llamas tú libertad?
—Sí.
—¿Y quiénes elegirán a ese Parlamento presbiteriano?
—Los mismos que lo hacen ahora.
Edmund frunció los labios.
—Quienes lucharon aspiran a más que eso —recordó a Obadiah.
El ejército modélico no sólo había constituido una fuerza de combate eficaz, sino que gracias a su nuevo cuadro de jóvenes oficiales y hombres de mentalidad independiente se había convertido en el foco del pensamiento radical. Los recios agricultores y artesanos que Edmund había llegado a conocer y respetar hablaban de nuevas libertades: no sólo de libertad religiosa, sino de que los hombres libres pudieran elegir a sus representantes en el Parlamento.
—Dicen que todo hombre que posea una casa debe votar —declaró Edmund—. Algunos llegan al extremo de decir que todos los hombres deberían votar.
—¿Incluidos los sirvientes? —inquirió Obadiah con expresión sombría. Conocía a esos radicales. Se llamaban a sí mismos niveladores. Expusieron sus nefastos criterios durante décadas, pero nadie les hizo el menor caso. Si el ejército alimentaba esas ideas, cuanto antes se disolviera mejor.
—¿Y tú, Edmund, estás de acuerdo con esos niveladores? —siguió preguntando Obadiah.
Edmund reflexionó unos momentos antes de responder.
—Conceder el voto a todos los hombres no sería justo —dijo—. Pero si un hombre posee intereses en su país, ya sea en la tierra o en una corporación, no veo ningún mal en ello. Es más —añadió—, creo que es un derecho natural.
¿Era posible que Edmund, el cabeza de la familia Shockley, expresara tales opiniones?
—Esto no conducirá a otra cosa que a una democracia herética, un monstruo, el caos —protestó Obadiah—. Si ése fuera el resultado de nuestra batalla, habría preferido luchar por el rey —estalló.
—Algunos parlamentarios preferirían que gobernara el rey antes que unos hombres libres —observó Edmund acertadamente.
—Has cambiado —replicó Obadiah con amargura.
—Es cierto —reconoció Edmund—. Pero tengo la impresión de que hemos librado una guerra contra la tiranía del rey para sustituirla por la tiranía de los presbíteros.
Después de esa discusión Obadiah visitó Sarum con menos frecuencia.
Samuel tuvo que esperar a hacerse hombre para que le explicaran lo que había ocurrido realmente aquel cálido día de junio, una semana después de que Obadiah hubiera partido.
Tan sólo recordaba que al ver a un jinete cubierto de barro acercarse trotando a la casa, él había salido corriendo a campo traviesa hasta donde se hallaba Edmund hablando con Jacob Godfrey. Recordaba haber conducido afanosamente a Edmund de la mano para que saludara al visitante. Y recordaba haber entrado en la sala de estar.
Charles Moody venía de Oxford. Desde la batalla de Naseby había seguido al rey fielmente, pero una vez que la causa estuvo perdida decidió regresar a casa.
—No podía ir a mi casa sin pasar antes por aquí —dijo.
Había venido para presentar sus respetos a la familia de Nathaniel. Y había traído la espada de Nathaniel.
La llevaba respetuosamente consigo desde hacía un año, y por fin podía entregarla. La depositó en la mesa ante Margaret, junto con un mechón de cabellos de Nathaniel.
Tras haber cumplido esta importante misión, Charles se apartó de la mesa.
—Disculpa —prosiguió—, pero después de lo ocurrido en Naseby, no fui capaz de escribiros. —Dicho eso, tragó saliva con dificultad.
Margaret sonrió. Lo comprendía. Parecía tan cansado, estaba tan pálido. En torno a sus ojos se observaban unas arrugas causadas por el dolor y la angustia. Era muy triste comprobar los estragos que la guerra había causado en los jóvenes soldados.
Curiosamente, Margaret casi se había olvidado de Nathaniel aquel día. Había sido una omisión deliberada, a fin de mitigar su dolor, pero en ese momento, al ver al joven Charles, que hacía un año había partido con él, le pareció que Nathaniel se hallaba en la habitación con ella. Casi podía oler el aroma de su tabaco de pipa, oír su risa.
¿A qué se refería el joven Moody? Había ido para presentarle sus condolencias, por supuesto. Margaret asintió distraída y le dio las gracias.
—Yo estuve con él —dijo Charles suavemente.
Con él. En el momento fatídico. De golpe a Margaret la escena le pareció tan vivida y real…
—¿Fue…, sufrió mucho? —No debía de habérselo preguntado, pero tenía que saberlo.
—Fue muy rápido, gracias a Dios. —Charles se detuvo y apoyó una mano en el brazo de Margaret—. Pero pensar que fue Edmund quien…
¿Qué estaba diciendo? Margaret lo miró, tratando de comprender sus palabras. ¿Pensar que fue Edmund quien…?
—¿Edmund?
Dios mío, se dijo Charles. Ella lo ignoraba. ¿Qué le había llevado a él a suponer…? ¿No le había confesado Edmund…?
Treinta segundos más tarde, cuando Samuel condujo alegremente a Edmund a la salita de estar contempló asombrado a su hermana, blanca como la cera, y a aquel joven vestido con un jubón de cuero manchado de tierra, el cual se volvió y, mirando a Edmund con desprecio, gritó «¡Asesino!», antes de salir precipitadamente de la casa.
Margaret aún temblaba de dolor y rabia una hora más tarde cuando se encaminó a la orilla del río que discurría por el valle.
Se había detenido en varias ocasiones para contemplar con la mirada extraviada los riscos que se alzaban a su derecha, desiertos y abrasados por el sol de junio. El deslumbrante cielo azul le hería los ojos. El suelo estaba duro y reseco.
No, no podía regresar. No sabía qué hacer. Margaret continuó adelante.
Al cabo de media hora se detuvo. A su izquierda vio el bosque de hayas que pertenecía a sir Henry Forest. Ante ella se erguía un pequeño montículo: un lugar curioso, una antigua madriguera de conejos rodeada por un círculo de vetustos tejos. De pronto, impulsada por la necesidad de sentirse envuelta por algo, Margaret atravesó el redondel de árboles.
Era un lugar tranquilo; nadie iba allí. Dentro del círculo de tejos había un espacio cubierto de maleza y unos pocos arbustos. Margaret lo inspeccionó. En el suelo se adivinaba un vago dibujo, grabado en la tierra cretácea, como si alguien hubiera hecho unos pequeños surcos en la tierra, pero era difícil precisarlo. Los tejos proyectaban una sombra verde. Margaret se sentó en el suelo y apoyó la cabeza entre las manos.
Nathaniel.
Permaneció allí sentada, reflexionando sobre los acontecimientos de los últimos años; y al cabo de largo rato, cuando su dolor y su ira se hubieron disipado, Margaret comprendió por fin que existía un sufrimiento aún mayor que el suyo, y también supo lo que debía hacer.
A su regreso Margaret encontró a Edmund sentado en un pequeño banco de piedra junto a la casa. Estaba inclinado hacia delante, inmóvil, con la espalda encorvada; en las manos sostenía una de las pipas de arcilla de Nathaniel. Contemplaba el pequeño símbolo de la manopla grabado en la parte inferior de la cazoleta.
Edmund no se movió ni alzó la vista cuando Margaret se acercó a él.
Sí. Al contemplar su silencioso dolor, Margaret comprendió lo que debía hacer.
—Pobre hombre —dijo.
Por fin, después de esperar durante más de un año, Edmund Shockley se echó a llorar.