32

Intento acostumbrarme a su presencia en mi piso. En realidad, se lo he pedido. Estoy tratando de meterlo en mi vida, aunque sea a presión. Tengo que quererlo a él, no a ningún otro hombre desconocido. En el fondo, mi parte malvada me dice que lo hago para no estar sola. Me obligo a no pensar en ello, a dejarme llevar simplemente.

Poco a poco vamos haciendo las mismas cosas que antes, aunque modificando algo para reconstruir la relación. Una noche acudimos a cenar al restaurante en el que solíamos celebrar nuestro aniversario. Lo hacemos como amigos, al menos eso es lo que le he rogado, y él ha aceptado. Pedimos el vino que a ambos nos gusta y la pasta que compartíamos. Al comienzo de la cena me siento incómoda, como si no perteneciese a este lugar, como si estuviese en el cuerpo de otra persona. Sin embargo, Germán logra hacerse conmigo a medida que la velada avanza. Me gasta bromas, me habla con ternura y se preocupa todo el rato por mí. Lo está intentando, y mucho. Y ya por eso se merece que le dé otra oportunidad. Creo que ambos la merecemos.

Otra noche vamos al cine al aire libre a visionar una película alemana en versión original. Comemos palomitas y bebemos Seven Up, y casi me siento como una adolescente. Incluso movemos el coche a un rincón más apartado y allí nos besamos. Pero cuando sus manos alcanzan mi piel, el pánico vuelve a apoderarse de mí y tenemos que parar.

Llega junio y me propone hacer juntos un viaje. Me niego al principio, pero al final acepto. No explico a mi hermana adónde voy. Ni siquiera se lo cuento a Aarón o a Dania. Me da miedo que no lo entiendan, y sé que Ana se cabrearía demasiado. Nos vamos a hurtadillas y, en el fondo, eso despierta algún sentimiento en mi interior, porque me recuerda a las tonterías que hacíamos para estar juntos a costa de lo que fuese. Ha alquilado una casa rural, pequeñita y preciosa, pero no puedo evitar acordarme de la vez que estuve en la montaña con Héctor. Ese fin de semana maravilloso que no voy a repetir nunca. Me maldigo a mí misma porque todo me recuerda a él. Cualquier tontería, cualquier gesto, cualquier palabra.

Germán me nota taciturna y trata de alegrarme por todos los medios. Realmente está esforzándose muchísimo, y se lo agradezco. Durante los últimos meses que estuvimos juntos no se preocupó tanto por mí ni un solo día. Tengo que olvidar. Olvidar todo, y continuar adelante. Me conoce, me comprende, sabe lo que me gusta y lo que odio, sabe que me encanta ducharme con agua hirviendo, que tengo muchas cosquillas en los pies y que he visto Dirty Dancing unas cincuenta veces y me sé los diálogos de memoria. Sin embargo, tampoco nos acostamos. Todavía no estoy preparada. No puedo creer que esté aguantando tanto, ya que sé que se muere de ganas por tocarme, por besarme por todos mis rincones, pero se contiene. Y encima se tumba a mi lado y me abraza, luchando para que su erección baje. La cuestión es que me excito, que sus besos logran despertarme un poco, pero en cuanto siento que va a introducirse en mí, algo me encoge y me pongo histérica.

Voy acostumbrándome a él. A su olor. A su voz. A sus idas y venidas. A su manera de saludarme, con ese intento de beso que no llega, como cuando éramos universitarios. En realidad conozco todo eso, lo había escondido y estoy desenterrándolo y, en el fondo, no está tan mal. No lo quiero. No como antes, al menos. No como a Héctor. Pero le tengo cariño, me gusta física y psicológicamente, y empiezo a sentirme más tranquila estando con él.

—Esta vez no te dejaré escapar —me dice a menudo, en esos momentos en los que hemos intentado hacer el amor y no he podido—. Eres la mujer de mi vida, y lo que más lamento es haber tardado tanto en darme cuenta.

Decido meterlo en el grupo. Una noche quedamos en el Dreams todos los amigos y lo llevo. Aarón y Dania se quedan de piedra cuando lo ven, pero la que se pone como un basilisco es Ana. Me mira como si estuviese loca, ni siquiera lo saluda. Se levanta y se larga a la planta baja. Dejo a Germán con Aarón y Dania, corro tras mi hermana y la alcanzo en la pista. Las personas que bailan alrededor nos empujan. Ana está rabiosa y se suelta de mí con fuerza.

—¿Qué estás haciendo, Mel? ¿Es que quieres arruinar tu vida?

—Intenta entenderme —le suplico.

—No pienso aceptarlo nunca. Tenlo muy claro. Seguirás siendo mi hermana, pero él no será nada mío y jamás permitiré que esté cerca de mí.

Sus duras palabras me dejan estacada en la pista, siendo movida por unos y otros, observando su marcha. Cuando regreso arriba, Dania y Germán charlan de forma animada. Bueno, al menos hay alguien que sí puede aceptarlo. Aarón me indica con un gesto que me siente a su lado. Me pasa un brazo por los hombros y apoyo la cabeza en el suyo. Acerca su boca a mi oído y me pregunta:

—¿Estás segura de lo que haces?

No respondo. Me acaricia la cabeza. Me fijo en que Germán nos mira. Me parece que está un poco celoso, pero me sonríe. Yo también. No me siento tan mal estando aquí con él, casi me parece que forma parte del grupo desde siempre, como todos nosotros.

—¿Lo has visto? ¿Sabes algo de él? —pregunto a Aarón, desesperada.

—Sí, Mel. Hemos quedado alguna que otra vez.

—Dime cómo está, por favor. ¿Sigue con… ella?

—No te martirices.

—¿Ha vuelto a tomar pastillas?

—Olvídalo, ¿de acuerdo? Intenta rehacer tu vida con Germán. No parece tan mal hombre como todos pensábamos.

—Estoy intentándolo, joder. Pero sólo quiero que me digas cómo está. Lo necesito. Por favor…

Me mira con los ojos tristes. Niego con la cabeza, incrédula.

—Sigue en tratamiento. Y ya está, Mel. No voy a contarte nada más.

El resto de la noche me la paso con ganas de llorar. Aarón asegura que no tendría que haberme explicado nada. Germán se sienta a mi lado, me abraza, me besa en la mejilla delante de ellos. Dania da grititos cada vez que se muestra cariñoso. Aarón nos mira con una ceja arqueada, pero sé que, en el fondo, lo aceptará porque lo único que quiere es verme feliz.

El verano nos saluda con ganas. Decido retomar la novela, ahora que me siento con más fuerzas. Germán llega ese mismo día con buenas noticias: la segunda edición de mi primer libro. Salimos a celebrarlo: nos vamos a la playa para pasar allí la noche. Llevamos unos bocadillos, unas cuantas cervezas y la esperanza de que cada segundo sea mejor.

La luna nos ilumina mientras nos damos un baño después de cenar. Es todo demasiado romántico, pero apenas reparo en nada. Mi cuerpo lucha por sobrevivir, por imponer a Germán sobre las huellas que Héctor dejó en mi piel y en mi alma. Nos besamos dentro del agua. Primero con lentitud, traspasándonos el sabor de cada uno, jugando suavemente con las lenguas tibias. Después, con más ganas: mordiscos, jadeos, palabras de amor por su parte. La necesidad que me muestra hace que decida pasar página y recomenzar.

Me saca del agua en brazos y me deposita con cuidado sobre la toalla que hemos traído. Estamos empapados, un poco temblorosos, respirando con dificultad. Me acaricia de arriba abajo, besa cada poro de mi piel, deja un rastro de saliva que se mezcla con las gotitas de mar. Lo imito, y mi lengua se lleva una mezcla de sal y de excitación. Pongo las piernas alrededor de su cintura y lo atraigo hacia mí. Su sexo roza el mío, que palpita expectante. Creo que por fin estoy preparada, que esta vez las náuseas no me inundarán.

Tantea mi entrada, un poco asustado. Echo el cuerpo hacia delante, demostrándole que puedo hacerlo. Se mete en mí con mucho tiento. Un sinfín de recuerdos acude a mi mente. Cuando lo hicimos por primera vez, llevándose mi virginidad consigo. La pasión que poníamos en cada uno de los encuentros. Las sábanas que dejábamos atrás manchadas de nuestro amor. Y las veces, muy pocas, en las que lo hicimos en los últimos tiempos: él distante, yo intentando acercarlo a mí.

Esta noche me hace el amor como cuando nos amábamos. Me besa una y otra vez, me susurra que me quiere, que no existe otra mujer para él, que soy la única que puede hacerlo feliz. Mi sexo se acostumbra al suyo, va recordando también la familiaridad que me había abandonado. Las paredes se abren con cada uno de sus empujes y, por fin, noto algo de placer. No demasiado, pero ahí está. Y quizá, con el tiempo, las heridas se curen y pueda disfrutar como antes.

—Estar dentro de ti es el paraíso, Melissa —me susurra al oído, entrando y saliendo de mí con una ternura que me sorprende.

Gemimos al unísono. Lo beso con tanta intensidad como él a mí, abandonándome a sus caricias, depositando en sus miradas toda mi fe. Me acaricia el rostro, observándome con una adoración que me hace sentir culpable. Deseo entregarme toda a él, pero aún me cuesta, todavía no puedo hacerlo por completo.

Sus sacudidas se convierten en embestidas. Me sujeta de las nalgas y mueve las caderas en círculos, tal como sabe que me gustaba. Noto placer, pero no es para nada como antes. No se acerca ni de lejos a los estallidos que compartí con Héctor.

—Voy a correrme, mi amor —jadea junto a mi oído. Su voz preñada de ansia consigue excitarme un poco más.

Clavo los dedos en su ancha espalda, a la par que él los hunde en mi trasero. Su sexo me devora y, al mismo tiempo, me demuestra que esta vez no se marchará, que realmente me ama.

Se deja ir con un gemido, con la boca entreabierta y los ojos entrecerrados, pero sin apartar su mirada de la mía. Lo acompaño en los jadeos, sacudo las caderas y arqueo el cuerpo. En realidad, estoy fingiendo. No he tenido un orgasmo. No he volado como lo hacía antes.

—¿Te has corrido tú? —me pregunta mientras trata de recuperar la respiración.

Asiento. Me cree. Se queda un rato encima de mí, abrazándome. Su peso se me antoja irreal. Continúo siendo una cáscara vacía, pero, al menos, he conseguido avanzar un poco. No debo perder la esperanza.

Después se tumba a mi lado, pasándome un brazo por debajo del cuerpo y rodeándome con el otro. Me da tiernos besitos en el cuello, me hace cosquillas en él con la nariz.

—Te quiero. Cariño, cómo te amo…

Me acaricia la mejilla, clavando su intensa mirada azul en la mía. No le contesto. Tampoco me lo pide, simplemente se queda acostado a mi lado, dejando una estela de caricias en mi cuerpo desnudo. Me quedo amodorrada un rato, hasta que me despierto y me doy cuenta de que no está. Me asusto, el corazón me da vueltas en el pecho. Pero lo descubro bañándose en el mar. Lo espero sentada. Está amaneciendo. Cuando regresa, se sienta y se inclina para besarme. Recibo sus labios con necesidad, porque por unos momentos había pensado que me había abandonado otra vez.

—Tengo algo para ti, Meli —me dice mientras lo abrazo con todas mis fuerzas.

Saca una cajita de la mochila que ha traído. Abro mucho los ojos, con una tremenda agitación en el pecho. Se me queda mirando, y observo todo el amor en sus pupilas. Es para mí y, a pesar de todo, no puedo recibirlo como él querría. Acerca la cajita a mi rostro y la abre. Es un anillo con una preciosa piedra. Es pequeña y blanca, sencilla, como a mí me gustan. No es la que compré en nuestro otro intento fallido.

—He decidido que tenemos que empezar del todo, Melissa. Por eso te he comprado un anillo distinto.

Lo saca de la caja, me coge la mano y lo deposita en ella. Lo observo sin decir palabra, con el corazón revuelto.

—Yo…

—Esto no significa que tengas que decirme hoy sí. Ni siquiera el mes que viene o el siguiente. Tan sólo es para que sepas que estoy dispuesto a todo, que te espero y que quiero compartir mi vida contigo. Simplemente es una muestra de que en esta ocasión no voy a recular. Eres tú quien tiene que decidir, pero con calma.

Y sé que va en serio. Más que nada porque la vez anterior fui yo quien le pidió matrimonio. Y él me dejó plantada. Que ahora sea él quien esté entregándose a mí de esta forma quiere decir que de verdad continúa amándome.

Le permito deslizar el anillo en mi dedo. Me lo quedo mirando un buen rato. Es muy bonito. Me queda muy bien. Esbozo una sonrisa triste.

—Ni siquiera significa que tengas que decidirlo algún día, te lo aseguro. Sólo es un símbolo de lo que siento por ti. Ya veremos lo que pasa después.

Lo abrazo.

Y enrollados el uno al otro nos sorprende el amanecer.