28

Héctor? —pregunto en voz baja.

Rodeo las maletas sin comprender nada. Las manos me tiemblan aún más y por poco se me caen al suelo las llaves.

Como no me responde, lo llamo otra vez alzando la voz. Un sonido en el dormitorio me alerta. Pocos segundos después aparece en el umbral, mirándome muy serio. Tiene los ojos hinchados, señal de que ha estado llorando. Avanzo hacia él, notando una presión horrible en el estómago. Algo sucede… Algo muy malo.

—Héctor —digo con la boca seca—. ¿Qué significa eso? —Señalo las maletas.

Se queda callado unos instantes, se sorbe la nariz. Se frota los ojos y después agacha la mirada. Se apoya en el marco de la puerta, como si no pudiera sostenerse por sí mismo.

—Héctor, por favor… ¿Qué pasa? —murmuro, empezando a sentir que me falta el aire.

No. No puede ser lo que estoy pensando. No puede ser real. He vuelto a quedarme dormida en el tren y es otra pesadilla.

—Lo siento —dice en un susurro.

—¿Qué? ¿Qué sientes?

Me acerco más, pero se echa hacia atrás, impidiéndome que lo toque. Por unos instantes se me nubla la vista. También tengo que sujetarme a la pared del pasillo para no caerme. Alzo la cabeza y lo miro con los ojos muy abiertos.

—No he podido hacer más. Te juro que lo he intentado, pero no lo consigo.

—Espera, espera. Por favor, sentémonos, hablemos sobre lo que esté pasando —le pido.

—He hablado con mi psiquiatra. Opina que esto es lo mejor… y yo también lo creo.

Me quedo anonadada. Las palabras se me atragantan. No consigo decir nada, tan sólo mirarlo con expresión incrédula. No puedo creer lo que está diciendo. ¿Qué es lo que opina su psiquiatra?

—Dice que no lo superaré mientras estés a mi lado. Y… Melissa, joder, yo quería hacerlo, te prometo que quería, pero me resulta tan difícil… Te imagino a cada momento con él, hablando, riéndote, besándolo… —Le tiembla la voz.

La última palabra me sacude muy dentro porque, en verdad, hace unas horas estaba besándome con Germán. Pero no he sentido nada, no; al menos, nada de lo que me daba miedo sentir.

—Tu psiquiatra está muy equivocado —musito con voz ronca.

—También me ha contado lo de este fin de semana. —Clava sus ojos en mí y adivino en ellos un ligero reproche, aunque lo que más habita es un dolor que se me antoja infinito—. En realidad, sospechaba algo. Me parecía raro que mi madre quisiera, así de repente, llevarme al pueblo. No te culpo, Melissa. No estoy enfadado, sólo… muy cansado. Me lo habéis ocultado por mi bien, y seguramente todo está perfecto, pero… yo no lo estoy. En mi cabeza podía verte con él con tanta nitidez… Acostándote con él, disfrutando. Yo… no funciono, Melissa.

Maldigo en silencio al puto psiquiatra. ¿No se supone que lo que le contamos debe mantenerse en secreto? ¿Por qué está haciendo todo esto? ¿Por qué quiere separarnos?

—No deseaba ocultártelo, pero él me dijo que era lo mejor. E iba a explicártelo, pero luego me contaste lo del trabajo y no pude. No quería preocuparte más.

Niega con la cabeza. Ahora mismo parece muy viejo, como si hubiese vivido cientos de vidas y todas ellas terribles.

—Estoy tan agotado… Me duele todo. No puedo soportarlo. Mientras estemos juntos, seguiré recayendo una y otra vez.

—Y solo también lo harás.

—Pero no te haré daño. Si te quedas a mi lado, te destrozaré.

—Entonces, hazlo. Nos recuperaremos juntos. No quiero que sea nadie más el que me haga daño. Si tiene que hacerlo alguien, que seas tú.

—No, Melissa. Las cosas no funcionan así. Te lo dije una vez: no puedo hacerte feliz. No me permito a mí mismo serlo, ¿cómo iba a hacerlo contigo?

—¡Porque no estás luchando lo suficiente, joder! —Mis propios gritos me asustan. Héctor me mira con los ojos muy abiertos. Aprieta los labios, conteniéndose, pero yo no puedo, yo necesito descargar todo—. Estoy tratando de ayudarte… y no te dejas. Qué más tengo que hacer, ¿eh?

—Nada. No tienes que hacer nada, Melissa. Sólo irte.

—¿Qué? —Parpadeo.

—Te he preparado unas maletas con ropa. Cuando quieras pasarte a por el resto de tus cosas, si es que quieres, no me encontrarás aquí, para que puedas hacerlo con tranquilidad.

—No. No… —Niego con la cabeza una y otra vez. Me molesta esa actitud de derrota, después de todo lo que hemos pasado.

—Es lo mejor para los dos. Lo sabes.

—¡No, no lo sé! —exclamo alzando la voz de nuevo. Se lleva una mano a los labios y me ruega con la mirada que la baje, pero me siento tan mal que no puedo hacerlo. La furia y la tristeza que se están apoderando de mí son demasiado fuertes—. Sólo sé que quiero estar contigo, Héctor.

—Por favor, no me lo pongas más difícil —me pide con ojos tristes.

Me lanzo a él. Me cuelgo de su cuello, llorando, rogándole que no me deje.

—No me hagas esto… No puedo estar sin ti, Héctor, por favor. Luchemos juntos, déjame ayudarte.

Me coge de los brazos y trata de apartarme, pero me aferro a él con más fuerza. Forcejeamos hasta que consigue separarme. Lo miro con los ojos nublados por las lágrimas, jadeando, notando que me consumo a cada segundo.

—Vete, Melissa. Recupera tu vida y sé feliz.

—¡No quiero ser feliz sin ti! ¿No lo entiendes? ¿Desde cuándo eres un gilipollas?

Mi insulto le hace reaccionar. Sé que me he pasado, pero no reculo. Me observa con enfado, con el puño apretado.

—Lo soy desde que quedaste con el cabrón de tu ex —murmura, tratando de controlar la voz.

—Lo eres porque no luchas por superar aquello que te sucedió, porque me comparas cada día con ella, a pesar de que somos tan diferentes.

—¿En serio? ¿En serio lo eres?

Sus palabras me causan dolor, pero me digo que lo mejor es que se descargue y quizá, después de todo, recapacite y abandone la idea de dejarme.

—Sí. Nunca te he engañado. Y jamás lo haría. Te quiero demasiado para eso.

—Pero mi mente no me deja pensar con claridad. Me susurra una y otra vez que continúas sintiendo algo por él. ¿Lo ves? ¿Ves como no puedo hacer nada?

—¡Tú me engañaste con tu compañera, joder! —le suelto, desesperada.

—¡Eso no es cierto! ¡No me acosté con ella!

Sus gritos se unen a los míos. Parecemos dos bestias que han soltado para enfrentarse en un duelo a muerte. Así, al menos, es como me siento. Porque, después de esto, uno de los dos acabará muriendo, y estoy viendo que voy a ser yo. Nos lanzamos un reproche tras otro, nos insultamos, nos perdemos el respeto. ¿Cómo hemos podido llegar a esto?

—Te juro que te quiero, Melissa. Te amo más que a mi propia vida.

—Entonces ¿por qué te has propuesto destruir todo lo que tenemos? —pregunto llevándome las manos a la cabeza. Me limpio las lágrimas, pero no dejan de brotarme.

—Lo hago más por ti que por mí. Me doy igual. No hay nadie que me odie más que yo mismo. Pero no quiero odiarte a ti. Quiero mantenerte aquí. —Se lleva una mano al corazón—. Tal como te llevo ahora. Con un amor inmenso.

—Héctor, yo te quiero a ti. Tengo la esperanza de que puedas superarlo todo —susurro, a punto de dejarme caer.

—Yo no. —Agacha la cabeza.

Me rindo. Doblo las rodillas y me siento en el suelo, sollozando, temblando, tapándome la boca con las manos para ahogar los gritos que pugnan por salir. Se acerca, me abraza; me aferro a su cuerpo, clavándole las uñas en la espalda, intentando retenerlo junto a mí, tatuar en mi piel el tacto de la suya, el sentimiento que me inunda cuando me abraza.

—No me dejes ir… —Lloro, mojando su camisa—. Por favor, Héctor, permite que me quede contigo. Sé que he cometido errores, que son los que nos han llevado a esto, pero, te lo suplico, no me eches de tu vida.

—Lo siento. —Me coge el rostro con las manos, me limpia las lágrimas. Me da un beso en la mejilla que se me antoja como el de Judas—. Estarás mejor sin mí y sin mis locuras.

Niego con la cabeza. Cuando se levanta, me agarro a sus piernas como una histérica. Estoy humillándome, pero no me importa. Quiero quedarme con él, compartir toda mi vida, ver su sonrisa cada día, oír su voz, temblar con sus besos, vibrar con sus caricias. ¿Qué voy a hacer sin él?

—Detente, Melissa. No te hagas esto. No puedo verte así, joder. —Ladea la cara para no mirarme y se aparta.

Apoyo los codos en el suelo, sollozando, gimiendo de puro dolor. No lo perdí cuando pasó por el coma etílico, pero lo estoy haciendo ahora. Y, en cierto modo, me siento culpable. Me gustaría retroceder, no aceptar el maldito contrato de la novela, quedarnos en la noche de fin de año. Me levanto, temblorosa, abrazándome a mí misma. Me mira de soslayo.

—¿Qué opina tu madre de todo esto?

—Ella no tiene nada que ver. Lo he decidido yo.

—¡Lo ha decidido ese mierda de psiquiatra que tienes! —chillo, presa de la desesperación, sin siquiera pensar en lo que suelto—. Él te ha metido en la cabeza todas esas estúpidas ideas.

—Te lo ruego, Melissa, márchate. —Ahora suena seco, casi enfadado.

Me quedo plantada ante él unos minutos, esperando a que cambie de opinión. Simplemente no puedo creer que esto esté pasando. Por favor, Dios, haz que despierte de esta pesadilla. Pero no, es demasiado real; el dolor que me aprieta las entrañas lo es, su severa mirada lo es, las maletas que hay en la puerta lo son.

Al final desisto. Me doy la vuelta y camino hacia la puerta. Me trago las lágrimas que me quedan. Me inclino y cojo las maletas, pero de nuevo me echo a llorar y me tiro así un buen rato. Héctor no se acerca, se mantiene en su lugar, apoyado contra la pared y con los ojos cerrados como si no quisiera verme.

—Te amo —murmuro.

—¡Vete, joder! —ruge.

Me encojo. Me convierto en cientos de motas de polvo que buscan escapar de este mal sueño. Esta vez, aunque las fuerzas me flaquean, consigo sostener las maletas. Las dejo en el suelo de nuevo para abrir la puerta. Espero un minuto más… Nada, no hay palabras de regreso, no hay un «lo siento, quédate, me he equivocado». Cojo aire y salgo tan aprisa como puedo, sin mirar atrás. Pero cuando estoy cerrando, mi parte masoquista alza la mirada y se encuentra con la suya. Percibo en sus ojos el amor que siente por mí y eso todavía me provoca más dolor. Cierro, sintiendo que mi vida ha terminado con esta despedida.

Espero el ascensor en silencio, con la mirada perdida. Héctor no sale a por mí. Mientras bajo, la cabeza se me llena de sus palabras y de nuestros días juntos. Lo busco luego en el vestíbulo y no está. Mi corazón había esperado que sucediese como en las historias con final feliz, en las que el chico siempre corre en busca de la chica. Pero tampoco lo hace cuando camino hacia el coche. Alzo la cabeza, ansiando encontrarlo en la ventana, pero no. Estoy sola. Cuando me meto en el coche me siento más perdida que nunca. Me quedo un buen rato sentada ante el volante, esperando que salga y me pida que suba a nuestro hogar. No sucede nada de eso y, al final, arranco el motor.

Conduzco sin un rumbo fijo. No quiero ir a mi casa. No quiero descubrirme en la soledad. Pongo la radio con tal de no pensar en nada, pero la canción que suena me martiriza.

Love the Way You Lie, de Rihanna.

«On the first page of our story the future seemed so bright. Then this thing turned out so evil, I don’t know why I’m still surprised». («En la primera página de nuestra historia el futuro parecía ser muy brillante. Entonces, las cosas se volvieron muy malas, y ni siquiera sé por qué estoy sorprendida»).

Me pongo a llorar una vez más con las frases de Rihanna. Soy tan masoquista que no cambio de emisora, sino que me regocijo en el malestar que la canción me produce.

«But you’ll always be my hero even thought you’re lost your mind. Just gonna stand here and watch me burn. That’s alright because I like the way it hurts. Just gonna stand there and hear me cry. That’s alright because I love the way you lie». («Pero tú siempre serás mi héroe aunque hayas perdido la cabeza. Sólo vas a quedarte ahí mirando cómo me quemo. Está bien, porque me gusta cómo duele. Sólo vas a quedarte ahí escuchándome llorar. Está bien, porque amo cómo mientes»).

Detengo el coche en una explanada y suelto todos los gritos que he estado reteniendo. Golpeo el volante, ahogándome en mis propias lágrimas. Rihanna me inunda con sus palabras de dolor y se me antojan tan similares a las mías que no puedo evitar pensar que es una maldita broma del destino.

Llego a casa unas horas después, cuando me he vaciado por dentro. Subo la escalera que hacía tantos meses que había dejado atrás. A cada escalón, me parece que las maletas pesan más. Son los recuerdos que me llevo de mis días con Héctor. Al entrar en mi piso todo se me antoja irreal. Ésta no es mi casa. No quiero que éste sea mi hogar. No, no si él no está conmigo.

Dejo las maletas en la entrada. Las dejaré ahí hasta que decida regresar a por mí. Me tumbo en la cama y me paso el día mirando el techo, con las manos apoyadas en el vientre, notando cómo las lágrimas corren por mis mejillas y caen en las sábanas.

Me convenzo de que sólo es una decisión equivocada, que tengo que dejar pasar unos días, quizá unas semanas, pero que Héctor volverá.

No puedo perder la esperanza.