13
El trabajo ha sido agotador.
Lanzo el maletín a la parte trasera del coche. Una compañera me saluda desde su automóvil. Quiere que vayamos a tomar una copa, pero rechazo su propuesta. Tan sólo me apetece ir a casa, encontrarla en el sofá escuchando una pieza de Bach, con los pies apoyados en la mesita esa tan cara que mi madre me regaló y que ella tanto odia. Seguramente se habrá servido una copa de vino y un poco de queso. Tendrá los ojos cerrados y moverá la cabeza al ritmo de la melodía, perdida en cada uno de sus matices. A veces me he quedado quieto frente a ella, observándola, estudiando cada uno de sus gestos, asombrado de su perfecto rostro, de lo hermosa que es. Y no se ha dado cuenta de que estaba allí hasta al menos cinco minutos después.
Conduzco rápidamente pero con cautela. Ha empezado a llover con fuerza y no quiero tener un accidente. Sólo faltaba eso. Porque lo único que deseo es encontrarme con ella. Quizá hoy le apetezca hacer el amor, y entonces le demostraré las inmensas ganas que tengo de acariciar cada una de las partes de su precioso cuerpo.
Como no puedo pasar más tiempo sin oír su voz, decido llamarla por teléfono. Conecto el bluetooth al coche, marco su número y espero a que conteste. Sin embargo, no lo hace. Doy un vistazo rápido a la hora. Ya tendría que estar en casa desde hace rato. Segundos después salta el buzón de voz. Chasqueo la lengua. Me obligo a no inquietarme: puede estar duchándose.
Al final conduzco más deprisa de lo que quería. Casi me paso un semáforo en rojo. Freno a lo bestia, y una señora con su hijo y un paraguas enorme me mira con expresión de enfado. Alzo la mano para disculparme. Me la paso luego por el rostro, me froto los ojos. Estoy cansado. Lo único que anhelo es llegar a casa y descubrir sus labios una vez más. Y dormir a su lado, y saber que no hay nada de lo que tenga que preocuparme.
Cinco minutos después estoy metiendo el coche en el garaje. Por suerte, conecta con el edificio, así que no me mojaré. Saco el maletín y me dirijo al ascensor casi corriendo. Vuelvo a marcar su número, pero sigue sin cogerlo. Mi corazón se acelera. No puede tardar tanto en ducharse, es de esas mujeres a las que, aunque parezca raro, le gustan las duchas rápidas porque dice que se le arrugan los dedos.
Me parece que el ascensor tarda más de lo habitual. ¿Quién me mandó a mí comprar un apartamento en la última planta? Doy golpecitos en la pared con el tacón del zapato. Por un breve instante un rostro atraviesa mi mente. El miedo me atenaza. Cojo aire, lo suelto, parpadeo para deshacerme del nerviosismo.
Ya está. El ascensor ya ha llegado. Las puertas se abren. Me saco las llaves del bolsillo y abro con impaciencia. Las luces están apagadas. Todo está en silencio. ¿Dónde está? Cierro la puerta despacio. Avanzo por el pasillo, sin siquiera quitarme la chaqueta o dejar el maletín.
—¿Naima?
No hay comida preparándose en la cocina. No obstante, al asomarme al comedor descubro una botella de vino. Suspiro. Quizá ha salido a comprar algún ingrediente o algo que le hace falta. Pero entonces, cuando voy a marcharme, aprecio algo. Algo que me deja la boca seca. No hay una copa sobre la mesa, sino dos.
Me lanzo a la carrera hacia la habitación. Y antes de llegar, ya puedo oír las risas y los gemidos. Por mi cabeza sólo pasan insultos, palabras, reproches. En mi casa. En mi propia casa.
Abro la puerta de golpe, sorprendiéndolos. Ni siquiera se dan cuenta de que lo he hecho. Ella está encima de él, meneando las caderas, carcajeándose, moviéndose como no lo hace conmigo. A él no lo veo, pero sus manos en la cintura de la mujer que amo me llevan a perder la poca cordura que me queda.
—¡Naima! —la llamo casi gritando.
Se detiene. Su espléndido cabello oscuro, largo y ondulado, le cae por el rostro cuando se vuelve lentamente. Y entonces me doy cuenta de que en realidad no es Naima. Es Melissa. Su sonrisa inocente se ha convertido en la más lujuriosa que he visto jamás. No puedo articular palabra. Abro la boca, pero no sale ningún sonido. Se me cae el maletín al suelo cuando ella me hace un gesto con el dedo para que me acerque. Niego con la cabeza, aturdido, asustado.
—Únete, mi amor. Disfruta con nosotros. No seas «aburrido». —Se ríe al pronunciar de manera burlona el apelativo cariñoso que uso con ella.
Y entonces sí. El grito escapa de mi garganta.
Me incorporo en la cama sobresaltado. Tengo el cuerpo empapado en sudor. El corazón me golpea contra el pecho con una fuerza inaudita. Vuelvo la cabeza y la descubro profundamente dormida. No se ha enterado de mi pesadilla. Cojo el reloj de la mesilla: las cinco y media de la mañana. Dentro de un rato tendré que levantarme para ir a trabajar, pero, de todas formas, sé que ya no podré conciliar el sueño de nuevo.
El corazón no se me detiene, sino que cada vez corre más rápido. El sudor continúa saliendo por cada uno de los poros de mi piel. Me noto asustado, nervioso, ansioso. Sé lo que necesito. Sé lo que me ayudará a olvidar el horrible sueño que he tenido. No debería hacerlo, pero es lo único que me calma, a pesar de que en alguna ocasión me incita a tener pensamientos demasiado oscuros. Quizá esta pesadilla se deba al medicamento; aun así, no puedo dejarlo.
Me levanto intentando no hacer ruido para no despertarla. Anoche por poco me descubre. La próxima vez ya no conseguiré ocultárselo, así que no debe enterarse. Me digo a mí mismo que es sólo temporal, para calmar la inquietud que se ha apoderado de mí últimamente y que ha empeorado con la aparición de su ex.
Le he asegurado que estoy tranquilo, que confío en ella, que no estoy celoso. En realidad, ni siquiera entiendo cómo me siento. Es el miedo que se acerca muy despacito, ese que me abrazó tiempo atrás y que se negó a soltarme durante tantas noches. Y no quiero que se instale en la paz de esta casa. Tengo que aguantar porque lo que le está ocurriendo a Melissa es bueno. Pero no soy capaz de hacerlo sin las pastillas.
Una vez en el cuarto de baño, rebusco en el cajón. Ella no toca mis cosas, así que puedo estar tranquilo. Además, las he escondido bien para que no las encuentre. Aunque quizá deba cambiarlas de sitio porque puede que empiece a sospechar después de lo de anoche.
Saco el botecito, lo contemplo bajo la luz. Fluoxetina. Sólo un paliativo para el dolor, para la ansiedad. No hay nada de malo en ello aunque no me lo haya recetado el médico. Tenía un par de frascos guardados, por si alguna vez debía recurrir a ellas otra vez. Me echo una en la boca y abro el grifo para beber. Trago un sorbo de agua con los ojos cerrados. Hoy en el trabajo me sentiré un poco atontado, pero, por suerte, no tengo ninguna reunión. Estaré encerrado en el despacho tan campante, hablando conmigo mismo, convenciéndome de que todo va bien. Porque Melissa me ha dicho que no tengo nada que temer. Y confío en ella. Aunque, en el fondo, hay algo en su mirada que me ha hecho retroceder.
Regreso al dormitorio. Cuando me estoy acostando, se remueve. Me pasa la mano por el pecho.
—¿Qué hora es? —murmura adormilada.
—Para ti aún es pronto.
—¿Dónde estabas?
—En el baño.
Suelta un suspiro y vuelve a quedarse dormida. La luz del amanecer empieza a filtrarse por las rendijas de la persiana. Contemplo su rostro sereno, tan hermoso, tan especial, tan inocente. Recuerdo el sueño y el estómago se me encoge. Me obligo a apartarlo de mi mente. Ella no es así. No es Naima. Yo mismo se lo dije. Se cortó el pelo por mí, por ella, para que estuviésemos bien.
Pero él… ha vuelto a su vida. Y no me fío. No puedo más que temer.
Viernes. Los adoro. La oficina está en calma. Tengo todas las correcciones terminadas. Me dirijo a la sala del café para tomarme uno muy cargado porque no he dormido bien. Desde hace un par de días Héctor se agita aún más en la cama, a veces murmura palabras que no logro entender. Después se levanta y va al baño. Ni siquiera oigo la cadena, y regresa enseguida. Me pregunto qué hace allí, pero no me atrevo a comentárselo porque temo su respuesta.
—¡Mel! —Dania y otro compañero se encuentran en la sala.
—Hola —saludo, seca. No es que esté enfadada con ella, pero su actitud hacia Aarón y hacia mi hermana tampoco me gustó.
—¿Salimos esta noche un rato? —me pregunta cuando el otro se ha ido.
Al final me sirvo una taza de café con leche y luego me vuelvo hacia ella negando con la cabeza.
—Quiero invitar a Héctor a cenar. Últimamente trabaja mucho y pasamos juntos poco tiempo. Me apetece hacer algo a solas con él.
—Entonces creo que llamaré a alguien —dice pensativa. Me mira con sus enormes ojos—. ¿Crees que Aarón estará disponible?
La reprendo con la mirada. Suelto un suspiro al tiempo que encojo los hombros.
—Ni idea. Pregúntale a ver —contesto, imaginando que quizá haya quedado con mi hermana, quién sabe. No he hablado con ella desde que les conté que me publicarán la novela; me siento un poco avergonzada, aunque no sé muy bien por qué.
Ana se ha mudado al otro apartamento que encontró mientras Félix y ella están en ese bache. Le dije que se quedara con nuestros padres, que así se ahorraba dinero, pero no ha querido y, aunque Félix le comentó que si prefería podía marcharse él del piso en el que vivían, ella se negó alegando que le traería malos recuerdos.
—Me vuelvo al despacho, que quiero terminar unas cosillas.
Dania asiente, me detiene y me planta un besazo en la mejilla. Le sonrío de manera abierta. Una vez ante mi mesa, me pongo con las revisiones de la novela que Germán me envió. Hay algunos asuntos que me gustaría debatir con él, pero lo cierto es que no quiero llamarlo, así que decido escribirle un correo exponiéndole todas mis dudas. Pocos minutos después recibo su respuesta, mucho más amistosa que la mía.
De: germanm@editorlumeria.com
Asunto: Preguntona
Sigues tan inquieta e indecisa como siempre. En un solo correo me has hecho más de diez preguntas. Tranquila, que esta noche podrán contestártelas todas.
Tienes cena con la editora jefe.
Apunta la dirección del restaurante: Ringo. Avenida de la Hispanidad, n.º 11. A las nueve.
Germán
P. D.: Se me ha hecho larga la espera hasta recibir un correo tuyo. Aunque aguardaba una llamada.
Releo el texto. ¿Por qué utiliza ese tono —no puedo oírlo, pero me lo imagino— amigable? Como si nos conociéramos de toda la vida… Tras pensar en esto, me echo a reír. En realidad, sí nos conocemos desde hace mucho. Aun así, no creo que sea correcto que me escriba un email tan cariñoso, sobre todo por esa posdata… No me apetece cenar con la editora, pero supongo que no tengo otra opción. Me sabe mal dejar solo a Héctor, aunque quizá él pueda quedar con Aarón.
De: melissapolanco@gmail.com
Asunto: Yo preguntona y tú inoportuno
Hola de nuevo, Germán:
Me fastidias los planes que tenía para hoy, pero supongo que no puedo rechazar la cena. ¿Acaso la editora ha decidido cambiar de opinión y trabajar conmigo? No sabes cómo me alegraría eso.
Mel
P. D.: Pues a mí no se me ha hecho nada larga, y te he escrito por obligación. Cuanto más lejos… ¡mejor!
De: germanm@editorlumeria.com
Asunto: ¡Auch! Menuda tigresa
Querida Meli:
¿Te noto un poco susceptible?
La editora no ha cambiado de opinión (tampoco tiene tiempo para trabajar con vosotros, los autores), pero quiere conocerte porque tu novela le fascina. Eso, y que tiene ganas de hablar de la promoción, que es lo que le interesa.
Así que tenías plan para esta noche… Estás muy fiestera últimamente, ¿no?
Germán
P. D.: ¿En serio? ¿Lejos?
P. D. 2: No lo creo.
Parpadeo, con la boca abierta. ¿Acoso está intentando tontear conmigo el gilipollas este? No, no, supongo que lo que quiere es hacerme rabiar, que eso también se le ha dado muy bien siempre. El último email que le escribo:
De: melissapolanco@gmail.com
Asunto: Hay ciertas personas que despiertan susceptibilidad…
Estimado (no te tomes esto muy en serio, tan sólo es una fórmula de cortesía) Germán:
«Susceptible» no es la palabra adecuada, pero te dejo que la pienses y cuando creas que la sabes, me lo dices.
Pues sí, tenía planes, y yo siempre he sido fiestera. Tú también lo eras hasta que te convertiste en un abuelo regañón, ¿recuerdas?
Di a tu jefa que a las nueve menos cinco estaré allí.
Melissa
P. D.: Muy lejos, tanto que parezca que no existes.
P. D. 2: Ése es tu problema, que nunca crees nada.
Voy a cerrar el correo cuando oigo un nuevo pitido. Una nueva respuesta suya.
De: germanm@editorlumeria.com
Asunto: Porque todo es igual y tú lo sabes…
¿Recuerdas el inicio de ese poema de Luis Rosales? ¡Fíjate, nada ha cambiado! Yo te chincho y tú te molestas.
Ok. Se lo diré.
Germán
P. D.: Sí creo. Creo, por ejemplo, en lo divertida e ingeniosa que sigues siendo.
Suelto un bufido. No pienso contestarle más, que ya se está pasando con tantas confianzas. No puedo dejar que crea que va a volver a ser mi amigo. Apago el ordenador, decidida a no encenderlo al menos hasta que regrese de la pausa de la comida. Cojo el monedero y salgo del despacho en busca de Dania, pero no la encuentro por ninguna parte, así que decido ir sola a la cafetería. En el ascensor escribo un whatsapp a Héctor (sí, no me atrevo a llamarlo, ¿qué pasa?).
Cariño, tengo cena con la editora. A lo mejor al final podré trabajar con ella, ¿qué te parece? Y tú, ¿vas a trabajar hasta muy tarde hoy? Podrías quedar con Aarón. Un beso.
Vale, le he dicho una mentirijilla, pero prefiero que esté tranquilo… aunque realmente no sé si lo estará, ya que tal vez piense que voy a cenar con Germán.
En la cafetería hay un par de compañeros, pero me gusta más sentarme sola. Me pido mi habitual bocadillo de tortilla de patatas y me dirijo con él y una Coca-Cola a la mesa del fondo. Doy un par de mordiscos al bocata, esperando una respuesta que no llega. Decido llamarlo, pero su móvil comunica. ¿Me habrá hecho caso y estará hablando con Aarón? ¡Pues podría haberme contestado antes a mí! Estoy tomándome el café cuando mi móvil vibra sobre la mesa.
De acuerdo. Llamaré a Aarón a ver si quiere ir al cine.
No me ha enviado un beso, ni me ha dicho «mi amor» o «te quiero» como es habitual en él. Quizá debería llamarlo otra vez, pero puede que esté en una reunión o acompañado por alguien. Al final no lo hago, me termino el café y regreso al despacho. Reviso el correo de la empresa por si me han enviado alguna corrección de última hora, pero todo sigue en orden. Me decido a retocar la novela el resto de la tarde. Mañana o pasado podré enviársela a Germán.
A las siete salgo del trabajo, conduzco hasta casa con nerviosismo. ¿Y si Héctor ha salido antes y está esperándome para interrogarme o algo peor? Encuentro una plaza casi debajo de casa. No he pagado para tener una en el aparcamiento del edificio porque, al fin y al cabo, no soy la propietaria del piso.
Todo está en silencio cuando entro. No ha llegado. Tiro el bolso de cualquier manera y, por el pasillo, voy quitándome la ropa para meterme en la ducha. A las ocho y media ya estoy perfecta. «Pero ¿cómo he tardado tanto?», pienso mientras me calzo unos zapatos que no tienen demasiado tacón. Ahora tendré que ir un poco más aprisa de lo planeado.
Pillo un atasco en la carretera. ¿Adónde va toda esta gente un viernes a estas horas? Yo que pretendía llegar antes de la hora y, entre buscar aparcamiento y todo, llegaré con diez minutos de retraso. ¿Qué va a pensar la editora de mí?
Salgo del coche y corro por la calle tratando de que no se me tuerzan los tobillos. Ni siquiera echo un vistazo al restaurante. Abro la puerta como una loca. Uno de los camareros me pregunta si tengo reserva, le doy mi nombre y el de la editora, y me indica que lo siga. Me fijo en que se trata de un restaurante con aspecto romántico. Velitas por todas partes, iluminación tenue, flores en las mesas… Pero ¿qué…?
El camarero me lleva hasta una mesa a la que está sentado Germán.
Solo.