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En cuanto entramos en el local de Aarón, la música ensordecedora nos aturde. Hay un montón de personas bailando en la pista, bebiendo junto a la barra o charlando en los reservados. Es allí adonde Héctor y yo nos dirigimos. Decidimos que celebrar el cumpleaños de Félix en el Dreams era la mejor opción, pues cada vez está más de moda. Además, Dania y yo queríamos fiesta de la buena.

—Cuánta gente hay, ¿no? —pregunto chillando para que Héctor pueda oírme.

—¡Aarón sabe lo que se hace! —grita él, agarrándome de la cintura y pegándose a mi oreja.

Mientras avanzamos a duras penas por el atestado local, el DJ pincha Dark Horse de Katy Perry y la multitud parece enloquecer. Unos silban, otros gritan y las mujeres con sus escuetas faldas y sus atrevidos escotes empiezan a contonearse de manera provocativa. «I knew you were… You were gonna come to me. And here you are, but you better choose carefully». («Yo sabía que ibas a venir a mí. Y aquí estás, pero mejor elige con cuidado»).

De inmediato me entran ganas de bailar, así que camino sacudiendo el cuerpo. Héctor se pega a mí y empieza a moverse también. Sé que no le gusta mucho este tipo de música, ya me lo advirtió al comienzo de nuestra relación, pero hemos llegado a un acuerdo: yo lo acompaño a sus conciertos de música clásica siempre y cuando vengamos al Dreams un par de veces al mes y bailemos.

—¡Eeeh! —oigo en este momento.

Busco entre la multitud y enseguida me topo con los ojazos de Aarón, su exótico rostro y su cuerpo perfecto. Va vestido de manera informal pero sexy, con un atuendo ibicenco blanco que le queda sensacional y contrasta con su tono moreno de piel. Al llegar hasta nosotros me coge de la cintura y me planta un sonoro beso en la mejilla. Alarga una mano y la choca con Héctor. Siempre sonrío cuando los veo tan compenetrados… Con las dudas que tuve acerca de que pudieran llevarse bien. ¡Cuánto nos equivocamos a veces!

—Vamos, nena, quiero ver cómo lo das todo en la pista —me dice a la oreja.

Me echo a reír. Me aferro a sus hombros al tiempo que me coge de la cintura y nos ponemos a bailar al ritmo de la música de Katy Perry. «Make me your Aphrodite. Make me your one and only. But don’t make me your enemy». («Hazme tu Afrodita. Hazme la única. Pero no me conviertas en tu enemiga»). Me arrima a su cuerpo y ambos nos movemos de manera muy sensual. La verdad es que Aarón parece un dios bailando, para qué mentir. No quiero que Héctor se sienta desplazado, así que lo cojo de la mano y hago que se sitúe detrás de mí. Posa también sus manos en mi cadera. No puedo evitar pensar que estoy en medio de dos tíos potentísimos. ¡Pero qué suerte tengo, leches!

—Eso es, Mel, sedúcenos —grita Aarón riéndose.

Restriego el trasero contra el vientre de Héctor. Oigo su respiración en mi cuello. Lanzo una mirada a Aarón, y él me devuelve un guiño. Alzo los brazos y sacudo las caderas al tiempo que canto:

—«So you wanna play with magic? Boy, you should know what you’re fallin’ for».

—«Baby, do you dare to do this? ’Cause I’m comin’ at you like a dark horse» —me acompaña Aarón. Pues sí, él es un perfecto semental. Me río de mi propia ocurrencia.

—¿No estarán esperándonos los demás? —pregunta Héctor a mi espalda.

—¡No seas aguafiestas! —grito sin dejar de bailar.

—«Are you ready for? Ready for? A perfect storm, perfect storm…». —Otra voz conocida.

Esta vez es Dania quien se acerca a nosotros bailando como sólo ella sabe. Está totalmente rompedora con su vestido rojo ceñido, su cabello de fuego y largo hasta la cintura revuelto y sus tacones de vértigo. Se pone a mi lado y me agarra para que bailemos juntas.

—¡Ya era hora de que llegarais, coño! —exclama con su acostumbrado vocabulario de camionera.

Al cabo de unos segundos, Aarón la coge y le da la vuelta. Ella pasa una mano por su nuca y lo atrae para darle un pedazo de morreo. Siempre se muestran igual de calientes. Pero la verdad es que no me sorprende ni un poquito. Cada vez que están cerca saltan chispas. Aarón y Dania continúan saliendo, casi desde que Héctor y yo empezamos a hacerlo. Sorprendente, ¿no? Al final me he acostumbrado. A ambos se les ve felices y, aunque no sé si lo suyo llegará muy lejos, tal como son, sé que de momento les va bien y eso es lo importante.

—¿Dónde está mi hermana? —pregunto minutos después, cuando la canción se ha acabado.

—¡Imagino que en el reservado! —exclama Dania agarrándome de la mano para ayudarme a avanzar entre la multitud.

Nos dirigimos hacia allí. Por esa zona hay menos gente, ya que es exclusiva para aquellos que pagan. Evidentemente, nosotros la disfrutamos gratis. Está separada del resto del local por unas mamparas de cristal que la insonorizan, así que se puede charlar y oír a la perfección lo que el otro dice. Aarón tuvo una gran idea porque en la mayoría de los locales a los que he ido, las dos zonas estaban conectadas y era imposible hablar con tranquilidad.

Distingo a lo lejos la melena rubia de mi hermana. ¡Ya era hora de que nos viéramos! Hacía ya un mes que… ¡nada! Ana tiene más trabajo que de costumbre y además se ha mostrado un tanto reservada conmigo, y eso que siempre me lo contaba todo. Hoy voy a preguntarle si sucede algo entre Félix y ella, porque las últimas veces que hemos hablado no me ha parecido tan animada.

Mientras pienso en ello, Aarón nos abre la puerta de cristal para que pasemos.

—¡Ana! —la llamo, ya que está hablando muy seria con su pareja.

Se vuelve, se levanta de un salto y abre los brazos. Corro hacia ella y me lanzo contra su delgado cuerpo. Me estrecha con fuerza y me balancea de un lado a otro. Cuando Germán y yo salíamos juntos, lo cierto es que en ocasiones la odiaba, para qué mentir. Sin embargo, jamás pude vivir sin ella. Ana y yo tenemos ese estrecho vínculo entre hermanas que ni el tiempo que pase o los problemas que tengamos podrá romper.

—¿Cómo estás, cielo? —me pregunta, separándome un poco para echarme un vistazo—. Vaya, cada día más guapa. Eso quiere decir que Héctor te cuida muy bien.

—La verdad es que no puedo quejarme, nada de nada —afirmo.

A continuación doy dos besos y un abrazo a Félix, su pareja. A él tampoco le hace mucha gracia venir a estos lugares, pero ha accedido porque, en realidad, soy su cuñada favorita y porque le dije que podría hablar de fútbol con Héctor y Aarón.

—Félix, ¡ya era hora! Apenas se te ve el pelo —le digo con una sonrisa.

—Ya sabes, demasiado trabajo. Pero en dos semanas pillamos vacaciones. Tu hermana y yo nos vamos de viaje a Cancún —me informa.

—¡Joder, Ana! Qué suerte —contestó riéndome.

El novio de mi hermana es bastante atractivo aunque, eso sí, aburrido de cojones. Para que luego digan que yo lo soy. Tiene otras virtudes como que es atento, cariñoso, dulce, amable, respetuoso, inteligente… Vamos, es una maravilla, el hombre diez que todas querríamos. Pero que hay que moverlo con una grúa cuando hay algo divertido que hacer. Y menos mal que Ana supo contagiarle su amor por la naturaleza porque, de no haberlo hecho, creo que en estos momentos no estarían juntos.

—Héctor, ¿cómo estás, cielo? —Ana se asoma por mi hombro para ver a mi novio. Pero entonces posa los ojos en Aarón y aprecio la sorpresa en ellos. No sé si está pensando que se da un aire a quien ya sabemos o que está para comérselo. Me fijo en que él enarca una ceja; aun así, el muy atrevido no aparta la mirada de mi hermana.

—Bien, Ana. ¿Y tú? —Héctor se adelanta. Se inclina sobre ella y, como es habitual en él, la coge de la nuca y le planta dos besos. Y mi hermana se derrite durante unos segundos—. Has rejuvenecido desde la última vez que nos vimos. ¡Si pareces tú la hermana pequeña!

—Tío… ¿Te quedaste en el siglo dieciocho? —Aarón lo interrumpe con una risita.

Mi novio arquea una ceja. Yo me tapo la boca para no reír porque, en el fondo, es verdad que esos truquillos tienen más años que el propio Héctor y se han quedado obsoletos. Me imagino que a él lo que se le da bien es ir a lo duro, y no comportarse como un galán de novela decimonónica. Tras el saludo a mi hermana, Héctor se vuelve hacia Félix, y le da la mano y una palmadita en el hombro.

—Felicidades. Y ¡encantado! —le dice con esa sonrisa tremenda con la que hace negocios y se gana a todos. ¡Ya tocaba que se conocieran después de casi cuatro meses!

Al final, Félix también se rinde al encanto de Héctor y, tras las presentaciones, ambos están hablando muy emocionados sobre un concierto de música clásica que se estrenará dentro de unas semanas. Dania, Ana y yo hablamos de nuestras conquistas, por supuesto. Aarón tiene las orejas puestas entre la conversación de los hombres y la de las mujeres.

—Pues aquí donde la ves —dice Dania señalándome con una de sus larguísimas y perfectas uñas—, tu hermana es una tía muy exitosa entre la especie masculina.

La miro con mala cara. Pero ¿por qué siempre le da por cotillear de mí?

—¿Ah, sí? —Ana arruga el ceño sin comprender.

—Se ha tirado a los dos. —Hace un gesto con la barbilla hacia Aarón.

Chasqueo la lengua y le doy un golpecito en el antebrazo. Ana no está acostumbrada a estas conversaciones. Sus amigas son mucho más recatadas. Charlan sobre los vestidos que llevaron en su boda y sobre los bebés que tienen o tendrán. Pero por nada del mundo querría yo ahora esa conversación. Prefiero la subidita de tono de Dania.

—Eso es cierto, ¿Mel? —Mi hermana se dirige a mí con el susto en todo el rostro—. ¿Al final lo hiciste?

—Pues sí… —respondo encogiéndome de hombros, un tanto tímida.

Ana vuelve la cabeza hacia Aarón y después se queda mirando a Héctor. Esboza una sonrisita.

—¡Qué morro tienes, hermanita! —exclama—. Están para comérselos y no dejar ni una miga.

Me echo a reír. Dania da una palmada y suelta un gritito. Jamás habría pensado que Ana diría algo así. Si es que Héctor y Aarón revolucionan a cualquiera. En ese momento, este último se levanta y se acerca a nosotras.

—¿Queréis tomar algo, señoritas? —nos pregunta, dedicándonos la más radiante de sus sonrisas—. Por supuesto, invita la casa.

—Tráeme un gin-tonic —se adelanta Dania.

—A mí lo mismo —digo.

Nos quedamos mirando a Ana; parece sentirse un poco acorralada.

—¿Una Fanta de naranja? —Se encoge de hombros.

—¡Vamos, Anita! ¡Suéltate esa melena! —Dania la abraza por los hombros y a continuación le grita a Aarón—: ¡Tráele uno de esos cócteles nuevos que están teniendo tanto éxito!

—Pero ¿qué lleva…? —Mi hermana me mira asustada.

—Tranquila, guapa. Lo que lleva va a hacer que esta noche le des mucho mambo a tu chico. —Dania le estampa un sonoro beso en la mejilla, a lo que Ana no sabe cómo responder. La miro, indicándole con un gesto que Dania siempre es así.

Me vuelvo hacia Félix y Héctor, quien se da cuenta de que estoy observándolos y me dedica una sonrisa. Se la devuelvo. Cada vez que me sonríe así, el estómago me hace cosquillas. Reconozco que, poco a poco, estoy sintiendo mucho por él. Casi tanto como… Bueno, ni hablar, no voy a hacer comparaciones porque esto es diferente. Con Héctor puedo ser yo misma porque me ha conocido de todas las maneras posibles, y realmente me gusta que podamos tener una relación tan franca.

—¡Mel! —chilla Dania. Me doy la vuelta hacia ella y veo que está agitando la mano—. Chica, a ver si me escuchas, que te estoy hablando.

—Dime.

—Le decía a tu hermana que Aarón la tiene enorme. —Separa las manos para dejarnos claro el tamaño, aunque ya lo sé. Ana tiene los ojos muy abiertos—. Podrías haberme avisado después de que te lo tiraras… porque te juro que las primeras veces me costaba andar. No sé cómo pudiste venir al despacho tan fresca aquella vez.

—Será que estaba acostumbrada a la de Héctor —bromeo guiñándole un ojo.

Mi amiga suelta una carcajada y luego se dirige a Ana.

—¿Y Félix? ¿Qué tal la tiene? ¿Cómo es en la cama? —A Dania le encanta cotillear con cualquiera sobre intimidades de alcoba.

—Pues… Bueno, no sé… ¿Normalito?

—¿Normalito? ¡No me lo creo! —Dania ladea la cabeza en dirección a Félix, el cual charla muy animado con mi novio—. Con sus gafitas, su camisa y su pelo engominado parece un chico muy decente, pero ésos son los peores. Estoy segura de que te da una caña tremenda.

Ana me mira sin saber qué contestar. En realidad sé que sus relaciones sexuales no son demasiado buenas. Félix es muy tradicional y no le gusta variar: en la cama, postura del misionero, diez minutos y después a dormir. Pero mi hermana nunca se ha quejado porque imagino que se ha acostumbrado a él.

—¡Aquí tienen sus bebidas, señoritas!

Aarón ha aparecido con nuestras copas. Nos las ofrece y vuelve a dejarnos a solas para ir a por las de los chicos.

Dania da un largo trago a su gin-tonic. Mi hermana observa con preocupación su cóctel, que es de color rosáceo y está decorado con una sombrillita. Tiene buena pinta. Estiro una mano para que me lo acerque y bebo un sorbito. ¡Está riquísimo!

—Anda, prueba, que está bien bueno. —Le devuelvo su copa y ella, por fin, da un traguito con la pajita—. ¿Te gusta?

—Está bien —contesta. Pero advierto en sus ojos que le ha encantado.

Después de dos horas y unas cuantas copas —mi hermana es la que más ha bebido, si es que ya sabía que aquí pasa algo—, nos encontramos los seis en círculo charlando de todo y riéndonos sin parar. Félix se ha integrado muy bien con Aarón y Héctor, y eso es algo que me encanta porque así, cada vez que mi Ana me visite, podremos salir en parejitas.

—Bueno, hermanita… —Se inclina hacia delante, observándome con los ojos entrecerrados. Antes de continuar, sorbe de la pajita. No puedo evitar reírme. Incluso Félix, que es tan serio, tiene una sonrisa en su cara que, seguramente, se debe a las cervezas que se ha tomado—. ¿Cuándo vais a casaros Héctor y tú?

Me vuelvo hacia él con los ojos muy abiertos. Se encoge de hombros, pero está riéndose. Centro mi atención otra vez en Ana. ¡Sabe mejor que nadie que no debe hablarme de bodas!

—Ana, sólo llevamos juntos unos pocos meses.

—¿Y qué? Si se está enamorado, el tiempo da igual —responde.

—Pues entonces cásate tú, que llevas más que yo —le contesto, un poco molesta. Ana ni se da cuenta.

—En realidad, lo estamos pensando —interviene Félix en ese momento.

—¿Qué? —pregunto, desconcertada.

—Es que… tu hermana ha tenido un retraso.

Todos nos miramos asustados. Antes de que pueda continuar empinando el codo, le quito la copa de las manos.

—¡Insensata! Quizá estás embarazada… ¡y te pones a beber como una loca! —le chillo.

—¡No pasa nada! Si lo estoy, será de muy poquito… —Apoya los codos en la mesa y nos mira uno a uno—. Era un secreto, pero Félix no puede mantener la boca cerrada. No sé si lo estoy o no, quería explicártelo cuando lo supiese de verdad.

Dania chasca la lengua y le da un abrazo, ya que está a su lado. Me pregunto cómo es posible que tenga un retraso. Ana toma la píldora desde hace muchos años y sé que Félix jamás querría tener un bebé antes de estar casados. ¿Qué habrá sucedido? ¿Estará ocultándome algo? Tiene que ponerme al corriente de todo pero a la de ya. La miro con los ojos entornados, un poco enfadada.

—Tengo que ir al baño… o me estallará la vejiga —dice en ese momento.

Su comentario me viene a la perfección. Pongo la excusa de que está borracha y es mejor que la acompañe. Dania se ofrece también, pero le digo que puede quedarse con los chicos, a lo que ella accede encantada.

Conduzco a mi hermana por el atestado local. Nos dan algún que otro codazo, e intento protegerle la barriga como si estuviese ya de ocho meses. Ana va dedicando sonrisas a todo el mundo. Una vez que llegamos al aseo, dejo que entre sola en el retrete y me quedo esperándola fuera.

—¿Hay algo que tengas que contarme, Ana?

El pis se le corta. Aguardo su respuesta, pero ella continúa en su quehacer. Segundos después, oigo que rasga el papel y, acto seguido, sale por fin. Se acerca al lavamanos y se mira en el espejo. Me fijo en que está haciendo pucheros. Y entonces me abraza con fuerza y se echa a llorar.

—¡A Félix y a mí no nos va nada bien!

—¿Qué? Pero ¿qué sucede? —pregunto asustada, aunque me olía algo.

—Estábamos de perlas, pero… de repente… un día… —Se sorbe los mocos, sin apenas poder respirar. Le doy unas palmaditas en la espalda para que se calme—. Yo empecé a pensar en otros hombres, ¿sabes? En cómo sería acostarme con ellos o cómo sería mi vida si no estuviera con Félix.

—Ana, ¿y qué? —Pongo los ojos en blanco—. Todos, alguna vez, fantaseamos con otras personas. Está en nuestra naturaleza, pero no significa nada.

Alza la cara y me mira con los churretones de maquillaje deslizándose por sus mejillas. Casi me atraganto.

—No me digas que tú…

—¡No, no! —niega. La dejo un momento y voy a por un trozo de papel higiénico. Mientras le limpio el rostro con él, ella continúa contándome—. Es que a raíz de eso me volví un poco desconfiada, y me dio por cavilar que si yo me sentía así, Félix también. Y comencé a controlarlo, me obsesioné con la idea de que se veía con otras mujeres.

—Félix no haría eso. Antes te lo contaría. —Le quito una pestaña de la nariz.

—Lo sé, pero mira… Me puse como una loca una noche en que llegó más tarde de lo habitual. —Deja escapar una risa amarga—. Discutimos y nos dijimos de todo.

—Es normal que os suceda algo así. —Intento animarla—. Lleváis juntos mucho tiempo y, bueno, supongo que uno cae en la monotonía de la relación. De todos modos se puede salir, lo sabes.

—Mel… Fui tonta. Estuve a punto de acabar con él, pero me dijo que haría lo que yo quisiera. Y entonces le pedí que tuviéramos un hijo. —Suelta otro sollozo. Se lleva el papel a la nariz y se suena de manera estruendosa—. Pensaba que podría salvar la relación, pero ahora no sé si lo quiero.

—No adelantes acontecimientos. —Le acaricio el sedoso pelo, tan diferente del mío, que casi siempre está encrespado—. A lo mejor ni siquiera estás embarazada. Y además, te ayudaré en todo, pase lo que pase. ¿Vale? Vamos a salir juntas de esto.

Ana sonríe y, al cabo de unos minutos, se ha calmado. Se echa agua en la cara y en la nuca, a ver si así se le pasa un poco la borrachera. Le dejo maquillaje para que no se note que ha estado llorando.

—Se te ve tan bien con Héctor… —dice cuando estamos a punto de salir del baño—. ¿Crees que estás enamorada?

—Es muy posible —contesto con una sonrisa.

—Eso sería fantástico, Mel. —Ana me acaricia el brazo.

—Lo sé.

La música y la gente nos rodean una vez más. Todos bailan al ritmo de John Newman y su Love Me Again. Cojo a mi hermana por las caderas para que se mueva un poquito y se anime.

—¡Creo que iré a la barra a por un botellín de agua! —me grita al oído.

—¡Te acompaño!

Empujamos a unos y a otros para abrirnos paso. Y cuando casi estamos llegando, veo su espalda. La reconozco a la perfección. Dormí sobre ella demasiadas veces y me aprendí sus músculos de memoria. Niego con la cabeza, convenciéndome de que he bebido mucho. Mi hermana tira de mí, sin comprender qué ocurre.

Y entonces se ladea y puedo ver su perfil.

El corazón me da un tremendo brinco en el pecho.