22
Héctor coge la baja, pero tengo que continuar acudiendo a mi trabajo, así que son sus padres los que se quedan con él las horas en las que no puedo estar en casa. Los primeros días intenta sonreír y, en cierto modo, lo consigue. La cuestión es que también se siente arrepentido y, debido a ello, su actitud conmigo es diferente. Sé que me quiere, pero lo que ha hecho lo avergüenza.
Al final accede a acudir al psiquiatra. La tabarra de su madre ha dado resultados. La tarde que regresan de la consulta está muy agobiado y de mal humor. Le han reducido la dosis. Teresa se dedica a buscar pastillas por toda la casa, a registrar cada rincón, hasta los más inesperados o extraños. Le encuentra un frasco en la guantera del coche. A mí jamás se me habría ocurrido buscar ahí y, de todos modos, me mantengo al margen. Siento que estoy irrumpiendo en un espacio al que todavía no pertenezco.
Héctor le habla mal, se comporta con ella de forma irrespetuosa, le grita que no confía en él, que siempre ha pensado que es un cobarde, un cero a la izquierda, un hombre que no sabe cuidar de sí mismo. Discute con ella a voces. Estoy en el despacho intentando avanzar con mi siguiente novela, pero sus gritos impiden que me concentre. Llegan los insultos. No sé cómo su madre puede aguantarlo, yo ya me habría ido corriendo deshecha en llanto. Sin embargo, ella se mantiene firme, es capaz de hablar con serenidad, no le levanta la voz ni por un momento.
Luego pasan al tema de Naima y mi dolor e inquietud se acrecientan. Héctor acusa a Teresa de no haberla soportado jamás. Ella responde que siempre pensó que era una mala persona y que en sus acciones tiene la respuesta. Discuten, discuten y discuten. Apago el ordenador, me toqueteo el pelo y, sin poder contenerme más, lloro. Sólo estamos en la primera semana. ¿Va a durar mucho?
Durante la segunda Héctor sólo piensa en dormir. Le han cambiado las pastillas y las nuevas le provocan sueño. Cuando regreso del trabajo, habitualmente está en la cama, así que apenas lo veo. Su madre me espera siempre, a veces es su padre quien ocupa su lugar, pero como trabaja a tiempo parcial, no puede acudir todos los días. Ella y yo nos sentamos en el sofá con té, café o simplemente con las manos vacías. Algún día hablamos sobre la situación, aunque los más nos quedamos calladas, apoyándonos con nuestro silencio.
—El psiquiatra dice que con estas pastillas estará mejor. Desaparecerán esos pensamientos terribles que tenía con las otras —me informa Teresa con una sonrisa cansada.
Acuden a la consulta dos veces por semana. Por mucho que ella lo afirme, a mí no me parece que mejore. Siempre que vuelven a casa después de la sesión, el enfado de Héctor es palpable. Le pregunto cómo se encuentra, pero me contesta con simples monosílabos o con gruñidos. Y su madre me dedica una mirada de disculpa y de agradecimiento.
Quería quedarse los fines de semana, pero le aseguro que todo estará bien. Es más, el primero estuvo bien. Salimos a dar un paseo, pues el psiquiatra le ha recomendado que se distraiga, que ocupe la mente en algo que lo entretenga. También corremos el domingo para que se libere del estrés. Sin embargo, el segundo las cosas se tuercen. Estoy escribiendo cuando él se levanta de su acostumbrada siesta. Se asoma a la puerta del despacho, con el cabello despeinado y ojos somnolientos. Las pastillas lo dejan medio tonto.
—Hola, cariño —lo saludo, dejando de teclear. Me mira, pero no dice nada. Tiene una expresión neutra—. ¿Quieres que te prepare una infusión?
Niega con la cabeza. Entra en el despacho y da un par de vueltas por él como un sonámbulo. Lo miro con preocupación, con una sensación de desamparo.
—¿Te apetece un vaso de leche?
—Quiero una cerveza —dice de repente volviéndose hacia mí.
—Sabes que no puedes —digo, empezando a ponerme nerviosa.
Se me queda mirando con mirada ausente, pero durante unos instantes le cambia a otra de pura rabia.
—¿Y quién coño dice que no puedo? Un mierda que no tiene ni puta idea de su profesión.
No respondo. Su madre me ha dicho que es mucho mejor que no le lleve la contraria, que deje que se desahogue, que simplemente le escuche sin hacer ningún juicio de valor.
—Estas pastillas no me ayudan en nada —apunta acercándose al escritorio.
—Estoy segura de que sí lo hacen —murmuro mirándolo desde mi asiento.
—Lo único que consiguen es ponerme tonto.
—Hacen que olvides por un rato, que te sientas mejor.
—¿Ves que me sienta mejor? —Se señala.
No, lo cierto es que no. Ha perdido un poco de peso y continúa teniendo esas ojeras que parecen no querer abandonarlo.
Se dirige al pequeño sillón que se halla cerca del escritorio y se deja caer en él. Empiezo a teclear de nuevo. Sé que está mirándome, pero lo mejor que puedo hacer es fingir que estoy concentrada en lo mío. Me tiemblan los dedos mientras escribo palabras que no tienen ningún sentido.
—Dame una, Melissa.
Parpadeo, confundida. Lo miro por encima de la pantalla del portátil. Me observa sin expresar ningún sentimiento verdadero, con las manos apretando los reposabrazos del sillón.
—Sólo una. Sólo quiero una, de verdad.
Entiendo a lo que se refiere. Quiere la maldita fluoxetina. Por un momento me viene a la mente la imagen de un enfermo terminal que ruega alguna droga para su dolor. Y el de Héctor debe de ser horrible. No puedo llegar a imaginármelo del todo, pero sé que por dentro estará roto, como yo lo estuve durante un tiempo, aunque ni siquiera me acerqué a lo que él siente.
—No puede ser —susurro.
Se levanta del sillón y se aproxima a mí. Me encojo en la silla. Me mira desde su altura, con los labios apretados.
—¿Puedes pensar, un instante siquiera, lo que tengo aquí? —Se lleva el índice a la cabeza.
Niego. Trago saliva. La forma en que me mira me preocupa mucho. Agacho la frente, intentando hacer caso omiso de sus palabras.
—Me está matando, te lo juro. Cuando estoy dormido, vale, pero después me despierto y enseguida me viene todo a la mente —dice con voz temblorosa. No alzo la mirada. Mi respiración se acelera mientras lo escucho—. Sólo hay pensamientos en ella, sólo pensamientos asquerosos. Joder, mi vida es una puta mierda, Melissa. Me siento como una basura. ¿Por qué coño no dejáis que pueda aliviarme un poco?
—Tu vida no es una mierda —respondo.
—Entre mi madre, el psiquiatra y tú me estáis jodiendo vivo. ¿Alguna vez has salido a la calle y has sentido que el mundo caía encima de ti? —Se acuclilla ante mí, pero todavía mantengo la cabeza ladeada para no mirarlo. Apoya una mano en mi rodilla. Intenta que sea un gesto cariñoso, pero realmente no lo consigue. Puedo ver por el rabillo del ojo que le tiembla la mano—. ¿Has sentido que odiabas a personas que no conocías, que los colores y los sonidos te golpeaban? ¿Has notado cómo circulaba la sangre por tus venas? ¿Cómo rodaban los engranajes de tu cerebro?
—No, eso no —reconozco.
—Pues es lo que siento ahora mismo. Y es horrible. Aprecio que estoy vivo y, al mismo tiempo, que me estoy muriendo. Soy consciente de todo mi cuerpo… y te juro que es la sensación más terrible del mundo.
No sé qué contestarle. No alcanzo a comprender a qué se refiere. Su mano temblorosa aprieta mi rodilla.
—Me da miedo todo. Y lo que es peor, me doy miedo yo —murmura.
Alarga la otra mano y me agarra de la barbilla, obligándome a mirarlo. Quiero agachar la vista y no hacerlo, pero sucumbo. El dolor en sus ojos me sacude, me quema, me destroza.
—Por favor, te lo ruego, Melissa. Si me quieres, dame una.
—No tengo.
—Mi madre debe de habérselas quedado. Pero seguro que te ha dejado alguna. —Ya no tiene ningún sentido lo que dice, pero no parece darse cuenta.
—No, no hay ninguna. Las hemos tirado todas.
Aprieta los labios, observándome con esos ojos rabiosos que tanto me duelen. Me asusto. No sé qué puede hacer. Entonces se levanta con un gruñido de exasperación. Sale de la habitación como una exhalación. Presto atención: está buscando. Le oigo abrir y cerrar cajones, armarios. Cuando entre en el dormitorio, lo encontraré todo desordenado.
Suelta gritos, maldice. Da portazos. Se pasea por la casa como un maldito drogadicto con el mono. ¿Cómo es posible que unas simples pastillas para la depresión lo trastornen así? Nunca pensé que podían crear tanta dependencia. Me quedo todo el tiempo en el despacho y, por suerte, no regresa.
Al cabo de unos minutos de silencio voy a la habitación. Está durmiendo otra vez. Me acerco con mucho cuidado y lo observo. Está sudado y se agita entre sueños. Balbucea palabras incoherentes. Me siento durante un rato en el otro lado de la cama, acompañándolo aunque sea de esta forma.
La tercera semana el psiquiatra quiere que yo acuda a la consulta. Vamos los tres: su madre, Héctor y yo. A mi lado, en el coche, está ella y él se ha sentado detrás. Su silencio me desconcierta. Cada vez se muestra más taciturno, aunque es cierto que no ha vuelto a pedirnos pastillas. ¿Estará acostumbrándose a la nueva dosis? Todas las noches rezo para que sea así.
El psiquiatra es un hombre que rondará la cincuentena, con el cabello encanecido y la mirada amable. Se llama Luis y en todo momento se muestra muy cordial. Tiene una voz potente y, al mismo tiempo, tranquilizadora. Primero entran Héctor y Teresa, y se tiran dentro al menos una hora. Me dedico a escudriñar a los otros pacientes que esperan: una mujer con su hija adolescente, que es un saco de huesos. Imagino que sufre anorexia. La otra persona es un hombre de unos treinta años, de aspecto nervioso y mirada triste.
Cuando salen, Luis me pide que entre. Se me crea un nudo en el estómago. ¿Por qué querrá hablar conmigo? Me indica que tome asiento y, durante unos segundos, me observa en silencio. Su penetrante mirada me hace sentir muy pequeña.
—Se parece mucho a ella. ¿Lo sabe?
Sus palabras me hieren. El pelo me ha crecido un poco desde que me lo corté, así que supongo que mi parecido vuelve a ser mayor. Asiento, sin saber qué más contestar.
—Mire, tengo dos teorías acerca de esto.
Por unos instantes me asusto pensando que va a decirme que Héctor sale conmigo porque le recuerdo a ella. Que, en realidad, no me ama a mí sino al recuerdo de Naima.
—Tras las charlas que he mantenido con Héctor, está claro que la quiere. Y que su sentimiento no tiene nada que ver con su relación pasada —me explica sin apartar la vista de mí. Suelto un suspiro apenas audible—. Sin embargo, esto puede traer dos reacciones: o lo supera o cae más.
—¿A qué se refiere? —pregunto confundida.
—Normalmente, en el caso de un paciente que tiene miedo a algo, es posible tratarlo exponiéndolo a aquello que lo asusta. Los resultados pueden ser negativos o positivos.
—¿Quiere decir que mi presencia quizá lo ayude o, por el contrario, hacer que empeore?
—Exacto. —Cruza las manos ante el rostro. Se frota los ojos—. Cabe pensar que su recaída se haya debido al hecho de su parecido con ella.
—Eso no es cierto —me quejo, casi como una niña—. Usted lo ha dicho: me quiere por quien soy. Y él también me lo prometió, que mi aspecto no afectaría a nada. ¿Le ha contado por qué empezó a sentirse mal?
Se queda parado, sin entender. Así que no le ha explicado nada. Me avergüenza tener que decírselo yo, pero quiero que Héctor se cure, que todo vuelva a ser como antes.
—Mi expareja apareció de repente y ahora es mi editor. Tuve que quedar con él un par de veces, y creo que eso fue lo que llevó a Héctor a desconfiar.
El psiquiatra suspira. Piensa durante unos instantes sobre dicha posibilidad. Me da igual lo que diga, estoy segura de que ha sido todo por mi culpa, pero por mis acciones, no por mi aspecto. No voy a permitir que le meta en la cabeza esas chorradas.
—La situación de Héctor es difícil. Es una persona con tendencia a la depresión. Es decir, que sus recaídas no se deben sólo a lo que le sucedió en el pasado. No tiene por qué haber una causa externa, así que habrá temporadas en las que esté mejor, pero nunca bien del todo.
—Entonces yo haré todo lo necesario para que, al menos, pueda estar feliz la mayor parte del tiempo.
Cojo mi bolso, dispuesta a levantarme. El psiquiatra no muestra señal alguna de retenerme. Alargo la mano y se la estrecho. Sonríe, pero me mantengo seria. Sus opiniones me han molestado, por mucho que sea un profesional. Salgo de la consulta con un peso en el estómago.
—¿Estás bien, cariño? —me pregunta Teresa de camino a casa.
—Sólo un poco cansada.
Al día siguiente me llega un correo de la editorial. La novela lleva a la venta una semana y está vendiéndose estupendamente. Ni siquiera me acordaba, no había mirado en internet ni había acudido a librerías tal como había pensado que haría.
En realidad, no me importa que esté yendo bien. No me alegra. ¿De qué me sirve haber conseguido mi sueño si no tengo conmigo al hombre que amo? Ahora mismo lo único que quiero es que Héctor se recupere, que podamos ser los mismos de antes, que sus manos me acaricien y sus labios me besen.
Me estoy muriendo sin su cariño.
Sí, empiezo a comprender lo que él siente.
Ahora, cuando salgo a la calle, también odio a los demás, también percibo que el mundo empuja contra mí. También puedo notar todo mi cuerpo.
Y es cierto: es una sensación horrible.