27

Me tuerzo el pie bruscamente y un ligero dolor se me extiende desde el tobillo. Sin embargo, no me detengo porque sé que Germán viene tras de mí, y ha bebido más de lo que su cuerpo acepta.

—¡No me sigas! —chillo, despertando la atención de un par de clientes del hotel que pasan por allí.

No me hace caso. Lo tengo junto a mí, intentando agarrarme para detenerme, pero consigo librarme. Corro al servicio de mujeres y él, a diferencia de lo que yo esperaba, entra también. Una señora mayor nos mira asustada, luego cambia la expresión y susurra algo como «descarados». Sale de los servicios apresurada. Me dispongo a encerrarme en uno de los retretes, pero Germán me atrapa al fin y me empuja contra la puerta. Apoya la frente en ella, con los ojos cerrados, respirando con dificultad a causa de la carrera. Mi pecho también sube y baja al ritmo del suyo. Tengo su rostro tan cerca de mí, sus labios tan pegados a mi mejilla, que no puedo más que quedarme quieta.

—¿Te acuerdas de la boda de tu prima?

Suelto un sollozo. Sé lo que va a decirme. Por supuesto que la recuerdo, pero no quiero, por favor, no quiero…

—Estabas realmente preciosa, como hoy. No pudimos aguantarnos, y fuimos a los servicios y allí hicimos el amor como dos locos. ¿Te acuerdas, Melissa, eh?

Vuelve el rostro hacia el mío. Su nariz me roza la mejilla. Intento pegarme a la puerta para que su cuerpo no me toque, pero es inevitable.

—Sí, sí… —contesto cerrando los ojos, tratando de aguantar las lágrimas.

—Porque te tengo metida en mi cabeza, gimiendo en mi oído, arañándome la espalda y rogándome que no pare… —Su voz ha adquirido cierto tono de desesperación. Y, no sé por qué, siento unas cosquillas ascendiendo por mis piernas.

—Por favor, Germán… No sigas con todo esto…

Me noto mareada por su perfume. One, de Calvin Klein. One, One, One. Ese perfume que tanto me gusta, que tanto me excitaba.

—No puedo, Melissa.

Me coge las mejillas, pasando los dedos hasta mi nuca. Su aliento impacta en mi rostro. Quiero apartar la mirada de la suya, pero sus ojos me observan de una forma que me atrae demasiado. Sencillamente, no puedo hacer esto. No es lo correcto.

—No lo hagas, Germán. No lo estropees —le ruego en un susurro que se parece más a un jadeo.

—Deseo repetir aquella noche. Hacerte el amor aquí y ahora, sentirte otra vez como antes, que grites tanto que no quiera salir de ti jamás. —Su voz suena tremendamente erótica, intensa, desesperada.

Niego con la cabeza. Trato de volverla, pero Germán no me lo permite. Cierro los ojos con fuerza, como si al hacerlo evitara que todo esto estuviera pasando, y cuando los abro tengo sus labios a unos centímetros de los míos. Le sujeto los brazos en un intento por que se detenga. Y en el fondo… en el fondo hay algo en mi estómago que está pidiendo a gritos que me bese. Todo mi cuerpo lo pide y él se da cuenta.

—Te amo, Melissa —dice.

Me besa. Primero con suavidad, tanteando, reconociendo mis labios, acostumbrándose a ellos. Le aprieto los brazos, recreándome en sus músculos, y se emociona y me aprieta la nuca, pegándome más a sus labios. Entreabro los míos, sin apenas saber lo que estoy haciendo. Su lengua se introduce en mi boca, buscando la mía y, cuando la encuentra, la saborea. Se me escapa un pequeño gemido cuando una de sus manos baja por mi costado, acariciándomelo, presionando justo allí donde sabe que me gusta. Baja la otra mano hasta mi culo, me lo coge con las dos y me alza en vilo, empotrándome más contra la puerta, clavándome su erección entre las piernas.

Entonces reacciono. Hago fuerza y lo empujo hasta que consigo apartarlo de mí. Trata de besarme una vez más, pero ladeo el rostro y se topa con mi mejilla. Se queda apoyado en ella, jadeando, abrazándome. Niego una y otra vez, se me escapa un sollozo.

—Esto no está bien, Germán. No puedo hacerlo. Quiero a otro hombre, y lo sabes.

—No puedo vivir sin ti —murmura.

Reparo en que está llorando y se me encoge algo por dentro.

Pero esto es una locura y mi lugar no está aquí, sino con el hombre que amo ahora. Esto ha sido sólo un error, un intento por recordar cómo me sentía cuando Germán me besaba. Y, al fin y al cabo, en este momento sólo sería sexo porque no he notado, ni por un segundo, la explosión que siento cuando Héctor me toca.

—Vuelve a mí, Meli, por favor —gimotea como un niño pequeño.

Se me arrasan los ojos, sorprendida por su comportamiento. No soporto ver a un hombre llorar de este modo y mucho menos por mí.

—Lo siento, pero no puedo.

—¿Es por lo que he hecho? Cuando tuve tu novela entre mis manos me planteé no leerla y decir sin más a la editora que la publicase, porque así tenía una excusa para ponerme en contacto contigo. Pero te juro que la leí, que sentí con ella, que lloré, que me enfadé conmigo mismo… —Me observa con una mirada inmensamente triste.

—Te he dado la bofetada porque he pensado que la publicación se debía tan sólo a eso, a que buscabas reencontrarte conmigo.

—No, Meli, no es así. —Niega con la cabeza, limpiándose las lágrimas—. Te han publicado porque eres buena, y tú lo sabes. Y yo debería haberlo admitido antes, cuando te tenía para mí y aún me querías.

—Y yo no puedo hacer esto porque amo a otra persona. Por eso, no por nada más. Pero ya es un motivo lo suficientemente importante.

—No quiero dejar de luchar —me confiesa.

—Entonces seré yo quien se aleje de ti.

Lo aparto de un empujón y abandono el cuarto de baño con el corazón en un puño.

Me llama, pero no me detengo.

—¡Joder, lo siento, Melissa, lo siento! ¿Qué más puedo hacer? ¡Me equivoqué! Fui un auténtico gilipollas. ¡No sé qué debo hacer para recuperarte! Sólo sé que no puedo vivir sin ti…

Su voz se va apagando a medida que me alejo. Corro hacia la escalera y subo los escalones de dos en dos. No me detengo hasta llegar a mi habitación. Una vez que entro, me derrumbo. Apoyo la espalda en la pared y me dejo caer hasta el suelo. Me quedo sentada durante lo que me parecen horas, llorando, sacando todo lo que hay dentro de mí. ¿Por qué lo he besado? ¿Por qué me he dejado llevar? ¿Y por qué siento tanto dolor por un hombre que se supone que ya no significa nada para mí?

Cuando consigo calmarme, me levanto y me derrumbo en la cama. Me quedo boca abajo, llorando más, hasta que los sollozos dan paso a los gimoteos. Me duele la garganta y apenas puedo tragar. Al final, me detengo. Todo se detiene, de hecho, menos los pensamientos en mi cabeza. Me doy la vuelta y me pongo a mirar el techo. Entonces decido llamar a Héctor porque necesito oír su voz, serenarme con sus palabras. Desearía tanto que estuviese aquí conmigo… Marco su número y me acerco el móvil a la oreja, desesperada. Un tono, dos, tres. El buzón de voz de la compañía. ¿Por qué no lo coge? ¿Dónde está?

Minutos después, el móvil me vibra. Es su madre. Respondo con un gimoteo.

—Melissa, cariño, ¿sucede algo? —me pregunta.

—¿Dónde está Héctor? No me ha cogido el teléfono en todo el día y estoy preocupada.

—No pasa nada. Hoy está un poco pachucho, sólo eso. —Hay algo en su voz que me asegura que está mintiendo.

—Pero ¿dónde está?

—Se ha acostado, tenía mucho sueño. Mañana ya os veis, ¿vale? Le diré que has llamado y que te telefonee en cuanto se levante.

Oigo jaleo de fondo, supongo que estarán en las fiestas. Nos despedimos, pero lo hago con un gran vacío en el estómago. ¿Héctor se encuentra mal? ¿Y si se ha puesto paranoico otra vez? No, no puede ser, simplemente sucede que algunos días está mejor y otros peor, y hoy es uno de ésos. Pero todo continúa bien, y mañana volveré a estar entre sus brazos y toda esta pesadilla se habrá terminado porque, definitivamente, no trabajaré más con Germán.

Me quedo dormida a las tantas y, cuando suena el despertador a las siete y media, me duele todo el cuerpo. Me levanto con un enorme peso en el estómago y me ducho rápidamente. En quince minutos he terminado y estoy vistiéndome, preparada para marcharme de aquí. Lo único que quiero es regresar a casa y comprobar que Héctor está bien. Mando un whatsapp a Ana para avisarla de que la espero en el vestíbulo y pedirle que no tarde mucho.

Me miro en el espejo del ascensor y descubro a una Melissa asustada, con unas ojeras hasta el suelo, pálida y con el pelo lacio. Nada más salir, me dan ganas de entrar otra vez. Germán está ante el mostrador de recepción, supongo que arreglando el papeleo del pago de la editorial o a saber qué. Intento ocultarme en algún rincón, pero no atino a ver ninguno, así que tengo que pasar por delante de él. Me siento en uno de los sillones del vestíbulo mientras aguardo a Ana, que es una maldita lenta. Germán termina de pagar y, al darse la vuelta, me descubre. Agacho la cabeza avergonzada, pero me ha dado tiempo a leer en sus ojos que también está abochornado e, incluso, puede que arrepentido. Empiezo a mover una pierna, pensando que va a acercarse. No obstante, pasa junto a mí con su maleta sin dirigirme la palabra, sin mirarme. Suelto toda la respiración que he estado reteniendo. Y lo peor es que, durante unos segundos, siento que me falta algo, que esperaba al menos una breve despedida.

Ana aparece diez minutos después y, al verme en ese estado de confusión, me pregunta enseguida qué sucede. Le miento. Le digo que me sentó algo mal en la cena y que me he pasado toda la noche vomitando. Sé que no me cree, pero no pregunta nada más.

En el tren no hablamos porque me quedo dormida. Sueño con Héctor, con sus preciosos ojos, con su dulce sonrisa. Sueño que hacemos el amor y que acaricia todo mi cuerpo, me besa, me dedica palabras hermosas. Sin embargo, en un momento dado su rostro cambia y se convierte en el de Germán. Me despierto con la respiración agitada, conteniendo el grito en la garganta. Ana me observa con inquietud y se ofrece a traerme una infusión.

—Me estás ocultando algo, Mel —dice severamente cuando regresa de la cafetería.

—No, de verdad. Es que estoy preocupada por Héctor, no ha contestado a mis llamadas y su madre me dijo ayer que no se encontraba bien.

Y tampoco me ha telefoneado aún. Teresa dijo que le pediría que lo hiciera en cuanto se levantase, pero ya casi estamos llegando a Valencia y… nada. Decido hacerlo yo y otra vez me sale el buzón de voz. No puedo aguantarme. Me remuevo en el asiento, suspiro, me muerdo las uñas. Quince minutos antes de llegar ya estoy plantada en el pasillo, esperando a que las puertas se abran para bajar. Ya en el andén, Ana tiene que correr para alcanzarme.

Conduzco como una loca, perseguida por las amenazas de mi hermana sobre que va a matarme si nos para la poli o tenemos un accidente. Mi cabeza está en otra parte: todavía noto en los labios los de Germán, aunque sé que sólo es una sensación. Pero me siento tan culpable que me muero de ganas de llorar. A todo eso se le suma la intranquilidad por Héctor. No puedo dejar que me vea así cuando llegue a casa. Debo fingir que todo ha ido bien, que estaba esperándolo con ganas.

—¿Estás segura de que no quieres que te acompañe? —me pregunta Ana por segunda vez.

Niego con la cabeza. La llevo hasta su pueblo y apenas la dejo despedirse que ya he arrancado. Hundo el pie en el acelerador y, por fin, llego a casa. Encuentro un hueco cerca y aparco rápido y mal. Abro la puerta del edificio con mano temblorosa, me lanzo hacia el ascensor y, como está en la última planta, subo por la escalera. Espera… ¿en la última planta? Porque ahí sólo vivimos Héctor y yo. Se me escapa un sollozo. Hay un pálpito en mí que me dice que está pasando algo.

Cuando entro en el apartamento, mis sospechas se confirman.

Héctor ya ha vuelto a casa. Y yo no estaba en ella.

Y, justo frente a la puerta, encuentro mis maletas.