29

Los días se me pasan como si no existiera. Voy al trabajo, sé que me ducho, que meto comida en mi cuerpo, que saludo a la gente que conozco, pero apenas me doy cuenta de nada. Por mi cabeza tan sólo bucean recuerdos de los momentos que pasé con él. Sus saludos por la mañana, sus besos de buenas noches, cuando me dejaba un café recién hecho en la encimera de la cocina, los mensajes en mi móvil gastándome alguna broma, sus «aburrida», la forma en que me miraba cuando hacíamos el amor. Y en todos esos recuerdos también navegan sus duras palabras de los últimos tiempos, sus reproches, la primera vez que lo encontré tomando una de esas malditas pastillas, la fatídica noche en que pensé que su vida se me escurría de las manos, su mirada antes de que yo saliera por la puerta.

Mi mente aún no está preparada para entender lo ocurrido. Sólo sabe que él no está aquí, que me acuesto y me levanto sola cada día, que tengo que hacer un esfuerzo enorme para mover el cuerpo, y que lo hago como una sonámbula. Hay días en los que le echo la culpa al psiquiatra y me siento un poco mejor. Sin embargo, la mayoría me culpo a mí misma, me repito una y otra vez que todo lo he provocado yo, que me he construido mi propio destino a base de errores.

Como no le cojo el teléfono a nadie, al final Ana acude para asegurarse de que estoy bien. Es fin de semana y me encuentra hecha un asco, con un pijama sucio, el cabello alborotado y la cara de una muerta. Me lleva al sofá y me prepara un chocolate caliente, como cuando éramos niñas.

—Mel, ¿qué ha pasado realmente? —me pregunta apartándome el pelo de la cara.

Pero no puedo hablar. Si digo algo, el torrente de dolor que estoy conteniendo se desbocará. Lo entiende y tan sólo me abraza, se queda todo el fin de semana conmigo y me cuida. El domingo me pregunta con dulzura si me apetece salir un ratito, pero niego, asustada. Es como si estuviese viviendo en mi cuerpo todo aquello que Héctor me dijo que sentía. Con lo de Germán creí que no sería capaz de superarlo, que mi vida se acababa. Sin embargo, ahora me doy cuenta de que aquello no fue nada, que exageré los sentimientos, que estaba más rabiosa que dolida. Ahora de verdad siento un dolor en el pecho que me ahoga y, por las noches, ese dolor se convierte en fuego helado que me anula la conciencia. Pienso que esta vez sí que no voy a recuperarme, que quizá, algún día lejano, recobraré los sentidos, pero que lo haré de manera callada. Jamás podré ser la misma sin él, tan sólo una réplica de la Melissa que se acurrucaba en sus brazos y creía que la vida era esos momentos.

Aarón viene a visitarme el siguiente fin de semana. No me pregunta nada, así que imagino que ha hablado con Ana o incluso con Héctor. Me encojo entre sus brazos, intentando descubrir un tacto que me agrade. Pero sólo es una piel que me toca, y la mía ha quedado insensible a cualquier roce. No lloré delante de Ana, pero lo hago con Aarón porque intuyo que su presencia aquí es una mala señal.

—No vendrá a buscarme, ¿verdad? —le pregunto tras soltar todas las lágrimas. Me mira atento, pero no dice nada—. No va a cambiar de opinión. Ha dejado de luchar definitivamente.

—No digas eso, Mel. Dale algo más de tiempo. Sólo necesita tener una buena charla consigo mismo.

—No puedo esperar. Me estoy rompiendo —murmuro contra su pecho—. ¿Por qué los hombres a los que amo me abandonan? ¿Qué hay de malo en mí?

—No hay nada malo, nena. —Me coge de la barbilla para mirarme—. Héctor vendrá, ¿vale? Regresará a por ti. Atesora tu esperanza.

Lo hago. Trato de llevar una vida normal. Me aferro a la rutina, que es la única que consigue que no acabe perdiendo la poca cordura que me queda.

—Voy a retrasar la inauguración del Dreams —me explica, pensativo.

—¿Por qué?

—Esperaré hasta que estés preparada para abandonar este cuchitril. Te quiero allí de fiesta, sonriendo. —Me da un beso en la frente—. En serio, Mel, no desistas.

No lo hago.

Aún tengo las maletas, sin deshacer, junto a la puerta.