3
MAMÁ decía que el príncipe Col Brook la había ayudado a nacer y le había puesto su nombre y había prometido regresar y casarse con ella algún día, y que había dejado su hogar al cuidado de ella, y que eso convertía a Lily en la única princesa auténtica del pueblo de MacKenzie.
No es que Lily se preocupara por los niños ni por casarse, pero suponía que cuando fuera rica, importante y mayor podría querer tener cerca un niño fuerte y dulce como papá, para que la ayudara a hacer las tareas de la granja. Había oído decir que la única manera que tenían las niñas de conseguir un niño para siempre era casarse.
Sus compañeras de la escuela decían que de todos modos nadie más querría casarse con ella, porque papá tenía un gancho en lugar de una mano y mamá era de los blancos pobres, y que aunque los MacKenzie tuvieran un pueblo que llevaba su nombre, era demasiado alta y fea y mala. Pero al príncipe Col Brook no le importaría. Él lo había prometido.
De modo que estaba decidido. Cuando necesitara conseguir un niño, se casaría con el príncipe Col Brook.
Acostada sobre el vientre, Lily abrazó la gruesa rama del sauce y miró fascinada, con los ojos muy abiertos, a través de las lánguidas hojas verde azulado. ¡Se acercaba un extraño! Sasafrás estaba enredada en la maleza debajo del árbol, con el tosco pelaje amarillo salpicado de manchas marrones por las manzanas podridas que Lily había dejado caer sobre ella. La perrita ladró con suavidad, mientras observaba también al extraño.
¿No sabía que ese era el camino privado de Sauce Azul? Solo los MacKenzie podían usarlo o jugar en ese árbol.
El niño, alto y serio, sorteó las grietas del pavimento, donde crecía la hierba. Llevaba un uniforme verde como el de los soldados de la televisión, y parecía igual de sucio y desgreñado.
Lily trepó por la rama como una oruga. Era difícil moverse: tenía en las manos los restos blandos de las manzanas silvestres. Las había tomado del fondo del tonel que estaba almacenado en el granero desde el otoño anterior. El jugo viscoso se escurría entre sus dedos.
¿Quién era? El extraño tenía el cabello negro y corto como un cepillo de barrer. Llevaba una mochila. Debajo de un ojo, Lily le veía un moretón grande y desagradable.
Los pelos del cuello de Sasafrás se erizaron. Su oreja sana, la que el lince no le había mordido, estaba pegada a la cabeza.. Salió corriendo de debajo del árbol, al tiempo que gruñía. El extraño se detuvo y frunció el entrecejo mientras la miraba. Ignoraba que lo único que Sasafrás había mordido en su vida eran pulgas.
—Bonita perra —dijo—. Me acuerdo de ti. Eres una perra bonita, grande y tonta. —Su voz era como la de los niños del colegio de secundaria. Pero no era igual a la de ellos, ni a la de Lily. Le faltaba el acento del sur.
Sin embargo, Sasafrás movió la cola y se sentó, convencida. El niño pasó de largo, aunque continuó mirándola por el rabillo del ojo. Luego echó un vistazo al enorme sauce, y a Lily, que se había hecho un ovillo con la esperanza de que no la viera. El extraño entró en el parque antiguo y lleno de maleza, suspiró, se quitó la mochila y la arrojó al suelo. Tocó el cartel oxidado clavado en la columna de piedra; en él había un montón de palabras que Lily justo comenzaba a aprender. MacKenzie. Colebrook. Sauce Azul. Unonuevecerocero. El niño se frotó la frente con un brazo largo y delgado, y se agachó para pasar bajo las ramas. Justo en el camino de las bombas. Porque era un intruso en la tierra que el príncipe Col Brook había dejado a su cuidado, y porque una niñita mala había tomado el control, Lily le tiró una de las manzanas. El proyectil explotó justo sobre la cabeza. del extraño.
—¡Santo cielo! ¡Maldición! —Saltó hacia un lado, todo brazos y piernas, como el espantapájaros en El mago de Oz, al tiempo que se llevaba las manos a la cabeza y miraba hacia la copa del árbol—. ¡Pequeña asquerosa!
Lily tenía cinco años y medio, pero sabía reconocer un insulto. La sorpresa, como una ráfaga, hizo que los dedos de sus pies se aflojaran y que se le debilitaran las rodillas. Se deslizó hacia un costado, gritó, arañó la rama y cayó.
Aterrizó en los brazos extendidos de Artemas. Lo que le quedaba de aliento salió como un estallido de su pecho, y por un momento vio las estrellas.
Lily dejó escapar un gemido y sofocó un sollozo. Las estrellas se convirtieron en luciérnagas. El extraño la apoyó en el suelo blando. En medio de las lucecitas apareció el rostro transpirado, amoratado y boquiabierto del niño, cuyas rodillas huesudas se apoyaban contra el costado de Lily. El jugo marrón de la manzana caía como sangre por el costado de su rostro.
Halfman, pensó Lily. Podía ser Halfman, el monstruo que vigilaba a los MacKenzie y que podía bajar volando desde las montañas para comerse a las niñitas que se habían portado mal. El extraño la miraba fijamente, con unos grandes ojos grises como los de un lobo. —¡Respira, respira, por Dios! Lily inhaló con dificultad.
—¡No me comas!
—¡No voy a comerte! —Artemas pasó sus manos sobre el rostro de Lily. Olía a junquillos y a gasolina. Apartó una de las largas trenzas rojas, que había quedado sobre la barbilla de la niña. Le dio una palmadita en la cabeza. Era casi seguro que Halfman no habría hecho eso.
Algo más tranquila, mientras recuperaba el aliento, Lily clavó codos y rodillas en la tierra y se incorporó. Sasafrás le lamió la mejilla. Los ojos de la niña ardían de mirar al extraño sin parpadear.
—¿Qué hacías allí arriba? —preguntó él.
—Jugaba.
—¿Cómo conseguiste manzanas en mi sauce?
—Las traje conmigo.
—¿Dónde vives?
Lily indicó el bosque con la cabeza temblorosa.
—Por allí.
—¿Cómo llegaste aquí?
—Mi papá me dejó mientras iba a la casa grande para arreglar una ventana. —¿Qué casa?
—Una que está por allí. La casa del príncipe. —Señaló con un dedo agitado por encima de su propio hombro, hacia el camino agrietado que se perdía en el bosque.
Artemas comenzaba a sonreír. —¿De qué príncipe?
—Del príncipe Col Brook. Él me puso mi nombre. —¿Te refieres al… príncipe… Colebrook?
Lily asintió con la cabeza.
—Pero él se fue cuando yo nací.
—¿Y tú vives al otro lado de aquel bosque? —Señaló con un brazo largo como el de un lobo.
—Sí. En una granja.
Ahora era él quien miraba a Lily sin parpadear. Tomó el extremo de una de las trenzas entre los dedos y tiró con suavidad.
—¿Lily? ¿Tu nombre es Lily MacKenzie?
La niña asintió, azorada.
Los ojos grises y salvajes se tornaron mansos, el horrible rostro sonrió, y de pronto el extraño se convirtió en el niño mejor parecido que Lily hubiera visto en su vida.
—Bien, yo soy el príncipe Col Brook.
Artemas tenía una misión. Había dicho a la señora MacKenzie que regresaría, y probablemente esa fuese su única posibilidad. Tenía edad suficiente para darse cuenta de que había muchas cosas en su vida que no podía controlar. Pero escuchaba la voz que llevaba en su interior, la que siempre hablaba con el acento de los MacKenzie. Le decía que cumpliera con sus promesas y que hiciera lo correcto.
Debía volver a verlos a todos, antes de que el futuro se abalanzara sobre él.
De modo que había escapado de la escuela militar de Connecticut, había tomado un autobús hasta donde su dinero le había permitido, es decir hasta Memphis, y luego había comenzado a hacer dedo. En un solitario camino rural, al sur de esa ciudad, un par de muchachos negros con brazos como columnas de piedra habían saltado de una camioneta y lo habían atacado. El rostro le latía y un lado le dolía como si los puños hubieran quedado incrustados en él.
Pero estaba aquí, por fin. Con los MacKenzie. Cuando la señora MacKenzie salió al pórtico y lo vio en el tractor, detrás de Drew y de Lily, gritó, rio y corrió hacia él con los brazos extendidos. Artemas saltó y la abrazó como un niño, pero no lloró. Después de todo, tenía trece años. Y se sentía mayor. La granja estaba deteriorada, con la pintura descascarillada y las maderas de la cerca astilladas. Solo los sauces junto al arroyo continuaban tan maravillosos como en sus recuerdos. Los sauces y el amor que lo rodeaba.
—La abuela sabe dónde estoy —les dijo, cuando se hubieron sentado en el pórtico—. Le envié una carta. Mis padres están en algún lugar de Europa.
Viviendo a costa de sus amigos, pensó.
—Dios mío, Dios mío —dijo la señora MacKenzie, al tiempo que se dejaba caer en una silla y tiraba del delantal que cubría sus vaqueros—. Artie, ¿en qué estabas pensando?
Artemas se encogió de hombros, avergonzado.
—Odio el colegio.
Odio todo, agregó para sí.
—También yo —dijo Lily, con voz cantarina—. Estoy en párvulos y soy la más alta de todos. También soy más alta que los varones.
Artemas la observó, maravillado. Se hallaba sentada junto a él, a los pies de una mecedora, y lo miraba con los ojos azules muy abiertos. Era rolliza y con pecas, le faltaba un diente y de sus trenzas se escapaban mechones de cabello rojo y rizado. Tenía la camiseta blanca manchada con el jugo pegajoso de las manzanas.
Debería pasar mucho tiempo antes de que se convirtiera en una persona con quien Artemas pudiera querer casarse. Tenía solo tres años más que su hermana menor, Julia. Además, Artemas había decidido mucho tiempo atrás que no se casaría. No quería arriesgarse a que el matrimonio lo hiciera actuar como sus padres.
Sin embargo, Artemas se sintió lleno de deseos de protegerla.
—Lamento haberte asustado y haberte hecho caer de mi árbol.
—Ese árbol es mío. Yo lo cuido.
—Tendrás que ser la princesa Col Brook para ser la dueña de mi árbol.
El rostro de Lily se tornó solemne. La señora MacKenzie sonrió a su hija.
—Lily no desea ser princesa, sino granjera.
Lily se sonrojó.
—Y princesa —susurró. Luego se levantó y entró corriendo en la casa.
El señor MacKenzie lo llevó a la casa de su cuñada Maude, que estaba en el pueblo. Drew MacKenzie no podía explotar muy bien la granja, con una sola mano sana y la única ayuda de Zea. Artemas se asombró al darse cuenta de que el señor MacKenzie lo había llevado a casa de Maude porque en la granja no había teléfono. Luego recordó que nunca lo había habido. Lo que en la infancia de Artemas había sido solo un dato curioso, ahora se convertía en un hecho triste, pues lo comprendía. Los MacKenzie no podían pagar un teléfono.
Durante el viaje al pueblo, Artemas había echado miradas pensativas al señor MacKenzie, quien seguía siendo un gigante fuerte con una sonrisa para todo el mundo. Pero se le veía sombrío y cansado, y su cabello castaño se había tornado tan escaso que Artemas alcanzaba a verle el cuero cabelludo, tostado y pecoso. No era viejo, pero tenía los hombros encorvados. Había perdido la mano izquierda en un accidente de caza cuando era niño, y el gancho de metal había fascinado a Artemas cuando era más pequeño. Ahora, Artemas veía que el gancho estaba deslucido y abollado. Era feo e inspiraba compasión.
Artemas llamó a su abuela, quien estaba en Nueva York. Ella le dio un sermón acerca de sus responsabilidades y dijo que le sacaría un pasaje de avión. Agregó que hablaría con las autoridades de la escuela sobre el castigo.
La abuela advirtió a Artemas que terminaría siendo un hombre amargado y mediocre, como tío Charles, si dejaba los estudios. La carrera militar era lo que ella había soñado para su nieto. Un Colebrook podría redimir el nombre de la familia si se educaba con disciplina y amor al servicio. Ella utilizaría sus contactos para que lo destinaran a West Point cuando hubiera terminado los estudios secundarios.
Después de todo, era un alumno destacado, un líder y un Colebrook. Tal vez esto último ya no significara nada para el resto del mundo, pero lo era todo para ella. Artemas sentía todo el peso del mundo sobre sus hombros.
Humillado y deprimido, esa noche apenas si tocó su cena de guisantes y pan de maíz. El abuelo MacKenzie había muerto hacía un año. La abuela MacKenzie tenía problemas de corazón y se quedaba en cama todo el día, tejiendo y leyendo la Biblia. La ayudaron a levantarse y a sentarse a la mesa. Mientras masticaba con las encías el pan de maíz y tomaba su leche, observaba a Artemas con ojos pequeños y brillantes.
—Debes regresar, hijo —afirmó—. Eres demasiado mayor para rehuir tu responsabilidad.
«Responsabilidad.» Artemas bajó la cabeza. Todas las abuelas tenían esa palabra soldada a la dentadura postiza. No sabían cuántas responsabilidades tenía. Sus padres habían perdido Port's Heart, que había sido embargada por el banco. La familia se había mudado a la finca vieja pero respetable de tío Charles, quien les había dado la vieja casa de diez habitaciones que había sido el hogar del administrador de la finca en los años de gloria anteriores al nacimiento de Artemas. Abochornados, los padres de Artemas se dedicaban a visitar a sus amigos remotos y estaban siempre de viaje, a menudo durante semanas o hasta meses. Dejaban a sus hijos menores al cuidado de gobernantas.
La abuela, quien vivía en la casa principal, peleaba de forma constante con tío Charles y urdía intrigas para evitar que los controlara.
La abuela le decía a Artemas que ni tío Charles ni papá eran los hombres que ella hubiera deseado criar si hubiese podido mantenerlos a su lado en Sauce Azul, pero que por lo menos tío Charles era lo bastante inteligente para hacer que Porcelanas Colebrook no quebrara. La abuela lo toleraba.
Artemas intentaba ser un ejemplo para sus hermanos y asegurarse de que los trataran razonablemente bien. Trataba de satisfacer las expectativas de su abuela. Intentaba hacer caso omiso como un hombre de los comentarios maliciosos y las humillaciones mezquinas de su tío.
Estaba harto de intentarlo, y se sentía agobiado.
La señora MacKenzie se mostró decepcionada por la falta de apetito de Artemas; se levantó y se acercó a él.
—Te pondré un poco más de linimento después de lavar los platos —dijo, mientras pasaba con suavidad las manos cálidas y callosas por el rostro dolorido de Artemas—. Ahora descansa, ¿me oyes? Debes regresar a Nueva York, pero no tienes que preocuparte por eso hasta mañana.
La señora MacKenzie desordenó su cabello corto, como si todavía fuese un niño.
—Creo que es hora de que Lily oiga la historia del oso. Apuesto a que ni siquiera recuerdas que yo te la contaba cuando eras pequeño, ¿verdad, Artie?
—Lo recuerdo. —La miró con gratitud, enternecido por el recuerdo. De pronto fijó los ojos en Lily y agregó—: Pero creo que una niña pequeña se asustaría demasiado.
—No es así —exclamó Lily con voz alegre—. El año pasado vi un oso bebé en los pastos del fondo. Y no corrí.
—Apuesto a que fue el oso el que corrió —retrucó Artemas, y alzó una ceja—. Supongo que dijo: «Allí está esa mona con las manzanas podridas».
—¡No soy una mona!
La señora MacKenzie alzó las manos.
—Silencio, los dos. ¿Queréis que os cuente la historia o no?
—¡Sí!—contestaron al unísono.
Cuando los platos estuvieron lavados y guardados, después de que hubieron ayudado a la abuela MacKenzie a volver a la cama y el señor MacKenzie hubo salido a controlar si el ganado estaba bien preparado para la noche, la señora MacKenzie llevó a Artemas y a Lily a la sencilla sala del frente, encendió una pequeña lámpara de cerámica que se encontraba sobre una mesa en un rincón y les indicó que se sentaran en el sofá. Lily se acurrucó junto a Artemas, al tiempo que le clavaba alegremente los codos en las costillas.
De pronto la señora MacKenzie se agazapó y gruñó, a fin de captar la atención de los niños. La lámpara arrojaba sombras fantasmales. Zea encorvó las manos hasta formar unas feroces garras de oso y volvió a gruñir.
—Esta es la historia de cómo se conocieron los MacKenzie y los Colebrook. Es sobre el viejo Artemas, que era tu tátaratatarabuelo, y de Elspeth MacKenzie, que era tu tátaratatarabuela, Lily.
Lily no entendía qué significaba «tátara», pero mientras los abuelos de Artemas también se llamaran así no le importaba.
—El viejo Artemas bajó de un barco que venía de Inglaterra y viajó a través de estos bosques en busca de un lugar donde establecerse. Elspeth había llegado algunos años antes, desde Escocia. Vivía justo aquí, en una cabaña que estaba donde hoy está esta misma casa. Su esposo había muerto, y tenía dos hijos muy jóvenes. —La señora MacKenzie gruñó y lanzó zarpazos al aire—. El viejo Artemas era joven y fuerte, pero no conocía estos bosques. ¡Vino un oso!
Lily saltó y se acercó a Artemas. Su madre se inclinó sobre ellos, con las manos en forma de garras, y miró con odio a Artemas, quien sonreía, pues sabía lo que iba a ocurrir.
—El oso se alzó sobre tu tátaratatarabuelo. Le caía baba por los colmillos. ¡Y entonces… entonces el gran oso negro echó hacia atrás una de sus grandes zarpas y desgarró el brazo de tu abuelo hasta llegar al hueso!
Los brazos de la señora MacKenzie se agitaban violentamente mientras lanzaba zarpazos al aire a centímetros de los rostros de los niños. Lily contenía la respiración, entusiasmada.
—Entonces, ¿qué ocurrió?
—¡El viejo Artemas sacó el cuchillo de caza con su mano sana, y como un rayo arrancó el corazón del oso! —Arrebató un trozo de leña del hogar y destripó un oso imaginario—. ¡Y se lo comió!
—¡Puaj! ¡Qué asco!
—Entonces avanzó haciendo eses a través del bosque; chorreaba sangre, y su brazo colgaba de un hilo de carne. —La señora MacKenzie dejó caer un brazo y se tambaleó histriónicamente—. Y por fin se cayó y se arrastró, porque era un inglés grandote y resistente, y no iba a abandonar la lucha y morir cuando solo había estado unos meses en Estados Unidos.
—Y entonces Elspeth MacKenzie lo encontró —dijo Artemas, y se echó hacia delante con impaciencia.
—Así es. La viuda MacKenzie, con sus dos hijos jóvenes, acogió al extraño de aspecto indómito, todo desgarrado y sangriento donde el oso lo había alcanzado con las zarpas. En aquel entonces no había médicos en las montañas. Elspeth le cosió el brazo y lo atendió mientras se curaba, y él se enamoró de ella, porque era muy inteligente, fuerte y bonita.
—¡Como tú! —exclamó Lily.
—Los dos hijos de Elspeth llegaron a ser para Artemas como su familia, y hasta le perdonaron que fuera inglés y de la ciudad y un desastre como granjero, pues los MacKenzie eran escoceses y amantes de la tierra. —Zea se llevó las manos al corazón—. Elspeth le dijo a Artemas que él nunca sería un buen granjero, y que debía hacer lo que Dios le había dado el don de hacer, como sus antepasados, en Inglaterra. Lo ayudó a encontrar la arcilla blanca de la que le habían hablado los indios, en el lecho del arroyo de Sauce Azul.
—Donde ahora está el lago grande —acotó Artemas.
—Allí mismo, sí, señor. Donde ahora nadan los róbalos, en el fondo del lago Clay. El viejo Artemas extrajo la arcilla y montó su fábrica de porcelana. Bien, él sabía que esta arcilla era especial, fina y cremosa como la que los chinos habían utilizado para hacer la porcelana más bella del mundo. De modo que Artemas se construyó un torno de alfarero y un horno, y puso manos a la obra. Y después de un año ya enviaba porcelana blanca a Marthasville por carreta, para que la vendieran y la embarcaran. Artemas y Elspeth estaban muy contentos con todo eso.
Lily asintió con gesto burlón.
—Y entonces se hizo rico, porque era un Colebrook.
—No te impacientes, eso no fue hasta muchísimo después. De cualquier manera, todo marchó bien hasta la primavera siguiente, en que vino el viejo Halfman.
Lily se acurrucó más todavía contra Artemas, pero le echó una mirada traviesa.
—Yo lo conozco. —Artemas puso un brazo alrededor de Lily. La expresión traviesa se disolvió y la niña se sonrojó de puro deleite.
La señora MacKenzie se irguió y agitó el leño como si fuese una varilla mágica.
—Era medio cheroqui y medio de color, y todo el mundo le temía, no solo porque era diferente sino también porque era predicador, mercachifle y adivino.
Lily volvió a concentrar su atención en su madre.
—¿Qué es un «divino»?
—Una especie de brujo. Halfman miraba la saliva y la sangre de la gente y adivinaba su futuro.
—¿La saliva y la sangre? ¡Puaj!
—Halfman estaba algo enfermo, y Elspeth le permitió alojarse en el granero. Lo alimentó y lo cuidó. Y cuando él estuvo listo para marcharse, Elspeth le pidió que le adivinara el futuro. Sacó un cuchillo afilado y se cortó el dedo índice. —La señora MacKenzie fingió cortarse los dedos con el trozo de leña—. Plic, plic, plic. La sangre roja de Elspeth cayó en la palma de Halfman. Luego Elspeth escupió sobre la sangre.
—¿En la mano de Halfman? ¡Aj!
—Pero así es como debía hacerse. Halfman miró la palma de su mano y sacudió la cabeza. Luego tomó su bolsa de mercachifle y sacó un par de sauces diminutos, envueltos en tierra y papel. Y las hojas eran azules, distintas de las de todos los otros sauces del mundo. Halfman untó los árboles con la saliva y la sangre de Elspeth. «Tú eres el sauce azul», dijo, mientras la miraba a los ojos. Y Elspeth lo contempló horrorizada, pues sabía que eso significaba que moriría.
—¿Cómo lo sabía? ¿Cómo?
—Porque los sauces son mujeres. Así decían los sabios de antes. Y el azul es el color de la tristeza. Y lo único que podía entristecer a Elspeth era abandonar su tierra, sus hijos… y a Artemas, su nuevo esposo.
—¡Increíble!
—Entonces Halfman agregó: «Estos son árboles mágicos, diferentes de todos los demás. Por amor a ti, ellos y todos los que crezcan de sus retoños protegerán a tus seres amados y a todos los que lleven su sangre».
—¡Magnífico!
—De modo que Elspeth plantó los pequeños árboles junto al arroyo, justo allí. —La señora MacKenzie señaló una ventana, con lo que hizo que Lily extendiera el cuello fascinada, como si los árboles originales estuviesen allí fuera—. Y crecieron altos y hermosos.
Lily se abrazó las rodillas.
—¿Y Elspeth fue al cielo?
—Sí, fue al cielo y se llevó al bebé de Artemas.
Lily miró a Artemas, desconsolada.
—Supongo que Dios te ha puesto aquí para compensar eso. Debes hacer lo que yo te diga.
—Hum. —Artemas la tomó del cuello y forcejeó con ella como si Lily fuese un pequeño luchador—. Creo que Dios me puso aquí para atraparte. No tienes que ser tan arrogante.
Lily sonrió con malicia. Se volvió hacia su madre y aguardó la continuación con los ojos muy abiertos. Zea los miraba sonriente.
—Cuando Elspeth estuvo enterrada, apareció Halfman. Nadie sabía cómo se había enterado de que Elspeth había muerto. Pero él apareció, como un espíritu de la montaña que todo lo ve, para presentar sus respetos a Elspeth y a sus sauces azules. La gente dice que nunca nadie lo volvió a ver después de ese día.
—¡Pero aún vive en las montañas!
—Tal vez.
—¿Y qué ocurrió con el viejo Artemas?
—Oh, fue terrible. Los hijos de Elspeth le volvieron la espalda. Dijeron que había matado a su madre. El viejo Artemas debió dejar la granja y vivir en el fondo de su taller de alfarero.
—¡Bajo el lago!
La señora MacKenzie asintió con paciencia.
—Ahora está bajo el lago. Y sufrió y sufrió. Quería hablar a todo el mundo de Elspeth, su sauce azul. Pensó en un motivo chino muy, muy antiguo llamado Sauce Azul, y decidió hacer su propio diseño a partir de él, en cobalto azul oscuro tomado de las minas de hierro de Birmingham. Y lo hizo. Y su trabajo era tan especial que la gente no podía confundir ningún otro motivo chino de sauces con el Sauce Azul Colebrook, y se hizo famoso, y Marthasville se convirtió en Atlanta, y Artemas se hizo rico, con una casa grande junto al Toqua, una moledora de maíz y, por supuesto, su fábrica de porcelana.
—¡Bajo el lago!
—Bajo el lago, así es. Pero el dinero no podía comprar el amor de los hijos de Elspeth, quienes nunca dejaron de echarle la culpa por lo que le había sucedido a su madre. Para empeorar las cosas, Artemas se casó con una mujer yanqui de Nueva York, que había venido de visita, y decidió apoyar la causa del Norte.
Lily frunció el entrecejo.
—Pero este Artemas no es un yanqui, aunque sea de Nueva York, ¿verdad? —Echó un vistazo al objeto de su preocupación y sonrió con malicia.
—No, estoy segura de que esa vergüenza ya se ha desvanecido —dijo la señora MacKenzie—. Como sea, los hijos de Elspeth para entonces ya eran hombres, e importantes granjeros con esposas y niños, y tenían deberes para con el pueblo que habían fundado.
—¿MacKenzie? ¿Igual que ahora?
—Aja. Tenían aquí raíces más profundas que las del viejo Artemas, y además no se pueden juzgar las actitudes de los demás. De cualquier modo, la guerra hizo que los MacKenzie y los Colebrook fueran enemigos. Fueron tiempos malos; corrió mucha sangre. Los hijos de Elspeth reunieron a varios hombres y formaron una cuadrilla. Una noche atravesaron el sendero de Smoky Hollow e incendiaron la casa del viejo Artemas, su fábrica de porcelana y todas sus otras propiedades, excepto la moledora de trigo, que era útil para quienes vivían por allí.
—Eso estuvo muy mal.
—Creo que has heredado de ellos tu carácter —dijo Artemas con sarcasmo. Lily le dio otro codazo.
—Sí, claro que estuvo mal —continuó Zea—. Y el viejo Artemas fue a la granja de los MacKenzie el domingo siguiente, cuando los MacKenzie habían ido a la iglesia del pueblo, y trajo su propia cuadrilla. Los hombres dominaron a los peones del campo, mientras Artemas cortaba los árboles de Elspeth. Los quemó, hasta la raíz. Era su modo de expresar que los hijos habían roto el vínculo que los unía a él.
—¿Qué hicieron entonces los hijos de Elspeth?
—Nada. No había ninguna posibilidad de remediar la terrible ruptura entre ellos y el viejo Artemas. Artemas dijo que se iría y que no regresaría hasta que pudiera gobernar despóticamente a todos los MacKenzie del condado. De modo que tomó su dinero y a su esposa yanqui y se fue a Nueva York. Y compró canteras de arcilla, y eso lo llevó a comprar minas de hierro para conseguir el cobalto azul, y muy pronto él y esa mujer tuvieron hijos mayores que sabían comprar cosas y hacer dinero, y los Colebrook vendieron la mejor porcelana del país, además de ser dueños de todo tipo de fábricas. Y en esos treinta años se hicieron ricos como Midas y comenzaron a pavonearse como gallos pendencieros.
Los ojos de mamá se tornaron más expresivos.
—Pero ¿sabéis una cosa? ¡Los sauces volvieron a crecer! ¡No podían matarlos, porque el amor de Elspeth era demasiado fuerte!
Lily chilló y aplaudió.
—¡Porque son mágicos!
—Sí.
Artemas se había quedado en silencio, retraído. Retiró el brazo del cuello de Lily y fijó la mirada en el suelo. Lily, preocupada, le dio un golpe en la rodilla.
—Igualmente me gustas.
—Gracias.
Zea frunció la frente.
—Bien, los MacKenzie nunca se hicieron ricos, por lo menos no como los Colebrook, pero siempre fueron los mejores granjeros del norte de Georgia, y además fueron jueces de los tribunales del condado, alguaciles, pastores… y contrabandistas de licor, pero esa es otra historia.
Lily dio un salto.
—¡Cuéntamela, por favor!
—No, no. Solo quise contar la historia del oso. Se está haciendo tarde.
—¿No puedes contarle cómo regresaron los Colebrook? —preguntó Artemas mientras levantaba la cabeza lentamente. Tenía los ojos ensombrecidos. Zea lo miró un instante y suspiró.
—Oh, está bien. —Sentada en el suelo junto a Lily, quien miraba alternativamente a su madre y a Artemas con expresión confusa y compasiva, continuó—: ¿Recordáis el cartel que está bajo el sauce grande, sobre la carretera estatal?
¿Sí?
—Bien, tus bisabuelos regalaron ese árbol a los bisabuelos de Artemas, cuando llegaron aquí, en mil ochocientos noventa y cinco. Jonathan Colebrook era rico, más rico que todos los otros Colebrook, porque había heredado casi todo el dinero de la familia. Vino aquí desde Nueva York para construir Sauce Azul y cumplir el sueño de su abuelo, el viejo Artemas, de recuperar la tierra de los Colebrook. —La señora MacKenzie carraspeó—. Pero cuando el viejo Jonathan dijo: «Pues, creo que compraré todo lo que haya en muchos kilómetros a la redonda y construiré una de las casas más grandes de Estados Unidos», los nietos de los hijos de Elspeth replicaron: «Usted no nos va a tratar como un déspota. Inténtelo, pero no venderemos nada». Jonathan se dio cuenta de que no conseguiría que los MacKenzie cedieran, a menos que comprara la tierra que los rodeaba. Así es como nació Sauce Azul, y es por eso que la granja de los MacKenzie está en el centro.
Lily estudiaba a Artemas.
—Pero ¿cómo es que te fuiste? —Se inclinó y espió el rostro del niño.
—Deja de hacerme burla.
—No me burlo. Creo que debes quedarte. Quiero que te quedes. Después de que nací, prometiste que algún día volverías y te quedarías.
—Cállate. —Artemas se levantó del sillón de un salto—. Me voy a sentar un momento afuera. —Salió a paso firme y dejó que la puerta de malla de alambre golpeara el marco. Lily corrió detrás de él.
—Artemas, Artemas —lo llamó con voz dolida. Su madre la tomó de la parte de atrás del mono y la abrazó. —Calla, Lily —susurró—. Se siente triste. Necesita estar solo un instante. —¿Por qué está triste?
—Porque su familia no es lo que era en sus comienzos, y está avergonzado. Nunca le digas que yo dije esto. Es un buen muchacho.
Lily volvió la cabeza y miró por la ventana; siguió la figura alta y rígida de Artemas, que atravesaba la lejana pastura bajo la luz de la luna. El corazoncito de la niña palpitaba con desconcierto y compasión.
Muy tarde, esa misma noche, Artemas se sentó junto al lecho de la abuela MacKenzie, en una habitación estrecha que olía a madera vieja y a aire primaveral, y le leyó la Biblia. Los ancestros de Artemas habían construido una de las iglesias episcopales más grandes de Nueva York. Su padre decía que con eso habían conseguido todas las bendiciones que necesitaban.
El señor y la señora MacKenzie subieron a su habitación. Lily dormía en un catre en el cuarto de su abuela, pero se arrellanó en la cama junto a la anciana. Se había cepillado el cabello denso y rizado. Llevaba una camiseta grande, de su padre, que la cubría hasta las rodillas, despellejadas. Reclinó la cabeza sobre el suave regazo cubierto por el edredón y observó a Artemas con ojos amables y curiosos.
La abuela MacKenzie se quedó dormida. Artemas puso la Biblia sobre la mesita de noche y le dijo a Lily, con toda la firmeza de hermano mayor que utilizaba ante sus hermanitos:
—Tú también debes irte a dormir.
—Yo juego en la «garelía» de la casa grande —dijo Lily.
—¿Quieres decir en la galería?
—Ajá. El pórtico grande. Ojalá pudiera ver lo que hay dentro. ¿Podrías sacar las tablas de las ventanas?
—No puedo. —Artemas desvió la mirada con tristeza—. Lo haría, si dependiera de mí.
—¿Qué hay dentro?
—Nada. Está vacío. Se vendió todo.
—Mamá dice que es como un castillo de un cuento de hadas.
—Creo que sí. A mí me gustaba.
—¿Cuántos hermanos tienes?
Artemas frunció el entrecejo ante el cambio de tema. Lily no era predecible. A él le gustaba que la gente lo fuera.
—Cinco.
—Ojalá yo tuviera hermanos.
—¿Por qué no los tienes?
—El doctor dice que mamá no puede. Ella lo intentó. —Lily bostezó—. Salió uno el año pasado, pero estaba muerto como una roca.
—¡Vaya! ¡Qué manera de decirlo!
—Pues, a veces los animales tienen problemas y mueren. Los he visto. La gata se comió a su gatito. Yo encontré la cola. —Lily cerró los ojos y suspiró.
Artemas se incorporó; se sentía solo y desdichado.
La alzó y la llevó al catre. Lily se acomodó en el colchón viejo y blando, pero abrió los ojos cuando Artemas la cubrió con la sábana y el edredón.
—Debes quedarte aquí y vivir con nosotros —dijo Lily.
—No puedo. ¿Acaso tú podrías escaparte y abandonar a tu familia?
—No, porque mi familia no es malvada conmigo.
—Hay partes de mi familia que tampoco son malvadas. Es por eso que debo regresar.
—Haz que vengan aquí.
Los ojos de Artemas ardían por el esfuerzo de contener las lágrimas.
—¿Sabes que no comprendes nada? Ve a dormir, monstruito arroja manzanas.
Salió del cuarto y dio un golpecito al interruptor que estaba sobre la pared, empapelada con motivos de rosas. Lily quedó tendida en la oscuridad, luchando con su conciencia y su pena. Mamá y papá decían que los asuntos de la familia eran privados, y que la familia era un motivo de orgullo, algo por qué luchar. Y eso significaba tener la verdad en el corazón y mantener la cabeza erguida cuando las niñas estúpidas del parvulario se burlaban de ella.
Así que nunca decía a nadie cuánto la avergonzaban y la enojaban esas burlas.
Pero Artemas necesitaba saber que no estaba solo.
Lily bajó de la cama y atravesó la casa de puntillas, hasta llegar a la sala; Artemas estaba tendido a oscuras en el sofá, cubierto con uno de los edredones de la abuela MacKenzie. Lily avanzó tímidamente hasta él, se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y le dio un golpecito en el hombro.
—Vuelve a la cama, por Dios —refunfuñó Artemas.
El rostro de Lily se cubrió de lágrimas. Con un hilo de voz, le dijo:
—No te sientas triste, Artemas. En el parvulario me llaman Cabeza de Monstruo, por ser tan alta. Apuesto a que será aún peor en primer grado.
Artemas se volvió hacia ella. Lily sintió la fuerza de su mirada.
—Esas niñas solo desean parecerse a ti. —La voz de Artemas era suave, amistosa.
Lily se sorprendió.
—¿Por qué?
—Porque eres una MacKenzie, y los MacKenzie son especiales.
Esa explicación era demasiado fácil. Lily persistió:
—Y un niño de la escuela dominical dijo que papá es… es un tullido. Y que mamá es… una nadie, porque era pobre y nadie la quería cuando era pequeña. —Bajó la cabeza, mientras las lágrimas le caían libremente sobre la camiseta, que se había enrollado en la falda—. Le pegué con una piedra.
Artemas le dio un empujoncito suave en el hombro, para atraer su atención.
—Escúchame. Jamás dejes que nadie te haga sentir mal. Ojalá mi madre y mi padre fuesen como los tuyos.
Lily lo miró y las lágrimas se evaporaron.
—¿En serio?
—En serio. —Artemas le dio un ligero tirón de cabello—. Haremos que todo el mundo lamente habernos hecho sentir mal, ¿no es así?
¡Sí!
—Y mientras sepamos qué es lo que está bien, no importa lo que piense el resto, ¿no?
—¡No! —Eso era sorprendente. Artemas comprendía de verdad. Nadie nunca la entendería mejor. Lily apoyó los brazos cruzados en el sofá y puso la cabeza sobre ellos, cerca de Artemas. El niño pasó un brazo alrededor de los hombros de Lily, primero con torpeza, después más relajado. Lily suspiró en paz y se durmió en un instante.
El señor MacKenzie hizo arrancar el camión, se sentó en el lugar del conductor y esperó. Decía que no era partidario de las despedidas largas. Tampoco lo era Artemas.
—Esta es la dirección de mi escuela —dijo Artemas, al tiempo que tomaba un trozo de papel de la mochila y se lo daba a la señora MacKenzie—. Pensé que quizá, a veces…
—Te escribiremos —contestó Zea con suavidad.
Lily, todavía en ropa de dormir, comenzó a lloriquear, corrió y rodeó las rodillas de Artemas con sus brazos. Mientras lo miraba, dijo entre lágrimas:
—¡Quiero que te quedes!
Conmovido, Artemas se puso en cuclillas y la cogió de los hombros.
—No puedo quedarme, y no puedo regresar. Cuando seas mayor como yo lo entenderás.
—¿Por qué viniste si no te vas a quedar? —insistió Lily, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas pecosas.
—Porque lo prometí. Ahora compórtate como una niña mayor.
—¡Te amo! —Se liberó de los brazos de Artemas y le echó los brazos al cuello. Artemas, mortificado, permaneció quieto y rígido. Luego le dio un abrazo rápido.
—Adiós, Lily —dijo con los labios en el cabello de la niña—. Yo también te amo. Recuerda lo que dije anoche. Y si alguna vez necesitas ayuda, escríbeme y dímelo. ¿Lo prometes?
—¡No necesito ayuda! ¡Soy una MacKenzie!
Artemas la apartó con suavidad y se puso de pie, pero retuvo una de las manos de Lily. La niña se mordió los labios y le echó una mirada tenaz.
—Regresarás. ¡Regresarás! ¡Santo cielo! ¡Maldición!
—¡Lily! —gritó la señora MacKenzie, y le dio un golpe en el trasero—. ¿Dónde has aprendido a hablar así?
—Lo aprendí de él, de esa basura.
La señora MacKenzie se quedó sin aliento.
—Me ocuparé de ti más tarde, señorita.
—Los amo a todos —dijo Artemas. Se le quebró la voz. Dio media vuelta y salió de la casa a paso firme.
Lily corrió detrás de él y se quedó de pie en el borde del pórtico, asida a la barandilla, mientras Artemas se dirigía al camión.
—¡Sí que regresarás! —le gritó—. ¡Yo soy la princesa Col Brook, y yo lo ordeno!
Artemas se volvió y se inclinó ante ella. La señora MacKenzie se acercó, la tomó por los hombros y sostuvo el cuerpecito furioso y movedizo contra sus piernas.
—¡Cuídate, Artie! —gritó Zea, quien ahora también lloraba.
Artemas se sentó con la espalda muy erguida, la mirada perdida y la mandíbula rígida, mientras el señor MacKenzie salía del patio.
—No necesito tu ayuda. No necesito tu ayuda —musitaba Lily con la voz quebrada, que se disolvía en un gemido—. Regresa.
La bonita caja marrón llegó con el correo, un mes más tarde. Lily la miraba fijamente, ávida y excitada, mientras su madre la apoyaba sobre la vieja mesa de la cocina. El señor MacKenzie se sentó y acomodó a Lily en su falda. Zea, de pie junto a la caja, cortó la cinta adhesiva con sus grandes tijeras de costura.
—Es de Artemas.
Extrajo un objeto abultado envuelto en papel blanco grueso. Lo puso sobre la mesa, lentamente lo desembaló y contempló una tetera pequeña y perfecta.
—Oh, Artie. —Pasó un dedo trémulo sobre el rico dibujo azul, con fondo de color blanco cremoso—. ¿Ves esto, Lily? Es el motivo del Sauce Azul. El diseño vino desde China. ¿Ves el sauce, el puente y los pequeños gorriones que se besan? ¿Ves qué límpido y bonito es el color azul, y todos los detalles de las imágenes? Nadie ha hecho porcelana Sauce Azul tan bella como la de los Colebrook. Así es como se hicieron famosos. —Al alzar la delicada tapa, vio dentro un trozo de papel. Apoyó con reverencia la pieza y desplegó la nota. Carraspeó y comenzó a leer— «Esto es antiguo. Vale mucho dinero. Lo cogí para ustedes cuando regresé a casa por un fin de semana. La abuela lo sabe. Pueden venderlo».
Zea se hundió en una silla y puso la cabeza entre las manos. Drew suspiró.
—Tiene buenas intenciones.
Lily miró la tetera con la frente fruncida, mientras en su interior crecía una certeza horrorosa. —¿Cree que somos pobres?
—No, no, calla —la reprendió su madre con severidad.
Lily, mortificada, no salía de su desconcierto. Sus padres parecían afligidos, pero no enojados.
—Los MacKenzie no aceptan caridad —chilló, pronunciando la palabra terrible que había oído a sus padres utilizar a menudo, con tanto odio.
—No es caridad, pues jamás la venderemos —dijo Drew. Zea asintió, pero llevó la tetera hacia su pecho y la abrazó—. Es un signo de amistad. Artie solo intentó demostrarnos cuánto significamos para él.
Esa noche, después de que Drew se hubo acostado, Zea tomó una pluma y una hoja de papel y pidió a Lily que fuera a la sala. Se sentaron en el sofá.
—¿Qué quieres decirle a Artie? —preguntó.
—Que no somos pobres.
—¿No quieres escribirle cosas… bonitas, en lugar de cosas que solo vayan a confundirlo?
Lily suspiró, confundida a su vez.
—Dile: «Cuidaré la tetera por ti. Regresa».
Zea escribió con diligencia durante varios minutos. Luego colocó el papel sobre el regazo de Lily y le entregó la pluma.
—Pon tu nombre abajo.
Lily se concentró, se mordió el labio y escribió en letras cuadradas, tan grandes como su orgullo, tan llenas de emoción cómo podía expresarlo una pluma sobre un papel rústico.
Artemas estaba tendido sobre su litera en una habitación pequeña y desnuda, sin más que las paredes de color verde caqui y los muebles austeros. Abrió, reverente, el sobre simple, con los dedos callosos a causa de las tareas y deberes de un cadete. La letra pulcra y femenina de la señora MacKenzie era tan bonita y contrastaba tanto con el lugar en el que Artemas se hallaba…
«Siempre habrá un lugar para ti entre nosotros. Cuando te sientas mal y no sepas si alguien té quiere, no olvides que nosotros sí te amamos. Estarás bien si recuerdas que puedes llegar a ser cualquier cosa que desees, sin importar lo que la gente te haga. Tu regalo será siempre parte de nuestra familia, y tú también.»
El nombre de Lily estaba garabateado abajo, con letra infantil y exuberante.
Desde entonces Artemas le escribió; notas breves y simples en el papel del colegio o en su propio papel de cartas o en una tarjeta bonita cuando tenía oportunidad de comprarla. La señora MacKenzie le respondía y le contaba cosas cotidianas y graciosas que sucedían en la granja, siempre con la firma de Lily debajo, y nunca dejaba entrever que su vida fuera diferente de las fantasías en que la envolvía Artemas.