26

EL señor Estes había sacado de la nada un talento astuto como el de un zorro. Sentado junto a Lily en una pequeña silla de estilo, cuya elegancia parecía incongruente con el hombrón tosco, se inclinaba sobre un escritorio de oficina sembrado de listas de precios mayoristas, propuestas de proyectos y diseños de paisajes. Lily tenía la espalda muy derecha, y se mantenía tranquila y reservada.

—Mi socia y yo necesitamos salir un momento y pelearnos a solas, señor Malloy —anunció Estes, con un suspiro.

Malloy echó un vistazo a su reloj.

—Hace media hora que estamos regateando por esto. Tengo otras cosas de que ocuparme además del paisajismo. El presupuesto de ustedes es demasiado alto. Eso es todo.

Lily sacudió gravemente la cabeza.

—No puedo bajar más el precio —dijo Lily, mientras cruzaba los brazos y suspiraba.

Estes señaló con el índice al cliente potencial.

—Lily, estás siendo demasiado dura con este hombre. Debemos aflojar un poco. Creo que podemos cumplir con los plazos y ofrecer al señor Malloy el presupuesto que quiere. Estoy dispuesto a ceder y a bajar la oferta en cuatro mil dólares.

Lily volvió a sacudir la cabeza.

—Imposible. Debemos pensar en nuestra reputación.

El hombre alzó las manos.

—¿Podrían bajarlo en dos mil dólares?

—Pues, no lo sé…

—Oh, Lily, no seas obstinada —terció Estes.

Lily fingió reflexionar sobre la propuesta un minuto. Por fin, exhaló, derrotada.

—De acuerdo. Veré cómo me las arreglo.

Estes golpeó el escritorio.

—¡Gracias al cielo!

Malloy lanzó miradas desconfiadas a Lily mientras tomaba el contrato que habían llevado.

—Firmemos y sellemos este acuerdo antes de que alguien comience de nuevo a discutir.

 

Cuando Lily y Estes se marcharon y subieron al camión, Estes se golpeó las rodillas y se echó a reír.

—¡Jamás sabrá cómo lo convencimos!

Lily aferró con fuerza el volante. Sentía un enorme alivio. Sonrió, satisfecha.

—El hombre quería un trabajo bueno y rápido a precios bajísimos. Logró un acuerdo justo, y nosotros también.

Estes parecía en la gloria.

—Por fin pusimos un pie grande en una puerta grande. Tenías razón, señorita testaruda. Esto será un éxito. Y además es divertido. No esperaba que nada volviera a parecerme tan interesante. —Se pasó una mano por la chaquetilla de cuero de oveja que llevaba sobre la camisa de franela—. ¡Vaya! Creo que tanto entusiasmo me ha sentado mal. Tengo… —El rostro rojo comenzó a palidecer. Se hundió en el asiento y agregó con voz tensa—: Tengo dolores en el pecho. —Hizo una mueca y cerró los ojos.

Lily hizo arrancar el camión de inmediato. Con voz que intentaba sonar indiferente, le dijo:

—Pasaremos por el hospital. —Sí. Vayamos. —La falta de fanfarronería y protestas la asustó.

 

Manita entró a grandes pasos en el consultorio, echó un vistazo a Estes, tendido en una camilla, con electrodos en el vello gris del pecho, y soltó un gritito de desesperación. Lily se levantó de una banqueta que estaba junto a la camilla y agitó ambas manos en señal de advertencia. Estes, con el rostro ceniciento y preocupado, alzó la cabeza y clavó los ojos en Manita.

—Crees que me estoy muriendo —le dijo a Lily entre dientes—. Has llamado al buitre.

—Chist —dijo Manita. Pasó junto a Lily y se inclinó sobre él—. Si no te cuidas, tendrás un cortocircuito. —Su tono atribulado suavizaba las palabras acidas. Tendió una mano trémula y apartó el cabello entrecano de la frente de Estes—. Viejo tonto —agregó con ternura—. No tendrás un ataque al corazón. No te lo permitiré. Ni siquiera me has invitado a salir todavía.

—Tiene la presión sanguínea alta, pero no demasiado —terció Lily—. Le dieron una pastilla, que le alivió la mayor parte de los dolores.

Estes miró a Manita, y su ironía se diluyó.

—Siento que he malgastado todas mis oportunidades —dijo con voz pequeña y ronca. Manita gimoteó y le tiró del cabello, en señal de reproche.

—Viejo tonto.

Estes pareció conmoverse por el apelativo cariñoso. Carraspeó y dijo en tono más vigoroso:

—Lily, ven aquí y tráeme un trozo de papel y una pluma. Quiero que tomes nota de una modificación a mi testamento.

Lily buscó en el bolsillo de su chaqueta y encontró el cuaderno de notas y la pluma que siempre llevaba consigo.

—Adelante.

—Escribe algo que diga que te dejo la vieja granja de los MacKenzie, y todo lo que hay en ella. No puedo morir sabiendo que no te devolví ese lugar solo por venganza por lo que ese Colebrook hizo a Joe.

 

Lily bajó el cuaderno.

—No, señor. No puedo ser cómplice de esto.

—¿Por qué?

Manita soltó un gruñido, disgustada.

—¡Te tenemos afecto! ¿No puedes meterte eso en tu dura cabezota?

Estes estaba al borde de las lágrimas, desconcertado.

—Qué momento para enterarme.

Una mujer de mediana edad, de piel morena, con un guardapolvo blanco, entró en la habitación.

—¿Cómo está? —preguntó Manita en tono lastimero.

La médica dejó escapar un suave gruñido.

—¿Qué almorzó, señor Estes?

—Nabo, alubias. Pan de maíz. Lily y yo paramos en un restaurante. Yo quería comer pollo frito, pero me convenció de que no lo hiciera. Dijo que me atascaría las arterias.

—Tomó también unos cinco litros de salsa picante de cebollas, aunque le dije que no lo hiciera —intervino Lily.

La médica rio y apoyó el gráfico del electrocardiograma.

—Señor Estes, por favor, prométame que de ahora en adelante tomará siempre sus medicamentos para la presión sanguínea. Ya sabe que tiene angina de pecho. Hoy debe de haberla empeorado.

—¿No es demasiado tarde? ¿No estoy del otro lado?

La médica tomó un paquete de su bolsillo y lo sostuvo para que Estes pudiera verlo.

—No, por ahora estoy segura de que esta droga maravillosa lo salvará.

Estes estiró la cabeza.

—¿Qué es?

—Pastillas contra la acidez. Usted no tiene un ataque al corazón. Lo que tiene es acidez.

Estes se incorporó, estupefacto, mascullando. Lily tomó la camisa que había quedado colgada de un gancho en la pared y se la tendió. La alarma dé Estes se convirtió en una expresión de amargo arrepentimiento.

—De veras arreglaré las cosas, de algún modo —musitó. Clavó la mirada en Lily, como si ella también fuera la fuente de su desdicha, y tomó la camisa.

 

Lily se despertó, sudorosa y desorientada. La lluvia golpeaba la casa. Los truenos retumbaban. Una rama azotaba la pared de la habitación.

Lily se incorporó, se tomó la frente con la mano e intentó olvidar la pesadilla. La angustia de siempre la invadió. ¿Acaso Stephen había estado consciente y aterrorizado hasta el último momento, bajo la montaña de hormigón destrozado? ¿Había intentado llamarla, mientras se ahogaba y lloraba contra el pecho sangriento de su padre?

Lily se levantó y corrió hacia la sala principal; tenía el camisón, frío y húmedo, pegado al cuerpo. Lupa saltó de la alfombra frente al hogar y dejó escapar un quejido. Lily encendió una lámpara que se encontraba junto al sofá y se quedó un momento de pie, trémula, mientras luchaba por controlarse. ¿Acaso nunca iba a dejar de sufrir estas pesadillas?

 

Por instinto se dirigió a una pila de cajas que había en una esquina de la habitación. Buscó desesperada hasta encontrar un bolso de tela, pequeño y deforme, cerrado con una cuerda. Sabía de memoria lo que contenía, y no había podido abrirlo después de la tragedia.

Deshizo el nudo y fue sacando, uno a uno, diversos recuerdos de Stephen y Richard: el primer diente, un mechón de cabello del bebé, el distintivo universitario de Richard, que él le había regalado la noche que hicieron el amor por primera vez…

Lily apoyó esos y otros tesoros en su regazo.

El bolso debería haber quedado vacío. Pero aún había algo.

Intrigada, Lily buscó en el fondo. Con desconcierto, palpó un objeto rectangular, del tamaño de una caja de fósforos, envuelto en una hoja de papel blanco y atado con una banda elástica. Lily lo examinó varios segundos, intentando adivinar qué era. Fuera lo que fuere, ella no lo había puesto allí.

Quitó deprisa el papel.

Lo que había en su palma era una pequeña cinta magnética. Lily la miró, perpleja. Después comprendió. Perdió el aliento, se le nubló la vista.

Era la cinta del contestador automático de la oficina de ella y Richard. Richard había dicho que el contestador estaba roto. Que había tirado la cinta.

Pero no la había tirado. La había puesto con los recuerdos que Lily más atesoraba. ¿Para ocultarla? ¿Para protegerla?

Lily volvió corriendo hacia la pila de cajas y buscó con desesperación hasta encontrar el contestador. Se sentó en el suelo de madera y lo enchufó. Puso la cinta en la máquina. Cuando subió el volumen y apretó la tecla de reproducción, oyó un zumbido eficiente, seguido por una señal que indicaba que alguien, Richard, había comenzado a grabar una conversación.

Lily se inclinó sobre el contestador, con las manos apretadas contra su estómago. Se oyó la voz meliflua de Frank, dura y airada. «Maldito estúpido, ¿por qué le dijiste a Julia lo del puente?»

 

Tamberlaine tenía un aspecto extraño, como si se hallara fuera de su elemento sin un traje. Vestía un equipo deportivo negro y pantuflas. Después de todo, Lily lo había despertado en medio de la noche y le había contado una historia confusa, atroz. Tamberlaine la estudió de pies a cabeza: el cabello revuelto, la camisa arrugada, una zapatilla desatada.

—Has conducido más de una hora. Pareces hallarte al borde de un colapso. Por favor, permíteme que te prepare unas tostadas y un té.

Lily sacudió la cabeza y dijo con un hilo de voz:

—Primero debe escuchar esta cinta. Necesito que me aconseje.

—Muy bien.

Tamberlaine condujo a Lily hacia la sala de estar. Lily se dejó caer en un diván lujoso y observó a Tamberlaine mientras enchufaba el contestador.

Por fin, cuando Tamberlaine se hubo sentado a su lado con un cuaderno y una pequeña pluma de oro en la mano, Lily apretó la tecla de reproducción.

—Hay varias conversaciones diferentes —explicó Lily—. Frank y Richard, Richard y Julia, Richard y Oliver Grant, y una conferencia entre los cuatro. En total son unos treinta minutos. —Lily apoyó los codos en las rodillas y hundió la cabeza entre las manos.

Al principio Tamberlaine hizo algunas anotaciones. Pero después se detuvo. El cuaderno cayó al suelo. Cuando Lily lo miraba, se daba cuenta de que estaba azorado.

 

Cuando terminaron de escuchar la cinta, Lily apagó la máquina y se echó atrás en el diván, con los ojos cerrados. Tamberlaine suspiró, como si liberara toda la energía de su cuerpo.

 

 

 

—Qué paradoja atroz —dijo.

Lily intentaba poner en orden sus pensamientos.

—Richard advirtió a Julia de que no podía garantizar que el puente fuera seguro. Le dijo que existía la posibilidad de que el hormigón no hubiera sido curado el tiempo necesario. Le advirtió de que deberían tomar muestras para decidir si era lo bastante fuerte. Y que si no lo era, el puente necesitaría numerosas reparaciones. Pero Oliver y Frank la convencieron de que Richard era demasiado cauto. Y Julia estaba tan ansiosa por inaugurar el edificio en la fecha programada que les creyó.

 

Tamberlaine se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro.

—Ah, Julia, Julia. —Su voz revelaba desencanto y dolor—. ¿Por qué permitió que el orgullo trastornara su discernimiento? El riesgo debe de haber sido obvio, aun para ella.

—Richard debería haberlo impedido.

—Los otros no le dieron demasiada opción —le recordó Tamberlaine, y agregó con tristeza—: Julia tampoco, con sus amenazas. Lo obligó a elegir…

 

Tamberlaine rebobinó parcialmente la cinta y buscó hasta que encontró la llamada de Julia a Richard.

—Escúcheme, Porter. Si Frank dice que ese puente es seguro, es seguro.

—Julia, él no puede tener plena certeza. Frank está desesperado. Le aterroriza pensar que usted está intentando arruinarnos para desquitarse por su despreciable conducta en lo personal. Frank está permitiendo que ese temor distorsione su sentido común. Y Oliver también está nervioso.

—Bien. Si Frank me tiene tanto miedo, no mentirá acerca de la solidez del puente. No se atrevería.

—Maldición, hace meses que usted está castigando a Frank. ¿No es suficiente? ¿Está dispuesta a arriesgarse de forma estúpida solo para torturarlo un poco más?

—¡No voy a permitirle que me haga quedar como una incompetente frente a mi familia!

—Por amor de Dios, Julia, esto es un asunto de negocios, no una cruzada personal. Lo único que debe hacer es informar a su familia de que va a haber demoras, mientras nosotros inspeccionamos el puente y tomamos las medidas necesarias.

—El puente es seguro. Mi familia jamás se enterará de esto. ¿Lo entiende? Me sentiría sucia durante el resto de mi vida.

—¿Sucia?

—Estúpida, incapaz, ineficaz, tonta… todo por dejar que Frank Stockman arruinara mi vida.

—Julia, lo que dice no tiene sentido. Su familia no lo verá de ese modo. Es una locura.

—El respeto de mi familia es más importante para mí que su maldita opinión acerca de mi salud mental. El edificio será inaugurado en la fecha prevista. Si no es así, y si usted deja que una sola palabra acerca de sus preocupaciones llegue hasta mi familia, los aplastaré, a usted y a Frank. Tendrán suerte si alguien les pide que diseñen la caseta de un perro.

Tamberlaine detuvo la cinta.

 

Lily se encogió, con las manos contra la boca. En su mente oía como un eco: «Me sentiría sucia durante el resto de mi vida». Eran las palabras de una niña que había sufrido abusos sexuales. Comenzó a decírselo a Tamberlaine, y se dio cuenta de que debería revelar quién le había dado tal información y por qué. «Oh, Julia, ahora comprendo.» Julia no había sabido pedir ayuda. Estaba acostumbrada a sufrir a solas. A soportar en soledad su vergüenza. No podía confiar en nadie más que en sí misma.

—Julia sentía que no tenía opción —dijo por fin Lily—. En esencia, estaba convencida de que era la única responsable de todo el edificio.

—Eres muy generosa. Más de lo que los hechos justifican. —Con movimientos pesados, Tamberlaine se sentó frente a Lily—. Artemas y los demás deberán aceptar que Julia fue capaz de esta vanidad y esta mezquindad inexplicables, y que tenía tan poca entereza que permitió que su vendetta personal contra Stockman trastornara su buen juicio.

«Pero no es cierto», deseaba decirle Lily. Los sentimientos tumultuosos la torturaban. Juzgarían a Julia injustamente, a menos que Elizabeth los ayudara a comprender lo que ella y su hermana habían pasado cuando eran niñas. Solo Elizabeth tenía derecho de revelar esa información, pero Lily dudaba de que lo hiciera.

 

Ya no había ninguna satisfacción en atacar a Julia. Richard le había dejado la cinta por si ocurría algo, aunque sin duda sabía que el contenido no lo absolvía. Por primera vez, Lily sintió una mezcla de tristeza y serenidad. Todavía era posible amar todo lo que había sido bueno y decente en Richard. No podía perdonarle plenamente la muerte de Stephen ni las de las otras personas, pero podía seguir adelante con su vida.

Lily se enderezó y dirigió a Tamberlaine una mirada directa.

—No quiero que Artemas se entere de esto —dijo.

—No puedes ocultarle esta información a Artemas.

—Saber la verdad no cambia lo que hizo Richard. El hecho de que haya tenido buenas intenciones no lo hace menos culpable. Si esta cinta hubiera revelado que él era inocente, querría que todo el mundo la oyera. Pero no es ese el caso.

—¿Me estás pidiendo que no le diga nada acerca de esta cinta?

—Sí.

Tamberlaine suspiró.

—Tienes mi palabra.

 

Artemas atravesó un vestíbulo del laberinto de cocinas, despensas y lavaderos, que había en el sótano de la casa. La luz fresca y diáfana del sol de la mañana se filtraba por las ventanas amplias. En el parque trasero aguardaba un helicóptero, que lo trasladaría a Atlanta, donde pasaría ese día.

Entró en una habitación llena de mesas y estantes colmados de floreros, canastas y artículos de floristería.

—Buenos días, María.

La mujer, menuda y morena, le sonrió desde su lugar tras un escritorio.

—Buenos días, señor Colebrook. Parece muy feliz.

—¿De verdad? María, toda la familia vendrá a pasar el fin de semana. Quiero que la casa esté llena de flores.

—Sí, no hay problema. —Los ojos de María brillaban con ideas—. Llamaré a mi proveedor apenas abra su oficina.

Artemas le dio las gracias y regresó al vestíbulo, pensativo. Elizabeth y su ex marido estaban tratando de resolver sus problemas. Habían vuelto a vivir juntos. Elizabeth le había contado que Lily le había infundido el coraje para intentarlo.

Entró en la cocina principal. En ella estaba solo Anita, la hijita de María, sentada en una banqueta junto a las cocinas de gas.

De una enorme cacerola de acero, colocada sobre un fogón delantero, salía vapor. Anita se puso de puntillas. Artemas vio, alarmado, cómo la niña tomaba un asa del recipiente e intentaba ojear el contenido. La cacerola se deslizó hasta el borde de la cocina.

—¡No! —Artemas saltó hacia la niña. Anita dio un brinco por la sorpresa, tropezó con la banqueta y cayó, al tiempo que arrastraba consigo la enorme cacerola.

Artemas la tomó en sus brazos y se arrodilló, formando un escudo con su cuerpo. El agua hirviente se derramó sobre su hombro y su brazo derechos.

 

Artemas, tendido sobre la ropa de cama, intentaba leer una pila de papeles. Se sentía atontado por los analgésicos que había ingerido; el brazo vendado todavía le latía.

El señor LaMieux entró en la sala principal y se detuvo en el otro extremo de la cama.

—Tienes una visita. La haré pasar.

Se retiró antes de que Artemas pudiese preguntar de quién se trataba. Un comportamiento tan evasivo no era habitual en LaMieux. Volvió a oírse el ruido de las puertas.

Lily entró en la habitación. Tenía la piel pálida como la crema. El cabello le caía alrededor del rostro y sobre los hombros en sensuales ondas rojas. Llevaba en la mano una gran caja de cartón, con orificios.

—¿Cómo estás? —preguntó Lily, con voz baja y ronca.

Mudo por los sentimientos encontrados, Artemas solo era consciente de que había estado ignorando una necesidad feroz de volver a verla.

—Hervido —respondió por fin.

Lily dio un respingo.

—El señor Tamberlaine me llamó. Dijo que no era nada serio, pero a mí me pareció que sí. ¿Es muy grave?

—Es solo superficial. Regresaré al servicio activo la semana que viene.

—La niña a la que protegiste… ¿no sufrió ninguna quemadura?

—No. Gracias a Dios.

Lily asintió, con los ojos transparentes y admirados.

Los analgésicos deberían haber apagado todas las sensaciones, pero Artemas no podía con la excitación que le nacía en la sangre. Señaló la caja con su mano sana.

—¿Un oso bebé?

El rostro de Lily se relajó un poco.

—No, dos bebés de lince. —Se acercó, vacilante, y apoyó la caja en una esquina de la cama—. Se habían instalado bajo la casa de tía Maude. Planeaba adoptarlos, pero después decidí que te divertirían.

La mirada de Artemas permaneció fija en ella, mientras Lily abría la caja. Dos gatitos pasaron sobre las manos de Lily y saltaron a la cama. Comenzaron a trepar por el cuerpo de Artemas.

—Oh, Dios mío —exclamó Lily. Corrió hacia el lado de la cama donde se hallaba Artemas, mientras él intentaba poner su brazo lastimado a salvo de los animalitos. Los alzó y lo miró desolada. Puso los gatitos en el suelo.

—Lo lamento muchísimo. Tamberlaine dijo que necesitabas una distracción. Estoy segura de que no se refería a ninguna que te causara dolor. —Se ruborizó, y su rostro reflejó angustia. Comenzó a levantarse.

—No te vayas —dijo Artemas. Hizo una mueca de dolor y volvió a acomodar su brazo sobre la almohada. Al ver cómo Lily lo observaba, callada y afligida, desvió la mirada y acomodó los papeles que había desparramado por toda la cama.

Lily no pudo resistir la tentación de enderezar la sábana sobre el pecho de Artemas. Evitó con cuidado que sus dedos rozaran la piel de él, pero deseaba tocarlo.

—Tamberlaine dijo que eres demasiado testarudo como para descansar. —Echó un vistazo a la pila de papeles que había junto a Artemas—. Vine a comprobarlo. También dijo que no deseas que tus hermanos vengan a cuidarte. ¿Por qué?

—Me hace sentir incómodo sentirme desvalido.

—Ah, ya veo de dónde viene el carácter de James. —Lily levantó una mano y entrelazó los dedos con los de Artemas. Su voz se suavizó—. Quiero estar un poco contigo, en paz, tranquilos, en la intimidad, sin nadie que nos condene. Quiero cuidarte, como tú siempre has intentado cuidarme. Es lo único que podemos pedir.

Artemas intentó desvelar el mensaje de los ojos de Lily. Lo que vio en ellos, una mezcla desconcertante de serenidad y pena, era algo nuevo.

—Adoro tenerte aquí —susurró Artemas—. Quédate tanto como puedas.

 

—Está allí, maldita sea. Está con Artemas. —James volvió a colocar el teléfono sobre una mesita y se echó atrás en su sillón, con los dedos clavados en los muslos. Alise salió del baño, con el cabello envuelto en una toalla y una gruesa bata blanca anudada en la cintura.

—¿Qué dices? —preguntó Alise.

James golpeó un puño contra su pierna.

—Lily está recluida en el ala privada de Artemas. Ha estado allí los dos últimos días. Juega a la enfermera. Cocina para él. Le cambia las vendas. Una doncella nueva entró por error en la suite ayer por la mañana y encontró a Lily dormida en la cama, junto a él.

—¿Cómo sabes todo eso?

James estaba demasiado encolerizado como para preocuparse por la indiscreción de sus métodos. Se incorporó sin ayuda, pues ya no necesitaba usar el bastón; se dirigió, cojeando, hasta un gran tocador y abrió los cajones de un golpe.

—Pedí a uno de los sirvientes que me lo hiciera saber si Lily alguna vez visitaba la casa.

Alise quedó sin aliento.

—Quieres decir que sobornaste a alguien, ¿no es así? ¿Has sobornado a un criado para espiar a tu propio hermano?

—Si así es como llamas a proteger la reputación de la familia, pues sí.

Alise corrió hasta él, mientras James se dirigía al teléfono. James se volvió, impaciente, y Alise lo tomó del brazo.

—¿Has perdido todo el respeto por ti mismo? No puedes justificar esto.

—¿Crees que me gusta hacerlo? —El rostro de James parecía a punto de estallar por la tensión—. Odio hacer nada a espaldas de Artemas. Pero ¿qué hay del modo en que él hace caso omiso de las cosas de la familia? Maldición, no permitiré que mi hermano eche a perder el buen nombre que nos llevó años recuperar. No soportaré que ese buen nombre se vea eclipsado por chismes e insinuaciones acerca de su relación con la viuda de uno de los responsables de la muerte de Julia.

—¡No puedes creer sinceramente en eso! Hay demasiados matices de gris. Lo que ocurrió fue una combinación de errores, criterios desacertados…

—No sigas. Ya tengo bastante con oír esas idioteces de boca de Elizabeth y Michael. Cassandra también está en retirada. No desean admitir que Artemas es capaz de permitir que una obsesión personal lo doblegue.

—Hace años que Artemas necesita que haya alguien importante en su vida. Ha estado muy solo desde la muerte de Glenda. Déjale tener una oportunidad de ser feliz. No es tonto, y no creo que Lily sea mala para él.

—Es un riesgo que no estoy dispuesto a correr.

Alise dio un paso atrás y dejó caer las manos a los costados.

—Ya no te conozco. No sé de qué eres capaz. —Alise salió de la habitación.

James la siguió, pero no pudo alcanzarla antes de que Alise entrara en una habitación de huéspedes, en el otro extremo del pasillo, y cerrara la puerta. James se detuvo frente a la puerta cerrada y oyó el ruido del cerrojo, un sonido ofensivo, obsceno, que transmitía recelo y separación.

Sudoroso y con náuseas, se apoyó contra la puerta. De algún modo, compensaría a Alise por tanto sufrimiento. Alise se daría cuenta de que él tenía razón.